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viernes, 11 de septiembre de 2009

Nuestras capacidades procesales factibilizativas

Supongo que ni ustedes ni yo queremos reeditar aquí la discusión que ya hice, en el artículo "Nuestras capacidades procesales propositivas", acerca del procedimiento adoptado en este blog para la escogencia de neologismos como este calificativo factibilizativas, el verbo factibilizar o el sustantivo factibilización, y términos vecinos, que usaremos en adelante. A quienes se la hayan perdido los remito a dicho artículo, no sin redundar en que para accesarlo sólo tienen que presionar un delicado clic en el hipertexto anterior. Lo que es igual a decir que, hasta nuevo aviso, no me considero culpable de haber pensado en este asunto de manera diferente o en mayor dosis que otros o, si se prefiere, de no disponer por el momento de expresiones más correctas, convencionales o melifluas para expresar lo mismo, o, lo que sería el caso más grave, de no haberme enterado de que otros más avezados ya expresaron estas ideas y con un mejor uso del lenguaje. En cualquier caso: ¡vivan la flexibilidad expresiva y los derechos a equivocarnos, a interactuar con los lectores y a corregir prontamente nuestros errores que nos ofrecen los blogs! Y vayamos ahora al grano.

Durante la Segunda Guerra Mundial y en sus vecindades, aparte del pandemónium bélico y sin que la mayoría de los latinoamericanos lo supiésemos (algunos porque no existíamos), en el planeta Tierra se puso en escena la que quizás haya sido la más intensa confrontación intelectual de todos los tiempos. Si, con una metáfora que nos encanta y que no recordamos si ya la hemos usado aquí, al menos en su versión completa, se apagasen todas las demás luces y se encendiese fugazmente un bombillo de, digamos, unos cien vatios, cada vez que se crea una sinapsis -es decir, un nuevo conocimiento- en el mundo, los destellos terrestres visibles desde el espacio, durante esos años, muy probablemente habrían sido los más intensos jamás vistos en la categoría de estos lares. Tras la fachada de quien construía primero el arma nuclear, se libró una pugna por ver quien generaba más conocimientos y, todavía en los más profundos entretelones, por ver quien adquiría las más efectivas capacidades para generar tales nuevos conocimientos. Si algún día se escribe una historia universal epistemológica de la humanidad, de la cual, que sepamos, sólo se han hecho esbozos, esos años cuarenta del siglo pasado seguramente serán un hito decisivo.

Se trató, nada más y nada menos, que de dirimir quien triunfaba en la más cruenta conflagración humana jamás librada y quien detentaría el liderazgo científico y tecnológico de las venideras décadas y quizás siglos y, a partir de allí, la hegemonía económica, política y cultural en el futuro al menos cercano. Dependiendo de quien fuese el triunfador, entre los contendores principales, si los del Eje, bajo batuta alemana, o los Aliados, abanderados por rusos y, sobre todo, anglosajones, con sus respectivos socios estratégicos, bien distinto habría sido el porvenir humano y, particularmente, el de nosotros los latinoamericanos. Nos resulta claro que el peor de los destinos nos lo habría deparado un triunfo de las potencias del Eje, en cuyo caso, o sea, de haber logrado primero Hitler la bomba atómica, de la que estuvo a un tris, no sería descartable que los latinoamericanos hubiésemos terminado convertidos en algún tipo de lateinamerikanisch Würstchen (salchicha latinoamericana)..., puesto que en la taxonomía del Führer, que iba desde los ciudadanos arios en el tope hasta diversos estratos de súbditos y otros seres despreciables por debajo, nosotros, quizás sólo sucedidos por los africanos, éramos los especímenes de la peor ralea y ya a algunos de más arribita habían decidido exterminarlos... O si, en otra conjetura, hubiesen ganado los rusos la presea nuclear, nos luce que Stalin, Beria y compañia nos habrían regimentado y controlado hasta el uso de las fosas nasales -seguramente con prioridad a la de la izquierda- para respirar...

Pero no ocurrió lo peor, ni lo segundo peor, sino lo tercero peor: la victoria aliada con hegemonía nuclear estadounidense, pero no bajo la presidencia de Roosevelt, quien se murió a destiempo después de haber construido la alianza estratégica con Einstein, Fermi, Oppenheimer y demás físicos e ingenieros que jugaron un rol decisivo para el triunfo en la carrera atómica, y quien tenía la más clara visión política de las responsabilidades con la humanidad que adquiría el poseedor de la letal arma, sino con Truman y luego Eisenhower y sus bandadas de halcones, quienes poco habían hecho por, y ni enterados estuvieron del ultrasecreto Proyecto Manhattan, pero que ni cortos ni perezozos de inmediato descubrieron el poder y las ventajas que les proporcionaba la preponderancia nuclear recién ganada. Emergió así el mundo real de la posguerra, el que hemos conocido, con su nada llevadera carga de calamidades e injusticias, pero definitivamente más respirable que las dos otras opciones.

