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viernes, 30 de octubre de 2009

Nuestras capacidades sustanciales informativas

Incluso a pocos párrafos de concluir esta serie no está de más repetir que la diferencia esencial entre estas capacidades, a las que hemos convenido en llamar capacidades sustanciales, y las de los otros dos tipos, las estructurales y las procesales, está en el carácter más concreto o más específico de las primeras en relación a estas últimas. Una especie de test que, en lo personal, y después de muchos años de haber desarrollado, y lidiado con, estos conceptos, he empleado para distinguir unas de otras, cuando se presentan dudas, es el siguiente: si una capacidad dada es fácilmente imaginable de ser trasplantada a otro país o ambiente y, en el nuevo contexto, conserva su aplicabilidad o relevancia, entonces se trata de una capacidad estructural o procesal -las cuales son sencillas de distinguir entre sí, por su carácter sincrónico, unas, versus diacrónico, las otras, como su propio calificativo lo sugiere-; en caso contrario, es decir, si tal aplicabilidad se pierde con el trasplante, entonces se trata de una capacidad sustancial.

Esto viene a cuento porque estas capacidades sustanciales informativas podrían confundirse con las capacidades estructurales mediáticas que exploramos anteriormente, puesto que ambas están referidas al manejo de información. Pero mientras que las segundas se refieren a las capacidades generales -y por tanto son susceptibles de ser trasplantadas a, o utilizadas en, otros contextos- de generación, procesamiento, almacenamiento, recuperación y difusión de información, las otras se vinculan al manejo de información específica sobre una determinada realidad. Tal y como en algún momento lo indicamos, las capacidades estructurales se relacionan con la anatomía o configuración general de los sistemas, como cuando estudiamos la anatomía del aparato respiratorio humano, que es la misma aquí o en la Cochinchina, mientras que las capacidades sustanciales se asocian con la manera específica de funcionar tales sistemas en un contexto particular, o sea, comparables a respirar en un ambiente dado. A título ilustrativo: sería perfectamente posible que un equipo de futbolistas, con capacidades respiratorias generales en perfecto estado, pudiese tener dificultades, permaneciendo los demás factores constantes, a la hora de medirse en una cancha a más de cuatro o cinco mil metros de altura, contra otro equipo, con varios de sus jugadores con problemas generales de bronquitis, pero con capacidades respiratorias específicas mucho más adaptadas a jugar en las condiciones de escasez de oxígeno propias de tal altura. Del mismo modo, y como lo veremos más abajo en este mismo artículo, es posible que una sociedad posea capacidades estructurales mediáticas avanzadas y, a la vez, capacidades sustanciales informativas rezagadas, o viceversa.

Aunque la información siempre es una variación en algún flujo de energía susceptible de ser interpretada por algo o alguien en un contexto dado para decidir un curso de acción, las capacidades para manejar tal información pueden ser tanto generales, es decir estructurales, como específicas, o sea sustanciales. Mediante la instrucción básica, y a través del equipamiento y desempeño de los diversos medios de comunicación e información, los países pueden desarrollar sus capacidades estructurales mediáticas, pero sólo con el estudio creciente y la sistematización de datos sobre sus realidades pueden transformar sus capacidades sustanciales informativas. En nuestra América Latina, por supuesto, sin llegar a descollamiento alguno, hemos tenido avances, sobre todo en el último siglo y gracias a la ampliación del acceso de nuestra gente, y en particular de nuestras mujeres, a la instrucción general, así como con una dotación significativa de equipos de comunicación, en materia de capacidades mediáticas; pero seguimos, en promedio, profundamente rezagados en materia de capacidades sustanciales informativas en prácticamente todos los campos.

En la esfera productiva, por citar un ámbito, el grueso de nuestras empresas locales, pese al nivel educativo de su personal y al equipamiento de sus oficinas, carecen de contabilidades y registros de datos efectivamente aptos para soportar actividades de toma de decisiones operativas, administrativas y gerenciales. Los balances financieros, estados de ganancias y pérdidas, tendencias de la producción y las ventas, etc., por regla general están atrasados, son de poca utilidad a la hora de tomar decisiones cruciales, y se usan principalmente en momentos estelares, como a la hora de solicitar préstamos, declarar impuestos, etc., o sea, en función de requerimientos externos y no internos. Y lo mismo puede decirse de sus prácticas operativas, sus directorios y catálogos, sus colecciones de planos y dibujos de diseño, y hasta los letreros de instrucciones de los equipos y las señales de seguridad en las plantas industriales.

