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martes, 21 de septiembre de 2010

Hacia una transformación social piloto en Lara (VI): La perspectiva cultural formal

Si la cultura informal expresa los valores subyacentes u ocultos en las mentes colectivas, la cultura formal intenta expresar los ideales y sentimientos más hondos de artistas y pensadores a través de un lenguaje explícito y accesible, que influye sobre, pero a la vez está condicionado por, el sentir colectivo informal. Si la primera a menudo se conforma tempranamente en la existencia familiar, la cultura formal se adquiere a lo largo de toda la vida según procesos diversos, en donde los creadores se desempeñan ya como "compositores" o ya como "intérpretes" de los valores colectivos, y donde a veces resulta difícil separar lo estrictamente cultural o inconsciente de las influencias más conscientes o deliberadas de la educación y los medios de comunicación.

En varias ocasiones hemos dicho en el blog que tenemos la corazonada de que un verdadero proceso de renovación de la esclerosada y dicotomizada sociedad venezolana actual podría participar de la valorización de los rasgos mestizos y solidarios presentes en nuestra cultura, pues allí subyacen muchos elementos valiosos tanto de nuestra identidad humana general, que varios milenios de civilizaciones clasistas no han podido extirpar, como de nuestra identidad nacional, en donde cinco siglos de existencia, con dos de independencia, han engendrado, aunque precariamente, valores compartidos por la inmensa mayoría de los venezolanos. Estos valores, sin embargo, hoy están sometidos al fuego cruzado de una andanada de influencias culturales, que apuntan, de un flanco, hacia la conformación de una cultura globalizante, que intenta convertir los contenidos de unas pocas culturas nacionales hegemónicas en únicos universalmente válidos, y, del otro, hacia una autarquía cultural que desprecia la cultura universal y promueve, impuesta por el Estado y desde arriba, la imposible reconstrucción de una cultura indígena preeuropea.

El problema de alcanzar un equilibrio dinámico entre los contenidos autóctonos o ancestrales de nuestra cultura y la inevitable exposición a una vorágine de innovaciones, en su mayoría de procedencia externa, es de vital importancia para nuestro futuro, aunque extraordinariamente complejo y sin antecedentes -incluso si admitimos que seguramente es mucho lo que podríamos aprender de como lo están intentando, y quién sabe si logrando, Europa, Japón o China-. Y es en tales condiciones de complejidad e incertidumbre que estamos persuadidos de que bien valdría la pena concentrar esfuerzos por dilucidar posibles salidas a esta problemática en una instancia reducida o piloto, para lo cual, puesto que creemos que allí se dan las circunstancias más favorables para iniciarla, hemos escogido, después de salir con las tablas en la cabeza en otros intentos -especialmente en el movimiento universitario, en el movimiento obrero, en el movimiento de profesionales y sobre todo de ingenieros, en Guayana, y en torno a la problemática ambiental-, el caso larense.

No se trata, y no sobra repetir, de exclusivismo alguno, ni tampoco de una preferencia "individual" (y menos todavía derivada de las vinculaciones familiares del autor con esta tierra chica, como alguno ha sugerido), sino de un empeño por despejar el horizonte hacia la transformación estructural de Venezuela, ayer bloqueada por la hegemonía bipartidista y hoy por la polarización gobierno versus oposición. Bloqueo este donde las supuestas opciones distintas de cambio coinciden en entender la política como una rebatiña por el control de la renta petrolera y por ver quien resulta vencedor en la manipulación bien de una masa ignorante, excluida y ahita de necesidades insatisfechas, o bien de otra masa aparentemente más culta y lúcida, pero tradicionalmente consentida, privilegiada y plagada de necesidades superfluas y suntuarias. En medio de semejante ceguera colectiva y prácticamente convertida en un falso sentido común, es preciso hallar algún modo de hacer recapacitar a los venezolanos y demostrarles que la vida puede y debe optar por nuevos derroteros.

Cuando proponemos la concentración de esfuerzos de cambio en el estado Lara de ninguna manera queremos subestimar a otros estados o regiones ni estamos sugiriendo superioridad o chovinismo alguno. Simplemente, al estilo de cuando elegimos preparar una comida o vestirnos de alguna manera porque tenemos los ingredientes o accesorios más a la mano, es allí donde nos ha parecido que hoy se conjugan favorablemente un cuerpo suficiente de circunstancias geográficas, poblacionales, económicas, culturales y políticas, como para pensar en priorizar esta iniciativa en busca de una metodología o heurística que pudiese ser aplicable en otros contextos, y de un efecto demostración o detonante capaz de ejercer un probable impacto significativo sobre el resto del país, sumido en un deplorable estancamiento.

En nuestro afán por comprender las potencialidades de transformación del estado Lara, exploraremos a continuación, brevemente, en busca de directrices para impulsar esfuerzos de cambio candidatos a convertirse en punteros de una transformación social más amplia, algunos rasgos de la cultura musical, literaria y plástica larense.

¿Qué nos transmite la música larense?

La música está tejiendo misteriosos hilos reunificadores del alma venezolana y nos está haciendo volver a sentir la nacionalidad común que tanta política polarizante se empeña en aplastar y negar. Las veladas, festejos o presentaciones con intervenciones musicales siguen formando parte de los más gratos ambientes verdaderamente colectivos que disfrutamos y añoramos la gran mayoría de venezolanos. En repetidas oportunidades hemos tenido la vivencia de sentir que unas pocas canciones, mejor si acompañadas con cuatro, guitarra o piano, han actuado como un bálsamo relajante e integrador sobre ambientes donde las confrontaciones políticas han generado momentos amargos y disputas al borde de los encontronazos físicos. La admiración por la labor de las sinfónicas infantiles y juveniles y el orgullo de sentir como propios sus triunfos en todo el orbe son algunos de los pocos valores compartidos entre los venezolanos de nuestros días -aunque no faltan, y los conocemos, quienes ya detestan a Gustavo Dudamel porque no es lo suficientemente antichavista...-.

En este panorama, no puede vacilarse al señalar que la experiencia nacional de la creación y el disfrute musical ha tenido en Lara uno de sus baluartes o expresiones concentradas. No sólo ha venido jugando, desde hace décadas, un rol pionero en este crucial emprendimiento, sino que la música, como trataremos de demostrarlo en las líneas que siguen, ha terminado por formar parte indisoluble de una especie de mundo interior de los larenses.

Para empezar, el norte de Lara y el sur de Falcón constituyen el ámbito en donde se preserva una de las tradiciones musicales y rituales de más pura y remota raigambre en el país, cual es la danza de las Turas, de origen arahuaco y especialmente ayamán. Esta danza o ritual, con sus dos manifestaciones: la Tura Pequeña, exotérica o apta para ser presenciada por todo público, y la Tura Grande, esotérica y que -que sepamos- hasta el presente no ha sido presenciada por nadie ajeno a los descendientes indoamericanos que la practican, parece ser una compleja combinación de rito de fertilidad y culto a los muertos. Sabemos que su música se interpreta con flautas de carrizo (la tura hembra y la tura macho, pues también se llaman así, y tureros a quienes las tocan), instrumentos de viento hechos de cachos de venados matacán y caramerudo (llamándose cacheros a sus intérpretes), y maracas diversas, pero, desafortunadamente y pese a que conocemos cierta bibliografía sobre el tema, con el trabajo de Luis Arturo Domínguez, Vivencia de un rito ayamán en las Turas, a la cabeza, no nos sentimos seguros para añadir nada más pues todavía no hemos escuchado ni presenciado este importante aunque básicamente por conocer rito ancestral, que seguramente es mucho lo que algún día nos enseñará sobre nuestros pasados más recónditos.

Con una tradición que aparentemente se remonta al menos hasta el pasado colonial, el Tamunangue es una fiesta larense en honor a San Antonio de Padua, uno de los santos con mayor reputación de milagroso, para muchos el santo por antonomasia de los matrimonios y de las parejas, y quien ostenta el récord de haber sido el único santo canonizado por la iglesia católica a menos de un año de su fallecimiento, en 1232. El Tamunangue, como expresión musical, expresa como pocos el carácter mestizo o híbrido de la música venezolana, puesto que reúne coplas e instrumentos diversos de cuerdas (cuatros, cincos y tiples, incluyendo los de cuerdas dobles) de origen castizo, tambores y gritos en falsete de procedencia africana, y maracas, coros como de aullidos o quejidos repetitivos, y pasos complejos diversos de danza, algunos con garrotes, de raíz indígena. En tanto que baile comprende una suite de danzas que apuntan a representar el proceso de construcción de la pareja, e incluye simulaciones de batallas entre hombres por ver quien las merece más a ellas, expresiones de alegría en honor a la belleza femenina -con un característico estribillo de "¡a la bella, bella y bella va!"-, pasos de persecución de la mujer, al estilo de los tambores negros de San Juan, simulaciones de enfermedades y sometimiento del varón, y galanteos diversos. Tenemos la impresión de que la popularidad de esta música y esta danza, que suelen interpretarse sobre todo el 13 de junio, día de San Antonio, y los días precedentes, como pago de promesas, y especialmente por la concesión de amores e hijos ansiados, curaciones y hallazgos de objetos perdidos, tiene mucho que ver, tal y como ya lo indicamos para el caso de las ceremonias de la Divina Pastora, con creencias religiosas en torno a la fertilidad agraria y humana, arraigadas en la población autóctona de vocación pacífica y agroalfarera, incluso desde mucho antes de la llegada de los hispanos.

El estado ha sido cuna de innumerables piezas musicales y compositores, tales como los valses Como llora una estrella, de Antonio Carrillo, o Noche de amor de Amílcar Segura, golpes como el Golpe Tocuyano de Tino Carrasco, joropos como Barquisimeto o pasajes como A Barquisimeto, bambucos como Endrina de Napoleón Lucena, himnos musicales como el Raudo vuelo, compuesto por don Pedro Franco, de los caroreños, o piezas de amplio arraigo como Ramoncito en cimarrona o El gavilán tocuyano, de Pablo Canela. De él han surgido, además de los mentados, músicos eminentes como Miguel Antonio Guerra, Franco Medina, Simón Wohnsiedler, Alirio Díaz, Rodrigo Riera, Pío Alvarado, Vinicio Adames, Juancho Lucena, Felipe Izcaray, Gustavo Dudamel, Carlos Izcaray y muchos otros, así como una vasta y diversa gama de conjuntos musicales tales como la Orquesta Mavare, La Pequeña Mavare, la Banda Municipal "Don Juancho Querales", el dueto de Los Hermanos Gómez, Los Trovadores Caroreños, Los de Antaño de Carora, el grupo Diapasón, el grupo Carota, Ñema y Tajá, y un largo etcétera.

