martes, 12 de enero de 2010

La regla dorada de la moral como vínculo entre identidades y capacidades

"... No dictarás sentencias injustas. No harás favores al pobre, no te inclinarás ante el rico, sino que juzgarás con justicia a tu prójimo. No calumniarás a tu prójimo ni buscarás medios legales para hacerlo desaparecer. No odies en tu corazón a tu hermano; pero corrígelo, no sea que te hagas cómplice de sus faltas. No te vengarás ni guardarás rencor contra tus paisanos, sino que más bien amarás a tu prójimo como a ti mismo..."
Levítico. 19: 15-18.- [Texto fundamental tanto judío como cristiano e islámico, pues es parte de los cinco libros esenciales que conforman la Ley, el Pentateuco o Torah, reconocida por las tres religiones
que afilian, sobre todo las dos últimas, a aproximadamente el 54% de la humanidad].

"Ninguno de ustedes será un creyente hasta que quiera para su hermano lo que quiere para sí mismo".
Imán an-Nawawi.- Los Cuarenta Hadices (o Tradiciones Proféticas). 13.- [Texto fundamental,
complementario del Corán, de la religión islámica que afilia a aproximadamente el 21% de la población contemporánea].

"No juzguen a los demás y no serán juzgados ustedes. Porque de la misma manera que juzguen, así serán juzgados ustedes, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes. ¿Qué pasa? Ves la pelusa en el ojo de tu hermano, ¿y no te das cuenta del tronco que hay en en el tuyo? ¿Y dices a tu hermano: Déjame sacarte esa pelusa del ojo, teniendo tú un tronco en el tuyo? Hipócrita, saca primero el tronco que tienes en tu ojo y así verás mejor para sacar la pelusa del ojo de tu hermano. [...] Todo lo que ustedes desearían de los demás, háganlo con ellos: ahí está toda la Ley y los Profetas".
Mateo.- "Sermón de la Montaña. 7: 1-5, y 12".- En: La Biblia: Nuevo Testamento.- [Texto fundamental del cristianismo, que, con sus variantes, afilia al 33% de los habitantes del globo].


Tzyy Gonq: ¿Existe un único principio que pueda guiar la propia conducta a través de la vida? Confucio: Quizás sea el principio de la reciprocidad [shu], ¿no es cierto? Lo que no desea que le hagan, no lo haga a los otros".
Confucio.- "El arte de vivir. 361".- En: Analectas.- [Texto fundamental del confucianismo, que, junto al taoísmo y con sus diversas variantes chinas, acoge a cerca del 6% de los Homo sapiens].
"No hieras a los otros con aquello que te causaría dolor a tí mismo".
Udana: La palabra de Buda. 5: 18.- [Texto fundamental y uno de los más antiguos y venerados del budismo, con cerca del 6% de la sociedad humana viviente].


"Nunca le hagas a los demás lo que te haría daño a tí mismo".
Vishnu Sarma.- Panchatantra. 3:104.- [Texto fundamental y clásico del hinduísmo, que cobija a cerca del 13% de las personas, religiosas o no, del planeta].

La comúnmente llamada regla dorada de la moral, a saber, no hacerle a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros, o, lo que es igual, tratar a los otros como desearíamos ser tratados, es una especie de corolario obvio de nuestra identidad amorosa. En efecto, en una sociedad humana sana, sin relaciones de explotación, opresión o alienación, con hombres y mujeres ejerciendo los roles de, digamos, su diseño biológico y antropológico, es claro que no habría siquiera que ocuparse de enunciar tal regla pues sería el pan nuestro de cada día.

El indicador esencial de semejante estado de salud social, como venimos argumentando, sería el equilibrio de las funciones desempeñadas por los representantes de ambos sexos, pues a partir de allí se impulsaría el proceso de contención de la fuerza bruta, así como de despliegue de nuestra inteligencia, amor y afán de cooperación con nuestros semejantes, que impregnaría todas las actividades sociales y, muy probablemente, las relaciones con miembros de otras etnias humanas y hasta del resto de especies vivientes y de la naturaleza toda. Hay serios motivos para pensar que, sin llegar a extremos idílicos, este para nosotros curioso estado debió haber sido el dominante en nuestras sociedades durante mucho más del 90% de la existencia de nuestra especie y del 99,9% desde la aparición de nuestro género Homo.

Pero, inversamente y ante el extravío civilizatorio que significa el reino del desamor en que vivimos desde hace rato, es también claro que la práctica de la regla dorada se convierte en un caso excepcional, mientras que la aplicación de una especie de regla de hierro, en donde estamos dispuestos a tratar al prójimo como jamás nos gustaría que nos trataran a nosotros, se coloca en el orden del día. Y, por supuesto, si el macho humano trata a la hembra humana cercana, que lo ha parido y amamantado, lo apoya cotidianamente, lo acaricia con ternura y le permite tener descendencia, con prepotencia, rudeza y violencia: ¿qué se puede esperar de su trato con los demás seres humanos y con el resto de seres vivos y naturales? No es extraño entonces que, contra cualquier prescripción religiosa, ética o simplemente emocional, nuestras civilizaciones, todas, funcionan poco más o menos bajo el principio tácito de aprovéchate de tu fortaleza para tratar a los seres más débiles e indefensos como nunca permitirías que te tratasen a ti. (Esto de indefensos, por supuesto, es una ilusión, pues estos seres, directa o indirectamente, se vengan de la dominación de los privilegiados masculinos haciendo, en el caso humano, que nada funcione como debería, y, en el no humano, a través de mecanismos parecidos a la venganza, contra nuestros abusos e inconsciencia, que amenazan con desterrarnos tarde o temprano quizás a otras galaxias...)

Con semejante alejamiento milenario de las que parecieran haber sido las tendencias centrales de nuestro comportamiento humano durante decenas y centenas de miles y aun millones de años, se entenderá que ningún proceso de restauración de nuestra identidad confundida, sin el cual todo lo que hagamos es, al decir del I Ching chino, un "trabajo en lo echado a perder" o, más castizamente, "como arar en el mar", puede ser sencillo o inmediato o, por supuesto, apto para apurados y ni qué decir de histéricos.

Sin embargo, como venimos argumentando en esta recta final de nuestra serie sobre las identidades humanas y latinoamericanas, en el fondo de esta caja de Pandora que hemos abierto yace una esperanza que, con su correspondiente dosis de afecto y audacia, bien podría servir para emprender, o mejor continuar, pues nunca se ha interrumpido, el avance hacia el mundo perdido de la confianza y la entrega y, con éstas, por fin, de nuevo hacia el amor. Y es aquí donde, afortunadamente, la regla dorada, que no por casualidad aparece meridianamente explícita en el corazón del corazón de los supuestos libros sagrados revelados por el Creador del mundo a nuestros más remotos antecesores, nos viene al pelo como herramienta privilegiada para la reconstrucción civilizatoria.