En particular, esta experiencia científico-tecnológica y su correspondiente ambiente posbélico potenciaron la importancia de la verdadera educación, y especialmente de la educación superior, de la investigación científica y de la innovaciones tecnológicas, lo que es lo mismo que el lanzamiento de las capacidades estructurales propiamente educativas, vinculadas al empleo productivo, cultural, territorial y político de conocimientos articulados en torno a modelos predictivos o de tipo científico, y del nuevo paquete de capacidades procesales, que examinaremos brevemente en este y los próximos capítulos, también sólo posibles con apoyo en la incorporación de las fases de modelación, análisis y optimización al modo de trabajo tecnológico correspondiente. El inconveniente que ahora se nos presenta, parecido al ya confrontado cuando tratamos de aquellas capacidades estructurales educativas, consiste en tener que hablar de capacidades que, pese a aparentar ser poseídas bajo denominaciones verbalmente semejantes a los de otras latitudes, en verdad sólo existen muy incipientemente en nuestras naciones latinoamericanas. Tales son los casos de la educación, la modelación, la planificación o la tecnología, que entre nosotros denotan más bien instrucción, sistematización, programación o técnica; o los de la realización de estudios de factibilidad o de diseños básicos o conceptuales, también muy poco practicados en estos sures que también existen.

De la intensísima experiencia de descubrimientos científicos e innovaciones tecnológicas vivida durante la megaguerra mundial se han derivado buena parte de las innovaciones en informática, cibernética, telecomunicaciones, energía nuclear, aeronáutica, materiales polímeros, y muchas otras, que han cambiado drásticamente el paisaje artificial de las décadas siguientes, incluida la primera de nuestro novel siglo, y de las que tendremos oportunidad de charlar en otro momento. Por ahora, lo que nos interesa destacar es que tal cúmulo de innovaciones fue, en una alta medida, el resultado de un salto cuántico en la metodología o capacidad de trabajo tecnológico en proyectos, la cual, aunque venía evolucionando lentamente desde los días de Watt y su máquina de vapor, entró a la contienda de los cuarenta con más o menos las mismas seis etapas de las que hemos hablado antes pero salió con doce etapas según el conteo de este servidor.

Si, aprovechando el recurso informático a la mano, designamos con el color rojo las etapas características del proceso de trabajo (que, como ya va dicho, es un componente medular del proceso de producción, tal y como éste lo es del de vida) simple, con el color naranja las del proceso de trabajo artesanal o tradicional, con el color verde las del proceso de trabajo técnico o medio, y con el color azul las del proceso de trabajo tecnológico o moderno, entonces nos queda, empleando la terminología más afín al lenguaje ingenieril contemporáneo, que el primer conjunto de capacidades procesales o ciclo de trabajo simple, o primitivo, con una sola etapa principal, sería algo así como: (Incepción) - Operación - (Finalización); el proceso de trabajo artesanal, o tradicional, con cuatro etapas principales, quedaría como: (Incepción) - Planteamiento de necesidades - Construcción - Operación - Distribución - (Finalización); el proceso de trabajo técnico o medio, con seis etapas principales, como: (Incepción) - Definición de necesidades - Diseño detallado - Construcción - Operación - Mantenimiento - Distribución - (Finalización); y el proceso de trabajo técnológico, con doce etapas principales, como: (Incepción) - Análisis de Necesidades - Estudio de factibilidad - Diseño básico - Diseño experimental - Diseño detallado - Construcción - Operación - Mantenimiento - Distribución - Atención al consumo - Rediseño - Retiro - (Finalización). Y es de aquí, de esta conceptualización y sin repetir toda la analogía con lo anterior, que el autor de este blog ha derivado la siguiente secuencia generalizada de etapas características del proceso moderno de vida, aplicable a todas las esferas estructurales y no sólo al ámbito del trabajo o de la producción: (Incepción) - Propositación - Factibilización - Planificación estratégica - Planificación experimental - Programación - Construcción - Operación - Administración - Distribución - Consunción - Replanificación - Retiración - (Finalización). Los cambios terminológicos propuestos intentan, sobre todo, adaptar los vocablos al ámbito extraingenieril, en donde se desarrollaron sobre todo durante la citada contienda bélica mundial.