Lara es también la cuna de numerosos intérpretes musicales de fama local, que alegran patios, plazas y madrugadas, tales como Sixto Andueza, Evaristo Lameda "Zamurito", Alfonso "Foncho" Colombo, Arsenio Colombo y muchos más, y ha sido una de las regiones más renuentes a admitir la lamentable extinción -en gran medida propulsada por la malandrería en boga- de las deliciosas serenatas. En Lara residen buena parte de los más importantes fabricantes de instrumentos musicales, o luthiers, con que cuenta el país, entre los que Antonio Navarro nos ha impresionado singularmente, y seguramente es uno de los estados más densos en melómanos y aficionados a la música de todos los matices. Una vez le oímos asegurar al maestro Briceño Guerrero, incapaz de no saber de que estaba hablando, que había muchos más cuatros en las casas de Carora que violines en las de París o Viena... En una Venezuela de colorida, diversa y chispeante herencia rítmica, la entidad tiene bien ganada su denominación de estado musical por excelencia, y Barquisimeto su reputación de capital musical del país.

En 1964 se constituyó el Orfeón Carora en esta ciudad, bajo la dirección de Juan Martínez Herrera, discípulo de Antonio Estévez, y, en 1974, bajo la misma dirección, la primera Orquesta [Sinfónica] Infantil del país, que fue el germen del movimiento que ha conducido a la creación del portentoso Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles, liderado por el maestro José Antonio Abreu, quien en su momento condecoró en el Aula Magna al promotor de esta iniciativa. El maestro Antonio Estévez, cuando se enteró de la misma, a poco de constituida la Orquesta Infantil, no vaciló en rogar que se le diera "todo el apoyo moral y material, por parte de los sectores privados y oficiales, para que [siguiesen] llevando adelante su encomiable labor". Esta experiencia ilustra, cual pocas, como proyectos bien concebidos y con hondo arraigo en una localidad pueden convertirse, con un liderazgo, apoyo y organización adecuados, en iniciativas capaces de sacudir al país entero, y eso es lo que, en definitiva, aunque en múltiples dimensiones y simultáneamente, estamos procurando con nuestra propuesta piloto para Lara.

La música larense es apreciada por los coterráneos sin distinciones de clases o estamentos sociales y constituye un poderoso vínculo de identidad, que a menudo conduce a sus devotos a una rara comunión o sobrecogimiento. Cuando hemos intentado hurgar en ella en búsqueda de algún elemento explicativo de este influjo, del que somos partícipes, hemos encontrado una suerte de entremezcla de sentimientos de apego a las secas tierras, las escasas aguas y los vistosos cielos locales con nostalgias de un amor femenino perdido, inaccesible o no correspondido, cual si una mujer mágica, telúrica y de extraña belleza, a la vez madre y amante, se hubiese confundido con elementos del paisaje físico y escogido esconderse para siempre en el alma colectiva de los larenses, que se sienten una y otra vez obligados a buscarla. Haría falta alguien del calibre de un Carlos Jung para que nos explicara sin titubeos el sentido profundo de este fenómeno y su extendido impacto, pero mientras tanto conformémonos con reseñar su existencia y destacar que no se nos escapan las afinidades de nuestras ocurrencias, en estos escarceos musicales, con lo que hemos podido vislumbrar en nuestras indagaciones sobre las demás expresiones culturales examinadas. (En los últimos años, y parejamente a los casos de la gaita maracucha o del joropo llanero, observamos una tendencia hacia la conversión del golpe larense, variante local del joropo, en un recurso satírico y de protesta política espontánea, tal y como lo expresa, por ejemplo, la popular pieza El gran saqueo, del grupo Carota, Ñema y Tajá, lo cual nos complace, por un lado, pero nos preocupa, por otro, pues existe el riesgo de la emergencia de una música por encargos que pudiese reforzar el asfixiante sectarismo, en la onda de lo que está ocurriendo con el Grupo Madera...).

¿Hay algo que nos quieren decir los escritores larenses?

Las plumas larenses no se han quedado a la zaga de las cuerdas guaras. La amplia gama de escritores cubre todos los géneros y calibres, desde densos y estudiosos historiadores y etnólogos hasta incansables tribunos de los asuntos del día a día, desde poetas clásicos hasta existenciales, desde cuentistas hasta novelistas, desde figuras de las letras patrias hasta poetas sólo conocidos localmente, y desde mártires de las letras hasta instituciones intelectuales vivientes. Los larenses parecieran gustar tanto de escribir y leer como de cantar y escuchar; sus bibliotecas públicas se hallan entre las más consultadas del país, y añadimos que no abundan los estados en donde sea posible ver a un ordeñador de vacas o cabras con un libro de poesía y cuidado si de filosofía en el bolsillo trasero del sucio y roto pantalón arremangado.

Puesto que no disponemos de mucho espacio y sería demasiado ambicioso intentar aunque fuese una exploración del amplio escenario de las letras larenses, preferiremos apuntar algunos nombres, sin mayores pretensiones de exhaustividad y adelantando que de seguro incurriremos en omisiones imperdonables, y aportar sólo uno que otro esbozo sobre los aportes de creadores que nos parecen, claro que entre otros, representativos de los diversos géneros o corrientes.

Entre los intelectuales de plumas pesadas, dedicados a los estudios rigurosos, nos toca mencionar figuras como las de Francisco Jiménez Arraiz, Juan Oropeza, Lino Iribarren, Ambrosio Perera, José María Zubillaga Perera, Antonio Álamo, Carlos Felice Cardot, Eliseo Soteldo, David Anzola, Ildefonso Riera Aguinagalde, Guillermo Morón, Juan Aguilera, Telasco MacPherson, Rafael Domingo Silva Uzcátegui, Lisandro Alvarado y José Gil Fortoul. Deteniéndonos apenas en estos dos últimos, cabe destacar que a Lisandro Alvarado lo vemos como una mente cimera de la segunda mitad del siglo XIX venezolano y las primeras décadas del siguiente, que, en medio de la crisis de genuflexión ante el guzmancismo, y luego el castrismo y el gomecismo, optó por un bajo perfil, al estilo de sabios como Cecilio Acosta, y por llevar una vida itinerante, no pocas veces a lomo de burro o a pie. Esta experiencia andariega, sumada a sus labores médicas y de historiador, lo condujo a sentar las bases de los estudios naturalistas, etnográficos, antropológicos, folclóricos y lingüísticos en el país, hasta hacer, por ejemplo, de su Glosario del bajo español en Venezuela o de su Glosario de voces indígenas en Venezuela referencias obligadas para todo estudioso de la materia. Por su lado, Gil Fortoul, a quienes muchos despachan despectivamente colocándole las etiquetas de positivista y ministro y encargado de la presidencia durante el gomecismo, sigue siendo para nosotros el historiador venezolano por excelencia, a cuya Historia constitucional de Venezuela acudimos, a manera de índice o portal, e incluso lamentando su énfasis desproporcionado en las cuestiones jurídicas en detrimento de las económicas y tecnológicas, cada vez que iniciamos algún estudio o reflexión sobre la historia patria.

Tenemos luego una nada pasajera tradición periodística y de ensayistas de plumas más ligeras, con nombres como Eligio Macías Mujica, Héctor Mujica, Federico Álvarez, Julio Ramos, Antonio Arraiz, Alí Lameda, Raúl Agudo Freytes, el propio Gil Fortoul, Luis Beltrán Guerrero, y el incansable tribuno local Chío Zubillaga, a quien hace unos meses le dedicamos un artículo en este blog. Lara ha sido una de las entidades pioneras en el terreno periodístico, con una de las primeras imprentas instaladas en el país, llevada a Barquisimeto por Pablo María Unda, en 1833, y uno de los primeros periódicos, El Barquisimetano, impreso en la misma. El diario El Impulso, que todavía circula en el estado, fue fundado en 1904, en Carora, por Federico Carmona, y de él dijo Chío Zubillaga que "enseñó a los caroreños a leer", mientras que El Diario de Carora, fue fundado en 1919, justo cuando aquel otro diario se mudó a Barquisimeto, por José Herrera Oropeza, quien lo dirigió hasta su fallecimiento en 1935. Esta tradición periodística se mantiene hasta nuestros días, con varios amigos en pleno ejercicio, y otros, como Cécil Álvarez, hasta hace poco en labores de dirección de El Diario. Lamentablemente, no pudimos conseguir datos duros acerca del número de periódicos vendidos o leídos por cada mil habitantes en Lara, pero tenemos la sospecha de que es una de las entidades, seguramente junto con el Zulia, con mayor circulación relativa de diarios locales.

En el terreno del cuento tenemos a notables cuentistas como Julio Garmendia, Salvador Garmendia, Antonio Briceño, Arturo Briceño y Antonio Arraiz. Escogemos a Julio Garmendia para destacar que sus cuentos fueron una especie de vademécum de criticidad para la generación de nuestros abuelos y aun de nuestros padres. Uno de dichos cuentos, sencillo y de apenas cuatro páginas, "La tienda de muñecos", publicado en 1927 en la obra homónima, es quizás una de las piezas literarias que más impacto ha causado en toda la historia venezolana: en plena autocracia militar gomecista, planteó una sátira cifrada del país, al que comparó con una obsoleta tienda de muñecos inservibles e invendibles, con la sola excepción de un compartimiento entero lleno de soldados, de los que el dueño de la tienda, moribundo, abuelo y padrino del narrador y heredero, dijo: "... a estos guerreros les debemos largas horas de paz. Nos han dado buenas utilidades. Vender ejércitos es un negocio pingüe...". Son muchos los que aseguran que fue mucho lo que este desafío verbal, leído por todos los lectores no complacientes de la época, hizo para allanar el terreno de la sublevación cultural del carnaval del año siguiente, por parte del movimiento universitario que con el tiempo se convertiría en núcleo de la llamada generación del veintiocho...

En la órbita de la novela, aunque no es abundante -como suele ocurrir en un país de cultura inmediatista y en donde sólo unos pocos privilegiados pueden dedicarse por entero a las letras- lo que hay para mostrar, tenemos novelistas poco conocidos como Antonio Briceño, Antonio Jiménez Arraiz, Juan Oropeza, Julio Ramos, Magdalena Seijas, Manuel Vicente Tinoco y Carlos Zavarce, y otros de mayor difusión relativa como Salvador Garmendia, José Gil Fortoul, Guillermo Morón, y Antonio Arraiz. Salvo novelas de estos cuatro últimos, no conocemos la obra de los restantes sino por referencias indirectas. Especialmente y desde jóvenes nos ha impactado la obra de Antonio Arraiz, autodidacta (que "aprovechó" el prolongado cierre de la universidad en la segunda década del siglo pasado), también periodista y poeta, prisionero de la dictadura gomecista, en cuyos tenebrosos calabozos de La Rotunda pasó siete años, y primer director de El Nacional, desde 1943 hasta 1949, cuando se exilió voluntariamente en los Estados Unidos a raíz del derrocamiento de Gallegos. Arraiz fue miembro destacado, junto a Arturo Uslar Pietri y Miguel Otero Silva, de la llamada Vanguardia de la literatura venezolana, que se agrupó en torno al número único de la famosa revista válvula [sic], publicada justo antes de la Semana del Estudiante de febrero de 1928. En su "Editorial-Manifiesto" se definieron como "un puñado de hombres jóvenes, con fe, con esperanza y sin caridad [que venían] a reivindicar el verdadero concepto del arte nuevo", entendiéndose por tal "arte nuevo" a uno capaz de romper con los moldes de los esteticismos modernistas y los costumbrismos del pasado, para apostar a un vínculo estrecho y explícito con la realidad social circundante.