Si en algún momento dijimos que las identidades son algo así como capacidades antropológicas innatas o genéticas, ha llegado el momento de decir que son también el producto del ejercicio prolongado de nuestras capacidades más puramente espirituales o culturales. Y así como nuestras emociones parecieran constituirse en varios niveles: desde el primario, en torno a las emociones básicas de la aceptación, la alegría, la anticipación y el coraje, seguidas de una instancia secundaria, la del afecto, la esperanza y el coraje, y de otra instancia más, que incluiría la confianza y la entrega, hasta llegar al amor en la cúpula de nuestra emocionalidad e identidad, asimismo todas esas emociones de menor nivel son regidas por las de mayor nivel que, a su vez, se refuerzan y se restauran, o se inhiben y degradan, a partir de la transformación de nuestras capacidades. La regla dorada de la moral, de por sí una herramienta ética o cultural, y por tanto susceptible de ser enseñada, aprendida, practicada, memorizada, repetida y difundida, es, desde la perspectiva que aquí se sustenta, la clave para regir simultáneamente tanto el proceso consciente de transformación de nuestras capacidades como el proceso inconsciente de restauración de nuestras identidades.

En otras palabras, afirmamos que la situación de debilidades en el segundo nivel de identidades, que hemos detectado en el caso latinoamericano, así como las preocupantísimas ambigüedades que hemos hallado en el tercer nivel, en prácticamente todos los casos, y la distorsión civilizatoria mayúscula que hemos encontrado en el nivel tope, en donde el desamor pareciera estar usurpando socialmente, desde hace unos pocos milenios, entre nosotros y por doquiera, el puesto del amor, pueden y deben ser corregidas bajo la rectoría de la regla dorada de la moral. Y si nosotros, los miembros de esa extraña séptima parte de la humanidad que aparece en las estadísticas de las religiones como "no religiosos" y "ateos", estuviésemos dispuestos a aceptar esta regla dorada como acorde con nuestra comprensión de la esencia humana, ¿qué excusa podrían tener para no obedecerla aquellas y aquellos que la consideran revelada a los mortales por el mismísimo Dios?

Puesto que nuestro artículo se alargaría más desproporcionadamente que de costumbre, y dado que nos estamos estrenando con la nueva realidad del racionamiento eléctrico en Venezuela, que nos dejó, con un apagón -alias paro dizque programado- de cinco horas, sin Internet por ídem y con los crespos hechos para su publicación regular, lo que nos obliga a presentar las excusas de rigor por el retraso ante nuestra tal vez no masiva pero sí digna audiencia, dejaremos para la próxima entrega nuestro intento de sistematizar, o por lo menos ordenar un poco, la manera como creemos que puede aplicarse esta regla dorada, especie de vínculo o interfaz entre capacidades e identidades. Si encontrásemos la manera de hacer valer esta regla en nuestras conductas a múltiples niveles, es mucho lo que podríamos lograr en provecho de sacar de su atolladero las calidades de vida en nuestro subcontinente y nuestra subestrella solar. Claro que el desafío no es trivial, pero lo intentaremos, y como no estamos aquí para ser famosos sino para ser coherentes, entonces lo intentaremos al cuadrado.

viernes, 8 de enero de 2010

¿Tiene sentido insistir en amarnos los unos a los otros?

"Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros". Artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948.
Tan, pero tan difícil es amarnos en las sociedades modernas o aspirantes a serlo, que, pese a las exhortaciones de tantos sabios y después de inspirarnos en la Declaración de los derechos del hombre, de inscribir orondamente el lema de Libertad, igualdad y fraternidad en el podio de nuestros máximos valores civilizatorios, y de ratificar estos principios en la Declaración Universal de Derechos Humanos, las cosas acontecen como si nos hiciésemos los locos y en la práctica hubiésemos reemplazado todo eso por algo así como una Declaración de los derechos del varón blanco afortunado, una consigna de Libertad, desigualdad y enemistad y una suerte de Declaración Restringida de Derechos de Minorías Privilegiadas.

A la hora de plantearnos qué hacer ante esta situación de hegemonía del desamor, fácilmente constatable en nuestras vidas cotidianas, nos encontramos con una pésima noticia: el mal no es cosa restringida ni nueva sino de muy amplia difusión y vieja data. Nuestra civilización, y también las demás civilizaciones clasistas, llevan ya milenios de prácticas dominantes de desamor y represión. Las prédicas, incesantes, eso sí, de todas estas épocas en favor del amor, sólo han logrado comprometer a individualidades o a lo sumo a minorías virtuosas. Tan aplastantemente mala es la noticia que muchos, quizás con el mismísimo Sigmund Freud a la cabeza, han llegado a creer que se trata de un mal necesario e irreversible, de un exhorbitante precio que habría que pagar por los demás beneficios que ofrece la vida civilizada. Para Freud -apartando de momento sus otros valiosos aportes analíticos y terapéuticos- la idea de una civilización no represiva es una contradicción en los términos, pues la civilización, o la cultura, es precisamente el gran mecanismo que permite someter los instintos humanos que, dejados a su arbitrio, provocarían el caos, la destrucción y la muerte de la sociedad. El que quizás todavía sea el consultor empresarial mejor pagado del planeta, Michael Porter, en el fondo sostiene que la competitividad, la pugna por aplastar al adversario económico, es la razón de ser de la empresa moderna. Los marxistas de crianza soviética siguen sosteniendo, apoyándose en un extracto del Manifiesto del partido comunista, escrito hace más de 160 años por un Marx que tenía 30, que la violencia es la partera de la historia. Y todavía otros, como Konrad Lorenz, han ido incluso mucho más allá, llegando a afirmar no sólo que no hay nada que hacer ante la pérdida de nuestra identidad amorosa, sino que en definitiva la violencia y el odio son nuestra verdadera y última identidad. Es evidente que no estamos hablando de conchas de ajo.

