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viernes, 14 de mayo de 2010

Izquierda y derecha en el especto político general contemporáneo

Puesto que en el blog con frecuencia nos referimos a diferentes corrientes políticas, como, por ejemplo, el Partido Verde colombiano o los partidos verdes, no parece mala idea intentar una caracterización general del espectro político contemporáneo que permita situar tales corrientes en un contexto más amplio. Y, en particular, pareciera conveniente volver otra vez sobre la importante cuestión de conceptualizar qué significa ser de izquierda o de derecha en la época actual, pues existen demasiadas propensiones a hacer de estos conceptos relativos categorías fijas, históricamente inmutables y demasiado cercanas a los conceptos morales de la bondad y la maldad, segun la perspectiva de cada quien.

El concepto de izquierda de ninguna manera puede ser entendido como sinónimo de izquierda marxista-leninista prosoviética durante el período candente de la Guerra Fría, de la misma manera que el de derecha no debería ser lo mismo que derecha proimperialista, proyanqui y pro-explotación despiadada de la población trabajadora o de menores recursos, de los pueblos del Tercer Mundo, y afines. Si no hubiese más remedio que aceptar esta cruda sinécdoque, o injustificada generalización, entonces es claro que los términos izquierda y derecha habría que dejárselos a los historiadores, y pensar en algo distinto para designar posturas de relativa insatisfacción o satisfacción con el orden social existente.

Pero, afortunadamente, no pareciera ser ese el caso, pues pensamos que tiene sentido conservar esta distinción, a condición de entender que sólo adquiere pleno contenido en sociedades de tipo moderno o con un mínimo de libertades de expresión, de aceptar que se trata de una resultante o promedio de caracterizaciones de posturas ante diversas dimensiones de la realidad social, cuyos tiempos, como más adelante veremos, no necesariamente coinciden, y, sobre todo, de no convertirla en una distinción maniquea entre el bien y el mal -dependiendo de cada óptica-. También estamos conscientes de la propensión de cierta derecha a negar la importancia e incluso la legitimidad de esta distinción entre izquierda y derecha, y sabemos que aquel Profesor Fukuyama proclamó pomposamente, no hace tanto (1992), El fin de la historia y el último hombre, puesto que para él el capitalismo neoliberal sería el último sistema histórico pensable, con lo que serían superfluas las distinciones ideológicas y bastaría referirse a las propuestas económicas, más o menos liberales, de cada quien -un poco al estilo de cierto Profesor Pangloss, satirizado por Voltaire en su Cándido, que consideraba al Antiguo Régimen (Ancien régime) francés como "el mejor de los mundos posibles"...

Por lo que precede es preciso aclarar que, hasta donde logramos entenderla, la distinción entre izquierda y derecha sólo tiene pleno sentido en una sociedad de ciudadanos, o al menos de grandes proporciones de individuos en vías de serlo, es decir, de personas dispuestas a ejercer derechos y cumplir con deberes delimitados por un marco constitucional, con suficiente libertad y criterios para expresar sus opiniones o posturas políticas, y disposición a aceptar al menos alguna legitimidad en las ajenas. En una sociedad fuertemente jerarquizada y totalitaria o cerrada, en donde la sola expresión de ideas disidentes pueda ser motivo de condenas y castigos severos, y en donde el temor a la autoridad sea tal que lleva a la mayoría a abstenerse de opinar e inclusive de tener opiniones, no tiene mucho sentido hablar de izquierda o derecha. Sólo en las sociedades relativamente modernas políticamente, entonces, del tipo que comenzó a establecerse con los parlamentos inglés, francés o estadounidense a partir de hace dos o tres siglos, puede hablarse en propiedad de una izquierda, o corriente empeñada en impulsar cambios estructurales de fondo en el orden social establecido, en aras de una mayor justicia social, y de una derecha, o corriente convencida de la conveniencia de acentuar la preservación del statu quo, en aras de proteger los intereses de sectores relativamente privilegiados y/o de enfatizar la conservación de los logros del pasado, frente a cambios acelerados que puedan poner en riesgo la estabilidad de instituciones consideradas valiosas.

De lo anterior se deriva que estamos hablando de términos contrarios y graduables, o sea, que se definen uno en oposición al otro, en el contexto de una situación social concreta y al interior de una institucionalidad específica (parlamento, asamblea, foros públicos, etc.); que consienten un punto de equilibrio entre ambos, en este caso el centro; y a la vez admiten grados intermedios entre uno y otro. Pese a que, tras siglos de intolerancia, en América Latina estos términos se siguen usando en el sentido binario, excluyente o incompatible con que antaño se distinguió a los católicos de los herejes, la tendencia mundial dominante es hacia la mutua aceptación de ambas corrientes al interior de las naciones y sus instituciones, y especialmente de sus parlamentos. De ninguna manera, si queremos avanzar hacia nuestra transformación en sociedades modernas y verdaderamente democráticas, podemos continuar usando estas distinciones bien en sentido moralista, en donde para la derecha los de izquierda son representantes del mal, y viceversa; o en sentido peyorativo, en donde para la izquierda la derecha es sinónimo de conjunto de trogloditas desalmados, y para la derecha el individuo de izquierda es una especie de tarado o enajenado mental. La democracia empieza allí donde los ciudadanos defensores de la conservación del orden establecido son capaces de aceptar que puede haber motivos válidos para que otros quieran cambiarlo, y en donde los partidarios del cambio son capaces de admitir que puede haber motivos válidos para que otros quieran conservar el statu quo.

Las posiciones políticamente de izquierda o de derecha son resultantes de múltiples posiciones ideológicas, económicas, educativas, mediáticas y propiamente políticas, tanto en planos de corto como de mediano y largo plazo, y tanto en relación a realidades locales, como nacionales e internacionales, que no necesariamente coinciden. Pese a la arraigada práctica en nuestros países latinoamericanos de votar en los parlamentos en bloques o "aplanadoras", del gobierno o de la oposición -práctica que de paso suele ser ilegal, puesto que la mayoría de nuestras constituciones establecen que el voto de los parlamentarios es individual y no puede ser objeto de coacción alguna-, la realidad es que difícilmente un individuo puede sostener consistentemente posiciones con un énfasis análogo en el cambio o en la conservación del statu quo ante los múltiples problemas que debe abordar. Los conservadores modernos, por ejemplo, han hecho suyas numerosas consignas tradicionalmente liberales o progresistas para poder ampliar sus radios de influencia, y viceversa, muchas izquierdas contemporáneas, como verbigracia las chinas o prochinas, han hecho suyos planteamientos a favor del mercado y del capitalismo, para dinamizar sus economías. No entender esto equivale a anclarse en contextos rígidos y pasados en donde, en el límite, la única posición genuina es la propia y todas las demás son espurias o ilegítimas (aunque, por supuesto, tampoco aquí es convenientente chuparse el dedo y desconocer que, con demasiada frecuencia, sobre todo las posiciones de extrema derecha y de extrema izquierda, por diferentes razones, en el fondo coinciden en su no aceptación de los mecanismos democráticos y su empeño en destruir por la violencia al contrario).

