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viernes, 20 de agosto de 2010

La política venezolana (III): La coyuntura nacional

Mientras que, a nivel mundial, las fuerzas del cambio vivieron un prolongado debilitamiento a partir de 1979 y hasta 2008, durante los mismos días de auge del neoliberalismo, en Venezuela, por el contrario, desde 1989, cuando, con el Caracazo, se salió de control la hegemonía bipartidista de Acción Democrática y COPEI, y también en toda América Latina, después de 1999, con los estallidos de las crisis económicas que ya reseñamos en la entrada precedente, se inició un período de auge en los movimientos sociales progresistas, es decir, aquellos centrados en la búsqueda de satisfacción a necesidades propias y no en manipulaciones externas, que se ha traducido en un dramático cambio en el mapa político de la región.

En el caso específico venezolano, sin embargo, ha ocurrido, de más está insistir en que a nuestro juicio, el fenómeno de que la última coyuntura local, iniciada en 1999 con el ascenso de Chávez al poder, con un programa de modernización y democratización que fue vaciado en la Constitución Bolivariana de 1999, y que recogió los anhelos de cambio amasados durante los diez y quizás los treinta años anteriores, concluyó abruptamente y sin mayores explicaciones en diciembre de 2006. A partir de aquí, y después de un merecido triunfo electoral, con 63% de los votos válidos y sólo 27% de abstención, el Presidente decidió estrenar un nuevo estilo político autocrático de inspiración resueltamente cubana, que lo ha llevado a burlarse cada vez más y más gravemente del librito azul que demasiadas veces proclamó como el programa de la revolución bolivariana venezolana, "dentro del cual todo se vale y fuera del cual nada es válido".

Lejos de leer los resultados de 2006 como una señal del pueblo que quiso reafirmar su confianza en el régimen democrático y expresar su repudio a quienes, como con Gallegos en 1948, quisieron burlarse del voto de los humildes y hacer valer la fuerza de los supervotos y superbotas de los privilegiados, el Presidente los interpretó, muy probablemente en base a pésimos consejos de Fidel, como un cheque en blanco a su favor, que lo ha llevado a hacer de sus caprichos y ocurrencias el verdadero texto magno con que pretende regir a los venezolanos. Desde entonces optó por echar a patadas del gobierno a quienes se negaron a incorporarse acríticamente al PSUV y hacer de la más amarga intolerancia un componente central de su estilo, y a convertir un socialismo y un anticapitalismo que nadie ha discutido y menos aprobado, en el non plus ultra de los lineamientos y consignas no sólo del partido, sino del gobierno y hasta del Estado venezolano, llegando hasta hacer un uso obsceno de los recursos públicos para sus permanentes campañas electorales. Cuando se le ha reclamado su ilegal ventajismo, responde que es un ciudadano con derecho a intervenir en la política, pero omite señalar el detalle de que él es un funcionario público, que está usando el tiempo y los recursos públicos para su provecho particular, y a quien la Constitución y las leyes electorales le prohíbe expresamente usar la investidura pública para hacer proselitismo partidista, puesto que está "al servicio del Estado y no de parcialidad alguna" (Art. 145).

Mientras que apenas a comienzos de 2006 buena parte de los personeros militares del gobierno todavía tildaban, en clara pauta adeca, de ñángaras y cabezacalientes a los militantes de la izquierda en el poder que se atrevían a usar la terminología marxista, a comienzos de 2007, los mismos camaleones contrajeron un daltonismo rojo y un sarampión socialista. Incluso en contra de las recomendaciones públicas del divulgador del término Socialismo del Siglo XXI, Heinz Dieterich, se optó oportunistamente por abrazar un confuso, pero con demasiados parecidos con el real o soviético aquel, modelo de socialismo, que a cualquier desprevenido bien podría hacerle creer que en el país tuvo lugar, cual por arte de magia, una revolución fantasma el 15 de diciembre de 2006, día del discurso en donde se anunció la nueva política, que a todo lo volvió rojo-rojito.

Mientras que hasta entonces, en la coyuntura anterior, se guardaban escrúpulos a la hora de admitir que un Presidente de la República debía serlo de todos los venezolanos y no sólo de sus adeptos, desde 2006 una y otra vez se nos restriega por la cara que el presidente lo es sólo de quienes estén incondicionalmente con él y trabajen para su perpetuación en el poder. En diciembre de 2007, tras una escandalosa campaña con los dineros públicos, quiso legitimar todas sus pretensiones sometiendo plebiscitariamente, o de un solo guamazo, a referendo un paquete de modificaciones de la bicoca de 69 artículos de la Constitución, para cuya discusión no hubo tiempo en absoluto y que en definitiva equivalían, más que a una reforma, a la elaboración de un texto completamente diferente del aprobado en 1999. En la tal megarreforma constitucional se proclamaba el socialismo como proyecto oficial del Estado venezolano, la propiedad colectiva como forma principal de propiedad en el nuevo régimen, la reelegibilidad indefinida del Presidente como nuevo principio electoral, y el poder omnímodo del Presidente para pasarle por encima y geometrar arbitrariamente a cualquier otro poder público como la nueva de ejercicio de la democracia vernácula.

Culminado el referendo y rechazada con los votos, afortunadamente, la pretensión ultrapresidencialista, lejos de desistir de su afán autocrático, el Presidente y su gobierno, tras calificar delicadamente al voto popular adverso como una "Victoria de mierda", se decidieron a actuar como si nada hubiese pasado. Han hecho del socialismo la ideología estatal oficial y de todas y cada una de sus instituciones, del capricho presidencial la última palabra del poder, incluyendo a los novedosos métodos geométricos, del secuestro de los símbolos y los próceres de la patria una práctica cotidiana, y, como quiera que hubiese resultado pantagruélico volver a postularse en 2012 como si legal fuese, entonces se optó por someter otra vez a referendo, con un nuevo récord de despilfarro de los recursos del Estado y de echar la casa por la ventana, y contra la expresísima pauta constitucional de que no podía someterse nuevamente a aprobación la materia que ya hubiese sido rechazada, la cuestión de la reelegibilidad indefinida.

Lo que ha seguido parecería, sino fuera porque nos ha tocado vivirlo y sufrirlo en carne propia, cada vez más una película de ciencia ficción en donde pareciera que se apuesta sistemáticamente a eso que los cineastas llaman suspensión de la incredulidad, es decir presentar lo falso y espurio con tanta naturalidad como para que el espectador deje de pensar que se encuentra ante algo que no puede ser. El desconocimiento de la soberanía el pueblo ha llegado a niveles insólitos, al punto de que se le niegan los recursos a las gobernaciones opositoras legítimamente electas, y se les ha privado cada vez más de fuentes de recursos propios, que procedían de los aeropuertos, puertos, autopistas y otros. Como la Alcaldía Mayor de Caracas quedó -¡mala suerte, pero qué se va a hacer!- en manos de Ledezma y no de Aristóbulo (por quien votamos), entonces se ha procedido, en el más puro espíritu de la rechazada geometría, a despojar esta alcaldía de sus recursos y nombrarle un poder por encima que la deja sin funciones. Los empresarios y propietarios de inmuebles tienen que temblar cada vez que pasa el presidente por la calle, pues puede antojarse de expropiaciones o desalojos de centros comerciales con permisos legítimos de construcción, fábricas en zonas industriales debidamente establecidas, o locales diversos nada más que por que le provoca estatizarlos a como dé lugar, porque se atraviesan en las direcciones casuales a que apuntan sus dedos, y las más de las veces sin indemnización real. El poder, en dos platos, se ha vuelto incestuoso, vale decir se ha volcado a hacer de su propia perpetuación el móvil de su ejercicio.

En medio de tales desafueros, y con la cultura dominante de la exclusión y el facilismo, no es de extrañar que haya prosperado el corolario de la ineficiencia, la negligencia y la corrupción, y de que hayamos atestiguado bochornos tales como la pudrición de más de cien mil toneladas de alimentos, la escalada impune de la violencia y la inseguridad, la crisis energética y de los recursos hídricos, el deterioro de los servicios públicos, la desatención a las magnitudes reales de la crisis económica que nos afecta, por sólo citar algunos pocos casos y entre ellos a los más sonados. Al pueblo empobrecido, soporte electoral inequívoco de las pretensiones autocráticas del presidente, se le está haciendo creer, yendo mucho más allá de las perversiones a que casi nos acostumbraron adecos y copeyanos en los treinta años de decadencia que siguieron a 1968, que el socialismo es sinónimo de vida barata y fácil y de repartos de comida sin esfuerzo productivo o de cualquier otro género, al que se accede simplemente con decirle amén a todo cuanto se le ocurra al presidente. Bajo el mito de una dizque democracia participativa, estamos avanzando hacia los peldaños más bajos de la escala de democracias en el mundo, muy por debajo del estándar dominante de las democracias representativas y en donde ya hasta el calificativo de delegativas empieza a quedarnos grande.

