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viernes, 2 de abril de 2010

Sobre sexo, reproducción, familia y pareja en América Latina

Compartimos la apreciación, tantas veces formulada, desde perspectivas sociológicas y antropológicas hasta religiosas y filosóficas, de que la familia es a la sociedad lo que la célula al organismo individual. Mientras que el individuo solo no puede reproducirse biológica y mucho menos culturalmente, en la familia eso es exactamente lo que tiene lugar. La familia es una suerte de microsociedad o sociedad en miniatura, en donde se conforman primariamente las capacidades de los hijos y se ejercitan cotidianamente las de los padres, se libran luchas por satisfacer las necesidades y conquistar las libertades, y, quizás sobre todo, es allí donde se refuerzan, inhiben o distorsionan los valores fundamentales de la identidad humana. Hay evidencias de mucho peso, como las acumuladas por el Proyecto Cero de Harvard, que sugieren que cuando el niño entra a la escuela ya lleva consigo, adquirida en la familia, la concepción esencial del mundo que le acompañará toda su vida. Según esto, la política, en buena porción, se desenvolvería asegurando los apoyos, provocando los rechazos o superando los conflictos de ese niño preescolar que todos llevamos dentro.

A la hora, sin embargo, de plantear los mecanismos de estructuración, fortalecimiento o defensa de la familia, nos permitiremos disentir de buena parte de las teorías y propuestas establecidas, que nos parece tienden a enfatizar factores externos tales como los legales, los económicos o los religiosos. Sin descartar la gran importancia de estos, nos luce, quizás influidos por estudiosos de esta problemática como nuestro amigo Manuel Barroso, autor de La experiencia de ser familia, que tales factores, al menos en las sociedades modernas o con intenciones de serlo, actúan principalmente a través de una especie de núcleo interno, la pareja, que contiene, profundizando la metáfora celular, la carga o definición genética de la familia. Una familia sana es, a nuestro entender y en mucha mayor medida que a la inversa, la puesta en escena del proyecto vital de una pareja sana. La pareja, incluso si no es del tipo convencional heterosexual, es quien concibe, orienta, dirige, organiza y provee los recursos materiales y las conductas culturales que permitirán la crianza y socialización de los hijos propios, adoptados o heredados de relaciones anteriores. Si tuviésemos razón, entonces, buena parte de las estrategias sociales para recomponer la familia, y particularmente la familia latinoamericana, tendrían que enfatizar lo que con frecuencia es dejado de lado: el reforzamiento de la pareja, desde donde se ejercen o emanan, por decirlo de algún modo, las fuerzas y energías, a las que, en sentido amplio, estamos llamando sexuales, llamadas a asegurar nuestra identidad humana.

Una pareja capaz de asegurar su sustento y con una sana relación sexual y amorosa es el pilar fundamental sobre el cual puede erigirse una familia, un hogar, un conjunto de grupos e instituciones, y, por ende, una sociedad moderna sana. Mientras que las sociedades occidentales medias quisieron reemplazar esta pareja intrínsecamente amorosa por una familia unida desde fuera por los mandatos de Dios y sus representantes terrestres, con empoderamiento de un lugarteniente interno, el pater familiae, sus sucesoras, las sociedades occidentales modernas, están queriendo hacer de la atracción entre figuras físicas en busca de placeres mutuos el soporte de la familia y las instituciones, y cada una ha conducido a desviaciones distintas respecto de la senda de la restauración de nuestra identidad antropológica.

Si unas, al pretender proscribir el sexo y el placer, convierten a estas fuerzas en enemigas de un crecimiento planificado, las otras, al exaltarlas al margen de su esencia amorosa, pretenden hacer de la familia un centro de reforzamiento del desamor y la insensibilidad social. En ambos casos, el sexo, lejos de actuar como fuerza cohesionadora e integradora, se convierte en fuerza disruptiva y degenerativa. Si las familias clásicas y saturadas de normas, prohibiciones y obligaciones son una incitación a tener placeres e hijos fuera del matrimonio, y una causa indirecta de proliferación de madres solteras, no pocas veces adolescentes y aun niñas, prostitución forzada, abortos improvisados, etc., las familias nucleares modernas, articuladas al calor de atracciones cosméticas y crecidas en medio del egoísmo y el hedonismo reinantes, son un criadero de conductas indiferentes, cuyos vínculos muchas veces se disuelven apenas llegada la adolescencia de los hijos. Si la represión psicológica y física de unas ha sido descrita, por ejemplo, en las primeras películas de Carlos Saura (Ana y los lobos, La prima Angélica, Cría Cuervos,...), en donde quedan al desnudo las hipocresías de la sacrosanta familia franquista, o en ciertas películas de Bergman (Fanny y Alexander, Sonata otoñal, ...), que desenmascaran la familia puritana nórdica, las limitaciones de la familia materialista moderna han sido reveladas en múltiples filmes europeos y estadounidenses, entre los que se nos vienen a la mente Sexo, mentiras y video, de Steven Soderbergh, o Belleza americana, de Sam Mendes.

Para colmo, en nuestro caso latinoamericano, estas variantes de la familia patriarcal nuclear de tipo europeo han venido a reemplazar, casi por la fuerza, la estructura familiar de tipo bien matriarcal (con hegemonía del rol materno) o matrístico (en el sentido propuesto por Maturana y otros, con autoridad compartida por roles masculinos y femeninos) de nuestras poblaciones preibéricas, por lo cual el modelo nunca ha tenido plena aceptación, entre nuestros sectores populares sobre todo, y ello ha contribuido no poco, junto a la falta de empleos e ingresos familiares estables, a debilitar la estructura familiar de las sociedades latinoamericanas.

Prácticamente todo lo que hemos venido analizando y diciendo en este blog, a propósito de las sociedades latinoamericanas, podría particularizarse y expresarse desde el punto de vista de la familia latinoamericana, junto a su núcleo, la pareja latinoamericana. Nuestros ancestrales anhelos de constituirnos en una sociedad integrada y amorosa y dejar atrás las realidades de la exclusión y la discriminación, nuestras luchas por satisfacer nuestras necesidades y conquistar nuestras libertades desde alimentarias y sexuales hasta de autorrealización y armonía, los desafíos por transformar nuestras capacidades para hacer viable todo lo anterior, cambiar nuestras maneras de vivir y protagonizar nuestras historias, todo ello podríamos abordarlo desde este ámbito elemental, ante el cual también se yerguen, como en una escala proporcional, nuestros formidables obstáculos al cambio. Todas las debilidades y flaquezas, y también todas las potencialidades, de nuestras sociedades tienen su correlato en esta microesfera.

