El principal asidero de nuestras convicciones no es otro que la intuición profunda, soportada por múltiples apreciaciones que hemos tenido oportunidad de apuntar en artículos anteriores, de que nuestra especie ha evolucionado desde hace ya muchos miles e incluso millones de años teniendo al amor, la cooperación y la fraternidad entre los semejantes como norte, por lo cual no extraña que todas las religiones y también muchos puntos de vista no religiosos coincidan en este punto crucial. No puede ser visto como casual, por ejemplo, que nuestra anatomía haya propendido sistemáticamente al desmontaje de todo un complejo sistema de garras, colmillos, cuernos, cascos, músculos, grosores de piel, pelos, posturas al desplazarnos, estructuras laríngeas, madurez al momento del nacimiento, etc., que en otras especies de mamíferos e incluso primates afines preparan para el ataque y la defensa; y, por el contrario, es evidente que las facultades para la comunicación, el contacto físico afectuoso, la búsqueda de formas inteligentes, cooperativas y colectivas de resolver los problemas han venido siendo reforzadas. Quizá haya quienes piensen que todo esto se hizo como parte de una perversa estrategia para reemplazar con armas cada vez más sofisticadas la falta de órganos agresivos o defensivos naturales, pero es difícil que encuentren asidero empírico para sus postulados: la creación de ejércitos y armamentos ha sido un hecho muy reciente, que no está asociado a ningún cambio anatómico o fisiológico significativo. Toda esta deriva biológica ha conducido a emocionalidades e identidades, presentes en todas las culturas, que colocan al amor en su cúspide y no son ni van a ser fáciles de alterar por más que se empeñen en ello desde negociantes inescrupulosos hasta manipuladores, oportunistas y burócratas de toda laya. Buena parte de esos sentimientos de amor y perdón al prójimo, de esos reencuentros entre seres distanciados, de esas afloraciones de afecto aún en los corazones más duros, como insuperablemente lo inmortalizó Dickens con la conversión del pétreo Ebenezer Scrooge, que suelen ocurrir en los días navideños, tienen demasiado que ver con esa emocionalidad amorosa que, contra todo pronóstico, sigue viva en todos nosotros los humanos.
La aparición de las sociedades divididas en clases sociales, y por tanto fundadas en relaciones de sometimiento ideológico y político y explotación económica de unas clases por otras, es también un hecho relativamente reciente, que a lo sumo data de no más de unos tres a cuatro mil años. Pese a los exhaustivos intentos de asociar estas clases sociales a la civilización, a la aparición de la agricultura y de la escritura, e incluso, ya abusivamente, a la Historia, existen cada vez más evidencias de que civilizaciones con agricultura y escritura, y por tanto absolutamente históricas, como la Egea, anterior a y de mayor duración que todas las conocidas civilizaciones clasistas, no estaban estructuradas en base a tales sistemas de clases sociales. En nuestra Latinoamérica también se están encontrando cada vez más soportes acerca de la existencia de este tipo de sociedades altamente evolucionadas, mas no clasistas, en nuestro pasado preeuropeo. Estos hechos nos llevan a pensar que no es en absoluto fantasioso imaginar que puedan construirse futuras sociedades sin clases sociales y estructuralmente avanzadas. Muchas estructuras sociales de niveles elementales, como la pareja, la familia, los grupos de amigos, los grupos políticos, los grupos de investigación, los grupos profesionales y hasta grupos de trabajo colectivo, están fuertemente marcadas por relaciones humanas interpersonales de raíces ancestrales y que no reponden a una lógica de dominación clasista, y bien podrían prefigurar sociedades sin clases del futuro. A pesar de todos los empeños mediáticos por reducir las fiestas navideñas a una orgía mercantil, e incluso de ciertas pretensiones de convertirlas en meros actos litúrgicos, buena parte de lo que se suele conocer como espíritu navideño pareciera hincar sus raíces en los remotos días de las primeras sociedades agrícolas, cuando los seres humanos se regocijaban en torno a la alegría de iniciar juntos un nuevo ciclo de vida en comunión con la naturaleza.
Pese a que es evidente que, dadas la mayor voracidad de las clases dominantes y la más potente destructividad de las armas modernas, las sociedades contemporáneas han protagonizado las mayores matanzas y desastres bélicos de todos los tiempos, también pareciera que, quizás como reacción a tales hecatombes o incluso simplemente por un miedo saludable a que se repitan, nunca como ahora habían existido tantos movimientos, tanta conciencia colectiva y tantas instituciones empeñados en promover la paz e impedir nuevas enfrentamientos destructivos. Tampoco nunca antes se había contado con la posibilidad de programar un desarme de armas nucleares y de destrucción masiva, así como de monitorear efectivamente su ejecución. Los latinoamericanos estamos bien posicionados, de entrada, para participar en esta mucho más apasionante y venidera carrera desarmamentista, como quizás el único subcontinente que jamás ha salido de sus fronteras para pisotear a otro.
Pese a su vocación indudablemente explotadora, las sociedades capitalistas se han visto obligadas a apoyarse crecientemente en la capacitación profesional, científica y tecnológica de los trabajadores y gerentes, quienes, por tanto, y por la importancia y sofisticación de sus conocimientos, que tienden a ser usados en otros ámbitos sociales como el cultural, el mediático, el político, el territorial o ambiental y el educativo, resultan cada vez más difíciles de explotar y, contrariamente a lo que postula la propaganda de la izquierda ortodoxa, la tendencia inequívoca en las sociedades más productivas es hacia una mejor distribución de la riqueza y no hacia una peor. Los mayores Índices de Gini, por ejemplo, que dan una idea de la desviación respecto de una distribución perfectamente equitativa de la riqueza, ocurren en las sociedades con fuerzas productivas menos evolucionadas y son más bajos en las más evolucionadas. Bolivia y Haití, por ejemplo, en América Latina, que poseen los menores índices de desarrollo humano y de productividad, poseen también los más altos Índices de Gini. Si, en lugar de intentar saltarnos el capitalismo a la torera, los latinoamericanos pudiésemos aprender de la experiencia de los más evolucionados capitalismos del mundo, cada vez más preñados de componentes socialistas, bien podríamos no sólo, como bien decía el Carlos aquel, aliviar los dolores del parto, sino también comenzar a recoger mucho antes los frutos de sus cosechas.
