Mostrando entradas con la etiqueta Regla dorada de la moral. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Regla dorada de la moral. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de enero de 2010

Más sobre nuestras libertades, necesidades, etcétera.

Por lo visto la realidad no tiene intenciones de amoldarse jamás a nuestros deseos. En el esquema original, todo lo referente a estos aspectos teóricos sobre la libertad y la necesidad debía caber en un sólo artículo, donde el redactor haría gala de su capacidad de síntesis sin sacrificar la profundidad del tema ni banalizarlo. Me lo había imaginado como uno de los artículos estrella del blog: denso y fresco, elocuente y completo, necesariamente no corto pero ni tan largo, y acompañado con una de mis fotos favoritas, tomada por allá por 1970 en las arenas del río Capanaparo en Apure, cuando, tal vez en un alarde de independencia, me propuse conocer a todos los estados de Venezuela antes de cumplir veinte años y viajaba, despreocupado y pidiendo colas, con mi morral y mi equipo fotográfico, sin itinerarios ni rumbos fijos, a donde me llevaran las circunstancias. En fin, creí que me luciría abordando uno de los temas que más me han apasionado en mi seguramente rara carrera intelectual, y con una de las fotos que siempre he tenido colgadas en las paredes de mi casa, pues me evoca la belleza y el encanto de la vida y la libertad...

Pero nada que ver. Resulta que, de repente, mientras redactaba, en un estudio en donde tengo puestos, junto a los libros de la Cota 1: Filosofía, los retratos de algunos grandes filósofos, o de sus bustos más conocidos, tal y como lo hago -quizás como consuelo y en lugar de venerar santos- con las otras cotas, he aquí que siento como que Kant, con su casaquita, su peluca blanca y su carita de yo no fui, se me queda viendo como diciéndome ¡¿qué riñones tienes tú, al querer despacharme con tan pocas líneas y querer cortarme con ese vaso de cartón?!, y de pronto resulta que a Hegel, a Marx (quien vive en la urbanización bibliográfica vecina de la Cota 3), y hasta a Schopenhauer, quien no tenía velas en este entierro, y a otros más les pareció gracioso el comentario tácito de Kant, y echaron a reirse a carcajadas del pobre redactor y de su pretensión de volcar en pocos párrafos opiniones sobre temas que a ellos les consumió sus vidas expresar y sobre los que la propia Transformanueca tiene gavetas de fichas y notas escritas. Entonces me sentí entre la propia espada y la pared, imaginando detrás de la pantalla a mis lectores ávidos de conocer mucho sobre la filosofía de la libertad y con mínimo esfuerzo, y detrás de mí a esta cuerda de genios a punto de carcajada y curiosos por ver lo que diría sobre un tema tan exigente y en pocas líneas..., y fue allí donde colapsaron mis ilusiones acerca del artículo perfectamente equilibrado, ni tan denso ni tan extenso, pero ni superficial ni simplista, sino todo lo contrario...

Con mis ilusiones confesas, y el sabor del polvo de la derrota todavía en mis labios, me dispongo entonces a intentar decir en tres artículos lo que creí que cabría en uno, anticipando que ni aún así quedarán contentos ni los de adelante ni los de atrás de la pantalla, a quienes de antemano les imploro sus perdones para quien lo más seguro es que no sepa bien lo que hace...

A la problemática de la libertad de conciencia o de creencias, que con su aparente espiritualidad e inocencia está seguramente detrás de buena parte de las mayores masacres de la historia, la vemos girar en torno a la pregunta de si la sociedad puede permitir o no que la gente se deje guiar por sus impulsos internos, cuando es sabido que dentro de tales impulsos suelen acechar toda clase de malvados y perversos instintos, o si es preciso coartar, reprimir y castigar tales impulsos lujuriosos, iracundos, criminales, mentirosos, envidiosos, gulosos, perezosos y compañía, para beneficio y tranquilidad de todos. La mayoría de las grandes guerras se desenvuelven según el esquema de que la nación, o el grupo de poder nacional, A, que se autoconsidera la encarnación del bien, considera que la nación o el grupo social B representan una encarnación del mal y que, librados a su antojo, terminarán acabando con A, de donde se deriva que A tiene que acabar primero con B antes de que B acabe con A; con el añadido de que tal razonamiento, pero con las letras invertidas, es exactamente el que se hace B en relación a A. Sólo muy contadas veces en la historia, alguno de los bloques, o un tercero, ha logrado desmarcarse de tal lógica, tal y como ocurrió en la época de Jesús y los primeros cristianos, bajo el imperio romano, o como, sin ir tan lejos, aconteció en la India, bajo el liderazgo de Gandhi, a mediados del siglo pasado, o en Sudáfrica, con Mandela, hace poco, y se han superado conflictos que parecían sempiternos e insolubles.

Hasta donde la entendemos, la difícil de tragar fórmula jesusiana de amar hasta a nuestros enemigos significa, en nuestro lenguaje, que tenemos que asumir plenamente y sin ambages nuestra identidad amativa y que, una vez lograda esta asunción, que reclama la más honda confianza en, y entrega a, nuestros coterráneos, la problemática de la libertad de conciencia y de quiénes son los buenos y quiénes los malos tenderá, colectiva e históricamente, a resolverse sola. Por supuesto, esto plantea el siempre incómodo asunto de quién le pone el cascabel al gato, pues si nos ponemos zoquetes es capaz de que nuestros enemigos se dediquen tan campantes a hacer parrillas con nosotros, con lo cual queda admitido que no es fácil poner en práctica este principio. Pero resulta que ya de este tema hemos hablado: la clave para superar este dilema no es otra sino la aplicación sostenida e incansable, pero gradual, de nuestra regla dorada de la moral hasta que algun día se convierta en sentido común. El dilema no consiste en si tardaremos mucho o poco en edificar una sociedad amorosa y plenamente regida por esta regla dorada, sino en si tiene sentido construir algún otro tipo de sociedad que merezca el calificativo de humana. Si es absurda, inviable y contradictoria en sus términos la idea de una humanidad cultora del desamor, el egoísmo y el odio entonces cuanto antes y cuanto más colectivamente empecemos, o continuemos, a enderezar el entuerto en que nos hemos metido pues tanto mejor.

