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viernes, 1 de octubre de 2010

Desventuras de un bloguero y el sistema político venezolano puesto al desnudo por las elecciones parlamentarias

Desventuras de un bloguero

Hace cosa de poco menos de dos años, ciertos seres queridos, liderados por mi hijo y sabedores de mis hábitos y manías con las letras, me convencieron de que iniciara este blog. Los argumentos fueron de calibres surtidos: que hasta cuándo iba a seguir escribiendo para que nadie me leyera, que con las nuevas tecnologías cibernéticas el mundo estaba al alcance de mi mano sin costo alguno, que un blog me iba a permitir interactuar en tiempo real con los lectores, que estos -según el sabio Saramago...- me ayudarían a orientar mis futuros escritos, que tanto el país como América Latina estaban ávidos de nuevas voces e ideas, que esta experiencia me permitiría avanzar con paso firme hacia la ansiada publicación de mis libros, y otras lucideces por el estilo. Lo último que hizo el abanderado aquel, para abatir mis reservas postreras, fue crear un blog para mí y demostrarme cuán sencillo era, y ya prácticamente tuve que optar entre sentirme como un lagarto literario antediluviano o arrancar el susodicho.

Decidí que, para hacer las cosas en serio, como digo que suelen gustarme, publicaría en cualquier caso dos artículos semanales durante un año, y me tomaría otro año para tomar, conjuntamente con mis lectores, decisiones definitivas acerca del futuro de este proyecto. Cumplido el año, y en los alrededores del artículo número cien, organizamos una consulta, formal con los lectores e informal con los amigos, acerca de la orientación de Transformanueca, y, pese a cierto amargor dejado por las limitadas respuestas a una encuesta exhaustiva, concluimos que lo que pasaba era que en un ambiente a menudo obsesionado con la política y con cierta imagen pública del propio bloguero, los lectores esperaban una mayor atención a esta importante -pero nunca única- dimensión de nuestra realidad. Y opté por interrumpir la serie de artículos sobre las necesidades de América Latina, para dar cabida a una serie sobre la política en general y la política de algunos países latinoamericanos, empezando por la colombiana, en particular.

Para mi sorpresa, no sólo brillaron por su ausencia los comentarios de apoyo a la nueva y más política orientación, sino que unos cuantos lectores redoblaron sus protestas ante la supuesta evidencia de mis intenciones evasivas para con la política venezolana, al punto de casi acusarme de aquello que alguna vez los viejos militantes comunistas gustaban de llamar diletantismo (aplicando al campo político el vocablo originalmente concebido para el mundo artístico), es decir, de falta de seriedad, militancia o consistencia en el abordaje de los asuntos políticos. El único artículo que claramente se salvó del asedio a silenciazos limpios fue uno sobre la entonces recien estrenada película Al sur de la frontera, de Oliver Stone, sobre nuevas tendencias en América Latina, que desató una polémica acerca del supuesto chavismo, tanto del laureado cineasta como del desconocido bloguero.

Haciendo virtud de la necesidad, y quizás en un arrebato de humildad (supongo) y lealtad a mis lectores, decidí publicar dieciocho artículos extensos sobre la realidad social, la economía, la cultura y la política venezolanas, seguidos de siete más sobre las realidades, aún más concretas y específicas del estado Lara, ante los cuales, para mi sorpresa al cuadrado, los críticos de mi sospechoso escapismo y cuasidiletantismo no dijeron ni esta tecla es mía. Al borde ya del desconcierto, decidí iniciar una nueva subserie de evaluación de los resultados de las elecciones parlamentarias del pasado septiembre, empezando por un artículo descriptivo, el anterior a éste, de los resultados de estos comicios, al que supuse -ese sí- blindado ante eventuales ataques de silencio, con cuyos comentarios afinaría los restantes. El resultado, para mi colmo y dolor, fue que hasta el sol de hoy [esta entrada, con fecha atrasada, fue escrita a comienzos de abril de 2011], resultó nula la retroalimentación esperada...