Cada día, por tanto, las fuerzas de los trabajadores y gerentes, las fuerzas políticas emergentes, la legislación vigente, e inclusive en buena medida sectores genuinamente empresariales avanzados, tienden a crear organizaciones,movimientos, corrientes de opinión y hasta cambios curriculares en los sistemas educativos que proscriben o al menos limitan crecientemente la explotación de unos seres humanos por otros. Los trabajadores, cada vez más educados, organizados y conscientes de sus derechos y de su papel crecientemente decisivo en los procesos productivos, son cada día más difíciles de explotar, al menos impunemente. En las sociedades avanzadas, las clases medias educadas tienden a erigirse en una especie de colchón frente a la tradicional explotación inmisericorde de las masas ignorantes por las oligarquías retrógadas. Estos procesos se están haciendo sentir cada vez más en prácticamente todas las sociedades y, en particular, en las latinoamericanas, en donde, en general y pese a nuestro obvio rezago en esta materia, es claro que estamos avanzando cada día más.
La incorporación creciente de la mujer a las actividades económicas, políticas, culturales y educativas, que por siglos y prejuiciadamente le fueron vedadas, es un profundo factor de democratización y de restricción a la explotación y la dominación social que apenas está comenzando a sentirse en todas las sociedades del planeta. La resuelta participación de la mujer en todos los ámbitos del quehacer social es un hecho irreversible en prácticamente toda América Latina, en donde no sólo no estamos a la zaga sino que, en muchos aspectos, detentamos un claro liderazgo. Todavía no se han extraído las debidas consecuencias del hecho de que nuestras mujeres han desempeñado roles decisivamente heroicos y abnegados, sin parangón en ninguna otra región del globo, en la conformación de nuestras sociedades actuales, y bien podrían seguir haciéndolo de cara hacia el futuro.
Los mecanismos de apoyo a la autodeterminación de los pueblos y de establecimiento y preservación de regímenes democráticos son cada día más eficientes. Los procesos electorales tienden a ser cada vez más internacional y exhaustivamente observados y, por tanto, a dificultar más la ejecución de fraudes y engaños contra la voluntad de los pueblos. En América Latina, aunque resta muchísimo por hacer y como lo evidencia el probable fraude cometido en las últimas elecciones mexicanas, es patente que nunca antes nuestros pueblos habían hecho sentir tanto sus opiniones políticas, lo cual tenderá a funcionar, con inevitables altibajos, claro está, como un elemento de profundización de la justicia social.
Los medios de comunicación modernos, con la televisión e Internet a la cabeza, pese a toda su carga de incitación al consumismo y a un hedonismo enfermizo, y de manipulación ideológica y política, también cumplen, quizás a su pesar, con una importante función democratizadora y de defensa de los derechos humanos, que consiste en poner al alcance de todo el mundo información, datos, imágenes y sonidos acerca de la manera como viven en otras partes del mundo y sobre el porqué de múltiples fenómenos sociales y naturales, lo cual se constituye en un estímulo para cambiar y superar las propias maneras de vivir. Salvo excepciones puntuales, en Latinoamérica está en marcha un vigoroso proceso de construcción de una infraestructura mediática, que más temprano que tarde podría deslastrarse de sus perversiones actuales y ponerse al servicio de la edificación de un subcontinente del que podamos cada día más enorgullecernos sin ambages.
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Los nuevos conocimientos sobre el genoma humano, que ponen de relieve que todos los Homo sapiens descendemos de un tronco común de una Eva y un Adán africanos y que hace apenas 60.000 años todos nuestros antepasados vivían en ese continente, desde donde comenzaron a dispersarse hacia los demás, le van a hacer harto más difícil la tarea a los futuros candidatos a Führer de convencer a sus adeptos de la superioridad racial o étnica de cualquier subgrupo humano, y tenderán a funcionar crecientemente como un antídoto ante cualquier racismo. Todo indica que cuando se termine de estudiar nuestra muy diversa composición genética, los latinoamericanos no sólo vamos a resultar parientes cercanos de todos los pueblos del mundo sino que la inmensa mayoría de nosotros va a terminar albergando a todos los pueblos del mundo dentro de sí.
Y, last but not least, si todo lo anterior no fuese suficiente para ejercer una fuerte presión hacia el cambio positivo en nuestra humanidad, nuestra civilizacón occidental y nuestra América Latina, entonces allí está encima ya el cambio climático, con su calentamiento global y sus amargas y conocidas prescripciones meteorológicas, climatológicas y geográficas, para recordarnos que o cambiamos nuestros modos de vida o nos los van a cambiar a juro. Las tormentas, huracanes, deslaves, maremotos, tsunamis, inundaciones, sequías, extinción de especies, hambrunas y tantas otras sutiles insinuaciones de la naturaleza se encargarán de hacernos entender todas las necesidades de cambio que nos empeñemos en desatender con nuestra estrechez de miras. Por supuesto que muchos habrá que antes pensarán en mudarse de planeta a ver si así logran exportar nuestros desastres ecológicos a otros espacios siderales, pero no les será fácil conseguir los recursos para sus proyectos, o, por lo menos, tenemos que restearnos en persuadirlos de su error y abocarnos a la búsqueda de mejores soluciones. Los latinoamericanos, con nuestras privilegiadas dotaciones de ambientes naturales, bien podríamos comenzar a convertirnos en líderes mundiales de las campañas pro respeto a los equilibrios ecológicos y contra el desastramiento del planeta.
