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martes, 3 de agosto de 2010

La cultura venezolana (I): La exclusión y sus secuelas

Hace años -está bien, muchos-, cuando, recién convertido en un joven veinteañero, me hallaba bajo el influjo de decenas de Valores humanos (programa televisivo), "Pizarrones" (columna dominical en El Nacional) y de las obras completas de Uslar Pietri, con su novela Un retrato en la geografía a la cabeza, decidí que estaba harto de nada más que ver de lejos y oir hablar de marginalidad y pobreza, y me fui a conocer los barrios de San Agustín del Sur: El Manguito, Hornos de Cal, El Mamón, Marín, La Charneca, etc., que quedaban cerca de mi casa en la Avenida Victoria, en Caracas, para hacerme de opiniones propias sobre el asunto y hacer algo útil que contribuyera a remediar o mitigar tal pobreza.

Fue así que, a comienzos de los setenta y durante varios años, frecuenté regularmente estos barrios, me hice miembro del Club Social El Manguito y tuve allí buenas amistades, de las que todavía conservo algunas, y no pasó mucho tiempo antes de que constatara las severas limitaciones de mi visión uslarpietresca de la vida. El mayor de los sacudimientos que experimenté consistió en descubrir otra cultura, otra manera de entender la importancia de las cosas, dramáticamente diferente de la mía. La lucha por satisfacer las necesidades alimentarias, vestuarias, de servicios básicos de luz, aguas blancas y negras, aseo urbano, y de transporte de cada día, así como la obtención de empleos, que en mi medio se daban por sentadas, ocupaba el centro de conversaciones, preocupaciones y aun angustias e impotencias. La salud, en cambio, no recibía mayor cuidado, era concebida como una cuestión de tener buena o mala suerte a la hora de enfermarse, y no era infrecuente que tanto niños como personas de apenas treinta o cuarenta años muriesen de enfermedades, como fiebres, gripes, diarreas y asmas, a las que había creído relativamente inofensivas. Algo parecido ocurría con la inseguridad, que, pese a que era mucho menor que en nuestros días, se tenía por un asunto delicado pero que sobrevenía como por azar y no dependía de la colectividad. Opuestamente, las lecturas, el cine, los museos, los programas culturales, el estudio, asuntos centrales en mi cosmovisión, recibían escasa o nula atención; la música, lejos de ser asumida como una especie de alimento para el espíritu, era entendida como mera distracción o acompañamiento de tragos, cuando no como insumo para el baile. La educación era vista ya como una imposición externa o ya casi como un lujo, además exótico en el caso de la superior, pero nunca como una vía para la superación (idea esta prácticamente ausente, pues el mundo se veía como fatalmente adverso), y recuerdo haber participado en campañas para convencer a muchas madres de que enviaran a sus niños al Colegio de Fe y Alegría, cuya mensualidad era de dos bolívares de entonces (unos cuatro bolívares fuertes de ahora ó cuatro mil de los débiles viejos), pero que ellas preferían gastar en otros menesteres prioritarios.

Lo más impresionante de todo resultó ser que en aquella otra mitad de venezolanos no existía una noción de pertenencia a una nación única, junto a los demás, ni tampoco se hablaba jamás de marginalidad ni se disponía de un discurso para hablar de sí mismos o de la necesidad de incorporarse al resto del cuerpo social, sino que se veía a los "de abajo", a los "finos" o no moradores de cerros, a la gente como yo, como los miembros de algo parecido a un país extranjero al que ellos no pertenecían. De manera análoga terminé percatándome de que en este otro mundo, el mío, no hablábamos de, ni teníamos vocablos para, designar nuestra condición de establecidos, incluidos o habitantes del valle, sino que simplemente eramos los "normales" y los veíamos a ellos como "la gente de los cerros" o "los marginales". Cada fracción veía a los demás como los otros.