¿Qué pasó y cómo nos metimos en este festival de abusos, caprichos e intolerancias, y cómo salir de este pantanoso berenjenal? Tal es el sino de la deplorable coyuntura nacional, que para nuestra desgracia ha venido a coincidir con oportunidades de avance nunca antes editadas en el plano de la coyuntura latinoamericana, y con chances de poder avanzar hacia una mucho mayor autonomía económica, política, cultural y educativa en el contexto de una coyuntura mundial que sólo se comparan con los días de la crisis capitalista de los años treinta y cuarenta. Mientras tanto, el auge del malestar y las frustraciones contra la nueva política oficial sólo está siendo aprovechado por quienes están como caimanes en boca de caño esperando la ocasión para restaurar el orden que se quiso superar con la oleada de despertares desde 1989 hasta 2006. Por buena parte de los mismos que, en 2002 y 2003, quisieron pasarse por el forro el texto constitucional y desconocer la inequívoca voluntad popular, y que ahora andan en plan de "yo te lo dije, yo te lo dije", y en son de defensores a posteriori de la Constitución de 1999.

Queremos aclarar, sin embargo, que lo que nos irrita y nos lleva a distanciarnos de la actual oposición no es el hecho de que haya cometido errores graves en el pasado, pues a fin de cuentas todos cometemos errores, y con mayor justificación si tomamos en cuenta que buena parte de esos, como los más crasos de los golpes de 2002, fueron en dosis significativas provocados por el propio presidente Chávez, quien se cansó de azuzarlos e insultarlos para que se atrevieran a dar los fulanos golpes, por lo cual nos hallamos ante eso que los jueces llaman "atenuantes por provocación de la víctima", sino el fariseísmo de quienes, sin admitir o autocriticar sus fallas suficientemente, vienen a conmovernos con lágrimas de cocodrilo y monsergas sobre el respeto a la Constitución. Incluso en los casos de Acción Democrática y COPEI, partidos a los que siempre adversamos, que nos infligieron no pocas ni leves desgracias personales, y a manos de cuyos ciertos militantes y personeros estuvimos varias veces a punto de pasar a otros destinos, no nos incluimos en las filas de quienes chillan: ¡No volverán!, pues, nuevamente, no somos quienes para excluir a nadie de algún papel en la construcción de un país digno y próspero. Lo que sí les reclamamos, y sobre todo a sus nuevos dirigentes, es que a estas alturas no hayan sido capaces de organizar una evaluación seria de sus errores y corruptelas pasadas, y que se sigan comportando como aquel personaje El Chavo, que cuando lo agarraban in fraganti en sus faltas comenzaba a rumiar aquello de: "...yo no lo hice, yo no lo hice... y no lo voy a seguir haciendo...".

Acerca de qué hacer políticamente en esta contradictoria coyuntura nacional, y en particular ante los procesos electorales parlamentario y, sobre todo, presidencial, de 2012, para el que las del 26 de septiembre son sólo un precalentamiento, hablaremos en las próximas entradas.

viernes, 2 de julio de 2010

Tenemos el pesar de anunciar que Venezuela padece una enfermedad incurable

Este artículo es el primero de una serie en donde examinaremos intensivamente, por lo menos durante el actual mes de julio -y seguramente después, pero de manera más espaciada-, la conflictiva y delicada actual situación política y, en general, social, de Venezuela.

Nos sentimos ante el reto de alcanzar un razonable equilibrio entre la atención a las angustias por el acontecer cotidiano del país, según el tenor expresado por algunos lectores, y el examen más de fondo de las múltiples determinaciones de lo que nos pasa. Entre la mirada a la superficie de los fenómenos o síntomas políticos, al oleaje de acontecimientos y opiniones resaltados en las primeras planas y titulares de diarios y noticieros, y una auscultación o estudio de los diversos factores que condicionan, o interinfluyen sobre, los mismos fenómenos. La sensación que experimentamos no sólo es análoga a la que intuimos sienten muchos médicos ante las angustias de padres o pacientes que a menudo no quieren oir hablar de anatomía, fisiología, causas, exámenes, historias, contextos, nuevas consultas, etc., sino simplemente recuperar de una vez la salud perdida o amenazada, sino bastante más crítica que eso, pues los dolientes parecieran convencidos, primero, de que es un fulano, casi siempre el mismísimo Presidente de la República, el culpable, o conjurador, según sea el caso, de los males, y, segundo, que la receta curativa debe ser cuanto más mágica mejor, vale decir, que no les exija ningún esfuerzo, cambio de actitud o disciplina para curarse... La situación se nos asemeja a la de un galeno tratando a quien está convencido de que su problema es el mal de ojo y/o se cree una criatura índigo, por lo que sólo un gran brujo lo puede curar...

Francamente, no nos percibimos improvisando en absoluto, y aun tenemos la impresión de haber dado con una buena porción de las raíces de la compleja enfermedad venezolana, a cuya comprensión, y tratamiento -pues no hemos estado precisamente contemplándola a través de una vidriera-, hemos dedicado muchos de nuestros más lúcidos y mejores días. Pero, incluso si renunciamos a pretender expresar palabras finales sobre nada, y sólo aspiramos a la posibilidad de interpretar hechos más allá de sus apariencias, o a intentar incidir sobre peligrosísimas tendencias en curso, tenemos que admitir de entrada que no sólo nos vemos ante un desafío mayúsculo, lo cual nos estimula, sino también ante una formidable barrera comunicacional, que a ratos nos anonada.

(De paso, no sería nada malo si, al menos los lectores que no estén tan apurados, le dieran, previamente, en paralelo o como complemento, a esta lectura, una ojeada al panorama de artículos relacionados del blog y, especialmente, a la subserie de cinco artículos sobre la realidad venezolana, de julio del año pasado: "Hibridados e ilusionados (I, II, III, IV y V): ...", pues, en alguna medida, esta nueva serie supone al menos cierta familiaridad con esas ideas).

Y, sin ánimo de ahorrarnos la tarea de sustentar todo lo que afirmaremos, comenzaremos con un enunciado o síntesis, una especie de "sumario", armado en tres artículos y tesis centrales, de las que probablemente serán las principales conclusiones de nuestra reflexión en curso. Este es el primero de estos artículos introductorios, con la primera de tales tesis. A quienes esto ya les resulte intragable los invito a que nos veamos de nuevo, en el blog, por allá por septiembre, después de que pase esta subserie, pues es maldad que insistan en leerme si no soportan esta primera dosis de la prescripción que haré (y no vaya a ser que se empecinen en insultarme a mí y a mi madre más y más y más..., hasta que las cosas se nos puedan salir de control (y de repente se suelte algún bicho de los que también llevo por dentro)).

Primera tesis: A la venezolana la vemos como una sociedad estructuralmente obsoleta e incurablemente enferma, a la espera de una tragedia fatal muchas veces anunciada

Bajo el ropaje de una sociedad moderna y cuajada de aparatos de último modelo, en Venezuela se oculta una estructura social no lo suficientemente distinta del mantuanato latifundista/mercantilista que, pese a los ingentes y heroicos esfuerzos de los fundadores, emergió tras las cruentas luchas independentistas y siglos de dominación colonial.

Mientras que a las sociedades primitivas las podemos identificar por su modo de vida centrado en la imaginación, la planeza en las relaciones humanas y la adaptación armoniosa a la naturaleza; a la mayoría de las antiguas las vemos gravitando en torno a las tradiciones, las descendencias privilegiadas y el trabajo artesanal o de fundamentación empírica; a las medias, dentro de las que incluimos a las mantuanas, latifundistas o feudales, y a las mercantilistas, las concebimos como jerárquicamente estructuradas en base a leyes y dogmas revelados, a la racionalidad lógica y al trabajo técnico; mientras que a las verdaderamente modernas las entendemos organizadas en base a ciudadanos con derechos y deberes democráticos iguales, capacidad para elegir y controlar a sus gobernantes, soberanías realmente residentes en el pueblo organizado, ideologías centradas en la idea de la libertad y asidero en el conocimiento científico, economías reposantes en el trabajo y la innovación tecnológica, y enfoques sistémicos u optimizadores de las soluciones a los problemas.

Inclusive si hubiese errores gruesos en la anterior y ya burda caracterización, nos resulta obvio que Venezuela no calza las botas de una sociedad verdaderamente moderna, ni rellenando estas con papeles, si fuesen de talla mayor, o untándolas con vaselina, en el caso opuesto. Con su petróleo y las rentas anexas, Venezuela ha comprado, instalado, ostentado y despilfarrado numerosas fachadas, ropajes, envoltorios y guilindajos de tipo moderno, pero ella misma, como aquella que se vestía de seda..., sigue siendo una típica sociedad con un modo de vida medio, con no pocos arrestos antiguos. Y, a quien esto le parezca subido de tono, o de contenido, la invitamos a preguntarse, sólo como abreboca: ¿Cuándo y dónde ha visto al pueblo venezolano seleccionando en base a sus méritos a, y ejerciendo el control sobre, sus gobernantes (más allá del pase de factura en las siguientes elecciones, cuando todos los platos se han roto y todos los males quedan hechos)? ¿A cuántos venezolanos conoce que hayan escogido sus destinos con base en el conocimiento de sus mejores potencialidades y la escogencia consciente entre sus oportunidades, o sea, haciendo uso de su libertad? ¿Cuántas veces ha visto que una discusión o conflicto entre venezolanos concluya arribando a un nuevo planteamiento que englobe, al menos parcialmente, los postulados originales de las partes, sin lo cual es difícil imaginar que pueda funcionar un régimen realmente democrático? ¿Cuántas empresas, instituciones, profesionales, gerentes o individuos en general conoce, a quienes pueda considerar como innovadores tecnológicos y empeñados en estudiar científicamente los problemas para buscarles soluciones óptimas? ¿Cuántos verdaderos estudios de factibilidad ha visto, en donde se considere el retorno a largo plazo de inversiones en capital físico y humano? ¿A cuantos venezolanos conoce de quienes pueda asegurar, sin redondeos, que poseen un marcado afán de superación por sus propios méritos, una misión clara en la vida, una preocupación por mantenerse al día en su campo profesional, una vocación de servicio responsable ante la colectividad?... ¿No les da la impresión de que los entes criollos dentro del rango de las respuestas a estas preguntas son más bien la excepción que confirma la regla, mientras que cualquiera que haya vivido unos meses en una sociedad moderna -hablando el idioma de ellos, claro está- rápidamente aprecia que la situación se presenta a la inversa, o que la mayoría sí calza las mencionadas botas?

