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viernes, 8 de enero de 2010

¿Tiene sentido insistir en amarnos los unos a los otros?

"Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros". Artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948.
Tan, pero tan difícil es amarnos en las sociedades modernas o aspirantes a serlo, que, pese a las exhortaciones de tantos sabios y después de inspirarnos en la Declaración de los derechos del hombre, de inscribir orondamente el lema de Libertad, igualdad y fraternidad en el podio de nuestros máximos valores civilizatorios, y de ratificar estos principios en la Declaración Universal de Derechos Humanos, las cosas acontecen como si nos hiciésemos los locos y en la práctica hubiésemos reemplazado todo eso por algo así como una Declaración de los derechos del varón blanco afortunado, una consigna de Libertad, desigualdad y enemistad y una suerte de Declaración Restringida de Derechos de Minorías Privilegiadas.

A la hora de plantearnos qué hacer ante esta situación de hegemonía del desamor, fácilmente constatable en nuestras vidas cotidianas, nos encontramos con una pésima noticia: el mal no es cosa restringida ni nueva sino de muy amplia difusión y vieja data. Nuestra civilización, y también las demás civilizaciones clasistas, llevan ya milenios de prácticas dominantes de desamor y represión. Las prédicas, incesantes, eso sí, de todas estas épocas en favor del amor, sólo han logrado comprometer a individualidades o a lo sumo a minorías virtuosas. Tan aplastantemente mala es la noticia que muchos, quizás con el mismísimo Sigmund Freud a la cabeza, han llegado a creer que se trata de un mal necesario e irreversible, de un exhorbitante precio que habría que pagar por los demás beneficios que ofrece la vida civilizada. Para Freud -apartando de momento sus otros valiosos aportes analíticos y terapéuticos- la idea de una civilización no represiva es una contradicción en los términos, pues la civilización, o la cultura, es precisamente el gran mecanismo que permite someter los instintos humanos que, dejados a su arbitrio, provocarían el caos, la destrucción y la muerte de la sociedad. El que quizás todavía sea el consultor empresarial mejor pagado del planeta, Michael Porter, en el fondo sostiene que la competitividad, la pugna por aplastar al adversario económico, es la razón de ser de la empresa moderna. Los marxistas de crianza soviética siguen sosteniendo, apoyándose en un extracto del Manifiesto del partido comunista, escrito hace más de 160 años por un Marx que tenía 30, que la violencia es la partera de la historia. Y todavía otros, como Konrad Lorenz, han ido incluso mucho más allá, llegando a afirmar no sólo que no hay nada que hacer ante la pérdida de nuestra identidad amorosa, sino que en definitiva la violencia y el odio son nuestra verdadera y última identidad. Es evidente que no estamos hablando de conchas de ajo.

Pero, afortunadamente, y como refuerzo de los motivos que dimos hace algunos días para ser optimistas, también tenemos algunas bastante buenas noticias. Primera: muchos indicadores sugieren que la resaca civilizatoria de desamor, represión y violencia, sin que por supuesto haya desaparecido, llegó a un punto culminante en la mitad inicial del siglo XX, sin lugar a dudas el período de mayor generación, tanto en términos relativos o per cápita como absolutos, de testosterona, sangre, sudor, lágrimas, fuego, bombas, balas, esquirlas, ruidos, combustibles, radiaciones, temperaturas, megatones, cantidad o calidad de víctimas, o de cualquier otro indicador que podamos asociar a la destructividad o la violencia humana, o inclusive animal o vegetal, en toda la vida de este tercer planeta solar. Sólo en la Segunda Guerra Mundial perecieron más de 60 millones de personas, en su gran mayoría civiles, equivalentes al 2% de la población mundial del momento. El año 1945 debería ser recordado como el non plus ultra del desamor humano, fecha clímax de la violencia u orgasmo del demonio, y por tanto hito de un antes y un después civilizatorio. El machismo, nazismo, fascismo, falangismo, racismo, imperialismo, totalitarismo, halconismo, oscurantismo y sus compinches alcanzaron allí sus máximos exponentes históricos, y no por casualidad Hitler, Mussolini y Franco, pero también Stalin, Churchill, Truman y demás principales responsables de los desastres de ese año de la vergüenza y sus alrededores, terminaron suicidados, ejecutados, execrados o al menos duramente removidos de sus cargos por sus pueblos. Auschwitz, Dachau, Buchenwald, Treblinka y muchos otros campos nazis de concentración y exterminio, son algunos de los principales nombres propios de la infamia, pero también, y a contracorriente de la propaganda establecida, hay que añadir a Hiroshima, Nagasaki, los Gulags y los menos conocidos campos de concentración estadounidenses para japoneses: Tule Lake, Poston, Heart Mountain y otros, más el centenario y todavía oprobioso Guantánamo. Aunque todavía no tiene la fuerza que desearíamos, la ola mundial de rechazo a las ideologías inspiradoras de semejantes barbaries posee ya dimensiones suficientes como para que sea razonable pensar que lo peor de la degeneración humana ha quedado atrás y que será cada vez más difícil una reedición de tal aquelarre.

