Mostrando entradas con la etiqueta Socialismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Socialismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de julio de 2010

La economía venezolana (y V): ¿Capitalismo, socialismo o mercantilismo?

La vida, en general, no se cansa de darnos sorpresas, y la blogueril, virtual, ciberespacial o como nos apetezca llamarla, tampoco.

Hace unos cuantos artículos, durante el primer semestre del año, recibí un vendaval de críticas porque no me estaba ocupando de la realidad venezolana, que si me evadía por las ramas de América Latina, que si estaba ocultando no sé que chavismo vergonzante, que si el pato o la guacharaca. En respuesta a los comentaristas, y recordando aquello dicho en algún lado por Saramago de que en la escritura de los blogs los lectores lo ayudan a uno a escoger el camino, decidí alterar el plan que tenía, de atender primero, o en una primera aproximación, las problemáticas de las necesidades y la evolución histórica del subcontinente latinoamericano, para luego entrarle con más profundidad a los asuntos venezolanos. Así pasé a ocuparme, con una especie de Plan B, directamente de estos.

El resultado ha sido que después de ocho artículos, los anteriores, con fecha de julio, en donde me exprimí mi coco liso para expresar mis más valiosas ideas acerca de lo que nos pasa social y económicamente a los venezolanos, resulta que, a excepción de cinco comentarios de Edgar Fernando, dos del Nefelibata y dos de un Anónimo medio jodedorcito y grosero él, los lectores, cuando esperaba alguna señal de reconocimiento por haberme ocupado de lo que me pedían, y tomar estos comentarios en cuenta en el abordaje de la coyuntura y el momento político -pues como no me canso de decirlo, para mí la política es una mediación entre los anhelos de libertad y las necesidades reales-, no han dicho ni esta tecla es mía..., y hasta me cansé de esperarlos.

También es cierto que todos mis asesores informales han coincidido en recomendarme que le ponga un parao a las digresiones sobre el blog mismo, para concentrarme en los temas más sustantivos, pero resulta que a veces el corazón de uno no es tan resignado o chiquito como quizás, y de vez en cuando, se desearía, y entonces provoca preguntar: ¿y para qué, entonces, tanta alharaca sobre la atención a la cuestión nacional venezolana? ¿Es que acaso los ocho artículos de marras no se meten con el meollo de nuestros problemas, vale decir con nuestras enfermedades estructurales e históricamente heredadas, con nuestra improductividad, nuestro inmediatismo y vivalapepismo, nuestra dependencia de la renta petrolera y nuestra pobreza? ¿O acaso fueron conchas de ajo los lineamientos generales acerca de qué hacer en medio de tan angustiosa situación? ¿Qué es lo que ha pasado, pues, mientras tanto, resulta que las visitas al blog no sólo no han decaído sino que ya van por un promedio de veinte diarias, con picos hasta de cuarenta, incluyendo, para otra sorpresa del dizque bloguero, un significativo número de visitas en México, Colombia, Estados Unidos, España, Argentina, Chile y Perú [pues ahora resulta que los simpáticos de Blogger han puesto a disposición de sus blogueros nada menos que un mapamundi de las visitas, en distintos lapsos, que lo hace sentir a uno cual director de un New York Times cualquiera y ojalá que no los extravíos de un El dictador de Chaplin, solazado en sus caricias al globo terráqueo...]? ¿Por qué tanto silencio?

[Cuatro hipótesis: A: Los lectores están madurando sus reflexiones sobre artículos particularmente densos, y algún día los comentarán; B: A la mayoría de los lectores sólo les interesa participar en un festival de banalidades sobre Chávez y sus ocurrencias, y no tienen interés por discutir los asuntos de fondo de Venezuela; C: Los lectores son gente muy ocupada y cosmopolita que demasiado hacen con meterse al blog y leer los artículos para que encima se les pida que escriban sobre lo que opinan de esos; D: Esto del mundo virtual y de la fulana blogsfera como que es muchísimo más peliagudo y complejo que como Transformanueca y su personal se lo imaginaban...] (E iba a seguir por aquí pero sentí como un templón virtual de orejas, así que... ¡bloguero al grano!)

Tras lo dicho en los ocho artículos anteriores sobre Venezuela debería ser redundante empezar por recalcar que estamos archiconvencidos de que nada de lo que se diga, haga, proponga, afirme o discuta sobre Venezuela carece del más mínimo valor si no se toma en cuenta que nos hallamos al interior de una severa crisis nacional, inmersa en una crisis latinoamericana, a su vez sumida en una de la Civilización Occidental, y de remate por lo menos flotante en otra del planeta Tierra, o sea, algo así como una crisis cuadrática. En tal y tan cuádruplemente crítico contexto, la búsqueda de una brújula que nos oriente o de un Norte, Sur, Este u Oeste que nos guíe, es de la más trascendental e impostergable importancia: absolutamente nada ganamos con darnos prisa para llegar a donde no tenemos nada que buscar.

En tal situación, consideramos que el más importante debate que los venezolanos tenemos, desde ante nuestras narices hasta en nuestros horizontes mediatos, no es otro que el de qué modelo, sistema o proyecto de país queremos impulsar. Y para que no se diga que andamos con ambages, subterfugios o escapismos, diremos por todo el cañón, o sea claro y raspao al decir criollo -ahora adoptado por Tal Cual de Teodoro-, que consideramos que del mercantilismo o premodernismo en que estamos estancados es absolutamente imposible salir hacia un socialismo de una vez, y que no tenemos otra opción sino la de modernizarnos y avanzar, tan acelerada, lúcida e inspiradamente en el futuro como podamos, hacia un verdadero capitalismo, tal y como lo están haciendo todas las naciones del planeta, con las únicas dos versiones rezagadas y extraviadas todavía en la Guerra Fría, y todo indica que prontas a rectificar, de Cuba y Corea del Norte.

Pretender, como lo está proponiendo el gobierno, la construcción de un socialismo a partir de un grado de desarrollo absolutamente incipiente del capitalismo venezolano, o defender por mampuesto, como a menudo lo hace la oposición, la mera restauración del orden anterior a Chávez, no son sino maneras de contribuir, directa o indirectamente, a la perpetuación de un statu quo mercantilista o esencialmente precapitalista y hace tiempo enfermo y agotado, que amenaza con convertirnos en pocas décadas en la nación hazmerreir de América Latina: fuerte candidata a volverse la más atrasada luego de haber sido, hasta los sesenta, la supuestamente más adelantada.

