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viernes, 5 de febrero de 2010

Un rato de libertad alimentaria

Sin lugar a dudas esta fue una semana difícil, especialmente por la diversidad de actividades que debí acometer. Por un lado, la preparación de propuestas de trabajo en mi pequeño centro de investigación, en circunstancias en las que pareciera que podría reactivarse una iniciativa de diseño de un sistema de formación y desarrollo de personal para los imprescindibles pronósticos meteorológicos, climatológicos e hidrológicos en el país, a la que he dedicado años de esfuerzo, y que recientemente ha estado inexplicablemente paralizada; por otro, diligencias ineludibles ante organismos burocráticos estatales, con funcionarios de escasa vocación de servicio y demasiada vocación de abuso, lo cual me abate pues es un retrato de la ineficiencia imperante en el país; por otro más, el recrudecimiento de la pugnacidad política al inicio de una campaña electoral por las curules de la Asamblea Nacional venezolana, que desde ya se anuncia como cargada de agresiones de lado y lado, y centrada en un debate infantil -con el perdón de los niños serios- en torno a la propiedad privada, que pareciera sacado de malos libros de cuentos de ogros de hace doscientos años; todavía, por otro lado, la inmersión en el tema de las necesidades alimentarias, del que me he ocupado por décadas, sólo para constatar que, salvo experiencias harto interesantes en Brasil, India y China, el panorama de la subnutrición y la inseguridad en el mundo subdesarrollado lejos de aliviarse tiende a agravarse ante la indolencia generalizada de gobiernos de toda laya; y, ya a nivel del colmo, problemas reiterados en las conexiones de los computadores de mi casa con Internet, que no logré resolver el viernes y ni siquiera logré enviar un mensaje a los lectores de lo que estaba pasando. [Si supiese como hacerlo, haría como a veces cuando entrego o regalo algo con retardo, que le pongo la fecha propia más el retraso: en este caso le hubiese puesto a la fecha de salida del artículo: viernes 5 + 1 de febrero de 2010...(lo intenté, pero el software lo rechazó y decidió que viernes 5 +1 era lo mismo que sábado 6)].

Frustrado, algo impotente, decidí hacer de la necesidad una virtud, zafarme de preocupaciones con el disfrute de una de mis cenas criollas estándar con mi mujer, y brindar por mejores tiempos, a la vez que compartir con ustedes una experiencia alimentaria liberadora que me lució interesante, y que quizás pueda ser útil para revelarles algo acerca de la metodología de investigación y producción de conocimientos que emplea el tipo ese de Transformanueca. Empezaré por esto último, seguiré con el relato de la cena criolla, y concluiré con la reflexión que ya fue interesante y reconfortante para mí, y presumo podría serlo, aunque no tanto, para ustedes.

Hace ya unos cuantos años, digamos que por lo menos treinta, un buen día me quedé sorprendido al descubrir que ciertos mecanismos creativos que venía empleando en mis investigaciones sobre la problemática de la transformación de nuestros países no sólo no eran originales sino que estaban siendo objeto de investigaciones exhaustivas en MIT y la Universidad de Harvard. Me refiero a los llamados mecanismos o analogías operacionales de estímulo a la creatividad, con miras a establecer intercambios no usuales entre las esferas de lo extraño y de lo familiar. Según dichos mecanismos, que son de por sí infinitos, pero que esta gente tipificó en cuatro clases: personales, directos, simbólicos y fantasiosos, en definitiva se trata de hacer de la vida y las experiencias cotidianas, y no de costosos experimentos, un ambiente de generación de nuevas ideas y conceptos útiles en el desarrollo de investigaciones e innovaciones.

Entre los ejemplos clásicos de tales mecanismos de gestación de nuevas ideas están los de Einstein, quien logró buena parte de sus portentosos hallazgos físicos sin el auxilio de laboratorio alguno, sino, como gustaba de decir, a través de aventuras del pensamiento, en donde su propio organismo, y especialmente sus órganos visuales y musculares, le servía de fuente de inspiración; el de Kekule, que descubrió el anillo bencénico imaginándose a sí mismo como una culebra empeñada en tragarse su propia cola; el de Brunel, que desarrolló la tecnología de los túneles submarinos observando como gusanos y plantas parásitas perforaban la madera; o el de Alexander Graham Bell, quien inventó el teléfono a partir de la observación del funcionamiento del oído humano.

Nunca he logrado entender por qué estos valiosos estudios de los años sesenta parecieran haber sido descontinuados, al punto de que la palabreja que entonces se usó para designarlos, la Sinéctica (Synectics, en inglés) o ciencia de la creatividad, no logró siquiera entrar a los diccionarios occidentales. Una hipótesis que he manejado es que tal vez al Profesor William Gordon y académicos acompañantes se les pasó la mano de ambiciosos al constituir una empresa, la Synectics Inc., con sede en Cambridge, Massachussets, a la cual pretendieron que se le tuviera que pedir autorización hasta para el uso del término. Dejemos esto hasta aquí, para retomarlo luego, cuando les mostraré como he empleado y sigo usando estos recursos sinécticos (ligando que a nadie se le ocurra demandarme, pues en este subdesarrollo uno nunca sabe por donde vendrán los tiros de la modernidad) en mis investigaciones, y en particular en la conceptualización de la problemática de necesidades y libertades.

