Mostrando entradas con la etiqueta Deculturación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Deculturación. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de diciembre de 2009

Nuestras identidades esperanzativas

"La esperanza es lo último que se pierde" sugiere un dicho popular latinoamericano, y "el alma es lo que nos queda, pues todo lo demás nos lo han quitado" es una frase que, con variantes, he oído muchas veces entre nuestros pobres. Tenemos la impresión de que si en el mundo, en la escala subcontinental, se definiese, al estilo de como en otros contextos se han definido las relaciones beneficio/costo, algo así como una relación esperanza/padecimiento, los latinoamericanos tenderíamos a quedar entre los líderes mundiales.

En cuanto al numerador de la relación, como hace varios artículos lo señalamos, en cuestión de esperanzas, lo que es equivalente a conformidad y expectativas positivas con nuestras vidas, y por ende con nuestra felicidad, son elocuentes los indicadores que nos señalan entre los pueblos más felices del planeta. Y en cuanto al denominador, que debe ser homologado para que las comparaciones tengan sentido, es decir, que debe suponerse lo que habría ocurrido con un padecimiento común de los distintos subcontinentes o macroregiones, para luego apreciar las dosis de esperanzas relativas de cada quien, nos parece que terminaríamos sumamente bien posicionados. Si, por ejemplo, se pudiese establecer algún indicador de esperanzas en relación al volumen específico de padecimientos, digamos, en unidades de esperanza por litros de sangre, sudor y lágrimas
derramados bajo dominaciones externas per cápita, no tendríamos mucho que envidiarle a ninguna otra región, incluso tomando en cuenta las conflagraciones mundiales europeas, las devastadoras guerras asiáticas, el holocausto judío o las cacerías humanas africanas.

Lo nuestro estuvo cerca de ser el genocidio o la limpieza étnica perfecta, es decir, una en donde no hubiese quedado ni rastro del pueblo exterminado, pues, según estimaciones de nuestro confiable Darcy Ribeiro, nada más que entre 1500 y 1650 la población de aborígenes prehispánicos se redujo en un 95%, al pasar de aproximadamente unos setenta millones a tres millones y medio de pobladores. Si a esto le sumamos la carga de trabajos forzados, despojo de tierras, aniquilación de culturas y lenguas, destrucción de hábitats, violaciones de mujeres, contagio de enfermedades, abandono de hogares, y yerbas afines, entonces se verá que no es de conchas de ajo de lo que estamos hablando. La consideración que parece haber escapado a los insaciables conquistadores, y que en buena medida ha permitido que estemos aquí echando el cuento en este blog, fue, como ya va dicho, la increíble capacidad de aguante de sufrimientos y vejámenes de nuestras madres ancestrales, quienes a todo trance optaron por asegurar la supervivencia de al menos la mitad de los genes originalmente americanos. Y, en cualquier caso, el que, después de semejante calvario colectivo, este subcontinente sea todavía capaz de reír y mirar con optimismo su futuro, es, por decir lo menos y al margen de consideraciones cuantitativas, digno de admiración o, como mínimo, del más serio autorrespeto.

Se nos ocurre, sin embargo, una intriga: si fuese válido, como lo estamos suponiendo, que las esperanzas están hechas de alegría y anticipación, vale decir que son como unas alegrías con fundamento, ¿cómo es, entonces, que somos tan fuertes en esperanzas si en alguna parte hemos dicho que la anticipación no pareciera ser nuestra fortaleza? Tres explicaciones se nos ocurren. Una, que no seamos tan sólidos en esperanzas, pero no nos convence mucho esta idea. Otra, que no seamos tan relativamente poco anticipativos, que también nos huele a sospecha. Y otra más, que nos luce la más aceptable, según la cual la mezcla química entre alegría y anticipación no necesariamente ha de ser entre partes iguales de los componentes, con lo cual, con relativamente poca anticipación, pero con mucha alegría, podría generarse mucha esperanza. O, lo que se parece, que podrían existir diversos cocteles de emociones esperanzativas: unos más ásperos o fuertes, hechos con mayor dosis de anticipación, y otros más suaves o blandos, como quizás los nuestros, preparados con menor dosis pero tan o incluso más refrescantes que los otros.

Bueno, lo cierto es que quedamos como cansados de tanto intentar ser lógicos para fundamentar algo que en definitiva no es racional sino que nos brota de las entrañas, a saber, la corazonada de
que lo mejor que aportará nuestra Latinoamérica a su autoconstrucción y a la edificación de una mejor humanidad está por venir. Si con toda nuestra cruz de calamidades, quizás mucho más pesada que la traída por los guerreros y misioneros ibéricos, no hemos perdido las ganas de vivir, es poco probable que las perdamos en lo sucesivo. De lo que se trata, entonces, a partir de estas irreversibles ganas, es de decidir cómo vamos a arreglárnoslas para vivir, como vamos a aprender, propositar, producir, organizar, disfrutar, compartir... nuestros medios, maneras o modos de vivir. O sea... (si ya les viene fácil a la mente con qué rellenar los puntos suspensivos, entonces, contra viento y marea, estamos bien encaminados en el blog).

martes, 24 de noviembre de 2009

Nuestras identidades anticipativas

Hasta donde hemos podido conocerlo, en el debate entre los universalistas o biologicistas, abanderados por el propio Darwin y por toda una gran secuela de estudiosos, incluyendo a nuestro Humberto Maturana, y los particularistas o culturalistas, quizás liderados por Margaret Mead y compañía, en materia de emociones humanas fundamentales y, por tanto, sobre identidades humanas fundamentales, los primeros llevan holgadamente la delantera, y ahora disponen, con los recientes descubrimientos sobre el genoma humano, de un nuevo y pesado paquete de argumentos en su platillo. Esto significa que las evidencias en favor de la existencia de un conjunto de emociones esenciales compartido y afín entre los distintos géneros, razas, etnias y culturas humanas parecieran pesar mucho más que aquellas en contra, aunque sin llegar a anularlas. Razón de más para que, volvemos a insistir, aquí no andemos buscando nada que apunte hacia una pluralidad humana tal que justifique la incomunicación, la incompatibilidad y menos la subordinación entre culturas, sino algo muy distinto: una especie de diversidad virtuosa que valorice los aportes de cada quien y haga resplandecer aún más, mediante pequeños contrastes, la armonía emocional del gran conjunto humano.