Y esto no significa, como quizás algunos se empeñarán en demostrar, que el capitalismo sea el sistema non plus ultra de la historia, ni mucho menos, sino simplemente que lo vemos como una especie de adolescencia insalvable en el camino desde nuestra actual niñez productiva y social hacia nuestra madurez productiva y social. O, tampoco, sino todo lo contrario, que consideremos inevitable embarcarnos a construir las variantes más salvajes y explotadoras del capitalismo reaganiano o bushiano, cuando tenemos a la vista la experiencia de toda Europa, y especialmente de los países escandinavos, de Canadá y Australia, cuando menos, y cuidado si hasta Japón, y aun China, que están demostrando fehacientemente que es posible avanzar por los caminos del capitalismo con una clara vocación de justicia social que poco a poco va erosionando -de manera análoga, aunque sin el componente de lucha de clases o de dictadura del proletariado, a como esencialmente lo supuso el propio Marx- la racionalidad individualista e inevitablemente despiadada del capitalismo, pero lamentablemente necesaria para despertar los afanes productivos y de superación de la población. (Y reto a muchos académicos de izquierda, amigos unos cuantos de ellos, acostumbrados a despachar, desde la comodidad de sus cátedras, treinta y cinco años de denodado y sacrificado esfuerzo intelectual de Marx, y doscientos años de historia del capitalismo, a demostrar con argumentos, y no con frasecitas para estudiantes o auditorios cautivos, tales como que ésa es una concepción lineal o determinista de la historia, la falsedad de la anterior aseveración).

Sea desde el liberalismo, el marxismo, el cristianismo, el conductismo, el existencialismo, el humanismo, el erotismo, el posmodernismo o desde donde nos plazca pensarlo, es absolutamente imposible convertir, de un solo pencazo, a un pueblo estructuralmente hambriento, harapiento, 'intemperiento', por poco macilento de tanta hambre acumulada, y plagado de necesidades insatisfechas de toda índole, en un pueblo capaz de volcarse, como lo está diciendo la propaganda oficial junto a la factura de cada una de las arepas socialistas que se venden a Bs.7,50, a darle de cada quien según sus capacidades a cada quien según sus necesidades.

Este exabrupto está siendo propuesto por el gobierno, sin que la derecha aporte tesis superadoras y no meramente negadoras de lo que dice Chávez, y con el beneplácito o silencio de al menos miles de militantes de izquierda. ¿Cómo pueden callarse ante este proyecto en el mejor de los casos quimérico y que en el peor bien puede conducirnos a la guerra civil de la que por poco nos escapamos en 2002-2004? ¿Cómo pueden estar hablando de socialismo en Venezuela quienes, como mínimo, deberían haberse estudiado completo el Manifiesto del Partido Comunista (1848, cuando Marx no había cumplido los 30 años), en cuyas primeras páginas ya se lee clara y meridianamente que "la burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario", que "... una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores...", que la revolución se plantea cuando "... la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio. [Y] las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya al desarrollo de la civilización burguesa y de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno...", y así sucesivamente a todo lo largo y ancho de esta, la más inmadura y juvenil de todas las grandes obras de Marx y, por supuesto, absolutamente en todo el resto de su obra madura? ¿Dónde están, en Venezuela, esa demasiada civilización, esa demasiada industria y esa demasiada productividad? ¿No será que esta extrema izquierda en el poder está adoptando, cuarenta años después, la tesis de Teodoro Petkoff en ¿Socialismo para Venezuela?, que en la Causa R nunca compartimos y de la que él se ha retractado, aunque, como se lo he reclamado en persona, pues soy su amigo, no de manera lo suficientemente explícita?

No se puede, o al menos no en nombre de ningún marxismo, salvo la caricatura stalinista de la ya tergiversación leninista del marxismo, plantear la idea de un socialismo sobre las bases de una sociedad con fuerzas productivas no sólo inmaduras capitalistamente hablando, sino esencialmente mercantilistas y con serios resabios latifundistas o feudales, y, como si fuese poco, plagadas de facilismo, inmediatismo, rentismo y corrupción. En ninguna parte de la obra de Marx se encuentra un asidero para este despropósito, y menos en su obra madura, en donde merecen mención especial la Contribución a la crítica de la economía política (1859, a los 41 años de Marx), ya en cuyo prólogo se lee que: "... en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. [...] El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social...".

Esta última idea, especie de Leitmotiv de Marx, se repite una y otra vez en los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador), (1857-1858, 3 tomos, publicados sólo en 1939-1941), comúnmente conocidos como los Grundrisse, la única obra sobre económica política verdaderamente completa y escrita por el propio Marx. En las Teorías sobre la plusvalía (1862-1863, a los 44-45 años de Marx, 3 tomos, publicados inicialmente por Kautsky en 1905-1910); y, por supuesto, en su obra magna, aunque lamentablemente incompleta, El capital (1867, a los 49 años de Marx, tomo 1; 1885, dos años después de su muerte en 1883, a los 65 años, tomo 2; 1894, incompleto y rematado por Engels once años después de su muerte, tomo 3; e incluso su llamado Capítulo VI, publicado sólo en 1933). No hemos encontrado, en ninguno de estos diez tomos -que, por si acaso, aclaramos (no vaya a ser que el Presidente se entere de la existencia de este blog y entonces nos mande, de penitencia, a leer el Manifiesto...) hemos estudiado a fondo desde antes de 1980, cuando teníamos menos de treinta años-, que constituyen lo esencial de la obra madura de Marx, ni una frase que contradiga o ponga en duda, su tesis central de que el desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo es una condición sine qua non para cualquier edificación socialista.

Lamentablemente, la idea de un "socialismo" como sinónimo de comida barata y de atención a las necesidades de la población pobre sin ninguna contraparte productiva, sino como mero reparto estatal, está siendo utilizada como propaganda electoral oportunista, que a la larga no hará sino contribuir a adormecer aún más el afán de superación y de desarrollo de sus capacidades de nuestra población pobre, a quienes se les está haciendo creer que su pobreza y la de sus antepasados es una patente de corso que les da derecho a recibir sin producir. El gobierno, en su propaganda, está identificando irrespon- sablemente capitalismo con especulación alimentaria, cuando resulta que los costos que, por ejemplo, reseña en sus análisis de costos de una arepa están basados en la productividad de una de las escasas empresas verdaderamente capitalistas con que contamos, la Polar, quien produce, a un costo cercano a una locha (Bs. 0,125) por arepa, 42 millones de los 56 millones de arepas que los venezolanos nos comemos cada día, a un promedio aproximado de dos per cápita; y que la mayoría de areperas, de ésas que cobran abusivamente hasta Bs. 30,00 por una reina pepeda, lejos de ser empresas capitalistas son expresión del más burdo mercantilismo especulativo, que no invierten jamás en ciencia, en tecnología, en productividad o en capacitación del personal (costos estos que, por supuesto, no aparecen en los análisis desplegados públicamente por el gobierno, pero que, así como una compensación del riesgo asumido -que en Venezuela es enorme, incluyendo el de que en cualquier momento haya un atraco o secuestren al dueño o al hijo del dueño de la arepera-, son esenciales en empresas verdaderamente capitalistas, digamos, al estilo de un McDonald's).

No nos cabe duda de que los aparentes éxitos de esta política por el actual gobierno se revertirán tarde o temprano hasta convertirse en dificultades adicionales para cualquier transformación seria de la sociedad venezolana, por no decir que podrán incluso funcionar como una especie de vacuna antisocialista, y ojalá y algún dios quiera que no sirvan como caldo de cultivo para algún fascismo, pues este, como lo bien lo ilustran los casos de Alemania y de Italia, y también de nuestro Chile (el único régimen fascista propiamente dicho, y no simplemente dictatorial o gorila, que hemos conocido en América Latina), y, en menor medida en Argentina y Brasil (como reacción a ciertos populismos), siempre se ha edificado sobre la base del derrumbe estrepitoso de las fantasías "socialistas" o repartidoras de riqueza a troche y moche como remedio a la pobreza.

