martes, 17 de agosto de 2010

La política venezolana (II): La coyuntura latinoamericana

Las coyunturas son períodos marcados por grandes eventos económicos, políticos o militares que alteran las correlaciones de fuerzas de diversa índole, y condicionan de manera decisiva el acontecer y las luchas sociales en las instituciones, comunidades, naciones, regiones o el planeta todo. Tales grandes y singulares eventos ocurren, por lo general, al interior de los centros de poder hegemónicos de cada instancia o en las interacciones entre o con estos: por ejemplo, las coyunturas mundiales suelen estar determinadas por acontecimientos extraordinarios en los Estados Unidos y/o en donde interviene esta nación hegemónica; las latinoamericanas a menudo resultan de hechos decisivos en Brasil, México y/o Argentina, las naciones de mayor peso poblacional, territorial, político y económico del subcontinente; las venezolanas comúnmente se derivan de cambios mayores en la región capital de Caracas o con activa presencia de esta. No termina de estar claro por qué, pero es usual que las coyunturas, cuya definición obviamente depende de quien las estudia en cada escala, duren alrededor de una década, más o menos unos pocos años, por lo cual este lapso suele constituir el horizonte de muchos planes estratégicos de largo plazo, a la vez que estos necesitan ser repensados cada vez que hay un cambio coyuntural.

El análisis de las coyunturas, de estas singulares y más impactantes que otras situaciones concretas, es esencial para la elaboración de cualquier clase de políticas coherentes en el corto, mediano o largo plazo, y su comprensión en cada escala a menudo demanda la interpretación de las coyunturas en los ámbitos más amplios. El análisis de la coyuntura actual venezolana, pongamos por caso, reclama la interpretación de las coyunturas latinoamericana y mundial, y tal es el enfoque que estamos usando aquí. No obstante, aunque las coyunturas mundiales terminan ejerciendo sus impactos decisivos sobre las regionales y nacionales, no por ello estas dejan de tener su autonomía relativa. Y, si la política está hecha de políticas, y estas no son otra cosa que guías para la acción ante una problemática en un contexto dado, entonces la comprensión de estos contextos, y en particular de las coyunturas, constituye un momento esencial de cualquier política que merezca tal nombre. Analizar las coyunturas es el equivalente al popular saber dónde estamos parados a que apelamos cada vez que nos toca tomar decisiones de envergadura en el plano personal.

Hasta donde la entendemos, la actual coyuntura latinoamericana comenzó a la vuelta del siglo del siglo XX al XXI, sobre todo desde que en las tres mayores economías de la región, las de Argentina, Brasil y México, fracasaron estrepitosamente las fórmulas neoliberales que habían estado en boga por casi un cuarto de siglo. El neoliberalismo, o más completamente el liberalismo neoclásico, es una reacción enfurecida contra las políticas de economía mixta o keynesiana, contra los Estados de Bienestar o Welfare States, los Nuevos Tratos o New Deal, contra las supuestas blandenguerías de intentar conciliar el crecimiento capitalista con la justicia social, que prevalecieron en el globo después de la crisis del modelo liberal, a secas, que estalló en 1929. A juicio de sus mentores, los Hayek, von Mises, Friedmans, Poppers y compañía, y sus discípulos latinoamericanos Castañeda, Krause, Vargas Llosa -con su delfín Alvaro-, Plinio Apuleyo Mendoza y afines, el keynesianismo económico, que quiere hibridar la dinámica de la iniciativa empresarial con la planificación y regulación estatal, no hace sino entorpecer el desenvolvimiento de las leyes naturales del mercado y propiciar el debilitamiento de los mecanismos de desafío a los afanes de superación de la gente. De allí que ellos pacientemente esperaran el debilitamiento del estilo roosveltiano, keynesiano o socialistoide que se impuso en muchos países después de las crisis de los treinta y que sobrevivió, con bemoles, durante buena parte de la posguerra, para acometer su asalto.

La oportunidad ansiada se les presentó a raíz de la crisis energética mundial de 1973, y, sobre todo, después de la humillación del gobierno de Carter por la crisis de los rehenes en Irán 1979. Y fue desde entonces que en el globo entero, y particularmente en América Latina, en donde ya venían probando sus experiencias piloto en el Chile de Pinochet y el Uruguay de Bordaberry, desde 1973, y la Argentina de Videla, desde 1976, se lanzaron, auspiciados por los triunfos de Reagan en los EUA y la Thatcher en el Reino Unido, a neoliberalizar las economías y Estados del planeta. La liberalización o apertura del comercio, por supuesto en las áreas en donde tenían fortalezas, pero nunca, por ejemplo, en los productos agrícolas; la minimización de los impuestos y regulaciones financieras, siempre al servicio de los intereses de las grandes corporaciones y los estratos sociales más pudientes; la privatización de las empresas públicas, sobre todo de nuestros países débiles, pero ni pensar en, digamos, una NASA, fueron tres de sus caballitos favoritos de batalla, con un cuarto, implícito y soterrado, por impopular: la desprotección social de los trabajadores y desempleados, es decir, la eliminación de los programas de conservación del empleo y ayuda social a los más desfavorecidos, que a veces, cuando se la combina con reestructuraciones organizativas y cambios tecnológicos, que por regla general van acompañados de despidos masivos, ha sido llamada flexibilización del trabajo.

Tan impactante fue la influencia del neoliberalismo en América Latina que, luego de agotar la recluta de una generación completa de militares gorilas, la emprendieron, sobre todo a partir de 1989, con la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del mito del socialismo real o de factura soviética, con la captación de posturas socialdemócratas y populistas vacilantes, al punto de lograr reducir drásticamente la cuota de nuestros amigos de izquierda. Con el ejemplo pionero de Chile, en donde a partir del derrocamiento de Allende se inició una época dorada para los Chicago Boys, acólitos de Milton Friedman, el neoliberalismo, o su alias el monetarismo, se impuso en prácticamente toda América Latina desde mediados de los setenta, se fortaleció, con el mencionado ascenso de Reagan en los ochenta, y se extendió, sin que ciertos buenos deseos de Clinton lo atajaran, hasta el ocaso del siglo XX.

Fueron los días de Ménem y su ministro estrella Cavallo en Argentina, que poco faltó poco para que privatizaran el oxígeno del aire, y quienes dieron continuidad a las hazañas desindustrializadoras de los Videla y compañía que, bajo el guión del Plan Cóndor, compuesto en clave de Guerra Fría, habían derrocado a María Estela (viuda) de Perón. De Collor de Melo, en Brasil, y su lamentablemente continuador socialdemócrata Cardoso, el mismo de la teoría de la dependencia, que impulsaron su Plan Real para acabar con la superinflación de tres dígitos a punta de incentivos a las transnacionales y los capitales especulativos. De Salinas de Gortari, quien le arrebató las elecciones a Cuauhtémoc Cárdenas, hijo de Lázaro Cárdenas, después de un insólito apagón electoral y quien dispuso a su antojo de una milmillonaria en dólares partida secreta, y Ernesto Zedillo, en México, que abrieron de par en par las puertas al capital estadounidense y, so pretexto del NAFTA, lo privatizaron todo excepto PEMEX -quizás por respeto al venerado por los mexicanos Lázaro aquel-. Del viraje de Paz Estensoro, anterior nacionalista, en Bolivia, y su continuador Sánchez de Lozada; de la deserción de la socialdemocracia de nuestro Carlos Andrés Pérez y sus IESA Boys, que provocaron el Caracazo con su adicción a las políticas de shock inspiradas en los lineamientos del Fondo Monetario Internacional y el Consenso de Washington. De Fujimori en Perú; Bordaberry, Sanguinetti y Lacalle en Uruguay; Rodríguez y Wasmosy en Paraguay; Durán y Bucaram en Ecuador, etcétera.

