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viernes, 15 de enero de 2010

Por la restauración de nuestras identidades amativas

En Un mundo feliz, de Aldous Huxley, se describe una sociedad en donde los individuos son programa- dos para desempeñar roles fijos en sus vidas, y a los destinados a ser meros productores o guardianes se les insensibiliza para amar o aceptar la belleza desde que son bebés. Provocándoles precozmente diversas frustraciones afectivas y con ejercicios de contacto con, por ejemplo, hermosas flores que, luego de ser acariciadas, responden con descargas eléctricas, se les condiciona de por vida contra esas emociones. En nuestro mundo real no tan feliz, gracias a los corrientazos afectivos que nos pegamos en la vida, a muchos se les atrofia la identidad y la emocionalidad amativa; pero, quizás gracias a las imperfecciones que todavía tiene el sistema, todos, o al menos la inmensa mayoría de los humanos normales, terminamos por saber lo que es el amor, solo que, en base a nuestras experiencias, podemos llegar hasta a temerle a esta emoción, huir de ella e inhibir esta identidad.

Por tales motivos, tenemos la impresión de que, pese a estar severamente vapuleada, esta emoción sigue siendo una parte constitutiva de nosotros, por lo que, más que enseñar o aprender a amar, lo que tenemos es que encontrar un camino para reactivar o restaurar nuestras identidades amativas y revertir el proceso de su inhibición civilizatoria. No es pertinente, desde esta perspectiva, que nadie nos venga a revelar o descubrir lo que es el amor ni tampoco a enseñarnos a amar, a confiar, a entregarnos o ser audaces o tener esperanzas: las emociones, a diferencia de la inteligencia, sólo se inhiben, condicionan, ejercitan o despliegan, pero no se adquieren ni aprenden. Nuestra identidad amativa está ya con nosotros aún antes de ver la luz o respirar el oxígeno, pero así como podemos cegarnos o encandilarnos con la luz o asfixiarnos por la falta de oxígeno también puede atrofiarse o inhibirse nuestra identidad amativa. Lo que diremos aquí, entonces, no pretende, ni mucho menos, ser una guía para amar o una suerte de fitness para el amor, sino, quizás y a lo sumo, algo así como un menú de modestas sugerencias para ejercitar nuestra identidad amativa frecuentemente, cuando menos, adormecida.


Apoyándonos, para empezar, en Erich Fromm, autor de El arte de amar: una investigación sobre la naturaleza del amor, el libro más coherentemente escrito que hemos conocido sobre este tema de cómo hacer despertar y potenciar nuestras emociones amorosas, planteamos que el necesario punto de partida para abordar este problema consiste en reconocer su importancia. Mientras creamos, con la publicidad capitalista al uso, que el amor es asunto de regalitos, técnicas sexuales y tener trajes, relojes o carros lujosos para que nos amen, o, con la izquierda estalinosa, que esta materia es para afeminados o débiles mentales indignos de la causa del proletariado, no tendremos ningún chance de avanzar y nuestros progresos o nuestras revoluciones seguirán siendo un carrusel de ilusiones. En nuestra cultura occidental, tan dada a valorar el éxito y los resultados y casi alérgica a apreciar los caminos correctos, este primer paso no es cosa fútil, pero no hay más remedio: si no tomamos en serio esta problemática no tendremos ningún chance de superarla.


Aceptar la importancia de amar es nada menos que adquirir conciencia de nuestra identidad humana profunda o, al decir del pensador mencionado arriba, o más o menos, entender que una vez que nuestro género ha decidido dar el salto decisivo de distinguirse de la animalidad ordinaria ya no tiene otra opción que la de ser inteligente y amoroso. Mientras que las restantes especies vivientes terrestres nacen, crecen, se reproducen y mueren, y tan campantes, nosotros no podemos enfrentar la finitud de nuestras vidas individuales, la certeza de la muerte venidera, la garantía de que moriremos antes que quienes amamos, o ellos antes que nosotros, es decir, nuestra separatidad, con el brillante término de Fromm, sin crear una interpretación y un vínculo con todo lo viviente, y antes que nada con nuestros semejantes y sobre todo nuestras semejantas, precisamente a través de la inteligencia y el amor.

La concentración, la dedicación de tiempo valioso a ejercitarnos en restaurar nuestras identidades amativas, exclusivamente, sin segundas intenciones, sin caer en la trampa de que se ama para lograr algo, sería un segundo paso, también bajo las recomendaciones frommianas, en la senda restauradora que exploramos, inmediatamente seguida de la paciencia, otra conducta occidental escasa que en nuestra Latinoamérica se convierte en escasísima. Sin concentración y paciencia, y a punta de los truquitos que tan ostentosamente ofrecen las revistas del alma, haremos levantes, conseguiremos admiradoras, pasaremos ratos placenteros, pero no sólo no recuperaremos nuestra identidad amativa sino que la sepultaremos bajo un pantano cada vez más profundo, pues el amor es sencillamente alérgico a la manipulación, la desconfianza y el descompromiso.

