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viernes, 30 de octubre de 2009

Nuestras capacidades sustanciales informativas

Incluso a pocos párrafos de concluir esta serie no está de más repetir que la diferencia esencial entre estas capacidades, a las que hemos convenido en llamar capacidades sustanciales, y las de los otros dos tipos, las estructurales y las procesales, está en el carácter más concreto o más específico de las primeras en relación a estas últimas. Una especie de test que, en lo personal, y después de muchos años de haber desarrollado, y lidiado con, estos conceptos, he empleado para distinguir unas de otras, cuando se presentan dudas, es el siguiente: si una capacidad dada es fácilmente imaginable de ser trasplantada a otro país o ambiente y, en el nuevo contexto, conserva su aplicabilidad o relevancia, entonces se trata de una capacidad estructural o procesal -las cuales son sencillas de distinguir entre sí, por su carácter sincrónico, unas, versus diacrónico, las otras, como su propio calificativo lo sugiere-; en caso contrario, es decir, si tal aplicabilidad se pierde con el trasplante, entonces se trata de una capacidad sustancial.

Esto viene a cuento porque estas capacidades sustanciales informativas podrían confundirse con las capacidades estructurales mediáticas que exploramos anteriormente, puesto que ambas están referidas al manejo de información. Pero mientras que las segundas se refieren a las capacidades generales -y por tanto son susceptibles de ser trasplantadas a, o utilizadas en, otros contextos- de generación, procesamiento, almacenamiento, recuperación y difusión de información, las otras se vinculan al manejo de información específica sobre una determinada realidad. Tal y como en algún momento lo indicamos, las capacidades estructurales se relacionan con la anatomía o configuración general de los sistemas, como cuando estudiamos la anatomía del aparato respiratorio humano, que es la misma aquí o en la Cochinchina, mientras que las capacidades sustanciales se asocian con la manera específica de funcionar tales sistemas en un contexto particular, o sea, comparables a respirar en un ambiente dado. A título ilustrativo: sería perfectamente posible que un equipo de futbolistas, con capacidades respiratorias generales en perfecto estado, pudiese tener dificultades, permaneciendo los demás factores constantes, a la hora de medirse en una cancha a más de cuatro o cinco mil metros de altura, contra otro equipo, con varios de sus jugadores con problemas generales de bronquitis, pero con capacidades respiratorias específicas mucho más adaptadas a jugar en las condiciones de escasez de oxígeno propias de tal altura. Del mismo modo, y como lo veremos más abajo en este mismo artículo, es posible que una sociedad posea capacidades estructurales mediáticas avanzadas y, a la vez, capacidades sustanciales informativas rezagadas, o viceversa.

Aunque la información siempre es una variación en algún flujo de energía susceptible de ser interpretada por algo o alguien en un contexto dado para decidir un curso de acción, las capacidades para manejar tal información pueden ser tanto generales, es decir estructurales, como específicas, o sea sustanciales. Mediante la instrucción básica, y a través del equipamiento y desempeño de los diversos medios de comunicación e información, los países pueden desarrollar sus capacidades estructurales mediáticas, pero sólo con el estudio creciente y la sistematización de datos sobre sus realidades pueden transformar sus capacidades sustanciales informativas. En nuestra América Latina, por supuesto, sin llegar a descollamiento alguno, hemos tenido avances, sobre todo en el último siglo y gracias a la ampliación del acceso de nuestra gente, y en particular de nuestras mujeres, a la instrucción general, así como con una dotación significativa de equipos de comunicación, en materia de capacidades mediáticas; pero seguimos, en promedio, profundamente rezagados en materia de capacidades sustanciales informativas en prácticamente todos los campos.