Pero, afortunadamente, y como refuerzo de los motivos que dimos hace algunos días para ser optimistas, también tenemos algunas bastante buenas noticias. Primera: muchos indicadores sugieren que la resaca civilizatoria de desamor, represión y violencia, sin que por supuesto haya desaparecido, llegó a un punto culminante en la mitad inicial del siglo XX, sin lugar a dudas el período de mayor generación, tanto en términos relativos o per cápita como absolutos, de testosterona, sangre, sudor, lágrimas, fuego, bombas, balas, esquirlas, ruidos, combustibles, radiaciones, temperaturas, megatones, cantidad o calidad de víctimas, o de cualquier otro indicador que podamos asociar a la destructividad o la violencia humana, o inclusive animal o vegetal, en toda la vida de este tercer planeta solar. Sólo en la Segunda Guerra Mundial perecieron más de 60 millones de personas, en su gran mayoría civiles, equivalentes al 2% de la población mundial del momento. El año 1945 debería ser recordado como el non plus ultra del desamor humano, fecha clímax de la violencia u orgasmo del demonio, y por tanto hito de un antes y un después civilizatorio. El machismo, nazismo, fascismo, falangismo, racismo, imperialismo, totalitarismo, halconismo, oscurantismo y sus compinches alcanzaron allí sus máximos exponentes históricos, y no por casualidad Hitler, Mussolini y Franco, pero también Stalin, Churchill, Truman y demás principales responsables de los desastres de ese año de la vergüenza y sus alrededores, terminaron suicidados, ejecutados, execrados o al menos duramente removidos de sus cargos por sus pueblos. Auschwitz, Dachau, Buchenwald, Treblinka y muchos otros campos nazis de concentración y exterminio, son algunos de los principales nombres propios de la infamia, pero también, y a contracorriente de la propaganda establecida, hay que añadir a Hiroshima, Nagasaki, los Gulags y los menos conocidos campos de concentración estadounidenses para japoneses: Tule Lake, Poston, Heart Mountain y otros, más el centenario y todavía oprobioso Guantánamo. Aunque todavía no tiene la fuerza que desearíamos, la ola mundial de rechazo a las ideologías inspiradoras de semejantes barbaries posee ya dimensiones suficientes como para que sea razonable pensar que lo peor de la degeneración humana ha quedado atrás y que será cada vez más difícil una reedición de tal aquelarre.

Segunda: tras la oleada de interpretaciones interesadas de los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, generadas en los años inmediatamente posteriores, han emergido toda una nueva familia de estudios y elaboraciones, expuestas a través de los más diversos géneros creativos, desde artísticos hasta científicos, que se distancian de la versión oficial de Hitler y Mussolini como los locos autocráticos y malvados versus los inocentes demócratas aliados, para poner de relieve la existencia de un extendido cáncer civilizatorio que tiene en su meollo a una racionalidad totalitaria, machista y despótica que de una u otra manera se ha colado dentro de todos nosotros, los habitantes de estas civilizaciones. Especial mención nos merecen aquí los pensadores de batería intelectual pesada de la llamada Escuela de Frankfurt, como Marcuse, Adorno, Horkheimer, Habermas, Benjamin, Fromm y otros, que sufrieron en carne propia los rigores del nazismo, y han logrado demostrar, entre otros aportes, que la racionalidad totalitaria o unidimensional está presente aun en las democracias modernas y que el marxismo soviético ha estado infestado por muchos de los flagelos de su enemigo capitalista, pero también que en las propias tesis freudianas es posible hallar premisas para refutar muchas de las fatídicas conclusiones de este analista de la psique. Muchos otros grandes pensadores, como Sartre, Lefebvre, Toynbee, Schumpeter, Jung, Lacan, Foucauld, Morin, Ribeiro, Maturana y tantos otros más, que se han dado a la tarea de elaborar interpretaciones de los males civilizatorios que van más allá de la disputa entre los malos de El Eje y los buenos Aliados, han estado brindando marcos de referencia para un pensamiento crítico y superador de la modernidad. Y, afortunadamente, el flujo de novelas, películas, obras teatrales, series televisivas, exposiciones, poesías, etc., denunciantes de la locura belicista y totalitaria, ha logrado mantener su benéfico bombardeo y no ha amainado desde los días de la posguerra.

Tercera: al calor del rechazo a los desmanes bélicos y autoritarios y con inspiración en esas elaboraciones y creaciones han surgido una amplia gama de movimientos sociales en defensa de los derechos humanos, ambientales y de las diversas minorías -y ni tanto, como es el caso de las mujeres- que han venido conquistando cada vez más logros y erosionando las bases del desamor y el totalitarismo civilizatorios. En este mismo contexto se ha venido a reconocer, por ejemplo, el rol decisivo que las mujeres han venido jugando a través de la historia, con invenciones de la talla de la agricultura, e inclusive durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler y Mussolini quisieron convertirlas en incubadoras de soldados, mientras que Roosevelt prácticamente las encargó del aparato productivo interno estadounidense, que inclinó la balanza en contra del nazismo. De la misma manera, cada día se aprecia más claramente el rol de los jóvenes de de la generación mundial del '68 para evitar una tercera guerra mundial y en contra del autoritarismo y el armamentismo de la posguerra, así como para poner fin a la Guerra de Vietnam; o de los científicos pacifistas como Einstein para evitar la hegemonía nazi y poner cotas morales a la carrera nuclear. El voto femenino es prácticamente un logro universal; nunca antes en la historia humana habían existido tantos regímenes democráticamente electos por los pueblos; y jamás se le habían puesto las papas tan duras a los dictadores, que ya no pueden quedarse tranquilos ni siquiera después de sus retiros del poder. Del mismo modo, los movimientos ambientalistas están incrementando su organización a escala mundial y mediática y comenzando a poner en jaque a los gobiernos empecinados en desconocer las amenazas climáticas y ambientales. Cada día son más frecuentes y demoledoras las críticas al actual modelo civilizatorio, aun en centros intelectuales supuestamente defensores del statu quo como Harvard, MIT, Stanford, la UCLA o nuestro Monterrey. También, por citar sólo otro caso no mencionado hasta ahora, en el mundo de los profesionales del enfoque de sistemas, que indudablemente jugaron un rol de suma importancia en aquellla contienda bélica para evitar lo peor, que era el triunfo del nazismo, y después, para evitar lo segundo peor, que era la hegemonía estalinista en la posguerra, se han elaborado enfoques críticos como los de Russell Ackoff y Stafford Beer, a los que han comenzado a sumarse latinoamericanos tales como Raúl Espejo y Fernando Flores. La cada día mayor difusión del enfoque sistémico le está complicando, afortunadamente, la vida a los enfoques deterministas o teleológicos, que invariablemente se inspiran en, o terminan planteando, la aniquilación o desprecio absoluto por los otros.

Cuarto: el ascenso del moreno Obama a la presidencia de los EUA, esencialmente apoyado en un vasto movimiento de jóvenes armados con computadores y celulares, sin el apoyo del establecimiento corporativo de esa potencia y con un mensaje crítico y nada dogmático al trasnochado belicismo machista bushiano; o los liderazgos de popularidad sustentable de Lula y Bachelet entre nosotros, también pueden ser vistos como una señal de cambio de los nuevos tiempos. Por primera vez, quizás en dos siglos, en América Latina comienzan a emerger alternativas realmente distintas tanto al seguidismo liberalista y sus variantes como a la familia ideológica de los marxismos-leninismos, basados todos en la premisa de la lucha de clases. Pese a sus contrastes, ambas familias de enfoques comparten la idea de un sujeto social parcial, por supuesto que masculino: el empresariado en un caso o el proletariado en el otro, que se alza con todo el poder y se erige en sujeto social hegemónico y representante, por decreto, de la especie humana.