Estamos, tal vez empleando un método análogo al que una vez entendimos que usan los chinos para superar contradicciones en el seno de los afines, tratando de comprender la naturaleza o especificidad de las distintas culturas, y especialmente de nuestra cultura latinoamericana, al interior de una sola y misma humanidad. Para ello, partimos de la constatación de una identidad común y del deseo de unidad de todos los humanos vivientes, intentamos luego distinguir diferencias y conflictos al interior de esa unidad, para luego extraer de allí lecciones que ayuden a construir una más profunda unidad e interdependencia sobre bases más sólidas. O, dicho con palabras que espero resulten elocuentes al menos para el puñado de lectores asiduos del blog, nos estamos guiando por la heurística de quien supone que no es en la transformación de las identidades humanas, que estamos examinando ahora, ni tampoco en el cambio de la naturaleza de nuestras necesidades/libertades, que exploraremos más adelante, donde hay que afincarse para impulsar la transformación de nuestra América Latina, sino en la transformación de nuestras capacidades, que comenzamos a definir en varias series anteriores. En algún momento arribaremos, aunque desde una perspectiva teórica distinta, a una conclusión semejante a la de nuestro gran pensador Luis Beltrán Prieto Figueroa, quien gustaba de decir, y así le asignó esa consigna a una conocida institución venezolana, que "no hay pueblos subdesarrollados, solo hay pueblos subcapacitados".

Hasta donde tenemos noticia, las expresiones faciales de estas emociones, es decir, de la aceptación/rechazo, la alegría/tristeza, la anticipación/sorpresa y el coraje/miedo, como las hemos caracterizado, no solo son esencialmente comunes a todos los grupos humanos, sino que pueden ser comunicadas y reconocidas entre esos grupos. Las investigaciones de Paul Eckman y sus colegas, por ejemplo, publicadas en numerosos trabajos pero sobre todo en Unmasking the face (Desenmascarando el rostro), que se cuentan entre lo más sólido que hemos podido conocer sobre el tema, sugieren que las expresiones faciales de la felicidad (happiness), tristeza (sadness), rabia (anger), sorpresa (surprise), miedo (fear), repugnancia (disgust) y desprecio (contempt) son distinguibles en y por poblaciones como las tribus Fore y Dani de Papúa-Nueva Guinea, con un muy escaso contacto previo con culturas como la Occidental. Los nativos de estas culturas identificaron rápidamente fotografías representativas de estados correspondientes a esas emociones, y, a su vez, los estudiantes norteamericanos pudieron después identificar los mismos estados en fotografías de dichos nativos. Ciertas diferencias que a menudo observamos en la manera de reaccionar de miembros de diferentes culturas ante situaciones semejantes dependerían, según ellos, no de diferencias sustantivas en la emocionalidad sino en lo que llaman reglas de despliegue o de mostración de las emociones, que llevan a que ciertas culturas, en determinados casos, parezcan más emotivas o expresivas que otras.

Por su parte, Humberto Maturana, en uno de sus muchos trabajos dedicados al tema, "Lenguaje y realidad: el origen de lo humano" (En su libro: Desde la biología a la psicología), argumenta exhaustivamente en favor de la universalidad de las emociones, señala que "...las distintas acciones humanas quedan definidas por la emoción que las sustenta y que todo lo que hacemos lo hacemos desde una emoción", y llega a afirmar no sólo que estas emociones son universalmente humanas sino que constituyen el fundamento u origen de toda nuestra racionalidad: "... la comprensión racional de lo más fundamental del vivir humano, que está en la responsabilidad y la libertad, surge desde la reflexión sobre el emocionar que nos muestra el fundamento no racional de lo racional". Más adelante, en el blog, veremos como las identidades no solo son como capacidades permanentes, lo que ya dijimos, sino que también están, en el sentido opuesto, en las raíces de todas las capacidades, a quienes alimentan a través del arte, de la sabiduría o la ciencia en su sentido más amplio, y del propio amor.

En el mismo sentido apunta una interesante experiencia de la que tuvimos noticia hace ya unos cuantos años (¿unos quince o veinte?), pero cuyos detalles no tenemos ahorita a la mano, cuando un grupo de jóvenes, si mal no recuerdo daneses, que vinieron a uno de los Festivales Internacionales de Teatro que organizaba El Ateneo de Caracas, presentó una obra que trataba de la hermandad del género humano más allá de sus diferencias aparentes, y estaba basada en un lenguaje de gestos emocionales no verbales. Cuando terminó el festival, el grupo solicitó que les permitieran viajar hasta el Amazonas, en donde representaron la misma pieza ante una tribu yanomami si no me equivoco, con el resultado de que al final, según el reportaje publicado con despliegue de fotografías en El Nacional, los yanomami aceptaron la invitación de incorporarse a la obra y terminaron aportando su propia versión y enriqueciendo el relato original.