En la esfera productiva, por citar un ámbito, el grueso de nuestras empresas locales, pese al nivel educativo de su personal y al equipamiento de sus oficinas, carecen de contabilidades y registros de datos efectivamente aptos para soportar actividades de toma de decisiones operativas, administrativas y gerenciales. Los balances financieros, estados de ganancias y pérdidas, tendencias de la producción y las ventas, etc., por regla general están atrasados, son de poca utilidad a la hora de tomar decisiones cruciales, y se usan principalmente en momentos estelares, como a la hora de solicitar préstamos, declarar impuestos, etc., o sea, en función de requerimientos externos y no internos. Y lo mismo puede decirse de sus prácticas operativas, sus directorios y catálogos, sus colecciones de planos y dibujos de diseño, y hasta los letreros de instrucciones de los equipos y las señales de seguridad en las plantas industriales.

Me temo que la mayoría de los lugares de realización y recepción de llamadas telefónicas de nuestro subcontinente están dotados con un personal de suficiente nivel de instrucción formal y con equipos electrónicos relativamente avanzados, pero carecen de un directorio razonablemente completo sobre los clientes, usuarios, competidores o proveedores de la organización a que pertenecen. Muchos de nuestros empresarios, gerentes y supervisores desconocen que, en una típica planta metalmecánica, por ejemplo, el valor potencial para la empresa de sus planos detallados de fabricación de piezas y equipos suele ser superior al de la maquinaria con que cuenta. Constituye una rareza que alguna de nuestras librerías, discotiendas o videotiendas cuente con catálogos para localizar libros, discos o videos que no estén en las exhibiciones. Es frecuente que, dada la escasez de entrenamiento e información específicos relevantes, los propios equipos suelan ser aprovechados muy por debajo de sus capacidades nominales. No es infrecuente que el personal desconozca hasta el modo de emplear botones o comandos básicos de los equipos pues sus instrucciones de uso están en inglés...

La situación suele repetirse en prácticamente todas las esferas, desde la histórica o la referida a nuestra naturaleza, en donde buena parte de nuestros documentos y estudios se basan en los comentarios y apreciaciones de ilustres visitantes o cronistas, como Alejandro de Humboldt, Aimé Bonpland, Charles Darwin y afines, hasta la edafológica, geológica o cultural. En líneas generales, es hartamente insuficiente la información con que contamos sobre nuestra historia o nuestros bosques, fauna, suelos, subsuelos o creaciones musicales o literarias, incluso después del advenimiento de Internet, en donde hay más información sobre la nobleza de Luxemburgo que sobre nuestros terratenientes y latifundistas. Nuestras inmensas riquezas forestales, nuestra biodiversidad o nuestro acervo cultural permanecen subaprovechados, en gran medida, debido a la falta de información específica relevante sobre sus características y a la falta de políticas apropiadas. Tan grave es la situación que, en el presente, existe un importante contrabando de extracción de maderas, resinas, pigmentos, metales preciosos, sustancias vegetales y hasta especies vivas de animales, que se comercializan en Europa o los Estados Unidos con desconocimiento de nuestros Estados.

Quien suscribe, a quien por lo menos no se le debería acusar de falto de interés individual por conocer nuestros recursos locales, ha tenido la experiencia de conocer en el exterior escritorios o esculturas de maderas extrafinas, extrapesadas o extraimpermeables extraídas de nuestros bosques amazónicos, de las cuales no tenía ni noticia; o de enterarse por canales televisivos foráneos de que la araña más venenosa del mundo tiene su hábitat en las montañas del norte de Venezuela, donde obviamente se halla Caracas. Me atrevo a afirmar que la abrumadora mayoría de mis compatriotas jamás han probado y desconocen la existencia del semeruco (cereza, para los llaneros; acerola, para los brasileños, etc.), que, como ya lo señalamos en algún artículo anterior, es la fruta con el récord mundial de concentración de vitamina C o ácido ascórbico. Y, por los vientos que soplan y para su inmenso dolor, todo sugiere que el susodicho redactor de estas líneas abandonará este mundo sin haber visto jamás (salvo que algún día se lo tropiece en quien sabe qué zoológico extranjero, a los que gusta de visitar cada vez que puede y en donde ha conocido especies criollas no vistas en su propia tierra), ni siquiera en fotografías o películas, al desdentado, armadillo o cachicamo mayor del mundo, el cuspón, cuyo principal hábitat son las selvas tropicales venezolanas... .

