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martes, 20 de julio de 2010

La economía venezolana (II): Una ilusión de productividad

Cuando la apreciamos en un contexto latinoamericano o mundial, la fuerza productiva de nosotros los venezolanos da la impresión de estar relativamente bien posicionada o encaminada.

En efecto, si tomamos como referencia los datos de organismos internacionales para 2006, los últimos de que disponemos basados en mediciones reales y no en estimaciones, y sobre los cuales tenemos también más información adicional para interpretarlos, la población total residente, de poco más de 27 millones de habitantes, generó un producto interno bruto de unos 178 millardos de dólares, para un ingreso per cápita de unos 6.540 dólares anuales. Cuando comparamos esta cifra con el ingreso per cápita promedio del planeta que, para ese mismo año y con unos 6.650 millones de pobladores y un producto planetario de 47,7 billones de dólares, fue de 7.450 dólares, nos vemos apenas un poco por debajo de tal media, lo cual no deja de lucir esperanzador. Y, si ajustamos los datos criollos al poder adquisitivo real local de esos dólares, en comparación con el poder adquisitivo de los dólares en los Estados Unidos, incluso quedamos un poco mejor parados, con un ingreso per cápita ajustado de 7.440 dólares, casi idéntico al ingreso nominal promedio terrestre.

Si comparamos este ingreso per cápita promedio con, por ejemplo, los niveles per cápita promedio del continente más pobre, África, cuyos niveles sólo oscilan ligeramente por arriba de los 1.000 dólares, es claro que, apartando momentáneamente a un lado la congoja que nos ocasiona la miseria de ellos, debemos reconocer que, en promedio, repetimos, no nos hallamos entre los pueblos más pobres del mundo. Cuando vemos hacia el lado asiático, con sus ingresos per cápita un poco por encima de los 3.000 dólares (ya abultados por los productivos japoneses), podemos seguir pensando en que nuestra productividad, con el estado actual de desarrollo de la técnica y la tecnología, no está del todo mal. E incluso, en el plano latinoamericano, cuyos ingresos per cápita promedio, siempre para el mismo año de referencia, estuvieron en un entorno de los 5.300 dólares, todavía tenemos motivos para sentirnos relativamente productivos, aunque no sobra acotar que, para ese mismo año, los ingresos per cápita, ajustados según su paridad relativa de poder adquisitivo, de, por ejemplo, Argentina, Chile, Brasil o México, estuvieron por el orden de los 15.000, 11.000, 8.800 ó 11.300 dólares, respectivamente.

Pero, obviamente, al compararnos con los muy altos ingresos de las economías llamadas modernas o desarrolladas, que alcanzan niveles promedio de hasta alrededor de diez veces los nuestros, en casos como los de Noruega, y de al menos cinco veces en la mayoría de los casos de Europa Occidental, Angloamérica, Oceanía o Japón, comenzamos a tomar más conciencia de nuestras limitaciones, sobre todo si aceptamos que nuestros anhelos de bienestar y de consumo nos impulsan, por ahora, a querer vivir como ellos, los modernos, incluso si descartamos las versiones más despilfarradoras y consumistas de tales estilos de vida, como podría ser la modalidad del American Way of Life, definitivamente no factible de alcanzar jamás para todos los pobladores de este globo. Pero todavía, hasta aquí, estamos lejos de tocar el meollo de nuestros problemas de productividad, e incluso convendría echarle antes un vistazo al tema del tamaño de nuestra economía en el contexto mundial.

Conviene, para comprender mejor la problemática de nuestra productividad, explorar el tamaño de la economía venezolana en términos de su Producto Interno Bruto total, y hacernos una mejor idea de quiénes somos económica, o, mejor, productivamente. En esta dimensión, si clasificamos las economías, con criterios análogos a los del boxeo, como extrapesadas, con productos por encima de los diez billones (millones de millones) de dólares, pesadas, del billón hasta los diez billones, medianas, desde los cientos de millardos hasta el billón de dólares, welter, desde las decenas hasta los cientos de millardos, ligeras, desde los millardos hasta las decenas de ellos, pluma, desde los cientos de millones hasta el millardo, y gallo, por debajo de los cientos de millones de dólares, entonces resulta que la nuestra es una de las cincuenta economías de mayor peso del planeta, dentro de un total de un poco más de doscientas, según las cuentas del Banco Mundial. Muy por debajo de la única extrapesada, la estadounidense, con más de 13 billones de dólares ella sola, y también a distancia de las otras nueve pesadas, a saber, de mayor a menor calibre, de Japón, Alemania, China, Reino Unido, Francia, Italia, Canadá, España y Brasil, pero también por encima de las casi sesenta economías welter, las más de setenta ligeras, y las poco más de treinta entre pluma y gallo. O sea, estamos en la categoría mediana, de poco más de cuarenta países, bien por debajo de las economías más robustas de esta misma talla, como las de Rusia, India, Corea del Sur, México, Australia u Holanda, todas por arriba de los 500 millardos de dólares, y también de las de Bélgica, Turquía, Suiza, Suecia, Arabia Saudita, Noruega, Polonia o Grecia, con productos más allá de los 300 millardos, o por debajo de Dinamarca, Finlandia, Irán, Sudáfrica, Argentina o Tailandia, sobre los 200 millardos, pero todavía cerca de la moda estadística de los países de este rango, con un calibre productivo semejante al de Portugal, Irlanda o los Emiratos Árabes, y aun por encima de otros dieciséis países. Cabe, no obstante, observar, que en esta categoría de países de economía mediana, hay unos cuantos, sobre todo en Europa, con poblaciones muy por debajo de la nuestra y que, además, tienen sus ingresos mucho mejor distribuidos que nosotros.

(Sólo con algunas excepciones, sobre todo entre los países árabes exportadores de petróleo, existe una tendencia prácticamente universal hacia la mejor distribución del ingreso a medida que aumenta la productividad o el ingreso per cápita. En líneas generales, los países con los más altos Índices de Desarrollo Humano, que toma en cuenta factores no estrictamente económicos, como la esperanza media de vida o el nivel de acceso a la educación, suelen ser los mismos con altos ingresos per cápita ajustados según su poder adquisitivo real. Y todo esto refuerza nuestras convicciones de que sin el desarrollo de nuestras capacidades productivas -aunque, por supuesto, no sólo con esto- será difícil alcanzar un mayor grado de justicia social).

Retomando el hilo inicial, los problemas más serios aparecen, sin embargo, cuando, por ejemplo, calculamos, a precios constantes de 1997, que es la referencia actualmente usada por nuestro Banco Central, el crecimiento de nuestra economía en los nueve años anteriores al 2006. Allí vemos que, al pasar de 41,9 millardos de bolívares fuertes, en 1997, a 51,3 millardos de bolívares fuertes en 2006, ha sido de sólo un 2,27% interanual que, al contrastarlo con un crecimiento poblacional, según nuestro último censo de 2001, que fue precisamente de 2,2%, termina por revelar un estancamiento económico real. O sea, que, bajo una apariencia de prosperidad, e incluso haciendo caso omiso de la mala distribución de nuestro ingreso, no estamos creciendo realmente, y hasta somos candidatos, dada nuestra persistente y elevada inflación, en la que llevamos ya casi treinta años, desde el llamado Viernes Negro, a ser la única economía del planeta que ha conocido una estanflación -o estancamiento ligado con inflación- prolongada. En la actualidad somos el único país de América Latina en una situación de estancamiento económico en términos reales y con una inflación persistente de dos dígitos. Nuestro déficit fiscal, desde hace casi treinta años, desde el mismo viernes aquel y con tendencia al empeoramiento, se ha mantenido en el orden de un 10% de nuestro PIB, con el consiguiente endeudamiento de la nación, tanto interna como externamente. (Este déficit sólo ha sido, desde entonces, periódicamente disimulado con las devaluaciones de nuestra moneda (que en la práctica equivalen a rebajarnos nuestro propio sueldo, como nación, en el plano internacional (cosa que descubrimos, sobre todo, cuando tenemos la oportunidad de visitar países con fuerzas productivas más robustas que la nuestra))).