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viernes, 25 de diciembre de 2009
A manera de mensaje de optimismo y confianza en el futuro de la humanidad y de América Latina
viernes, 9 de octubre de 2009
Nuestras capacidades sustanciales energéticas
Si los seres humanos hemos comenzado nuestros procesos de adquisición de capacidades por las capacidades sustanciales personales, y la vida lo ha hecho por sus capacidades sustanciales materiales, la naturaleza emprendió sus trajines, mucho antes, por las capacidades sustanciales energéticas. La energía, como lo hemos venido destacando desde hace tiempo en el blog, es el todo y, a la vez, la nada, conocido, el hasta ahora non plus ultra comprobado, del universo. Desde el punto de vista de lo que científicamente sabemos, los seres humanos somos seres animales, los seres animales somos seres materiales, y los seres materiales somos seres energéticos, es decir, que también somos, sin duda, seres biológicos, químicos y físicos. Por supuesto que no es descartable que en el mañana se descubra que los seres energéticos son seres otra cosa, y nada de esto prohibe que alguien pueda pensar o intuir que seguramente los humanos somos también, y además, algo y mucho más que todo eso. Pero lo que no parece razonable es creer, y comportarnos, a estas alturas del partido, como si no fuésemos parte de la vida y de la naturaleza, y actuar como criaturas extranaturales que podemos disponer de los demás entes a nuestro antojo, como si la naturaleza existiese para que la desnaturalizásemos en función de nuestros caprichos. Y esto, que es precisamente lo que estamos haciendo, nos está conduciendo, y, si insistimos, nos conducirá a un seguro y mayúsculo desastre, para cuyo pronóstico cada día se requieren bolas de cristal más simples, evidentes y baratas.
Nuestro planeta, por el simple hecho de su singular afiliación al sistema solar, dispone de una capacidad energética instalada gratuita equivalente a unos 170 mil millones de millones de vatios, ó 170 petavatios, que nos dotan a todos los que aquí vivimos, humanos y no, de temperaturas aceptables de aires, aguas y tierras, servicios de circulación de fluidos diversos, insumos para la construcción de materiales orgánicos y el crecimiento de células y tejidos, regímenes naturales de calefacción, ventilación y refrescamiento, y muchos otros, los cuales satisfacen a todas las especies vivientes, excepto a una, la nuestra. Esta es la única que necesita generar, o, más precisamente, convertir, para su consumo particular, incluyendo el de sus equipos e instalaciones diversas, aproximadamente una diez milésima parte de esa cantidad, lo que en la jerga se conoce como una potencia de unos 17 teravatios, o sea, unos 17 millones de millones de vatios, aproximadamente equivalentes a que cada humano necesitase unos treinta bombillos de 100 vatios cada uno. El 85% de esta energía especial requerida por las sociedades humanas se obtiene actualmente de los combustibles fósiles petróleo, carbón y gas natural.
Dos serios problemas, sin embargo, se derivan de esta modalidad de abastecimiento energético: uno es que estos recursos no son ilimitados sino escasos, y no renovables en tanto los quemamos como combustibles, y el otro que estamos alterando drásticamente los equilibrios térmicos milenarios de la Tierra. En cuanto a lo primero, ya hemos consumido para siempre la mitad de todo el petróleo que existía en el subsuelo terrestre hace apenas poco más de un siglo, y se estima que el que queda, al ritmo de consumo actual, podría durar unos cuarenta años más; el gas natural podría alcanzar para unos sesenta años, y el carbón para algo como un siglo y medio. Para cuando se agoten ya se habrán perdido para siempre como valiosos insumos para la producción de materiales reciclables estructurales y alimentarios de las venideras generaciones.
Y por si este no fuera suficiente argumento, puesto que alguien podría decir que no quiere ocuparse de los problemas de sus nietos o bisnietos, o pensar que "lo único seguro del largo plazo es que todos estaremos muertos" (Keynes), está el otro, que ya nos está golpeando en la cara, el del calentamiento planetario inusitadamente acelerado que está en curso y amenaza con alterar drásticamente los equilibrios ecológicos y la geografía que hemos conocido. La causa principal de este calentamiento, y ya no quedan estudiosos del tema que difieran de ello, es la emisión de los gases de combustión de los combustibles fósiles, que, sólo a nivel de CO2, entre 1970 y 2004, se elevó en un 80% sobre una base anual, pasando de 21 a 38 miles de millones de toneladas métricas anuales, para un promedio en el orden de unas 6 toneladas métricas anuales por cada terrícola. Sólo diez países de ingresos altos generan más de las tres cuartas partes de las emisiones de CO2, y un sólo país, los Estados Unidos, con menos de 5% de la población mundial, genera más del 20% de las emisiones. En contraste, la tercera parte más pobre de la población mundial genera sólo el 7% de las emisiones, y las cincuenta naciones más pobres generan sólo el 1% de las mismas. Las concentraciones de CO2 en la atmósfera, que impiden la apropiada disipación del calor de las radiaciones terrestres hacia el espacio exterior, como cuando sudamos con una chaqueta impermeable encima, ya han alcanzado, estudiadas sobre todo a través de los hielos de la Antártica, su mayor nivel de toda la historia geológica examinada. Dichos niveles de anhídrido carbónico amenazan con duplicar sus concentraciones atmosféricas actuales antes de que culmine este siglo, lo cual acarrearía aumentos de las temperaturas promedio más allá de los 5°C, y quizás hasta 6°C ó más, con consecuencias devastadoras para el clima, la biodiversidad, y el funcionamiento del ciclo hidrológico, y perspectivas después de lo simplemente preocupante para la vida en general.