Y, precisa- mente, es este plano familiar el que más directa e inmediata- mente sufre los embates de la insatisfac- ción de nuestras necesidades alimentarias y sexuales, o sea, de sobrevivencia. Bajo la determinación de la falta de capacidades para atender satisfactoriamente sus requerimientos de nutrientes y de un marco cultural que canalice apropiadamente las energías sexuales de la población, gran parte de nuestras parejas y familias se conforman de manera precaria y con limitadas posibilidades de estabilización, y pronto son llamadas a retroalimentar el sustrato vicioso que las engendra y rodea. Los niños malnutridos y criados en un ambiente plagado de conflictos y escaso de amor e ingresos son fuertes candidatos a desaprovechar las oportunidades de aprendizaje en la escuela y desertar precozmente de ella, a ingresar con serias desventajas en un mercado laboral de por sí escaso de puestos de trabajo productivo, a sucumbir en la calle ante las tentaciones del vicio y la delincuencia, y a desahogar tarde o temprano sus frustraciones con acciones sexuales que pronto se traducen en más hijos sumados a la espiral de la debacle social.

Más concretamente, los últimos datos de la Comisión Económica para América Latina, CEPAL, adscrita al sistema de Naciones Unidas, revelan que en la mayoría de países de la subregión un 15% o más de las adolescentes de 15 a 19 años ya son madres, en contraste con el estándar de 3% o menos en las naciones europeas. Según trabajos recientes de investigadores de la problemática familiar y de la pobreza latinoamericana, como nuestro amigo Bernardo Kliksberg ("La familia en América Latina: Realidades, interrogantes y perspectivas", México: XIX Congreso Panamericano del Niño, 2004), en el 25% más pobre de las poblaciones urbanas latinoamericanas ocurre el 32% de los nacimientos de madres adolescentes, mientras que en las zonas rurales alcanza hasta un 40%. Mientras que el 80% de los casos de maternidad adolescente urbana tiene lugar en el 50% más pobre de la población, en el 25% de mayores ingresos sólo ocurre el 9% de dichos casos. También se han detectado tendencias hacia el incremento de hijos nacidos fuera de matrimonios, que en la mayoría de países anda ya por más de un 30%. E inclusive, en el plano de las parejas que se casan, mientras que en los países europeos modernos la fracción de mujeres adolescentes que contraen matrimonio suele estar por debajo del 3%, y aun del 2%, en nuestra América Latina estas cifras con frecuencia sobrepasan el 20%, e inclusive el 30% y hasta el 40%: Argentina (26%), Brasil (19%), Costa Rica (17%), Ecuador (26%), Guatemala (41%), México (28%), Paraguay (30%), Venezuela (19%). Pese a que no se obtuvieron los datos para otros países, pareciera que, de nuevo, Chile (11%), Uruguay (11%) y Cuba (12%) lucen a la vanguardia en planificación familiar desde esta perspectiva.

En la gran mayoría de situaciones, esa maternidad precoz, que frecuen- temente no tiene lugar en un contexto matrimo- nial, no conduce a familias integradas y estables sino a hogares desintegrados bajo la sola jefatura de madres solteras inexpertas, con escaso nivel educativo y en condiciones de pobreza, lo cual constituye un caldo de cultivo para la gestación de toda clase de males sociales posteriores. Cuando los padres varones jóvenes intentan asumir sus responsabilidades familiares, con frecuencia carecen de oficios o profesiones y, o bien se les dificulta encontrar empleos estables, o, si los consiguen, pasan a ganar salarios mínimos que no les permiten asumir su rol de proveedores del nuevo hogar ni pensar en las posibilidades de acceder a una vivienda digna. Al poco tiempo, muchos llegan a la conclusión de que les será imposible afrontar sus compromisos familiares, resultan lesionados en su autoestima o quedan desprestigiados ante la madre de sus hijos y su familia, y optan por conductas escapistas de consumo de licor y drogas y/o actividades delictivas que pronto los lanzan a la hez de los estratos sociales de nuestras sociedades. Según estadísticas recientes del Banco Mundial, en la mayoría de países de América Latina el desempleo de jóvenes varones con edades entre 15 y 24 años estaría en el orden de un 15 a 30% ó más, mientras que el número de hogares liderados por mujeres estaría por un 20 a 30% ó más (con casos extremos como el de Haití, con un 43%).

Los estudios de Kliksberg y colegas también confirman la impresión, que muchas veces hemos tenido en nuestro contacto con barriadas pobres en Venezuela, de que la situación de familias jóvenes con bajos o nulos ingresos e hijos no buscados es un decisivo factor tanto detonante de la violencia doméstica como erosionante de la estabilidad familiar. Se ha estimado que entre el 30 y el 50% de las mujeres latinoamericanas, según los países, padecen algún tipo de violencia psicológica en sus hogares, y entre un 10 a un 30% de violencia física, con incidencias más de cinco veces mayores en la población de menores ingresos respecto a los estratos acomodados. Un estudio, citado por Kliksberg, realizado no hace mucho en un conjunto de centros penitenciarios juveniles en los Estados Unidos, reveló que el 70% de los jóvenes reclusos provenían de familias con padre ausente. No hemos conocido estudios locales que correlacionen las conductas desertoras de la escuela y/o delictivas con la inestabilidad y la conflictividad familiar, pero abrigamos pocas dudas de que si existen ya, o cuando se hagan, terminarán por corroborar lo que en otras latitudes es ya un lugar común: que así como las familias estables pueden sembrar sanos valores en los futuros ciudadanos, las inestables son una madriguera de comportamientos antisociales.

La conjugación de pobreza, maternidad adolescente, altas tasas de fecundidad, violencia doméstica, desnutrición infantil y afines, sigue disparando procesos de deterioro de la estructura familiar latinoamericana, que aúpan procesos de pauperización capaces, a su turno, de retroalimentar esas dinámicas perversas. La satisfacción de las necesidades sexuales y alimentarias, difícil de alcanzar en cualquiera de los contextos en que se desenvuelven la pareja y la familia en el mundo contemporáneo, encuentra en América Latina obstáculos atávicos que bloquean la mayoría de esfuerzos civilizados y democráticos por superarlos, lo cual estimula la ola de conflictos y polarizaciones sociales y políticas -potenciadora de comportamientos no pocas veces aprendidos en el hogar- que también está asfixiando a nuestras sociedades. Sin embargo, no hay otra alternativa que la de insistir paciente y críticamente en la solución pacífica a todos estos problemas, y este blog está empeñado en ser útil a este respecto.