Pero los verdaderos y más graves problemas comienzan, sin embargo, cuando observamos que nuestro aparentemente alto ingreso per cápita promedio está fuertemente abultado por los altos precios internacionales de uno sólo de nuestros productos, el petróleo y sus derivados, en cuya producción participa menos del 1% de nuestra fuerza de trabajo, o cuando apreciamos que el 44% de nuestra fuerza de trabajo está en el sector informal, con muy bajos niveles de productividad, al punto de que hemos estimado que alrededor de una tercera parte de nuestra fuerza de trabajo sólo genera en el orden de un 5% del PIB que hemos mencionado. Las exportaciones petroleras siguen representando cerca del 90% del total de nuestras exportaciones y constituyen la casi exclusiva fuente de divisas con las que el país importa buena parte de sus bienes manufacturados e incluso de sus alimentos.

Cuando, con una lupa más potente, la que nos permite, por ejemplo, el análisis de la matriz insumo-producto, a nivel de veinticinco actividades económicas, elaborada por nuestro Banco Central para el año de 1997, tomada como base de referencias para nuestros análisis internos comparativos, examinamos nuestra capacidad productiva, nos encontramos con que sólo dos actividades, la explotación de petróleo crudo y gas, y la refinación de petróleo, con menos de un 1% de la fuerza de trabajo ocupada, ya generaron más de la quinta parte del valor agregado total de nuestra economía, mientras que la actividad agrícola, con 10% de la fuerza de trabajo ocupada, durante ese año, generó menos del 5% de tal valor, y la de fabricación de alimentos sólo generó otro 5%. En cambio, todo el sector terciario, o de comercio y servicios, con diez actividades y fuertemente subsidiado por los ingresos petroleros estatales y por la especulación con los bienes importados, o sea, de una naturaleza fuertemente no sustentable, y con casi un 70% de la fuerza de trabajo ocupada, agregó un 44% del valor. Toda la industria manufacturera restante, también altamente dependiente de insumos y equipos importados, con nueve actividades, y con cerca del 12% de la fuerza de trabajo ocupada, agregó cerca de un 14% del valor, que, sumado a la generación de electricidad, agua y gas, y a la también altamente especulativa industria de la construcción, para un total del sector secundario en el orden de un 20% de la fuerza ocupada de trabajo, terminó por sumar un 24% del producto.

El examen de las mismas cifras del PIB, de nuevo para 2006, a precios constantes de 1997, desde el punto de vista que los economistas llaman "enfoque de la demanda", revela un semejante o más grave cuadro: el consumo final de bienes y servicios representa cerca del 80% del PIB, de los que una quinta parte es público y el resto privado, y la formación de capital, ajustada con un abultado saldo negativo de las importaciones menos las exportaciones, representa el 20% restante. El valor de las importaciones duplica el de las exportaciones y representa, por sí solo, el 40% de dicho PIB, con tendencia al agravamiento de la situación, pues ya para 2007 y 2008, cuyas cifras preliminares ya han sido dadas a conocer, las importaciones llegaron a representar casi el 50% del PIB, y sólo en 2009, con la restricción del acceso a los dólares de CADIVI, se logró que retornaran al nivel de un poco menos del 40%. En dos platos, tendemos a vivir de la capacidad productiva de otros países y a no desarrollar la propia, apoyándonos en el gasto de la renta petrolera.

Cuando examinamos nuestra realidad productiva desde el punto de vista del nivel educativo, que sólo nos da una idea aproximada del nivel de capacitación real, entonces nos encontramos con que, de acuerdo a las últimas encuestas de hogares, el 50% de la fuerza de trabajo posee un nivel educativo básico o inferior, un 26% cuenta con algún grado de educación media diversificada, un 8% con algún grado de educación técnica o corta superior, y un 16% con algún grado de educación superior. En 2006, el año que hemos examinado en detalle, en el conjunto de la fuerza de trabajo, de poco más de 12 millones de trabajadores, la proporción de la fuerza de trabajo con educación básica o inferior fue de 55%; mientras que en las actividades agrícolas fue de un 90%, en la actividad comercial fue de más de un 60%, en la de transporte de 60%, y en la construcción de 70%. El promedio educativo actual de toda la fuerza de trabajo es el de segundo año de bachillerato y, si tomamos en cuenta las proverbiales deficiencias de nuestra educación media, entonces no es difícil entender la persistencia de la tendencia hacia el orden de un 50% de la población en la economía informal, o hacia un persistente desempleo siempre superior al 10% en las últimas décadas.

Según nuestras estimaciones y estudios, y con más de un centenar de proyectos "de campo" (pero no al estilo académico, con meras encuestas y entrevistas, sino mojándonos la espalda en el empeño por transformar nuestras realidades productivas en múltiples empresas e instituciones), menos del 10% de la fuerza de trabajo posee capacidades de tipo tecnológico en sentido estricto, o sea, dispone de habilidades y destrezas para manejar modelos abstractos y optimizar soluciones a problemas; cerca de un 60% posee capacidades técnicas, aunque incipientes en su mayor parte, con habilidades para manejar información externa pero no para estandarizar o normalizar soluciones de alta calidad a los problemas; y el 30% restante sólo posee capacidades de tipo artesanal, es decir, basadas en destrezas manuales adquiridas en la propia experiencia y/o en el adiestramiento en el trabajo, pero, para efectos prácticos, sin habilidad alguna para interpretar instrucciones, manuales, planos, directorios, prácticas operativas, catálogos, etcétera. Todo esto significa que, probable y lamentablemente, no existan, en el mejorsísimo de los casos, más de dos millones de venezolanos, del total de casi veinte millones de mayores de quince años que somos, con habilidades lectoras suficientes como para captar el significado de este artículo.

Todo esto nos sugiere que la imagen de aparente país productivo, en promedio, que tenemos, es el resultado de enclavar una economía altamente productiva, repetimos, en apariencias, de tipo "europeo", en términos internacionales, debido a los altos precios de los productos petroleros, en el corazón de una economía altamente improductiva, o de estilo "africano". O, quizás todavía mucho peor, de una economía improductiva que está viviendo de la liquidación, para siempre, de un recurso del subsuelo que también le pertenece a nuestros descendientes, es decir, de una economía parasitaria de su futuro, como si desvergonzadamente los venezolanos adultos nos dedicásemos a explotar con sutileza a nuestros hijos, nietos y etcétera.

Toda la encarnizada lucha política que atestiguamos en el presente es en buena medida una pugna entre sectores sociales estructuralmente excluidos y ahora apoyados por el gobierno, versus sectores sociales privilegiados y acostumbrados a ser ellos los beneficiarios de tal renta petrolera, a la par que apoyados por los tradicionales o levemente remozados partidos del estatus. Es decir, una disputa por acceder a una riqueza que, en definitiva, no es el resultado de nuestro trabajo y nuestra productividad reales sino de circunstancias internacionales ajenas a nosotros que determinan el precio del petróleo. Una lucha ciega que sólo podrá superarse cuando en el país se recupere, bajo el liderazgo y el despertar de los sectores más capacitados, el sentido perdido de la productividad real basada en el trabajo, pues esta será la única vía hacia la generación de una riqueza sustentable, con opciones de una mejor distribución y un mayor grado de justicia social.


viernes, 16 de julio de 2010

La economía venezolana (I): Un campamento minero decadente y disfrazado

Quinientos años de existencia, doscientos de independencia, cien de abundancia petrolera y cincuenta de apariencia democrática no han sido suficientes para que los venezolanos construyamos una verdadera nación.