A su vez, todos los autores que hemos consultado y que ven también al ser humano como un ser biológico, coinciden en señalar grandes similitudes entre nuestra emocionalidad y, al menos, la de otros vertebrados superiores, como aves y mamíferos sobre todo. Estimo que por lo menos la mayoría de los humanos adultos estamos en condiciones de distinguir la emocionalidad básica de los animales que más frecuentamos, tales como perros, gatos, loros, pájaros e inclusive, a través de fotografías, de muchas otras especies, en las que podemos distinguir emociones básicas semejantes a las nuestras. Es muy fácil darse cuenta, por ejemplo, de la tristeza que embarga durante buena parte del tiempo a los animales enjaulados en los zoológicos chapados a la antigua, como son la mayoría de los que, desafortunadamente, hemos conocido en nuestra América Latina.

Y con lo dicho nos colocamos en posición de ahorrarnos palabras al abordar el tema de nuestras identidades anticipativas, derivadas de nuestras emociones homólogas. Sin mayores preámbulos lanzamos a la consideración de nuestros lectores nuestra hipótesis gruesa de que los latinoamericanos probablemente tengamos deficiencias significativas en la frecuentación de esta emoción vital, asociada a la segregación de las neurohormonas acetilcolina y norepinefrina, o que, en el sentido contrario, tengamos una sobrefrecuentación de las emociones del desconcierto y la depresión, asociadas a la segregación de las neurohormonas opuestas dopamina, serotonina y endorfinas. ¿No tendrá esto que ver con nuestras dificultades para el desempeño de acciones en el mundo del trabajo, la producción y, en general, la obtención de resultados? ¿No será esta la explicación del porqué de las actitudes y miradas, en promedio, más despiertas que hemos observado tanto en nuestras visitas a otras latitudes como en animales en estado salvaje o, al menos, de un alto grado de libertad relativa?

Más allá de lo que sugieren nuestros indicadores, generalmente pobres, en materia productiva, lo que ya apunta a probables bajos niveles de concentración en esfuerzos de trabajo y afines, está la constatación, esta sí tan evidente que no necesita cifras que la respalden, de una suerte de pasividad generalizada, sobre todo en lo productivo, lo científico y lo político, y de algo como una impotencia o indolencia para impedir que nos pasen una y otra vez los mismos desastres y calamidades, lo que no cesa de asombrar a gran número de visitantes y observadores extranjeros. El panorama de los tugurios y calles de nuestras principales ciudades, con su gran número de mendigos, pedigüeños, desempleados crónicos y trabajadores informales, pareciera revelar no sólo la falta de capacidades de todo tipo, sino también una especie de maniaco-depresión o déficit de atención colectivos, que no sólo afecta a sus exponentes directos, sino a todos los que de alguna manera pareciéramos bien resignarnos ante semejante situación o bien reaccionar ante ella sólo con reacciones destempladas. O, en el extremo opuesto, ¿qué otra cosa sino falta de emociones de anticipación y sensibilización revela la falta de respuestas a tales desafíos por la mayor parte de nuestras universidades, intelectuales y políticos? ¿Cómo se explica la escasez de aportes y publicaciones con ideas sobre nuestras duras realidades, incluso en condiciones en las que poseemos matrículas educativas y planteles docentes casi al nivel de las naciones modernas? ¿No tendrá esto que ver también con nuestra escasez de verdaderos empresarios y estadistas?

Conscientes somos de que nada de esto basta para probar nuestra fuerte intuición e hipótesis de que estamos como dormidos en lo que concierne a la asunción de nuestros destinos, pero ¿qué hacemos si con exagerada frecuencia nos topamos una y otra vez en nuestras calles y transportes colectivos, que a diario recorremos o abordamos, con las mismas miradas perdidas y depresivas que encontramos en los zoológicos? ¿No será que, a fuerza de siglos de dominación cultural, política y económica, hemos terminado por contraer una especie de depresión colectiva, que adormece nuestra identidad y emocionalidad anticipativas e inhibe nuestra disposición a estar alertas y responder efectivamente ante nuestros desafíos? ¿No tendrá esto que ver con aquello que ya constataba nuestro Libertador Simón Bolívar cuando, en su carta jamaiquina de 1815, se lamentaba de que "el alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas"?

Si somos francos, debemos admitir que cuando hace algunas semanas esquematizamos la idea de este artículo, e incluso cuando comenzamos a redactarlo fichas de investigación en mano, creímos que llegaríamos a conclusiones más contundentes, pero no ha sido ese el caso: nos llegó la hora de cerrar y tenemos que hacerlo casi con las mismas dudas iniciales. Aunque de pronto hemos vislumbrado un aprendizaje inesperado: si lo de que nos enfurecemos en los tumultos versus nos humillamos en las cadenas, o lo del déficit de atención o la metáfora del zoológico tienen sentido, entonces pareciera claro que el proceso de superación de nuestras inhibiciones y adormecimientos, o de despliegue de nuestras emocionalidades deprimidas, no debería andar por la vía de los desplantes o la precipitación, sino por la vía paciente de proponernos tareas no tan exigentes, de asumir nuestras realidades y vislumbrar nuestros futuros factibles, de aprender pacientemente a planificar nuestras acciones, de ordenar nuestros espacios y el uso de nuestros tiempos, de adquirir rutinas y disciplinas productivas. Lo contrario es como prescribirle al paciente propenso a las furias, la hiperactividad o la desesperación ante el estrés un tratamiento a base de garrochazos, electroterapias y sacudimientos espasmódicos...

viernes, 10 de julio de 2009

Hibridados e ilusionados (I): la tierra de gracia y de desgracia del pueblo venezolano


Hace algún tiempo una amiga inglesa me mostró una guía turística para anglo- sajones deseosos de conocer a América Latina, y, en el capítulo dedicado a Venezuela, decía algo así como "si usted quiere conocer a los venezolanos, prepárese para aceptar que son capaces de no tomarse en serio ni siquiera las cosas más obviamente serias de la vida, como sus propias leyes y su trabajo..."Tan extendidas están estas creencias y percepciones que, entre nuestros tipos de chistes predilectos, está la serie sobre el infierno venezolano en donde, paradójicamente, se sufre muy poco debido al mal funcionamiento de la maquinaria infernal diseñada para hacer sufrir.