Sin desconocer algunos de sus logros puntuales macroeco- nómicos, sobre todo en materia de control de la inflación rampante y ciertas estabilizaciones monetarias, lo cierto es que estas políticas neoliberales de más de dos décadas terminaron por traducirse en estancamiento económico, altos niveles de desempleo y pobreza, agudización de la distribución desigual de la riqueza, endeudamientos extremos con la banca internacional, pérdida de soberanía nacional, devaluaciones mayúsculas de monedas que quisieron equipararse con el dólar, y calamidades afines. Las crisis financieras de México (1994), Brasil (1999) y Argentina (2001), a menudo conocidas como los efectos Tequila, Samba y Tango, que habían sido anticipadas en Venezuela por el Caracazo, constituyeron el puntillazo de estas experiencias neoliberales, actuaron como dianas de alerta para el despertar de los pueblos latinoamericanos, y convirtieron el combo de términos neoliberales y fondomonetaristas en prácticamente malas palabras en todo el continente, que bastante va a costar para que vuelvan a ser incorporadas al léxico normal.

Frente a esta debacle neoliberal, en pocos años, después de 1999, en el subcontinente irrumpieron los gobiernos progresistas de Chávez en Venezuela (1999), Lula en Brasil (2003), Kirchner en Argentina (2003), Tabaré Vázquez en Uruguay (2004), Evo Morales en Bolivia (2006), Ricardo Lagos (2000) y Michelle Bachelet en Chile (2006), Daniel Ortega en Nicaragua (2007), Rafael Correa en Quito (2007), Fernando Lugo en Paraguay (2008), y por un tris, sin entrar, por ahora, a detallar las causas non sanctas de sus derrotas, López Obrador en México (2006) y Ollanta Humala en Perú (2006). En menos de una década, América Latina dejó de ser un bastión del neoliberalismo y se convirtió en una trinchera de lucha y arena de búsqueda de alternativas contra él, lo cual, todavía, caracteriza la actual coyuntura latinoamericana.

Con lo que va dicho se impone, sin embargo, una advertencia gruesa, y es la de que no queremos que la anterior crítica al neoliberalismo se confunda con la de cierto izquierdismo latinoamericano, extrañamente difundido en medios marginalizados, académicos y europeizados, para quienes neoliberalismo, capitalismo, keynesianismo, economía mixta, Estado de Bienestar y todo lo que no sea de extrema izquierda y preferiblemente guerrillerista y procubano son una y la misma cosa. Al extremo llegan de no ser capaces de distinguir, como antaño el stalinismo no distinguió entre fascismo y socialdemocracia, a los que graciosamente tildó de socialfascistas hasta que la gracia se les tornó morisqueta, las políticas de Collor de Melo versus las de Lula, o la de Augusto Pinochet versus la de Michelle Bachelet. A Lula se refieren con desconfianza, destacando sus nexos con empresarios progresistas, insinuando su traición al Movimiento de los Sin Tierra, y haciéndose los locos con su hazaña de conjugar un sin par crecimiento económico con una reducción sustancial de la pobreza, o sin mencionar los éxitos de sus múltiples programas sociales, esos sí sustentables, en donde destaca el de Hambre Cero; y no dejaron de expresar alivio con la derrota de la Concertación en Chile, pues así se estarían "sincerando las cosas". Para ellos la única quintaesencia del antineoliberalismo son la revolución cubana, el heroísmo indiscutible del Che, el sandinismo nicaragüense, o, más cercanamente, el movimiento zapatista, los movimientos indigenistas andinos, los piqueteros argentinos y el ALBA antiimperialista y chavista.

De la misma manera a como, para muchos neoliberales, toda la izquierda cabe dentro del mismo saco de la bazofia stalinista, para este izquierdismo infantil todo lo que no sea de extrema izquierda es en su esencia procapitalista y cualquier coexistencia con el, o concesión al, capitalismo es una traición. Unas veces marxistas caletreros de la primera página del Manifiesto y otras extraviados en las lecturas de quien jamás ha puesto los pies en una fábrica, ora eufóricos defensores de la lucha de clases como motor de la historia y del proletariado o sus sucedáneos como clase llamada a emancipar a toda la humanidad u ora fervorosos abanderados de los "nuevos movimientos de base", ya añorantes de los días del socialismo real y la dictadura del proletariado o ya de un socialismo utópico y extraterrestre con el que nada tienen que ver las tendencias socialistas escandinavas y afines, no tienen ojos ni oídos para las necesidades ingentes de nuestros pueblos y, en definitiva, no están dispuestos a resolver ningún problema hasta que, como gustan de decir, "el último creyente en el capitalismo sea ahorcado con las tripas del último burgués" (sin reparar jamás en que, en definitiva, la contradicción entre el burgués y el proletario no pertenece en definitiva al modo de producción capitalista sino al modo anterior, el mercantilismo, en donde la fuerza de trabajo sí era vista como una mercancia y no como un ente inteligente).

En definitiva, no se nos escapa que la facilidad conque tanto a neoliberales como izquierdistas extremos les resulta tan fácil creer que todos los demás son lo mismo obedece a una matriz epistemológica común, de factura analítica o decimonónica y que, por tanto, los hace incapaces de pensar, como desde hace buen rato vienen haciéndolo toda la ciencia y la tecnología modernas, al menos en términos sistémicos, es decir, comprendiendo las interacciones entre las partes, y no simplemente las partes aisladas, como elementos fundamentales de los conjuntos de cualquier especie.

Una de las reflexiones más brillantes que he conocido sobre estas ideologías fundamentalistas, a nivel micro o de la empresa, pero que puede ser fácilmente extrapolada a la esfera social, y que recomiendo sin reservas, es la de Douglas McGregor, en su vigentísima obra The Human Side of Enterprise (1969) [El aspecto humano de las empresas]. Allí se descubre el elemento común de estas dos ideologías, a las que, para no predisponer a sus lectores, McGregor caracteriza como Teoría X. Pese a sus aparentes diferencias, ambas posturas desconfían profundamente de la naturaleza humana y creen que, en el fondo, los seres humanos sienten una repugnancia intrínseca hacia el trabajo, lo evitarán mientras puedan y renunciarán en lo posible a asumir responsabilidades para con sus semejantes. Sentadas estas premisas, entonces se cae de maduro que la única manera de lograr que las personas trabajen o sean solidarias es a través de variaciones del método del palo y el dulce, es decir, el método clásico de domesticación de animales. La diferencia consiste en que mientras que los neoliberales tienden a creer que siempre hace falta más palo para los congénitamente flojos y más dulce para los escasos triunfadores previos, o sea, más mercado y más ganancias para el capital, para los izquierdistas se trata de lo contrario: más y más palo para los exitosos y más y más dulces para los débiles, de donde se deriva el imperativo de más y más Estado y más y más controles sobre la vida de las personas.

En cambio, según el mismo autor, basta con que alteremos la premisa, es decir, que entendamos, con la Teoría Y, que el ser humano posee una propensión intrínseca, antropológica y biológica, diríamos nosotros, a disfrutar del trabajo y de la solidaridad con los demás, como disfruta del juego, el sexo y el descanso, para que la problemática anterior quede por completo trastocada, y para que la aplicabilidad del método del palo y el dulce quede restringida sólo a entornos de profunda insatisfacción de necesidades básicas. En su lugar, el enfoque de la motivación y el estímulo a la creatividad y la realización de las potencialidades de cada quien, a través del trabajo y la solidaridad con los otros, o, con nuestras palabras, de la transformación de capacidades y la realización de identidades, se coloca en el orden del día, por lo que los mecanismos tanto del mercado como del Estado se convierten en meros elementos contextuales o cauces para orientar procesos naturales protagonizados libremente por los individuos y colectivos. Y es esta la razón profunda por la que creemos que, apartando todo fundamentalismo, es posible y necesario iniciar ya, aun bajo el marco de un insaltable capitalismo, los procesos de estímulo a la realización de las capacidades todos los latinoamericanos, en la ruta hacia una sociedad cada día más genuinamente humana.