Los hispanos que conquistaron y colonizaron nuestros países no sólo venían imbuidos de una especie de ceguera congénita ante la información y el conocimiento de lo nuevo, y armados con la institución inquisidora y baterías de calificativos, como los de alumbrado, cabeza e´ñema, cabeza caliente, librepensador, impío, hereje, infiel, volteriano, ateo, enciclopedista, anticatólico, y muchos otros, contra todo aquel que se atreviera a pensar con cerebro propio, sino también con una prepotencia dispuesta a despreciar toda información o experiencia de las poblaciones nativas y a reemplazarla, hasta sin base alguna, por términos y conceptos de su propia factura. Tal fue el caso, para no perder la costumbre de mostrar algún botoncito, de la lechosa o la piña, frutas absolutamente desconocidas para ellos, que tenían su nombres autóctonos, papaya y ananás, pero que fueron rebautizadas por las segregaciones de su concha inmadura, una, o su remoto parecido con las piñitas del pino, la otra. El rescate, en la medida de lo factible, y la debida documentación y datación, del inmenso arsenal de saberes de nuestras poblaciones indígenas autóctonas acerca de nuestra flora, fauna y recursos naturales en general, e incluyendo sus propias lenguas y tradiciones, todos ellos amenazados de extinción, es una tarea de suma importancia y urgencia impostergable.

Dentro de este panorama latinoamericano, no precisamente halagüeño en materia de capacidades sustanciales informativas, es de justicia señalar que algunos países, dentro de los que podríamos señalar a Brasil, Cuba, Argentina y México, por los esfuerzos realizados en pro del manejo de información sobre su historia, su cultura y sus recursos naturales, quizás acompañados a distancia por Chile y Colombia, o por Perú, en lo arqueológico, han comenzado a erigirse en interesantes excepciones a esta regla. En Sao Paulo, Brasil, hemos conocido el único museo dedicado a mostrar la historia de la población y la cultura afroamericana de que tengamos noticia. En Cuba hemos visto las más extraordinarias revistas sobre la evolución de nuestra música. En Argentina existen un museo y una universidad del tango. Y en México se adelanta, a cargo del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI), el más completo estudio sobre las lenguas indígenas autóctonas que conozcamos, el cual ha detectado 364 variantes asociadas a 68 lenguas pertenecientes a 11 familias lingüísticas diferentes. Hace poco nos enteramos, y no sabemos definir con qué emoción, pues nos pusimos como alegritristes o nostálgicosorprendidos, de que en el saludo de una de estas lenguas, la chuj, de la familia maya, en lugar de decirse "hola" o "¿cómo estás?", se pregunta: "wach´am akóól", que literalmente significa algo así como: "¿está bien tu dimensión interior?"...

El caso venezolano es un ejemplo de avances considerables, en las últimas décadas y sobre todo en la que corre, en la esfera de sus capacidades estructurales mediáticas, con altos índices de alfabetización, matriculación en el sistema de instrucción, acceso a la radio, televisión, celulares, computadores e Internet, y otros factores, pero también de un profundo retraso en materia de capacidades sustanciales informativas sobre sus realidades locales de toda índole. En algunos casos excepcionales, como la valiosa sistematización de información sobre la avifauna nacional o sobre el subsuelo petrolero, los logros acumulados se han debido, más que a políticas coherentes estatales, a la iniciativa individual de pioneros como William Phelps o de empresas transnacionales. Aunque también habría que señalar, estos sí debidos a la actual política estatal, los avances en cuestión del levantamiento cartográfico del territorio o del patrimonio cultural detallado de la nación.