Y fue entonces cuando, por supuesto sin alterar mi instinto de escribir, aunque por otros canales, me vi sumido en una de Hamlet acerca de si ser o no ser un bloguero, con toda la brillante argumentación de marras en el platillo a favor, pero con una sensación de incomunicación, fracaso y hasta ridículo en el contrario: ¿qué sentido tiene, por ejemplo, escribir para lectores a quienes sólo les interesa alimentar su odio o apego visceral ante el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, que en definitiva sólo quieren saber lo que ya saben, y que por política entienden la comidilla cotidiana de la que quizás sea la prensa más polarizada y vacua de todo el continente? ¿Para quiénes estoy escribiendo? ¿Qué tengo en común con mis lectores aparentes? ¿No será qué estoy conectado a un público más parecido al televidente que al de verdaderos lectores, a quien jamás podré entender ni complacer? ¿Para qué sirve, en el fondo o al menos en mi caso, la fulana interactividad de los nuevos medios de comunicación? O, peor todavía, ¿no será que demasiados lectores de blogs en definitiva sólo aspiran a disponer de un pasatiempo perverso o una especie de catarsis para desahogarse en burlas e insultos a quien se les teleatraviese? ¿No será por eso que la mayoría de publicaciones electrónicas tienden a suprimir los comentarios anónimos y hasta los comentarios a secas?

Y en esas andaba, hasta animoso de seguir al pie de la letra el consejo de tantos expertos neomediáticos de no andar dando explicaciones sobre asuntos extrapúblicos, cuando comencé a experimentar una desazón de signo contrario, a saber, que retornaba a vivir, como antes, pendiente de escribir y fotografiar para un público imaginario o quizás y a lo sumo póstumo, o que me convertía en una especie de bloguero fantasma, que supongo debe ser peor que uno descomentado. Todo con la cabeza, y la sección de entradas sin publicar, atiborrándose de artículos, y la fecha de los dos años del blog viniéndose encima. Así que, de repente, contrariando una vez más a mis consejeros, me puse a escribir esto, no sé si como el alacrán aquel que picó al sapo que lo transportaba en el río...

El resultado es que estoy de regreso y comenzaré a divulgar, con o sin comentarios y por los momentos con fechas atrasadas hasta que decida otra cosa, quizás con las infaltables interrupciones temáticas, y más o menos en ese orden, los artículos restantes sobre el proceso electoral venezolano; también la parte final de la subserie sobre el estado Lara, que quedó inconclusa; algunas pequeñas series sobre las políticas brasileña, argentina, chilena y mexicana, y un breve remate sobre la colombiana; la culminación de la importante serie sobre las necesidades y libertades en América Latina; otra serie más sobre los sistemas de vida en el subcontinente, y luego, para rematar -¿celebrar?- los doscientos artículos y/o dos años del blog, una serie larga sobre el citado bicentenario. Para acelerar la salida de los artículos en abril, es probable que algunos vean su primera luz como bocetos o sin estar acabados, y quizás con fotofrafía pendiente, con miras a rematarlos luego.

Aquí van los artículos adeudados, sobre todo a mis lectores más asiduos y de buena voluntad, que también sé que los tengo, y quienes no tienen que pagar por los platos rotos de aquéllos...

El sistema político venezolano puesto al desnudo
por las elecciones parlamentarias