Mientras las naciones modernas están rondando las 20 toneladas métricas anuales de emisiones de CO2 per cápita, los latinoamericanos, en general, y los venezolanos en particular, ya andamos por el orden de la mitad de esas cifras, y simplemente no es verdad que contaminemos menos porque estamos más conscientes, pues lo estamos menos (tal vez con la excepción relativa, que sepamos, de Brasil y Costa Rica, y, en menor medida, Chile y Cuba), de la necesidad de un nuevo paradigma energético. Como ya lo asomamos, nos parece que pretender aprovechar esta difícil coyuntura energética mundial para halar la brasa hacia la sardina de una supuesta panacea socialista, ignorando el hecho de que precisamente dentro del capitalismo están emergiendo las más lúcidas y promisorias corrientes superadoras de las tendencias que nos amenazan, y que ésas están planteado, en términos prácticos, darle un profundo golpe de timón al modelo energético derrochador e irresponsable que ha prevalecido en el último par de siglos, es, por decir lo menos, y sobre todo cuando se ha sido y se sigue siendo partícipe de la orgía energética mundial, miopemente oportunista.
Paradójicamente, nosotros los humanos, supuestamente el más avanzado estadio de la vida conocida y, por tanto, de la lucha por resistir ante la muerte, preservar el orden frente al caos y ser ante la nada, precisamente nosotros, la criatura más inteligente de que tengamos noticia -no importa si algo engreída al autodenominarnos los únicos sapiens-, estamos protagonizando la más atrasada, mortuoria, desordenada, nihilista, alocada, acelerada y autodestructiva evolución verificada en este tercer patio periférico solar.
En mis días de adolescente me reí bastante con Los tiempos modernos de Chaplin; como estudiante liceísta me impresionó la frase de Schopenhauer -y la creí exagerada y hasta humorística- de que cuanto más conocía a los humanos más quería a su perro; y me fasciné de lo lindo con los atrapantes relatos de nuestro Cortázar, en donde un fama derribaba un árbol enorme para obtener una cerilla. Hoy, en las vecindades del medio siglo después, confieso que me sigo riendo con una, impresionando con la otra y fascinando con éstos, pero también que cada día me cuesta más frecuentar sus caras hilarantes, exageradas o divertidas, y paso más y más ratos estupefacto ante sus sugerencias ocultas y opuestas. Siempre me identifiqué más con Charlot que con sus victimarios, por los perros tuve un cariño que me hizo diversificar tempranamente aquél por los seres humanos, y me vi obviamente más cerca de los cronopios que de los famas, pero lo que no sabía era que los segundos fuesen capaces de llegar tan lejos en sus ambiciones y afanes destructivos.
Pero afortunadamente, cuando siento que me hundo demasiado en la desesperanza, apelo a las enseñanzas de otro gran profesor de liceo que tuve en aquellos años púberes, esta vez no en persona sino a distancia: aquel huérfano, feo, calvo, bajito, bizco y frecuentemente despreciado, pero amante de la vida, las palabras, y también de las mujeres, llamado Jean Paul Sartre. Con él aprendí a no rendirme ante ni temerle al caos, la muerte o la nada, sino a gozar de la existencia, que está hecha también de todo eso y de sus contrarios. Sólo la comprensión del caos nos puede colocar en la ruta de crear un orden superior, sólo la perspectiva de la muerte constituye suficiente aliciente para trascender, y sólo cuando entendemos que también somos la nada, es decir, energía pura, podemos escapar de cualquier determinación externa. Sólo lo indeterminable puede ser realmente libre, y sólo la libertad posibilita el verdadero compromiso. Los humanos, y en particular los latinoamericanos, no estamos condenados ni destinados a desenlace fatal alguno.
Podemos ser lo que superemos, y nuestros fines no serán otra cosa que la síntesis de todos los medios y esfuerzos que empleemos para alcanzarlos; pero, eso sí, a condición de que despertemos, transformemos nuestras capacidades, y en particular nuestras capacidades sustanciales energéticas.
Nota: En el próximo artículo, el número 50 de nuestro blog, haremos un paréntesis en el examen de nuestras capacidades sustanciales, para detenernos a examinar lo que hemos estado haciendo, consultar a nuestros lectores sobre lo que viene, y tal vez hasta celebrar un poco.
Dos serios problemas, sin embargo, se derivan de esta modalidad de abastecimiento energético: uno es que estos recursos no son ilimitados sino escasos, y no renovables en tanto los quemamos como combustibles, y el otro que estamos alterando drásticamente los equilibrios térmicos milenarios de la Tierra. En cuanto a lo primero, ya hemos consumido para siempre la mitad de todo el petróleo que existía en el subsuelo terrestre hace apenas poco más de un siglo, y se estima que el que queda, al ritmo de consumo actual, podría durar unos cuarenta años más; el gas natural podría alcanzar para unos sesenta años, y el carbón para algo como un siglo y medio. Para cuando se agoten ya se habrán perdido para siempre como valiosos insumos para la producción de materiales reciclables estructurales y alimentarios de las venideras generaciones.