Más aún, en una verdadera sociedad democrática las posiciones de izquierda y de derecha son necesarias. Sin las posiciones de izquierda o en favor del cambio las sociedades se esclerosarían o estancarían, pero sólo con posiciones de izquierda los cambios tenderían a hacerse tan vertiginosos e iconoclastas que las sociedades no podrían asimilarlos. Las posiciones conservadoras o de derecha, entonces, también juegan un papel como contrapeso o elemento de control o de validación de las posiciones de izquierda, y viceversa. Y suele ocurrir que, en una época y contexto dados, las posiciones de derecha son las ex-posiciones de izquierda de períodos anteriores, cuyos logros los conservadores quieren preservar, mientras que, por ejemplo, las posiciones de extrema izquierda son posiciones adelantadas que quieren implantar ya y a como de lugar los cambios para los que la sociedad aún no está preparada.

Con base en las premisas anteriores, y violando momentáneamente un de las reglas que hemos observado en el blog, la de no introducir diagramas, gráficos, tablas, mapas, etc., que puedan lastimar las sensibilidades de lectores de inteligencias blandas o humanísticas, en el esquema de arriba hemos representado un espectro genérico de posiciones de derecha y de izquierda, al que nos referiremos a la hora de analizar espectros políticos en contextos como el europeo, el estadounidense, el latinoamericano en general, el colombiano o el venezolano. Para ello hemos apelado a la distinción de tres tonalidades de azul, que es el color con el que más comúnmente se identifican las derechas -aunque en los Estados Unidos, por ejemplo, el Partido Demócrata, de centro-izquierda, se identifica con este color, y en Venezuela, por poner otro ejemplo, el partido Patria Para Todos, PPT, de izquierda, también se identifica con el azul-, y tres tonalidades de rojo, que es el color más universalmente usado por la izquierda -aunque también aquí, por ejemplo, el Partido Republicano de los Estados Unidos, al que aquí caracterizaremos como de derecha, ha usado tradicionalmente este color-.

La otra simbología, que nos parece sugerente, es que el esquema o diagrama puede también entenderse como una especie de velocímetro invertido, con el 0 a la derecha y el 180 a la izquierda, en "kilómetros/hora", en donde las posiciones de extrema derecha significan algo así como pretender ir por la autopista de la historia a un paso "exageradamente lento", entre 0 y 30 km/h, las de derecha tradicional sugieren una lentitud de entre 30 y 60 km/h, las de centro-derecha y centro-izquierda, respectivamente, ir a velocidades entre 60 y 90 km/h, o entre 90 y 120 km/h, las de izquierda tradicional a entre 120 y 150 km/h, y las de extrema izquierda a velocidades exageradamente riesgosas de más de 150 km/h.

En próximos artículos examinaremos espectros políticos específicos, y de paso nos pondremos al día con el blog, que está insoportablemente atrasado, con referencias a problemáticas y contextos concretos, con los que intentaremos ilustrar tanto el carácter relativo de las distintas posturas, como su carácter de resultante o promedio de las apuestas al cambio o a la conservación del statu quo en múltiples ámbitos.

martes, 27 de abril de 2010

Necesitamos políticas más diversas e inteligentes

Territorial, biológica, antropológica, culturalmente hablando, nuestro mundo latinoamericano es más diverso que los otros. Y pareciera, por tanto, que nuestras políticas deberían ser también más diversas. El pensamiento determinista, el de para un efecto una causa, o viceversa, o de si A entonces B, que en Europa y otros subcontinentes ha funcionado sólo a medias, y cada vez menos y en más restringidos ámbitos, en nuestras realidades fracasa estrepitosamente. En particular, las ideas de que ante pobreza inversiones extranjeras, frente a burguesía proletariado, para feudalismo capitalismo, o contra capitalismo socialismo, han sido prácticamente inaplicables en nuestro entorno. Mientras que gruesos sectores de nuestros pueblos aún luchan por satisfacer sus necesidades alimentarias, vestidarias o viviendarias, otras porciones, nada despreciables, pugnan por conquistar su seguridad y la estabilidad o continuidad de sus actividades. Más que políticas sueltas o aisladas necesitamos mosaicos de políticas, con partes que calcen congruentemente.

Cuando el liberalismo, la vía a la puertorriqueña, propone sus privatizaciones y su sálvese quien pueda, dando por supuesto que generará una carrera competitiva en donde ganarán los "mejores", resulta que grandes masas no llegan siquiera a participar en el torneo pues no logran desayunar bien y encontrar los zapatos para acudir a la contienda; pero cuando, reactivamente, ciertos gobiernos se dedican, a la cubana, a estatizar empresas y repartir alimentos, ropa y zapatos para promover la emulación, los ejercicios solidarios y la emergencia del hombre nuevo, entonces demasiados pobres se las echan al hombro y se ponen a esperar que papá Estado les resuelva todos los problemas, y demasiados adulantes, corruptos y arribistas se dedican a pescar en río revuelto. De allí que nos la pasemos cambiando de consignas, franelas y fórmulas económicas que resultan atractivas para unos y detestables para los demás, y en definitiva mantienen todo igual.

Si nuestras realidades son más diversas, y con más e inesperadas conexiones entre sí, entonces son más complejas. Y si las realidades son más complejas, las políticas para abordarlas, hasta tanto se inventen las bolas mágicas para adivinar el futuro, deben soportarse con más conocimientos, o sea, ser más inteligentes. Si a esto se suma que las sociedades llamadas más desarrolladas ya están abordando todos sus problemas con cada vez más capacidades cognitivas o basadas en conocimientos, y que el desarrollo de estas capacidades es una condición sine qua non para transitar hacia cualquier modernidad, entonces es claro que nuestras torpezas y perezas mentales nos salen cada día más costosas y atornillan más nuestros atrasos. Con morales borrosas y escasos de luces no llegamos ni a las esquinas de los cambios fundamentales necesarios.

No es posible impulsar políticamente la transformación de nuestras sociedades basadas en la discriminación, las jerarquías, la adscripción a estamentos, feudos o roscas, en síntesis, con modos de vida a los que llamaremos medios o de factura histórica medieval/renacentista, en sociedades modernas o basadas en el manejo de conocimientos, si la política misma y sus cuadros líderes no están imbuidos de un conocimiento profundo de las sociedades que quieren transformar. Los dirigentes o agentes de transformación de las sociedades medias en las sociedades modernas de nuestros días, léase un Franklin Delano Roosevelt o John Kennedy, en los EUA, Francois Mitterrand en Francia, Lester Pearson o Pierre Trudeau en Canadá, Felipe González en España, Willy Brandt en Alemania, Olaf Palme en Suecia, Itagaki Taisuke en Japón, o, con bemoles y más incipientemente, por sus resultados más limitados, Vladimir Ilich "Lenin", en Rusia, o Mahatma Gandhi en India, o, todavía mucho más embrionariamente, puesto que sus esfuerzos fueron tempranamente abortados, Salvador Allende, en Chile, Juscelino Kubitschek, en Brasil, Jacobo Árbenz en Guatemala, Rómulo Gallegos en Venezuela, y, en alguna medida, líderes como Jorge Eliécer Gaitán o Luis Beltrán Prieto, entre nosotros, poseen en común el hecho de haber sido hombres de una vasta cultura y con sólidos conocimientos, experiencias y estudios sobre las sociedades que quisieron o pudieron contribuir a transformar.

