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martes, 8 de septiembre de 2009

Nuestras capacidades procesales administrativas

La mala instrucción, sobre todo cuando es reforzada con malos ejemplos, no sólo puede dificultar o coartar los procesos de asimilación de información relevante, sino también llegar a deseducar, es decir, a impedir la adquisición de capacidades e inhibir los verdaderos procesos de aprendizaje y realización de las potencialidades de las personas. A consecuencia de tantas calamidades en sus sistemas de instrucción, nuestra América Latina abunda en casos de compatriotas que sienten una especie de fobia por los números y las matemáticas, o algo como asco ante las obras literarias o de alergia ante lo que les huela a historia. Cuando se indaga por las raíces de estas reacciones casi invariablemente se descubren incidentes traumáticos en la escuela, protagonizados por maestros que los humillaron por sus errores en el manejo de números, los forzaron desalmadamente a leer Cien años de soledad o las atosigaron con fechas anodinas y nombres exóticos de batallas. Cierto es que en aquellos países más organizados que nosotros también se oyen con frecuencia quejas sobre las limitaciones de sus sistemas educativos, pero intuimos que si trajésemos a quienes así protestan a presenciar lo que ocurre en la mayoría de nuestras escuelas, la mayor parte del tiempo, no les alcanzaría el cielo para poner sus gritos.

En la vida, en los aprendi- zajes informales a partir de nuestras expe- riencias, ocurren fenómenos análogos: tan amargos nos resultan ciertos tragos que podemos pasarnos la existencia sin distinguir ciertas virtudes sólo porque ha habido comportamientos defectuosos que nos las ocultan. Y tal es el caso, a donde queremos llegar con esta introducción, de las capacidades genuinamente administrativas, que constituyen una absoluta rareza en nuestros repertorios latinoamericanos. Tras siglos de explotación y corrupción, de desprecio por el trabajo productivo, de despilfarro, de saqueos de nuestros recursos, de instrucción deformante, de hogares destruidos, paternidades irresponsables y abandonos, de atropellos de toda índole por parte de quienes supuestamente querían culturizarnos, en nuestro subcontinente resulta casi un milagro encontrar seres con sanos hábitos administrativos. Para la mayoría de nosotros administración y ahorro se parecen demasiado a mezquindad y avaricia, mientras que echar canas al aire, vivir el momento sin pensar en el mañana y aprovechar el pájaro en mano antes que los cien volando son ideas en la vecindad de lo razonable. Recuerdo que, de pequeño, cuando en muchos negocios veía la lámina de "Yo vendí a crédito / yo vendí al contado", me quedaba perplejo pues sentía rechazo ante ambas opciones, y me preguntaba en mis adentros: ¿cómo será que vale la pena vender?

A partir de los viernes por la tarde, con no poca frecuencia hasta los lunes por la mañana y también en cualquier otro día, los tugurios, barrios, favelas, callampas de nuestras grandes ciudades, y hasta los más insospechados otros ambientes, se pueblan de escenas en donde los ya limitados salarios de millones de trabajadores -sobre todo varones, pues llevamos las batutas en materia de mala administración- se malgastan en aguardiente, en bares, en desahogos, contribuyendo luego a desatar conflictos de todos los calibres en los hogares con precarios ingresos. Me temo que buena parte de las dádivas o limosnas que reciben nuestros indigentes masculinos van a parar a los bolsillos de vendedores de "piedras", "bazukos", "pegas" y demás drogas baratas. Mientras que, en la otra cara de la moneda social, en muchos hogares establecidos se despilfarran comidas, juguetes, aparatos, ropas o vehículos, o se practican ostentosas adicciones con licores y drogas elegantes, y en demasiadas de nuestras empresas brillan por su ausencia los valores de mantenimiento, conservación y control de recursos.