Me temo que la mayoría de los lugares de realización y recepción de llamadas telefónicas de nuestro subcontinente están dotados con un personal de suficiente nivel de instrucción formal y con equipos electrónicos relativamente avanzados, pero carecen de un directorio razonablemente completo sobre los clientes, usuarios, competidores o proveedores de la organización a que pertenecen. Muchos de nuestros empresarios, gerentes y supervisores desconocen que, en una típica planta metalmecánica, por ejemplo, el valor potencial para la empresa de sus planos detallados de fabricación de piezas y equipos suele ser superior al de la maquinaria con que cuenta. Constituye una rareza que alguna de nuestras librerías, discotiendas o videotiendas cuente con catálogos para localizar libros, discos o videos que no estén en las exhibiciones. Es frecuente que, dada la escasez de entrenamiento e información específicos relevantes, los propios equipos suelan ser aprovechados muy por debajo de sus capacidades nominales. No es infrecuente que el personal desconozca hasta el modo de emplear botones o comandos básicos de los equipos pues sus instrucciones de uso están en inglés...

La situación suele repetirse en prácticamente todas las esferas, desde la histórica o la referida a nuestra naturaleza, en donde buena parte de nuestros documentos y estudios se basan en los comentarios y apreciaciones de ilustres visitantes o cronistas, como Alejandro de Humboldt, Aimé Bonpland, Charles Darwin y afines, hasta la edafológica, geológica o cultural. En líneas generales, es hartamente insuficiente la información con que contamos sobre nuestra historia o nuestros bosques, fauna, suelos, subsuelos o creaciones musicales o literarias, incluso después del advenimiento de Internet, en donde hay más información sobre la nobleza de Luxemburgo que sobre nuestros terratenientes y latifundistas. Nuestras inmensas riquezas forestales, nuestra biodiversidad o nuestro acervo cultural permanecen subaprovechados, en gran medida, debido a la falta de información específica relevante sobre sus características y a la falta de políticas apropiadas. Tan grave es la situación que, en el presente, existe un importante contrabando de extracción de maderas, resinas, pigmentos, metales preciosos, sustancias vegetales y hasta especies vivas de animales, que se comercializan en Europa o los Estados Unidos con desconocimiento de nuestros Estados.

Quien suscribe, a quien por lo menos no se le debería acusar de falto de interés individual por conocer nuestros recursos locales, ha tenido la experiencia de conocer en el exterior escritorios o esculturas de maderas extrafinas, extrapesadas o extraimpermeables extraídas de nuestros bosques amazónicos, de las cuales no tenía ni noticia; o de enterarse por canales televisivos foráneos de que la araña más venenosa del mundo tiene su hábitat en las montañas del norte de Venezuela, donde obviamente se halla Caracas. Me atrevo a afirmar que la abrumadora mayoría de mis compatriotas jamás han probado y desconocen la existencia del semeruco (cereza, para los llaneros; acerola, para los brasileños, etc.), que, como ya lo señalamos en algún artículo anterior, es la fruta con el récord mundial de concentración de vitamina C o ácido ascórbico. Y, por los vientos que soplan y para su inmenso dolor, todo sugiere que el susodicho redactor de estas líneas abandonará este mundo sin haber visto jamás (salvo que algún día se lo tropiece en quien sabe qué zoológico extranjero, a los que gusta de visitar cada vez que puede y en donde ha conocido especies criollas no vistas en su propia tierra), ni siquiera en fotografías o películas, al desdentado, armadillo o cachicamo mayor del mundo, el cuspón, cuyo principal hábitat son las selvas tropicales venezolanas... .