La coyuntura latinoame- ricana actual, como bien nos lo están señalando Brasil y Lula, y ojalá que en pocos días también Dilma, es harto propicia para el emprendi- miento de nuevas y no fundamentalistas experiencias de cambio. El fracaso del neoliberalismo es una extraordinaria oportunidad para la búsqueda de nuevas vías de solución a nuestros problemas y de satisfacción de nuestras necesidades, a condición de que no pretendamos resucitar el cadáver de un estatismo o falso socialismo a la soviética, no importa si bajo el disfraz de un neosocialismo del siglo XXI.

viernes, 13 de agosto de 2010

La política venezolana (I): La coyuntura mundial

En un país donde el 90% de las divisas proceden de la exportación de petróleo, con la seguridad alimentaria más baja de América del Sur y donde se importa en el orden del 60% de los alimentos, parecería poco razonable que la política se desentendiese de la comprensión de los fenómenos mundiales, y sin embargo eso es exactamente lo que se hace. Apartando las referencias alegóricas que hace el gobierno, con el lenguaje de hace más de siglo y medio, a un capitalismo y un socialismo abstractos, el escaso debate político nacional tiene lugar como si el mundo se acabara en La Guaira, Castilletes, San Antonio del Táchira, Santa Elena de Uairén y Macuro, o, peor, como si nos ocupásemos, según se trate de voceros del gobierno o de la oposición, sólo de los cerros y quebradas versus los valles y colinas del Área Metropolitana de Caracas. ¿Dónde están las tesis concretas sobre los grandes problemas nacionales e internacionales que nos afectan y quiénes las manejan? ¿Dónde las posturas sobre el drama de la pobreza, nuestra estanflación prolongada, nuestra dependencia tecnológica y rentismo petrolero, la debacle educativa, la economía informal y el desempleo encubierto, el cambio climático, o sobre cualquier tema que no sean la noticias del periódico de ayer, e inclusive, en este caso, en qué se diferencian realmente las estrategias contra la inseguridad o por la soberanía alimentaria o energética del gobierno y de la oposición?

Mientras escudriñamos nuestros ombligos y verrugas, en el mundo, desde el 15 de septiembre de 2008, cuando ocurrió la más grande quiebra jamás experimentada por una corporación transnacional, Lehman Brothers, está en pleno desenvolvimiento la más grave crisis del capitalismo desde los días del crac de 1929, con importantes analogías con esta. Reventamiento de las burbujas de la avaricia comercial y financiera, derrumbe de pirámides inmobiliarias especulativas, desplome de un consumismo enfermizo, agotamiento de los trucos financieros de los préstamos y las ventas a crédito, desregulación de la producción y los mercados, despilfarro energético de los combustibles fósiles y contaminación estructural o de largo plazo de la atmósfera, rebajamiento de impuestos a las grandes corporaciones y las clases acomodadas, deterioro de los salarios reales frente a las ganancias y rentas del capital, en síntesis, en ambos casos, colapso de un estilo de crecimiento incapaz de armonizarse con la satisfacción de las necesidades humanas reales y que requiere de la especulación con necesidades inducidas para sobrevivir.

La electrificación y los electrodomésticos de ayer fueron reemplazados por la informatización y los electrónicos y celulares de hoy, las casas y apartamentos de playa de Florida de entonces por las grandes quintas con ostentosos jardines de ahora, los vehículos utilitarios o modestos por los voluminosos rústicos 4x4, los cines colectivos por los del hogar, la radio por la televisión por cable e Internet, los grandes centros comerciales horizontales por los verticales, los sencillos préstamos, créditos y acciones de bolsa por ingeniosos "paquetes financieros", la internacionalización de los carteles o trusts por la sofisticada globalización..., pero, en esencia, se trató otra vez de lo mismo: antes que nada, especulación avara, más y más privilegios para las clases opulentas, siembra de ilusiones en las clases medias en ascenso e inhibición del Estado en su rol de garante del interés colectivo.

Con la presente crisis económica mundial se conjuga una crisis política de no menores proporciones. El otrora poderoso máximo del globo, el presidente George W. Bush de los Estados Unidos, resultó ser un mentiroso compulsivo, ante quien el Nixon aquel parece un ingenuo, pues se valió de falsas pruebas sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak para justificar su invasión, pasándole por encima al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, ocultó sistemáticamente las pruebas sobre la determinación del cambio climático por el actual estilo civilizatorio, favoreció las grandes empresas guerreras y petroleras de sus amigotes, y todavía están en curso procesos de investigación que lo inculpan de delitos cada vez más monstruosos, como el de su probable complicidad con el atentado contra las Torres Gemelas y el Edificio 7 del World Trade Center de Nueva York. Su política de complacencias con las más salvajes fieras del mercado y con los más despiadados negociantes de la guerra se derrumbó estrepitosamente en 2008, lo que condujo a que su partido perdiera las elecciones frente a Obama, apoyado sobre todo por la juventud inconforme y nada menos que el primer presidente negro de los Estados Unidos, en noviembre de ese mismo año.

El capitalismo salvaje, alias competitivo, está a la defensiva. Los Bush, Cheeney, Rumsfeld, Gates, Paulson y el resto de su bandada de halcones están con los picos y las garras rotas y las alas desplumadas después de ocho años de rapiña. El momento es propicio para el avance realista de los pueblos pobres del mundo, pero no con las fantasía digna de comiquitas de quien quiere derrotar al imperio y acabar de una vez con el capitalismo, sino con el tino de quien de verdad busca obtener resultados traducibles en mejoras a la paupérrima calidad de vida de nuestra gente y aprovechar las oportunidades existentes de impulsar un capitalismo con una mayor justicia social. La problemática ambiental y la acelerada búsqueda de alternativas energéticas a los combustibles fósiles nos está ofreciendo a los venezolanos quizás una última oportunidad de dejar atrás nuestra monoproducción y monoexportación petrolera, y avanzar hacia una diversificación de nuestra economía, una mayor autonomía alimentaria y en muchos otros campos, y una reestructuración de fondo de nuestro postizo sistema educativo.

Si lográsemos entender que el capitalismo no es un plato de un menú que podemos escoger si nos provoca, sino un estadio necesario por el que, una vez metidos, como estamos, en civilizaciones clasistas y basadas en el desamor y la explotación, tienen que transitar todos los pueblos del planeta, entonces veríamos como esta crisis nos está ofreciendo valiosas oportunidades. Si confrontamos este capitalismo posible con un idílico paraíso terrenal, con prevalencia de una cultura de plena fraternidad, justicia y libertad, es claro que resulta detestable, pero si lo contrastamos con los regímenes de esclavización de la fuerza de trabajo bruta, como el que tuvimos apenas hasta el siglo XIX, con importantes secuelas en el XX, o de feudalización de la fuerza de trabajo servil o mercantilización de la fuerza de trabajo empleada u obrera, que todavía prevalecen en nuestro país real, entonces resulta claro que la capitalización de la fuerza de trabajo profesional o científica y tecnológicamente capacitada, en la ruta hacia una socialización de una fuerza de trabajo humanizada y crítica, es una opción válida, y de esto se trata a nuestro humilde parecer.