Las capacidades políticas, en tanto que capacidades esencialmente mediadoras entre todas las demás capacidades, tanto estructurales como procesales o sustanciales, son las llamadas a compatibilizar las múltiples luchas y movimientos de sectores disímiles por satisfacer sus necesidades distintas, conquistar sus libertades y realizar sus identidades comunes. Pero cuando los gobiernos y líderes optan por no profundizar en la comprensión de los problemas y hacerse adictos a las soluciones superficiales o sintomáticas, es decir, las cosméticas o que no van a la raíz de los asuntos, no importa cuales sean sus intenciones, terminan por reproducir el statu quo u orden establecido. En el caso venezolano, como brillantemente nos lo explicaran Pérez Alfonzo, Arturo Uslar Pietri o Meir Merhav, o como más recientemente nos los han recalcado Domingo Maza Zavala o Fernando Coronil (el de El estado mágico), nuestros gobiernos ya llevan cien años intentando hacer del acaparamiento versus reparto de la renta petrolera el motor de nuestra transformación en un país al menos del siglo XX, y ahora queriendo dar un salto hasta el XXI, con el resultado neto de una dependencia nacional creciente.

Contrariamente a lo que muchos creen, seguimos careciendo de información relevante, criterios de análisis, cuadros profesionales con capacidades teórico/prácticas, diagnósticos ajustados a nuestra realidad y programas atinados y realistas de cambio. A lo que acostumbramos llamar planes o programas políticos es a documentos bachilleratescos o demagógicos elaborados en pocas horas, días o semanas, por académicos o burócratas, con escaso o nulo asidero en experiencias concretas, que no llegan a ser comprendidos ni por los cuadros más calificados de los partidos y rápidamente se echan al olvido al menor cambio de las circunstancias. Lejos de aplicar aquella máxima de que los líderes políticos deben devolverle a las masas con precisión lo bueno que de ellas viene con confusión, se aplica la inversa: las políticas intentan sancionar las malas ocurrencias e ilusiones con más ilusiones y peores ideas. Si las niñitas de los colegios privados se lanzan a la calle a armar pataletas para que el presidente se vaya, entonces los dirigentes arman el embrollo golpista del 11 de abril de 2002; si la gente de los barrios se lanza a aplaudir la llegada de los pollotes brasileños o la leche de larga duración argentina o ecuatoriana, entonces se hace del reparto de comida importada una política central y encima se le dice a la gente, con propaganda impresa en las envolturas, que esa es la soberanía alimentaria en premio al heroísmo del pueblo, y que el socialismo es más de eso mismo. El oportunismo, la proclamación con palabras de lo que se niega en los hechos, se ha vuelto una enfermedad tan congénita de la política latinoamericana, y sobre todo venezolana, que cuando aparecen políticas distintas parecen cosas de ingenuos o idiotas que no saben dónde están parados.

En tales circunstancias, no puede ser superfluo insistir en lo que ya dijimos en nuestro artículo de agosto pasado sobre las capacidades políticas, donde enfatizábamos la idea de que la política moderna, si bien es un imprescindible e importantísimo y crítico elemento mediador o equilibrador entre las demás capacidades de toda índole, no puede y sobre todo no debe jamás convertirse en un fin en sí mismo. No podemos dejar de señalar la distorsión, tan frecuente entre los países del llamado tercer mundo y particularmente en nuestra Latinoamérica, en donde los políticos, y con demasiada frecuencia los militares, hacen de la búsqueda y ejercicio del poder fines que prevalecen por sobre cualquier otro ámbito social, con lo cual se convierten en amos y señores no sólo de las armas, sino de la cultura, el territorio, las riquezas, los medios de comunicación, las instituciones educativas, etc. Esta misma distorsión, pese a su arraigo, sólo sería parcialmente explicable tras los siglos de manipulación, silencio, dependencia, obediencia y opresión, no pocamente heredados de pasados antiguos y medievales, en donde los jefes del Estado: reyes, faraones, emperadores, incas o afines, se proyectaban ora como descendientes de seres divinos u ora como facultados directamente por las divinidades para gobernar a los mortales, con lo cual pasaban a mandar y decidir, absolutamente, sobre tutilimundi y en todas las esferas.

Las ideas de que la soberanía reside en el pueblo, y por tanto de que los funcionarios públicos son sus representantes o administradores designados por tiempo y en condiciones limitadas, y de la democracia, como mecanismo para dirimir los conflictos entre los ciudadanos que ejercen esa soberanía, son de data histórica muy reciente -tienen a lo sumo dos o tres siglos- y no terminan de ser asimiladas por nuestros pueblos latinoamericanos, siempre demasiado dispuestos a delegar, de hecho, su soberanía ante cuanto caudillo o mandamás que se les atraviese y les ofrezca un alivio a sus necesidades. Ya nuestro Bolívar, por ejemplo, se quejó en repetidas oportunidades acerca de la secular propensión del pueblo a obedecer, sobre todo a los gobernantes que ejerciesen por períodos prolongados, y Simón Rodríguez, su gran maestro, expresó de múltiples maneras que la construcción de nuestras democracias basadas en el ejercicio de la soberanía de nuestros pueblos tenía que comenzar nada menos que por la creación de los pueblos mismos...

Por las anteriores, y por muchas más razones, hace algunos años este servidor, después de década y media en la política de activación de movimientos desde abajo, o desde sus necesidades concretas, optó por concentrar sus esfuerzos en la elaboración teórica ligada al impulso de experiencias de transformación de instituciones en pequeñas escalas, con miras a afinar las orientaciones para futuras políticas y programas con más sólido fundamento. Fue así que decidió invertir buena parte de sus mejores energías en contribuir a subsanar al menos algunas carencias conceptuales o programáticas del quehacer político venezolano, y tal es el origen de las ideas que aquí se han venido exponiendo.

Varios seguidores y asesores informales del blog me han alertado, ante la evidencia de la última serie autocrítica de artículos, alrededor del centenario/aniversario, acerca del peligro que significa pretender involucrar a los lectores en discusiones que no son de su interés y en la toma de decisiones sobre el futuro de este micromedio de comunicación, y otros me han templado enérgicamente las orejas para hacerme ver la imperiosidad de abordar temas de mayor interés directo de los lectores, y particularmente las cuestiones políticas de actualidad. A unos y otros les estoy altamente agradecido por su celo, y de alguna manera estoy tomando decisiones que acogen sus recomendaciones, pues me dispongo, por un lado, a abordar temas de interés más palpitante, y, por otro, a restringir las discusiones abiertas acerca de qué decir y qué no decir aquí. Me han convencido de que, a fin de cuentas, más que un diario personal hecho público, esto es, antes que cualquier otra cosa, un medio público -un tanto personalizado, claro está- de comunicación, y, como tal, no tiene derecho -no lo hacen la prensa, la radio, el cine, la televisión, los volantes, las vallas, los afiches... ¿por qué habrían de hacerlo los blogs?- a discutir abiertamente sus intríngulis. Una seguidora me ha dicho que lo que he querido hacer es como si en un restorán se pusiesen a discutir con los comensales sus políticas, logísticas y recetas, o sea, las cosas que normalmente se resuelven "en la cocina", y que a ellos, los usuarios, poco o nada les interesa.