Los hispanos que conquistaron y colonizaron nuestros países no sólo venían imbuidos de una especie de ceguera congénita ante la información y el conocimiento de lo nuevo, y armados con la institución inquisidora y baterías de calificativos, como los de alumbrado, cabeza e´ñema, cabeza caliente, librepensador, impío, hereje, infiel, volteriano, ateo, enciclopedista, anticatólico, y muchos otros, contra todo aquel que se atreviera a pensar con cerebro propio, sino también con una prepotencia dispuesta a despreciar toda información o experiencia de las poblaciones nativas y a reemplazarla, hasta sin base alguna, por términos y conceptos de su propia factura. Tal fue el caso, para no perder la costumbre de mostrar algún botoncito, de la lechosa o la piña, frutas absolutamente desconocidas para ellos, que tenían su nombres autóctonos, papaya y ananás, pero que fueron rebautizadas por las segregaciones de su concha inmadura, una, o su remoto parecido con las piñitas del pino, la otra. El rescate, en la medida de lo factible, y la debida documentación y datación, del inmenso arsenal de saberes de nuestras poblaciones indígenas autóctonas acerca de nuestra flora, fauna y recursos naturales en general, e incluyendo sus propias lenguas y tradiciones, todos ellos amenazados de extinción, es una tarea de suma importancia y urgencia impostergable.

Dentro de este panorama latinoamericano, no precisamente halagüeño en materia de capacidades sustanciales informativas, es de justicia señalar que algunos países, dentro de los que podríamos señalar a Brasil, Cuba, Argentina y México, por los esfuerzos realizados en pro del manejo de información sobre su historia, su cultura y sus recursos naturales, quizás acompañados a distancia por Chile y Colombia, o por Perú, en lo arqueológico, han comenzado a erigirse en interesantes excepciones a esta regla. En Sao Paulo, Brasil, hemos conocido el único museo dedicado a mostrar la historia de la población y la cultura afroamericana de que tengamos noticia. En Cuba hemos visto las más extraordinarias revistas sobre la evolución de nuestra música. En Argentina existen un museo y una universidad del tango. Y en México se adelanta, a cargo del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI), el más completo estudio sobre las lenguas indígenas autóctonas que conozcamos, el cual ha detectado 364 variantes asociadas a 68 lenguas pertenecientes a 11 familias lingüísticas diferentes. Hace poco nos enteramos, y no sabemos definir con qué emoción, pues nos pusimos como alegritristes o nostálgicosorprendidos, de que en el saludo de una de estas lenguas, la chuj, de la familia maya, en lugar de decirse "hola" o "¿cómo estás?", se pregunta: "wach´am akóól", que literalmente significa algo así como: "¿está bien tu dimensión interior?"...

El caso venezolano es un ejemplo de avances considerables, en las últimas décadas y sobre todo en la que corre, en la esfera de sus capacidades estructurales mediáticas, con altos índices de alfabetización, matriculación en el sistema de instrucción, acceso a la radio, televisión, celulares, computadores e Internet, y otros factores, pero también de un profundo retraso en materia de capacidades sustanciales informativas sobre sus realidades locales de toda índole. En algunos casos excepcionales, como la valiosa sistematización de información sobre la avifauna nacional o sobre el subsuelo petrolero, los logros acumulados se han debido, más que a políticas coherentes estatales, a la iniciativa individual de pioneros como William Phelps o de empresas transnacionales. Aunque también habría que señalar, estos sí debidos a la actual política estatal, los avances en cuestión del levantamiento cartográfico del territorio o del patrimonio cultural detallado de la nación.

Opuestamente, el caso cubano es el de un liderazgo regional en materia de capacidades sustanciales informativas, que se traduce en la que probablemente sea, y pese a sus sesgos ideológicos, una de las más profundas comprensiones de su historia disponibles en cualquier país latinoamericano, así como en levantamientos sistemáticos de información sobre sus principales recursos naturales, su tiempo, clima y espacio geográfico, con una alta densidad de sistemas de recuperación de información, con datos y documentos relevantes sobre las distintas problemáticas locales; pero, a la vez, con rezagos injustificables en el desarrollo de sus capacidades estructurales mediáticas en materia, por ejemplo, de disponibilidad de periódicos, emisoras de radio o televisión independientes, celulares, computadores o acceso a Internet.