Si lo que venimos exponiendo es coherente, entonces el reforzamiento de nuestra identidad amorosa exige también la ejercitación de las identidades confianzativas de las que se nutre y a las cuales, a la vez, alimenta. Aquí pensamos, con apoyo en nuestra no desdeñable experiencia consultora, que una clave está en taxonomizar o graduar la confianza, lo que equivale a no binarizarla o verla en blanco y negro, como si sólo pudiésemos confiar o no confiar en los demás. Un esquema que nos ha resultado útil en procesos concretos de construcción de confianza es el de caracterizar los actores relevantes en los procesos, de mayor a menor confianza, en términos de aliados (o amados), amigos, allegados, apáticos, adversarios, antagonistas y acérrimos. Si, por ejemplo, a través de demostraciones o comunicaciones, logro que un acérrimo o fanatizado enemigo se convierta en un antagonista obstinado, entonces he construido confianza con él, y si luego consigo que éste se torne un adversario racional, pues también gano confianza, y así sucesivamente. En definitiva, podríamos decir que construir confianza equivale a romper barreras que nos separan de las personas u otros seres que afectan determinados procesos de nuestras vidas. Pero, ¡ojo!, tal ruptura de barreras requiere de una ética, ergo, de una hegemonía de nuestra regla dorada, para que no se convierta en burda manipulación.

Y algo parecido cabe añadir en relación a nuestras entregas: necesitamos escoger libre y éticamente aquellos ámbitos de nuestras vidas en los que nos emplearemos lo más a fondo posible, y distinguirlos de aquellos en los que nos comprometeremos menos. Pretender dedicarnos a fondo en todo lo que hagamos es la ruta hacia un infarto seguro, pero hacer de todo un pasatiempo, y, peor todavía hacer del dinero, el poder o la búsqueda de la fama los fines últimos de nuestras vidas es un pasaporte irreversible al mundo del desamor y la indiferencia.
Incluso en la aplicación y transformación de nuestras capacidades productivas, políticas, culturales, etc., resolviendo problemas, tomando decisiones, superando situaciones y actividades afines, podemos ejercitar nuestras identidades entregativas distribuyendo nuestras energías entre los desafíos que abordaremos con enfoques simples, artesanales, técnicos, tecnológicos o sociotecnológicos. (Véanse aquí los artículos sobre capacidades estructurales, procesales y sustanciales).

Igualmente, ya en el plano de nuestras capacidades sustanciales personales, y apoyándonos en el extraordinario aporte de Howard Gardner y su Changing minds, el autoconocimiento de nuestras inteligencias analítica, lingüística, musical, espacial, corporal, ambiental, intrapersonal e interpersonal;
o nuestras maneras principales de aprender: razonando, investigando, respaldando a otros, representando ideas de múltiples maneras, utilizando recursos, respondiendo a eventos extraordinarios o venciendo nuestras propias resistencias; o reconociendo nuestros objetos favoritos de aprendizaje: destrezas, nociones, conceptos, relatos, teorías, es también relevante aquí, pues todo lo que nos ayude a conocer nuestras fortalezas nos servirá también para compremeternos mejor con las causas que así lo ameriten. Sin embargo, cumplimos también con hacer expreso nuestro escepticismo ante cualquier receta de moda que ofrezca, con la lectura de un libro o la asistencia a un taller milagroso, cambiar nuestras vidas o la de nuestras empresas u otras organizaciones en un dos por tres, incluso si se presentan con el aval de organizaciones como la transnacionalísima Gallup, que actualmente está ofreciendo talleres de corta duración para determinar las fortalezas que regirán nuestras vidas dentro de un conjunto predeterminado de 34.

Y, para terminar, está el asunto crucial de los ámbitos de nuestras vidas, digamos, individual, parejal, grupal, institucional, sectorial, nacional, regional, internacional, global o universal (con o sin presencia sobrenatural), en donde podemos desplegar nuestras identidades amativas. Todo lo dicho a propósito del camino de restauración de nuestras identidades amativas, confianzativas o entregativas, o de transformación de nuestras capacidades estructurales, procesales o sustanciales, es aplicable en cualquiera de estos ámbitos, en donde no necesaria ni deseablemente tenemos que proceder en orden de dimensiones ascendentes o descendentes. Más bien nos parece esencial asumir que nuestras vidas se desenvuelven, inevitablemente, en estos múltiples ámbitos, materialidades, espacios o tiempos, en todos los cuales tenemos preciosas oportunidades para practicar nuestra regla dorada y, con ello, a un sólo tiempo, restaurar nuestras identidades y transformar nuestras capacidades.