Y por si este no fuera suficiente argumento, puesto que alguien podría decir que no quiere ocuparse de los problemas de sus nietos o bisnietos, o pensar que "lo único seguro del largo plazo es que todos estaremos muertos" (Keynes), está el otro, que ya nos está golpeando en la cara, el del calentamiento planetario inusitadamente acelerado que está en curso y amenaza con alterar drásticamente los equilibrios ecológicos y la geografía que hemos conocido. La causa principal de este calentamiento, y ya no quedan estudiosos del tema que difieran de ello, es la emisión de los gases de combustión de los combustibles fósiles, que, sólo a nivel de CO2, entre 1970 y 2004, se elevó en un 80% sobre una base anual, pasando de 21 a 38 miles de millones de toneladas métricas anuales, para un promedio en el orden de unas 6 toneladas métricas anuales por cada terrícola. Sólo diez países de ingresos altos generan más de las tres cuartas partes de las emisiones de CO2, y un sólo país, los Estados Unidos, con menos de 5% de la población mundial, genera más del 20% de las emisiones. En contraste, la tercera parte más pobre de la población mundial genera sólo el 7% de las emisiones, y las cincuenta naciones más pobres generan sólo el 1% de las mismas. Las concentraciones de CO2 en la atmósfera, que impiden la apropiada disipación del calor de las radiaciones terrestres hacia el espacio exterior, como cuando sudamos con una chaqueta impermeable encima, ya han alcanzado, estudiadas sobre todo a través de los hielos de la Antártica, su mayor nivel de toda la historia geológica examinada. Dichos niveles de anhídrido carbónico amenazan con duplicar sus concentraciones atmosféricas actuales antes de que culmine este siglo, lo cual acarrearía aumentos de las temperaturas promedio más allá de los 5°C, y quizás hasta 6°C ó más, con consecuencias devastadoras para el clima, la biodiversidad, y el funcionamiento del ciclo hidrológico, y perspectivas después de lo simplemente preocupante para la vida en general.
Mientras las naciones modernas están rondando las 20 toneladas métricas anuales de emisiones de CO2 per cápita, los latinoamericanos, en general, y los venezolanos en particular, ya andamos por el orden de la mitad de esas cifras, y simplemente no es verdad que contaminemos menos porque estamos más conscientes, pues lo estamos menos (tal vez con la excepción relativa, que sepamos, de Brasil y Costa Rica, y, en menor medida, Chile y Cuba), de la necesidad de un nuevo paradigma energético. Como ya lo asomamos, nos parece que pretender aprovechar esta difícil coyuntura energética mundial para halar la brasa hacia la sardina de una supuesta panacea socialista, ignorando el hecho de que precisamente dentro del capitalismo están emergiendo las más lúcidas y promisorias corrientes superadoras de las tendencias que nos amenazan, y que ésas están planteado, en términos prácticos, darle un profundo golpe de timón al modelo energético derrochador e irresponsable que ha prevalecido en el último par de siglos, es, por decir lo menos, y sobre todo cuando se ha sido y se sigue siendo partícipe de la orgía energética mundial, miopemente oportunista.Paradójicamente, nosotros los humanos, supuestamente el más avanzado estadio de la vida conocida y, por tanto, de la lucha por resistir ante la muerte, preservar el orden frente al caos y ser ante la nada, precisamente nosotros, la criatura más inteligente de que tengamos noticia -no importa si algo engreída al autodenominarnos los únicos sapiens-, estamos protagonizando la más atrasada, mortuoria, desordenada, nihilista, alocada, acelerada y autodestructiva evolución verificada en este tercer patio periférico solar.
En mis días de adolescente me reí bastante con Los tiempos modernos de Chaplin; como estudiante liceísta me impresionó la frase de Schopenhauer -y la creí exagerada y hasta humorística- de que cuanto más conocía a los humanos más quería a su perro; y me fasciné de lo lindo con los atrapantes relatos de nuestro Cortázar, en donde un fama derribaba un árbol enorme para obtener una cerilla. Hoy, en las vecindades del medio siglo después, confieso que me sigo riendo con una, impresionando con la otra y fascinando con éstos, pero también que cada día me cuesta más frecuentar sus caras hilarantes, exageradas o divertidas, y paso más y más ratos estupefacto ante sus sugerencias ocultas y opuestas. Siempre me identifiqué más con Charlot que con sus victimarios, por los perros tuve un cariño que me hizo diversificar tempranamente aquél por los seres humanos, y me vi obviamente más cerca de los cronopios que de los famas, pero lo que no sabía era que los segundos fuesen capaces de llegar tan lejos en sus ambiciones y afanes destructivos.
Pero afortunadamente, cuando siento que me hundo demasiado en la desesperanza, apelo a las enseñanzas de otro gran profesor de liceo que tuve en aquellos años púberes, esta vez no en persona sino a distancia: aquel huérfano, feo, calvo, bajito, bizco y frecuentemente despreciado, pero amante de la vida, las palabras, y también de las mujeres, llamado Jean Paul Sartre. Con él aprendí a no rendirme ante ni temerle al caos, la muerte o la nada, sino a gozar de la existencia, que está hecha también de todo eso y de sus contrarios. Sólo la comprensión del caos nos puede colocar en la ruta de crear un orden superior, sólo la perspectiva de la muerte constituye suficiente aliciente para trascender, y sólo cuando entendemos que también somos la nada, es decir, energía pura, podemos escapar de cualquier determinación externa. Sólo lo indeterminable puede ser realmente libre, y sólo la libertad posibilita el verdadero compromiso. Los humanos, y en particular los latinoamericanos, no estamos condenados ni destinados a desenlace fatal alguno.