Segunda: tras la oleada de interpretaciones interesadas de los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, generadas en los años inmediatamente posteriores, han emergido toda una nueva familia de estudios y elaboraciones, expuestas a través de los más diversos géneros creativos, desde artísticos hasta científicos, que se distancian de la versión oficial de Hitler y Mussolini como los locos autocráticos y malvados versus los inocentes demócratas aliados, para poner de relieve la existencia de un extendido cáncer civilizatorio que tiene en su meollo a una racionalidad totalitaria, machista y despótica que de una u otra manera se ha colado dentro de todos nosotros, los habitantes de estas civilizaciones. Especial mención nos merecen aquí los pensadores de batería intelectual pesada de la llamada Escuela de Frankfurt, como Marcuse, Adorno, Horkheimer, Habermas, Benjamin, Fromm y otros, que sufrieron en carne propia los rigores del nazismo, y han logrado demostrar, entre otros aportes, que la racionalidad totalitaria o unidimensional está presente aun en las democracias modernas y que el marxismo soviético ha estado infestado por muchos de los flagelos de su enemigo capitalista, pero también que en las propias tesis freudianas es posible hallar premisas para refutar muchas de las fatídicas conclusiones de este analista de la psique. Muchos otros grandes pensadores, como Sartre, Lefebvre, Toynbee, Schumpeter, Jung, Lacan, Foucauld, Morin, Ribeiro, Maturana y tantos otros más, que se han dado a la tarea de elaborar interpretaciones de los males civilizatorios que van más allá de la disputa entre los malos de El Eje y los buenos Aliados, han estado brindando marcos de referencia para un pensamiento crítico y superador de la modernidad. Y, afortunadamente, el flujo de novelas, películas, obras teatrales, series televisivas, exposiciones, poesías, etc., denunciantes de la locura belicista y totalitaria, ha logrado mantener su benéfico bombardeo y no ha amainado desde los días de la posguerra.

Tercera: al calor del rechazo a los desmanes bélicos y autoritarios y con inspiración en esas elaboraciones y creaciones han surgido una amplia gama de movimientos sociales en defensa de los derechos humanos, ambientales y de las diversas minorías -y ni tanto, como es el caso de las mujeres- que han venido conquistando cada vez más logros y erosionando las bases del desamor y el totalitarismo civilizatorios. En este mismo contexto se ha venido a reconocer, por ejemplo, el rol decisivo que las mujeres han venido jugando a través de la historia, con invenciones de la talla de la agricultura, e inclusive durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler y Mussolini quisieron convertirlas en incubadoras de soldados, mientras que Roosevelt prácticamente las encargó del aparato productivo interno estadounidense, que inclinó la balanza en contra del nazismo. De la misma manera, cada día se aprecia más claramente el rol de los jóvenes de de la generación mundial del '68 para evitar una tercera guerra mundial y en contra del autoritarismo y el armamentismo de la posguerra, así como para poner fin a la Guerra de Vietnam; o de los científicos pacifistas como Einstein para evitar la hegemonía nazi y poner cotas morales a la carrera nuclear. El voto femenino es prácticamente un logro universal; nunca antes en la historia humana habían existido tantos regímenes democráticamente electos por los pueblos; y jamás se le habían puesto las papas tan duras a los dictadores, que ya no pueden quedarse tranquilos ni siquiera después de sus retiros del poder. Del mismo modo, los movimientos ambientalistas están incrementando su organización a escala mundial y mediática y comenzando a poner en jaque a los gobiernos empecinados en desconocer las amenazas climáticas y ambientales. Cada día son más frecuentes y demoledoras las críticas al actual modelo civilizatorio, aun en centros intelectuales supuestamente defensores del statu quo como Harvard, MIT, Stanford, la UCLA o nuestro Monterrey. También, por citar sólo otro caso no mencionado hasta ahora, en el mundo de los profesionales del enfoque de sistemas, que indudablemente jugaron un rol de suma importancia en aquellla contienda bélica para evitar lo peor, que era el triunfo del nazismo, y después, para evitar lo segundo peor, que era la hegemonía estalinista en la posguerra, se han elaborado enfoques críticos como los de Russell Ackoff y Stafford Beer, a los que han comenzado a sumarse latinoamericanos tales como Raúl Espejo y Fernando Flores. La cada día mayor difusión del enfoque sistémico le está complicando, afortunadamente, la vida a los enfoques deterministas o teleológicos, que invariablemente se inspiran en, o terminan planteando, la aniquilación o desprecio absoluto por los otros.