Como quiera que reconozco que lo que precede no debe ser sencillo de entender, sobre todo para quienes no tengan experiencia trabajando en proyectos tecnológicos complejos, que serán la mayoría de mis lectores, pondré a continuación el ejemplo de lo que está aconteciendo en las naciones llamadas desarrolladas con la problemática del calentamiento global o Cambio Climático. Mediante el análisis de enormes cantidades de datos, en estos países se han dado cuenta de la existencia de tendencias centrales anómalas en las temperaturas medias del planeta, que preconizan un paquete de fenómenos del tipo que sólo se había detectado durante las llamadas interglaciaciones, ocurridas aproximadamente cada cien mil años, y con la última hace sólo alrededor de hace unos diez a doce mil años, los cuales tienden a ser altamente amenazantes para la vida planetaria tal y como está organizada actualmente. Inmediatamente, luego de la toma de conciencia (Incepción) de que hay que hacer algo al respecto, los científicos y estudiosos han hecho profundos Análisis de necesidades que llaman la atención sobre los componentes antropogénicos del problema, o sea, de los factores derivados de la actividad humana -y sobre todo de los humanos más pudientes y generadores de contaminantes-, y han determinado que las concentraciones de CO2 en la atmósfera han alcanzado sus topes de todos los tiempos, han creado una especie de "Efecto invernadero", y amenazan con incrementar hasta 6°C ó más las temperaturas promedio de la Tierra, con efectos potenciales devastadores. A partir de allí se ha desatado, paralelamente, una etapa de Propositación, en escala social y en los ámbitos culturales, territoriales, mediáticos, educativos y políticos, en donde múltiples voceros, a quienes ellos gustan de llamar campeones, con Al Gore y otros a la cabeza, ocupando con frecuencia los titulares de primera plana de los diarios y noticieros televisivos, han señalado que hay que hacer algo para impedir el desastre. Frente a ellos, Bush y sus amigotes de la mayoría de las transnacionales petroleras lanzaron una campaña multimillonaria en dólares para intentar demostrar que no eran, o por lo menos que no había pruebas suficientes, tales factores antropogénicos, por supuesto muy ligados a la quema de combustibles petroleros, los causantes del calentamiento global o Cambio Climático, puesto que supuestamente hasta Mercurio, sin humanos ningunos encima, también se estaba calentando globalmente, etc.

Por ello hubo que validar el Análisis de Necesidades inicial con una Comisión Intergubernamental (Intergovernmental Panel on Climate Change, IPCC), integrada por numerosos científicos de todas partes del mundo, la cual, después de un estudio exhaustivo, llamado el AR4, que les valió, junto a Al Gore, el mero Premio Nobel de la Paz, publicado en 2008, ratificó en todos sus puntos los planteamientos científicos originales y lanzó nuevos alertas de los que se han hecho eco casi todos los organismos intenacionales, desde Naciones Unidas para abajo, y quienes están ahora impulsando Estudios de factibilidad para lograr la Factibilización, es decir, la demostración de que son factibles, de las soluciones candidatas al problema detectado. Y de allí están emanando numerosos acuerdos, resoluciones e iniciativas que apuntan hacia la Planificación estratégica, y muchas veces Planificación experimental de la búsqueda de soluciones, y que, una vez superada la crisis económica mundial, también ligada a un estilo despilfarrador de desarrollo, volverán seguramente a ocupar las primeras planas de los asuntos mundiales. Y, mientras tanto, como ya hemos dicho que estos procesos no son nada lineales, las grandes empresas fabricantes de automóviles, ya están diseñando experimentalmente vehículos híbridos, eléctricos y a gasolina, capaces de rendir hasta 100 km por litro de gasolina, y se están reemplazando los plásticos desechables, instrumentando programas de ahorro energético, etc., que se convertirán en los diseños detallados, con sus correspondientes planes y programas políticos, educativos, etc., y las construcciones de vehículos, materiales, artefactos diversos del futuro, de los envases y electrodomésticos que un día operaremos nosotros... ¿Se entiende, entonces, la importancia de esto de los procesos de vida y sus etapas? Si no es así, por lo menos que no panda el cúnico...

Mientras tanto, mientras ellos, los países tecnológicamente más avanzados - no interesa en este momento si han sido también los generadores del problema-, viven un proceso moderno de búsqueda de soluciones y de monitoreo intensivo de toda la evolución del calentamiento global, nosotros los latinoamericanos, a quienes se nos incluye entre las naciones llamadas tecnológicamente niñas en la literatura internacional, con la excepción honrosísima de Brasil, que sí entiende en profundidad lo que está pasando, tiene capacidades propias de pronóstico climatológico y está impulsando planes estratégicos de ahorro energético; y, a mucha distancia, de Cuba, porque las consecuencias del calentamiento global la afectan en carne propia año tras año, y tienen la ventaja de que los pronósticos de Miami les sirven como anillo al dedo; nosotros, decía, hacemos denuncias, nos quejamos del imperio, echamos culpas a troche y moche, pero en el fondo somos, debido a la debilidad estructural y procesal de nuestras capacidades, comparsas de un espectáculo que protagonizan otros, y seguiremos siéndolo mientras no salgamos de nuestro histórico adormecimiento.

En los casos de letargo más profundo, como el venezolano, ni siquiera una tragedia de proporciones mayúsculas como la reciente de Vargas, en 1999, cuyas pérdidas humanas se han estimado entre 15000 y 30000 víctimas, y las materiales en 3000 millones de dólares, ha sido suficiente para que, con coherencia y capacidades de propositación, factibilización y planificación, y sin dejar de exceptuar los valiosos esfuerzos hechos por investigadores e instituciones aislados, se implementen medidas, de nivel ampliamente estatal, preventivas ante las tragedias anunciadas de nuevos deslaves, inundaciones, sequías, olas de incendios forestales, desertificaciones, y mejor me callo y paro de contar, pues de esta cabuya tengo un rollo más largo del que me habría gustado y no sé hasta dónde podré seguir guardándolo enrollado, o a partir de qué momento terminaré como el cartero apedreado porque sus cartas portaban malas noticias...