Opuestamente, el caso cubano es el de un liderazgo regional en materia de capacidades sustanciales informativas, que se traduce en la que probablemente sea, y pese a sus sesgos ideológicos, una de las más profundas comprensiones de su historia disponibles en cualquier país latinoamericano, así como en levantamientos sistemáticos de información sobre sus principales recursos naturales, su tiempo, clima y espacio geográfico, con una alta densidad de sistemas de recuperación de información, con datos y documentos relevantes sobre las distintas problemáticas locales; pero, a la vez, con rezagos injustificables en el desarrollo de sus capacidades estructurales mediáticas en materia, por ejemplo, de disponibilidad de periódicos, emisoras de radio o televisión independientes, celulares, computadores o acceso a Internet.

La creación de múltiples y accesibles bases y archivos de datos y documentos sobre nuestras realidades es una condición necesaria para nuestro tránsito definitivo hacia la modernidad. La aceptación realista de que no podemos saltarnos esta etapa, lejos de excluir la idea de su superación, puede partir del supuesto de que queramos trascenderla prontamente con miras a una sociedad cada día más justa y humanizada, de inspiración posmoderna, socialista, de bienestar social o como nos plazca denominarla. Pero sin información específica, sin saber quiénes somos, de dónde venimos o con qué contamos para construir nuestro futuro, seguiremos condenados a vivir en una especie de pasado perpetuo, no importa si cargados de sueños irrealizables.

La información es la materia prima indispensable para la creación de conocimientos, y el uso intensivo del conocimiento, para saber qué se quiere, por qué y para quiénes se quiere, y las maneras más efectivas de alcanzar eso que se quiere, es el rasgo distintivo de cualquier proyecto que se reclame moderno. Ese saber querer, ese conocimiento, es el recurso, el poder más valioso en las sociedades contemporáneas, y no puede erigirse sino sobre una necesaria y suficiente información relevante. La toma de conciencia acerca del valor de la información sobre nuestro mundo particular, y una mucho más profunda cooperación entre nosotros, que compartimos latitudes, selvas, ríos, floras, faunas, suelos, genes, lenguas, historias, tradiciones, conductas,... incomparablemente más afines entre sí que en relación a los equivalentes de nuestros dominadores de ayer o de hoy, y en lo esencial desconocidos por ellos, es clave para nuestra transformación y para dejar de habitar una realidad cargada de símbolos y de oportunidades que no sabemos como interpretar ni aprovechar.


Nota: Por penúltima vez le recordamos a nuestros queridos lectores que, desde el artículo número 50 de nuestro blog, y ahora hasta el 3 de noviembre, estamos aplicando una encuesta detallada: Mejorando a Transformanueca, que esperamos nos ayude a definir los enfoques venideros de nuestra publicación, y una encuesta simplificada: Opinando sobre Transformanueca, que también confiamos pueda ser útil. Hasta la fecha estamos sorprendidos por el bajo número de encuestas aplicadas, y francamente no logramos entender qué pasa (salvo las peregrinas hipótesis de que no se sepa cómo acceder a las encuestas, de que se esté visitando el blog sin leer los artículos, o de algo extrañisimo por el estilo...). Por si se deciden, no olviden hacer clic en el botón Continue, al terminar la Encuesta, después de la Pregunta # 10. Les agradecemos toda la colaboración que puedan brindarnos a este respecto.

martes, 23 de junio de 2009

Hibridados y hostigados: los dolores supremos del pueblo paraguayo

Si América Latina ha sido una tierra de botines, Paraguay ha sido un botín dentro del botín. Como en los mitos del Sísifo aquel o del ave aquella, la historia del pueblo paraguayo ha sido la de un continuo levantarse y reconstruirse para volver a hundirse y ser destruido. Ningún otro pueblo latinoamericano ha padecido tantos y tan profundos desangramientos y se ha visto envuelto en tantas guerras como éste, ni ha sido tan hostigado por sus vecinos y por los grandes imperios contemporáneos. Pero, a la vez, nadie más ha alcanzado un equilibrio semejante entre las culturas amerindias y las culturas europeas traídas por los colonizadores. El Paraguay es una sombra de lo que el mismo fue y también de lo que pudo haber sido, o quizás todavía algún día pueda ser, America Latina.