Una oportunidad como esta no se nos presentaba desde los años tardíos treinta y buena parte de los cuarenta, cuando un despertar social interno coincidió con una ola mundial de democratización antifascista, y se alcanzaron muchas de las conquistas de nuestra todavía escasa modernidad: se logró la defensa de las reservas y precios de nuestro petróleo, que luego, en 1960 y sólo gracias a nuestro Pérez Alfonzo, se consolidó con la creación de la OPEP; se impulsó, gracias a nuestro Prieto Figueroa, el más grande proceso de creación de escuelas y de apertura educativa que hemos conocido, el cual pudo continuarse en los sesenta y que, de no ser por la involución calderista, que, con la complicidad de una Acción Democrática ensoberbecida, genuflexa y venida a menos, sacrificó al gran Maestro de los venezolanos, hubiese terminado por dotarnos de un verdadero sistema educativo en vez de la mamarrachada que tenemos; se alcanzaron también buena parte de las limitadas pero no despreciables conquistas democráticas y económicas de que todavía disfrutamos: voto universal directo y secreto, obviamente incluyendo al indispensable voto femenino, libertades de expresión, de prensa, asociación, manifestación, huelga, ..., derechos a la educación gratuita y laica, a ciertos servicios de salud y seguridad social, y otros; y se dio impulso a cierta industrialización y reforma agraria, lamentablemente frenados luego, ya en clima de Guerra Fría, con la política de sustitución de importaciones y apertura indiscriminada ante las corporaciones transnacionales.

En lugar de seguir atrapados entre la insensibilidad de un mercantilismo obsoleto y estéril y la inviabilidad de un socialismo para el que estamos como morrocoy queriendo subir palo, todo sugiere que las circunstancias son propicias para avanzar, tal y como lo pauta nuestra constitución vigente, hacia una sociedad moderna, es decir, esencialmente capitalista, y con mayores oportunidades que la que tenemos, en cuyo seno comiencen a incubarse los gérmenes de un régimen social superior futuro. Pero para lograrlo tendremos que salir del pantano de la polarización social y política en que estamos metidos, y disponernos a crecer e impulsar un proceso de transformación de nuestras capacidades de toda índole. En seguida continuaremos.

martes, 10 de agosto de 2010

La cultura venezolana (y III): La solidaridad al fondo de nuestra Caja de Pandora

Bajo la superficie, y varia capas más abajo, de nuestra -a los ojos de muchos- inverosímil estructura cultural, que hasta aquí hemos querido simplificar en dos grandes componentes, la exclusión y el facilismo, se esconde otra, o tercera, gran familia de valores, vinculados a la solidaridad, en donde nos luce está la clave para que algún día despertemos y nos dispongamos a edificar una nación verdadera e integrada. Una Venezuela legítima, de la que por fin podamos sentirnos orgullosos sin tapujos, y no la especie de Bene/Suela, con privilegiados, la gente bien o bene, arriba, y otros pelando abajo, en la suela, o inclusive su versión invertida, una especie de Suela/Bene, en donde la suela fuese la de una bota para pisar a la gente [ex-]bene, que tenemos.

Si tras tantos desencuentros y entuertos hemos heredado una estructura social dicotómica, asimétrica o partida en pedazos, e impregnada por un facilismo omnipresente por dondequiera que la miremos, existe también entre nosotros, y menos mal, a consecuencia de nuestra ineludible identidad humana, igualmente heredada, pero por millones de años, y ante la cual no han podido unos pocos siglos de desgracias, un arraigado sentido de solidaridad genuina, es decir, de amor, que se expresa en mil y una formas a ratos no menos insólitas que sus contrapartes viciados.

Claro está que, por germinar en un ambiente plagado de brechas sociales y corrupción, aquella no pocas veces deviene "solidaridad" y genera engendros perversos, desde la copia y el soplado dizque ingenuos en los exámenes colegiales, hasta los tráficos ilegales y contrabandos de toda clase en las fronteras, las complicidades, favoritismos y encubrimientos a diestra y siniestra, y aun los casos de policías facilitándole armas a los delincuentes y participando en, o apoyando, secuestros y crímenes, o de jueces absolviéndolos. Pero estamos convencidos de que hay todavía suficientes formas genuinas y nobles de solidaridad que subsisten en las rendijas íntimas de nuestra sociedad y nuestro pueblo, a modo de esperanza en el fondo de la ingrata caja de Pandora que alberga los valores y antivalores de nuestra cultura.

Es probable que nuestras relaciones entre padres o, quizás más precisamente, madres e hijos se cuenten entre las más resistentes a la erosión del tiempo y las dificultades e ingratitudes de todo género en el planeta, al punto de que no creo que sean muchos los países en donde las madres, históricamente, se hayan encargado tanto, no escasas veces solas y no pocas después de ser abandonadas o hasta violadas por los machos, del cuidado de sus hijos, o que, más actualmente, sigan encargándose de buena parte de las atenciones a sus hijos enfermos, en ese imperio del dolor que constituyen nuestros hospitales, o presos, en ese del terror que son nuestras cárceles. No es mucho lo que he viajado, pero por lo mismo cada vez que lo hago me empeño en fijarme y aprender todo lo que puedo, así como en preguntarle mucho a quienes sí lo hacen más, y debo añadir que así como tengo serias dudas de que existan otros países tan despelotados como este, también las tengo de que haya otras latitudes con tal densidad de madres dispuestas a privarse de bocados y andar con zapatos rotos en aras de que sus hijos se alimenten y vistan bien.

Las relaciones de amistad, vecindad y parentesco suelen privar, con no poca frecuencia, sobre las mercantiles y legales, no siempre por el lado del favoritismo, el clientelismo y la corrupción, sino también para expresar afectos, reparar injusticias y evadir imposibles trámites burocráticos y enrevesados; con la misma que ciertos funcionarios y empleados complican adrede los procedimientos y transacciones para obtener prebendas, otros optan por simplificarlos y ayudar, desinteresadamente, a clientes y usuarios. En los trabajos, en empresas e instituciones, se cultivan múltiples relaciones y mecanismos informales, no siempre dañinos e improductivos, y todos hemos tenido evidencias del asombroso poder de las secretarias de los jefes a la hora, las más de las veces de buena nota, de conseguir citas importantes y resolver asuntos. Mientras que en las oficinas y talleres de producción se respiran aires lúgubres y proliferan los semblantes alicaídos, a las salidas de los trabajos y los fines de semana se organizan toda clase de parrandas, bonches, brindis, sancochos, fiestas de trajes, paseos, piñatas, parrilladas..., en donde muchos venezolanos parecen supermanes librados de las ataduras del rol de Clark Kent, o zorros justicieros, ocurrentes y generosos dejando atrás las circunspecciones de Don Diego de la Vega...

En las instituciones educativas se practican numerosos mecanismos informales de enseñanza mutua, en donde los que entienden más ayudan a los que menos, que no siempre derivan en chuletas, sopladeras y otras formas de copia, sino en mecanismos legítimos de ayuda y compañerismo; o, en sentido contrario, son infrecuentes las zancadillas de que tanto hemos oído hablar en otras latitudes, que llegan hasta los extremos de dañar o hacer desaparecer libros, apuntes y trabajos para perjudicar a los rivales académicos. Todavía, sobre todo en el interior del país, es frecuente que familias vecinas o amigas intercambien comidas, ropas, juguetes, libros de los niños, disfraces, etc., sin tintes mercantiles de por medio; y no estoy seguro de que la institución de las "chivas" -ropa a medio uso que ya no le queda o no le gusta a uno y se le regala a quien la necesite-, sea de práctica universal. Como casi todas las mujeres calzan alrededor de 37, y las más llevan tallas S ó M de blusas, pantalones talla 10 ó 12, vestidos S ó M, sostenes 32B ó 34A, etcétera, es frecuente, no sólo exclusivamente aunque sí mucho más en los estratos humildes, que parientes y amigas intercambien atuendos, y por supuesto accesorios como carteras, cinturones, collares, etc.