En cuanto a qué hacer con tal restauración y transformación estaremos conversando en la próxima serie de artículos, cuando nos ocuparemos de la satisfacción de necesidades y la conquista de libertades.


viernes, 25 de diciembre de 2009

A manera de mensaje de optimismo y confianza en el futuro de la humanidad y de América Latina

Como quiera que por estos días decembrinos se acostumbra expresar mensajes de paz y confianza en las perspectivas para el o los años venideros, puesto que no queremos sumarnos a cierto escepticismo posmoderno tan de moda, y dado también que en muchos artículos hemos expresado críticas severas a la cultura y la civilización occidental y a las sociedades latinoamericanas, que en algún momento nos han hecho merecedores, por parte de cierto lector, del calificativo de pesimistas, hemos querido aprovechar la oportunidad de que esta entrega coincide con el día de navidad o de la celebración cristiana del nacimiento de Jesús, y también con las celebraciones milenarias de muchas otras culturas asociadas al solsticio de invierno en el hemisferio norte y a diversas festividades en honor al sol, a la fertilidad de la naturaleza y a la vida compartida en familia, para dejar sentados algunos fundamentos de nuestro optimismo y confianza en el futuro de nuestra especie, nuestra civilización y nuestra región.

Y, más allá de nuestros buenos deseos, que los tenemos, como muchas otras personas, porque las cosas mejoren, nos pareció preferible y más acorde con el estilo que intenta construir el blog, exponer un listado de diez planteamientos que le dan soporte a nuestro optimismo y nos llevan a confiar en que, a la larga y, por supuesto, no inevitablemente sino dependiendo de lo que hagamos, nuestros asuntos tenderán a mejorar. A continuación, ofrecemos tal listado:
  1. El principal asidero de nuestras convicciones no es otro que la intuición profunda, soportada por múltiples apreciaciones que hemos tenido oportunidad de apuntar en artículos anteriores, de que nuestra especie ha evolucionado desde hace ya muchos miles e incluso millones de años teniendo al amor, la cooperación y la fraternidad entre los semejantes como norte, por lo cual no extraña que todas las religiones y también muchos puntos de vista no religiosos coincidan en este punto crucial. No puede ser visto como casual, por ejemplo, que nuestra anatomía haya propendido sistemáticamente al desmontaje de todo un complejo sistema de garras, colmillos, cuernos, cascos, músculos, grosores de piel, pelos, posturas al desplazarnos, estructuras laríngeas, madurez al momento del nacimiento, etc., que en otras especies de mamíferos e incluso primates afines preparan para el ataque y la defensa; y, por el contrario, es evidente que las facultades para la comunicación, el contacto físico afectuoso, la búsqueda de formas inteligentes, cooperativas y colectivas de resolver los problemas han venido siendo reforzadas. Quizá haya quienes piensen que todo esto se hizo como parte de una perversa estrategia para reemplazar con armas cada vez más sofisticadas la falta de órganos agresivos o defensivos naturales, pero es difícil que encuentren asidero empírico para sus postulados: la creación de ejércitos y armamentos ha sido un hecho muy reciente, que no está asociado a ningún cambio anatómico o fisiológico significativo. Toda esta deriva biológica ha conducido a emocionalidades e identidades, presentes en todas las culturas, que colocan al amor en su cúspide y no son ni van a ser fáciles de alterar por más que se empeñen en ello desde negociantes inescrupulosos hasta manipuladores, oportunistas y burócratas de toda laya. Buena parte de esos sentimientos de amor y perdón al prójimo, de esos reencuentros entre seres distanciados, de esas afloraciones de afecto aún en los corazones más duros, como insuperablemente lo inmortalizó Dickens con la conversión del pétreo Ebenezer Scrooge, que suelen ocurrir en los días navideños, tienen demasiado que ver con esa emocionalidad amorosa que, contra todo pronóstico, sigue viva en todos nosotros los humanos.
  2. La aparición de las sociedades divididas en clases sociales, y por tanto fundadas en relaciones de sometimiento ideológico y político y explotación económica de unas clases por otras, es también un hecho relativamente reciente, que a lo sumo data de no más de unos tres a cuatro mil años. Pese a los exhaustivos intentos de asociar estas clases sociales a la civilización, a la aparición de la agricultura y de la escritura, e incluso, ya abusivamente, a la Historia, existen cada vez más evidencias de que civilizaciones con agricultura y escritura, y por tanto absolutamente históricas, como la Egea, anterior a y de mayor duración que todas las conocidas civilizaciones clasistas, no estaban estructuradas en base a tales sistemas de clases sociales. En nuestra Latinoamérica también se están encontrando cada vez más soportes acerca de la existencia de este tipo de sociedades altamente evolucionadas, mas no clasistas, en nuestro pasado preeuropeo. Estos hechos nos llevan a pensar que no es en absoluto fantasioso imaginar que