Cuarto: el ascenso del moreno Obama a la presidencia de los EUA, esencialmente apoyado en un vasto movimiento de jóvenes armados con computadores y celulares, sin el apoyo del establecimiento corporativo de esa potencia y con un mensaje crítico y nada dogmático al trasnochado belicismo machista bushiano; o los liderazgos de popularidad sustentable de Lula y Bachelet entre nosotros, también pueden ser vistos como una señal de cambio de los nuevos tiempos. Por primera vez, quizás en dos siglos, en América Latina comienzan a emerger alternativas realmente distintas tanto al seguidismo liberalista y sus variantes como a la familia ideológica de los marxismos-leninismos, basados todos en la premisa de la lucha de clases. Pese a sus contrastes, ambas familias de enfoques comparten la idea de un sujeto social parcial, por supuesto que masculino: el empresariado en un caso o el proletariado en el otro, que se alza con todo el poder y se erige en sujeto social hegemónico y representante, por decreto, de la especie humana.

La lucha, entonces, contra las raíces de la enfermedad del desamor en las civilizaciones contemporáneas, dista de estar perdida, y hay motivos para pensar que, como mínimo, a este cáncer se le acabaron sus días de crecimiento e implantación impune. Y así como tardó milenios para llegar a cohibir o someter la emociones e identidades humanas más elevadas, es posible que ahora, quizás en algunos siglos, pueda ser desterrado, puesto que sus bases ontogénicas, a nivel individual, y filogénicas, a nivel colectivo, a saber, el desprecio por las conductas y movimientos inspirados en el amor y la cooperación, de los que sobre todo las féminas son sus más fieles portadoras, están siendo socavadas. Sin esta lucha sorda, repetimos, necesariamente de muy largo plazo y en donde tendremos que armarnos con nuestras confianzas y entregas más pacientes, contra el machismo, el egoísmo y el totalitarismo infiltrados hasta en nuestros tuétanos, cualquier proyecto transformador o dizque revolucionario no pasará de ser una corrida de arruga o tratamiento cosmético de los males más hondos de nuestra civilización.

En el próximo artículo volveremos sobre este mismo punto con ideas más concretas acerca de qué hacer para contribuir a la restitución de la identidad humana civilizatoriamente pisoteada.

martes, 15 de diciembre de 2009

Nuestras identidades audaciativas

A diferencia del coraje, sinónimo del valor o la impetuosidad, y antónimo del miedo; la audacia, osadía o atrevimiento, implica una determinación o decisión consciente a asumir riesgos, y de allí que consideremos esta emoción, con sus correspondientes identidades audaciativas, como una emoción más compleja y derivada de las emociones simples del coraje y la anticipación. No es audaz quien simplemente se enfrenta a un peligro o amenaza, sino quien asume un riesgo, a sabiendas de que lo corre, y en aras de lograr un propósito. Del mismo modo que, en el sentido opuesto, cobarde no es nada más que quien siente miedo, sino quien, además, se amilana ante un riesgo que cree que no puede afrontar. No es descartable completamente que, en circunstancias muy especiales, algunos animales puedan realizar acciones audaces, pero en líneas generales podemos suponer que se trata de una emoción secundaria o avanzada casi inherentemente humana, para cuya experimentación todos los miembros de esta especie estaríamos naturalmente dotados pero no necesariamente listos.