No vayan a creer que la tal cena es nada del otro mundo, pues es de éste y bien sencilla y rápida de preparar. Consiste simplemente en una variante de la popularísima cena de arepa rellena y batido de fruta a la que estamos acostumbrados los venezolanos y que por nuestra culpa y nuestra grandísima culpa aparentemente no se conoce en ninguna otra parte del mundo, por lo que se podría hacer una colección extensa de relatos de criollos echando de menos las areperas en Paris, Londres, Berlín, Nueva York y cuanta ciudad orgullosa de su cosmopolitismo a uno se le ocurra.

Todo comenzó hace también un poco de años, cuando, leyendo el libro Diet for a small planet (traducción, no muy buena, Dietas para la salud) de Frances Moore Lappé, incansable activista de la libertad alimentaria y de la lucha contra el mito occidental de las proteínas animales como alimento mágico, me enteré de que la tal completitud de estas, que lleva a los ricos a no sentirse bien sino comen carne roja y a los pobres a vivir suspirando por ella, es un absoluto absurdo que le sale exorbitantemente costoso y trágico a la sociedad. Resulta que toda la cualidad de la carne roja, que de entrada comparte con las demás carnes, los lácteos, las nueces, las semillas y hasta con ciertos cereales como la quinoa de que hablamos hace poco, consiste en que trae incorporado un combo con los ocho aminoácidos esenciales que el organismo humano requiere para fabricar todas sus proteínas y enzimas. La mayoría de los alimentos vegetales, incluyendo los cereales, las frutas, las hortalizas, los tubérculos, los granos y otros, suelen carecer de uno u otro de estos aminoacidos esenciales. Los cereales, por ejemplo, son pobres en lisina, y el maíz es débil en lisina y triptófano; los granos, por el contrario, suelen ser escasos de triptófano, etcétera.

El planteamiento de Lappé, revolucionario en su época y ahora un lugar común, consistió sencillamente en resaltar, por un lado, que las necesidades proteicas de los adultos son realmente mínimas, o de unas pocas decenas de gramos diarios, y en recomendar, por otro, combinaciones de alimentos vegetales o con muy pequeñas cantidades de lácteos o carnes más blancas para reemplazar las costosas y proteicamente ineficientes carnes rojas. Después resultó que, como lo reconoció ella misma no hace mucho, ni siquiera hace falta que tales combinaciones se ingieran en la misma comida, sino en lapsos separados por no más de seis horas, para que el organismo se encargue, con mucho menos esfuerzo metabólico y por menos dinero, de la integración del famoso pool de aminoácidos.
El organismo humano, a la hora de convertir los aminoácidos en proteínas, es incapaz de diferenciar cuales son de origen vegetal o de origen animal, y en cualquier caso comienza su trabajo triturando o reduciendo cualquier clase de proteínas hasta alcanzar el nivel de aminoácidos elementales, para de allí iniciar su labor constructiva de las nuevas proteínas humanas.

Fue así como rápidamente y desde entonces decidí reforzar mis arepas con otros cereales o semillas, como avena, trigo, arroz, ajonjolí y otros, para compensar la falta de triptófano del maíz; preferir las harinas integrales a las refinadas, por aquello de la mayor cantidad de fibra y más vitamina B; añadirles un poco de leche para compensar la falta de lisina; comerlas con rellenos de queso o carnes blancas, y acompañarlas con una guarnición de vegetales tales como tomates, pimentones, lechugas, aguacates, pepinos o lo que esté disponible, a objeto de convertirlas no sólo en fuentes de carbohidratos y proteínas completas, sino también de minerales, vitaminas, aceites no saturados y cuanto otro nutriente interesante surja por ahí.

De la misma manera, y con miras a reducir el consumo de las peligrosas azúcares refinadas, opté desde hace tiempo por preparar mis batidos con frutas frecuentemente mezcladas, para explorar nuevos sabores y maximizar su contenido vitamínico, y en dosis mucho mayores que las de las areperas, a objeto de endulzarlos en lo posible con su propia fructosa, y añadirles sólo pequeñas cantidades de papelón derretido que suelo tener en mi nevera. Con esto pueden prepararse, en no más de unos quince minutos, deliciosas cenas que luego me encanta vacilarme con gratas compañías y fondo musical escogido de manera de armonizar con los sabores y colores de las frutas y afines, según criterios que me resultan obvios pero que no siempre logro explicar a mis acompañantes. (En este caso, por ejemplo, me pareció que el color rosado-anaranjado y el sabor delicado o pastel del batido mezclado de lechosa con zapote iba bien con la blusa de mi mujer y con música de Rosalinda García y su voz aguda, tierna y melodiosa).