Recuerdo haber oído incontables relatos de redadas policiales, desprecios y abusos sufridos en la calle o en diversas instituciones o trabajos, cacheos humillantes, desatenciones al solicitar algún servicio, persecuciones, decomisos y matraqueos por andar vendiendo buhonerías en las calles, violaciones de adolescentes y casi niñas que daban lugar a maternidades precoces, o actos de violencias incomprensibles, que carecían de sentido en el ambiente en que me había movido hasta entonces. El simple hecho de bajar a las calles de la ciudad implicaba asumir riesgos para los que había que estar preparado, y era cosa frecuente que la gente no regresará sino días después de su salida, pues se les retenía y golpeaba en comisarías y jefaturas civiles por cualquier motivo. Y, sobre todo, alguna vez me quedé atónito al escuchar, cual cosa corriente, que si alguno de ellos, por ejemplo, oía a otro emplear una palabra poco cotidiana o lo veía vestirse con un atuendo fuera de lo usual, le decía que parecía "un tipo de la sociedad", implicando que ellos no pertenecían a ésta.

Desde el Club organizamos numerosas campañas en pro del mejora- miento de los servicios básicos, con resultados nada despreciables, aunque siempre después de largas gestiones y tediosas colas, demoras y prórrogas ante los organismos burocráticos del Estado, en materia de instalación de alumbrado eléctrico, servicios de cloacas, aguas blancas colectivas y aseo urbano colectivo. También organizamos numerosas verbenas, visitas a parques y playas, fiestas para niños y jornadas de limpieza, que bastante contribuyeron a la integración social del barrio; aunque mucho de esto se perdió cuando, a partir de 1974 y con la inmigración masiva de colombianos, dominicanos, bolivianos y afines, la inseguridad se tornó insoportable aun para muchos de ellos, nacidos o criados allí, al punto de que buena parte de los miembros del Club decidieron emigrar y fundar un barrio de acceso restringido en las afueras de La Victoria, estado Aragua, en donde todavía viven y desde donde se desplazan diariamente a Caracas.

Lo más difícil, y donde los resultados fueron más magros, fue intentar promover el acceso a empleos, y allí entendí lo que querían decir ciertos economistas con la expresión desempleo crónico. Las dificultades empezaban con la muy escasa, salvo las ocasionales y difíciles de aprovechar plazas en obras de construcción, demanda de puestos de trabajo para personal poco calificado, y continuaban cuando los empleadores privados, así como los policías, vigilantes y funcionarios públicos, demostraban cierto curioso olfato para detectar y discriminar la condición social de los habitantes de los barrios en base a sus maneras de hablar, de razonar, de vestir y hasta de identificarse, pues para ellos resultaba difícil, en circunstancias en que, ante los ojos de los funcionarios de identificación, los más carecían de una dirección formal, hasta la mera obtención de una cédula.

En esas experiencias descubrí lo que luego, y también aquí en el blog, comenzaría a llamar, con otros, las raíces estructurales de la pobreza, y también a darle un significado vivencial y concreto tanto a las estadísticas sobre el tema como a mi vocación y compromiso por contribuir a superar los graves problemas sociales de nuestro país. Desde entonces entendí el porqué de la enorme influencia que los aspectos económicos tienen sobre las maneras de ver el mundo de las personas, vi claro que sin una atención seria a los problemas de capacitación y empleo es muy poco lo que puede hacerse en materia de impulsar un estilo de desarrollo sustentable, y desde entonces quedé en condiciones de entender, entre muchos otros aspectos cruciales de nuestros comportamientos y valores culturales, el porqué de que esta parroquia de San Agustín, que nunca antes había recibido las atenciones que ha tenido con el gobierno de Chávez y que se ha vuelto, con el Metrocable, una especie de parroquia mimada, haya estado dispuesta, como la mayoría de las zonas más depauperadas del país, a votar por cualquier proposición que el Presidente les haga.