La creación de múltiples y accesibles bases y archivos de datos y documentos sobre nuestras realidades es una condición necesaria para nuestro tránsito definitivo hacia la modernidad. La aceptación realista de que no podemos saltarnos esta etapa, lejos de excluir la idea de su superación, puede partir del supuesto de que queramos trascenderla prontamente con miras a una sociedad cada día más justa y humanizada, de inspiración posmoderna, socialista, de bienestar social o como nos plazca denominarla. Pero sin información específica, sin saber quiénes somos, de dónde venimos o con qué contamos para construir nuestro futuro, seguiremos condenados a vivir en una especie de pasado perpetuo, no importa si cargados de sueños irrealizables.

La información es la materia prima indispensable para la creación de conocimientos, y el uso intensivo del conocimiento, para saber qué se quiere, por qué y para quiénes se quiere, y las maneras más efectivas de alcanzar eso que se quiere, es el rasgo distintivo de cualquier proyecto que se reclame moderno. Ese saber querer, ese conocimiento, es el recurso, el poder más valioso en las sociedades contemporáneas, y no puede erigirse sino sobre una necesaria y suficiente información relevante. La toma de conciencia acerca del valor de la información sobre nuestro mundo particular, y una mucho más profunda cooperación entre nosotros, que compartimos latitudes, selvas, ríos, floras, faunas, suelos, genes, lenguas, historias, tradiciones, conductas,... incomparablemente más afines entre sí que en relación a los equivalentes de nuestros dominadores de ayer o de hoy, y en lo esencial desconocidos por ellos, es clave para nuestra transformación y para dejar de habitar una realidad cargada de símbolos y de oportunidades que no sabemos como interpretar ni aprovechar.


Nota: Por penúltima vez le recordamos a nuestros queridos lectores que, desde el artículo número 50 de nuestro blog, y ahora hasta el 3 de noviembre, estamos aplicando una encuesta detallada: Mejorando a Transformanueca, que esperamos nos ayude a definir los enfoques venideros de nuestra publicación, y una encuesta simplificada: Opinando sobre Transformanueca, que también confiamos pueda ser útil. Hasta la fecha estamos sorprendidos por el bajo número de encuestas aplicadas, y francamente no logramos entender qué pasa (salvo las peregrinas hipótesis de que no se sepa cómo acceder a las encuestas, de que se esté visitando el blog sin leer los artículos, o de algo extrañisimo por el estilo...). Por si se deciden, no olviden hacer clic en el botón Continue, al terminar la Encuesta, después de la Pregunta # 10. Les agradecemos toda la colaboración que puedan brindarnos a este respecto.

viernes, 29 de mayo de 2009

Implantados y ofendidos: el caso de la cultura mexicana

En nuestra América Latina, si los pueblos argentino y uruguayo han sido los que más lejos han llegado en su intento por convertirse en naciones de tipo europeo, a través del mecanismo de transculturación por trasplante, el pueblo mexicano es quien ha hecho el mayor esfuerzo por reconstruir una cultura propia después del violento proceso de transculturación que cercenó su despótica clase dirigente azteca y le implantó una nueva jerarquía opresora. Durante tres siglos de dominación colonial, primero, y luego, con vaivenes revolucionarios, por dos siglos más, la historia mexicana epitoma como ninguna otra el drama latinoamericano de la búsqueda de una identidad cultural distinta de la indígena o la europea. La clásica imagen del capitán rebelde Fortuno Sarano, tomada en 1911 mientras aguarda la orden de fuego al pelotón de su fusilamiento por las fuerzas gubernamentales de Porfirio Díaz, es sólo una ilustración del infinito coraje desplegado por este pueblo heroico en defensa de su dignidad.