Con tales microinventos, me fascina la idea de convertir la vivencia de satisfacer mis necesidades alimentarias en experiencias de libertades alimentarias, rápidamente interconectadas con el disfrute de libertades sanitarias o de salud, vestidarias, viviendarias, comunicacionales, pertenenciales, estimales, autorrealizatarias, armoniarias o estéticas, y cuando se puede, hasta sexuarias, todo ello al servicio del reforzamiento de identidades humanas afectivas, esperanzativas, audaciativas, confianzativas, entregativas y amativas. Creo que si no fuese por las tales cenas, que a menudo se convierten en largas veladas, hace tiempo que andaría con un marcapasos o con quien sabe que historial de infartos, pues sólo así, y con otros recursos zanahoria de los que no quiero hablar ahora, logro cargarme las pilas para seguir haciéndole frente al inhóspito clima social que todavía impera en nuestros países, y que en semanas como ésta que termina parecieran poner a prueba las fibras vernáculas y patrióticas.

Y espero que, con lo contado, al inicio, de la sinéctica, y luego, de la cena, entiendan un poco de donde sale la pretensión, quizás ilusa pero humana, de que la insignificante Transformanueca se atreva a desafiar las sesudas, academicudas y financiudas investigaciones de Maslow acerca de las necesidades humanas, y a pretender enmendarle la plana observando que de ninguna manera las necesidades humanas se satisfacen en fila india para después, en algún día lejano, alcanzar la libertad y la autorrealización. Por el contrario, apenas traspuesto el umbral de la satisfacción de la casi animal necesidad alimentaria primaria, los humanos estamos listos, si estamos centrados en nuestras identidades, para incursionar en la satisfacción, por racimos si es posible, de las demás necesidades; para la conquista en tropel, no cuenta si efímeramente, de nuestras libertades; y para el disfrute, ése sí imperecedero, de nuestros más caros destinos o razones de existir... ¿Logré explicarme?

viernes, 20 de noviembre de 2009

¿Qué tan alegres somos los latinoamericanos?

Por poquito salimos con las manos vacías de nuestra búsqueda en Internet cuando intentamos encontrar alguna documentación confiable acerca de la alegría de los pueblos latinoamericanos. No conseguimos lo que queríamos, que era algo así como una encuesta mundial acerca de la alegría desplegada por múltiples pueblos del mundo, con elementos de análisis comparativo.

En su lugar, debimos conformarnos con una consulta o foro en donde la emisora BBC Mundo, en español, le preguntó no hace mucho a sus oyentes: "¿Qué es para usted ser argentino, colombiano, cubano, español, hondureño, boliviano, paraguayo, mexicano o de cualquier otra nacionalidad? ¿Cómo lo explicaría a una persona de un país diferente al suyo?", y en donde el tema de la alegría de los latinoamericanos ocupó un lugar central en las respuestas.
En esta encuesta, de 125 respuestas de latinoamericanos residentes en su país o fuera de él, seleccionadas por la emisora como representativas y no ofensivas de la dignidad de nadie, encontramos que en 40 respuestas, lideradas por mexicanos, cubanos y otros pueblos caribeños, se hace referencia directa o indirecta (mediante expresiones sinónimas) a la alegría como rasgo definitorio de la identidad nacional, con un peso sólo comparable al de 34 respuestas, sin distingos regionales, que indicaron algún tipo de orgullo o aceptación de la propia historia, geografía, comida, música u otros aspectos de la cultura nacional, al de 20 respuestas, con los mexicanos al frente, que subrayaron la hospitalidad o el acogimiento de los demás, y a 14 respuestas que consideraron irrelevante el concepto de identidad nacional. No es mayor cosa la que se puede extraer de aquí, excepto que vale la pena seguir pensando en la hipótesis de que la alegría sí podría ser un rasgo relativamente distintivo de algo que merezca el nombre de identidad latinoamericana. Y no sobra señalar que aproximadamente el 90% de los respondientes consideraron pertinente intentar definir la existencia de tal identidad, frente a las 14 respuestas que no lo consideraron así.

En cambio sobre la noción de felicidad, que en su acepción como "satisfacción, gusto, contento" (DRAE) vendría a ser sinónimo de alegría, pero que en su otro significado de "estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien" (DRAE) apunta hacia otro lado, más bien relacionado con el éxito, el bienestar o la calidad de vida, sí conseguimos mucha más información. Por ejemplo, en el Informe 2008 de Latinobarómetro, organización sin fines de lucro, con sede en Chile y aparentemente independiente, que goza del apoyo de múltiples organismos multilaterales y gobiernos, entre los que cabe mencionar la OEA, la CAF, el Banco Mundial y las agencias española, sueca y canadiense, y que compara sus estudios con los de las organizaciones análogas Eurobarómetro, Asiabarómetro y Áfricabarómetro.