puedan construirse futuras sociedades sin clases sociales y estructuralmente avanzadas. Muchas estructuras sociales de niveles elementales, como la pareja, la familia, los grupos de amigos, los grupos políticos, los grupos de investigación, los grupos profesionales y hasta grupos de trabajo colectivo, están fuertemente marcadas por relaciones humanas interpersonales de raíces ancestrales y que no reponden a una lógica de dominación clasista, y bien podrían prefigurar sociedades sin clases del futuro. A pesar de todos los empeños mediáticos por reducir las fiestas navideñas a una orgía mercantil, e incluso de ciertas pretensiones de convertirlas en meros actos litúrgicos, buena parte de lo que se suele conocer como espíritu navideño pareciera hincar sus raíces en los remotos días de las primeras sociedades agrícolas, cuando los seres humanos se regocijaban en torno a la alegría de iniciar juntos un nuevo ciclo de vida en comunión con la naturaleza.
  3. Pese a que es evidente que, dadas la mayor voracidad de las clases dominantes y la más potente destructividad de las armas modernas, las sociedades contemporáneas han protagonizado las mayores matanzas y desastres bélicos de todos los tiempos, también pareciera que, quizás como reacción a tales hecatombes o incluso simplemente por un miedo saludable a que se repitan, nunca como ahora habían existido tantos movimientos, tanta conciencia colectiva y tantas instituciones empeñados en promover la paz e impedir nuevas enfrentamientos destructivos. Tampoco nunca antes se había contado con la posibilidad de programar un desarme de armas nucleares y de destrucción masiva, así como de monitorear efectivamente su ejecución. Los latinoamericanos estamos bien posicionados, de entrada, para participar en esta mucho más apasionante y venidera carrera desarmamentista, como quizás el único subcontinente que jamás ha salido de sus fronteras para pisotear a otro.
  4. Pese a su vocación indudablemente explotadora, las sociedades capitalistas se han visto obligadas a apoyarse crecientemente en la capacitación profesional, científica y tecnológica de los trabajadores y gerentes, quienes, por tanto, y por la importancia y sofisticación de sus conocimientos, que tienden a ser usados en otros ámbitos sociales como el cultural, el mediático, el político, el territorial o ambiental y el educativo, resultan cada vez más difíciles de explotar y, contrariamente a lo que postula la propaganda de la izquierda ortodoxa, la tendencia inequívoca en las sociedades más productivas es hacia una mejor distribución de la riqueza y no hacia una peor. Los mayores Índices de Gini, por ejemplo, que dan una idea de la desviación respecto de una distribución perfectamente equitativa de la riqueza, ocurren en las sociedades con fuerzas productivas menos evolucionadas y son más bajos en las más evolucionadas. Bolivia y Haití, por ejemplo, en América Latina, que poseen los menores índices de desarrollo humano y de productividad, poseen también los más altos Índices de Gini. Si, en lugar de intentar saltarnos el capitalismo a la torera, los latinoamericanos pudiésemos aprender de la experiencia de los más evolucionados capitalismos del mundo, cada vez más preñados de componentes socialistas, bien podríamos no sólo, como bien decía el Carlos aquel, aliviar los dolores del parto, sino también comenzar a recoger mucho antes los frutos de sus cosechas.
  5. Cada día, por tanto, las fuerzas de los trabajadores y gerentes, las fuerzas políticas emergentes, la legislación vigente, e inclusive en buena medida sectores genuinamente empresariales avanzados, tienden a crear organizaciones,movimientos, corrientes de opinión y hasta cambios curriculares en los sistemas educativos que proscriben o al menos limitan crecientemente la explotación de unos seres humanos por otros. Los trabajadores, cada vez más educados, organizados y conscientes de sus derechos y de su papel crecientemente decisivo en los procesos productivos, son cada día más difíciles de explotar, al menos impunemente. En las sociedades avanzadas, las clases medias educadas tienden a erigirse en una especie de colchón frente a la tradicional explotación inmisericorde de las masas ignorantes por las oligarquías retrógadas. Estos procesos se están haciendo sentir cada vez más en prácticamente todas las sociedades y, en particular, en las latinoamericanas, en donde, en general y pese a nuestro obvio rezago en esta materia, es claro que estamos avanzando cada día más.
  6. La incorporación creciente de la mujer a las actividades económicas, políticas, culturales y educativas, que por siglos y prejuiciadamente le fueron vedadas, es un profundo factor de democratización y de restricción a la explotación y la dominación social que apenas está comenzando a sentirse en todas las sociedades del planeta. La resuelta participación de la mujer en todos los ámbitos del quehacer social es un hecho irreversible en prácticamente toda América Latina, en donde no sólo no estamos a la zaga sino que, en muchos aspectos, detentamos un claro liderazgo. Todavía no se han extraído las debidas consecuencias del hecho de que nuestras mujeres han desempeñado roles decisivamente heroicos y abnegados, sin parangón en ninguna otra región del globo, en la conformación de nuestras sociedades actuales, y bien podrían seguir haciéndolo de cara hacia el futuro.