En sólo poco más de un siglo, la población del Imperio Azteca, estimada por estudiosos en el orden de unos 30 millones, fue reducida a menos de su décima parte. El exterminio a sangre y fuego de su antigua aristocracia dirigente, con sus gobernantes, sus sacerdotes y su artesanado altamente calificado para labores manufactureras y agrícolas, en donde se aprovecharon al máximo las rivalidades de los pueblos periféricos resentidos contra la dominación azteca; el azote de mortíferas epidemias de viruela, fiebres puerperales, sífilis y otras enfermedades venéreas, tifus, lepra, paperas y otras, así como toda suerte de tétanos, caries, alergias, diarreas y otros males, ante los cuales el conquistador, sobreviviente de las pestes que asolaron Europa por siglos, estaba relativamente mucho más inmunizado; y el sometimiento de la población a un régimen de trabajos esclavizados forzados en minas o haciendas, que la desconectó de su base alimentaria desarrollada por milenios, se cuentan entre los mecanismos decisivos de este poco publicitado genocidio, que sin embargo nunca logró extirpar del todo la rica cultura autóctona.

Transcurrido aproximadamente el primer siglo de conquista, el proceso dominante de transculturación por implante, siempre bajo la égida de la Iglesia Católica, comenzó a ceder terreno ante un proceso de hibridación o mestizaje, que con el tiempo, y sobre todo en los siglos XIX y XX, termina por convertirse en principal, hasta hacer de México una de las sociedades latinoamericanas más fuertemente mestizas (con un 70% de su población). En la sociedad estratificada colonial, inmediatamente debajo de los conquistadores y sus descendientes criollos, creció una casta oligárquica, llamada por algunos malinchista (término usualmente despectivo tomado de Doña Marina, alias "La Malinche", esclava indígena que se tornó amante, intérprete y fiel colaboradora de Hernán Cortés), resultante de la mezcla étnica de varones hispánicos con hembras locales, que intentó, hasta donde pudo, hacer suya la cultura occidental de los conquistadores. La población autóctona sobreviviente pasó a convertirse en la fuerza de trabajo marginalizada o "proletariado externo" encargada de los peores oficios cuando no crónicamente desocupada.

La sociedad emergida de estos procesos de transculturación por implante e hibridación, pese a su anatomía bizarra, no dejó de asimilar e integrar aportes civilizatorios occidentales, entre los cuales destaca la adopción del castellano como lengua dominante, con joyas literarias como las legadas por Sor Juana; la introducción del cultivo de nuevos cereales, legumbres y frutas, que se sumaron a los de origen indígena como el maíz, el cacao, el tomate , los ajíes, etc., y la crianza de animales domesticados para la producción de carne, leche y cueros, así como de tracción y de silla; la difusión de arados, vehículos con ruedas, y numerosas herramientas de carpintería, construcción, alfarería, cordelería, textilería, pesca, y productos manufacturados diversos como aguardientes y jabones, el sistema español de pesas y medidas, la economía mercantil y monetaria, y la propiedad privada de tierras y bienes. También es innegable que el catolicismo, pese a los fariseísmos y frecuentes nexos con el poder de sus jerarcas, jugó un papel no sólo moralizante, frente a, por ejemplo, las prácticas de sacrificios y esclavizaciones masivas practicadas por los aztecas, sino también como promotor de la educación y alfabetización de crecientes capas de la población, de la creación de universidades y de la formación de clérigos que en mucho anticiparon a los profesionales modernos.

Hacia finales del siglo XVIII surgen los conflictos entre criollos y peninsulares que, bajo la coyuntura de la anexión francesa de la metrópoli española, desencadenan el proceso que culmina con la Independencia. Con ésta se inicia un nuevo período en donde se intentará crear una sociedad tricultural, con las raíces indígena e hispánica, como culturas antecesoras, pero con la aspiración a centrarse en una nueva cultura nacional. En la sociedad mexicana, como quizás en ninguna otra del subcontinente, después de la independencia se libró un duro enfrentamiento entre el clero que, durante la colonia y mediante el cobro de diezmos y otros impuestos, llegó a monopolizar la propiedad de la tierra, y los sectores laicos criollos que se plantearon forzar a la iglesia a enajenar muchas de sus propiedades y obtener así su parte en el reparto del despojo colonial.

