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martes, 14 de septiembre de 2010

Hacia una transformación social piloto en Lara (IV): La perspectiva económica

La actividad económica larense en general

Aunque, desafortunadamente, no disponemos -y aparentemente no dispone nadie más- de datos sobre el valor agregado o producto de las actividades económicas del estado, y mucho menos de una matriz insumo/producto a nivel estadal, podemos hacernos una idea de las magnitudes de las actividades económicas del estado calculando algunos indicadores en base a la escasa información oficial disponible.

En base a las cifras del Censo Nacional de 2001 y los indicadores del Índice de Desarrollo Humano del mismo año, por ejemplo, el estado Lara sería la quinta entidad nacional por sus aportes económicos de poco más de 5.500 millones de dólares de ese año en relación a un Producto Interno Bruto Nacional de 86.100 millones de dólares corrientes, equivalentes a poco más del 6% de dicho PIB, y sólo por debajo de los aportes de Zulia, con 13%; Miranda, con 12,8%; Distrito Federal, con 10,3%; y Carabobo, con 9%. El producto interno promedio per cápita de Lara, para ese mismo año, habría sido, a precios corrientes, de US$ 3.557, ligeramente por debajo del producto interno nacional promedio per cápita de US$ 3,735.

Cuando, con los datos más recientes, de 2007, sobre el Índice de Desarrollo Humano, elaborados por el Instituto Nacional de Estadísticas, INE, sin la supervisión del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, y que suponen, por ejemplo, para 2007, un ingreso per cápita promedio nacional ajustado de US$ 12.174, y de US$ 9.000 para el caso larense, con lo cual se estarían disparando hacia arriba todos los indicadores de calidad de vida de los estados, calculamos de nuevo los valores del Producto Interno por estado, entonces nos sale que Lara habría descendido al séptimo lugar, con un Producto Interno Bruto Estadal de poco más de 16 mil millones de dólares, equivalentes al 4,83% de un Producto Interno Bruto Nacional de más de 334 mil millones de dólares, después de Zulia, con 12,47% del PIB, Miranda, con 12,27%, Distrito Capital, con 9,38%, Carabobo, con 8,07%, Anzoátegui, con 6,12%, y Aragua, con un 5,51%. No obstante, estos datos no nos resultan confiables, por lo que preferimos la información menos actualizada que señalamos anteriormente.

La fuerza de trabajo larense

Para ese mismo año de 2001, la fuerza de trabajo alcanzó a unos 580 mil trabajadores, de los cuales un 92 % estaban ocupados y un 8% desocupados. Dentro de los ocupados mayores de 15 años, sólo un 14% estaba en el sector público mientras que el 86% laboraba en el sector privado; pero sólo 51% trabajaba en el sector económico formal frente a 49% en el sector informal o en establecimientos de menos de 5 trabajadores.

De la población ocupada, según los datos procedentes del Censo de 2001, un 17% declaró poseer un nivel educativo superior o técnico superior, un 20% nivel medio o técnico medio, un 55% nivel educativo básico, y el resto sin nivel educativo o sin declarar. Por ramas de actividad económica un 27% dijo trabajar en la rama del comercio, restaurantes y hoteles; un 24% en la rama de servicios comunales, sociales y personales, incluyendo aquí a los empleados públicos (4%), los trabajadores de la enseñanza (7%) y de la salud (3%), el servicio doméstico (7%) y otros servicios afines (3%); un 13% en el sector agrícola, incluida la pesca; un 10% en el sector manufacturero; un 8% en el sector transporte, almacenamiento y comunicaciones; un 8% en el sector construcción; un 5% en la rama de establecimientos financieros, seguros y bienes inmuebles; y el resto en otras ramas o sin declarar. Según la categoría ocupacional un 62% declaró ser empleado u obrero, un 23% trabajadores por cuenta propia, un 7% empleadores o patronos, un 6% en servicios domésticos, y el resto miembros de cooperativas y afines o no declarados. Por edades, dentro de los trabajadores ocupados, cerca de un 8% reportó tener menos de 20 años, un 28% entre 20 y 29 años, un 40% entre 30 y 44 años, un 21% entre 45 y 64 años, y cerca de un 3% mayores de 65 años. Dentro de esta misma fuerza de trabajo ocupada, 99% declararon ser venezolanos y 79% haber nacido en el mismo estado Lara.

Según las cifras del segundo semestre de 2007, divulgadas por el INE, la fuerza de trabajo alcanzó a 784.380 trabajadores, de los cuales 726.773, casi el 93%, estaban ocupados, y poco más de 500 mil, el 64%, eran varones. De los ocupados, el 29% laboraba en el sector servicios comunales, sociales y personales, el 23% en el sector comercio, restaurantes y hoteles, cerca del 15% en la rama de actividades agrícolas, pecuarias y de caza, el 13% en la industria manufacturera, el 8% en la industria de la construcción, el 8% en la rama de transporte, almacenamiento y comunicaciones, el 4% en establecimientos financieros, seguros y bienes inmuebles, y el resto en otras actividades o no declaradas. De estos mismos ocupados, según su categoría ocupacional, el 61% eran empleados u obreros, el 26% trabajadores por cuenta propia, el 7% sociedades de personas, el 4% patronos o empleadores, el 1% miembros de cooperativas, y el resto ayudantes familiares o no declarados. Según sus grupos de ocupación, el 21% serían artesanos u operarios en fábricas y afines, el 19% trabajadores de los servicios y afines, el 17% vendedores y afines, el 15% agricultores, ganaderos, pescadores y afines, el 10% profesionales, técnicos y afines, el 9% conductores de medios de transporte, trabajadores de las comunicaciones y afines, el 6% empleados de oficinas y afines, el 2% gerentes, administradores, directores y afines, y el resto otras ocupaciones o no declarantes. En cuanto a su nivel educativo, de nuevo para fines de 2007, el promedio de años de estudio de toda la población de 15 años y más resultó ser de 8,12 años, o sea, un segundo año de bachillerato aprobado, aproximadamente igual a la media de la fuerza de trabajo nacional, con tendencia, en los grupos de edad más jóvenes, hacia un incremento a 9 años, o sea, con educación básica completa.

Producción agrícola vegetal

Según los datos más recientes, de 2007, disponibles en el Ministerio del Poder Popular para la Agricultura y Tierras, el estado Lara fue el primer productor de piña, sábila, sisal, cebolla, pimentón, pepino y (debido a la pérdida de cosechas en Aragua) tomate; fue el segundo productor de caña de azúcar (después de portuguesa) y de melones (después de Guárico). El estado es también, dadas sus resueltas vocaciones y pese a sus marcadas limitaciones territoriales y a la relativa falta de conocimientos científicos y tecnológicos reinantes, un importante productor de caraota, ajo, uva, repollo y papa. Buena parte de estos resultados se obtienen contra la corriente, y no pocas veces apelando a ingeniosos sistemas de riego, tales como el riego por goteo, originalmente desarrollado por los israelíes, y no hay duda de que con una adecuada gestión de los recursos hídricos la producción y productividad agrícola larense podrían alcanzar niveles mucho más elevados que los presentes.

En 1937, Lara era el primer productor nacional del más importante cereal nacional, el maíz, y del principal edulcorante nacional, el papelón de caña, así como el segundo más importante productor, después del Táchira, del más significativo cultivo de exportación, el café -que, hasta 1924, fue el primer producto nacional de exportación, antes de ceder su lugar al petróleo-, y el segundo mayor productor, después de Miranda, del principal grano leguminoso nacional, la caraota, con destacadas participaciones en muchos otros rubros, y una perdurable vocación por el acopio y distribución de una amplia gama de productos alimentarios. Y no parece exagerado afirmar que, de todos los estados nacionales, Lara es el que ha permanecido relativamente más inmune a la fiebre del oro negro y sus divisas, que ha corroído hasta los tuétanos el aparato productivo nacional.