Cuando los conquistadores españoles llegaron a los alrededores del río Paraguay se encontraron con un pueblo organizado en aldeas agrícolas, los guaraníes, que había logrado imponerse, en gran medida gracias a sus logros en horticultura y artesanía, sobre sus antecesores, pero que estaba resueltamente decidido a construir una sociedad estable y de convivencia entre todos sus miembros, y que inclusive mostró disposición a establecer una coexistencia pacífica con los recién llegados poseedores de una técnica mucho más avanzada. A la vuelta de unas pocas décadas, sin embargo, sin que esté claro cual fue el impacto de la opresión directa para imponer el modelo de las encomiendas o el efecto de las pérdidas en enfrentamientos, aliados con los hispanos, contra tribus vecinas, lo cierto es que también aquí quedó diezmada la población masculina original. La novedad consistió en que el posterior proceso de hibridación entre los varones ibéricos y las bellas guaraníes se basó, primero, en una poliginia -relaciones de un hombre con varias mujeres a la vez- socialmente aceptada, y, segundo, caso único en el subcontinente, en una igualación de derechos de los mestizos así nacidos con los escasos peninsulares o criollos descendientes de españoles. Todas estas circunstancias fueron aprovechadas, y fortalecidas además, por los misioneros jesuitas, quienes pronto descubrieron importantes afinidades entre el cristianismo y la religión original guaraní, que postulaba el Aguyé o camino de la perfección con destino a la Tierra Sin Mal, diseñaron una estrategia de respeto a la cultura autóctona y se decidieron a aplicar un esquema de transculturación no basado en la destrucción de ésta.

Bajo la gestión de los jesuitas, que obtuvieron los permisos reales y papales para impulsar su inédito experimento social, se estableció en el Paraguay y sus zonas vecinas el régimen mixto de las Misiones o reducciones, alternativo al de las encomiendas, primero, y al de las plantaciones o haciendas, después, prevalecien- tes en el resto del subconti- nente. Bajo tal régimen, apoyado en la igualdad social o falta de estratifi- caciones raciales ya comentada, y que partió del reconocimiento del plan de aldeas o tekuas de los guaraníes, se edificó una sociedad políticamente descentralizada ante los poderes del monarca español, pues contemplaba el gobierno de caciques locales designados por los mismos guaraníes; económicamente diversa, pues conciliaba formas de producción autóctonas, para el consumo doméstico, con sembradíos colectivos bajo el enfoque europeo, para el intercambio comercial con otras regiones; y culturalmente plural, pues los jesuitas aprendieron guaraní y se propusieron aceptar la compatibilidad religiosa entre el cristianismo y los principios del Aguyé. Esto dio lugar a una sociedad bilingüe y bicultural, al estilo tan frecuente en Europa, en donde abundan las lenguas, dialectos y culturas locales (catalán, gallego, vasco, luxemburgués, etc.) compatibles con sus equivalentes nacionales (españoles, franceses, etc.). Bajo este sistema llegaron a vivir, durante casi dos siglos, hasta más de cien mil pobladores, distribuidos en más de treinta aldeas económicamente prósperas y cultural y políticamente armoniosas.

