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martes, 29 de septiembre de 2009

Nuestras capacidades procesales retirativas

En alguna parte, y lo más probable es que haya sido en Un arte de vivir, de André Maurois, creo haber leído la idea de que existen maneras sanas y maneras insanas (en la acepción de perjudiciales para la salud) de envejecer. Entre las sanas estarían la de adecuarse o acomodarse a las nuevas condiciones del organismo, reorientando las actividades que siempre nos gustaron, pero tomando en cuenta las restricciones derivadas de los años; la de adaptarse o replanificarse, optando por nuevas actividades más apropiadas a las nuevas circunstancias; y -a lo mejor esto ya no lo leí sino que lo añadí por el camino- la de reciclarse, o sea, dedicarse principalmente a legar o transmitirle a las nuevas generaciones lo mejor de los aprendizajes propios. En cambio, las insanas o poco sanas, a manera de inversas de las anteriores, tendrían un elemento en común cual es el de estar signadas por la rabia de no ser más joven o el no reconocimiento de las nuevas limitaciones: ya renegando de lo que hicimos, bien pretendiendo lo imposible o si no dedicándonos a hacerle la vida difícil a nuestros sucesores o a culparlos de nuestros fracasos.

A los procesos de vida de los sistemas podríamos aplicarles un criterio semejante. Y tal vez el final de esta subserie de artículos sobre las capacidades procesales sea el momento propicio para decir que nuestro empeño por establecer analogías entre la vida de los sistemas y la vida individual no surge sólo de un afán metafórico, sino también de la sospecha de que no se trata de que los sistemas de cualquier índole se parezcan a nosotros sino de que nosotros, independientemente de que aspiremos a seguir viviendo en el más allá, nos parecemos más de lo que nos gustaría reconocer a los sistemas de cualquier índole. Esto equivale a creer que una teoría general de los sistemas no puede ser completa si se limita a ocuparse de sus estructuras, pues tiene también que rendir cuenta de sus procesos y, como veremos en la próxima subserie de artículos, de su composición o sustancia. Los sistemas, entonces, todos los sistemas, tienen que librar una lucha por preservar su organización y distinguirse del caos, otra por persistir en el tiempo antes de su inevitable muerte, y otra más por defender su materialidad específica ante la inmaterialidad o nada energética. (Si les sonó un poco filosófico es porque probablemente lo sea, pues, aunque sea de vez en cuando, creemos que en la vida no hay que temerle a filosofar, y, así como la salud no puede ser sólo un asunto de los médicos o la economía de los economistas, la filosofía...).
En el artículo precedente nos ocupamos, bajo el tema de la replanificación y el rediseño, de las adecuaciones y las adaptaciones; en éste, atenderemos el del reciclaje bajo los signos del retiro o retiración y de las capacidades retirativas. Hablamos de retiro de materiales y de sistemas, y no de botadera de basura, no por dárnoslas de finos, sino por ser consistentes con lo que dijimos al empezar: la etapa final de la vida de los sistemas no debería ser menos merecedora de nuestra atención que las anteriores, y aquí, como en muchísimos otros ámbitos, la rabia es mala consejera. Lo que para nosotros, el grueso de latinoamericanos, es un dolor de cabeza y un tema casi de por sí asqueroso y maloliente, el de la basura, en las sociedades modernas es un asunto de Estado, una materia de preocupación cultural, educativa, ambiental y política, y -¿por qué no decirlo?- un tremendo negocio generador de numerosos empleos, de beneficios intangibles incalculables y de dimensiones financieras crecientes.

El retiro de materiales incluye al menos tres aspectos esenciales, conocidos en la jerga respectiva como las tres erres: reducción, vinculada a las políticas y prácticas orientadas a minimizar la generación de desperdicios, y sobre todo de aquellos no biodegradables; reutilización, encaminada a maximizar la vida útil de artefactos, equipos y consumibles; y reciclaje, dedicado a la transformación parcial o total de materiales para hacerlos ingresar a nuevos ciclos de vida como materias primas o nuevos productos. Los materiales, dependiendo del contexto o las circunstancias de su retiro, suelen dividirse (sin mucho rigor químico) en inorgánicos y orgánicos, y los primeros en plásticos, metales, vidrio, y papel y cartón; o en domésticos e industriales, y estos últimos referidos a las distintas industrias: manufacturera, de la construcción, de servicios, etc.; o en tóxicos y no tóxicos; o en lixiviables, o separables con solventes, y no lixiviables; y en otras clasificaciones con fines particulares. Es frecuente, en el caso de los materiales domésticos, que las ciudades organizadas tiendan a utilizar juegos de cinco contenedores para los desperdicios: típicamente amarillos para los envases metálicos, verdes para los de vidrio, azules para el papel y cartón, blancos para los plásticos, y marrones para los orgánicos, lo cual facilita, con base en normas apropiadas, la recolección y el reciclaje.