No es precisamente una buena noticia, pero lo cierto es que en todo el planeta la pretendida soberanía democrática de los ciudadanos tiende a estar cada vez sitiada y acosada por maquinarias, roscas, caudillos o mafias económicas, políticas o delictivas, transnacionales, nacionales, sectoriales o locales, que imponen cuanto se les antoja, con escasos escrúpulos, y obran cada vez más sin control externo alguno. Pese a que en la letra de numerosas constituciones y teorías de la democracia, los parlamentos o asambleas son los llamados a establecer las leyes que regirán el funcionamiento de las naciones, y que por tanto normarán las acciones de los restantes poderes públicos, formales o informales, lo cierto es que, por doquiera, estos entes legislativos se limitan, en los mejores casos, a legitimar o discutir políticas gestadas en gabinetes ejecutivos o en cogollos partidistas, cuando no en la cabeza de autócratas que parecieran encarnaciones absolutistas. Los parlamentos, para desgracia de los demócratas de todas partes y pese a honrosos esfuerzos como los adelantados en el de la Unión Europea, o, de vez en cuando en el estadounidense, tienden a ser escenarios, a veces burlescos, para la divulgación de las políticas de los ejecutivos y partidos a través de los medios de comunicación.

Y esto, que ya es particularmente válido en nuestra Latinoamérica, ha alcanzado cotas escandalosas en Venezuela. Poco a poco, a lo largo de décadas de fortalecimiento presidencialista, y sobre todo con la enmienda dizque constitucional de febrero de 2009, que terminó por sancionar la elegibilidad indefinida que había sido rechazada en diciembre de 2007 -y que por disposición constitucional no podía volver a someterse a referendo en el mismo período-, y la "Ley Orgánica de Procesos Electorales", publicada en la Gaceta Oficial del 12 de agosto de 2009, el sistema político venezolano se ha transformado, en los hechos, en algo muy distinto de lo establecido en la Constitución vigente.

A despecho del Artículo 6 de ésta, que postula que "El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y de las entidades políticas que la componen es y será siempre democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables", y de su Artículo 63, que establece que "... La ley garantizará el principio de la personalización del sufragio y la representación proporcional", el sistema se ha inclinado gravemente hacia el soporte de un estilo autocrático, delegativo, impuesto, centralizado, continuista, irresponsable, monolítico y de mandatos muy difícilmente revocables, que en la práctica partidiza el sufragio y elimina la proporcionalidad de la representación popular. Escasa duda nos queda de que el régimen político venezolano tiende a situarse entre los más presidencialistas y ventajistas, y menos sujetos a control popular real o de otros poderes públicos, en todo el globo.

Las veintitantas funciones de la Asamblea Nacional, de acuerdo a la Constitución, que pueden ser reducidas a cuatro funciones básicas: legislar en materias de alcance nacional, ejercer controles sobre el ejecutivo, potenciar la participación ciudadana y servir de escenario de debates de interés nacional, han venido menoscabándose en los hechos y también en los derechos con la mencionada "Ley Orgánica", hasta convertir en letra muerta los dictados constitucionales, al punto de que sólo se mantiene relativamente vigente la última de tales funciones básicas. El enfoque que ha predominado acentúa todas las limitaciones de un modelo político unicameral y mayoritario, que tiende a ser el favorito de regímenes altamente centralizados o no federales. Este conjuga las desventajas de una sola cámara, la falta de representación real de las distintas regiones geográficas, con las del esquema de elección mayoritario, a saber, la falta de representación proporcional de las minorías de cualquier índole y la sobrerrepresentación de las mayorías.

Este modelo, cuyo máximo exponente mundial quizás sea el archicentralizado modelo chino, en América Latina sólo lo comparten actualmente Cuba, Ecuador y Guatemala. Los únicos otros Estados unicamerales: Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Panamá y Perú, enfatizan de uno u otro modo la representatividad de las minorías, por lo general a través de listas cerradas de partidos y con variantes del llamado método d'Hondt (el de cocientes sucesivos que se usa, por ejemplo, en la mayoría de las elecciones sindicales y estudiantiles).