Pero los celos sociales y políticos ante el éxito jesuita, que dejaba al desnudo la inhumanidad del enfoque predominante escogido por los imperios ibéricos para América Latina, si bien tardaron en aparecer no dejaron de hacer su arremetida. Inicialmente a manos de los portugueses promotores del sistema de plantaciones esclavistas, las misiones sufrieron severos ataques -como el reseñado en la película La misión, con Jeremy Irons y Robert de Niro-, y después, ya devastadoramente, a partir de la expulsión de los jesuitas de América en 1767, a quienes se acusó de intentar socavar la autoridad imperial y papal y de actuar con intereses conspirativos propios. Del sistema de misiones quedó un conjunto de ruinas, pues fue brutalmente arrasado, sus propiedades destruidas o repartidas en plantaciones convencionales, sus colegios clausurados y sus pobladores masacrados o fugados a bosques vecinos; pero también la singularidad, hecha posible gracias a la decisión de gobiernos independentistas posteriores, del bilingüismo y relativo biculturalismo de la sociedad paraguaya, prolongada hasta nuestros días con sus escasos seis millones y algo de habitantes, mestizos hispano-guaraníes en el orden de un 80%.

No conforme con deparar semejante tragedia al pueblo paraguayo, el destino, o no se sabe quien, decidió no escatimarle ninguno de los clásicos tormentos del menú latinoamericano: dictaduras antediluvianas, manipulaciones imperialistas y subimperialistas, obstaculización del desarrollo endógeno, bajos índices de desarrollo humano, etc., e incluso aderezarlo con una dosis desproporcionada de guerras fratricidas contra sus ambiciosos y manipulables vecinos. Sin pretensiones de agotar el tema y sólo para sustentar lo afirmado, el Paraguay estrenó su independencia -ganada junto a los demás pueblos rioplatenses- con una aguda disputa con la oligarquía argentina, que quiso mantenerlo bajo su control, sólo para consolidar su autonomía bajo el mandato de veintisiete años (1813-1840) de un déspota semiilustrado, semiloco y semimisántropo, pero represivo y autoritario a carta cabal, "El Supremo Dictador" José Gaspar Rodríguez Francia, cuyo talante resultó inmortalizado por Augusto Roa Bastos en su casi homónima novela.

Después de tal pesadilla, la nación logró recuperarse con las gestiones del profesor Carlos Antonio López y su hijo Francisco Solano López, quienes, en apenas algo más de dos décadas, mediante tensas alianzas con el imperio inglés y sin ceder la soberanía, lideraron un proceso de reigualación social y volvieron a hacer de la nación un modelo alternativo latinoamericano, ahora con un desarrollo agrícola combinado con una precoz industrialización, que dotó al país con hornos siderúrgicos, robustas redes ferroviarias y una eficaz flota mercante. Sólo que esta transformación convocó la inquina vecinal del esclavista subimperio portugués-brasileño, quien, con una Triple Alianza con Argentina y Uruguay, en poco más de cinco años arrasó la infraestructura paraguaya y por poco comete un genocidio completo: se estima que de unos dos millones de habitantes que tenía el país a fines de 1864, sólo sobrevivieron, para 1870, menos de 300000 personas, en su mayoría mujeres, niños, ancianos y extranjeros; más del 90% de los varones paraguayos mayores de quince años perecieron en la contienda junto a su líder Solano López.

Ni la aplicación de su tradicional método poligínico, ni su homogeneidad étnica, ni su riqueza cultural, ni alguna que otra gestión progresista han sido suficientes para devolver al Paraguay el lustre de sus distintos pasados. Cierta recuperación alcanzada en las primeras décadas del siglo XX, fue abortada de nuevo por la Guerra del Chaco, esta vez contra su vecina noroccidental, Bolivia, quien, azuzada por transnacionales estadounidenses que creyeron que había petróleo en El Chaco, la desolada llanura del occidente paraguayo, le declaró la guerra durante tres años (1932-1935); afortunadamente, cuando se comprobó que era falsa la suposición petrolera, tan sólo habían perecido cerca de cien mil bolivianos y paraguayos, en la más cruenta guerra americana del siglo pasado. Por si le quedara algo de aliento, Paraguay recibió el castigo de nuevas noches de dictaduras gorilas, como la de Stroessner, apoyado por los Estados Unidos durante treinta y cinco años (1954-1989), hasta volverla la nación encerrada, ignorada y venida a menos que fuera hasta hace poco, cuando pareciera estar iniciando, cual ave Fénix, otro renacer.