Las cosas han ocurrido como si de la gestación originaria, de una simiente europea y un vientre indígena, con el posterior implante afrodescendiente, no hubiese evolucionado un solo y homogéneo organismo, como cabría esperar, sino otro con al menos una triple diferenciación genética. Como si la porción híbrida de sus tejidos hubiese crecido acompañada de tejidos descendientes ora del progenitor u ora de la madre solamente, para dar lugar a un engendro tricotómico. Todos los conflictos de la sociedad venezolana, como versiones extremas de aquellos de la sociedad latinoamericana en su conjunto, parecieran derivarse de esta anomalía. Y de nada han valido las explícitas y nada ambiguas prescripciones de nuestro Simón Bolívar, la al parecer única célula a la que todos reconocemos -pese a su obvio pedigree caucásico- como antecesora, en el sentido de que asumamos la identidad híbrida, ni indígena ni europea sino producto de la fusión entre ambas, como la más genuinamente nacional. De la boca hacia afuera lo admitimos, pero rápidamente unos pasan a sentirse, con sus epidermis melanínicamente menos densas, como miembros de una estirpe superior, otros, opuestamente más teñidos, siguen reaccionando como si los cara-pálidas fuesen intrusos, y los más, los ni claros ni oscuros, tendemos a ser testigos grises de las pugnas entre los tonos extremos.

Cualquier libro elemental de historia debería servir para corroborar estos asertos, valga decir para demostrar que las actuales posturas oposicionistas radicales son directa o indirectamente herederas de las facciones promonárquicas, oligárquicas o elitescas del pasado, mientras que el fundamentalismo oficialista es un derivado de las luchas reactivas de los caribes y sus caciques, o del Negro Miguel y los suyos, contra el dominador exógeno, y así hasta llegar al paradójico residuo de los ninís -tanto de piel como de corazón, mente o sueños-, que conformamos nada menos que la inmensa mayoría de la población pero que por lo visto no hemos aprendido a hacer un papel distinto al de espectadores pasivos de las rivalidades antagónicas.

Y nos sale insistir, so pena de repetitivos, en que el mal supremo de nuestra sociedad no es la ya gravísima tricotomía de sus tejidos, sino la cuidado si congénita ilusión de creer que puede haber soluciones al margen de su integración, es decir, que por un mágico procedimiento podríamos llegar a arrancarnos bien los genes paternos o bien los maternos. Y, asimismo, argumentaremos, cual los alumnos que alguna vez fuimos de aquel malcomprendido pero siempre conceptualmente poderoso Carlos, que es en la estructura o base económica donde hay que comenzar a buscar el quid contentivo de las claves para algún día desenmarañar todo este embrollo, pues seguimos convencidos de que es allí, y no en el clima, la latitud, las inspiraciones humanas o divinas, la filosofía o la genética, donde, estadística y no determinísticamente hablando, se han originado nuestras principales aberraciones sociales.

Quinientos y etcétera años después, el modo de producción dominante en el decil de mayores ingresos de nuestra población sigue estando dos grados u oleadas históricas delante del tercil de menores recursos. Si los conquistadores de antaño arribaron a estas tierras con capacidades predominantemente técnico-feudales y se toparon con pueblos agrícolas y socialmente indiferenciados, los criollos posteriores establecieron un mercantilismo apoyado en el esclavismo de la población más autóctona o importada, y este sistema, a su turno y desde hace unas pocas décadas, ha comenzado a transformarse en un capitalismo incipiente y fuertemente apoyado en un sustrato marginalizado. Estructuralmente hablando, las capacidades productivas de este último sector han terminado por ser análogas a las incipientes capacidades técnicas de aquellos conquistadores, diferenciadas todavía de cualquier mercantilismo y aún más rezagadas en relación a todo lo que merezca llamarse capitalismo.

La economía mercantilista de Estado dominante, en donde estimamos que labora un 60% de la población activa, genera alrededor de un 55% del valor agregado o Producto Interno Bruto; no más de un 10% de la población productora, inserta en un verdadero régimen capitalista, que incluye en su núcleo a los sectores de extracción petrolera, refinación y petroquímica, más un puñado de empresas propiamente modernas, genera digamos que un 40% de la riqueza real nacional; mientras que el 30% restante de la fuerza de trabajo, la de capacidades más rezagadas y que no ha podido insertarse en el mercantilismo subsidiado por la renta petrolera, agrega sólo un 5% del valor productivo.

Frente a las advertencias de un desfile de economistas visionarios, desde Alberto Adriani hasta Maza Zavala, y ejecutando los más burdos guiones de la "enfermedad holandesa", hemos mantenido asfixiados los sectores industrial y agrícola de la economía, para estimular el crecimiento desbordado de un sector servicios dependiente de la economía minera y las importaciones, con lo cual nuestro funcionamiento económico se asemeja -fue con nuestro apreciado Orlando Araujo que conocimos esta metáfora a comienzos de los setenta-, en su estructura esencial, a la de un campamento minero. Nuestra población trabajadora en el sector de la economía informal, que abarca un 44% de la población económicamente activa, es antes que nada el resultado de la creciente incapacidad del régimen económico mercantilista dominante para generar puestos de trabajo realmente productivos.

Las dos principales políticas económicas impulsadas en los últimos cincuenta años han querido, una, delegar en las inversiones extranjeras o estatales la responsabilidad de dinamizar el capitalismo local, con el oneroso costo social de dejar excluido de todo progreso social a más de una tercera parte de la población, mientras que la política en boga pretende hacer del reparto de la riqueza petrolera a los más pobres el motor de la transformación. El resultado neto, sin que en ningún momento hayamos priorizado la generación de empleos productivos y el apoyo a la iniciativa de verdaderos empresarios, ha sido la consolidación de un mercantilismo que sólo sobrevive gracias a su parasitismo respecto del sector capitalista petrolero. Ambas posturas coinciden en llamar capitalista a un sector de la economía que, lejos de apoyarse en la ciencia o la tecnología, la optimización de los procesos productivos, la capacitación y profesionalización continua de los trabajadores o la generación de retornos a largo plazo, subsiste gracias a la especulación, el inmediatismo y la obtención de ganancias fáciles, cuando no a través de la corrupción rampante.

Ni el grueso de las empresas afiliadas a Fedecámaras, ni los sectores a los que el gobierno suele atacar como capitalismo salvaje califican dentro de la clase de empresas que en la terminología internacional merecen llamarse capitalistas propiamente dichas. En un listado reciente de las quinientas empresas más agregadoras de valor de América Latina, elaborado por la revista Poder y Negocios (Abril 2010), por citar sólo un ejemplo a la mano, 223 de éstas son brasileñas, incluyendo a Petrobrás, la mayor de todas; 89 son mexicanas, 81 chilenas, 44 peruanas, 36 argentinas, 18 colombianas, y sólo 8 venezolanas (de las que 5: PDVSA, CANTV, Pequivén, La Electricidad de Caracas y Venalum son estatales, y sólo 3 privadas: Polar, Movistar y Sivensa). Con cerca de seis, cuatro veces, y un poco más de la mitad de nuestra población, Brasil, México y Chile, poseen, respectivamente, cerca de treinta, once y diez veces nuestro número de grandes empresas capitalistas propiamente dichas. No tenemos a la vista las cifras de pequeñas y medianas empresas modernas, pero estamos seguros de que los resultados diferirían incluso en mayor grado que los de las grandes empresas, pues, por donde quiera que la vemos, a la economía venezolana la encontramos decadente y disfrazada de modernidad, incluso ya en relación a los estándares de otras naciones latinoamericanas. Continuaremos en la próxima entrega.

martes, 13 de julio de 2010

La contrastada sociedad venezolana


Arquitecturas, economías, culturas, creencias, lenguajes, territorios, educaciones, orígenes sociales, razas..., maneras de vestir, de hablar, de comer, de comunicarse, de trabajar, de creer, de transportarse...: desde la ventana, ángulo o perspectiva que la observemos, la venezolana es una sociedad de contrastes, de tonos blancos o negros y asimetrías extremos. Su enfermedad, sin embargo, no consiste en el mero contraste y ni siquiera en sus disonancias, sino en la empedernida ilusión de creer que puede alcanzarse la armonía a través de la viveza, el engaño, el maquillaje, la pantalla, la evasión, las importaciones, las fachadas, la descalificación, el peloteo... o cualquier otro mecanismo imaginable que no implique el trabajo sostenido y creativo. La extrema polarización política actual es expresión, y nunca la causa, de estos agudos desequilibrios y también de esta incurable enfermedad. Lo extraño sería que una sociedad así tuviese un sistema político legítimamente democrático y equilibrado.