O, si todo esto les parece complicado, invitamos al lector residente en el territorio patrio a levantarse unos pocos minutos y hacer un minitour por su propia casa o por el ambiente en donde está leyendo este artículo, y reconocer los artefactos domésticos, utensilios, materiales, libros, discos, etc., verdaderamente Hechos en Venezuela..., pues nos resulta claro que lo que resaltará será la impronta de los No hechos en Venezuela y el carácter postizo de nuestro modo de vida. Bastará con que vayamos a la cocina y examinemos un simple rallo, de esos de rallar queso: si está oxidado, abollado y renegrido, probablemente fue hecho aquí, pero si está reluciente, compacto y sin oxidar es importado, pues en nuestra amada tierra, después de medio siglo de "desarrollo siderúrgico" y más de un siglo de explotaciones del mineral de hierro (casi tres si recordamos a los capuchinos catalanes aquellos...), no se produce todavía acero inoxidable y se cuentan con pocos dedos las empresas que saben darle el temple apropiado a los objetos metálicos. ¿Qué clase tan singular de sociedad moderna es ésta que todavía no ha aprendido a hacer un vulgar rallo de cocina?

Toda la vida venezolana contemporánea gira en torno a ilusiones bien de modernidad -erradamente llamada armonía en aquel valioso libro del IESA coordinado por Moisés Naím-, o bien de acceso, por vías milagrosas y mesiánicas, a la modernidad, ahora @ "Socialismo del Siglo XXI"; a pretensiones de dárselas de haber visto cosas en Disney World o Epcot Center y querer vivir como los amigos o parientes que viven en Miami, pero sin echarle ni un centésimo de bola a producir, crear y organizarse socialmente como en Miami, o, en el reverso de la moneda, a echarle la culpa a los pitiyanquis que van a Miami de que en el cerro se acumulen las basuras, se cobren peajes o se cometan varios crímenes todos los fines de semana... La vida, el discurso venezolano de cada día, transcurre en un mar de mentiras y fantasías, con el beneficio de que el inmediatismo permite que cada día se olviden las del anterior. Echones, despelotados, desconfiados, palabreros, incumplidos, pantalleros, informales, desarraigados..., vivimos bajo la premisa de que no hay que trabajar ni pensar mucho pues algún día nos tocará el premio gordo de la lotería, nuestra merecida cuota del reparto petrolero, como el fulanito aquel que era un pelador como yo y, después que lo nombraron Jefe de Compras de..., o de que consiguió el contrato con su amigo de..., o de que contactó al jíbaro aquel que distribuye el crack..., etc., se metió en la pomada.

No sabemos cuando, ni como ocurrirá, pero tenemos la certeza absoluta de que este modo artificial, falso, obsoleto y agonizante de vida tiene sus días contados y morirá trágicamente, cuando se agote su sustento no tan secreto: la renta petrolera. Vivimos en un caldo de ilusiones, mentiras y aspavientos porque nuestras necesidades, en mayor o medida, se satisfacen no gracias a nuestros esfuerzos y talentos, lo que rápidamente nos conduciría a un mejor sentido de las proporciones de la realidad, sino a las palancas, el amiguismo, el clientelismo, el mesianismo... que, en última instancia desembocan en lo mismo: el acceso a la riqueza no ganada. La tan vilipendiada, de boca afuera, "corrupción", no es sino uno de los mil mecanismos vigentes de acceso a la riqueza, sin escalas en la creatividad o el trabajo. Una sociedad así es claro que no puede sobrevivir indefinidamente, pues sería como una especie de inmenso móvil perpetuo que, con siglo y medio de termodinámica a cuestas, los científicos no han podido construir, incluso en las mínimas escalas de los experimentos de laboratorio.

Como quiera que nos gusta desconfiar de lo razonable y confiar en lo irrazonable, que el autor pudiese estar equivocado o exagerando, incluso concediéndole momentáneamente sentido a las sutilezas de la joyita que hace días escribió en un comentario anónimo del blog que al autor lo mata "la prepotencia", que es un "niñito de mamá [a quien] nadie le quita su juguete", que por tales razones está "solo", que es un "abuelo viviendo de recuerdos" que se ha quedado "viejo", y piropos afines, o, más incluso todavía, admitiendo que quien suscribe pudiese ser el bolsa o pendejo más consumado del planeta, a quien no habría ninguna razón para creerle ni papa, entonces, siempre caros lectores, los invito a no pararle a mis palabras, sino a pasearse, aunque sea brevemente, por algunas de los millones de páginas de Internet que tratan del tema de la "enfermedad holandesa", "síndrome holandés" o "mal holandés" (cada vez más también conocido por sus alias "enfermedad venezolana", etc.), y/o a los cientos de miles que se ubican bajo el rubro "Tragedia de los comunes" (o, mejor todavía, si le entran por "Tragedy of the Commons"...), pues allí se encontrarán con un exhaustivo tratado del drama de fondo de Venezuela.

Mientras que la "enfermedad holandesa" -llamada así por la experiencia de las distorsiones de la economía de Holanda tras los descubrimientos de petróleo, en el Mar del Norte, en los años sesenta-, y con cada vez más frecuencia llamada también "venezolana", se describe por el síndrome del deterioro de los rubros no sobrepreciados en los mercados internacionales, en relación a aquellos que sí lo están -como el petróleo-, y la "Tragedia de los comunes" cuenta el caso paradójico de una sumatoria de "éxitos", "logros", "liderazgos" e ilusiones diversas de individuos aislados, gracias al aprovechamiento de un recurso agotable, verbigracia, el petróleo, pero que tarde o temprano conducirá a un "inesperado" colapso o tragedia de los comunes, o del colectivo, cuando se agote el recurso del que dependían tales resultados, la conjunción de ambos síndromes constituye un retrato al carbón de la enfermedad venezolana y su bastante seguro desenlace. Dicha tragedia es, en síntesis, el guión, a las escalas favoritas de cada quien, de las "bullas" y los campamentos mineros, de la historia de España y su adicción a la plata y el oro de América, de los que se vuelven locos con premios de lotería, de Perez Jiménez y su boom de concesiones en los años cincuenta, de Carlos Andrés Pérez en los setenta, del Morocho Hernández y su fortuna ganada súbitamente en el boxeo, de la actual gestión de gobierno... y basta de redundancias.

Toda la falsedad que impregna hasta los tuétanos la política venezolana parte del hecho de que los actores, ahora llamados operadores, políticos, intentan convencer a los electores de que manteniendo constante toda la trama de vicios del país, pero con ellos sentados en el gran sillón de Miraflores, las cosas van a cambiar. Con dádivas, halagos, subsidios, becas, pensiones, regalos, ayudas, favores, limosnas..., bajo el principio, ahora hasta convertido en consigna política, de que el "amor con amor se paga", todos los gobiernos, sin excepción aunque fuese por meses, que este ahora apedreado bloguero ha conocido, han participado de este vicio estructural de la política criolla. Y, viceversa, todos los que han predicado lo contrario han salido con las tablas en la cabeza.