La lucha, entonces, contra las raíces de la enfermedad del desamor en las civilizaciones contemporáneas, dista de estar perdida, y hay motivos para pensar que, como mínimo, a este cáncer se le acabaron sus días de crecimiento e implantación impune. Y así como tardó milenios para llegar a cohibir o someter la emociones e identidades humanas más elevadas, es posible que ahora, quizás en algunos siglos, pueda ser desterrado, puesto que sus bases ontogénicas, a nivel individual, y filogénicas, a nivel colectivo, a saber, el desprecio por las conductas y movimientos inspirados en el amor y la cooperación, de los que sobre todo las féminas son sus más fieles portadoras, están siendo socavadas. Sin esta lucha sorda, repetimos, necesariamente de muy largo plazo y en donde tendremos que armarnos con nuestras confianzas y entregas más pacientes, contra el machismo, el egoísmo y el totalitarismo infiltrados hasta en nuestros tuétanos, cualquier proyecto transformador o dizque revolucionario no pasará de ser una corrida de arruga o tratamiento cosmético de los males más hondos de nuestra civilización.

En el próximo artículo volveremos sobre este mismo punto con ideas más concretas acerca de qué hacer para contribuir a la restitución de la identidad humana civilizatoriamente pisoteada.

martes, 5 de enero de 2010

¿Por qué hay tan poco y es tan efímero el amor en nuestras sociedades?

Frente a la imponente prédica, que tuvimos oportunidad de sondear en la entrega anterior, de los más granados pensadores y líderes espirituales de una amplia gama de culturas en torno al amor como emoción humana cimera e ideal, se erige la monumental evidencia del desamor y el egoísmo imperantes en nuestras sociedades, con la consiguiente escasez y condición efímera de aquel. ¿De dónde emana tanta incongruencia, que quizás contenga la mayor de las brechas entre nuestros dichos y hechos? Falta de fe pregonan los sacerdotes, pérdida de valores, materialismo y debilitamiento de la vida familiar apuntan otros, el capitalismo tiene la culpa asegura la izquierda, la ambición comunista lo va erosionando todo expone la derecha, el amor es una entelequia aseguran los cínicos, el amor es cosa de muchachos y lo mío es el poder, la seguridad, el billete, la fama, dicen demasiados contemporáneos y no tanto...

No obstante, por lo que a nosotros se refiere, estas explicaciones no nos satisfacen en absoluto, y más bien parecen una manera de replantear el asunto o, como se diría en matemáticas, un mero cambio de variables, pues acto seguido cabría preguntarse: ¿por qué se ha debilitado la fe? ¿Por qué se han perdido los valores, se ha materializado la vida y se ha debilitado la familia? ¿De dónde sacan tanta fuerza el capitalismo o los movimientos comunistas para arremeter contra lo que pareciera una identidad humana esencial? ¿Por qué habría de quedar el amor para los muchachos? ¿O será que el amor es una entelequia inalcanzable, un tema de poetas y místicos, una ilusión inaccesible para el hombre y la mujer comunes, apenas levemente intuible o conocible para el grueso de los mortales?

A sabiendas de que estamos ante preguntas del más grueso calibre, y seguramente metidos en camisa de once varas, no queremos, sin embargo, soslayar el asunto, y nos atreveremos, incluso aceptando las restricciones de espacio que impone nuestro canal de comunicación, a asomar los mejores resultados de nuestras, si no profundas, cuando menos persistentes reflexiones sobre el asunto.

Para empezar, descartaremos, por contraria a nuestras más elementales intuiciones y sentido común, y también por incongruente con las evidencias biológicas y antropológicas que tanto hemos destacado en este blog en torno al sentido pacífico y cooperativo que ha tenido la evolución de nuestra especie, la hipótesis de que la postulación del amor como emoción humana más elevada pudiese ser una suerte de mentira o hipocresía social superlativa, o una manera de martirizarnos o esquizofrenizarnos, cual bestias queriendo dárselas de criaturas angelicales o dejándose guiar por anhelos fuera de sus posibilidades.

Una mirada imparcial a nuestra anatomía y fisiología, como resultado de un largo proceso evolutivo; un examen del contenido esencial de la miríada de poesías, cuentos, novelas, ensayos, monografías científicas, canciones, melodías musicales, sermones y escrituras religiosas, obras teatrales, películas, pinturas, esculturas y tantas otras expresiones culturales con que nos hemos topado en nuestras vidas; las respuestas que hemos conocido que muchísimas personas dan a la pregunta de qué es lo más importante en sus vidas; la conversaciones que con tantas personas queridas y respetadas, y en las más variadas circunstancias, hemos sostenido acerca de las cosas verdaderamente esenciales en nuestras existencias; y, sobre todo, la lectura interior que hacemos acerca de qué es lo que en última instancia nos mueve y anima, nos llevan a creer que es extremadamente poco probable que el sentimiento y la vocación amorosa de que tanto nos ocupamos sean una ilusión o una forma de autoengaño, y que, por el contrario, se trata de una aspiración humana absolutamente genuina aunque indudablemente muy ardua de realizar.

Una de las mayores luminarias de nuestra cultura occidental, René Descartes, en su Discurso del método, después de pasearse por la posibilidad de que todas nuestras percepciones del mundo exterior pudiesen ser falsas, concluye, con su legendario cógito ergo sum, que, sin embargo, el ente que hace la reflexión sobre la falsedad de todo lo demás no puede ser, el mismo, otra falsedad, sino que tiene que existir realmente, de donde su pienso luego existo, que luego se convierte en motto de toda la ilustración y aun la modernidad. Valiéndonos de nuestra condición de bolsas profesionales, y encima productores directores, editores y redactores y distribuidores de un blog de muy escasos lectores, y por tanto con todos los derechos adquiridos para expresarnos cual nos plazca sin temor a ridículo notorio alguno, nos atrevemos a afirmar que, si bien lo dicho por este genio no nos parece disparatado, todo su razonamiento, con el añadido de que así puede sujetarse a mayores verificaciones o refutabilidades externas, es perfectamente aplicable a los sentimientos, a las intuiciones, a las percepciones mismas y, sobre todo, a las emociones.

En efecto, podría ocurrir que todo lo que siento sea una ilusión, pero no puede ser que sea ilusorio el que sienta ilusiones, por lo que siento luego existo; que todas mis intuiciones sean falsas, pero no que soy capaz de intuir, y entonces intuyo luego existo; que todas mis percepciones sean erróneas, pero no que soy capaz de percibir, de donde percibo luego existo; y que todas mis emociones sean infundadas o equívocas, pero no que soy incapaz de emocionar, ergo, emociono luego existo. Más aún, nos parece más contundente la argumentación de nuestro Aquiles Nazoa, cuando dice "...creo en la amistad como el invento más bello del hombre; creo en los poderes creadores del pueblo, creo en la poesía y en fin creo en mí mismo, puesto que sé que hay alguien que me ama". [Ojo: el hombre es el hombre, el pueblo es pueblo, la poesía es la poesía y el amor es el amor, y de ninguna manera pueden ser el electorado, la base de apoyo o el discurso de ningún fulano, y menos, por obra y gracia de la propaganda, sinónimo de cualquier individualidad, no importa cuán humana, popular, poética o amorosa esta sea].