A tal límite llegan nuestras aberraciones en materia administrativa que, con frecuencia, en nuestras supuestamente altas esferas, se considera chic dejar generosas porciones en el plato -lo que no se ve en países con ingresos mucho mayores que los nuestros-, o tirar a la basura los zapatos al primer síntoma de desgaste -cuando aquéllos por lo menos organizan su donación a los más pobres-, y en los ámbitos empresariales se compran equipos y materiales a diestra y siniestra -lo cual por allá viene después de lo sacrílego. Es duro admitirlo, pero es muy probable que, frente a la casi instintiva ahorratividad europea, angloamericana, oceánica y asiática, y ante la precariedad de recursos de la mucho más pobre África, que prácticamente no tiene que despilfarrar, nuestra Latinoamérica, y dentro de ella nuestra Venezuela, sean el subcontinente y la nación terrestres peor administrados.

La administración, tal y como la conceptualizamos, es la etapa culminante o de mayor madurez de los procesos medios de vida o de los sistemas de producción de base técnica. Consiste en generar información sobre el valor de los recursos involucrados en las actividades productivas, territoriales, mediáticas o políticas con miras a ejercer un más simple y mayor control sobre el aprovechamiento de los mismos. Con la administración, como con la programación, las dos etapas más distintivas de los que venimos llamando procesos medios, y comúnmente jerárquicos, de vida, es posible asegurar una más alta eficiencia, estabilidad y continuidad de éstos. Todos los tipos de recursos son susceptibles de administración, y ésta, a veces llamada mantenimiento en los ambientes de producción física, control en los proyectos, evaluación en los procesos de aprendizaje, seguimiento en política y en gestión, etc., está intrínsecamente ligada al desarrollo de capacidades mediáticas y, especialmente, de capacidades lógicas para el manejo de información. Sin la capacidad lógico-deductiva para extraer conclusiones del examen de presupuestos, balances contables, niveles de ahorros, datos sobre fallas en equipos, calificaciones académicas o simplemente listas de ingresos y gastos, no hay administración posible. Administramos cuando, de cara al mundo de datos y documentos que constituyen la realidad informativa, descubrimos desviaciones o señales de alerta sobre el comportamiento del mundo físico de objetos y procesos artificiales o naturales, que nos facilitan la toma de decisiones y las actuaciones correctivas.

Administración, según nuestro inapreciable Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, de Corominas, viene del latín ministerium, que significa servicio u oficio, y es vocablo pariente de menester, suministrar y afines; sin servicios u oficios a los demás, sin cumplimiento de menesteres, sin suministro o provisión de insumos, repuestos o recursos no hay administración. La etapa de administración es, para este autor, a la de operación, algo así como la adultez madura es a la juventud o adultez temprana, lo que quiere decir una etapa en donde la visión de contexto o de conjunto, y la atención o servicio a los intereses de los demás, se tornan tan importantes como los intereses propios, o cuando por primera vez practicamos aquella antigua, pero difícil de concretar, máxima de amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos. Y como a los latinoamericanos, en general, siempre nos han amado menos de la milésima parte de lo que se han amado a sí mismos nuestros dominadores, no es de extrañar que entendamos tan poco de administración.

Las capacidades administrativas, insistimos, no sólo son necesarias en la vida económica o productiva sino en todas las demás esferas de la vida: si queremos impulsar procesos armoniosos, estables o continuos en cualquier otra esfera: territorial, cultural, mediática o política, tenemos que asegurar el uso eficiente de nuestros recursos espaciales, ideales, comunicacionales o de poder mediante tales capacidades. Si no lo hacemos, iremos por la vida del timbo al tambo, unas veces quijotescos y dedicándonos a enderezar entuertos sin eficacia ni eficiencia alguna, y otras sanchescos aferrados al dinero y los placeres mundanos sin alma que nos aliente. Mientras no encontremos alternativas al estilo de vida del Quijote, que es el mismo del flaco que vendió a crédito y que nos proponen tantos líderes trasnochados, versus el de Sancho o del gordo que vendió al contado, que pareciera ser la brújula de nuestras estériles oligarquías, seguiremos sin un norte claro que nos permita avanzar y crecer.