Dos grandes propuestas están enfrentadas en torno a qué hacer ante esta situación, una postula el retorno a la supuesta armonía perdida, al falso orden que imperó en las últimas cuatro décadas del siglo XX, en donde una creciente población excluida coexistía con los sectores establecidos, y ambos, mayoritariamente, votaban por partidos poco interesados en cambiar estructuralmente el statu quo y con intereses propios que les permitían medrar de la situación. La otra propuesta, la del gobierno actual, intenta invertir el orden anterior, pretende "sincerar" la existencia de antagonismos y asimetrías, y crear un Estado, según el modelo cubano, de los pobres y excluidos representados por una nueva burocracia autocrática, cuyo ideal sería, como en el cantar republicano de la Guerra Civil española, "... que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan, y los ricos mierda mierda...", o sea, que "los ricos", o, mejor, los no pobres, acabaran viviendo en ranchos o se terminaran de ir del país.

La propuesta nacional de este blog, resumida en los tres extensos artículos anteriores, y seguramente compartida por otras corrientes pero en cuyo nombre no podemos hablar, es la de aceptar la incurabilidad de la criatura enferma y apostar a un proceso de transformación que se apoye en, organice y potencie los tejidos sociales sanos, es decir no ilusionados ni adictos a la renta petrolera, como vía hacia la construcción de una Venezuela moderna, con perspectivas de evolución hacia una sociedad con un alto grado de justicia social en el largo plazo. No creemos ni en el mejor de los volteos de la misma tortilla, sino que apostamos a la preparación de una nueva y mucho mayor que alcance para todos.

Desde sus orígenes, hace quinientos años, hasta la fecha, la historia de Venezuela es la de sus ilusiones, con, obviamente a nuestro juicio, sólo dos breves excepciones, el período independentista, aproximadamente entre 1810 y 1830, y el postcaudillista o postgomecista, poco más o menos entre 1936 y 1958. Sólo durante estos dos lapsos, que lejos de ser apacibles fueron de luchas encarnizadas entre la inmensa mayoría del pueblo y las élites representantes del orden decadente, encontramos verdaderos esfuerzos transformadores encaminados a una reestructuración y redención profunda de toda la nación, o sea, genuinos proyectos nacionales, compartidos por los líderes políticos e intelectuales y por el grueso de la base del pueblo.

No obstante, ninguno de estos esfuerzos, en buena medida debido al desgaste que implicó batirse contra estructuras de dominación arraigadas por siglos, y sin desconocer sus logros: la
indepen- dencia política, en un caso, y cierta democrati- zación, soberanía en el control de los recursos nacionales y creación de oportunidades de movilidad social, en el otro, pudo alcanzar la irreversibilidad de los cambios impulsados.

La resultante neta de estos procesos ha sido la perpetuación de buena parte de aquellas estructuras de dominación, con sus correspondientes incongruencias sociales, sumadas a nuevas formas de dependencia, hasta conformar un sistema complejo de aparente modernidad en el consumo y algunas fachadas políticas y culturales, pero honda y esencialmente rezagado y premoderno en las capacidades productivas, participativas y creativas reales. Sólo el oxígeno de la renta petrolera ha permitido la sobrevivencia de este esperpento social, cuya superación, como hemos adelantado, sólo será posible con el liderazgo de los sectores emergentes más educados y socialmente más responsables.

En los artículos que siguen, que constituirán un desarrollo de las tesis centrales ya expuestas, exploraremos con más detalle, primero, la crisis de la sociedad venezolana en sus dimensiones económica, cultural, educativa, mediática, territorial y política, y, luego, las posibilidades de superación de esta crisis, de acuerdo al guión para la acción que ya presentamos en el artículo anterior.

viernes, 12 de marzo de 2010

¿Qué hacer en pro de nuestra libertad alimentaria?

Teníamos, como lo anunciamos hace ya varios artículos, la intención de cerrar el ciclo del análisis de nuestras necesidades y libertades, primero, para luego redondear algunos aspectos conceptuales acerca de nuestros sistemas y nuestras historias de vida, y entonces comenzar a abordar asuntos relacionados con el qué y cómo hacer para impulsar la transformación de nuestras sociedades latinoamericanas. No obstante, un poco desconsolados y descontrolados por la extensión desproporcionada de los últimos artículos, tomando en cuenta que se está alargando la serie sobre necesidades y libertades, y, sobre todo, en atención a las exigencias de ciertos lectores impacientes, que de una u otra manera nos reclaman un mayor énfasis en aspectos prácticos, se nos ha ocurrido que quizás sea conveniente comenzar aunque sea a asomar la onda de los muchos artículos que vendrán en torno a la problemática del qué hacer y cómo impulsar los movimientos necesarios en pro de nuestra transformación. (Pues siempre hemos dicho que el énfasis en lo conceptual que, hasta la fecha, ha tenido el blog, no implica ninguna vocación meramente interpretativa sino un afán por direccionar acertadamente nuestras prácticas, diferenciándonos tanto del pragmatismo como del academicismo tan al uso en nuestra región).

Es así que, a manera de conclusión de la serie sobre nuestras necesidades y libertades alimentarias, ofrecemos aquí una síntesis de ciertos elementos que, a nuestro entender, podrían ser útiles para impulsar la construcción de movimientos en torno a este vital desafío de nuestras naciones.

En el esquema anterior presentamos los elementos fundamentales que habría que conjugar o sinergizar a la hora de impulsar movimientos y procesos transformadores, desde la esfera alimentaria, en aras de un cambio profundo de nuestros sistemas sociales. Sin la conquista de nuestra libertad alimentaria, es decir, sin la derrota de nuestras hambres seculares, todo lo que hagamos en pro del cambio social será como construir gigantes con pequeños pies de barro, y jamás podremos conocer nada que se parezca a una seguridad o una armonía social mientras una gruesa porción de nuestra población padezca, o se mantenga al borde, de una desnutrición general o específica. Como deberían notar los lectores más aprovechados del blog, los vértices del pentágono se corresponden con las principales capacidades estructurales que discutimos durante los meses de julio y agosto pasados, y la lechosa es la misma que dijimos, al comienzo de la serie sobre necesidades alimentarias, que emplearíamos para facilitar la memorización de las ideas expuestas.

En materia cultural, quizás, por intangible y ubicua, la esfera más difícil de cambiar, resaltamos la importancia del rescate de nuestra identidad alimentaria, es decir, de nuestras respuestas fundamentales en torno a la pregunta: ¿Qué significa alimentarnos bien en América Latina?, la cual es una cuota de la respuesta a la pregunta mucho más amplia de quiénes somos los latinoamericanos. Sin una idea clara y sólidamente fundamentada en nuestra autocomprensión histórica y social acerca de qué buscamos en materia alimentaria, será difícil, cuando no imposible, poner en tensión nuestros esfuerzos en pro del cambio para superar nuestros sistemas de vida actuales. Esto no significa que creamos que el cambio cultural alimentario puede lograrse con gestos por arriba o con mera propaganda mediática, pues, por el contrario, lo vemos no sólo como agente detonador sino también como el resultado de luchas políticas, esfuerzos productivos, reordenamientos territoriales y adquisición de conocimientos a través de la investigación y la educación. La cultura es la representación de nuestra identidad que nos hacemos en un ámbito y en un período dados, la guía inconsciente de nuestras acciones que nos sirve para soñar y decidir si lo que estamos haciendo está bien hecho o no, y que a la vez se conforma en nuestra prácticas satisfactorias del pasado.

Otra vez Brasil es la nación latinoamericana que creemos tiene una cultura alimentaria más sólida, tanto que, al estilo de una Francia cualquiera, muchas transnacionales de refrescos y comida rápida han tenido que modificar sus políticas alimentarias globales para adaptarse a las exigencias brasileñas. Hasta donde la conocemos, la dieta brasileña es la más rica en frutas y vegetales, y por tanto en fibras, vitaminas y minerales, de toda América Latina y, aunque todavía falta mucho por andar, vemos a esta nación, sobre todo al calor del exitoso Programa Hambre Cero del Presidente Lula, sistémica y sustentablemente encaminada hacia la erradicación de su hambre crónica y la conquista de su libertad alimentaria. El costo de los alimentos calóricos y proteicos, afincado en suficientes capacidades productivas y distributivas de cereales, yuca, lácteos y carnes, es el más bajo y accesible, relativamente hablando, que hemos conocido en la región. Ninguna otra nación latinoamericana, y no por casualidad desde los días de Josué de Castro, ha sido tan coherente y persistente en la lucha por su libertad alimentaria.