¿De nuevo como Santo Tomás? Está bien, aquí van, de memoria, pues si me pongo a jurungar fichas sí es verdad que esto va para rato, algunos botones de mi muestrario de vivencias directas. Mario Briceño Iragorri, en su Mensaje sin destino, nos dice que somos una nación "antihistórica" y que para reconstruirnos debemos empezar por reinterpretar nuestro pasado y librarnos de la manía de todos nuestros dirigentes de seguir usando las ideas y luchas de los fundadores de la patria para la obtención de beneficios políticos inmediatos (le pidió al gobierno, de Larrazábal, apoyo para crear una nueva universidad obrera y recibió, como respuesta irónica, una propuesta de nombramiento de director de una empresa publicitaria de modas); en su despedida, en un artículo en El Nacional, pocos días antes de su fallecimiento, en 1958, denunció que la mayoría de personalidades aparentemente responsables del país en el fondo no estaban sino pendientes de obtener poder, beneficios y prebendas personales, y oró por que los jóvenes pudiesen edificar la República a la que no habían sabido servir los viejos como él... Mariano Picón Salas dice, en algun lugar de su Comprensión de Venezuela, que no somos un verdadero país sino una geografía con alguna gente encima, que termina por execrar a sus intelectuales, y que tenemos el reto de construir, con las mejores cabezas pensantes de todas las disciplinas y frente al oscurantismo e ignorancia que arremete una y otra vez contra la inteligencia creadora, una nación verdadera; murió en 1965, más reconocido en el exterior que en su patria, y la izquierda guerrillerista tuvo los riñones de sabotear el principal homenaje en su honor que quiso rendirle la Universidad Central de Venezuela... Juan Pablo Pérez Alfonzo, el primero que estudio la estrecha relación entre la "enfermedad holandesa" y el caso venezolano, hablaba, en sus últimos años, en los setenta, de los desastres y la corrupción de la Venezuela actual, cual si los hubiese vivido, y, desesperado porque los líderes no querían escuchar sus gritos de alerta ante la enfermedad del derroche y el despilfarro que ya corroía al país, tituló su último libro, en un esfuerzo por llamar la atención, con la frase Hundiéndonos en el excremento del diablo; murió en 1979, aislado, difamado, tratado de "Loco de los Chorros" y de "Profeta del Desastre", pidió expresamente que, ya que no se le había prestado atención alguna, pues que tampoco se le hiciera reconocimiento post mórtem alguno... Alfredo Maneiro, el único político importante del país que le prestó atención a los sombríos pronósticos de Pérez Alfonzo -que le fueron presentados en Londres por el muchacho que fue el suscrito- y elaboró un Proyecto de Ley de Reducción de la Producción Petrolera, para impedir la inevitable corrupción que se nos venía encima, y que fue objeto, tanto él como el Proyecto, de burlas y comidillas por todo el establecimiento político criollo; murió, relativamente joven, en 1982, si no estrictamente solo, sí mientras dirigía un grupúsculo con escaso impacto real en el acontecer político nacional; el actual gobierno, campeón si no olímpico por lo menos bolivariano del derroche y la corrupción, pero quien ha engrosado sus filas con algunos cuadros venidos de las iniciativas de Alfredo, está empeñado en capitalizar su imagen, le ha dado su nombre a la Siderúrgica del Orinoco, y no pierde ocasión de asociar citas aisladas suyas a las ejecutorias del presente... Miguel Otero Silva, escritor, periodista, intelectual, en su legado literario nos dejó su desgarradora visión de la sociedad venezolana del siglo XX y sus antecedentes; en una de sus novelas, Cuando quiero llorar no lloro, lanza un grito angustioso sobre la falta de salidas superadoras de la juventud venezolana, en cualquiera de sus tres extracciones sociales principales: baja, media y alta, pues allí tres jóvenes de nombre Victorino, nacidos el mismo día de 1948, marchan inexorablemente, uno Pérez, como malandro, otro Perdomo, como guerrillero, y el otro Peralta, como patotero, hacia una muerte trágica un mismo día de fines de los sesenta; murió en 1985, leído, sí, pero escuchado nunca, al punto de que sus novelas se estudian cual piezas estéticas de museo y la oligarquía criolla con sus padrinos transnacionales le impidieron ejercer la dirección de la empresa periodística de su propiedad, El Nacional, que le legó su padre, por lo cual, con su legendario humor, llegó a decir que él era el único verdadero capitalista privado del país, puesto que el capital que había heredado le había sido privado por los ricos... Jóvito Villalba, político, tribuno, uno de los principales constructores de la poca democracia que hemos conocido, declaró a fines de 1987, antes del Caracazo, que nuestra democracia era ficticia y estaba asentada sobre un polvorín de miseria que en cualquier momento estallaría con una avalancha desde los cerros; nadie le prestó atención, murió en 1989, poco después de la puesta en escena de sus pronósticos, solo, con su partido venido a menos... Luis Beltrán Prieto Figueroa, convencido de que la construcción de un verdadero país pasaba por crear un sólido sistema educativo, le dedicó su vida a convertir en realidad su sueño de pasar "de una educación de élites a una [con calidad] de masas", y a la "canalización del instinto de lucha" de los jóvenes; logró, a contracorriente, algunos resultados hasta fines de los sesenta -que muchos creemos haber aprovechado-, pero a partir de 1968, cuando se le privó, por la soberbia y el entreguismo de Rómulo Betancourt, de ser Presidente de la República, en elecciones, muy probablemente fraudulentas (cuando en el Consejo Supremo Electoral se estrenó el "procesamiento" automatizado de datos, bajo el exclusivo control de AD y COPEI...), se inició el desmantelamiento de su obra educativa, hasta llegar al desolador panorama actual; fue aislado y ridiculizado, murió, bastante solo, con un MEP en decadencia, en 1993, y nunca se le hicieron los reconocimientos que merecía... José Ignacio Cabrujas, brillante escritor, articulista y dramaturgo, se cansó de criticar la grandilocuencia y falsedad de nuestros discursos, ideologías, mitos y textos legales, demostró que en nuestro teatro no podía haber héroes ni verdaderas tragedias, pues nos faltaba el más elemental sentido de nobleza o grandeza, sin el cual es imposible el heroísmo, comparó a Caldera, en su segundo gobierno, con un Windows vacío, y propuso que nuestra Constitución empezase por sincerarse y ser una especie de letrero detrás de la puerta trasera de hotel, con listados específicos de lo obligatorio y lo prohibido por los usuarios; murió, aunque leído, en 1995, mientras se empeñaba en sacar al teatro de su aislamiento y sin entregarnos su obra magna, alejado de todos los partidos, y -en lo personal, pues me consta- abatido y desilusionado... Arturo Uslar Pietri, intentó desentrañar las raíces ideológicas e históricas de la llamada "viveza criolla" y predicó por décadas que teníamos que aprovechar el período de las vacas gordas y los ingresos petroleros, para prepararnos para el inevitable período de las vacas flacas, pero, aparentando que se le oía, se hizo exactamente lo contrario de lo que predicaba; murió, en 2001, aislado, solo, declarando que nada había podido contra los "vivos" y que él había sido un "pendejo"...José Manuel Briceño Guerrero, en su discurso de aceptación del sillón en la Academia de la Historia, declaró que "no somos una patria" y algo así como que debería llenarnos de vergüenza mantener un culto a Bolívar que no se corresponde con lo que sentimos y llevamos en nuestros corazones; vive, aislado, tratado como jarrón chino, en Mérida, y el Gobierno está empeñado en usar extractos de su obra con fines proselitistas, pero hasta la fecha no hace sino corroborar la incongruencia sacrílega que él ha denunciado acerca de nuestras almas... Domingo Felipe Maza Zabala, gloria de las mentes nacionales, con una vida y obra entregada a comprender y reorientar nuestra economía, lleva años alertando sobre los peligros superlativos de la dependencia de la renta petrolera y la adicción importadora; vive, diagnostica, publica, alerta, suplica... nadie le para bolas y ya empieza a correr la conseja de que es un acomplejado y resentido, y ya es candidato a "traidor a la patria"... Francisco Rivero, filósofo clásico educado en las mejores academias del planeta, lleva años diciéndonos a los venezolanos que estamos profundamente extraviados en las entrañas de la modernidad, el materialismo, el hedonismo, el [añadimos nosotros, plebeyos] vivalapepismo, sin que nadie lo escuche con seriedad; en todas las universidades de las élites y en foros encumbrados lo han acosado, tildándolo de comunista o sus sinónimos, mientras que de los canales y emisoras estatales lo han echado, entre discretamente o a patadas, por el delito de sospechoso de lesa escualidez; y allí está también, aislado, incomprendido, preparándose para sumarse al antipanteón de los venezolanos repudiados por un país morbosamente intoxicado, que se humilla ante el poder y la riqueza fácil, pero se enardece y subleva ante los justos...

Y así podríamos pasar horas, yo escribiendo y con ganas de que ustedes sigan leyendo, y luego días, con apelación a mis fichas, y luego años, con base en consultas en mi biblioteca, y luego décadas, recurriendo a las bibliotecas y hemerotecas venezolanas públicas y privadas, y luego por los siglos de los siglos, en los sistemas de información del planeta, sólo para llegar a la mismísima conclusión de marras: la sociedad venezolana está enferma, y no sólo no le para a su enfermedad, sino que, como suele ocurrir con los adictos a cocaínas, cafés, cigarrillos, refrescos (con cafeína, por supuesto, con los que es posible hasta suicidarse, a lo Christina Onassis...), y drogas afines, arremete, si es preciso con violencia, contra quienes le critiquen sus caros vicios...