Nuestra América Latina está reclamando a gritos movimientos radicales, no en cuanto a las formas de lucha, sino en el calibre y profundidad de sus planteamientos, que contribuyan a satisfacer estas necesidades. Si para impulsar la satisfacción de nuestras necesidades alimentarias requerimos de los aportes de nutricionistas, médicos, agrónomos, empresarios, agricultores..., para atender las sexuales es imperativa la intervención de psicólogos, sexólogos, sociólogos, antropólogos y afines. No puede haber sociedades sanas y sólidas sin una familia de igual tenor en sus tejidos, pero, a su vez, tampoco puede haber familias sanas sin parejas y sexualidades sanas, y todo ello tiene que ser proclamado con fuerza y claridad por estos movimientos. Sólo así podremos hallar alternativas tanto a las soluciones trilladas del pasado del amor sin sexo, a menudo defendidas por los sectores conservadores religiosos, como a las pretendidas fórmulas científicas modernas del sexo desligado del amor. Si unas pretenden orientar el carro familiar sin los caballos impulsores del sexo, las otras promueven la liberación y desbocamiento de estos caballos al desuncirlos del carro del amor.

martes, 30 de marzo de 2010

Sobre sexo, reproducción y población en América Latina

La satisfacción de las necesidades alimentarias y sexuales, las más primarias o de sobrevivencia, en buena medida determina las dinámicas poblacionales y el carácter de la estructura familiar, y establece el marco general o punto de partida a partir del cual deberán satisfacerse todas las demás necesidades, o, lo que es lo mismo, si esas necesidades no se satisfacen y no se alcanzan las libertades correspondientes resulta muy difícil satisfacer las restantes y disponer de las autonomías o libertades para convertir en hechos nuestras identidades antropológicas. Las necesidades de vivienda, salud, transporte, comunicaciones y seguridad en la mayoría de nuestros países latinoamericanos, pongamos por caso, se han ido tornando cada vez más insatisfechas y duras de atender dondequiera que las mencionadas necesidades primarias han estado secularmente fuera de control.

Atenazados por la égida de una ideología que proscribe la sexualidad en el matrimonio y la familia, pretende hacer de la pareja un mero mecanismo reproductivo, condena los métodos anticonceptivos y el aborto, y empuja, en consecuencia, primero a los varones, pero luego, cual mecanismo de demanda y oferta, a las hembras jóvenes, a la búsqueda del sexo, el placer y/o el provecho económico, fuera de los confines maritales o de los hogares establecidos, por un lado, y con la influencia avasalladora de medios de comunicación y una publicidad que pretenden encadenar la sexualidad a la obtención de estatus, poder y bienes de consumo, por otro, los mecanismos reproductivos en América Latina conspiran fuertemente contra cualquier planificación u ordenamiento racional de nuestras sociedades. Las elevadas tasas de natalidad y de crecimiento poblacional, que ya hemos explorado, contribuyen decisivamente a conformar una estructura poblacional con un exceso -en relación a las posibilidades de crianza, atención, educación, etc., de los adultos en edad de trabajar y asumir responsabilidades- de población joven, que, mucho y viciosamente, abona en pro de perpetuar nuestras calamidades sociales.

Mientras que la mediana de edad, es decir, la edad en torno a la cual la población se divide según su edad, monótonamente ordenada, en dos bloques de igual magnitud, en las sociedades modernas, según los últimos datos disponibles (2007), anda por los alrededores de los cuarenta años: Alemania (43), Australia (37), Austria (41), Bélgica (41), Canadá (39), Dinamarca (40), España (40), Estados Unidos (36), Finlandia (41), Francia (39), Italia (43), Japón (44), Noruega (39), Reino Unido (39), Suecia (41), Suiza (41), en nuestros países suele estar por debajo de los treinta años y, en no pocos casos, rozando o hasta por debajo de los veinte años: Argentina (29), Bolivia (21), Brasil (28), Colombia (26), Costa Rica (27), Ecuador (25), El Salvador (24), Guatemala (18), Haití (21), Honduras (20), México (26), Nicaragua (21), Panamá (27), Paraguay (22), Perú (25), República Dominicana (24) y Venezuela (25). Cuba (37), sobre todo, y luego Uruguay (33) y Chile (31) son las únicas naciones latinoamericanas independientes con medianas de edad por encima de los treinta años.

En cuanto a la población menor de quince años, que internacionalmente es considerada como la edad mínima para la incorporación a la fuerza de trabajo, las naciones modernas y organizadas suelen tener a menos de un 20% de su población en este rango: Alemania (14%), Australia (19%), Austria (15%), Bélgica (17%), Canadá (17%), Dinamarca (19%), España (15%), Estados Unidos (20%), Finlandia (17%), Francia (18%), Italia (14%), Japón (14%), Noruega (19%), Reino Unido (18%), Suecia (17%), Suiza (16%), mientras que nosotros, por regla general, estamos cercanos a, y en la mayoría de los casos por encima de, un 30%: Argentina (26%), Bolivia (37%), Brasil (27%), Chile (24%), Colombia (29%), Costa Rica (27%), Ecuador (32%), El Salvador (33%), Guatemala (43%), Haití (37%), Honduras (39%), México (30%), Nicaragua (37%), Panamá (30%), Paraguay (35%), Perú (31%), República Dominicana (33%), Uruguay (23%) y Venezuela (31%). Cuba, que no por casualidad es la única nación latinoamericana independiente con un aborto legalizado y con un uso intensivo de métodos anticonceptivos, es también, con la más baja tasa anual de crecimiento poblacional (un 0,2%, igual a la de Uruguay),) y sólo un 18% de menores de quince años, la única con menos de una quinta parte de estos menores en su población.

A consecuencia de estas estructuras poblacionales, los típicos gráficos de distribución poblacional por edades y sexo, que en las naciones modernas suelen tener la forma de un barril, estrecho en la base y en el tope, correspondientes, respectivamente, a las franjas de las poblaciones jóvenes y de tercera edad, y grueso en el centro, correspondiente a la población entre quince y sesenta y cinco años, en nuestras naciones, incluso advirtiendo que ha habido un avance en relación a hace unas pocas décadas, suelen tener la forma de una pirámide, en ocasiones con bases extraanchas y topes puntiagudos. Tal estructura determina, a su vez, que en muchos casos los adultos trabajadores tengan que bregar con pesadas cargas familiares, no pocas veces procedentes de pasadas y efímeras relaciones, lo cual, como lo veremos en el próximo artículo, conspira contra la estabilidad de nuestros hogares.

