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viernes, 13 de noviembre de 2009

Un beso en Babelnoelia, sobre la aceptatividad latinoamericana y algo más


Un beso en Babelnoelia


Hace ya unos cuantos años, en un centro internacional de estudios sobre educación superior de cuyo nombre me acuerdo, pero que no viene al cuento mencionar, solíamos trabajar, aunque no siempre los mismos, de dos a tres decenas de profesionales de las más diversas nacionalidades. La mayoría de ellos eran investigadores invitados que se pasaban en el Centro de uno a tres meses, y a veces un poco más, mientras elaboraban un artículo para la revista especializada que allí se publicaba, y luego se marchaban, hasta que llegaban otros; o, excepcionalmente, algunos se quedaban uno o dos años mientras completaban algún proyecto de investigación más extenso. Otros profesionales, que también entraban y salían, aunque con menos premura, laboraban en las tareas de dirección o administrativas permanentes, y otros pocos más, los más estables y con predominio de venezolanos, lo hacían en la biblioteca y el centro de documentación. Estrictamente, yo no pertenecía a ninguna de esas categorías laborales, pues mi trabajo, con horario muy flexible, consistía en elaborar, para casi todos los demás, resúmenes o
abstracts de artículos y libros en el centro de documentación; sin embargo, disponía de un cubículo fijo y durante casi siete años tuve la oportunidad de alternar con, y con frecuencia conocer a, unos cuantos participantes en las actividades mencionadas.

La sede, un edificio de cuatro plantas alargadas en el límite norte de la ciudad, tenía un aire como de barco, con la peculiaridad de que parecía atracado junto a la falda escalonada de una montaña. Esto le permitía disponer de entradas independientes tanto por los pisos de arriba, donde estaban las áreas administrativas y las salas de reuniones importantes, como intermedios, albergue de cubículos y actividades de investigación, y de abajo, vinculadas más que nada al procesamiento de información. En el piso inferior, que para los de arriba fungía como bodega o sótano, según se lo viera, estaban la biblioteca, el centro de documentación y mi cubículo, y se hallaban también el comedor, con una cocina grande anexa que también hacía de cafetín en las horas no pico, y un área descubierta de estacionamiento, a la entrada independiente y también alargada como toda la construcción.

El comedor era el ámbito privilegiado de encuentros culturales y cercanos de todos los tipos, y la comida, o la sensación de que ingeríamos y compartíamos algo común, era un canal de comunicación no pocas veces más efectivo que el español, para muchos su segunda, tercera o cuarta lengua. También en la parte de arriba, a manera de cubierta, había una terraza ajardinada donde los directivos gustaban de hacer brindis y cocteles bajo cualquier pretexto. El conjunto era como un híbrido suave entre un arca de Noé y una torre de Babel, y digo suave porque carecía de los atributos acuáticos y del barullo de animales, por un lado, y de incomunicaciones absolutas o alturas bíblicas, por otro. De allí que en mi jerga personal -creo que eso lo aprendí en mi tierra natal, donde se le pone nombres propios a todo lo familiar- a ese lugar lo conocía como Babelnoelia.

Puesto que la mayoría de miembros del personal, inexplicable pero mayoritariamente femenino, venían sin acompañamientos de pareja o familia, las amistades, y de cuando en cuando algo más, no dejaban de florecer; pero el patrón más frecuente, o al menos visible, de relaciones era entre grupos o bloques de nacionalidades, y básicamente entre tres que se mantenían a pesar de la variabilidad de sus integrantes: europeos, asiáticos y, nosotros, los latinoamericanos. Pese a que cotidianamente suele verse a los franceses o ingleses como gente muy distinta de los alemanes, y sobre todo de los españoles e italianos, en el Centro todos ellos tendían a congeniar mucho más entre sí que con el resto, y a encajar dentro de la primera categoría. Chinos, japoneses, rara vez hindúes o afines, y siempre pocos, coincidían en el clan de los asiáticos. Mientras que, pese a las acostumbradas distancias iniciales, sureños, brasileños, andinos, mexicanos, centroamericanos, caribeños -incluidas las islas de habla nativa no hispana- rápidamente coincidíamos en el último rubro. Lamentablemente, africanos, es decir, africanos netos, nunca los hubo, pero sí
afroyalgos, o sea descendientes de africanos y otras etnias, o residentes de piel morena que venían de lugares diversos, prácticamente adscribibles al primero y, sobre todo, al tercer grupo (hay algo raro que suele mantener como polarizados y distanciados a negros y asiáticos, y la verdad sea dicha es que jamás he visto a una pareja chinonegra, un chino de piel oscura o un negro de ojos rasgados...). Mis apreciaciones acerca de las identidades continentales y nacionales quedaron marcadas de por vida por las vivencias en esta torrearca singular.