Son incontables, y bien valdría la pena disponer de vida suficiente para escribir unas cuantas de ellas, las historias de combatientes contra la dictadura perezjimenista, guerrilleros de los años sesenta y militantes de izquierda de todas las épocas que fueron protegidos y aun salvados por personeros de los regímenes que combatían, a quienes no fue extraño que conocieran al compartir prisiones anteriores. Buena parte de los maestros y profesores que fueron expulsados de sus cargos e incluso exiliados por la misma dictadura, recibieron durante largos períodos, con sus familias, auxilios financieros de sus colegas empleados, no siempre simpatizantes con sus ideas. En las cárceles, tanto políticas como civiles, no todas las veces el alivio de las condiciones de vida, o aun la fuga, de presos es producto de la corrupción o el soborno, pues ocurre que algunos encargados de las custodias de repente se muestran solidarios con los injustamente detenidos. Y no deja de parecer irónico, al tiempo que una pesadilla para tanto fundamentalismo en boga, que Bolívar, el mismo del lamentable e injustificable, pero explicable, Decreto de guerra a muerte, haya tenido que morirse en la casa de un español, don Joaquín de Mier, el único que, en los frustrados albores de su ostracismo, lo acogió debidamente.

En mi época de dirigente estudiantil gocé del privilegio de ser protegido ad honórem por compañeros que corrían riesgos para impedir que policías o bandas reaccionarias me agredieran, y pude constatar, varias veces, lo que muchos militantes de izquierda bien saben: que a la hora de andar huyendo de la represión, en la clandestinidad, las mejores conchas suelen ser las casas de gente generosa y no metida en política, incluyendo las de funcionarios honorables del gobierno y fundadores de los partidos del estatus, que a pesar de todo siguieron siendo amigos... En dos oportunidades, un decano de la Facultad de Ingeniería, el Dr. Marcelo González Molina, a quien en muchos aspectos criticaba y adversaba políticamente, fue quien logró sacarme de la DISIP, a la vez que fue el único que resueltamente se opuso a la extremadamente injusta expulsión de que fui objeto en la UCV, en diciembre de 1972.

Todavía en lo personal, mas fuera de la política, en mi mocedad viajé mucho y a lugares remotos por todo el país, incluso con mi equipo fotográfico Nikon, relativamente sofisticado, con un par de cuerpos, lentes intercambiables y numerosos filtros y accesorios, pidiendo colas por regla general, sin hospedarme jamás en hoteles ni pensiones formales, y disfrutando no pocas veces de comidas gratuitas y "ñapas" y obsequios diversos que me ofrecía gente a quien acababa de conocer. Varias veces ha tenido la experiencia de ser defendido por malandros o indigentes conocidos frente a agresores o delincuentes extraños, incluyendo el caso límite de un malandro que una madrugada quiso asaltarme con un cuchillo cuando iba por el puente 9 de Diciembre de El Paraíso, pero a quien logré hacer desistir de su propósito y desde entonces se convirtió en mi protector y guardián cada vez que me sabe deambulando por esos lares.

Hay un indigente que cuando, en un par de ocasiones, se ha encontrado en la calle objetos religiosos de cierto valor, se ha empeñado en localizarme para regalármelos y que se los lleve a mi mamá. Para bien o para mal, he conocido expresiones de solidaridad en venezolanos procedentes de todos los fondos sociales, y no hace mucho un amigo, quien había hecho estudios en Estados Unidos y a quien le robaron de su carro, en Sabana Grande, varias cajas con todos los libros de su posgrado, que venía de retirar no recuerdo si de la aduana o del correo, se sorprendió cuando, a través de contactos de calle, logré recuperarle estos (aunque no a tiempo como para evitar que ya le hubiesen arrancarado a todos los libros la primera página, donde él solía firmarlos).

Y, quizás rondando las fronteras del lirismo, no sé si ya conté aquí que una de las experiencias más profundas de solidaridad humana que he conocido la tuve hace unos cuantos años, por allá por los sesenta, en Curiepe, Barlovento, estado Miranda, cuando participé en una noche de San Juan, en donde literalmente permanecieron abiertas las puertas de todas las casas del pueblo toda la noche, y la gente, desde niños hasta ancianos, salía a bailar abrazada, fraternalmente y formando cadenas alrededor de la plaza, al son del mina y el curbeta, mientras en ciertas casas se bailaba frenética y sanamente en parejas, al son de los tambores redondos o culo 'e puyas. Cada vez que, a fuerza de tantos golpes, sinsabores y reveses, me asaltan dudas acerca de la posibilidad de que salgamos algún día de este hoyo de polarizaciones sociales y políticas en que está metido el país, me empeño en recordar esa noche cálida barloventeña, habitada por el mismo tipo de gente humilde que años después conocí en San Agustín del Sur, y quizás lo más parecido a una visita a un paraíso terrenal de integración y afecto que he conocido y conoceré. Mientras conserve conmigo estas vivencias de solidaridad, seguiré convencido de que sí es posible, con paciencia y dedicación, que superemos algún día la polarización que hoy nos asfixia.

Pese al denso y entramado cúmulo de infortunios que padecemos los venezolanos, estoy persuadido de que si lográsemos reencontrar el camino de la genuina solidaridad social y sin distingos de clases que varias veces se ha asomado en nuestra historia, y que cotidianamente se muestra en los intersticios de nuestro tejido social, sería relativamente sencillo comenzar a resolver nuestros problemas, integrarnos por fin como nación y satisfacer tantas necesidades insatisfechas. Pero que quede claro que dije el camino de la genuina solidaridad social y sin distingos de clases, y no los atajos hacia el futuro o hacia el pasado, con invitaciones a cocteles de supuesto amor, pero con sobredosis de arrecheras e insensibilidad, tan de moda en nuestros días. Hacer política, de verdad, en nuestro país, tiene demasiado que ver con hallar este camino, y de eso, y a propósito de las próximas parlamentarias, tratarán los artículos que saldrán en pocas horas.

viernes, 6 de agosto de 2010

La cultura venezolana (II): El facilismo y sus efectos corrosivos

Si la cultura de la exclusión, que en definitiva no es otra cosa sino la falta de una identidad y una visión nacional compartida, está en la raíz de buena parte de nuestras deformaciones culturales estructurales, la cultura del facilismo, o el destrabajo, y sus variantes, viene a ser una aberración, también de larga data, que actúa como un sello o blindaje social que dificulta extremadamente la búsqueda de soluciones de fondo a cualquier problema de la sociedad venezolana, incluyendo al de la exclusión misma.

Cuando la extendida obsesión por pertenecer o no pertenecer a un determinado estrato social, y por tanto la renuncia consciente o inconsciente a formar parte de una nación, se conjuga con circunstancias internacionales en donde un solo producto de exportación, primero el cacao, luego el café, y después y en los últimos cien años el petróleo, se convierte en el principal, casi único y sobrepreciado medio de intercambio con el exterior moderno, de donde proceden o dependen la mayoría de los bienes y aun servicios que consumimos, entonces, como uno de los síntomas de la llamada "enfermedad holandesa" que comentamos hace poco, en el artículo de inicio de esta serie sobre la sociedad venezolana, el facilismo sobreviene y se hace casi inevitablemente endémico.