Ahora bien, si lo dicho es consistente, y dado que hemos planteado antes que suponemos, siempre hablando de promedios y no de individualidades, que la región es relativamente fuerte en coraje pero débil en anticipación, nos toca hacernos la pregunta, análoga al caso de la emoción de la esperanza y de las identidades esperanzativas, de qué pasa con la audacia de los latinoamericanos. La respuesta trivial consistiría en repetir un argumento análogo al de las identidades esperanzativas, en donde llegamos al punto de creer que tenemos fortalezas en algo así como esperanzas blandas, es decir, esperanzas hechas de mucha alegría y comparativamente poca anticipación, pero no en las esperanzas duras o de tipo inverso. En este caso podríamos hablar de audacias lentas, para referirnos a aquellas con alta dosis de anticipación y relativamente poco coraje, y audacias rápidas para las de composición contraria, con la resultante de que estaríamos relativamente bien dotados para sentir y soportar las segundas y no tan bien predispuestos para las primeras.

Pero llegados aquí resulta que nos asaltan otras preguntas: ¿Son igualmente importantes estos dos tipos de audacia? ¿Son intercambiables? ¿Sirven para lo mismo? Y entonces ocurre que, para nuestra sorpresa y a diferencia del caso anterior de las esperanzas, tenemos la impresión de haber descubierto aquí, por primera vez en la exploración que hemos emprendido, una carencia seria en nuestras emocionalidades y, por ende, en nuestras identidades. Pues resulta que todo nos sugiere que las audacias rápidas, afines a lo que en Venezuela se llama viveza criolla, sirven para el pronto aprovechamiento de momentos o circunstancias diversas, vale decir para el logro de propósitos puntuales, de buenas o malas maneras, pero no para el logro de objetivos exigentes a largo plazo. Y, opuestamente, las audacias lentas serían necesarias para alcanzar objetivos de este último tipo y avanzar resueltamente, por ejemplo, en el camino de la transformación de nuestras capacidades.

¡Menudo lío este!: como resultado de siglos de dominación parecieran haberse adormecido nuestras identidades anticipativas; este adormecimiento nos lleva a dificultades para emocionar nuestras audacias lentas o de largo plazo, y pareciera que son estas, precisamente, las emociones requeridas para dar soporte a los esfuerzos de transformación de nuestras capacidades que nos permitirían superar esos siglos de dominación. O sea: el propio círculo vicioso en donde estaríamos atrapados. ¿Cómo salir de este enredo?

Mientras se nos prende algún bombillo de mayor vatiaje, nos conformaremos con ofrecer a nuestros lectores los tenues destellos sinápticos que hasta el momento se nos han encendido:
  • Es probable que esta situación se le haya presentado a prácticamente todos los pueblos que, como el estadounidense, el canadiense o, más lejanamente, el inglés, el francés o el propio español, hayan permanecido por siglos bajo un régimen de dominación colonial o adscritos a un imperio, por lo cual valdría la pena examinar cómo hicieron ellos para liberarse del mencionado círculo vicioso.
  • También es probable que esta dinámica viciosa sólo pueda romperse gradualmente: con la fijación y el logro de objetivos relativamente modestos al comienzo podrían reactivarse gradualmente las glándulas endocrinas capaces de segregar quizás las acetilcolinas, epinefrinas u otras neurohormonas de larga duración, y/o de inhibir las dopaminas, serotoninas y afines correspondientes, para colocarnos en condiciones de plantearnos objetivos más ambiciosos, y así reactivar poco a poco nuestra endocrinidad dormida, en concordancia con los mecanismos de desafío/respuesta tan brillantemente estudiados por Toynbee.
  • Quizás la concentración geográfica o sectorial, es decir, la demostración en áreas piloto de que el cambio es posible, con miras a convencer con hechos a otros sectores o localidades, sea otro mecanismo útil para salir de tal impasse.
  • Tal vez nos toque aprender más de los asiáticos y/o de las culturas que valorizan más la sabiduría de los mayores, de las mujeres y hasta de la naturaleza misma, quienes, por lo general y en oposición a los muchachos varones, más densos en testosteronas, tienden a ser más cautos y progresivos a la hora de impulsar esfuerzos sostenidos, pero ininterrumpidos, de cambio.
  • En cualquier caso, todo sugiere que las terapias de shock o del tipo electroconvulsivo serían contraproducentes para superar el círculo vicioso mencionado, con lo cual los estilos de liderazgo basados en el atore, la impaciencia o el forzamiento de las circunstancias objetivas quedarían contraindicados, y más todavía en condiciones en las que no se disponga de mayorías suficientes en la correlación de fuerzas.
  • Y tampoco debemos olvidar que nuestro subcontinente esta repleto de experiencias fallidas y para escoger, desde Allende '73 hasta Zelaya '09, en donde se ha querido apelar a la audacia rápida para introducir cambios sociales drásticos con base en mayorías relativas de no más de un tercio de la población electoral, y resultados harto familiares.
Otra vez la pequeña vida de nuestro diminuto blog nos conduce a cerrar un artículo bajo el signo de las dudas y de la falta de respuestas del calibre de las preguntas que nos hacemos. Pero no por ello habremos de sentirnos abatidos: confiamos en que con nuestra perseverancia, y haciendo gala de la poca audacia lenta de que disponemos, poco a poco hallaremos, y sobre todo con una mayor audacia de cualquier tipo en nuestros lectores a la hora de ayudarnos con sus comentarios a ver más claro en estos horizontes nublados, las respuestas más sólidas que requerimos. Pareciera que los latinoamericanos tenemos que aprender a jugar con el tiempo a nuestro favor y no en nuestra contra, y entender que en la puerta de acceso a la audacia lenta hay un letrero que dice: PACIENCIA.