Aunque a muchos les cueste creerlo, es muy probable que el acero de la carrocería de nuestro último automóvil provenga de la estructura de un puente o un barco originalmente construidos hace dos siglos, que el piso del andén de nuestro transporte subterráneo venga de cauchos que rodaron a comienzos del siglo XX, que el libro que compramos ayer esté hecho de fibras de papel que se usaron hace décadas o que el último juguete o el biberón del nené sean la reencarnación de envases plásticos o de vidrio que se usaron hace años. Tan importante se ha vuelto el tema del retiro o reciclaje de materiales en los países modernos, y ya en algunas ciudades latinoamericanas de vanguardia, que la palabra basura bien podría incluirse en el libro rojo de los vocablos en riesgo de extinción, pues tiende a ser sustituida por el elegante residuos sólidos.

El problema del retiro de estos residuos en el mundo contemporáneo está impactando múltiples dimensiones de las sociedades: comenzando por sus obvias y dobles implicaciones ecológicas, pues se trata tanto de evitar la contaminación como de conservar los recursos ambientales, se extiende hasta la salud y la cultura, como importante determinante de la calidad de vida, y luego hasta la educación, la economía y la política. Una fuente primordial de ingresos para decenas de países, como es el turismo, depende en un grado crítico de la solución que cada nación le dé al problema de los residuos sólidos: de la misma manera a como no queremos acudir a una panadería o parque llenos de inmundicias, los turistas tampoco quieren visitar países sucios; o, apuntando en sentido contrario, la proliferación de lugares urbanos abandonados y llenos de basura, como lo demostró la célebre experiencia neoyorquina, actúa como un disparador de la delincuencia y del incremento de la inseguridad social pues tales lugares tienden a convertirse en tierras sin ley.

Si esto es así, entonces cabría preguntarse por qué la mayoría de nuestros gobiernos fracasan al ocuparse e incluso al preocuparse por este asunto, o por qué a las capacidades para resolver un problema tan aparentemente banal aquí las consideramos como capacidades procesales avanzadas o tecnológicas. La respuesta está en la complejidad del aparentemente sencillo problema, pues dondequiera que aparece la complejidad se requieren conocimientos para afrontarla, y cada vez que un problema demanda conocimientos para su solución, o sea, que es un problema moderno, a los latinoamericanos se nos tiende a trancar el serrucho. Mientras que el problema de botar la basura en una casa es relativamente sencillo, aunque no trivial, el del retiro de los residuos sólidos en las grandes ciudades reclama una gran dosis de conocimientos vinculados a las características físicas y químicas de los materiales involucrados, aspectos logísticos y de gestión, visiones e iniciativas empresariales, estudios de factibilidad, experimentos piloto, campañas educativas formales e informales, aportes de los medios de comunicación, participación ciudadana, coordinación entre los poderes locales y los nacionales y planificación y políticas a distintos niveles, prácticas impositivas, equipamiento físico especializado, organización de espacios apropiados y muchos otros factores cuya orquestación reclama un paquete de capacidades tecnológicas de las que a menudo carecemos.


Por poner sólo un caso, el del retiro de los cauchos, que mundial- mente alcanza una magnitud cercana a los mil millones de cauchos cada año, se ha convertido en una importante actividad económica que moviliza miles de millones de dólares, ahorra millones de metros cúbicos de espacio en los rellenos sanitarios, reduce los criaderos de mosquitos y larvas diversas, y genera millones de empleos y decenas de miles de pequeñas y medianas empresas. En su ejecución participan gobernaciones, alcaldías, los distribuidores y reparadores de cauchos, los recolectores, los procesadores, las escuelas, los medios de comunicación y la ciudadanía en general, hasta generar una amplia variedad de productos que van desde aditivos para pavimentos y pisos de andenes y escaleras hasta dispositivos de entretenimiento y bases protectoras para parques infantiles. Los que todavía son un estorbo en la mayoría de nuestras ciudades, y de vez en cuando molestos instrumentos de protestas callejeras, con un reciclaje y capacidades apropiadas se han convertido, en otras latitudes, en fuente de riqueza y bienestar.