Latinobarómetro realizó o promovió la realización de 20.204 entrevistas representativas en 18 países latinoamericanos, y estudió 1.200 casos individuales con mayor profundidad, y ya en la portada de su Informe destaca que "los latinoamericanos están cada día más felices, más esperanzados del futuro, a la vez que con grandes y crecientes niveles de crítica sobre sus sociedades. La democracia se consolida parcial y lentamente , sin cambiar su condición de imperfección". En el texto señala tajantemente que: "Comparativamente, en los datos del Estudio Mundial de Valores [al que no pudimos acceder] América Latina es el continente más feliz de la tierra", con opiniones en donde alrededor del 70% de los entrevistados en cada uno de los años entre 2001 y 2008, afirmaron que se sienten "Muy felices" o "bastante felices". Para este mismo año, por ejemplo, las mediciones de su organización homóloga, Eurobarómetro, indicaron, en relación a la misma pregunta, una media europea de 58%, española de 66%, danesa de 65%, holandesa de 51%, rumana de 38%, polaca de 36% y búlgara de 36%. También estos datos parecen abonar en favor de nuestra hipótesis que ve a América Latina como un continente relativamente alegre, pero por supuesto no confirman nada, puesto que ya dijimos que la felicidad, y sobre todo la autopercepción de felicidad, no es sinónimo de la alegría, que es lo que nos interesa explorar aquí. Estas cifras podrían tener explicaciones o lecturas muy distintas, como la de que, en un contexto de relativo crecimiento económico y de fortalecimiento democrático, como el habido en la región en los últimos 5 ó 6 años, las esperanzas de mejoramiento en la calidad de vida se hubiesen reforzado.


Otro estudio muy conocido y difundido por Internet, el de Ronald Ingelhart y otros, de las universidades de Michigan, Harvard y otras, titulado "Development, Freedom and Rising Happiness: A Global Perspective (1981-2007)" ("Desarrollo, libertad y felicidad creciente: una perspectiva global (1981-2007)"), publicado en la revista Perspectives on psychological science, coincide en señalar a las naciones latinoamericanas como las de mayor bienestar subjetivo (subjective well-being) entre el grupo de países con ingresos per cápita por debajo de los 15.000 $/año, colocándolas a la par que el grupo de países, sobre todo escandinavos y europeos, con mayor bienestar subjetivo en general, es decir tomando en cuenta cualquier nivel de ingreso per cápita. Por cierto, en el mapa mundial de la cultura de este mismo Ingelhart, y también de Wenzel, América latina aparece, dentro de la categoría de las regiones del mundo con valores tradicionales -o sea, más marcados por la religión y menos por el pensamiento de tipo científico/racional-, como el subcontinente más apegado a los valores de la autoexpresión, nuevamente tuteándose con las regiones de los países europeos nórdicos y de los angosajones en general. Y así seguimos reforzando la intuición original, pero sin poder arribar a conclusión alguna.

En síntesis, no encontramos la manera de fundamentar lo que nos sugieren numerosos relatos de personas viajeras, también textos de ensayos literarios y las limitadas vivencias personales, acerca de que los latinoamericanos quizás tengamos las bandas o las puntas de la alegría, en lo que podría ser un espectro o una rosa de la identidad emocional de los países del mundo, un poco más gruesa, espesa o alargada que la de otros continentes. En cualquier caso, lo que sí resulta claro, como ya lo insinuamos en el artículo más ladrilloso del martes pasado, es que estamos definitivamente indagando en el terreno de los matices emocionales y no en el de diferencias tajantes en la cultura o idiosincracia de los pueblos, es decir, que nos hallamos buscando al interior del rango de la bastante homogénea emocionalidad humana, harto variable entre los humanos pero de seguro lo suficientemente distintiva si la comparásemos con la de cualquier otra especie biológica.

Mientras superamos nuestra frustración momentánea, y damos con algo que refuerce nuestras conjeturas, los dejamos con una cita textual de nuestra Isabel Allende, a quien no tenemos claro por qué vemos como representativa de lo que podría ser una manera latinoamericana madura de pensar y sentir, que afloraría por todo nuestro subcontinente el día en que empecemos a superar el calvario de nuestras inseguridades y privaciones materiales actuales. Isabel, en su obra Mi país inventado, refiriéndose a la experiencia de su matrimonio con el gringo Willie, quien se enamoró de ella -como muchos, pero él fue el más pilas de todos, pues la buscó para decírselo...- a través de sus libros, nos dice que:
Mi matrimonio mixto con un gringo americano no ha sido del todo malo; nos avenimos, aunque la mayor parte del tiempo ninguno de los dos tiene idea de qué habla el otro, porque siempre estamos dispuestos a darnos mutuamente el beneficio de la duda. El mayor inconveniente es que no compartimos el sentido del humor; Willie no puede creer que en castellano suelo ser graciosa y por mi parte nunca sé de qué diablos se ríe él. Lo único que nos divierte al unísono son los discursos improvisados del presidente George W. Bush.