viernes, 26 de junio de 2009

Hibridados y direccionados: el emergente liderazgo del pueblo brasileño

Pocos años después de que Colón cometiera el milagroso error que lo llevó a encontrar América cuando buscaba un camino más corto hacia la India, otro gran explorador, Pedro Álvares Cabral, cometió una segunda genial pifia que lo llevó a encontrar una porción insospechada del mismo Nuevo Mundo. En circunstancias en las que recién se había descubierto, por Vasco da Gama, en 1498, la codiciada más corta ruta marítima hacia las especias indias, bordeando el continente africano por el cabo de Buena Esperanza y en el marco de una auspiciosa revolución técnica de los medios de transporte, Álvares quiso sacar el máximo provecho de los vientos y se dejó llevar hacia el oeste cuando, de repente, se topó con la protuberante costa firme oriental americana del actual Brasil. Puesto que el hallazgo se encontró a menos de las aproximadamente 370 leguas (unos dos mil kilómetros) al oeste de las Islas de Cabo verde, el nuevo territorio le fue concedido a Portugal, con arreglo a lo pactado con España en Tordesillas (1494), y así nació la parte lusitana de nuestra América Latina.

Los conquistadores portugueses se encontraron con una población indígena organizada en aldeas agrícolas dispersas, los tupí-guaraníes, sólidamente adaptada a las condiciones selváticas, en donde los varones cazaban y pescaban, y ellas, sin desesperos y siempre pendientes de sus muchachos, habían logrado domesticar una amplia variedad de plantas como la yuca o mandioca, el maíz, los frijoles o porotos, el maní, el tabaco, la ahuyama o calabaza, la papaya o lechosa, el algodón, la yerba mate, la pimienta, el guaraná, y muchas otras, hasta asegurar la subsistencia de todos. Toda esta población, en los umbrales de la civilización, muy pronto, entre guerras, trabajos forzados y epidemias, fue clásicamente diezmada. De las indias sobrevivientes, que entre suicidarse de rabia o seguir adelante con la vida optaron por lo segundo, y los varones lusos triunfadores, nacieron poco a poco los mamelucos, comunmente identificados con los valores de sus padres, pero hondamente inmersos en el mundo doméstico-agrícola-culinario y lingüistico de sus infatigables criadoras. Con las expediciones o bandeiras hacia las selvas del oeste, en busca de oro, piedras preciosas y, sobre todo, de esclavos y del rentable palo tintóreo o palo brasil, que terminó por brindar su nombre a toda la región, los nuevos amos empujaron cada vez más hacia el oeste la frontera tordesillana, concebida para el reparto colonial de pequeñas islas y no para continentes macizos, y que supuestamente nunca debió exceder los límites aproximados del meridiano que pasa por el actual Sao Paulo. Con su técnica más avanzada, sus ambiciones mercantiles, su experiencia en esclavización de africanos, su lengua, su religión católica y su familia patriarcal, los portugueses quedaron listos para impulsar su gran invento económico: la fazenda, hacienda o plantación, primero azucarera, y luego algodonera, cafetera, cacaotera, cauchera, ganadera, etc., que ha marcado el modo de vida de toda la sociedad brasileña y, en general, latinoamericana hasta nuestros días.