Nada de lo que hemos dicho significa que creamos que adquirir estas capacidades procesales retirativas esté fuera de nuestras posibilidades, pues de hecho un buen conjunto de ciudades latinoamericanas, quizás con Santiago de Chile a la cabeza, las están desarrollando, y sabemos que muchas naciones pequeñas están haciendo de sus políticas y prácticas ambientales una punta de lanza para la atracción del turismo y la elevación de la calidad de vida de sus ciudadanos. Sólo que nos parece que cualquier subestimación de la complejidad que demanda el abordaje de esta etapa final del ciclo de vida de los sistemas es un paso dado en el sentido equivocado. Reconocer nuestras limitaciones y entender que tenemos que cambiar y despertar no tiene nada que ver con pesimismo alguno sino con el despliegue de las insatisfacciones positivas que se requieren en toda transformación que valga la pena. O, en sentido inverso, no reconocerlas y seguir en el limbo de culpar a otros por todos nuestros problemas irresueltos es, a la larga, equivalente al peor de los conservadurismos.

viernes, 21 de agosto de 2009

Nuestras capacidades procesales operativas

Reconozco que el término es poco usado y hasta suena algo leguleyo, pero si del sustantivo estructura se deriva el bastante frecuente calificativo estructural, no veo por qué restringir el uso del adjetivo procesal, que viene de proceso, en general, sólo a los procesos o asuntos legales. Usaremos entonces este término para referirnos no a la dimensión sincrónica o anatómica de las capacidades en nuestras sociedades, a las que ya hemos llamado capacidades estructurales, sino a la dimensión diacrónica, a través del tiempo o referida a los procesos característicos, que muchas veces parecieran cíclicos, de gestación y desenvolvimiento de los sistemas sociales.

Con el concepto de capacidades procesales queremos referirnos a aquellas que se han ido haciendo cada vez más importantes y necesarias, sobre todo en la medida en que se plantea la edificación de sociedades modernas, con ganas de serlo o incluso con muchas ganas de ser mucho más que modernas, para concebir, discutir la viabilidad, construir, implantar, hacer funcionar y hacer madurar las sociedades o partes de ellas. Estas capacidades procesales, a pesar de situarse en un ámbito teórico poco pisado por las llamadas ciencias sociales, son de suma relevancia para la realización de proyectos nacionales o sociales perdurables, y están en la génesis de prácticamente todos los productos económicos o culturales, políticas o descubrimientos científicos en el mundo contemporáneo, por lo cual dedicaremos esta nueva subserie de artículos de nuestro blog a examinarlas.

El celular de última generación, de que disfrutan muchos hoy, por ejemplo, es la culminación de un moderno proceso de producción que, a más de conjugar la intervención de capacidades estructurales de todo tipo, comenzó hace cuatro o más años con un análisis de necesidades, un estudio de factibilidad, un diseño experimental, un diseño básico, etc., hasta llegar a la actual etapa de comercialización que se mantendrá hasta que algún día este producto se vuelva tecnológica o económicamente obsoleto y sea reemplazado por otro. Pretender fabricar tal celular de un solo golpe o en una sola etapa operativa es una manera segura de conducir tal proyecto al fracaso, pues cuanto más innovador o sin antecedentes sea cualquier proyecto, tanto más será preciso adelantarlo por etapas en donde se vaya reduciendo parcialmente la incertidumbre correspondiente. Y esto, que es válido a nivel de las secuencias de etapas o ciclos de vida de productos, con las que están familiarizados todos los profesionales que participan en el desarrollo de nuevos bienes o servicios, es más significativo aún en un plano más general, a nivel de los procesos de vida de la sociedad entendida en su totalidad, en donde su ignorancia dificulta o hasta imposibilita el impulso de procesos de cambio profundo o modernización social.