Allí pude apreciar, por ejemplo, que, si se saben mantener a raya suficientes rasgos irrepetibles de las personalidades, es indudable que los europeos, incluyendo allí sin mayores rigores a sus casi congéneres gringos, canadienses y australianos, tienden a ser los menos gregarios o dados a actividades colectivas y, por tanto, siempre que -por favor- se excluya la acepción despectiva de este vocablo, más
individuales. Recuerdo a una investigadora y señora mayor alemana, de nombre terminado en -erda o quizá -eka, que hacía lo posible por comer sola, se comunicaba con el resto sólo el mínimo indispensable y acostumbraba trabajar infatigablemente hasta horas tardías de la noche y los fines de semana, pero que, no obstante, viajaba a todas partes con su perrita y gustaba de pedirle a su servicio doméstico que la colocara al teléfono para saludarla; como mis horarios eran también poco usuales, tuve la oportunidad de encontrármela en pasillos y conocerla, descubrir que había enviudado durante la segunda guerra mundial, que nunca más se había emparejado y que por nada deseaba regresar a Europa, y entender que el verdadero proyecto de su vida era ahorrar hasta retirarse, con todo y perrita, a una ensoñada casa campestre que ya estaba construyendo en Costa Rica. Un francés, nombrado en -ier, vivía para hablar de arte y museos y esquiar en vacaciones y fines de semana, y tal vez nunca le perdonó a esta tierra el haberlo engañado, puesto que rigurosamente averiguó en París, antes de aceptar su proyecto, si había aquí cumbres nevadas y, previa respuesta afirmativa, decidió venirse con sus esquíes, sólo para descubrir que cumbres y nevadas son, pero que para esquiar no se prestan. Una suiza, a lo -iol, aseguraba que se había venido de sus Alpes huyendo del fastidio y que sólo en el Trópico se hallaba a gusto, pero no logré determinar qué era lo que tanto le gustaba, porque los tropicales no éramos, y el clima o los paisajes tampoco. A una italiana, mentada en -arla, le fascinaba recibir regalos costosos y conquistar hombres mucho mayores, lo cual discretamente lograba en no pocos de los brindis, agasajos, cocteles y parties del Centro, que infrecuentes no eran, pero, ante las bromas de sus colegas femeninas en los almuerzos cotidianos, se cuidaba de aclarar que sus pasiones en el exterior de su país eran, sí, breves y con viejos, pero a condición de que ellos fueran duros, y de allí nadie le sacaba más explicaciones. Unas cuantas españolas, casi todas nominadas Mari-, tenían un delicioso e impredecible sentido del humor, alternado con arrestos de mal genio, pero entre afanes ahorrativos, manías higiénicas y negativas a comer lo que los demás, pruritos por el orden de sus escritorios, y afines, parecían nunca vivir el tiempo presente y sí estar en cambio pendientes de algo que irremediablemente había pasado ya o que quien sabe si vendría. Y así podría añadir muchas notas más, pero creo que ya basta de sustentaciones a la apreciación o, mejor, heurística o conjetura inicial, que permitió esbozar gruesamente a estas damas y caballeros.

No es gran cosa el soporte ofrecido, pero me tranquiliza que mis conclusiones sean compatibles con, por ejemplo, las de Herman Hesse, imposible de no entender a esta gente, en un cuento llamado "El europeo", ese sí escenificado en una verdadera y posdiluviana arca de Noé, en donde el comportamiento individualizado y la dificultad para convivir alegremente y mezclarse con otras culturas resultan ser algunos de los rasgos nórdicos resaltantes, al punto de que al final Herman, vía decisión de Noé y severo como ellos, decide nada menos que castigar al compatriota condenándolo, a diferencia de todos los otros animales y personas, a proseguir el viaje sin su paisana acompañante y con la advertencia implícita de que sólo a través de alguna no europea podrá tener alguna vez descendencia...

Los asiáticos eran sociables y ceremoniosos, parecían siempre como contentos y serenos y jamás se les veía malhumorados, pero por alguna desconocida razón, nunca terminaban de aprender el español, jamás eran locuaces, expresivos o cosa semejante, nunca confundían los roles masculinos con los femeninos, y, en definitiva, uno nunca estaba seguro de entender lo que verdaderamente pensaban. Más allá de los tintes personales eran, comparativamente hablando, más introvertidos y, pese a que mucho socializaban entre sí, también parecían mucho más inaccesibles culturalmente. Mientras que entre latinoamericanos y europeos eran frecuentes los cortocircuitos, o chispazos interculturales, en donde afloraban los
todos nosotros y se desvanecían las barreras al uso, entre cualquiera de estos grupos y los asiáticos siempre se interponían aislantes culturales infranqueables y nunca desaparecían los nosotros (simples) y los ellos. Casi todos los chinos tenían nombres en -an o en -in, los japoneses en -ito u -oto y las japonesas en -iko, y los hindúes como en -aires o -aica. A todos ellos, más que individualmente, excepto por lo que vendrá más adelante, preferiría seguir considerándolos como grupo: poseían una manera extraña de parecerse a personas sabias, alegrarse en grupo, ser serviciales, sonreír por cosas que para los demás no llegaban ni a simpáticas, y gustaban como nadie de extender, pero sin abandonar su laconismo, las conversaciones de sobremesa.

Me daría vergüenza aducir las que lucen como demasiadas conclusiones a partir de tan escasos datos, pero resulta que me siento confiado porque estas apreciaciones, elaboradas independientemente, esencialmente coinciden nada menos que con las de mi comodín para asuntos asiáticos, con rol análogo al de Herman para los europeos, Lin Yutang, quien en su insuperable tratado sobre la personalidad asiática,
La importancia de vivir, llega, con bases y elegancia sin igual, aproximadamente a estos y otros de seguro más interesantes resultados. Salvo una excepción, que no mencioné antes, por abrigar más dudas sobre ella, cual es la intuición profunda, no reseñada por Lin, de que estas criaturas amarillas, con sus caritas semisonrientes de yo no fui o yo no entiendo bien pero no me molesto, probablemente sean los seres más corajudos del planeta o, aclaro, los más dispuestos a inmolarse, llegadas las cosas a las mínimas, por cuestiones de honor, dignidad o, simplemente orgullo. No creo que sea casual que ningún otro continente pueda esgrimir un despliegue semejante de historias de samurais, kamikasis, bonzos, fakires, madres suicidas, huelgas de hambre de verdad, maestros heroicos de artes marciales, guerras imposibles contra enemigos archipoderosos, y parecidos. Por lo que a mis siempre mortales juicios se refiere, tengo a los de Gandhi como primeros candidatos al título de los testículos más blindados y con más densas concentraciones de testosterona jamás habidos en este tercer planeta.

Y después veníamos, en número mucho mayor a los otros, los latinoamericanos, con nuestros, relativamente hablando, humores, camaraderías, ingenuidades y alegrías más visibles y espontáneas, nuestras relativas mayores aperturas y sinceridades ante los demás, nuestras más fáciles predecibilidades, etc., pero también con nuestros desórdenes, nuestras limitaciones planificativas y administrativas, nuestras inconstancias y afines. Con sus variantes, por supuesto: con un mayor nivel cultural relativo, no pocas veces acompañado de engreimientos no proporcionales, en el caso de los sureños; con más disciplina y cierto mutismo en los andinos; con vocación fuera de serie para el trabajo y el humor permanente en su variante brasileña; con cierto aire heroico asiático, pero con un realismo mamador de gallo sin equivalentes ante la adversidad, e incluso la muerte, en mexicanos y centroamericanos; y con un acentuado sentido de solidaridad y desprendimiento, no pocas veces atado a cierto vivalapepismo, en la versión caribeña.