Y, como quiera que muchos compatriotas desconfían de los intelectuales y de todo lo que se les ocurra, aquí va otro rosario, esta vez no de ideas, sino de hechos, recientes, conocidos, sin mayores pretensiones estadísticas, que también le dan soporte a la tesis de la Venezuela más allá de lo gravemente enferma e indispuesta a reaccionar incluso ante los más crasos síntomas de su crisis. En febrero de 1983 se derrumbó, con el llamado Viernes Negro, para los incrédulos más conscientes, el mito de la bonanza petrolera eterna, y el bolívar con todo y economía se derrumbó estrepitosamente; muchos creímos, ingenuamente, que a partir de allí el país reaccionaría y se enderezarían las cosas, pero ¡qué va!, al poco nos dimos cuenta de que había ocurrido también un Viernes Blanco, para los vivos que fueron dateados y especularon obscenamente con las divisas, y encima, a los pocos meses, ya Lusinchi había inventado la fábrica de divisas fáciles de RECADI, para sus amigotes, y enseguida empezó a decir que aquí no pasaba nada y las botijas del país estaban llenas... En 1989 hubo dos "veintisietes de febrero" o "Caracazos", en el primero, durante los días 27 y 28 de febrero, y 1 de marzo, la población marginalizada, creyendo que se habían autorizado los saqueos, y alucinada por imágenes televisivas de guardias nacionales poniendo orden en el desvalijamiento de supermercados (sic), arremetió contra la inmensa mayoría de los comercios de las grandes ciudades y lanzó a la ruina a numerosos pequeños, medianos y no tan pequeños ni medianos comerciantes y productores, y ya se alistaba para iniciar, ante el vacío de poder, el saqueo de las quintas y apartamentos de las urbanizaciones de clase alta y media, que a su vez ya se organizaba para su autodefensa; en el segundo, durante los días 2, 3, 4 y 5 de marzo, se produjo una brutal e indiscriminada arremetida contra los barrios humildes, ahora acusados en bloque de saqueadores, con lo cual se sintieron objeto de una trampa o de haber mordido una carnada, que dejó todavía no se sabe si cientos o miles de muertos, en su mayoría inocentes; ambos Caracazos provocaron, a juicio de muchos y en particular tanto del gran Comandante en Jefe como de este quizás peorro servidor, la ruptura social entre establecidos y excluidos, pero, ¡vaya ironía!, la sociedad venezolana, con sus políticos, intelectuales e investigadores científicos, en lugar de abocarse a comprender lo que a cualquier mente sensata le revelaría un agudo problema social estructural, ha terminado por escindir los dos caracazos y escoger, según el talante de cada quien, el Caracazo de su preferencia. Para los establecidos, llamados "escuálidos" por el otro bando, sólo existió el primero, con sus hordas de saqueadores violentos y arruinadores; para los excluidos, llamados "tierrúos" y hasta "monos" por aquellos, sólo existió el segundo, con sus matanzas y fosas comunes, y bastante empeño le han puesto a declarar, claro que con apoyo oficial, al 27 de febrero como día de fiesta nacional o, como rezan muchas pintas en la ciudad, como el "5 de julio popular"; buena parte de la severa polarización y antagonismo a muerte de los bloques opositor y oficial del presente, hinca sus raíces en este quid pro quo... En 1992 ocurrieron dos golpes de Estado, uno en febrero, dirigido por el teniente coronel Hugo Chávez Frías, que intentó vengar a las víctimas del Caracazo II y fracasó, luego de no poder controlar la base aérea de Maracay -en donde, con mucho, se concentra el mayor poder de fuego de la fuerza militar nacional-, y otro en noviembre, que logró tomar la gobernación del Zulia pero falló al intentar tomar La Carlota y, otra vez, a Palo Negro, en Maracay, dirigido por Arias Cárdenas. Tan enferma y apocada estaba ya la joven democracia que, lejos de indignarse ante la ofensiva contra un gobierno que, mal que bien, había sido recientemente electo por una gran mayoría del pueblo, o por lo menos preguntarse seriamente por las causas de semejante crisis, el grueso del país, harto de adecos y copeyanos, decidió colocarse del lado de los golpistas, destituir al Presidente Pérez, nombrar como presidente interino a Ramón J. Velázquez, y elegir luego como nuevo presidente... a Caldera (aunque muchos creen que el verdadero ganador fue Andrés Velazquez...), nada menos que quintaesencia del copeyanismo y de la luego llamada "Cuarta República", y, se asegura -sin que haya sido desmentido- que padrino de bautizo del propio Chávez. (Estos dos son los golpes malos para los defensores del estatus...)... En 1998 hubo otro conato de golpe, a manos de Ruben Rojas Pérez, Comandante del Ejército y yerno de Caldera, quien, se asegura, y fue denunciado por Chávez en su momento, intentaba desconocer el triunfo electoral de éste y sólo fue frenado en el último instante, con intervención del expresidente Jimmy Carter, que rápidamente avaló los resultados de los comicios y amenazó con denunciar al mundo la treta del supuesto fraude; esta intentona de golpe nunca fue debidamente investigada ni aclarada, y ni el presidente Caldera ni el actual volvieron a abrir la boca al respecto... En diciembre de 1999 ocurrió el Deslave de Vargas, hecho aparentemente fortuito y natural, cual mero fenómeno hidrometeorológico, mas resulta que, en una estructura social sana y con una vulnerabilidad razonable, anclada en el aprendizaje derivado de fenómenos muy semejantes anteriores (y, sobre todo, el no tan lejano de la tormenta de febrero de 1951), las pérdidas hubiesen sido décimas o centésimas partes de las realmente ocurridas, estimadas por una Comisión del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, en 15 a 50 mil víctimas, 273 mil personas afectadas (en ocho entidades federales), cerca de cien mil damnificados, 64 mil viviendas dañadas, más de 25 mil viviendas destruidas, 9 hospitales y más de 150 escuelas averiadas, y cerca de 2 mil millones de dólares en pérdidas materiales, principalmente en Vargas; la negligencia e irresponsabilidad, tanto, por un lado, de sectores acomodados que especularon con la venta de terrenos y las construcciones playeras en conos de deyección y áreas previamente inundadas por las crecidas de las quebradas, como, por otro, las invasiones de territorios y la construcción de viviendas informales levantadas en áreas de alto riesgo, ante la indiferencia de organismos oficiales, potenciaron el impacto de las amenazas naturales; pero esto, que ya linda por los lados del colmo, es todavía la parte menos patética del drama: lo que escapa a la lógica de cualquier sociedad mínimamente sana no es sólo que ya se estén volviendo a ocupar muchas de las mismas riberas peligrosas de quebradas, sino que ya existen allí asentamientos marginalizados con caciques que han exigido y siguen exigiendo... ¡el cobro, con la anuencia de la Guardia Nacional Bolivariana, de subidos peajes a quienes pretendan construir y mantener presas de seguridad para contener los sedimentos de futuros y anunciados desastres!... En mayo de 2000, todo sugiere que se tramaba otra asonada, al calor del despelote que se armaría con los resultados inciertos de un megaproceso electoral cuyos registros habían sido deliberadamente envenenados por la empresa Election Systems & Software, conocida como ES&S; tampoco este conato de golpe fue debidamente investigado... En 2002 tuvieron lugar otros dos golpes, esta vez los golpes malos para los partidarios del actual Presidente y los buenos, o meros "vacíos de poder", para sus opositores acérrimos, uno en abril, liderado por Gustavo Cisneros, Alfredo Peña y otros, y que logró llevar por varias horas a Pedro Carmona a la silla de Miraflores, antes de ser derrocado y restituido el Presidente legítimo por la conjunción de una vigorosa reacción popular y la firme respuesta de la base de Maracay, bajo la dirección de Raúl Isaías Baduel, y otro, el del paro petrolero, en diciembre, con Luis Giusti como cerebro más visible, después de que fueran perdonados e incluso ascendidos en sus cargos buena parte de los participantes petroleros en el primer golpe. Lejos de diagnosticarse las causas de estos por lo menos cuatro golpes y dos conatos, en el país se ha optado, según el innovador método de análisis de los Caracazos y más allá de una ola de retaliaciones indiscriminadas, por separarlos en dos golpes buenos, para unos, dos golpes malos, para otros -por supuesto que con signos invertidos según de quien se trate-, y dos conatos inexistentes con aparente consenso de todos (nunca hemos entendido el silencio de tirios y troyanos sobre estos casi golpes...), siempre con la curiosidad de que no se habla de los principales responsables y se estigmatiza e intenta castigar hasta lo último a buen número de inocentes... Luego vino el capítulo de los referendos revocatorios, uno organizado desde un poder paralelo, por Súmate, a fines de 2003 y comienzos de 2004, cuya primera pregunta decía apenas que si uno estaba de acuerdo con aceptar la legitimidad del Presidente de la República (sic), y otro por el CNE, en agosto de 2004, avalado por distintos organismos internacionales y, en particular, por el Centro Carter, que le dio el triunfo al presidente Chávez; esta vez, para de verdad variar el probado esquema de los caracazos y los golpes, en lugar de simplemente aceptar uno y negar el otro, lo que por supuesto se hizo, se introdujo la paradójica innovación de que el gobierno terminó por perseguir, meter en la lista negra de Tascón y despedir de los cargos públicos, no a los firmantes del referendo malo e ilegal organizado por Súmate, sino a los del... ¡bueno, legal y organizado por el CNE!... El mismo esquema se repite con los otros dos referendos constitucionales, en donde el gobierno desconoce, en términos prácticos, la validez del Referendo de la Reforma Constitucional, de diciembre de 2007, en donde el país le dijo no a un proyecto de socialismo precipitado y poco comprendido, pues está implementando, de hecho, tanto el supuesto socialismo como el poder de las comunas y la reorganización territorial a capricho del presidente; mientras que la oposición, esta vez con sentido, considera ilegal el Referendo Aprobatorio de la Enmienda Constitucional, de febrero de 2009, ganado por el gobierno a punta de la más obscena utilización de los recursos públicos, con el reparto de los enormes pollos brasileños como punta de lanza de la campaña electoral... También pareciera que tenemos una doble Constitución, para ambos bandos, una para esgrimirla cuando conviene, incluso con lágrimas de cocodrilo, y otra para violarla cuando y como salga del forro...