  7. Los mecanismos de apoyo a la autodeterminación de los pueblos y de establecimiento y preservación de regímenes democráticos son cada día más eficientes. Los procesos electorales tienden a ser cada vez más internacional y exhaustivamente observados y, por tanto, a dificultar más la ejecución de fraudes y engaños contra la voluntad de los pueblos. En América Latina, aunque resta muchísimo por hacer y como lo evidencia el probable fraude cometido en las últimas elecciones mexicanas, es patente que nunca antes nuestros pueblos habían hecho sentir tanto sus opiniones políticas, lo cual tenderá a funcionar, con inevitables altibajos, claro está, como un elemento de profundización de la justicia social.
  8. Los medios de comunicación modernos, con la televisión e Internet a la cabeza, pese a toda su carga de incitación al consumismo y a un hedonismo enfermizo, y de manipulación ideológica y política, también cumplen, quizás a su pesar, con una importante función democratizadora y de defensa de los derechos humanos, que consiste en poner al alcance de todo el mundo información, datos, imágenes y sonidos acerca de la manera como viven en otras partes del mundo y sobre el porqué de múltiples fenómenos sociales y naturales, lo cual se constituye en un estímulo para cambiar y superar las propias maneras de vivir. Salvo excepciones puntuales, en Latinoamérica está en marcha un vigoroso proceso de construcción de una infraestructura mediática, que más temprano que tarde podría deslastrarse de sus perversiones actuales y ponerse al servicio de la edificación de un subcontinente del que podamos cada día más enorgullecernos sin ambages.
  9. Los nuevos conocimientos sobre el genoma humano, que ponen de relieve que todos los Homo sapiens descendemos de un tronco común de una Eva y un Adán africanos y que hace apenas 60.000 años todos nuestros antepasados vivían en ese continente, desde donde comenzaron a dispersarse hacia los demás, le van a hacer harto más difícil la tarea a los futuros candidatos a Führer de convencer a sus adeptos de la superioridad racial o étnica de cualquier subgrupo humano, y tenderán a funcionar crecientemente como un antídoto ante cualquier racismo. Todo indica que cuando se termine de estudiar nuestra muy diversa composición genética, los latinoamericanos no sólo vamos a resultar parientes cercanos de todos los pueblos del mundo sino que la inmensa mayoría de nosotros va a terminar albergando a todos los pueblos del mundo dentro de sí.
  10. Y, last but not least, si todo lo anterior no fuese suficiente para ejercer una fuerte presión hacia el cambio positivo en nuestra humanidad, nuestra civilizacón occidental y nuestra América Latina, entonces allí está encima ya el cambio climático, con su calentamiento global y sus amargas y conocidas prescripciones meteorológicas, climatológicas y geográficas, para recordarnos que o cambiamos nuestros modos de vida o nos los van a cambiar a juro. Las tormentas, huracanes, deslaves, maremotos, tsunamis, inundaciones, sequías, extinción de especies, hambrunas y tantas otras sutiles insinuaciones de la naturaleza se encargarán de hacernos entender todas las necesidades de cambio que nos empeñemos en desatender con nuestra estrechez de miras. Por supuesto que muchos habrá que antes pensarán en mudarse de planeta a ver si así logran exportar nuestros desastres ecológicos a otros espacios siderales, pero no les será fácil conseguir los recursos para sus proyectos, o, por lo menos, tenemos que restearnos en persuadirlos de su error y abocarnos a la búsqueda de mejores soluciones. Los latinoamericanos, con nuestras privilegiadas dotaciones de ambientes naturales, bien podríamos comenzar a convertirnos en líderes mundiales de las campañas pro respeto a los equilibrios ecológicos y contra el desastramiento del planeta.
Bueno, quizás la cosa no quedó como una postal navideña típica, pero por lo menos espero no facilitarle la labor a quienes, en los días venideros del blog, quieran acusarme de pesimista cada vez que le pise callos o le meta el dedo en las llagas a los múltiples vicios de nuestra sociedades occidental y latinoamericana, con miras a superarlos por la vía esencial de la transformación de nuestras capacidades. Muchas veces he pensado que nuestras sociedades, y en particular nuestras sociedades latinoamericanas, sí pueden llegar a ser tan hermosas como el más bello jardín con las más deliciosas flores, sólo que, como todos los jardines bellos, hay que echarle un camión de esfuerzo para conformarlos y mantenerlos en ese estado e impedir, con paciencia y dedicación, que malezas, malas hierbas y bichos raros de todos los pelajes hagan de las suyas. Una feliz, pero reflexiva y crítica, navidad, y un próspero, pero merecido con esfuerzos transformadores de sus capacidades, año nuevo, les desea Transformanueca.

