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martes, 30 de junio de 2009

Hibridados y templados: los duros aprendizajes del pueblo chileno

Desde el trópico hasta la Antártida, entre cumbres nevadas y costas pedregosas, con candentes desiertos y heladas estepas, azotado por frecuentes terremotos y maremotos, acosado por volcanes y vendavales, con los más prolongados enfrentamientos entre conquistadores europeos e indígenas nativos, tras padecer dictaduras tenebrosas e intervenir en guerras fraticidas, el carácter del pueblo chileno se ha forjado, como ningún otro en Latinoamérica, de cara a toda clase de adversidades y con elevados costos ambientales, económicos y políticos, hasta adquirir un temple y una reciedumbre que se nos presentan sin parangón en el ámbito regional. Este temple, por llamarlo de algún modo y que es lo contrario de la gritonería y las bravuconadas que abundan, le ha dado soporte a una de las más recalcitrantes, taimadas e inflexibles oligarquías del subcontinente, y ha tendido a generar espontáneamente una extrema izquierda que, a menudo con inspiración en la heroica resistencia mapuche, pero sin su flexibilidad y visión estratégica, ha pretendido batirse contra la extrema derecha en su mismo terreno. Pero también, gradual y afortunadamente, ha dado lugar a una de las corrientes políticas más lúcidamente avanzadas que hayamos conocido en nuestro medio, con Allende y sus epígonos contemporáneos como principales exponentes.

Cuando, en las primeras décadas del siglo XVI, los conquistadores españoles bajaron a la región chilena desde sus cuarteles generales en el vencido Perú, se encontraron con alrededor de un millón y medio de pobladores indígenas, con culturas agrícolas más avanzadas que las guaraníes pero no todavía al nivel incaico o siquiera chibcha, distribuidos en grupos tales como los llamados diaguitas, atacameños y araucanos. Mientras que los dos primeros, relativamente más dóciles y afines al estilo estamentario de los imperios teocráticos, corrieron la misma suerte de muchos de sus hermanos, es decir, que entre guerras, esclavizaciones y epidemias, fueron exterminados en su parte masculina e hibridados por el lado femenino, los últimos, radicados más al sur, ofrecieron una cada vez más tenaz resistencia, al punto de que, el más sureño de sus subgrupos, el mapuche, prácticamente nunca pudo ser doblegado y le infligió a las huestes ibéricas las más duras derrotas militares de todo el proceso de conquista continental.

Entre los más importantes factores explicativos de estos inéditos triunfos pueden citarse la mayor inaccesibilidad de sus territorios y, sobre todo, la exhaustiva evaluación mapuche de las causas de la derrota de los grupos y subgrupos hermanos, incluyendo a los también araucanos picunches y huiliches, que los llevó a determinar la importancia decisiva del armamento español, del uso de caballos y perros, y, por sobre todo, de las estrategias y tácticas de guerra del enemigo. Entre éstas se incluyeron las labores de investigación e inteligencia, el entrenamiento de tropas, el uso de mapas, la dirección centralizada, los ataques mediante comandos guerrilleros y escuadrones sucesivos, y las emboscadas, asaltos, sitios, infiltraciones y repliegues. Hay historiadores que aseguran, e Isabel Allende los acompaña en su versión expuesta en Inés del alma mía, que Lautaro, el más destacado toqui o comandante en jefe de los mapuches fue nada menos que infiltrado desde niño y puesto como paje al servicio del propio Valdivia, para aprender todo lo posible de él y poder enseñarlo luego, sobre todo después de su fuga a los dieciocho años, a sus compatriotas. No sólo pudo Lautaro derrotar durante seis años a los españoles en batallas como las de Tucapel -en donde capturó y dio muerte a su anterior amo Valdivia-, Marihueñú, Angol, Concepción y otras, sino que sus hazañas y enseñanzas contribuyeron a que la resistencia mapuche se prolongara, bajo toquis como su sucesor Caupolicán y otros, hasta fines del siglo XIX, a que quizás la mayor dosis genética indígena masculina haya sido legada a sus descendientes del Chile de hoy, y probablemente también a que todavía sobrevivan, aunque marginalizados, cerca de medio millón de ellos al sur del río Bío-Bío. Sus estrategias siguen siendo estudiadas con detenimiento en las principales academias militares del mundo.

La independencia chilena fue conquistada también con gran heroísmo e inteligencia estratégica, con Bernardo O´Higgins, discípulo de San Martín y de Miranda, como su principal líder. No obstante, como resultó ser la regla en toda Latinoamérica, no pudo ser él, sino el impostor Diego Portales y sus seguidores, quien iniciara la construcción de la nueva república. Mientras que la supuesta continuidad entre las políticas de los principales dirigentes libertadores latinoamericanos y las de sus reemplazos a posteriori es comunmente argumentada por las derechas subcontinentales, sin entrar a explicar cómo es que aquéllos a menudo fueron desplazados, exiliados o inclusive asesinados; la traición de sus coterráneos oligarcas suele ser esgrimida como explicación estándar de izquierda acerca del porqué de que los primeros no hayan podido convertirse en ductores o estadistas de las noveles naciones. La otra explicación, enfatizada por testigos tan de primera fuente como nuestro Libertador Simón Bolívar y su maestro Simón Rodríguez, que subraya la impreparación del propio pueblo para asumir la soberanía republicana, es dejada de lado por impolítica; pero, a la vez, al empeñarnos en no asumir las implicaciones de esta otra hipótesis central, nos condenamos a repetir siglo tras siglo los mismos desplantes, oscilando entre fantasías históricas de signo opuesto.