La capacidad productiva alimentaria, incluyendo aquí las capacidades de distribución, venta y consumo efectivo por la población, es una condición sine qua non para la conquista de cualquier libertad o seguridad en este campo. Los latinoamericanos no podremos avanzar con nuestras necesarias transformaciones mientras una gruesa porción de los nuestros se mantenga en, o al borde de, una situación de desnutrición. Mientras el hambre, ya sea en su versión general o proteicocalórica, o en sus versiones específicas de déficit de fibras, vitaminas y minerales, nos ronde, la conquista real de cualquier otra libertad será una quimera. Para efectos prácticos, con la relativa excepción, ya mencionada en un artículo anterior, de Costa Rica, Brasil, Argentina, Chile y Uruguay, en nuestra región se ha pretendido subestimar los desafíos agrícolas y construir nuestras economías bien en torno a las actividades extractivas o bien alrededor del sector servicios, con lo cual no sólo se ha creado una dependencia alimentaria en la mayoría de los casos, sino que se ha dificultado el impulso a una industrialización sobre bases firmes. Y no sólo tenemos una importante deuda histórica en materia agroalimentaria, sino que, en el contexto de una improductividad generalizada, la especulación mercantilista tiene aquí uno de sus bastiones, con toda clase de roscas y mafias encareciendo los productos del agro y haciendo de los verdaderos productores de alimentos, al buen estilo medieval, una masa de siervos de la gleba.

El reordenamiento territorial es otra de las tareas más difíciles en la búsqueda de una libertad alimentaria, pues históricamente los valles y regiones más fértiles del subcontinente, que en la era prehispánica se dedicaron esencialmente a la producción diversificada de alimentos, han venido siendo dedicados a monocultivos intensivos destinados bien a atender las necesidades de azúcar de las naciones de altos ingresos o bien a rubros que, como el café, el cacao o el tabaco, cuando no la marihuana o la cocaína ilegales, satisfacen más las necesidades de alcaloides estimulantes en otras latitudes que las de verdaderos nutrientes. Claro que no estamos abogando por la fantasía imposible de devolver las tierras a sus verdaderos dueños indígenas, pero sí por una reforma agraria profunda, con participación de técnicos, profesionales y productores de todos los tipos y niveles, que coloque a nuestros escasos territorios con genuina vocación agrícola al servicio de la edificación sustentable de nuestras naciones y no de los vaivenes de precios de mercados mundiales especulativos. Los Estados tienen aquí una prueba de fuego de su inteligencia y su capacidad para superar conflictos, pues si bien es verdad que las clases oligárquicas han hecho de la tenencia irracional de la tierra una de sus consignas centrales, también lo es que la demagogia antilatifundista y anticapitalista ha dado hasta ahora muy pocos resultados. El problema central no es la propiedad de la tierra sino su uso productivo y sustentable.

Sin conocimientos relevantes, generados a través de actividades de investigación y verdaderamente educativas, acerca de los nutrientes y requerimientos de la población y en torno a las características de los suelos y de los sistemas de cultivo, con énfasis en las condiciones de fertilización, no será tampoco posible conquistar nuestra libertad alimentaria. No podemos ocultar el hecho de que tres, Argentina, Chile y Uruguay, de los cinco países que hemos mencionado con relativa autosuficiencia alimentaria, son en realidad países templados y con estaciones invertidas respecto del norte desarrollado, por lo cual, sin desdecir de sus méritos, han podido emplear tecnologías, atraer inversiones y acceder a mercados estacionales de los mismos productos agrícolas de esas otras latitudes. Tan acentuada es nuestra dependencia en esta esfera que buena parte de las semillas certificadas de nuestros principales cultivos tropicales son producidas en las áreas cercanas al trópico de los países templados, tipo estado de Florida de los Estados Unidos. Estos esfuerzos de investigación y educación son indispensables para orientar y potenciar cualquier transformación sustentable de nuestros países.

La buena alimentación es un planteamiento casi ausente en la publicidad que difunden nuestros medios de comunicación, incluyendo aquí a los de instrucción. Puesto que son los alimentos de marca, los más tecnologizados, los menos perecederos, los de sabores más exóticos y, por regla general los menos nutritivos, los que pueden costear los elevados costos publicitarios, existe una distorsión en la que los refrescos, bebidas artificiales, golosinas, galletas, frituras y afines reciben una promoción desproporcionada, mientras que a las frutas y los vegetales y cereales más nutritivos no hay quien los defienda. Las cantinas escolares suelen ser verdaderas ferias de promoción de la desnutrición infantil, que a menudo contradicen las limitadas coberturas de los comedores escolares y la ya poca información alimentaria coherente y actualizada que se difunden en las aulas. Tan distorsionados son los mensajes que se difunden en esta esfera que las clases de menores ingresos viven suspirando por los alimentos de escaso valor nutritivo que exaltan la televisión, la prensa y las vallas urbanas.

Y, por último, pero quizás lo más decisivo, la satisfacción de nuestras necesidades alimentarias y la conquista de la libertad correspondiente requiere de la conjugación de múltiples esfuerzos políticos, en su sentido más amplio, impulsados tanto desde las más diversas instituciones como movimientos. Las instituciones de hoy, como tendremos ocasión de examinarlo con mayor rigor más adelante en el blog, son la cristalización de movimientos de ayer, mientras que los movimientos de hoy contienen el germen de las instituciones de mañana. Mientras que las sociedades de tipo antiguo sólo conocen episódicos movimientos de masas, movidos bajo el liderazgo de líderes carismáticos o bendecidos divinamente, las sociedades medias reclaman movimientos orientados por programas y dispuestos a negociar -al estilo de los sindicatos- reivindicaciones mediante contratos colectivos, leyes y reglamentos y afines. No obstante, la edificación de sociedades propiamente modernas requiere de movimientos científicos, profesionales, intelectuales, gerenciales, empresariales y políticos, en síntesis, de movimientos organizados en torno al manejo inteligente de conocimientos, sin los cuales no es posible convencer a la sociedad de las bondades de los cambios profundos requeridos.

Nuestra Latinoamérica está reclamando un inmenso esfuerzo organizativo y divulgativo de movimientos profesionales que, por ejemplo, en el caso de la problemática alimentaria, incorporen a nutricionistas, médicos, odontólogos, farmaceutas, agrónomos, veterinarios, bioquímicos, químicos, biólogos, economistas, sociólogos, antropólogos, administradores, ingenieros diversos, chefs, cocineros, gastrónomos, y miembros de prácticamente todas las disciplinas, a actividades de conquista de reivindicaciones cualitativas profundas en materia alimentaria. Sin esta base movimiental, nuestras a menudo esclerosadas instituciones y nuestros estados burocráticos seguirán dando tumbos y proponiendo menudencias en función de los votos de los próximos comicios. Una de las aspiraciones de Transformanueca es aportar un granito de arena a la construcción de estos movimientos inteligentes en América Latina: buena parte de lo que hemos hecho hasta ahora es establecer las bases para hacer cada vez más contribuciones relevantes a la construcción de estos movimientos capaces de prefigurar las instituciones del futuro.

viernes, 29 de enero de 2010

Nuestras necesidades y libertades alimentarias

Si las identidades eran una suerte de capacidades permanentes o innatas, que nos caracterizan como especie viviente, y si las capacidades son susceptibles de adquirirse, acumularse o desarrollarse con el tiempo y a través de procesos evolutivos o de maduración, a las necesidades las entenderemos como estados transitorios que se originan a partir de cambios o exigencias de nuestro entorno, con cuya satisfacción efímera alcanzamos las libertades. Mientras que las identidades y capacidades se poseen, las necesidades sólo se satisfacen transitoriamente para dar lugar a libertades que es necesario conquistar una y otra vez mediante nuevas satisfacciones de necesidades. Si fulano es una persona, entonces posee las identidades humanas, aunque, en determinadas circunstancias, pueda tenerlas inhibidas y/o distorsionadas. Ese mismo fulano puede ser, si ha adquirido las capacidades correspondientes, un individuo productivo, político, educado, informado, ambientado, culturizado, planificativo, operativo, etcétera. Pero no puedo decir, en el mismo sentido, que ese fulano es un tipo alimentado, vestido o transportado: a veces, puede ocurrir que alguien sea una persona sana durante la mayor parte de su existencia y, de repente, decirle que es un tipo sano, pero a condición de que se entienda que para conservar tal estado de salud tiene que estar en una lucha constante para librarse de las enfermedades y seguir viviendo sano.