Nota: En el próximo artículo, el número 50 de nuestro blog, haremos un paréntesis en el examen de nuestras capacidades sustanciales, para detenernos a examinar lo que hemos estado haciendo, consultar a nuestros lectores sobre lo que viene, y tal vez hasta celebrar un poco.
martes, 6 de octubre de 2009
Nuestras capacidades sustanciales materiales
Con la misma que creo que la saga humana por la transformación de sus capacidades comenzó, como creí insinuarlo en el artículo anterior, por las capacidades sustanciales personales, la del humano infinitésimo que suscribe este blog, por comprender aquélla, partió de las capacidades sustanciales materiales. En efecto, fue en Caracas por allá por 1965 cuando, en calidad de recién adolescente y recién llegado de la provincia larense, y fascinado por el ambiente creativo y comprometido del Liceo de Aplicación, punta de lanza de la experimentación educativa de la novel democracia venezolana, quedé convulsionado al comprender el exabrupto que, en cuestión de aprovechamiento de materiales, se cometía en mi país. Me enteré, ante una diapositiva inolvidable y de labios del mejor maestro formal que jamás he tenido, el Profesor Ezequiel Camacho -sí, el mismo de la foto de arriba, a la que pueden hacerle clic (como siempre) para verla mejor, en donde también está el adolescente de marras-, en Geografía Económica, de que Venezuela despilfarraba sus hidrocarburos gaseosos quemándolos al aire libre, mientras sus niños padecían hambre en circunstancias de una muy baja productividad agrícola, y cuando otros países fabricaban fertilizantes y alimentos a partir de ese mismo gas natural con que nosotros contaminábamos la atmósfera. Nunca he logrado borrar de mi mente la imagen de aquella diapositiva, en donde un niño, barrigón de tantos parásitos, figuraba al lado de un mechurrio ardiente.Como los profesores de Química, Biología, Mineralogía, Física y Matemáticas también eran excelentes y estaban comprometidos con un enfoque educativo abierto a la vida y no simplemente a los libros (pese a que los más de ellos eran autores, a la vez que profesores del Instituto Pedagógico, que estaba justo al cruzar la calle), y pese a que las materias artísticas y literarias también me encantaban, con profesoras a la altura de los otros, entonces decidí, con el
argumento de que en el futuro sería más fácil aprender sobre los demás temas por mi cuenta, estudiar Ingeniería Química para contribuir a que mi país fuese capaz de transformar sus hidrocarburos y superar tan bizarra situación. Tan afanoso estaba por aprender esta carrera que, con ayuda de un tío que tenía esta profesión y me regaló sus libros de texto en inglés, empecé a estudiar, desde el bachillerato, Ingeniería Química, y a montar, con el apoyo del Profesor de Química Evaristo Bracho, un laboratorio de investigación y desarrollo, de proporciones no precisamente infantiles, pues con más de un millar de reactivos y varios centenares de instrumentos sólo cabía en por lo menos algún baño grande de nuestra casa.Contar todo lo que ocurrió después con aquella vocación y aquel laboratorio sería tema y trama para una novela, que no pierdo la esperanza de poner en limpio, o al menos para otro blog especializadamente autobiográfico, que no sé si a alguien podría interesarle, pero por ahora apenas quiero reseñar, en pocas pinceladas, que ni la una ni el otro pudieron realizarse, y probablemente nunca puedan en lo que me reste de existencia certera. Los profesores de la universidad, con excepciones contadísimas, nunca entendieron mi interés por hacer ingeniería química al servicio de un país, y no por sacar buenas notas o por obtener un título. Al director de la DISIP (el organismo de inteligencia y represión política del Estado) de entonces, quien a través de sus soplones baratos descubrió que yo tenía el tal laboratorio y abonó a mi expediente los datos de otros estudiantes universitarios de apellido Yajure, que sí eran guerrilleros, se le metió en la cabeza la idea de que mi plan no podía ser otro que el de fabricar bombas terroristas, por lo cual se dedicó a perseguirme (con ayuda de bandas armadas estudiantiles progobierno, que atentaron varias veces, menos mal que fallidamente, contra mi vida), detenerme (dejándome en libertad sólo gracias a las nobles gestiones del decano de la Facultad, el Dr. Marcelo González Molina, a quien paradójicamente yo criticaba), y allanar mi casa cuantas veces quiso, en busca del peligroso laboratorio (al cual tuve que esconder en calidad de comodato y sin pruebas de cesión, y todavía no lo he podido recuperar, pero esa es otra historia...).
Por intentar cambiar, por medios absoluta y certificadamente pacíficos, la misión de la universidad y el enfoque de formación de profesionales fui dos veces expulsado por las autoridades universitarias de derecha, sin derecho a la legítima defensa y con el consentimiento de la izquierda establecida (a quien también le fastidiaba la idea de un movimiento de izquierda no prosoviético ni procubano). Por plantear que el partido político que ayudé decisivamente a fundar, la Causa R, impulsase un sólido programa de transformaciones educativas, culturales y económicas, a la vez que de capacitación de sus propios cuadros, fui expulsado del mismo en 1976 con el argumento de que eso no era tarea de políticos sino de académicos. Por querer impulsar un movimiento de profesionales comprometidos con la transformación de nuestras capacidades tecnológicas fui convertido en poco menos que persona no grata en el Colegio de Ingenieros de Venezuela. El Centro de Transformación Sociotecnológica, el diminuto centro de investigaciones y asesorías sin fines de lucro que financio y dirijo desde 1984, dedicado a convertir en realidad las ideas generales que se exponen en este blog, y con más de cien proyectos concretos ejecutados, ha sido tres veces, con la última en curso, severamente atropellado por organismos o empresas del Estado que desconocen sus compromisos con proyectos vitales para la transformación del país...