Sin embargo, lo más importante de lo que allí aprendí fue que la dualidad, asimetría, marginalización o exclusión social, heredada tras siglos de empeño por construir una sociedad estamental, con personas de diferentes categorías o condiciones sociales, y que no pudo ser transformada por las luchas de la independencia, es una especie de madriguera cultural en donde se crían buena parte de los valores imperantes en la sociedad venezolana. Valores de soberbia, autosuficiencia, prepotencia, arribismo, insensibilidad, elitismo y afines, de un lado, y de sumisión, impotencia, resentimiento, afán retaliativo, baja autoestima, bajo afán de superación, desconfianza en el futuro, propensión a la violencia, y afines, del otro, que se refuerzan mutuamente como caras de una moneda. Y cuando aquí digo de un lado y del otro no me refiero simple ni principalmente a las casi mitades más pobre y menos pobre en que está escindida la sociedad venezolana, sino al carácter dual o polarizado de nuestra propia cultura dominante, que una y otra vez y en múltiples circunstancias se manifiesta imbuida de estos dos polos de valores contradictorios.

La sociedad tradicionalmente establecida y muchos de sus defensores ponen el grito en el cielo e intentan demostrar que antes, con AD y COPEI, se vivía mejor, de donde se deduce que de lo que se trata es de restaurar un orden social perdido y amenazado por la marea chavista, con lo cual no hacen sino dejar al desnudo, por una parte, su insensibilidad social y su incapacidad para entender el porqué de todo lo que está ocurriendo en Venezuela, pero también, por otra, su baja autoestima y su impotencia para contribuir a impulsar una transformación social profunda. El gobierno, abanderado de los pobres y los tradicionalmente excluidos, que fue originalmente electo para promover un cambio democrático, modernizador e incluyente, como el que claramente se expresa en la Constitución, formalmente vigente, de 1999, la cual dio continuación a los planteamientos tanto de nuestros libertadores como de los forjadores de nuestra chucuta pero no despreciable democracia, ha terminado por dejarse llevar por un afán de venganza, autoritarismo, prepotencia e intolerancia, como si quisiera voltear la tortilla y ocupar el lugar que hasta ha poco detentaban los sectores privilegiados, pretendiendo convertir a estos y a la mayoría de las capas medias en los nuevos excluidos.

El resultado es una sociedad desgarrada e impotente para ocuparse de sus problemas seculares y coyunturales, y amenazada con desesperarse y desangrarse en una guerra civil, de la que milagrosamente y solo gracias a una oportuna intervención externa, escapamos hace unos pocos años. Una sociedad que no termina de asumirse como una nación sino como dos conglomerados que se excluyen y se acusan uno al otro de ser los culpables de la no solución de problemas de los que, en definitiva, nadie tiene tiempo ni disposición a ocuparse. El discurso político opositor dominante, que no hace sino condensar el mucho más soberbio y desamorado discurso discriminatorio que se escucha a diario en las conversaciones de buena parte de los sectores establecidos, no contiene invitaciones a la incorporación de, o el ofrecimiento de nuevas oportunidades a, los excluidos, sino que se contenta con declarar su rechazo al rumbo que han tomado las cosas con Chávez. Y el sector oficial, por su lado, con sus constantes amenazas de barrido, aplastamiento y demolición de la oposición, con su desprecio a los "escuálidos" -sin importar que ya sean más de cinco millones de venezolanos-, su uso permanente de un lenguaje belicista de armas, batallones, escuadrones, milicias, guerrillas, combates, guerras y héroes militares, no pocas veces con sus soportes materiales a la vista, pareciera empeñado en lograr la derrota de medio país a manos de la enfurecida otra mitad.

Toda la cultura venezolana, desde donde quiera que la miremos, discursos o textos, encuestas o estudios, atuendos o usos, espacios o tiempos, valores o símbolos, necesidades o libertades, está escindida o como mínimo resquebrajada de manera semejante. Esto es tratado por buena parte de los voceros opositores bien como un hecho natural e indigno de atención especial, o bien como una culpa más del Presidente por soliviantar los ánimos y haber inventado la polarización social; mientras que éste y sus adláteres se eximen de responsabilidades acusando a los otros de hipócritas, asegurando que simplemente responden a una situación de hecho y anterior a este gobierno, y alegrándose de paso pues ven allí una confirmación de su postulado magno de la lucha de clases como motor de la historia.