En síntesis, las conclusiones parecen sobrar, y sólo se nos ocurre acotar que de ninguna otra nación latinoamericana podría afirmarse tan lapidaria- mente, como lo hizo Barret en su El dolor paraguayo, que es "...una ruina que sangra, ...un hogar sin padre"; aunque, a modo de esperanza, emergida del fondo de semejante caja de Pandora, el mismo autor también dejó dicho, quizás remembrando aquel Aguyé del camino guaraní hacia la Tierra Sin Mal, que: "...no somos los dueños sino los depositarios de la vida. Por eso el amor es una deuda y está hecho de sacrificio. No nos entregamos solamente, sino que nos devolvemos".

martes, 26 de mayo de 2009

Nuestras culturas latinoamericanas trasplantadas

Lo que anhelamos ser los latinoamericanos, que se desprende de lo que somos, dista de un todo homogéneo y mucho menos es el preludio o prefiguración de algún estado ya alcanzado por otros pueblos. Nuestra cultura es más bien un agregado de vectores o fuerzas que nos empujan por rumbos inéditos, y que se han conjugado a través de variados procesos de transculturación, entendiendo por tales a aquellos en donde hemos asimilado la cultura occidental dominante, por aculturación, y hemos perdido, por deculturación, rasgos de las culturas indígenas y africanas que también nos definen.

Entre estos procesos de transculturación distinguiremos, tomando en cuenta muy libremente aportes de Darcy Ribeiro, J. M. Briceño Guerrero y otros, cuatro tipos principales: tres "asexuados": trasplantes, implantes y fragmentaciones, y uno "sexuado": las hibridaciones o mestizajes. Por trasplantes entenderemos aquellos procesos de transculturación vinculados al establecimiento de poblaciones europeas migratorias que vinieron a establecerse con sus modos de vida en América, es decir, que trajeron sus familias y juegos completos de rasgos culturales e instituciones, desplazando de sus territorios a los pobladores que los precedieron; hablaremos de implantes en los casos en donde los conquistadores europeos reemplazaron jerarquías sociales y rasgos culturales de imperios e instituciones aborígenes o locales, colocando al grueso de la población autóctona y su cultura bajo su control; llamaremos fragmentación al caso en donde ciertos elementos culturales hayan podido conservarse en base a la huida o protección ante el avance de los conquistadores, por lo común a través del desplazamiento de poblaciones de origen indígena o africano hacia territorios de difícil acceso; e hibridación o mestizaje a la variante en donde los conquistadores, constituidos principalmente por una población de sexo masculino, se mezclaron con la población femenina de raíz indígena o africana para engendrar etnias y rasgos culturales nuevos.

Estos cuatro mecanismos de transculturación, cabe aclarar, tendrían lugar a diferentes niveles y de maneras tanto aisladas como conjugadas, y, en sentido estricto, no deberían emplearse para caracterizar procesos a nivel de pueblos o naciones en su conjunto. No obstante, con fines ilustrativos y dado que en algunos casos han predominado ciertos mecanismos por encima de otros, sí nos referiremos a ellos a niveles gruesos con el objeto de dar a entender más vivamente nuestras tesis y sus implicaciones. En materia de trasplantes, para comenzar por aquí, ningún otro pueblo latinoamericano ha llegado tan lejos como los rioplatenses.
Los pueblos rioplatenses, argentino y uruguayo, en realidad han vivido principalmente dos intensos procesos de transculturación en dos grandes etapas parcialmente solapadas. En el primero, durante poco menos de tres siglos y aproximadamente hasta el logro de la independencia de ambos, predominó el mestizaje étnico y cultural entre un amplio sustrato de origen guaraní y la escasa población española masculina, conquistadora primero y luego colonizadora, para dar lugar a los ladinos y gauchos que se arraigaron, unos, en las ciudades y sobre todo en torno a las actividades mercantiles y portuarias, y, los otros, en las pampas y la patagonia alrededor de la actividad ganadera. Gradualmente, fueron los ladinos quienes alcanzaron, junto a los criollos descendientes de las escasas familias de peninsulares, la hegemonía social, y quienes españolizaron y subordinaron económica, política y culturalmente a los gauchos, quienes hasta fines del siglo XVIII siguieron hablando frecuentemente en guaraní.