Producción ganadera


El estado es líder nacional en tecnología de ganado lechero adaptado a las condiciones tropicales, pues los ganaderos torrenses han desarrollado el ganado raza Carora, de excelente rendimiento en las condiciones tropicales, con 10 y hasta 20 litros diarios en promedio por vaca, en comparación con el promedio nacional de 4 litros diarios por vaca, que podría constituir la solución, y más aún en la perspectiva de las amenazas del cambio climático, a la dependencia que tiene el país con la importación de este producto. Esta importación, como lo demostró el doctor Ramírez Avendaño en las Jornadas de ASOCRICA de noviembre de 2009, en condiciones de subconsumo de sólo 81 lts/persona-año, cuando estándares internacionales de la FAO recomiendan 150 lts/persona-año, alcanza ya al 45% del consumo. La producción per cápita anual, de sólo 45 lts/persona-año, es la misma de hace cincuenta años, por lo que, si se quisieran alcanzar dichos estándares internacionales de consumo, la importación se dispararía hasta un 70%. Lara produjo, en 2003, 78 millones de litros de leche, que representaron el 6,5% del total nacional.

El ganado raza Carora está despertando un creciente interés en organismos internacionales, incluida la propia FAO, como alternativa de ganado lechero adaptado a las duras condiciones tropicales, donde constituye una opción más efectiva que las razas europeas o hindúes, y a las latinoamericanas como el Girolando brasileño, el Siboney cubano o el Holando argentino. El gobierno brasileño ha enviado delegaciones a Lara para conocer la experiencia, y se está organizando un congreso internacional sobre las potencialidades de la raza Carora para el próximo año. (Y encima puedo asegurar que, en catas amistosas de leche, a ojos vendados, que he organizado por diversión en mi casa, la leche La Pastoreña, producida con leches de ganado Carora en la empresa larense Convelac, tanto en su versión completa como en la descremada, ha resultado triunfadora contra cualquier otra leche nacional).

Pero el gobierno, en lugar de apoyar y darle alas a este sector estratégico, y como quiera que una experiencia así no cuadra con su catecismo "socialista", no se cansa de bravuconear y de amenazarlo, con frases como la atribuida al camarada Jaua de que "el gobierno sí tiene interés en el ganado Carora, pero sin los godos...", o de hacer circular tenebrosas listas de empresas expropiables, entre las que se ha incluido, entre otras, a Convelac, donde participan como socios cerca de 400 productores locales, y, en su lucha contra el capitalismo [nacional, se sobreentiende], no vacila en importar leche china, argentina o ecuatoriana a diestra y siniestra, con lo cual termina por estimular los capitalismos de otros países mientras hunde el de aquí, con nefastas consecuencias para la soberanía alimentaria nacional.

Opuestamente, el Estado hindú, por ejemplo, a través de una inteligente política de concertación con el sector privado, está impulsando una modalidad de producción lechera en pequeñas cooperativas que se ha llamado la "Revolución Blanca" y está convirtiendo a la India en la primera potencia lechera mundial. El crecimiento sostenido del sector lácteo en esta nación surasiática ha incidido decisivamente en la mitigación de la pobreza, en la desaceleración del crecimiento de la población desnutrida y en la mejora de los indicadores nutricionales. La producción de leche en este país ha aumentado de menos de treinta millones de toneladas en 1980 a alrededor de 87 millones de toneladas en 2003, para convertir a la India en uno de los mayores productores de leche en el mundo, y se espera que alcance el liderazgo indiscutido con la triplicación de esta última cifra para 2020. Más del 70% de esta producción procede de unidades familiares que sólo poseen una o dos vacas de razas locales altamente productivas, debido a su adaptación al ambiente tropical, a que se alimentan con forrajes locales y a que, en su mayoría, son cuidadas celosamente por mujeres con un alto sentido de responsabilidad hacia sus hogares. La producción láctea representa más de la mitad de los ingresos de las familias sin tierras, y alrededor de un cuarto de los ingresos de los hogares rurales indios en general. La clave de la revolución láctea de los pequeños productores y de esta singular revolución blanca ha sido la exitosa adaptación de las estrategias originalmente desarrolladas por Nestlé, en Suiza, y la expansión de una vasta red de cooperativas lecheras en escala nacional, que comenzó en el estado tropical de Gujarat, hacia el extremo centrooeste del país, hace más de medio siglo, y que creció aceleradamente desde 1970, con la llamada “Operación Abundancia” y el control de calidad de la famosa marca lechera “Amul”, apoyada por el Gobierno Indio, la empresa privada Anand Milk Union Limited, la FAO y el Banco Mundial, quienes han aportado financiamiento y tecnologías tanto físicas como sociales. El número de cooperativas pasó de una en 1970 a más de cien mil en 2002, y de unos pocos hogares a más de 11,2 millones de participantes en cooperativas lecheras comunales durante el mismo lapso. La disponibilidad de leche por persona en la India está actualmente en el orden de 90 litros/persona-año, y el gasto en leche representa actualmente el 15% del gasto total alimentario en las zonas rurales.

Además, Lara posee una capacidad productiva significativa en ganadería bovina, porcina, caprina, en productos avícolas diversos, y en queso y otros derivados lácteos. Según los últimos datos que hemos conseguido, Lara produjo, en 2003, casi 200 mil cabezas de ganado caprino, considerado a menudo como la vaca del pobre, y más de 20 mil de ovinos, que representaron el 42,4% y el 14,5% del total nacional, mientras que en 2004, un mal año, produjo cerca de 140 mil de uno y cerca de 16 mil del otro, que significaron el 30% y el 9% del total nacional. El estado poseía, en 2004, rebaños de cerca de 140 mil cabezas de bovinos, 110 mil de porcinos, 260 mil de caprinos, y 30 mil de ovinos, y produjo más de 310 millones de huevos para el consumo y fértiles, más de 100 millones de litros de leche, y más de 2,7 millones de kilogramos de queso. El estado cuenta con el más importante y tecnologizado matadero industrial de bovinos y porcinos del país, el Matadero Industrial Centro Occidental, MINCO. No obstante, el desempeño de todo este sector está teniendo lugar en condiciones de adversidad e incertidumbre, pues la importación de carne, por ejemplo, ha pasado de un 2% del consumo nacional, en 1998, a un 52% del mismo en 2009. La Federación Nacional de Ganaderos, Fedenaga, ha denunciado que la actual política de expropiaciones estatales ha determinado que más de 250.000 ha productivas hayan dejado de serlo.

Hasta el presente, los esfuerzos de producción de cárnicos y lácteos se han apoyado, principalmente, aunque con excepciones, sobre todo por el lado de la intervención de ciertas universidades, como la Universidad Centro-Occidental Lisandro Alvarado, UCLA, en iniciativas privadas, a menudo forzadas a marchar en contracorriente ante las iniciativas estatales. Sin embargo, dada la precariedad de las condiciones territoriales, la falta de apoyo científico, tecnológico y financiero efectivo, y, recientemente, la desleal competencia estatal y su régimen de importación indiscriminada de alimentos, la tendencia espontánea actual del sector es hacia la pérdida de dinamismo. Se requiere urgentemente de políticas, por ejemplo, para disminuir la incertidumbre sobre el futuro del sector, enfrentar la escasez y encarecimiento de los alimentos importados concentrados para animales, a través del desarrollo de pastos y plantas forrajeras autóctonas, y para enfrentar la tendencia de la mayoría de los rebaños, excepto los lecheros, a la degeneración genética debida a los cruces consanguíneos y las adversas condiciones ambientales.

Producción industrial

Según cifras divulgadas por Conindustria, en 2004 el estado Lara contaba con 475 establecimientos industriales, que representaban el 7% del total nacional, con lo cual se convertía en la sexta principal entidad industrial del país. Estas cifras, no obstante, han venido decreciendo, puesto que apenas en 2001 se disponía de 626 establecimientos, y en 2002 de 529 establecimientos, a la par que se ocupaba el quinto lugar en el plano nacional. Se estima que, desde la crisis del Viernes Negro, cuando se devaluó drásticamente la moneda nacional y se encareció enormemente la importación de equipos e insumos, en el estado Lara se detuvo e incluso comenzó a involucionar el proceso de industrialización que comenzó con la creación de la primera zona industrial de Barquisimeto, en 1965, y con el cual se llegaron a instalar, en esta y en zonas aledañas, más de 700 establecimientos industriales en los primeros años ochenta.