martes, 22 de diciembre de 2009

Nuestras identidades confianzativas

Puesto que no hemos encontrado un mejor término que confianza para referirnos a la emoción de tercera generación, hecha de afecto y esperanza, y, en consecuencia, estamos definiendo las identidades confianzativas como constituidas por la síntesis superadora entre las afectivas y esperanzativas, tenemos que pagar el precio de cargar con cierta ambigüedad asociada a las acepciones usuales de confianza en nuestra lengua. Estas acepciones, lamentablemente, incluyen, según el DRAE (Ed. 22), desde la "esperanza firme que se tiene de alguien o algo", la "seguridad que alguien tiene en sí mismo", el "ánimo, aliento, vigor para obrar" y la "familiaridad (en el trato)", que denotan un sentido positivo del término, hasta la "presunción y vana opinión de sí mismo", la "familiaridad o libertad excesiva", y la -afortunadamente- caída en desuso de "pacto o convenio hecho oculta y reservadamente entre dos o más personas, particularmente si son tratantes de comercio", con las correspondientes cargas negativas.

Una breve exploración del panorama planteado en otras lenguas occidentales, nos sugiere la existencia de una situación parecida en portugués, con confiança, en italiano con confidenza, y en inglés con confidence, términos que acusan también connotaciones contradictorias.
Se aproximan a lo que buscamos, pero no coinciden del todo, el término inglés trust y el francés confiance, que subrayan más inequívocamente la dimensión positiva del término, pero, en cambio, lo despojan del contenido ligado a familiaridad, a intimidad, a afecto, que para nosotros es también esencial. Es posible que en el alemán sí esté resuelto el problema que hemos querido solventar, en donde Vertrauen vendría a ser el término amplio que hemos buscado, Zutrauen sería la palabra con la acepción restringida a solo el sentido de confidencia, Vertraulichkeit la asociada solo al significado de familiaridad, y Eitelkeit la encargada de rendir cuenta del contenido negativo, irónico o peyorativo del término; pero, lamentablemente, no nos da el conocimiento del idioma para asegurarlo y no hemos podido localizar, en estos días festivos, a nuestra querida asesora teutona para confirmarlo.

De cualquier manera, resulta claro que nuestro vocablo ideal sería uno que se desentendiera de las connotaciones negativas mencionadas y que, simultáneamente, rindiera cuenta de todas las acepciones positivas, o sea, que mentara una esperanza firme y fundada en la familiaridad y el afecto que permitiese a las partes involucradas obrar con seguridad, aliento, ánimo y vigor. A falta de este término ideal, no nos quedó sino pedirle a nuestros lectores que acepten el uso restringido de confianza como emoción referida a la conjugación superadora de la esperanza y el afecto y que abre un campo de posibilidades para la actuación entusiasmada y vigorosa, así como de identidades confianzativas para etcétera.

No se nos escapa que no es casual que no dispongamos en nuestra lengua, y aparentemente tampoco en otras lenguas más o menos familiares, de un término como el que necesitamos, puesto que llevamos ya varios milenios de empeño en torcer la deriva biológica y antropológica humana que nos condujo a una emocionalidad claramente centrada en el amor, la confianza y la entrega a los demás, para intentar, aunque afortunadamente sin éxito pleno, una emocionalidad centrada en el egoísmo y la desconfianza. No es descartable que este aparente vacío lingüistico -y decimos aparente pues no podemos asegurar que la palabra buscada no ande por allí, sin que la encontráramos- sea un indicador de un vacío cultural mucho más profundo que, cuando menos a los occidentales, se nos estaría filtrando en el alma. Y, en el mismo contexto, es probable que sea la actual sociedad moderna, con su culto a los objetos materiales, al sometimiento de la naturaleza, a la dominación de unos pueblos por otros y al poder de las armas, la que se lleve el poco envidiable galardón de ser, en términos colectivos y en promedio, la sociedad más egoísta y desconfianzativa de todos los tiempos.

En tal panorama, en donde nos hemos sentido poco acompañados por la literatura en nuestro intento por conceptualizar las identidades confianzativas de la manera indicada, no nos extraña que tampoco hayamos conseguido los fundamentos empíricos que requeriríamos para sustentar en firme alguna tesis sobre nuestras identidades latinoamericanas en esta esfera. Quizás el obstáculo más serio haya sido la falta de vinculación entre los estudios sobre confianza interpersonal que hemos conocido y el ingrediente afectivo: las confianzas que han sido objeto de estudio nos luce que se refieren primordialmente al ámbito de los negocios y del ejercicio del poder político, en donde pesan demasiado otros factores, distintos de los que más nos interesarían. Por ejemplo, cuando de negocios se trata, la situación económica del prójimo es un factor de demasiado peso, y tendemos, espontáneamente y apartando otras consideraciones, a confiar más en quien tiene más con qué respondernos a la hora de algún problema; y cosa parecida ocurre con el caso del poder político: dadas dos personas que nos caigan de la misma manera, tendemos a confiar más, o por lo menos a hacer como que confiamos más, en quien detenta un mayor poder o goza de un mayor aval institucional. Todo lo cual hace que la genuina confianza emocional en nuestros semejantes sea muy difícil de explorar o que, en cualquier caso, resulte sesgada por distorsiones como las señaladas.

