viernes, 15 de octubre de 2010

¿Qué podemos aprender de las tragedias y milagros de Chile?

No todo en el no marchar al ritmo de los días son desventajas. La visión retrospectiva de los procesos a menudo permite descubrir y apreciarles facetas que se nos escapan cuando estamos inmersos en ellos. Tengo la impresión de que una de las fallas de nuestra cultura mediática latinoamericana es la falta de publicaciones periódicas de calidad en las escalas semanales, mensuales, bimensuales, trimestrales, semestrales, anuales..., las cuales mucho nos ayudarían a comprendernos con más amplias perspectivas: con frecuencia, sucesos que nos lucen relevantes en el torbellino instantáneo de los telenoticieros, o diario de la prensa escrita, luego se vuelven insignificantes, y viceversa, hallazgos fundamentales sobre la naturaleza biológica, antropológica o cultural humana suelen pasar desapercibidos en el fárrago de noticias cotidianas. De allí que una de mis publicaciones periódicas favoritas e indispensables, por ejemplo, desde hace ya cerca de cuarenta años, sea el Book of the Year de la Enciclopedia Británica, que reseña, más o menos con un año de retraso -pero también de perspectiva, y en un contexto más amplio- las "noticias" más importantes del año anterior a nivel planetario, muchas de las cuales nunca fueron siquiera destacadas en la prensa común.

Traigo esto a colación porque sé que deben ser unos cuantos los lectores que deploran el "atraso" en que se halla sumido el blog -y no vayan a creer que esto resulta simplemente divertido para el autor-, y a ellos quiero recalcarles, incluso sin ánimo de justificación de mis faltas, que este micromedio de comunicación de ninguna manera pretende competir con, o siquiera complementar a, los macromedios de comunicación dedicados a reseñar el acontecer diario o casi. Su misión es muy otra, es llamar la atención, desde las perspectivas de un miembro de una generación o una corriente ideológica, política y cultural latinoamericana y mundial, digamos "la del `68", sobre aspectos de nuestras realidades y procesos que suelen pasar desapercibidos desde otras ópticas. En el algo así como centenar y medio de artículos publicados, si se fijan, es muy poco lo que puede considerarse ligado al acontecer diario, semanal o mensual, y en cambio mucho lo que pretende ser relevante para la comprensión de nuestro mundo, al menos en la perspectiva latinoamericana y de las pocas décadas que, con suerte, nos quedan a algunos, y que tal vez pueda ser útil para las generaciones de relevo.

Y, yendo al grano, no sin antes observar que en la vida no todo tiene por que ser grano, pues las envolturas, los soportes, los apéndices, los elementos periféricos, etc., también cuentan, el propósito de esta entrega es invitar a reflexionar a los lectores sobre el significado profundo que, para los latinoamericanos todos, podría tener el aparente suceso pasajero del rescate de los mineros, que no por casualidad ya en el plano televisivo fue un acontecimiento mundialmente más visto que, pongamos por caso, la elección de Obama en los Estados Unidos.

Para abreviar, puntualizamos así nuestra visión:

  1. Nadie tiene derecho a considerar a los chilenos como un pueblo de ingenuos o de mimados de la naturaleza o del poder terrenal o extraterrenal X, pues de terremotos, tsunamis, deslaves, aludes, sequías, incendios, guerras, dictaduras, torturas, desaparecidos, racismos, discriminaciones, injusticias, masacres, extremismos de surtidos pelajes, y afines, los chilenos entienden, al menos en nuestras ligas culturales e históricas, que distan de ser menores en escala mundial, como los que más.
  2. Semejante dosis de desventuras no les ha impedido, y cuidado si les ha ayudado, como pueblo, ser líderes o como mínimo estar en las vanguardias educativas, culturales, poéticas, productivas, políticas o de las luchas históricas de nuestro subcontinente. Sólo para botones de muestra, y sin pretensiones de objetividad o de alcanzar consensos, Salvador Allende fue, para nosotros, el más grande político latinoamericano del siglo XX, cuya vida, pensamiento y obra, si no fuésemos tan despelotados, ya hace rato que deberíamos estar estudiando dentro y fuera de las escuelas. A Pablo Neruda lo vemos, si no como el más grande poeta jamás nacido en la cultura española, sí como miembro del más exclusivo de sus olimpos, de repente a la par que astros como Gustavo Adolfo Bécquer, Federico García Lorca, Miguel Hernández o Antonio Machado. Los araucanos o mapuches fueron el único pueblo indígena al que jamás pudieron doblegar los ibéricos, y que se dio el lujo de derrotarlos en batallas regulares de tú a tú. La de Gabriela Mistral está entre las plumas femeninas más exquisitas que jamás hemos degustado. A los chilenos los vemos con el más promisorio sistema educativo de la subregión, y no nos resulta en absoluto gratuito que posean una de las economías más diversificadas y exportadoras, así como el más alto nivel de ingreso per cápita entre nosotros.
  3. Con lo anterior sólo pretendemos, por supuesto sin esconder nuestra admiración y amor por Chile, situar en un contexto la afirmación de que rechazamos, por miope y destemplada, la conseja de unos cuantos amigos y amigas de izquierda, algunas con el argumento de autoridad de haber vivido años en Chile, según la cual el proceso chileno contemporáneo no es sino una versión sofisticada del neoliberalismo ñoño de los Chicago Boys de siempre, quienes ahora, con Piñera, habrían rescatado el control completo de las riendas del país. Lejos de eso, lo que apreciamos que está emergiendo en Chile es el más sólido proyecto nacional del subcontinente, con una robustez tal que ni siquiera las fuerzas de extrema derecha se atreven a desvirtuar, y en donde se está conformando una identidad y un consenso nacional tales que pueden servir de norte y cauce a las iniciativas de las más disímiles ideologías, a la vez que como marco para el tratamiento no violento de los conflictos más agudos.
  4. Ni Fidel Castro, ni Raúl Castro, ni Hugo Chávez, ni Daniel Ortega, juntos o separados, ni ningún latinoamericano de izquierda puede venir a dictarle cátedra a, digamos, Michelle Bachelet, torturada y exiliada ella y su madre, y con su padre asesinado por el pinochetismo, en materia de sacrificios o devociones a su patria, y, sin embargo, ¡con que elegancia y firmeza se condujo, primero al frente de las fuerzas armadas y luego como Jefa de Estado, al actuar sin odios ni complejos en sus gestiones, al orquestar procesos de crecimiento económico aparejados a iniciativas por una mayor justicia social, y, luego, al transferirle dignamente la banda presidencial a su sucesor de derecha! ¿No es este un caso que debería hacernos reflexionar, pongamos por ejemplo a los venezolanos, para quienes el fantasma de Carmona -un niño de pecho al lado de Pinochet- constituye una pesadilla ante cuya eventual reedición, para muchos, más valdría la muerte de hasta millones de compatriotas en una guerra civil?
  5. 5. O, en senti- do con- trario, ¿no será que el empresario Sebastián Piñera, lejos de significar un vuelco al pasado, está significando una especie de superación de la extrema derecha, quizás forzada por el postgrado de amor al prójimo en tiempo real que les dictó Michelle, y por tanto de ruptura con sus tradicionales prácticas explotadoras y opresivas y participando de la apertura de un nuevo camino para la transformación de nuestros países, en donde todos, inclusive los que sean de derecha, podamos tener oportunidades de satisfacer nuestras necesidades y luchar por mejores futuros sin excluir a otros compatriotas? ¿No será que los chilenos, en lugar de ser más bolsas, ingenuos o despolitizados, han aprendido más que otros pueblos latinoamericanos a tratar civilizadamente sus no menos hondas diferencias internas? ¿No tendrá esto que ver con lo que decía aquél acerca de la necesidad de aprender a amar incluso a nuestros enemigos, cual vía definitiva para erradicar el odio y la violencia como mecanismos para dirimir conflictos humanos?
  6. ¿No será que Chile, con su impecable experiencia del rescate de los mineros en un clima de unidad e integración nacional, nos dictó a todos un curso telecomunicado e intensivo de valoración y respeto al ser humano, y de cómo nuestros pueblos sí pueden unirse, incluso a pesar de las diferencias ideológicas internas, para alcanzar sus propósitos a través de esfuerzos coherentes de visión compartida, talento, trabajo y gestión? ¿Cómo se explica, según la teoría de la lucha de clases a muerte entre la burguesía y el proletariado, que un adineradísimo empresario burgués haya liderado exitosamente el complejo e incierto proceso de rescate de 33 humildes trabajadores sepultados en una mina por negligencia de sus desalmados patronos? ¿Cómo funcionó la gravitatoria e inexorable lucha de pobres contra ricos en este proceso?
  7. ¿No será que Chile, con la característica modestia que -en un clima de tantos echones que se ufanan de cualquier hazaña circunstancial de hace diez, veinte, treinta y hasta cincuenta años..., no deja de disparar nuestra envidia-, nos está enseñando que el camino de la transformación de nuestros países requiere mucha más inteligencia, esfuerzo, paciencia y tacto, y por tanto menos caprichos, violencia, voluntarismo e imposiciones que lo que estamos acostumbrados a aceptar?
  8. ¿Qué será lo que tiene o ha a- pren- dido Chile, y que, otra vez por ejem- plo, no tenemos ni hemos adquirido los venezolanos, que ni con un Caracazo o un deslavazo de Vargas, tragedias políticas o naturales del calibre de los cataclismos chilenos, hemos aprendido a unirnos y actuar en función de visiones compartidas, aun a pesar de nuestras inevitables diferencias ideológicas y políticas? ¿Cuándo será que iniciaremos el rescate de los millones de compatriotas hundidos, cual mineros, en la miseria y la ignorancia? ¿Cuándo será que dejaremos de echarle a otros la culpa de nuestras incapacidades?

martes, 12 de octubre de 2010

Chile: dos catástrofes y dos milagros

El 17 de enero de 2010 ocurrió en Chile, al menos para la izquierda chilena y latinoamericana, una catástrofe política: Sebastián Piñera, multimillonario de talla mundial y candidato de la derechista Coalición por el Cambio/Alianza por Chile, derrotó sorpresivamente en la segunda vuelta de las elecciones, por apenas poco más de 200.000 votos, a Eduardo Frei Ruiz-Tagle, candidato de la coalición de izquierda y centro-izquierda Concertación por la Democracia. Aquella coalición, que incluye a la extrema derecha pinochetista, vinculada a la jerarquía eclesiástica católica e integrada en la temible Unión Demócrata Independiente, UDI, logró aprovechar la división de una izquierda que se presentó dividida en tres bloques a la primera vuelta y cuyo segundo candidato principal, Marco Enríquez-Omimami, hijo de Miguel Enríquez, el líder de de extrema izquierda del MIR, en la época de Allende, asesinado durante el golpe de Pinochet, sólo decidió apoyar al candidato de la izquierda faltando cuatro días para la segunda vuelta.

Al final del gobierno de la socialista Michelle Bachelet, que concluyó su mandato con un 84% de popularidad, la suma de los votos obtenidos en la primera vuelta por Eduardo Frei Ruiz-Tagle, ingeniero y político, quien ya había gobernado a Chile en el período 1994-1999, e hijo del Eduardo Frei fundador de la Democracia Cristiana y que también gobernó a Chile en los años sesenta; por el joven Marco Enríquez-Omimami, disidente del Partido Socialista, quien desde el inicio se negó a aceptar la candidatura de Frei y prefirió hacer tolda aparte; y por Jorge Arrate, también ex-socialista, apoyado por la coalición Juntos Podemos Más, que incluía al Partido Comunista de Chile, superó por casi 300.000 votos a la votación de Piñera en la segunda vuelta. Esto significa que una significativa fracción del electorado de izquierda, seguramente seguidora del radical Marco, prefirió dejar ganar a la derecha y posibilitar el retorno al poder de las fuerzas pinochetistas antes que votar por la centro-izquierda representada por Frei.

En otra dimensión, telúrica esta vez, sólo poco más de un mes después de dichas elecciones, el 27 de febrero de 2010, tuvo lugar en el sur de Chile el para entonces quinto mayor sismo registrado en la historia del planeta, con 8,8 grados de Magnitud y una duración de casi cuatro minutos en la ciudad de Concepción, que fue acompañado 35 minutos después por un violento tsunami que sepultó numerosas poblaciones costeras e insulares chilenas. Entre ambos dejaron una secuela de más de quinientas víctimas fatales, alrededor de dos millones de damnificados y cerca de quinientas mil viviendas seriamente dañadas.

Después de semejante inicio de la segunda década del siglo XXI, los pronósticos de muchos acerca del futuro próximo de Chile -incluidos los de este servidor que alguna vez caracterizó a Piñera, quien vendría a ser en relación a Pinochet como una especie de Aznar respecto a Franco, entre los líderes de las corrientes más derechistas de la actual América Latina- resultaron en las vecindades de lo sombrío.

Impedido de saber encontrar responsables de la tragedias humanas más allá de nuestros límites atmosféricos, ya me disponía a armar un nuevo rosario de correlaciones entre las calamidades latinoamericanas, por un lado, y la fiereza de nuestras derechas e inmadurez de nuestras izquierdas, por otro, cuando ocurrió la que supuse una nueva pinta en la atigrada piel de las desgracias chilenas: el derrumbe, ocurrido el 5 de agosto de 2010, que habría dejado sepultados a 33 mineros chilenos en una mina de cobre y oro, en San José de Copiapó, al norte del país.