Gracias al esquema recientemente adoptado, las fuerzas políticas en desacuerdo con el gobierno, que obtuvieron la mayoría absoluta de votos en favor de sus listas respectivas en el conjunto de las entidades federales, y que triunfaron al elegir 27 diputados (26 la Mesa de Unidad Democrática y 1 el PPT) de un total de 52 elegidos por tales listas proporcionales, resultaron sin embargo derrotadas en las elecciones nominales o no proporcionalmente representativas, en donde sólo alcanzaron a elegir a 39 de 110 diputados, frente a 71 electos por el gobierno. Al sumarle, con criterios análogos, los dos diputados dizque electos por los indígenas, frente a sólo uno electo en propuestas afectas a la MUD, el gobierno terminó alzándose con 98 diputados, apenas uno menos que lo requerido para hacer mayorías de un 60%, frente a sólo 67 diputados del conjunto de las fuerzas opositoras. O sea que el ya venido a menos poder legislativo, gracias a una singular ingeniería electoral, que agrupó o disgregó las circunscripciones electorales para la elección de diputados nominales en favor neto del gobierno, quedó, abstracción hecha de posibles fraudes asociados a la falta de testigos opositores en mesas remotas y pese a la voluntad expresada en las máquinas y urnas, todavía más menguado y con una casi aplastante mayoría oficial.

Entre los casos más graves de sobrerrepresentación de las fuerzas oficiales, como producto de la tecnología electoral aplicada bajo el manto de la citada "Ley Orgánica de Procesos Electorales", están los siguientes: en Apure, con el 60% de los votos válidos, el gobierno se quedó con el 80% de los diputados electos (4 de 5); en Barinas, con el 56% de los votos, se hizo con el 83% de los diputados (5 de 6); en Bolívar, con el 50% de los votos, se puso en el 75% de los diputados (6 de 8); en Carabobo, con sólo 43% de votos obtuvo el 60% de diputados (6 de 10); en Delta Amacuro, con 72% de votos se alzó con el 100% de diputados (4 de 4); en el Distrito Capital, con 48% de votos logró el 70% de diputados (7 de 10); en Falcón, 52% de votos le permitieron lograr el 67% de diputados (4 de 6); en Guárico, con 58% de votos se quedó con 80% de diputados (4 de 5); en Lara, con sólo 41% de los votos, se dotó del 67% de los diputados (6 de 9); en Mérida el 49% de los votos permitió alcanzar el 67% de las curules en juego (4 de 6); en Monagas el 59% de votos se convirtió en un 83% de diputados (5 de 6); en Trujillo el 63% de votos se volvió un 80% de diputados (4 de 5); en Vargas con 55% de votos se obtuvo un 75% de diputados (3 de 4); y en Yaracuy 55% de votos fueron convertidos en un 80% de diputados (4 de 5). Adicionalmente, en Aragua, con el 50% de los votos, se alzó con el 62,5% de los diputados (5 de 8); en Cojedes, con 64% de los votos alcanzó el 75% de diputados (3 de 4); y en Miranda el 41% de votos se tradujo en 50% de diputados (6 de 12).

Del hecho de que el electorado progubernamental haya quedado subrepresentado en entidades como Amazonas (42% de votos y 33% de diputados, ó 1 de 3), Anzoátegui (45% de votos y 12,5% de diputados, ó 1 de 8), Nueva Esparta (41% de votos y 25% de diputados, ó 1 de 4), Táchira (42% de votos y 29% de diputados, ó 2 de 7), y Zulia (44% de votos y 20% de diputados, ó 3 de 15) no se deduce, como quiso hacerlo creer el Presidente, que las reglas electorales fueran imparciales, sino que en ciertos casos no evitaron que saliera el tiro por la culata, con el consiguiente castigo para los votantes del PSUV, o validando el viejo aserto de que, a veces, hasta al mejor cazador se le va la liebre. Lo que cuenta, para nuestros efectos, es la resultante de todo el proceso, que otorgó al PSUV, con un 48% de los votos válidos de los electores a nivel de las entidades federales, un 60% (98) de los 165 diputados a la Asamblea Nacional.

