No debería haber muchas dudas acerca de que Oliver Stone (Nueva York, 1946), director cinematográfico y guionista, es uno de los miembros más conspicuos de la generación mundial del '68, en los Estados Unidos llamada de los baby boomers, y particularmente de su primera cohorte (1946-1955) o cohorte medular. Con sus dos trilogías, una sobre la guerra de Vietnam, y otra sobre los presidentes estadounidenses Kennedy, Nixon y G. W. Bush, más otras valiosas piezas cinematográficas que le han deparado, junto a sus colaboradores, numerosos reconocimientos nacionales e internacionales, es uno de los cineastas más destacados, al menos de nuestra época, y quizás de todas.
En su tríptico sobre Vietnam, Stone explora, con base en sus propias experiencias y en la de otros combatientes o víctimas del conflicto, dimensiones del alma humana que se esconden bajo la superficie de las ideologías establecidas de la conflagración bélica. En Pelotón (Platoon, 1986), la más directamente autobiográfica -pues prestó su servicio militar en Vietnam durante casi dos años, donde obtuvo varias condecoraciones por su valor- y que le valió un Oscar a la mejor dirección, hurga en las mezquindades y vilezas primarias que afloran en varios combatientes en medio de condiciones harto adversas que propician la pérdida de perspectivas éticas. En Nacido el cuatro de julio (Born on the Fourth of July, 1989), con la que obtuvo su segundo premio de la Academia al mejor director, estudia el proceso de desilusión de un joven, interpretado por Tom Cruise, a quien las experiencias bélica y postbélica le van erosionando su fervor patriótico, hasta convertirlo en un franco militante antibelicista. En Cielo y tierra (Heaven & Earth, 1993), en alguna medida concebida como una respuesta a quienes lo acusaron de no ser lo suficientemente proestadounidense, explora el calvario de la vida de una joven vietnamita, capturada, torturada y violada por sus compatriotas, quienes la acusan, sin suficientes pruebas, de traidora, lo que la lleva a huir a Saigón, en donde se enamora de un sargento norteamericano, con quien se muda a Estados Unidos y vive un nuevo ciclo de ilusiones y desilusiones, hasta que, tras el suicidio de su compañero, decide regresar, desolada, a su Vietnam nativo.
En el que quizás sea su film más polémico, JFK, (JFK, 1991), investiga la hipótesis de una confabulación de múltiples miembros del poder establecido, incluyendo como sospechoso nada menos que al vicepresidente Lyndon B. Johnson, para asesinar al presidente J. F. Kennedy. Si bien es cierto que las pruebas aducidas en favor de su hipótesis no terminan de ser convincentes, su trabajo tuvo la virtud de desempolvar las investigaciones sobre el que muy probablemente fue el más importante magnicidio del siglo XX, dejado casi sin esclarecer por la justicia estadounidense, quien se dio por satisfecha con las insostenibles conclusiones de la Comisión Warren y su diagnóstico oficial del asesino aislado y único, Lee Harvey Oswald. (En 1979, después de una investigación de tres años, una comisión designada por el Congreso de los Estados Unidos, la United States House of Representatives Committee on Assassinations (HSCA), concluyó que, dadas las evidencias acústicas examinadas, hay "una alta probabilidad de que al menos dos francotiradores le dispararon al Presidente Kennedy", y que, sobre la base de las evidencias disponibles, "el Presidente Kennedy fue probablemente asesinado como resultado de una conspiración"). En Nixon (Nixon, 1995), describe la evolución y el derrumbe de la carrera política de este personaje, y presenta un retrato de su compleja psicología y de su talento, que pone de relieve su soledad y su desconfianza hacia los demás, así como rasgos personales poco conocidos, tales como su alcoholismo y el de su esposa Pat. En W. (W., 2008), hace un recuento de la vida y las andanzas políticas de G.W. Bush, poniendo al desnudo la falsedad, el afán retaliativo y la adicción al poder, casi congénitos, del personaje.
