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martes, 18 de mayo de 2010

Más sobre izquierda y derecha

Incursionar en la política contemporánea sin una idea clara acerca de qué es izquierda o derecha, o progreso y atraso, es como andar de viaje sin tener idea de qué es el Este, el Oeste, el Norte o el Sur, o sea, como comprar todos los números de una rifa cuyo "premio", salvo que la ruta nos sea muy familiar y la hayamos recorrido muchas veces, es el más completo extravío. A sabiendas de que el tema es cualquier cosa excepto trivial, nos proponíamos hacer una introducción gruesa, como la del artículo anterior, para luego, con el examen de los casos de los espectros políticos europeo, estadounidense, latinoamericano, colombiano y venezolano -no necesariamente en ese orden ni consecutivamente-, profundizar en las ideas que queremos compartir con nuestros ciberlectores.

Pero he aquí que nos ha llegado un denso comentario, de uno de nuestros más asiduos y queridos seguidores, insospechable de estar mamando gallo, que, en dos platos y dejando a un lado sutilezas, nos dice que le parecen inapropiados los conceptos de izquierda y derecha que estamos proponiendo. Y, por supuesto, ha sido inevitable inferir que si tal ha sido el desacuerdo, talvez la incomprensión, y quien quita -culpas aparte- si la malinterpretación de este lector -tan lector que sabemos lo ha sido de absolutamente todos y cada uno de los ciento once artículos publicados hasta la fecha en esta taguara mediática-... ¡qué estará pasando por la cabeza de muchos otros!

Por esto decidimos, antes de entrarle a los anunciados espectros políticos, etcétera, detenernos de nuevo en esta vital cuestión conceptual e intentar responder a los planteamientos de nuestro caro seguidor, que podemos resumir en tres puntos: 1) Las posturas de izquierda o derecha no tienen que ver con "ritmos de cambio social", y empeñarse en tal cosa es sesgado; 2) la verdadera diferencia entre derecha e izquierda no es otra que el papel que se le asigna a los individuos versus el Estado, en donde una enfatiza el rol de los primeros y la otra el del segundo; y 3) en Cuba, por ejemplo, la posición a favor del cambio es la de la derecha, quien propone un rol más activo para los individuos y la libre empresa, mientras que la izquierda defiende el statu quo estatista. Veámoslos en ese mismo orden.

En cuanto a lo primero, lo de los ritmos de cambio, por poco estamos de acuerdo con nuestro crítico, salvo por el aparente detalle, que sin embargo resulta mayúsculo al apreciarlo con detenimiento, de que antes de expresar nuestra metáfora, que parangona las posiciones de derecha e izquierda con la escala de velocidades, en km/h, de un velocímetro de automóvil invertido, nos cuidamos de establecer una serie de premisas o condiciones de borde para que tal comparación tenga sentido. En efecto, destacamos que para tornar pertinente la distinción entre izquierda y derecha, es preciso que: a) exista una sociedad de ciudadanos, es decir, una dosis significativa de democracia, con posibilidades reales de disentir; b) tal distinción, siempre relativa -como cuando en la vida cotidiana hablamos de arriba y abajo, o de izquierda y derecha en su acepción no política-, se refiera a un contexto y una institucionalidad concretos, con un mínimo respeto o juego propiamente político entre las partes (en una guerra a muerte, por ejemplo, no le vemos caso a hablar de derecha o de izquierda, sino de Aliados contra Eje, Triple Entente contra Triple Alianza, Unión contra Confederados, Ejército Blanco contra Rojo, Norte contra Sur, Occidente contra Oriente, Cruzados contra Musulmanes, etc.); y c) el carácter resultante, o promedio de múltiples posturas, de las posiciones de derecha y de izquierda, que no tienen porque ser completamente uniformes en su postulación del cambio o la conservación del estatus. Dadas tales condiciones, y sólo con ellas, fue que hablamos de la simbología, que nos sigue resultando sugerente, de las velocidades o "ritmos de cambio social"; por lo cual, y no obstante lo dicho, coincidimos en que sería un disparate llamar de izquierda a toda propuesta de cambio acelerado, etcétera.