En cualquier caso, nos luce que la polarización política, y el correspon- diente acapara- miento de la escena política por partidos e instituciones cada vez más alejados del control y el voto popular y cada día más manipulados desde arriba, está actuando como un corrosivo de nuestra frágil democracia. De no alterarse esta tendencia, las consecuencias podrían ser nefastas, pues las diferencias políticas que no puedan dirimirse por los votos tenderán a tratarse por otros mecanismos, y podríamos vernos, en 2012-2013, para nuestra vergüenza como herederos del legado bolivariano, envueltos en marasmos como el que vivimos diez años atrás.

martes, 18 de agosto de 2009

Nuestras capacidades estructurales políticas

No sé si te habrás dado cuenta, cara lectora o lector, de que en las entregas anteriores he hablado de tres capacidades estructurales básicas o inherentes a toda sociedad humana: las productivas, las culturales y las políticas; y tres producto de la evolución histórica de las sociedades: las territoriales, las mediáticas y las educativas, pero que, hasta ahora, sólo me he ocupado de las dos primeras y, luego, de las tres últimas, sin atender hasta ahora el tercer tipo de capacidades o capacidades políticas. Esto no fue un olvido ni un incidente casual, sino una opción deliberada debido a que estoy convencido de que las capacidades políticas, si bien son absolutamente esenciales e importantes en toda sociedad, e inclusive decisivas en muchas circunstancias, son también, aunque aparenten ser lo contrario, las menos autónomas de todos los seis tipos de capacidades.

Las capacidades políticas, o referidas al ejercicio del poder y la toma de decisiones sociales, son simplemente, en el fondo, capacidades de mediación y de resolución de conflictos entre las otras capacidades, por lo cual se entienden mejor si se examinan después de las capacidades restantes. O sea, son algo como los lóbulos cerebrales más directamente vinculados a la toma de decisiones conscientes, como el frontal, el parietal y el occipital, que, en apariencia, gobiernan o mandan sobre el resto del cuerpo, pero que, en el fondo, en el organismo sano no tienen "intereses propios" sino que son un instrumento para coordinar las acciones de nuestros demás instrumentos, aparatos u órganos, por lo cual, en los estudios de anatomía médica, por ejemplo, suelen estudiarse al final. (En el organismo enfermo, por supuesto, poseído de manías, delirios, etc., el cerebro se autonomiza, por decirlo de algún modo, y puede llegar hasta a conducir a su autodestrucción al resto del cuerpo; y algo análogo puede ocurrir con el sistema político de la sociedad, como ocurrió patentemente en el caso hitleriano...)

Según nuestro modelo estructural de la sociedad, las capacidades políticas servirían de mediadoras entre las capacidades culturales y productivas de aun las sociedades más primitivas. Si, por mero ejercicio mental, nos imaginamos a Eva y Adán solos y en el propio Paraíso Terrenal, con abundancia absoluta de todos los frutos maduros todo el tiempo, podemos imaginarnos una mañana en donde a Eva le provoca desayunar con guayabas de unas matas que están a un kilómetro de donde amanecieron y a Adán comer mangos que están ahí mismito en unas ramas bajitas, por lo cual tendrían que resolver, políticamente, el conflicto surgido, con el empleo de cierto liderazgo y participación, con variantes del tipo, te acompaño, mi amor, pero por hoy, a desayunar con guayabas; comemos juntos hoy mangos y mañana de aquéllas; me acompañas primero tú a mí a comer aquí y luego vamos juntos allá; hoy desayunamos por separado, nos damos un besito y te vas tú por tu cuenta, etc.; y es evidente que la cosa se complicaría si las guayabas están no a uno sino a diez kilómetros, y no segura sino probablemente maduras, y si alguno de los dos amaneció de mal o regular humor... Lo que queremos decir es que aun en las condiciones más idílicas pensables, en toda sociedad existirían los gustos y preferencias, o la cultura, esfuerzos físicos necesarios para hacer las cosas, la producción, y esfuerzos de mediación para resolver los conflictos entre las esferas anteriores, la política.