martes, 17 de noviembre de 2009

Más sobre las identidades en general y sobre nuestras identidades alegrativas

Al alborear el siglo XX en ningún país occidental se hallaba establecido el sufragio femenino o sufragio igual, y sólo en Nueva Zelanda se había aprobado pocos años atrás. Según datos de Internet, en la primera década lo alcanzaron Australia y Finlandia; en la segunda Noruega, Dinamarca, Irlanda, Polonia, Georgia, Rusia, Islandia, Luxemburgo, Alemania, Suecia, Países Bajos u Holanda, y, curiosamente, Uruguay; en la tercera, Estados Unidos, diversos países europeos más y, otra vez curiosamente, Ecuador; en la cuarta, España (hasta la noche franquista), Cuba, Turquía, Filipinas y El Salvador; en la quinta, Canadá, República Dominicana, Guatemala (sólo por cinco años), Panamá, Argentina, Venezuela (1947), Chile y Costa Rica; en la sexta Haití, Bolivia, México, Honduras, Nicaragua, Perú y Colombia, y otros más no latinoamericanos; en la séptima Paraguay, Brasil, y otros; en la octava, Suiza, Portugal, Sudáfrica y otros rezagados; y así hasta llegar al mero siglo XXI, en donde todavía en Arabia Saudita, Brunei, Líbano, Emiratos Árabes Unidos y el Vaticano, no votan las mujeres. Apenas ciertas diferencias en las concentraciones promedio de testosterona versus progesterona, y tal vez en la segregación promedio de adrenalina y otras hormonas afines, con sus consiguientes variaciones menores de comportamientos emocionales, fueron suficientes para alimentar, por siglos y más siglos, estereotipos y sobregeneralizaciones acerca de las diferencias de identidad entre el género masculino y el femenino. Todavía en los sesenta y setenta, se libró en el mundo occidental el que quizás fue el debate decisivo, en donde participaron desde eruditos hasta el vulgo, en torno a si, en su emocionalidad e inteligencia, las mujeres eran esencialmente iguales o distintas a los hombres, con gran cúmulo de argumentos de lado y lado.

Al final, hasta donde logré entender el curso y el desenlace del debate, las conclusiones fueron las siguientes: 1) las similitudes emocionales y de inteligencia entre hombres y mujeres sobrepasan abrumadoramente las diferencias; 2) las diferencias intergéneros, si bien existen en escasos ámbitos, tales como cierta mayor inteligencia verbal promedio o cierta mayor habilidad para descifrar gestos y otros mensajes no verbales en las mujeres versus cierta mayor habilidad espacial y matemática y cierta mayor propensión hacia comportamientos agresivos en los varones, resultaron ser mucho menores que las diferencias intragénero, es decir, las diferencias al interior de los individuos de cada sexo; y 3) la gran tarea, todavía pendiente, una vez igualados los derechos políticos y las oportunidades de educación, resultó ser la conquista del respeto, compensación y promoción política igual para estas modestas desigualdades en emocionalidad e inteligencia entre los géneros. Tan aplastantes fueron los resultados de este debate, en donde los sexistas salieron con las tablas en la cabeza, que, a partir de allí, de esos años, las mujeres se incorporaron plenamente a todos los órdenes de la vida contemporánea, en el que probablemente haya sido el más intenso proceso de democratización jamás habido.

Por su parte, las diferencias raciales, es decir, las diferencias asociadas a rasgos visibles o externos, al interior de una misma especie biológica, que se conservan mediante apareamientos entre individuos que comparten tales rasgos, y que fueron el obstáculo principal para el sufragio universal en los países, pues supuestamente denotaban identidades inferiores de ciertas razas respecto a otras, también fueron desmoronándose poco a poco. Las llamadas razas "de color" aprovecharon el tren de las sufragistas por el voto femenino, para unirle su propio vagón, en la gran mayoría de países, y conquistar el voto sin distingos de razas o voto universal. En este caso, diferencias prácticamente ridículas en las dosis de melanina, el pigmento oscurecedor de la piel para la protección ante los rayos solares, y diferencias también menores en la sección transversal del pelo y sus consiguientes tipos diferentes de rizados, con el mismo propósito protectivo, sirvieron de asidero para todavía más pertinaces prejuicios en torno a supuestas diferencias notorias de identidad entre las razas. Y si alguna sustentación quedaba, las recientes y contundentes investigaciones sobre el genoma humano, que han puesto de relieve la existencia de un 99,9% de similitud genética en todas las razas, incluyendo la absoluta coincidencia entre el cromosoma Y de todos los varones Homo sapiens vivientes y el de un Adán que vivió en África hace 60.000 años, o del ADN mitocondrial de todos los seres humanos vivientes y el de una Eva que deambuló por las llanuras africanas hace 200.000 años, la han echado por tierra inmisericordemente.

