Comienzo a descubrir que si cierta diferencia esencial y alguna justificación existen relacionadas con producir un
blog versus comunicarse a través de un medio convencional, ellas tienen mucho que ver con la libertad de expresión que se conquista cuando se tiene el poder suficiente para decidir sobre el medio mismo, sus estilos, temas, contenidos, mensajes, y hasta audiencias (puesto que el acceso a sus páginas es también una decisión del llamado bloguero, quien en cualquier momento puede optar por restringirlo; y, por supuesto, los lectores también deciden soberanamente lo que les interesa o no). Si el cielo existe, entonces, creo que lo más probable es que disponga, en el plano mediático, de una red de comunicaciones que debería ser una especie de
hiperweb de infinitas posibilidades, ante la cual la de nosotros los terrícolas sería un vulgar remedo embrionario; o, lo menos imaginable y en el extremo opuesto, si todavía no la tienen, sus especialistas ya deben estar tomando nota de lo que aquí estamos haciendo para ver como lo superan más que con creces. Pero lo que no entra en mi biodegradable cabeza es que tengan allá algo como un periódico
El celestial, dirigido según los antojos y sujeto a los intereses de algún San Magnate, o una red de medios estatales encadenados, por ejemplo
La omnipresente, no importa si bajo la batuta del Creador en Persona (y/o en Espíritu).
A quienes todavía les extrañen estos disonantes prolegómenos que a veces aparecen por estos ciberlares, les diré que esto ocurre cuando necesito afinar la mente con una especie de
la -como habrán visto que hacen las orquestas al inicio de los conciertos- para entonces inspirarme mejor en lo que sigue. En el caso de hoy, lo que he querido es despejar el terreno para sentirme, a propósito de la ocasión de la salida del artículo cincuentenario de
Transformando nuestras capacidades, alias
Transformanueca, libre de extenderme un poco más y ponerme en onda ligeramente autobiográfica, sin sentirme reo de algún narcisismo o de abusar de la buena voluntad de mis lectores. ¿Se entiende?

Conscientes estamos, o por lo menos nuestro instinto de las proporciones así nos lo sugiere, de que no podemos venir aquí a hablar de evaluar "Nuestra experiencia como blogueros", ni como "Productores o creadores de medios de comunicación alternativos", y mucho menos de "Hacer un alto en el camino andado" o cosas por el estilo, pues esto sería como que Colón, después de salir de Palos de Moguer en la madrugada del 3/8/1492, se pusiera, al amanecer del día siguiente, a hacer una "Evaluación del viaje hacia las Islas Canarias". No obstante, en el espíritu de los diareros, y seguramente en el de los cuaderneros de bitácora de antaño -que quizás eso sí le calce a quien suscribe-, tan dados a hacer comentarios sobre la marcha hasta de los asuntos más nimios (en su acepción usual de insignificantes), y en un contexto social al que percibimos cargado de inconstancias, aspavientos y alharacas al por mayor, nos dio la impresión de que convendría dedicar este artículo a una breve revisión de lo hecho hasta la fecha, en el
blog, principalmente, pero oteando un poco el panorama de la "carrera" de su "autor".
Para empezar, y creo que esto es lo más importante que tengo que decir, me siento reforzado en mi decisión de avanzar en la divulgación de algunas de mis ideas y de asumir los riesgos inherentes a intervenir aunque sea en esta palestrita pública. Sé que a muchos, y sobre todo a duchos escritores, esto les podrá parecer risible, pero no a mí, que he acumulado, con o sin justificación, no pocos traumas a la hora de desenvolverme en las arenas no privadas, como intentaré fundamentarlo, o como mínimo ventilarlo, en las líneas que siguen.