No obstante lo dicho, hay otro hecho singular de la primera vida republicana chilena que no queremos dejar desapercibido, y es que el destino, o a lo mejor alguno de sus lugartenientes, quiso que uno de los llamados a ser forjador de otra nación latinoamericana, que fue de hecho expulsado de su patria original por bolivariano, terminó radicándose en Chile, de donde afortunadamente a los diegoportales y adláteres les resultó imposible expulsarlo por o´higginiano. Nos referimos, por supuesto, al venezolano y después chileno Andrés Bello, quien por treinta y seis años (1829-65) realizó desde Santiago una labor de construcción de patria difícil de igualar: allí, entre otros aportes, contribuyó a organizar la hacienda pública, realizó una intensa labor periodística desde el periódico El Araucano, se desempeñó ampliamente en el magisterio y fundó y dirigió distintas instituciones educativas que culminaron con la creación de la Universidad de Chile, de la que fue honoríficamente su rector, redactó el Código Civil chileno, impulsó la organización del servicio diplomático y sirvió de árbitro en varias controversias internacionales, publicó su imperecedera Gramática castellana destinada al uso de los americanos, escribió sus Principios del derecho internacional, ejerció por casi treinta años el cargo de senador de la República, dejó una vasta obra literaria en donde descolla su Silva a la agricultura de la zona tórrida, escribió con fines didácticos una Historia de la literatura y una Cosmografía o descripción del universo, y fue miembro honorario y luego de número de la Real Academia Española. Nos detuvimos aquí simplemente para hacer justicia a uno de los indiscutibles grandes forjadores de la nación chilena y, por tanto de sus logros presentes, a quien, en un subcontinente que pareciera rendirle culto sólo a los héroes militares y a los gestos puntuales, se suele subestimar.

La ocurrencia de que con el tiempo Chile podría llegar a ser un ejemplo puntero para la construcción de una nueva América Latina difícilmente puede rastrearse hasta su paternidad original. Pensadores diversos, en diferentes épocas, dentro y fuera del ámbito latinoamericano, la han tenido o formulado. En particular, queremos reseñar aquí que también ha sido una vieja corazonada de los estrategas progresistas demócratas de los Estados Unidos. Entre la mayoría de nosotros los latinoamericanos de izquierda ha sido un lugar común repetir que la estrategia de la Alianza para el Progreso, de enunciado kennediano, fue un fracaso, y en sus versiones más extremas este señalamiento suele ir acompañado de referencias a la intervención del Che en la reunión de la OEA (Punta del Este, 1961), quien quiso demostrar que era una "aberración" pretender plantear la prioridad de la educación y la salud antes de la revolución, cuando la revolución Cubana ya entonces habría demostrado que era exactamente a la inversa: que la revolución, es decir, la toma del poder político por la fuerza, era lo primero, para desde allí emprender los cambios educativos y sanitarios... Lo que no muchos saben, por lo cual nos parece importante reseñarlo aquí, es que tal fracaso sólo vino a concretarse en 1973, con el derrocamiento de Allende.

John F. Kennedy y su hermano Robert, quienes formularon inicialmente la estrategia de la Alianza para el Progreso, no importa aquí si con sanas o aviesas intenciones, ante toda América Latina, indiscriminadamente y como una manera de ofrecer una alternativa a la vía cubana de la revolución por las armas, muy pronto se dieron cuenta de que con tal táctica se hacían fácilmente atacables por nuestras izquierdas y colocaban en situación de títeres suyos a los gobernantes que apoyaban tal Alianza. Fue así como decidieron, lo que ahora se conoce por los famosos documentos desclasificados -con que los gringos dejan saber a posteriori muchos intríngulis de sus políticas-, hacer de Chile la experiencia piloto para demostrarnos con hechos a los latinoamericanos las bondades y factibilidad de su diseño, y como escogieron a la democracia cristiana chilena como su aliado favorito para instrumentarla. Luego de comenzar a inyectarle a Chile, en vida de JFK, cantidades enormes de dólares, que pronto arrojaron una suma acumulada medible en diez dígitos, o sea de miles de millones de dólares, decidieron reforzar la táctica financiera, tras el misterioso asesinato de aquél, con no menos eficaces tácticas mediáticas y organizativas. Según éstas, bajo la coordinación directa de la CIA, se dio impulso a una vigorosa campaña de apoyo a periódicos, intelectuales, grupos estudiantiles y profesionales, sindicatos y partidos políticos en soporte de Eduardo Frei, "el Kennedy chileno", con lo que, de paso, se le bloqueaba el camino a su indeseable contendor Salvador Allende.

La constatación de que todo el apoyo brindado a Frei y a su sucesor Tomic fueron insuficientes para impedir el ascenso de Allende y su triunfo electoral en 1970, ocurrió ya con la presidencia de Nixon, quien siempre se opuso a cualquier alianza para cualquier progreso en Latinoamérica, y más a esta absurda demostración de que podría avanzarse hasta hacia un socialismo por la vía electoral. Fue así como este presidente se propuso impedir que el tiro de la Alianza saliera por la culata, y asumió en persona, como ahora bien se sabe, la coordinación casi directa del cúmulo de acciones que condujeron, primero a intentar impedir la ratificación de la elección por el Congreso, luego a la desestabilización, y, finalmente, al derrocamiento y muerte de Allende. Estas acciones, paradójicamente, fueron facilitadas por la actuación de la extrema izquierda chilena, organizada sobre todo en torno al MIR, quien nunca apoyó a Allende, se dedicó a provocar a la derecha para demostrar que la tal vía pacífica era imposible, y obligó a Allende a gastar buena parte de sus energías políticas en demostrar que no era ningún traidor a la patria, ni un títere, ni un ingenuo, como una y otra vez, a veces con refuerzos cubanos, lo quisieron hacer ver. En otro de nuestros artículos, sobre nuestra generación latinoamericana del '68, abordamos desde otra perspectiva este importante asunto.