Para muchos estudiosos, tal vez con José Ramón Medina -50 años de literatura venezolana- al frente, esta generación de vanguardia profundizó la ruptura iniciada por la llamada generación del 18 -la de Fernando Paz Castillo, Mariano Picón Salas, Mario Briceño Iragorri, Andrés Eloy Blanco, Augusto Mijares y otros-, pero nosotros preferimos, de la mano de investigadores como Nelson Osorio, y quizás Oscar Sambrano Urdaneta, ver a estos últimos como precursores de la más profunda ruptura de los vanguardistas o del 28 (ruptura entendida en sentido amplio, en la acepción de movimiento de ruptura con el gomecismo, y no simplemente de movimiento universitario caraqueño del 28), quizás con Fernando Paz Castillo (quien suscribió el mencionado manifiesto de válvula) como el puente más visible los dos grupos, o, de repente, con el propio Antonio Arraiz como miembro de ambos, a partir de la publicación de su revolucionario libro de poemas Áspero. En cualquier caso, no es la filiación estilística por sí misma lo que aquí nos interesa, sino la manera en que la obra de los creadores literarios es reveladora de la cultura colectiva.

En sus tres novelas, Arraiz se mantuvo fiel al compromiso asumido en válvula: en la primera, Todos iban desorientados (publicada sólo en 1951), una de las dos únicas novelas sobre los acontecimientos de 1928 -la otra es Fiebre, de Miguel Otero Silva-, un dirigente estudiantil intenta, sin éxito y presa de sus propias confusiones, convertirse en dirigente del primer verdadero movimiento popular venezolano, compuesto por una abigarrada mezcla de obreros, campesinos, peones, empleados, trabajadores del aseo urbano, carniceros, buhoneros, desempleados crónicos y estudiantes, con quienes resulta cuesta arriba aplicar la única teoría disponible de la revolución social, la de Lenin, basada en el rol histórico del compacto proletariado. En la segunda, Puros hombres (1938), que mucho nos hace recordar a La casa de los muertos, de Dostoievski, narra su visión directísima de la cárcel gomecista y, sin edulcorar la sordidez de las torturas, vejámenes y grillos, nos brinda también -y como buen militante valvulista- un mensaje de fe y esperanza en la solidaridad, la afectividad, la curiosidad, la paciencia, la resistencia ante las permanentes amenazas de muerte, las ansias de mujer y la indomable pasión por la libertad y la democracia de los prisioneros políticos; al referirse a esta obra, su autor alguna vez declaró, en gesto que nos recuerda la hidalguía de Nelson Mandela, que la había escrito para evitar que "... las escenas [de] una interminable, atomentadora experiencia [...], de no haber encontrado forma de verterlas, emponzoñaran para siempre [su] existencia". En su tercera, El mar es como un potro o Dámaso Velázquez, discute casi poéticamente, entrelazadas con la metáfora de las cambiantes y a veces violentas relaciones entre el Mar Caribe y las tierras firmes e insulares circundantes, la dinámicas, apasionadas y difíciles relaciones entre el hombre y la mujer caribeños. No conforme con su valioso legado novelístico, nos dejó también un grueso fajo de poemas de vanguardia y otro de cuentos, entre los que deseamos destacar y recomendar a nuestros lectores los agrupados en Tío Tigre y Tío Conejo, donde, valiéndose de esos dos personajes del folclore campesino venezolano y lindando con la fábula y la sátira, nos dicta, en dos platos, una profunda cátedra sobre la naturaleza de las dictaduras -torpes y crueles, al estilo de Tío Tigre- y la necesidad de derrotarlas sin caer en sus provocaciones de confrontación violenta, sino a través de la no violencia activa e inteligente -a lo Tío Conejo-...

Si en el caso de los novelistas larenses debimos escudriñar cierta literatura para sumar un puñado de nombres, en el caso de los poetas la situación se plantea a la inversa: la dificultad está en seleccionarlos, pues no sería difícil, a poco que hurgáramos sólo en nuestros recuerdos y/o nuestra biblioteca personal, reunir seguro que más de un centenar de autores, que requerirían de complejos esquemas de clasificación para ser estudiados. Nada más que el volumen La poesía larense (2a. Ed., 1982), compilado por Guillermo Morón, Hermann Garmendia y Pascual Venegas Filardo, contiene una antología de poemas de cerca de ochenta poetas, distribuidos en cuatro grupos: Románticos populares (I): 27 poetas, Románticos populares (II): 19 poetas, Poetas modernos y nuevos: 16 poetas, y Los poetas más nuevos: 17 poetas. De allí que nos viésemos forzados a apelar al que podría ser el más burdo de los criterios: seleccionarlos en base a una combinación de nuestras apreciaciones personales sobre el impacto social de sus obras con las vivencias del dilatado contacto con numerosos larenses -incluidos mis padres- y sus poetas más nombrados, y clasificarlos no por sus estilos literarios sino por sus temáticas principales.

Armados con estos tamices, por supuesto sin contornos nítidamente diferenciados, y a falta de otros mejores, nos salió citar aquí a los siguientes: poetas románticos y costumbristas, o centrados en sus pasiones y en la descripción de sus sensaciones ante un contexto local fácilmente perceptible: José María Pérez Limardo, Gelasio Rivero, Antonio Lucena, Marco Aurelio Rojas, José Parra Pineda, los hermanos Juan José, Plinio y Francisco Bracho, F. Lucena Fuentes y Alcides Lozada. Poetas clásicos o de atención concentrada en procesos y contextos universales o históricos: Ramón Perera, Pedro Montesinos, Lisandro Alvarado, Ulpiano Torrealba, José Gil Fortoul, José Marmol Herrera, Francisco Montesinos Agüero, J. T. Santeliz, Dimas Franco Sosa, Alirio Ugarte Pelayo, Luis Beltrán Guerrero y Alí Lameda. Poetas modernos o empeñados en expresar su mundo interior existencial y sus vivencias estéticas: Roberto Montesinos, Pascual Venegas Filardo, Luis Alberto Crespo y Rafael Cadenas. Y poetas de vanguardia, abocados a expresar sus sentimientos críticos ante la realidad social circundante: Hedilio Lozada, Segundo Ignacio Ramos, Elisio Jiménez Sierra, Antonio Arraiz y Pío Tamayo.

Más allá del hecho de la inmensa devoción popular por la poesía y los poetas larenses, entre las obras que más nos han impresionado de estos bardos están El corazón de Venezuela (1966), de Alí Lameda, extraordinario y extenso poema épico (obra desafortunadamente conocida sólo en su primer volumen, que cubre hasta la Conquista, pero que, según me aseguró su propio autor, fue escrita hasta alcanzar el siglo XX, con la desgracia, para todos, de que el resto del manuscrito quedó incautado e inédito en Corea del Norte, donde él estuvo salvajemente preso y fue torturado) que se propone exponer la trágica historia de nuestra nación, comenzando por su cruento parto; el libro de poemas Áspero (1924), de Antonio Arraiz, considerado por muchos como un hito decisivo en la historia de la poesía venezolana, del que dijera Miguel Otero Silva, quien consideró a Antonio Arraiz como el "capitán y maestro" de la generación poética del 28, que "... se aparta de de la música tradicional, rompe con la métrica inveterada, hace trizas los sonsonetes sacrosantos de la rima, quebranta los principios cardinales de la preceptiva. Desata, en fin, para la poesía venezolana las torrenteras cimarronas del verso libre", y también que "... Antonio Arraiz, a más de aportar las innovaciones formales que la vanguardia trajo consigo, trasladó a sus versos la pulpa americana de su ardoroso mundo existencial, interior y exterior, quiero decir íntimo o volcado sobre los seres y cosas que lo rodeaban. De ahí lo perdurable de su obra..."; y el poema "Homenaje y demanda del indio", de Pío Tamayo, que contribuyó como ningún otro texto a desencadenar el movimimiento universitario de protesta de febrero de 1928, y terminó por costarle la vida a su autor, quien fue hecho prisionero ese año y recluido en Puerto Cabello por Gómez, para no salir de allí sino para morirse en 1935, no sin antes convertirse en jefe informal de la cátedra de sociología e historia crítica que dictó en la cárcel a todos los estudiantes que por allí pasaron y que, con el tiempo, cambiaron la historia del país...

Sin desestimar sus impactos en el plano de las letras y procesos políticos y sociales en escala nacional, ciertos rasgos que parecieran comunes a casi todos estos creadores, varones en su casi totalidad -pues todavía no se había producido la revolución feminista en el país-, en materia de expresión de valores culturales, son la constante alusión a las características inhóspitas y duras de las tierras venezolanas y larenses en particular, a menudo contrastadas con la exquisitez y belleza de sus cielos; a sus sentimientos, frecuentemente no correspondidos y como suplicantes de amor, hacia mujeres ansiadas; y la sensibilidad ante las condiciones de vida de la población campesina y pobre en general, que, sobre todo pero no exclusivamente, en los del último grupo, reviste el carácter de protesta indignada. En su extraordi- nario trabajo La poesía de los pueblos con sed, Luis Beltrán Prieto Figueroa hace del larense uno de los pueblos paradigmáticos de esta postura poética y selecciona poemas de Luis Beltrán Guerrero, Antonio Arraiz, Roberto Montesinos, Alí Lameda y Luis Alberto Crespo, representantes de los tres últimos grupos señalados, para demostrar sus tesis.

Este panorama literario, con las disculpas del caso por la probable falta de rigor en nuestras apreciaciones, de un lado pareciera reforzar lo dicho en torno al musical, sobre todo en cuanto al apego a una geografía agreste y a la exaltación de lo femenino inaccesible, pero del otro aporta un elemento de rebeldía y casi de rabia sin equivalente aparente en la esfera musical. A riesgo de ser burdos, o de proceder como el Procusto aquel, cuando auscultamos la literatura larense en busca de algún mensaje compartido nos encontramos con un gran sentimiento de amor y una resuelta vocación pacífica y constructiva que por alguna razón resultan contrariados, abortados o imposibles de realizar o entregar. Algo parecido a lo que Miguel Otero Silva, en una de sus novelas, no recuerdo exactamente cual (aunque me suena sobre todo Oficina No. 1), expresa cuando compara la pasión de uno de sus protagonistas por Venezuela con el amor, inevitablemente lleno de obstáculos, hacia una prostituta...