Las diferencias de identidad étnica, aquellas asociadas a rasgos ancestrales compartidos tales como la religión, la lengua y cierto paquete de costumbres, y que son reconocidas por los individuos como relevantes para su autoconcepción, no han corrido mejor suerte. En el presente, los libros de psicología que conozco se limitan a señalar la existencia de diferencias menores, tales como cierta resonancia positiva entre los fuertes sentidos de identidad étnica, generalmente ligados a una alta autoestima, y la percepción de los individuos de hallarse al interior de una cultura mundialmente dominante, como suele ser el caso de las diversas identidades étnicas de las minorías europeas que habitan en los Estados Unidos. Por todas partes, y sobre todo con la que quizás sea la herramienta intelectual más demoledora a la hora de triturar prejuicios y estereotipos, el meta-análisis, se arriba a conclusiones parecidas: las diferencias de identidad étnica son, al lado de las similitudes, minúsculas, y en ningún caso pueden justificar supremacías étnicas de ninguna índole. (Como es sabido, o por si acaso no se sabe, el meta-análisis, en lugar de partir de estudios sobre individuos o casos particulares, se apoya en estudios diversos basados en casos individuales, o sea, que se basa en el análisis de análisis).

Y entonces llegamos a donde queríamos, a la problemática de las diferencias de identidad cultural propiamente dichas, es decir, aquellas referidas a los comportamientos emocionales, en la medida en que se vinculan a grandes conjuntos compartidos de realizaciones materiales e intangibles, tales como expresiones artísticas y literarias, invenciones tecnológicas y bienes de consumo, por un lado, pero también valores compartidos, vale decir, creencias, actitudes y comportamientos fundamentales, por otro. Son estas identidades culturales, en tanto implican, y se apoyan en, comportamientos afines o disímiles en materia de aceptación de los demás, alegría de vivir, anticipación de acontecimientos y fenómenos, coraje ante la adversidad o lo desconocido, y, más complejamente, afecto por los semejantes o desafecto por los desemejantes, confianza en los demás y en sí mismo, entrega a causas individuales o colectivas, y, en el tope, amor al prójimo, las que, quizás demasiado ambiciosamente, estamos queriendo explorar aquí.

Entre otras dificultades para comprender esta problemática de las emociones a las que podríamos llamar complejas, cabe destacar que, al parecer, es poco lo que se sabe sobre ellas, por lo que la mayoría de los textos de psicología, fisiología, neurofisiología o endocrinología que hemos consultado tiran la toalla cuando de explicarlas se trata. Hemos encontrado que ya en las explicaciones sobre los mecanismos de la ira y la tristeza en las ratas, que bien podríamos considerar como emociones simples, se presentan situaciones complicadas en donde intervienen conjuntamente glándulas endocrinas y secreciones hormonales, órganos nerviosos y neurotransmisores, e instancias intermedias, a menudo asociadas a las actividades del llamado sistema límbico, con participación de centros de castigo y recompensa y de los llamados subsistemas neurohormonales. Estas neurohormonas, como la noradrenalina, la dopamina, la serotonina y la acetilcolina, interactúan tanto con las áreas nerviosas como con las endocrinas, y se presume que pueden actuar inversamente en las emociones de la tranquilidad y la alegría. Todo sugiere, entonces, que tendremos que arreglárnoslas sin una comprensión clara de la base material de las emociones, y que estamos todavía a años luz de algo que merezca el nombre de una fisiología, bioquímica o endocrinología del amor.

Pero, a pesar de las tinieblas circundantes, la gran pregunta que nos estamos haciendo, y la verdad es que no 100% convencidos de que podamos darle siquiera una respuesta aproximada, es la de si es posible, útil y conveniente distinguir diferencias, aunque sean modestas en comparación con las afinidades o con los inevitables mayores contrastes intraculturales, entre la identidad cultural latinoamericana, de una parte, y, de otra, las identidades asiáticas, europeas, norteamericanas o africanas. De antemano, vaticinamos o intuimos que, en el mejor de los escenarios, el resultado terminaría por ser análogo al de los casos de las identidades sexuales, raciales o étnicas, o sea, que las semejanzas arroparán a los contrastes, y que, de repente, sólo quedarán en pie modestas diferencias entre nuestra identidad cultural latinoamericana y las identidades de otras culturas. Pero en tal caso, ¡qué satisfactorio sería poder llegar, al cabo de esta serie de artículos, a algo así como la conclusión de que somos en alguna leve medida diferentes en nuestra identidad cultural y que de lo que se trata es de hacer merecer un mayor respeto por esas, repito leves, maneras distintas de ser o, quizá, sentir! En la peor perspectiva, terminaremos mordiendo el polvo intelectual de quien no lograría establecer diferencia alguna en cuanto a identidad cultural o, mucho peor todavía, si el caso fuese que tales diferencias, de existir, terminasen por ser deleznables o inmerecedoras de respeto alguno. Tal es la camisa de once varas en las que estamos metiéndonos, para colmo en medio de un anunciado cambio en los estilos de redacción de los artículos de los martes y de los viernes, que de pronto estamos vislumbrando como demasiado rígido o restrictivo. [¡Help!]