Tras las declaraciones iniciales de algún ministro de Piñera, quien recuerdo dijo algo así como que nadie debía hacerse ilusiones en torno a las posibilidades de algún rescate, y después del rápido pronunciamiento de los dueños de la mina en relación a dar por terminada la relación de trabajo con los mineros, y por tanto de cualquier pago de salarios caídos a sus familiares -casi como invocando indemnizaciones oficiales por el "lucro cesante"-, confieso que me disponía a presenciar un nuevo festival de miseria humana en América Latina protagonizado por el nuevo Presidente chileno y la oligarquía retrógada de esa nación. Una especie de reedición de la pesadilla del estilo pinochetesco de gobierno: frío, cruel, mentiroso, deshumanizado y siempre como rozando el borde de lo macabro.

Pero la vida tuvo otras ocurrencias. La primera fue saber de un presidente Piñera que todavía dos semanas después del derrumbe seguía empeñado en proseguir las labores de rescate. Después enterarme de acciones espontáneas de empresarios chilenos en condena a la ruindad de sus colegas dueños de la mina y en pro de la indemnización de los familiares de los mineros. Luego vino el descubrimiento de una sincera euforia del mismo Presidente al revelar la nota "Estamos bien en el refugio, los 33", enviada en letras rojas mediante una sonda desde casi 700 m de profundidad. Más tarde la constatación de la disposición gubernamental a rescatar los mineros a toda costa y costo y a través de un esfuerzo rigurosamente planificado y acelerado, pero a la vez realista y no sembrador de ilusiones de algún rescate inmediato. Y, por último, cuando ya había comenzado a modificarse nuestra imagen inicial de Piñera, y comenzábamos a entender el porqué del apoyo que recibiera de Fernando Flores, destacado y respetado pensador, consultor y político chileno, ex-ministro de economía de Allende, llegó, antes de lo previsto, el inolvidable 13 de octubre: así nos instalamos veinticuatro horas en el televisor, junto a quizás algunos miles de millones de otros terrícolas, para no perdernos nada de la emoción de la operación de rescate de los 33 mineros, sanos y salvos después de casi 70 días en el mero averno, y, constatamos, lo que nos pareció igualmente extraordinario, el estilo de presencia, también durante las veinticuatro horas, de un genuino y humano Jefe de Estado, quien también se trasnochó y se interesó antes que nada por salvaguardar la vida de un conjunto de humildes ciudadanos afectados por una desgracia superlativa, todo ello sin propagandismos baratos y despojado de pases de facturas políticas.

Cuando, ya al filo de la medianoche que daba al 14 de octubre, atestiguamos el rescate del último minero, el líder Luis Urzúa, y luego del último rescatista, tuvimos la sensación de haber presenciado lo más parecido a un milagro que quizás en nuestra vida nos toque presenciar, y sentimos que ése seguramente será uno de los momentos de mayor orgullo de pertenecer al género humano que experimentaremos en nuestra existencia. A partir de allí se han vuelto distintas nuestras percepciones de la importancia de la vida humana, de las limitaciones de los prejuicios humanos -incluidos, por supuesto, los propios-, de las potencialidades de los esfuerzos humanos no contaminados por el afán de lucro, poder y fama, de cómo la adversidad puede contribuir al fortalecimiento de nuestra identidad, y, también, de nuestra visión de América Latina, de Chile y hasta del propio Piñera, quien, sin ganar nuestra devoción sí supo hacerse merecedor de nuestro respeto.

Y, si aquello fuese poco, tenemos la fuerte intuición de que también, al menos, para los chilenos tuvo lugar otro milagro, por obra y gracia del proceso de rescate de los mineros: el de dejar alguna vez a un lado el sectarismo y los odios fratricidas para asumir, sin homogeneidades ideológicas idílicas, y aunque fuese por algunas horas, una identidad nacional y social común, más allá de la lucha de clases, de las refriegas partidistas y de los intereses viscerales. Tenemos la corazonada de que este proceso de rescate de los mineros se hará sentir en Chile mucho más allá de las alegrías circunstanciales, y que mucho incidirá en favor de la construcción de un verdadero y compartido, más allá de ideologías y fraccionamientos, proyecto nacional. Uno que probablemente posibilite la continuidad de tantas políticas acertadas que ha avanzado Chile, blindándolas incluso a prueba de pinochetismos ultrareaccionarios y preparando el terreno para un probable retorno al poder de la izquierda, de repente bajo las riendas de nuestra admirada colega generacional Michelle, que apenas está rondando los sesenta.

¡Sorpresas -y no siempre malas- te da la vida!

viernes, 8 de octubre de 2010

¿Qué puede hacerse en un parlamento así?

Quizás sería mejor no hacernos ilusiones con las potencialidades de un parlamento que nace con un ala de extrema izquierda ortodoxa, la otra de centro-derecha liberal, y ambas recortadas, emplomadas y/o venidas a menos. Un parlamento cuyas sesiones filmadas probablemente sean candidatas a material de apoyo para explicarle algún día a los jóvenes venezolanos cuán bajo llegó a caer el país en una época de polarización y sectarismo partidista extremos. O tal vez para algún proyecto teatral que permita que el país atestigüe la confrontación entre dos ideologías contrapuestas con orígenes afincados en los siglos XVIII y XIX: el liberalismo racionalista o ilustrado, en su variante rendida ante las fuerzas del mercado mundial y las salvadoras inversiones estadounidenses, es decir, el modelo puertorriqueño, versus el socialismo utópico o voluntarista, en su variante antiimperialista, estatista y autoritaria, ergo, el modelo cubano, que se disputan estérilmente la inspiración de los procesos de edificación de una supuestamente mejor Venezuela.

No obstante, es difícil ignorar que en ese mismo parlamento hay una cristalización de importantes anhelos del pueblo venezolano, urgido de dotarse de una tribuna democrática que lo ayude a comprender mejor sus problemas, dirimir pacíficamente sus diferencias y avanzar hacia la construcción de un mejor futuro para todos. Si, aun con todas las limitaciones existentes, algunas corrientes o individualidades pudiesen hallar caminos si no para aprobar al menos para avanzar hacia la elaboración de leyes realmente útiles, idóneas y ajustadas a nuestras realidades; para encauzar, ya que es tan difícil resolverlos, la búsqueda de soluciones a los grandes problemas nacionales; o si, como mínimo, el parlamento pudiese servir como instancia de debates esclarecedores y no bizantinos, o como crisol de interpretación de las aspiraciones de sectores sociales significativos, entonces, aun con toda la adversidad reinante, este mal tiempo podría ser aprovechado. Sin menospreciar los avances logrados en materia del despertar de amplios sectores que hasta hace poco veían la política como algo extraño y ajeno, el maniqueísmo infértil en que se ha sumido el país es tal que resulta sencillo emprender cualquier proceso de desarrollo de capacidades políticas genuinas, por lo cual allí, incluso en ese mismo parlamento, hay oportunidades preciosas para el aprendizaje.

El cascabel del gato consiste en entender que toda la historia de ya más de dos décadas de enfrentamientos extremos, desde que con el Caracazo se desplomó el postizo orden establecido que quiso hacer de Venezuela un paradigma democrático mundial, con la consiguiente y estresante polarización política, no es sino expresión de la crisis de una estructura social extremadamente asimétrica y obsoleta que no ha sido construida con base en el trabajo y el talento creativo de los venezolanos sino en el usufructo y la dilapidación de las riquezas de nuestros suelos y subsuelos. En convencernos de que en Venezuela no será posible encontrar ideología salvacionista alguna que permita reemplazar el esfuerzo de reconstruir pacientemente un país que, salvo las honrosísimas excepciones de las generaciones libertadora y del veintiocho, nunca ha tenido un proyecto nacional ni se ha decidido seriamente a superar sus ingentes necesidades. En aceptar que, en definitiva, todos somos responsables de que tengamos una mamarrachada de instituciones culturales, políticas, económicas, educativas o mediáticas que no hacen sino reproducir las aberraciones, injusticias y desigualdades que las subyacen, y en donde el conocimiento y los valores éticos suelen brillar por su ausencia. Lograr este grado de comprensión de la naturaleza de nuestros males sería, sin duda, un decisivo paso en el camino de su erradicación.

Pero pretender, como de seguro querrá seguir haciéndolo el Partido Socialista Unido de Venezuela, PSUV, con su mayoría de diputados, que la culpa de nuestras calamidades la tiene la oposición fascista con su golpe criminal de 2002, o, como tenderá a empeñarse la Mesa de la Unidad Democrática, MUD, con su nada despreciable minoría de un 40% de curules, que en Venezuela se vivía mejor con Acción Democrática y COPEI, hasta que el diabólico Chávez irrumpió en nuestro paraíso, es una vía segura bien hacia hundirnos en un remolino de disputas vacías o bien a desangrarnos tarde o temprano en una confrontación social violenta. Lo que necesitamos es simplemente un debate sincero sobre nuestros problemas y sus causas, una mirada desprejuiciada a nuestras necesidades y a las posibilidades de satisfacerlas, una confrontación de ideas y propuestas que centre la atención en nuestras enfermedades y cómo curarlas, y no en los sospechosos o culpables de haberlas originado y cómo destruirlos. Una confrontación en donde las inevitables ideologías añadan luz a la comprensión profunda de nuestros problemas en lugar de oscurecer y hasta opacar su consideración. Un parlamento cuyos voceros en lugar de rendir cuentas ante los grandes electores de poderes ejecutivos, partidistas o mediáticos, nacionales e internacionales, se sientan responsables ante sus electorados de base y ante el país en su conjunto. En fin, como cada vez más se repite, lo que hace falta es desatar un proceso de inclusión de los tradicionalmente excluidos que no pretenda basarse en la exclusión de los tradicionalmente incluidos, y mucho menos que pretenda convertir a una mitad de los venezolanos en culpable de los padecimientos de la otra mitad.

Parece idílico y hasta imposible, pero todo es cuestión de apostar a que los venezolanos sí seremos capacaces de salir del berenjenal en que estamos metidos, o a que todos los pasos que demos en la dirección equivocada serán malos pasos, mientras que cualquier momento es bueno para dar un primer paso en la dirección acertada. Estamos convencidos de que cualquier debate verdaderamente centrado en nuestras necesidades alimentarias, de vivienda, de salud, de transporte, de seguridad o de educación, y no en ideologías o dogmas revelados e imposibles de refutar, rápidamente arrojaría resultados útiles para avanzar y sentaría las bases para la elaboración de leyes vivas en lugar de elucubraciones muertas.

El reto de la fracción mayoritaria será la superación del espíritu cortesano y segundón ante el ejecutivo que ya se puso en evidencia en el período 2005-2010, y que ha acarreado, como graves consecuencias, la falta de autonomía del poder legislativo, la pérdida de contrapesos y elementos de control ante los extravíos gubernamentales, y la ausencia de voces políticas autónomas para el supuesto soberano. Bajo la ilusión de quien cree estar superando la democracia representativa, se incurre en la práctica en esquemas de una democracia prerrepresentativa, o sea, más bien delegativa.

El desafío de las dos grandes fracciones de la MUD, la demócrata-liberal y la demócrata-cristiana, será dejar atrás el negativismo y el revanchismo y terminar de ajustar cuentas con la ideología del "sacar a Chávez como sea", o, lo que es lo mismo, terminar de disipar las dudas sobre si lo que quieren es restaurar el orden social agotado y corrupto contra el que irrumpieron tantos venezolanos en 1998. La Mesa, con más de sesenta cuadros calificados, remunerados y a completa dedicación en el parlamento está obligada a demostrar su vocación constructiva en favor de la elaboración de un proyecto nacional o al menos un programa mínimo para la transformación de la nación, y no tiene derecho a presentarse el año próximo con un programa de retazos que parezca una lista de tintorería.

Y la minoría dentro de la minoría, la corriente socialdemócrata socialista y/o socialista democrática, integrada, si se incluyen, además de los de Podemos, La Causa R y el MAS -en la MUD-, los dos del Partido Patria Para Todos, por cerca de diez diputados, tiene todavía menos excusas para no hacer valer su vocación constructiva y de compromiso con la resolución de problemas nacionales. Esta izquierda fuera del poder puede y debe valorar la oportunidad que tiene de hacer propuestas para el debate y para la elaboración programática mínima, y, ya que es poco probable que pueda designar al candidato capaz de rivalizar con el actual Presidente en las elecciones de 2012, al menos debería empeñarse en incidir con sus ideas en la elaboración desde abajo de una plataforma de verdaderos compromisos de cambio de un próximo gobierno alternativo.

El momento político que apreciamos, en síntesis, más que propicio para una campaña electoral prematura o para la discusión extemporánea de candidatos, que en definitiva se traducirían en la perpetuación de la actual polarización, y, en el caso de la oposición, en la escogencia del beneficiario de un cheque programático en blanco para enfrentar a Chávez, con pronósticos más que reservados para más allá de 2012. Es el de una oportunidad para la discusión y el análisis de los grandes problemas nacionales, donde el parlamento bien podría ser un foro privilegiado, a partir de los cuales se extraerían lineamientos para un programa mínimo de cambios bien concebidos para el venidero sexenio gubernamental.