Si, por esas casualidades de la vida, apreciada lectora o estimado lector, eres, al menos emocionalmente, partidario de la economía clásica, entonces puede que te hayas dado cuenta de que sólo una minoría visible de compatriotas estarán de acuerdo contigo en aquello del trabajo y la división del trabajo como fuente de la riqueza, pues los más creen que es preferible y más fácil acceder a la riqueza ya creada por otros y dedicarse a gastarla. Si defiendes algo parecido al marginalismo o el neoclasicismo y la necesidad de equilibrar la oferta y la demanda, verás que buena parte de los míos dirán que no hace falta tal equilibrio pues es mejor mantener una oferta en exceso, de modo que haya más donde "agarrar aunque sea fallo", mientras que otra parte dirá que lo apropiado es el acaparamiento, o el déficit de oferta, pues con el río revuelto ganan más los pescadores. Si eres curiosamente malthusiana y creyente en que los recursos escasearán progresivamente ante el crecimiento poblacional, tendrás muy pocos correligionarios, pues la creencia común, salvo unos pocos y cuando sea para especular con los precios, es que los venezolanos no deben preocuparse de escasez ninguna y menos a largo plazo. Si rigurosamente keynesiana y devota de la creación de demanda agregada, pues no serás nada popular pues eso pasa tanto por la creación de empleos como por la necesidad de trabajar para generar ingresos, y ambas cosas suelen ser vistas como antipáticas, innecesarias y de mal gusto, sobre todo tomando en cuenta que es más sencillo, para los menos, hacer negocios y repartirse gordos ingresos sin generar empleos y, para los más, percibir dádivas sin tener que trabajar ni capacitarse. Si sofisticadamente galbraithiano y partidario de fortalecer el rol del Estado y crear una fuerte tecnoestructura, se te dirá que en principio es interesante lo del rol estatal, pero a condición de que sea paternalista o clientelista, y que lo de la tecnoestructura es un fastidio porque sus miembros tienden a creerse gran cosota, quieren tener poder acorde a sus conocimientos y ganar más que los demás (lo que causa rechazo tanto entre los empleadores como en la gran masa de trabajadores no miembros). Si monetarista y partidaria de la regulación de la masa monetaria para que se autorregule el mercado, pues ciertos enterados opinarán que sólo a condición de que las reglas de la regulación las pongan ellos y se les deje repartirse previamente buena parte de la tal masa, y los más pensarán: ¡qué horror pues todo se pondría demasiado caro y escasearían los billetes y entonces ¿con qué va a comprar uno?! Si conservadoramente fisiócrata y defensora del rol de la tierra como fuente de la riqueza, tanto latifundistas como campesinos sin tierra y hasta no interesados directamente en tierra alguna podrían estar inicialmente de acuerdo, pero, eso sí, los primeros, sólo a condición de que no haya que visitarla mucho y se la pueda mantener improductiva, con miras a venderla bien cara, mejor si en dólares no importa si lavados, cuando se presente un chance, y los segundos y terceros, de que sea regalada, mejor si invadida primero y expropiada después, sin indemnización, a los ricos, y que no haya que trabajarla y menos pensar como hacerla más productiva, sino hacer cualquier cosa con ella mientras se la puede traspasar, para luego solicitar otra como nuevo regalo o con préstamos que no haya que pagar. Si mercantilista y amiga del ahorro de ganancias convertidas en metales preciosos en barras: nada de eso pues hay tanto en que gastar que no tiene sentido ahorrar y menos si se pueden convertir los metales en joyas para lucirlas, empeñarlas o venderlas. Si futuristamente schumpeteriana y abogada del rol empresarial para promover innovaciones y por tanto acelerar el crecimiento, la mayoría no entenderá de qué se trata, y los pocos que medio lo entiendan tenderán a poner como condición, para ser empresarios, que no haya que correr riesgos, que sea el Estado quien los corra y les otorgue previamente -por supuesto que con los arreglos obvios- los contratos para comprar los productos que surjan de las innovaciones - las que probablemente serían subcontratadas a terceros.