El segundo punto, el de Los individuos versus El Estado en las posturas de derecha y de izquierda, nos luce el más complejo y a la vez interesante, puesto que, efectivamente y siempre a nuestro humilde parecer, fue así como se planteó el asunto a fines del siglo XVIII o en los alrededores de la Revolución Francesa, y como todavía es usual que muchos insistan en destacar. En tal época se venía de siglos de control estatal, no pocas veces absoluto, de la vida de los individuos, por parte de minorías de supuestos nobles y el alto clero, y el Estado, aliado las más de las veces con la Iglesia, establecía pautas hasta para los pensamientos y el comportamiento de las parejas en pleno lecho. Allí, en donde uno de los monarcas tuvo el brío de proclamar: "El Estado soy yo", los reclamos de libertad individual, de libre expresión, libre empresa, libre circulación..., y por ende menos intervención estatal, estuvieron sin duda entre las primeras propuestas programáticas de la izquierda, inspiradas en la filosofía liberal que alimentaba la rebelión del pueblo o Estado Llano contra los nobles y altos prelados, y vaciadas en la consigna de Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Los problemas para mantener esta diferencia filosófica de los albores de la modernidad como esencia de la distinción entre izquierda y derecha en nuestros días son, desde nuestra óptica, numerosos, puesto que, entre otras limitaciones: a) se obvia el hecho de que, después de derrotados los estados de la nobleza y el alto clero, en el seno del Estado Llano francés, por ejemplo, se alzó una corriente a la vez pro-imperial, pro-empresarial, pro-profesional, y a la vez bastante pro-estatal, que hizo a un lado las exigencias de igualdad y fraternidad, consustanciales a las de libertad, para hacer de esta, y en particular de la libertad individual, el non plus ultra del progreso social (con lo cual esta fracción, al correr del tiempo, se convirtió en la derecha defensora del nuevo régimen social moderno y opuesta, en nuestros días, a las aspiraciones de la gran masa del pueblo); b) se ignora que, desde entonces mucha agua ha corrido bajo los puentes, y tanto las posiciones enfrentadas a ultranzas al Estado han sido enarboladas por las más extremas izquierdas anarquistas, como los estatismos más totalitarios y metiches en la vida privada han sido defendidos por las más extremas derechas, léase nazismo y fascismo, por lo cual mal podríamos afirmar que la crítica al Estado es la esencia de las posturas de derecha, etcétera; c) ocurre con demasiada frecuencia, y sin que de aquí pueda derivarse nada en contra de la individualidad y la libertad, que las argumentaciones de la derecha en defensa de éstas no hacen sino encubrir egoísmos, afanes de conservar privilegios de muy pocos individuos a costa del padecimiento de demasiados otros, defensas implícitas de un statu quo que promueve el éxito de los exitosos y el fracaso de los fracasados, con demasiadas pocas oportunidades para las cinco sextas partes de la población del planeta, y, en definitiva, empeños por evadir la pregunta crucial, que hace algunos meses planteábamos en el blog, acerca de ¿para qué y al servicio de qué la libertad?; y d) que en un contexto de desigualdad de oportunidades y desamor generalizado, como el que caracteriza a todas las civilizaciones de nuestros días, los llamamientos en defensa de la individualidad, más que estar dirigidos en contra del Estado, apuntan en contra del interés colectivo, y viceversa, cierta defensa de las izquierdas de la intervención estatal, en el fondo no van dirigidas contra los individuos en general sino que son una manera de hacer frente a los grandes grupos monopólicos y privados que pretenden controlar mercados, culturas, medios de comunicación, territorios, etc., convirtiendo no pocas veces en letra muerta la soberanía de los ciudadanos.

En otras palabras, la razón por la cual los debates en cuanto al rol del Estado, tradicionalmente criticado por los liberales de centro izquierda, se han convertido en manzana de discordia en muchas de las sociedades modernas -no desde hace mucho, por cierto, pues esto viene de los años ochenta, con la reaganomía, el thatcherismo, etc.-, por las derechas conservadoras, no tiene que ver, hasta donde lo entendemos, con diferencias de principio, sino con mecanismos tácticos para impulsar o frenar los cambios en pro de una mayor justicia y fraternidad social. Las derechas conservadoras, en definitiva, han hecho suyo el individualismo liberal, y, por tanto, han inventado el conservadurismo liberal, no se sabe si como un mecanismo gatopardiano de renovación de sus discursos. Y, en sentido opuesto, extremas izquierdas anarquistas, como la corriente liderada por Cohn-Bendit en París-Mayo 1968, han adoptado también ciertas posturas liberales que hoy recogen los programas verdes. En definitiva, con una tendencia indetenible hacia sociedades mixtas en donde el Estado, aún en los regímenes más mercadistas y pro-libertad individual, maneja el 40% ó más del PIB, el quid diferenciador de las posturas de derecha y de izquierda no es el del rol del Estado, sino el del grado de justicia y fraternidad social al que se apunta.