¿Cómo adquirir estas capacidades con semejante escasez de maestros que nos las enseñen o de conocidos que las personifiquen y nos sirvan de ejemplo a imitar? Bueno, admito que se me pasó de difícil la pregunta y que no tengo respuestas sino sólo hipótesis o heurísticas para buscarlas, y en particular estas tres: 1) tengo la impresión de que los pueblos con una base económica agrícola tienden a ser mucho mejor administradores que los pueblos con economías mineras, pues la agricultura exige, como inherentemente, una atención o cuidado o servicio al contexto y a las exigencias de otros seres, aunque sean plantas y animales, lo cual no tiene contraparte en el caso minero, en donde las minas invitan mucho más a la explotación desmedida y al despilfarro; en la medida en que nuestras naciones a menudo se han constituido en torno a explotaciones mineras, para colmo a cargo de invasores inescrupulosos, resulta al menos parcialmente comprensible que seamos tan limitados en materia administrativa y que las estructuras de nuestros países se asemejen tanto a la de campamentos mineros. 2) Que, por razones análogas, por tener que ocuparse, muchas veces solas, de sus hogares y sus hijos, y por lo que, además, no resulta casual que hayan sido las grandes inventoras de la agricultura, las mujeres tienden a ser, permaneciendo otros factores constantes, mucho mejor administradoras que sus congéneres masculinos -quienes tampoco es por azar que hayamos sido los principales inventores y practicantes de la minería-, lo que equivale a decir que ellas siempre están mucho más dispuestas a servir, hacer menesteres y suministrar provisiones a otros, y de donde deducimos que en una sociedad todavía tremendamente machista como la latinoamericana no sorprende que sean tan escasas las capacidades administrativas. Y 3) que nuestra educación, o en su defecto por lo menos una instrucción de mayor calidad, tiene que empeñarse mucho más que hasta el presente en el desarrollo de capacidades propositivas, programativas y, con apoyo previo en ésas, administrativas.

En síntesis, estimo que sólo con una mayor prioridad a nuestras necesidades de desarrollo agrícola, con un mayor empoderamiento de nuestras féminas y con una enseñanza más relevante a todos los niveles podremos crear las bases para transformar nuestras capacidades procesales administrativas, y nada de esto exige una revolución socialista para empezar. Si no atendemos desde ya y con seriedad nuestros desarrollos agrícolas, si seguimos obnubilados por la riqueza más fácil del oro, la plata, el cobre, los diamantes o el petróleo, o empeñados en construir nuestros países a punta de desplantes, gestos y bravuconadas machistas, y si continuamos con los extraviados sistemas de instrucción que hemos tenido, podría ser muy difícil, tirando a imposible, que nos convirtamos algún día en buenos administradores y emprendamos con vigor nuestro tránsito real hacia la modernidad y más allá de ella.

Si la vida no fuese como es, infinitamente flexible para muchas cosas pero absolutamente inflexible para otras, los latinoamericanos bien podríamos decir: ¿y cuál es el rollo? ¿Por qué no podemos prescindir de las capacidades administrativas? Pero resulta que esto es como pensar: ¿y para qué ser adultos? ¿Por qué no quedarnos niños o adolescentes o jóvenes para siempre?, y es además la manera más segura de apostar a ser perpetuamente dependientes o tutelados por cuanto imperio o nación poderosa, existente o por existir, macabro o bondadoso, vea la ocasión de aprovecharse de nosotros, y mucho más rápidamente si disponemos de valiosos recursos naturales que despilfarramos o ignoramos. Sin la aprobación, aunque sea en exámenes de reparación, de las materias de la vida a las que aquí estamos llamando capacidades procesales de propositación, programación y administración, no podremos graduarnos nunca por completo de sociedades medias, y nuestro ingreso a las sociedades modernas será como quien cursa un año con arrastre de materias del anterior. ¿Cuándo nos decidiremos de una vez?