Quizás podamos sustentar lo dicho, sin desviarnos mucho, con la siguiente aseveración: en materia de participación popular, heroísmo demostrado, audacia exhibida o sangre derramada, la revolución mexicana de 1910 y años siguientes no tiene nada que envidiarle, por ejemplo, a la revolución francesa; pero mientras que ésta fue el desenlace de un largo proceso de gestación conceptual, cultural e institucional, en donde la toma de la Bastilla estuvo precedida por un proceso de cuestionamiento profundo del Antiguo Régimen y de organización del pueblo, en donde hasta se contó hasta con una Enciclopedia contentiva de toda una nueva visión del mundo, en el caso mexicano el proceso arranca esencialmente desprovisto de una guía teórica o conceptual, con el desconocimiento del poder de Porfirio Díaz por Madero y el masivo despertar del campesinado con sus líderes Villa y Zapata. Con tan distintos antecedentes, no parece entonces casual que la revolución mexicana, y hasta ahora las revoluciones latinoamericanas en general, hayan terminado por perder el horizonte a la vuelta de pocas décadas, mientras que la francesa abrió una nueva era histórica.

Nuestros análisis nos han llevado a creer que así como ha habido configuraciones características de las estructuras de capacidades sociales a través de la historia, de las que nos hemos ocupado en la subserie de artículos precedentes, para conformar lo que ya hemos llamado y más adelante conceptualizaremos más detenidamente como modos de vida, así mismo han evolucionado configuraciones singulares de capacidades procesales vinculadas a las etapas de los que llamaremos procesos de vida. Aunque estas etapas ofrecen grandes analogías con las etapas de la vida del individuo humano, desde el momento de la concepción hasta el de la muerte, pasando por las etapas embrionaria, fetal, neonatal, infantil, adolescente, juvenil, adulta o senil, preferiremos examinarlas no en una secuencia lineal, sino en términos de tipos de secuencias, procesos o ciclos característicos. Así, en términos gruesos, distinguiremos cuatro grandes tipos de procesos de vida, integrados por distintos grupos de etapas y, por ende, de capacidades procesales, a los que denominaremos, en orden creciente de complejidad, procesos elementales, tradicionales, medios y modernos de vida.

Por procesos elementales, o primitivos, de vida, que no por elementales dejan de realizarse, aunque excepcionalmente, en la época actual, entenderemos aquellos constituidos simplemente por un momento inicial, al que llamaremos momento de incepción; una sola etapa o secuencia principal de actividades, a la que designaremos como etapa operativa; y un momento final o de finalización del proceso. Este tipo de proceso, cuya ejecución es tan natural que prácticamente no requiere de aprendizaje alguno, es el que suponemos característico de los esfuerzos productivos, culturales y/o políticos de las sociedades primitivas, y es también el que todavía utilizamos cuando abordamos problemas o situaciones simples, en donde podemos visualizar los resultados finales y obtenerlos de una sola vez o con una sola operación u operativo, y con una muy escasa o elemental división del trabajo.

Si fuésemos a analogarlo con los procesos individuales de vida diríamos que este tipo de proceso elemental, con una sola etapa principal u operativa, es equivalente al de situaciones como las que viven nuestros niños abandonados, en donde la vida adulta es la única claramente delimitada, con la etapa previa entendida como una mera preparación para la adultez -que se inicia precozmente, con todos sus compromisos y responsabilidades, aun antes de la llegada de la pubertad-, y la etapa posterior como una culminación, a menudo también abrupta, de la misma vida madura o adulta. Hay motivos para pensar que en las sociedades primitivas nómadas, aunque sin los componentes de violencia de nuestro tiempo, también la secuencia típica de etapas del proceso de vida individual era la que hemos descrito.
En ambientes socialmente sanos o armoniosos, bajo el impulso de estos procesos de vida, toda la población adquiere una visión de conjunto de las actividades vitales y las capacidades de toda índole encuentran la ocasión para integrarse. No obstante, bajo circunstancias de explotación, alienación y/o dominación, cuando la visualización de los resultados finales de los esfuerzos productivos, culturales y/o políticos sólo está al alcance de los grupos sociales hegemónicos, cual ha sido con frecuencia el caso de nuestras sociedades latinoamericanas, aun estos procesos elementales de vida resultan desvirtuados y no comprendidos por la mayor parte de la población. Esto ocasiona, a su vez, la fragmentación o división social de las capacidades y una especie de frustración o depresión permanente para estas mayorías, que se sienten a menudo como viviendo en una sociedad ajena o cuyos propósitos no son compartidos sino impuestos por otros, todo lo cual origina el fenómeno hoy conocido como exclusión social.

De donde se deriva que uno de los principales componentes de todo esfuerzo transformador de nuestras sociedades, tanto a nivel de la sociedad en su conjunto como de empresas o de instituciones y movimientos, y ya en los ámbitos culturales, productivos o educativos como políticos, desatendido por los más de nuestros proyectos modernizadores, ha de ser el empeño por rescatar esta visión de conjunto o compartida de los procesos elementales de vida, para propiciar la inclusión social correspondiente.