A modo de tímida digresión, anotamos que más adelante, en este blog, tendremos la oportunidad de argumentar exhaustivamente nuestra tesis de que la hacienda, lejos de constituir una unidad de producción capitalista, es la más pura expresión del sistema económico mercantil y por tanto del sustrato del modo de vida premoderno que, subyacente bajo mil fachadas, sigue siendo dominante en nuestro subcontinente. La diferencia esencial entre el modo de producción capitalista y el mercantilista radica en que mientras que aquél se basa en el trabajo tecnológico y la aplicación del conocimiento científico, la experimentación para validar hipótesis, la iniciativa empresarial, el liderazgo basado en el conocimiento, la libre contratación de trabajadores profesionales y la asunción de riesgos para generar retornos a largo plazo, éste se fundamenta en el trabajo técnico y la aplicación de la lógica, la posesión de la verdad expresada en dogmas revelados, el ventajismo y el proteccionismo patronal, la autoridad basada en cargos, la utilización forzada de mano de obra cuanto menos calificada y barata mejor, y la obtención de ganancias con una visión cortoplacista. (Fin de la digresión).

A partir de la hacienda, como bien lo ha argumentado Darcy Ribeiro, se ha constituido todo el tejido fundamental de las sociedades latinoamericanas: de los hacendados blancos han brotado nuestras oligarquías y burguesías, degenerando a veces en latifundistas incapaces de hacer productivas sus inmensas propiedades; de los proveedores externos y el contacto con los exportadores extranjeros de la variada gama de maquinaria y productos manufacturados demandados por las haciendas, han evolucionado los grandes y pequeños comerciantes; en torno a los oficios de capataces, supervisores, escribientes, tenedores de libros y catequizadores han ocupado su lugar los mestizos o mamelucos y, luego, nuestras aparentes clases medias (que más bien son estamentos de empleados, candidatos a posteriores pequeños burgueses); de la peonada indígena o negra se han derivado obreros y campesinos, evolucionando a veces, a través de la figura del aparcero o trabajador que labora en la tierra ajena a cambio de pagos en especie o servicios, hacia los trabajadores por cuenta propia; y de los excluidos temporal o parcialmente del sistema, pues las zafras y cosechas de estos cultivos no requieren de una masa de personal permanente, las poblaciones marginalizadas que rodean nuestras actuales ciudades. Puesto que la hacienda ha sido un paquete productivo estandarizado y no una innovación propiamente dicha, nunca ha demandado la aplicación de nuevos conocimientos ni las visiones de largo plazo ni la asunción de riesgos, y por tanto no ha servido de caldo de cultivo para la gestación de trabajadores profesionales, gerentes y empresarios, que constituyen la médula de la verdadera clase media moderna.

Como respuesta adaptativa del molde económico de la hacienda a las distintas condiciones geográficas de quien representa, en territorio y en población, casi la mitad del área suramericana, emergieron los distintos tipos de brasileños actuales. Es decir, entre otros, los caboclos de la selva amazónica, que han adaptado la fórmula haciendística a las condiciones de suelos no aptos para la agricultura en general sino para la explotación forestal y, en menor medida, cerealera -y,más que nada, arrocera; los sertanejos del noroeste, dedicados a la ganadería en áreas sólo propicias para pastos y gramíneas y equivalentes a los llaneros de países vecinos; los criollos de la franja litoral y del noreste, con las tierras más productivas de todo Brasil y en donde se desarrolló originalmente el patrón del ingenio azucarero, con los esclavos traídos de Africa; los caipiras de Sao Paulo y Minas Gerais, que editaron la versión minera de la hacienda durante la fiebre del oro de Ouro Preto, en el siglo XVIII; los gringos de las tierras del sur, con una ganadería de mulas y ganado de labor adaptada a las praderas templadas, en donde, ya avanzado el siglo XIX, inmigrantes alemanes, italianos, polacos y otros implantaron el esquema en tierras dejadas de lado por los portugueses; y los gauchos, descendientes de blancos y guaraníes, dedicados al pastoreo tradicional de ganado, en territorios colindantes con Argentina y Uruguay.