La raíz última de las necesidades es la entropía o desorden inevitablemente creciente del universo. Algo así como una "venganza" implacable de la energía contra quienes, como la materia y, sobre todo, la vida, quieren escapar del absoluto caos o desorden originario. La vida, por el contrario, es orden, información, estructura, entropía negativa, un intento de ir, aunque sea por un cierto lapso, en contra de la corriente, o sea, la vida es libertad que se sustrae una y otra vez a la necesidad para alcanzar una identidad determinada. La vida, la libertad, sólo es posible en una lucha permanente contra la muerte, contra la necesidad, en donde no hay derechos adquiridos: la libertad se "erosiona" con su ejercicio y con la reaparición, una y otra vez, incesante, irremediablemente, de necesidades insatisfechas

De todos los esquemas contemporáneos de clasificación o taxonomización de las necesidades, no parece haber dudas de que la "pirámide" de Maslow es el más difundido, aceptado y sujeto a críticas, y encima es el más verificado o validado puesto que es la teoría estándar de los gestionadores y psicólogos de personal en gran parte del planeta. Abraham Maslow, desde su A theory of human motivation (Una teoría de la motivación humana), creó una guía de la estructura de necesidades que distingue cinco niveles, a los que llama de necesidades fisiológicas, de seguridad, de amar, de estima y de autorrealización, y que se satisfarían, de manera aproximadamente líneal, en ese orden. Una de sus tesis centrales, que compartimos, dice que estas necesidades son atendidas por nuestros organismos de manera inconsciente o al margen de sesgos culturales, y otra, que no compartimos, es que se comportan excluyentemente, a manera de prerrequisitos, unas respecto de las subsiguientes, lo que equivale a decir que las más avanzadas o de nivel más alto no se atienden hasta tanto las menos avanzadas o de nivel más bajo no estén satisfechas.

Aquí en Transformanueca tendremos el brío de tomar el enfoque de Maslow como un punto de partida para elaborar otra visión de las necesidades más coherente con todo lo que venimos exponiendo. Para empezar, y sobre todo, está la distinción, e integración a la vez, entre necesidades y libertades, como si fuesen una sístole y diástole de un mismo latir al interior de nuestras identidades, nuestro corazón o esencia humana, en donde nuestras motivaciones pueden ser interpretadas como intentos de alcanzar libertades, a partir de la satisfacción de necesidades y según nuestras capacidades, para realizar nuestras identidades. En segundo lugar, descartaremos la idea de las necesidades de amar porque no las consideramos necesidades ni libertades sino identidades, que a lo sumo requieren de ejercitación y despliegue, pero que no se satisfacen ni desgastan o agotan sino que están con nosotros todo el tiempo: consideraremos entonces absurda la expresión: "estoy satisfecho con el amor que recibo, o que ofrendo," pues equivaldría a algo así como darnos por satisfechos con el conocimiento que poseemos, o con la alegría de que gozamos. En cambio, nos parecen apropiadas expresiones del tipo "soy el amor, el conocimiento, la alegría, la esperanza... que siento". En tercer lugar, veremos la pirámide de necesidades y libertades no en el sentido mecánico, como si sólo las de más alto nivel dependiesen de las de menor nivel, sino como un todo orgánico que demanda la satisfacción de todas las necesidades y el ejercicio de todas las libertades en aras de la asunción de nuestras identidades y de acuerdo la restricción que imponen nuestras capacidades, en donde perfectamente las de más alto nivel pueden atenderse autónomamente e inclusive guiar a las otras. En cuarto lugar, vemos a las necesidades y libertades de armonía, no consideradas por Maslow, en el nivel tope de nuestra jerarquía. Y, por fin, con tales aclaratorias, las caracterizaremos, algo distintamente, del siguiente modo: necesidades y libertades de sobrevivencia, de establecimiento, de continuidad, de superación y de armonía.

Las necesidades y libertades de sobrevivencia serían fundamentalmente dos: las de alimentación y las de reproducción, vinculadas ambas al aseguramiento de nuestra existencia, frente a los avatares y cambios del entorno, una al nivel presente, dedicada a conservar nuestra homeostasis o estado estacionario dinámico, frente a un entorno cambiante, y otra, de cara al futuro, encaminada a preservar nuestra carga genética. Las de establecimiento comprenderían las de resguardo, compuestas a su vez por las de vestido y vivienda, así como las de salud, transporte y comunicación. Las de continuidad abarcarían las de seguridad, pertenencia y estima, a las que Maslow ve, junto a las de "amor", en tres clases distintas. Luego están las de superación, con dos divisiones, vistas por Maslow como una sola: las de actualización y la de autorrealización. Y, finalmente, están las de armonía, comúnmente asociadas a la paz o al sosiego verdaderos -y distintos de la ausencia de guerra o de agitación-. En lugar de profundizar ahora en cada una de estas clases de necesidades y libertades lo iremos haciendo a medida que las discutamos una a una, comenzando por las alimentarias, que las abordaremos aquí mismo y, dado el excepcional impacto que la satisfacción o insatisfacción de esta necesidad de alimentos tiene sobre todas las demás y sobre el funcionamiento de la sociedad toda, le dedicaremos varios artículos adicionales.

La necesidad, y la libertad asociada, de alimentación es definitivamente la más básica o primaria de todas nuestras necesidades, al punto de que sin su satisfacción, aunque esto, repetimos, no implica un orden lineal, es imposible satisfacer cualquiera de las otras. A riesgo de recaer en las que para algunos quizás sean veleidades filosóficas, o científicas, para otros, diremos que la vida, que física, química y biológicamente implica la construcción de un estado más complejo, ordenado e informado de la materia, y por tanto -perdónenme, de verdad, ciertos lectores pues a veces se me sale el ingenierito químico que también llevo dentro- de entropía negativa, sería imposible si, simultáneamente, no se asociara a procesos de signo contrario, es decir, hacia estados más simples, desordenados e inciertos, de mayor entropía positiva, de manera que, en el balance, el resultado neto sea un aumento de entropía acorde con la segunda ley de la termodinámica. Un poco más cristianamente: mi organismo o cualquier otro organismo viviente conocido, que requieren la construcción y mantenimiento permanentes de complejas moléculas basadas en el átomo de carbono y en la acumulación de energía, no pueden existir si, simultáneamente, no se generan moléculas más simples de anhídrido carbónico o CO2 en procesos de combustión que liberen o disipen energía, de manera que, en la resultante, el universo termine, como a él pareciera que le gusta, un poco más desordenado, incierto y caótico que antes. O, todavía en dos platos más, la libertad de vivir y/o ser algo es absolutamente indesligable de la necesidad de morir o avanzar, aunque sea muy despacito, hacia el caos y la nada, de donde se deduce la imposibilidad de que alguna vez pueda construirse algo que, aunque sea remotamente, merezca el nombre de Reino de la Libertad. Si a alguna le parece esto triste, espero que no la agarren contra el cartero que con todo cariño, pero también realismo, les lleva el mensaje.