De no obrarse así, en los hechos se estaría condenando a los venezolanos a optar entre el continuismo de un "socialismo" hace mucho rato extraviado y una restauración del puntofijismo más o menos disfrazada de alternativa ante el marasmo actual, o sea, una escogencia del mejor palo para ahorcarnos. ¿Podrá hacerse algo distinto con nuestro nuevo parlamento?

martes, 5 de octubre de 2010

El nuevo parlamento y las tendencias políticas venezolanas


La desventaja de las representa- ciones gráficas usuales de las estructuras parlamenta- rias es que solo logran representar una variable cuantitativa, la cantidad de votos o de diputados obtenida por cada partido, sin lograr representar adecuadamente la ideología o tendencia política subyacente a cada fuerza, que a lo sumo queda como una variable nominal o cualitativa. Tal limitación es la que intentamos superar con nuestro diagrama, que imita un círculo trigonométrico o un velocímetro invertido de vehículo (0º ó Km/h a la derecha y 180º ó 180 Km/h a la izquierda), para dar cabida a las dos variables cuantitativas esenciales, magnitud y orientación, de las fuerzas políticas. La magnitud es representada por el tamaño o longitud de los vectores o flechas que representan a cada fuerza política, la orientación por el radio de giro o ángulo, medido de derecha (0º ó 0 Km/h) a izquierda (180º ó 180 Km/h).

De acuerdo a este diagrama, y agrupando ciertas tendencias para evitar demasiados detalles, en nuestro parlamento se desenvuelven, de mayor a menor fuerza relativa, cuatro tendencias políticas fundamentales: una socialista ortodoxa, digamos de inspiración comunista; una socialdemócrata liberal, o quizás, mejor, demócrata-liberal; una demócratacristiana, o demócrata centrista; y una socialdemócrata socialista, con una subtendencia a la que podríamos llamar, según cierta práctica internacional, pero tal vez a riesgo de crear confusiones, socialista democrática. Seguidamente las exploraremos, con algunas de sus principales variantes internas.

La primera, más organizada y relativamente coherente de dichas fuerzas, la socialista ortodoxa, con un 48% de los votos lista parlamentarios y un 59% de los diputados (98 de 165), está representada por el Partido Socialista Unido de Venezuela, PSUV, con 97 diputados (incluyendo a los dos diputados indígenas postulados por CONIVE), y el Partido Comunista de Venezuela, PCV, con un diputado. Internacionalmente, esta tendencia suele ser llamada la tendencia comunista o marxista-leninista, en atención a que la mayoría de sus partidos integrantes se denominan comunistas y provienen, directamente o por su inspiración ideológica, de la escuela de la Tercera Internacional o Internacional Comunista, fundada por Lenin e instrumentada prácticamente por Stalin. En nuestra metáfora del diagrama, esta tendencia pretende viajar a una velocidad promedio de unos 135 Km/h por las vías defectuosamente pavimentadas del mundo subdesarrollado, con lo cual tiende a estrellarse contra todo tipo de obstáculos y caer en todos los baches imaginables. De una u otra manera, hace de la lucha de clases, de la dictadura del proletariado, y del partido único, regido éste por el centralismo democrático, la guía práctica de sus iniciativas.

Para esta corriente ideológica y política, la democracia a secas es una entelequia y sólo reconoce las democracias apellidadas, es decir, la democracia burguesa o la democracia proletaria, o, a lo sumo, la democracia popular, a las cuales considera como sinónimo de las dictaduras homónimas (la democracia burguesa es en definitiva una dictadura de la burguesía, etc.). Como quiera que se considera dueña de la verdad sobre el sentido de la historia, en donde tarde o temprano el proletariado derrotará y engullirá a la burguesía para engendrar dialécticamente la sociedad sin clases, esta tendencia trata de avanzar tan rápido como pueda hacia la abolición de la propiedad privada y la estatización de los medios de producción, inclusive haciendo caso omiso del precepto marxiano de que no es posible estatizar o socializar los medios de producción precapitalistas o escasamente capitalistas, o saltarse la revolución burguesa. Epistemológicamente anclada en las racionalidades analíticas o de causa/efecto características del siglo XIX, este enfoque se comporta alérgicamente ante todo lo que huela a enfoque de sistemas, e insiste una y otra vez en guiarse por las antinomias burguesía/proletariado, empresarios/trabajadores, ricos/pobres, mercado/Estado, revolución/reforma, etc., y termina siendo proclive a desconocer cualquier legalidad que restrinja la autoridad de su habitual máximo líder, a subestimar el debate y la elaboración teórica (pues para qué perder tiempo en discutir si en definitiva ya Él sabe para donde van la Historia y la Lucha de Clases...). Con todo ello apunta, en síntesis, a funcionar con el criterio de que, al final de cuentas, el fin justifica los medios.

Mientras que en buen número de países, más que nada del llamado Tercer Mundo, esta corriente tuvo su cuna en las filas de la Tercera Internacional, Internacional Comunista o Kominterm, con su posterior variante, el Kominform, para luego hacer una larga pasantía en la Guerra Fría, y sufrir la posterior dispersión a raíz de la caída del Muro de Berlín, en Venezuela, el PSUV, lejos de ser una corriente ideológicamente homogénea, es el resultado de la aglomeración aluvional en torno al liderazgo de Hugo Chávez, en el contexto del estrepitoso derrumbe del pacto puntofijista de AD y COPEI ocurrido después del llamado Caracazo, en 1989. Esta corriente heterogénea, que antes de constituirse como tal impulsó importantes avances sociales, plasmados, sobre todo, en la Constitución Bolivariana, desde el holgado triunfo electoral del Presidente, en 2006, se constituyó en partido e inició su acelerada radicalización hacia la extrema izquierda ortodoxa. Ella comprende, cuando menos, la corriente militar nacionalista que interpretó el hondo resentimiento popular emanado de la masacre del Caracazo, y apoyó las intentonas de 1992; buena parte de la izquierda ortodoxa marxista-leninista de los años sesenta, quizás con un rol destacado del antiguo Partido de la Revolución venezolana, o PRV, y también de la Liga Socialista/Organización de Revolucionarios, OR, del Partido Comunista de Venezuela, PCV, y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR; numerosos desertores de Acción Democrática y de COPEI, algunos legítimamente decepcionados y otros que rápidamente descubrieron los nuevos juegos del poder; y corrientes juveniles y marginalizadas sin experiencia política previa, que se han identificado con la causa de la distribución de ingresos a los pobres y/o su lucha contra la oligarquía.

Sin importarle un pito que la Unión Soviética y su modelo de socialismo hayan salido derrotados en la Guerra Fría, o que los partidos comunistas chino, vietnamita, ruso, bieloruso o cubano estén actualmente embarcados en debates y ejecutorias prácticas acerca de cómo estimular la iniciativa y la propiedad privada, y como dar marcha atrás en los procesos de estatización y autocratismo, nuestro PSUV, en nombre del socialismo del siglo XXI, pareciera empeñado, con las ilusiones que permite el rentismo petrolero, en reeditar los errores y olvidar los aciertos de los socialismos del siglo XIX y del XX. Sin desconocer el impacto determinante que los abusos de la oposición han ejercido en pro de la polarización política reinante, nos resulta claro que esta tardía y ambigua obsesión comunistoide por apurar la marcha de una película histórica cuyo final se supone conocido ha sido también un elemento decisivo de la crispación y estrés político que innecesariamente padecemos.

La tendencia socialdemócrata liberal, o, preferiblemente, demócrata liberal, agrupa a Acción Democrática, AD, con cerca de un 8% de los votos lista a las parlamentarias y poco más de un 8% de los diputados (14 de 165, pero que ascienden a 15, es decir a un 9%, cuando se le suma un diputado de Alianza Bravo Pueblo, partido muy afín); a Un Nuevo Tiempo, UNT, en buena medida surgido en 2000 de desprendimientos de AD y del Movimiento al Socialismo, con un 9% de los votos y cerca de un 10% de los diputados (17 de 165, pero que llegan a 21, o sea, a casi un 13%, cuando se le suman los dos diputados de Voluntad Popular, partido afín, y dos independientes simpatizantes), y a los mencionados entre paréntesis Alianza Bravo Pueblo y Voluntad Popular. En su conjunto, esta corriente es la más fuerte dentro de la Mesa de la Unidad Democrática, con 17% de los votos lista parlamentarios y cerca de un 22% de los diputados (36 de 165).

Sus raíces ideológicas históricas pueden hallarse en la socialdemocracia europea de izquierda de fines del siglo XIX, y por tanto en el marxismo de la Segunda Internacional, y/o en la tendencia nacionalista latinoamericana ideologizada por el peruano Raúl Haya de la Torre o por el mexicano Lázaro Cárdenas, con su aventajado discípulo venezolano Rómulo Betancourt. No obstante, esta corriente, que también aquí, como en Perú (APRA) o México (PRI), comenzó, en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, con una postura crítica y defensora de los intereses y recursos nacionales, ha venido desplazándose progresivamente hacia el liberalismo, sobre todo a punta de pactos y acuerdos, a partir de los años cincuenta y, sobre todo, en los ochenta, con los grupos de poder estadounidenses. Especialmente durante la época del conservatismo reaganiano y la derrota del socialismo a la soviética, esta corriente aprovechó para romper acríticamente con cualquier vestigio de planteamiento socialista, de izquierda o marxista, a los que satanizó junto a los conservadores que se creyeron los triunfadores finales de la historia, y se lanzó a hacer del mercado, las privatizaciones, la gravitación monetaria en torno al dólar y las inversiones transnacionales la panacea para los problemas del subdesarrollo.

Desde nuestra perspectiva, el momento en el cual Acción Democrática deja de ser un partido de centro-izquierda para convertirse en uno de centro-derecha es aquel en donde, luego de la brutal represión de los saqueos populares durante el Caracazo, en 1989, no fue capaz siquiera de abrir una averiguación seria sobre los desmanes cometidos y optó por pretender, a rajatabla, implementar las recetas neoliberales dictadas por el Fondo Monetario Internacional. Este proceso, análogo al vivido por el PRI mexicano, a raíz de la elección de Salinas de Gortari en 1984, terminó por consolidarse cuando, en 1998, y ante el temor por el posible triunfo de Chávez, AD decidió dejar sólo a su propio candidato y apoyar, en el último minuto, la candidatura de Salas Romer. Desde entonces, que sepamos, en AD no ha tenido lugar ni un solo debate acerca de cómo recuperar la brújula de izquierda extraviada.

Aunque Acción Democrática se mantiene como partido afiliado a la Internacional Socialista, especie de reedición, constituida en 1951, de la Segunda Internacional o Internacional Socialdemócrata, la mayor organización mundial de partidos políticos, dotada con un poderoso brazo financiero, la Fundación Friedrich Ebert, organización de la que también es miembro el Movimiento al Socialismo, MAS, y en la que también ha solicitado inscripción Por una Democracia Social, PODEMOS, no nos parece acertado considerar a estos tres partidos dentro de una misma corriente política. Mientras que AD, como sus congéneres el PRI mexicano y el APRA (ahora Partido Aprista Peruano, PAP), ha experimentado un claro viraje, tanto en lo ideológico como, sobre todo, en lo práctico, hacia el liberalismo o centro-derecha, por lo cual preferimos denominar a esta corriente demócrata liberal, no nos parece que ese sea el caso del MAS, La Causa R y PODEMOS, a quienes preferimos caracterizar como una corriente de centro-izquierda. En nuestro diagrama metafórico, esta corriente demócrata-liberal pretendería viajar por nuestras carreteras a una velocidad de, digamos, unos 80 Km/h, la cual resulta, a nuestro juicio, insuficiente, por las demasiadas concesiones que hace al capital especulativo transnacional y dadas las angustias de nuestras masas empobrecidas por avanzar y satisfacer cuanto antes su cúmulo de necesidades insatisfechas.

La corriente democratacristiana cobijaría a Primero Justicia, PJ, con un 9% de los votos parlamentarios, pero menos de un 4% de los diputados (sólo 6 de 165, debido a que esta corriente contribuyó a elegir a varios representantes de UNT, COPEI, Podemos, Alianza Bravo Pueblo y a una independiente); a COPEI, con un 5% de los votos y poco más de un 4% de los diputados (7 de 165, pero 8, o sea casi un 5%, si se le suma una diputada independiente que les simpatiza); al Proyecto Venezuela, con un 3% de los votos y poco menos de un 2% de los diputados (3 de 165); y a Convergencia, con menos de un 1% de los votos y de los diputados (1 de 165). De una u otra manera, Primero Justicia, el Proyecto Venezuela y Convergencia han surgido como desprendimientos de COPEI y sus crisis de liderazgo, y estos cuatro partidos conforman la segunda fuerza política dentro de la MUD, con un 17% de la votación parlamentaria pero sólo un 11% de sus diputados (18 de 165).

Aunque de orígenes fuertemente conservadores, que incluyen no pocas simpatías juveniles de los patriarcas de esta corriente, como Konrad Adenauer, en Alemania, su discípulo venezolano, el Dr. Rafael Caldera, o José María Aznar, en España, con el nacionalsocialismo alemán, el fascismo italiano y el franquismo español, en la práctica esta corriente se ha venido desplazando gradualmente hacia la izquierda, hasta convertirse, en general, en Europa y en Venezuela, en una especie de ala derecha del liberalismo, o sea, en una fuerza de centro-derecha, e inclusive, en algunos casos, como el chileno o el brasileño, bajo la influencia de la llamada Teología de la Liberación, en una corriente de tipo socialdemócrata avanzado o socialista democrática. Los partidos de esta corriente, surgida a fines del siglo XIX, a raíz de la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII, que se planteó rivalizar con la socialdemocracia de la Segunda Internacional en la defensa de los derechos de los trabajadores, pero en contra del socialismo, se agrupan actualmente en la Internacional Demócrata Cristiana o Demócrata Centrista, y suelen recibir generosas donaciones de la Fundación Konrad Adenauer alemana.