Todo apunta a que la vida decidió que me tocara vivir en un medio que, más allá de los saludos a la bandera, en el fondo, y con las consabidas y memorables excepciones, no cree que sea importante transformar nuestras capacidades para agregar valor a nuestros más valiosos recursos sustanciales: nuestro personal, el agua, los hidrocarburos, los minerales, nuestra biodiversidad, nuestro territorio, nuestro clima..., y satisfacer nuestras necesidades más perentorias: alimentarias, de vivienda, de vestido, de transporte, de salud, de seguridad, de estima, de actualización, de paz, de armonía. En lugar de eso, en mi país, como en una Sodoma y Gomorra entregada a la adoración del dinero fácilmente obtenido, la mayoría de los supuestos empresarios sólo quieren hacer negocios cortoplacistas a través de las importaciones o de chanchullos con el Estado, el gobierno prefiere usar las rentas derivadas de la venta de los hidrocarburos crudos para importar y repartir alimentos y conseguir votos, la oposición protesta porque sean otros y no ellos quienes dispongan de los jugosos ingresos petroleros, las universidades no pueden ocuparse de estos asuntos pues están luchando por sus presupuestos, la mayoría de profesionales tampoco tienen tiempo pues están ocupados pagando las cuotas de sus casas y sus vehículos, los delincuentes de toda laya pescan en los ríos revueltos, y la gran masa del pueblo sólo entiende que no le alcanzan los reales ni para alimentarse y trata de arreglárselas lo mejor que pueda. Venezuela tiene tantas otras cosas urgentes de que ocuparse que nunca encuentra el momento oportuno para transformarse y ser Venezuela, y se irrita cuando alguien se lo recuerda.
Y, ¡ojalá me equivoque!, pero no me extrañaría en absoluto que por publicar estos inocentes y zanahorísimos aportes que ustedes están leyendo, en algún momento, sobre todo si el número de lectores dejase de ser minúsculo, llegue a ser acusado del delito de lesa quien sabe qué cosa. Así ha ocurrido unas cuantas veces en el pasado y podría volver a ocurrir, pues el contexto externo, si bien ha tenido cambios, sobre todo en el ámbito continental, no se ha modificado lo suficientemente: cuando emprendo una tarea y nadie le pone cuidado, todo marcha aparentemente bien y me dejan tranquilo, pero basta con que comience a tener algún impacto para que muchos empiecen a rasgarse vestiduras y a lloverme calumnias, amenazas y ataques hasta por la cédula. Y no vayan a creer que es cuestión de fatalismo o pesimismo: disfruto lo que hago y siempre ha sido así, estoy convencido de que es lo mejor que puedo aportar y apuesto a dar lo más positivo, útil y relevante que sea posible para beneficio de todos mis compatriotas a distintos niveles. Lo único es que así como a los paracaidistas, a los montañistas, a los virtuosos de deportes extremos, aún con las mejores preparaciones, intenciones y precauciones, con no poca frecuencia la naturaleza se les viene encima con furor, o como a los grandes y mártires líderes, a lo Gandhi, Kennedys o Luther King, de pronto les sobrevienen cruentos ataques de seres indignados y aterrados ante el cambio, pues así a nosotros, a los líderes pequeños y practicantes de deportes moderados, también nos salen nuestras modestas y pequeñas desavenencias, a las que vemos como gajes del oficio.
Hace entre una y dos decenas de millardos de años muchas evidencias sugieren que no existían la materia ni los materiales, sino sólo partículas elementales indiferenciadas y toda la energía del universo concentrados en un raro punto. Tras una también extraña pero ya bastante bien documentada y aceptada explosión, y después de unos pocos segundos, comenzaron a formarse los primeros materiales gaseosos: el hidrógeno, todavía y con mucho el elemento más abundante del universo y hasta de nuestro propio cuerpo, y el helio. Con la expansión y enfriamiento de las partículas originales, comenzaron a formarse más y más gases y moléculas de gases y a formarse estrellas, al estilo de las que vemos hoy, sólo que algunas de ellas, las llamadas supernovas, bajo los efectos de la fuerza de gravedad, se hicieron tan grandes y se concentraron tanto, que explotaron otra vez y dieron lugar, hace unos cuatro a cinco millardos de años, a estrellas más pequeñas, como nuestro Sol, rodeadas de "bolitas" de materiales más fríos, gaseosos, líquidos y sólidos, como nuestra Tierra. En ésta, por lo menos, y con un poco de ayuda artificial, se formaron los 118 elementos químicos conocidos, desde el hidrógeno hasta el oberón; y con ellos los materiales: los homogéneos, con las sustancias simples o elementos, a grandes rasgos metálicos o no metálicos, y las sustancias compuestas; y los heterogéneos, con las mezclas y los cuerpos.
A la vuelta de uno o dos miles de millones de años más, cuando la mayoría de los átomos ya estaban resignados a disfrutar pasivamente de a lo sumo alguna que otra compañía molecular efímera, antes de retornar a la nada energética, ocurrió que a uno de ellos, una especie de átomo rebelde, el de carbono, nadie entiende exactamente cómo, le dio por volverse más activo y resistirse a la inevitable desaparición o muerte de toda materia. Este átomo singular inventó una manera de organizarse, replicarse o reproducirse, e invitó a otros átomos colaboradores y aventureros, de hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, etc., a formar moléculas enormes llamadas aminoácidos, capaces de mantener y legar sus estructuras relativamente uniformes a través de procesos de cambio, y surgió así -no se sabe bien si con algún designio o como parte de algún experimento- lo que llamamos vida.
Desde entonces esta vida no ha cejado en su empeño por organizarse más y más, y, a partir de aquel chispazo inicial, han evolucionado, organizándose en células, hechas de aquellas macromoléculas y capaces de convertir formas diversas de energía en trabajo mecánico, químico, osmótico y eléctrico sobre su entorno, para retardar su reincorporación inevitable al desorden tanto originario como destinatario, todas las formas de vida conocidas, incluyendo, hace unos pocos millones de años, las humanas, y, hace unas pocas decenas de miles de años, nuestra particular especie. De esta mucho más que epopéyica deriva biológica se han originado los llamados materiales orgánicos, que existen en dos formas principales: como tejidos integrantes de los organismos bacteriales, vegetales y animales, y como materiales fósiles derivados de la descomposición de organismos que vivieron en el pasado, principalmente carbón, petróleo y gas natural. Con el tiempo, de aquella ocurrencia de un átomo de carbono -y, repetimos, quien sabe si de alguien más- han surgido compuestos cuyo variedad conocida es varias veces mayor que la de todos los compuestos o materiales juntos que no contienen ese elemento rebelde, y cuya variedad por conocer podría alcanzar órdenes de magnitud mayores.