Todo lo precedente, lejos de pretender convertirse en un trasnochado y burdo manual de identidades o idiosincracias continentales, que seguramente dará risa a los verdaderos y viajados cosmopolitas, sólo esta puesto allí para servir de antecedente, prólogo o marco al, ahora sí, breve relato del beso más curioso que he presenciado y que tuvo lugar en este remedo de arca o conato de torre, como se le prefiera ver.

Resulta ser que, obstinados de tantos encuentros ceremoniales, tanto coctel y tanto brindis, no importa si con excelentes vinos, canapés, quesos, panecillos y hasta caviares no tan esporádicamente, a lo embajada con valija diplomática cualquiera, en una oportunidad los venezolanos, con otros vecinos, propusimos que se nos permitiera organizar una fiesta bailable y a nuestro estilo, con ron, cerveza, pasapalos comunes, arepitas rellenas y demás yerbas, y, como estábamos por fines de enero, le añadimos el componente de que fuera de carnaval, todo lo cual fue aprobado, con la única advertencia, sureño culto él y más conocedor que nadie de todas las otras culturas allí representadas, el Director del Centro, de que cuidado con relajos o exageraciones, y que nada más allá de las 11:00 pm.

Con las pautas claras, ya nos disponíamos a los preparativos e improvisaciones correspondientes, cuando tuvo lugar algo inesperado: se apareció en el Centro una jovencita japonesa, menuda tanto en años como en tamaños, con su nombre
ad hoc y esperadamente terminado en -iko, de profesión maestra y con poco de graduada, que se acababa de ganar un concurso internacional de ensayos de maestros de escuela sobre la obra de García Márquez, cuyo premio era una beca-trabajo de un año en nuestro Centro, con todos los viáticos pagos.

Nos hallamos así ante una arrojada y curiosa niponcita, con perfil para nada parecido al de los visitantes de rigor, deseosa de especializarse en literatura de estos distantes lares, que inclusive, aunque no hablaba precisamente bien el español, había leído a nuestro Gabo en ediciones bilingües. Saber de
-iko se convirtió en un pasatiempo favorito en el Centro y sobre todo entre latinos y venezolanos, que estábamos en ventaja sobre los demás porque el Director la asignó precisamente al centro de documentación, que era nuestro reducto principal. Enseñarle palabras a -iko, explicarle los procedimientos del manejo de libros y documentos, escucharle en horas de almuerzo sus parcos comentarios sobre su vida magisterial y campesina en Japón (pues del campo del sur de este país venía), responderle preguntas, conocer sus impresiones sobre García Márquez, hablarle de nuestros platos y costumbres (pero siempre con un metro mínimo de por medio y sin que aceptara ninguna invitación extra-trabajo), se convirtieron en prácticas habituales.

Un día, con la fiesta de carnaval ya encima, a uno de nosotros, un
-edro de tantos, se le ocurrió la que sonó brillante idea de mostrarle a -iko cuán afectuosos éramos, cuánto significaba para nosotros el contacto físico y cuán diferente era nuestra cultura de las asiáticas e incluso europeas, mediante la simulación de un matrimonio en la fiesta, en donde él, -edro, haría de novio, ella, -iko, de novia, el corpulento francés -ier, -el único no latinoamericano a quien se informó de los planes en curso-, de cura casamentero, y los demás repartiéndonos entre invitados de honor y arroceros vernáculos infaltables. A partir de allí, todo fue conseguir sotana, un traje de novia (que después resultó ser de primera comunión, pero como -iko era tan chiquita...), buqué de novia, traje oscuro de novio, y accesorios por el estilo. Ninguno de quienes conocieron la idea -sin que entre ellos estuviera el Director, quien se limitó a establecer sus pautas- en su versión anterior a la puesta en escena, objetó lo que pareció una simpática e ingenua ocurrencia, y alguno hasta llegó a comentar que esta sería una clase en vivo de macondismo garcíamarquesiano que -iko recordaría y agradecería por siempre.

Y llegó el día de la fiesta, que arrancó tempranera un viernes, apenas anocheciendo, como era costumbre, en una de las salas grandes de reuniones del Centro, que se acondicionó y amplió, moviendo unos tabiques, en el piso superior, cerca de la Dirección, con
-iko como la invitada especial, llamada a sorber hasta su hez el humor latinoamericano. Tras los consabidos brindis y alocuciones abreviadas; degustaciones de tequeños, arepitas y quesos blandos criollos; despliegue de disfraces de reyes, payasos, gladiadores, juanas de arcos y demás personajes europeos, así como de un Atila, una princesa china y un decimodán por los asiáticos, sumados a -iko en un tierno kimono; juegos de negritas disfrazadas y borrachos improvisados por la parte local; clases gratuitas (que -iko prefería tomar suelta) de salsa, clases imposibles de bolero (pues -iko también se empeñaba en bailarlos suelta), anda chica échate otro palito de ron, y bochinches moderados no fuese a ser cosa, etcétera, transcurrió la fiesta hasta que, a eso de las nueve, hicimos el anuncio formal de que a continuación se celebraría un matrimonio a la usanza criolla, con la excepción de que le rogábamos a -iko que hiciese de novia con traje a su medida y todo.