Mostraré tres botones. En 1962, en medio del año y de la crisis existencial holgadamente más terribles que he tenido en mi vida (concédanme, por favor, que no les explique ahora por qué), y después de una aprobación informal razonable de las materias de la vida llamadas Literatura Infantil y Literatura Juvenil, decidí empezar a cursar Literatura Adulta e iniciar -sin haber oído hablar de ella, pero cual Ana Frank cualquiera- un diario personal, que se convirtió en una suerte de amigo secreto, cuando no de
álter ego, que harto me ayudó a conocerme y guiarme. No logré por aquellos días, cuando vivía en Carora, desde los cinco años, sospechar siquiera que el tal diario, aquellos casi inocentes cuadernos de un niño y luego de un adolescente, fuesen a convertirse, nueve años después, junto a mi laboratorio de química, del que hablé hace unos días, en punto menos que preciado botín para los cuerpos de seguridad, nacionales y/o directamente acompañados por la CIA. Tanto dieron, hurgaron y allanaron hasta que los incautaron o hicieron desaparecer, salvándose sólo los dos últimos cuadernos (uno de los cuales aparece retratado en el
artículo #1 de este
blog), que cargaba conmigo en una de las
enconchadas que debí echarme y mientras ellos revolvían mi casa.
Por si no fuera suficiente mi dolor, el de la pérdida de buena parte, al menos, de aquel
ser tan querido, cuando intenté compartir con otros y ver si se podía hacer alguna gestión pública para recuperar mis más que atesorados cuadernos, me encontré con que la izquierda establecida -tan poco dada a sentimentalismos, salvo que políticamente convenga-, y dentro de ella algunos de quienes andan ahora en roles gubernamentales, lejos de condolerse o compadecerse ante mi aflicción, rápidamente se dio a aprovechar la oportunidad para demostrar que un hábito como el de llevar diarios desde la niñez y sin haber empuñado jamás un fusil como el Che, no podía sino ser la prueba definitiva de mi condición pequeño burguesa. De allí parecía colegirse, uno, que lo hecho por la DISIP no era ni tan censurable ni contrario a los derechos humanos, pues no dejaba de ser una merecida lección gratuita que me enseñaba que la política no era para gente como yo, y, dos, que esta evidencia prácticamente me ilegitimaba, según ellos, para ser un líder estudiantil o político genuinamente de izquierda, por lo cual no pocos se alegraron cuando la derecha me expulsó luego de la universidad, como ya lo expliqué, un par de veces. Sobra decir que nunca más, sino quizás hasta ahora, cuando le agradezco al director de este -un poco más y digno, y vaya usted a saber si en ruta hacia lo prestigioso- medio, llamado
Transformanueca, la gentileza de cederme sus espacios, volví a hablar del tema de mis diarios personales. Y tengo que añadir que aún hoy tiemblo al hacer públicas estas confesiones, pues no descarto que, como no lo sabe la mayoría pero sí quienes hemos estado en el oficio de lo público crítico, a partir de ahora puedan ocurrir inexplicables robos o allanamientos en mi residencia, con pérdida de quien sabe qué papeles, pero...
¡qué le va usted a hacer, señora!El segundo botón del muestrario -no sé si a los verdaderos autores les ocurrirá, pero a mí, cuando me pongo aunque sea suavemente autobiográfico o psicoanalítico, se me agolpan en la mente mis tiempos tempranos- ocurrió también por allá por 1965, cuando, en medio de los experimentos de química y a manera de separatas de mis diarios, comencé a escribir cuentos para mi disfrute personal y sin pensar en nadie más. Un buen día, cansado de leerlos yo sólo, decidí mostrárselos a un queridísimo mentor y padrino, entendido en literatura, quien, con la mejor fe, decidió tomar la iniciativa de hacerlos leer por ciertos críticos literarios y por un conocido y también cercano historiador (sus nombres no vienen al caso), y entre todos ellos optaron por publicar en ciertos periódicos, incluyendo el
Diario de Carora, alguno de los cuentos y/o sus respectivas reseñas literarias, en donde se me señaló, con inusitada exageración, prácticamente como una novel promesa de las letras venezolanas que, sin embargo, tenía que emanciparse de las influencias de Urbaneja Achelpohl y otros escritores (a quienes, en su mayoría, jamás había leído...) Tan inmerecidas me parecieron las críticas y avergonzado me sentí, como una especie de arribista o impostor de la literatura, que, hasta el sol de hoy, cuando con mi
blog he comenzado a dar a conocer algunas de mis andanzas de escritor clandestino, opté por engavetar mis escritos hasta que contasen con mi estricto y previo visto bueno (claro que sin contar con que estos le pudiesen interesar luego a la policía política venezolana, como ocurrió años más tarde, cuando, a más de los diarios, perdí materiales irrecuperables). Nunca antes había querido narrar esto, entre otras cosas por cariño a quienes sé que con la mejor fe me quisieron apoyar -y de hecho mucho me apoyaron, aunque no en la esfera literaria-, y a quienes ruego me perdonen si luzco como un malagradecido, pero, como en algún artículo ya dije, siento que llegó la hora de abandonar mi mudez consuetudinaria...