Con bastante menos indicadores intangibles y tangibles de crisis que los arriba citados, en cualquier país serio, con verdaderas ganas de sanarse y salir adelante, se habrían investigado a fondo las causas de tales fenómenos, todos y cada uno de los cuales nos han colocado en el mero borde de una guerra civil fratricida. Pero, en las antípodas de eso, en el nuestro se ha procedido a declarar, desde cada bando, que la culpa de todo la tiene sólo el otro, y ambos parecieran coincidir en que lo definitivamente más molesto son los insoportables ninís, los elementos no polarizados del conflicto, que ¡ojalá y pudieran hacerlos desaparecer del mapa, o por lo menos asegurarse de que los malditos no se irán al bando contrario!, para entonces quedarse ellos a cargo de todo y dedicarse, con carácter exclusivo y sin distracciones menores, a caerse a golpazos, caracazos, referendazos, constitucionazos, eslavazos, y, por ende, al escoñete total y absoluto de la patria...

En síntesis, si este no es un país esquizofrénico, gravemente enfermo y descompuesto, y que tiene el tupé de atacar y considerar como una especie de minusválidos mentales a quienes se niegan a plegarse a semejante y suicida polarización, por ambos bandos llamados despectivamente ninís, entonces somos nosotros los esquizofrénicos, enfermos y desvariantes, que merecemos que nos llamen fifís, pipís, titís o como les venga en gana a los obsesionados de ambos polos. Pero, si lo que venimos diciendo tiene sentido, entonces los fulanos ninís somos los cuerdos, las "mujeres del médico" de la partida -recuerden la novela Ensayo sobre la ceguera, de Saramago...-, quienes todavía conservamos, en medio de la "ceguera blanca colectiva", la capacidad para reconstruir el país, es decir, que somos, nada más y nada menos, que un embrión de criatura sana en el vientre de la Venezuela podrida e incurablemente enferma, con al menos un punto de partida para rescatar la visión perdida y con una más sana comprensión del desafío para resucitar la nueva patria después de que se termine de morir la agonizante, es decir, mejor que ninís, una especie de concóns, y a su impulso y despertar quiere contribuir este blog...

Seguiremos en la próxima entrega y con la segunda tesis: no se la pierdan quienes hayan logrado terminar de leer esta sin enloquecer de arrechera y por lo menos con alguna inquietud en la cabeza, pero, por favor, piérdansela los que sí...

viernes, 24 de julio de 2009

Hibridados e ilusionados (y V): los venezolanos entre el mercantilismo del siglo XVIII y el socialismo del siglo XXI

1989, el año que escogimos como hito de terminación del período de gestación, auge y derrumbe de la democracia bipartidista venezolana, fue también el de la caída del muro de Berlín, del derrumbe del bloque socialista soviético y por tanto del comienzo del fin de la Guerra Fría, y, por si poco, del nacimiento de Internet. En esta data, que reiteradamente ha sido señalada como la del inicio del llamado "proceso" de cambios que vive Venezuela, se entrelazaron, en un nuevo contexto mundial y montados sobre una falla social profunda que ha dividido a los venezolanos en establecidos y excluidos, múltiples vectores de las crisis moral, política, económica y educativa que hemos querido analizar en nuestros artículos pasados. En esta entrega final de la primera serie sobre Venezuela de nuestro blog, que no trata de fijar posición sobre el momento o la coyuntura política actual, sino sobre la naturaleza del proceso histórico de nuestro país, en el contexto de una serie más amplia sobre la misma problemática a nivel latinoamericano, aportaremos nuestra quinta y última clave para descifrar el porqué de las anomalías culturales que destacamos al empezar.

Sobre la base de interpretaciones y rabias antagónicas vinculadas a aquellos hechos de febrero-marzo, en el país se ha desatado una polarización social y política sin precedentes en épocas de relativa paz o, al menos, según nuestras estimaciones, en los últimos ciento cincuenta años, la cual, en su momento culminante, en 2002-2004, nos colocó al borde de una nueva guerra civil, y todavía nos mantiene en un estado de intolerancia extrema y sobrepolitización. Todo esto, en la práctica, dificulta la atención a nuestros acuciantes problemas reales y abona el terreno para la persistencia de las que venimos llamando, a falta de un mejor término, ilusiones del pueblo venezolano. La identidad nacional, para cada bando por culpa del otro, está reducida a su mínima expresión, incluso en los ámbitos familiares y de la amistad, y esto ha erosionado el contenido de la venezolanidad hasta linderos en donde si, por ejemplo, después de un viaje de semanas o meses en otro país y hablando en otra lengua, uno está de regreso y se encuentra con un venezolano o venezolana en el aeropuerto, tiene que contener la alegría hasta descubrir en qué onda anda y si se podrá o no hablar de equis tema.

Si lo que hemos venido argumentando fuese lo suficientemente consistente, entonces los trescientos años de colonización, en donde se destruyó una armoniosa sociedad agroalfarera y sin clases sociales, nos legaron un organismo hecho de células sociales compuestas por un núcleo estamental o de castas genéticamente esclavista y un protoplasma integrado por ingredientes feudales y sólo muy precariamente mercantilistas, contra el cual se alzó en bloque el grueso de la población parda liderada por criollos revolucionarios y bajo la inspiración de un ambicioso proyecto transformador de largo plazo. Tras el fiasco que significó el abandono de este proyecto y su reemplazo por otro de mera sustitución de la casta peninsular dominante por castas criollas caudillistas, y que, a duras penas, permitió edificar una sociedad con ADN feudal o latifundista y envoltura mercantilista, que se derrumbó en 1948, se desató un nuevo proceso de transformaciones, que habría culminado en 1989, y al cual podemos atribuirle, en el más optimista de los casos, una mutación engendradora de una célula social de núcleo mercantilista y protoplasma sólo incipientemente capitalista. Si esto es válido, cómo creemos, entonces ¿cómo es eso de que ahora se pretende acabar con un capitalismo moribundo y reemplazarlo a decretazo limpio por un socialismo novedoso? ¿Cuándo se construyó esa sociedad moderna o capitalismo que ni estando aquí nos dimos cuenta?

O, más precisamente: ¿Cuándo se estableció en Venezuela un régimen de inversiones de capital para generar retornos a largo plazo en sustitución del régimen de compraventa de mercancias para generar ganancias a corto plazo? ¿Cuándo se implantó aquí un mercado de capitales para financiar inversiones de riesgo? ¿Cuándo ha existido entre nosotros una verdadera competencia entre los productores para optimizar la oferta de bienes y servicios y una verdadera inteligencia de los consumidores para optimizar la demanda de los mismos, lo que equivale a decir cuándo ha habido aquí algo que merezca, aunque sea aproximadamente, el nombre de un mercado competitivo, aunque sea de los llamados de tipo oligopólico? ¿Cuándo se capacitó científica y tecnológicamente una parte sustancial de nuestra fuerza de trabajo? ¿Cuándo las clases medias modernas de emprendedores, profesionales, investigadores, intelectuales y artistas han constituido una porción significativa de nuestro tejido social? ¿Dónde están las innovaciones científicas y tecnológicas de nuestro capitalismo? ¿Dónde la educación científica que enseñe a analizar las causas interrelacionadas de problemas complejos y a reducir la incertidumbre a través del trabajo en proyectos? ¿Dónde los departamentos de investigación y desarrollo, de diseño o de asistencia tecnológica a las operaciones de una porción significativa de nuestras empresas? ¿Dónde la planificación estratégica del desarrollo a nivel empresarial y del país en su conjunto? ¿Y los aumentos sostenidos en la productividad del trabajo? ¿Y el afán de superación individual, aunque sea para capitalizar individualmente los conocimientos, destrezas y actitudes adquiridos? ¿Y...? Así podríamos continuar con unas cien o doscientas preguntas más en torno a lo que creemos que es una sociedad capitalista, al menos en el sentido en que entendemos lo que expresaron Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mills, Carlos Marx, Federico Engels, Joseph Schumpeter, Joan Robinson, Gunnar Myrdal y qué se yo cuántos otros inacusables de no saber de qué estaban hablando cuando explicaban lo que era el capitalismo.

O, podríamos hacer aquí una retahila de signo contrario, y preguntar qué clase de capitalismo es éste que, tras no pararle ni a la ciencia ni a la tecnología ni a las inversiones inteligentes ni a la capacitación de la fuerza de trabajo ni a la creación de mercados verdaderamente competitivos..., todo lo resuelve a punta de permisos, palancas, prebendas, favoritismos, ventajismos, amiguismos, clientelismos, protecciones, regulaciones, componendas, sobornos, barreras, manipulaciones, dogmatismos, decretos, saludos a la bandera, frases huecas, cortoplacismos, improvisaciones,... de una manera asombrosamente parecida al tipo de régimen que aquellos al parecer conocedores caballeros y damas describían como mercantilista o precapitalista. Una de dos: o el sistema económico y social nuestro es el genuinamente capitalista y entonces el que tienen aquellos catires es de otra naturaleza y amerita otro nombre, o el de ellos es el sistema realmente capitalista y el nuestro un remedo, antecesor, paralelo o lo que queramos, pero de naturaleza harto distinta, porque no puede ser que ambos sistemas, con estructuras tan marcada y terminantemente disímiles sean de la misma naturaleza o clase. Venir con el cuento, tan caro y obvio para tantos políticos y académicos criollos y latinoamericanos, pero que a nosotros nos suena a pura coba, de que lo que pasa es que nuestro capitalismo es dependiente y el de aquéllos no, es como decir que mi paraulata es un murciélago pero de tipo dependiente o que mi hayaca está hecha con pan de trigo, sardinas y queso porque es una hayaca dependiente...

