Pero nuestros padres no contaban con la astucia de Belphegor, el revoltoso diablillo que durante la misma noche del 31 de diciembre de 1945 hizo de las suyas en el inconsciente de los personajes principales de la reciente ópera bélica mundial. Lejos de disponerse a sanar heridas y cerrar cicatrices, Churchill, Truman, De Gaulle, Stalin y adláteres, decidieron de golpe y porrazo enterrar el discurso unitario y la cooperación antifascista que acababa de posibilitar la derrota de los hitlerianos, para inaugurar una época de aspiraciones hegemónicas y harto riesgosas confrontaciones, donde el aliado de la víspera fue convertido en quintaesencia del más letal y abominable enemigo. Se inició entonces una escalada de preparativos bélicos que, en nombre de la libertad y la seguridad, construyó un tan gigantesco arsenal militar que dejó convertidos los ejércitos y armamentos de toda la historia anterior en meros juguetes.
En lugar de la atmósfera de ternura y confianza soñada por nuestros progenitores, vinimos al mundo a respirar, con la amenaza de desaparecer varias veces en un infierno nuclear, el más tóxico y pasmoso de los miedos. Los autores de nuestros días, que entendían lo que pasaba, enmudecieron y se decidieron a consentirnos antes del eventual colapso, y nosotros, inicialmente despreocupados, nos dedicamos a distraernos con el maravilloso invento de la televisión y a ensordecernos con ruidosas y escasamente melodiosas músicas.Poco a poco, sin embargo, fuimos descubriendo, sobre todo a partir de la crisis de los misiles y del asesinato de los Kennedy y Luther King, la gravedad de lo que ocurría y el clima de odio y violencia que nos rodeaba, y gradualmente, en una especie de unísono transnacional, con los sentidos exaltados por el rock, la imaginación cultivada con años de Campanita y Peter Pan, y el coraje inspirado en la nobleza y valentía de El Zorro, le fuimos dando más y más contenido a nuestras expresiones creativas. Descubrimos, primero, el que quizás haya sido el mayor de nuestros aportes: el arte de protesta, gestado en torno al estilo de música y con la proliferación de imágenes visuales que nos gustaban, y, luego, una amplia gama de formas de comunicación, procesamiento de información y movilizaciones sociales.
El primer y principal rasgo que distinguimos en la generación de posguerra, la cual hizo irrupción en prácticamente todos los países occidentales y en muchos otros en los alrededores de 1968, con el impacto más resonantes en París-mayo, es el hecho de haber sobrevivido en, y enfrentado a, un mundo polarizado entre dos superpotencias, cada una con poder para destruir a la otra y al resto del globo. En semejante contexto y contra todo pronóstico, nuestra generación gradualmente optó por no tomar partido a favor de ninguno de los grandes contendores sino por la paz y por la humanidad misma.
La solidaridad genera-lizada con el pueblo vietnamita, por ejemplo, no se tradujo nunca, a pesar de los empeños de los partidos comunistas de todo el mundo, en un apoyo a la Unión Soviética o China en su confrontación contra los Estados Unidos o entre sí. El enemigo fue siempre un modo de vida opresivo, autoritario y avaro, el sistema o establishment, donde quiera que existiese, y no una nación o Estado en particular. Vietnam y el Che Guevara se convirtieron en símbolos de la dignidad del débil contra el poderoso, pero no, como tanto lo quisieron ambos bandos de la Guerra Fría, en representantes de un coloso frente al otro.La rebeldía contra lo establecido, el espíritu antipolarizador y antibélico, el afán por crear una contracultura enfrentada a la cultura dominante, y muchos otros rasgos y logros, con sus limitaciones, fueron a su vez potenciados por el mayor acceso a la educación superior. Con esto se creó el caldo de cultivo propicio para la gestación de movimientos universitarios críticos, primero, y luego de toda suerte de movimientos ambientalistas, feministas, artísticos y pro derechos civiles de las más diversas minorías. Aunque la idea inicial del sistema fue formar los cuadros requeridos por las distintas carreras armamentista, espacial y otras, no pasó mucho tiempo antes de que, posiblemente sin agradecer lo suficiente las oportunidades disfrutadas, la propia educación superior, dividida en disciplinas aisladas y desligada de las necesidades de las mayorías, se convirtiera en blanco favorito de las críticas de esta generación de rebeldes con causa. Tal vez sin percatarnos de lo que hacíamos, contribuimos a hacer de la investigación y la generación masiva de nuevos conocimientos un componente fundamental de la versión contemporánea de las sociedades modernas o con ganas de serlo.
Con la conjugación de la criticidad, el acceso al conocimiento y los valores antibélicos, nuestra
generación ha librado una sin par lucha contra la deshumani-zación del modo de vida moderno en todas sus facetas, cuyo resultado central ha sido evitar el acabose nuclear, y con otros logros sociales como los arriba citados, que son tangibles pero con textura insuficiente. Muchos seguimos en nuestros afanes, por nuestro norte y con nuestras brújulas, y, quizás cediendo el testigo a las generaciones críticas venideras, logremos contribuir a recuperar el rumbo de la paz y el amor, objeto de tantas burlas contemporáneas pero ansiado por tantas éticas y estéticas.
generación ha librado una sin par lucha contra la deshumani-zación del modo de vida moderno en todas sus facetas, cuyo resultado central ha sido evitar el acabose nuclear, y con otros logros sociales como los arriba citados, que son tangibles pero con textura insuficiente. Muchos seguimos en nuestros afanes, por nuestro norte y con nuestras brújulas, y, quizás cediendo el testigo a las generaciones críticas venideras, logremos contribuir a recuperar el rumbo de la paz y el amor, objeto de tantas burlas contemporáneas pero ansiado por tantas éticas y estéticas.