Lo repetimos otra vez: el socialismo es impensable a partir de la miseria y sólo es factible sobre la base de la abundancia de riqueza social; cuando esta condición se da, tal y como está ocurriendo ya en varias decenas de naciones en el globo, de las que a cada rato hemos mencionado en el blog, entonces el socialismo, o cuando menos cierto altruismo o sentido de solidaridad social, comienza a brotar hasta espontáneamente en el seno de la sociedad capitalista, según el estilo de la magnanimidad que se ha apoderado de Bill Gates, quien se ha convertido en un filántropo a decdicación exclusiva, se ha retirado de los negocios, no tiene ya ni las llaves de Microsoft y se ha planteado -no importa si esto le parece un chiste a cierta izquierda troglodita- la pelusa de devolverle, con el pleno apoyo de su mujer Melinda y de su padre, toda su riqueza a las sociedades que más lo necesiten.

Esto no tiene vuelta de hoja, y nos despedimos con la más completa y genuina cita marxista sobre el tema de las condiciones para convertir en realidad la premisa del "a cada quien según sus necesidades", tomada de las Glosas marginales al Programa del Partido Obrero Alemán, comúnmente conocidas como Crítica del Programa de Gotha, escrito por Marx a los 57 años, seis antes de su fallecimiento, y publicado sólo en 1891; seguida de la interpretación que el gobierno está haciendo de esta idea, con su anexo de arepas baratas socialistas.

"... El derecho no puede ser nunca superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural por ella condicionado.
En la fase superior de la sociedad comunista [según una acepción de este término hoy perdida para siempre, después del desastre comunista staliniano, añadido nuestro], cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo del individuo en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades!".

martes, 4 de agosto de 2009

Nuestras capacidades estructurales culturales

Si las capacidades productivas son las más concretas, tangibles o duras dentro de las capacidades estructurales, las capacidades culturales serán entendidas aquí como su opuesto, es decir, como las más abstractas, intangibles o blandas, sin por ello compartir la idea de que serían algo así como dependientes de o un reflejo de aquéllas, o inferiores en algún sentido. Nada de esto: aunque admitiremos que estas capacidades culturales no pueden existir en un vacío físico, material o económico, y que inclusive están determinadas por las capacidades estructurales restantes, y especialmente por las capacidades productivas, postulamos también, tomando el término de los llamados estructuralistas, que las capacidades culturales sobredeterminan a las demás y, más allá todavía, las dotan como de un norte o sentido sin el cual éstas resultan incomprensibles y aun impensables.

Las capacidades culturales vienen a ser entonces como una especie de alma, psique, subconsciente o conjunto de valores de las sociedades, aceptados y transmitidos -sin excluir mutaciones- de unas generaciones a otras, de manera análoga a como en el plano individual somos orientados por impulsos anímicos rectores, sin que cuente aquí que la comprensión de éstos haya sido objeto de toda clase de debates religiosos o teóricos. Con más espacio y calma nos placería detenernos en argumentar como estamos persuadidos de que esta manera de entender la sociedad, afín a la de religiosos, humanistas y científicos sociales, tiene, por lo menos, interesantísimas analogías con la visión del mundo de los físicos, para quienes el mundo material, hecho de partículas elementales dotadas de masa o fermiones, es indesligable de un mundo de partículas sin masa o bosones que le da sentido o conexión con el resto del universo a las primeras y les permite ejercer sus fuerzas sobre ellas; pero mejor dejamos estas reflexiones como ejercicio para la casa y cortamos aquí, sin que esto signifique que nos olvidaremos del asunto.

Si tuviésemos que continuar con nuestras metáforas entre los sistemas del organismo humano y las capacidades estructurales sociales, diríamos que las capacidades culturales serían análogas a las del sistema nervioso no ligado a las actividades conscientes o al razonamiento, es decir, a todas las áreas u órganos comprendidos desde el sistema nervioso periférico, que regula espontáneamente nuestra respiración, percepción, circulación sanguínea, digestión y muchas otras funciones, hasta todos aquellos componentes del sistema nervioso central, como la médula espinal, el cerebelo, el subsistema límbico, los lóbulos temporales del cerebro y otros, que regulan nuestras emociones, equilibrio, sueños, reacciones instintivas y afines, en síntesis, todo lo que nos da aliento o ánimo para hacer las cosas, nos guía o impulsa inconscientemente y nos "dice" si lo que hacemos es pertinente o no y si está bien hecho y/o nos gusta o no. Y de la misma manera a como no es indispensable, para nuestra concepción del organismo individual, entrar a dirimir acerca del porqué de que esta alma, psique o como prefiramos llamarla, es como es o si alguien la puso allí, pues nos basta constatar su existencia, darnos cuenta del papel regulador de nuestras actividades que desempeña y convencernos de que de ninguna manera podemos subestimar su rol en nuestra vida, así mismo no nos hace falta establecer la naturaleza u orígenes de las capacidades culturales. Esto no quiere decir que no nos importen estos complejos asuntos o que no tengamos opinión sobre ellos, sino que nos interesa mucho más abrir la posibilidad de compartir, pluralmente, interpretaciones y acciones sociales con personas con una diversidad de puntos de vista o concepciones, siempre que sean abiertas, sobre estos asuntos.

Y, llegadas las cosas a este punto, tal vez convenga aclarar que el aparente jueguito este de las metáforas sobre el organismo humano, tiene un sentido más profundo o al menos ambicioso, cual es el de pretender avanzar hacia una especie de teoría anatómica o estructural de la sociedad que pudiese permitir analizar, diagnosticar y hasta tratar los problemas sociales, al estilo de lo que hacen los médicos con la medicina, quienes a la hora de extraer o extirpar un tumor o corregir una anomalía en un órgano no se detienen a pensar en si la persona es cristiana o musulmana, catira o morena, de derecha o de izquierda, sino que, con la mismas teorías anatómicas abordan sus intervenciones en unos u otros casos. En otras palabras, aunque no somos precisamente devotos de la ciencia, y menos de la académica, no vemos prudente despachar o desestimar el enfoque o abordaje de tipo científico de los problemas, y menos para reemplazarlo por enfoques dogmáticos, empiristas o caprichosos: creemos en la necesidad de superar las limitaciones del pensamiento parcelado científico, pero absorbiéndolo al interior de un pensamiento más rico y abarcante, parecidamente a como la ciencia lo ha hecho con el pensamiento lógico o aristotélico, al cual contiene o abarca como un subconjunto particular o más restringido.