Como cabría esperar, ante esta problématica de la libertad de conciencia o de creencias, se han definido grandes escuelas de pensamiento análogas a, y solapadas con, las que citamos para el caso político. Está la de quienes, entre pitos y flautas, como Platón, Aristóteles, Agustín, Tomás de Aquino, Hobbes y afines, postulan que el ser humano es como un niño malcriado que requiere ser tutelado y castigado periódicamente, o eternamente si se empeña más de la cuenta, por su propensión al pecado, por lo cual su consigna implícita es algo así como Obediencia, igualdad y fraternidad; mientras que, frente a ellos, se alzan los defensores modernos de la libertad, más o menos por el estilo de los que ya nombramos en el artículo anterior, del que éste quiso ser parte y no pudo, que plantean la búsqueda de equilibrios mediante la primacía de la razón sobre las pasiones, con su consabido, y también imposible de alcanzar, grito de Libertad, igualdad y fraternidad, o con el marxistamente archirrepetido Salto del reino de la necesidad al reino de la libertad.

Frente a todos ellos, y con otros como los que también ya hemos mentado, planteamos que cualquier solución al interior de una civilización desencontrada con su identidad esencial es pura pérdida y que, en definitiva, sólo restituyéndole al amor, a la fraternidad, la primacía que le corresponde, podremos volver a dar pie con bola, por lo cual -¡orden en la sala y un poco más de respeto a los retratados de marras, pues no es hora de reírse...!-, desde nuestra infinitesismal insignificancia, abogamos por un sueño de Fraternidad, capacidad y libertad, bajo el entendido de que bajo tal precepto alcanzaremos tanto la libertad individual y socialmente necesaria como la igualdad humanamente posible, no por decreto sino como resultado inevitable. La situación, a nivel de toda la sociedad, se nos parece a lo que hemos vivido en las familias conocidas o de las que hemos sido parte: cuando hay amor suficiente entre los adultos miembros los problemas relacionados con el ejercicio de la libertad de los niños biencriados tienden a resolverse solos y no hay necesidad de estarlos castigando ni consintiendo; pero, por supuesto, cuando escasea el amor en la pareja nuclear y en la familia toda, entonces la formación de los niños se vuelve un hay que castigarlos por que están muy malcriados, están malcriados porque se les consiente, y se les consiente por que se les castiga mucho, y así sucesivamente, si se potencia la escala, cual civilización cualquiera...

Las cosas no están muy bien encaminadas en cuanto a extensión se refiere, pero aquí ha surgido una interesante esperanza de brevedad, derivada del hecho de que, aparentemente, la lógica de los razonamientos y argumentos en las discusiones sobre los distintos tipos de libertad tiende a parecerse a lo que ya hemos expuesto. De allí que empezaremos, aprovechando de paso la oportunidad de que los retratos y obras de científicos sociales, científicos naturales, profesionales y técnicos, literatos, personajes históricos y afines no están en este estudio..., a sacarle el jugo a aquello de que a buen entendedor -sobre todo si el explicador no es de los mejores- pocas palabras.

En cuanto a las libertades y la coerción en el plano económico, una de las arenas favoritas de la modernidad, la discusión suele plantearse en términos de si debe permitirse que cada quien sea libre de producir lo que quiera y cuanto quiera y pueda y cada quien comprar y consumir lo que le provoque, sin más restricción que las que establezca el ciego Mercado, o si, ante las imperfecciones del alma y la sociedad humanas, es necesario que intervenga papá Estado para poner orden en la borrachera. Por supuesto que aquí los liberales, con Adam Smith y su La riqueza de las naciones con la batuta, más Ricardo, J. S. Mills, y por si fuera poco con el refuerzo contemporáneo de los monetaristas a lo Freeman y compañía, son partidarios de la libertad, mientras que Marx, con su Capital y periféricos, Lenin y su El Estado y la revolución y parientes, y, por encima de todos, el camarada Iósiv Vissariónovich Dzugashvili, menos mal que alias Stalin (cuyo retrato no está en la biblioteca, aunque pensándolo bien, quizás valdría la pena ponerlo en negativo y boca abajo), con su teoría y práctica de El socialismo en un solo país y su enjambre de catecismos soviéticos, son los partidarios de apuntalar a la necesidad con el Estado hasta tanto la niña libertad pueda desenvolverse por si sola cuando llegue la época de las calendas griegas...

Nos alegraríamos mucho si algunas lectoras empezaran a sentir que redundamos y estamos fastidiosos, puesto que ya se imaginan lo que vamos a decir, pero, no vaya a ser cosa de que el olfato nos engañe, más vale que digamos que nos parece todos estos honorables caballeros están más pelados que rodilla de chivo al empeñarse por tomar partido no sólo entre los polos de un dilema falso, sino al interior de una problemática falsa y de una civilización extraviada. (¡Perro! ¡Qué atrevimiento! ¡Cómo se nota que el supuesto bloguero no está en el área de la Cota 3: Ciencias Sociales, y, por supuesto 33: Economía, con sus correspondientes retratos del admirado Marx y demás miembros del seudosantuario, para que le halen las orejas!). O sea, que la discusión acerca de si Mamá Mercado debe consentir a los niños y dejarles que actúen como les dé su gana o si Papá Estado debe mantenerlos reprimidos para mantener y regular el orden y que no se les ocurran malas acciones, sólo tiene sentido en el seno de una sociedad enferma y desamorada. En una sociedad sana, e inclusive en una empeñada en serlo, como repetimos, nos luce el caso de las sociedades escandinavas, canadiense y hermanas, no sólo los conflictos entre Mercado y Estado tienden a resolverse por sí solos, permitiendo la atención a las necesidades de todos y equilibrando las libertades individuales con las colectivas, sino que, gracias a la capacitación y a la aplicación creciente de la regla dorada de la moral, los ciudadanos, es decir, el Capacitado, el Moralizado, el Amado, el Fraternizado, el Compañerado y etcétera, tienden a resolver buena parte de los problemas económicos sin intervención ni del Mercado ni del Estado.