No le encontramos otra explicación, por ejemplo, al hecho de que en el Estudio Mundial de Valores, cuyos datos sobre confianza en múltiples países del mundo están disponibles en Internet, resulte sumamente reducido el conjunto de países en donde, en términos generales, las actitudes de confianza hacia los demás privan sobre las de desconfianza o cautela. Cuando a las personas, seleccionadas al azar, de múltiples países, se les preguntó: "Hablando en general, ¿diría usted que se puede confiar en la mayoría de las personas o, por el contrario, uno nunca es lo suficientemente cauto en el trato con los demás?, con las únicas respuestas posibles: 1) Se puede confiar en la mayoría de las personas, y 2) Uno nunca es lo suficientemente cauto en el trato con los demás", y cuando luego se construyó un Índice de Confianza Interpersonal= 100 + (% Puede confiarse) - (% Hay que ser cauto), los resultados condujeron al siguiente mapa que nos da una deplorable visión de hasta dónde hemos llegado en materia de desconfianza hacia nuestros semejantes. (Puesto que nos pareció maldad intentar describir este interesante mapa con palabras, decidimos violar nuestra regla antimapas y diagramas e incorporarlo aquí, aunque confesamos que con un doble temor: uno, que esto le parezca demasiado científico o técnico a ciertos lectores, y le añada una nueva raya al blog, y, otro, que esté infringiendo alguna norma de propiedad intelectual en Internet y me exponga a quien sabe qué demanda. Pero ¡qué le va usted a hacer si yooooo -como en la canción de Joan Manuel- nací en la tropicalísima Carora...!)
Mientras decidimos si definitivamente dejamos o no el mapa en el artículo [son bienvenidas las sugerencias sobre qué hacer en este caso], aprovechamos para comentar que sólo tres países, Noruega, Suecia y Dinamarca, quedaron con un puntaje resueltamente positivo, con Índices de Confianza Interpersonal cercanos a 150. Luego otros ocho países, con puntajes decrecientes: China, Finlandia, Suiza, Arabia Saudita, Vietnam, Nueva Zelanda, Australia y Holanda, resultaron con índices entre 90 y 120, relativamente positivos. Después, otros seis países, Canadá, Bielorrusia, Tailandia, Islandia, Iraq y Hong Kong, quedaron quedaron con puntajes entre 80 y 90. Luego otros ocho: Japón, Estados Unidos, Alemania, República Dominicana, Ecuador, Irlanda, Austria y Taiwán, quedaron con puntajes entre 70 y 80, y luego otros nueve: Montenegro, Madagascar, Pakistán, Bélgica, Jordania, Gran Bretaña, Italia, El Salvador y Ucrania, con indicadores entre 60 y 70. Todavía después vienen diecisiete países sobre todo asiáticos y africanos, con Índices entre 50 y 60, en donde sólo figuran Uruguay y Guatemala entre los latinoamericanos, y luego veintitrés países, ubicados entre 40 y 50, en donde aparecen el grueso de países latinoamericanos: Costa Rica, Bolivia, Venezuela, Honduras, Nicaragua, Panamá, Puerto Rico, México y Argentina, y también países como Israel y España. Finalmente, están diecinueve países con puntajes entre 30 y 40, en donde tenemos a Chile, Colombia y Perú; luego otros trece, entre 20 y 30, con Paraguay, y en el fondo once países, en donde nos sorprendió encontrar a Brasil, con indicadores inferiores a 20 puntos.

Obviamente no es cosa sencilla interpretar, bajo el supuesto de que sean fidedignos, estos datos, y allí fue donde se nos enredó el volador que provocó un retraso en la salida de este artículo. Mientras esperamos por análisis más cercanos a lo riguroso, sólo nos atrevemos a adelantar que los datos nos dejan la impresión de que la confianza en los demás, si exceptuamos el único caso de los países escandinavos, y el de la imbatible Noruega, líder en Índice de Desarrollo Humano y en Índice de Confianza Interpersonal, que consistentemente alcanzaron los más altos puntajes, no pareciera estar vinculada a realidad cultural alguna, y por tanto es poco lo que puede apreciarse a nivel de subcontinentes. También nos emocionó muy gratamente, sin que por el momento dispongamos de una explicación coherente, el caso de que Vietnam, uno de los países mundialmente líderes en padecimientos de alto calibre, y quien tendría casi el derecho a desconfiar del prójimo hasta para ir a la esquina, esté entre los diez países más dados a la creencia en la buena voluntad del otro.

Estos índices parecieran, más bien, estar articulados a una compleja mezcla de homogeneidad racial y étnica, y/o a indicadores de distribución equitativa del ingreso y, tal vez, de vida tranquila y sosegada o con poco estrés. En el caso de los países escandinavos, entonces, reconocidos por su elevada homogeneidad racial y étnica y por sus inverosímiles índices de Gini en materia de distribución del ingreso, no sorprende que sean también líderes en confianza interpersonal. Como es sabido, y ya los hemos comentado en el blog en otra oportunidad, el Índice de Gini nos da una idea porcentual del alejamiento de la distribución real del ingreso en relación a una distribución absolutamente equitativa: mientras que el grueso de países latinoamericanos vivimos con Ginis cercanos o superiores al 50%, los escandinavos parecieran empeñados en bajar del 20%. Pero también es claro que muchos, o cuando menos algunos, otros factores deben pesar sobre la determinación de los Índices de Confianza Interpersonal: por ejemplo España, con un Gini de 32,5%, entre los más elevados del planeta, posee un índice de confianza de sólo 40, muy por debajo de muchos países latinoamericanos, mientras que Arabia Saudita, de seguro entre los países con mayor inequidad en la distribución del ingreso, se nos presenta con un índice de confianza de 106, el séptimo más elevado del globo. Tampoco sabemos, por ahora, leer adecuadamente el significado de que República Dominicana y Ecuador hayan resultado los líderes latinoamericanos en confianza interpersonal, o que Brasil haya quedado en la cola.