También en las capacidades culturales distinguiremos seis tipos o subcapacidades, tres básicos o inherentes a todas las sociedades humanas, y tres "evolucionados" o distintivos de diferentes tipos de sociedades o modos de vida a lo largo de lo que entendemos ha sido nuestra historia. Las capacidades culturales esenciales o básicas serían las referidas a la valoración del mundo, la vida y las personas, a la que llamaremos concepción general del mundo (para evitar usar la palabreja alemana weltanschauung, tan popular entre los filósofos, que no parece quedar bien traducida por cosmovisión o ideología en sentido general), que comprende a lo que suele denominarse la moral o sentido del bien, y que incluye la valoración del lenguaje como herramienta para representar todo lo demás; las referidas a la concepción o valoración del poder, la igualdad, la equidad y la justicia, o capacidades culturales ideológicas en sentido estricto, o simplemente cultura ideológica o ideología; y las referidas a la valoración de la utilidad de las cosas y procesos materiales, o cultura material. Estos tres tipos de capacidades culturales serían inherentes a todos los tipos de sociedades o modos de vida, y serían los únicos de las sociedades primitivas sin distinciones de clases, en donde habrían existido de manera integrada o sin fisuras internas, o sea, sin sesgos privilegiadores de los intereses de ciertos grupos o clases sociales frente a otros.

Las capacidades culturales producto de la evolución histórica de las sociedades serían las referidas a la valoración de los recursos territoriales, ambientales y de infraestructura, junto a las reglas para su ocupación o usufructo, o capacidades culturales territoriales, las cuales habrían surgido con el proceso de sedentarización de las sociedades en ciertos territorios con ventajas para los asentamientos rurales o urbanos y/o para la agricultura, el pastoreo, el riego o la disponibilidad minera de distintos recursos del subsuelo. Aunque, conceptualmente y a diferencia de lo sostenido por los clásicos marxistas, no pensamos que la mera existencia de las actividades agrícolas sea condición suficiente para la emergencia de la propiedad territorial privada y, con ella, de las clases sociales, y prueba de ello parecieran ser sociedades como la civilización egea en la Europa pregriega o la cuasicivilización arahuaca en la Venezuela prehispánica, en donde existieron sistemas agrícolas avanzados sin clases sociales y, por tanto, con culturas integradas o armoniosas, lo cierto es que pareciera que hasta ahora ninguna sociedad agrícola con impacto significativo sobre otras sociedades o sobre las tendencias centrales de la historia conocida ha podido subsistir sin la generación de clases sociales y sus correspondientes culturas escindidas en un componente dominante y otro dominado o subordinado.

Da la impresión de que la combinación fatal ha sido el encuentro de pueblos agrícolas pacíficos con pueblos invasores belicosos y dotados con ventajas militares que terminan por subyugar y hasta esclavizar a los primeros, de modo semejante al conocido fenómeno según el cual los niños pacíficos, respetuosos y estudiosos con frecuencia terminan sufriendo ataques, atropellos o despojos de niños violentos, malcriados o maleducados. Sea cual sea la explicación, lo cierto es que la casi totalidad de sociedades dotadas de sistemas agrícolas o mineros han terminado por convertirse en sociedades de clases sociales, en donde quienes se han vuelto propietarios de las tierras o minas han explotado, sometido y muchas veces esclavizado a los no propietarios y les han impuesto alguna ideología, religión o cultura dominante, que intenta justificar o presentar como natural o merecido tal explotación o sometimiento. Tal vez la combinación más usual sea la que supone la existencia de un dios o criatura sobrenatural que consiente o premia a sus devotos principales, que resultan ser los mismos propietarios de las tierras y sus descendientes, con privilegios sobre los no creyentes, creyentes a medias o conversos, que, pese a ser, a menudo, descendientes de los ocupantes originarios de las mismas tierras, acaban por ser los no propietarios subordinados a los primeros. Frente a tales situaciones de injusticia, la respuesta ortodoxa de izquierda es la de propiciar la lucha de clases para devolver a las clases oprimidas la libertad y la propiedad perdida de las tierras, pero resulta que no se conoce ni un solo caso en donde este tipo de lucha de clases haya engendrado una sociedad de nuevo tipo: la sociedad romana, por ejemplo, que es un clásico de la dominación esclavista amparada por una ideología y una cultura religiosa legitimadora de tal orden, no fue reemplazada o superada por otra dirigida por los esclavos o sus descendientes que pasaron a dominar a sus anteriores amos, sino por fuerzas sociales externas que portaban en su seno las relaciones del tipo señor/siervo, lo que dio lugar al feudalismo medieval como sistema alternativo al romano, en donde todas las clases del antiguo sistema se reacomodaron según las clases del nuevo.

El quinto tipo de capacidad cultural es el que asociamos a la valoración de leyes, normas escritas, manuales y libros contentivos de verdades, órdenes con miembros portadores de dichas verdades, con frecuencia reveladas por entes no humanos, y exégetas de tales libros, y autoridades de diversa índole legitimadas por tales leyes, normas y verdades, a las que denominaremos cultura legal o normativa. Nuevamente, aunque consideramos pensable la existencia de una sociedad que, al estilo de la Castalia de Herman Hesse en El juego de abalorios, pudiese existir con una cultura normativa armoniosa y sin distinciones clasistas, el hecho es que todas las sociedades de que hayamos tenido noticia con capacidades culturales de este tipo han sido sociedades jerárquicas, en donde las leyes o normas favorecen discriminativamente a quienes detentan el poder, en perjuicio de quienes no lo detentan. Las sociedades mercantiles o sociedades monárquico-burguesas, al estilo de la Europa de los años aproximadamente 1500-1789, y del tipo que vemos como esencialmente prevaleciente en la América Latina actual, es decir, sociedades con estructuras premodernas o anteriores a las revoluciones modernas industrial o inglesa y política o francesa, pueden ser consideradas como sociedades con culturas dominantes de tipo normativo, estructuradas en beneficio de las clases dominantes correspondientes. Lo dicho al final del párrafo anterior sería, con variantes, aplicable también aquí: la sociedad moderna que emerja del colapso del obsoleto régimen mercantil o autocrático no podrá surgir de la inversión del poder de clases en la sociedad anterior y menos de la dictadura de los proletarios e indigentes sobre los burgueses y pequeñoburgueses, sino del gradual y consciente establecimiento de un nuevo sistema social con relaciones distintas del tipo que exploraremos a continuación.

El sexto tipo de capacidades culturales es el que vincularemos a la valoración del conocimiento, de la verdad no revelada por nadie sino legitimada por la investigación científica y la comprobación experimental de hipótesis, de la validación práctica de modelos teóricos, de la autoridad emanada del aprendizaje y manejo de los conocimientos así generados, a las que llamaremos capacidades culturales cognitivas, características de las sociedades modernas. Aunque reconocemos, en muchos sentidos pero no en todos, un importante grado de evolución en las sociedades con culturas dominantes de este tipo, sobre todo en relación a aquéllas con culturas de los tipos anteriores, no se nos escapa que seguimos tratando con sociedades de clases en donde, por regla general, el empleo del conocimiento científico y tecnológico, supuestamente imparcial u objetivo, termina por favorecer los intereses de quienes financian y controlan los centros de investigación y desarrollo en donde se genera, o sea, de las clases empresariales y gerenciales de las grandes corporaciones y los altos funcionarios estatales que a menudo favorecen sus intereses mutuos con ésas, y termina por contribuir a imponer un estilo de vida consumista y materialista que perjudica a prácticamente todo el mundo.