Verbigracia: cada vez que he visitado alguno de esos países, e inclusive ciertos rincones humanizados de otros, como es el caso de ciertas áreas de Boston y alrededores, en los Estados Unidos, me quedo atónito de ver la escala de la distribución, a cargo de organizaciones privadas, e incluso de las familias e individualidades, desde los garages de sus casas, de toda clase de ropas, zapatos, electrodomésticos, muebles, adornos y muchos afines de segunda mano, así como repartos y ventas no comerciales de comidas y comedores asistenciales organizados privadamente, e incluso de prestación de servicios, que incluyen el caso de gerentes y profesionales exitosísimos saliendo apurados de sus oficinas para no llegar tarde a sus citas de apoyo a las tareas escolares de los niños de un barrio pobre, con criterios que no tienen que ver ni con el Mercado, con el equilibrio de precios entre oferta y demanda, ni con regulación alguna del Estado. Pareciera entonces que basta con que comience a respirarse suficiente amor en la atmósfera social para que a la gente se le empiecen a ocurrir cada vez más ideas, estrafalarias tanto para liberales como para sovietosos, tales como la de donar sus ropas o accesorios domésticos usados a quienes los necesitan y no pueden comprarlos nuevos. En incontables ocasiones he sabido de casos de compatriotas latinoamericanos que se jactan de haber conseguido hasta el mobiliario completo de sus casas en tales países, sin intervención alguna del Estado y sin pagar un céntimo o pagando algo que poco o nada tiene que ver con mercados ni ocho cuartos...

Llegadas las cosas aquí, y con ganas de curarme en salud, plantearé entonces como ejercicio para la casa de lectores avanzados, y ¡ah mundo si algunos se atrevieran a presentar su tarea bajo el formato de comentarios a Transformanueca, para beneplácito de ésta y sus visitantes!, los casos de la libertad de expresión versus la necesidad de censura; de la libertad de movimientos, desplazamientos, fijación de residencias y acceso a bienes territoriales versus la necesidad de preservar la propiedad de quienes han construido bienhechurías con su trabajo o han recibido el legado de sus antepasados, o de preservar los recursos ambientales; de la libertad de aprender y validar cada quien por sí mismo sus conocimientos versus la necesidad de establecer dogmas, verdades (no importa si es Transformanueca quien crea sabérselas todas) o tabúes sociales que queden fuera de discusión, para asegurar cierto orden social; de la libertad de emprender proyectos innovadores para obtener nuevos bienes y servicios versus la necesidad de alargar la vida útil de los logros anteriores para preservar los recursos sociales y darle más chance a los rezagados en poder adquisitivo; de... (también queda como ejercicio la búsqueda de más esferas de aparente conflicto entre necesidades y libertades).

No obstante, y cuando las cosas, gracias a la brillante (?) ocurrencia anterior, parecieran estar mejorando en cuanto a extensión probable del artículo, hay dos aspectos que, por más complicados y menos familiares para el grueso de mis poco académicos lectores, deseo tocar aunque sea brevemente: uno es el de la dialéctica de la libertad y la necesidad en la historia, y otro el de las relaciones entre libertad y necesidad en la naturaleza (¡Gulp!: estos temas vuelven a quedar en los correderos de la propia Cota 1: Filosofía, con, cual moros en la costa, mirones indiscretos a mis espaldas...) / (Esto es el colmo: ¡qué brío tiene esta Transformanueca: acusar de "mirones indiscretos" de sus pistoladas filosóficas nada menos que a Aristóteles, Platón, Kant, Hegel y demás figuras filosóficas venerables, cuyos retratos, encima, fueron puestos en su sitial de honor por el mismísimo falta é respeto y piazo é bloguero ése, a quien, a pesar de que nadie le lee su blog, parece que se le están subiendo los humos a la cabeza! ¡¿Cómo sería si el blog tuviera lectores en serio?!...)

En cuanto al ámbito histórico, la problemática de la libertad versus la necesidad se podría plantear así: ¿Dispone realmente el hombre de libertad suficiente como para proponerse la edificación de un mundo hecho según sus designios y aspiraciones o debe plegarse a los mandatos o necesarias previsiones de alguna criatura sobrenatural o de leyes extranaturales, léase Dios, Progreso Inevitable o Leyes de la Dialéctica? Planteadas las cosas de esta manera, resulta que...¡Epa! ¿Qué ruido es ese allá afuera? Pareciera la risa del Che, por allá por la Cota 92: Biografías, como burlándose de mis pretensiones de hablar de la historia en pocas líneas... ¡Cónchole, Che! Si ni siquiera te he nombrado esta vez y me sales con esa...

...Las cosas por aquí están empeorando en picada, ahora no sólo es la risa del Che, sino que se ha sumado toda la cuerdita de filósofos de la Cota 1, en pleno y detrás de mí, y es más, estoy oyendo más lejos las carcajadas de la Cota 882: Literatura Rusa, cuando ni siquiera los he nombrado, aunque la verdad es que hace poco me metí con Tolstói, pero creo que era más bien para estar de acuerdo con él..., bueno, y dije algo de los cristianos primitivos, consentidos de Dostoyevski, pero como que no me entendió y se ha dado por aludido... y, ¿qué está pasando aquí?, pues juraría que acabo de oír a Mozart sumándose a la guachafita contra Transformanueca, cuando ni siquiera he hablado nada de música...

La verdad es que no entiendo nada de lo que está pasando. ¿O será que lo que quieren decirme con sus risas todos estos miembros de mi cuasisantuario es que me estoy tomando demasiado a pecho esto de aclarar tantas cosas filosóficas con tanta ignorancia y en tan poco espacio? O, tal vez, hubiese sido mejor no haber asignado para la casa, sin saber si nadie se lo va a tomar en serio, la tarea de discutir la libertad de conocimiento frente a la necesidad de afianzar verdades para saber a qué atenernos, pues así habría podido asegurar, sin rodeos, que también aquí la clave está en sentirnos henchidos de amor, para lo cual el disfrute del arte y de lo bello mucho nos puede ayudar, y resteados a aplicar la regla dorada de la moral. Si obrásemos de este modo, todos los dogmatismos palidecerían, y los conflictos entre la libertad de crear y verificar la verdad de las cosas por nosotros mismos versus la necesidad de creer en verdades, o pretensiones de verdades, no importa de donde vengan, así sea de Transformanueca -de quien nos reservamos el derecho a reirnos, solos o acompañados, cada vez que la notemos pretensiosa o dándoselas de sabelotodo-, para saber a qué atenernos e impedir la parálisis a que nos condenaría una duda perpetua o indefinidamente metódica, muy probablemente apuntarían a mostrar, por sí mismos, sus propias soluciones. O, mejor que por sí mismos, al menos con la misma espontaneidad con que en un hogar bien amorado se superan todos los aparentes conflictos entre libertad y coerción, que constituyen un capítulo de aquellos entre libertad y necesidad, o como, cotidianamente, quienes no padecemos de hambre en sentido estricto resolvemos una y otra vez el conflicto entre la libertad de ingerir lo que nos provoque y la necesidad de saciar nuestras ganas de comer arreglándonos con lo que haya en la nevera, la despensa o el restorán de la esquina.