Esta Internacional, sin embargo, es extremadamente heterogénea políticamente, pues incluye desde partidos resueltamente derechistas, como la Unión Demócrata Cristiana, UDC, alemana, o el Partido Popular, PP, español, hasta partidos significativamente liberales, como COPEI, y ahora Primero Justicia, en Venezuela, y partidos claramente liberales, como el Partido de la Acción Nacional, PAN, de México, e incluso partidos demócrata-cristianos de izquierda, como el chileno. En promedio, a esta corriente le hemos asignado un giro o "velocidad" de 60° ó 60 Km/h en nuestro diagrama metafórico, más "lenta" o de derecha que la corriente demócrata-liberal, pero también más rápida, es decir, menos de derecha que, por ejemplo, el conservadurismo en donde colocaríamos al Partido Republicano estadounidense, al que, si tuviésemos que hacerlo, le asignaríamos un giro o "velocidad" de 45° ó 45 Km/h en el contexto mundial o de los Estados Unidos (y, por supuesto, a la actual tendencia del Partido del Té, le asignaríamos algo así como 30° ó 30 Km/h, o sea, en los linderos con el fascismo o ultra-derecha).

La corriente socialdemócrata socialista, o demócrata socialista, integrada por Podemos, con cerca de un 2 % de votos y poco más de un 2% de diputados en la Asamblea Nacional (4 de 165); la Causa R, con menos de un 1% de votos y cerca de 2% de diputados (3 de 165); y el MAS, con menos de un 0,5% de votos y un solo diputado en la Asamblea, constituye la cuarta fuerza en el nuevo parlamento venezolano, con cerca de un 4% de los votos lista o por partidos y casi un 5% de los diputados. Desafortunadamente, a fuerza de ausencia de debates conceptuales, y de pactos y compromisos por lo general circunstanciales u oportunistas, esta corriente, que en principio se adscribe a una vía paciente y despojada de pruritos mesiánicos y autoritarios en la ruta hacia un socialismo, se ha inclinado históricamente hacia el centro, hasta tornarse en una centro-izquierda mucho más cercana al centro que a la izquierda.

Las tres fuerzas políticas anteriormente mencionadas en buena medida descienden del tronco común del Partido Comunista de Venezuela: el MAS, fundado en 1971, vino de allí; la Causa R actual es en buena medida el ala conservadora del residuo que quedó de la misma división, o sea, el de quienes se salieron en 1971 del PCV pero no se incorporaron al MAS, y luego en 1998 se inclinaron por apoyar a Irene Sáez, lamentablemente respaldada por COPEI; y Podemos es el producto de una división del MAS, propiciada originalmente por el propio Chávez, en 2003, pero luego también el producto de la ruptura con éste, en 2007, en virtud de su radicalización hacia la izquierda ortodoxa a partir de diciembre de 2006.

Aunque hay quienes tienden a pensar en la inevitabilidad de una evolución de esta corriente en pos de los pasos de Acción Democrática, no es ése nuestro caso, pues más bien creemos que su avance hacia el liberalismo todavía puede y debe ser detenido, a través de un debate ideológico y teórico que comience por analizar a fondo, dentro del marco de lo pautado en laConstitución Bolivariana de 1999, la problemática de la transformación del actual modelo mercantilista, dependiente, rentista y cada día más corrupto, autocrático y obsoleto del país, en un nuevo modelo centrado en el desarrollo del capital humano, en la independencia nacional, en la producción sustentable, en el saneamiento de la democracia y, en síntesis, en una modernización que posibilite la edificación futura de algo superior a cualquier capitalismo. Es indudable que esta corriente, sobre todo si lograse superar su propensión al oportunismo (la proclamación del socialismo de palabra y su negación en los hechos) y se decidiese a afrontar una superación seria de sus limitaciones, tendría un tremendo potencial de crecimiento y liderazgo transformador, pues podría llegar a constituir una alternativa ante el falso dilema polarizante planteado entre una izquierda ortodoxa, dogmática y chapada a la antigua, a quien no se le ocurre nada más que postular el modelo cubano de socialismo como "Mar de la Felicidad", y una derecha, entre neoliberal y conservadora, de escasas fibras patrióticas, que en el fondo y como respuesta al modelo cubano, no hace sino plantear por mampuesto o vergonzantemente el modelo puertorriqueño, o de entrega al capital transnacional y estadounidense, como "Mar de la Libertad".

Y quisimos dejar para el final la consideración del caso del partido Patria Para Todos, con un 3,5% de los votos y un 1% de diputados, al que preferimos caracterizar como una subtendencia socialista democrática. Aunque, obviamente, se trata de una corriente afín a la anterior, en este caso la vemos con una mucha menor propensión a hacer del liberalismo, es decir, la exaltación del egoísmo como herramienta del cambio social, con la coartada de que una "mano invisible" terminará por cuidar de los excluidos y hacer valer la identidad amorosa innata en los seres humanos, una panacea. Apreciamos que el partido Patria Para Todos, PPT, se ha esforzado, aunque con insuficientes debates, por buscar alternativas ante la polarización reinante y minimizar sus compromisos y concesiones, tanto por la izquierda, con el PSUV, sobre todo cuando, a partir de diciembre de 2006, quisieron chantajearlo con la amenaza de una trituración que lo haría desaparecer del mapa político si no se anexaba al PSUV, como por la derecha, resistiéndose a una disolución acrítica al interior de las fuerzas agrupadas en la Mesa de Unidad Democrática, MUD.

Esta tendencia, a nuestro juicio y en Venezuela heredera de la Causa R original, que en aquellos años setenta ayudamos a construir bajo el liderazgo de Alfredo Maneiro, posee un doble origen: por un lado, fue una disidencia del partido comunista, derivada de la crisis del socialismo soviético, a su vez puesta en evidencia por la invasión a Checoeslovaquia, y, por otro, fue expresión del movimiento mundial de la juventud desatado alrededor del año 1968, cuyos principales exponentes fueron el mayo francés y, entre nosotros los latinoamericanos, el Tlatelolco mexicano; la Causa R fue el resultado del encuentro entre líderes maduros desencantados y críticos ante el socialismo soviético, y los líderes jóvenes que, a menudo sin militancias previas, veníamos de los movimientos universitarios críticos e inspirados en ideas libertarias, marcusianas y sartreanas. Esta tendencia, en nuestro diagrama, sería la abanderada de la que, siempre a nuestro juicio, es la velocidad óptima para la mayor parte de nuestras carreteras subdesarrolladas, o sea, los 100 Km/h o apenas un poquito más, buena para avanzar rápido pero con un riesgo mucho menor de choques inoportunos.

Por todo lo anterior, saludamos con beneplácito la posibilidad de un acercamiento, necesariamente asociado a un debate franco y abierto, y ojalá que fraternal y despojado de odios mellizales, entre el PPT, por un lado, y Podemos, la Causa R y el MAS, por el otro, que debería ir acompañado de una apertura hacia el promisorio espacio de los vilipendiados ninís o venezolanos críticos e independientes que no se calan la absurda polarización actual. Y esto no tendría por qué hacerle el juego, como suelen asegurar ciertos pragmáticos de izquierda, al "oficialismo", sea en los debates parlamentarios o sea a propósito de las elecciones de 2012. Nos luce todo lo contrario, pues creemos que, al menos aquí tiene validez la afirmación del Lenin aquel (pues no todo lo dicho por él tiene por qué ser errado...) de que precisamente para unificarse y aliarse es necesario aclarar el rumbo propio y deslindar campos de manera firme y resuelta. A la búsqueda de una identidad de esta corriente, a la izquierda del centro, del liberalismo y del conservadurismo, pero a la derecha del socialismo impuesto por arriba, voluntarista, mesiánico y dictatorialoide, lejos de verla como un obstáculo para salir del berenjenal en que estamos sumidos, la vemos como un requisito sine qua non.

Nota: en las próximas horas se añadirá el diagrama al que se hace mención al inicio de esta entrada, que estará basado en diagramas del tipo utilizado en artículos como el "Izquierda y derecha en el espectro político general contemporáneo".

viernes, 1 de octubre de 2010

Desventuras de un bloguero y el sistema político venezolano puesto al desnudo por las elecciones parlamentarias

Desventuras de un bloguero

Hace cosa de poco menos de dos años, ciertos seres queridos, liderados por mi hijo y sabedores de mis hábitos y manías con las letras, me convencieron de que iniciara este blog. Los argumentos fueron de calibres surtidos: que hasta cuándo iba a seguir escribiendo para que nadie me leyera, que con las nuevas tecnologías cibernéticas el mundo estaba al alcance de mi mano sin costo alguno, que un blog me iba a permitir interactuar en tiempo real con los lectores, que estos -según el sabio Saramago...- me ayudarían a orientar mis futuros escritos, que tanto el país como América Latina estaban ávidos de nuevas voces e ideas, que esta experiencia me permitiría avanzar con paso firme hacia la ansiada publicación de mis libros, y otras lucideces por el estilo. Lo último que hizo el abanderado aquel, para abatir mis reservas postreras, fue crear un blog para mí y demostrarme cuán sencillo era, y ya prácticamente tuve que optar entre sentirme como un lagarto literario antediluviano o arrancar el susodicho.

Decidí que, para hacer las cosas en serio, como digo que suelen gustarme, publicaría en cualquier caso dos artículos semanales durante un año, y me tomaría otro año para tomar, conjuntamente con mis lectores, decisiones definitivas acerca del futuro de este proyecto. Cumplido el año, y en los alrededores del artículo número cien, organizamos una consulta, formal con los lectores e informal con los amigos, acerca de la orientación de Transformanueca, y, pese a cierto amargor dejado por las limitadas respuestas a una encuesta exhaustiva, concluimos que lo que pasaba era que en un ambiente a menudo obsesionado con la política y con cierta imagen pública del propio bloguero, los lectores esperaban una mayor atención a esta importante -pero nunca única- dimensión de nuestra realidad. Y opté por interrumpir la serie de artículos sobre las necesidades de América Latina, para dar cabida a una serie sobre la política en general y la política de algunos países latinoamericanos, empezando por la colombiana, en particular.

Para mi sorpresa, no sólo brillaron por su ausencia los comentarios de apoyo a la nueva y más política orientación, sino que unos cuantos lectores redoblaron sus protestas ante la supuesta evidencia de mis intenciones evasivas para con la política venezolana, al punto de casi acusarme de aquello que alguna vez los viejos militantes comunistas gustaban de llamar diletantismo (aplicando al campo político el vocablo originalmente concebido para el mundo artístico), es decir, de falta de seriedad, militancia o consistencia en el abordaje de los asuntos políticos. El único artículo que claramente se salvó del asedio a silenciazos limpios fue uno sobre la entonces recien estrenada película Al sur de la frontera, de Oliver Stone, sobre nuevas tendencias en América Latina, que desató una polémica acerca del supuesto chavismo, tanto del laureado cineasta como del desconocido bloguero.

Haciendo virtud de la necesidad, y quizás en un arrebato de humildad (supongo) y lealtad a mis lectores, decidí publicar dieciocho artículos extensos sobre la realidad social, la economía, la cultura y la política venezolanas, seguidos de siete más sobre las realidades, aún más concretas y específicas del estado Lara, ante los cuales, para mi sorpresa al cuadrado, los críticos de mi sospechoso escapismo y cuasidiletantismo no dijeron ni esta tecla es mía. Al borde ya del desconcierto, decidí iniciar una nueva subserie de evaluación de los resultados de las elecciones parlamentarias del pasado septiembre, empezando por un artículo descriptivo, el anterior a éste, de los resultados de estos comicios, al que supuse -ese sí- blindado ante eventuales ataques de silencio, con cuyos comentarios afinaría los restantes. El resultado, para mi colmo y dolor, fue que hasta el sol de hoy [esta entrada, con fecha atrasada, fue escrita a comienzos de abril de 2011], resultó nula la retroalimentación esperada...

Y fue entonces cuando, por supuesto sin alterar mi instinto de escribir, aunque por otros canales, me vi sumido en una de Hamlet acerca de si ser o no ser un bloguero, con toda la brillante argumentación de marras en el platillo a favor, pero con una sensación de incomunicación, fracaso y hasta ridículo en el contrario: ¿qué sentido tiene, por ejemplo, escribir para lectores a quienes sólo les interesa alimentar su odio o apego visceral ante el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, que en definitiva sólo quieren saber lo que ya saben, y que por política entienden la comidilla cotidiana de la que quizás sea la prensa más polarizada y vacua de todo el continente? ¿Para quiénes estoy escribiendo? ¿Qué tengo en común con mis lectores aparentes? ¿No será qué estoy conectado a un público más parecido al televidente que al de verdaderos lectores, a quien jamás podré entender ni complacer? ¿Para qué sirve, en el fondo o al menos en mi caso, la fulana interactividad de los nuevos medios de comunicación? O, peor todavía, ¿no será que demasiados lectores de blogs en definitiva sólo aspiran a disponer de un pasatiempo perverso o una especie de catarsis para desahogarse en burlas e insultos a quien se les teleatraviese? ¿No será por eso que la mayoría de publicaciones electrónicas tienden a suprimir los comentarios anónimos y hasta los comentarios a secas?