Imaginamos la superación de estas sociedades modernas como una extrapolación del proceso, que ya vemos en marcha, de emergencia de un nuevo tipo de capacidades asociadas a la valoración de la ética, del respeto a las personas y al ambiente, de la solidaridad y la cooperación frente a la competencia, y valores afines, hasta convertir en dominante esta nueva cultura, pero nunca como producto del derrocamiento violento del empresariado corporativo y sus adeptos privilegiados. Y pareciera probable que este nuevo tipo de sociedad, a la que nos gustaría llamar simplemente posmoderna o socialista de no ser por la cantidad de connotaciones ambiguas que todavía portan estos términos, pueda por fin evolucionar, después del aparentemente largo pero en el fondo insignificante paréntesis clasista de las sociedades humanas, hacia un nuevo tipo de sociedad a la vez compleja y sin clases sociales, al estilo del modelo prefigurado como ideal por todas las religiones y por muchas doctrinas no religiosas. En resumen, hacia una sociedad nuevamente armoniosa y bajo el imperio único del amor en un ambiente de libertad y respeto, concordante con las tendencias centrales de nuestra deriva biológica.

Mientras tanto, mientras evolucionan estos lindos procesos en donde si seguimos pegados a nuestros vicios atávicos los latinoamericanos no podremos participar activamente y menos ser protagonistas, no nos queda sino pensar y actuar mucho, transdisciplinaria y colectivamente, en pro de la desmixtificación -o desenmarañamiento de sus falsos componentes- de nuestras culturas, en el rescate de valores sepultados por siglos de explotación y opresión -tales como los ritos de fertilidad de la tierra que se esconden bajo ciertos rituales católicos criollos, como el de la paradura del niño-, en el impulso a procesos de modernización y reacomodo social que no pueden tener como norte la copia de los vicios de las sociedades ya modernas, y tampoco la imposible inversión o puesta patas arriba de nuestras sociedades premodernas, sino la transformación y superación de nuestras capacidades en la ruta hacia las sociedades sin clases sociales de futuro. Si así actuáramos, haríamos como los niños que anhelan ser sabios cuando grandes o ancianos, y hasta reconocidos después de muertos o en otros mundos, pues nadie tiene derecho a poner límites a nuestros afanes de superación, pero sin por ello pretender saltarse sus inevitables adolescencias, juventudes y adulteces...

viernes, 24 de julio de 2009

Hibridados e ilusionados (y V): los venezolanos entre el mercantilismo del siglo XVIII y el socialismo del siglo XXI

1989, el año que escogimos como hito de terminación del período de gestación, auge y derrumbe de la democracia bipartidista venezolana, fue también el de la caída del muro de Berlín, del derrumbe del bloque socialista soviético y por tanto del comienzo del fin de la Guerra Fría, y, por si poco, del nacimiento de Internet. En esta data, que reiteradamente ha sido señalada como la del inicio del llamado "proceso" de cambios que vive Venezuela, se entrelazaron, en un nuevo contexto mundial y montados sobre una falla social profunda que ha dividido a los venezolanos en establecidos y excluidos, múltiples vectores de las crisis moral, política, económica y educativa que hemos querido analizar en nuestros artículos pasados. En esta entrega final de la primera serie sobre Venezuela de nuestro blog, que no trata de fijar posición sobre el momento o la coyuntura política actual, sino sobre la naturaleza del proceso histórico de nuestro país, en el contexto de una serie más amplia sobre la misma problemática a nivel latinoamericano, aportaremos nuestra quinta y última clave para descifrar el porqué de las anomalías culturales que destacamos al empezar.

Sobre la base de interpretaciones y rabias antagónicas vinculadas a aquellos hechos de febrero-marzo, en el país se ha desatado una polarización social y política sin precedentes en épocas de relativa paz o, al menos, según nuestras estimaciones, en los últimos ciento cincuenta años, la cual, en su momento culminante, en 2002-2004, nos colocó al borde de una nueva guerra civil, y todavía nos mantiene en un estado de intolerancia extrema y sobrepolitización. Todo esto, en la práctica, dificulta la atención a nuestros acuciantes problemas reales y abona el terreno para la persistencia de las que venimos llamando, a falta de un mejor término, ilusiones del pueblo venezolano. La identidad nacional, para cada bando por culpa del otro, está reducida a su mínima expresión, incluso en los ámbitos familiares y de la amistad, y esto ha erosionado el contenido de la venezolanidad hasta linderos en donde si, por ejemplo, después de un viaje de semanas o meses en otro país y hablando en otra lengua, uno está de regreso y se encuentra con un venezolano o venezolana en el aeropuerto, tiene que contener la alegría hasta descubrir en qué onda anda y si se podrá o no hablar de equis tema.

Si lo que hemos venido argumentando fuese lo suficientemente consistente, entonces los trescientos años de colonización, en donde se destruyó una armoniosa sociedad agroalfarera y sin clases sociales, nos legaron un organismo hecho de células sociales compuestas por un núcleo estamental o de castas genéticamente esclavista y un protoplasma integrado por ingredientes feudales y sólo muy precariamente mercantilistas, contra el cual se alzó en bloque el grueso de la población parda liderada por criollos revolucionarios y bajo la inspiración de un ambicioso proyecto transformador de largo plazo. Tras el fiasco que significó el abandono de este proyecto y su reemplazo por otro de mera sustitución de la casta peninsular dominante por castas criollas caudillistas, y que, a duras penas, permitió edificar una sociedad con ADN feudal o latifundista y envoltura mercantilista, que se derrumbó en 1948, se desató un nuevo proceso de transformaciones, que habría culminado en 1989, y al cual podemos atribuirle, en el más optimista de los casos, una mutación engendradora de una célula social de núcleo mercantilista y protoplasma sólo incipientemente capitalista. Si esto es válido, cómo creemos, entonces ¿cómo es eso de que ahora se pretende acabar con un capitalismo moribundo y reemplazarlo a decretazo limpio por un socialismo novedoso? ¿Cuándo se construyó esa sociedad moderna o capitalismo que ni estando aquí nos dimos cuenta?