De los 475 establecimientos existentes en 2004, 36 correspondían al estrato conocido en las estadísticas nacionales como gran industria (más de 100 trabajadores), 117 a la mediana industria (20 a 100 trabajadores) , y 322 a pequeñas industrias (5 a 20 trabajadores). El 51,8% de las industrias larenses se dedicaban a la producción de alimentos y bebidas, con, por ejemplo, Chocolates El Rey, segunda empresa chocolatera del país (después de Nestlé), con su más que delicioso chocolate Carenero superior, fuerte candidato a estar entre los mejores del mundo -y también ganador en mis catas caseras...-, Pasta Capri, otro baluarte de la calidad industrial, aunque, como todo el sector pastero, dependiente de las importaciones de trigo y la disponibilidad de divisas, y, ahora, también de las nuevas trabas aduanales, Ron Cacique, también segundo en su ramo (después de Ron Santa Teresa), y muy orientado a la exportación, la citada Convelac, y el mencionado matadero industrial MINCO; 14% a la fabricación de productos minerales no metálicos, cerca del 10% a la producción de productos químicos básicos y sus derivados, 10% a la fabricación de componentes de maquinaria pesada y equipos, cerca del 9% a la manufactura de plásticos, cerca del 5% al procesamiento de metales comunes, y cerca de 1% a la fabricación de papel.

En valor agregado, la industria larense generó, ese mismo año 2004, el 12% del valor de la producción alimentaria, el 17% de la producción de productos no metálicos, el 11% de la manufactura de metales comunes, el 10% de la producción nacional de productos químicos, el 8% de la producción de plásticos, y el 25 de la producción de papel. El estado posee 1270 ha desarrolladas, dotadas de servicios y legalmente autorizadas desde hace más de cuarenta años, para uso industrial, principalmente en el área de Barquisimeto, con una política que ha priorizado el desarrollo del área de alimentos y bebidas, pero que el actual gobierno, con su fobia que más que anticapitalista pareciera antiproductiva, está pretendiendo desmantelar dizque para construir viviendas para los pobres.

Actividad comercial

La función comercial, tradicional fortaleza económica del área de Barquisimeto, se ha mantenido, sobre todo después de que, audazmente, se decidió convertir, hace treinta años, al Mercado Mayorista de Barquisimeto, en el principal centro de acopio y distribución de alimentos a nivel nacional. La capital larense cuenta con amplias vías de acceso terrestre para el transporte automotriz, con una línea férrea que la comunica con el principal puerto del país, Puerto Cabello, así como con un aeropuerto internacional y servicios especializados de aduana y afines. Llama la atención, sin embargo, que en ciertos aspectos, como el del transporte ferroviario, Lara posee hoy una infraestructura de transporte inferior a la que tenía hasta 1947, cuando Barquisimeto estaba conectado no sólo a Puerto Cabello, sino también a Tucacas, San Felipe, Valencia, Caracas y La Guaira, a través de ramales diversos y, especialmente, de los entonces llamados Gran Ferrocarril Caracas-Valencia y Eje Caracas-La Guaira.

La ciudad también ha desarrollado una importante capacidad informática y de consultoría, que da apoyo a las actividades agrícolas, industriales y comerciales de la región. Todo esto contribuye a dotar a Lara de importantes ventajas, tanto competitivas como cooperativas, para convertirse en un genuino y sustentable emporio de riqueza agrícola y agroindustrial.

Servicios diversos

En materia de servicios de salud, el estado ha contado con una red de hospitales y clínicas de primer orden y altamente eficiente, con la peculiaridad de una estrecha cooperación entre el sector público y privado, y con un liderazgo propio, en donde se han destacado los hermanos Finizola, médicos abnegados y promotores de la Asociación Cardiovascular Centro Occidental, ASCARDIO, que, junto a Fundasalud, coordinaba todas las iniciativas del sector. Todo esto se ha venido desmantelando por parte del actual gobierno, quien, en nombre de una fantasía "socialista", ha arremetido contra el sector privado, deteriorado la calidad del sector público y eliminado la valiosa interfaz entre ambos, no pocas veces acusando a honestos líderes regionales de mercachifles "capitalistas".

Actividad turística

El sector turístico larense comprendía, según el último Anuario estadístico de Venezuela disponible, el de 2003, 115 establecimientos de alojamiento turísticos, con más de 3 mil habitaciones, de los que 12 eran hoteles clasificados, con cerca de 800 habitaciones, y el estado cuenta con un buen número, pero que no pudimos precisar, de restaurantes y otros centros de expendio de comida, no pocos de ellos especializados en la comida regional. Hemos tenido noticia, pero aún no la conocemos con propiedad sino de pasadas, de la emergencia de una original red de posadas, llamada la Ruta de las Posadas, que está estableciendo nuevos paradigmas de servicio turísticos.

Indudablemente, el sector turístico en Lara, como a nivel de todo el país, tiene un enorme potencial a futuro, aunque para ello, aparte de importantes inversiones en infraesructura, se requiere de una verdadera revolución cultural que haga del venezolano, y del larense, en particular, un verdadero amigo y anfitrión del turista, tanto nacional como extranjero, y de una revolución en materia de seguridad social, que tumbe dráticamente los horripilantes índices delictivos actuales. Con la actual y casi xenófoba política oficial, que convierte en sospechoso de oligarca y capitalista a todo aquel que no tenga pinta de habitante de barrio, y con los constantes desvalijamientos y atropellos contra los pocos turistas extranjeros que osan pisar el suelo patrio, es obvio que seguiremos a la cola de toda América Latina en esta materia, y que aquellos catires nórdicos, ansiosos de sol, playas y vivencias tropicales, continuarán prefiriendo otros destinos, incluyendo al cubano, en donde no han llegado a los desafueros alcanzados vernáculamente. A la hora de enseriarnos con esta importante actividad productiva y creativa, es mucho lo que Lara y toda Venezuela tendría que aprender de Mérida, el estado que hoy por hoy es una excepción a la regla en materia de atención esmerada al turista.

Nivel y distribución de ingresos

Por ingresos y para el año 2001, pero convertidos a la moneda vigente desde el 1 de enero de 2008, el 68% declaró percibir ingresos por su trabajo iguales o inferiores a Bs.F. 200 mensuales, el 19% declaró percibir ingresos entre Bs. F. 200 y 500 mensuales, el 5% entre Bs.F. 500 y 1000 mensuales, y menos del 2% por encima de Bs. F. 1000 mensuales. En términos del ingreso de los hogares, de un total de aproximadamente 320.000 hogares, el 42% reportó ingresos totales procedentes del trabajo, exceptuado el servicio doméstico, inferiores a Bs.F. 200 mensuales, el 34% entre Bs.F. 200 y 500 mensuales, el 14% entre Bs.F. 500 y 1000 mensuales, y sólo el 6% más de Bs.F. 1000 mensuales.

En cuanto a los ingresos actuales por sectores, sólo se sabe que, para ese mismo año de 2007, el ingreso promedio de los ocupados en el sector primario o principalmente agrícola fue de Bs.F. 498 mensuales, en el sector secundario o principalmente industrial fue de Bs.F. 793 mensuales, y en el sector terciario o de servicios fue de Bs.F. 794 mensuales.

La pobreza en Lara

La pobreza en el estado Lara, de acuerdo a cifras del Instituto Nacional de Estadística, INE, en su Mapa de la pobreza, 2001, con cálculos propios y del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB, pasó de un 49,8% de hogares pobres, es decir, con necesidades básicas insatisfechas, en el censo de 1981, a 43,3% en el censo de 1990, a 29,8% en el censo de 2001, mientras que la pobreza extrema, asociada al hambre, pasó del 27,4% en 1981, a 21,0% en 1990, a 7,7% en 2001. La falta de servicios básicos en las viviendas ha resultado, en todos los casos, el componente de mayor impacto en la determinación de la pobreza de los hogares larenses. El indicador nacional de hogares en situación de pobreza fue, para los mismos censos nacionales, de 40%, 38,5% y 27,6%, respectivamente, mientras que los de pobreza extrema fueron, para iguales años, de 19,6%, 16,3% y 7,0%, de donde se deduce que, en materia de pobreza de cualquier tipo, el estado Lara ha permanecido en situaciones más graves que el promedio de todo el país.