Tan básicas o primarias son las capacidades políticas que inclusive buena parte de los vertebrados más evolucionados, como las aves y los mamíferos, conocen mecanismos de resolución de conflictos que incluyen comportamientos muy parecidos a alianzas, concesiones, luchas, escogencias, liderazgos, participación, arbitrariedades, seguidismos, y afines, para conformar algo como una proto o cuasipolítica. Pero, mientras que en toda comunidad u organismo sano los conflictos se resuelven para el beneficio de todas las partes en el largo plazo, en las sociedades no sanas se crean fracciones o clases permanentes que introducen imposiciones, desarmonías y desequilibrios que, tarde o temprano, acarrean rupturas o desequilibrios mayores. En particular, en las sociedades de clases y dotadas de Estado, que, como ya lo hemos señalado, habrían emergido con el control y la ocupación sedentarios de territorios con ventajas especiales, la política suele servir para la imposición de los valores e intereses de unas clases contra las demás, por lo cual suele verse como una esfera ajena a la participación de las mayorías, hasta que estas mayorías se rebelan e intentan revertir, dentro del mismo sistema, la hegemonía de intereses dominantes. Y así se mantienen, en ese estira y encoge, hasta que ocurren transformaciones estructurales o mutaciones más profundas que conducen a un cambio no del poder de las clases dominantes, sino del sistema social mismo, con lo cual se redefinen, o quizás algún día desaparezcan, las clases sociales.

Y, así como las capacidades estructurales básicas serían las tres mencionadas, las capacidades políticas, al estilo de los llamados fractales -o estructuras que se ramifican una y otra vez según un mismo esquema o patrón-, se subdividen también en tres subcapacidades: la ideología política, racionalidad política o simplemente ideología, que rinde cuenta de los propósitos o fines de la política; la práctica o activación política, en donde se llevan a cabo las acciones para llevar a cabo las decisiones políticas tomadas; y la dirección política, o simplemente dirección, o instancia en donde se toman las decisiones correspondientes. Estas tres instancias, a su vez, a medida en que las sociedades se hacen más complejas, dan lugar a los tres poderes básicos de todo Estado, estudiados originalmente por Aristóteles, en su Política, y comprendidos luego más profundamente por Montesquieu, en su El espíritu de las leyes, o sea, reordenando los componentes anteriores, al poder legislativo, que interpreta el deber ser de la sociedad; al poder ejecutivo, que toma e instrumenta las decisiones, en los casos de conflictos, que afectan a toda la colectividad; y al poder judicial, que vela por la aplicación correcta de los mandatos legislativos y las decisiones ejecutivas.

Cuando, en el mundo antiguo, aparecieron las capacidades a las que aquí estamos llamando territoriales, y con ellas el uso permanente de equipos, herramientas y obras de infraestructura, también las capacidades políticas se transformaron y se enriquecieron con organizaciones y maquinarias bélicas, armas y obras militares o edificaciones diversas para ejercer el poder, proteger o atacar territorios, tales como ejércitos y policías permanentes, tribunales, palacios de los poderosos, muros defensivos de las ciudades, etc., que eran desconocidos en las sociedades primitivas sin clases sociales. Luego, en un proceso semejante, cuando, en las sociedades a las que estamos llamando medias, y con las correspondientes capacidades mediáticas de comunicación e instrucción, aparece el mundo de representaciones, imágenes, documentos y archivos diversos de que hemos hablado antes, también las capacidades políticas se amplían con la elaboración de leyes, reglamentos y normas escritas emanadas de instituciones especializadas, así como de textos, folletos, afiches y propaganda política diversas, en una escala desconocida en el mundo antiguo. Y cuando, en los dos últimos siglos, emergen las sociedades a las que estamos llamando modernas, caracterizadas por el uso intensivo y permanente de nuevos conocimientos, gestados en el seno de los sistemas de tipo educativo propiamente dichos, también las capacidades políticas, con el nuevo criterio fractal, se expanden con centros de formación de cuadros y de investigación y elaboración de diagnósticos, planes estratégicos, programas políticos y políticas públicas y sectoriales que, por regla general, apuntan hacia el perfeccionamiento de la democracia.