Si la política es una respuesta a las necesidades, de cara a los valores encontrados o los conflictos de intereses de la gente, entonces esta realidad de la exclusión y sus secuelas culturales tendrá que ser absolutamente tomada en cuenta. No vemos posibilidades de salir de este atolladero tomando partido por alguno de los bandos en pugna. Por ello y en principio, apostamos al despertar y maduración política de los venezolanos actualmente no polarizados políticamente, y, preparando el terreno para los análisis y propuestas que dentro de poco formularemos, consideraremos como acertadas aquellas políticas que contribuyan a la erradicación real de la pobreza y tiendan hacia la superación pacífica de la exclusión y sus implicaciones culturales, y como erradas aquellas que tiendan a perpetuar una o agudizar las otras. Y, especialmente, entenderemos que las peores políticas son aquellas que inciden en alimentar la escalada de acciones retaliativas y perdedoras en que estamos inmersos, en donde cada polo político intenta justificar sus propios fundamentalismos, abusos y reacciones agresivas como respuesta defensiva ante los del otro.


martes, 27 de julio de 2010

La economía venezolana (IV): Pobreza, riqueza y bienestar

Los términos riqueza y pobreza, como arriba y abajo, caro o barato, bonito o feo constituyen actualmente una pareja del tipo que en el lenguaje científico, inevitablemente impregnado por la lengua inglesa y siempre bajo la égida etimológica del latín y el griego, se llaman términos conversos, con una acepción de este adjetivo lamentablemente todavía no asentada en nuestros diccionarios. Es decir que, dentro de la gran familia de los términos opuestos, que incluye a distintos tipos de antónimos, incompatibles y polares, los conversos implican la existencia de un punto o estado de referencia en relación al cual se definen: cuando digo que algo está arriba, necesariamente debe existir un nivel normal, medio o estándar en relación al cual ese algo queda por encima, y respecto del cual otro algo podría quedar por debajo.

A diferencia de los antónimos, bien con gradaciones intermedias, tales como alto y bajo, caliente o frío, elemental y avanzado, entre los cuales no tiene porque haber términos de referencia, o bien en el caso de que no haya grados entre ellos, como en elástico y plástico, líquido y gaseoso; o de los términos incompatibles, como materia y vacío, cristalino y amorfo, ser y nada, orden y caos, en donde la existencia de uno, al menos en el terreno de la lógica formal, implica la no existencia del otro; o de los polares, como norte y sur, este y oeste, ánodo y cátodo, izquierda y derecha, en donde, al revés del anterior caso, uno no puede existir sin el otro, en el caso de nuestros términos conversos -en una acepción que no tiene nada que ver con el pasarse de un lado a otro-, la clave, aun en circunstancias de que un término exista sin el otro, está en el establecimiento del término o nivel estándar. Mientras que hasta no hace mucho, en las circunstancias de inevitable precariedad en que por tanto tiempo vivió la humanidad, los términos riqueza y pobreza fueron polares, en nuestros días se han convertido en conversos.