Y, finalmente, en cuanto a lo de Cuba, debería haber quedado claro que no nos parece que allí sea pertinente, como tanto le gusta a Fidel y sus incondicionales, hablar de una "izquierda patriótica" y una "derecha gusana", o, como prefieren decir muchas voces desde el exilio cubano, una izquierda defensora del statu quo y de una derecha promotora del cambio. En Cuba existen las posiciones comunistas oficiales y las posiciones disidentes, pero este eje de contrastes no coincide en absoluto con el de izquierda versus derecha. En un país que ha querido construir el socialismo sin apoyarse, de palabra, en un desarrollo capitalista, pero que en los hechos -y sin entrar a detallar el porqué de que se haya llegado a este callejón sin salida- mantiene a buena parte de la fuerza trabajadora en condiciones de, por llamarla de alguna manera, sub-remuneración extrema; que pretende ser monolítico política y culturalmente, en donde jamás hemos encontrado, por ejemplo, en alguna de sus librerías aunque sea una crítica tímida de la gestión semisecular de Fidel, y en donde está engrasado el nefasto correaje que subordina las posiciones del Estado a las del Gobierno, las de éste a las del Partido Comunista Cubano único, luego a las del Comité Central, a las del Buró Político y así hasta las inapelables del mismo Jefe Máximo, nos resulta claro que hay tanto una derecha agazapada en las filas del Partido y en la espesa burocracia estatal, como una izquierda a favor de cambios profundos en Cuba en las filas de la disidencia. Por todo lo cual no nos parece buena idea esta de hablar de una derecha pro-cambios en Cuba versus una izquierda conservadora.

En resumen, si la idea de la izquierda todavía puede significar, al menos también, una postura en favor de la transformación estructural profunda de la sociedad, en la ruta a largo plazo hacia una sociedad sin asimetrías clasistas e inspirada en el amor, la confianza y la solidaridad, frente a una derecha que, aún cuando merezca nuestro respeto, considera al capitalismo, con sus potencialidades y también con sus injusticias, como el último sistema social accesible a los seres humanos, entonces nos parece útil esta distinción. Estamos dispuestos a disputarle pacíficamente espacios e ideas a la derecha, sin dejar de repetarla, a admitir que pueda tener razón ante determinadas cuestiones, e inclusive a cooperar con ella cada vez que resulte pertinente en la búsqueda de soluciones a problemas concretos, pero no sabríamos como vivir sin la esperanza de poder contribuir a construir un mundo mejor, o convencidos de que este, o uno muy parecido a él, es el mejor de los mundos posibles...

viernes, 14 de mayo de 2010

Izquierda y derecha en el especto político general contemporáneo

Puesto que en el blog con frecuencia nos referimos a diferentes corrientes políticas, como, por ejemplo, el Partido Verde colombiano o los partidos verdes, no parece mala idea intentar una caracterización general del espectro político contemporáneo que permita situar tales corrientes en un contexto más amplio. Y, en particular, pareciera conveniente volver otra vez sobre la importante cuestión de conceptualizar qué significa ser de izquierda o de derecha en la época actual, pues existen demasiadas propensiones a hacer de estos conceptos relativos categorías fijas, históricamente inmutables y demasiado cercanas a los conceptos morales de la bondad y la maldad, segun la perspectiva de cada quien.

El concepto de izquierda de ninguna manera puede ser entendido como sinónimo de izquierda marxista-leninista prosoviética durante el período candente de la Guerra Fría, de la misma manera que el de derecha no debería ser lo mismo que derecha proimperialista, proyanqui y pro-explotación despiadada de la población trabajadora o de menores recursos, de los pueblos del Tercer Mundo, y afines. Si no hubiese más remedio que aceptar esta cruda sinécdoque, o injustificada generalización, entonces es claro que los términos izquierda y derecha habría que dejárselos a los historiadores, y pensar en algo distinto para designar posturas de relativa insatisfacción o satisfacción con el orden social existente.