Sin embargo, y a resolver ese dilema le dediqué unas cuantas horas en los días pasados, concluí que no podía, de la noche a la mañana, acoger estas recomendaciones y proceder con el ya decidido golpe moderado de timón, sin antes hacer algunas aclaratorias para los lectores que hayan seguido el hilo de las exposiciones recientes, quienes merecen al menos una guía para comprender en qué consistirá el rumbo que están tomando las cosas. El plan original de las entregas del blog consistía en una introducción general, una introducción a las historias de nuestros países, una presentación de conceptos básicos sobre capacidades, identidades, necesidades y libertades, una discusión sobre los sistemas e historias de vida, y una especie de cierre del ciclo introductorio volviendo, pero con mayor profundidad y con una visión de conjunto, al punto de la historia de América Latina, y que sería luego cuando vendría una fase de abordaje de cuestiones más políticas y de interés inmediato de los lectores. Ese plan no va a ser desechado y, en cierto modo, va a continuar; sólo que, a partir de ahora, va a entrelazarse con un conjunto, más aleatorio e impredecible, de artículos sobre temas más políticos y/o de actualidad. Lo político, por un lado, y lo contingente cotidiano, por otro, van a funcionar como elementos cohesionadores, motivadores de la lectura y probatorios de la validez de los enfoques generales. Y a eso, a la profundización en el concepto de política que emplearemos, le dedicamos esta entrega, a la vez última de esta serie, digamos que introspectiva, y primera de la nueva fase de mayor atención relativa a las variables políticas.

martes, 20 de abril de 2010

Transformanueca en revisión (y III): ¿Mea culpa político?

La verdad sea dicha es que hasta ahora nadie le ha manifestado al blog su falta de énfasis en aspectos educativos, científicos, tecnológicos o culturales, y que, a propósito, cuando lo iniciamos hace un año, dijimos que esos temas, y no lo político, en su sentido estricto o partidista, tendrían una atención prioritaria. También hemos expresado, en varias oportunidades, que no tenemos nada en contra de la política, entendida en un sentido amplio, pero que preferiríamos exponer un marco general de nuestras ideas antes de proceder a plantear vías -necesariamente políticas- de solución a los problemas sociales examinados. Y hace ya mucho tiempo que tomamos conciencia de que cada vez que abordamos cualquier asunto de interés colectivo, inmediatamente aparecen distintas perspectivas e intereses en conflicto que obligan a la adopción de un enfoque político, es decir mediador entre las distintas racionalidades involucradas y las prácticas factibles de solución correspondientes.

Si no existiese la divergencia, la pluralidad de ideas e intereses, que dependen de infinitos factores, tampoco haría falta la política, pero como siempre existe ésa, entonces, quizás afortunadamente, los humanos hemos inventado esta manera de articular las ideas y las acciones colectivas que nos permite -no siempre, por supuesto- superar los conflictos sin recurrir a, o al menos minimizando, la violencia. Las criaturas, animales o vegetales, conocidas restantes, que desconocen, en esencia, la política, parecieran estar siempre prestas ya a la pasividad absoluta o ya al enfrentamiento desbordado, y no es casual que carezcan de instituciones y, sobre todo, de procesos evolutivos de sus instituciones: toda institución social es el producto de cierto consenso político en torno a la manera de resolver algún problema o conjunto de ellos, responder preguntas, adquirir conocimientos, divulgar ideas u ocupar territorios, y todo movimiento es el resultado de algún disenso en relación a la manera institucionalizada de pensar o hacer las cosas. En buena dosis, la política trata de esta dinámica o tensión entre instituciones que expresan consensos y movimientos que expresan disensos, o, lo que viene a ser equivalente, entre el orden establecido y el cambio -al cual, a este último, cuando es fundamental, lo llamamos transformación.

Hasta allí, no habría ningún problema en abordar regular o permanentemente temas políticos en el blog, y en cierta medida ya lo hemos hecho así. La dificultad se presenta cuando, como en la situación venezolana actual, la "política" se torna un campo de intolerancias, diálogos de sordos, zancadillas, mentiras, poses, negocios, adulaciones, fariseísmos, insultos, calumnias y posturas parecidas, que impide, precisamente, la superación de conflictos y el libre juego de las ideas y, sobre todo, la búsqueda de soluciones reales a los problemas sociales; o sea, cuando la "política" impide el ejercicio de la política. Cuando apenas aludir a Chávez se convierte en una manera de deslindar campos irreconciliables entre quienes están incondicionalmente con él -¡Con hambre y sin empleo / con Chávez me resteo!, era una de las consignas populares hasta hace poco, reemplazada ahora por las no menos elocuentes de ¡Chávez no se va! (sin especificar hasta cuando debería quedarse, lo que no es superfluo, dado el antecedente de su ídolo y mentor Fidel Castro...) o ¡Chávez es el pueblo!-, y quienes lo consideran la raíz misma de todos nuestros males -¡Se vaaa / se vaaa / se va, se va, se vaaa...!, ha sido una de las consignas favoritas de la oposición, ahora sustituida por eufemismos que encubren el ¡Hay que salir de Chávez como sea!, de amplia circulación en conversaciones privadas. Así las cosas, lo que hemos intentado hasta ahora, con dudosos resultados, es invitar a nuestros ciberlectores a pensar en la problemática de la transformación de nuestros países, en la cual estábamos ya enfrascados y comprometidos mucho de la aparición en escena del mentado, tratando de evadir tan nefasta y asfixiante polarización.

Pero, puesto que todo tiene sus límites en esta viña del señor, tal parece que se nos hubiese pasado la mano con este aparente apoliticismo, al punto de que hay quienes -y sobre todo aquellos que nos han visto intervenir en otras lides y con quienes nunca hemos interrumpido nuestras conversaciones sobre el acontecer político nacional- nos están reclamando una atención mayor a los candentes asuntos inmediatos venezolanos. Esto nos ha provocado hondas reflexiones, y de allí que hayamos decidido incorporar esta subserie aniversaria de Transformanueca, y especialmente este artículo*, para aclararnos acerca de lo que que ha significado y significa la política para nosotros, y sobre si tiene sentido intervenir, desde ahora mismo y más directamente, en los debates del momento político presente.

Claro está que nunca podríamos entender por política la defensa o ataque sistemático de ningún fulano, pues, incluso cuando hemos estado más entregados a esta crucial esfera de la vida, nuestras energías se han volcado al impulso de movimientos sociales, al diagnóstico de necesidades concretas y a la propuesta de programas de transformación de instituciones, haciendo siempre de la construcción de una organización política de vanguardia un medio y nunca un fin. Los movimientos sociales son como el hábitat para el desenvolvimiento de las organizaciones políticas críticas, sin los cuales éstas invariablemente degeneran en aparatos sectarios que más daño que bien le hacen a los procesos de superación negociada a los problemas y situaciones sociales conflictivas, que constituyen la razón de ser de la política. Cuando estuvimos en la universidad, por ejemplo, y lideramos, primero, el movimiento que se conoció como Liga de Estudiantes / Hacia la toma del porvenir, y luego, además, dirigimos el grupo político y el periódico Prag, llegamos a proponer planes concretos de transformación de la universidad en función de objetivos nacionales, que incluyeron hasta planes de estudio alternativos para la formación de profesionales, con énfasis en la formación para el diseño de sistemas y en la realización de proyectos de interés para el país, que priorizaban la atención a la problemática alimentaria, el desarrollo agrícola, el desarrollo de una industria de bienes de capital, la sustentabilidad energética, la búsqueda de salidas al angustioso problema nacional de la vivienda, y afines. Y bastante recordamos como esa manera de entender la política prácticamente irritaba a los políticos al uso, al punto de que en algún momento coincidieron las aparentemente irreconciliables fuerzas de derecha y de izquierda para fraguar, con las autoridades impuestas por el primer gobierno de Caldera, nuestra expulsión de la universidad.