La alimentación, en su sentido más amplio, no es otra cosa que una especie de pacto que la vida tiene con la no vida, para, simultáneamente, captar y disipar energía para disfrute de ambas. Adicionalmente, los organismos vivientes más simples, como la mayoría de las bacterias y las plantas, tienen la capacidad para aprovechar la energía solar y construir moléculas más complejas a partir de las moléculas más simples de CO2. Los organismos más evolucionados estamos obligados a construir nuestras moléculas a partir de los compuestos orgánicos que fabrican aquéllas, por lo cual la vida animal es impensable sin su asociación con la vida vegetal y sin la presencia de agua que, junto al oxígeno, son alimentos indispensables para todas las formas conocidas animales o vegetales de vida. Los humanos, particularmente, somos la única especie viviente conocida que, lejos de tomar nuestros alimentos del entorno natural o levemente modificado, creamos complejos sistemas de producción, distribución, almacenamiento y consumo de alimentos con miras a asegurar no sólo la satisfacción de nuestras necesidades alimentarias inmediatas, sino también a mediano y a largo plazo, y maximizar así nuestra libertad o seguridad alimentaria. De aquí que no sea en absoluto casual que los problemas alimentarios suelan ser tratados de manera conjunta con los problemas agrícolas, o que la Organización de las Naciones Unidas disponga de una Organización para la Agricultura y la Alimentación (Food and Agriculture Organization, FAO).

Aunque no resulte poético para muchas, todos los organismos evolucionados estamos hechos de carbono, hidrógeno, nitrógeno,oxígeno, fósforo, azufre, cloro, sodio, potasio y calcio, y trazas de otra docena de elementos, entre los que destacan el hierro, cobalto, cobre, zinc, níquel, magnesio y yodo. A partir de estos átomos, que hace miles de millones de años la naturaleza construyó a partir de partículas subatómicas y elementales, los procesos químicos espontáneos se encargan de construir moléculas simples, luego las plantas y bacterias fabrican compuestos y, a partir de estos compuestos, carbohidratos y aminoácidos sobre todo, nosotros aprovechamos directamente algunos, los llamados esenciales, y armamos otros, los no esenciales, y, con todos estos, los péptidos, y luego las proteínas, y después las células, tejidos, órganos, aparatos y nuestro organismo todo. Para llevar a cabo esta inmensa labor constructiva requerimos del ejercicio de la libertad alimentaria correspondiente, siempre y cuando satisfagamos las necesidades que la posibilitan. En los próximos artículos examinaremos con más detalle esta problemática de los distintos tipos de nutrientes y de alimentos que necesitamos los humanos, y en particular los latinoamericanos, a fin de asegurar la más básica de todas las libertades cual es la de sobrevivencia.

Se ha estimado que en 1990 había en el mundo 840 millones de personas subnutridas, es decir, con sus necesidades alimentarias básicas calóricas insatisfechas, y la Asamblea de la Organización de Naciones Unidas acordó, en septiembre de 2000 y con más de 180 países, el compromiso de reducir esta cifra a la mitad para 2015. La FAO acaba de anunciar que para el cierre de 2009 la cifra de subnutridos alcanzaba a 1 020 millones de personas en el planeta, con lo cual, y debido a la superposición de dos crisis, una alimentaria, mayormente disparada por el aumento en los precios de los alimentos, en buena medida, a su vez, a causa de su uso para la fabricación de biocombustibles, y otra económica, derivada esencialmente de la sobreespeculación inmobiliaria en un mercado librado a sus propios caprichos en los Estados Unidos, se está en vías de no lograr la más básica y número uno de todas las metas de desarrollo del milenio. Pese a las relativamente buenas cosechas de cereales, y sobre todo de arroz, el caballito de batalla para la lucha contra la subnutrición básica o calórica, los pobres del mundo, ante las mencionadas dos crisis, han visto tanto mermar sus ingresos como encarecerse el precio de los alimentos. En el próximo artículo volveremos sobre este vital asunto con mayor profundidad.

A grosso modo, la subnutrición de los pobres desata una reacción en cadena de la que los no pobres, que acostumbramos quejarnos por la insatisfacción de nuestras necesidades de seguridad, pertenencia y estima, pareciéramos no estar conscientes. La subnutrición impacta directamente, sobre todo, la mortalidad y la morbilidad infantil; la morbilidad infantil conduce a retrasos mentales y físicos que, a su turno, provocan deserciones y desaprovechamientos escolares, que apuntan a una baja capacitación de la fuerza de trabajo; esta baja capacitación se traduce en baja productividad y bajos ingresos, que, simultáneamente, generan una oferta limitada de productos agrícolas y no agrícolas que les sirven de soporte, con el correspondiente encarecimiento, y una limitación en el poder adquisitivo para la compra de alimentos, con lo cual se genera más subnutrición, más deserción, etc. Así se alimenta el ciclo diabólico que, bajo restricciones culturales, políticas y territoriales, como mínimo, engendra la inseguridad que a nosotros los no pobres nos incomoda, pero por cuya erradicación de raíz hacemos bien poco.

Aunque nuestra América Latina solo aporta 53 millones al total de 1 020 millones de subnutridos en el mundo, que se concentran mayormente en el sur y sureste asiático y en África subsahariana, no por ello debemos considerar, ni mucho menos, que nuestras necesidades alimentarias están satisfechas. Esa cifra, que representa poco menos del 10% de nuestra población total en el orden de unos 570 millones de habitantes, encubre realidades dramáticas como la del pobre Haití, que, antes del terremoto, tenía a más de la mitad (el 58%) de su población en condiciones de subnutrición, o a los casos de Bolivia (23%), Nicaragua (21%), república Dominicana (21%), Panamá (17%), Guatemala (16%), Ecuador (13%), Perú (13%), Honduras (12%) o Venezuela (12%). Sólo Argentina, México, Brasil, Chile y, probablemente, Costa Rica, se encuentran con niveles de subnutrición calórica significativamente por debajo del 10%. Pero esto no es lo más grave, sino que para afrontar el alto costo de satisfacer sus necesidades alimentarias, muchos hogares se ven forzados a dedicar la mitad de sus ingresos o más a la adquisición de alimentos, con lo cual quedan inhabilitados para atender adecuadamente el resto de sus necesidades básicas de vestido, vivienda, salud, transporte y comunicaciones, y ni qué decir de las menos básicas y, sobre todo, de invertir en su superación real a través de la educación. Mientras nosotros, los de clase media, no entendamos los vínculos entre los problemas de necesidades de seguridad, pertenencia, estima, actualización, autorrealización y armonía, que tanto nos preocupan, por un lado, y los problemas de insatisfacción de sus necesidades básicas que afectan a la población pobre, no lograremos avanzar un palmo en la solución de ninguno de ellos.

Con la existencia, en la mayoría de nuestros países, de situaciones de desinversión en agricultura, falta de empleos productivos, latifundios improductivos, falta de capacitación de la fuerza de trabajo, intervención de mafias que encarecen artificialmente los precios de los alimentos y los insumos agrícolas, incultura alimentaria, políticas que privilegian el consumo de alimentos de bajo o ningún valor nutritivo, despilfarro de alimentos durante la distribución y consumo, políticas que alivian el problema con la importación no sustentable de alimentos, y párese de contar, se entenderá que la relativa insatisfacción de esta necesidad crea un caldo de cultivo para la proliferación de todo género de males sociales en nuestros países.

Mientras llega el momento de concentrarnos en la búsqueda de respuestas a esta vital problemática, adelantamos que abogaremos por respuestas sistémicas que, partiendo de una clara comprensión de los alcances e interconexiones del asunto alimentario con muchos otros problemas, se planteen el impulso a la educación alimentaria y agrícola de la población, a políticas coherentes y sustentables a largo plazo, estímulos a la producción y productividad agrícola, saneamiento de la ocupación territorial de las tierras cultivables, y responsabilidad de los medios de comunicación en la difusión de mensajes alimentarios. De todos estos factores, el que probablemente tenga la mejor relación entre beneficios a corto plazo y costos reducidos, como lo vienen señalando desde hace tiempo diversos organismos internacionales y el Banco Mundial, es la promoción del consumo de vegetales, sobre todo verdes y amarillos, y la erradicación del mito de la necesidad de altos consumos de proteínas, y sobre todo de origen animal, en la dieta diaria. Los requerimientos nutricionales proteicos, según las más recientes, aunque lamentablemente no publicadas, pero accesibles en Internet, recomendaciones de la FAO y la Organización Mundial de la Salud, pueden satisfacerse perfectamente, para una persona de 70 kg de peso, con apenas 50 ó 60 gr de granos leguminosos diarios y un consumo de cereales que tiende a satisfacerse con el consumo calórico normal. Para facilitar la memorización del significado y los elementos de este pentágono alimentario de educación, política, producción, territorio y medios de comunicación, al que estaremos refiriéndonos en los próximos artículos, les ofrecemos el siguiente recurso mnemotécnico.
Nota a los lectores: El día domingo 31 de enero a las 10:00 am la Redacción de Transformanueca decidió, dada la enorme importancia de esta problemática, ampliar el alcance originalmente pautado de la exposición sobre necesidades y libertades alimentarias, por lo cual seguirán tres o cuatro nuevos artículos sobre este tema. A su vez, la versión original de este artículo fue ligeramente modificada.

martes, 28 de julio de 2009

¿Cuáles son esas capacidades de las que tanto hablamos?