Con la caída de Allende se interrumpió, aunque no pudo detenerse, el gravitacional avance de Chile hacia un modelo de sociedad alternativo al tradicional pozo de calamidades de América Latina. Pese a lo que digan los partidarios de Pinochet, quien además de represivo y sanguinario resultó ser un consumado ladrón, ha sido a partir de 1990, con el inicio de los gobiernos de la llamada Concerta- ción, que Chile se ha enrumbado, sin volver a incurrir en el error de un estatismo a ultranzas, por el camino que lo ha llevado a ser la nación latinoamericana independiente con un crecimiento más sustentable y estable, y con el mayor ingreso per cápita (en cualquiera de sus versiones: nominal, real o Paridad de Poder Adquisitivo, en donde es el único país independiente con cifras por encima de los diez mil dólares). Chile detenta, además, el mayor Indice de Desarrollo Humano (0,874 ó puesto mundial 40), el mayor Indice de Calidad de Vida (6789) y el menor índice de pobreza (2,5%). Con sus apenas 17 millones de habitantes, en el 7º lugar del subcontinente y mestizos en sus 3/4 partes, su handicap climático y territorial y su relativamente baja recursividad del subsuelo, Chile tiene ya el quinto lugar en Producto Bruto Interno real, sólo por debajo de países que lo duplican con creces en población, como Colombia y Argentina, o que lo quintuplican o decuplican, como México y Brasil. Ha logrado alcanzar un sustancial superávit en su balanza de pagos y ha diversificado significativamente sus exportaciones, hasta vender al exterior y a toda clase de mercados, no sólo los tradicionales cobre y nitratos, sino ingentes cantidades de frutas, hortalizas, vinos, pescado, crustáceos, madera, muebles, papel y otros.

Sin alharacas ni estridencias, Chile pareciera volver a estar llamado a demostrar la viabilidad de un avance, si no directamente hacia el socialismo, por lo menos hacia una forma de capitalismo socialmente progresista que muy probablemente creará las condiciones, según el patrón europeo, canadiense o australiano, para una evolución cada vez más sólida de las instituciones colectivas de inspiración socialista, o sea, hacia una sociedad de tipo mixto como la mayoría de naciones líderes en indicadores y realidades sociales avanzadas del planeta. La principal amenaza de esta perspectiva la constituye la agazapada extrema derecha que estará atenta a reeditar su tesis nazistoide de que la fortaleza de Chile consiste en su supuesta raza caucásica, lo cual es contradicho por las realidades genéticas, ancestrales, históricas, económicas, políticas, educativas, legales, culturales, y pare de contar, de Chile; pero que con todo y eso no dejará pasar chance para aprovechar cualquier descuido o cobrar caramente cualquier error de la Concertación, hasta hacer valer la prepotente divisa de su escudo: "Por la razón o la fuerza".

Entre los motivos que tenemos para pensar que no volverán a imponerse está la enorme confianza que nos inspira el despliegue, callado pero eficaz, de iniciativas de los artistas y de la mujer chilenos. No podemos demostrarlo racionalmente, por ahora, pero estamos íntimamente persuadidos de que en la pacificación o desembravecimiento, pero nunca domesticación, de pueblos secularmente guerreros como los escandinavos, los europeos en general o los japoneses, los artistas y las mujeres han desempeñado un rol decisivo; como si después de tantas guerras, invasiones, matanzas e injusticias masculinas, ellos y ellas, que por lo común se quedan en sus casas durante las tropelías machistas, con sus roles de creadores serenos, o de madres, amantes, gobernantes o geishas, o por aquello de las complementaridades del tipo yin/yang, terminaran por demostrar que hay mejores maneras de liberar las peligrosas testosteronas, encauzando hacia propósitos constructivos y pacíficos la aplicación de las fuerzas destructivas y guerreras. O sea, como si tuviesen un programa oculto que, por el reverso del temible escudo, dijese discretamente: "Por la pasión o el amor".

viernes, 26 de junio de 2009

Hibridados y direccionados: el emergente liderazgo del pueblo brasileño

Pocos años después de que Colón cometiera el milagroso error que lo llevó a encontrar América cuando buscaba un camino más corto hacia la India, otro gran explorador, Pedro Álvares Cabral, cometió una segunda genial pifia que lo llevó a encontrar una porción insospechada del mismo Nuevo Mundo. En circunstancias en las que recién se había descubierto, por Vasco da Gama, en 1498, la codiciada más corta ruta marítima hacia las especias indias, bordeando el continente africano por el cabo de Buena Esperanza y en el marco de una auspiciosa revolución técnica de los medios de transporte, Álvares quiso sacar el máximo provecho de los vientos y se dejó llevar hacia el oeste cuando, de repente, se topó con la protuberante costa firme oriental americana del actual Brasil. Puesto que el hallazgo se encontró a menos de las aproximadamente 370 leguas (unos dos mil kilómetros) al oeste de las Islas de Cabo verde, el nuevo territorio le fue concedido a Portugal, con arreglo a lo pactado con España en Tordesillas (1494), y así nació la parte lusitana de nuestra América Latina.