En materia de identidades culturales, lo único que pareciera firmemente establecido, tanto en la literatura de tipo científico como en la propiamente literaria que hemos conocido, coincidiendo con las vivencias personales que comenzamos a reseñar con el cuento sobre diferencias culturales del viernes pasado, y también de acuerdo a un buen número de trabajos con ganas de pasar las pruebas del temible meta-análisis, es que existen diferencias dignas de atención entre las culturas en principio más individualistas: estadounidense, canadiense, australiana y europeas, por un lado, que ven la toma de decisiones y la resolución de problemas individuales, sin excluir el establecimiento de relaciones con muchos otros individuos y grupos, como el motor o célula fundamental de la sociedad, y las culturas, también en una primera aproximación, más colectivistas: latinoamericanas, asiáticas y africanas, que ven en la acción y la cohesión grupal, y en la interrelación con grupos con intereses y conductas semejantes, el leitmotiv del avance social. Aunque es preciso destacar que, sobre todo después de la última hecatombe mundial, tanto en Europa, y sobre todo en los países escandinavos, como en Norteamérica, sobre todo en Canadá, y en Asia, sobre todo en Japón, se han desatado interesantes tendencias que apuntan hacia la búsqueda de equilibrios entre lo individual y lo colectivo.

Distintos indicios sugieren que los europeos y sus seguidores, haciendo abstracción, por el momento, del hecho de que hoy muchos parecieran estar de regreso de esa deriva, en su empeño por prevalecer y lograr apoderarse de las riquezas acumuladas por pueblos pacíficos o no tan pacíficos, de su propio o de otros continentes, desarrollaron una identidad peculiar y un paquete de capacidades que les permitieron convertirse progresivamente en los jefes del planeta. Para empezar, alcanzaron identidades anticipativas facilitadoras de la concentración mental en la manipulación de la naturaleza y en la preparación de maniobras, tácticas y estrategias, que les permitieron, en conjunción con capacidades políticas bélicas y productivas, y luego con el reforzamiento de las emociones de la agresividad y el rechazo a otros pueblos, hacer de la guerra, las invasiones y el sometimiento del prójimo un modus vivendi. Y, si fuese valedera la hipótesis que venimos acariciando, esta estadía prolongada en las emociones de la anticipación, el rechazo y la agresión, debería haberse traducido en una menor frecuentación en las emociones básicas de la alegría y la aceptación de los demás, y es allí donde vemos las raíces de un individualismo que podría haber excedido los límites de lo sana o, cuando menos, deseablemente humano.

Y, por su lado, los asiáticos, y más que nadie los japoneses, que, hablando a grosso modo le apostaron duro a la conquista de la hegemonía mundial o al menos continental, y terminaron, aunque sepamos que con no poca iniquidad, pero terminaron al fin, mordiendo un polvo que ningún otro continente ha saboreado, el termonuclear y radioactivo, también habrían derivado relativamente hacia las emociones básicas del coraje, el rechazo y la agresión, con su correspondiente, insistimos, si fuese válido lo que estamos elaborando, pérdida de alegría e identidad aceptativa. No es posible, es lo que estamos sosteniendo, doparse por generaciones tras generaciones con sobredosis de testosterona y adrenalina, y pretender que los niveles de oxitocina sigan tan campantes; o, dicho en otros términos, cada hora de nuestras vidas que pasemos agrediendo, explotando o intentando dominar a otros, es una hora menos de que disponemos para estar alegres, tranquilos, relajados o aceptando a esos mismos otros, por lo cual, a la larga, terminamos pagando el precio de cambiar nuestra identidad. Y todavía con otras palabras: no parecen gratuitos la infinidad de relatos que hemos escuchado acerca de la soledad y la tristeza relativas de los europeos y la mayoría de asiáticos -como grandes grupos culturales y no viéndolos individualmente, pues, como sabemos, a nivel individual hay de todo en todas partes-, o, en sentido, contrario, que africanos y latinoamericanos, los continentes que jamás hemos salido de nuestras fronteras a avasallar a otros, seamos aparentemente más alegres y aceptativos, incluso a pesar de nuestras mayores penurias materiales relativas. Si de algo sirve, no he visto nunca nada colectivamente tan alegre como un baile de múltiples parejas al son de tambores africanos.

Y arribamos así al núcleo de nuestra reflexión. Si lo dicho hasta aquí tiene coherencia, y si verdaderamente tiene sentido pensar en la posibilidad de una rosa de las identidades emocionales a nivel de grandes conjuntos de naciones, entonces nos preguntamos: ¿No seremos los africanos y nosotros los latinoamericanos, por demás los hijos de la panadera en materia de conquistas, colonizaciones e invasiones, y también de atrasos en nuestras capacidades productivas y de otra índole, una especie de reservorio mundial de emociones aceptativas y alegrativas? ¿No seremos acaso, una porción hacia la cual tendrá que mirar la humanidad toda a la hora de regresar de milenios de ebriedad agresiva y rechazativa? ¿No será aquí donde se podría comenzar a edificar, o al menos hacer una contribución decisiva a la gestación de un nuevo modo de vida verdaderamente basado en el -aparentemente imposible de florecer en Europa y buena parte de Asia- principio del amar a los demás como a nosotros mismos?