martes, 25 de agosto de 2009

Nuestras capacidades procesales propositivas

Para expresar emociones, estados de ánimo, matices sutiles de los sentimientos hacia otras personas y afines, o sea, para expresarnos afectiva o literariamente, es probable que nuestra hermosa lengua, la primera en Occidente y segunda del mundo en hablantes nativos, y segunda y tercera, respectivamente, en hablantes en general, carezca de rivales. Pero a la hora de teorizar, conceptualizar, definir ideas con precisión, etc., hay que reconocer que estamos algo rezagados, y no por caprichos del azar, sino porque los hispanohablantes, y sobre todo los latinoamericanos o, si gusta más, ibero o hispanoamericanos, hemos tenido relativamente poca experiencia en estas lides, aunque aquí se aplica aquello de que nunca es tarde para remediar, o lo de que más vale tarde que nunca... A manera de ejemplo, valga el caso de la palabra que hasta aquí nos trajo, relacionada con la elaboración de propósitos. Nuestro diccionario estándar, el mejor que jamás hayamos tenido -no recuerdo si ya lo dije, pero por si acaso, según mi terrícola opinión, es la 22º edición del DRAE, la de 2001-, nos ofrece el término propósito, con tres acepciones principales: ánimo o intención de hacer o de no hacer algo; objeto, mira, cosa que se pretende conseguir (que es la que nos interesa aquí); y asunto, materia de que se trata. Hasta aquí todo muy bien, pero el problema surge cuando intentamos, en el mismo DRAE, buscar los verbos, adjetivos y adverbios relacionados con este sustantivo, y salimos con las manos vacías pues no existen.

Opuestamente, sólo para completar el ejemplo y a riesgo de que este planteamiento vaya a parar a quién sabe que tenebroso expediente lingüisticopolítico contra el autor, me atrevo a citar que, en la lengua inglesa, en cualquier buen Webster reciente, al lado de purpose (propósito), el sustantivo básico, nos ofrecen, entre otros vocablos conexos y sin incluir las formas complejas o expresiones verbales, los sustantivos adicionales purposiveness (que sería algo como propositividad, en español), purposefulness (algo como propositosidad) y purposelessness (algo en la onda de proposicarentidad o carencia de propósitos), el verbo purpose (que sería como propositar), los adjetivos purposive (propositivo), purposeful (más o menos como propositoso), purposeless (algo como proposicarente, puesto que despropósito es otra cosa), y los adverbios purposely (propósitamente), purposively (propositivamente), purposefully (propositosamente), y purposelessly (proposicarentemente), con lo cual tenemos muchas opciones de conceptualizar lo que queremos expresar a propósito de propósito.

Debido a esto, a lo que el autor considera que es una limitación de nuestra lengua, y hasta tanto el pobre no tenga mejores ideas o la vida le alcance para meterle el diente en serio al griego, al latín y otras lenguas útiles para la fabricación, sin protestas, de nuevas palabras -y ¡ah mundo! si pudiese ser con la pontificia aprobación de alguna Academia-, entonces la política adoptada ha sido y será la siguiente: (1) se agotan los esfuerzos por conseguir en el DRAE el o los términos que se desean, y, si se logra: ¡aleluya!; (2) si no es así, se busca en los diccionarios de lenguas que al menos medio se conocen el o los términos buscados y, si se consiguen, como ocurrió en este caso, entonces se hace el mejor esfuerzo por traducir dichos términos al español, y se le da una breve explicación o indicación al lector de lo que se hizo (o, como ha ocurrido a menudo, en los largos años que el susodicho autor tiene escribiendo para sí mismo, esto último se omite...); y (3), si tampoco se consigue lo buscado en otras lenguas, entonces se inventan el o los términos buscados, con apoyo razonable en las raíces etimológicas griegas o latinas conocidas, y mejor si preguntándole a alguien más ducho sobre tales raíces, y ofreciéndole a los potenciales lectores (excepto cuando...) una explicación y casi excusa por el atrevimiento, etc.

En definitiva, amamos y le profesamos el mayor respeto a nuestra lengua española, pero no le concedemos el derecho a no lavar ni prestar la batea, o sea, a hacer el ridículo con malabarismos verbales injustificados, como en la época en que no teníamos realacadémicamente aprobado el término apartamento, y había puristas empeñados en que se dijera apartamiento, que era el que sí teníamos, pero que significaba algo así como "lugar apartado y retirado", lo cual originó mamaderas de gallo como la que, no recuerdo donde lo leí, se le atribuyó a nuestro Miguel Otero Silva, a quien una amiga refinada le dijo algo así como: "¡Ay Miguel, que problema tengo! Me voy a casar y no encuentro apartamiento", a lo que el criollo respondió: "¡Caramba, chica! No sabes como lo lamiento..." Bueno, los pocos pelos que me quedan no van a alcanzar para que los halen mis amigos partidarios de la bloguicortedad, así que mejor se imaginan, sin que se los explique, que a donde quiero llegar es a que sí estoy consciente de que este adjetivo propositivas y sus variantes, que estoy usando para definir estas capacidades procesales, no es precisamente ortodoxo, pero...