Aparte de ser cuna de numerosos e importantes escritores, Lara muy probablemente cuenta en su haber con el privilegio de contar con una de las poblaciones más densas en lectores de todo el territorio nacional. Esta apreciación, principalmente emanada de la observación directa del suscrito, quien no ha visto en otras regiones del país una avidez por la lectura tan intensa y difundida, incluyendo las amas de casa y hasta los estratos campesinos, encuentra un asidero parcial en las cifras calculadas a partir de las divulgadas por el Instituto Nacional de Estadísticas, INE, según las cuales Lara fue, en 2007, la segunda entidad federal en número de obras consultadas en las bibliotecas públicas, con 2.729 por cada mil habitantes, muy por encima del promedio nacional de sólo 844/1000 hab, y sólo por debajo de Aragua, que alcanzó la cifra de 3.387/1000 hab.

Otras manifestaciones artísticas y culturales formales en Lara

Para nuestro pesar, pues buena falta que ha hecho, no hemos conocido nada que merezca el nombre de un teatro larense, y tampoco de un cine, pues, aparte de un teatro político y casi de calle que vimos florecer en los años setenta, y que tuvo ganas de engarzarse con la importante corriente teatral caraqueña de esos años, la de la "Santísima Trinidad" de las tres "C": Cabrujas, Chocrón y Chalbaud, sólo sabemos de dramaturgos aislados y con escaso impacto en la cultura local. No tenemos claro el porqué de esta omisión, casi una constante en todo el territorio nacional. Entre las hipótesis que, mientras tanto, barajamos, están estas: (a) el teatro requiere no sólo de talento creativo, sino también de su conjugación con fortalezas organizativas y productivas, que son difíciles de reunir en un medio de dispersión e inmediatismo como el nuestro; (b) es muy difícil competir con la omnipresencia de la televisión, que tiende a monopolizar el espacio cultural disponible para las artes escénicas, lo cual se agrava en el clima de inseguridad que sufrimos y que tiende a convertirnos a los venezolanos en animales fastidiosamente diurnos; (c) los enfoques panfletarios y de puesta del teatro al servicio directo de intereses políticos contribuyeron a intoxicar las venas dramatúrgicas, culminando con el desprecio al importante esfuerzo que se había emprendido con el Teatro Nacional Juvenil, TNJ, experiencia promovida por Pilar Romero (adeca...) y hermana de aquella de las orquestas sinfónicas, a manos de los dos últimos gobiernos; y (d) la "bonanza" petrolera y la manía importadora hicieron aquí de las suyas, y resultó más fácil, en los años ochenta y noventa, importar espectáculos y presentaciones teatrales, durante la época dorada de los festivales internacionales de teatro y del Teresa Carreño a todo trapo, antes que apostar al más lento pero beneficioso desarrollo de las artes escénicas nacionales, que habían alcanzado un grado importante de desarrollo durante los setenta, con los festivales nacionales de teatro, Vimazoluleka, Tu país está feliz, el auge de Rajatabla, etc.

(Originalmente, habíamos pensado incluir aquí algunas consideraciones sobre otros aspectos culturales relativamente formales tales como las artes plásticas, la arquitectura y el urbanismo, y las actividades artesanales, pero, dado, por un lado, que el artículo había quedado ya demasiado extenso, y , por otro, que de pronto detectamos algunas diferencias de naturaleza entre estas expresiones culturales y las ya tratadas en esta entrada, decidimos dejar, alterando el plan original, para un nuevo y próximo artículo, bajo el nuevo subtítulo de "La perspectiva semiformal" (o, si nos decidimos por fin a estrenar el término que hasta ahora hemos usado en casa: "La perspectiva transformal"), que intentaremos justificar, la consideración de esas otras expresiones culturales que pensábamos abordar aquí).

viernes, 17 de septiembre de 2010

Hacia una transformación social piloto en Lara (V): La perspectiva cultural informal

Por cultura entendemos a toda manifestación de lo que es valioso o merece cultivarse o preservarse en la sociedad humana, es decir, todo aquello que nos da una idea acerca de los valores que le dan sentido a la vida en un ámbito determinado, que puede ser desde el individual hasta el global, pasando por instancias tales como la parejal, familiar, grupal, institucional, comunal, sectorial, estadal, regional, nacional o internacional. La cultura, expresión tangible o cuando menos apreciable de las capacidades estructurales culturales, nos permite construir una imagen de los valores prevalecientes en lo recóndito de los los sueños y lóbulos temporales de las mentes humanas, donde subyacen como concreción particular de nuestra identidad general, de todo aquello que define nuestra razón o pasión de ser y le da sentido o norte a nuestras existencias. Los valores son como el sistema interno de señales que ordenan el tráfico de nuestras emociones, o, si se prefiere, como una especie de brújula indicadora del sentido ético de nuestras actuaciones.

Sin mayores pretensiones de rigor, dividiremos nuestras apreciaciones sobre la cultura larense en dos artículos, uno dedicado a las manifestaciones informales o implícitas de la cultura, tales como los valores apreciables a partir de las conductas, la cocina o la religiosidad, y otro, el que seguirá, dedicado a las manifestaciones musicales, artísticas o literarias, y a la educación formal.

La cultura larense en general

Dadas las características heredadas de una larga historia de mestizaje e hibridación cultural o transculturización, auspiciada por la vocación territorial de servir de puente o vínculo con otras regiones, los larenses han acumulado una considerable experiencia en materia de abrirse a otras culturas e intercambiar aportes. Puesto que, aparte de sus relaciones con distintos tipos de guaros (los otros larenses, entre quienes ya hay diferencias y cruzamientos étnicos importantes), mantiene también permanentes y cordiales relaciones con zulianos o maracuchos, andinos o gochos, llaneros, centrales -valencianos, caraqueños, etc.-, falconianos o coreanos, caribeños o costeños, etc., el larense tiende a ser amplio y tolerante con las otras culturas y los puntos de vista ajenos, sin renunciar a los suyos. En Lara, en general, y de manera más concentrada todavía en Carora, se conjuga un fuerte sentimiento de arraigo o de pertenencia al terruño con una disposición a aceptar y acoger a quienes no han nacido en él.

En Lara existen condiciones para hacer aportes de relieve en la lucha por superar las taras de la exclusión, y no es casual que ningún otro político, como Henri Falcón, le haya expresado tan claramente al Presidente que de lo que se trata es de promover la inclusión sin exclusión, cosa que a los fanáticos tanto chavistas como oposicionistas les resulta difícil de entender. No hallo manera de demostrarlo inequívocamente, pero con fuerza intuyo, y lo refuerzo con las vivencias de mi residencia en ese estado y en las relaciones con mis amigos y parientes larenses, que es probable que Lara sea la entidad federal en donde relativamente más se practica lo que, a falta de mejor nombre, llamaré -está bien, provisionalmente- extratolerancia, o sea, la tolerancia o aceptación hacia quienes son realmente distintos a uno, en lugar de la usual intratolerancia, o tolerancia sólo hacia quienes se consideran semejantes y/o más o menos piensan o actúan como uno, incluso si eso se combina con cierta coexistencia pacífica con los otros. Esta extratolerancia, o, si es muy complicado, entonces verdadera tolerancia o tolerancia a secas, es un requisito para avanzar hacia cualquier inclusión que merezca tal nombre, y por tanto hacia la superación de la epidemia de exclusión social que hoy azota a la sociedad venezolana. La tolerancia es una especie de apresto para la inclusión y la democracia real.

En cuanto a los valores relacionados con el trabajo, son muchos los que aseguran, como lo señalamos al inicio de esta subserie sobre Lara, que aquí sobreviven, en mayor grado relativo que en cualquier otra región del país, los que otrora fueron comunes en la Venezuela prepetrolera y prerrentista, es decir aquellos valores que exaltan el esfuerzo creativo y sostenido, la resolución de problemas, la satisfacción de necesidades reales, la agregación de valor a los recursos de la tierra. Tal y como lo ha señalado José Manuel Briceño Guerrero, en su ensayo "El sentido de Carora", que no nos parece abusivo extender, a grandes rasgos, al estado Lara en su conjunto, el secreto de los habitantes de esta tierra es que han crecido "en contra de las inclemencias de la naturaleza y su surgimiento está basado exclusivamente en el trabajo de sus habitantes". Esta condición, en una Venezuela plagada de facilismo y en donde con frecuencia se le rinde culto al éxito obtenido por mecanismos distintos al trabajo y al esfuerzo, es quizás uno de los elementos que con más fuerza nos inducen a pensar en la iniciativa piloto que estamos alentando.

Y si nos parece que los valores relacionados con la inclusión y el trabajo poseen en Lara signos contrarios a los de la exclusión y el facilismo imperantes en la órbita nacional, vemos que los valores relacionados con la solidaridad, en donde nos parece, a nivel nacional, que se apoyan muchas de nuestras mejores esperanzas en favor de un cambio a largo plazo, en Lara estos se expresan con tonos positivamente más intensos.

En un contexto cultural donde la acusación de flojo o haragán es quizás el peor de los insultos que se le puede hacer a alguien, y es usual que ricos y pobres compartan gustos por las mismas comidas, bebidas, canciones, poesías, leyendas, tradiciones, héroes, ídolos, vírgenes, santos, chinchorros, alpargatas..., la innata solidaridad humana pareciera tener todavía, como los tuvo en la Venezuela agrícola anterior a la vorágine petrolera, muchos más espacios para manifestarse. En Lara hemos conocido la comparativamente más centrada en las personas y las relaciones humanas de todas las culturas venezolanas vigentes, o, lo que es equivalente, la menos descentrada en objetos, modas, apariencias y petulancias. Como no podemos demostrarlo con números, valga aducir los testimonios de la permanente disposición al trabajo en equipo en fincas y empresas, en donde los dueños suelen dar el ejemplo de abnegación, creatividad y constancia en el esfuerzo; la perdurabilidad de la amistades larenses, capaces de pasar pruebas de distancias y desavenencias ideológicas y políticas como pocas; el gusto por compartir ratos y disfrutar el echar cuentos, cantar, comer y tomar en grupo, y la disposición a encontrar tiempo para ello; un sentido del humor que no tiende a ridiculizar ni discriminar a nadie, sino que insistentemente propicia la hilaridad a partir de las peripecias y anécdotas presentes y pasadas de los propios coterráneos; la costumbre de cocinar en grandes escalas y repartir comidas entre amigos y vecinos, así como de mantener las puertas de la casa abiertas a largas e inesperadas visitas (aunque esta costumbre está amenazada por la inseguridad en ascenso); la permanente y fuerte propensión a encontrarse en fiestas, toros coleados, partidos de beisbol, procesiones, misas, matrimonios, nacimientos, bautizos, primeras comuniones, cumpleaños, velorios, entierros, con participación de gente de distintas extracciones sociales..., y muchas otras evidencias de elementos de cohesión y solidaridad en los tejidos sociales.

