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martes, 2 de febrero de 2010

Nuestras necesidades y libertades alimentarias calóricas

Si las necesidades alimentarias son el pilar o soporte fundamental de todas las necesidades, las necesidades alimentarias calóricas, energéticas o de carbohidratos son el soporte de las necesidades alimentarias. Como ya lo dijimos, la vida, el ejercicio de cualquier libertad, es impensable sin la constante asimilación y disipación simultánea de energía. Los carbohidratos son el combustible por excelencia de la vida, que, al entrar en combustión con el oxígeno, liberan la energía que requerimos para existir, a la vez que desempeñan roles fundamentales, en sus versiones insolubles, como elementos estructurales y/o protectivos de la inmensa mayoría de células. Están hechos de carbono, hidrógeno y oxígeno, tres de los cuatro átomos fundamentales que constituyen nuestro organismo. Tanto en su versión más sencilla, los azúcares, monosacáridos y disacáridos, como en sus versiones más complejas, los polisacáridos: almidones, celulosas, pectinas y afines, aportados por los cereales, granos, lácteos, tubérculos, hortalizas, frutas y otros alimentos, representan actualmente entre el 40 y el 80%, dependiendo de factores territoriales, culturales o económicos, de la ingesta humana.

Desde la invención de la agricultura, hace unos diez a doce mil años, los cereales han pasado a constituir el componente central de nuestras dietas. El arroz, el maíz y el trigo constituyen,
con más del 25% cada uno y más del 80% de la producción total de cereales, estimable en unos 2 mil millones de toneladas métricas, es decir, una disponibilidad teórica cercana a un kilo diario de cereal por cada habitante del globo, la principal fuente de carbohidratos en la sociedad contemporánea. El mundo subdesarrollado, con aproximadamente cinco sextas partes de la población mundial, se ha especializado pincipalmente en la producción de arroz, en donde China, India, Indonesia, Bangladesh, Vietnam, Tailandia, Birmania, Filipinas y Brasil, son los productores líderes, con más del 80% de la producción actual de este cereal, casi exclusivamente destinada al consumo humano, que anda por el orden de las 600 millones de toneladas/año. Pero también China, Brasil, México, Argentina, India e Indonesia están entre los líderes productores de maíz, y producen cerca del 50% de la poducción total, que anda por los 650 millones de toneladas/año. Los países desarrollados, o del primer y segundo mundo (ex-campo socialista soviético, excepto Cuba), con alrededor de un sexto de la población mundial, se han especializado relativamente en la producción de trigo, con Estados Unidos, Rusia, Francia, Australia, Canadá y Alemania, entre los países líderes, quienes producen cerca de un tercio de la producción total de este cereal, en el orden de las 560 millones de toneladas/año.

No obstante, los Estados Unidos son también el principal productor de maíz, pues producen el 40% de la producción mundial, pero lo dedican principalmente a la alimentación animal y, recientemente, a la producción de biocombustibles; Japón es el décimo productor mundial de arroz, que va directamente a los platos nipones; y, recientemente, China e India se han convertido en los principales productores mundiales de trigo, con alrededor de una cuarta parte de la producción mundial, que también destinan al consumo humano. Los países desarrollados son también líderes en la producción de cebada, el cuarto cereal, muy a distancia de los tres grandes cereales, con una producción total de unas 140 millones de toneladas/año, que destinan a la fabricación de cervezas y alimentos animales; y de avena, el sexto cereal, con una producción mundial de unas 26 millones de toneladas/año, que dedican en buena medida al consumo animal. Los países subdesarrollados también son líderes en la producción de sorgo, el quinto cereal, con más del 80% de la producción mundial de unas 60 millones de toneladas/año, a excepción del principal productor, los Estados Unidos, que por si sólo produce un sexto de la producción mundial, que también dedica al consumo animal.