Y en esas andaba, hasta animoso de seguir al pie de la letra el consejo de tantos expertos neomediáticos de no andar dando explicaciones sobre asuntos extrapúblicos, cuando comencé a experimentar una desazón de signo contrario, a saber, que retornaba a vivir, como antes, pendiente de escribir y fotografiar para un público imaginario o quizás y a lo sumo póstumo, o que me convertía en una especie de bloguero fantasma, que supongo debe ser peor que uno descomentado. Todo con la cabeza, y la sección de entradas sin publicar, atiborrándose de artículos, y la fecha de los dos años del blog viniéndose encima. Así que, de repente, contrariando una vez más a mis consejeros, me puse a escribir esto, no sé si como el alacrán aquel que picó al sapo que lo transportaba en el río...

El resultado es que estoy de regreso y comenzaré a divulgar, con o sin comentarios y por los momentos con fechas atrasadas hasta que decida otra cosa, quizás con las infaltables interrupciones temáticas, y más o menos en ese orden, los artículos restantes sobre el proceso electoral venezolano; también la parte final de la subserie sobre el estado Lara, que quedó inconclusa; algunas pequeñas series sobre las políticas brasileña, argentina, chilena y mexicana, y un breve remate sobre la colombiana; la culminación de la importante serie sobre las necesidades y libertades en América Latina; otra serie más sobre los sistemas de vida en el subcontinente, y luego, para rematar -¿celebrar?- los doscientos artículos y/o dos años del blog, una serie larga sobre el citado bicentenario. Para acelerar la salida de los artículos en abril, es probable que algunos vean su primera luz como bocetos o sin estar acabados, y quizás con fotofrafía pendiente, con miras a rematarlos luego.

Aquí van los artículos adeudados, sobre todo a mis lectores más asiduos y de buena voluntad, que también sé que los tengo, y quienes no tienen que pagar por los platos rotos de aquéllos...

El sistema político venezolano puesto al desnudo
por las elecciones parlamentarias


No es precisamente una buena noticia, pero lo cierto es que en todo el planeta la pretendida soberanía democrática de los ciudadanos tiende a estar cada vez sitiada y acosada por maquinarias, roscas, caudillos o mafias económicas, políticas o delictivas, transnacionales, nacionales, sectoriales o locales, que imponen cuanto se les antoja, con escasos escrúpulos, y obran cada vez más sin control externo alguno. Pese a que en la letra de numerosas constituciones y teorías de la democracia, los parlamentos o asambleas son los llamados a establecer las leyes que regirán el funcionamiento de las naciones, y que por tanto normarán las acciones de los restantes poderes públicos, formales o informales, lo cierto es que, por doquiera, estos entes legislativos se limitan, en los mejores casos, a legitimar o discutir políticas gestadas en gabinetes ejecutivos o en cogollos partidistas, cuando no en la cabeza de autócratas que parecieran encarnaciones absolutistas. Los parlamentos, para desgracia de los demócratas de todas partes y pese a honrosos esfuerzos como los adelantados en el de la Unión Europea, o, de vez en cuando en el estadounidense, tienden a ser escenarios, a veces burlescos, para la divulgación de las políticas de los ejecutivos y partidos a través de los medios de comunicación.

Y esto, que ya es particularmente válido en nuestra Latinoamérica, ha alcanzado cotas escandalosas en Venezuela. Poco a poco, a lo largo de décadas de fortalecimiento presidencialista, y sobre todo con la enmienda dizque constitucional de febrero de 2009, que terminó por sancionar la elegibilidad indefinida que había sido rechazada en diciembre de 2007 -y que por disposición constitucional no podía volver a someterse a referendo en el mismo período-, y la "Ley Orgánica de Procesos Electorales", publicada en la Gaceta Oficial del 12 de agosto de 2009, el sistema político venezolano se ha transformado, en los hechos, en algo muy distinto de lo establecido en la Constitución vigente.

A despecho del Artículo 6 de ésta, que postula que "El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y de las entidades políticas que la componen es y será siempre democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables", y de su Artículo 63, que establece que "... La ley garantizará el principio de la personalización del sufragio y la representación proporcional", el sistema se ha inclinado gravemente hacia el soporte de un estilo autocrático, delegativo, impuesto, centralizado, continuista, irresponsable, monolítico y de mandatos muy difícilmente revocables, que en la práctica partidiza el sufragio y elimina la proporcionalidad de la representación popular. Escasa duda nos queda de que el régimen político venezolano tiende a situarse entre los más presidencialistas y ventajistas, y menos sujetos a control popular real o de otros poderes públicos, en todo el globo.

Las veintitantas funciones de la Asamblea Nacional, de acuerdo a la Constitución, que pueden ser reducidas a cuatro funciones básicas: legislar en materias de alcance nacional, ejercer controles sobre el ejecutivo, potenciar la participación ciudadana y servir de escenario de debates de interés nacional, han venido menoscabándose en los hechos y también en los derechos con la mencionada "Ley Orgánica", hasta convertir en letra muerta los dictados constitucionales, al punto de que sólo se mantiene relativamente vigente la última de tales funciones básicas. El enfoque que ha predominado acentúa todas las limitaciones de un modelo político unicameral y mayoritario, que tiende a ser el favorito de regímenes altamente centralizados o no federales. Este conjuga las desventajas de una sola cámara, la falta de representación real de las distintas regiones geográficas, con las del esquema de elección mayoritario, a saber, la falta de representación proporcional de las minorías de cualquier índole y la sobrerrepresentación de las mayorías.

Este modelo, cuyo máximo exponente mundial quizás sea el archicentralizado modelo chino, en América Latina sólo lo comparten actualmente Cuba, Ecuador y Guatemala. Los únicos otros Estados unicamerales: Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Panamá y Perú, enfatizan de uno u otro modo la representatividad de las minorías, por lo general a través de listas cerradas de partidos y con variantes del llamado método d'Hondt (el de cocientes sucesivos que se usa, por ejemplo, en la mayoría de las elecciones sindicales y estudiantiles).

Gracias al esquema recientemente adoptado, las fuerzas políticas en desacuerdo con el gobierno, que obtuvieron la mayoría absoluta de votos en favor de sus listas respectivas en el conjunto de las entidades federales, y que triunfaron al elegir 27 diputados (26 la Mesa de Unidad Democrática y 1 el PPT) de un total de 52 elegidos por tales listas proporcionales, resultaron sin embargo derrotadas en las elecciones nominales o no proporcionalmente representativas, en donde sólo alcanzaron a elegir a 39 de 110 diputados, frente a 71 electos por el gobierno. Al sumarle, con criterios análogos, los dos diputados dizque electos por los indígenas, frente a sólo uno electo en propuestas afectas a la MUD, el gobierno terminó alzándose con 98 diputados, apenas uno menos que lo requerido para hacer mayorías de un 60%, frente a sólo 67 diputados del conjunto de las fuerzas opositoras. O sea que el ya venido a menos poder legislativo, gracias a una singular ingeniería electoral, que agrupó o disgregó las circunscripciones electorales para la elección de diputados nominales en favor neto del gobierno, quedó, abstracción hecha de posibles fraudes asociados a la falta de testigos opositores en mesas remotas y pese a la voluntad expresada en las máquinas y urnas, todavía más menguado y con una casi aplastante mayoría oficial.

Entre los casos más graves de sobrerrepresentación de las fuerzas oficiales, como producto de la tecnología electoral aplicada bajo el manto de la citada "Ley Orgánica de Procesos Electorales", están los siguientes: en Apure, con el 60% de los votos válidos, el gobierno se quedó con el 80% de los diputados electos (4 de 5); en Barinas, con el 56% de los votos, se hizo con el 83% de los diputados (5 de 6); en Bolívar, con el 50% de los votos, se puso en el 75% de los diputados (6 de 8); en Carabobo, con sólo 43% de votos obtuvo el 60% de diputados (6 de 10); en Delta Amacuro, con 72% de votos se alzó con el 100% de diputados (4 de 4); en el Distrito Capital, con 48% de votos logró el 70% de diputados (7 de 10); en Falcón, 52% de votos le permitieron lograr el 67% de diputados (4 de 6); en Guárico, con 58% de votos se quedó con 80% de diputados (4 de 5); en Lara, con sólo 41% de los votos, se dotó del 67% de los diputados (6 de 9); en Mérida el 49% de los votos permitió alcanzar el 67% de las curules en juego (4 de 6); en Monagas el 59% de votos se convirtió en un 83% de diputados (5 de 6); en Trujillo el 63% de votos se volvió un 80% de diputados (4 de 5); en Vargas con 55% de votos se obtuvo un 75% de diputados (3 de 4); y en Yaracuy 55% de votos fueron convertidos en un 80% de diputados (4 de 5). Adicionalmente, en Aragua, con el 50% de los votos, se alzó con el 62,5% de los diputados (5 de 8); en Cojedes, con 64% de los votos alcanzó el 75% de diputados (3 de 4); y en Miranda el 41% de votos se tradujo en 50% de diputados (6 de 12).

Del hecho de que el electorado progubernamental haya quedado subrepresentado en entidades como Amazonas (42% de votos y 33% de diputados, ó 1 de 3), Anzoátegui (45% de votos y 12,5% de diputados, ó 1 de 8), Nueva Esparta (41% de votos y 25% de diputados, ó 1 de 4), Táchira (42% de votos y 29% de diputados, ó 2 de 7), y Zulia (44% de votos y 20% de diputados, ó 3 de 15) no se deduce, como quiso hacerlo creer el Presidente, que las reglas electorales fueran imparciales, sino que en ciertos casos no evitaron que saliera el tiro por la culata, con el consiguiente castigo para los votantes del PSUV, o validando el viejo aserto de que, a veces, hasta al mejor cazador se le va la liebre. Lo que cuenta, para nuestros efectos, es la resultante de todo el proceso, que otorgó al PSUV, con un 48% de los votos válidos de los electores a nivel de las entidades federales, un 60% (98) de los 165 diputados a la Asamblea Nacional.

En cualquier caso, nos luce que la polarización política, y el correspon- diente acapara- miento de la escena política por partidos e instituciones cada vez más alejados del control y el voto popular y cada día más manipulados desde arriba, está actuando como un corrosivo de nuestra frágil democracia. De no alterarse esta tendencia, las consecuencias podrían ser nefastas, pues las diferencias políticas que no puedan dirimirse por los votos tenderán a tratarse por otros mecanismos, y podríamos vernos, en 2012-2013, para nuestra vergüenza como herederos del legado bolivariano, envueltos en marasmos como el que vivimos diez años atrás.

martes, 28 de septiembre de 2010

¿Qué pasó en Venezuela el 26/09/2010?

Curiosos resultados electorales estos, los de las elecciones parlamentarias: en principio, portadores de señales esperanzadoras; luego, celebrados por tantos y desde las posturas más disímiles; y, en el fondo, también cargados de motivos para las más hondas preocupaciones sobre el destino de la democracia en Venezuela y de todos los venezolanos.

Es indudable que como nación salimos del 26/09/2010 con la posibilidad de dotarnos de un nueva Asamblea Nacional más representativa de nuestra diversidad política real, y por tanto con un instrumento político como mínimo más cercano a lo idóneo para dirimir nuestras diferencias de una manera democrática, es decir, más humana, respetuosa y civilizada. Si, desde cualquier ángulo que la observemos, la sociedad venezolana está integrada por sectores cultural o ideológica, económica y políticamente diferentes, y con demasiada frecuencia divergentes, mal puede ocurrir que un parlamento nacional monocorde y sumiso ante el ejecutivo la represente. El solo hecho de que las llamadas fuerzas de la oposición, aun sin ignorar los errores pasados de muchos de sus dirigentes, adquieran una participación en la Asamblea Nacional, es un avance en el camino de la posibilidad de construir una nación integrada que nos cobije a todos los venezolanos, y viceversa, cualquier exclusión de cualquier sector con vocación pacífica es una amenaza para la ya muy débil institucionalidad que poseemos.

La democracia, opuestamente a cualquier forma de autocracia, si bien es un logro cultural relativamente reciente y moderno, sin duda asociado a la conquista de grados crecientes de educación, capacitación, participación y tolerancia, es también un modelo más cónsono con la naturaleza o identidad humana, tanto a nivel de organismos individuales como de los organismos colectivos que han prevalecido a través de nuestra deriva evolutiva. Por una parte, sin la democracia, sin la posibilidad de superar conflictos y diferencias en un clima de respeto e igualdad ciudadana, no sería posible conciliar la libertad de unos con la de los otros, y sólo habría lugar para la coerción y la dominación, al estilo de la mayoría de los regímenes sociales antiguos y medievales. Por otra, la democracia, en cierto sentido, al menos, es un intento por emular la manera como en el organismo humano individual y pluricelular, y particularmente en su cerebro, se toman la inmensa mayoría de las decisiones: tomando en cuenta las necesidades o requerimientos de múltiples instancias orgánicas, perspectivas, experiencias anteriores, datos del entorno, etc., hasta alcanzar soluciones de equilibrio y relativamente satisfactorias para todas las partes. Y, por otra más, la democracia es también un intento por restaurar, bajo las circunstancias necesariamente multiculturales y socialmente heterogéneas de la vida contemporánea, los niveles de participación e inclusión que cada vez más se entienden como característicos de la vida en las comunidades primitivas y sin clases sociales en donde ha transcurrido, con mucho, la mayor proporción de la existencia humana.