Nos hemos detenido en esta cuestión lingüística pues nos luce que una discusión sobre la pobreza en nuestros países, y particularmente en Venezuela, debe arrancar por aclarar que se trata de un término relativo a un estándar o promedio, cuya definición, la de este, es crucial para saber de que estamos hablando. Mientras que la izquierda y la derecha ortodoxas, o de inspiración decimonónica o anterior, se empeñan en hablar de la pobreza como si todavía fuese un término polar con la riqueza, como si para que haya ricos tuviese que haber pobres, y viceversa, lo cierto es que ya es perfectamente posible imaginar un mundo sin pobreza. Uno en donde todos dispongamos de riqueza por encima de un determinado estándar de vida aceptable, al estilo de la pauta que nos sugieren ciertas civilizaciones antiguas, como la Egea [¿han tenido tiempo para leerse El cáliz y la espada, de Riane Eisler, que les recomendé hace tiempo?], o como en vivo y en directo nos lo están mostrando, al cabo de un larga evolución histórica, los países escandinavos, Canadá y otros, en donde cada día más -sin que necesariamente tengan lo mismo- todos son ricos o disponen de riqueza -a la que han comenzado a llamar, quizás más elegantemente, bienestar-, y también cada vez es más cuesta arriba empecinarse en que su riqueza o bienestar sólo es posible a costa de la pobreza de otros o de nosotros. Por el contrario, estos países, con sus modelos de desarrollo, basados en la búsqueda de una profunda identidad nacional, en la capacitación productiva, ciudadana y ética de todos, y en la práctica sistemática de ofrecer oportunidades de educación y compensaciones para los más desfavorecidos, constituyen una cátedra viviente acerca del camino que, tarde o temprano, dependiendo de las terquedades de tantos, podría adoptar la humanidad entera, incluidos, aunque parezca superfluo añadirlo, nosotros los latinoamericanos, hasta nuevo aviso campeones de la inequidad social.

Hechas esas imprescindibles disquisiciones, y apartándonos del lindero a partir del cual nuestros desde hace rato silenciosos lectores, o como mínimo algunos de ellos, empezarían a acusarnos de evasivos respecto de la candente realidad vernácula, empezamos por declarar que la problemática de la pobreza en Venezuela, vital asunto a atender sean cuales sean nuestras preferencias ideológicas y elemento clave para la definición de cualquier política que merezca tal nombre, es absolutamente incomprensible si no nos ponemos de acuerdo en torno al estándar en relación al cual baremaremos o definiremos tal pobreza.

El Gobierno nacional, a través de su Instituto Nacional de Estadística, INE, ha establecido el llamado Valor de la Canasta Básica, equivalente al doble del Valor de la Canasta Alimentaria, como dicho estándar, entendiéndose por tal, por el primero, "el costo de los alimentos que cubren los requerimientos nutricionales de la población, más los recursos monetarios requeridos por los hogares para satisfacer las necesidades básicas no alimentarias (vestidos, calzados, viviendas, servicios médicos, educacionales, etc.)", y, por el segundo, "el costo de los alimentos que cubren los requerimientos nutricionales de la población". De acuerdo a esto, en Venezuela, son oficialmente pobres los hogares cuyos ingresos no alcanzan a cubrir la Canasta Básica, y oficial y críticamente pobres los que no llegan a cubrir la Canasta Alimentaria, datos estos que son regularmente divulgados por el mismo INE. Por su parte, el Banco Mundial, para no depender de las definiciones de los distintos gobiernos en materia de pobreza, establece simplemente una línea absoluta de pobreza, igual a dos dólares de ingreso per cápita ajustados a la paridad de su poder adquisitivo; otra línea de pobreza extrema, igual a US$ 1,25 de ingreso per cápita -actualizada hace poco, después de estar fijada durante varios años en US$ 1,00- igualmente ajustado a la paridad de su poder adquisitivo, y línea que, por cierto, es la que están usando las Naciones Unidas para la evaluación del cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de reducir a la mitad, entre 2001 y 2015, la pobreza extrema y su inevitable correlato el hambre; y otra más, una especie de línea de cuasipobreza, igual a US$ 3,00 de ingreso per cápita, que está comenzando a ser utilizada en ciertos análisis. La Agencia Central de Inteligencia, la impopular CIA de los Estados Unidos, utiliza -en sus datos de The World Factbook, por si acaso públicamente divulgados en Internet (no vaya a ser que algún izquierdista antediluviano venga a acusarnos de...)- los criterios de los distintos gobiernos, pero matizándolos constantemente con acotaciones que ponen de relieve la naturaleza de los criterios usados por estos, y alertando acerca de los distintos significados del término, de acuerdo a sus bases de referencia. Y, finalmente, algunos gobiernos avanzados, como el canadiense, están renunciando al empleo del término pobreza al interior de sus países -en donde ya prácticamente no quedan pobres-, para optar por fórmulas sofisticadas como la de los LICOs (Low Income Cut-Offs, "~Cortes de Bajos Ingresos"), que consisten en tablas de valores de referencia, para distintos tamaños y tipos de familias, según su localización, consideradas en situación de estrechez al tener que gastar el 70% ó más de sus ingresos en alimentación, vivienda y vestido.