En definitiva, con aproximadamente cinco sextas partes de la población mundial, el mundo subdesarrollado produce cerca de la mitad de los cereales del mundo, que dedica principalmente al consumo humano, mientras que el mundo desarrollado, con sólo una sexta parte de la población mundial, produce la otra mitad, que dedica, a excepción del trigo, principalmente al consumo animal, con miras a la obtención de proteínas, y, recientemente, a la producción de biocombustibles. Algunos países subdesarrollados, como México, importante productor de maíz y sorgo, están también inclinándose hacia el esquema productivo de los países desarrollados, que privilegia el consumo animal de cereales con miras a maximizar la producción de proteínas.
Esta tendencia del mundo desarrollado y sus adláteres a dedicar cada vez más cereales al consumo animal, pese a sus viejas raíces, cobró cuerpo sólo en el siglo pasado. En el balance, este esquema está en la raíz de la problemática mundial de subnutrición del mundo subdesarrollado y sobrenutrición del mundo desarrollado, que, como veremos más claramente en el próximo artículo, conforma una situación absurda y reveladora del modo de vida imperante inspirado en la improductividad de unos, el despilfarro de otros y el desamor de todos, y que, de no corregirse, nos llevará hacia un caos alimentario que tendrá poco que envidiarle al climático.

Pese a que la producción total de cereales alcanzaría con creces para abastecer los requerimientos totales de carbohidratos, y aunque es cierto que la bienintencionada FAO y otros organismos humanitarios abogan por una especie de distribución equitativa del consumo de cereales, tenemos la impresión de que la problemática de la malnutrición en el mundo no se resolverá sustentablemente hasta tanto no ocurra un cambio cultural alimentario significativo y hasta que nosotros los mayoritarios no logremos también ser mucho más productivos. En la actualidad, en América Latina, sólo Paraguay, Uruguay, Costa Rica, Ecuador, Chile, Brasil y Bolivia poseen una relativa libertad o seguridad alimentaria, expresada en una balanza de alimentos favorable en su intercambio con el exterior, mientras que el resto (no obtuvimos la información para Cuba) somos de alguna manera dependientes alimentariamente de otros países. Se ha estimado que más del 50% de lo que ingerimos los venezolanos lo importamos del exterior.

Mediante la satisfacción de nuestras necesidades alimentarias calóricas logramos el balance de energía indispensable tanto para conservar el tamaño y la composición de nuestro organismo como para desplegar nuestras actividades físicas necesarias y deseables, en concordancia con nuestra salud a largo plazo. Nuestros requerimientos energéticos pueden subdividirse, según la literatura reciente difundida conjuntamente por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, y la Organización Mundial de la Salud, OMS (en inglés WHO), en aquellos destinados a asegurar nuestro metabolismo basal, esto es, el funcionamiento y reemplazo de nuestras células, la secreción y metabolismo de enzimas y hormonas para transportar proteínas y otras sustancias, el mantenimiento de la temperatura corporal, el funcionamiento ininterrumpido de los músculos respiratorios y cardíacos, y el funcionamiento cerebral; llevar a cabo la llamada respuesta metabólica a la propia alimentación, tanto para la ingestión y digestión de los alimentos, como para la absorción, transporte, conversión, oxidación y deposición de nutrientes; dar soporte a nuestras actividades físicas, tanto estrictamente necesarias como discrecionales; asegurar, sobre todo en los lactantes, niños y adolescentes, el crecimiento; permitir, durante la preñez femenina, la fabricación de los tejidos de nuevas criaturas, y, durante la lactancia, todo el proceso de producción de la leche materna.

El hambre, la insatisfacción crónica de los requerimientos de nutrientes, con los carbohidratos en primera fila, afecta, sobre todo durante el primer año de vida, la realización de todas las funciones vitales del organismo humano, impacta negativamente la satisfacción de cualquier otra necesidad, y ejerce un efecto devastador sobre la libertad o seguridad de las sociedades. La subnutrición es la principal causa de la mortalidad infantil, que en los menores de cinco años siega una vida cada tres segundos, con lo cual, querido lector o lectora, desde que empezaste a leer este artículo, hasta este instante, han fallecido en el mundo, esencialmente por hambre, más de sesenta niños antes de celebrar sus cinco añitos.