Como quiera que
-iko se resistió inicialmente, logramos que, por mediación de los europeos y con la cooperación del chino -an, -iko accediese a participar en la ceremonia presidida por -ier. Salir -iko a escena, un poco inquieta o tal vez incómoda, pero ahora con su mono traje blanco en lugar de su tierno kimono anterior, y presentada por su supuesto padre el chino -an, y luego -edro de novio, todo elegante y galante con su traje oscuro, con -eka que se ofreció para hacer de madre, y cuajarnos todos de risa, aunque siempre con la propia -iko a la retaguardia, fueron una misma cosa. Luego vino la ceremonia nupcial propiamente dicha, donde el -ier se aprendió de memoria los ...en las buenas y en las malas, ...los declaro marido y mujer, ... pueden ponerse los anillos, y... pueden darse un beso, y todo resultaba para todos cada vez más divertido e hilarante, excepto para la propia -iko, que comenzó a sospechar que se avecinaba algo peligroso, pero que ya no podía dar marcha atrás. Y, por fin, llegó el momento cumbre, en donde -edro, en alarde de realismo mágico aplicado, le estampó no un besito sino un rolo de beso frontal a -iko, en la mera boca y con un estruendoso muá, con el resultado de que -iko, quien en algún momento creímos que fingía o era presa de nada más que algún leve nerviosismo, se... desmayó fulminantemente y perdió el conocimiento.

Lo que siguió fue un barullo irrecordable, con llamen a un médico o a una ambulancia, busquen una compresa con agua tibia, o mejor pónganle hielo, mejor la llevamos así mismo a una clínica, yo les dije que no le dieran ron porque no está acostumbrada, ha sido presa de un
shock emocional, por esto es que a mí no me gustan las fiestas de latinos, y ahora qué vamos a hacer si no se recupera y qué le vamos a decir a la embajada japonesa, traigan un tensiómetro, hay que quitarle ese traje que le puede quedar apretado pues es de niña y ella a fin de cuentas es una mujer, colóquenla acostada pero con la cabeza en alto, con una almohada, ¡no!, como se te ocurre: es con los pies en alto, yo sé algo de respiración artificial, tú estás loco será para que la termines de matar, ¡epa!, parece que se está despertando, ¡sí!, está volviendo en sí, apártense y déjenle aire para que respire, ¿por qué no la llevamos a la terraza?, o mejor déjenla quieta que se termine de espabilar, ¿estás bien -iko?, bueno ya pasó lo peor, ¡yo te aviso!: puede tener una recaída, cómo te sientes -iko, qué te pasó -iko... Y entonces -iko se incorporó, se quedó callada como mínimo un minuto, pensando, rodeada del súbito silencio, y luego, a manera de conclusión, pidió delicadamente que la llevaran a la casa cercana en donde tenía alquilada una habitación, y así se hizo, a cargo de una comisión estrictamente euroasiática, no fuera a ser que estos venezolanos..., y la fiesta terminó, no sin una confusa tormenta de ideas sobre lo inexplicablemente ocurrido, casi una hora antes de lo previsto.

Al lunes siguiente, porque en el Centro no había asueto de carnaval,
-iko llamó discretamente para decir que prefería incorporarse el martes, cosa que hizo como si nada. Ante el mar de preguntas se limitó a decir que había tenido como una baja de tensión, que no entendía bien que había pasado, y que prefería no hablar del engorroso "accidente" (aunque en verdad quería decir incidente). Sólo ya a golpe de fines de marzo, casi a la víspera de su partida, pues -iko se comunicó con su embajada y solicitó adelantar su retorno a Japón, una venezolana, la encargada del centro de documentación, logró intimar con ella y conocer la verdad de lo ocurrido. Resultó, por un lado, que ella había creído que el Macondo de García Márquez era una especie de aldea de hobbits en El señor de los anillos, es decir un pueblo de ficción, jamás tan parecido a lo que aterrada había descubierto que era la realidad de América Latina, y, por otro lado, que en su cultura campesina, nada que ver con geishas, un beso en la boca de una joven virgen, como ella, era sinónimo de una desfloración conyugal, por lo cual ella sencillamente se había sentido violada y que había perdido para siempre su virginidad con aquel venezolano...

Nota bene: cualquier parecido de este relato con la realidad deberá ser considerado como mera coincidencia.

Sobre la aceptatividad latinoamericana

A la identidad aceptativa, como lo argumentamos en el artículo del martes pasado, la consideramos inherente a la condición humana. Carecería de sentido, digamos, que alguien ofreciera un curso para explicar lo que es el cariño o la convivencia, pues todos sabemos perfectamente de que se trata. Pero sí tendría sentido otro sobre cómo expresar el cariño a los demás, sobre todo cuando pertenecen a culturas diferentes a la nuestra. Los valores humanos fundamentales, o autovalores, como acostumbramos llamarlos en ambientes de confianza, están ya dentro de nosotros como si fuesen atributos de fábrica: sólo tenemos que activarlos y ejercerlos apropiadamente, como cuando adquirimos un computador que ya viene con software, pero tenemos que volverlo operativo. Los valores humanos son universales, y todos los humanos gozamos de emociones comunes en un 99,9%, pero sus matices, es decir las identidades específicas de cada etnia o cultura, y dentro de ellas de las diversas nacionalidades, localidades, poblados y hasta individualidades, varían significativamente.

En esta serie sobre las identidades, entrándole por vías desde pretendidamente científicas hasta quizás literarias, y a sabiendas de que nos estamos metiendo en camisa de once varas, nos empeñaremos en responder a este crucial asunto: ¿quiénes somos y qué nos distingue a los latinoamericanos? En este primer par de esfuerzos, el artículo del martes pasado y éste que, como dijimos, ya fueron pensados con perspectivas distintas, esperamos haber dicho algo relevante sobre el tema de nuestra identidad aceptativa o, lo que es igual, sobre nuestra emocionalidad a la hora de aceptar a los demás como son y no como si fueran como nosotros.