Desde el punto de vista de las estadísticas oficiales venezolanas, mas con cálculos hechos por este servidor, en 2006, el año en el cual venimos concentrando la mayoría de nuestros análisis económicos, para un Valor de la Canasta Básica de Bs. F. 847/mes, aproximadamente el 60% de los hogares venezolanos calificaron para la condición de pobreza, con ingresos medios por hogar por debajo de tal valor, mientras que el 25% de los hogares se hallaron en la condición de pobreza crítica, por debajo del Valor de la Canasta Alimentaria, establecido en Bs.F. 424/mes. Esto casi significa que en ese año 2006, en el que por cierto tuvieron lugar las últimas elecciones presidenciales, en donde el actual presidente obtuvo el 63% de los votos válidos, aproximadamente dos de cada tres venezolanos se encontraban, oficialmente, en situación de pobreza y uno de cada cuatro en la de pobreza crítica.

Lo anterior, que de por sí implica que alrededor de las dos terceras partes de los venezolanos no pudieron, en ese año 2006 de referencia, satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, vestido, vivienda, transporte, salud y comunicaciones, se torna aun más grave si observamos que, de acuerdo a la III Encuesta Nacional de Presupuestos Familiares realizada por el Banco Central de Venezuela (a fines del año anterior), resulta que el 60% del presupuesto de los hogares venezolanos, en promedio, se gastó en alimentos, transporte y vestido, y sólo menos del 7% en vivienda, 6% en comunicaciones, 5% en esparcimiento, 5% en salud ó 3% en educación. De aquí derivamos, si tomamos en cuenta que, según nuestro conocimiento directo de la realidad local, en 2006 era prácticamente imposible obtener, en las grandes ciudades del país, un inmueble razonablemente construido por menos del equivalente a un alquiler mensual al menos igual a la mitad de la Canasta Básica o a la Canasta Alimentaria, o sea de Bs.F. 425/mes, que los actuales indicadores de pobreza en realidad están fuertemente subestimados, puesto que parten de la premisa de que los hogares prácticamente no gastan en vivienda, o sea, que suponen como normal que buena parte de la población deba vivir en ranchos, viviendas improvisadas, viviendas invadidas, viviendas con alquileres ficticios congelados por el gobierno, viviendas actuales o heredadas de los padres, etc., que son las únicas que pueden cubrirse con los exiguos presupuestos efectivamente disponibles para vivienda, por debajo de aproximadamente los Bs.F. 100/mes. O, lo que es lo mismo, la atención a las necesidades básicas de alimentación, vestido y transporte tiene lugar, para una gran mayoría de la población, al precio de la desatención, para efectos prácticos, de las necesidades de vivienda, salud, comunicaciones, esparcimiento y educación, lo que implica que, si se estableciese algo así como un Valor de la Canasta Básica Real, en la onda de un LICO canadiense, que tomase en cuenta el costo real, o de oportunidad, de satisfacer adecuadamente todas las necesidades básicas y apuntase a la erradicación de los cinturones de miseria de nuestras principales ciudades, nuestros índices de pobreza real serían mucho mayores.