Posteriormente, sin embargo, fue la misma población ladina la que renegó de sus orígenes indígenas e impulsó, con un vigor desconocido en el resto del subcontinente y bajo la consigna de que civilizar es poblar, un proceso de trasplante étnico y cultural que pretendió nada menos que sustituir a los gauchos y ladinos empobrecidos por "gente de mejor calidad". Fue así como, con inspiración en el liberalismo europeo, se motorizó una acelerada inmigración que quiso hacer de la "raza anglosajona" el componente dominante de la población local y, en su defecto, terminó por traer a la Argentina, aproximadamente entre 1850 y 1950, cerca de cuatro millones de inmigrantes, principalmente italianos y luego españoles, que impusieron la estirpe europea y llevaron la población desde uno hasta cinco millones de habitantes en el primer medio siglo, hasta 17 millones en 1950, y hasta 43 millones con un 88% de caucásicos en el presente. La población uruguaya también saltó desde menos de cien mil habitantes hacia 1830 hasta cerca de un millón a comienzos del siglo veinte y unos 3,5 millones con 85% de descendientes de europeos blancos en nuestros días.

Este proceso de trasplante, sin ocultar toda la carga de racismo y violencia contra la población mestiza pobre, también dio lugar, previa intervención del capital financiero inglés y con un resuelto empuje a la educación, a un sostenido proceso de crecimiento económico basado en las exportaciones de carne, cueros, lana y cereales, y en la creación de una sólida infraestructura de trenes, carreteras y puertos al servicio de la actividad exportadora; así como a un florecimiento cultural que le ofrendó el tango y la Reforma Universitaria de Córdoba a todos los latinoamericanos y al mundo. El desdén contra la población desposeída autóctona no fue obstáculo para que gobernantes como Mitre, Avellaneda y, sobre todo,Sarmiento, se decidiesen a dar un fuerte apoyo a la consolidación del que, desde cerca de 1880, es seguramente uno de los sistemas educativos más avanzados del subcontinente, que le ha permitido a Argentina y Uruguay mantenerse entre las naciones latinoamericanas líderes en desarrollo sustentable, distribución del ingreso, desarrollo humano y calidad de vida. También hay que hacer mención aparte de Artigas, el héroe nacional uruguayo, y, en menor medida de Alberdi, intelectual argentino, como los únicos líderes que intentaron, aunque sin éxito, formular un proyecto nacional de transformación del latifundismo que le asignara el rol protagónico que merecía a la población gaucha.

Desde entonces, con altibajos vinculados al comportamiento de los precios de la carne y a fuertes acciones y reacciones políticas, la historia de Argentina y Uruguay ha sido la del sueño de convertirse en la Francia y la Suiza de América Latina, para dicha de las élites dominantes y desgracia de los excluidos, versus las respuestas populistas articuladas en torno a figuras presenciales o vicarias, vivas o muertas, como las de Perón y Evita, o a movimientos guerrilleros com los Montoneros y Tupamaros. En algún artículo futuro discutiremos como los arrebatos neoliberales y privatizantes a ultranzas de un Menem, enfrentados a la pareja de los Kirchner, forman parte de estos vaivenes rioplatenses, en donde pareciera que cada vez que Buenos Aires está a punto de transmutarse en un París y Montevideo en una Berna aparece un corro de cronopios jugando Rayuela contra los famas, el fantasma de Martín Fierro diciendo que no quiere hacer nido en ese suelo "ande hay tanto que sufrir", y el espectro de Gardel cantandoles a todos "...cuesta abajo en mi rodada, las ilusiones pasadas yo no las puedo arrancar".