Los conquistadores portugueses se encontraron con una población indígena organizada en aldeas agrícolas dispersas, los tupí-guaraníes, sólidamente adaptada a las condiciones selváticas, en donde los varones cazaban y pescaban, y ellas, sin desesperos y siempre pendientes de sus muchachos, habían logrado domesticar una amplia variedad de plantas como la yuca o mandioca, el maíz, los frijoles o porotos, el maní, el tabaco, la ahuyama o calabaza, la papaya o lechosa, el algodón, la yerba mate, la pimienta, el guaraná, y muchas otras, hasta asegurar la subsistencia de todos. Toda esta población, en los umbrales de la civilización, muy pronto, entre guerras, trabajos forzados y epidemias, fue clásicamente diezmada. De las indias sobrevivientes, que entre suicidarse de rabia o seguir adelante con la vida optaron por lo segundo, y los varones lusos triunfadores, nacieron poco a poco los mamelucos, comunmente identificados con los valores de sus padres, pero hondamente inmersos en el mundo doméstico-agrícola-culinario y lingüistico de sus infatigables criadoras. Con las expediciones o bandeiras hacia las selvas del oeste, en busca de oro, piedras preciosas y, sobre todo, de esclavos y del rentable palo tintóreo o palo brasil, que terminó por brindar su nombre a toda la región, los nuevos amos empujaron cada vez más hacia el oeste la frontera tordesillana, concebida para el reparto colonial de pequeñas islas y no para continentes macizos, y que supuestamente nunca debió exceder los límites aproximados del meridiano que pasa por el actual Sao Paulo. Con su técnica más avanzada, sus ambiciones mercantiles, su experiencia en esclavización de africanos, su lengua, su religión católica y su familia patriarcal, los portugueses quedaron listos para impulsar su gran invento económico: la fazenda, hacienda o plantación, primero azucarera, y luego algodonera, cafetera, cacaotera, cauchera, ganadera, etc., que ha marcado el modo de vida de toda la sociedad brasileña y, en general, latinoamericana hasta nuestros días.

A modo de tímida digresión, anotamos que más adelante, en este blog, tendremos la oportunidad de argumentar exhaustivamente nuestra tesis de que la hacienda, lejos de constituir una unidad de producción capitalista, es la más pura expresión del sistema económico mercantil y por tanto del sustrato del modo de vida premoderno que, subyacente bajo mil fachadas, sigue siendo dominante en nuestro subcontinente. La diferencia esencial entre el modo de producción capitalista y el mercantilista radica en que mientras que aquél se basa en el trabajo tecnológico y la aplicación del conocimiento científico, la experimentación para validar hipótesis, la iniciativa empresarial, el liderazgo basado en el conocimiento, la libre contratación de trabajadores profesionales y la asunción de riesgos para generar retornos a largo plazo, éste se fundamenta en el trabajo técnico y la aplicación de la lógica, la posesión de la verdad expresada en dogmas revelados, el ventajismo y el proteccionismo patronal, la autoridad basada en cargos, la utilización forzada de mano de obra cuanto menos calificada y barata mejor, y la obtención de ganancias con una visión cortoplacista. (Fin de la digresión).

A partir de la hacienda, como bien lo ha argumentado Darcy Ribeiro, se ha constituido todo el tejido fundamental de las sociedades latinoamericanas: de los hacendados blancos han brotado nuestras oligarquías y burguesías, degenerando a veces en latifundistas incapaces de hacer productivas sus inmensas propiedades; de los proveedores externos y el contacto con los exportadores extranjeros de la variada gama de maquinaria y productos manufacturados demandados por las haciendas, han evolucionado los grandes y pequeños comerciantes; en torno a los oficios de capataces, supervisores, escribientes, tenedores de libros y catequizadores han ocupado su lugar los mestizos o mamelucos y, luego, nuestras aparentes clases medias (que más bien son estamentos de empleados, candidatos a posteriores pequeños burgueses); de la peonada indígena o negra se han derivado obreros y campesinos, evolucionando a veces, a través de la figura del aparcero o trabajador que labora en la tierra ajena a cambio de pagos en especie o servicios, hacia los trabajadores por cuenta propia; y de los excluidos temporal o parcialmente del sistema, pues las zafras y cosechas de estos cultivos no requieren de una masa de personal permanente, las poblaciones marginalizadas que rodean nuestras actuales ciudades. Puesto que la hacienda ha sido un paquete productivo estandarizado y no una innovación propiamente dicha, nunca ha demandado la aplicación de nuevos conocimientos ni las visiones de largo plazo ni la asunción de riesgos, y por tanto no ha servido de caldo de cultivo para la gestación de trabajadores profesionales, gerentes y empresarios, que constituyen la médula de la verdadera clase media moderna.

Como respuesta adaptativa del molde económico de la hacienda a las distintas condiciones geográficas de quien representa, en territorio y en población, casi la mitad del área suramericana, emergieron los distintos tipos de brasileños actuales. Es decir, entre otros, los caboclos de la selva amazónica, que han adaptado la fórmula haciendística a las condiciones de suelos no aptos para la agricultura en general sino para la explotación forestal y, en menor medida, cerealera -y,más que nada, arrocera; los sertanejos del noroeste, dedicados a la ganadería en áreas sólo propicias para pastos y gramíneas y equivalentes a los llaneros de países vecinos; los criollos de la franja litoral y del noreste, con las tierras más productivas de todo Brasil y en donde se desarrolló originalmente el patrón del ingenio azucarero, con los esclavos traídos de Africa; los caipiras de Sao Paulo y Minas Gerais, que editaron la versión minera de la hacienda durante la fiebre del oro de Ouro Preto, en el siglo XVIII; los gringos de las tierras del sur, con una ganadería de mulas y ganado de labor adaptada a las praderas templadas, en donde, ya avanzado el siglo XIX, inmigrantes alemanes, italianos, polacos y otros implantaron el esquema en tierras dejadas de lado por los portugueses; y los gauchos, descendientes de blancos y guaraníes, dedicados al pastoreo tradicional de ganado, en territorios colindantes con Argentina y Uruguay.