Los indicadores que suele enfatizar el gobierno, que destacan logros en materia de reducción de la pobreza crítica, o sea del hambre, en base a programas no sustentables de distribución de alimentos, con, por ejemplo, la Misión Mercal, aunque no deben ser desestimados, es claro que no constituyen una respuesta de fondo a la problemática de nuestra lacerante pobreza real. Complacernos en la revisión de avances en la reducción de la pobreza crítica, sobre todo si se basan en la importación y distribución masiva, y no pocas veces despilfarradora, de alimentos importados, es una nueva manera de engañarnos o de intentar ocultar el hecho de que, en términos reales, Venezuela ha venido perdiendo terreno, incluso en el plano latinoamericano, en términos de la calidad de vida de su población.

Mientras que a comienzos de los años sesenta, Venezuela asombraba al mundo con sus indicadores de ingreso per cápita en el orden de los
US$ 1 000 a 2 000, que rozaban los de las naciones europeas y las dos grandes norteamericanas y excedían marcadamente los de todas las naciones latinoamericanas y asiáticas, incluyendo a Japón y Corea del Sur, y amenazaba con convertirse en un milagro capaz de erradicar su pobreza, en la actualidad la tendencia es hacia el rezagamiento en términos reales, no sólo en relación a toda Europa, Norteamérica, Oceanía y Asia oriental moderna, sino inclusive a naciones latinoamericanas en acelerados procesos de modernización como Chile, México, Brasil, Argentina y Uruguay, a las que pronto se sumarán al menos Costa Rica, Colombia y Perú. Venezuela, repetimos, no desde que comenzó el actual gobierno, sino por lo menos desde 1978, ha estado sumida en un proceso, quizás único en el mundo, de estanflación prolongada, que apenas resulta maquillado por las apariencias de bonanza que periódicamente crean las alzas en los precios del petróleo.

Las perspectivas del Banco Mundial y de las Naciones Unidas, de repente concebidas para hacer más digeribles las cifras del hambre en el Tercer Mundo africano, nos colocan en una posición más alentadora y menos dramática, y soportan mejor las reivindicaciones de progreso en materia de superación de la pobreza que viene haciendo el gobierno. Según estas cifras, la referencia, para efectos del logro del Objetivo 1 del Milenio, en Venezuela, es la de reducir a la mitad, para 2015, la pobreza extrema del 14% de la población que, en 2001 (o en el promedio 1995-2003), vivía con ingresos inferiores a US$ 1,25 per cápita diarios. De acuerdo a las cifras divulgadas por esos organismos en Internet esta meta ya se habría logrado, y mucho antes de 2015, pues para 2006 tal pobreza extrema, sinónimo del hambre desatada, fue calculada en sólo 3,53%. Esto significa, tomando en cuenta que el hogar promedio venezolano consta de 4,2 personas según el INE, que sólo 3,53% de los hogares tendrían ingresos por debajo de US$ 5,25 ó Bs.F. 338,6/mes, al cambio de la época de Bs. F.2,150/US$ , cifra que está muy por debajo del Valor de la Canasta Alimentaria fijado por el propio gobierno, y también de cualquier estimación de alguien que haya vivido aquí durante ese año 2006 y que bien sabría que no era posible, para una persona, ni siquiera alimentarse a duras penas con US$ 1,25 ó BS.F. 2,69 diarios, que es mucho menos de lo que cualquier mendigo o indigente percibía diariamente, aun tirado en la calle. La línea de pobreza, a secas, del Banco Mundial, para 2006 en Venezuela, es decir, la de un ingreso de menos de US$ 2,00 per cápita diarios cubriría a un 10% de la población, mientras que la de cuasipobreza, que aproximadamente coincidiría con la de pobreza crítica del gobierno, de US$ 3,00 diarios per cápita, comprendería a un 21,5% de la población. (Es muy probable que estas distorsiones, que nos presentan internacionalmente con mucha menos pobreza que la que apreciamos por dentro, tengan mucho que ver con las casi ficticias tasas oficiales de cambio, con una pronunciada sobrevaluación del bolívar, y apreciaríamos si algún lector economista o más ducho en estos asuntos nos ayudase a comprender mejor la cuestión).