Sin embargo, cuando se examinan con mayor desagregación los datos disponibles, resulta que, por ejemplo, la ciudad de Barquisimeto, en 2001, tuvo un índice de hogares en situación de pobreza de 26,5%, por debajo del promedio nacional, y en situación de pobreza extrema de 6,7%, también ligeramente por debajo del promedio nacional; e inclusive el municipio Palavecino, equivalente a los municipios del este de Caracas, tuvo un índice de pobreza, para ese mismo año, de sólo 13,2%, y de pobreza extrema, de sólo 3,1%, ambos resueltamente por debajo del promedio nacional respectivo. Pero, opuestamente, cuando se examinan los indicadores para los municipios restantes del estado Lara, distintos de Iribarren y Palavecino, entonces resulta que el índice de pobreza se va a 36,5%, muy por encima del 27,6% nacional, y el de pobreza extrema se va a 11,0%, también significativamente más elevado que el 7% nacional. Como se verá más adelante, es precisamente en estos municipios con mayor pobreza en los que triunfa el chavismo, y justo en los de menor pobreza en donde triunfa la oposición, con lo cual reforzamos la idea que traemos de artículos anteriores de que la actual extrema polarización política que padece Venezuela es el resultado de una incapacidad para encontrar vías de superación a la polarización social.

A manera de epílogo

La economía actual del estado Lara es lo más parecido a lo que probablemente sería la actividad económica nacional de no haber ocurrido la distorsión rentista que, a partir de las primeras décadas del siglo XX, llevó a todo el país a depender de los ingresos fiscales centrales y provocó un desordenado éxodo campesino que está en la raíz del fenómeno de la marcada exclusión social y la informalización de la economía que padecemos en el presente.

Este dramático proceso de la casi súbita conversión de Venezuela de un país agrícola en un país rentista petrolero, que quizás Arturo Uslar Pietri ha estudiado y descrito como nadie en múltiples trabajos, está en la raíz de todos nuestros problemas y extravíos contemporáneos. Y, en el proceso de búsqueda del rumbo sustentable del que nos hemos alejado, quizás según el estilo de las terapias psicoanalíticas que intentan rebobinar al individuo adulto, retrotrayéndolo a los traumas de su infancia y adolescencia para que discrimine y comprenda los orígenes de sus conflictos presentes, podría tener sumo interés comprender la dinámica de evolución del estado Lara.

Es probable que este estado, que llegó a desplegar una muy importante actividad agrícola, comercial y cultural antes de la dependencia rentista, y que se ha esforzado, a contracorriente, en mantenerla, sea uno de los lugares en donde haya que buscar importantes e indispensables hilos perdidos en el proceso de nuestra historia contemporánea. Lara quizás sea, como lo venimos adelantando, la entidad que ha permanecido relativamente más inmune a la avalancha de deterioro social que hemos padecido y en donde podríamos hallar algunas claves valiosas para la reconstrucción nacional. De allí la idea de esta experiencia piloto que estamos acariciando e invitando a otros a compartir.

martes, 13 de abril de 2010

Transformanueca en revisión (I): ¿Mea culpa científico?

¡Quién lo iba a creer! ¡Una criatura de apenas un año, y ya con una crisis existencial! Pues resulta que eso es exactamente lo que ha ocurrido. Tal vez copiándose de su progenitor, a Transformanueca le ha dado por celebrar su primer aniversario dándole dizque por evaluar su trayectoria -¿cuál trayectoria, si apenas está dando sus pininos, preguntan por aquí?- y decidir su destino próximo (para variar, en medio de un si no silencio absoluto de sus lectores, por lo menos tirando a murmullesco). Tan seria ha sido la absorción en sus meditaciones, que por primera vez en todo el primer año el blog se ha atrasado imperdonablemente en dos artículos, y ahora deberá ponerse al día para arribar más elegantemente a su artículo aniversario, el 104*. Bueno, sorpresas te da la vida...

Más allá de la cuestión circunstancial de la escasez de comentarios, el asunto que ha recalentado las neuronas de Transformanueca es el de la compatibilidad entre un enfoque centrado en lo importante para la transformación de nuestras naciones latinoamericanas en el largo plazo versus otro que atienda más la urgencia de los cambios locales en el corto plazo. Por supuesto que de lo que se trata es de combinar ambos, pero el quid está, tal y como lo planteamos en el artículo anterior, en cómo hacerlo en un medio comunicacional con las restricciones y potencialidades de este.

Mirando hacia atrás resulta claro que el tratamiento brindado al tema alimentario provocó una especie de mutis en los lectores, probablemente debido al énfasis en ciertos aspectos, digamos que científicos, de esta problemática. Y así podríamos, pongamos por caso, hacer un mea culpa por habernos dejado llevar por una de nuestras pasiones, la química, tal vez abusando de la buena voluntad de los lectores, o quizás hacer un propósito de rectificación en materia de extensión de los artículos y/o de las series del blog, o, a lo mejor, decidir sencillamente responder a lo que pareciera acaparar la atención de mis compatriotas chicos, los venezolanos, cual es la definición permanente y obsesiva ante las acciones, expresiones u omisiones del actual Comandante en Jefe de la República Bolivariana. De ser así, no tendríamos por delante mayores complicaciones.

Pero ¿qué hacer si seguimos persuadidos de que esta problemática alimentaria está en el meollo subyacente a todo el acontecer político no sólo venezolano sino latinoamericano? ¿De que todos nuestros problemas sociales estructurales arrancan del hecho de que nuestra nación ha sido edificada, como todas las demás del subcontinente, sobre la base de la destrucción sistemática de los modos de vida de las poblaciones indo y afroamericanas, de la negación de su libertad alimentaria y del reemplazo de economías sustentables por otras al servicio de la monoexportación de bienes, crecientemente no agrícolas ni alimenticios, para beneficio de ajenos y muy pocos? ¿De que mientras no seamos capaces de darle una solución definitiva a esta necesidad primarísima seguiremos viviendo en una sociedad de manpostería o en una suerte de campamento minero, plagados de exclusiones y privilegios? ¿De que, incluso en el plano coyuntural, toda la dinámica actual de acontecimientos arranca del llamado Caracazo, que no fue otra cosa sino un desbordamiento popular, seguido de una brutal represión, ante la incapacidad institucional para asegurar la satisfacción de necesidades básicas, y antes que nada alimentarias, de la mayoría de la población? ¿O es que, acaso, más allá de la chispa encendida por un incidente de costo de pasajes en las rutas de transporte urbanas, el hecho central de esta revuelta popular, que ahora unos quieren exaltar como una insurreción política de talla histórica y otros desestimar como un mero desorden público, no fue el saqueo masivo de supermercados, abastos y bodegas a manos de un pueblo pobre que sólo logra subsistir mal que bien dedicándole hasta la mitad o más de sus precarios ingresos a la adquisición de alimentos? ¿O es que no nos damos cuenta de que el caballo principal de la batalla del gobierno por la captación de votos populares y por su afianzamiento en el poder ha sido la distribución masiva -y lamentablemente no sustentable- de alimentos entre los sectores de bajos ingresos, quienes han pasado a ver al actual presidente como su máximo benefactor histórico y le han respondido con un respaldo poco menos que incondicional (con aquello de que amor con amor se paga...)?

Y, como si estas visiones microestructural y coyuntural fuesen insuficientes, entonces, en un plano mucho más grueso y abarcante, ¿no es acaso la dificultad para organizar nuestra producción agrícola en una realidad de suelos tropicales y a menudo excesivamente lavados e inaptos para los monocultivos típicos de las zonas templadas, con su escasez de conocimientos relevantes, el obstáculo más formidable que se interpone en el tránsito a nuestra modernidad, y que deja al desnudo toda la retórica y la desvinculación de la realidad de nuestros centros de enseñanza superior e investigación? ¿O es que el problema del hambre proteicocalórica no es el más acuciante para las cinco sextas partes de la humanidad, mientras que la sexta parte restante no deja de padecer de severas hambres de micronutrientes específicos, con la carga de infartos, obesidades, arteriosclerosis, diabetes, etc., que ello acarrea? Y ¿cómo subestimar el lastre abrumador que significa una cultura de parcelamiento del conocimiento en segmentos estancos, en donde el grueso de políticos parecieran alérgicos ante la más leve exigencia de comprensión de los rudimentos científicos de los problemas sociales, y especialmente alimentarios, que nos agobian? ¿En donde, una y otra vez, en el caso venezolano, desatendiendo los gritos de alarma de nuestros más preclaros pensadores y ductores, desde Simón Rodríguez y el propio Libertador hasta Arturo Uslar Pietri, Pérez Alfonzo, Luis Beltrán Prieto, Domingo Felipe Maza Zabala, pasando por Cecilio Acosta, Alberto Adriani, Cecilio Zubillaga, Mariano Picón Salas, José María Bengoa, Reinaldo Cervini, Alejandro Hernández, Luis Caballero Mejías y tantos otros, se ha desatendido la capacitación de la población para la producción agrícola alimentaria en base a la necesidad de satisfacer nuestros requerimientos? ¿Qué hacer, entonces, si nos asaltan dudas acerca de si la razón profunda del rechazo al abordaje en profundidad de nuestros asuntos alimentarios en el blog no estará relacionada con la secular desatención a esta vital problemática en nuestros países?