Sobre la base de esta capacidad de adaptación agrícola, y pese a las rémoras del latifundismo y de la producción haciendística, Brasil ha logrado avanzar más que ningún otro país latinoamericano en su proceso de industrialización, que ha llegado hasta el establecimiento de una inigualada capacidad de producción de bienes de capital, sin detenerse ante aviones, automóviles, barcos o satélites, con un alto valor agregado nacional, y ha logrado la cesta más diversificada de exportaciones del subcontinente. Pese a duros retrocesos y manipulaciones en el marco de la Guerra Fría, el proceso de adquisición de capacidades productivas y de otra índole nunca se ha interrumpido, e inclusive dictadores como Getulio Vargas (1930-45 y 1951-54), con su Estado Novo, tuvieron un desempeño progresista en materia de diversificación agrícola, industrial y de las exportaciones. Su heredero político, Juscelino Kubitschek, fue mucho más allá y estableció una alianza estratégica con sectores creativos de izquierda, que le permitió avanzar mucho más por el camino de su mentor: profundizó la industrialización, la urbanización y la ocupación del territorio, fortaleció el aparato educativo, deportivo y dancístico -con las escuelas de samba-, y construyó una hermosa y nueva capital, Brasilia, en la despoblada meseta central del país. Con el sucesor en firme, Goulart, se dio inicio a un proceso de reforma agraria que muy probablemente hubiese hecho realidad el tantas veces anunciado milagro brasileño, pero esto ya fue demasiado para los oligarcas internos y sus padrinos del norte, quienes lo derrocaron e inauguraron el período más lamentable de la historia contemporánea brasileña: la noche de los gorilas (1964-85); aunque estos, sin desmedro de sus atropellos, no dejaron de darle continuidad a buena parte de las políticas económicas de sus predecesores civilizados.

La conjugación de todos estos procesos de evolución agrícola, industrial, urbanística, etc., en las distintas regiones geográficas, dio lugar a los estados del Brasil actual que, no pocas veces, como ocurre con los de Amazonas, Bahia, Ceará, Goiás, Matto Grosso, Pará, Paraná, Río de Janeiro, Rio Grande do Sul o Sao Paulo, por sus dimensiones, población y/o economía, tienen la talla de naciones de su contraparte hispana. Entre las razones que han determinado el mantenimiento de la unión entre estos estados con distintas realidades ambientales y económicas, hasta hacer de Brasil una de las naciones mejor plantadas del mundo, podemos señalar, además de las culturales antes mencionadas: idioma, familia, religión y otras, y de la económica, también citada, la amplia difusión del sistema de la hacienda, una razón política fundamental. Brasil, a diferencia del resto de América Latina, inauguró su independencia, en 1822, no con una ruptura absoluta con la metrópoli portuguesa e intentando construir una república sin una clase dirigente experimentada, como en los casos hispanos, sino con una monarquía semiportuguesa. Iniciada por Dom Pedro, el hijo del Rey, que se negó a regresar a Portugal y desobedeció a su padre y el mandato de las cortes, y continuada sobre todo por su progresista hijo Pedro II, quien gobernó con tino y discreción durante casi cincuenta años -afirmando muchas veces que "le hubiese gustado ser profesor"- esta monarquía americana, no exenta de pecados sacrílegos como el atropello a los paraguayos, rigió los destinos brasileños por dos tercios de siglo (1822-1889), y permitió la emergencia gradual de la futura clase republicana gobernante.

Dicho de otra manera, Brasil se desenvolvió según el esquema de la mayoría de naciones europeas y de unas cuantas asiáticas, que conquistaron su independencia bajo la dirección de un Estado monárquico, lo cual facilitó la consolidación de su identidad cultural, abonó el terreno para la preparación del pueblo con miras al ejercicio de su soberanía republicana, con la correspondiente capacitación de la futura clase dirigente, y le permitió a la nación ahorrarse así el conocido forcejeo entre caudillos locales, las guerras civiles o conflictos internacionales y las pérdidas institucionales características del flanco español latinoamericano. De allí se ha derivado en significativa medida, por supuesto que según nuestro mortal criterio, la relativa mayor solidez de las instituciones brasileñas y su mayor cohesión cultural, que contrasta con el panorama de instituciones improvisadas y a merced de caprichos característico de la multiplicidad de naciones hispanoamericanas, que han debido abordar simultáneamente las tareas de independización, por un lado, y republicanización o democratización, por otro. En previsión de alguna interpretación interesada, que encontrará aquí la prueba de que estamos coqueteando hasta con los regímenes monárquicos -ante los cuales somos congénitamente alérgicos-, no es superfluo añadir que sólo estamos constatando como, también en esta compleja esfera de la construcción de nuestras naciones, es pertinente aquello de que "de las carreras no suele quedar sino el cansancio" o lo de que "no por mucho madrugar amanece más temprano".