Mientras llega el momento, ya próximo, en que nos detendremos a exponer, tan sencillamente como seamos capaces, los conceptos que hemos desarrolado y que nos llevarán a fundamentar más sólidamente las afirmaciones anteriores, adelantaremos que, en el planeta que medio conocemos, pues con esos dólares tan por las nubes y esos pasajes tan recaros no es fácil conocerlo bien o al menos de cerca, y menos costeando los viajes con el bolsillo propio, distinguimos esencialmente cinco tipos o clases de sociedades u organismos sociales, con sus respectivas células características. El primer tipo o clase, integrado por buena parte de los 70 países del grupo llamado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, de "Desarrollo Humano Alto", cuyas células constitutivas poseen un núcleo social todavía capitalista, por regla general altamente industrializado, y que les permite un alto nivel de productividad per cápita, por encima de los 20 a 30000 dólares per cápita de ingresos reales anuales (algo así como 6 mil o más de bolívares fuertes mensuales por cabeza, ó 6 millones de los débiles, a menudo relativamente bien repartidos...), con una fuerza de trabajo altamente educada y capacitada tecnológicamente, con niveles de total alfabetización efectiva y más de 80 a 90% de enrolamiento de niños y jóvenes en el sistema educativo formal, y una esperanza de vida, por regla general rondando o por encima de los 80 años (lo que revela la calidad de sus sistemas de salud); pero, simultáneamente, con una cada vez más marcada envoltura protoplasmática de carácter socialista en sus células, que les permite regir sus sistemas educativos, de salud, culturales, mediáticos, de transporte, de comunicaciones, de seguridad social, policiales y muchos otros, con una lógica que dista de ser la del retorno o rentabilidad capitalista o del mercado y apuesta cada vez más al bienestar colectivo o socialista. Estamos hablando, entonces, de sociedades mixtas, capitalistas y socialistas a la vez, o si se prefiere, de capitalismos relativamente avanzados, sociales, a la europea o con una marcada vocación progresista, reinantes en (los números indican su lugar en el último ranking disponible del PNUD, según su liderazgo medido por el Índice de Desarrollo Humano): Islandia (1), Noruega (2), Australia (3), Canadá (4), Irlanda (5), Suecia (6), Suiza (7), Holanda (9), Francia (10), Finlandia (11), España (13), Dinamarca (14), Austria (15), Reino Unido (16), Bélgica (17), Luxemburgo (18), Nueva Zelandia (19), Italia (20), Alemania (22) e Israel (23), y quizás, o tal vez sea mejor idea incluir a éstas dentro de un orden distinto, capitalistamente menos maduro, de Grecia (24), Eslovenia (27), Portugal (29), República Checa (32), Hungría (36), Polonia (37), Eslovaquia (42), Lituania (43), Estonia (44), Letonia (45), Croacia (47), Bulgaria (53), Rumanía (60), Bielorrusia (64), Bosnia y Herzegovina (66), Rusia (67), Albania (68) o Macedonia (69), para un subtotal de cerca de 40 países, algunos de los cuales, sobre todo los venidos del derrumbe del campo "socialista" soviético, han ingresado o están por ingresar al grupo convirtiendo sus anteriores capitalismos estatales -a los que malllamaban "socialistas"- en privados, pero conservando muchas de sus anteriores vocaciones colectivas socialistoides, o sea, que, en cierto modo se están construyendo desde fuera hacia adentro, lo que introduce numerosas aberraciones en sus procesos de transformación de capacidades. A nuestro humilde parecer, es en esta primera clase de naciones que presentamos, en donde está emergiendo algo que podría merecer la denominación de socialismo del siglo XXI, lo cual puede ser si no verificado al menos explorado por los lectores curiosos, que todavía no lo hayan hecho, por módicas sumas que andan por el orden de unos cinco mil bolívares fuertes por persona para un viaje austero a Canadá (4), el país de esta clase que nos queda más cerca y resulta más accesible, y con quien, si no tratásemos tan mal a sus visitantes y turistas, podríamos aprender bastante y cultivar excelentes relaciones.

Después está la clase de los países más puramente capitalistas del planeta, con un núcleo a menudo fuertemente industrializado, con características como las que esbozamos para el grupo anterior, pero sin el énfasis en el desarrollo de instituciones de carácter social o al servicio del interés colectivo, o sea, con un "protoplasma" también esencialmente capitalista, en donde distinguimos tres órdenes, el de los capitalismos asiáticos o a la japonesa, con la peculiaridad de que se esmeran en delegar en grandes corporaciones transnacionales la conducción estratégica de sus economías, aunque con una política empeñada en mantener aplanado y equitativo el rango de ingresos y estimular la participación creciente de los trabajadores en la conducción de las empresas, lo que estimula una alta lealtad y confianza hacia ellas, a la vez que un alto grado de integración social y una muy sólida identidad nacional. Estamos hablando aquí de Japón (8), Singapur (25), Corea del Sur (26), y, hasta hace poco Hong Kong (21) y tal vez Taiwán (sin datos del PNUD, de seguro que para no irritar a los chinos continentales). Luego está el orden, con un sólo género y una sola especie, de los Estados Unidos de América (12), con una industrializadísima, productivísima, tecnologizadísima y paquidermísima economía, que por sí sola es un tercio de la del planeta, con un muy alto ingreso per cápita de más de 40000 dólares per cápita anuales, aunque nada equitativamente distribuidos, y hasta hace poco con un empeño por privatizar hasta lo humanamente imprivatizable; en dos platos, el nirvana de los monetaristas, neoliberales, mercadistas, fondomonetaristas, reaganianos, bushistas y demás adeptos. Estos, sin embargo, a la hora de propagandearnos a los ratoncitos las ventajas de ser como el elefante, se olvidan de hablarnos de un simpático truco de este sistema, cual es el de que el Estado, entre pitos y flautas y a cuenta de impuestos, se queda con la mitad de las ganancias de todas las superprivadas grandes, medianas o pequeñas empresas, y ¡ay de aquélla a la que se le ocurra engañar al fisco falseando costos o ingresos para evadir impuestos!, pues a los responsables les salen prisiones de cadenas extraperpetuas más largas que las de los más horrendos crímenes. Mediante este lindo artificio, en definitiva y para cualquier efecto práctico, el Estado termina yendo a medias con las ganancias del célebre mercado y actuando como si fuese el dueño de la mitad de todas y cada una de las empresas de cualquier tamaño, y como si él solo agregase el sexto del valor terrestre, lo que le permite realizar galácticas inversiones en armamentos para desarrollar inverosímiles colmillos y proteger mundialmente, cerrando el ciclo virtuoso, los intereses de las transnacionales que tan bien lo amamantan. El tercer orden de esta segunda clase lo constituyen un conjunto de pequeñas naciones, islas en su mayoría, que, sin poseer una industrialización avanzada, sino más bien concentradas en la prestación de servicios turísticos, comerciales y financieros, muchas veces en manos extranjeras, pero con una fuerza de trabajo altamente capacitada y bien remunerada e instalaciones e instituciones diversas con calidad de primer mundo, terminan por encajar dentro de esta clase de sociedades capitalistas. Estamos hablando aquí de especies, sobre las que lamentablemente existe poca información y gente a quien preguntarle, como las Bahamas (49) y las islas Seychelles (50).

La tercera clase la constituyen las especies nacionales con células cuyos núcleos y genomas se encuentran en un proceso de mutación, con ganas de tornarse irreversible, de mercantilista hacia capitalista, y con fuerzas de trabajo crecientemente tecnificadas y en proceso de tecnologización. Aquí estamos hablando otra vez de tres órdenes, en donde, en el primero, nos interesa destacar la presencia de cuatro naciones latinoamericanas, con un importante grado de industrialización efectivamente capitalista y que inclusive parecieran tener intenciones, a juzgar por mutaciones paralelas en sus protoplasmas, de avanzar a mediano y largo plazo hacia esquemas socialistas, es decir, tres de las naciones nuestras con sistemas educativos más sólidos: Argentina (38), Chile (40) y Uruguay (45), y la que quizás merecería, por su abultado tamaño, estar en un orden o por lo menos suborden separado: Brasil (70). Si Venezuela (74) se pusiese las pilas, abandonara sus fantasías y se restease con la puesta en práctica de su extraordinaria Constitución, con la creación de un verdadero sistema educativo o de mucha mayor calidad que el actual, y una más robusta generación de empleos estables y cooperación entre el sector estatal y el privado, podría tranquilamente entrar en este grupo. Luego viene el orden de naciones con especies como la de México (52), resueltamente en andanzas modernizadoras y con ganas de mutar hacia el orden anterior pero a quienes, en el mismo caso charro por demasiado vecino de los EUA, se les está haciendo difícil instrumentar su vocación socialista a largo plazo. Y, finalmente, el grupo de pequeñas naciones, nuevamente islas o territorios con escasas poblaciones, que, análogamente a sus homólogas ya capitalistas, se encuentran en procesos de mutación nuclear de mercantilista a capitalista y no basados en la industrialización, sino en la capacitación de su fuerza de trabajo para fortalecer sus servicios turísticos, comerciales y financieros, la mayoría de ellas con el patrón de capitalismo europeo en la mira, como Chipre (28), Barbados (31), Malta (34), Costa Rica (48), San Cristobal y Nieves (54), y quizás Tonga (55), Trinidad y Tobago (59) y Mauricio (65); y las demás sin esta vocación, como podría ser el caso de Panamá (62).