Mientras el grueso de nuestras poblaciones mestizas sigan percibiendo que los afanes de transformación impulsados por ciertas élites sociales no son para beneficio de todos sino de unos pocos, las tareas en pro del cambio seguirán siendo percibidas como ajenas y extrañas. Opuestamente, cuando, como en el caso del actual liderazgo brasileño y de los que están emergiendo en otras naciones latinoamericanas, estos proyectos transformadores anuncien y logren verdaderos propósitos colectivos, entonces sí podrán liberar muchas de las energías populares represadas. La posibilidad de impulsar procesos complejos y exigentes de cambio en nuestros países empieza por rescatar la integralidad perdida de procesos elementales de vida centrados en la simple aplicación de capacidades operativas pues, como veremos cada vez más claramente, la sana incepción o momento inicial, con su correspondiente dosis de empatía o energía movilizadora, es un requisito para el despliegue e integración tanto de estas capacidades procesales elementales, como de las capacidades estructurales que hemos explorado en artículos anteriores y de las demás capacidades que atenderemos en los próximos artículos.

Mientras no entendamos esto, nuestros pueblos seguirán viendo los proyectos modernizadores como gallina que mira sal, y por tanto dispuestos a seguir a cualquier aventurero que les ofrezca alguna mejora inmediata en el contexto de las mismas condiciones prevalecientes y premodernas de vida.

martes, 28 de julio de 2009

¿Cuáles son esas capacidades de las que tanto hablamos?

Iniciamos los artículos de nuestro blog con una presentación de la idea misma que nos alentaba, luego incluimos un par de entradas introductorias a nuestra temática latinoamericana, después una trilogía sobre la metodología que emplearíamos, y más adelante otro par sobre la generación del autor, hasta que comenzamos y concluimos una serie más larga sobre los orígenes, naturaleza y perspectivas de nuestra gran nación latinoamericana y sus naciones integrantes. Quisimos, entonces, entrar cuanto antes en materia, al estilo del enfoque musical de las orquestas infantiles y juveniles de Venezuela, en donde desde el vamos los aprendices entran en contacto con la interpretación de piezas, sin pasar por los áridos períodos de dominio previo de la teoría y solfeo, característicos de los enfoques tradicionales. Sin embargo, para profundizar en las tesis ya expuestas, lo que equivale a decir: para mejorar nuestras interpretaciones de las piezas temáticas que nos ocupan, es conveniente familiarizar a nuestros lectores con una serie de conceptos que hemos venido desarrollando y madurando con nuestras investigaciones, y que muy por encima hemos utilizado en los artículos precedentes. Es esto lo que haremos con esta serie de artículos un poco más conceptuales o abstractos que iniciamos hoy, pero en donde no renunciaremos a constantes ejemplos concretos e inclusive a seguir abordando las problemáticas de nuestros países, que ya hemos considerado.

Cuando de conceptos o ideas generales se trata, la mayoría de nuestros debates latinoamericanos han girado en torno a la prioridad de las finalidades de libertad o igualdad, y, en menor medida, de fraternidad -a veces reemplazada explícitamente por la idea de competitividad-, de los procesos de cambio de nuestras sociedades, con escasa atención brindada a las capacidades para impulsarlos. Bajo las consignas de apertura a los mercados e inversiones capitalistas internacionales, o de lucha por el socialismo o contra la dependencia o contra el capitalismo o contra el imperialismo, se han guiado buena parte de nuestras luchas contemporáneas, colocándose siempre el acento en los factores exógenos. Cuando, con mucho menor énfasis, se atienden los componentes endógenos de nuestros cambios, entonces sólo se subrayan sus aspectos políticos o culturales más superficiales y aparentes. Al esclerosamiento, por siglos, de nuestras maneras artesanales o escasamente tecnificadas de trabajar, al limitado grado de capacitación para el trabajo de nuestras poblaciones, a nuestros sistemas de instrucción memorísticos y titulistas, a la concentración de nuestras gentes en unas pocas grandes ciudades con gruesos cinturones de miseria y violencia, al abandono de extensas áreas de nuestros territorios, donde a menudo se concentran nuestros principales recursos hídricos, minerales y biodiversos, a nuestras culturas muchas veces cuajadas de dogmas, atavismos y prejuicios, o a nuestros mecanismos de participación política, las más de las veces centrados en el seguimiento acrítico a caudillos y demagogos, la mayor parte de nuestros pensadores, y sobre todo de nuestros hombres de acción, tanto conservadores como liberales y tanto reformistas como revolucionarios ortodoxos, le han brindado escasa atención. Los más suponen que todo empezará a cambiar como por encanto a partir de la asimilación de la cultura occidental que nos inyectará algún espíritu celestial, en la mañana verde de las inversiones extranjeras con los dólares salvadores, o desde la mágica mañana roja socialista y antiimperialista.