Por sus dimensiones territoriales, quinto país del mundo y tercero de occidente; poblacionales, quinto del mundo y segundo de occidente; y económicas, décima economía del mundo, octava occidental, miembro del exclusivo club de las diez naciones con productos internos de trece dígitos (medidos en billones, o millones de millones, de dólares), y uno de los principales productores mundiales de arroz (9°), maíz (3°), sorgo (8°), soya (2°), bananas (2°), algodón (7°), cacao (5°), café (1°), caña de azúcar (1°), tabaco (2°), cítricos (1°), cocos (4°), cebollas (9°), tomates (8°), madera (4°), caucho (10°), bovinos (2°), equinos (3°), porcinos (3°), aves de corral (4°), hierro(8°), níquel (8°), acero (8°), aluminio (4°), estaño (6°), cemento (7°), electricidad (7°), azúcar (1°), cerveza (5°), y -en serio- otros. Por su decisión de avanzar sin miedo por una fase capitalista de desarrollo, con su diversificación económica y su capacitación de sus fuerzas productivas, aunque con la vista puesta en la gradual superación socialista de esta fase, como lo han hecho la gran mayoría de países líderes del mundo en Desarrollo Humano. Por su liderazgo mundial en biodiversidad, con la reserva forestal, la zona verde y el río más importantes del planeta. Por su solidez, riqueza y diversidad cultural e idiosincrática, con grandes afinidades con el resto de latinoamérica. Por la madurez de sus capacidades políticas e institucionales. Por su ubicación y vecindad con un gran número de naciones latinoamericanas y su experiencia en relaciones bilaterales y multilaterales con todas ellas. Y -¿por qué ocultarlo, si, entre otras delicias, para esto deben servir los blogs?- por que nos gustan la música, la literatura y la arquitectura brasileñas, así como el estilo futbolístico de la canarinha, y los aportes científico-sociales, educativos, carnavaleros y sambísticos de Darcy Ribeiro y otros coterráneos, y porque nos caen bien los brasileños y sobre todo las simpáticas brasileñas, con su alegría, su gracia, su dulzura y su modestia, y ...(me detengo aquí, no vayan a pensar que estoy parcializado). Por todo esto, y por mucho más, nos luce que ninguna otra nación como la brasileña es tan apta para ejercer el liderazgo subcontinental, que ya está construyendo, en el ansiado proceso de la integración latinoamericana autosostenida o endógena.

Si sabemos darnos a respetar y mantener a raya las tentaciones subimperialistas anidadas en el alma de cierta derecha brasileña -que existe, por supuesto, y tan despiadada como otras de su género-, es mucho lo que los latinoamericanos podemos aprender de este país, empezando por el portugués, por la samba y/o por el fútbol, según las preferencias de cada quien, que en una semana bien aprovechada se entienden o disfrutan, en dos se leen o interpretan o critican bien, y en tres o cuatro se habla y hasta se empieza a escribir o se convierte uno en profesor de baile o en prospecto de entrenador deportivo... Vista en una perspectiva de ni tan largo plazo, la integración y unidad de los latinoamericanos luce bastante más factible y sencilla que la de Europa, con su torre de Babel lingüistica, sus rivalidades religiosas, sus hondas y no siempre bien cicatrizadas rivalidades y heridas pasadas, tanto económicas como políticas, sus cargos de conciencia por la opresión y engaño de tantos pueblos, etc.; y, sin embargo, ellos ya van por la disolución de fronteras, monedas únicas, libre movilidad de la fuerza de trabajo, empresas conjuntas de toda índole, y nosotros todavía dando pininos integracionistas.

La cuestión está en que debemos integrarnos desde abajo, desde la búsqueda de soluciones a nuestros problemas y la transformación de nuestras capacidades, y no desde la comunión ideológica para odiar juntos a nuestros enemigos conocidos o por conocer. Si obrásemos de ese modo, hablando, cantando, bailando, jugando, produciendo, trabajando, aprendiendo, creando, dialogando, soñando juntos, en síntesis, transformando nuestras capacidades, nos integraríamos mucho antes que arrechándonos juntos y empuñando juntos fusiles obsoletos contra el Imperio. Si así lo hiciésemos, pronto encontraríamos la mano tendida, aunque también adolorida y ensangrentada -por los clavos recibidos y tal vez por algún viejo puñal clavado-, como todas las humanas, de los brasileños que nos esperan: ya tienen construida la sede de un genuino parlamento latinoamericano en Sao Paulo, nos sonríen sin codicia, y están aprendiendo castellano en las escuelas. ¿Qué estamos esperando?

martes, 16 de junio de 2009

Hibridados y rebelados: ¿epopeya del pueblo cubano o callejón sin salida?

Doscientos años le tomó a Cuba recuperar el nivel de población de unos 50000 habitantes que tenía para el momento de su hallazgo por Colón en el primer viaje. Rigurosamente diezmados por la sobreexplotación bajo el régimen de encomiendas, las pestes y la utilización como fuerza de choque para las conquistas en tierra firme, los apacibles agricultores taínos de la mayor de las Antillas fueron prácticamente abolidos junto a su cultura, y étnicamente, como en tantos otros casos latinoamericanos, fueron sus mujeres quienes se perpetuaron a través del mestizaje o hibridación con los conquistadores hispanos. Agostada en las primeras cinco décadas, la población sólo pudo reestablecerse, inicialmente, con la emergencia de flotas dedicadas al tráfico monopólico de mercancias entre España y sus colonias continentales, y, luego, a partir de 1700, con el sistema de plantaciones azucareras y la masiva importación de mano de obra esclava africana. Con el empuje inglés por la progresiva eliminación de la desleal competencia esclavista y en pro de la maquinización y el trabajo asalariado, la isla llegó a convertirse, durante el siglo XIX, en el centro de producción azucarera más avanzado del mundo, dotado de máquinas de vapor y transporte ferroviario, hasta alcanzar, en torno a 1860, una población de cerca de 1300000 habitantes, con un millón de esclavos, responsable de la producción de un tercio del azúcar mundial. Poco después de esta fecha fue prohibido el tráfico de esclavos, aunque la abolicion de la esclavitud debió esperar hasta 1886. La novela emblemática cubana Cecilia Valdez cuenta entretelones de esta época de racismo ignominioso.