Cuando, en lugar de la confianza interpersonal, nos fijamos en la confianza en los gobiernos de cada nación, los datos también resultan complicados de interpretar. En este caso, los índices de confianza en el gobierno de la nación, del mismo Estudio Mundial de Valores, nos traen a Vietnam, China, Azerbaiyán, Bangladesh, Jordania, a nuestro Paraguay y a Tanzania, con puntajes superiores a 160, en el tope de la confianza, mientras que el grueso de países europeos y de altos índices de desarollo humano, aparecen revueltos con países de cualquier grado de desarrollo humano, e inclusive parecieran competir por los últimos lugares, con índices por regla general inferiores a 80. Alemania, por ejemplo, aparece como el trasantepenúltimo país en desconfianza ante su gobierno, con un índice de 48, apenas sobrepasada, en desconfianza, por Polonia, Perú y Macedonia. No intentaremos siquiera analizar estos datos, que nos lucen como meros indicadores de popularidad o aceptación circunstancial de los gobiernos de turno, y no como evidencias de confianza en el sentido en que la estamos considerando aquí.

Y tampoco buscaremos por el lado de los interesantes estudios de Douglas North, el premio Nóbel de economía de 1993, y compañía, quienes han hecho valiosos aportes sobre el significado económico de la confianza, y han determinado, por ejemplo, que los países con instituciones débiles, como nosotros, pagamos un elevado precio por ello, en costos de transacción, pues todo el cumplimiento de las obligaciones y contratos que no aseguran implícitamente las instituciones tienen que asegurarlo por su cuenta los individuos. Recuerdo que en una oportunidad el pobre Douglas, el Nóbel, no el comentarista estrella de nuestro blog, se quedó atónito, en una visita que hizo a Venezuela, invitado creo que por el Banco Central, después de calcular por encimita los exorbitantes costos de transacción de nuestra economía. Con semejantes costos de transacción, recuerdo que declaró en El Nacional, no es extraño que entre ustedes sean tan pocos quienes se dedican a la creación real de riqueza y tantos los que se empeñan, legal o ilegalmente, en la captación de rentas...

En cualquier caso, lo que sí pareciera claro es que los latinoamericanos, en general, con sólo tres países, República Dominicana, Ecuador y El Salvador, entre los veinticinco países del mundo con un Índice de Confianza Interpersonal superior a 70, no somos precisamente un paradigma de la confianza visible en el prójimo. Y añadimos lo de visible porque la intuición nos dice que, al menos al interior de los estamentos de que están hechas nuestras sociedades, y sobre todo en el plano de las relaciones interpersonales cercanas, no estamos precisamente mal ubicados. Estimo que, por ejemplo, si el canal National Geographic profundizara en su estudio que los llevó a concluir que, en las sociedades digamos modernas, el promedio de amigos de cada adulto es de sólo tres, e hiciera el análisis por subcontinentes, los latinoamericanos no quedaríamos entre los pueblos más desamigados o individualmente solos del mundo, pues nuestros promedios estarían por encima de eso; y otro tanto creo que ocurriría en relación a las relaciones de confianza con componente afectivo, o sea, con inclusión no sólo de los amigos sino también de los familiares. Pero, por otro lado, por allí andan también los indicadores que nos sitúan entre los pueblos con mayores índices de homicidios, lo que no es precisamente un rasgo de confianza en el prójimo.

Todo esto nos deja como hundidos en un mar de incertidumbre en torno a las identidades confianzativas de las distintas culturas, y en especial de nuestra cultura latinoamericana, pero pudiera reforzar lo que apreciamos intuitivamente en nuestras relaciones cotidianas: que todos los humanos, salvo quizás casos raros como el de Richard Nixon, famoso por su absoluta desconfianza hasta de los íntimos, tenemos la emocionalidad de la confianza intacta. Sólo que, en las condiciones de la vida estresada, agitada y cuajada de injusticias que nos ha tocado, tendemos a protegernos, y a confiar más, permaneciendo otros factores constantes, sólo en aquellos cuyas vidas conocemos más y se asemejan más a los estilos de vida propios: en los amigos y familiares cercanos, primero; en los conocidos y miembros de círculos que frecuentamos, luego; en los vecinos, después, y así sucesivamente hasta los ámbitos que desconocemos más o nos resultan más diferentes. En todas las variantes, además, las personas menos ambiciosas económica y políticamente, sobre todo cuando nos autoconsideramos en esta categoría, nos inspiran más confianza que las más ambiciosas, y viceversa.

Bueno, los resultados obtenidos no son precisamente halagüeños, y hasta parecieran medio tristosos y particularmente inoportunos en estos días navideños. En compensación, le prometo a mis fieles lectores un mensaje exclusivo y resuelto en optimismo que Transformanueca dará a conocer en cadena planetaria y en tiempo real, haciendo alarde de su recursividad, a todas las regiones de este compungido globo, el próximo día 25 de diciembre a las 12:00 horas según el meridiano de Greenwich. Estén pendientes entonces. Hemos dicho.