Si fielmente marxista y apasionado del desarrollo de las fuerzas productivas como condición necesaria para la transformación de las relaciones de producción y la superestructura de niveles de conciencia y participación política, alrededor de casi una mitad dirá que eso es comunismo puro y no lo querrá ni en pintura, y casi la otra mitad dirá que está bueno lo del marxismo pero sólo a condición de que se le aplique, dadas las peculiares condiciones venezolanas, al revés, o sea, creando primero la conciencia política con bastante propaganda y franelas; entendiendo por participación la asistencia a mítines, de ser posible en autobuses oficiales y forzando a los empleados públicos para que acudan, permisándolos en horas de trabajo, o la intervención en reuniones de resultados previamente decididos; cambiando luego las relaciones de propiedad mediante decretos y reformas constitucionales; y dejando para último, si es que queda tiempo y cuando ya no haya derecha que derrotar, el desarrollo de las fulanas fuerzas productivas, con derecho a que sobre la marcha se exploren vías más creativas y fáciles que permitan omitir este engorroso, y propio de ortodoxos, paso. Si leninista y dispuesta a aprovechar el desarrollo capitalista para organizar las fuerzas de la inevitable revolución socialista, unos podrían estar de acuerdo, a condición de que sólo se aproveche el desarrollo capitalista sin hablar de socialismo, mientras que otros dirían que sí a la propuesta, pero ahorrándose el desarrollo capitalista y saltando directamente a la de todas maneras inevitable revolución socialista, y mejor si obviando la parte organizativa. Si stalinista y defensor de la tesis de la construcción del socialismo en un sólo país atrasado, esto sería como escoger vivir en el infierno, para unos, mientras que otros dirían que, aunque dicha tesis suene interesante, sería preferible otra mejor en donde no haya que construir tal socialismo sino que baste con decretarlo. Si maoísta y adepta a la doctrina de que las masas campesinas organizadas en torno a su partido y su Gran Timonel pueden reemplazar al proletariado en la edificación del socialismo en un sólo país rural y atrasado, para unos cuantos esto sonaría a cuento chino, y aunque cierta parte estaría parcialmente a favor, sería sobre todo con lo del timonel, pero no con lo de los campesinos, lo de la organización o lo del partido, ni con lo de rural ni lo de atrasado, y en su lugar los pobres, aunque no trabajen en ninguna parte, con la misma maquinaria del Estado burgués actuando como organización y como partido, sin importar lo de rural, sino más bien contando con lo semiurbano, y decretando la conversión en potencia y que no existe tal atraso. Si castrista o guevarista y convencido de que un sólo país pequeño, pobre y atrasado puede plantearse la construccion del socialismo en la ruta hacia el comunismo, saltándose el capitalismo, creando un hombre nuevo y desafiando, con dos, tres, muchos Vietnam, a un imperio grande, rico y adelantado, entonces ¡zape gato! para muchos, y relativamente atractivo para otros, especialmente por lo de saltarse el capitalismo y desafiar el Imperio, pero con las observaciones de que mejor aprobando de inicio que ya se es grande, destacando las ventajas de la pobreza y la relatividad del atraso, sin tanta construcción sino decretando de una vez el socialismo y pasándole de lado al capitalismo en lugar de tener que saltarlo; con los mismos hombres viejos, para que todo sea más rápido; sin nada de luchas prolongadas a lo vietnamita, y menos de a dos o de a tres, y de manera que el desafío sea sólo verbal y con medidas efectistas a punta de realazos; y argumentando que el tamaño, la riqueza y el adelanto imperiales son un invento de reaccionarios.

En definitiva, el país ha funcionado y funciona, como si una mayoría de venezolanos estuviese, consciente o inconscientemente, sobre todo desde hace décadas, pero tal vez apuntando a siglos, convencida de que eso de la economía, sobre todo con el terco empeño de los economistas de relacionarla de una u otra manera con el trabajo, no va con ellos y es sólo aplicable a pueblos que no han tenido la suerte de nacer en esta "Tierra de Gracia", cuya capital es la mismísima "sucursal del cielo". Predicadores, moralistas y pensadores de todos los matices, como Simón Rodríguez, Andrés Bello, Cecilio Acosta, Alberto Adriani, Mariano Picón Salas, Cecilio Zubillaga, Arturo Uslar Pietri, Luis Beltrán Prieto, Juan Pablo Pérez Alfonzo, Domingo Felipe Maza Zavala, por sólo citar algunos de los más conocidos, han intentado explicarle al país la importancia del trabajo, del ahorro, del cultivo de la tierra (aunque sea de gracia), de pensar en el mañana o en las venideras vacas flacas, pero se han estrellado contra un muro infranqueable sin que se les preste atención; los más de ellos han concluido sus días aislados, exiliados, tratados de locos o de pendejos. El propio término trabajo tiene poca circulación en el país, en donde se prefiere hablar de chambas, rebusques, resuelves, pónganme-donde-"haiga", avances, tigres, cambures, quince-y-últimos, cuanto-hay-pa'eso, etc., y cuando raramente se usa suele ser bien en el sentido de "qué mala leche que me tocó a mí, el hijo de la panadera...", bien como sinónimo de mero empleo, en donde sólo el empleador tiene obligaciones, o bien con la connotación esotérica o hamponil de "le tengo un trabajo montado a fulano" o "me salió un trabajito para el fin de semana"... Hace algún tiempo un amigo de uno de los suburbios o barrios del sur de Caracas me resumió magistralmente esta ideología, cuando me dijo: "lo que pasa, mi llave, es que en este país los vivos viven de los bobos, y los bobos de su trabajo...", en lo cual, parece claro, está la explicación elemental del porqué de los lamentablemente kilométricos párrafos anteriores: en la medida en que no se cree en el trabajo no hay teoría o concepto económico con posibilidades de gozar de aceptación, pues todo ocurre como si la mayoría de venezolanos, tanto contemporáneos como de décadas atrás, y no es fácil hallar donde detenerse si se busca hacia el pasado, no sólo estuviesen en desacuerdo con cualquier teoría económica conocida, sino que parecieran estar en contra de la economía per se, lo que equivale a decir que su máxima aspiración sería vivir en un mundo deseconomizado, entregado a la desproducción y el destrabajo.

Aún suponiendo, o incluso dando por descontado, que pese a mis afanes de objetividad, pueda haber incurrido en alguna leve exageración con lo que va dicho, entonces se cae de madura la pregunta: ¿cómo es posible que esta insólita -a los ojos de la inmensa mayoría de probables observadores externos promedio, incluidos los de cualquier otro país latinoamericano, y exceptuando, sin estar seguro de ello, sólo a los países sauditas y afines- ideología haya podido arraigar tan profundamente en tantos venezolanos, por supuesto que con las excepciones que confirman la regla? En lo que resta de esta subserie de artículos , intentaré presentar al menos algunas pistas para responderla. Tal vez una buena idea, con ánimo de abreviar, sea puntualizar estas pistas o claves en cinco o, bueno, intenciones de que sean cinco, pues a veces no se sabe.