En otro de sus filmes memorables, Wall Street (Wall Street, 1987), traza el retrato de un joven y ambicioso yuppie, quien comienza por admirar la falta de escrúpulos de un magnate de Wall Street -interpretado por Michael Douglas, quien ganó un Oscar como mejor actor por su actuación- y por despreciar los valores y el modo de vida de su padre, un obrero de mantenimiento en una línea aérea, sólo para descubrir, tras una serie de fiascos, que no es oro todo lo que reluce y que las virtudes humanas no son precisamente mercancías que se compran y se venden. En Salvador (Salvador, 1986), otro de los clásicos de Stone, deja ver las perversiones de la cruenta guerra librada en la nación centroamericana, en donde los escuadrones de la muerte de la extrema derecha, apoyada por su homóloga estadounidense, llegan al colmo de asesinar monjas inocentes y al arzobispo Óscar Romero -mientras bendecía el cáliz en una misa-, pero en donde también la guerrilla izquierdista sucumbe ante la vorágine de violencia y es capaz de ejecutar crímenes abominables.
Nos pareció necesaria esta rápida incursión en la filmografía de Stone, pues ya hemos visto desatarse la que seguramente será una andanada de descalificaciones sobre su personalidad y su obra, con miras a presentarlo, a propósito de su reciente película Al sur de la frontera (South of the Border, 2009) como un vulgar adulante, y por poco lacayo a sueldo, del Presidente Hugo Chávez. Una perspectiva amplia y desprejuiciada, del tipo que tanto escasea en la Venezuela actual, es indispensable para una apropiada interpretación de esta nueva obra polémica de Stone. Para quienes recién han descubierto la política, o para quienes ésta siempre ha sido un arte de la manipulación y de la creación o destrucción de imágenes, al modo como en las comiquitas sólo hay personajes absolutamente buenos o malos, el estilo cinematográfico de Oliver Stone siempre será un hueso duro de roer. Pero para muchos de la generación mundial del '68, quienes llevamos ya décadas, y varias de ellas antes de que en el país se supiese de la existencia de Hugo Chávez, de empeño en fijar posiciones frente a las arbitrariedades y despotismos de los gobiernos estadounidenses, y sobre todo los de extrema derecha, junto a sus aliados locales, sin por ello avalar las posturas del dizque socialismo soviético o cubano, tal estilo nos resulta prácticamente familiar. Stone se ha especializado en desafiar verdades oficiales, pero inconsistentes o míticas, con tomas de partido sobre hipótesis o posibles verdades, apoyadas en la medida de lo posible en hechos incontrovertibles, hasta dar lugar a enfoques alternativos aspirantes a contraverdades, inspirados en aquello de crear una contracultura, que, a más de provocar polémicas y escándalos, al menos obligan a repensar las creencias establecidas.
Lo primero que hay que tener claro al apreciar la reciente obra stoniana sobre América Latina es que de ninguna manera se trata de una toma de partido sobre las realidades políticas particulares de cada país. Al contrario, se trata de un planteamiento dirigido al mundo occidental, a los ciudadanos occidentales pensantes, en donde se muestra el fenómeno de la emergencia de múltiples gobiernos de izquierda en la región, que, pese a sus propios errores y a la confabulación de poderes establecidos, desde el Departamento de Estado estadounidense, el Pentágono y la CIA, hasta el Fondo Monetario Internacional y su liberalismo salvaje, la prensa internacional y sus ecos locales, intentan expresar anhelos seculares de justicia de nuestros tantas veces atropellados pueblos. La obra no trata del autoritarismo, del personalismo o de la desastrosa gestión económica de Chávez, sino del intento del Gobierno de Bush y de sus adláteres criollos por derrocarlo y desconocer la voluntad legítima del pueblo venezolano que lo eligió Presidente, manipulando groseramente a la opinión pública como si se tratase de la reacción popular ante una masacre oficial. Tampoco de las desviaciones o posturas políticas actuales de Evo Morales, Rafael Correa, Cristina Kirchner, Fernando