O, más precisamente: ¿Cuándo se estableció en Venezuela un régimen de inversiones de capital para generar retornos a largo plazo en sustitución del régimen de compraventa de mercancias para generar ganancias a corto plazo? ¿Cuándo se implantó aquí un mercado de capitales para financiar inversiones de riesgo? ¿Cuándo ha existido entre nosotros una verdadera competencia entre los productores para optimizar la oferta de bienes y servicios y una verdadera inteligencia de los consumidores para optimizar la demanda de los mismos, lo que equivale a decir cuándo ha habido aquí algo que merezca, aunque sea aproximadamente, el nombre de un mercado competitivo, aunque sea de los llamados de tipo oligopólico? ¿Cuándo se capacitó científica y tecnológicamente una parte sustancial de nuestra fuerza de trabajo? ¿Cuándo las clases medias modernas de emprendedores, profesionales, investigadores, intelectuales y artistas han constituido una porción significativa de nuestro tejido social? ¿Dónde están las innovaciones científicas y tecnológicas de nuestro capitalismo? ¿Dónde la educación científica que enseñe a analizar las causas interrelacionadas de problemas complejos y a reducir la incertidumbre a través del trabajo en proyectos? ¿Dónde los departamentos de investigación y desarrollo, de diseño o de asistencia tecnológica a las operaciones de una porción significativa de nuestras empresas? ¿Dónde la planificación estratégica del desarrollo a nivel empresarial y del país en su conjunto? ¿Y los aumentos sostenidos en la productividad del trabajo? ¿Y el afán de superación individual, aunque sea para capitalizar individualmente los conocimientos, destrezas y actitudes adquiridos? ¿Y...? Así podríamos continuar con unas cien o doscientas preguntas más en torno a lo que creemos que es una sociedad capitalista, al menos en el sentido en que entendemos lo que expresaron Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mills, Carlos Marx, Federico Engels, Joseph Schumpeter, Joan Robinson, Gunnar Myrdal y qué se yo cuántos otros inacusables de no saber de qué estaban hablando cuando explicaban lo que era el capitalismo.

O, podríamos hacer aquí una retahila de signo contrario, y preguntar qué clase de capitalismo es éste que, tras no pararle ni a la ciencia ni a la tecnología ni a las inversiones inteligentes ni a la capacitación de la fuerza de trabajo ni a la creación de mercados verdaderamente competitivos..., todo lo resuelve a punta de permisos, palancas, prebendas, favoritismos, ventajismos, amiguismos, clientelismos, protecciones, regulaciones, componendas, sobornos, barreras, manipulaciones, dogmatismos, decretos, saludos a la bandera, frases huecas, cortoplacismos, improvisaciones,... de una manera asombrosamente parecida al tipo de régimen que aquellos al parecer conocedores caballeros y damas describían como mercantilista o precapitalista. Una de dos: o el sistema económico y social nuestro es el genuinamente capitalista y entonces el que tienen aquellos catires es de otra naturaleza y amerita otro nombre, o el de ellos es el sistema realmente capitalista y el nuestro un remedo, antecesor, paralelo o lo que queramos, pero de naturaleza harto distinta, porque no puede ser que ambos sistemas, con estructuras tan marcada y terminantemente disímiles sean de la misma naturaleza o clase. Venir con el cuento, tan caro y obvio para tantos políticos y académicos criollos y latinoamericanos, pero que a nosotros nos suena a pura coba, de que lo que pasa es que nuestro capitalismo es dependiente y el de aquéllos no, es como decir que mi paraulata es un murciélago pero de tipo dependiente o que mi hayaca está hecha con pan de trigo, sardinas y queso porque es una hayaca dependiente...

Mientras llega el momento, ya próximo, en que nos detendremos a exponer, tan sencillamente como seamos capaces, los conceptos que hemos desarrolado y que nos llevarán a fundamentar más sólidamente las afirmaciones anteriores, adelantaremos que, en el planeta que medio conocemos, pues con esos dólares tan por las nubes y esos pasajes tan recaros no es fácil conocerlo bien o al menos de cerca, y menos costeando los viajes con el bolsillo propio, distinguimos esencialmente cinco tipos o clases de sociedades u organismos sociales, con sus respectivas células características. El primer tipo o clase, integrado por buena parte de los 70 países del grupo llamado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, de "Desarrollo Humano Alto", cuyas células constitutivas poseen un núcleo social todavía capitalista, por regla general altamente industrializado, y que les permite un alto nivel de productividad per cápita, por encima de los 20 a 30000 dólares per cápita de ingresos reales anuales (algo así como 6 mil o más de bolívares fuertes mensuales por cabeza, ó 6 millones de los débiles, a menudo relativamente bien repartidos...), con una fuerza de trabajo altamente educada y capacitada tecnológicamente, con niveles de total alfabetización efectiva y más de 80 a 90% de enrolamiento de niños y jóvenes en el sistema educativo formal, y una esperanza de vida, por regla general rondando o por encima de los 80 años (lo que revela la calidad de sus sistemas de salud); pero, simultáneamente, con una cada vez más marcada envoltura protoplasmática de carácter socialista en sus células, que les permite regir sus sistemas educativos, de salud, culturales, mediáticos, de transporte, de comunicaciones, de seguridad social, policiales y muchos otros, con una lógica que dista de ser la del retorno o rentabilidad capitalista o del mercado y apuesta cada vez más al bienestar colectivo o socialista. Estamos hablando, entonces, de sociedades mixtas, capitalistas y socialistas a la vez, o si se prefiere, de capitalismos relativamente avanzados, sociales, a la europea o con una marcada vocación progresista, reinantes en (los números indican su lugar en el último ranking disponible del PNUD, según su liderazgo medido por el Índice de Desarrollo Humano): Islandia (1), Noruega (2), Australia (3), Canadá (4), Irlanda (5), Suecia (6), Suiza (7), Holanda (9), Francia (10), Finlandia (11), España (13), Dinamarca (14), Austria (15), Reino Unido (16), Bélgica (17), Luxemburgo (18), Nueva Zelandia (19), Italia (20), Alemania (22) e Israel (23), y quizás, o tal vez sea mejor idea incluir a éstas dentro de un orden distinto, capitalistamente menos maduro, de Grecia (24), Eslovenia (27), Portugal (29), República Checa (32), Hungría (36), Polonia (37), Eslovaquia (42), Lituania (43), Estonia (44), Letonia (45), Croacia (47), Bulgaria (53), Rumanía (60), Bielorrusia (64), Bosnia y Herzegovina (66), Rusia (67), Albania (68) o Macedonia (69), para un subtotal de cerca de 40 países, algunos de los cuales, sobre todo los venidos del derrumbe del campo "socialista" soviético, han ingresado o están por ingresar al grupo convirtiendo sus anteriores capitalismos estatales -a los que malllamaban "socialistas"- en privados, pero conservando muchas de sus anteriores vocaciones colectivas socialistoides, o sea, que, en cierto modo se están construyendo desde fuera hacia adentro, lo que introduce numerosas aberraciones en sus procesos de transformación de capacidades. A nuestro humilde parecer, es en esta primera clase de naciones que presentamos, en donde está emergiendo algo que podría merecer la denominación de socialismo del siglo XXI, lo cual puede ser si no verificado al menos explorado por los lectores curiosos, que todavía no lo hayan hecho, por módicas sumas que andan por el orden de unos cinco mil bolívares fuertes por persona para un viaje austero a Canadá (4), el país de esta clase que nos queda más cerca y resulta más accesible, y con quien, si no tratásemos tan mal a sus visitantes y turistas, podríamos aprender bastante y cultivar excelentes relaciones.