Los Estados Unidos, que desde fines del siglo XVIII y comienzos del XIX optaron por el proyecto de Hamilton de un "gran sistema americano", libre de indeseables "influencias transatlánticas", y dejaron de lado el modelo jeffersoniano de una sociedad de pequeños productores organizados para el ejercicio democrático, siempre siguieron de cerca el curso de los acontecimientos cubanos, a los que veían, prisma Monroe de por medio, como una atractiva oportunidad de ampliación nacional ultramarina. Con la anexión de más de la mitad del territorio mexicano, después de la guerra contra este país; luego, con la Guerra Civil, la derrota de los confederados sureños y la abolición del esclavismo y el sistema de plantaciones, por cierto semejante al cubano; y, sobre todo, tras la culminación de la expansión hacia el oeste y la difusión de las tesis del "destino manifiesto" (hacia el dominio creciente de América) y de la superioridad racial anglosajona, enarboladas por republicanos como McKinley, Cabot Lodge, Theodore Roosevelt y todo un séquito de historiadores y militares, las ansias estadounidenses por el control de Cuba se exacerbaron y, con paciencia cazadora, se dispusieron a esperar el momento propicio para la anexión y preparar el terreno con cuantiosas inversiones e intensificando la compra de azúcar y las exportaciones.

La oportunidad se presentó expedita en 1898. Los cubanos tenían treinta años enfrascados, primero bajo el liderazgo de Maceo y Gómez, y después, a partir de 1895, según las directrices del más visionario e intelectual Martí, quien alertó sobre los riesgos de la ayuda estadounidense, en una cruenta lucha por independizarse de una España decidida a conservar a toda costa su perla caribeña, para lo cual llegó a desplegar un ejército de 200000 soldados. En medio de la devastación de la guerra interna, con su ola de incendios, saqueos y masacres de civiles, los Estados Unidos decidieron hacer un bloqueo preventivo de la isla, por aquello de cuidar sus intereses según la doctrina Evarts, y luego hacer una por nadie solicitada visita a La Habana, de tres semanas, con el acorazado Maine, en cuyo interior hicieron detonar una carga explosiva que provocó su hundimiento; la prensa amarillista del magnate Hearst inmediatamente acusó a España del ataque y creó el clima de opinión para la declaración de la Guerra contra España si no retiraba de inmediato sus tropas y aceptaba la independencia de Cuba.

En sólo tres meses España, que no aceptó el ultimátum, fue derrotada, con la peculiaridad de que las batallas se libraron precisamente en las apetecidas áreas coloniales de Puerto Rico, Guam, Filipinas y, sobre todo, Cuba, en donde la alianza de los guerrilleros locales o manbises con el debutante poderío naval y terrestre de los norteamericanos, dio el puntillazo a la dominación de aquélla en América. Las mencionadas tres primeras colonias fueron cedidas a los Estados Unidos, mientras que Cuba recibió su "independencia". No obstante, cuando al 1 de enero siguiente los cubanos quisieron celebrar en grande su recién conquistado estatus, descubrieron que el Maine había sido un moderno caballo de Troya, que su sacrificio había sido mediáticamente minimizado y estaban bajo una nueva tutela, y que todas las celebraciones estaban prohibidas excepto para los visitantes del Norte y sus simpatizantes, que sí lo hicieron con cubalibre, la bebida hecha con la novedosa gaseosa importada de USA, la Coca-Cola, cubos de hielo... y ron cubano.

Durante las décadas siguientes los Estados Unidos agotaron, como en Puerto Rico, los esfuerzos por asimilar a los cubanos. Sólo que aquí, tal vez por las inolvidables advertencias martianas, que no tuvieron su correlato boricua, los empeños resultaron infructuosos. Ni la Enmienda Platt, que quiso regular la dominación neocolonial, ni la diplomacia del dólar y los tratados de reciprocidad comercial, ni las repetidas intervenciones de los marines para salvaguardar vidas e intereses estadounidenses, ni las dictaduras impuestas como las de Machado y el sargento Batista, ni las Conferen- cias Panamerica- nas y su publicitado panamerica- nismo, con todo y OEA, pudieron impedir que una tenaz y aguerrida juventud rebelde, con líderes como el disidente comunista Julio Antonio Mella, asesinado en su exilio mexicano en oscuras circunstancias, y, sobre todo, Fidel Castro, indiscutible líder de la Revolución Cubana, terminaran por conquistar y celebrar, exactamente sesenta años después, la tantas veces postergada independencia, sólo que en un contexto mundial que en poco se asemejaba al mundo de los forjadores de antaño.

En apenas medio siglo, los Estados Unidos pasaron de ser un novel e inexperto miembro del selecto club de naciones imperialistas a convertirse en la primera superpotencia mundial, vencedora en dos conflagraciones planetarias y garante del régimen capitalista, con sus aditivos democráticos, y con un sólo rival de la misma categoría, la Unión Soviética, que también emergió triunfadora, nuclear y con ambiciones desbordadas de la última gran justa bélica. Sin que los cubanos se dieran cuenta, la lucha por la diferida emancipación nacional, que comenzó siendo un asunto provinciano, devino batalla decisiva y por poco última de la Guerra Fría, y sus dirigentes pasaron de piezas mayores del ajedrez local a peones de su correlato global. Esta mutación, todavía no suficientemente advertida en nuestra América y en el resto del Tercer Mundo, es crucial para comprender la naturaleza y los episodios subsiguientes de la Revolución Cubana.