Sobre esta base, es decir, aceptada la legitimidad de las interrogantes acerca de por qué es tan difícil, en cualquiera de sus acepciones o alcances, vivir en un estado de amor, el primer elemento que queremos avanzar es el de que todo pareciera ocurrir como si nuestros impulsos antropológicos naturales y espontáneos a amar y merecer ser amados chocaran contra un muro de obstáculos o se asfixiaran en una atmósfera cultural, política, económica, territorial, educativa, en síntesis, social, enrarecida y hostil al amor, como si viviésemos encerrados en una jaula invisible que impide volar amorosamente como anhelamos. Y a la pregunta: ¿de dónde salen este muro, esta atmósfera o esta jaula invisibles?, respondemos que nos parecen el resultado de varios milenios de desequilibrio y extravío civilizatorio, después de que se rompió el pacto antropológico esencial que dio lugar a nuestra especie, a saber, el acuerdo, ya expresado en nuestro dimorfismo sexual, según el cual nuestras hembras marcharían a la vanguardia de un proyecto orientado hacia la priorización de la vida afectiva, cooperativa e inteligente, mientras que los machos iríamos a la retaguardia o a los lados, con el mismo norte pero con mayores capacidades defensivas y ofensivas, para proteger a todo el conjunto humano frente a depredadores o potenciales abusadores de nuestra vulnerabilidad vocacional y conscientemente escogida.

En la medida en que nosotros los machos, a quienes originalmente se nos encargó, para beneficio de todos, la tarea de ser más fuertes para custodiar un conjunto social que se propuso ser armonioso, pacífico y amoroso, nos hemos alzado con el poder político y económico, hemos creado e impuesto una cultura en donde desde los dioses hasta los héroes y las estatuas son varones -en su mayoría guerreros o casi-, hemos creado una sociedad profundamente desigual y discriminatoria de lo femenino y bondadoso, y hemos establecido un sistema de crianza en donde la ternura, la confianza, la delicadeza, la cooperación, la dulzura y, en general, la expresión de emociones positivas, han terminado por significar debilidades y afeminamientos propios de seres inferiores, entonces hemos gestado también ese muro y esa atmósfera atentatorios contra nuestra más íntima identidad.

El fenómeno es análogo a lo que a diario observamos en todas las sociedades, y con particular fuerza en nuestras sociedades latinoamericanas, en donde los pueblos le asignan presupuestos y recursos a las instituciones armadas para la defensa de los intereses de todos, pero luego resulta que los jefes de éstas se creen más que el resto de la población desarmada y pretenden imponer su ley y sus criterios por encima de la voluntad de quienes les asignaron tal misión; o sea, algo así como que en un edificio se contrate a un cuerpo de vigilantes armados para custodiar las vidas y las propiedades de todos los copropietarios, y un buen día estos vigilantes se aparezcan con un proyecto propio en donde ellos se convierten en los amos y señores del conjunto residencial, mirando por encima del hombro a quienes los designaron para tales roles.

Eso y no otra cosa es lo que vemos que ha ocurrido y sigue ocurriendo a gran escala y desde hace miles de años en todas nuestras sociedades y civilizaciones: la porción de machos adultos encargados de la vigilancia de todos, inicialmente con nuestro mayor tamaño, nuestra musculatura más estriada y potente, nuestra osamenta más larga y maciza, y nuestras mayores dosis de testosterona para la agresión, la defensa y el ataque, y luego con armas primero metálicas, después de fuego y últimamente nucleares, nos hemos creído, quizás inspirándonos en los leones melenudos, con derecho a imponer nuestros caprichos, nuestras leyes y nuestras creaciones espirituales, en resumen nuestro poder patriarcal, al resto femenino, juvenil e infantil de humanos supuestamente inferiores. Y esto, a lo que se ha querido identificar con la única forma posible de civilización, ha desencadenado una manera de vivir absolutamente encontrada con nuestros propósitos originales.

¿Mera especulación de aprendices de filósofo? Tal vez, pero quienes así piensen tendrán que responder acerca de por qué, aun cuando existen amplias evidencias de la similar inteligencia y capacidad de ambos géneros, la inmensa mayoría de dictadores, déspotas, caudillos, amos, papas, rabinos, ayatolás, presidentes, ministros, senadores, diputados, gobernadores, alcaldes, ejecutivos, empresarios, patronos, sacerdotes, clérigos, pastores, generales, oficiales, soldados, etc., y por si fuera poco de criminales, asaltantes, ladrones, verdugos, farsantes, embaucadores, adulantes, tramposos, hipócritas, mercenarios, sicarios y demás oficiantes de emocionalidades en las antípodas del amor, han sido, desde que se constituyeron las civilizaciones clásicas, representantes del sexo masculino. U, opuestamente, ¿por qué sistemáticamente se comprueba que en las sociedades, tanto primitivas como civilizadas o cuasicivilizadas, sin clases sociales, es decir sin relaciones de explotación económica, dominación política o enajenación cultural, tampoco existían privilegios de sexo, como se comprueba en los enterramientos, atuendos, adornos, utensilios, etc., que sugieren un plano de igualdad?

En cuanto a cómo se originó y cómo podría superarse esta usurpación, este desequilibrio o desarmonía, existe ya, y afortunadamente cada vez más desde que se ha iniciado la restauración del merecido y natural poder femenino en las sociedades contemporáneas, una vasta literatura, cuya sola exploracion escapa a los límites de este artículo, en donde quizás una de las piezas más conocidas sea El cáliz y la espada, de Riane Eisler. De esta obra, nuestra Isabel Allende, a quienes los machistas de toda laya suelen acusar de escribidora superficial, ha dicho que: "...El caliz y la espada es uno de esos magníficos libros-clave que pueden transformarnos y también pueden iniciar cambios fundamentales en el mundo... Riane Eisler prueba que el sueño de la paz no es una utopía imposible. En verdad hubo una época muy antigua en la que prevaleció la participación, la creatividad y el afecto, donde la gente vivía con más solidaridad que agresión, y donde reinaba una Diosa benevolente".

Por su parte, nuestro Humberto Maturana, ha argumentado vasta, honda y profusamente, acerca de los mecanismos que dieron lugar a esta impostura civilizatoria masculina. Su tesis, que nos ha dejado más que razonablemente convencidos, es que a propósito del seguimiento de rebaños de rumiantes, con miras a asegurar el sustento de sus tribus, ciertos destacamentos de varones pastores comenzaron a alejarse de sus hogares por largos períodos, a desarrollar cierto sentido de propiedad sobre tales rebaños y a destruir sistemáticamente los depredadores carnívoros competidores, con lo cual crecieron en ellos cierto hábitos y gustos por el derramamiento de sangre sin el propósito inmediato -según el estilo de los cazadores clásicos- de procurarse la carne como alimento. Con el tiempo, se fueron dotando de armas arrojadizas y de impacto cada vez más poderosas, comenzaron a creerse con mayores derechos que las hembras, niños y demás adultos que permanecían en el campamento o la aldea rural, cada vez más encargados de las apacibles y crecientemente complejas faenas agrícolas, hasta que, sobre todo con el advenimiento de las armas metálicas, y particularmente férreas, y después con el empleo de caballos, la escritura, los libros sagrados a su favor, la enseñanza restringida a los propios, los templos y los ejércitos regulares adiestrados y puestos a su servicio, añadimos nosotros, terminaron por someter a múltiples pueblos e instaurar, hace unos pocos miles de años, las grandes civilizaciones imperiales y las sociedades de clases y jerarquías sociales que han prevalecido, con armas de sofisticación creciente, hasta el presente.