Sobre la base de esta capacidad de adaptación agrícola, y pese a las rémoras del latifundismo y de la producción haciendística, Brasil ha logrado avanzar más que ningún otro país latinoamericano en su proceso de industrialización, que ha llegado hasta el establecimiento de una inigualada capacidad de producción de bienes de capital, sin detenerse ante aviones, automóviles, barcos o satélites, con un alto valor agregado nacional, y ha logrado la cesta más diversificada de exportaciones del subcontinente. Pese a duros retrocesos y manipulaciones en el marco de la Guerra Fría, el proceso de adquisición de capacidades productivas y de otra índole nunca se ha interrumpido, e inclusive dictadores como Getulio Vargas (1930-45 y 1951-54), con su Estado Novo, tuvieron un desempeño progresista en materia de diversificación agrícola, industrial y de las exportaciones. Su heredero político, Juscelino Kubitschek, fue mucho más allá y estableció una alianza estratégica con sectores creativos de izquierda, que le permitió avanzar mucho más por el camino de su mentor: profundizó la industrialización, la urbanización y la ocupación del territorio, fortaleció el aparato educativo, deportivo y dancístico -con las escuelas de samba-, y construyó una hermosa y nueva capital, Brasilia, en la despoblada meseta central del país. Con el sucesor en firme, Goulart, se dio inicio a un proceso de reforma agraria que muy probablemente hubiese hecho realidad el tantas veces anunciado milagro brasileño, pero esto ya fue demasiado para los oligarcas internos y sus padrinos del norte, quienes lo derrocaron e inauguraron el período más lamentable de la historia contemporánea brasileña: la noche de los gorilas (1964-85); aunque estos, sin desmedro de sus atropellos, no dejaron de darle continuidad a buena parte de las políticas económicas de sus predecesores civilizados.

La conjugación de todos estos procesos de evolución agrícola, industrial, urbanística, etc., en las distintas regiones geográficas, dio lugar a los estados del Brasil actual que, no pocas veces, como ocurre con los de Amazonas, Bahia, Ceará, Goiás, Matto Grosso, Pará, Paraná, Río de Janeiro, Rio Grande do Sul o Sao Paulo, por sus dimensiones, población y/o economía, tienen la talla de naciones de su contraparte hispana. Entre las razones que han determinado el mantenimiento de la unión entre estos estados con distintas realidades ambientales y económicas, hasta hacer de Brasil una de las naciones mejor plantadas del mundo, podemos señalar, además de las culturales antes mencionadas: idioma, familia, religión y otras, y de la económica, también citada, la amplia difusión del sistema de la hacienda, una razón política fundamental. Brasil, a diferencia del resto de América Latina, inauguró su independencia, en 1822, no con una ruptura absoluta con la metrópoli portuguesa e intentando construir una república sin una clase dirigente experimentada, como en los casos hispanos, sino con una monarquía semiportuguesa. Iniciada por Dom Pedro, el hijo del Rey, que se negó a regresar a Portugal y desobedeció a su padre y el mandato de las cortes, y continuada sobre todo por su progresista hijo Pedro II, quien gobernó con tino y discreción durante casi cincuenta años -afirmando muchas veces que "le hubiese gustado ser profesor"- esta monarquía americana, no exenta de pecados sacrílegos como el atropello a los paraguayos, rigió los destinos brasileños por dos tercios de siglo (1822-1889), y permitió la emergencia gradual de la futura clase republicana gobernante.

Dicho de otra manera, Brasil se desenvolvió según el esquema de la mayoría de naciones europeas y de unas cuantas asiáticas, que conquistaron su independencia bajo la dirección de un Estado monárquico, lo cual facilitó la consolidación de su identidad cultural, abonó el terreno para la preparación del pueblo con miras al ejercicio de su soberanía republicana, con la correspondiente capacitación de la futura clase dirigente, y le permitió a la nación ahorrarse así el conocido forcejeo entre caudillos locales, las guerras civiles o conflictos internacionales y las pérdidas institucionales características del flanco español latinoamericano. De allí se ha derivado en significativa medida, por supuesto que según nuestro mortal criterio, la relativa mayor solidez de las instituciones brasileñas y su mayor cohesión cultural, que contrasta con el panorama de instituciones improvisadas y a merced de caprichos característico de la multiplicidad de naciones hispanoamericanas, que han debido abordar simultáneamente las tareas de independización, por un lado, y republicanización o democratización, por otro. En previsión de alguna interpretación interesada, que encontrará aquí la prueba de que estamos coqueteando hasta con los regímenes monárquicos -ante los cuales somos congénitamente alérgicos-, no es superfluo añadir que sólo estamos constatando como, también en esta compleja esfera de la construcción de nuestras naciones, es pertinente aquello de que "de las carreras no suele quedar sino el cansancio" o lo de que "no por mucho madrugar amanece más temprano".