El tercer botón, y a quien estas cosas sentimentaloides le aburran le sugiero que se salte este párrafo y el siguiente, pues no habrá elementos nuevos, sino sólo otra faceta de mis peripecias autorales, data de 1981. Entre 1975 y 1984, lapso en el me que casé por primera vez y tuve mis dos únicos hijos, estuve muy activo en política viajando por todo el país e intentando construir una nueva fuerza organizativa, debí trabajar para hacer aportes a mi hogar, y a la vez me lancé con denuedo a una labor de investigación sobre la transformación de nuestras capacidades productivas y afines (de la que datan muchas de las ideas esenciales que ustedes están leyendo ahora en este
blog). Con tales compromisos, debí inventar una fórmula para estudiar lo que me interesaba, obtener ingresos y maximizar mi dedicación a la actividad social transformadora, cual fue la de convertirme en un especialista en análisis y recuperación de información documental. Fue así como, en esos mismos años, elaboré los resúmenes o
abstracts de alrededor de veinte mil documentos, entre artículos de revistas y libros en varios idiomas, sobre ciencia, tecnología, productividad, educación y desarrollo económico, y diseñé varios sistemas de recuperación de información documental, incluyendo aquél para mi propia investigación, y llegué hasta escribir un libro para normalizar el lenguaje sobre recuperación de información documental sobre educación superior en el país, titulado
Microtesauro de la educación superior en Venezuela. Éste todavía es el estándar usado en el Centro de Información en Educación Superior (CENIDES), de la Oficina de Planificación del Sector Universitario, convertida ahora en Ministerio de Educación Superior.
El problema consistió, sin embargo, en que, en el seno del país candidato a paladín de la democracia latinoamericana, durante esos años este servidor no podía obtener empleo con su nombre, y usaba -cual personaje woodyallenesco de
El testaferro, en pleno maccarthismo- seudónimos, entre ellos una variante (Santelis) de mi segundo apellido, o interpuestas personas. El curiosamente polifacético personaje, acusado por la derecha de temible extremista de izquierda, sospechoso hasta de explosivista y pertrechado con su tenebroso laboratorio químico, y, por la extrema izquierda, de pequeño burgués de derecha consumado, hasta con diarios infantiles y demás yerbas, una suerte de injerto de Bin Laden con Forrest Gump, sencillamente no podía aparecer como autor del mencionado libro, pese a que lo había escrito desde la A hasta la Z, con nula participación de cualquier otro profesional. La decisión inicial de la OPSU fue publicar la obra como una publicación institucional, sin autoría individual alguna; pero, cuando la internacional UNESCO, con quien también trabajaba, allí sí con mi nombre, en su sistema internacional de información sobre educación superior, en el entonces Centro Regional de Educación Superior para América Latina y el Caribe (CRESALC), amagó con contratarme para la elaboración de una obra semejante, la OPSU entonces decidió, generosamente, publicarla, con el despliegue originalmente previsto, los bombos y platillos de toda su plana mayor como autores institucionales principales, y una nota posterior que decía que, en el "equipo responsable de la elaboración de esta obra" había trabajado, como colaborador menor, un tal Edgar Yajure Santelis...
Tengo más relatos de cortes parecidos, de aquellas y de otras épocas, tanto intermedias como posteriores o contemporáneas, o sea para escoger, pero con lo dicho espero haber dado una idea de que mi vocación de escritor clandestino no ha sido 100% caprichosa, sino también el resultado de por lo menos una adaptación
sui generis a un ambiente social que no ha querido ni podido entender - seguramente también con mi grandísima culpa, la que, sin embargo, no logro precisar-, cómo alguien no académico y sin currículo puede pretender ser un autor o expresar críticamente algo que valga la pena en materia de reflexiones, narraciones o acciones por la transformación de nuestros países latinoamericanos, y especialmente de nuestras capacidades productivas, culturales, científicas tecnológicas.