En estas y afines reflexiones hemos estado zambullidos estos días y seguiremos en los próximos, y demás está decir que mucho apreciaríamos las opiniones de los lectores que nos deseen apoyar con sugerencias u observaciones.

*Posdata: una lectora me observó, en comunicación personal, acertadamente, que el aniversario de Transformanueca no se cumple con el artículo 104, sino el día 24 de abril, cuando salió a la web el primer artículo del blog, o, en su defecto, el martes o viernes más cercano a esa fecha, como lo será el próximo viernes 23 de abril. Quedamos más que convencidos... y agradecidos.

martes, 2 de febrero de 2010

Nuestras necesidades y libertades alimentarias calóricas

Si las necesidades alimentarias son el pilar o soporte fundamental de todas las necesidades, las necesidades alimentarias calóricas, energéticas o de carbohidratos son el soporte de las necesidades alimentarias. Como ya lo dijimos, la vida, el ejercicio de cualquier libertad, es impensable sin la constante asimilación y disipación simultánea de energía. Los carbohidratos son el combustible por excelencia de la vida, que, al entrar en combustión con el oxígeno, liberan la energía que requerimos para existir, a la vez que desempeñan roles fundamentales, en sus versiones insolubles, como elementos estructurales y/o protectivos de la inmensa mayoría de células. Están hechos de carbono, hidrógeno y oxígeno, tres de los cuatro átomos fundamentales que constituyen nuestro organismo. Tanto en su versión más sencilla, los azúcares, monosacáridos y disacáridos, como en sus versiones más complejas, los polisacáridos: almidones, celulosas, pectinas y afines, aportados por los cereales, granos, lácteos, tubérculos, hortalizas, frutas y otros alimentos, representan actualmente entre el 40 y el 80%, dependiendo de factores territoriales, culturales o económicos, de la ingesta humana.

Desde la invención de la agricultura, hace unos diez a doce mil años, los cereales han pasado a constituir el componente central de nuestras dietas. El arroz, el maíz y el trigo constituyen,
con más del 25% cada uno y más del 80% de la producción total de cereales, estimable en unos 2 mil millones de toneladas métricas, es decir, una disponibilidad teórica cercana a un kilo diario de cereal por cada habitante del globo, la principal fuente de carbohidratos en la sociedad contemporánea. El mundo subdesarrollado, con aproximadamente cinco sextas partes de la población mundial, se ha especializado pincipalmente en la producción de arroz, en donde China, India, Indonesia, Bangladesh, Vietnam, Tailandia, Birmania, Filipinas y Brasil, son los productores líderes, con más del 80% de la producción actual de este cereal, casi exclusivamente destinada al consumo humano, que anda por el orden de las 600 millones de toneladas/año. Pero también China, Brasil, México, Argentina, India e Indonesia están entre los líderes productores de maíz, y producen cerca del 50% de la poducción total, que anda por los 650 millones de toneladas/año. Los países desarrollados, o del primer y segundo mundo (ex-campo socialista soviético, excepto Cuba), con alrededor de un sexto de la población mundial, se han especializado relativamente en la producción de trigo, con Estados Unidos, Rusia, Francia, Australia, Canadá y Alemania, entre los países líderes, quienes producen cerca de un tercio de la producción total de este cereal, en el orden de las 560 millones de toneladas/año.

No obstante, los Estados Unidos son también el principal productor de maíz, pues producen el 40% de la producción mundial, pero lo dedican principalmente a la alimentación animal y, recientemente, a la producción de biocombustibles; Japón es el décimo productor mundial de arroz, que va directamente a los platos nipones; y, recientemente, China e India se han convertido en los principales productores mundiales de trigo, con alrededor de una cuarta parte de la producción mundial, que también destinan al consumo humano. Los países desarrollados son también líderes en la producción de cebada, el cuarto cereal, muy a distancia de los tres grandes cereales, con una producción total de unas 140 millones de toneladas/año, que destinan a la fabricación de cervezas y alimentos animales; y de avena, el sexto cereal, con una producción mundial de unas 26 millones de toneladas/año, que dedican en buena medida al consumo animal. Los países subdesarrollados también son líderes en la producción de sorgo, el quinto cereal, con más del 80% de la producción mundial de unas 60 millones de toneladas/año, a excepción del principal productor, los Estados Unidos, que por si sólo produce un sexto de la producción mundial, que también dedica al consumo animal.


En definitiva, con aproximadamente cinco sextas partes de la población mundial, el mundo subdesarrollado produce cerca de la mitad de los cereales del mundo, que dedica principalmente al consumo humano, mientras que el mundo desarrollado, con sólo una sexta parte de la población mundial, produce la otra mitad, que dedica, a excepción del trigo, principalmente al consumo animal, con miras a la obtención de proteínas, y, recientemente, a la producción de biocombustibles. Algunos países subdesarrollados, como México, importante productor de maíz y sorgo, están también inclinándose hacia el esquema productivo de los países desarrollados, que privilegia el consumo animal de cereales con miras a maximizar la producción de proteínas.
Esta tendencia del mundo desarrollado y sus adláteres a dedicar cada vez más cereales al consumo animal, pese a sus viejas raíces, cobró cuerpo sólo en el siglo pasado. En el balance, este esquema está en la raíz de la problemática mundial de subnutrición del mundo subdesarrollado y sobrenutrición del mundo desarrollado, que, como veremos más claramente en el próximo artículo, conforma una situación absurda y reveladora del modo de vida imperante inspirado en la improductividad de unos, el despilfarro de otros y el desamor de todos, y que, de no corregirse, nos llevará hacia un caos alimentario que tendrá poco que envidiarle al climático.

Pese a que la producción total de cereales alcanzaría con creces para abastecer los requerimientos totales de carbohidratos, y aunque es cierto que la bienintencionada FAO y otros organismos humanitarios abogan por una especie de distribución equitativa del consumo de cereales, tenemos la impresión de que la problemática de la malnutrición en el mundo no se resolverá sustentablemente hasta tanto no ocurra un cambio cultural alimentario significativo y hasta que nosotros los mayoritarios no logremos también ser mucho más productivos. En la actualidad, en América Latina, sólo Paraguay, Uruguay, Costa Rica, Ecuador, Chile, Brasil y Bolivia poseen una relativa libertad o seguridad alimentaria, expresada en una balanza de alimentos favorable en su intercambio con el exterior, mientras que el resto (no obtuvimos la información para Cuba) somos de alguna manera dependientes alimentariamente de otros países. Se ha estimado que más del 50% de lo que ingerimos los venezolanos lo importamos del exterior.