Pero, afortunadamente, no pareciera ser ese el caso, pues pensamos que tiene sentido conservar esta distinción, a condición de entender que sólo adquiere pleno contenido en sociedades de tipo moderno o con un mínimo de libertades de expresión, de aceptar que se trata de una resultante o promedio de caracterizaciones de posturas ante diversas dimensiones de la realidad social, cuyos tiempos, como más adelante veremos, no necesariamente coinciden, y, sobre todo, de no convertirla en una distinción maniquea entre el bien y el mal -dependiendo de cada óptica-. También estamos conscientes de la propensión de cierta derecha a negar la importancia e incluso la legitimidad de esta distinción entre izquierda y derecha, y sabemos que aquel Profesor Fukuyama proclamó pomposamente, no hace tanto (1992), El fin de la historia y el último hombre, puesto que para él el capitalismo neoliberal sería el último sistema histórico pensable, con lo que serían superfluas las distinciones ideológicas y bastaría referirse a las propuestas económicas, más o menos liberales, de cada quien -un poco al estilo de cierto Profesor Pangloss, satirizado por Voltaire en su Cándido, que consideraba al Antiguo Régimen (Ancien régime) francés como "el mejor de los mundos posibles"...

Por lo que precede es preciso aclarar que, hasta donde logramos entenderla, la distinción entre izquierda y derecha sólo tiene pleno sentido en una sociedad de ciudadanos, o al menos de grandes proporciones de individuos en vías de serlo, es decir, de personas dispuestas a ejercer derechos y cumplir con deberes delimitados por un marco constitucional, con suficiente libertad y criterios para expresar sus opiniones o posturas políticas, y disposición a aceptar al menos alguna legitimidad en las ajenas. En una sociedad fuertemente jerarquizada y totalitaria o cerrada, en donde la sola expresión de ideas disidentes pueda ser motivo de condenas y castigos severos, y en donde el temor a la autoridad sea tal que lleva a la mayoría a abstenerse de opinar e inclusive de tener opiniones, no tiene mucho sentido hablar de izquierda o derecha. Sólo en las sociedades relativamente modernas políticamente, entonces, del tipo que comenzó a establecerse con los parlamentos inglés, francés o estadounidense a partir de hace dos o tres siglos, puede hablarse en propiedad de una izquierda, o corriente empeñada en impulsar cambios estructurales de fondo en el orden social establecido, en aras de una mayor justicia social, y de una derecha, o corriente convencida de la conveniencia de acentuar la preservación del statu quo, en aras de proteger los intereses de sectores relativamente privilegiados y/o de enfatizar la conservación de los logros del pasado, frente a cambios acelerados que puedan poner en riesgo la estabilidad de instituciones consideradas valiosas.

De lo anterior se deriva que estamos hablando de términos contrarios y graduables, o sea, que se definen uno en oposición al otro, en el contexto de una situación social concreta y al interior de una institucionalidad específica (parlamento, asamblea, foros públicos, etc.); que consienten un punto de equilibrio entre ambos, en este caso el centro; y a la vez admiten grados intermedios entre uno y otro. Pese a que, tras siglos de intolerancia, en América Latina estos términos se siguen usando en el sentido binario, excluyente o incompatible con que antaño se distinguió a los católicos de los herejes, la tendencia mundial dominante es hacia la mutua aceptación de ambas corrientes al interior de las naciones y sus instituciones, y especialmente de sus parlamentos. De ninguna manera, si queremos avanzar hacia nuestra transformación en sociedades modernas y verdaderamente democráticas, podemos continuar usando estas distinciones bien en sentido moralista, en donde para la derecha los de izquierda son representantes del mal, y viceversa; o en sentido peyorativo, en donde para la izquierda la derecha es sinónimo de conjunto de trogloditas desalmados, y para la derecha el individuo de izquierda es una especie de tarado o enajenado mental. La democracia empieza allí donde los ciudadanos defensores de la conservación del orden establecido son capaces de aceptar que puede haber motivos válidos para que otros quieran cambiarlo, y en donde los partidarios del cambio son capaces de admitir que puede haber motivos válidos para que otros quieran conservar el statu quo.