De todo lo cual podría derivarse, entre pitos y flautas, que pareciera procedente aplicarle un leve ajuste a la apreciación inicial que hice acerca de la experiencia de este
blog. Tal vez sea atinada en cuanto a la publicación misma de los cincuenta artículos, mas podría ser severa al analogar mi periplo autoral completo con el de Colón a la mañana siguiente de su partida en el primer viaje, pues, si se toma en cuenta la trayectoria de diarero y afines, podría tal vez añadírsele unos días más a la metáfora del viaje colombino. Calculo, por ejemplo, que si me lo propusiese, y tuviese el debido financiamiento, podría llegar a vaciar todo lo ya escrito en mi "carrera literaria" en este
blog, con fechas atrasadas de los viernes y martes, y llegaría sin mayores dificultades hasta aproximadamente aquel 1962, con equivalencia holgada a unos dos mil y pico de artículos. Sólo que, como no hay más pruebas, sino mi sola palabra, de que tal cosa sería posible, nada más nos sentimos autorizados para añadir, a la comparación con el viaje de Colón a las Islas Canarias, unos tres o cuatro días, o sea, a ponerlo por allí a golpe de 8 de agosto, a la mitad del trayecto a éstas, lo cual todavía nos deja sin méritos como para estar celebrando nada.
Rebuscando un poco más, a ver si completamos los fundamentos para una celebración, aunque sea modesta, podríamos referirnos a ciertas otras dificultades del viaje, como la de que, pese a disponer de brújula, no está claro a cual de las islas arribar. Este aspirante a autor no sólo no es ni quiere ser un académico, sino que le fastidia alérgicamente escribir para académicos afanados por sus escalafones, estudiantes ansiosos por sus notas y títulos, o toda clase de personas para quienes el conocimiento sea apenas un instrumento para escalar algún tipo de posición, y no para comprender la vida, superar necesidades y alcanzar libertades. En otras palabras, tan exquisito quiere ser este autor en pininos, en la escogencia de su audiencia y sus lectores, que ha pretendido siempre y sigue pretendiendo, ahora dizque con un
blog, nada menos que dirigirse a jóvenes, ancianos, trabajadores, amas de casa, gente de la calle, profesionales, artistas, investigadores, etc., interesados en comprender, discutir y atacar en profundidad la esencia de los problemas de la transformación fundamental de América Latina, sin divismos académicos ni poses intelectuales ni profesorales ni estudiantiles de ninguna índole.
Aunque con mil diferencias, la situación recuerda una escena patética de la película
El beso de la mujer araña, adaptada por Babenco de la novela homónima del argentino Manuel Puig, en donde William Hurt (quien ganó un Oscar al mejor actor por esta interpretación), haciendo del homosexual Molina, le confiesa a nuestro admirado y desaparecido Raúl Julia, quien hace de guerrillero latinoamericano y está preso en la misma celda, que a él no le gustan los otros homosexuales sino los hombres fuertes y varoniles, pero que su problema radica en que a éstos les gustan son las hembras de verdad y no los tipos amaricados como él... Con analogías, sin dejar de insistir en las disimilitudes y distancias, podría decir que me gustaría comunicarme con lectores y gente corriente y no con académicos, ni pomposos, ni petulantes del conocimiento, ni interesados en aprobar exámenes ni graduarse de nada, pero tal vez mi problema consista en que a esta gente común no le interesan los tipos demasiado complicados y quizás sesudos como yo, pues para ocuparse de las cosas serias tienen a artistas y animadores de televisión y a sacerdotes, y para decidir que hacer en América Latina tienen a políticos de oficio que no les exigen pensar nada sino hacer bulto o sumar votos. Entonces, aunado esto a las consideraciones precedentes y ante una cuenta regresiva de tiempo, surgen las preguntas de dónde estoy parado y hacia dónde enrumbar mi viaje intelectual.