La definición de propósitos, a la que no vemos por qué no llamar, de acuerdo al método expuesto (en su paso (3), puesto que tampoco conseguimos nada en otras cinco lenguas), propositación, es una primera etapa, de importancia improbable de exagerar, en los procesos tradicionales de vida que suponemos surgidos al calor de la maduración lingüística que habría ocurrido en los albores de las primeras sociedades civilizadas sin conexión con o afiliación a otras (según Toynbee). Es decir, de los primeros tiempos de las muy pocamente estudiadas -y no por casualidad, sino porque pareciera haber intereses de las civilizaciones vencedoras...- sociedades sedentarias o con base rural, pero todavía sin clases sociales o divisiones sociales marcadas del trabajo, como la primera civilización maya, la egea, la sumerioacadia, la sínica o china, la indo o hindú, y, por poco, nuestra cuasicivilización -si aceptamos como un requisito civilizatorio la posesión de la escritura- arahuaca noroccidental (protovenezolana). La corazonada central que nos lleva a sentirnos tan persuadidos de que esto fue así surge no de lecturas o estudios, que los ha habido, sino de cierta experiencia en más de cien proyectos acometidos en nuestra vida profesional, y otros cuantos en nuestras otras vidas, que nos han dejado vivencias sobre la absoluta relevancia de discutir exhaustivamente y aprobar colectivamente los propósitos últimos de cada proyecto, pues el tiempo dedicado a esta propositación se recupera con creces en el curso del proceso productivo o creativo correspondiente, en términos de participación de los miembros del equipo o grupo del proyecto en cuestión; así como de la fuerte intuición que tenemos de que esta exigencia de propositar los proyectos tiene que haber estado presente dondequiera que haya existido, como lo suponemos en las sociedades civilizadas altamente colectivizadas y con suficiente madurez lingüística, la necesidad de incorporar plenamente las energías de todos al logro de los propósitos de los procesos de vida. O, dicho en sentido contrario, cualquier intento por ahorrar estas discusiones iniciales conduce luego a confusiones, a la pérdida de energías y a tener que volver una y otra vez a definir los propósitos de lo que se está haciendo.

En el ambiente profesional ingenieril y sus afines, a esta etapa inicial de los proyectos se le suele denominar Análisis de necesidades, y, tanto en la literatura como en la práctica sobre el tema, es el punto de partida obligatorio de todo proyecto tecnológico exigente, al punto de que el minúsculo Centro de Transformación Sociotecnológica, que he dirigido por más de dos décadas, hace tiempo que decidió que ya las propuestas iniciales a los clientes o usuarios deben consistir precisamente en tal análisis. En una sociedad mercantilista como la que nos ha rodeado, es obvio que esto nos ha costado más de un dolor de cabeza, pues diversos vivos se han aprovechado de nuestra supuesta ingenuidad para apropiarse de la propuesta como un estudio gratuito o, peor todavía, para usarla como requerimiento a satisfacer por organizaciones inescrupulosas que se presten para "hacer más barato el mismo trabajo..." Pero aún así, ha sido tal nuestra convicción a este respecto, que, en el fondo, nos hemos alegrado cada vez que esto ha ocurrido, pues con semejantes clientes o usuarios, incapaces de valorar la importancia de una clara propositación de los proyectos desde el vamos, es preferible no trabajar juntos y mucho menos revueltos: allá ellos con lo que se pierden.

Ahora bien, cabe preguntarse: ¿por qué esta práctica tan necesaria y común en los proyectos ingenieriles avanzados es tan poco conocida en el ámbito de las iniciativas técnicas, artesanales, creativas, políticas, culturales, religiosas, conyugales, amistosas, etc., que a diario adelantamos, en los más diversos niveles y ámbitos, en nuestros países latinoamericanos, en donde todo el tiempo tenemos la sensación de que la necesidad a satisfacer o el propósito último del esfuerzo acometido o por acometer ya lo definió o tiene que definirlo alguien más, y siempre estamos como haciendo mandados para lograr algo que sólo otro u otros conocen? Tan importante nos ha parecido, desde ha mucho, esta pregunta, que no hemos escatimado neuronas para buscarle respuestas, pues nos luce que aquí está una de las claves para que nuestra América Latina, y con ella buena parte de nuestro adolorido tercer mundo, salga por fin de su secular marasmo histórico.