Para cerrar con dos botones vivenciales de muestra, cuento que en una oportunidad falleció en mi casa en Carora, de una violenta bronconeumonía, un adolescente a quien llamábamos "Chico", quien, según el esquema de lo que se llamaban criados de la casa, más que un muchacho de mandados era como un hermano mío de crianza y juegos y apenas un poco mayor. Desde entonces, mis recuerdos de "Chico", cuya muerte fue la primera que experimenté tan cercanamente, se han confundido con lo que fue un prolongado desfile de solidaridad, desde personalidades y ricos del pueblo de todos los pelajes hasta gente humilde de las más variadas procedencias, que por varios días fueron a visitarnos y acompañarnos, y a compartir sinceramente su dolor con el de mi familia y el mío, con lo que mucho me enseñaron acerca del significado y valor de toda vida humana.

El otro es el ejemplo de callada y sostenida solidaridad o amor hacia el prójimo, a mi juicio representativo de la cultura solidaria caroreña, dado por mi abuelo Ricardo Santeliz, en su juventud humilde obrero electricista, jugador de pelota criolla y fundador de Acción Democrática, quien, comenzando con un hogar de fogón de tres topias, techo de caña brava y piso de tierra, decidió dedicar buena parte de su vida a una extraña misión social en favor de los demás pobres. Esta fue la de asegurar que en Carora careciese de sentido la literalmente lapidaria frase de que "fulano es tan pobre que no tiene ni donde caerse muerto", para lo cual creó la Funeraria Auxiliadora mezclada con la Ferretería [y carpintería] Santeliz, en donde puso en práctica toda una amplia gama de "servicios fúnebres", desde las simples y numerosas donaciones de urnas efectuadas a cualquier hora del día o de la noche, y los tradicionales pagos por módicos abonos o cuotas, hasta modalidades complejas tales como la de fabricar los féretros con participación de los propios deudos en los locales de su funeraria-carpintería. También a su muerte, en 1980, después de velado en la casa de su partido AD, resultó que en COPEI y en el Partido Comunista también pidieron tenerlo un rato en su sede, y luego tuvo lugar una manifestación espontánea de duelo, en donde miles de caroreños agradecidos decidieron acompañarlo por las calles en su funeral hasta el cementerio, como tantísimas veces él los había acompañado.

Espero que la atención a algunos otros aspectos singulares de la cultura larense implícita o explícita sirva para reforzar lo dicho.

La cocina larense como expresión cultural

La cocina es una de las expresiones culturales que más clara idea dan acerca de las relaciones de los pueblos con su territorio, y bien podría proponerse un refrán al estilo de "dime que come un pueblo y te diré cual es su arraigo". Mientras que los pueblos desarraigados o rentistas tienden a cocinar viandas traídas de otras tierras, al extremo de que se ha dicho que el plato "nacional" saudita está hecho en base a un pato importado de Australia, los pueblos centrados en su territorio tienden a alimentarse con materiales consumidos y procedimientos desarrollados in situ por múltiples generaciones, haciendo de su cocina, como tanto lo repitiera nuestro Uslar Pietri, un singular manual de historia.

Al igual que buena parte de la cocina venezolana, cuyo perfil propio, a menudo acrisolado con un intenso sincretismo y cuyo mejor exponente es la hayaca, no han podido desdibujar décadas o tal vez siglos de influencias esporádicas externas, e incluso quizás de manera más intensa, la cocina larense se yergue, a un solo tiempo, como un baluarte del apego a la tierra y a las mejores tradiciones del pasado, y como expresión de apertura a la asimilación armoniosa y creativa de los aportes de distintas culturas.

Baste mencionar, sin ánimos eruditos, sino basándome más que nada en vivencias propias y recuerdos de memoria, el uso cotidiano de la probablemente milenaria e indígena arepa de maíz, no para rellenos ocasionales, sino frecuentemente grande, delgada y tostada en budares -no infrecuentemente de barro-, como pan habitual en todas las comidas, y en forma de migas, añadida a los más diversos platos. El sofrito, suerte de sello distintivo de la cocina nacional, adquiere en Lara una singular policromía al incorporar ajíes, pimentones y onoto de raigambre indoamericana, junto a ajos, cebollas, cebollines y ajoporros traídos tanto por europeos como por africanos, y no pocas veces conservando el uso de la tradicional manteca de cochino, a la española de antaño. El extendido uso del suero -especie de yogurt tradicional indígena- de tapara, y del ají dulce, en combinación con las vernáculas caraotas y quinchonchos, y el aguacate, todos de factura prehispánica, más una amplia variedad de cremas, mantequillas y quesos de vaca y de cabra, incluidos los de taparita, de factura española, o de garbanzos y lentejas, de origen africano. El consumo, relativamente frecuente hasta no hace mucho, aunque con tendencia a escasear en nuestros días, de carne de venado, lapa, báquiro, acure, iguana, pavo, paují, paloma turca y una amplia variedad de especies vertebradas pequeñas disponibles localmente, incluyendo las perdices y hasta las palomitas de Santa Cruz -llamadas maraquitas en el Centro- a las que la mayoría de caraqueños nunca le meterían diente ni con hambre, no pocas veces criadas en los patios traseros, solares o corrales anexos a las casas, o cazadas en los montes cercanos, según la herencia indígena, más la carne de chivo, hasta no hace mucho de oveja y no raramente de pichón o paloma doméstica, de orígenes ibéricos, pero poco asimilados como alimentos en otras regiones del país, más las, esas sí habituales en toda Venezuela, carnes de res, cochino, gallina, conejo, también traídas tempranamente por los conquistadores, mas con el ingrediente peculiar de que en Lara, con mayor frecuencia que en otros lares, estos animales domésticos son criados, y con frecuencia sacrificados, por los mismos que cocinan sus carnes o por conocidos suyos. Los larenses preparan complejos hervidos y mondongos domingueros, con diversas carnes y casi siempre con cochino y un amplio surtido de verduras (tubérculos) de origen diverso (incluidos la papa, el ocumo, la batata y el mapuey autóctonos, el ñame africano y el apio español), yerbas de distintas procedencias, y abundante ahuyama, ají dulce, bicuyes (extraídos de las flores de la cocuiza vernácula) y jorojoros (maíces) de factura autóctona, cuya ingestión pareciera reclamar hamacas o chinchorros criollos a la mano para una merecida siesta. En Lara también se comen, por lo general fuera de las horas de las comidas principales y a manera de meriendas, nutritivas y variadas frutas autóctonas, muchas veces cultivadas en los patios propios, tales como piñas, lechosas, guayabas, nísperos, guanábanas, semerucos, datos, lefarias, buches, guanajos, mamones, cotoperices, ciruelas de huesito, tapatapas, zorroclocos, mameyes, zapotes, anones, etc., y a partir de los cuales se suelen preparar dulces, jaleas, jugos, helados y conservas, más los exóticos (en la acepción botánica del término) limones, naranjas dulces y agrias, granadas, melones, patillas, tamarindos, almendrones, cerezos, cambures, traídos por hispanos y/o africanos, y los mangos (de origen hindú, pero al parecer llegados vía Trinidad, a donde los llevaron los ingleses). En la región se emplean diversos edulcorantes, tales como la miel de abejas, conocida autónomamente (aunque de especies de abejas diferentes) por todas nuestras culturas ancestrales, el azúcar de caña, conocido tanto por africanos como por ibéricos (quienes ya habían tenido contactos entre sí antes de venir a la tierra americana), y, con mayor insistencia que en otras tierras, el papelón de caña, usado en numerosos platos, tanto dulces como salados, así como en una amplia variedad de panes dulces, tortas, acemas y cucas (catalinas), aromatizados con anís y otras especias, junto a otros subproductos de la caña tales como la raspadura, el alfondoque, el alfeñique y la melcocha. Existe, como fue característico de la época colonial venezolana, una gran afición por los dulces criollos, que a veces se preparan para ocasiones especiales, tales como la mazamorra, el manjar blanco y el dulce de leche en Semana Santa. En Lara se prepara, seguramente según tradiciones milenarias, el licor indígena conocido como cocuy -especie de tequila y también hecho a partir de plantas de agave-, así como diversos rones excelentes (elaborados a partir de la caña de azúcar africana), y ahora vinos y sangrías de raíz europea, de prestigio mundial creciente. Es habitual la preparación habitual de charcuterías, fiambres, encurtidos, mojos y ajiceros, para conservar los alimentos, incluyendo los llamados salones (carnes secadas al sol y saladas), las longanizas (especie de chorizos criollos) y el único lomo prensado, especie de plato regional por excelencia. En ninguna otra parte he tomado la bebida refrescante conocida como rebaladera, parecida a la chicha pero menos espesa y aromatizada con agua de flores de azahar, y tampoco he conocido una afición semejante al agua de lluvia, para cuya recolección se lavan los tejados y se preparan tinajas y tinajeros -aparte de que la lluvia misma, de por sí más escasa que en otras regiones, es recibida con un júbilo sin parangón-.

Las bien asentadas tradiciones culinarias larenses no son obstáculo para la constante aceptación de aportes procedentes de otras regiones. No es inusual, por ejemplo, que en una misma casa, incluso en un mismo día o semana, se coman, además de las flacas y anchas arepas locales (actualmente en proceso de reducción de su diámetro debido a las influencias centrales), plátanos o tostones maracuchos, arepas peladas coreanas, arepas gochas de trigo, casabe oriental, pan de trigo caraqueño y cachapas llaneras, y cuidado si una vecina se aparece con unos bollos pelones y otra con casabe o unas empanadas.

En cuanto a los instrumentos de cocina y de mesa, existe una particular predilección por los recipientes y budares de barro, por los fogones de tres topias (piedras grandes para colocar las ollas y afines) y hornos caseros de leña donde se usan maderas locales seleccionadas que le dan sabores especiales a los alimentos, por las piedras y morteros de moler y los pilones, dotados de manos y hechos de troncos de madera, por el uso de taparas y totumas, por las cestas (usadas como recipientes, pero también como cedazos o como exprimidores (sebucanes)), y utensilios diversos de madera, todo ello de ascendencia indígena, a la vez muy semejante a la africana, así como por el empleo de calderos, sartenes y parrillas de hierro, cucharones, espumaderas, lozas y frascos diversos, manteles y cubiertería, de raíz española medieval.

Para terminar, podríamos reseñar la coexistencia de cierta informalidad en cuanto a las horas de comer, probablemente bajo la influencia de la cultura recolectora y cazadora indígena, y, opuestamente, cierta tendencia a hacer de ciertos desayunos y almuerzos, sobre todo, a veces no en el comedor sino en los patios o solares de las casas, ocasiones para la celebración y el encuentro prolongado con familiares y amigos, según el estilo de los tradicionales sancochos criollos. Y no es superfluo añadir que en ninguna otra parte del país hemos visto tan establecido el hábito de no dejar sobras en el plato, incluso cuando no es común preguntarle al comensal o invitado qué o cuanto quiere que le sirvan, pues hasta en ciertos restoranes o pensiones se rechazaba la práctica del menú para escoger (mi abuela paterna, quien tuvo una pensión y era virtuosa del lomo prensado, me contó que a Rómulo Betancourt, cuando andaba construyendo a Acción Democrática por allá por los cuarenta, le costó entender eso, pues pretendía, cuando pasaba por Carora, ir a comer sólo lomo, y entonces ¿qué iba hacer ella con las caraotas y las longanizas sobrantes?...).