Cuando el 90% de las divisas extranjeras se obtienen mediante la exportación de un sólo producto, en cuya generación interviene menos de un 1% de la fuerza de trabajo y en un país que, en buena medida a consecuencia de una historia martirizada y disociada -como quisimos demostrarlo en nuestra subserie de artículos de julio de 2009-, posee una estructura productiva atrofiada y estatista, una muy débil estructura familiar, un falso sistema educativo y un ambiente mediático que incita al consumismo desmedido, entonces el facilismo, y su corte de calamidades, el inmediatismo, el rentismo, la especulación, la corrupción, el derroche, la violencia, el narcotráfico, la prostitución, el desprecio por la vida, el superficialismo, la inconstancia, la indisciplina, la pereza mental, la manipulación, la demagogia, el clientelismo, el electoralismo, el oportunismo político, y podríamos añadir cien vicios más, proliferan silvestremente en la selva cultural criolla, o sea, no hay necesidad de que nadie los promueva o enseñe pues crecen y se multiplican solos.

En Venezuela, no importa que proyecto o tarea se emprenda, resulta siempre que hay una manera más fácil y rápida de acometerlo, que compite con la vía del esfuerzo y el trabajo, y que consiste en conectarse a alguna palanca, abusar de alguna instancia de poder, buscar a algún intermediario apropiado, enchufarse a alguna de las tomas de recursos financieros, previo el pago de la debida comisión y/o sobreprecio, o simplemente pedirle, quitarle, engañar, explotar, robar, extorsionar o sobornar a alguien que disponga de los medios necesarios, no pocas veces también obtenidos inmerecidamente o con poco o ningún esfuerzo. El resultado lamentable de este síndrome es que ningún problema que demande dedicación, empeño, creatividad, tenacidad, paciencia, visión, conocimiento, etc., o sea, ningún problema real o merecedor de tal nombre, se resuelve jamás por completo. Así las calles nunca terminan de acondicionarse, las aceras de limpiarse, la basura de recogerse, las autopistas de concluirse, los alimentos de producirse, las escuelas de mantenerse, los delincuentes de atraparse, las familias de consolidarse, las leyes de respetarse, la corrupción de erradicarse, las autoridades de obedecerse, los programas políticos de elaborarse, las comunidades de organizarse, los funcionarios electos de controlarse, la libertad de ejercerse, las necesidades de satisfacerse, o, en síntesis, la vida de vivirse.

Con semejante y vernáculo estilo patas arriba, una de las expresiones que más se oyen cuando los venezolanos regresan de cualquier parte en el exterior, incluyendo a Maicao, Cúcuta, Arauca, Puerto Carreño, Maicao, Casuarito, La Línea, Boavista, Puerto España, Willemstadt o Bonaire, apenas al salir de nuestras fronteras y muchas veces a pequeños poblados, y por supuesto a ciudades y naciones más establecidas al norte o al sur, es la de "es que allá las cosas sí funcionan". Un filósofo amigo me dijo una vez, a su regreso de un viaje a España, que tenía la sensación de estar regresando de la realidad para entrar a la ficción; un japonés que vivió en el país en los años setenta, como representante de una transnacional, y regresó de visita hace poco, le dijo discretamente a una amiga "y por lo que veo todavía siguen en el mismo desorden..."; un pariente que pasó unas semanas en un país nórdico me comentó que apenas al llegar al aeropuerto de Maiquetía había vuelto a sentir, con el acoso para la compra de dólares y el acarreo de maletas, el despelote criollo; una gringa que pasó unas horas en un aeropuerto nuestro antes de embarcarse para su tierra, estuvo observando a muchos funcionarios en sus desempeños y se atrevió a decirme "but, I really don't understand what is their job..." ("pero la verdad es que no entiendo en qué consiste su trabajo...").

Hace días, en un foro electoral en el IESA, al que me invitó mi amiga Margarita López-Maya, un joven profesional con pinta de extracción social muy acomodada, casi en la víspera de ser enviado por su familia a cursar un posgrado en el exterior, contó brevemente algunas de sus desventuras recientes en varios robos y delitos de que había sido objeto, incluyendo el despojo de su 4x4 y un secuestro express en donde lo dejaron desnudo en las afueras de Caracas, y destacó que lo que más le había dolido, en este último, no fue que lo abandonaran en un matorral y sin ropa, al punto de que creyó que iban a matarlo, sino que los malandros le dijeran al despedirse: "y esto te lo hacemos porque te lo mereces, pues ustedes tienen la culpa de que nosotros estemos jodidos...".

Desde nuestra perspectiva, este no es sino un botón de muestra acerca de como la cultura de la exclusión está haciendo cortocircuito con la del facilismo, no pocas veces con la yesca de la insensibilidad opositora y la chispa del incendiario discurso presidencial, lo que refuerza nuestra convicción no sólo de que carece de sentido optar por los términos del dilema falso al que nos quieren someter oficialismo y oposicionismo, sino de que es imperativo explorar nuevas opciones de superación real de nuestra enmarañada crisis cultural, económica, política, educativa y, por ende, social.

El malfuncionamiento cotidiano de nuestras instituciones, que a menudo nos causa hasta gracia y es motivo de chistes entre nosotros mismos, es sólo una de las manifestaciones, quizás de las más light o ligeras, de esta cultura del facilismo. La inseguridad, la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, la prostitución y el sicariato, flagelos indudablemente heavies que también nos azotan, y que constituyen factores de peso a la hora de que muchos emigren, son igualmente y como mínimo subproductos indirectos de esta hibridación cultural de la exclusión, de un lado, y el facilismo y el destrabajo, por otro.

Buena parte de los los comportamientos antisociales que nos escandalizan tienen su asidero en malformaciones culturales que se complementan viciosamente con nuestra bizarría económica y social, en general, y no podrán erradicarse jamás si no se afectan sus soportes. No dejaremos de insistir aquí en que el problema de la inseguridad, por poner un caso, que tanto nos golpea a los de clase media, no podrá solventarse jamás sin una mucha mayor cohesión e identidad social y ética, y productividad, lo cual pasa no por más repartos y piñatas generadores de ilusiones de bienestar, como lo está pretendiendo el gobierno, sobre todo en días electorales, sino por la generación de empleos estables y oportunidades de capacitación e incorporación al mundo productivo, con miras a la generación de productos y servicios que satisfagan nuestro cúmulo de necesidades insatisfechas, y por una mayor organización de la colectividad toda en las labores de prevención y combate del delito.

Y, con un calibre aún más grueso, esta secular complementación viciosa entre exclusión y facilismo, o entre polarización social y destrabajo, es también el pilar fundamental en que se ha asentado, apadrinado además por intereses externos e internos que medran de nuestras incapacidades y desdichas, nuestra cultura de la dependencia, nuestra irrefrenable manía de creer que son otros los causantes de nuestros problemas y que serán otros los protagonistas o antagonistas a la hora de hallarles solución. Dependencia que nos empuja a que cada vez que intentamos impulsar procesos de búsqueda de salidas sustentables a nuestras crisis, no aguantamos dos pedidas o presiones externas para desistir de nuestros propósitos.