Y como se ha hecho tarde, y largo el artículo, otra vez, mejor lo dejamos hasta aquí, aprovechamos para oír a Mozart y hojear a Dostoyevski, y de paso preguntarles por qué se metieron en esto, y el próximo martes continuamos donde lo dejamos hoy... Definitivamente, no es ni tan malo, como a veces nos parece, que la realidad y la vida se salgan siempre con la suya, pues, si lo sabemos aceptar, es decir, si no nos da miedo seguir pensando y apostamos a que, con entrega, confianza y amor a la humanidad, siempre encontraremos, con o sin Estado y con o sin Mercado, algún equilibrio entre nuestras libertades y necesidades, incluyendo, por supuesto, a la libertad de pensar. No es ni tan inconveniente que ninguna de éstas, libertad o necesidad, pueda jamás reemplazar a la otra, o, mejor dicho, por lo menos hasta que dentro de 20.000 millones de años, como se dice, regresemos a la nada, el caos, la muerte y la necesidad absoluta, de donde al parecer venimos, pues este estira y encoge nos permite, si estamos claros con nuestra identidad amativa, apreciar más el valor de la libertad, comprendiendo que nunca podremos considerarla como un derecho adquirido sino que tenemos que conquistarla incesantemente ante la omnipresente necesidad. Pero inclusive, ¡quién sabe!, a lo mejor vuelve a emerger otro universo y se abre otro ciclo de relaciones entre libertad y necesidad, quien quita que aprendiendo, con o sin participaciones divinas, algunas lecciones de esta fascinante experiencia de la vida, en donde nada ni nadie podrá quitarnos lo bailado...

martes, 19 de enero de 2010

Sobre nuestras capacidades, identidades, necesidades y libertades

Me siento obligado a observar, queridos lectores, que el artículo que ahora tienen en pantalla va a ser seguramente uno de los más filosóficos, teóricos, abstractos y, quizás, en promedio, exigentes, de toda la pequeña historia de este blog, aunque me empeñaré en no convertirlo también en uno de los más extensos. Lo que no deja de ser una casi mala noticia, sobre todo para los amigos apurados o amantes de las cosas sencillas, a quienes les recomiendo tomárselo con calma y escoger un momento apropiado para meterle el diente a lo que aquí se dirá. Pero, por otro lado, esto no deja de tener su lado benévolo, pues significa que una vez leído este artículo, y espero que asimilado, lo que venga después, y hasta lo antecedente, probablemente se hará más concreto y accesible.

Para los impacientes, el artículo consiste en sustentar que si bien la transformación de nuestras capacidades es el eslabón crítico o pivote fundamental para satisfacer nuestras necesidades y conquistar nuestra libertades, lo cual nos coloca en condiciones de realizar nuestras identidades, cambiar nuestras vidas y protagonizar nuestra historia, resulta que lo contrario es también cierto, o sea, que no podemos realizar nuestras identidades, cambiar nuestras vidas y protagonizar nuestra historia si no disponemos de libertad suficiente, lo que, a su vez, nos exige satisfacer nuestras necesidades y transformar nuestras capacidades. Todos estos elementos están íntimamente interrelacionados y conectados. Nuestra existencia, la búsqueda y ejercitación de nuestras identidades en un intento por evadirnos, aunque sea temporalmente, del caos, de la nada y la inevitable muerte, nos obliga a satisfacer un amplio conjunto de necesidades, y el complemento de éstas, lo que no nos es prohibitivo ni estamos obligados a hacer, es nuestro conjunto de libertades. Tanto la satisfacción de necesidades como el ejercicio de nuestras libertades nos exigen la utilización inteligente y eficiente de nuestras energías disponibles, por lo cual resulta imperativo transformar nuestras capacidades. Nuestra identidad, lo que somos, y en particular lo que somos o seamos los latinoamericanos, es lo que necesariamente tenemos que ser más lo que libremente decidimos o decidamos ser, para todo lo cual requerimos de más y mejores capacidades que las que tenemos. Nuestra libertad es, al interior de nuestra identidad, el complemento de nuestra necesidad, y a esto lo consideramos válido tanto a nivel de la vida en su conjunto, cuando utilizaremos los términos en singular, como en sus múltiples ámbitos o dimensiones, cuando hablaremos de libertades y necesidades. La libertad, para nosotros, no es un norte de la vida, como sí lo son el amor y nuestra identidad amativa, sino un estado, una condición de la que precisamos para realizar esta identidad, y en particular para realizar nuestra identidad latinoamericana mediante la transformación incesante de nuestras capacidades.

Si el párrafo anterior les resultara ya claro y completo, no habría menester de que leyeran el resto y sanseacabó; pero tengo la impresión de que dichas las cosas nada más así hay demasiados lectores y lectoras que quedarían con los ojos claros y sin vista, lo cual me obliga a intentar explicar las cosas con más calma y suavidad, según lo que ya se viene convirtiendo en un estilo del blog, aunque con popularidad no unánime entre sus lectores y satisfacción incompleta del propio redactor en jefe.

Sin lugar a dudas, entre las categorías de mayor calibre de las culturas y lenguas occidentales se encuentran las de libertad y necesidad, cuyos campos semánticos recorren de manera transversal, aunque no siempre como términos opuestos, todo el espectro de conocimientos, desde la filosofía y la religión hasta las ciencias sociales y naturales, el arte, las artes, la literatura y la historia. El término libertad, de origen latino, según nuestro DRAE (Ed. 22) comprende la acepción principal de "facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar; por lo que es responsable de sus actos", y acepciones secundarias que van desde las positivas del tipo "estado o condición de quien no es esclavo", "estado de quien no está preso", "facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres" y "facilidad, soltura, disposición natural para hacer algo con destreza", hasta las intermedias del tipo "falta de sujeción y subordinación", "exención de etiquetas", "desembarazo, franqueza", "prerrogativa, privilegio, licencia" y "condición de las personas no obligadas por su estado al cumplimiento de ciertos deberes", y hasta las francamente negativas de "contravención desenfrenada de las leyes y las buenas costumbres" y "licencia u osada familiaridad". La situación es muy semejante a la que encontramos en inglés con liberty (y también con su versión puramente anglosajona freedom), en francés con liberté, en portugués con liberdade, en italiano con libertà, y en alemán con Freiheit. En este caso, no vemos esta contraposición de significados como un problema sino, por el contrario, como una oportunidad para reforzar nuestra idea de la libertad como no positiva en sí misma sino dependiente de la identidad positiva o negativa a la que sirve. La libertad, para nosotros, será siempre libertad para pensar, para comprometernos, para actuar, para realizarnos; y sólo a las identidades, antes que nada a las amativas, les concederemos el derecho kantiano de ser para sí mismas.