En nuestros años de construcción de La Causa R, que muchos han querido silenciar por vía de reescribir esta pequeña historia (un día alguno nos increpó públicamente que dónde estábamos cuando ocurrió la fundación formal de esta organización en la Primera Asamblea Nacional -efectuada en Los Caracas, en 1973- o cuando aparecieron los primeros números de la revista, y nos vimos forzados a responderle que apenas en la organización, en la realización de las exposiciones centrales o en la redacción de aquel evento o de estas publicaciones), también entendimos la política, a la que entonces contraponíamos a la politiquería, como una mediación entre lo ideológico y lo movimiental desde abajo. La construcción de un movimiento popular desde abajo, es decir, desde su activación en torno a problemas concretos, junto al debate ideológico permanente y al deslinde de campos respecto de todo foquismo, vanguardismo, golpismo o acción directa y al margen del desarrollo real de los movimientos de masas, fueron los rasgos que nos diferenciaron tanto del enfoque del MAS, por un lado, como de la izquierda abierta o encubiertamente guerrerista. Bajo este enfoque se impulsó un movimiento estudiantil universitario que se mantuvo durante toda la década de los setenta, en donde se formaron cientos de cuadros y se sensibilizaron socialmente miles de estudiantes, y que fue predecesor del posterior movimiento de los años ochenta (Plancha 80) de donde han emergido muchos de los cuadros jóvenes del actual gobierno (Jorge Rodríguez, Jacqueline Farías, Alejandro Hitcher, Julio Montes y otros); un movimiento sindical, construido en torno a Matancero, de donde emergió Andrés Velázquez, Tello Benítez, Ramón Machuca y otros dirigentes del actual movimiento obrero; un movimiento profesional y magisterial de donde han salido, o se foguearon, muchos de los principales cuadros políticos no militares del actual gobierno (Alí Rodríguez, Aristóbulo Istúriz, Francisco Sesto (Farruco), María Zambrano y otros). Claro que el MAS, con su enfoque promotor del enfoque providencial de un socialismo que resolvería todos los problemas a partir de una gloriosa mañana roja futura, y la izquierda guerrillera, con su perpetua batalla violenta contra el imperialismo, hicieron mucha más bulla y hasta se burlaron de nuestra aparente estrechez de miras. Pero, si apartamos por un momento otras diferencias que después tuvimos con La Causa R original, o, luego, con la actual Causa R, con Patria Para Todos o con el propio presidente Chávez -quien en repetidas ocasiones ha reconocido su deuda formativa con Alfredo Maneiro y la primera Causa R-, nos resulta claro que aquel esfuerzo, ampliamente concebido y desde abajo, ha tenido un impacto de largo plazo mucho mayor que los espumosas o ruidosas intervenciones del MAS, el MIR, Bandera Roja, la Liga Socialista o el Partido de la Revolución Venezolana (PRV), por citar sólo algunos.

En el ambiente profesional ingenieril contribui- mos, sobre todo con el Movi- miento Profe- sional Sucre (MPS) y desde el Colegio de Ingenieros de Guayana, al desarrollo de programas en pro de la independencia tecnológica nacional. Intervinimos para organizar, dictar y/o coordinar numerosos foros y seminarios sobre la problemática de la dependencia tecnológica y el desarrollo de capacidades tecnológicas propias en las empresas básicas, e incluso promovimos la conformación de una especie de congreso tecnológico regional, con algunos resultados importantes en materia reivindicativa (y también llevando no pocos palos, como ha sido nuestra costumbre en este país aferrado a una estructura social de factura medieval y con un miedo cerval ante los cambios). Entre los más caros de estos resultados, como ya asomamos hace días, estuvo forzar la suspensión del contrato de construcción de la presa de Guri por el consorcio Brasvén, quien, obsesionado por las pingües ganancias del megaproyecto, quiso justificar como gajes del oficio las numerosas muertes de trabajadores que vivían hacinados en barracas inhumanas y en medio de condiciones de trabajo que violaban cualquier estándar de seguridad industrial. Este Movimiento Sucre, como lo llamábamos, con cientos de profesionales participantes, fue luego decisivo a la hora de brindar soporte profesional, en los años noventa, a las dos gestiones de Andrés Velázquez en la Gobernación de Bolívar, y también a las alcaldías de Clemente Scotto. Numerosos cuadros profesionales, e inclusive varios ministros y unos cuantos personeros del actual gobierno, como Ana Elisa Ossorio, Jorge Giordani y Francisco Sesto (Farruco), fueron activos participantes del Movimiento Sucre de Guayana.

Con la revista Ahora, con la que quisimos, junto a Carlos Blanco, Gerver Torres, Trino Márquez y otros compañe- ros, a quienes apreciamos pero de quienes nos distanciamos desde que fueron seducidos por la fiebre neoliberal de mediados y fines de los ochenta, y también con Rigoberto Lanz y otros compañeros de la entonces Tendencia Marxista, actualmente agrupados en torno a la Misión Ciencia y la columna A tres manos de El Nacional (en la que declinamos participar cuando detectamos su tinte académico), el enfoque siguió siendo el mismo: impulsar la actividad política con pivote en la activación de movimientos sociales reales y en el debate ideológico amplio y nunca en la esfera mediática o legislativo/burocrática, que se han convertido en la arena principal de la acción política venezolana.

Ya fuera del ámbito partidista o movimiental organizado, en todos los proyectos impulsados desde el Centro de Transformación Sociotecnológica (FORMA), que jamás han carecido de un alcance político, en el sentido amplio en que entendemos esta actividad, hemos procurado contribuir a la satisfacción de necesidades y la solución de problemas sociales. Nuestras contribuciones al diseño de una carrera tecnológica para los profesionales de INTEVEP; la realización y diseño, conjuntamente con la Universidad Tecnológica del Centro, UNITEC, de un diagnóstico y una base de datos sobre el potencial de las instituciones de educación superior venezolanas para brindar apoyo científico y tecnológico a la industria petrolera nacional; el diseño de un programa de formación y desarrollo de personal (SIDEP) para la totalidad de los trabajadores de la industria siderúrgica venezolana, con siete niveles de carrera y veintidós especialidades; el programa DECATEC, auspiciado por CONICIT, para el desarrollo de capacidades tecnológicas en cerca de cien pequeñas y medianas empresas metalmecánicas de Guayana; o, más recientemente, el diseño de un programa nacional de formación y desarrollo para el personal llamado a conducir las investigaciones, pronósticos y alertas meteorológicos, climatológicos e hidrológicos de importancia estratégica para el país, se cuentan entre los proyectos con claro contenido político que hemos ejecutado.

Lo que, en síntesis, hemos querido destacar o al menos discutir, aún a riesgo de que jóvenes lectores no entiendan el porqué de tantas historias anteriores al auge de la web y de los celulares -con los que para ellos pareciera iniciarse el mundo- es que si bien es cierto que en algunos períodos de nuestra existencia -que no tenemos culpa de que ya no sea tan corta- hemos soslayado la atención a la política, digamos, partidista, no por ello, e incluso ha sido así en Transformanueca, si lo saben observar, hemos pretendido abdicar de nuestros compromisos con los procesos de transformación social y, particularmente, económica, política y cultural de nuestro país. Y de allí las interrogantes que le hemos puesto al mea culpa que nos sirvió de título, en esta fase de crisálida o capullo a la que ha ingresado el blog y de la que pronto, esperamos, emergerá como imago o mariposa adulta dispuesta a emprender nuevos vuelos y, ¿por qué no?, también nuevas e inevitables metamorfosis.