La CIA, por su lado, en su The World Factbook, publicado en Internet, señala para Venezuela, al final del año 2005, un 38% de la población por debajo de la línea de pobreza, la que también resulta muy inferior a la calculada por nosotros con base en los datos sobre ingreso de los hogares publicados por el INE en sus Indicadores de la fuerza de trabajo, Total Nacional: Primer semestre 2006, y en los valores de la Canasta Básica y la Canasta Alimentaria publicados en el Índice y entorno del desarrollo humano 2006.

Y todo esto contrasta marcadamente con lo que resultaría si, por ejemplo, aplicáramos un criterio como el canadiense, aun con el más bajo de sus LICOs para una familia de cuatro personas, según el cual una familia padecería estrechez económica si, en 2006, hubiese percibido menos de $ 26,579 anuales, o sea, de alrededor de Bs.F. 57 145 anuales o Bs.F. 4 762 mensuales, con lo cual prácticamente todos los venezolanos, salvo unos pocos ricos en serio, habríamos quedado en situación de estrechez económica. (Por si acaso quedan dudas, no sobra decir que, por ejemplo, en los más completos estudios de mercado realizados en el país, como el Entendiendo al consumidor venezolano: Hábitos de consumo y el alcance de los medios, ordenado por El Nacional, siempre en ese mismo año 2006, el ingreso mediano del llamado "Estrato AB", el más acomodado y que incluía a sólo el 5% de la población no marginalizada -o sea, excluyendo al "Estrato E", que por sí solo comprende a por lo menos el 40% de la población-, era de sólo Bs.F. 3 006/mes, por lo cual, según los estándares canadienses, incluso buena parte de los dizque privilegiados de aquí allá caerían dentro del rubro de quienes viven con "estrecheces económicas" con base en algún LICO...). (Da la impresión de que en Canadá y otros países, como los escandinavos, que hace rato han logrado superar la problemática polar de la pobreza versus la riqueza, se estuviese tendiendo a hablar cada vez más de bienestar versus estrechez, que serían los términos conversos sustitutos).

Consideramos que la seria discusión de estos asuntos es absolutamente indispensable para la elaboración de cualquier política realmente transformadora en el país. Pretender interpretar los resultados electorales de 2006, por ejemplo, haciendo caso omiso de la aplastante realidad de nuestra pobreza, es como querer tapar el sol con un dedo. Incluso si se rechaza cualquier linealismo que pretenda una equivalencia exacta entre la pobreza y los votos por Chávez, el único candidato que entonces logró proponer una esperanza de mejoramiento de la calidad de vida para los pobres, es claro que existió y existe todavía una estrecha conexión entre ambos factores. La disputa entre oficialismo y oposicionismo que atestiguamos diariamente tiene demasiado que ver con una lucha soterrada entre pobres y no pobres.Y algo parecido podría decirse de, por lo menos, las votaciones de Acción Democrática durante todo el largo período desde 1947 hasta 1993, y, en menor medida, de las votaciones de COPEI y Caldera, que por lo general representaron un voto castigo contra AD. Nos guste o no, la política venezolana, desde 1947, o sea, desde que se estableció el voto universal, directo y secreto para todos los ciudadanos mayores de 18 años, ha girado en buena medida en torno a la captación -y, demasiado a menudo, la manipulación- de los votos de la mayoría pobre de la población. La regla no escrita de la política venezolana es que las elecciones las ganan quienes logran asegurarse el apoyo del grueso de la población pobre, con el triste añadido de que, en el fondo, es muy poco lo que se ha hecho en nuestro país, en los últimos treinta años, al menos, por erradicar las causas profundas de tan persistente pobreza, pues, para efectos prácticos, todo ocurre como si tuviese sus ventajitas el contar con un electorado tan fácilmente comprable...

Acerca de qué hacer ante estas duras realidades, de las que poco gustan de hablar nuestros políticos, incluso en épocas electorales como esta, volveremos próximamente.