Y, sin ambages, ofrecemos nuestra respuesta: no lo hacemos porque nuestra historia, como la de otros pueblos sometidos por siglos a la dominación y explotación por parte de pueblos con capacidades sociales más avanzadas, ha sido una historia de sobretutelas, sobredominaciones, sobredivisiones del trabajo, sobremanipulaciones, sobrealienaciones, sobreexplotaciones, y parémoslo allí, en donde la regla de nuestros procesos y estructuras de vida ha sido que los propósitos y valores esenciales inspiradores de nuestras actividades los definan otros, para nosotros. Con tal pedigree histórico y social, no es entonces casual que, después de siglos, en el caso social, o de décadas o años en el plano individual, recibiendo instrucciones mediáticas acerca de cómo hacer todo y sin espacio para hacernos preguntas o ensayar respuestas acerca del por qué y para qué de las cosas, y menos para ponernos de acuerdo con otros sobre tales fines o propósitos, desemboquemos en una realidad en donde la regla, con sus descontadas múltiples excepciones, en nuestros países, es la de que el padre, la madre, el esposo, la esposa, el novio, el maestro, la dirigente, el sacerdote, el animador, la jefa, ... son siempre los que deciden el propósito de lo que haremos, incluso en los niveles más elementales, como si todos los procesos de vida en que participamos fuesen como deplazarnos en un vehículo que tiene un solo puesto para el chofer o conductor que es quien decide.

Todavía a un par de siglos, años más o años menos, de conquistadas nuestras independencias políticas, nuestras sociedades son como si a un colectivo de gallinas y gallos, después de vivir en cautiverio o domesticación por siglos, se les soltara en plena selva a vivir dizque independientemente. Lo que nos ha ocurrido, al no saber en el fondo lo que queremos o como vivir independientemente, es que nos la hemos pasado construyendo jaulas, aceptando caudillos y buscando quien nos ordene o instruya sobre lo que tenemos que hacer, y mejor si echándoles la culpa a otros por nuestra dependencia, como si pudiera haberla sin dependientes... A muchos extranjeros, europeos, y nórdicos sobre todo, que nos visitan, les sorprenden nuestras incapacidades para definir lo que queremos ser, nuestros fines en la vida o los propósitos de nuestras actividades, o para ponernos de acuerdo en nuestras acciones colectivas, en fin, para propositar nuestros procesos de vida, aún en las iniciativas o relaciones más sencillas. Mientras que muchísimos niños gringos, alemanes, japoneses o qué se yo poseen respuestas elaboradas ante la pregunta ¿qué quieres ser cuando seas grande?, muchos de nuestros ya grandes pasan trabajo y tragan grueso cuando se les pregunta ¿cuál es tu propósito en la vida?, pues lo que abunda es aquello de que "como vaya viniendo vamos viendo..." Cuando, en muchas entrevistas para emplear profesionales, les hemos preguntado ¿cuál es tu propósito de carrera?, o bien, la mayoría, no sabe de qué les estamos hablando, o bien, una minoría, repiten como loros alguna frase que les redactó algún "experto en currículos" copiada de patrones que se venden en el mercado o traducidos generalmente del inglés, quedando apenas un residuo de excepción para quienes sí habían pensado en serio en el asunto. Esto, por supuesto, no tiene nada que ver con rigideces modernas ni con algunas respuestas posmodernas de quienes, ansiosos de inyectarle flexibilidad y alegría a la vida, hacen como que subestiman la definición de objetivos rígidos de lo que buscan...Y si todavía alguno percibe algún tufo pitiyanqui o proimperio en lo que va dicho, queremos recordarle que, por ejemplo, nadie menos que Simón Bolívar llegó a afirmar, en su conocida misiva jamaiquina, refiriéndose al porqué de nuestros fracasos y a nuestra dificultad para ser libres -o propositados, podríamos decir nosotros-, que "el alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas".

En resumidas cuentas, no encontramos manera de exagerar la importancia de rescatar la propositividad de cuanto hagamos en nuestro subcontinente en cualquier ámbito o a cualquier nivel, de transformar nuestras capacidades propositivas para energizar nuestros procesos de vida, de combatir nuestras proposicarencias y nuestra proposicarentividad, pues es tal nuestra inexperiencia generalizada en esta materia que no vemos manera de errar por exceso o volvernos demasiado propositosos. Alertar, entre nosotros, que hemos vivido por siglos bailando al son que otros nos tocan, contra los peligros de un exceso de propositividad en nuestras acciones es algo así como prevenir al indigente extremo contra los peligros del consumismo moderno, o como perorar ante una criatura virgen de cincuenta años sobre los peligros del SIDA...

Y no nos queda ya sino cerrar esta entrada con un llamado enfebrecido e implorante a quienes se dignen a leer estas notas para que reflexionen e intenten poner en uso y en práctica este impulso a nuestras capacidades propositivas a todos los niveles y planos, desde el individual: ¿Qué es lo que verdaderamente quiero hacer con mi vida?, hasta lo social, donde quiera que podamos: ¿Qué es lo que en el fondo queremos lograr como movimientos o instituciones o naciones?; desde lo afectivo: ¿Por qué estamos juntos?, hasta lo productivo: ¿Para qué y para quiénes estamos aquí produciendo?; desde el cortísimo plazo: ¿Qué es lo que quiero lograr esta semana?, hasta el más largo: ¿Y en lo que me resta de vida, o en el próximo siglo de América Latina? Pues de aquí, de este o estos verbos y de esta propositación que nos salga del alma, brotará la energía de los procesos de vida que necesitamos para ser libres, fraternales y con igualdad de oportunidades para todos.