La Revolución Mexicana desatada contra el General Porfirio Díaz, quien, a los ochenta años y después de cinco mandatos presidenciales consecutivos durante treinta años, pretendió ser electo nuevamente, consistió, inicialmente, en una rebelión liderada por el intelectual Francisco Madero, quien logró el derrocamiento de Díaz y se convirtió después en Presidente electo, y luego, tras su asesinato por los porfiristas con respaldo estadounidense, en un masivo levantamiento campesino, liderado desde el Norte por Pancho Villa y desde el Sur por Emiliano Zapata. Este movimiento se propuso acabar con el viejo régimen y repartir la tierra de los latifundistas herederos de las propiedades coloniales. La Revolución, que duró diez años de cruentas luchas con un saldo de más de un millón de muertos, comenzó enfatizando las reivindicaciones agrarias de los campesinos, pero terminó, en gran medida debido a sus debilidades conceptuales y programáticas, entronizando en el poder a una nueva clase dirigente integrada por los anteriores latifundistas y los nuevos comerciantes, banqueros y la élite de "revolucionarios" enriquecidos con el proceso y organizados en el Partido de la Revolución, que luego se convirtió en el PRI.

No obstante, y sobre todo durante el mandato de Lázaro Cárdenas, que supo aprovechar inteligentemente la coyuntura internacional antifascista, la Revolución Mexicana sí logró importantes avances en materia de reducción de la estructura latifundista, con distribución de cerca de 36 millones de hectáreas hasta 1956; de reivindicación de la soberanía nacional ante la explotación extranjera, nacionalizando las empresas ferroviarias inglesas y las petroleras estadounidenses; de impulso a un movimiento sindical organizado, que por años ejerció un liderazgo en toda América Latina; y, sobre todo, de consolidación de una cultura nacional digna y soberana ante los intereses extranjeros, expresada plásticamente en el poderoso movimiento muralista, en mucha de la música ranchera, en el cine de Cantinflas y otros, exenta de estériles belicismos antiimperialistas.

Con el advenimiento del período mundial de la Guerra Fría, se inicia también una masiva penetración de capitales estadounidenses y se replantea, de alguna manera, al interior del PRI, la vieja disputa entre partidarios de un enfoque conformador según patrones extranjeros, y autóctonistas empeñados en el enfoque contrario. La Masacre de Tlatelolco en 1968, que comentamos en un artículo anterior, y el terremoto que abatió a Ciudad de México en 1985, sin embargo, pusieron al desnudo la pérdida de perspectivas y la corrupción del PRI, y desataron las dinámicas políticas del México contemporáneo. Con promisorios nuevos liderazgos, ahora con la modalidad de un Norte industrializado, pero también repatriador de ganancias, maquilador y partidario del acercamiento incondicional a los Estados Unidos, enfrentado a un Sur turístico, más atrasado y heredero de las glorias pasadas, México ha reemprendido la búsqueda de un mejor destino, se ha colocado entre las naciones latinoamericanas con menor índice de pobreza, mayor calidad de vida y mayor desarrollo humano sustentable, y es, junto con Brasil y Chile, una de las pocas naciones que ha logrado diversificar sus exportaciones.

La tarea de la modernización de México, y de toda América Latina, como bien lo señalara una y otra vez Octavio Paz, sigue pendiente, aunque no tiene por que calcar ningún otro modelo o patrón ni limitarse a ese techo. Quizás la clave para impulsarla esté, como lo apuntan él mismo y Laura Esquivel, al analizar el personaje Malinche, en entender que la escogencia entre un pasado azteca bueno y otro hispánico malo, o viceversa, es un maniqueísmo pueril. A fin de cuentas, Doña Marina o Malinalli ya era una sufrida esclava en tiempos de los aztecas, con lo cual no dejó de ser "mexicana" al propiciar la alianza entre su pueblo tolteca, oprimido por ellos, y los españoles. Ella creyó al inicio que estos eran sus libertadores y a Cortés, como lo hizo hasta el propio Emperador Moctezuma- que se suponía Dios-, la anunciada reencarnación del amoroso y poético Quetzalcóatl que venía a desplazar al sanguinario Huitzilopochtli azteca. Y también suele olvidarse que ella supo desengañarse luego, horrorizarse ante el ensañamiento de su primer amante contra su pueblo y rechazarlo, y descubrir en su nuevo compañero español, el Capitán Jaramillo, el amor de su vida y la posibilidad de un futuro distinto para sus descendientes mestizos.