Para empezar, sirva decir que nada que merezca el nombre de Venezuela, y mucho menos el de República Bolivariana de Venezuela, puede tener, a la fecha de publicación de este artículo (10/07/2009), más de 511 años, puesto que fue en 1498, más exactamente el 5 de agosto, en Macuro, unos 40 km al este de Güiria, en la península de Paria, cuando Colón puso sus pies en este suelo, al que llamó Tierra de Gracia en su Relación del tercer viaje, y no por que uno sea coloncista o vendido a quien sabe quien, sino simplemente porque nada con denominación remotamente parecida a Venezuela o a una República o a Bolívar, o que hable español o se proclame cristiano, etc., pudo haber existido antes de tal contacto. A quien ya esto lo enfurezca irremediablemente, entonces tendrá que ir pensando en nombres alternativos para llamar a esta tierra, y definir sus límites territoriales, su población, su lengua oficial, su cultura, y tantos otros aspectos, con la gran dificultad de que, a fin de cuentas, es bien poco lo que se sabe de quienes vivían aquí y como lo hacían, y la todavía infinitamente mayor, en caso de que se supere ésa, de qué hacer con y como llamar a quienes vivimos ahora aquí, pues nos parecemos escasamente y no nos entenderíamos para nada con aquellos pobladores que serían los únicamente legítimos.

De acuerdo a la información fresca de que disponemos, cuando en aquel 1498 llegan, severamente extraviados, a nuestro suelo actual los primeros navegantes europeos, la condición indígena no era precisamente la de un atraso rayano en lo absoluto y una dispersión casi indigna de una seria atención, como lo han creído ciertos historiadores de derecha que revisamos en el bachillerato. Posición, por cierto, contraria a la que también nos parece errada, aunque hay que admitir que algo más cercana a la verdad, de sus oponentes acérrimos de extrema izquierda, para quienes Venezuela ya estaba completa aquí, como en estado latente, y el español lo que hizo fue como regarla y despertarla, al estilo de como la mayoría de pueblos primitivos o casi, y dentro de ellos podríamos incluir, por los momentos, a nuestros aborígenes, creen que las semillas son más bien parte de la tierra, que es un ente femenino, como matriarcales eran estas sociedades, que sólo necesita de la lluvia, masculina, para echar brotes y crecer. La otra metáfora, la que aquí adoptaremos, con la ventaja que da haber crecido en el siglo veinte occidental, es la de que Venezuela fue concebida a partir de aquel encuentro, con cargas genéticas prácticamente de igual magnitud, sólo que, por múltiples razones, a la larga resultaron dominantes los genes masculinos vinculados a la lengua, religión, visión del mundo, relación con la naturaleza, responsabilidad social, noción de propiedad, arquitectura, etc., mientras que sólo en pocos rasgos, quizás más primarios, pero no despreciables, como el color de piel, el gusto por la higiene personal, los gustos alimentarios, la filiación más fuerte con la madre antes que con el frecuentemente ausente padre, cierto gusto por los ambientes colectivos y por el baile y el canto, cierta fraternidad y espíritu de cooperación que emerge en extrañas ocasiones, etc., resultaron dominantes los femeninos.

Pues decía que la visión más actual del mundo prehispánico, la que se expresa en distintas publicaciones universitarias recientes, en las del V Centenario de Venezuela, y, sobre todo, en las excelentes publicaciones de fundaciones como la Mendoza, y, especialmente, la Polar, tal vez pueda compendiarse, sin excesivo atropello y con modestas interpretaciones propias, así. La región más avanzada, en términos de su grado de adaptación al entorno o territorio, de sus logros artesanales y de su organización social, o sea, simultáneamente económica, política y cultural, sería, no la andina, como se creyó hasta los primeros noventa, sino la noroccidental, con asiento principal en los valles y serranías de Quíbor, Carora, Barquisimeto, El Tocuyo, Falcón, Yaracuy y aledaños. Allí morarían, entonces, instaladas desde unos quince mil años atrás, inicialmente en condición de cazadores-recolectores, y desde hace poco más de dos mil años en la modalidad de aldeas jerárquicas agroartesanales, diversas tribus arahuacas tales como los caquetíos, achaguas, betoyes, jirajaras, ayamanes y gayones [de donde procede, de estos últimos, casualmente, el apellido de este servidor].

Estas tribus, que se comenzaban a erigir en el centro de gravitación cultural del mundo prehispánico en nuestro actual territorio, estaban rodeadas por otros seis importantes grupos: los de la cuenca del lago de Maracaibo, también de filiación arahuaca, establecidos allí desde hacía unos mil años, de donde salieron los actuales guajiros; los andinos o timoto-cuicas, emparentados más bien con los chibchas colombianos, que ocuparon sus territorios unos mil años atrás y comenzaban a transitar, en los últimos quinientos, el camino de la jerarquización agroalfarera; grupos diversos, probablemente también con parentesco arahuaco, en la región de los llanos altos, o sea al oeste de los actuales estados de Apure, Barinas y Portugesa, con unos mil quinientos años de residencia en la zona, que también comenzaban a jerarquizarse en aldeas agroalfareras; los de la región centro-costera, en los valles de Caracas, Aragua, cuenca del lago de Valencia, región litoral e islas vecinas, con filiación caribe, unos mil doscientos años de residencia y vocación por la estructura agroalfarera, aunque también con un marcado instinto bélico y de organización en feudos o cacicazgos locales, en los recientes ochocientos; y, por último, las dos regiones al sur del Orinoco y al noreste del país, con una multiplicidad de tribus establecidas allí desde unos diez mil años atrás, posiblemente de filiación tupí-guaraní, y todavía básicamente en el estadio de cazadores-recolectores.