Lugo, Luiz Inácio Lula da Silva o Raúl Castro, sino de lo que ellos significan en la América Latina contemporánea, en donde son seres humanos con convicciones y afanes de cambio, que representan, bien o mal, anhelos de amplios sectores excluidos, y no las asquerosas alimañas en que cierta prensa libre los quiere convertir.Lejos de presentar a los líderes latinoamericanos de izquierda como monstruos ávidos de poder despótico, tal y como lo postula la prensa establecida con su proyecto vergonzantemente puertorriqueño para América latina, la película los muestra como expresión de las necesidades que tienen nuestros pueblos de asumir de una vez por todas un poder que permita el control de nuestros recursos. Nada más, pero tampoco nada menos que eso: Oliver Stone nos ve a los latinoamericanos como ayer vio a los vietnamitas, como seres dignos de ser protagonistas de nuestros destinos, sin la tutela ventajista del Estado norteamericano, o como en algún momento vio a las víctimas de los manejos de Wall Street, es decir, como seres con una dignidad enfrentada a los atropellos de los adinerados poderosos. Y como el movimiento de los años sesenta y setenta contra la Guerra de Vietnam, que nunca tomó partido por la Unión Soviética o por China o por ningún socialismo, y ni siquiera por la doctrina de ningún líder, sino por la autodeterminación del pueblo vietnamita frente al atropello norteamericano, así mismo, la verdadera toma de partido de la película no es por Chávez, ni por Evo ni por ningún líder en particular, sino por lo que ellos representan en tanto que afán de autodeterminación de nuestros pueblos, con el mismo derecho con que una vez los Estados Unidos se rebelaron contra la corona británica para afianzar su soberanía. El filme, como bien lo ha declarado Oliver Stone, no pretende defender a Chávez, ni a ningún otro gobernante latinoamericano, sino simplemente demostrar que no es "un payaso autoritario" como nacional e internacionalmente se le ha querido presentar.
Al sur de la frontera muestra una América Latina demandante de cambios imperiosos que, tras siglos de colonialismo y dependencia, le brinden oportunidades de realización a sus pueblos. No es una defensa a ultranzas de la izquierda, y menos de todas sus posturas, sino que plantea sus motivaciones válidas y dignas de respeto, sobre todo en tanto que intentan responder a los pruritos imperiales de dominación de nuestros países. Frente a la fantasía extremista que quiere ver al golpe de Chávez de 1992 como un "golpe bueno" y al de diez años después como un "golpe malo", o viceversa según sean las poses, se subraya inequívocamente el carácter no democrático de ambos golpes, aunque se establece el atenuante de la masacre del Caracazo como elemento explicativo del primero. La obra no aboga por ningún socialismo, sino que, por el contrario y por boca del propio Oliver Stone, plantea que es desde la perspectiva de un "capitalismo benévolo" y no salvaje como pueden acometerse las transformaciones requeridas. No se trata de un manifiesto antinorteamericano, pues expone, entre otros puntos, las expectativas del propio Chávez de que Obama pueda convertirse en "un nuevo Franklin Delano Roosevelt". Y tampoco endiosa a Chávez, pues incorpora, en palabras de Néstor Kirchner, una clara crítica a sus manías personalistas y a sus delirios antiimperialistas.
Es, en síntesis, un documento que hará vomitar de rabia a más de un antichavista enfermizo, y a quienes tratarán de hacer de Oliver Stone un vendido y jalabola, como ayer lo quisieron hacer nada menos que con Jimmy Carter, al pretender convertir su gestión mediadora de 2002 a 2004 -a la que mucho debemos los venezolanos, pues con ella, y la de otros, con Lula a la cabeza, logramos superar una de las más graves crisis institucionales que ha confrontado Venezuela-, en una traición a la causa democrática; pero que también dejará al desnudo la falta de criticidad de más de un chavista obsesivo, quienes tendrán que hacer malabarismos mentales para ignorar las serias críticas a la política del Comandante que también contiene el filme.