Por su parte, en el caso de necesidad, también etimológicamente latino, encontramos, tanto en el DRAE como en nuestros otros diccionarios occidentales, una alta consistencia semántica, con acepciones como "impulso irresistible que hace que las causas obren infaliblemente en cierto sentido", "aquello a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir", "carencia de las cosas que son menester para la conservación de la vida", "falta continuada de alimento que hace desfallecer" y "especial riesgo o peligro que se padece, y en que se necesita pronto auxilio". Todas estas acepciones de necesidad comparten el sema, rasgo o contenido semántico de compulsión externa o heterodeterminación, opuesta al impulso interno o autodeterminación que asociaremos a la idea de libertad.

Otra manera de captar el significado especial de este artículo, es dándole una breve hojeada a lo que hemos hecho hasta ahora en el blog, sólo que, para no aburrir a los lectores memoriosos, lo haremos de manera novedosa, apelando a los contenidos de la más completa norma de clasificación de la información y el conocimiento conocida, recomendada y cotidianamente empleada por quien suscribe: la Clasificación Decimal Universal, o CDU, que divide el saber humano según diez grandes cotas: 0: Generalidades, 1: Filosofía, 2: Religión, 3: Ciencias Sociales, (4: Vacante temporalmente), 5: Ciencias Naturales, 6: Tecnologías, 7: Arte, 8: Literatura, y 9: Historia. La categoria de libertad, pese a tener su, digamos, residencia principal, en la Cota 1: Filosofía, con sus correspondientes subdivisiones, es, sin embargo una de las más ubicuas o transversales, puesto que de ella se ocupan prácticamente todos los campos del saber humano.

Desde este punto de vista y con nuestro enfoque transdisciplinario, comenzamos nuestro periplo con nueve artículos introductorios sobre el propósito del blog (#1 y 2, en abril de 2009), la naturaleza general del problema de impulsar cambios en América Latina (#3 y 4, mayo de 2009), algunos aspectos metodológicos o epistemológicos (#5, 6 y 7, también mayo 2009) y una nota sobre la generación mundial y latinoamericana del '68 a que pertenece el autor (#8 y 9, más mayo), todo lo cual, sin mayores preciosismos, lo podríamos considerar dentro de la Cota 0: Generalidades, de la CDU. Luego iniciamos un recorrido general, una especie de sobrevuelo, por las historias de nuestros países latinoamericanos (#10 al 22, mayo a julio) y, en particular, de Venezuela (# 23 al 27, julio 2009), todo lo cual encaja bien dentro de la Cota 9: Historia. Seguidamente nos dedicamos a explorar la naturaleza de nuestras capacidades sociales, a las cuales las subdividimos en estructurales (#28 al 34, julio-agosto 2009), procesales (#35 al 46, agosto-septiembre 2009) y sustanciales (#47 al 49 y 51 al 56, octubre-noviembre 2009), que básicamente podríamos considerar dentro de la Cota 3: Ciencias Sociales, aunque, como casi todos los demás artículos, con constantes escarceos por las Cotas 8: Literatura; 7: Arte ( incluido aquí el lenguaje de las propias fotografías del blog); 6: Tecnología; y 5: Ciencias Naturales. También intercalamos dos artículos (los #50 y 57, en octubre y noviembre 2009), dedicados a evaluar el rumbo del propio blog, que también los podríamos considerar dentro de la Cota 0: Generalidades. Y, finalmente, examinamos la problemática de nuestras identidades, a las que subdividimos en primarias (#58 al 65, noviembre-diciembre 2009), secundarias (#66 al 69, diciembre 2009), terciarias (#70 al 72, diciembre 2009) y finalmente cuaternarias o de cuarto nivel, o sea, el amor (#73 al 77, en lo que va de enero de 2010), que bien podríamos asignar a las Cotas 2: Religión, y 1: Filosofía, con las consabidas incursiones rápidas en las Cotas 3 y 5 a 9.

Por lo tanto, este artículo viene a ser uno de los más filosóficos y abstractos, y por tanto más Cota 1, que verán en el blog, y que muy probablemente constituirá, a la hora de los promedios, un hito divisorio entre los artículos precedentes, de abstracción creciente, y los venideros, que serán, más o menos o con alguno que otro inevitable altibajo, de concreción creciente. En la serie que comenzará a partir del próximo artículo abordaremos el examen de nuestras principales necesidades y libertades, en ambiente principalmente Cota 3: Ciencias Sociales, con constante aderezo de otras cotas, para luego emprender la serie sobre nuestros sistemas de vida, también en Cota 3, y luego sobre una visión general o más conceptual de nuestra historia latinoamericana, es decir, una suerte de regreso a la Cota 9 ó de lectura de conjunto de lo que examinamos en la serie histórica sobre nuestros países. A partir de allí, haremos una especie de relax del esquema de series, para no enseriarnos demasiado, y abriremos una temporada miscelánea de artículos sobre múltiples temas, en donde confiamos poder demostrar que valió la pena tomarnos un tiempo para pensar con calma las cosas y poder llegarle más cerca al meollo de todo lo que nos pasa y cómo salir de nuestros seculares extravíos.