Con este último concepto se aplica, análogamente, todo lo que ya hemos dicho para la educación y que diremos para todos aquellos sistemas y capacidades basados en conocimientos o propios de las sociedades modernas, cual es el caso de que las sociedades premodernas, como en general somos las sociedades latinoamericanas, que no terminamos de hacer de la generación de conocimientos un recurso cultural, productivo, educativo, etc., tendemos a creer que también disponemos de un sistema democrático, de sistemas educativos, de planes estratégicos de desarrollo, de centros de investigación, y afines, cuando lo apropiado sería que, más modesta y realistamente, y excepción hecha de los desarrollos embrionarios en algunos de nuestros países, habláramos de un sistema oligárquico o burocrático, de sistemas de instrucción, de programas tácticos u operativos de crecimiento, o de centros de difusión de información, etc.
Al no entender estas diferencias estructurales, lo que equivale a decir al no percatarnos de que en buena medida nuestras sociedades siguen siendo ciegas al nuevo conocimiento, y hablar de nuestras democracias como si fuesen del mismo género que las escandinavas, anglosajonas o europeas en general, nos condenamos a armar frágiles parapetos y sistemas inestables que no nos permiten librarnos de la que podríamos llamar la maldición socrática, pues ya el sabio Sócrates, quien pagó con su vida tal irreverencia, se dio cuenta de que, y lo dijo públicamente hace dos mil años, sin sistemas educativos capaces de formar hombres y mujeres virtuosos y sabios las democracias no podrían ser sino un momento de un ciclo perverso entre las oligarquías y las tiranías, o un desahogo momentáneo de los pobres frente a la mezquindad de los ricos y los déspotas. Y, yendo más allá, y sin ser miembro de nuestro santuario, otro sabio antiguo, Aristóteles, vio agudamente la vía para resolver el impasse socrático, cuando afirmó, en la Política, lo que nos parece perverso intentar reescribir:
"... la asociación política es sobre todo la mejor cuando la forman ciudadanos de regular fortuna. Los Estados bien administrados son aquellos en que la clase media es más numerosa y más poderosa que las otras dos reunidas, o por lo menos que cada una de ellas separadamente. Inclinándose de uno o de otro lado, restablece el equilibrio e impide que se forme ninguna preponderancia excesiva. Es, por tanto, una gran ventaja que los ciudadanos tengan una fortuna modesta, pero suficiente para atender a todas sus necesidades. Donde quiera que se encuentran grandes fortunas al lado de la extrema indigencia, estos dos excesos dan lugar a la demagogia absoluta, a la oligarquía pura o a la tiranía; pues la tiranía nace del seno de una demagogia desenfrenada, o de una oligarquía extrema, con más frecuencia que del seno de las clases medias y de las clases inmediatas a éstas..."
Y, si a esta idea aristotélica hiperlúcida le añadimos algo que este sabio no sabía, que la educación verdadera y orientada hacia la generación de nuevos conocimientos es la vía más expedita para la formación de clases medias, pues permite el enriquecimiento de todo el mundo, al poner a valer precisamente un recurso natural en el cual todos los seres humanos somos extrarricos, cual es la posesión de cien mil millones de neuronas susceptibles de conectarse a través de un número casi infinito de sinapsis -que son el asidero de los conocimientos-, entonces se cae de maduro que la vía central para edificar una verdadera democracia política y una verdadera planificación estratégica y una verdadera riqueza autosustentable y un futuro verdaderamenta promisorio para nuestras naciones no es otra que la valorización del conocimiento en cada vez más más personas, ámbitos, movimientos e instituciones con potencial educativo, lo que es lo mismo que la transformación estructural de nuestras capacidades. ¿Qué más nos tiene que pasar para que nos decidamos a hacerlo?