"La esperanza es lo último que se pierde" sugiere un dicho popular latinoamericano, y "el alma es lo que nos queda, pues todo lo demás nos lo han quitado" es una frase que, con variantes, he oído muchas veces entre nuestros pobres. Tenemos la impresión de que si en el mundo, en la escala subcontinental, se definiese, al estilo de como en otros contextos se han definido las relaciones beneficio/costo, algo así como una relación esperanza/padecimiento, los latinoamericanos tenderíamos a quedar entre los líderes mundiales.En cuanto al numerador de la relación, como hace varios artículos lo señalamos, en cuestión de esperanzas, lo que es equivalente a conformidad y expectativas positivas con nuestras vidas, y por ende con nuestra felicidad, son elocuentes los indicadores que nos señalan entre los pueblos más felices del planeta. Y en cuanto al denominador, que debe ser homologado para que las comparaciones tengan sentido, es decir, que debe suponerse lo que habría ocurrido con un padecimiento común de los distintos subcontinentes o macroregiones, para luego apreciar las dosis de esperanzas relativas de cada quien, nos parece que terminaríamos sumamente bien posicionados. Si, por ejemplo, se pudiese establecer algún indicador de esperanzas en relación al volumen específico de padecimientos, digamos, en unidades de esperanza por litros de sangre, sudor y lágrimas derramados bajo dominaciones externas per cápita, no tendríamos mucho que envidiarle a ninguna otra región, incluso tomando en cuenta las conflagraciones mundiales europeas, las devastadoras guerras asiáticas, el holocausto judío o las cacerías humanas africanas.
Lo nuestro estuvo cerca de ser el genocidio o la limpieza étnica perfecta, es decir, una en donde no hubiese quedado ni rastro del pueblo exterminado, pues, según estimaciones de nuestro confiable Darcy Ribeiro, nada más que entre 1500 y 1650 la población de aborígenes prehispánicos se redujo en un 95%, al pasar de aproximadamente unos setenta millones a tres millones y medio de pobladores. Si a esto le sumamos la carga de trabajos forzados, despojo de tierras, aniquilación de culturas y lenguas, destrucción de hábitats, violaciones de mujeres, contagio de enfermedades, abandono de hogares, y yerbas afines, entonces se verá que no es de conchas de ajo de lo que estamos hablando. La consideración que parece haber escapado a los insaciables conquistadores, y que en buena medida ha permitido que estemos aquí echando el cuento en este blog, fue, como ya va dicho, la increíble capacidad de aguante de sufrimientos y vejámenes de nuestras madres ancestrales, quienes a todo trance optaron por asegurar la supervivencia de al menos la mitad de los genes originalmente americanos. Y, en cualquier caso, el que, después de semejante calvario colectivo, este subcontinente sea todavía capaz de reír y mirar con optimismo su futuro, es, por decir lo menos y al margen de consideraciones cuantitativas, digno de admiración o, como mínimo, del más serio autorrespeto.Se nos ocurre, sin embargo, una intriga: si fuese válido, como lo estamos suponiendo, que las esperanzas están hechas de alegría y anticipación, vale decir que son como unas alegrías con fundamento, ¿cómo es, entonces, que somos tan fuertes en esperanzas si en alguna parte hemos dicho que la anticipación no pareciera ser nuestra fortaleza? Tres explicaciones se nos ocurren. Una, que no seamos tan sólidos en esperanzas, pero no nos convence mucho esta idea. Otra, que no seamos tan relativamente poco anticipativos, que también nos huele a sospecha. Y otra más, que nos luce la más aceptable, según la cual la mezcla química entre alegría y anticipación no necesariamente ha de ser entre partes iguales de los componentes, con lo cual, con relativamente poca anticipación, pero con mucha alegría, podría generarse mucha esperanza. O, lo que se parece, que podrían existir diversos cocteles de emociones esperanzativas: unos más ásperos o fuertes, hechos con mayor dosis de anticipación, y otros más suaves o blandos, como quizás los nuestros, preparados con menor dosis pero tan o incluso más refrescantes que los otros.
Bueno, lo cierto es que quedamos como cansados de tanto intentar ser lógicos para fundamentar algo que en definitiva no es racional sino que nos brota de las entrañas, a saber, la corazonada de que lo mejor que aportará nuestra Latinoamérica a su autoconstrucción y a la edificación de una mejor humanidad está por venir. Si con toda nuestra cruz de calamidades, quizás mucho más pesada que la traída por los guerreros y misioneros ibéricos, no hemos perdido las ganas de vivir,
es poco probable que las perdamos en lo sucesivo. De lo que se trata, entonces, a partir de estas irreversibles ganas, es de decidir cómo vamos a arreglárnoslas para vivir, como vamos a aprender, propositar, producir, organizar, disfrutar, compartir... nuestros medios, maneras o modos de vivir. O sea... (si ya les viene fácil a la mente con qué rellenar los puntos suspensivos, entonces, contra viento y marea, estamos bien encaminados en el blog).