*Posdata: repetimos que una lectora nos observó, en comunicación personal, acertadamente, que el aniversario de Transformanueca no se cumple con este artículo, el 104, correspondiente a la semana 52 del primer año, sino el día 24 de abril, cuando salió a la web el primer artículo del blog, o, en su defecto, el martes o viernes más cercano a esa fecha, como corresponderá a la edición del próximo viernes 23 de abril, cuando tendremos la entrega aniversaria propiamente dicha. Quedamos más que convencidos... y agradecidos.

viernes, 9 de abril de 2010

¿Hacia dónde debe orientarse Transformanueca?

Nuestro caro -y ya por cuatro décadas- amigo Rafael Maldonado nos ha escrito hace días un comentario de grueso calibre, que nos ha dado mucho que pensar, y todavía estamos, en la dirección y redacción de Transformanueca, indecisos entre si considerar que nos ha puesto el dedo en la llaga o si ha lanzado una pedrada en el ojo del boticario*. Y, por si fuera poco, el sentido profundo de estos reclamos ha venido a coincidir con observaciones directas recientes de otros fans y seguidores del blog, como Isis, Maricarmen, Edgar Fernando y varios otros cercanos y/o camaradas políticos, a quienes les ha extrañado su rumbo reciente. Tanto impacto ha tenido este comentario al artículo 99 (el penúltimo) que, sobre la marcha de nuestras reflexiones y dada la trascendencia del asunto planteado, hemos decidido responder a sus planteamientos no de la manera usual, con otro comentario, sino con un artículo completo, éste.

Rafael comienza su reciente mensaje, un poco al estilo de algunos de sus anteriores, casi con una amenaza de retirarse de lector del blog, cuya pista ha "intentado seguir", si se insiste en tratar temas que a él no le interesan y que superan su paciencia, y observando que ya nos tiene en una especie de cuarentena hasta que se nos pasen las manías alimentarias o, peor todavía, sexuales [claro que estas son exageraciones pedagógicas, del tipo usual en nuestras asambleas estudiantiles de antaño, pues a lo que él llama "intentar seguir la pista del blog", incluye minucias como la de imprimir todos los artículos y guardarlos en una carpeta, llamarme regularmente por teléfono para hacer comentarios verbales, e invitarme periódicamente a almorzar para hablarme del blog y discutir sobre la situación política del país, etcétera]. Pero resulta que luego, tras estos familiares escarceos, y cuando ya empezábamos a prepararnos mentalmente para responderle a la usanza anterior, o sea, justificando lo que estamos haciendo, se lanza con una batería de contundentes reclamos en donde nos dice que hay un Edgar político a quien él bien conoce y a quien no encuentra en estos escritos, que hay un cúmulo de asuntos urgentes que están pasando y sobre los que le gustaría conocer mi opinión, y, en dos platos, que a él le consta que en el pasado hemos sido capaces de conjugar la atención a lo urgente y a lo importante, mientras que no lo estamos haciendo en el presente, con lo cual nos ha dejado entre anonadados y turulatos.

La verdad sea dicha es que el comentario rafaeliano ha llegado en un momento que no podía ser más oportuno, por lo cual le estamos más allá de lo agradecidos, pues, al filo del artículo cien de Transformanueca, nos disponíamos a hacer una evaluación de lo hecho, con miras a hacer ajustes o darle su golpecito de timón al rumbo del blog. Lo que nos habíamos propuesto hasta ahora, hartos como estamos de tanta cháchara política vacía en Venezuela, que no pocas veces se reduce a determinar si uno está incondicionalmente a favor o en contra de las ocurrencias de Chávez, era sentar una base de reflexiones generales preliminares, una especie de contexto o marco ideológico amplio y no catequístico ni libresco, que nos permitiera, más adelante, abordar también, pero con mayor consistencia, temas más prácticos, urgentes y políticos. Pero todo empieza a sugerir que se nos ha pasado la mano en favor de la atención a lo importante y en detrimento de lo urgente, y esta vez el jalón de orejas de nuestro amigo, que no se vino -como la otra vez- con protestas porque habláramos de las poblaciones prehispánicas (sobre las que se dice muy poco en Internet) en lugar de sobre Michael Jackson (bajo cuyo nombre se recuperan 117 millones de páginas...), sino con exigencias de definiciones ante asuntos como las próximas elecciones parlamentarias o la disputa Chávez/Falcón, nos ha sacudido constructivamente.

Nuestro plan original con el blog ha consistido en dedicarle un año y algunos meses, unos ciento y pico de artículos, a establecer las premisas mencionadas, y particularmente a exponer lo que entendemos por capacidades, identidades, necesidades y libertades, para, desde allí, abordar la problemática conceptual sobre los modos, procesos e historias de vida, con énfasis en sus singularidades latinoamericanas, y luego comenzar a abordar temas del tipo que más le interesan a Rafael. Ocurrió, sin embargo, que, por un lado, al abordar el tema de las necesidades alimentarias, para el que inicialmente estaba previsto un solo artículo, se destaparon viejos archivos de fichas de investigación y documentos redactados (algunos de más de cien páginas) sobre esta problemática que siempre me ha atraído, y de pronto me vi actualizando mis análisis de hace más de dos décadas y contrastándolos con la copiosa información ahora disponible gratuitamente por Internet; y, por otro, tuvieron lugar, primero, la muerte natural de José María Bengoa, uno de mis ídolos en materia alimentaria, sobre la cual muy poco se dijo en la prensa establecida -lo que ya me indignó bastante-, y, luego, el abominable crimen perpetrado contra el empresario caroreño Mario Oropeza Riera, uno de los principales impulsores de una nueva raza lechera de importancia estratégica para el país, el cual fue ignorado por el gobierno y tratado mediáticamente casi como un caso más de las páginas de sucesos. Todo esto, más cierta pasión frustrada por la química -de la que hablaré otro día-, terminó por sublevar mi espíritu y disparar la subserie hasta un total de quince artículos, que, quizás justificadamente, hicieron perder la paciencia bloguera a nuestro amigo y, seguramente, a otros seguidores y lectores. No viene al caso pedir excusas por algo que no estoy seguro dejaría de hacer si pudiese devolver el tiempo, pero sí declarar que considero que los lectores de Transformanueca tienen todo el derecho a reclamar por lo que consideren un extravío micromediático, y que todos los que participemos en la dirección y redacción del blog estamos obligados a escucharlos con respeto, pues, entre otras cosas, de eso, de interactuar con otros, se trata en estas cibercomunicaciones.