Las posiciones políticamente de izquierda o de derecha son resultantes de múltiples posiciones ideológicas, económicas, educativas, mediáticas y propiamente políticas, tanto en planos de corto como de mediano y largo plazo, y tanto en relación a realidades locales, como nacionales e internacionales, que no necesariamente coinciden. Pese a la arraigada práctica en nuestros países latinoamericanos de votar en los parlamentos en bloques o "aplanadoras", del gobierno o de la oposición -práctica que de paso suele ser ilegal, puesto que la mayoría de nuestras constituciones establecen que el voto de los parlamentarios es individual y no puede ser objeto de coacción alguna-, la realidad es que difícilmente un individuo puede sostener consistentemente posiciones con un énfasis análogo en el cambio o en la conservación del statu quo ante los múltiples problemas que debe abordar. Los conservadores modernos, por ejemplo, han hecho suyas numerosas consignas tradicionalmente liberales o progresistas para poder ampliar sus radios de influencia, y viceversa, muchas izquierdas contemporáneas, como verbigracia las chinas o prochinas, han hecho suyos planteamientos a favor del mercado y del capitalismo, para dinamizar sus economías. No entender esto equivale a anclarse en contextos rígidos y pasados en donde, en el límite, la única posición genuina es la propia y todas las demás son espurias o ilegítimas (aunque, por supuesto, tampoco aquí es convenientente chuparse el dedo y desconocer que, con demasiada frecuencia, sobre todo las posiciones de extrema derecha y de extrema izquierda, por diferentes razones, en el fondo coinciden en su no aceptación de los mecanismos democráticos y su empeño en destruir por la violencia al contrario).

Más aún, en una verdadera sociedad democrática las posiciones de izquierda y de derecha son necesarias. Sin las posiciones de izquierda o en favor del cambio las sociedades se esclerosarían o estancarían, pero sólo con posiciones de izquierda los cambios tenderían a hacerse tan vertiginosos e iconoclastas que las sociedades no podrían asimilarlos. Las posiciones conservadoras o de derecha, entonces, también juegan un papel como contrapeso o elemento de control o de validación de las posiciones de izquierda, y viceversa. Y suele ocurrir que, en una época y contexto dados, las posiciones de derecha son las ex-posiciones de izquierda de períodos anteriores, cuyos logros los conservadores quieren preservar, mientras que, por ejemplo, las posiciones de extrema izquierda son posiciones adelantadas que quieren implantar ya y a como de lugar los cambios para los que la sociedad aún no está preparada.

Con base en las premisas anteriores, y violando momentáneamente un de las reglas que hemos observado en el blog, la de no introducir diagramas, gráficos, tablas, mapas, etc., que puedan lastimar las sensibilidades de lectores de inteligencias blandas o humanísticas, en el esquema de arriba hemos representado un espectro genérico de posiciones de derecha y de izquierda, al que nos referiremos a la hora de analizar espectros políticos en contextos como el europeo, el estadounidense, el latinoamericano en general, el colombiano o el venezolano. Para ello hemos apelado a la distinción de tres tonalidades de azul, que es el color con el que más comúnmente se identifican las derechas -aunque en los Estados Unidos, por ejemplo, el Partido Demócrata, de centro-izquierda, se identifica con este color, y en Venezuela, por poner otro ejemplo, el partido Patria Para Todos, PPT, de izquierda, también se identifica con el azul-, y tres tonalidades de rojo, que es el color más universalmente usado por la izquierda -aunque también aquí, por ejemplo, el Partido Republicano de los Estados Unidos, al que aquí caracterizaremos como de derecha, ha usado tradicionalmente este color-.

La otra simbología, que nos parece sugerente, es que el esquema o diagrama puede también entenderse como una especie de velocímetro invertido, con el 0 a la derecha y el 180 a la izquierda, en "kilómetros/hora", en donde las posiciones de extrema derecha significan algo así como pretender ir por la autopista de la historia a un paso "exageradamente lento", entre 0 y 30 km/h, las de derecha tradicional sugieren una lentitud de entre 30 y 60 km/h, las de centro-derecha y centro-izquierda, respectivamente, ir a velocidades entre 60 y 90 km/h, o entre 90 y 120 km/h, las de izquierda tradicional a entre 120 y 150 km/h, y las de extrema izquierda a velocidades exageradamente riesgosas de más de 150 km/h.

En próximos artículos examinaremos espectros políticos específicos, y de paso nos pondremos al día con el blog, que está insoportablemente atrasado, con referencias a problemáticas y contextos concretos, con los que intentaremos ilustrar tanto el carácter relativo de las distintas posturas, como su carácter de resultante o promedio de las apuestas al cambio o a la conservación del statu quo en múltiples ámbitos.