Es indudable, entonces, que tanto desde el punto de vista, digamos, coyuntural, como desde un plano más general y conceptual, la mayor representatividad de nuestro parlamento, el más importante de los órganos de poder de las sociedades modernas, puesto que establece las pautas de funcionamiento de los otros poderes, hecha posible con los resultados de los pasados comicios, debe ser entendida como un paso positivo hacia la superación de las numerosas divisiones, fracturas, exclusiones e impotencias que azotan la sociedad venezolana. Incluso si admitimos que la Asamblea Nacional que teníamos careció de la más elemental representatividad debido a cierta contumacia opositora que le apostó fuerte a tumbar un gobierno legítimamente electo, no por ello deberíamos dejar de alegrarnos, sobre todo en un país donde en materia de repudio a las violaciones constitucionales son pocos los que pueden lanzar primeras piedras, cuando ocurre una también legítima rectificación de tales conductas. Nadie puede pretender arrogarse el monopolio del derecho a rectificar sus errores pasados, y mucho menos a celebrarlos y condenar perpetuamente los ajenos.

No obstante estas inequívocamente buenas noticias, llama por lo menos la atención la manera como las fuerzas políticas dominantes de la contienda, en primer lugar, el Partido Socialista Unificado de Venezuela, PSUV, y, después, la Mesa de la Unidad Democrática, MUD, mejor conocidos como gobierno y oposición, se declararon resueltamente triunfadoras.

El gobierno, con sus 98 parlamenta- rios de un total de 165, que le aseguran una mayoría simple, contra sólo 65 de la oposición y 2 del PPT, se autodeclaró triunfador absoluto de los comicios. Es claro que con esta cantidad de curules alcanzadas, que asegurarían el control de muchas votaciones parlamentarias y en buena medida la continuidad de las políticas oficiales en boga, el gobierno tiene motivos para celebrar los resultados, pero no para restarle importancia a hechos inocultables. Entre estos cabe resaltar: 1) que insistentemente numerosos voceros del gobierno, y entre ellos el propio Presidente de la República, insistieron en que sólo entenderían por victoria el logro de la mayoría calificada de 110 votos, la que permite la aprobación de leyes orgánicas y la designación de altos funcionarios de los poderes estatales, o, como mínimo, la mayoría de 99 votos ó del 60%, que permite las leyes habilitantes; 2) que la cantidad de curules alcanzadas puso al desnudo una grotesca maniobra de ingeniería electoral que potenció la representación de los estados menos poblados y las circunscripciones políticas afectas al gobierno, a la vez que minimizó la representación de los estados más populosos y dejó sin representación a numerosas circunscripciones y sectores políticos desafectos al régimen, al extremo de revelar serias incongruencias entre estas prácticas electorales y el principio de representación proporcional, con base en el 1,1 % de la población total del país, establecido en el artículo 186 de la Constitución; y 3) que es completamente descabellado y desconsiderado que se pretenda insistir, después de que sólo votaron por los candidatos oficiales 5.399.390 votantes válidos, de un total de 11.027.878, para una participación proporcional del 48,96%, en calificar de fascistas, escuálidos y de ultraderecha a una mayoría de votantes que, en sano ejercicio de sus derechos constitucionales, disintieron de las propuestas oficiales.

Por su lado, la oposición se declaró, como si se hubiese tratado de un plesbicito, un referendo o una masiva encuesta preelectoral, y no de una elección parlamentaria, en estado de triunfalismo y euforia, pues alcanzó, claro que sumando sus votos a los del PPT, un total de 5.628.488 votos válidos en relación al mismo total, para una participación proporcional de 51,04%. De nuevo, es evidente que se trata de unos resultados que revelan una marcada recuperación opositora en relación a comicios anteriores para la designación de cargos públicos, y que, como ya se dijo, representan un notable avance en el camino hacia un sano ejercicio político democrático en Venezuela. No obstante, esto no debería conducir a soslayar: 1) la importancia de una participación mayoritaria del gobierno y el PSUV en el nuevo parlamento, sobre todo en circunstancias en las que se sembró la ilusión, en amplias masas de electores, de que se estaba en vías de conquistar la mayoría parlamentaria en nombre de una mayoría de electores (lo cual llevó a muchos votantes opositores a creer que se había hecho trampa en los cómputos electorales); 2) la gravedad de una situación atentatoria contra el principio de representatividad proporcional de los electores, que no sólo se expresó en la ya mencionada sobrerrepresentación del partido oficial sino que, inclusive al interior de los propios votos de la MUD, condujo a una representación desproporcionada, en relación a porcentajes y mediciones diversas de las preferencias de los electores, de, por ejemplo, los diputados de Acción Democrática, quien se alzó con 22 de los 65 diputados opositores, o sea, una tercera parte de estos, cuando en ninguna parte hay antecedentes de esta supuesta recuperación de la imagen o la fuerza política real de este partido; y 3) que por razones análogas a las ya señaladas anteriormente, aunque en el sentido inverso, no pareciera haber lugar para triunfalismo alguno en circunstancias en las que, para cualquier efecto práctico, la mitad de los electores venezolanos siguen abrazando las convocatorias del gobierno y el PSUV, incluso tratándose de la elección de diputados y no del máximo líder del ejecutivo nacional, lo cual lleva a pensar que, aun viendo a las elecciones parlamentarias del 26/09/10 como una macroencuesta para las elecciones de 2012, es todavía mucha la tela que habría que cortar antes de formular cualquier pronóstico para el futuro, y máxime si se pretende actuar, como mucho le gustaría al actual presidente, en plan de restauración del régimen bipartidista del pasado o de alguna versión maquillada del mismo.

Pero lo dicho no contiene todavía el meollo de las preocupaciones que queremos compartir con nuestros lectores, pues hay, como se dice a veces por aquí, procesiones más funestas que van por dentro: 1) tanto las campañas para las elecciones parlamentarias, como los mecanismos de selección de los candidatos a diputados, o las evaluaciones posteriores de los desempeños electorales alcanzados, pecan gravemente de los vicios de oportunismo, inmediatismo, superficialismo, sectarismo, fundamentalismo, y de seguro unos cuantos más, que hemos señalado al examinar las características de la política venezolana, al interior de una sociedad estancada y decadente que se resiste perniciosamente no sólo al cambio sino incluso al examen descarnado de sí misma; la vacuidad de los contenidos de la política visible venezolana es tan notoria que ya contrasta inclusive con los estándares de la mayoría de los demás países latinoamericanos, para lo cual no hay sino que pasearse por los debates recientes de las elecciones brasileñas, colombianas o chilenas de este mismo año; 2) en el contexto del estilo político infantil que pareciéramos estar empeñados en inventar los venezolanos, la tendencia es a que el gobierno, lejos de complacerse con la rectificación y el retorno al cauce democrático de muchos de sus opositores, está haciendo todo lo posible por insinuar y aun demostrar que con o sin participación opositora en las elecciones, con o sin mayoría del voto popular, y con o sin legitimidad constitucional, "Chávez no se va" y seguirá adelante con sus planes de un socialismo a rajatabla, personalista, autocrático y sin diálogo o debate alguno, o sea, llevando leña a la candela de quienes nunca han estado convencidos de que algo se arreglará con la vía electoral o de la acción política propiamente dicha, con consecuencias impredecibles; 3) la oposición, pese a las valiosas pero excepcionales declaraciones circunstanciales de algunos de sus voceros, continúa sin decidirse a hacer una autocrítica seria de sus arrebatadas posiciones de 2002 y 2003, insiste en no formular un proyecto claro del país que propone, sigue dando demasiados motivos para creer que en el fondo su proyecto no es otro sino el de la restauración de un puntofijismo maquillado, y, a la hora de los hechos, pareciera seguir empeñada en demostrar que la vía electoral es apenas, y a lo sumo, un Plan A dentro de su estrategia, nunca clausurada, de sacar a Chávez del poder "como sea"; 4) el limitado, aunque potencialmente decisivo, residuo político que queda después de restar los adeptos al gobierno y a la oposición, es decir, el PPT, Henri Falcón y los numerosos grupos y corrientes críticas que se mueven en las vecindades o incluso al interior del PSUV y la MUD y sus partidos, del cual nos ocuparemos detenidamente en una entrega venidera, sigue como aletargado y perplejo ante la polarización reinante, y tampoco ha sido capaz de articular una postura, un análisis, un programa o un estilo de participación política alternativo y distinto; y 5), en cualquier caso, resulta escandaloso constatar como en un país con exclusiones vergonzosas de su población pobre, con un falso sistema educativo que ni capacita productivamente ni contribuye a la formación ética y ciudadana, con una cuenta regresiva energética mundial que anuncia el inevitable colapso de nuestro rentismo petrolero y su orgía de importaciones, con un cúmulo de necesidades alimentarias, de vivienda, sanitarias, ambientales, de transporte, de comunicaciones, de seguridades de todo tipo, etc., insatisfechas en mayoritarios sectores de la población, cuajado de amenazas severas a la continuidad de sus hilos constitucionales, y dejémoslo por ahora hasta aquí, la política se desenvuelve con una casi total ausencia de atención a los problemas reales o de debates estratégicos, y con un estilo político y electoral que en mucho recuerda los de las elecciones de los reyes momo o las reinas de carnaval.

Continuaremos, aunque probablemente con una nueva fórmula secuencial que nos ahorre la mutua incomodidad de artículos aparentemente desfasados en el tiempo, en la próxima entrega.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Hacia una transformación social piloto en Lara (VII): La perspectiva cultural transformal

Perdón, perdón, perdón a los lectores, por la interrupción en la salida regular de los artículos. Esto del enfoque transdisciplinario que estamos empeñados en usar, que intenta conjugar el análisis y la comprensión conceptual centrados en los problemas, con la acción y la práctica transformadora para buscarles solución, se dice fácil -como se decía siempre aquí y ahora repite cierta propaganda oficial- pero a veces se hace sumamente difícil, sobre todo cuando se actúa con las uñas y se carece de recursos y de ingresos regulares para disponer del tiempo demandado por tamañas aspiraciones, y en un país plagado de ineficiencias, colas, derrumbes, incomunicaciones, apagones, sectarismos, epidemias y calamidades sucedáneas. En una frase, repetidos viajes al estado Lara y a muchos de sus rincones más apartados, sin Internet y hasta sin CANTV, para hacer contacto directo con los futuros protagonistas del drama, han hecho difícil la tarea de completar la serie prototípica iniciada sobre la realidad larense.

Pero el cariño sigue aquí, ya llevamos más de 140 artículos publicados, la inmensa mayoría de ellos con absoluta vigencia, puesto que para nada se refieren a cuestiones del día a día (por lo cual invitamos a los lectores a revisarlos, según sus preferencias y con ayuda de las etiquetas de la columna de al lado), a la vez que confiamos en agarrarnos pronto un fin de semana completo para el blog y publicar de un sólo golpe cerca de una docena de artículos que ya tenemos adelantados. También cumplimos con participarle a nuestros cibervisitantes que, luego de esta entrega, haremos una interrupción de la serie larense para ocuparnos, por su obvia importancia pero también para curarnos en salud ante quienes ya deben estar pensando que les estamos escurriendo el bulto, de analizar los resultados de las recientes elecciones parlamentarias venezolanas.

Para retomar el hilo, algo importante sobre el concepto mismo de cultura

Desde el punto de vista académico, dos son las disciplinas, cada una con su batería de autoridades, que se disputan las últimas palabras en materia de cultura: la antropología, para quien la cultura comprende todo el sistema de creencias y valores característico de una sociedad, más toda la trama de relaciones e instituciones sociales que le dan soporte a estas creencias y valores; y la sociología, que ve a la cultura como una instancia diferenciada dentro de la estructura social, distinta de, por ejemplo, la económica o la política. Distantes de cualquier intención de faltarle el respeto a doctos académicos como Kroeber, Malinowski y otros, de la escuela antropológica, o a Radcliffe-Brown, Parsons y compañía, de la sociológica, en mis tal vez limitadas reflexiones sobre este importante asunto, siempre hechas, repito, desde una perspectiva no académica o disciplinaria sino transdisciplinaria o centrada en los problemas, he terminado por inclinarme ligeramente en favor del punto de vista de la segunda escuela, la sociológica, puesto que considero a las capacidades culturales como distintas de las productivas, las políticas, etcétera. Solo que con, al menos, dos gruesos bemoles, probablemente derivados de cierta formación parcialmente marxista e inclusive fotográfica, aunque afortunadamente autodidacta y no catequística, que seguramente no le harán gracia a los sociólogos académicos y quizás hasta provoquen sonrisas de satisfacción en más de un antropólogo de oficio.

Uno consiste en hacer lecturas de la sociedad toda desde el punto de vista cultural, al estilo antropológico, considerando a las instituciones y prácticas sociales diversas como simultáneamente productos y asideros de la cultura; y el otro en no renunciar, lo que seguramente parecerá sacrílego a los marxistas sovietosos y su populares afines latinoamericanos y cubanos, con su piedra filosofal de la lucha de clases, al empleo, para ciertas consideraciones de carácter general, no sólo a la perspectiva antropológica o humana, sino inclusive a las perspectivas biológica, química o física. Estas perspectivas suelen ser, para mí, como los lentes o filtros de una cámara fotográfica, es decir, que las escojo en función de las circunstancias y de los aspectos de la visión de la realidad que deseo resaltar, sin posturas excluyentes de ningún tipo. La realidad, así, termina por no ser ni objetiva ni subjetiva, ni granangular ni teleobjetiva, sino una sola y que me incluye, sólo que, dependiendo de lo que esté haciendo, pensando o sintiendo, y sobre todo de los problemas que esté examinando y del momento en que lo hago, la abordo de diferentes maneras o con diferentes ópticas.