Y, puesto que nos quedaría grande y no nos concedemos el derecho a hablar en parábolas, todavía otra manera de representar el significado de estos términos sería mediante una mortal metáfora. Si el lugar a donde anhelamos ir es nuestra identidad, entonces el viaje es nuestra existencia real; para realizar ese viaje necesitamos energía, una parte de la cual, nuestras necesidades, la perderemos en el roce con el camino o la tendremos que invertir en seguir vivos a través del trayecto, y otra, nuestras libertades, es la que efectivamente usamos para desplazarnos en la ruta escogida. ¿No les parece claro que la eficacia, eficiencia, efectividad y armoniosidad de nuestro viaje dependerá directamente de los medios que empleemos para transportarnos, es decir, de nuestras capacidades? Pues bien, esa es la idea central del artículo; lo demás son argumentos que intentan sustentarla.

Llegadas las cosas a este punto, pareciera conveniente explorar, aunque sea de pasada, algunas de las principales discusiones filosóficas que plantea la problemática de la libertad, las cuales, sin que nos sorprenda y pese a los empeños de muchos filosofos por hablar sólo de la libertad en singular, suelen estar referidas a las distintas estructuras o dimensiones sociales. Y al parecer ha sido Tolstói, colega del club mundial de admiradores del Sermón de la montaña y de la aplicación de la regla dorada como corazón de toda verdadera ética, en su Guerra y paz, uno de los principales en darse cuenta de que las distintas interrogantes que plantea el ejercicio de la libertad se refieren a tal variedad de dimensiones, las cuales tienen autonomías relativas y no siempre son fáciles de conciliar.

Tenemos así, en primer lugar, la problemática política de la libertad, que aproximadamente gira en torno a la pregunta de si los hombres pueden ser libres y a la vez estar sujetos a la coerción del Estado y de las leyes, y, en cualquier caso, en quién reside la soberanía. Sin ánimo de dictar cátedra ni mucho menos, en torno a un tema en el que se han devanado los sesos los filósofos de todas las épocas, pero también los no filósofos, que tenemos nuestros derechitos, aquí apreciamos dos grandes escuelas, una, que postula que en definitiva la soberanía no puede residir en los hombres comunes sino en Dios, en los reyes y príncipes o, en el más terrenal de los casos, en un Estado todopoderoso que somete a los individuos, a los cuales sólo les sale disponer de una libertad altamente condicionada, en donde ubicamos a Platón, Aristóteles, Agustín, Tomás de Aquino, Hobbes y muchos otros, para quienes, hasta donde los entendemos, no es al hombre normal, sino a los seres sobrenaturales, a los escogidos por éstos, a la maquinaria del Estado o a las élites autodesignadas a quienes les corresponde ser libres.

Fuera del campo filosófico, no se nos escapa que uno de los planteamientos centrales de Hitler en Mi lucha es el de que no todos los seres humanos pueden aspirar a ser ciudadanos sino que unos están predestinados a ser ciudadanos y otros a ser súbditos, lo cual se parece demasiado a la doctrina aristotélica de que hay hombres libres y hombres esclavos por naturaleza. Luego está la escuela de quienes, pese a reconocer la inviabilidad de una sociedad con libertades individuales y/o colectivas ilimitadas de los hombres comunes y corrientes, proponen distintas maneras de equilibrar libertad y coerción, es decir, libertad y necesidad, a fin de hacer viable la sociedad. Dentro de esta segunda escuela vemos las posturas de Locke, Montesquieu, Rousseau, Kant y J.S. Mills, con versiones extremas como la de Hegel, que en su Filosofía de la historia postula la inevitabilidad teleológica del avance hacia la realización de la libertad a través de la razón, y la de Marx que, además de tomar de Hegel la idea de la libertad como "conciencia de la necesidad", lo que ya nos resulta incoherente, plantea la idea de que el futuro humano es la edificación de un "reino de la libertad", que dialéctica e inevitablemente reemplazaría al precedente "reino de la necesidad".

Con el perdón de estas lumbreras, y pese a que de la segunda escuela creo que hay que rescatar sobre todo la idea de los, por mucho tiempo inevitables, equilibrios entre libertad y coerción, y, quizás sobre todo la idea kantiana, expuesta en su extraordinaria y poco conocida Ciencia del derecho, de que todos los seres humanos tienen el derecho a ser libres, en virtud de su mera humanidad, y que ninguna persona libre puede ser convertida en medio al servicio de ninguna causa, pensamos que buena parte del embrollo filosófico así planteado surge del intento de discutir acerca de la libertad en abstracto y desligada de los fines a los cuales sirve. En cambio, nos parecen más claros y lúcidos los planteamientos de pensadores considerados por muchos como de menor talla, como Sartre (Crítica de la razón dialéctica), Fromm (El miedo a la libertad), Krishnamurti (La libertad total: reto esencial del hombre), Marcuse (especialmente Eros y civilización y El hombre unidimensional) y otros, para quienes toda la discusión sobre la libertad depende de tales fines, que pretenden ser distorsionados por la actual sociedad moderna y, añadimos nosotros, casi con Maturana (El sentido de lo humano; Amor y juego: Fundamentos olvidados de lo humano, y afines), y otros, por todas las sociedades de clases o patriarcales.

En otras palabras, si aceptamos como dadas e inmutables a las sociedades clasistas, con su empeño en hacer del desamor la nueva naturaleza humana, entonces no hay más remedio que reprimir los impulsos de libertad individuales que inevitablemente chocarán contra la coerción establecida, con lo cual sólo nos queda justificar o procurar la mitigación de tal coerción, segun lo pautado por las dos primeras escuelas mencionadas. El equilibrio sano entre libertades individuales y colectivas sólo es posible con el rescate y la edificación de una civilización no clasista, en donde, según cierto buen decir marxista, que no tiene por qué implicar la demolición del Estado burgués a manos del redentor proletario según el corolario leninista o el del Marx furioso por la masacre de la comuna de París, el Estado tenderá a convertirse en estado y luego a extinguirse progresiva pero no inevitablemente: sólo entonces la coerción será cada vez más innecesaria pues la satisfacción de las necesidades podrá tener lugar en armonía con el ejercicio de las libertades y en aras de la realización de una identidad amativa que nos brota de una deriva biológica y antropológica y define nuestra emocionalidad. Un proceso de esta índole es el que intuimos ya está en marcha en los países escandinavos, Canadá y afines, del selecto club de los diez países con más alto índice de desarrollo humano, en donde el Estado tiende a comportarse como un ente cada vez menos coercitivo y más amigo de los ciudadanos. La verdad es que no lo hemos visto de cerca, pero un amigo insospechable de cuentero, y por cierto embajador por largo tiempo en ese país, nos ha asegurado que en Finlandia el Estado, como cualquier Perico de los Palotes, ...¡se va de vacaciones a mediados de julio y regresa en septiembre!