La quinta clase -no, no es un error, sino a propósito que estamos dejando la cuarta clase de última- la constituyen el grueso número de naciones extrapobres, africanas en su totalidad, del grupo llamado por el PNUD de "Bajo Desarrollo Humano" y a veces conocido como Cuarto Mundo o, más elegantemente "LDCs" (Less developed countries), con núcleos eminentemente feudales, fuerzas de trabajo predominante y hasta escasamente rural-artesanales, ingresos per cápita comunmente por debajo de los mil dólares anuales, o sea tres dólares diarios en promedio o menos, con poblaciones analfabetas por lo común en más de un 50% y esperanzas de vida al nacer por debajo de 50 años, con tendencia, entre el SIDA y el paludismo, a bajar antes que a subir, y protoplasmas escasa o casi nulamente mercantilizados o tecnificados. Aunque, quizás con un mayor conocimiento, sobre todo directo y no datesco, pudiésemos distinguir órdenes o subgrupos dentro de ellas, por ahora las dejamos como una sola clase, integrada cuando menos por: Senegal (156), Eritrea (157), Nigeria (158), Tanzania (159), Guinea (160), Ruanda (161), Angola (162), Benin (163), Malawi (164), Zambia (165), Costa de Marfil (166), Burundi (167), Congo (168), Etiopía (169), Chad (170), República Centro Africana (171), Mozambique (172), Mali (173), Níger (174), Guinea-Bissau (175), Burkina Faso (176), Sierra Leona (177) y compañía. Aunque bien sabemos cuanto le disgustan a nuestros amigos académicos de izquierda las comparaciones, y sobre todo las que parecen lineales -aunque en el fondo no lo sean, pues simplemente consideran un parámetro de evolución haciendo momentánea abstracción de los otros, para efectos de análisis, como cuando decimos que fulano está mas gordo que zutano, sin por ello implicar que es superior al otro como persona...- se nos hace difícil no ver en las realidades estructurales o genéticas de estas naciones rasgos que, más allá de las evidentes diferencias introducidas por la presencia de unos cuantos vehículos automotores, computadores o celulares, nos evocan las imágenes de lo que intuimos fueron las realidades europeas occidentales -pues, nos agrade o desagrade, es el continente con la historia más exhaustiva y profundamente estudiada, y del que por tanto podemos extraer más patrones de referencia-, de los siglos V al VIII, cuando se había derrumbado el régimen esclavista romano pero todavía los godos no habían organizado sólidamente sus feudalismos y reinaba un estado de desorden y precariedad institucional.

Y, dentro de la cuarta clase, en donde vemos a Venezuela (74), a la mayoría de naciones latinoamericanas, a los países petroleros de la OPEP, a China (81) y a Cuba (51), se halla el más de un centenar de países salidos o saliéndose de feudalismos o latifundismos y regímenes políticos autocráticos diversos, a veces envueltos en distintas fachadas dizque democráticas y dizquedizque socialistas, y a veces con polos o enclaves internos de produción capitalista, pero con fuerzas de trabajo muy desigualmente capacitadas y empeñados en una tecnificación o hasta modernización o tecnologización a las que con frecuencia temen o ven con suma desconfianza, pues para ellos hablar de ciencia, tecnología, democracia, mercados, libertad,... es como conversar sobre sogas en la casa del ahorcado, en una palabra, el vasto y tradicional Tercer Mundo, a veces alias mundo de los "no alineados", que a menudo, en nombre de rechazar un capitalismo que no conoce y/o de enfrentar imperios con poderíos que no imagina, pero a los que supone responsables de sus propias calamidades, se ha pasado ya siglos patinando en los mismos pantanos, sin darse cuenta de que no es que su discapacitación sea la consecuencia de las dominaciones imperiales sufridas, sino que es esencialmente al revés: que estas indiscutibles dominaciones son, antes que nada, una manera mediante la cual los poderosos se han aprovechado y se siguen aprovechando de su discapacitación. Como quiera que la gama de situaciones de este tercer mundo es harto variada, y que seguramente ameritaría de la definición de varios órdenes, hemos reservado, en nuestra megametáfora de las referencias a las estructuras de tipo europeo, el extenso lapso que va desde los feudalismos mínimamente mercantilizados del siglo IX, a lo Haití (146), que por poco entran en la quinta clase mencionada, hasta los mercantilismos más maduros del tipo inglés o francés del siglo XVIII, en donde situamos, o al menos más cerca de estos últimos que de las primeras estructuras, la médula o núcleo de la sociedad venezolana contemporánea, y ante los cuales se plantea, como un descomunal desafío, el reto de convertir en realidad, como ene más muchas veces se repitió hasta la saciedad durante los primeros años de este gobierno, nuestra vigente, valiosa y promodernizadora Constitución.

Después del Caracazo, y antés de que supiésemos de la vida del actual Presidente, ya se había desatado larvada e informalmente toda la confrontación social que atestiguamos, con expresiones tales como el disparo de los indicadores de seguridad y delitos de toda índole, los miedos a salir de noche, la creciente extraterritorialidad de muchos barrios, suburbios y áreas sin ley de las grandes ciudades, los cobros de peajes, vacunas y rescates de los no trabajadores o productores a los que sí lo son, los crímenes no sólo sin "justificación" delictiva sino hasta sin explicación humana alguna, el auge de la pugnacidad en el lenguaje y de la manifestación de rabias violentas por un quítame de ahí esa pajita, etc. Como botón de muestra señalaremos uno que, en su momento, captó poderosamente nuestra atención, cual fue que durante el Censo nacional de 1990, al año siguiente del desastre aquél y cuando sólo sus padres y algunos contertulios y compañeros de tropa sabían del actual Comandante en Jefe, muchos de los barrios y cerros del país sacaron a pedradas a los empadronadores y no se dejaron censar ni entrevistar por el Estado, a quien simplemente vieron como el odioso gobierno del gocho de marras. Esto significa, como lo han señalado, aunque pareciera que con intenciones distintas a las de aquí, voceros oficiales, que con o sin el golpe de febrero de 1992 ya esto se estaba yendo a pique, por lo cual es relativamente válido, y perdone el lector delicado la expresión, pero se me extraviaron no sé cómo las maneras elegantes de decirlo, que, en cierto modo y por extraño que parezca, este golpe y el proceso subsiguiente han venido a poner cierto "orden en la pea".

A donde queremos llegar es a que estamos convencidos de que el mandato histórico del actual gobierno no es otro que el de impulsar la más que ansiada modernización del país, con un contenido que no puede brincarse a la torera, aunque tampoco tiene por qué limitarse a este horizonte, los logros capitalistas o modernos de los siglos XIX y XX, en el talante de lo que están haciendo ya países como Brasil y Chile. Para esto fue electo desde hace más de diez años y ello está claramente pautado en el librito azul bolivariano y no en el rojo rojito socialista de Mao y sus imitadores. Ésta y no otra es su misión, sin que puedan servir de excusa justificatoria, para no asumirla, las maquiavélicas maquinaciones de que ha sido y sigue siendo objeto el país por parte de las más oscuras e hipócritas fuerzas oposicionistas, que, en nombre de la libertad y la democracia, han hecho pulular desde guarimbas y saboteos hasta golpes y magnicidios frustrados, y cuya consigna implícita, que en definitiva lo que plantea es la restauración del bipartidismo de ayer, pareciera ser algo como: ¡Frente al socialismo del siglo XXI, mercantilismo del siglo XVIII! Someter al país a este dilema esquizofrénico entre la restauración del atraso mercantilista, ante el cual el pueblo es ya fóbico, y un más que inviable imposible salto extralargo hacia el futuro socialista, es una manera segura de que este quinto lapso de nuestro análisis termine en quien sabe qué tipo de cataclismo político, sísmico, meteorológico o de otra índole, para sumirnos en alguna aventura de extrema derecha que tampoco sabemos a dónde nos conducirá.

El estrés delirante e ignorante de las exigencias del presente, en suma, enarbolado por quienes pretenden obligarnos a vivir en el pasado o en el futuro, en la desgracia o en la gracia, en la frustración o en el heroísmo, en el subsuelo o en el cielo, en la plutocracia o en la oclocracia, es la fórmula para que los venezolanos sigamos perdidos en nuestra feria de ilusiones, haciendo caso omiso del legado directriz de nuestro Libertador, a quien mucho citamos con aquello de "...necesitamos trabajar mucho para regenerar el país y darle consistencia. Por lo mismo: paciencia y más paciencia, constancia y más constancia, trabajo y más trabajo, para tener patria...", pero que en la práctica lo instrumentamos como "...necesitamos joder mucho para hundir el país y mantener sus ilusiones. Por lo mismo: precipitación y más precipitación, caprichos y más caprichos, destrabajo y más destrabajo, hasta quedarnos sin patria..."

Ayúdenme, queridas lectoras y lectores, con el testimonio de que sí lo dije el 24 de julio de 2009, a manera de flor emocional sobre la tumba virtual del Padre de nuestra Patria, en el bicentésimo vigésimo sexto aniversario de su alumbramiento. C´est fini.