Al principio todo era confusión y no había nada en la tierra, hasta que advino el verbo divino y dijo: ¡Haya luz!, y se creó el mundo, reza más o menos en sus primeras líneas nuestro libro occidental, sagrado o no, de sabiduría. Antes del tiempo, la materia o el espacio todo era un caos y entonces, hace unos 14500 millones de años ocurrió el Big-Ban, y emergió el universo conocido, aseguran los físicos. Para recrear el universo sólo hace falta darle un nombre le dice la Emperatriz Infantil a Bastián, el protagonista de La historia sin fin, de Michael Ende, cuando parece que ya todo se acaba, inclusive la historia misma. Sólo aquellos que lleven un caos dentro de sí podrán poner en el mundo una estrella danzante, dijo en algún lugar aquel Nietzche. Y a mí me provocó decir también y otra vez lo mismo, sólo que algo fastidiado de tanto hablar de palabras y con palabras...

viernes, 21 de agosto de 2009

Nuestras capacidades procesales operativas

Reconozco que el término es poco usado y hasta suena algo leguleyo, pero si del sustantivo estructura se deriva el bastante frecuente calificativo estructural, no veo por qué restringir el uso del adjetivo procesal, que viene de proceso, en general, sólo a los procesos o asuntos legales. Usaremos entonces este término para referirnos no a la dimensión sincrónica o anatómica de las capacidades en nuestras sociedades, a las que ya hemos llamado capacidades estructurales, sino a la dimensión diacrónica, a través del tiempo o referida a los procesos característicos, que muchas veces parecieran cíclicos, de gestación y desenvolvimiento de los sistemas sociales.

Con el concepto de capacidades procesales queremos referirnos a aquellas que se han ido haciendo cada vez más importantes y necesarias, sobre todo en la medida en que se plantea la edificación de sociedades modernas, con ganas de serlo o incluso con muchas ganas de ser mucho más que modernas, para concebir, discutir la viabilidad, construir, implantar, hacer funcionar y hacer madurar las sociedades o partes de ellas. Estas capacidades procesales, a pesar de situarse en un ámbito teórico poco pisado por las llamadas ciencias sociales, son de suma relevancia para la realización de proyectos nacionales o sociales perdurables, y están en la génesis de prácticamente todos los productos económicos o culturales, políticas o descubrimientos científicos en el mundo contemporáneo, por lo cual dedicaremos esta nueva subserie de artículos de nuestro blog a examinarlas.

El celular de última generación, de que disfrutan muchos hoy, por ejemplo, es la culminación de un moderno proceso de producción que, a más de conjugar la intervención de capacidades estructurales de todo tipo, comenzó hace cuatro o más años con un análisis de necesidades, un estudio de factibilidad, un diseño experimental, un diseño básico, etc., hasta llegar a la actual etapa de comercialización que se mantendrá hasta que algún día este producto se vuelva tecnológica o económicamente obsoleto y sea reemplazado por otro. Pretender fabricar tal celular de un solo golpe o en una sola etapa operativa es una manera segura de conducir tal proyecto al fracaso, pues cuanto más innovador o sin antecedentes sea cualquier proyecto, tanto más será preciso adelantarlo por etapas en donde se vaya reduciendo parcialmente la incertidumbre correspondiente. Y esto, que es válido a nivel de las secuencias de etapas o ciclos de vida de productos, con las que están familiarizados todos los profesionales que participan en el desarrollo de nuevos bienes o servicios, es más significativo aún en un plano más general, a nivel de los procesos de vida de la sociedad entendida en su totalidad, en donde su ignorancia dificulta o hasta imposibilita el impulso de procesos de cambio profundo o modernización social.

Quizás podamos sustentar lo dicho, sin desviarnos mucho, con la siguiente aseveración: en materia de participación popular, heroísmo demostrado, audacia exhibida o sangre derramada, la revolución mexicana de 1910 y años siguientes no tiene nada que envidiarle, por ejemplo, a la revolución francesa; pero mientras que ésta fue el desenlace de un largo proceso de gestación conceptual, cultural e institucional, en donde la toma de la Bastilla estuvo precedida por un proceso de cuestionamiento profundo del Antiguo Régimen y de organización del pueblo, en donde hasta se contó hasta con una Enciclopedia contentiva de toda una nueva visión del mundo, en el caso mexicano el proceso arranca esencialmente desprovisto de una guía teórica o conceptual, con el desconocimiento del poder de Porfirio Díaz por Madero y el masivo despertar del campesinado con sus líderes Villa y Zapata. Con tan distintos antecedentes, no parece entonces casual que la revolución mexicana, y hasta ahora las revoluciones latinoamericanas en general, hayan terminado por perder el horizonte a la vuelta de pocas décadas, mientras que la francesa abrió una nueva era histórica.