Tal fue lo que nos ocurrió hace doscientos años, cuando la gesta independentista, con la activa participación y el valeroso sacrificio del pueblo pobre y de colores tintos, mas también, pues no es posible reeditar la historia, con el decidido liderazgo y orientación de gruesas porciones de la clase acomodada y de pieles pálidas, cuyo principal exponente fue el mismísimo Bolívar, cuando, tras dos décadas de sacrificios más que heroicos de todos, cierta oligarquía recalcitrante optó por regresar a las faldas de la tutela borbónica, so pretexto de una confrontación con el imperialismo y el protestantismo anglosajón. O lo que nos pasó, tras la muerte del tristemente longevo dictador Gómez y otra vez después de dos décadas y pico de luchas y combates por la democracia, contra la dictadura y por la modernización, con intervención activa no sólo del pueblo laborioso y pobre sino también del estudiantado y profesionales de clase media, intelectuales, artistas y cierto empresariado progresista, cuando un genuino proyecto nacional fue de nuevo abortado en la arena de fundamentalismos importados que hicieron de la lucha en favor o en contra del imperialismo, o del socialismo soviético-cubano, el nuevo y estéril centro de gravedad de las luchas. O, en carne propia, lo que nos está pasando hoy, cuando treinta años de luchas contra la corrupción, el clientelismo y la incapacidad de los partidos puntofijistas, en donde, una vez más, participaron múltiples fuerzas sociales y políticas, y que cristalizaron en la Constitución de 1999, están siendo abortados en el altar de una falsa confrontación entre capitalismo y socialismo, mercadismo y estatismo, liberalismo y totalitarismo, Estados Unidos y Cuba, que nadie explica ni entiende, y que amenaza con despeñarnos por el abismo de una guerra civil disfrazada dizque de lucha de clases.

No, no y no. No apoyamos la fantasía socialista no factible ni sustentable del Presidente, su PSUV, su gobierno y su pretensión de secuestrar los recursos del Estado, los símbolos patrios y hasta las esperanzas y el coraje del pueblo; y tampoco la insensibilidad opositora que intenta manipular el descontento y la frustración con el chavismo y el "socialismo", para revivivir, restaurar y relanzar los partidos y el modo de vida contra los que hemos luchado durante buena parte de nuestras vidas. Ambas falsas alternativas comparten, entre otros muchos elementos, la ilusión de querer superar nuestra crisis manteniendo inalterada la cultura de la exclusión y el facilismo que está en los tuétanos de todos nuestros padecimientos.

(Estamos a horas de iniciar la publicación, que saldrá a ritmo acelerado y con intenciones de ponernos al día con el lamentable atraso del blog, de una subserie sobre la política y las elecciones parlamentarias venezolanas. No se la pierdan, y tranquilos que el equipo si no gana por lo menos se recupera...).

martes, 3 de agosto de 2010

La cultura venezolana (I): La exclusión y sus secuelas

Hace años -está bien, muchos-, cuando, recién convertido en un joven veinteañero, me hallaba bajo el influjo de decenas de Valores humanos (programa televisivo), "Pizarrones" (columna dominical en El Nacional) y de las obras completas de Uslar Pietri, con su novela Un retrato en la geografía a la cabeza, decidí que estaba harto de nada más que ver de lejos y oir hablar de marginalidad y pobreza, y me fui a conocer los barrios de San Agustín del Sur: El Manguito, Hornos de Cal, El Mamón, Marín, La Charneca, etc., que quedaban cerca de mi casa en la Avenida Victoria, en Caracas, para hacerme de opiniones propias sobre el asunto y hacer algo útil que contribuyera a remediar o mitigar tal pobreza.

Fue así que, a comienzos de los setenta y durante varios años, frecuenté regularmente estos barrios, me hice miembro del Club Social El Manguito y tuve allí buenas amistades, de las que todavía conservo algunas, y no pasó mucho tiempo antes de que constatara las severas limitaciones de mi visión uslarpietresca de la vida. El mayor de los sacudimientos que experimenté consistió en descubrir otra cultura, otra manera de entender la importancia de las cosas, dramáticamente diferente de la mía. La lucha por satisfacer las necesidades alimentarias, vestuarias, de servicios básicos de luz, aguas blancas y negras, aseo urbano, y de transporte de cada día, así como la obtención de empleos, que en mi medio se daban por sentadas, ocupaba el centro de conversaciones, preocupaciones y aun angustias e impotencias. La salud, en cambio, no recibía mayor cuidado, era concebida como una cuestión de tener buena o mala suerte a la hora de enfermarse, y no era infrecuente que tanto niños como personas de apenas treinta o cuarenta años muriesen de enfermedades, como fiebres, gripes, diarreas y asmas, a las que había creído relativamente inofensivas. Algo parecido ocurría con la inseguridad, que, pese a que era mucho menor que en nuestros días, se tenía por un asunto delicado pero que sobrevenía como por azar y no dependía de la colectividad. Opuestamente, las lecturas, el cine, los museos, los programas culturales, el estudio, asuntos centrales en mi cosmovisión, recibían escasa o nula atención; la música, lejos de ser asumida como una especie de alimento para el espíritu, era entendida como mera distracción o acompañamiento de tragos, cuando no como insumo para el baile. La educación era vista ya como una imposición externa o ya casi como un lujo, además exótico en el caso de la superior, pero nunca como una vía para la superación (idea esta prácticamente ausente, pues el mundo se veía como fatalmente adverso), y recuerdo haber participado en campañas para convencer a muchas madres de que enviaran a sus niños al Colegio de Fe y Alegría, cuya mensualidad era de dos bolívares de entonces (unos cuatro bolívares fuertes de ahora ó cuatro mil de los débiles viejos), pero que ellas preferían gastar en otros menesteres prioritarios.

Lo más impresionante de todo resultó ser que en aquella otra mitad de venezolanos no existía una noción de pertenencia a una nación única, junto a los demás, ni tampoco se hablaba jamás de marginalidad ni se disponía de un discurso para hablar de sí mismos o de la necesidad de incorporarse al resto del cuerpo social, sino que se veía a los "de abajo", a los "finos" o no moradores de cerros, a la gente como yo, como los miembros de algo parecido a un país extranjero al que ellos no pertenecían. De manera análoga terminé percatándome de que en este otro mundo, el mío, no hablábamos de, ni teníamos vocablos para, designar nuestra condición de establecidos, incluidos o habitantes del valle, sino que simplemente eramos los "normales" y los veíamos a ellos como "la gente de los cerros" o "los marginales". Cada fracción veía a los demás como los otros.

Recuerdo haber oído incontables relatos de redadas policiales, desprecios y abusos sufridos en la calle o en diversas instituciones o trabajos, cacheos humillantes, desatenciones al solicitar algún servicio, persecuciones, decomisos y matraqueos por andar vendiendo buhonerías en las calles, violaciones de adolescentes y casi niñas que daban lugar a maternidades precoces, o actos de violencias incomprensibles, que carecían de sentido en el ambiente en que me había movido hasta entonces. El simple hecho de bajar a las calles de la ciudad implicaba asumir riesgos para los que había que estar preparado, y era cosa frecuente que la gente no regresará sino días después de su salida, pues se les retenía y golpeaba en comisarías y jefaturas civiles por cualquier motivo. Y, sobre todo, alguna vez me quedé atónito al escuchar, cual cosa corriente, que si alguno de ellos, por ejemplo, oía a otro emplear una palabra poco cotidiana o lo veía vestirse con un atuendo fuera de lo usual, le decía que parecía "un tipo de la sociedad", implicando que ellos no pertenecían a ésta.

Desde el Club organizamos numerosas campañas en pro del mejora- miento de los servicios básicos, con resultados nada despreciables, aunque siempre después de largas gestiones y tediosas colas, demoras y prórrogas ante los organismos burocráticos del Estado, en materia de instalación de alumbrado eléctrico, servicios de cloacas, aguas blancas colectivas y aseo urbano colectivo. También organizamos numerosas verbenas, visitas a parques y playas, fiestas para niños y jornadas de limpieza, que bastante contribuyeron a la integración social del barrio; aunque mucho de esto se perdió cuando, a partir de 1974 y con la inmigración masiva de colombianos, dominicanos, bolivianos y afines, la inseguridad se tornó insoportable aun para muchos de ellos, nacidos o criados allí, al punto de que buena parte de los miembros del Club decidieron emigrar y fundar un barrio de acceso restringido en las afueras de La Victoria, estado Aragua, en donde todavía viven y desde donde se desplazan diariamente a Caracas.