Afortunadamente, nuestros territorios y recursos naturales todavía nos permiten disfrutar de una densidad poblacional relativamente baja, y, sin que nadie pueda atribuirse el mérito por este subproducto benigno de nuestro desorden reproductivo, contamos con una profunda miscigenación o coalescencia genética, sin parangón mundial, que constituye un buen pivote para la superación de cualquier racismo remanente heredado de nuestro pasado colonial.
Frente a estas inquietantes realidades, la posición, tanto de las derechas como de las izquierdas continentales tradicionales suele ser casi de complacencia: en el primer caso porque se quiere ver allí la prueba fehaciente de que los pobres, con sus desórdenes reproductivos, tienen la mismísima culpa de su pobreza, mientras que en el otro caso se aprecia en esta proliferación incontrolada de pobres nada menos que una potencial fuerza revolucionaria que dará tarde o temprano al traste con imperios y oligarquías. Eduardo Galeano, por ejemplo, en algún lugar de su Las venas abiertas de América Latina (que cito de memoria porque estoy redactando en la oficina y tengo mi ejemplar en el estudio de mi casa...), se manifiesta opuesto por principio a cualquier planificación familiar puesto que ello sería como querer matar a los futuros guerrilleros en los vientres maternos (y aquí echo de menos un tipo de comillas para citas aproximadas que uso en mis papeles personales).

Si las cosas funcionasen así, ya bien poco halagüeñas serían nuestras perspectivas, pues se trataría nada más que de escoger el lugar para que nos maten, pero resulta que son mucho peores, puesto que la izquierda dista de tener la exclusividad de captar sus tropas entre estos niños, adolescentes y jóvenes escasamente atendidos por sus mayores. La delincuencia común, los narcotraficantes, los tratantes de blancas e inclusive de blancas menores, los comerciantes de órganos, plasma y sangre, las mafias, los corruptores de menores y los sádicos y, lo peor de todo, las dictaduras y los fascismos, también ven en esta tierna sobrepoblación a la deriva una oportunidad para reclutar sus huestes y pescar en río revuelto. No es en absoluto casual que tanto Hitler como Mussolini hayan hecho de sus políticas de reproducción acelerada de la población puntas de lanza de sus estrategias autocráticas; y en México y Centroamérica ya esta en marcha un peligrosísimo mecanismo de creación de violentas mafias juveniles (como la Mara Salvatrucha o MS-13) que está causando estragos y amenaza con extenderse al resto del subcontinente.

La mezcla resonante entre hambre y niñez abandonada o falta de crianza y educación, que se potencia con el debilitamiento de la estructura familiar que exploraremos en el próximo artículo, es un coctel explosivo inaguantable para cualquier proyecto social superador. Esta mezcla no es una causa, como pretende la extrema derecha, sino una consecuencia de nuestros problemas (que, por supuesto, de rebote, contribuye a agravarlos); pero tampoco, como en el fondo lo postula nuestra extrema izquierda, puede ser vista como una panacea. Cuanto antes saquemos esta problemática del voluminoso baúl de los tabúes de los que no se habla en ninguna campaña electoral, por temor a perder votos, mayores oportunidades tendremos de abordar la búsqueda de soluciones y, por ende, de colocarnos en la perspectiva de agarrar nuestras sartenes por el mango, es decir, de conquistar nuestras genuinas libertades para construir futuros promisorios.

Cuanto antes actuemos ante estos desafíos, como ya lo ha hecho Cuba para sí misma, puesto que no quiere guerrillas en su escaso suelo (aunque cuidándose de exportar esta valiosa experiencia al resto de América Latina), más oportunidad tendremos de escapar a esta fatal cuenta regresiva, que nos amenaza con arrojarnos al a veces llamado Cuarto Mundo o de tipo africano. Todavía tenemos tiempo para actuar, y sencillamente no es verdad que el Imperio sea un obstáculo para impulsar desde ahora mismo una política de saneamiento y atención a nuestras necesidades en el ámbito sexual y reproductivo, que nos haga más factible la búsqueda de soluciones a nuestros múltiples otros problemas.

viernes, 26 de marzo de 2010

Nuestras necesidades y libertades sexuales

Las necesidades y libertades sexuales, a las que también podríamos llamar reproductivas si entendiésemos este término en su sentido amplio y no meramente biológico, forman parte, según nuestro criterio, como hace rato lo dijimos, de las necesidades y libertades de sobrevivencia. Si las necesidades y libertades alimentarias se vinculan al aseguramiento de nuestra existencia presente o inmediata, las sexuales o reproductivas están ligadas a la preservación de nuestra carga genética y nuestra identidad esencial en el largo plazo. También hemos dicho, en un artículo anterior, que no logramos entender como estas necesidades tan absolutamente imperiosas no fueron incorporadas al clásico esquema de las necesidades humanas de Abraham Maslow, cuando resulta que participan de todos sus atributos. Nos resulta obvio que la sobrevivencia de ninguna especie no puede garantizarse en el largo plazo (más allá de la existencia de los individuos) sin satisfacer la necesidad de su reproducción genética, en sentido estricto, y, como quisimos sustentarlo en el artículo precedente, sin el despliegue de un conjunto de fuerzas, lamentablemente aun poco entendidas, a las que estamos llamando, a sabiendas de que forzamos la acepción convencional, sexo.

Como todas las necesidades, la del sexo comienza por demandarnos una atención forzosa, como una suerte de hambre que no dependiera de nosotros responder o no ante ella, pero, una vez satisfecha o al menos alcanzada la comprensión de su naturaleza, deja al individuo en condiciones de ejercer su libertad y hacer aportes autodeterminados a la preservación de nuestra identidad humana amativa. Aunque el sexo sería, desde esta perspectiva, una fuerza común cuando menos a la inmensa mayoría de organismos animales y vegetales, también actuaría como una fuerza con un sentido específico, o no ciega, para cada especie, articulada a la realización de su identidad. En el caso humano, la conquista de cualquier libertad sexual genuina pasaría por asimilar la conexión profunda, con o sin reproducción, entre sexo y amor, tal y como lo sugiere la expresión occidental de hacer el amor. Carece de sentido entonces, para nosotros, emplear la expresión de que, digamos, una pareja de leones hace el amor cuando se aparea, puesto que su identidad no es la amorosa (aunque quizás podríamos decir que, por ejemplo, hace el furor, si concluyésemos que esa es la identidad profunda de estos felinos).