Por sus dimensiones territoriales, quinto país del mundo y tercero de occidente; poblacionales, quinto del mundo y segundo de occidente; y económicas, décima economía del mundo, octava occidental, miembro del exclusivo club de las diez naciones con productos internos de trece dígitos (medidos en billones, o millones de millones, de dólares), y uno de los principales productores mundiales de arroz (9°), maíz (3°), sorgo (8°), soya (2°), bananas (2°), algodón (7°), cacao (5°), café (1°), caña de azúcar (1°), tabaco (2°), cítricos (1°), cocos (4°), cebollas (9°), tomates (8°), madera (4°), caucho (10°), bovinos (2°), equinos (3°), porcinos (3°), aves de corral (4°), hierro(8°), níquel (8°), acero (8°), aluminio (4°), estaño (6°), cemento (7°), electricidad (7°), azúcar (1°), cerveza (5°), y -en serio- otros. Por su decisión de avanzar sin miedo por una fase capitalista de desarrollo, con su diversificación económica y su capacitación de sus fuerzas productivas, aunque con la vista puesta en la gradual superación socialista de esta fase, como lo han hecho la gran mayoría de países líderes del mundo en Desarrollo Humano. Por su liderazgo mundial en biodiversidad, con la reserva forestal, la zona verde y el río más importantes del planeta. Por su solidez, riqueza y diversidad cultural e idiosincrática, con grandes afinidades con el resto de latinoamérica. Por la madurez de sus capacidades políticas e institucionales. Por su ubicación y vecindad con un gran número de naciones latinoamericanas y su experiencia en relaciones bilaterales y multilaterales con todas ellas. Y -¿por qué ocultarlo, si, entre otras delicias, para esto deben servir los blogs?- por que nos gustan la música, la literatura y la arquitectura brasileñas, así como el estilo futbolístico de la canarinha, y los aportes científico-sociales, educativos, carnavaleros y sambísticos de Darcy Ribeiro y otros coterráneos, y porque nos caen bien los brasileños y sobre todo las simpáticas brasileñas, con su alegría, su gracia, su dulzura y su modestia, y ...(me detengo aquí, no vayan a pensar que estoy parcializado). Por todo esto, y por mucho más, nos luce que ninguna otra nación como la brasileña es tan apta para ejercer el liderazgo subcontinental, que ya está construyendo, en el ansiado proceso de la integración latinoamericana autosostenida o endógena.

Si sabemos darnos a respetar y mantener a raya las tentaciones subimperialistas anidadas en el alma de cierta derecha brasileña -que existe, por supuesto, y tan despiadada como otras de su género-, es mucho lo que los latinoamericanos podemos aprender de este país, empezando por el portugués, por la samba y/o por el fútbol, según las preferencias de cada quien, que en una semana bien aprovechada se entienden o disfrutan, en dos se leen o interpretan o critican bien, y en tres o cuatro se habla y hasta se empieza a escribir o se convierte uno en profesor de baile o en prospecto de entrenador deportivo... Vista en una perspectiva de ni tan largo plazo, la integración y unidad de los latinoamericanos luce bastante más factible y sencilla que la de Europa, con su torre de Babel lingüistica, sus rivalidades religiosas, sus hondas y no siempre bien cicatrizadas rivalidades y heridas pasadas, tanto económicas como políticas, sus cargos de conciencia por la opresión y engaño de tantos pueblos, etc.; y, sin embargo, ellos ya van por la disolución de fronteras, monedas únicas, libre movilidad de la fuerza de trabajo, empresas conjuntas de toda índole, y nosotros todavía dando pininos integracionistas.

La cuestión está en que debemos integrarnos desde abajo, desde la búsqueda de soluciones a nuestros problemas y la transformación de nuestras capacidades, y no desde la comunión ideológica para odiar juntos a nuestros enemigos conocidos o por conocer. Si obrásemos de ese modo, hablando, cantando, bailando, jugando, produciendo, trabajando, aprendiendo, creando, dialogando, soñando juntos, en síntesis, transformando nuestras capacidades, nos integraríamos mucho antes que arrechándonos juntos y empuñando juntos fusiles obsoletos contra el Imperio. Si así lo hiciésemos, pronto encontraríamos la mano tendida, aunque también adolorida y ensangrentada -por los clavos recibidos y tal vez por algún viejo puñal clavado-, como todas las humanas, de los brasileños que nos esperan: ya tienen construida la sede de un genuino parlamento latinoamericano en Sao Paulo, nos sonríen sin codicia, y están aprendiendo castellano en las escuelas. ¿Qué estamos esperando?