¿Qué hay en el fondo de la religiosidad larense?

Lara posee, junto al Zulia y a Margarita, uno de los tres cultos católicos más enraizados en el alma popular venezolana, todos vinculados a la devoción por una representación femenina de la Virgen María, convertida de hecho en deidad a pesar de la oficial trilogía de la Santísima Trinidad. Las festividades en honor a la Divina Pastora, que se realizan el 14 de enero, día de absoluta fiesta local, constituyen una ocasión para el encuentro de muchos larenses y otros devotos, pues las familias se reúnen previamente para programar sus salidas al encuentro de la procesión que recorre ocho kilómetros, desde Santa Rosa hasta la catedral de Barquisimeto, y aprovechan para renovar vínculos, organizar bautizos y brindis y establecer compadrazgos, formular y cumplir promesas, y distribuirse responsabilidades diversas. Se ha estimado que la más grande concentración humana jamás habida en Venezuela tuvo lugar el 14 de enero de 2005 en Barquisimeto, cuando la procesión de la Virgen Pastora concentró a más de millón y medio de personas.

Independientemente de la veracidad de las muchas leyendas que rodean este culto religioso, así como a los de la Chinita y de la Virgen del Valle, dos hechos parecen haber contribuido decisivamente a arraigarlo. Uno fue la introducción de la imagen de la Divina Pastora en la región, a partir de 1706, a cargo del sacerdote capuchino Bartolomé José de Salazar, quien adoptó la idea que recién había resultado exitosa ante el pueblo ganadero andaluz de Sevilla, España, de una virgen vestida de pastora, que terminó por lograr la aceptación de la rebelde población indígena gayona que se había resistido, muy probablemente debido al papel predominante de una deidad femenina y vinculada a la tierra en su propia religión, a aceptar el rol divino de Jesús, su Padre y/o el Espíritu Santo. El segundo fue la heroica actitud asumida por el sacerdote y político barquisimetano José Macario Yépez quien, ante la terrible epidemia de cólera que azotó al país entre 1854 y 1856, organizó una rogativa en Barquisimeto ante la Divina Pastora el 14 de enero de este último año, y ofreció allí la promesa de su vida si se le permitía ser el último muerto por la peste, lo cual aparente, aunque no exactamente (pues según la opinión de algunos médicos, expresadas en base a estudios realizados en 1917, el sacerdote no murió de esta enfermedad sino de tifus, cuando ya había terminado la epidemia de cólera tres meses atrás) ocurrió el 16 de junio de 1856, fecha en la cual, según la creencia popular, cesó la fatal epidemia en la región.

No nos cabe duda de que, más allá de la justeza de las versiones en torno a los milagros de la Virgen Pastora, el culto, como diría Jung, expresa, en lo profundo del inconsciente colectivo larense, por una parte, una profunda veneración y respeto por la tierra y sus influjos creativos, por el arquetipo del ánima, presente en incontables culturas bajo la forma de diosas, hadas, musas, walkirias, etc., y, por otro, el respeto al héroe, al humano que, a menudo bajo inspiración sobrenatural, es capaz de entregarse sin reservas a una causa colectiva, también presente en prácticamente todas las culturas, en concordancia con el sentimiento de solidaridad a que también hemos aludido. La Divina Pastora es, en el lenguaje de Mircea Eliade, una clásica hierofanía telúrica o ente sagrado femenino que simboliza la tierra y la fertilidad, o también un geosímbolo religioso, según otros autores, como la socióloga venezolana María Matilde Suárez (autora de un interesante trabajo publicado en el tomo 8 de la extraordinaria obra GeoVenezuela, auspiciada por la Fundación Polar).

El otro ente principal de culto religioso católico en la región, San Juan Bautista, el patrono de Carora, también participa de la condición de criatura asociada a los cultos de la tierra, por lo que sus festividades coinciden con el solsticio de verano, el 24 de junio, y con la condición de mártir decapitado e inmolado por su lealtad a la causa cristiana de emancipación frente a los romanos. (También el culto popular venezolano a José Gregorio Hernández se apoya no en su catolicidad, en abstracto, sino en la leyenda, con mucho asidero real, de su inquebrantable vocación de médico al servicio de los humildes).

Opuestamente, por un lado, la Patrona Nacional, la Virgen de la Coromoto, cuyo culto ha querido ser inculcado por arriba mediante iniciativas de la jerarquía eclesiástica y el ejecutivo nacional, sobre todo bajo las influencias de COPEI y del fallecido presidente Caldera, quien en repetidas oportunidades alegó tener "contactos en el otro mundo", y en el que se han invertido gruesas sumas para la construcción de su Santuario en Portuguesa, inaugurado solemnemente en 1996 por el propio papa Juan Pablo II, nunca ha podido ocupar el lugar correspondiente a la Divina Pastora en el alma de al menos una mayoría de venezolanos. Y, por otro lado, una deidad no católica, María Lionza y su gama de cortes, a la cabeza de las creencias espiritistas de los venezolanos, que no pocas veces coexisten, para despecho de todos, con las católicas o protestantes, es también y sin duda una diosa madre que representa lo femenino, terrestre, tierno, sensible, inteligente y fecundo que todos los humanos inevitablemente ansiamos, y los venezolanos necesitamos revalorizar urgentemente.

A la cultura religiosa larense, en síntesis, la encontramos en perfecta armonía con el resto de rasgos culturales que hemos explorado y seguiremos explorando en la próxima entrega.

martes, 14 de septiembre de 2010

Hacia una transformación social piloto en Lara (IV): La perspectiva económica

La actividad económica larense en general

Aunque, desafortunadamente, no disponemos -y aparentemente no dispone nadie más- de datos sobre el valor agregado o producto de las actividades económicas del estado, y mucho menos de una matriz insumo/producto a nivel estadal, podemos hacernos una idea de las magnitudes de las actividades económicas del estado calculando algunos indicadores en base a la escasa información oficial disponible.

En base a las cifras del Censo Nacional de 2001 y los indicadores del Índice de Desarrollo Humano del mismo año, por ejemplo, el estado Lara sería la quinta entidad nacional por sus aportes económicos de poco más de 5.500 millones de dólares de ese año en relación a un Producto Interno Bruto Nacional de 86.100 millones de dólares corrientes, equivalentes a poco más del 6% de dicho PIB, y sólo por debajo de los aportes de Zulia, con 13%; Miranda, con 12,8%; Distrito Federal, con 10,3%; y Carabobo, con 9%. El producto interno promedio per cápita de Lara, para ese mismo año, habría sido, a precios corrientes, de US$ 3.557, ligeramente por debajo del producto interno nacional promedio per cápita de US$ 3,735.

Cuando, con los datos más recientes, de 2007, sobre el Índice de Desarrollo Humano, elaborados por el Instituto Nacional de Estadísticas, INE, sin la supervisión del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, y que suponen, por ejemplo, para 2007, un ingreso per cápita promedio nacional ajustado de US$ 12.174, y de US$ 9.000 para el caso larense, con lo cual se estarían disparando hacia arriba todos los indicadores de calidad de vida de los estados, calculamos de nuevo los valores del Producto Interno por estado, entonces nos sale que Lara habría descendido al séptimo lugar, con un Producto Interno Bruto Estadal de poco más de 16 mil millones de dólares, equivalentes al 4,83% de un Producto Interno Bruto Nacional de más de 334 mil millones de dólares, después de Zulia, con 12,47% del PIB, Miranda, con 12,27%, Distrito Capital, con 9,38%, Carabobo, con 8,07%, Anzoátegui, con 6,12%, y Aragua, con un 5,51%. No obstante, estos datos no nos resultan confiables, por lo que preferimos la información menos actualizada que señalamos anteriormente.

La fuerza de trabajo larense

Para ese mismo año de 2001, la fuerza de trabajo alcanzó a unos 580 mil trabajadores, de los cuales un 92 % estaban ocupados y un 8% desocupados. Dentro de los ocupados mayores de 15 años, sólo un 14% estaba en el sector público mientras que el 86% laboraba en el sector privado; pero sólo 51% trabajaba en el sector económico formal frente a 49% en el sector informal o en establecimientos de menos de 5 trabajadores.

De la población ocupada, según los datos procedentes del Censo de 2001, un 17% declaró poseer un nivel educativo superior o técnico superior, un 20% nivel medio o técnico medio, un 55% nivel educativo básico, y el resto sin nivel educativo o sin declarar. Por ramas de actividad económica un 27% dijo trabajar en la rama del comercio, restaurantes y hoteles; un 24% en la rama de servicios comunales, sociales y personales, incluyendo aquí a los empleados públicos (4%), los trabajadores de la enseñanza (7%) y de la salud (3%), el servicio doméstico (7%) y otros servicios afines (3%); un 13% en el sector agrícola, incluida la pesca; un 10% en el sector manufacturero; un 8% en el sector transporte, almacenamiento y comunicaciones; un 8% en el sector construcción; un 5% en la rama de establecimientos financieros, seguros y bienes inmuebles; y el resto en otras ramas o sin declarar. Según la categoría ocupacional un 62% declaró ser empleado u obrero, un 23% trabajadores por cuenta propia, un 7% empleadores o patronos, un 6% en servicios domésticos, y el resto miembros de cooperativas y afines o no declarados. Por edades, dentro de los trabajadores ocupados, cerca de un 8% reportó tener menos de 20 años, un 28% entre 20 y 29 años, un 40% entre 30 y 44 años, un 21% entre 45 y 64 años, y cerca de un 3% mayores de 65 años. Dentro de esta misma fuerza de trabajo ocupada, 99% declararon ser venezolanos y 79% haber nacido en el mismo estado Lara.

Según las cifras del segundo semestre de 2007, divulgadas por el INE, la fuerza de trabajo alcanzó a 784.380 trabajadores, de los cuales 726.773, casi el 93%, estaban ocupados, y poco más de 500 mil, el 64%, eran varones. De los ocupados, el 29% laboraba en el sector servicios comunales, sociales y personales, el 23% en el sector comercio, restaurantes y hoteles, cerca del 15% en la rama de actividades agrícolas, pecuarias y de caza, el 13% en la industria manufacturera, el 8% en la industria de la construcción, el 8% en la rama de transporte, almacenamiento y comunicaciones, el 4% en establecimientos financieros, seguros y bienes inmuebles, y el resto en otras actividades o no declaradas. De estos mismos ocupados, según su categoría ocupacional, el 61% eran empleados u obreros, el 26% trabajadores por cuenta propia, el 7% sociedades de personas, el 4% patronos o empleadores, el 1% miembros de cooperativas, y el resto ayudantes familiares o no declarados. Según sus grupos de ocupación, el 21% serían artesanos u operarios en fábricas y afines, el 19% trabajadores de los servicios y afines, el 17% vendedores y afines, el 15% agricultores, ganaderos, pescadores y afines, el 10% profesionales, técnicos y afines, el 9% conductores de medios de transporte, trabajadores de las comunicaciones y afines, el 6% empleados de oficinas y afines, el 2% gerentes, administradores, directores y afines, y el resto otras ocupaciones o no declarantes. En cuanto a su nivel educativo, de nuevo para fines de 2007, el promedio de años de estudio de toda la población de 15 años y más resultó ser de 8,12 años, o sea, un segundo año de bachillerato aprobado, aproximadamente igual a la media de la fuerza de trabajo nacional, con tendencia, en los grupos de edad más jóvenes, hacia un incremento a 9 años, o sea, con educación básica completa.