Nuestros análisis nos han llevado a creer que así como ha habido configuraciones características de las estructuras de capacidades sociales a través de la historia, de las que nos hemos ocupado en la subserie de artículos precedentes, para conformar lo que ya hemos llamado y más adelante conceptualizaremos más detenidamente como modos de vida, así mismo han evolucionado configuraciones singulares de capacidades procesales vinculadas a las etapas de los que llamaremos procesos de vida. Aunque estas etapas ofrecen grandes analogías con las etapas de la vida del individuo humano, desde el momento de la concepción hasta el de la muerte, pasando por las etapas embrionaria, fetal, neonatal, infantil, adolescente, juvenil, adulta o senil, preferiremos examinarlas no en una secuencia lineal, sino en términos de tipos de secuencias, procesos o ciclos característicos. Así, en términos gruesos, distinguiremos cuatro grandes tipos de procesos de vida, integrados por distintos grupos de etapas y, por ende, de capacidades procesales, a los que denominaremos, en orden creciente de complejidad, procesos elementales, tradicionales, medios y modernos de vida.

Por procesos elementales, o primitivos, de vida, que no por elementales dejan de realizarse, aunque excepcionalmente, en la época actual, entenderemos aquellos constituidos simplemente por un momento inicial, al que llamaremos momento de incepción; una sola etapa o secuencia principal de actividades, a la que designaremos como etapa operativa; y un momento final o de finalización del proceso. Este tipo de proceso, cuya ejecución es tan natural que prácticamente no requiere de aprendizaje alguno, es el que suponemos característico de los esfuerzos productivos, culturales y/o políticos de las sociedades primitivas, y es también el que todavía utilizamos cuando abordamos problemas o situaciones simples, en donde podemos visualizar los resultados finales y obtenerlos de una sola vez o con una sola operación u operativo, y con una muy escasa o elemental división del trabajo.

Si fuésemos a analogarlo con los procesos individuales de vida diríamos que este tipo de proceso elemental, con una sola etapa principal u operativa, es equivalente al de situaciones como las que viven nuestros niños abandonados, en donde la vida adulta es la única claramente delimitada, con la etapa previa entendida como una mera preparación para la adultez -que se inicia precozmente, con todos sus compromisos y responsabilidades, aun antes de la llegada de la pubertad-, y la etapa posterior como una culminación, a menudo también abrupta, de la misma vida madura o adulta. Hay motivos para pensar que en las sociedades primitivas nómadas, aunque sin los componentes de violencia de nuestro tiempo, también la secuencia típica de etapas del proceso de vida individual era la que hemos descrito.
En ambientes socialmente sanos o armoniosos, bajo el impulso de estos procesos de vida, toda la población adquiere una visión de conjunto de las actividades vitales y las capacidades de toda índole encuentran la ocasión para integrarse. No obstante, bajo circunstancias de explotación, alienación y/o dominación, cuando la visualización de los resultados finales de los esfuerzos productivos, culturales y/o políticos sólo está al alcance de los grupos sociales hegemónicos, cual ha sido con frecuencia el caso de nuestras sociedades latinoamericanas, aun estos procesos elementales de vida resultan desvirtuados y no comprendidos por la mayor parte de la población. Esto ocasiona, a su vez, la fragmentación o división social de las capacidades y una especie de frustración o depresión permanente para estas mayorías, que se sienten a menudo como viviendo en una sociedad ajena o cuyos propósitos no son compartidos sino impuestos por otros, todo lo cual origina el fenómeno hoy conocido como exclusión social.

De donde se deriva que uno de los principales componentes de todo esfuerzo transformador de nuestras sociedades, tanto a nivel de la sociedad en su conjunto como de empresas o de instituciones y movimientos, y ya en los ámbitos culturales, productivos o educativos como políticos, desatendido por los más de nuestros proyectos modernizadores, ha de ser el empeño por rescatar esta visión de conjunto o compartida de los procesos elementales de vida, para propiciar la inclusión social correspondiente.

Mientras el grueso de nuestras poblaciones mestizas sigan percibiendo que los afanes de transformación impulsados por ciertas élites sociales no son para beneficio de todos sino de unos pocos, las tareas en pro del cambio seguirán siendo percibidas como ajenas y extrañas. Opuestamente, cuando, como en el caso del actual liderazgo brasileño y de los que están emergiendo en otras naciones latinoamericanas, estos proyectos transformadores anuncien y logren verdaderos propósitos colectivos, entonces sí podrán liberar muchas de las energías populares represadas. La posibilidad de impulsar procesos complejos y exigentes de cambio en nuestros países empieza por rescatar la integralidad perdida de procesos elementales de vida centrados en la simple aplicación de capacidades operativas pues, como veremos cada vez más claramente, la sana incepción o momento inicial, con su correspondiente dosis de empatía o energía movilizadora, es un requisito para el despliegue e integración tanto de estas capacidades procesales elementales, como de las capacidades estructurales que hemos explorado en artículos anteriores y de las demás capacidades que atenderemos en los próximos artículos.

Mientras no entendamos esto, nuestros pueblos seguirán viendo los proyectos modernizadores como gallina que mira sal, y por tanto dispuestos a seguir a cualquier aventurero que les ofrezca alguna mejora inmediata en el contexto de las mismas condiciones prevalecientes y premodernas de vida.