Lo que suele llamarse pomposamente la historia, e inclusive La Historia, es en buena medida el relato de la evolución y transformación de los distintos sistemas de dominación que han prevalecido durante no más del 2 ó 3% de nuestra existencia de 200.000 años como Homo sapiens sapiens. Nos cuesta creer que no haya sido a propósito que el estudio de las sociedades primitivas y de las tribus y clanes de cazadores-recolectores, de los cuales todavía restan especímenes; de las sociedades rurales neolíticas, cuyos vestigios fácilmente se hallan en las sociedades campesinas del tercer mundo; de las sociedades precursoras de las civilizaciones con escritura, cuyos restos invariablemente se encuentran debajo de las ruinas de las civilizaciones clásicas; e incluso de genuinas civilizaciones, con escritura, arquitectura, cerámica, artes plásticas y demás aditamentos, como la Egea o creto-micénica, a las que bastaría con asignar unas migajas de lo que se gasta en armamentos y viajes al espacio, para realizar notables descubrimientos acerca de nuestro pasado y, por tanto, sobre nuestros probables futuros, siga manteniéndose sistemáticamente subestimado, al punto de que es más fácil conocer acerca de los dragones de Komodo o sobre las aves del Paraíso que acerca de nuestras tribus primitivas sobrevivientes e integradas por Homo sapiens sapiens.

Y, por fin, nuestra mejor explicación acerca de por qué, pese a estar diseñados, no nos importa aquí por quien o con que intención, para el amor y la convivencia creativa, cooperativa e inteligente, vivimos sumidos en un pantano de odio, explotación, dominación y engaños, por decir lo mínimo, consiste en que nos desenvolvemos en un ambiente social que pretende, expresa y sobre todo subrepticiamente, negar nuestra identidad y emocionalidad esencial. Pensamos que la inmensa mayoría de explotadores, opresores, prepotentes, timadores y tracaleros de todas las pintas que abundan en nuestras sociedades son el producto de estas circunstancias que se autoreproducen y que obligan prontamente a desertar a la mayoría de quienes intentan nadar contra la corriente. La casi totalidad de malas personas que hemos conocido son ex-buenas personas que, tras sufrir los sinsabores de quien intenta ejercer su emocionalidad amorosa profunda, un día llegan a la conclusión de que no van a ser más pendejos que los demás y se dedican a practicar aquello de que lo que es igual no es trampa.

Y, en nuestra Latinoamérica, si bien no somos líderes mundiales del odio, el egoísmo y la maldad, ya nos queda cada día más feo seguir echándole la culpa a los imperios y los ricos por nuestras carencias y vicios. Basta una paseada por las calles y barrios de nuestras ciudades para descubrir que simplemente no es verdad que los ricos son los malos y odiosos y los pobres los buenos y amorosos: el cobrador de peaje que se instala en el cerro para asaltar y hasta asesinar al trabajador que regresa a casa, para quitarle su salario los viernes al final de la tarde, no puede ser eximido de responsabilidades porque es pobre, ni tampoco el que adultera los pesos conque vende las verduras, ni el que trafica con drogas que sabe que crean un síndrome de abstinencia cada vez más violento, ni el que trata con blancas o vive del sicariato o los secuestros. Todo ocurre como si los vicios o pecados capitales, desde la pereza hasta la soberbia, no respetaran los linderos de las clases económicas, políticas, educativas, religiosas o, simultáneamente, sociales, sino que se pasearan por un mundo sin fronteras racionalmente definibles y se reprodujeran silvestremente.

No queremos con nada de esto negar la existencia de la lucha de clases, ni de los imperios, ni de los conflictos del Sur contra el Norte. Lo que estamos, desde hace rato, queriendo argumentar, es que la problemática de nuestra transformación es infinitamente más compleja que la superación de las diferencias entre pobres y ricos, burgueses y proletarios, neocolonias e imperios, puesto que se halla anclada en las raíces más profundas de nuestra civilización, de las estructuras y los procesos sociales, y hasta de nosotros mismos -sobre todo los varones-, al extremo de cohibir e impedir el desenvolvimiento de nuestras emocionalidades e identidades más humanamente esenciales. Nada que no vaya a la raíz de toda esta compleja problemática, o que deje de formularse estas difíciles preguntas, incluso corriendo el riesgo de salir a flote sin respuestas convincentes, merece, siquiera metafóricamente, llamarse revolución, y muchísimo menos Revolución Socialista.

viernes, 1 de enero de 2010

Acerca del amor y nuestras identidades amativas

"Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor sería como bronce que resuena o campaña que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios -el saber más elevado-, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy. Aunque repartiera todo lo que poseo e incluso sacrificara mi cuerpo, pero para recibir alabanzas y sin tener el amor, de nada me sirve. El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad. Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo. El amor nunca pasará. Las profecías perderán su razón de ser, callarán las lenguas y ya no servirá el saber más elevado. Porque este saber queda muy imperfecto, y nuestras profecías también son algo muy limitado; y cuando llegue lo perfecto, lo que es limitado desaparecerá. Cuando era niño, hablaba como niño, pensaba y razonaba como niño. Pero cuando me hice hombre, dejé de lado las cosas de niño. Así también en el momento presente vemos las cosas como en un mal espejo y hay que adivinarlas, pero entonces las veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora, pues, son válidas la fe, la esperanza y el amor; las tres, pero la mayor de estas tres es el amor."
Pablo.- "Primera carta a los corintios. 13: 1-13".- En: La Biblia: Nuevo Testamento.- [Texto fundamental cristiano].
"Trata a la gente de tal modo y vive entre ellas de tal manera que si mueres lloren sobre ti; esfuérzate para que todos anhelen tu compañía".
Ibne Abou Talib (Primo hermano de Mahoma).- Nahjul Balagha, Dicho 9.- [Texto fundamental del islam]
"Sólo a través del amor pueden verme los hombres, conocerme y venir a mí".
Bhagavad Gita 11:54. [Texto fundamental del hinduísmo].