Producción agrícola vegetal

Según los datos más recientes, de 2007, disponibles en el Ministerio del Poder Popular para la Agricultura y Tierras, el estado Lara fue el primer productor de piña, sábila, sisal, cebolla, pimentón, pepino y (debido a la pérdida de cosechas en Aragua) tomate; fue el segundo productor de caña de azúcar (después de portuguesa) y de melones (después de Guárico). El estado es también, dadas sus resueltas vocaciones y pese a sus marcadas limitaciones territoriales y a la relativa falta de conocimientos científicos y tecnológicos reinantes, un importante productor de caraota, ajo, uva, repollo y papa. Buena parte de estos resultados se obtienen contra la corriente, y no pocas veces apelando a ingeniosos sistemas de riego, tales como el riego por goteo, originalmente desarrollado por los israelíes, y no hay duda de que con una adecuada gestión de los recursos hídricos la producción y productividad agrícola larense podrían alcanzar niveles mucho más elevados que los presentes.

En 1937, Lara era el primer productor nacional del más importante cereal nacional, el maíz, y del principal edulcorante nacional, el papelón de caña, así como el segundo más importante productor, después del Táchira, del más significativo cultivo de exportación, el café -que, hasta 1924, fue el primer producto nacional de exportación, antes de ceder su lugar al petróleo-, y el segundo mayor productor, después de Miranda, del principal grano leguminoso nacional, la caraota, con destacadas participaciones en muchos otros rubros, y una perdurable vocación por el acopio y distribución de una amplia gama de productos alimentarios. Y no parece exagerado afirmar que, de todos los estados nacionales, Lara es el que ha permanecido relativamente más inmune a la fiebre del oro negro y sus divisas, que ha corroído hasta los tuétanos el aparato productivo nacional.

Producción ganadera


El estado es líder nacional en tecnología de ganado lechero adaptado a las condiciones tropicales, pues los ganaderos torrenses han desarrollado el ganado raza Carora, de excelente rendimiento en las condiciones tropicales, con 10 y hasta 20 litros diarios en promedio por vaca, en comparación con el promedio nacional de 4 litros diarios por vaca, que podría constituir la solución, y más aún en la perspectiva de las amenazas del cambio climático, a la dependencia que tiene el país con la importación de este producto. Esta importación, como lo demostró el doctor Ramírez Avendaño en las Jornadas de ASOCRICA de noviembre de 2009, en condiciones de subconsumo de sólo 81 lts/persona-año, cuando estándares internacionales de la FAO recomiendan 150 lts/persona-año, alcanza ya al 45% del consumo. La producción per cápita anual, de sólo 45 lts/persona-año, es la misma de hace cincuenta años, por lo que, si se quisieran alcanzar dichos estándares internacionales de consumo, la importación se dispararía hasta un 70%. Lara produjo, en 2003, 78 millones de litros de leche, que representaron el 6,5% del total nacional.

El ganado raza Carora está despertando un creciente interés en organismos internacionales, incluida la propia FAO, como alternativa de ganado lechero adaptado a las duras condiciones tropicales, donde constituye una opción más efectiva que las razas europeas o hindúes, y a las latinoamericanas como el Girolando brasileño, el Siboney cubano o el Holando argentino. El gobierno brasileño ha enviado delegaciones a Lara para conocer la experiencia, y se está organizando un congreso internacional sobre las potencialidades de la raza Carora para el próximo año. (Y encima puedo asegurar que, en catas amistosas de leche, a ojos vendados, que he organizado por diversión en mi casa, la leche La Pastoreña, producida con leches de ganado Carora en la empresa larense Convelac, tanto en su versión completa como en la descremada, ha resultado triunfadora contra cualquier otra leche nacional).

Pero el gobierno, en lugar de apoyar y darle alas a este sector estratégico, y como quiera que una experiencia así no cuadra con su catecismo "socialista", no se cansa de bravuconear y de amenazarlo, con frases como la atribuida al camarada Jaua de que "el gobierno sí tiene interés en el ganado Carora, pero sin los godos...", o de hacer circular tenebrosas listas de empresas expropiables, entre las que se ha incluido, entre otras, a Convelac, donde participan como socios cerca de 400 productores locales, y, en su lucha contra el capitalismo [nacional, se sobreentiende], no vacila en importar leche china, argentina o ecuatoriana a diestra y siniestra, con lo cual termina por estimular los capitalismos de otros países mientras hunde el de aquí, con nefastas consecuencias para la soberanía alimentaria nacional.

Opuestamente, el Estado hindú, por ejemplo, a través de una inteligente política de concertación con el sector privado, está impulsando una modalidad de producción lechera en pequeñas cooperativas que se ha llamado la "Revolución Blanca" y está convirtiendo a la India en la primera potencia lechera mundial. El crecimiento sostenido del sector lácteo en esta nación surasiática ha incidido decisivamente en la mitigación de la pobreza, en la desaceleración del crecimiento de la población desnutrida y en la mejora de los indicadores nutricionales. La producción de leche en este país ha aumentado de menos de treinta millones de toneladas en 1980 a alrededor de 87 millones de toneladas en 2003, para convertir a la India en uno de los mayores productores de leche en el mundo, y se espera que alcance el liderazgo indiscutido con la triplicación de esta última cifra para 2020. Más del 70% de esta producción procede de unidades familiares que sólo poseen una o dos vacas de razas locales altamente productivas, debido a su adaptación al ambiente tropical, a que se alimentan con forrajes locales y a que, en su mayoría, son cuidadas celosamente por mujeres con un alto sentido de responsabilidad hacia sus hogares. La producción láctea representa más de la mitad de los ingresos de las familias sin tierras, y alrededor de un cuarto de los ingresos de los hogares rurales indios en general. La clave de la revolución láctea de los pequeños productores y de esta singular revolución blanca ha sido la exitosa adaptación de las estrategias originalmente desarrolladas por Nestlé, en Suiza, y la expansión de una vasta red de cooperativas lecheras en escala nacional, que comenzó en el estado tropical de Gujarat, hacia el extremo centrooeste del país, hace más de medio siglo, y que creció aceleradamente desde 1970, con la llamada “Operación Abundancia” y el control de calidad de la famosa marca lechera “Amul”, apoyada por el Gobierno Indio, la empresa privada Anand Milk Union Limited, la FAO y el Banco Mundial, quienes han aportado financiamiento y tecnologías tanto físicas como sociales. El número de cooperativas pasó de una en 1970 a más de cien mil en 2002, y de unos pocos hogares a más de 11,2 millones de participantes en cooperativas lecheras comunales durante el mismo lapso. La disponibilidad de leche por persona en la India está actualmente en el orden de 90 litros/persona-año, y el gasto en leche representa actualmente el 15% del gasto total alimentario en las zonas rurales.

Además, Lara posee una capacidad productiva significativa en ganadería bovina, porcina, caprina, en productos avícolas diversos, y en queso y otros derivados lácteos. Según los últimos datos que hemos conseguido, Lara produjo, en 2003, casi 200 mil cabezas de ganado caprino, considerado a menudo como la vaca del pobre, y más de 20 mil de ovinos, que representaron el 42,4% y el 14,5% del total nacional, mientras que en 2004, un mal año, produjo cerca de 140 mil de uno y cerca de 16 mil del otro, que significaron el 30% y el 9% del total nacional. El estado poseía, en 2004, rebaños de cerca de 140 mil cabezas de bovinos, 110 mil de porcinos, 260 mil de caprinos, y 30 mil de ovinos, y produjo más de 310 millones de huevos para el consumo y fértiles, más de 100 millones de litros de leche, y más de 2,7 millones de kilogramos de queso. El estado cuenta con el más importante y tecnologizado matadero industrial de bovinos y porcinos del país, el Matadero Industrial Centro Occidental, MINCO. No obstante, el desempeño de todo este sector está teniendo lugar en condiciones de adversidad e incertidumbre, pues la importación de carne, por ejemplo, ha pasado de un 2% del consumo nacional, en 1998, a un 52% del mismo en 2009. La Federación Nacional de Ganaderos, Fedenaga, ha denunciado que la actual política de expropiaciones estatales ha determinado que más de 250.000 ha productivas hayan dejado de serlo.

Hasta el presente, los esfuerzos de producción de cárnicos y lácteos se han apoyado, principalmente, aunque con excepciones, sobre todo por el lado de la intervención de ciertas universidades, como la Universidad Centro-Occidental Lisandro Alvarado, UCLA, en iniciativas privadas, a menudo forzadas a marchar en contracorriente ante las iniciativas estatales. Sin embargo, dada la precariedad de las condiciones territoriales, la falta de apoyo científico, tecnológico y financiero efectivo, y, recientemente, la desleal competencia estatal y su régimen de importación indiscriminada de alimentos, la tendencia espontánea actual del sector es hacia la pérdida de dinamismo. Se requiere urgentemente de políticas, por ejemplo, para disminuir la incertidumbre sobre el futuro del sector, enfrentar la escasez y encarecimiento de los alimentos importados concentrados para animales, a través del desarrollo de pastos y plantas forrajeras autóctonas, y para enfrentar la tendencia de la mayoría de los rebaños, excepto los lecheros, a la degeneración genética debida a los cruces consanguíneos y las adversas condiciones ambientales.

Producción industrial

Según cifras divulgadas por Conindustria, en 2004 el estado Lara contaba con 475 establecimientos industriales, que representaban el 7% del total nacional, con lo cual se convertía en la sexta principal entidad industrial del país. Estas cifras, no obstante, han venido decreciendo, puesto que apenas en 2001 se disponía de 626 establecimientos, y en 2002 de 529 establecimientos, a la par que se ocupaba el quinto lugar en el plano nacional. Se estima que, desde la crisis del Viernes Negro, cuando se devaluó drásticamente la moneda nacional y se encareció enormemente la importación de equipos e insumos, en el estado Lara se detuvo e incluso comenzó a involucionar el proceso de industrialización que comenzó con la creación de la primera zona industrial de Barquisimeto, en 1965, y con el cual se llegaron a instalar, en esta y en zonas aledañas, más de 700 establecimientos industriales en los primeros años ochenta.