O sea que, en dos platos, en el fondo no considero excluyentes a los dos enfoques académicos mencionados sobre la cultura, sino que empleo ambos de acuerdo a las circunstancias: el antropológico sobre todo a la hora de comprender en profundidad los problemas culturales, en las primeras fases del análisis y la resolución de problemas relacionados con la cultura, o en sus evaluaciones finales, y el sociológico durante la búsqueda de soluciones y respuestas, o el trazado de directrices, concretas a los problemas planteados.

Todo esto viene a cuento porque deseo llamar la atención sobre el probable valor metodológico del enfoque sobre la realidad larense que estamos adelantando, y a la vez clamar paciencia para quienes ya deben estar madurando la tesis de que ocuparme de Lara es mi nueva manera de evadirme del único núcleo duro de la realidad que admiten... Me siento, entonces, obligado a insistir en que, en el mejor de los casos, nada, absolutamente nada de lo que hagamos en política tiene valor alguno si no se inscribe en una perspectiva de avance en una dirección cultural acertada, es decir, ética, axiológica o relacionada con los valores humanos fundamentales en juego, consistentes con nuestra identidad humana profunda, que por lo tanto estamos obligados a estudiar con toda la intensidad de que seamos capaces. Y decía que eso es en el mejor de los casos, porque en los otros, en los peores, que han constituido la inmensa mayoría de todo lo que se ha hecho políticamente en nuestro país en siglos -con solo dos grandes, aunque honrosas excepciones, una en la gesta independentista, por veinte años a partir de 1810, y la otra en la gesta democratizante, por no más de treinta años, con severas interrupciones e incongruencias, a partir de la muerte de Gómez en 1935-, no sólo la acción política ha carecido, por lo general, de valor, sino que lo ha tenido negativo, es decir, que ha arrojado resultados que luego tendrán que ser desandados.

¿De qué le sirvió al país, en el balance y por ejemplo, el siglo de caudillismo que sucedió a la restauración latifundista y esclavista y la expulsión o aplastamiento de la generación patriótica? ¿Para qué fueron históricamente útiles el paecismo o el guzmancismo, o el castrismo o el gomecismo o el perezjimenismo? O ¿qué nos quedó del período de derroche de los años de la bonanza de los setenta? ¿Para qué fue útil el lusinchismo y el cuasi reinado de su entonces popular amante? ¿Cuál fue la resultante positiva de las dos gestiones de Caldera o de Pérez? ¿Qué le va a quedar de bueno a nuestro país cuando termine de derrumbarse la actual ola de personalismo, autoritarismo, ineficiencia, adulación, parasitismo, derroche, arribismo, centralismo...? ¿Es que acaso trescientos años de pasividad y doscientos de improvisación no nos bastan para entender que la política requiere de una direccionalidad ética en concordancia con una práctica relevante de atención a necesidades concretas?

¿Qué entendemos por cultura transformal?

Bueno, de repente se nos pasó la mano en las consideraciones introductorias, y para colmo nos queda otra por hacer, cual es la de que, sobre la marcha, decidimos incorporar a nuestras exposiciones blogueras el estreno mundial [¡Ejem!... No vayan a creer que se trata de cobas pedantescas, pues es absolutamente cierto que este cuchitril mediático tiene ciberseguidores en todos los hemisferios de este planeta, tanto en sentido latitudinal, norte y sur, como longitudinal, este y oeste...] de una tesis en la que venimos trabajando desde hace tiempo, cual es la de distinguir, para todas las estructuras e instancias sociales, y entre sus componentes o subdimensiones, los elementos formales, es decir, bien establecidos, explícitos o institucionalizados; los elementos informales, vale significar, aquellos muy poco estructurados, incipientes, implícitos, excluidos o marginalizados; y los elementos a los que proponemos llamar transformales, consistentes en todos aquellos elementos en proceso de estructuración creciente o en busca de institucionalización, por lo general vinculados a la existencia de liderazgos, esfuerzos pioneros, grupos críticos, movimientos de base, etc., que apuntan hacia la conformación de nuevas instituciones y elementos formales como superación o reemplazo creativo de los existentes.

Esta distinción nos conduce entonces, por ejemplo, en el caso de la economía, a añadirle, a la clásica distinción entre la economía formal y la formal, una economía transformal, consistente en todo el cúmulo de esfuerzos, racionalidades, iniciativas, organizaciones y prácticas productivas, etc., que apuntan hacia la creación y establecimiento de nuevos patrones productivos, como alternativa tanto a patrones establecidos de producción formal como a los informales o marginalizados. En materia de medios de comunicación, por ejemplo, tendríamos a los medios formales: prensa, televisión, radio, etc., establecidos; a los medios informales: conversaciones cotidianas, rumores, bolas, chismes, etc.; y a los transformales, que, sin llegar a medios formales tampoco encajan bien en el rubro de los informales, puesto que a menudo cuentan con orientaciones, filosofías, objetivos, canales explícitos, etc., y, en el caso de los más pretenciosos -como este blog-, hasta con epistemologías, enfoques, temáticas, problemáticas, teorías originales y yerbas afines. En el caso de la educación, que revisaremos, para el caso larense, dentro de poco, tenemos la educación formal, académica o conducente a títulos, la educación informal, la que se adquiere en la vida, en la calle, en las relaciones informales con padres, parientes, compañeras, amigos, etc., y la educación transformal, constituida por todo el universo de programas formativos en comunidades, empresas, clubes, grupos diversos y hasta familias, que no encajan bien dentro de los dos rubros mencionados, pues no conducen a títulos y a veces ni siquiera a certificados o acreditaciones, pero que a menudo cuentan con diseños curriculares explícitos y no pocas veces incluso mucho más elaborados y precisos que los currículos académicos. Para estas últimas concepciones y prácticas educativas se ha propuesto la denominación de educación no formal, que aquí hasta ahora habíamos llamado, algo a regañadientes, semiformal (considerando opciones como 'cuasiformal', 'protoformal', 'paraformal' y otras), pero que desde ahora identificaremos con el nuevo vocablo que le proponemos al mundo. De la misma manera podríamos hablar de una política formal, comúnmente llamada escena política, con sus partidos, sus diputados, elecciones legales, funcionarios electos o candidatos, etc.; de una política informal, la de los debates y acciones en calles, auditorios, cafetines, comedores, salas de recibo, etc.; y de una política transformal, la de los movimientos de base, los documentos de base, los grupos ecológicos, femeninos, estudiantiles, culturales, artísticos, deportivos, etc., que, sin actuar en la escena política, piensan y actúan mucho más allá de los meros ámbitos espontáneos.

Y así llegamos, por fin, a la distinción entre cultura formal, la establecida, explícita y generalmente expuesta por intelectuales y creadores harto conocidos y capaces de interpretar ciertas dimensiones del sentir colectivo; la informal, en donde hemos incorporado, en el caso larense, manifestaciones tales como las conductuales cotidianas, las religiosas o las culinarias, muy poco estructuradas o explícitas o institucionalizadas; y la cultura transformal, que revisaremos a continuación, en donde distinguiremos, por ejemplo, aspectos tales como las creaciones plásticas, arquitectónicas, urbanísticas o deportivas, que, sin llegar todavía al grado de representación explícita de los valores sociales que alcanzan los escritores o músicos con arraigo popular, apuntan a significados que van mucho más allá de los valores fuertemente implícitos en la cocina o la religión. [Perdonen, los lectores apurados, estas aparentes digresiones que, sin embargo, a nuestro entender, tocan, aunque de otra manera, más abstracta, el meollo de lo que deseamos expresar en torno a la cultura larense].

¿Acaso quieren comunicarnos algo los artistas y artesanos plásticos larenses?

Después de hurgar en papeles, fichas y pantallas diversos, así como en nuestra memoria de recuerdos, vivencias y visitas, estábamos ya lindando con el desconsuelo al no encontrar museos, galerías, salones o exposiciones importantes que nos brindaran las claves de una plástica larense, cuando, de repente, al observar una imagen de un cuadro de Rafael Monasterios, nos percatamos de que tenía una estética muy semejante a la de un cuadro de no sé que pintor larense popular que por décadas ha estado colgado en nuestra casa materna, y también a muchos otros que hemos visto en otras tantas casas larenses que hemos visitado, y se nos prendió el bombillo.

Nos paseamos entonces, de memoria, por las paredes de casas conocidas de larenses y, sobre todo, caroreños, y también de restoranes, bodegas, bares y otros sitios públicos, y descubrimos nada menos que una plástica singular, una estética de calles, caminos y muros amarillentos o blanquecinos y castigados por fuertes resolanas; de verdes pálidos de cardones, tunas y árboles espinosos de zonas secas, siempre como a la defensa de sus humedades interiores; de ruinas de iglesias y construcciones de la época colonial, representativas, hasta con cierta desolación, de los distintos pueblos, y también de muchachos descalzos, y gente humilde, a menudo en faenas trabajadoras. Y cuando, ya más claros, buscamos primero en nuestra biblioteca, y luego aprovechamos para hacerle una revisita a la Galería de Arte Nacional -que está de reestreno en la Avenida Universidad, con más espacios y colecciones desplegadas que nunca, lo cual se le debe, aunque sea parcialmente, y a riesgo de que vuelvan a llover ciberpiedras por estos lares virtuales, a la gestión del actual gobierno y en particular de su Ministro de la Cultura, el impopular y por tantos odiado Farruco-, nos quedó claro que toda esta plástica tiene por referencia principal al que quizás sea, o por lo menos lo es en mi discreta opinión (aunque con no poco respaldo de críticos notables como Juan Calzadilla y Alfredo Boulton...), el más importante, seguido de Manuel Cabré, de todos nuestros pintores paisajistas, o sea, el mismo Rafael Monasterios.

Durante cincuenta y buen pico de años, tras fugaces escarceos en la escuela de primeras letras, y como monaguillo, discípulo del presbítero Juan Pablo Wohnsiedler y también del pintor larense Eliécer Ugel, luego montonero enfrentado al gobierno de Cipriano Castro, y a duras penas sobreviviente de la miseria que lo embargó a la temprana muerte de su padre y de un paludismo que contrajo en los días de la refriega contra El Cabito, Monasterios se consagró, a partir de 1906, cuando contaba 22 años, a la empresa de interpretar y expresar lo que sentía ante los paisajes venezolanos y, sobre todo, larenses, con notables resultados lamentablemente poco conocidos por demasiados compatriotas e incluso compatriotas chicos, que intuimos fuertemente tras la singular estética arriba comentada.

De Monasterios, en su obra homónima, ha dicho Alfredo Boulton -quien, junto a Juan Calzadilla, suele ser considerado su principal crítico- que "...fue hombre de una alta finura visual, con lo que daba a sus obras, con mucha mayor frecuencia, mayor belleza y atracción de lo que tenía la propia belleza del paisaje [para lo cual, y a manera de prueba de su aserto, se muestran distintas fotografías de dichos paisajes]", y que las obras más sobresalientes de su temática son "...nuestras pobres calles de pueblos, de casas, serranías, destartalados patios, pequeñas capillas y anchos campos llenos de luz; lugares todos estos donde él halló la mejor razón de su vivir, y que dijo con un encantador vocabulario como ningún otro pintor en nuestro país logró hacerlo con tanto talento...". Y, más adelante, asegura que "la pintura de Monasterios se identifica con lo que ya no volveremos a ser. Aparte de todos los grandes méritos artísticos que ella comporta, sus lienzos son documentos textuales, visuales y testimoniales de cómo un país se transformó en menos de 50 años. En lo que fue y en lo que hoy es. Su obra tiene el mérito, entre muchos otros, de ser la historia y el relato pictórico de Venezuela".

Lo único, aunque de calibre grueso, que, sin embargo, objetamos a los elocuentes comentarios del erudito Boulton, es que, por un lado, no vemos a Monasterios como alguien que buscaba dar a la realidad mayor belleza que la que tenía, y ni siquiera como un buscador de bellezas, sino como un intérprete, afanado antes que nada en expresar y comunicar sus propios sentimientos ante esa realidad, independientemente de su belleza, hasta el punto de transformar la mirada de los venezolanos, y particularmente de los larenses, hacia su propia tierra y su gente trabajadora y humilde, un poco en la onda de lo que Van Gogh logró con las tierras del sur de Francia, a las que la humanidad nunca podrá volver con los ojos anteriores a sus lienzos. Lo que afirmamos, en síntesis, es que, mención aparte de esteticismos y corrientes pictóricas, lo que nos legó Monasterios con sus imágenes fue una inducción a los sentimientos de arraigo por la tierra y de amor a sus pobladores y a su pasado, que, al menos desde entonces, los larenses llevamos en nuestros corazones y, por si acaso, nos cuidamos de recordar colgando, salvo que seamos de los privilegiados con derecho a originales de Monasterios, en réplicas, imitaciones y bocetos en nuestras casas y lugares públicos.

Y, la otra observación, es que de ninguna manera vemos la pintura de Monasterios, sobre todo a través de la media docena de lienzos colgados en la Galería de Arte Nacional, a la cual no terminan de ser fieles las litografías de las obras de Boulton y -aunque mejores- Calzadilla, como una documentación del pasado, y mucho menos con rasgos "textuales, visuales y testimoniales", sino como una evocación exaltada de la esencia de lo que somos y que mil capas de hojarascas y aspavientos importadores no pueden ni podrán ocultar: un país de gente sencilla, cálida, tropical, pacífica, paciente, trabajadora si se nos dan las oportunidades, y conversadora, amorosa y ociosa -en el buen sentido- con o sin éstas. Lejos de entender la obra de Monasterios -o la de Van Gogh, en el caso aquél- como una reliquia del pasado, la entendemos como un grito que nos invita a despertar de nuestro falso presente y a construir un futuro acorde con nuestra verdadera identidad y cultura.