Pero, ¡ojo!, por nada del mundo queremos sumar leña a cierta candela, que ha comenzado a volver a arder en América Latina, heredera de los terribles prejuicios sobre la raza cósmica del mexicano Vasconcelos y compañía, quien quiso poco menos que proclamar que en estos confundidos cuchitriles del planeta ya estaba emergiendo un nuevo género humano, o inclusive de las metáforas de Rodó sobre el ángel gringo malo y el ángel bueno nuestro. Sólo estamos hablando de contribuciones, análogas, por ejemplo, a las irreversibles contribuciones que en materia de ciencia y tecnología han hecho europeos, estadounidenses y, cada vez más japoneses y chinos, a la causa de la civilización. Ni tiene nada que ver con nuestra idea la ilusión de una América indígena enfrentada a las culturas occidentales.

Estamos conscientes de que en Venezuela, y en buena medida en Bolivia y Nicaragua, y paradójicamente mucho más que en la Cuba contemporánea, en nombre de una explicable reacción frente a siglos de exclusión eurocentrista y de una más que justificada defensa de valores y saberes autóctonos, está en marcha un movimiento que apunta en en el sentido equivocado de hacer del odio, o al menos el rechazo, hacia Europa y los Estados Unidos la fuerza impulsora de la construcción socialista. Hace poco tuve la oportunidad de oir, en un apoteósico congreso sobre el rol de la ciencia y la tecnología en la construcción del socialismo venezolano del siglo XXI, la tesis, oficialoide al menos, de que la ciencia y la tecnología capitalistas eran inaptas para el socialismo buscado, por lo que deberían ser reempla- zadas por los saberes populares... O de ver, en letras gigantescas desplegadas a la salida del teleférico en la cumbre del cerro de El Ávila, a cuya falda está la ciudad de Caracas y como para que ningún visitante o turista extranjero deje de verla y de atemorizarse, una amenazante frase atribuida a nuestros indígenas caribes, los consentidos de la izquierda guerrerista criolla.

Nos resulta más que claro que este camino de la subestimación y contradiscriminación de los aportes de otras culturas no nos conduce sino a la pérdida de tiempo, a la perpetuación de nuestros no pocos males, y, tarde o temprano, a un callejón sin salida, y definitivamente no son estas las posturas que queremos reforzar. Por el contrario, en tal contexto, no pareciera de más insistir en el abrumador cúmulo de experiencias emocionales, tales como la tristeza ante la pérdida o alejamiento de un ser querido, el desconcierto y el miedo ante un ataque sorpresivo, la alegría ante el hallazgo de un objeto valioso extraviado o el encuentro con una persona querida, o la interpretación de las expresiones faciales básicas, que nos identifican a todos los humanos y que son comportamientos emocionales que trascienden cualquier diferencia cultural.

Desde el punto de vista material, es indudable que nuestra emocionalidad latinoamericana, para bien o para mal, se ha conformado también al calor de una cultura occidental: ¿quién no conoce, aunque sea de oídas, la historia de amor de Romeo y Julieta, o no se ha sentido quijotesco aunque sea alguna vez en su vida? La interacción con bienes, artefactos y servicios, que han pasado a ser una segunda naturaleza, empezando por el uso de computadores y de Internet, a través de los cuales, por ejemplo, este mismo blog está tratando de comunicar ideas y, en alguna instancia, expresar emociones sobre la expresión de emociones, es otro robusto factor que nos marca irremediablemente. Lo cortés no tiene por que excluir lo valiente, y viceversa. Ningún rechazo contra ninguna cultura, y sobre todo ninguna ceguera contra todo lo que tenemos de inexorablemente común con, y que aprender de, los logros culturales de nuestros conquistadores europeos o sus discípulos estadounidenses, nos va a conducir a parte alguna, o a lo menos a alguna que valga la pena.

Al proceder reactivamente, rechazando y subestimando a quienes por siglos nos han rechazado y subestimado, estaríamos desafortunadamente aplicando una ley del Talión, o del ojo por ojo y diente por diente que, de entrada, nos empobrece e intoxica espiritualmente, y en donde, en definitiva, es poco lo que tenemos que ganar y mucho lo que perder. Y, si nos descuidamos, nuestra América Latina, que ya ha empezado a liderar los indicadores mundiales de crímenes y delitos per cápita, podría terminar en una suerte de peor de los mundos o un reino de las arrecheras, el atraso, la impotencia y el resentimiento. Todavía estamos a tiempo de optar por un destino distinto, en donde hagamos una contribución a la restitución de la aceptación de los demás con alegría, sabiduría y coraje, es decir, del amor, que pareciera ser la emoción rectora que, como género y especie, ha anhelado la humanidad por millones de años.