Iniciamos los artículos de nuestro blog con una presentación de la idea misma que nos alentaba, luego incluimos un par de entradas introductorias a nuestra temática latinoamericana, después una trilogía sobre la metodología que emplearíamos, y más adelante otro par sobre la generación del autor, hasta que comenzamos y concluimos una serie más larga sobre los orígenes, naturaleza y perspectivas de nuestra gran nación latinoamericana y sus naciones integrantes. Quisimos, entonces, entrar cuanto antes en materia, al estilo del enfoque musical de las orquestas infantiles y juveniles de Venezuela, en donde desde el vamos los aprendices entran en contacto con la interpretación de piezas, sin pasar por los áridos períodos de dominio previo de la teoría y solfeo, característicos de los enfoques tradicionales. Sin embargo, para profundizar en las tesis ya expuestas, lo que equivale a decir: para mejorar nuestras interpretaciones de las piezas temáticas que nos ocupan, es conveniente familiarizar a nuestros lectores con una serie de conceptos que hemos venido desarrollando y madurando con nuestras investigaciones, y que muy por encima hemos utilizado en los artículos precedentes. Es esto lo que haremos con esta serie de artículos un poco más conceptuales o abstractos que iniciamos hoy, pero en donde no renunciaremos a constantes ejemplos concretos e inclusive a seguir abordando las problemáticas de nuestros países, que ya hemos considerado.

Cuando de conceptos o ideas generales se trata, la mayoría de nuestros debates latinoamericanos han girado en torno a la prioridad de las finalidades de libertad o igualdad, y, en menor medida, de fraternidad -a veces reemplazada explícitamente por la idea de competitividad-, de los procesos de cambio de nuestras sociedades, con escasa atención brindada a las capacidades para impulsarlos. Bajo las consignas de apertura a los mercados e inversiones capitalistas internacionales, o de lucha por el socialismo o contra la dependencia o contra el capitalismo o contra el imperialismo, se han guiado buena parte de nuestras luchas contemporáneas, colocándose siempre el acento en los factores exógenos. Cuando, con mucho menor énfasis, se atienden los componentes endógenos de nuestros cambios, entonces sólo se subrayan sus aspectos políticos o culturales más superficiales y aparentes. Al esclerosamiento, por siglos, de nuestras maneras artesanales o escasamente tecnificadas de trabajar, al limitado grado de capacitación para el trabajo de nuestras poblaciones, a nuestros sistemas de instrucción memorísticos y titulistas, a la concentración de nuestras gentes en unas pocas grandes ciudades con gruesos cinturones de miseria y violencia, al abandono de extensas áreas de nuestros territorios, donde a menudo se concentran nuestros principales recursos hídricos, minerales y biodiversos, a nuestras culturas muchas veces cuajadas de dogmas, atavismos y prejuicios, o a nuestros mecanismos de participación política, las más de las veces centrados en el seguimiento acrítico a caudillos y demagogos, la mayor parte de nuestros pensadores, y sobre todo de nuestros hombres de acción, tanto conservadores como liberales y tanto reformistas como revolucionarios ortodoxos, le han brindado escasa atención. Los más suponen que todo empezará a cambiar como por encanto a partir de la asimilación de la cultura occidental que nos inyectará algún espíritu celestial, en la mañana verde de las inversiones extranjeras con los dólares salvadores, o desde la mágica mañana roja socialista y antiimperialista.

El resultado es que pareciéramos dar vueltas en una pesada y cíclica noria, desde el conservadurismo o liberalismo extranjerizantes a los arrestos por construir un socialismo carente de soportes productivos o educativos, y viceversa. Nuestras estructuras productivas, educativas, territoriales, culturales o de participación política siguen siendo escasamente comprendidas. Desde afuera, desde arriba y por encima parecieran ser las directrices principales de nuestros afanes de cambio, y por querer andar rápido y no poder esperar la maduración interna de nuestros procesos de transformación de capacidades terminamos paradójicamente estancados por décadas y aún siglos.

Desde la perspectiva diferente que poco a poco nos proponemos comunicar aquí, precisamente para alcanzar tales finalidades de libertad, fraternidad y satisfacción de nuestras necesidades, y también cambiar nuestras relaciones con el entorno y edificar nuevas instituciones de toda índole, enfatizaremos la transformación gradual de nuestras capacidades desde abajo hacia arriba, desde las raíces hacia la superficie y desde dentro hacia afuera, es decir, desde las esferas productiva, territorial y educativa hacia las esferas política, cultural y mediática internas, y desde todas nuestras relaciones internas hacia la redefinición de las relaciones con otras naciones. No se trata, por supuesto, de escoger disyuntivamente entre unos u otros factores o variables o ritmos de cambio, sino de colocar los acentos en el lugar apropiado, de entender que mientras no cambiemos y maduremos por dentro y en nuestros cimientos será inútil cambiar nuestras envolturas y ropajes ideológicos externos.

De todo ello resulta que la caracterización, desde múltiples puntos de vista, de nuestras capacidades será crucial para hacer comprensibles nuestros planteamientos. Lo haremos desde varias perspectivas o dimensiones fundamentales, a las que denominaremos: estructural, procesal y sustancial. Si hiciésemos una analogía con el organismo humano, diríamos que así como las capacidades estructurales de éste son las referidas a los distintos sistemas de órganos: respiratorio, circulatorio, digestivo, nervioso, etc., que lo integran, en el caso social tenemos las capacidades productivas o económicas, las participativas o políticas, las culturales o ideológicas, las territoriales o ambientales, las comunicativas o mediáticas, y las formativas o educativas. Dentro de las capacidades productivas le otorgaremos especial atención a las capacidades de trabajo, pues estas contienen algo así como el fundamento genético de las restantes capacidades de valorización, gestión, equipamiento, información y formación. También las capacidades educativas recibirán aquí un tratamiento privilegiado, por estar convencidos de que constituyen un factor de importancia difícil de sobrestimar en la transformación estratégica de América Latina.

Por capacidades procesales, que detallaremos más adelante, entenderemos aquellas referidas, análogamente a lo que ocurre con el ciclo de vida del ser humano, a la iniciación, ejecución y culminación de procesos de cambio, y por capacidades sustanciales, que también desagregaremos luego, a aquellas otras referidas a las maneras específicas de satisfacer nuestras necesidades y realizar nuestras libertades, de acuerdo a nuestros antecedentes, recursos y experiencias concretos. En las próximas entregas, esta vez -puesto que lo vemos factible- prestando más atención a las recomendaciones de amigos que nos piden ser más breves para interesar a un mayor número de lectores, nos ocuparemos de presentar y considerar estos distintos tipos de capacidades. Espero que estos artículos les parezcan tan interesantes como a mí, y si no es así, me pueden echar un grito, por ejemplo, a través de los consabidos comentarios, para ver qué resolvemos.

De repente no es ni malo repetirles que, en definitiva, todo este rollo del blog no es sino una manera de expresar mi cariño a nuestra humanidad, nuestra Latinoamérica, nuestra Venezuela y, dentro de ellas, a ustedes mis queridas lectoras y lectores, como viva expresión de por lo menos alguna de esas esferas.