Si nos hemos detenido en estas disquisiciones conceptuales es porque las consideramos esenciales para tener una visión de conjunto de la problemática del sexo en nuestras sociedades contemporáneas, en donde se debaten maniqueamente dos concepciones: una, de factura medieval, que intenta ver al sexo sólo como necesidad de reproducción, proscribe cualquier intento de entenderlo como fuente de placer y satisfacción, entiende la procreación como un mandato divino a obedecer por los mortales, y, por tanto, rechaza el uso de anticonceptivos y prohíbe el aborto bajo cualquier circunstancia; y otra, de corte moderno, que pretende verlo esencialmente como una libertad placentera ejercida en función de sí misma, es decir, no como una libertad para hacer o edificar el amor, y que pretende hacer del uso de anticonceptivos y del aborto una simple cuestión profiláctica. Mientras que una postura pretende equiparar sexo con necesidad u obligación, y contribuye a desatar inmanejables crecimientos reproductivos de la población, la otra empuja en favor de un libertinaje sexual que tiende a desvincular esta fuerza de su esencia amorosa. La una se empeña en proclamar un amor sin sexo y la otra un sexo sin amor.

En el plano social, esto contribuye a que sociedades, como las latinoamericanas, aun bajo la tutela de instituciones e ideologías premodernas y sometidas al bombardeo indiscriminado de imágenes sexuales procedentes de medios de comunicación modernos, no hayamos sido capaces de gobernar nuestra sexualidad hasta hacerla compatible con la edificación de un orden social armonioso. En efecto, mientras que entre 1950 y el año actual la población de la mayoría de países modernos se incrementó en apenas unas decenas porcentuales o a lo sumo se duplicó, en buen número de nuestros países la población se cuadruplicó, quintuplicó o hasta sextuplicó. En este lapso, por ejemplo, la población danesa pasó de 4,2 millones a 5,5 millones, con una subida de 30%; la sueca de 7 a 9 millones, con igual alza; la francesa pasó de aproximadamente 42 millones a 63 millones, con un incremento de 50%; la italiana pasó de 47 millones a 60 millones, con un alza de cerca de 30%; la inglesa de 50 millones a 62 millones, con un aumento de un 25%; la española fue desde 28 millones a 46 millones, con un ascenso de 65 %; la estadounidense de 152 a 310 millones, duplicándose; y la canadiense se desplazó de 14 a 34 millones, multiplicándose por casi dos veces y media. En contraste, para el mismo período de referencia, la población ecuatoriana aumentó cuatro veces, al evolucionar desde 3,4 hasta 13,8 millones; la boliviana casi se cuadruplicó, al pasar de 2,7 a 10 millones; la haitiana casi se triplicó al pasar de 3,2 a 10 millones; la colombiana casi se cuadruplicó, al pasar de 12,5 a 45,5 millones; la peruana casi se cuadruplicó, al ir desde 7,6 hasta 29 millones; la brasileña se incrementó tres veces y media, al pasar de 54 a 192 millones; la mexicana se cuadruplicó, desde casi 28 hasta 108 millones; la guatemalteca se multiplicó por cuatro veces y media, al moverse desde 2,9 millones a 13,5 millones; la hondureña se quintuplicó holgadamente, desde 1,4 hasta 7,9 millones; y la venezolana casi se sextuplicó, al pasar de 5 a casi 29 millones.

Por supuesto que las cifras anteriores están afectadas por factores migrato- rios, que no tienen que ver con las tasas de reproducción, y también por las tasas de mortalidad, por lo cual un análisis más fino tendría que separar estas clases de factores; y tampoco estamos queriendo insinuar lo que probablemente cierto izquierdismo latinoamericano, a lo Eduardo Galeano, entenderá, a saber, que le estamos echando la culpa a los pobres, haciéndole coro a la extrema derecha regional, de su propia pobreza, por reproducirse sin ton ni son. Nada de esto, lo que argumentamos es que mientras no seamos capaces de encauzar nuestras energías sexuales y reproductivas, y distinguir la satisfacción de impulsos primarios del goce de la sexualidad, nos será muchísimo más difícil, no importa bajo qué sistema social, acceder a una sociedad más equilibrada y armoniosa. No tenemos derecho, a cuenta de que muchas fundaciones gringas y sus contrapartes locales promuevan -incluso si lo hacen farisaicamente- el control de la natalidad como solución a nuestros problemas, a estimular la paternidad irresponsable y alcahuetear la seducción y violación sistemática de muchas de nuestras adolescentes, que de seguro se hallan también entre las causas de estas tasas extremas de natalidad.

Mientras que la gran mayoría de países europeos y afines tienen tasas de crecimiento de la natalidad inferiores a 2% e incluso cercanas al 1%, y tasas de fecundidad total de menos de dos hijos de por vida por mujer, nosotros tenemos tasas de crecimiento de la natalidad superiores al 2,2% en la mayoría de los casos, e incluso superiores al 3% (Haití y Guatemala), y tasas de fecundidad total de cerca de tres hijos por mujer en la mayoría de los casos, y de hasta cuatro (Guatemala) y cinco hijos (Haití). Mientras que, de acuerdo a los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud, en aquellos países la fecundidad en adolescentes (de 19 años o menos) suele estar por debajo del 2%, nosotros las tenemos en el orden del 6% ó más, en la mayoría de los casos, e inclusive del 8% (México, Panamá, Bolivia, Venezuela, Colombia, República Dominicana, Ecuador, Honduras y Nicaragua); y mientras que en los primeros es casi universal el uso de anticonceptivos en parejas heterosexuales de diversa índole, en nuestros países el número de parejas que planifica su reproducción anda por debajo del 60% en la mayoría de casos. El aborto sigue siendo ilegal en la mayoría de nuestros países, con la sola excepción de Cuba, Puerto Rico y las Antillas Francesas, en oposición a la mayoría de países modernos, inclusive católicos, donde es una práctica aceptada -y recomendada por los organismos de Naciones Unidas- sobre todo en las primeras semanas del embarazo no deseado y desvinculado del amor, como un correctivo en aras de preservar la salud física y espiritual de la madre, y, en general, de la sociedad en su conjunto.

En nuestra región, sólo vemos a Cuba, Argentina, Chile y Uruguay en la ruta de tener control sobre sus procesos de crecimiento poblacional, lo cual los coloca en posición ventajosa, al margen de sus distintos regímenes sociales, para conquistar sus libertades sexuales y planificar sus futuros. Sin la sana satisfacción de estas necesidades sexuales y reproductivas, que curiosamente se refuerzan para bien o para mal con las necesidades alimentarias (a más hambre más sexo y reproducción incontrolados, y viceversa), será harto cuesta arriba la transformación de nuestros países.