Tres son las opciones o vías alternativas que podrían estar abiertas para la evolución venidera del blog, a las que conceptualizo así:
  1. La opción trivial: continuar con la programación preestablecida, concluir las subseries y series sobre necesidades y libertades, y luego sobre sistemas e historias de vida en América Latina, para después comenzar a tratar poco a poco cuestiones más urgentes, políticas e/o inmediatas. Ventajas de esta opción: se podrían abordar, dentro de unos meses, los temas más políticos con una mayor profundidad y precisión. Desventaja: el blog podría ganarse una famita de indolente o insensible ante asuntos de interés inmediato de los lectores, y/o pasar agachado ante temas de interés vital, para frustración e impaciencia de unos cuantos.
  2. La opción golpe drástico de timón: abordar ya una serie sobre asuntos de interés inmediato para los lectores venezolanos, que son, por ahora, la gran mayoría de lectores, y diferir por unos meses el tratamiento de las cuestiones más conceptuales, que, de requerirse, se expondrían sobre la marcha. Ventaja: se tranquilizaría a muchos lectores preocupados por cierta aparente exquisitez o preciosismo del blog, demostrándoles que no tenemos vocaciones académicas ni retóricas, sino que seguimos siendo los hombres de acción y reflexión de siempre. Desventajas: aparte de cierta pérdida de profundidad en el abordaje de algunos temas estratégicos, el blog podría atraer a intolerantes e insultadores de oficio, de uno u otro bando, no dispuestos a admitir que pueda existir en política algo diferente a estar incondicionalmente con o acérrimamente en contra del actual Presidente de los venezolanos, y esto podría hacerle perder al cuasibloguero su paciencia...
  3. La opción golpe moderado de timón: que podría constar de alguna modalidad de entreveramiento o intercalado de artículos o series, unos más conceptuales y abstractos y otros más vinculados a la coyuntura y el momento político actuales en América Latina y, particularmente, Venezuela, tal vez combinados con algún tipo de difusión de los artículos a través de la prensa o medios ordinarios. Ventajas: podría intentarse adoptar lo mejor de las opciones anteriores, esto es, avanzar hacia un blog a la vez denso y relevante para el día a día. Desventaja: podría perderse el chivo y el mecate, o, como le respondió una vez Bernard Shaw a Isadora Duncan, quien le propuso la posibilidad de tener un hijo que tuviese la inteligencia de él y la gracia corporal de ella, que nunca podría tenerse la garantía de tomar lo mejor de amba opciones, y que bien podría resultar un engendro con la fealdad corporal de él y las limitaciones mentales de ella... o sea, como decimos por aquí, un blog que no fuese ni chicha ni limonada...
En fin, ¡qué interesante y grato sería poder conocer la opinión de algunos otros lectores acerca de estos cruciales asuntos que nos ha planteado nuestro amigo Rafael! (Mientras encontramos la manera de ofrecerlo permanentemente, el procedimiento para hacer los comentarios está detallado en el artículo anterior, o sea, el número cien, del martes 06/04/2010). Espero entonces noticias, que podrían apoyar, o conducir a, decisiones que se anunciarían en el artículo numero 104, correspondiente al aniversario propiamente dicho de Transformanueca.


*Durante muchos años, y curiosos como somos con las cosas del idioma, nos preguntamos y le preguntamos a otros acerca del origen de este popular refrán venezolano, y nada que lo aclarábamos: unos decían que se refería a los lentes que solían usar los boticarios, otros que sus ojos les eran esenciales para medir las recetas de los medicamentos, alguno habló de una pedrada famosa a un boticario caraqueño que no recordaba, etcétera, hasta que un día, casualmente y hace pocos años, escudriñando, como muchas veces lo hemos hecho, tanto por gusto como por necesidad, las acepciones y formas complejas de palabras en el Diccionario de la lengua española (Vigésima segunda edición) de la Real Academia Española, al que en confianza llamamos aquí DRAE, encontramos la perla de que el
ojo de boticario era simplemente el "lugar seguro en las boticas para guardar estupefacientes y ciertos medicamentos", de donde resulta, de cajón, que el refrán trata del efecto devastador que puede tener una pedrada digamos que en el meollo o madre de los recursos valiosos de un sistema complejo, al estilo de una botica o farmacia de las viejas, o de un blog de los de ahora...

martes, 18 de agosto de 2009

Nuestras capacidades estructurales políticas

No sé si te habrás dado cuenta, cara lectora o lector, de que en las entregas anteriores he hablado de tres capacidades estructurales básicas o inherentes a toda sociedad humana: las productivas, las culturales y las políticas; y tres producto de la evolución histórica de las sociedades: las territoriales, las mediáticas y las educativas, pero que, hasta ahora, sólo me he ocupado de las dos primeras y, luego, de las tres últimas, sin atender hasta ahora el tercer tipo de capacidades o capacidades políticas. Esto no fue un olvido ni un incidente casual, sino una opción deliberada debido a que estoy convencido de que las capacidades políticas, si bien son absolutamente esenciales e importantes en toda sociedad, e inclusive decisivas en muchas circunstancias, son también, aunque aparenten ser lo contrario, las menos autónomas de todos los seis tipos de capacidades.

Las capacidades políticas, o referidas al ejercicio del poder y la toma de decisiones sociales, son simplemente, en el fondo, capacidades de mediación y de resolución de conflictos entre las otras capacidades, por lo cual se entienden mejor si se examinan después de las capacidades restantes. O sea, son algo como los lóbulos cerebrales más directamente vinculados a la toma de decisiones conscientes, como el frontal, el parietal y el occipital, que, en apariencia, gobiernan o mandan sobre el resto del cuerpo, pero que, en el fondo, en el organismo sano no tienen "intereses propios" sino que son un instrumento para coordinar las acciones de nuestros demás instrumentos, aparatos u órganos, por lo cual, en los estudios de anatomía médica, por ejemplo, suelen estudiarse al final. (En el organismo enfermo, por supuesto, poseído de manías, delirios, etc., el cerebro se autonomiza, por decirlo de algún modo, y puede llegar hasta a conducir a su autodestrucción al resto del cuerpo; y algo análogo puede ocurrir con el sistema político de la sociedad, como ocurrió patentemente en el caso hitleriano...)

Según nuestro modelo estructural de la sociedad, las capacidades políticas servirían de mediadoras entre las capacidades culturales y productivas de aun las sociedades más primitivas. Si, por mero ejercicio mental, nos imaginamos a Eva y Adán solos y en el propio Paraíso Terrenal, con abundancia absoluta de todos los frutos maduros todo el tiempo, podemos imaginarnos una mañana en donde a Eva le provoca desayunar con guayabas de unas matas que están a un kilómetro de donde amanecieron y a Adán comer mangos que están ahí mismito en unas ramas bajitas, por lo cual tendrían que resolver, políticamente, el conflicto surgido, con el empleo de cierto liderazgo y participación, con variantes del tipo, te acompaño, mi amor, pero por hoy, a desayunar con guayabas; comemos juntos hoy mangos y mañana de aquéllas; me acompañas primero tú a mí a comer aquí y luego vamos juntos allá; hoy desayunamos por separado, nos damos un besito y te vas tú por tu cuenta, etc.; y es evidente que la cosa se complicaría si las guayabas están no a uno sino a diez kilómetros, y no segura sino probablemente maduras, y si alguno de los dos amaneció de mal o regular humor... Lo que queremos decir es que aun en las condiciones más idílicas pensables, en toda sociedad existirían los gustos y preferencias, o la cultura, esfuerzos físicos necesarios para hacer las cosas, la producción, y esfuerzos de mediación para resolver los conflictos entre las esferas anteriores, la política.