Mediante la satisfacción de nuestras necesidades alimentarias calóricas logramos el balance de energía indispensable tanto para conservar el tamaño y la composición de nuestro organismo como para desplegar nuestras actividades físicas necesarias y deseables, en concordancia con nuestra salud a largo plazo. Nuestros requerimientos energéticos pueden subdividirse, según la literatura reciente difundida conjuntamente por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, y la Organización Mundial de la Salud, OMS (en inglés WHO), en aquellos destinados a asegurar nuestro metabolismo basal, esto es, el funcionamiento y reemplazo de nuestras células, la secreción y metabolismo de enzimas y hormonas para transportar proteínas y otras sustancias, el mantenimiento de la temperatura corporal, el funcionamiento ininterrumpido de los músculos respiratorios y cardíacos, y el funcionamiento cerebral; llevar a cabo la llamada respuesta metabólica a la propia alimentación, tanto para la ingestión y digestión de los alimentos, como para la absorción, transporte, conversión, oxidación y deposición de nutrientes; dar soporte a nuestras actividades físicas, tanto estrictamente necesarias como discrecionales; asegurar, sobre todo en los lactantes, niños y adolescentes, el crecimiento; permitir, durante la preñez femenina, la fabricación de los tejidos de nuevas criaturas, y, durante la lactancia, todo el proceso de producción de la leche materna.

El hambre, la insatisfacción crónica de los requerimientos de nutrientes, con los carbohidratos en primera fila, afecta, sobre todo durante el primer año de vida, la realización de todas las funciones vitales del organismo humano, impacta negativamente la satisfacción de cualquier otra necesidad, y ejerce un efecto devastador sobre la libertad o seguridad de las sociedades. La subnutrición es la principal causa de la mortalidad infantil, que en los menores de cinco años siega una vida cada tres segundos, con lo cual, querido lector o lectora, desde que empezaste a leer este artículo, hasta este instante, han fallecido en el mundo, esencialmente por hambre, más de sesenta niños antes de celebrar sus cinco añitos.

En tanto no se logre el objetivo alimentario, número 1, de desarrollo del milenio, según las Naciones Unidas, es claro que tampoco podrá alcanzarse el número 4, que propone reducir a una tercera parte la mortalidad infantil, actualmente en el orden de 11 millones anuales ó 30000 diarios en menores de cinco años, y sólo un 16% menor que la cifra de referencia de 1990. La mortalidad infantil promedio en el mundo está en el orden de 86 niños que fallecen antes de los cinco años por cada mil nacidos vivos. En los países de más alto Índice de Desarrollo Humano, como Noruega e Islandia, está por el orden de menos de 5 por mil, y en la mayoría de países industrializados está por debajo de 10 por mil, mientras que en países africanos como Níger está por encima de los 250 por mil. Cuba y Chile son los países de América Latina con el más bajo índice de mortalidad infantil, en el orden de menos de 8 y 9 por mil, respectivamente, mientras que la mayoría de nuestros países poseen índices entre 20 (Argentina) y 66 (Bolivia), con el caso extremo de Haití, que posee un índice de 118 por mil.

Para la gran mayoría de los adultos los requerimientos energéticos son iguales a los del metabolismo basal, que suele usarse como base de cálculo, y de las actividades físicas desplegadas, que se estiman como una fracción del consumo metabólico basal. Los requerimientos totales promedio de energía suelen andar, dependiendo del sexo, la estatura, el peso, el índice de masa corporal (una medida de la contextura) y el nivel de actividad física, entre 1500 y 3200 kcal/día, es decir, en torno a 1,2 a 2 veces el consumo metabólico basal que típicamente se sitúa en el orden de las 1200 a 1600 kcal/día. Incluso si estimásemos un consumo promedio alto del orden de 3000 kcal/cápita x día, para los habitantes del globo, es claro que el kilo de cereales disponibles per cápita, equivalentes a unas 3600 kcal/ cápita x día, debería ser suficiente para que jamás nadie se fuese a la cama con hambre. Pero ya sabemos que la realidad dista de cuadrar con el ideal aritmético.

La satisfacción de los requerimientos energéticos es el punto de partida para la satisfacción de todas las necesidades humanas, pues la sola disponibilidad o especialización para la atención a las necesidades restantes implica asegurar las necesidades alimentarias calóricas correspondientes. A lo largo de la historia, esta actividad de obtener, conservar y preparar los alimentos, y sobre todo los contentivos de carbohidratos, ha consumido buena parte de nuestro tiempo de vigilia. En la mayoría de países del mundo, apenas hasta comienzos del siglo XX, la actividad de producción agrícola de alimentos ocupaba más de la mitad de la fuerza de trabajo y consumía más de la mitad del tiempo activo de toda la sociedad, y todavía en nuestros días representa más del 70 y hasta 80% de la ocupación laboral en muchos países africanos y asiáticos, cerca del 60% en Haití, alrededor del 40% en Bolivia y Guatemala, y aproximadamente el 30% en Perú, Nicaragua y Honduras. En el resto de países latinoamericanos, que hasta bien entrado el siglo pasado éramos eminentemente agrícolas, y en donde muchos todavía recordamos a nuestras abuelas levantándose de madrugada para pilar, cocer, moler el maíz y cocinar las arepas del desayuno, tal proporción anda por un 6% en el caso Argentino, por un 8% en el venezolano, un 13% en el chileno, un 15% en el brasileño, un 19% en el colombiano o un 27% en el cubano. En los países industrializados, incluso cuando suelen estar entre los primeros productores agrícolas del planeta, esta ocupación,
debido a su alta productividad, centrada sobre todo en el uso de fertilizantes, está a menudo por debajo del 5% de la fuerza de trabajo, con apenas menos de un 2% en el caso de los Estados Unidos.

La revolución industrial, tecnológica o moderna, con su desplazamiento de la fuerza de trabajo hacia los sectores industrial y de servicios, ha venido a profundizar la brecha entre los países del mundo que ya había abierto la revolución mercantil, técnica o media, en relación al grueso de países del mundo que sólo han alcanzado el estadio de la revolución agrícola, artesanal o antigua. Los países latinoamericanos están actualmente embarcados en un proceso de industrialización de sus economías agromineras y mercantiles, aunque con graves distorsiones estructurales en el caso de países como Venezuela, que se ha lanzado, gracias a la renta petrolera, a una ocupación en el sector servicios cercana a un 80% de su fuerza de trabajo, con el consiguiente abandono del sector agrícola, que sólo absorbe a un 8% de sus trabajadores, e inclusive del sector industrial, que apenas emplea a un 10%. La problemática alimentaria mundial es expresión de todos estos antagonismos derivados del desarrollo desigual de las capacidades productivas de los países del orbe, pues, por un lado, tenemos a los países más pobres y atrasados, con severas dificultades para cubrir sus requerimientos de nutrientes energéticos y azotados por el flagelo de la subnutrición, y, en el polo opuesto, al panorama de los países industrializados, a menudo con excedentes alimentarios y no pocas veces con serios problemas de sobrenutrición calórica y proteica.

Tal y como lo señalamos en la entrega anterior, la FAO, según su último informe El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo: Crisis económicas: Repercusiones y enseñanzas extraídas (2009), estima que en el planeta hay 1 020 millones de personas subnutridas, de las cuales 642 millones residen en Asia y el Pacífico, 265 millones en el África Subsahariana, 53 millones en América Latina, 42 millones en el Cercano Oriente y África del Norte, y 15 millones en los países desarrollados. Estas cifras son alrededor de un 25% mayores que las correspondientes al decenio de los '80 cuando, sobre todo al calor de la llamada Revolución Verde, cuando se elevó drásticamente la producción de cereales en el mundo, se había reducido el número de personas subnutridas hasta aproximadamente 840 millones de personas, y anticipan, de no obrarse en sentido contrario, el completo fracaso del Programa de Desarrollo del Milenio de la Organización de Naciones Unidas que, en su objetivo número uno, se propuso reducir esta última cifra a la mitad para 2015. Más allá de la falta de desarrollo de capacidades productivas agrícolas de los principales países afectados, a la que aquí vemos en la raíz de esta insatisfacción de necesidades, la crisis derivada de la drástica elevación de los precios de los cereales, asociada a su uso como biocombustibles, y la crisis económica reciente, ambas provocadas por el modelo de desarrollo de los países industrializados, están en la médula de esta frustrante tendencia.

En América Latina, hasta el presente, gracias a intercambios económicos favorables con el exterior, a la percepción de rentas y remesas, y, sobre todo, con la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, las migraciones desordenadas hacia las zonas urbanas, la atención alimentaria de los niños en las escuelas y la limitación de los recursos dedicados por los hogares pobres a la atención de cualquier otra necesidad, se ha logrado frenar, no sin altos costos asociados, la tendencia hacia el incremento en el número de personas subnutridas. No obstante, existe una alta probabilidad de que en los próximos años, dada la generalizada desinversión en agricultura, las amenazas crecientes asociadas al cambio climático, y la incapacidad política de muchos gobiernos para atender sustentablemente los problemas básicos de la población, pueda producirse un franco retroceso hacia hambrunas propias de otros continentes, con toda su secuela de calamidades sociales.