Y, para terminar,
un Tratado Completo sobre la Ternura y la Aceptividad



martes, 10 de noviembre de 2009

Cambiando en Transformanueca y sobre nuestras identidades aceptativas

Tras mucho frecuentar sus señales, reflexionar, y consultar con la almohada acerca de los resultados y la falta de resultados de la encuesta, he concluido que, hasta nuevo aviso, ha sido desproporcionada mi aspiración de dirigirme a un conglomerado de lectores altamente heterogéneo, a la vez que alejado del mundo académico, con un estilo intermedio, entre lo conceptual y lo divulgativo, que pareciera haber dejado insatisfechos a demasiados. Como si hubiese querido ofrecer un vehículo, a la vez de paseo y de carga, una especie de camioneta pickup doble cabina, que ha resultado embarazoso para los conductores ordinarios y quizás poco práctico para quienes esperan transportar mayores pesos. Pero, como quiera que mi empeño por establecer, a través de Transformanueca, una comunicación sobre las cuestiones de fondo de la transformación de Latinoamérica con lectores comunes y corrientes se mantiene, la respuesta que he hallado al dilema, y que espero resulte algo más que simplemente salomónica o ecléctica, ha sido la que expondré a continuación y pondré en ejecución, salvo que en los próximos días surjan mejores ideas en contrario, desde ahora y hasta el artículo # 100 del blog, cuando se hará una nueva evaluación de la experiencia ganada.

La solución consiste en que, a partir de este mismo artículo, habrá una distinción significativa entre las entradas de los martes, que serán elaboradas con la mente puesta en lectores relativamente familiarizados con las ideas del autor y/o acostumbrados a digerir materiales más conceptuales, y las de los viernes, que serán redactadas con la mira apuntando hacia lectores más legos en menesteres teóricos. Mientras que los artículos de los martes serán más abstractos, generales, analíticos o sistémicos, como más científicos o dialécticos o, por lo menos, formales, sin llegar a rigores inoportunos, los de los viernes serán más concretos, aplicados, particulares, descriptivos, con más ejemplos sobre nuestras realidades latinoamericana y venezolana, y más informales, aunque sin intenciones de servir de mero entretenimiento. Para los primeros comenzaré a hacer un uso más directo, aunque obviamente no a fondo, de mis materiales de investigación, que hasta ahora había mantenido engavetados con la ilusión de aligerar la densidad teórica de los artículos, mientras que para los segundos apelaré más a mis trabajos y capacidades de tipo literario, que también habia dejado en relativa reserva para no diluir excesivamente los conceptos relevantes. Los unos tenderán a ser, relativamente, más extensos, con magnitudes semejantes a las que han conocido hasta ahora, y los otros procurarán ser más cortos y ligeros.

No obstante, quiero hacer dos aclaratorias: una, que no tengo intenciones de desdoblarme ni de participar en truculencia alguna, pues en el fondo lo que haré no es muy distinto a lo que por décadas he hecho para mí, donde nunca he delimitado fronteras rígidas entre el trabajo y el ocio o entre el rigor y la creatividad, jamás he trabajado en nada que considere que no desafía mis capacidades y, para bien o para mal y sin ánimo de juzgar las prácticas de los demás, no sé en carne propia lo que significa ser un empleado, marcar una tarjeta en un trabajo, o, si se lo quiere ver apenas un poquito exageradamente, no tengo muy claro lo que significa el concepto de vacaciones; y, otra, que de ninguna manera se tratará de dos blogs en paralelo sino de un trabajo al alimón, es decir, abordando los temas con enfoques distintos pero con los mismos propósitos comunes que hemos venido explicando en todo lo que precede. Los artículos de los martes andarán en la onda de lo que en mi jerga personal se llaman los escritos con tinta negra o más científicos, mientras que los de los viernes se asemejarán más a los de tinta azul o más artísticos, o, por si a alguna esto le resulta elocuente, unos serán más Yang, y los otros más Yin. Y, ¿por qué no decirlo?, la aspiración confesa es que los lectores vivan la experiencia, que desde ha mucho he disfrutado, de aproximarse a la realidad desde múltiples perspectivas, para lo cual no sólo constantemente los invitaré a todos a leer los dos tipos de artículos, sino que con frecuencia ambos versarán sobre temas semejantes o complementarios, e inclusive podrán dialogar entre sí.

A partir de aquí, comienza la implantación del cambio planeado, que irá acompañado, en este y los próximos días, con otras modificaciones menores y de formato, como la que ya pueden apreciar en la barra del título, tendientes a hacer más ágil y amigable el blog. El que sigue es ya el primero de los artículos del tipo de los martes, que da inicio a la nueva serie sobre nuestras identidades.
Si nuestras capacidades son los componentes, tanto de nuestras sociedades como de las organizaciones y de nosotros mismos, con que interactuamos con el entorno, y aquellos susceptibles de ser transformados o desarrollados con esfuerzos de cambio y aprendizaje, nuestras identidades son como nuestras maneras o razones de ser, y por tanto menos o muy poco dadas a experimentar modificaciones. Son, si se quiere, como "capacidades permanentes" que, para efectos prácticos, hemos de aceptar como inmutables, aunque, como veremos, dado su carácter contradictorio, sí las podemos descubrir o internalizar en mayor o menor grado, y, sobre todo, discernir tanto de sus afines anversos como de sus reversos o dimensiones negativas. Si las capacidades tienen mucho que ver con nuestros conocimientos, destrezas y actitudes, las identidades se relacionan sobre todo con nuestras emociones; si unas están vinculadas a nuestras funciones conscientes, a la generación de neurotransmisores y a las actividades nerviosas y coordinadas por el cerebro, estas otras están ligadas a nuestros estados de ánimo, la generación de hormonas, las actividades endocrinas y coordinadas por la glándula hipófisis. Claro está que, como siempre ocurre en nuestro organismo y en todo lo real y viviente, las diferencias nunca son mecánicas ni tajantes, pues todo allí es sinérgico, e inclusive se da el caso de sustancias químicas, como la norepinefrina o las endorfinas, que pueden actuar tanto en el rol de hormonas como en el de neurotransmisores; pero las diferencias existen y, a condición de que no perdamos de vista la noción de conjunto, es preferible distinguirlas. Las identidades, en rigor, no se aprenden ni se desaprenden, no se recuerdan ni se olvidan, sólo se refuerzan o inhiben, se asumen, se equilibran o, como desde ha mucho se dice en lingüística y está de moda decir en la web, se desambiguan.