Bueno, ¡piedad para este redactor en vías de no ser jamás un bloguero serio, pues ya va por catorce párrafos y todavía le falta por desarrollar más de la mitad del esquema de su artículo! Restan todavía las discusiones sobre la problemática de la libertad y necesidad en las dimensiones culturales (o relacionadas con el llamado problema de la libertad de conciencia y con el de la libertad religiosa), económicas (con el llamado problema de la libertad de empresa), territoriales (libertad de residencia y de desplazamiento), mediáticas (libertad de expresión) y educativas (libertad de aprendizaje). Y luego una presentación al menos de las problemáticas de la libertad y necesidad a propósito de la historia, y en particular de la historia latinoamericana, así como en relación a la naturaleza, y una versión modificada de la jerarquía de necesidades según Maslow, que usaremos para ordenar la discusión restante acerca de las necesidades y libertades que, como dijimos antes, se complementan mutuamente al interior del camino de realización de nuestras identidades. La situación se asemeja sospechosamente a la del día viernes 2 de octubre de 2009, cuando me sentí aplastado por el esquema del artículo Nuestras capacidades sustanciales personales, y terminé tirando la toalla. ¿Hay algo en común entre ambos artículos?

Por el momento les pido un receso, pues tengo la cabeza hinchada de no poder resolver el problema de como decirles todo lo que creo que debo decir sin abusar de su paciencia y su, probablemente más valioso que el mío, tiempo. No sé si regresaré a concluir este artículo y faltar a mi propuesta inicial de no convertirlo en el más largo del blog, o si resignarme y dividirlo en dos o tres partes, corriendo el riesgo de que se dispersen las ideas centrales. Y he aquí, por supuesto, un severo dilema de ejercicio de la libertad de expresión versus la necesidad de ser leído, que no tiene que ver ni con coerción ni con el Estado, y que francamente no logro imaginarme que sea de un tipo que pueda desaparecer ni en el año 100.000 de nuestra era, cuando sería justicia que ya hubiesen desaparecido las clases sociales -¡ojalá que sin arrastrar consigo a todo el género humano!- y el actual Estado quizás pase a ser del tamaño de un vulgar insecto (pues de seguro que ellos sí, los insectos, pese a su vulgaridad, andarán todavía por allí).

¿No abona todo este enredo en favor de la tesis de que libertad y necesidad existirán siempre, como hermanas inexorablemente siamesas, y de que jamás podremos vivir en ningún Reino de la libertad o de la felicidad pero sí en un reino, o, cuando menos, una red de municipios, del amor?

martes, 12 de enero de 2010

La regla dorada de la moral como vínculo entre identidades y capacidades

"... No dictarás sentencias injustas. No harás favores al pobre, no te inclinarás ante el rico, sino que juzgarás con justicia a tu prójimo. No calumniarás a tu prójimo ni buscarás medios legales para hacerlo desaparecer. No odies en tu corazón a tu hermano; pero corrígelo, no sea que te hagas cómplice de sus faltas. No te vengarás ni guardarás rencor contra tus paisanos, sino que más bien amarás a tu prójimo como a ti mismo..."
Levítico. 19: 15-18.- [Texto fundamental tanto judío como cristiano e islámico, pues es parte de los cinco libros esenciales que conforman la Ley, el Pentateuco o Torah, reconocida por las tres religiones
que afilian, sobre todo las dos últimas, a aproximadamente el 54% de la humanidad].

"Ninguno de ustedes será un creyente hasta que quiera para su hermano lo que quiere para sí mismo".
Imán an-Nawawi.- Los Cuarenta Hadices (o Tradiciones Proféticas). 13.- [Texto fundamental,
complementario del Corán, de la religión islámica que afilia a aproximadamente el 21% de la población contemporánea].

"No juzguen a los demás y no serán juzgados ustedes. Porque de la misma manera que juzguen, así serán juzgados ustedes, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes. ¿Qué pasa? Ves la pelusa en el ojo de tu hermano, ¿y no te das cuenta del tronco que hay en en el tuyo? ¿Y dices a tu hermano: Déjame sacarte esa pelusa del ojo, teniendo tú un tronco en el tuyo? Hipócrita, saca primero el tronco que tienes en tu ojo y así verás mejor para sacar la pelusa del ojo de tu hermano. [...] Todo lo que ustedes desearían de los demás, háganlo con ellos: ahí está toda la Ley y los Profetas".
Mateo.- "Sermón de la Montaña. 7: 1-5, y 12".- En: La Biblia: Nuevo Testamento.- [Texto fundamental del cristianismo, que, con sus variantes, afilia al 33% de los habitantes del globo].


Tzyy Gonq: ¿Existe un único principio que pueda guiar la propia conducta a través de la vida? Confucio: Quizás sea el principio de la reciprocidad [shu], ¿no es cierto? Lo que no desea que le hagan, no lo haga a los otros".
Confucio.- "El arte de vivir. 361".- En: Analectas.- [Texto fundamental del confucianismo, que, junto al taoísmo y con sus diversas variantes chinas, acoge a cerca del 6% de los Homo sapiens].
"No hieras a los otros con aquello que te causaría dolor a tí mismo".
Udana: La palabra de Buda. 5: 18.- [Texto fundamental y uno de los más antiguos y venerados del budismo, con cerca del 6% de la sociedad humana viviente].


"Nunca le hagas a los demás lo que te haría daño a tí mismo".
Vishnu Sarma.- Panchatantra. 3:104.- [Texto fundamental y clásico del hinduísmo, que cobija a cerca del 13% de las personas, religiosas o no, del planeta].

La comúnmente llamada regla dorada de la moral, a saber, no hacerle a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros, o, lo que es igual, tratar a los otros como desearíamos ser tratados, es una especie de corolario obvio de nuestra identidad amorosa. En efecto, en una sociedad humana sana, sin relaciones de explotación, opresión o alienación, con hombres y mujeres ejerciendo los roles de, digamos, su diseño biológico y antropológico, es claro que no habría siquiera que ocuparse de enunciar tal regla pues sería el pan nuestro de cada día.