No es este el lugar o el momento para intentar examinar a fondo el proceso de esta revolución y sus etapas, pero sí queremos, en el marco que nos hemos propuesto de explorar el sentido general de las luchas por construir una América Latina, con algunas de sus principales variantes particulares, aportar ciertas acotaciones relevantes en cuanto a la doble lectura que tienen todos los hitos del proceso contemporáneo cubano. Por ejemplo, la derrota de los invasores de Bahía de Cochinos, a escasos meses de la toma de posesión de Kennedy, que suele ser presentada como una derrota del imperialismo empeñado en detener la Revolución, fue, desde el punto de vista de la lógica de la Guerra Fría, una escaramuza improvisada que empezó a ser planificada en los últimos días de Eisenhower y que los Kennedy, simultáneamente ocupados de los crecientes conflictos en Laos, Argelia, el Congo, Berlín y Vietnam, no lograron detener, por lo cual nunca dejaron de arrepentirse. Ya en su discurso de toma de posesión ante el Congreso, Kennedy había anunciado su disposición a llegar a un arreglo con los cubanos, en relación a los asuntos de política doméstica, a la vez que prometió impedir cualquier intromisión soviética en los asuntos hemisféricos. La crisis de los misiles cubanos, de octubre de 1962, el momento en que estuvo más cercana la conversión de la Guerra Fría en Tercera, y quizás apocalíptica, Guerra Mundial, tuvo por desenlace el arreglo entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, sin participación de Cuba, en donde la URSS se comprometió a desmantelar los misiles y aparecer públicamente como dando su brazo a torcer, a cambio de no invadir más a Cuba, permitir la ayuda soviética a este país y desmantelar la base de misiles norteamericanos en Turquía.

Lo que queremos decir es que la experiencia cubana, en tanto que lucha por la emancipación nacional y por la elevación de la calidad de vida de nuestros pueblos latinoamericanos, es sin lugar a dudas pionera y, contra las afirmaciones de la abundante y mezquina propaganda en sentido contrario, contentiva de innumerables lecciones para todo el subcontinente. Cuba ha logrado, frente a adversidades externas mayores que cualquiera de nuestros países, uno de los más altos Índices de Desarrollo Humano de América Latina, sólo superado por Chile, Argentina y Uruguay; uno de los sistemas de salud más efectivos del planeta, con una esperanza de vida al nacer equiparable a la de su archirrival los EUA, de 78 años, aunque a mucho menores costos; la segunda tasa más alta de alfabetización del mundo, con un 99,8%, y una de las más altas tasas de escolaridad, a los tres principales niveles educativos, de 94,8%; un Índice de Pobreza de sólo 4,7%, e inocultables logros en materia deportiva, cultural y ética de solidaridad humana.

El problema radica, no obstante, en que política y económicamente Cuba sigue anclada en la época de la Guerra Fría, en donde escogió como modelo de sociedad el socialismo a la soviética, de por sí una tergiversación estalinista de la distorsionada interpretación leninista del ya limitado -por humano y decimonónico- marxismo, con su estatismo a ultranzas y su asfixia de la iniciativa privada, su régimen de partido único, su burocratismo, su centralismo, su carencia de libertades de expresión y falta de debate interno, su culto a la personalidad que prohíbe la crítica al máximo líder, y por tanto imposibilita las rectificaciones, y muchos otros vicios; y, no conforme, en el presente continúa empeñada en exportar su obsoleto modelo, aderezado, abierta o subliminalmente, con un culto a la vía armada antiimperialista para la toma del poder, a todos los países del Tercer Mundo que establecen relaciones de cooperación e intercambio fraternal con ella.

Por supuesto, que los Estados Unidos y, en alguna medida, todos los demás países latinoamericanos han sido responsables de empujar a Cuba por un callejón sin salida en términos de su proyecto de país a largo plazo, sólo compartido por su par asiático, Corea del Norte, pero ello no puede eximir de responsabilidades por la escogencia de tan limitado destino a los dirigentes y al pueblo mismo cubanos, que, como mínimo, deberían tratarnos a los mortales con un poco más de humildad y respeto. Ni los logros económicos de los puertorriqueños, en su alianza postrada ante los Estados Unidos, les dan derecho a presentarnos su modelo como el único digno de imitar, ni los cubanos, en su guerra a muerte contra los mismos, pueden encasquetarnos sus conquistas culturales y de lucha contra la pobreza como justificadoras de cualquier precio a pagar. En un clima de iguales, los latinoamericanos deberíamos ser capaces de aprender lo que resulte pertinente de ambas experiencias, a la vez que poder expresar, ¿por qué no?, las críticas constructivas que tengamos hacia cualquiera de ellas.

No sé cómo serán los juicios de La Historia, en donde Fidel está seguro de que será absuelto, pero supongo que por lo menos serán más imparciales e integrales que los de la justicia ordinaria, y que tomarán en cuenta muchas más evidencias y testimonios. Por si acaso llegaran a elegirme como ciudadano común miembro de un amplio jurado, como en las películas, me he preparado para intervenir en tal proceso: me inclinaría por declararlo inocente de los cargos de rebelión contra la autoridad y empleo de las armas contra el Imperio, pues aduciría que lo hizo en defensa propia, y también de cualquier acusación de corrupción o apropiación indebida de fondos públicos, y afines, por falta de pruebas y por que no dudo de sus buenas intenciones; pero abogaría por una fuerte reprimenda pública y una penitencia, probablemente a través de servicios a la comunidad, por los cargos de prepotencia, engreimiento, dogmatismo, y abuso cualitativo y cuantitativo -cincuenta años sí son demasiado- de autoridad. También me mantendría alerta ante cualquier intento de su defensa de declararlo paranoico o megalómano, y por tanto irresponsable de sus actos, pues pienso que desde hace tiempo ha tenido, y tal vez todavía tenga (a 16-06-2009...), oportunidad de reconocer sus faltas.