Las fuerzas sexuales, entendidas en su sentido más amplio como las fuerzas del calor, la ternura y el acariciamiento interhumano, son absolutamente indispensables para, e indesligables de, la efectiva realización de nuestra identidad amativa. Aun cuando en sus versiones más intensas, asociadas a la cópula entre individuos fértiles de distinto sexo, estas fuerzas soportan nuestra reproducción genética, no por ello, después de millones de años de evolución biológica, pueden restringirse a este papel, puesto que hacer el amor, en la acepción amplia que nos gustaría difundir aquí, no es otra cosa que hacer la humanidad. Cuando, con confianza y entrega, o sea con amor, abrazamos o acariciamos a nuestra pareja, a nuestros seres queridos o a nuestros hijos -y si estamos sanos el instinto nos dirá inequívocamente que está bien o mal hecho en cada caso- estamos construyendo al ser humano. Un ser humano sin caricias o sin capacidad de acariciar es una contradicción en sus términos: esas criaturas, que alguna vez hemos visto en documentales televisivos, crecidas en la soledad o con animales, o, menos extremamente, esos seres despiadadamente asesinos a quienes vemos confesar por la prensa que jamás conocieron la ternura, son indudablemente seres deshumanizados a quienes las fuerzas sexuales no tuvieron oportunidad de moldear.

Si seguimos empeñados en ver estas fuerzas como ajenas y en desconocer su contenido libertario, seguiremos dando tumbos y convirtiendo a nuestra propia reproducción en una maldición; pero si abusamos de ellas y las desvirtuamos y comercializamos y prostituimos, nos alejaremos cada vez más del camino de construir una civilización acorde con nuestra identidad profunda. Es imperativo propiciar, aunque sea muy a largo plazo, un cambio civilizatorio que restaure al amor como identidad humana fundamental y permita hacer del sexo su fuerza esencial de sustentación, de la manera espontánea en que siempre actuó en las sociedades primitivas sin clases sociales, durante la casi totalidad de nuestra existencia "precivilizada".

martes, 23 de marzo de 2010

Sobre sexo, necesidad y libertad

Al parecer nada en el universo conocido existe aisladamente. Las partículas elementales, como los quarks, jamás han sido detectadas en aislamiento, sino siempre vinculadas a otras partículas elementales para conformar partículas subatómicas como, por ejemplo, los protones, compuestos de dos quarks up (arriba) y uno down (abajo), vinculados por gluones o partículas portadoras de la fuerza fuerte. Las partículas subatómicas, por ejemplo, los protones y neutrones, se atraen entre sí con fuerzas fuertes residuales, a la vez que con otras partículas subatómicas de diferente carga eléctrica, a través de la fuerza electromagnética, para constituir los átomos. Y así los átomos, unos con cargas eléctricas positivas, los metales, y otros con negativas, los no metales, se vinculan a través de más fuerzas electromagnéticas para integrar moléculas, y éstas para dar lugar a células, que, a su turno, dan lugar a tejidos, que interactúan para engendrar órganos, los cuales se estructuran en aparatos, que terminan por dar lugar a nuestros organismos individuales. A su vez, hay claras evidencias de que los planetas se articulan a estrellas, a través de fuerzas gravitatorias, para dar lugar a sistemas estelares como nuestro sistema solar, los cuales interactúan con más sistemas estelares y más fuerzas gravitatorias para originar galaxias, que siguen interactuando gravitatoriamente con más galaxias para conformar el universo en pleno. Cada una de estas instancias no sólo tendría que ocuparse de su propia existencia, para lo cual ha de tomar y entregar energía o materiales al entorno, sino también de la existencia conjunta con otras instancias semejantes, con las que interactúa mediante fuerzas de atracción o repulsión. ¿No parece entonces holgadamente razonable que entre los organismos individuales, sin exceptuarnos a nosotros los humanos, también existan fuerzas que nos atraen o repelen, conduciéndonos a integrar parejas, familias, colectivos y, en el caso nuestro, clases sociales, sociedades, naciones o regiones? ¿Y acaso no coincide esto con nuestra experiencia cotidiana de sentirnos constantemente como atraídos o repelidos por otras personas, y a nuestras familias por otras..., y así hasta llegar a nuestras naciones por otras?

Pues esta, introducida quizás de manera un poco extraña para muchos, es nuestra hipótesis central en esta materia sexual: la de que el sexo es, nada más y nada menos, la fuerza fundamental que nos mantiene unidos o separados a los organismos vivientes, y particularmente a los humanos, como si estuviésemos cargados por una energía positiva que debemos donar a otras u otros, o de una energía negativa -en el sentido eléctrico y no valorativo- que nos lleva a recibir energía de otras u otros, con miras a alcanzar nuestra identidad. Y así como los gluones son los portadores identificados de la fuerza fuerte que une a los quarks, y le da sentido a su existencia al interior de los protones, y como los fotones son los portadores de las fuerzas electromagnéticas, mientras que se espera descubrir pronto a los gravitones portadores de las fuerzas gravitatorias, así mismo, tenemos la profunda corazonada de que algún día se descubrirán los sexones o portadores de esa fuerza misteriosísima que nos lleva a las especies vivientes a vincularnos y, eventualmente, pero no siempre, a procrear nuevos congéneres.

En muchas especies se han detectado fuerzas de atracción entre sus miembros que no obedecen a un mero afán reproductivo, con reportes de comportamientos sexuales fuera de épocas de celo e inclusive francamente homosexuales en numerosos vertebrados. En los vertebrados superiores, como las aves y los mamíferos, existen múltiples formas de cortejos y acariciamientos difícilmente explicables en términos meramente reproductivos, y, por decir algo, me consta, por ejemplo, luego de muchas horas de observación de aves, que los comportamientos entre muchos progenitores y sus polluelos se asemejan demasiado a las prácticas sexuales reproductivas en sentido estricto. En los primates es obvio que la tendencia a abrazos y apurruñamientos va mucho más allá de la necesidad de reproducción, y en los humanos, en cualquier caso, sin duda los primates más dados a embelesamientos, chupamientos y caricias de todo tipo, para lo cual hemos desarrollado una piel desnuda, con epidermis tenue, despliegues dérmicos y sensibilidad sin paragón alguno, es imposible establecer una correspondencia biunívoca entre sexo y reproducción, al punto de que los deseos del macho están usualmente desvinculados de su afán de procreación y los de la hembra tienen poco o nada que ver con sus períodos de fertilidad. En todos estos casos, nos luce que si bien existen, obviamente, las necesidades sexuales destinadas a asegurar la sobrevivencia material de cada especie, hay algo que va más allá de la necesidad, a lo que aquí estamos llamando libertad, que tiene que ver con la preservación de cierta identidad o calidad de vida.