La experiencia de Brasil, el país latinoamericano que, a nuestro juicio, posee una política de seguridad alimentaria y protección social más coherente, que se expresa en una Ley orgánica nacional de seguridad alimentaria y nutricional, bien podría servir como pauta acerca de qué hacer frente a las amenazas previsibles. El concepto del derecho de todos los brasileños a la alimentación, es decir, en el lenguaje de Transformanueca, a la libertad alimentaria, es absolutamente central en dicha ley. En Brasil se han creado redes de seguridad social que incluyen la generación de empleos productivos en épocas de crisis, las ayudas a la población pobre condicionadas a la asunción de corresponsabilidades, los seguros de desempleo, el incremento real de los salarios mínimos, programas de alimentación en la escuela, la regulación de precios de alimentos básicos, el impulso a programas de compras directas a los pequeños agricultores y de garantía de precios agrícolas, impulso a iniciativas de reforma agraria y del régimen de propiedad de la tierra, así como de apoyo crediticio, informativo y técnico a los agricultores, y el impulso a programas de ayuda a la construcción de viviendas. El Programa Hambre Cero ha incorporado más de cuarenta políticas y programas sociales articulados, y ha logrado beneficiar a más de una tercera parte de la población brasileña. Nos luce que, gracias a estas iniciativas, Brasil está logrando echar las bases de un nuevo modelo de desarrollo social que, a diferencia de los estilos liberales del pasado y de los populismos no sustentables, logra conciliar el crecimiento económico con la reducción real de la pobreza y la atención social a los más necesitados.
Frente al panorama de la subnutrición en los países del Tercer Mundo, en los países de los dos primeros mundos, con sus respectivos enclaves consumistas dentro del tercero, se aprecia una problemática de signo contrario, aunque no menos preocupante. Los problemas de obesidad y exceso de peso, del llamado síndrome metabólico (también TMS o síndrome X, que se traduce en exceso de azúcar en la sangre, hipertensión crónica, riesgo de arteriosclerosis y afines), de la diabetes tipo 2, de las enfermedades cardíacas y del cáncer están afectando a más de la mitad de la población del mundo desarrollado y sus anexos tercermundistas. El consumo de sobredosis de azúcares y harinas refinadas, con frecuencia asociadas a grasas saturadas y al consumo de las llamadas comidas chatarra y la ingestión de refrescos carbonatados, ha sido diagnosticado como uno de los principales factores determinantes de esta malnutrición "desarrollada". Ya se han acumulado abrumadoras evidencias de que los azúcares y harinas refinadas, esto es, desprovistos de fibra y de otros nutrientes propios de los alimentos naturales, constituyen, con sus altos índices glicémicos o de aceleración del proceso de incorporación de la glucosa a la sangre, una causa decisiva de tales enfermedades. También existen estudios que demuestran como la ingestión de cantidades de carbohidratos muy por encima de los requerimientos energéticos provoca síndromes de adicción comparables a los de los opiáceos, conformándose así dinámicas viciosas que conducen a incrementos aún mayores del consumo de nutrientes calóricos. La diversificación de las fuentes de carbohidratos, de manera de obtenerlos de distintos tipos de cereales, preferiblemente integrales, y de granos, tubérculos, hortalizas, nueces, semillas, frutas variadas y cantidades moderadas de lácteos, y no de azúcares y harinas refinadas, está siendo cada vez más recomendada por organismos de la FAO, la OMS, las sociedades anticancerígenas y, recientemente, hasta por organismos universitarios insospechables de extremismo alimentario, como la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard.

Un edulcorante, conocido desde remotos tiempos prehispánicos por los guaraníes paraguayos, la estevia, está emergiendo como el más sano de todos los edulcorantes o fuentes de glucosa jamás conocidos, y ya está captando, mientras permanece ignorado por nosotros los latinoamericanos, el 50% del mercado japonés. Cada día que pasa se desvanecen las reservas que antaño existieron en contra del maíz, con contenido calórico (3620 kcal/kg) superior al del trigo (3150 kcal/kg), aunque con un contenido proteico (87 g/kg) inferior al de este (127 g/kg), pues se sabe que la ingesta necesaria diaria de proteínas para el adulto es de sólo 50 g, los cuales pueden ser fácilmente cubiertos mediante una combinación de maíz con granos o con muy modestas cantidades de lácteos. Y si las cosas se complicaran, entonces los latinoamericanos podríamos ir en pos del dominio de capacidades productivas para producir la quinoa, quinua o "arroz andino", despreciado por los europeos y todavía apreciado por los indígenas bolivianos, que contiene la bicoca de 3500 kcal/kg y hasta 230 g/kg de proteína completa, es decir, con todos los aminoacidos esenciales, cosa que no tiene ningún otro cereal, con lo cual es absolutamente equivalente a la proteína de origen animal. Si no nos ocupamos nosotros mismos de conquistar nuestra seguridad alimentaria nadie se va a ocupar por nosotros, y, sólo si nos dormimos un poquito más, no sería raro que un día termináramos importando estevia y quinoa made in etcétera.

En resumen, la libertad o seguridad alimentaria, y especialmente la de tipo calórico, es una condición sine qua non a conquistar en cualquier proyecto transformador para América latina o en cualquier parte del mundo. Hay un viejo adagio popular que dice que amor con hambre no dura, al que nos gustaría acotar con la observación de que lo contrario también pareciera ser cierto, o sea, que el hambre con amor tampoco debería durar, sólo que, como ingrato corolario, en este mundo sin amor, y en particular entre nosotros los latinoamericanos, el hambre está durando demasiado...

viernes, 31 de julio de 2009

Sobre nuestras capacidades estructurales productivas

En lugar de las metáforas mecánicas, ingenieriles o arquitectónicas tan populares entre los economistas y científicos sociales, quienes gustan de ver la economía como la plataforma de despegue, la infraestructura o los cimientos de un edificio, aquí preferiremos -pese a que algo entendemos de ingeniería-, pues nos aporta una imagen mucho más elocuente, ver las capacidades estructurales productivas de las sociedades como si fuesen análogas al más básico de los sistemas del organismo humano, es decir, como el aparato o sistema digestivo, que extrae de los alimentos que ingerimos las proteínas, calorías, vitaminas y minerales para construir las células de nuestro cuerpo, disponer de energía para nuestras actividades y protegernos de enfermedades. Las capacidades productivas o económicas serían aquellas que le permiten a las sociedades, en circunstancias de recursos ambientales escasos, generar, a manera de nutrientes, los bienes y servicios que requieren para satisfacer sus necesidades.

Y, en lugar de los clásicos elementos capital, tierra y trabajo, que suelen distinguir los economistas, aquí destacaremos seis órganos o componentes fundamentales del sistema o aparato económico de una sociedad moderna, a saber, las capacidades de valorización, gestión, trabajo, equipamiento, información y formación. Por capacidades de valorización entenderemos aquéllas vinculadas al establecimiento de los propósitos últimos de las actividades productivas, es decir, los valores, de naturaleza subjetiva pero que a menudo se intentan cuantificar en dinero u otros beneficios medibles, que le dan sentido a toda actividad económica. Por capacidades de trabajo designamos a todas aquellas de índole manual o intelectual que permiten transformar físicamente los insumos del aparato productivo en los productos deseados. Las capacidades de gestión serían aquellas que permiten armonizar, mediante actividades como la planificación, el control, la organización o el liderazgo, el empleo práctico de las distintas capacidades disponibles con los valores orientadores del sistema productivo. Estas tres capacidades mencionadas hasta aquí serían inherentes, según la conceptualización que proponemos, a todo sistema productivo o económico, mientras que las restantes dependerían del grado de madurez o evolución de estos sistemas. Lo que equivale a afirmar que dichas tres serían constitutivas de todos los sistemas económicos, incluidos los comúnmente llamados primitivos, de las sociedades recolectoras y cazadoras características de nuestro género humano durante tres millones de años o más, y, por supuesto, de la especie Homo sapiens a la que desde hace unos doscientos mil años pertenecemos -aunque todavía a muchos no les simpatice la idea- todos sin excepción.