Después está la clase de los países más puramente capitalistas del planeta, con un núcleo a menudo fuertemente industrializado, con características como las que esbozamos para el grupo anterior, pero sin el énfasis en el desarrollo de instituciones de carácter social o al servicio del interés colectivo, o sea, con un "protoplasma" también esencialmente capitalista, en donde distinguimos tres órdenes, el de los capitalismos asiáticos o a la japonesa, con la peculiaridad de que se esmeran en delegar en grandes corporaciones transnacionales la conducción estratégica de sus economías, aunque con una política empeñada en mantener aplanado y equitativo el rango de ingresos y estimular la participación creciente de los trabajadores en la conducción de las empresas, lo que estimula una alta lealtad y confianza hacia ellas, a la vez que un alto grado de integración social y una muy sólida identidad nacional. Estamos hablando aquí de Japón (8), Singapur (25), Corea del Sur (26), y, hasta hace poco Hong Kong (21) y tal vez Taiwán (sin datos del PNUD, de seguro que para no irritar a los chinos continentales). Luego está el orden, con un sólo género y una sola especie, de los Estados Unidos de América (12), con una industrializadísima, productivísima, tecnologizadísima y paquidermísima economía, que por sí sola es un tercio de la del planeta, con un muy alto ingreso per cápita de más de 40000 dólares per cápita anuales, aunque nada equitativamente distribuidos, y hasta hace poco con un empeño por privatizar hasta lo humanamente imprivatizable; en dos platos, el nirvana de los monetaristas, neoliberales, mercadistas, fondomonetaristas, reaganianos, bushistas y demás adeptos. Estos, sin embargo, a la hora de propagandearnos a los ratoncitos las ventajas de ser como el elefante, se olvidan de hablarnos de un simpático truco de este sistema, cual es el de que el Estado, entre pitos y flautas y a cuenta de impuestos, se queda con la mitad de las ganancias de todas las superprivadas grandes, medianas o pequeñas empresas, y ¡ay de aquélla a la que se le ocurra engañar al fisco falseando costos o ingresos para evadir impuestos!, pues a los responsables les salen prisiones de cadenas extraperpetuas más largas que las de los más horrendos crímenes. Mediante este lindo artificio, en definitiva y para cualquier efecto práctico, el Estado termina yendo a medias con las ganancias del célebre mercado y actuando como si fuese el dueño de la mitad de todas y cada una de las empresas de cualquier tamaño, y como si él solo agregase el sexto del valor terrestre, lo que le permite realizar galácticas inversiones en armamentos para desarrollar inverosímiles colmillos y proteger mundialmente, cerrando el ciclo virtuoso, los intereses de las transnacionales que tan bien lo amamantan. El tercer orden de esta segunda clase lo constituyen un conjunto de pequeñas naciones, islas en su mayoría, que, sin poseer una industrialización avanzada, sino más bien concentradas en la prestación de servicios turísticos, comerciales y financieros, muchas veces en manos extranjeras, pero con una fuerza de trabajo altamente capacitada y bien remunerada e instalaciones e instituciones diversas con calidad de primer mundo, terminan por encajar dentro de esta clase de sociedades capitalistas. Estamos hablando aquí de especies, sobre las que lamentablemente existe poca información y gente a quien preguntarle, como las Bahamas (49) y las islas Seychelles (50).

La tercera clase la constituyen las especies nacionales con células cuyos núcleos y genomas se encuentran en un proceso de mutación, con ganas de tornarse irreversible, de mercantilista hacia capitalista, y con fuerzas de trabajo crecientemente tecnificadas y en proceso de tecnologización. Aquí estamos hablando otra vez de tres órdenes, en donde, en el primero, nos interesa destacar la presencia de cuatro naciones latinoamericanas, con un importante grado de industrialización efectivamente capitalista y que inclusive parecieran tener intenciones, a juzgar por mutaciones paralelas en sus protoplasmas, de avanzar a mediano y largo plazo hacia esquemas socialistas, es decir, tres de las naciones nuestras con sistemas educativos más sólidos: Argentina (38), Chile (40) y Uruguay (45), y la que quizás merecería, por su abultado tamaño, estar en un orden o por lo menos suborden separado: Brasil (70). Si Venezuela (74) se pusiese las pilas, abandonara sus fantasías y se restease con la puesta en práctica de su extraordinaria Constitución, con la creación de un verdadero sistema educativo o de mucha mayor calidad que el actual, y una más robusta generación de empleos estables y cooperación entre el sector estatal y el privado, podría tranquilamente entrar en este grupo. Luego viene el orden de naciones con especies como la de México (52), resueltamente en andanzas modernizadoras y con ganas de mutar hacia el orden anterior pero a quienes, en el mismo caso charro por demasiado vecino de los EUA, se les está haciendo difícil instrumentar su vocación socialista a largo plazo. Y, finalmente, el grupo de pequeñas naciones, nuevamente islas o territorios con escasas poblaciones, que, análogamente a sus homólogas ya capitalistas, se encuentran en procesos de mutación nuclear de mercantilista a capitalista y no basados en la industrialización, sino en la capacitación de su fuerza de trabajo para fortalecer sus servicios turísticos, comerciales y financieros, la mayoría de ellas con el patrón de capitalismo europeo en la mira, como Chipre (28), Barbados (31), Malta (34), Costa Rica (48), San Cristobal y Nieves (54), y quizás Tonga (55), Trinidad y Tobago (59) y Mauricio (65); y las demás sin esta vocación, como podría ser el caso de Panamá (62).

La quinta clase -no, no es un error, sino a propósito que estamos dejando la cuarta clase de última- la constituyen el grueso número de naciones extrapobres, africanas en su totalidad, del grupo llamado por el PNUD de "Bajo Desarrollo Humano" y a veces conocido como Cuarto Mundo o, más elegantemente "LDCs" (Less developed countries), con núcleos eminentemente feudales, fuerzas de trabajo predominante y hasta escasamente rural-artesanales, ingresos per cápita comunmente por debajo de los mil dólares anuales, o sea tres dólares diarios en promedio o menos, con poblaciones analfabetas por lo común en más de un 50% y esperanzas de vida al nacer por debajo de 50 años, con tendencia, entre el SIDA y el paludismo, a bajar antes que a subir, y protoplasmas escasa o casi nulamente mercantilizados o tecnificados. Aunque, quizás con un mayor conocimiento, sobre todo directo y no datesco, pudiésemos distinguir órdenes o subgrupos dentro de ellas, por ahora las dejamos como una sola clase, integrada cuando menos por: Senegal (156), Eritrea (157), Nigeria (158), Tanzania (159), Guinea (160), Ruanda (161), Angola (162), Benin (163), Malawi (164), Zambia (165), Costa de Marfil (166), Burundi (167), Congo (168), Etiopía (169), Chad (170), República Centro Africana (171), Mozambique (172), Mali (173), Níger (174), Guinea-Bissau (175), Burkina Faso (176), Sierra Leona (177) y compañía. Aunque bien sabemos cuanto le disgustan a nuestros amigos académicos de izquierda las comparaciones, y sobre todo las que parecen lineales -aunque en el fondo no lo sean, pues simplemente consideran un parámetro de evolución haciendo momentánea abstracción de los otros, para efectos de análisis, como cuando decimos que fulano está mas gordo que zutano, sin por ello implicar que es superior al otro como persona...- se nos hace difícil no ver en las realidades estructurales o genéticas de estas naciones rasgos que, más allá de las evidentes diferencias introducidas por la presencia de unos cuantos vehículos automotores, computadores o celulares, nos evocan las imágenes de lo que intuimos fueron las realidades europeas occidentales -pues, nos agrade o desagrade, es el continente con la historia más exhaustiva y profundamente estudiada, y del que por tanto podemos extraer más patrones de referencia-, de los siglos V al VIII, cuando se había derrumbado el régimen esclavista romano pero todavía los godos no habían organizado sólidamente sus feudalismos y reinaba un estado de desorden y precariedad institucional.