Desde esta perspectiva, la idea tan en boga de modificar nuestra "inteligencia emocional", amén de negocio para aventureros intelectuales, es una contradicción en los términos, un quid pro quo, pues en el fondo significa cambiar nuestra identidad, compatibilizar lo incompatible, hacer de la materia un vacío o crear un cristal amorfo. Nuestras identidades, nuestra emocionalidad característica, son el resultado de una deriva natural y biológica de miles de millones de años. Nuestro género humano, al margen de que alguien lo haya querido o decidido así, es lo que es luego de una inmensa cadena de decisiones biológicas o naturales que no nos es dado cambiar. Esto no significa que estemos condenados a ser víctimas de nuestros arrebatos emocionales, que no podamos moderar, expresar o compartir nuestras emociones con nuestros semejantes, o que no podamos aprender, y esto es muy distinto de desarrollar nuestra "inteligencia emocional", a equilibrar nuestra vida inteligente con nuestra vida emocional.

Nuestra glándula hipófisis o pituitaria, cuyas intervenciones fácilmente delata nuestro régimen circulatorio, y de allí la tradicional asociación entre asuntos emocionales y asuntos del corazón, responde también a, y puede interactuar con, nuestro mundo consciente y nuestro cerebro. Un gran número de especies animales, al menos, poseen aparatos nerviosos o ganglionales que, al estilo del funcionamiento tipo sístole/diástole de los sistemas nerviosos autónomos o no gobernables conscientemente, llamados simpático y parasimpático, son también activados por el sistema endocrino y tal glándula esencial. Básicamente, los estados de alerta o estrés son gobernados por el sistema simpático, con su aceleración de los latidos del corazón, mientras que los estados de relajación o tranquilidad son regulados por el sistema parasimpático, y su respectiva inhibición de la actividad cardíaca. La idea de educar o desarrollar la inteligencia de estos mecanismos activadores del corazón, el estómago, los bronquios, el páncreas, las pupilas, las glándulas salivares, los intestinos o los genitales, por definición autónomos, nos luce francamente disparatada, lo cual no significa que no puedan ser indirectamente influidos por la mente, como cuando aprendemos a relajarnos o a dormirnos. Si una persona sufre de claustrofobia es posible, a través de terapias apropiadas y con suficiente tiempo, atenuar o incluso hacer desaparecer su miedo al encerramiento, pero carece de sentido discutir con ella si tiene o no razón al experimentar miedo a estar encerrada, pretender demostrarle que está siendo poco inteligente al asustarse o plantearle que está equivocada en su conducta. Más todavía, la emoción del miedo a estar encerrado es tan universal que bien puede considerarse normal en todos los seres vivos; sólo que, en determinadas circunstancias, por cierto no privativas de los humanos, se convierte en fobia.

Después de una prolongada y seguramente riesgosa evolución, en donde fueron sacrificados múltiples atributos valiosos para efectos de agresividad y competencia, tales como garras, colmillos y piel gruesa y resistente; el andar cuadrúpedo que posibilita una mayor velocidad tanto para atacar como para huir, y una mayor protección tanto de los órganos genitales como de las mamas de las hembras, en relación a otros mamíferos; la fuerza y poder de músculos como el deltoides, bíceps, tríceps y masetero, decisivos para golpear y agredir o para una mordida más fuerte; el nacimiento en condiciones aptas para la autodefensa y la autoalimentación, o al menos con una crianza breve para minimizar la dependencia y la vulnerabilidad; la relativa fusión entre los conductos de aire y de alimentos, que mejora nuestras posibilidades de emisión de sonidos pero aumenta el riesgo de perecer ahogados al morder o tragar, y muchos otros aspectos, nos resulta claro que nuestro género ha venido apuntando y aproximándose gradualmente hacia la priorización, como bien lo han demostrado Richard Leakey y otros, del amor, el respeto mutuo, la convivencia, la comunicación y la cooperación.

Todos los cambios mencionados, y muchos otros que se ponen de relieve al estudiar comparativamente nuestra anatomía, no parecen tener sino un sólo norte o direccionamiento: el de maximizar nuestras posibilidades amatorias, tiernas y cooperativas, en donde nos cuesta tragar la píldora darwinista, que postula que el factor determinante ha sido la "selección natural", pero sin por ello adoptar la tesis de una selección divina. Nuestra emocionalidad es expresión de esta deriva biológica que hemos propiciado y seguimos propiciando, y, como la de cualquier otro ser vivo, le da un sentido a nuestra existencia. La idea de un ser humano dedicado al odio y la agresión es al menos tan absurda como la de un un elefante volátil, un tigre piadoso o un aguila acrofóbica. Existimos para lo que estamos hechos, con una corporalidad y una emocionalidad, es decir con una identidad característica, y no depende de nosotros escoger entre ser humanos o de otro género.

Todos los seres vivientes, y con un poco más de dedicación podríamos intentar argumentar que también los no vivientes, poseen una identidad fundamental, en buena medida derivada de una dotación corporal y un espectro emocional que los define. Si, con Robert Plutchik, recientemente fallecido, quien escribió las ideas más claras que hemos podido conocer en materia de emociones, y de las que hemos partido para desarrollar nuestras tesis sobre las identidades humanas, aceptamos la existencia de ocho emociones básicas, agrupables en las cuatro parejas, libremente definidas y sin pretensiones de rigor ni de adopción literal de sus tesis, de aceptación/rechazo, alegría/tristeza, anticipación/desconcierto, y coraje/miedo, entonces llegamos, bajo el entendido de que cada identidad supone, y en alguna medida contiene, a su antidentidad o polo negativo (a la usanza de como cada tipo de materia o partícula supone la existencia de su antimateria o antipartícula correspondiente), a la idea de las cuatro identidades elementales, a las que llamaremos identidades aceptativas, alegrativas, anticipativas y corajetivas.