Las capacidades de equipamiento habrían surgido con la sedentarización de las sociedades y la emergencia de las actividades agrícolas de riego y siembra de cultivos y crianza de animales, junto a la aparición de actividades manufactureras textiles, cerámicas, culinarias y afines, y el despliegue de un amplio conjunto de herramientas, que tuvo lugar hace alrededor de unos doce mil años en distintas partes del globo, incluyendo las comunidades prehispánicas de nuestra América, para dar lugar a los que llamaremos modos de producción artesanales. Posteriormente, y después de un largo proceso de maduración en donde la información era utilizada sistemáticamente sobre todo en actividades religiosas y políticas, ésta fue incorporada, hace alrededor de unos mil quinientos años en Occidente, al aparato productivo característico o modo de producción técnico de las sociedades primero feudales y luego, con una versión más evolucionada que incluyó normas, registros contables, planos, instructivos y afines, a las sociedades mercantilistas. En este último estadio evolutivo se hallaba la sociedad hispánica que, hacia 1500, hizo contacto con y sometió a nuestras sociedades indígenas. De este gradiente o desarrollo desigual de capacidades, involuntariamente reforzado con una mucho mayor resistencia del europeo ante gérmenes epidémicos, dependió en alto grado la derrota, la deculturación aplastante y el casi genocidio de los pobladores originales de nuestros territorios.

Por último, hace apenas unos dos siglos, irrumpió una nueva revolución en los sistemas de producción, que hizo del saber de tipo científico, que también se había incubado durante los tres siglos anteriores en los ámbitos filosóficos o culturales, una nueva fuerza productiva plasmada en múltiples mecanismos de generación de nuevos conocimientos, o actividades de formación, tales como las actividades de investigación, desarrollo y diseño basadas en la elaboración de modelos, la enseñanza/aprendizaje en base a problemas y preguntas abiertos, y la optimización de soluciones a problemas por vía teórica o de proyectos concretos. La ventaja exhibida por las llamadas naciones modernas respecto de las que no lo somos, o al menos del todo, deviene en buena medidad de esta madurez o grado de transformación de sus capacidades productivas. Mientras que la mayoría de las sociedades de los grupos que hace un par de entregas caracterizamos como capitalistas o de sistemas mixtos poseen, en promedio, fuerzas o capacidades productivas con un alto nivel educativo -secundario completo y en vías de universalizar algún grado de educación superior- y organizadas para producir con una productividad muy por encima del promedio mundial, en el orden de unos 10 a 12000$ anuales por trabajador ocupado, nuestra naciones latinoamericanas disponen de una fuerza de trabajo que, en promedio, está organizada apenas muy informalmente y suele disponer de sólo una primaria incompleta y de baja calidad, lo que hace difícil cuando no imposible la incorporación del conocimiento científico a la actividad productiva, que es la clave para exceder tales niveles de productividad.

A su vez, dentro de las capacidades estructurales productivas, probablemente las más básicas o esenciales, algo así como el "estómago" en el sistema digestivo, sean las capacidades de trabajo, especie de bloques o partículas matrices a partir de las cuales se construyen o derivan todas las demás capacidades productivas, y en las que parecieran inspirarse, indirectamente, las restantes capacidades no productivas. Si las capacidades productivas son las más duras, básicas, tangibles o medibles dentro del conjunto de las capacidades estructurales, las capacidades de trabajo son, a su vez, las duras, etc., dentro de las capacidades productivas. Esto sugiere que la capacidad de los modernos empresarios o gerentes, por ejemplo, quienes son los más directos exponentes de las capacidades de valorización o de gestión, se derivan en buena dosis de las capacidades avanzadas de trabajo productivo que poseen o alguna vez tuvieron. Sin embargo, esto no significa que las capacidades de gestión o valorización sean un mero "reflejo" o consecuencia de la transformación de las capacidades de trabajo: las limitaciones empresariales o gerenciales de los países que, como la URSS o Cuba, se han lanzado a construir el "socialismo" a través de una "dictadura del proletariado" o de los trabajadores y sin pasar por el capitalismo son un claro ejemplo de ello.

Esta cualidad del trabajo va mucho más allá del ámbito económico. Podemos pensar que la existencia concreta de prácticamente todos los seres, animados o no, se organiza en torno a su capacidad para realizar trabajo, es decir, para aplicar fuerzas físicas y transformar su entorno según sus finalidades o razón de ser. Sin trabajo no puede haber entidad de ningún ser material, puesto que no podría ocupar ningún lugar en el espacio, o sea, algún volumen propio; aceptar o ejercer fuerzas de alguna índole o disponer de una masa autónoma, diferenciada de su entorno; ni tampoco existir en momento alguno en el tiempo, o sea, experimentar algún cambio o variación de estado. Y todo esto, que, a riesgo de ponernos un poco filosóficos o profundos, consideramos pertinente para todos los seres, lo vemos especialmente válido para los seres humanos.

Al trabajo humano lo concebimos como un modo o manera altamente evolucionado de realizarse el trabajo en general. Creemos que sólo la insólita compartimentalización del conocimiento, característica de las sociedades modernas, ha permitido que los físicos y químicos al hablar de trabajo crean referirse a algo absolutamente distinto de lo tratado por biólogos o economistas bajo el mismo término. El trabajo humano participa de la cualidad de aplicar fuerzas para alcanzar transformaciones, como todas las formas de trabajo, incluidas las inanimadas; es contentivo de la capacidad para retroalimentarse con información sobre los resultados obtenidos con la aplicación parcial de fuerzas, al estilo de los demás animales y aún de las plantas y bacterias; pero comprende, además, la capacidad única de representar anticipadamente los resultados potenciales de la aplicación de tales fuerzas, lo cual sólo es posible gracias a ese órgano milagroso, y exclusivo nuestro, en este planeta, que es el cerebro humano, el cual posibilita la imaginación anticipada, o monitoreo inteligente, de tales resultados. De allí que sea absurdo, desde la perspectiva aquí sustentada, oponer trabajo a imaginación, o materia a idea, o ciencias naturales a ciencias sociales, pues los vínculos o interrelaciones entre estos pares de instancias son evidentes, o deberían serlo para quienes hemos nacido y crecido en el siglo veinte, en donde se demostró hasta la saciedad que la materia y energía son la mismísima cosa.

La conclusión que deseamos sustentar es que, si bien es innegable que las naciones y empresas con pretensiones hegemónicas se empeñan en reorganizar el mundo a su antojo, dejando fuera de todo progreso social a masas enormes de la población habitante de nuestro hasta hace poco llamado mundo subdesarrollado, en el fondo lo que hace posible tal dominación es el escaso grado de desarrollo de las capacidades productivas, y particularmente de trabajo, de esta misma población, la que, de paso, se vuelve aún más vulnerable cuando se reproduce mucho más aceleradamente que su capacidad para satisfacer aunque sea mínimamente sus necesidades. Las naciones llamadas desarrolladas lo que hacen es sacar provecho de sus ventajas en materia de capacidades, de manera semejante a como, al interior de nuestros propios países, las poblaciones urbanas se aprovechan del atraso de las campesinas, o las campesinas de las indígenas, o unas indígenas de las otras indígenas más rezagadas en términos productivos.

Y no se está diciendo aquí, como seguramente lo va a interpretar cierta ortodoxia izquierdista, que se justifique o sea inevitable la dominación de nuestras naciones por potencias y empresas externas, sino simplemente de entender que pese a las maravillosas cualidades y potencialidades de nuestro género humano, que nos predisponen a la edificación de un mundo de libertad, fraternidad y equidad, en los últimos quinientos años de evolución, o tal vez un poco más si incluimos el caso de los imperios antiguos, el contacto entre poblaciones de altos contrastes en el grado de desarrollo de sus capacidades ha hecho posibles mecanismos de dominación política, explotación económica y subordinación cultural, al parecer desconocidos durante la anterior existencia humana, que con mucho han venido a reeditar grotescamente el mundo de bestialidad y feroz agresividad del que biológicamente hemos querido diferenciarnos.