"Si los hombres hablan mal de ti, esto es lo que debes pensar: ´Nuestro corazón no debe vacilar; y debemos permanecer en un estado de compasión, de bondad amorosa, sin resentimiento. Debemos pensar de los hombres que hablan mal de nosotros con pensamientos de amor, y en nuestros pensamientos de amor debemos sumergirnos. Permaneciendo imbuidos de amor llenaremos al mundo entero de un amor de largo alcance, de amplia difusión y sin límites´. Más aún, si unos asaltantes los atacan y los cortan en pedazos con una sierra de doble filo, miembro a miembro, y alguno de ustedes siente odio por ellos, entonces ése no será un seguidor de mi evangelio".
Majjhima Nikaya [Colección de los discursos medianos de Buda].- [Texto fundamental del budismo].
"Ustedes han oído que se dijo: `Ojo por ojo y diente por diente´. Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda. Ustedes han oído que se dijo: `Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo´. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el cielo."
Mateo.- "El sermón de la montaña. 5: 38-48".- En: La Biblia: Nuevo Testamento.- [Texto cristiano fundamental].

"Farn Chyr preguntó cómo podría uno hacerse virtuoso y Confucio contestó: Ame a los hombres. Preguntó acerca de la sabiduría y Confucio contestó: Conozca a los hombres..."
Confucio.-"Las virtudes cardinales. 284".- En: Analectas.- [Texto fundamental del confucianismo].
"Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizás sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible. No pueden descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita."
Ernesto "Che" Guevara.- El socialismo y el hombre en Cuba: Texto dirigido a Carlos Quijano, Semanario Marcha, Montevideo.- Marzo de 1965.

"Aquí te amo
En los oscuros pinos se desenreda el viento.
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
Andan días iguales persiguiéndose.

Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.
A veces una vela. Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco.
Solo.
A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.
Suena, resuena el mar lejano.
Este es un puerto.
Aquí te amo.

Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mar hacia donde no llegan.

Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.

Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
Pero la noche llega y comienza a cantarme.
La luna hace girar su rodaja de sueño.

Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento,
quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre."

Pablo Neruda.- "Poema 18".- En: Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
"La buena vida es una inspirada por el amor y guiada por el conocimiento".
Bertrand Russell [Filósofo, matemático, agnóstico y pensador social británico].- Lo que yo creo.

"...el que el vivir en redes de conversaciones haya resultado ser la característica más central de la manera de vivir de nuestros ancestros, indica que ellos deben haber vivido una historia de coexistencia fundada en la biología del amor. Pero, al hacer esta afirmación, también he afirmado que el amor, como el dominio de aquellas acciones que constituyen al otro como un legítimo otro en coexistencia con uno, es tanto la emoción básica que constituye la vida social en general, como la emoción básica en la historia humana tanto en el origen del lenguaje como en la realización y conservación de la manera humana de vivir.
[...] los seres humanos somos, en tanto animales, animales dependientes del amor que se enferman al ser privados de él en cualquier edad, y que como seres humanos, somos seres culturales que podemos vivir en cualquier cultura que no niegue totalmente en su desarrollo inicial una relación madre-hijo de íntimo contacto corporal en mutua confianza total.
La guerra, la agresión, la maldad, como maneras de vivir en la negación del otro no son características de nuestra biología. Como animales, nosotros los seres humanos somos, sin duda, biológicamente capaces de agresión, de odio, de rabia, o de cualquier emoción que la experiencia nos muestra que podemos vivir, y que constituye un dominio de acciones que conduce a la negación o destrucción de los otros, pero nosotros vivimos esos dominios de acciones ya sea como episodios transitorios, o como alienaciones culturales que sabemos nos distorsionan en nuestra condición humana y nos llevan a la locura o a la infelicidad. La agresión, la guerra, la maldad, no son parte de la manera de vivir que nos define como seres humanos y que nos dio origen como tales."
Humberto Maturana [Biólogo, ateo].- "Conversaciones matrísticas y patriarcales".- En: H. Maturana y Gerda Verden-Zöller.- Amor y juego: Fundamentos olvidados de lo humano: Desde el patriarcado a la democracia.
"... los seres humanos son algo más que meramente inteligentes. Nuestro sentido de la justicia, la necesidad del placer estético, el volar de nuestra imaginación y nuestra autoconciencia penetrante se combinan para crear un espíritu imposible de definir, que yo creo que es el 'alma'. Como todos los animales. debemos preocuparnos por sobrevivir, conseguir comida y abrigo, pero eso no es todo. Como escribió Dostoievski, 'el hombre necesita lo inconmensurable y lo infinito tanto como el pequeño planeta en el que vive' ".
"[...] Se argumenta que Homo sapiens sapiens es un ser agresivo por naturaleza, un 'mono asesino' innato, y que , a medida que la tecnología avance, la maquinaria militar irá siendo más y más sofisticada y tendrá mayor poder destructivo, y que éste será utilizado. Si este argumento es correcto, entonces, al parecer, apenas se puede hacer nada, puesto que el holocausto llegará, tarde o temprano. Pero yo estoy convencido de que el argumento no es correcto y de que esta noción popular del 'mono asesino' es una de las ideas más peligrosas y destructivas que haya tenido nunca la humanidad."
Richard Leakey [Paleoantropólogo].- La formación de la humanidad.

...Y podríamos añadir más fotografías, o seguir presentando textos de nuestra colección de citas sobre el amor, tomados de líderes religiosos, políticos revolucionarios, poetas, filósofos, biólogos o antropólogos, para confirmar que esta emoción suele aparecer en múltiples contextos y épocas como la emoción humana suprema, a la vez conocida y entendida por la inmensa mayoría de seres humanos, y también inalcanzable y como imposible de ejercer a plenitud. El amor pareciera ser una especie de fuerza gravitatoria que nos atrae
irreversiblemente, una fuerza electromagnética que nos mantiene vinculados unos a otros pero que a veces hace que nos repelamos, o un faro que nos ilumina a distancia sin que jamás sepamos exactamente hacia dónde nos lleva. Como si nos fuese inherente e inevitable, pero a la vez una entidad extraña y ajena a los humanos de carne y hueso.

¿Qué pasa con esta emoción y con esta entidad que todos intuimos, conocemos y anhelamos, pero que a menudo pareciera que debiéramos darnos por satisfechos si la experimentamos apenas circunstancialmente en nuestras vidas? ¿Cómo es posible que en nuestra cultura cristiana occidental el amor ocupe un lugar central y decisivo y que, sin embargo, no conozcamos a nadie capaz de practicar al pie de la letra la preceptiva de Jesús en cuanto a amar a nuestros enemigos y, en cambio, sí a demasiados practicantes de lo contrario? Y, en otras culturas, ¿no nos parece acaso inverosímil el llamado de Buda a amar a quienes nos descuartizan? ¿Será que hay muchos tipos de amor, algunos accesibles a los mortales y otros no? ¿Será que hay alguna clase de hipocresía congénita en este asunto o se tratará de alguna grave enfermedad cultural de las sociedades occidentales o del capitalismo?¿Existen diferencias entre las identidades amativas de las diferentes culturas? ¿Cómo estamos los latinoamericanos en nuestras identidades amativas en relación a otras culturas?