En las sociedades de la región noroccidental, en donde nos concentraremos por tratarse de la más evolucionada y hacia la cual posiblemente tendían las demás, al menos en el plano cultural, no puede hablarse de la existencia de clases sociales, sino de la simple división económica del trabajo, más que nada entre los sexos y según ciertas edades y niveles de experiencia, aunque hay evidencias, sobre todo por las distinciones encontradas en los tipos de entierros, de que comenzaba a plantearse cierta estamentación o diferenciación en estratos de importancia desigual, y también algo tendiente a la posesión de esclavos, con el trabajo de prisioneros de otras tribus en las labores más degradantes, pero en plan de castigo y sin tratarlos como cosas. Mientras que los hombres cazaban, pescaban, defendían los cultivos de incursiones ajenas, hacían la guerra, y comenzaban a tomarle el gusto a las borracheras con chichas, cocuy y otros licores, ellas recogían especies marinas, aseguraban la subsistencia cotidiana de todos, inventaban y mantenían herramientas, criaban los pequeños, velaban por el orden familiar, fabricaban piezas cerámicas, telas y vestidos, y, last but not least, domesticaban y cultivaban numerosas plantas y algunos animales. Entre las plantas domesticadas se contaban, antes que nada, el maíz, con distintas variedades, de las que hacían varias clases de cachapas, hayacas, hayaquitas, chichas y arepas, incluyendo dentro de éstas las dulces y las peladas, y luego la yuca, tanto dulce como amarga -de la que hacían casabe-, el ocumo, la ahuyama o calabaza, el ñame, las caraotas (esto sólo se ha demostrado recientemente), los frijoles, los quinchonchos, la cocuiza, el algodón, el tabaco, el cacao, el apio, los ajíes, la lechosa, la piña, el tomate, la guanábana, el níspero, la guayaba, la papa (en las áreas más altas o cercanas a los Andes), la batata, y muchas otras menos conocidas (como el lairén, el guapo y la pericaguara, que el autor desconoce lo que son). Los varones cazaban venados, báquiros, tigres y otros mamíferos terrestres, así como caimanes e iguanas, a la par que pescaban y recolectaban ostras, cangrejos, caracoles y afines. Como artesanías diversas, en buena medida desarrolladas calladamente por las féminas, usaban las terrazas, los campos elevados de cultivo, las represas y los canales de riego, lo cual requería de un alto grado de organización social y la existencia de un Estado, al menos en germen; disponían de una amplia variedad de pilones, manos y piedras de moler para los distintos tipos de maíz; conocían distintos tipos de utensilios de tejer y telares, tanto horizontales como verticales, para hilar el algodón y fabricar prendas de vestir, hamacas, chinchorros, bolsos, gorros, cordeles y afines, así como para tejer otras fibras, como la cocuiza y afines, con las que fabricaban sombreros de paja y semejantes; practicaban el relativamente complejo proceso de fabricación del casabe a partir de la yuca amarga, con su herramental de raspadores, rallos, sebucán, budares y otros; producían recipientes de cestería y cerámicos para transportar y cocinar alimentos, y conocían el poder preservativo de la sal; construían viviendas con distintos tipos de planta, según los usos, a bases de fibras vegetales, piedra, madera, caña brava y barro, con paredes de bahareque; usaban ampliamente las conchas como artículos de adorno y también como moneda; manejaban herramientas agrícolas diversas como distintos tipos de azadas y bastones de siembra, y, pese a su vocación eminentemente pacífica, dominaban el uso de arcos, flechas, arpones, macanas y venenos; empleaban disfraces e instrumentos musicales como variadas flautas, botutos y tambores, con los que acompañaban ceremonias y danzas diversas, de donde han emanado el Tamunangue y el Baile de las Turas; construían piraguas, balsas y canoas de distintas dimensiones, incluyendo tamaños que les permitían viajar hasta las islas de las Antillas y realizar intercambios comerciales. Estudiosos han estimado el vocabulario referido solamente a nombres de plantas en unos cinco mil vocablos, que han comenzado a ser rescatados a partir del examen de las lenguas sobrevivientes arahuacas (como la de los guajiros). Habían comenzado, incluso, a emplear dibujos como recordatorios para mensajeros, al estilo de los quipus incaicos, con altas perspectivas de evolucionar hacia un sistema de escritura. Practicaban una religión con semejanzas a la griega, con un panteón de dioses especializados en diversos ámbitos, aunque centrados en un dios principal femenino, Urrumadua, como ente creador principal, y una especie de principio maligno, el Capu, con el que no se tardó mucho para que designaran a los conquistadores españoles. Estudios realizados en complejos cementerios, de Quíbor y Carora, sobre todo, han revelado un alto grado de división del trabajo, con apoyo en la organización social en clanes matrilineales, y que disponían de diversos tipos de funcionarios como el jefe civil, militar y religioso, o diao, y los piaches o boratíos, especialistas en curaciones y pronósticos del tiempo. También practicaban múltiples ritos en torno a los nacimientos, la llegada a la pubertad, la consumación de los matrimonios, las muertes, y el consumo de cenizas de los deudos, disueltas en chichas especiales.