Lo más difícil, y donde los resultados fueron más magros, fue intentar promover el acceso a empleos, y allí entendí lo que querían decir ciertos economistas con la expresión desempleo crónico. Las dificultades empezaban con la muy escasa, salvo las ocasionales y difíciles de aprovechar plazas en obras de construcción, demanda de puestos de trabajo para personal poco calificado, y continuaban cuando los empleadores privados, así como los policías, vigilantes y funcionarios públicos, demostraban cierto curioso olfato para detectar y discriminar la condición social de los habitantes de los barrios en base a sus maneras de hablar, de razonar, de vestir y hasta de identificarse, pues para ellos resultaba difícil, en circunstancias en que, ante los ojos de los funcionarios de identificación, los más carecían de una dirección formal, hasta la mera obtención de una cédula.

En esas experiencias descubrí lo que luego, y también aquí en el blog, comenzaría a llamar, con otros, las raíces estructurales de la pobreza, y también a darle un significado vivencial y concreto tanto a las estadísticas sobre el tema como a mi vocación y compromiso por contribuir a superar los graves problemas sociales de nuestro país. Desde entonces entendí el porqué de la enorme influencia que los aspectos económicos tienen sobre las maneras de ver el mundo de las personas, vi claro que sin una atención seria a los problemas de capacitación y empleo es muy poco lo que puede hacerse en materia de impulsar un estilo de desarrollo sustentable, y desde entonces quedé en condiciones de entender, entre muchos otros aspectos cruciales de nuestros comportamientos y valores culturales, el porqué de que esta parroquia de San Agustín, que nunca antes había recibido las atenciones que ha tenido con el gobierno de Chávez y que se ha vuelto, con el Metrocable, una especie de parroquia mimada, haya estado dispuesta, como la mayoría de las zonas más depauperadas del país, a votar por cualquier proposición que el Presidente les haga.

Sin embargo, lo más importante de lo que allí aprendí fue que la dualidad, asimetría, marginalización o exclusión social, heredada tras siglos de empeño por construir una sociedad estamental, con personas de diferentes categorías o condiciones sociales, y que no pudo ser transformada por las luchas de la independencia, es una especie de madriguera cultural en donde se crían buena parte de los valores imperantes en la sociedad venezolana. Valores de soberbia, autosuficiencia, prepotencia, arribismo, insensibilidad, elitismo y afines, de un lado, y de sumisión, impotencia, resentimiento, afán retaliativo, baja autoestima, bajo afán de superación, desconfianza en el futuro, propensión a la violencia, y afines, del otro, que se refuerzan mutuamente como caras de una moneda. Y cuando aquí digo de un lado y del otro no me refiero simple ni principalmente a las casi mitades más pobre y menos pobre en que está escindida la sociedad venezolana, sino al carácter dual o polarizado de nuestra propia cultura dominante, que una y otra vez y en múltiples circunstancias se manifiesta imbuida de estos dos polos de valores contradictorios.

La sociedad tradicionalmente establecida y muchos de sus defensores ponen el grito en el cielo e intentan demostrar que antes, con AD y COPEI, se vivía mejor, de donde se deduce que de lo que se trata es de restaurar un orden social perdido y amenazado por la marea chavista, con lo cual no hacen sino dejar al desnudo, por una parte, su insensibilidad social y su incapacidad para entender el porqué de todo lo que está ocurriendo en Venezuela, pero también, por otra, su baja autoestima y su impotencia para contribuir a impulsar una transformación social profunda. El gobierno, abanderado de los pobres y los tradicionalmente excluidos, que fue originalmente electo para promover un cambio democrático, modernizador e incluyente, como el que claramente se expresa en la Constitución, formalmente vigente, de 1999, la cual dio continuación a los planteamientos tanto de nuestros libertadores como de los forjadores de nuestra chucuta pero no despreciable democracia, ha terminado por dejarse llevar por un afán de venganza, autoritarismo, prepotencia e intolerancia, como si quisiera voltear la tortilla y ocupar el lugar que hasta ha poco detentaban los sectores privilegiados, pretendiendo convertir a estos y a la mayoría de las capas medias en los nuevos excluidos.

El resultado es una sociedad desgarrada e impotente para ocuparse de sus problemas seculares y coyunturales, y amenazada con desesperarse y desangrarse en una guerra civil, de la que milagrosamente y solo gracias a una oportuna intervención externa, escapamos hace unos pocos años. Una sociedad que no termina de asumirse como una nación sino como dos conglomerados que se excluyen y se acusan uno al otro de ser los culpables de la no solución de problemas de los que, en definitiva, nadie tiene tiempo ni disposición a ocuparse. El discurso político opositor dominante, que no hace sino condensar el mucho más soberbio y desamorado discurso discriminatorio que se escucha a diario en las conversaciones de buena parte de los sectores establecidos, no contiene invitaciones a la incorporación de, o el ofrecimiento de nuevas oportunidades a, los excluidos, sino que se contenta con declarar su rechazo al rumbo que han tomado las cosas con Chávez. Y el sector oficial, por su lado, con sus constantes amenazas de barrido, aplastamiento y demolición de la oposición, con su desprecio a los "escuálidos" -sin importar que ya sean más de cinco millones de venezolanos-, su uso permanente de un lenguaje belicista de armas, batallones, escuadrones, milicias, guerrillas, combates, guerras y héroes militares, no pocas veces con sus soportes materiales a la vista, pareciera empeñado en lograr la derrota de medio país a manos de la enfurecida otra mitad.

Toda la cultura venezolana, desde donde quiera que la miremos, discursos o textos, encuestas o estudios, atuendos o usos, espacios o tiempos, valores o símbolos, necesidades o libertades, está escindida o como mínimo resquebrajada de manera semejante. Esto es tratado por buena parte de los voceros opositores bien como un hecho natural e indigno de atención especial, o bien como una culpa más del Presidente por soliviantar los ánimos y haber inventado la polarización social; mientras que éste y sus adláteres se eximen de responsabilidades acusando a los otros de hipócritas, asegurando que simplemente responden a una situación de hecho y anterior a este gobierno, y alegrándose de paso pues ven allí una confirmación de su postulado magno de la lucha de clases como motor de la historia.

Si la política es una respuesta a las necesidades, de cara a los valores encontrados o los conflictos de intereses de la gente, entonces esta realidad de la exclusión y sus secuelas culturales tendrá que ser absolutamente tomada en cuenta. No vemos posibilidades de salir de este atolladero tomando partido por alguno de los bandos en pugna. Por ello y en principio, apostamos al despertar y maduración política de los venezolanos actualmente no polarizados políticamente, y, preparando el terreno para los análisis y propuestas que dentro de poco formularemos, consideraremos como acertadas aquellas políticas que contribuyan a la erradicación real de la pobreza y tiendan hacia la superación pacífica de la exclusión y sus implicaciones culturales, y como erradas aquellas que tiendan a perpetuar una o agudizar las otras. Y, especialmente, entenderemos que las peores políticas son aquellas que inciden en alimentar la escalada de acciones retaliativas y perdedoras en que estamos inmersos, en donde cada polo político intenta justificar sus propios fundamentalismos, abusos y reacciones agresivas como respuesta defensiva ante los del otro.