Cada una de estas identidades elementales, y sus correspondientes asideros emocionales, tiene su propio conjunto de hormonas activadoras, cuyos efectos han comenzado a comprenderse crecientemente. La identidad aceptativa, a guisa ilustrativa, tiene en la oxitocina, segregada por la propia hipófisis, su caballito de batalla: a mayores dosis más sociables o melosos se tornan sus huéspedes, y viceversa. En el caso de los mamíferos, y antes que nada de los primates, hay decenas de experimentos, que a cada rato aparecen en los canales científicos, que sugieren que la duración y la intensidad de las tempranas interacciones con los padres, sobre todo con las madres, y recontrasobretodo con la piel más suave de sus mamas, es decisiva para estimular prontamente y para el resto de sus vidas la capacidad de segregación de oxitocina de las criaturas. Y, por supuesto, ¿adivinan ustedes cuál es el mamífero primate cuyas hembras arrasan en todas las olimpíadas biológicas en la categoría de mamas suaves y tiernas?

Estas identidades básicas o primarias, se conjugarían, si las imaginamos apropiadamente distribuidas en una especie de flor o disposición radial, como gustaba de hacerlo ese autor (por supuesto, una visita a Internet permite familiarizarse con su obra y sus esquemas), para dar lugar, las dos primeras, a las identidades afectivas; las dos segundas, a las esperanzativas, y las dos últimas, a las audaciativas, a todas las cuales las consideramos como las identidades secundarias, pero a las que no vemos, como el mencionado autor, como simples mezclas o intersticios de las primeras, sino como identidades distintas de orden superior, a las que bien podemos suponer también como peldaños de una pirámide evolutiva. A estas tres últimas, a su vez, como en un tercer peldaño de tal pirámide, o como capas superiores de una suerte de cebolla de identidades, las vemos integrar las identidades confianzativas y entregativas, respectivamente. Y, por último, en la cúspide de la pirámide o en la capa envolvente de tal cebolla, como emergentes de la fusión de estas dos últimas, o en el nivel más externo, avanzado y definitorio de lo humano, vemos a las identidades amativas, con el amor como la suprema emoción o el norte de todas las emociones que podemos experimentar, y su opuesto, el desamor, como el ámbito más mezquino y ruin de nuestra existencia.

Los estados de relajación y/o sueño, con actividades nerviosas o al menos sensitivas reducidas a un mínimo, también presentes en todos los organismos, podrían representarse en dicho espectro o rosa de los vientos de sus identidades, como zonas neutras o de muy baja actividad emocional. También existen sobradas evidencias, de acuerdo a la llamada ley de Yerkes-Dodson, en torno a la existencia de correlaciones estrechas y singulares entre estados emocionales y rangos de capacidades que, tanto cualitativa como cuantitativamente, podemos ejercer y pueden ejercer otros organismos. Y está ampliamente documentada la existencia de ciclos circadianos, regulados por hormonas como la melatonina, relacionados con las alternancias entre el día y la noche, en gran número de especies vivientes, y donde es obvio que hasta las plantas responden a, y funcionan según, modalidades completamente distintas, dadas las condiciones de presencia o ausencia de la luz solar.

Es bajo la restricción de todo este cuerpo de identidades, y con la transformación o desarrollo de nuestras capacidades, como nos colocamos en condiciones de satisfacer nuestras distintas necesidades y conquistar las libertades que anhelamos.

Si bien no resulta difícil identificar la existencia de al menos trazas de las identidades primarias en prácticamente todos los seres vivos, a medida que avanzamos en la escala o taxonomía de identidades que hemos presentado nos encontramos cada vez más con dimensiones de lo exclusivamente humano, ajenas a la identidad de cualquier otro ser vivo conocido. Estamos persuadidos, y todavía no perdemos la esperanza de concretarlo, si no durante nuestra estadía en este planeta, al menos en la de alguien que valorará nuestras intuiciones, de que sería posible elaborar una especie de espectro identificador o rosa de los vientos de la identidad- con indicaciones acerca de cuánto tiempo de su existencia, en promedio, pasa cada especie viviente en cada estado emocional- que le sería tan distintiva como su propia corporalidad. Un protozoario elemental, dotado de flagelos y/o seudópodos, pongamos por caso, es indudable que debe experimentar algo muy parecido a la identidad aceptativa, con su correspondiente polo rechazativo, pues constantemente debe escoger entre si coexistir con otros de su especie o de especies distintas, rechazarlos o atacarlos; debe llegar a sentir algo muy análogo a la identidad alegrativa, puesto que sin ninguna gratificación o placer dejaría de reproducirse asexual o sexualmente; necesita poseer alguna identidad anticipativa, para no precipitarse a cobrar sus presas, aguardar el momento oportuno para atacar, etc., o, en sentido contrario, debe poder experimentar algo parecido a la sorpresa, para disponerse a escapar de algo o alguna otra criatura; y también debe estar dotado de algo muy parecido a la identidad corajativa, o su reverso miedativo, para atreverse a enfrentar, pongamos el caso, a otro protozoario mayor, o sentir que su existencia está amenazada ante un ataque inminente de éste.

En cambio, no logramos imaginarnos siquiera que este protozoario, pueda llegar a sentir algo como afecto por otro protozoario o como esperanza por una vida mejor, o a decidir con audacia un ataque calculado que promete algún resultado extraordinario; pero sí nos parece evidente que, digamos los perros, los gatos o las aves, o muchos otros animales que conviven con nosotros, pueden experimentar algo demasiado parecido al afecto o al agradecimiento, tener esperanzas de que regresaremos con ellos si nos ausentamos o si ellos se alejan por alguna razón, o actuar con audacia en contra de, digamos, alguien que nos ataque. En el caso de las aves, a las que hemos observado con mayor insistencia, nos consta que muchas establecen relaciones claramente afectivas, que van mucho más allá de los períodos de celo o de crianza de sus polluelos, y en unas cuantas hemos detectado interacciones resueltamente eróticas, con apasionados y prolongados besos y amapuches previos a la cópula que, en cuanto se descubran en el Vaticano o en la gringolandia WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant) es capaz que den lugar a comisiones de censura y prohibición de actos avícolas obscenos. En un plano más avanzado, se conocen experiencias circunstanciales de animales, tales como los perros y otros mamíferos, aptos para sentir que se les explica que una ausencia temporal de sus amos no va a ser permanente ni implica un abandono, lo cual contiene un atisbo de confianza, o llegar a un nivel de entrega hasta de su propia vida por defender la de sus seres queridos. Pero de allí, de esas estadías momentáneas en estados emocionales avanzados, a la experimentación y búsqueda permanente del amor, como emoción superlativa, hay un trecho enorme.