El meollo de las preocupaciones que acompañan la pequeña alegría, en el sentido hessiano, de haber llegado a los cincuenta artículos del
blog es el mismo -¿por qué no decirlo?- que muchas veces me ha asaltado durante los largos años de mi accidentada vida intelectual. Consiste en preguntarme, aun a sabiendas de que son prácticas difíciles de enmendar, pues se han convertido en una suerte de segunda naturaleza, en donde perdí el poder de escogencia, sobre el sentido o utilidad de lo que pienso, escribo o fotografío. Dejar de pensar o escribir o de hacer fotografías, a estas alturas de mi vida, sería como pedirle a un ave que se dedique al submarinismo o a un pez que construya nidos en la copa de los árboles, y, sin embargo, a veces se nubla tanto el horizonte que no sé si estoy o hacia dónde voy avanzando y si podré llegar aunque sea a las Islas Canarias. La situación del
blog no es precisamente para estar eufóricos, pues, pese a que el ritmo y número de visitas se han mantenido, y hasta se han elevado ligeramente, todas sus magnitudes siguen siendo exiguas y, entre otras, demasiado escasos los comentarios.
Tranquilícense las lectoras que esto no está en la ruta de una nota de despedida, y mucho menos de algún mundo cruel... Quizás el quid del asunto esté en que, precisamente por la característica de sociedad todavía relativamente ciega al conocimiento que considero tiene nuestra América Latina y, más particularmente, Venezuela, con frecuencia me siento sin colegas o transitando un camino demasiado solitario, pues a decir verdad no conozco de cerca a nadie que se haya dedicado tan intensamente al estudio de nuestra realidad y las perspectivas de su transformación, desde una óptica externa al mundo académico. Dicho diferentemente, no conozco a ningún otro investigador sin medios de fortuna, que no haya jamás recibido ningún subsidio público ni donación financiera privada, y con un centro de investigación propio. Sí sé de numerosos profesores que se interesan y escriben sobre temas afines a los míos, a quienes, por cierto, todavía no he invitado formalmente a leer mi
blog, pero a veces tengo la sensación de que sus interlocutores favoritos serán siempre otros profesores o sus estudiantes, y no es a esa audiencia a la que quiero dirigirme. Mi anhelo es encontrar, sin desdecirme ni convertirme en una persona diferente al pensador que soy, un vínculo con los latinoamericanos de base deseosos de aprender y actuar para transformar nuestras realidades..., algo así como lo que logró Walt Whitman en Norteamérica o Neruda o García Márquez o Joan Manuel Serrat entre nosotros, pero no en el terreno de la ficción y la imaginación, sino en el de la reflexión de fondo, aunque no religiosa, sobre nuestros problemas y nuestro destino. Pareciera que mi onda quisiera emular la labor de... -se le atraganta a uno el espíritu de sólo imaginarlo-, de un Sócrates..., pero aquí entramos a aguas y mares tan pero tan profundos, que hasta el Atlántico colombino empieza a parecer un charco... ¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo y hacia dónde continuar... ?
Bueno, no sé qué pasó aquí, pero tras la angustia llegó un poco de calma, como si mientras pensábamos en como reanudar el viaje el viento nos hubiese empujado un poquito y, de repente, allá en el horizonte, se ven como unos islotes -por supuesto, nada que ver con la Tierra de Gracia ni con doces de octubre históricos, aunque sí con el 12/10/2009, fecha calendario de cuando esto escribo, lo que me puso en onda de descubrimientos y esperanzas, aunque también, a la víspera de un mero martes trece, ...-, que podrían hasta llegar a islas, tal vez algo parecido a las Canarias y con ellas a un doce, aunque todavía de agosto..., y, si así fuese, completaríamos nuestros recaudos para celebrar el paso dado, e invitar a nuestras lectoras y lectores a ayudarnos a pensar en el destino de
Transformanueca. Para ello los invitamos encarecidamente, desde hoy y por todo lo que resta de mes, a enviarnos comentarios sobre la trayectoria, perspectivas y sentido del
blog, y también a llenar, bien una encuesta detallada, que requiere apreciaciones sobre las distintas series del
blog, que les hemos preparado para facilitar sus aportes, a la que pueden acceder con sólo un clic en el hipertexto:
Mejorando a Transformanueca., y/o bien una versión abreviada de la misma encuesta, que sólo demanda opiniones a nivel del
blog en su conjunto, a la que pueden acceder a través del hipertexto:
Opinando sobre Transformanueca.
¡Cumpleartículos feliz,
te deseamos a ti,
cumpleartíííículos
Transformanueca,
cumpleartículos feliz...!