Y, dentro de la cuarta clase, en donde vemos a Venezuela (74), a la mayoría de naciones latinoamericanas, a los países petroleros de la OPEP, a China (81) y a Cuba (51), se halla el más de un centenar de países salidos o saliéndose de feudalismos o latifundismos y regímenes políticos autocráticos diversos, a veces envueltos en distintas fachadas dizque democráticas y dizquedizque socialistas, y a veces con polos o enclaves internos de produción capitalista, pero con fuerzas de trabajo muy desigualmente capacitadas y empeñados en una tecnificación o hasta modernización o tecnologización a las que con frecuencia temen o ven con suma desconfianza, pues para ellos hablar de ciencia, tecnología, democracia, mercados, libertad,... es como conversar sobre sogas en la casa del ahorcado, en una palabra, el vasto y tradicional Tercer Mundo, a veces alias mundo de los "no alineados", que a menudo, en nombre de rechazar un capitalismo que no conoce y/o de enfrentar imperios con poderíos que no imagina, pero a los que supone responsables de sus propias calamidades, se ha pasado ya siglos patinando en los mismos pantanos, sin darse cuenta de que no es que su discapacitación sea la consecuencia de las dominaciones imperiales sufridas, sino que es esencialmente al revés: que estas indiscutibles dominaciones son, antes que nada, una manera mediante la cual los poderosos se han aprovechado y se siguen aprovechando de su discapacitación. Como quiera que la gama de situaciones de este tercer mundo es harto variada, y que seguramente ameritaría de la definición de varios órdenes, hemos reservado, en nuestra megametáfora de las referencias a las estructuras de tipo europeo, el extenso lapso que va desde los feudalismos mínimamente mercantilizados del siglo IX, a lo Haití (146), que por poco entran en la quinta clase mencionada, hasta los mercantilismos más maduros del tipo inglés o francés del siglo XVIII, en donde situamos, o al menos más cerca de estos últimos que de las primeras estructuras, la médula o núcleo de la sociedad venezolana contemporánea, y ante los cuales se plantea, como un descomunal desafío, el reto de convertir en realidad, como ene más muchas veces se repitió hasta la saciedad durante los primeros años de este gobierno, nuestra vigente, valiosa y promodernizadora Constitución.

Después del Caracazo, y antés de que supiésemos de la vida del actual Presidente, ya se había desatado larvada e informalmente toda la confrontación social que atestiguamos, con expresiones tales como el disparo de los indicadores de seguridad y delitos de toda índole, los miedos a salir de noche, la creciente extraterritorialidad de muchos barrios, suburbios y áreas sin ley de las grandes ciudades, los cobros de peajes, vacunas y rescates de los no trabajadores o productores a los que sí lo son, los crímenes no sólo sin "justificación" delictiva sino hasta sin explicación humana alguna, el auge de la pugnacidad en el lenguaje y de la manifestación de rabias violentas por un quítame de ahí esa pajita, etc. Como botón de muestra señalaremos uno que, en su momento, captó poderosamente nuestra atención, cual fue que durante el Censo nacional de 1990, al año siguiente del desastre aquél y cuando sólo sus padres y algunos contertulios y compañeros de tropa sabían del actual Comandante en Jefe, muchos de los barrios y cerros del país sacaron a pedradas a los empadronadores y no se dejaron censar ni entrevistar por el Estado, a quien simplemente vieron como el odioso gobierno del gocho de marras. Esto significa, como lo han señalado, aunque pareciera que con intenciones distintas a las de aquí, voceros oficiales, que con o sin el golpe de febrero de 1992 ya esto se estaba yendo a pique, por lo cual es relativamente válido, y perdone el lector delicado la expresión, pero se me extraviaron no sé cómo las maneras elegantes de decirlo, que, en cierto modo y por extraño que parezca, este golpe y el proceso subsiguiente han venido a poner cierto "orden en la pea".

A donde queremos llegar es a que estamos convencidos de que el mandato histórico del actual gobierno no es otro que el de impulsar la más que ansiada modernización del país, con un contenido que no puede brincarse a la torera, aunque tampoco tiene por qué limitarse a este horizonte, los logros capitalistas o modernos de los siglos XIX y XX, en el talante de lo que están haciendo ya países como Brasil y Chile. Para esto fue electo desde hace más de diez años y ello está claramente pautado en el librito azul bolivariano y no en el rojo rojito socialista de Mao y sus imitadores. Ésta y no otra es su misión, sin que puedan servir de excusa justificatoria, para no asumirla, las maquiavélicas maquinaciones de que ha sido y sigue siendo objeto el país por parte de las más oscuras e hipócritas fuerzas oposicionistas, que, en nombre de la libertad y la democracia, han hecho pulular desde guarimbas y saboteos hasta golpes y magnicidios frustrados, y cuya consigna implícita, que en definitiva lo que plantea es la restauración del bipartidismo de ayer, pareciera ser algo como: ¡Frente al socialismo del siglo XXI, mercantilismo del siglo XVIII! Someter al país a este dilema esquizofrénico entre la restauración del atraso mercantilista, ante el cual el pueblo es ya fóbico, y un más que inviable imposible salto extralargo hacia el futuro socialista, es una manera segura de que este quinto lapso de nuestro análisis termine en quien sabe qué tipo de cataclismo político, sísmico, meteorológico o de otra índole, para sumirnos en alguna aventura de extrema derecha que tampoco sabemos a dónde nos conducirá.

El estrés delirante e ignorante de las exigencias del presente, en suma, enarbolado por quienes pretenden obligarnos a vivir en el pasado o en el futuro, en la desgracia o en la gracia, en la frustración o en el heroísmo, en el subsuelo o en el cielo, en la plutocracia o en la oclocracia, es la fórmula para que los venezolanos sigamos perdidos en nuestra feria de ilusiones, haciendo caso omiso del legado directriz de nuestro Libertador, a quien mucho citamos con aquello de "...necesitamos trabajar mucho para regenerar el país y darle consistencia. Por lo mismo: paciencia y más paciencia, constancia y más constancia, trabajo y más trabajo, para tener patria...", pero que en la práctica lo instrumentamos como "...necesitamos joder mucho para hundir el país y mantener sus ilusiones. Por lo mismo: precipitación y más precipitación, caprichos y más caprichos, destrabajo y más destrabajo, hasta quedarnos sin patria..."

Ayúdenme, queridas lectoras y lectores, con el testimonio de que sí lo dije el 24 de julio de 2009, a manera de flor emocional sobre la tumba virtual del Padre de nuestra Patria, en el bicentésimo vigésimo sexto aniversario de su alumbramiento. C´est fini.