Sobre éstas y otras preguntas afines, a cual más difícil, versarán los próximos tres artículos: el próximo sobre la dificultad de amar en nuestra cultura occidental y en nuestra América Latina, el siguiente sobre la posibilidad de amar en el mismo contexto, y el otro sobre el vínculo entre identidades y capacidades que plantea el rescate de nuestra identidad amatoria fundamental y la transformación de nuestras capacidades culturales bajo la guía de la llamada regla de oro de la moral. (Con lo cual daremos por concluida esta serie de artículos del blog sobre nuestras identidades, para pasar a la nueva serie sobre nuestras necesidades y libertades).

Seguimos en contacto, y de nuevo un llamado a avanzar
en esta segunda década del siglo XXI, cargada de grandes efemérides patrias, en la construcción de una prosperidad latinoamericana sustentable. La década, que hasta amenaza con quizás convertirse en la última para muchos de nosotros los mayorcitos (Miguel Otero Silva, en su estudio sobre la generación del 28, llamó a la década en que ellos cumplieron sesenta años y sus picos "el desfiladero de los sesenta"...), será por tanto muy propicia para evaluaciones y reflexiones sobre nuestros pasados, presentes y porvenires. O sea, ¡un feliz año para todos!

martes, 29 de diciembre de 2009

Nuestras identidades entregativas

A medida que hemos avanzado en nuestra pirámide de las emociones y las identidades nos hemos topado con dos fenómenos: uno, de tipo lingüístico, consistente en que, curiosamente, los vocablos seleccionados han comenzado a expresar también sus significados opuestos, como si nuestra cultura se resistiese a creer que tales emociones e identidades son posibles y tomase precauciones desdibujando o minando, por si acaso, los contenidos semánticos buscados; y el otro, de índole conceptual, según el cual pareciera que estas emociones e identidades, digamos, de alto nivel o más distanciadas de la emocionalidad animal básica, parecieran hacerse más y más difíciles de experimentar y también más autónomas y distantes respecto de sus supuestas emociones generatrices de menor nivel.

Mientras que en los casos del afecto, la esperanza y la audacia, los contenidos semánticos eran limpiamente positivos, y cada una de estas emociones conservaba, en forma de variantes o matices, la impronta de sus emociones originarias: la aceptación, la alegría, la anticipación y el coraje; aquí, con la confianza y la entrega, pareciera estar ocurriendo lo contrario. Ambos términos parecieran significar también sus opuestos, y, a la vez, estar más más desligados de sus componentes iniciales. En el caso de la confianza, ya tuvimos que ocuparnos del asunto un par de artículos atrás, y, sobre la entrega, para no aburrir, diremos simplemente que nos desentenderemos de la acepción de cuando afirmamos que fulano se entregó al bando contrario o que mengano es un entreguista, para quedarnos solo con el sentido que sugerimos cuando apuntamos que nuestros libertadores se entregaron a la causa de la patria o que el investigador tal sigue entregado a la búsqueda de una vacuna efectiva contra el SIDA. La entrega será, para nosotros, sinónimo de compromiso noble y libremente escogido e irrestricto, o, cuando menos, muy poco sujeto a condicionamientos externos o mezquindades al uso.

Claro que tanto la confianza como la entrega parecieran admitir, por decirlo de algún modo, ámbitos de especialización o niveles de intensidad, pero, sobre todo en el caso de la entrega, no pareciera ser pertinente hablar de una especie de "entrega tímida", rica en esperanza pero falla en audacia, ni tampoco de una "entrega temeraria", con sobredosis de audacia y pobre en esperanzas. La entrega del héroe siempre es audaz y extraordinaria, y, a la vez, siempre está impregnada de futuro y esperanzas, aunque sea a mediano y largo plazo. Buena parte de los esfuerzos de los fundadores de nuestras naciones han rendido sus frutos décadas o siglos después, o todavía no los han rendido, pero no por ello han sido en balde. Y hay una acepción intransitiva que el verbo deliver tiene en inglés, que nos encantaría contribuir a hacer parte de entregar en nuestra lengua, que significa algo así como rendir alguien los frutos que la sociedad espera de su labor, lo cual daría pie para interesantes expresiones de la talla de "en la vida nunca es tarde para entregar".

Sin embargo, quizás por su carácter de emociones e identidades superiores, y
sobre todo en tiempos de pequeñez y estrechez de visiones en múltiples escalas, pareciera que esas mismas emociones son también fáciles de cohibir y difíciles de experimentar. Pero nos gustaría alertar contra lo que nos luce como una desviación latinoamericana en la materia, cual es la de asociar casi biunívocamente, o en ambas direcciones, las ideas y prácticas de la entrega y el heroísmo con las hazañas de carácter bélico y no con el cultivo profundo de virtudes superiores en general. Cuando hemos tenido ocasión de recorrer las calles de varias ciudades europeas, siempre nos ha llamado la atención la abundancia de plazas, parques, avenidas y monumentos diversos con nombres de artistas, escritores, científicos, inventores y creadores, con no poca representación de la mujer, que comparten sus espacios con los héroes militares y protagonistas varones de grandes batallas.

En contraste, y en gran parte como resultado del peso desproporcionado que han tenido los gobiernos militares, en el orden del 70% de nuestros 180 años de vida republicana, fuera de alguna que otra denominación de guarderías o instituciones menores afines, no conocemos, por ejemplo, en el caso venezolano, ninguna avenida o parque importante Manuela Sáenz; sólo en décadas recientes se han comenzado a rebautizar nuestros museos y centros de arte con los nombres de nuestros más grandes artistas, y siempre, a excepción del caso de Teresa Carreño, con la subrepresentación del componente femenino; son relativamente pocas las avenidas e incluso universidades con nombres de nuestros científicos, pensadores e intelectuales, y apenas sabemos de una poco conocida institución que lleva el nombre de quien, a nuestro limitado entender, es el más grande y entregado científico que ha parido nuestra tierra: Rafael Rangel, cuyo nombre es desconocido hasta por buena parte de nuestra población con mayor nivel educativo.

En síntesis, no es cosa fácil desplegar, en esta época de cambalaches -como reza el tango de Santos Discépolo-, esta emocionalidad mayúscula de la entrega, y menos si restringimos su ámbito al plano militar, pero no tenemos otra opción para construir nuestras naciones. Mientras al menos algunos millones de latinoamericanos no encontremos el cauce para entregar, seguiremos viviendo en un rompecabezas por armar, y tengo la intuición de que las piezas más importantes no son precisamente las relacionadas con las armas, sino, al decir de aquél, que con éstas hizo todo lo humanamente posible, las vinculadas a nuestra moral y nuestras luces. Éstas últimas no son emociones ni identidades, sino capacidades, pero sólo pueden construirse al amparo de las emocionalidades e identidades superiores de la confianza, la entrega y, como pronto veremos, el amor. Hasta el año próximo, cuando Transformanueca los invita, afectuosamente, a trazarse metas inspiradas en estas emociones emblemáticas de nuestra especie.