Lo que ha ocurrido con nuestra civilizaciones, sin embargo, en los últimos milenios, bajo los efectos de las ventajas bélicas que brindan las armas más poderosas de algunos, y como ya lo hemos discutido anteriormente en el blog, es una suerte de salto atrás, como si nos hubiésemos asustado y llegado a sentir vértigo por nuestras decisiones anteriores, y quisiésemos devolvernos en nuestra deriva, atentando contra la llamada ley de Dollo, que postula la irreversibilidad de la evolución. Es decir, que pareciéramos obcecados en reemplazar con las armas los colmillos y garras que decidimos no tener, o recuperar, pero no autótrofamente sino a costa de los demás, la seguridad a ultranzas en la existencia de que parecieran gozar los vegetales. No es en absoluto casual que, como lo examinaremos más adelante, las religiones conocidas, o como mínimo aquellas que, como el cristianismo, el islamismo, el hinduísmo, el taoísmo/confucianismo, o el budismo, con creyentes en el orden de centenares de millones de personas, postulen expresa e inequívocamente al amor como la aspiración humana terrenal de mayor envergadura. Y tampoco nos parece casual que tales religiones hayan surgido en el contexto, no importa si también contentivas de ingredientes justificadores, de civilizaciones que sucumbieron ante la tentación de la competencia y la agresión sacando partido de sus ventajas bélicas.

Afortunadamente, el extravío acumulado y los daños hechos en este largo período, en relación a nuestros horizontes de existencia individual, pero a la vez corto en conexión con nuestros tiempos naturales, biológicos o antropológicos, distan de haber sido internalizados. Ni siquiera en las versiones más competitivas y agresivas de las sociedades modernas han logrado hacer mella en la emocionalidad humana esencial: ni la publicidad, ni los discursos politicos, ni las creaciones culturales pueden asumir la violencia como credo, y se ven forzadas a presentar las posturas violentas como una respuesta defensiva. Hasta Hitler, fuerte candidato a ser el más belicista y agresivo de todos los dirigentes políticos modernos, se vio obligado a encubrir su violentismo bajo el disfraz de una respuesta defensiva ante los abusos de judios, comunistas, gitanos, no-cristianos y afines en contra de una raza aria a quien, pobrecita, se le privaba de alcanzar su destino manifiesto y su espacio vital.

El gran problema con las identidades aceptativas humanas, y particularmente el que más nos ha afectado a los latinoamericanos y africanos ha sido que, por razones muy asociada a los cambios climáticos de hace unos diez doce mil años, sobre todo una camada de Homo sapiens, la que cruzó a pie el actual estrecho de Behring, y otra, la que quedó al sur del Sahara africano, se quedaron aisladas de sus congéneres que desarrollaron las armas de hierro, principalmente en Europa. Cuando, luego, se reestableció el contacto perdido, las desigualdades en el grado de desarrollo de sus capacidades hicieron posible que los conquistadores se libraran de su identidad aceptativa y se dejaran arrastrar por sus antidentidades rechazativas, monstruosamente amalgamadas con sus identidades corajativas, para dar lugar a la que seguramente ha sido la acción de exterminio de seres humanos más brutal de todos los tiempos, incluida la difícil de emular matanza llamada Segunda Guerra Mundial. Pero incluso así, tal arrastre no fue unánime, pues, como en algún lado ya lo vimos, hubo quienes, como el padre La Casas, claramente detectaron y denunciaron el genocidio que, amparado por la iglesia católica de la época, se cometió contra nuestros pobladores indígenas y los pueblos africanos, y , en cualquier caso, no cabe duda de que el europeo actual, en promedio y desde el punto de vista emocional, siente una especie de vergüenza profunda ante el comportamiento de sus ancestros de hace unos siglos.

Entre las expectativas esperanzadoras que bien vale la pena cultivar en el presente, en relación a esta problemática, está la de que, a consecuencia de los avances crecientes en el conocimiento del genoma humano, y de la ruptura aparentemente irreversible que está experimentando Europa, y quizás mañana también los Estados Unidos, con su oprobioso pasado colonizador, se logren detectar los genes responsables de la agresividad genocida, se establezcan los mecanismos correctivos para que nunca más vuelva a ocurrir los crímenes serialmente masivos que tuvieron lugar entre 1500 y 1700, y se acuerden decisiones indemnizatorias como las que ya se han comenzado a adoptar en el continente oceánico. Sólo así podrá curarse Occidente de los dos mil años de esquizofrenia implícitos en la creencia, por un lado, en tres Dioses del amor y casi una cuarta -madre de un Dios, esposa del otro y fertilizada por el tercero-, o sea, de asunción de, y fe en, las identidades de confianza en la humanidad, entrega desinteresada a la vida espiritual, afecto por los semejantes, esperanza por la paz, audacia de atreverse a restaurar el orden humano subvertido, aceptación de los demás, alegría de vivir, sabiduría de la anticipación y coraje para enfrentar las injusticias; y, por otro lado, sus prácticas, de hecho regidas por Lucifer, el dios del odio, es decir de la desconfianza, el abandono, el desafecto, el desconsuelo, la evasión, el rechazo al otro, la tristeza, la zozobra y el miedo. O, lo que es lo mismo, un mundo que se solaza en proclamar el trabajo y la creatividad, la moderación, el respeto, la templanza, la paz, la ternura y la humildad, pero que se postra ante la pereza, la avaricia, la envidia, la gula, la ira, la lujuria y, sobre todo, la soberbia.