El indicador esencial de semejante estado de salud social, como venimos argumentando, sería el equilibrio de las funciones desempeñadas por los representantes de ambos sexos, pues a partir de allí se impulsaría el proceso de contención de la fuerza bruta, así como de despliegue de nuestra inteligencia, amor y afán de cooperación con nuestros semejantes, que impregnaría todas las actividades sociales y, muy probablemente, las relaciones con miembros de otras etnias humanas y hasta del resto de especies vivientes y de la naturaleza toda. Hay serios motivos para pensar que, sin llegar a extremos idílicos, este para nosotros curioso estado debió haber sido el dominante en nuestras sociedades durante mucho más del 90% de la existencia de nuestra especie y del 99,9% desde la aparición de nuestro género Homo.

Pero, inversamente y ante el extravío civilizatorio que significa el reino del desamor en que vivimos desde hace rato, es también claro que la práctica de la regla dorada se convierte en un caso excepcional, mientras que la aplicación de una especie de regla de hierro, en donde estamos dispuestos a tratar al prójimo como jamás nos gustaría que nos trataran a nosotros, se coloca en el orden del día. Y, por supuesto, si el macho humano trata a la hembra humana cercana, que lo ha parido y amamantado, lo apoya cotidianamente, lo acaricia con ternura y le permite tener descendencia, con prepotencia, rudeza y violencia: ¿qué se puede esperar de su trato con los demás seres humanos y con el resto de seres vivos y naturales? No es extraño entonces que, contra cualquier prescripción religiosa, ética o simplemente emocional, nuestras civilizaciones, todas, funcionan poco más o menos bajo el principio tácito de aprovéchate de tu fortaleza para tratar a los seres más débiles e indefensos como nunca permitirías que te tratasen a ti. (Esto de indefensos, por supuesto, es una ilusión, pues estos seres, directa o indirectamente, se vengan de la dominación de los privilegiados masculinos haciendo, en el caso humano, que nada funcione como debería, y, en el no humano, a través de mecanismos parecidos a la venganza, contra nuestros abusos e inconsciencia, que amenazan con desterrarnos tarde o temprano quizás a otras galaxias...)

Con semejante alejamiento milenario de las que parecieran haber sido las tendencias centrales de nuestro comportamiento humano durante decenas y centenas de miles y aun millones de años, se entenderá que ningún proceso de restauración de nuestra identidad confundida, sin el cual todo lo que hagamos es, al decir del I Ching chino, un "trabajo en lo echado a perder" o, más castizamente, "como arar en el mar", puede ser sencillo o inmediato o, por supuesto, apto para apurados y ni qué decir de histéricos.

Sin embargo, como venimos argumentando en esta recta final de nuestra serie sobre las identidades humanas y latinoamericanas, en el fondo de esta caja de Pandora que hemos abierto yace una esperanza que, con su correspondiente dosis de afecto y audacia, bien podría servir para emprender, o mejor continuar, pues nunca se ha interrumpido, el avance hacia el mundo perdido de la confianza y la entrega y, con éstas, por fin, de nuevo hacia el amor. Y es aquí donde, afortunadamente, la regla dorada, que no por casualidad aparece meridianamente explícita en el corazón del corazón de los supuestos libros sagrados revelados por el Creador del mundo a nuestros más remotos antecesores, nos viene al pelo como herramienta privilegiada para la reconstrucción civilizatoria.

Si en algún momento dijimos que las identidades son algo así como capacidades antropológicas innatas o genéticas, ha llegado el momento de decir que son también el producto del ejercicio prolongado de nuestras capacidades más puramente espirituales o culturales. Y así como nuestras emociones parecieran constituirse en varios niveles: desde el primario, en torno a las emociones básicas de la aceptación, la alegría, la anticipación y el coraje, seguidas de una instancia secundaria, la del afecto, la esperanza y el coraje, y de otra instancia más, que incluiría la confianza y la entrega, hasta llegar al amor en la cúpula de nuestra emocionalidad e identidad, asimismo todas esas emociones de menor nivel son regidas por las de mayor nivel que, a su vez, se refuerzan y se restauran, o se inhiben y degradan, a partir de la transformación de nuestras capacidades. La regla dorada de la moral, de por sí una herramienta ética o cultural, y por tanto susceptible de ser enseñada, aprendida, practicada, memorizada, repetida y difundida, es, desde la perspectiva que aquí se sustenta, la clave para regir simultáneamente tanto el proceso consciente de transformación de nuestras capacidades como el proceso inconsciente de restauración de nuestras identidades.

En otras palabras, afirmamos que la situación de debilidades en el segundo nivel de identidades, que hemos detectado en el caso latinoamericano, así como las preocupantísimas ambigüedades que hemos hallado en el tercer nivel, en prácticamente todos los casos, y la distorsión civilizatoria mayúscula que hemos encontrado en el nivel tope, en donde el desamor pareciera estar usurpando socialmente, desde hace unos pocos milenios, entre nosotros y por doquiera, el puesto del amor, pueden y deben ser corregidas bajo la rectoría de la regla dorada de la moral. Y si nosotros, los miembros de esa extraña séptima parte de la humanidad que aparece en las estadísticas de las religiones como "no religiosos" y "ateos", estuviésemos dispuestos a aceptar esta regla dorada como acorde con nuestra comprensión de la esencia humana, ¿qué excusa podrían tener para no obedecerla aquellas y aquellos que la consideran revelada a los mortales por el mismísimo Dios?

Puesto que nuestro artículo se alargaría más desproporcionadamente que de costumbre, y dado que nos estamos estrenando con la nueva realidad del racionamiento eléctrico en Venezuela, que nos dejó, con un apagón -alias paro dizque programado- de cinco horas, sin Internet por ídem y con los crespos hechos para su publicación regular, lo que nos obliga a presentar las excusas de rigor por el retraso ante nuestra tal vez no masiva pero sí digna audiencia, dejaremos para la próxima entrega nuestro intento de sistematizar, o por lo menos ordenar un poco, la manera como creemos que puede aplicarse esta regla dorada, especie de vínculo o interfaz entre capacidades e identidades. Si encontrásemos la manera de hacer valer esta regla en nuestras conductas a múltiples niveles, es mucho lo que podríamos lograr en provecho de sacar de su atolladero las calidades de vida en nuestro subcontinente y nuestra subestrella solar. Claro que el desafío no es trivial, pero lo intentaremos, y como no estamos aquí para ser famosos sino para ser coherentes, entonces lo intentaremos al cuadrado.