Antes del arribo español, esa sociedad noroccidental relativamente armoniosa y pacífica, con tendencia a parecerse al modelo de la poco conocida civilización egea, con su panteón de dioses de ambos sexos pero centrado en la diosa Deméter -sociedad sin clases que no pudo sobrevivir a la arremetida de las invasiones griegas, con sus cultos jerárquicamente masculinos, su estructura clasista y su vocación incomparablemente más guerrera-, estaba amenazada desde tres flancos vecinos u horizontales: desde el este venía el avance Caribe, con liderazgos del tipo de la mayoría de caciques que estudiamos en primaria: Guaicaipuro, Baruta, Chacao, Tamanaco, Tiuna y otros, mucho menos avanzados culturalmente, pero mucho más disponibles para la guerra; desde el norte emergía una seria amenaza, dentro del propio mundo arahuaco, asociada al cacique Manaure, con centro de operaciones en Todariquiva, cerca de Coro, quien comenzaba a concentrar un poder mucho mayor que el de cualquier otro, se empezaba a rodear de un culto como si fuese dios y ya le gustaba mucho ser paseado en hamacas ricamente ataviado y enjoyado, con pretenciones de avanzar hacia una teocracia de tipo azteca o incaico; y desde el suroeste andino venían en camino los timoto-cuicas, con sus influencias chibchas, su carga de elitismo y sus prácticas esclavistas. Es muy probable que, de no haber llegado nunca el español, esta sociedad de agricultores y alfareros de todos modos hubiese sucumbido, como todas las de su estirpe de sociedades sin clases, que, por más marcadas por los discretos aportes femeninos y su vocación productiva pacífica, siempre han terminado, al menos en los últimos cuatro mil años de historia humana, avasalladas por los modelos más machistas y guerreros de las sociedades esclavizantes y de clases.

Pero este no fue el derrotero histórico sino otro. La tragedia no sobrevino ni del norte ni desde el este ni desde el sur u oeste: pareció llegar desde arriba. Los conquistadores llegaron de repente, y ningún indígena pudo imaginar de dónde, dotados con una parafernalia cultural que hizo que inicialmente se les creyera de origen divino y que venían a desposar a Urrumadua, pero pronto, con sus desmanes que arrasaron en pocas décadas, incluso cuando creyeron que había llegado al Paraíso Terrenal, un esfuerzo cultural de al menos quince mil años, se vio claro que eran nada menos que la encarnación de Capu... Desde entonces, con la desgracia que sobrevino y el casi total genocidio que dinamitó una cultura literalmente diezmilenaria de trabajo ardua, paciente y femeninamente lograda, los venezolanos habitamos nuestra tierra y andamos por el mundo como hazmerreires con nuestras absurdidades económicas...

La razón principal por la que me he detenido en esta descripción de aquella sociedad arahuaca es que, dentro del amplio conjunto de modelos sociales que ha albergado nuestro territorio, me temo que es lo más cercano a una sociedad armoniosa y laboriosa con la que vale la pena familiarizarse y de la que sí podemos sentirnos orgullosos, y por que en su violenta y mezquina destrucción está la primera gran clave para entender la fobia de tantos venezolanos ante el trabajo: la alegre y creativa noción de trabajo que prevalecía en una sociedad con más de un sesgo paradisíaco, limpia, ingenua, amorosa, sin clases sociales, con absoluta equidad en la distribución de los frutos del esfuerzo colectivo, y casi civilizada, en el sentido convencional de que estaba en vías de descubrir la escritura, fue reemplazada, en un abrir y cerrar de ojos, por prácticas dantescas que quisieron convertir los seres humanos en menos que cosas, y en merecedores del abuso, la superexplotación, castigos inhumanos y la muerte prematura. Se pretendio colocar toda la dimensión fatigante del esfuerzo de trabajo del lado indígena, y todo el componente de goce de sus frutos del lado español. El resultado fue que la mayoría de hombres perecieron en enfrentamientos, labores forzadas y epidemias, mientras que las mujeres vieron destruida su paciente obra y perdieron los incentivos, las herramientas y hasta los objetos del trabajo. Entre inmolarse también genéticamente o ceder sus genes a las futuras generaciones, o sea a nosotros, incluso hibridándose con los violentos y cochinos capus y sin legar su rica cultura, escogieron lo menos malo y aquí estamos nosotros, vivos y con la tarea de construir una sociedad real y libre de ilusiones económicas, lo cual no puede empezar sino por recuperar la cultura de trabajo perdida.

Pero, con la presión por concluir, casi olvidaba destacar algo importantísimo, y es que, bajo toda la hojarasca de desplantes y barbaridades desplegadas en nuestro mundo falsamente económico y dominado por valores machistas, en los intersticios de la Venezuela aparente y que sobresale a la luz pública, hay unos vestigios que sí lograron legar nuestras abnegadas madres arahuacas y afines, a quienes, en medio de tanta cháchara militarista y fanfarrona, de tantas medallas y plazas y fuertes e insignias y condecoraciones y esculturas dedicadas a los caciques caribes, nadie les ha rendido su más que merecido reconocimiento. Cada vez que preparamos o comemos cachapas o hayacas o arepas o casabe o caraotas o papas o batatas o frijoles o quinchonchos o yuca o lechosa o guanábana o níspero o guayaba o ahuyama..., cada vez que dormimos en hamacas o chinchorros o usamos ropas frescas de algodón o nos bañamos diariamente o viajamos en canoas o usamos bolsos tejidos o cestas de fibras o sombreros de paja o cantamos o bailamos acompañados con tambores o flautas o ..., y sobre todo si lo hacemos en familia, con amigos, en colectivo, con amor y alegría, pues allí está, cuando sentimos esas sensaciones gratificantes y distintas de lo que solemos sentir en la oficina o en la fábrica, el legado de ellas, las ignoradas. Es muy probable que por el rescate de ese espíritu de trabajo doméstico no alienado, a menudo no remunerado, haya que empezar a edificar una cultura de verdadero trabajo en Venezuela. Mientras no lo logremos, hasta en el Paraíso Terrenal nos sentiremos insatisfechos. Volveremos la semana que viene sobre las cuatro pistas restantes.