Y es por todo esto, o sea, si tuviese sentido todo lo que estamos planteando, que hemos creído ver en la plástica larense inspirada en Monasterios una muestra de lo que estamos llamando cultura transformal, es decir, expresiones culturales profundas de nuestra identidad y de nuestras pasiones y razones de ser, producto de esfuerzos interpretativos de nuestros más grandes artistas y creadores, que, sin embargo, todavía permanecen parcialmente soterradas e implícitas y poco reconocidas por nuestro pueblo que, en definitiva, es como si todavía no tuviese conciencia del porqué de su empeño en colgar en sus paredes pinturas según el estilo de Rafael Monasterios. (Ojo: la pintura de al lado, de indudable influencia monasteriana, no es de éste sino de... ¡Juan Martínez, el mismo fundador de la primera orquesta infantil del país!...).

Muy brevemente: ¿y qué nos revela la arquitectura larense?

Para no repetir el esquema del análisis anterior, corriendo el riesgo de eventuales ataques expertos, y por aquello de que nos se nos haga tan extenso el artículo, iremos directamente al grano: apreciamos en la arquitectura larense, expresión híbrida de la arquitectura colonial y de la prehispánica, los siguientes rasgos esenciales: búsqueda de un contrapeso de altos techos y paredes, sombrío, fresco e invitador al calor humano, frente al calor solar y la inclemente aridez externa; uso de frisos blancos y de colores claros en paredes y muros, reflectantes del sol y sus duras radiaciones, en combinación con una honda devoción por los pasillos, corredores, plantas, flores y colores vivos en los patios internos y solares, al punto de que muchos nunca imaginarían la profusión de helechos y otra plantas de sombra, en tinajeros y macramés, que pueblan los patios y corredores internos larenses; uso de paredes gruesas de tierra apisonada, con armazones o encofrados de resistentes maderas locales y recubiertas con tortas de bahareque hechas de arcillas y pajas seleccionadas, con el doble propósito de aportar frescura y resistir inclemencias diversas, incluyendo eventuales inundaciones -en cuyo caso es a los frisos o tortas a los que con frecuencia les toca resistir, hasta ser repuestos o renovados cuando bajan las aguas-; amplia profusión de solares anexos, en donde se cultivan o crían, según la usanza indígena del conuco, extensos conjuntos de plantas y animales, tanto con fines alimentarios, como de obtención de medicinas, fibras y otros tejidos y materiales, lo cual le da a gran número de viviendas un propósito de infraestructuras tanto para el consumo como para la producción; uso generalizado de materiales disponibles localmente, tales como arcillas, piedras, maderas, fibras vegetales diversas, lo cual hace sustentables las creaciones arquitectónicas; y, en general, una permanente y arraigada vocación de convivencia armoniosa con el exigente y para muchos inhóspito entorno natural árido-tropical.

El diseño típico de los pueblos, con sus acogedoras plazas con múltiples árboles frondosos y de sombra, tiende a reproducir, por decirlo de algún modo, la anatomía de las viviendas: las plazas vienen a ser al pueblo entero lo que los patios a las casas individuales, es decir, lugares para el encuentro y la convivencia, al estilo de lo que nuestro Carlos Raúl Villanueva -véanse de cerca sus obras y, sobre todo la Universidad Central y los edificios de la urbanización El Silencio, con su profusión de jardines, patios, pasillos y rincones acogedores- y también nuestro Fruto Vivas, con sus casas y otras edifica- ciones -por ejemplo, y sobre todo, el hotel El Moruco, en Mérida- maximizadores de los espacios sociales y para el esparcimiento, en las antípodas de nuestros modernísimos edificios de apartamentos modelo pajarera y nuestros novísimos estilos carcelarios, en donde, en nombre de la lucha contra la inseguridad, en buena medida desatada por la misma racionalidad mezquina y excluyente que promueve esta misma seudoarquitectura, nunca termina de saberse si las rejas, alambrados, cercos eléctricos y garitas son para que no entren los delincuentes o para que no se salgan los moradores. Pero claro, en un país tropical, amplio, despoblado y con valiosas tradiciones arquitectónicas y urbanísticas, con logros y figuras descollantes en cualquier panorama serio de la arquitectura mundial, a nuestros cerebros del espacio no se les pudo ocurrir nada mejor que adoptar, como el estándar urbano nacional, el estilo de una región templada, estrecha, sobrepoblada y ultracosmopolita como la isla de Manhattan y su prurito de hacinar la gente en nombre de los grandes negocios y la fantasía de quien pretende rascar los cielos.

En la arquitectura larense, incluso en sus versiones más modestas y rurales, vemos la puesta en escena de un afán de adaptación sustentable a la realidad de nuestro entorno tropical y las claves fundamentales para la búsqueda de soluciones a nuestro terrible problema viviendario y de inseguridad social. Nuestros suburbios miserables, en donde habitan buena parte de nuestros delincuentes de baja ralea, no son otra cosa que el resultado del fracaso de una urbanización forzada por el rentismo petrolero, la avaricia y el facilismo mercantilista y el abandono del apego a la tierra y a la sencillez del trabajo. Sabemos, incluso, de creadores locales, como el arquitecto Luis López, que han desarrollado, a partir del estudio de las artesanías constructivas populares, basadas en el apisonamiento de tierra y el uso del bahareque, sistemas constructivos novedosos, sencillos, de bajo costo y accesibles para ser dominados por vastos sectores de la población, con los que, en muy pocos años, se podrían resolver los problemas de la vivienda, de la exclusión espacial y de la despoblación del territorio, con avances decisivos en la ruta de superar la inseguridad mediorientesca que sufrimos; pero ¡qué va!, antes que eso intentaremos, después de la misteriosa desaparición de más de medio millón de ejemplares de la Enciclopedia Bolivariana del Constructor y el Hábitat Popular -en catorce fascículos, basada en las técnicas de López, y de la que, a duras penas, logramos obtener un ejemplar-, y siempre a dolarazos y corruptazos limpios, a la vez que convirtiendo a los constructores locales en contratistas maniatados por mafias sindicales extorsionadoras, que chinos, rusos, iraníes, libios y cubanos vengan para acá a experimentar con el diseño de arquitecturas dizque tropicales de sustentabilidad nula.

En Lara, repetimos, tenemos el caso de una arquitectura autóctona que por siglos ha brindado soluciones habitacionales y urbanísticas a los pobladores, las más de las veces sin ayuda oficial alguna, y que, con relativamente pocos recursos, podría permitir avanzar realmente en la búsqueda de soluciones a nuetro terrible problema de escasez de viviendas y de fuentes de trabajo. Lara cuenta, y sobre todo Carora, con uno de los más importantes stocks de viviendas y zonas de origen prehispánico-colonial en el país, con la peculiaridad, como bien lo observara Briceño Guerrero en uno de sus artículos, de que son habitadas por descendientes de quienes las construyeron hace muchas décadas y hasta unos cuantos siglos. Tenemos, por tanto, la sospecha de que si se construyera una estadística nacional acerca del tiempo promedio que cada familia y sus antepasados lleva habitando su vivienda actual, el estado Lara tendría fuerte opción a alzarse con la medalla dorada. Por poner sólo tres ejemplos: en las casas y zonas coloniales de Ciudad Bolívar y Coro, quizás entre las más conocidas, fue necesaria una fuerte intervención del Estado central para reconstruirlas, y son muy escasos los moradores contemporáneos ligados a las familias que las poblaron; en otra zona colonial reconstruida, la del Hatillo, esta vez a manos de la clase media caraqueña en busca de oportunidades de negocios, son muy pocos los pobladores originales que la habitan, quienes a menudo, después de vender sus casas por tres lochas a los vivos de siempre, y para variar, han emigrado a las rancherías de los cerros cercanos. Estamos convencidos de que el problema nacional de la vivienda tiene un alto componente de desarraigo cultural e improvisación mercantilista, frente al cual podría ser mucho lo que todos los venezolanos, con apenas un poco de humildad, podríamos aprender de los guaros.

¿Es casual que los Cardenales de Lara posean el único símbolo deportivo beisbolístico pacífico y autóctono de nuestra liga profesional?

So pena de ganarnos una nueva cohorte de apedreadores del blog, no podemos evitar preguntarnos si puede hablarse de expresiones semiocultas o transformales de la cultura nacional en aficiones deportivas beisbolísticas que tienen por símbolos bien a un león africano, un tigre de Bengala asiático, un aguila norteña, un navegante portugués o un indio bravo rapado al estilo mohicano, o si podríamos inferir la existencia de valores ocultos de la solidaridad y la cooperación entre los venezolanos bajo la imagen de un tiburón o de un indio guerrero caribe... Y, opuestamente, no podemos dejar de señalar que el equipo Cardenales de Lara, fundado en 1942, con la segunda franquicia deportiva beisbolística más antigua del país, después de la del Magallanes, posee como símbolo distintivo no al cardenal nórdico (el de los Cardenales de San Luis), sino al pacífico, travieso, enamoradizo y escurridizo cardenalito de nuestras regiones xerofíticas, con cuyos colores alegra, casi siempre en compañía de su pareja, de tonos más pardos pero con igual penacho rojo, sobre todo los matorrales espinosos del occidente del país.

De la misma manera a como en el debate estadounidense acerca del símbolo nacional, Benjamín Franklin salió, a fines del siglo XVIII, derrotado con su propuesta del pacífico pavo frente a quienes se batieron por nada menos que la agresiva aguila calva, a la que nuestro admirado Benjamín criticó por sus hábitos parásitos inclusive respecto de otras aves rapaces -a las que con frecuencia quita su alimento...-, o a como los alemanes terminaron por escoger la terrible figura de un aguila de dos cabezas o los ingleses a su temible león, tenemos la impresión de que esto de la escogencia de los símbolos podría terminar por revelar emociones, identidades y cuidado si ambiciones ocultas de los pueblos o instituciones. Mientras aclaramos nuestras dudas, y/o nos encontramos con algún experto junguiano en simbologías animales, dejamos constancia de que no nos parece meramente casual que países con resueltas vocaciones pacíficas, como Canadá, tenga por símbolo nacional a una hoja del productivo arce (el mismo del sabroso jarabe), que una institución legendariamente creativa, como el MIT estadounidense, haya escogido al laborioso castor, o que los demócratas de este mismo país se hayan identificado con el incansable y humilde burro, frente al fiero elefante de sus rivales. Si esto, lo de la escogencia no casual de los símbolos animales, tuviese sentido, entonces cabría pensar en que podría no ser casual que la intensa afición larense por el beisbol, con una de las pocas regiones en donde existe una gama completa de ligas, desde las de chapitas y pelotas de goma, con juegos de uno contra uno, dos contra dos, etc., hasta modalidades de pelota de cuero de sofisticación creciente (sin receptor, sin árbitro y con guantes improvisados, con números variables de jugadores; con guantes de verdad pero "poniendo la pelota" y sin receptor ni árbitro, o en "caimaneras" en las "playas", con distintos números de jugadores, hasta ocho, y "cuadros" de formas diversas; con receptor, nueve jugadores, lanzando duro y más formalmente, pero todavía sin árbitro; formalmente en ligas infantiles, semiinfantiles y juveniles; semi profesional clase B y clase A; profesional clase AA, con un campeonato local, después del campeonato de la liga triple A nacional, en donde, por ejemplo, juega el Cardenales de Carora [sic]; y así hasta el propio Cardenales de Lara. Antes del beisbol, inclusive, en Lara existió una intensa afición por la llamada pelota criolla, con reglas análogas pero muy distintas a las de este juego. Tan fuerte es la afición por este deporte que los aficionados nos mantenemos invariablemente fieles a nuestro equipo, sin importar sus apenas cuatro campeonatos y ocho subcampeonatos obtenidos en la liga nacional, y me temo que -más allá del hecho de que fuera Luis Sojo su mánager- los larenses fueron capaces, a diferencia de muchos otros compatriotas, de apoyar firmemente al equipo representante de Venezuela en los dos pasados campeonatos mundiales de beisbol, que lamentablemente no pudo contar con el pleno apoyo de su fanaticada...

¿Hay alguna otra promesa o legado interesante en las demás artesanías y tradiciones del estado Lara?

Creemos que sí, pero para acortar esto se lo dejamos a los lectores como ejercicio para la casa. Nada más que como pistas les damos el dato de que en Lara se han conseguido restos arqueológicos cerámicos, muy parecidos a los que se venden en las carreteras actualmente, datados hasta con más de tres mil años de antigüedad y reveladores de una cultura agroalfarera y artesanal altamente evolucionada. No obstante, sin dejar de mencionar el escaso apoyo oficial a estos productores, no deja de inquietarnos que en el presente, acicateados por cierto turismo nacional extranjerizante, esté proliferando una cerámica de elefantes, vestales, tigres de Bengala, leones y camellos, que no sabemos que significa o a dónde va. También observamos cierto extravío en la tradicional talla larense de maderas de colores, así como de sillas de cardón y cueros de chivo, en aras de muebles y figuras exóticas. Pero estamos convencidos de que, con poco esfuerzo y orientación oficial y/o privada, sería posible reorientar esta importante fuente de ingresos y quizás hasta portadora de elementos culturales transformales.

Nota: la serie sobre Lara continuará después de que examinemos, a partir del próximo artículo, los resultados de las recientes elecciones parlamentarias.