De lo que quedan ya pocas dudas es de que la vida es mucho más reciente que la no vida, o de que todo lo viviente tiene que acumular energía para poder realizar trabajo y existir frente a un entorno más desordenado, o de que los humanos somos los recién llegados al reino de la vida pluricelular animal. Sin embargo, por el camino que vamos, con nuestras insaciables y exponenciales ambiciones y nuestros derroches de materiales de todo género, estamos amenazando con acabar, en apenas unos miles de años, los equilibrios ecológicos que a la vida y al planeta les tomó millones de veces ese tiempo alcanzar. Se ha estimado que, por poner un mero ejemplo, sobre todo debido a la pérdida de biodiversidad en vertebrados de agua dulce, la pérdida de biodiversidad de vertebrados en general se redujo, entre 1940 y 2000, en un 40%, y son ya incalculables las especies de vegetales y animales que nunca más conoceremos debido a nuestra voracidad depredadora. Y, no conformes con tales destrozos, como ocurre que lo que resta de la energía acumulada durante millardos de años por aquellas moléculas orgánicas, con la intención inicial de realizar trabajo para resistir contra el desorden, también puede convertirse en otras formas de energía más rápida y directamente generadoras de desorden, como el calor, a nuestra sociedad contemporánea, que bien podría empeñarse en obtener energía de otras fuentes, materialmente hablando menos costosas, no se le ha ocurrido nada mejor que organizar orgiásticamente la quema de esos materiales fósiles, con una pérdida irrecuperable en términos de su potencial uso estructural o alimentario. En materia de utilización de sus capacidades sustanciales materiales, la sociedad contemporánea, sin excluir a América Latina, que es el subcontinente líder en materia de biodiversidad, y menos a Venezuela, que aquí ha sido parte de la quintaesencia del despilfarro, ha optado por prácticas que en el futuro, si de verdad se llega a él, serán recordadas como vergonzosas.
Y no nos convence el discurso de culpar al capitalismo y exonerar a las naciones y pueblos pobres, o a un supuesto inmaculado socialismo, de responsabilidades por el desastre en marcha, y por hacer lo opuesto de lo que habría que hacer. Lo que vemos es una racionalidad enfermiza e irresponsable que, en nombre de platos de lentejas, como beneficios inmediatos, está arriesgando la posibilidad de existencia del planeta entero. Si bien es cierto que las naciones modernas llevan la delantera en cuestión de derroche de materiales y de contaminación y destrucción del ambiente, nosotros los latinoamericanos, por ejemplo, no podemos lavarnos las manos como Pilatos, pues no hemos asumido con firmeza la valorización y defensa de nuestros únicos y extraordinariamente valiosos recursos naturales, y ni siquiera nos hemos empeñado con tesón en capacitar a nuestra población para hacerlo.
Los venezolanos, y no vale aquí aquello de que no sabemos lo que hacemos, pues nuestros compatriotas más lúcidos, como Pérez Alfonzo, hace tiempo nos lo advirtieron palmariamente, nos hemos sumado y seguimos sumándonos jubilosos a esta orgía planetaria del sacrificio absurdo de materiales inapreciables, en nombre del facilismo de disfrutar de una renta a costa de los materiales orgánicos fósiles. Con esta actitud, que llega al extremo de que prácticamente el Estado regala la gasolina y subasta los hidrocarburos crudos al mejor postor extranjero, amén de privarnos para siempre de recursos valiosos no renovables, hemos acentuado nuestra dependencia y diferido la búsqueda de soluciones productivas y creativas a nuestros principales problemas, hemos creado un caos transportístico en nuestras principales ciudades, hemos generado un monstruoso negocio de contrabando de combustibles hacia los países vecinos, y hemos contribuido como pocos otros países, por decir lo menos, a que se dispare la emisión de gases de combustión a la atmósfera, que ahora no hallamos como parar y amenaza con calentar el planeta al extremo de tornarlo catastrófico e inhabitable.
No podemos, entonces, dejar de asumir nuestras responsabilidades, ni tampoco dejar de darnos cuenta de que, a nivel mundial, es precisamente dentro de las naciones capitalistas donde se están engendrando las corrientes de protesta, los conocimientos, los instrumentos, la información, en suma, las capacidades requeridas, para que todos los seres humanos sensibles enfrentemos los terribles problemas ambientales que nos aquejan, y poder luego avanzar, cuando logremos respirar adecuadamente, hacia un nuevo modelo civilizatorio con oportunidades para todos. Quejarnos del capitalismo mientras vivimos a costillas de él, lo alcahueteamos e imitamos sus vicios más derrochadores y adoptamos un estilo de vida a lo viva la Pepa, en donde no nos capacitamos para
construir ni el capitalismo ni ningún otro sistema, no puede ser jamás la vía hacia la construcción de un país digno y serio, o de hacer un aporte hacia la construcción de una nueva América Latina. Eso es como que una gallina capaz de poner huevos de oro salga a cacarear y hacer el ridículo culpando a los demás por sus males, mientras en su gallinero promueve el reparto gratuito de tortillas y la venta de sancochos de gallina y pollos en brasa, a la vez que castiga sin cesar a quienes osen prepararse para la orfebrería.
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