No se nos escapan las enormes dificultades y complicaciones asociadas a esta premisa, pues lo que estamos diciendo es, en síntesis, que la atracción usualmente considerada como sexual, la "química" que atrae a veces, pero no siempre, a personas de "sexo opuesto", para dar lugar a apareamientos que en determinadas circunstancias conducen a la procreación, es de la misma naturaleza, aunque con intensidades o características distintas, residuales o como nos apetezca llamarlas, que la atracción no sólo entre personas del "mismo sexo", sino inclusive entre padres e hijos, parientes, amigos o familias. Por supuesto que esta acepción, digamos universal, de sexo no aparece ni remotamente, en nuestros diccionarios occidentales al menos, que suelen limitar el término bien a cuestiones anatómicas o bien a placeres carnales (en donde lo de carnal, en Occidente, ya lleva la impronta de cierta perversidad), por lo cual estuvimos tentados de apelar a algún término inventado, como el necesidades sexuarias, pero finalmente decidimos batirnos por la ampliación del término clásico. No obstante, queremos destacar que, curiosa pero no sorprendentemente, la expresión hacer el amor, con la que usualmente denotamos las relaciones sexuales genuinas, nos resulta elocuente, pues sugiere que a través del sexo, del encuentro humano profundo, tanto corporal como espiritual, alcanzamos un estado nuevo, el del amor, lo cual coincide con, pero no agota, nuestra premisa (puesto que faltaría, como mínimo, generalizar esta noción hasta abarcar a todas las expresiones del amor, que deberían disponer, cada una, de sus correlatos sexuales).

En los distintos géneros artísticos: novelas, poesías, películas, canciones, películas..., y en la vida cotidiana, ya ocurre una distinción fundamental entre una especie de sexo menor, de propósitos circunstanciales o desprovisto de significado profundo, que muchas personas se niegan a practicar, y el sexo propiamente dicho, articulado al amor. En sentido contrario, de mil maneras se expresa que el sexo sin amor es algo incompleto: "El amor no es literatura si no se puede escribir en la piel", dice Joan Manuel Serrat en una de sus canciones. Tanto en el arte como en la vida, si bien suelen establecerse distinciones entre sexo y amor, pues cada uno puede existir independientemente del otro, se reserva también una valoración especial para el caso en que ambos resultan acoplados y mutuamente reforzados. Es muy probable que no exista ningún otro tema, como este de las diferencias y afinidades entre sexo y amor, amistad y amor, sexo y placer, etcétera, sobre el que se haya hablado, escrito o representado más en cualquiera de las culturas habidas, y, sin embargo, no disponemos todavía de un término que agrupe tanto al impulso que nos lleva a hacer el amor y fusionarnos con ciertos seres, con o sin propósitos reproductivos, y el que nos impulsa a abrazar hondamente a un hijo, amiga o amigo, o inclusive, excepcionalmente, a una persona extraña (Freud lo intentó, parcialmente, con líbido, con poca fortuna, y otros, como Marcuse, con eros, todavía con escaso éxito). ¿Por qué tanto interés por este vital asunto y, a la vez, tanta ignorancia, misterio y oscuridad?

La clave, para desenmarañar esta delicadísima cuestión, a nuestro juicio está en aplicar a este caso la gran premisa que desde hace buen rato venimos defendiendo en el blog, a saber, que las necesidades y libertades, y aquí las sexuales, sólo adquieren sentido en relación a identidades específicas. La naturaleza del sexo, en cualquier especie viviente, solo nos resulta clara una vez entendida su identidad, sentido de su vida o razón de ser, esté o no "consciente" de ello. Si la vida de cada especie tiene una identidad o sentido, que en el caso humano creemos es, esencialmente, el del amor, entonces parece casi lógico que existan fuerzas destinadas a preservar esa identidad, que una y otra vez, en caso de extravío de cualquier miembro o conjunto de miembros de la especie, actuarán en función de que se retome el rumbo perdido. La reproducción de cada especie, como la entendemos, no es el fin de la fuerza sexual, sino uno de los mecanismos o consecuencias de su ejercicio, que contribuye al verdadero fin de preservar su identidad. Y tal es lo que apreciamos que ha ocurrido tanto en el plano histórico como en el social que observamos día a día. Un individuo humano macho, por ejemplo, puede ser todo lo egoísta y desamorado que quiera, pero también tendrá dificultades proporcionales para reproducirse y establecer relaciones sexuales genuinas, pues en buena medida será objeto de rechazo por las hembras de la especie, e incluso en el caso de que mediante violaciones o engaños logre reproducirse, estas mismas hembras, a través de la crianza de sus hijos, harán todo lo posible para evitar que estos desarrollen los rasgos heredados del padre. En el caso latinoamericano, en donde ya nos hemos ocupado antes de la violencia y atropellos inauditos con que se fundaron nuestras naciones, habría qué preguntarse cómo es que nosotros, los sobrevivientes de semejantes genocidios, no hemos desarrollado una identidad humana distinta o aun contraria a la amorosa. En otras palabras, sin la existencia del sexo, como fuerza aseguradora de la identidad humana, no le hallamos explicación al hecho de que varios miles de años de desamor en escala civilizatoria no hayan podido engendrar una nueva identidad, o, en positivo, de que todavía sea pensable una restauración civilizatoria.

Aparte de las múltiples interrogantes que sabemos plantea nuestra hipótesis, desligada de mandatos sobrenaturales o divinos, entre otras las de admitir la posibilidad de sexo sin fines reproductivos, y la mil veces más espinosa de abrir una rendija a la posibilidad de alguna variedad de atracción sexual sana aun entre padres e hijos (lo que para mentes muy chapadas a la religiosa estará más allá de lo blasfemo, y sonará inmediatamente a incesto), el planteamiento central al que queremos llegar es que, en definitiva, el origen de las dificultades que confrontamos para manejar, y hasta hablar de, estas cuestiones, radica en que estamos lidiando con una fuerza física, química, biológica y antropológicamente constituida para preservar nuestra identidad amorosa, que, sin embargo, desde hace varios milenios, actúa al interior de civilizaciones empeñadas en funcionar sobre bases no amorosas.

Mientras que numerosos testimonios de antropólogos -como Margaret Mead, Adolescencia, sexo y cultura en samoa, o Darcy Ribeiro, Diarios Indios y afines - que han estudiado sociedades primitivas, y por tanto sin clases sociales, coinciden en destacar el carácter relativamente ingenuo que revisten las relaciones sexuales en estos pueblos, sin que por ello sean incestuosos ni mucho menos (lo cual nosotros los latinoamericanos podemos constatar sólo con acercarnos a culturas indígenas lo suficientemente alejadas de nuestras civilizaciones), lamentablemente, las culturas de las sociedades de clases no parecieran dispuestas a albergar armoniosamente a esta poderosa e indomable fuerza vital a la que aquí estamos llamando sexo, en el sentido más amplio. Para las sociedades de clases, el sexo, lejos de ser una fuerza compatible con la cultura, es una suerte de fiera que hay que domesticar, o algo así como lo que serían las pelotas para una sociedad empeñada en prohibir el juego y el deporte, o como si quisiésemos que la fuerza gravitatoria estuviese al servicio de alejar a los planetas del Sol o a los objetos corrientes del centro de la Tierra, o sea, un contrasentido absoluto al que hay que desviar o desvirtuar a como dé lugar.