De los 475 establecimientos existentes en 2004, 36 correspondían al estrato conocido en las estadísticas nacionales como gran industria (más de 100 trabajadores), 117 a la mediana industria (20 a 100 trabajadores) , y 322 a pequeñas industrias (5 a 20 trabajadores). El 51,8% de las industrias larenses se dedicaban a la producción de alimentos y bebidas, con, por ejemplo, Chocolates El Rey, segunda empresa chocolatera del país (después de Nestlé), con su más que delicioso chocolate Carenero superior, fuerte candidato a estar entre los mejores del mundo -y también ganador en mis catas caseras...-, Pasta Capri, otro baluarte de la calidad industrial, aunque, como todo el sector pastero, dependiente de las importaciones de trigo y la disponibilidad de divisas, y, ahora, también de las nuevas trabas aduanales, Ron Cacique, también segundo en su ramo (después de Ron Santa Teresa), y muy orientado a la exportación, la citada Convelac, y el mencionado matadero industrial MINCO; 14% a la fabricación de productos minerales no metálicos, cerca del 10% a la producción de productos químicos básicos y sus derivados, 10% a la fabricación de componentes de maquinaria pesada y equipos, cerca del 9% a la manufactura de plásticos, cerca del 5% al procesamiento de metales comunes, y cerca de 1% a la fabricación de papel.

En valor agregado, la industria larense generó, ese mismo año 2004, el 12% del valor de la producción alimentaria, el 17% de la producción de productos no metálicos, el 11% de la manufactura de metales comunes, el 10% de la producción nacional de productos químicos, el 8% de la producción de plásticos, y el 25 de la producción de papel. El estado posee 1270 ha desarrolladas, dotadas de servicios y legalmente autorizadas desde hace más de cuarenta años, para uso industrial, principalmente en el área de Barquisimeto, con una política que ha priorizado el desarrollo del área de alimentos y bebidas, pero que el actual gobierno, con su fobia que más que anticapitalista pareciera antiproductiva, está pretendiendo desmantelar dizque para construir viviendas para los pobres.

Actividad comercial

La función comercial, tradicional fortaleza económica del área de Barquisimeto, se ha mantenido, sobre todo después de que, audazmente, se decidió convertir, hace treinta años, al Mercado Mayorista de Barquisimeto, en el principal centro de acopio y distribución de alimentos a nivel nacional. La capital larense cuenta con amplias vías de acceso terrestre para el transporte automotriz, con una línea férrea que la comunica con el principal puerto del país, Puerto Cabello, así como con un aeropuerto internacional y servicios especializados de aduana y afines. Llama la atención, sin embargo, que en ciertos aspectos, como el del transporte ferroviario, Lara posee hoy una infraestructura de transporte inferior a la que tenía hasta 1947, cuando Barquisimeto estaba conectado no sólo a Puerto Cabello, sino también a Tucacas, San Felipe, Valencia, Caracas y La Guaira, a través de ramales diversos y, especialmente, de los entonces llamados Gran Ferrocarril Caracas-Valencia y Eje Caracas-La Guaira.

La ciudad también ha desarrollado una importante capacidad informática y de consultoría, que da apoyo a las actividades agrícolas, industriales y comerciales de la región. Todo esto contribuye a dotar a Lara de importantes ventajas, tanto competitivas como cooperativas, para convertirse en un genuino y sustentable emporio de riqueza agrícola y agroindustrial.

Servicios diversos

En materia de servicios de salud, el estado ha contado con una red de hospitales y clínicas de primer orden y altamente eficiente, con la peculiaridad de una estrecha cooperación entre el sector público y privado, y con un liderazgo propio, en donde se han destacado los hermanos Finizola, médicos abnegados y promotores de la Asociación Cardiovascular Centro Occidental, ASCARDIO, que, junto a Fundasalud, coordinaba todas las iniciativas del sector. Todo esto se ha venido desmantelando por parte del actual gobierno, quien, en nombre de una fantasía "socialista", ha arremetido contra el sector privado, deteriorado la calidad del sector público y eliminado la valiosa interfaz entre ambos, no pocas veces acusando a honestos líderes regionales de mercachifles "capitalistas".

Actividad turística

El sector turístico larense comprendía, según el último Anuario estadístico de Venezuela disponible, el de 2003, 115 establecimientos de alojamiento turísticos, con más de 3 mil habitaciones, de los que 12 eran hoteles clasificados, con cerca de 800 habitaciones, y el estado cuenta con un buen número, pero que no pudimos precisar, de restaurantes y otros centros de expendio de comida, no pocos de ellos especializados en la comida regional. Hemos tenido noticia, pero aún no la conocemos con propiedad sino de pasadas, de la emergencia de una original red de posadas, llamada la Ruta de las Posadas, que está estableciendo nuevos paradigmas de servicio turísticos.

Indudablemente, el sector turístico en Lara, como a nivel de todo el país, tiene un enorme potencial a futuro, aunque para ello, aparte de importantes inversiones en infraesructura, se requiere de una verdadera revolución cultural que haga del venezolano, y del larense, en particular, un verdadero amigo y anfitrión del turista, tanto nacional como extranjero, y de una revolución en materia de seguridad social, que tumbe dráticamente los horripilantes índices delictivos actuales. Con la actual y casi xenófoba política oficial, que convierte en sospechoso de oligarca y capitalista a todo aquel que no tenga pinta de habitante de barrio, y con los constantes desvalijamientos y atropellos contra los pocos turistas extranjeros que osan pisar el suelo patrio, es obvio que seguiremos a la cola de toda América Latina en esta materia, y que aquellos catires nórdicos, ansiosos de sol, playas y vivencias tropicales, continuarán prefiriendo otros destinos, incluyendo al cubano, en donde no han llegado a los desafueros alcanzados vernáculamente. A la hora de enseriarnos con esta importante actividad productiva y creativa, es mucho lo que Lara y toda Venezuela tendría que aprender de Mérida, el estado que hoy por hoy es una excepción a la regla en materia de atención esmerada al turista.

Nivel y distribución de ingresos

Por ingresos y para el año 2001, pero convertidos a la moneda vigente desde el 1 de enero de 2008, el 68% declaró percibir ingresos por su trabajo iguales o inferiores a Bs.F. 200 mensuales, el 19% declaró percibir ingresos entre Bs. F. 200 y 500 mensuales, el 5% entre Bs.F. 500 y 1000 mensuales, y menos del 2% por encima de Bs. F. 1000 mensuales. En términos del ingreso de los hogares, de un total de aproximadamente 320.000 hogares, el 42% reportó ingresos totales procedentes del trabajo, exceptuado el servicio doméstico, inferiores a Bs.F. 200 mensuales, el 34% entre Bs.F. 200 y 500 mensuales, el 14% entre Bs.F. 500 y 1000 mensuales, y sólo el 6% más de Bs.F. 1000 mensuales.

En cuanto a los ingresos actuales por sectores, sólo se sabe que, para ese mismo año de 2007, el ingreso promedio de los ocupados en el sector primario o principalmente agrícola fue de Bs.F. 498 mensuales, en el sector secundario o principalmente industrial fue de Bs.F. 793 mensuales, y en el sector terciario o de servicios fue de Bs.F. 794 mensuales.

La pobreza en Lara

La pobreza en el estado Lara, de acuerdo a cifras del Instituto Nacional de Estadística, INE, en su Mapa de la pobreza, 2001, con cálculos propios y del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB, pasó de un 49,8% de hogares pobres, es decir, con necesidades básicas insatisfechas, en el censo de 1981, a 43,3% en el censo de 1990, a 29,8% en el censo de 2001, mientras que la pobreza extrema, asociada al hambre, pasó del 27,4% en 1981, a 21,0% en 1990, a 7,7% en 2001. La falta de servicios básicos en las viviendas ha resultado, en todos los casos, el componente de mayor impacto en la determinación de la pobreza de los hogares larenses. El indicador nacional de hogares en situación de pobreza fue, para los mismos censos nacionales, de 40%, 38,5% y 27,6%, respectivamente, mientras que los de pobreza extrema fueron, para iguales años, de 19,6%, 16,3% y 7,0%, de donde se deduce que, en materia de pobreza de cualquier tipo, el estado Lara ha permanecido en situaciones más graves que el promedio de todo el país.

Sin embargo, cuando se examinan con mayor desagregación los datos disponibles, resulta que, por ejemplo, la ciudad de Barquisimeto, en 2001, tuvo un índice de hogares en situación de pobreza de 26,5%, por debajo del promedio nacional, y en situación de pobreza extrema de 6,7%, también ligeramente por debajo del promedio nacional; e inclusive el municipio Palavecino, equivalente a los municipios del este de Caracas, tuvo un índice de pobreza, para ese mismo año, de sólo 13,2%, y de pobreza extrema, de sólo 3,1%, ambos resueltamente por debajo del promedio nacional respectivo. Pero, opuestamente, cuando se examinan los indicadores para los municipios restantes del estado Lara, distintos de Iribarren y Palavecino, entonces resulta que el índice de pobreza se va a 36,5%, muy por encima del 27,6% nacional, y el de pobreza extrema se va a 11,0%, también significativamente más elevado que el 7% nacional. Como se verá más adelante, es precisamente en estos municipios con mayor pobreza en los que triunfa el chavismo, y justo en los de menor pobreza en donde triunfa la oposición, con lo cual reforzamos la idea que traemos de artículos anteriores de que la actual extrema polarización política que padece Venezuela es el resultado de una incapacidad para encontrar vías de superación a la polarización social.

A manera de epílogo

La economía actual del estado Lara es lo más parecido a lo que probablemente sería la actividad económica nacional de no haber ocurrido la distorsión rentista que, a partir de las primeras décadas del siglo XX, llevó a todo el país a depender de los ingresos fiscales centrales y provocó un desordenado éxodo campesino que está en la raíz del fenómeno de la marcada exclusión social y la informalización de la economía que padecemos en el presente.

Este dramático proceso de la casi súbita conversión de Venezuela de un país agrícola en un país rentista petrolero, que quizás Arturo Uslar Pietri ha estudiado y descrito como nadie en múltiples trabajos, está en la raíz de todos nuestros problemas y extravíos contemporáneos. Y, en el proceso de búsqueda del rumbo sustentable del que nos hemos alejado, quizás según el estilo de las terapias psicoanalíticas que intentan rebobinar al individuo adulto, retrotrayéndolo a los traumas de su infancia y adolescencia para que discrimine y comprenda los orígenes de sus conflictos presentes, podría tener sumo interés comprender la dinámica de evolución del estado Lara.

Es probable que este estado, que llegó a desplegar una muy importante actividad agrícola, comercial y cultural antes de la dependencia rentista, y que se ha esforzado, a contracorriente, en mantenerla, sea uno de los lugares en donde haya que buscar importantes e indispensables hilos perdidos en el proceso de nuestra historia contemporánea. Lara quizás sea, como lo venimos adelantando, la entidad que ha permanecido relativamente más inmune a la avalancha de deterioro social que hemos padecido y en donde podríamos hallar algunas claves valiosas para la reconstrucción nacional. De allí la idea de esta experiencia piloto que estamos acariciando e invitando a otros a compartir.