El resultado es que pareciéramos dar vueltas en una pesada y cíclica noria, desde el conservadurismo o liberalismo extranjerizantes a los arrestos por construir un socialismo carente de soportes productivos o educativos, y viceversa. Nuestras estructuras productivas, educativas, territoriales, culturales o de participación política siguen siendo escasamente comprendidas. Desde afuera, desde arriba y por encima parecieran ser las directrices principales de nuestros afanes de cambio, y por querer andar rápido y no poder esperar la maduración interna de nuestros procesos de transformación de capacidades terminamos paradójicamente estancados por décadas y aún siglos.

Desde la perspectiva diferente que poco a poco nos proponemos comunicar aquí, precisamente para alcanzar tales finalidades de libertad, fraternidad y satisfacción de nuestras necesidades, y también cambiar nuestras relaciones con el entorno y edificar nuevas instituciones de toda índole, enfatizaremos la transformación gradual de nuestras capacidades desde abajo hacia arriba, desde las raíces hacia la superficie y desde dentro hacia afuera, es decir, desde las esferas productiva, territorial y educativa hacia las esferas política, cultural y mediática internas, y desde todas nuestras relaciones internas hacia la redefinición de las relaciones con otras naciones. No se trata, por supuesto, de escoger disyuntivamente entre unos u otros factores o variables o ritmos de cambio, sino de colocar los acentos en el lugar apropiado, de entender que mientras no cambiemos y maduremos por dentro y en nuestros cimientos será inútil cambiar nuestras envolturas y ropajes ideológicos externos.

De todo ello resulta que la caracterización, desde múltiples puntos de vista, de nuestras capacidades será crucial para hacer comprensibles nuestros planteamientos. Lo haremos desde varias perspectivas o dimensiones fundamentales, a las que denominaremos: estructural, procesal y sustancial. Si hiciésemos una analogía con el organismo humano, diríamos que así como las capacidades estructurales de éste son las referidas a los distintos sistemas de órganos: respiratorio, circulatorio, digestivo, nervioso, etc., que lo integran, en el caso social tenemos las capacidades productivas o económicas, las participativas o políticas, las culturales o ideológicas, las territoriales o ambientales, las comunicativas o mediáticas, y las formativas o educativas. Dentro de las capacidades productivas le otorgaremos especial atención a las capacidades de trabajo, pues estas contienen algo así como el fundamento genético de las restantes capacidades de valorización, gestión, equipamiento, información y formación. También las capacidades educativas recibirán aquí un tratamiento privilegiado, por estar convencidos de que constituyen un factor de importancia difícil de sobrestimar en la transformación estratégica de América Latina.

Por capacidades procesales, que detallaremos más adelante, entenderemos aquellas referidas, análogamente a lo que ocurre con el ciclo de vida del ser humano, a la iniciación, ejecución y culminación de procesos de cambio, y por capacidades sustanciales, que también desagregaremos luego, a aquellas otras referidas a las maneras específicas de satisfacer nuestras necesidades y realizar nuestras libertades, de acuerdo a nuestros antecedentes, recursos y experiencias concretos. En las próximas entregas, esta vez -puesto que lo vemos factible- prestando más atención a las recomendaciones de amigos que nos piden ser más breves para interesar a un mayor número de lectores, nos ocuparemos de presentar y considerar estos distintos tipos de capacidades. Espero que estos artículos les parezcan tan interesantes como a mí, y si no es así, me pueden echar un grito, por ejemplo, a través de los consabidos comentarios, para ver qué resolvemos.

De repente no es ni malo repetirles que, en definitiva, todo este rollo del blog no es sino una manera de expresar mi cariño a nuestra humanidad, nuestra Latinoamérica, nuestra Venezuela y, dentro de ellas, a ustedes mis queridas lectoras y lectores, como viva expresión de por lo menos alguna de esas esferas.