No por casualidad todas las versiones de las sociedades de clases, en contraste con las sociedades primitivas sin clases sociales, han confrontado terribles dificultades con la fuerza sexual. Las sociedades occidentales antiguas, tanto en sus versiones iniciales como en su versión final, la civilización grecorromana, marcadas por un machismo más o menos despótico empecinado en excluir a la mujer y a la mayoría de clases inferiores de la política, la cultura y aun el placer, parecieran haber querido hacer del sexo un privilegio de los patricios machos dominantes. En el Imperio Romano, en donde la práctica de los siete pecados capitales se convirtió en una especie de Constitución informal, se quiso secuestrar esa fuerza y hacer de la lujuria un vicio y privilegio de ciertos varones: la prostitución o la sumisión quedaron convertidas en las principales opciones de vida sexual para la inmensa mayoría de mujeres.

Frente a tales desvaríos, en las sociedades occidentales a las que aquí llamaremos medias, la Iglesia, heredera y a la vez llamada a restaurar ese Imperio, quiso imponer el extremo opuesto, estigmatizando la fuerza sexual, llamándola fornicación y asociándola al pecado, salvo que estuviese estricta y vigiladamente circunscrita a la necesidad de reproducción. Los curas se encargaron por siglos, y la mayoría se sigue encargando en el presente, de auscultar, desde los confesionarios, hasta los sueños reveladores de apetitos sexuales, para hacer sentir avergonzadas a las personas de sus legítimos impulsos sexuales. Por bastante tiempo estuvieron en uso los camisones femeninos de dormir con especie de ojales en la vagina, se le pidió de mil maneras a la mujer que al momento de las relaciones sexuales no pensara sino en un acto destinado a procrear sus hijos, se persiguió e incineró a cientos de miles de herejes, brujos y brujas por promover prácticas sexuales con otros fines y por la sola posesión de conocimientos contraceptivos, y más de un obispo llegó a identificar el tejido adiposo y tierno del seno femenino como la prueba de una artimaña demoníaca. Nuestra América latina, todavía gobernada cultural, ideológica y políticamente por estas clases y estamentos de origen medieval y sus variantes, sigue confrontando serias dificultades para hacer del sexo una fuerza verdaderamente constructiva, y de allí que las violaciones, la prostitución, los sadismos, la paternidad irresponsable, la violencia contra la mujer sigan campeando por doquiera.

En las sociedades modernas, es decir, las emanadas de la revolución industrial a la inglesa y/o política a la francesa, a cuyas influencias, por supuesto, las sociedades latinoamericanas no estamos exentas, se ha querido reemplazar la ideología sexual medieval por una especie de democratización de la lujuria romana. La sociedad moderna pretende instrumentalizar la sexualidad y convertirla en el fundamento de lucrativos negocios y manipulaciones en gran escala. Uno de los grandes logros de la psicología moderna ha sido sin duda el descubrimiento y aplicación de las asociaciones conductuales, que ha permitido, obscena y abusivamente, hacer de las imágenes sexuales un eficaz mecanismo para la publicidad de productos diversos, y del negocio de la pornografía una próspera rama industrial. Recientemente perfeccionado con Internet, los canales por cable y la profusión de videos, no nos cabe duda de que hasta los niños están teniendo regular acceso a imágenes y escenas en donde se presenta al sexo como una especie de gimnasia sui géneris que poco o nada tiene que ver con el amor. Estamos a la espera de que alguna lumbrera proponga algo parecido a unas Olimpíadas Sexuales, con categorías como cópulas maratónicas, carreras de velocidad orgásmica, triatlones o pentatlones de posturas diversas...

En el plano teórico, si bien en el siglo XX y su periferia decimonónica se hicieron descubrimientos y revelaciones trascendentales, que invariablemente apuntan a la generalización del concepto de sexualidad, a demostrar la existencia de una sexualidad femenina tan o más compleja que la masculina, y a destacar que el sexo es muchísimo más que un mero mecanismo de reproducción o de obtención de orgasmos, siguen pendientes los estudios acerca de cómo encauzar una fuerza inherente al amor en una sociedad que rinde culto al desamor. Ya Rousseau, por ejemplo, con su Contrato social y con las mejores intenciones, en el fondo lo que plantea es la reglamentación de los instintos primitivos para que puedan ser aceptados en el mundo civilizado, es decir, la reglamentación del sexo para hacerlo compatible con la cultura del desamor, como si se tratara de que aprendamos a hacer el desamor en lugar de hacer el amor. Y Freud, genio que indudablemene hizo hallazgos trascendentales que demostraron la afinidad entre los instintos mamatorios de los bebés y los instintos sexuales adultos, y denominó líbido a esta fuerza universal, se quedó más que corto, como quien mata el tigre y se asusta con el cuero, ante la problemática de qué hacer con tal fuerza. Buena parte de la terapéutica analítica, dándole continuidad al mejor estilo de los confesionarios católicos, está dedicada a la domesticación de la sexualidad, bajo la premisa de que la cultura debe prevalecer sobre los instintos y controlarlos, so pena de un retorno a la barbarie. La posibilidad de que puedan ser nuestras civilizaciones las enfermas, y sanas, en este sentido, las primitivas, está absolutamente ausente de la teoría o ideologia freudiana que, por el contrario, parte de la exaltación de la cultura occidental. Marcuse y sus colegas de la Escuela de Frankfurt, incluyendo en sentido amplio a Fromm, y otros estudiosos más, acertadamente han puesto el dedo en la llaga y alertado sobre la perversión moderna de desvirtuar y unidimensionalizar la razón de ser de la sexualidad, y a menudo han denominado eros a esta portentosa fuerza creativa; pero, siempre a nuestro parecer, han errado en la consideración de la problemática de nuestra identidad, que es la clave para que todos los miedos al sexo tiendan a resolverse por sí solos, al estilo de las sociedades primitivas. Para colmo, el término eros sigue siendo de circulación extremadamente restringida a predios intelectuales, por lo cual descartamos la posibilidad de hablar aquí de necesidades y libertades eróticas, que rápidamente habría conducido a malentendidos difíciles de enderezar.

Sobre la temática de las implicaciones que, en nuestra sociedad occidental, y en particular en nuestras sociedades latinoamericanas, tiene este pretendido divorcio entre el sexo y el amor, volveremos en uno o más próximos artículos.