Tan básicas o primarias son las capacidades políticas que inclusive buena parte de los vertebrados más evolucionados, como las aves y los mamíferos, conocen mecanismos de resolución de conflictos que incluyen comportamientos muy parecidos a alianzas, concesiones, luchas, escogencias, liderazgos, participación, arbitrariedades, seguidismos, y afines, para conformar algo como una proto o cuasipolítica. Pero, mientras que en toda comunidad u organismo sano los conflictos se resuelven para el beneficio de todas las partes en el largo plazo, en las sociedades no sanas se crean fracciones o clases permanentes que introducen imposiciones, desarmonías y desequilibrios que, tarde o temprano, acarrean rupturas o desequilibrios mayores. En particular, en las sociedades de clases y dotadas de Estado, que, como ya lo hemos señalado, habrían emergido con el control y la ocupación sedentarios de territorios con ventajas especiales, la política suele servir para la imposición de los valores e intereses de unas clases contra las demás, por lo cual suele verse como una esfera ajena a la participación de las mayorías, hasta que estas mayorías se rebelan e intentan revertir, dentro del mismo sistema, la hegemonía de intereses dominantes. Y así se mantienen, en ese estira y encoge, hasta que ocurren transformaciones estructurales o mutaciones más profundas que conducen a un cambio no del poder de las clases dominantes, sino del sistema social mismo, con lo cual se redefinen, o quizás algún día desaparezcan, las clases sociales.

Y, así como las capacidades estructurales básicas serían las tres mencionadas, las capacidades políticas, al estilo de los llamados fractales -o estructuras que se ramifican una y otra vez según un mismo esquema o patrón-, se subdividen también en tres subcapacidades: la ideología política, racionalidad política o simplemente ideología, que rinde cuenta de los propósitos o fines de la política; la práctica o activación política, en donde se llevan a cabo las acciones para llevar a cabo las decisiones políticas tomadas; y la dirección política, o simplemente dirección, o instancia en donde se toman las decisiones correspondientes. Estas tres instancias, a su vez, a medida en que las sociedades se hacen más complejas, dan lugar a los tres poderes básicos de todo Estado, estudiados originalmente por Aristóteles, en su Política, y comprendidos luego más profundamente por Montesquieu, en su El espíritu de las leyes, o sea, reordenando los componentes anteriores, al poder legislativo, que interpreta el deber ser de la sociedad; al poder ejecutivo, que toma e instrumenta las decisiones, en los casos de conflictos, que afectan a toda la colectividad; y al poder judicial, que vela por la aplicación correcta de los mandatos legislativos y las decisiones ejecutivas.

Cuando, en el mundo antiguo, aparecieron las capacidades a las que aquí estamos llamando territoriales, y con ellas el uso permanente de equipos, herramientas y obras de infraestructura, también las capacidades políticas se transformaron y se enriquecieron con organizaciones y maquinarias bélicas, armas y obras militares o edificaciones diversas para ejercer el poder, proteger o atacar territorios, tales como ejércitos y policías permanentes, tribunales, palacios de los poderosos, muros defensivos de las ciudades, etc., que eran desconocidos en las sociedades primitivas sin clases sociales. Luego, en un proceso semejante, cuando, en las sociedades a las que estamos llamando medias, y con las correspondientes capacidades mediáticas de comunicación e instrucción, aparece el mundo de representaciones, imágenes, documentos y archivos diversos de que hemos hablado antes, también las capacidades políticas se amplían con la elaboración de leyes, reglamentos y normas escritas emanadas de instituciones especializadas, así como de textos, folletos, afiches y propaganda política diversas, en una escala desconocida en el mundo antiguo. Y cuando, en los dos últimos siglos, emergen las sociedades a las que estamos llamando modernas, caracterizadas por el uso intensivo y permanente de nuevos conocimientos, gestados en el seno de los sistemas de tipo educativo propiamente dichos, también las capacidades políticas, con el nuevo criterio fractal, se expanden con centros de formación de cuadros y de investigación y elaboración de diagnósticos, planes estratégicos, programas políticos y políticas públicas y sectoriales que, por regla general, apuntan hacia el perfeccionamiento de la democracia.

Con este último concepto se aplica, análogamente, todo lo que ya hemos dicho para la educación y que diremos para todos aquellos sistemas y capacidades basados en conocimientos o propios de las sociedades modernas, cual es el caso de que las sociedades premodernas, como en general somos las sociedades latinoamericanas, que no terminamos de hacer de la generación de conocimientos un recurso cultural, productivo, educativo, etc., tendemos a creer que también disponemos de un sistema democrático, de sistemas educativos, de planes estratégicos de desarrollo, de centros de investigación, y afines, cuando lo apropiado sería que, más modesta y realistamente, y excepción hecha de los desarrollos embrionarios en algunos de nuestros países, habláramos de un sistema oligárquico o burocrático, de sistemas de instrucción, de programas tácticos u operativos de crecimiento, o de centros de difusión de información, etc.
Al no entender estas diferencias estructurales, lo que equivale a decir al no percatarnos de que en buena medida nuestras sociedades siguen siendo ciegas al nuevo conocimiento, y hablar de nuestras democracias como si fuesen del mismo género que las escandinavas, anglosajonas o europeas en general, nos condenamos a armar frágiles parapetos y sistemas inestables que no nos permiten librarnos de la que podríamos llamar la maldición socrática, pues ya el sabio Sócrates, quien pagó con su vida tal irreverencia, se dio cuenta de que, y lo dijo públicamente hace dos mil años, sin sistemas educativos capaces de formar hombres y mujeres virtuosos y sabios las democracias no podrían ser sino un momento de un ciclo perverso entre las oligarquías y las tiranías, o un desahogo momentáneo de los pobres frente a la mezquindad de los ricos y los déspotas. Y, yendo más allá, y sin ser miembro de nuestro santuario, otro sabio antiguo, Aristóteles, vio agudamente la vía para resolver el impasse socrático, cuando afirmó, en la Política, lo que nos parece perverso intentar reescribir:
"... la asociación política es sobre todo la mejor cuando la forman ciudadanos de regular fortuna. Los Estados bien administrados son aquellos en que la clase media es más numerosa y más poderosa que las otras dos reunidas, o por lo menos que cada una de ellas separadamente. Inclinándose de uno o de otro lado, restablece el equilibrio e impide que se forme ninguna preponderancia excesiva. Es, por tanto, una gran ventaja que los ciudadanos tengan una fortuna modesta, pero suficiente para atender a todas sus necesidades. Donde quiera que se encuentran grandes fortunas al lado de la extrema indigencia, estos dos excesos dan lugar a la demagogia absoluta, a la oligarquía pura o a la tiranía; pues la tiranía nace del seno de una demagogia desenfrenada, o de una oligarquía extrema, con más frecuencia que del seno de las clases medias y de las clases inmediatas a éstas..."
Y, si a esta idea aristotélica hiperlúcida le añadimos algo que este sabio no sabía, que la educación verdadera y orientada hacia la generación de nuevos conocimientos es la vía más expedita para la formación de clases medias, pues permite el enriquecimiento de todo el mundo, al poner a valer precisamente un recurso natural en el cual todos los seres humanos somos extrarricos, cual es la posesión de cien mil millones de neuronas susceptibles de conectarse a través de un número casi infinito de sinapsis -que son el asidero de los conocimientos-, entonces se cae de maduro que la vía central para edificar una verdadera democracia política y una verdadera planificación estratégica y una verdadera riqueza autosustentable y un futuro verdaderamenta promisorio para nuestras naciones no es otra que la valorización del conocimiento en cada vez más más personas, ámbitos, movimientos e instituciones con potencial educativo, lo que es lo mismo que la transformación estructural de nuestras capacidades. ¿Qué más nos tiene que pasar para que nos decidamos a hacerlo?