En tanto no se logre el objetivo alimentario, número 1, de desarrollo del milenio, según las Naciones Unidas, es claro que tampoco podrá alcanzarse el número 4, que propone reducir a una tercera parte la mortalidad infantil, actualmente en el orden de 11 millones anuales ó 30000 diarios en menores de cinco años, y sólo un 16% menor que la cifra de referencia de 1990. La mortalidad infantil promedio en el mundo está en el orden de 86 niños que fallecen antes de los cinco años por cada mil nacidos vivos. En los países de más alto Índice de Desarrollo Humano, como Noruega e Islandia, está por el orden de menos de 5 por mil, y en la mayoría de países industrializados está por debajo de 10 por mil, mientras que en países africanos como Níger está por encima de los 250 por mil. Cuba y Chile son los países de América Latina con el más bajo índice de mortalidad infantil, en el orden de menos de 8 y 9 por mil, respectivamente, mientras que la mayoría de nuestros países poseen índices entre 20 (Argentina) y 66 (Bolivia), con el caso extremo de Haití, que posee un índice de 118 por mil.

Para la gran mayoría de los adultos los requerimientos energéticos son iguales a los del metabolismo basal, que suele usarse como base de cálculo, y de las actividades físicas desplegadas, que se estiman como una fracción del consumo metabólico basal. Los requerimientos totales promedio de energía suelen andar, dependiendo del sexo, la estatura, el peso, el índice de masa corporal (una medida de la contextura) y el nivel de actividad física, entre 1500 y 3200 kcal/día, es decir, en torno a 1,2 a 2 veces el consumo metabólico basal que típicamente se sitúa en el orden de las 1200 a 1600 kcal/día. Incluso si estimásemos un consumo promedio alto del orden de 3000 kcal/cápita x día, para los habitantes del globo, es claro que el kilo de cereales disponibles per cápita, equivalentes a unas 3600 kcal/ cápita x día, debería ser suficiente para que jamás nadie se fuese a la cama con hambre. Pero ya sabemos que la realidad dista de cuadrar con el ideal aritmético.

La satisfacción de los requerimientos energéticos es el punto de partida para la satisfacción de todas las necesidades humanas, pues la sola disponibilidad o especialización para la atención a las necesidades restantes implica asegurar las necesidades alimentarias calóricas correspondientes. A lo largo de la historia, esta actividad de obtener, conservar y preparar los alimentos, y sobre todo los contentivos de carbohidratos, ha consumido buena parte de nuestro tiempo de vigilia. En la mayoría de países del mundo, apenas hasta comienzos del siglo XX, la actividad de producción agrícola de alimentos ocupaba más de la mitad de la fuerza de trabajo y consumía más de la mitad del tiempo activo de toda la sociedad, y todavía en nuestros días representa más del 70 y hasta 80% de la ocupación laboral en muchos países africanos y asiáticos, cerca del 60% en Haití, alrededor del 40% en Bolivia y Guatemala, y aproximadamente el 30% en Perú, Nicaragua y Honduras. En el resto de países latinoamericanos, que hasta bien entrado el siglo pasado éramos eminentemente agrícolas, y en donde muchos todavía recordamos a nuestras abuelas levantándose de madrugada para pilar, cocer, moler el maíz y cocinar las arepas del desayuno, tal proporción anda por un 6% en el caso Argentino, por un 8% en el venezolano, un 13% en el chileno, un 15% en el brasileño, un 19% en el colombiano o un 27% en el cubano. En los países industrializados, incluso cuando suelen estar entre los primeros productores agrícolas del planeta, esta ocupación,
debido a su alta productividad, centrada sobre todo en el uso de fertilizantes, está a menudo por debajo del 5% de la fuerza de trabajo, con apenas menos de un 2% en el caso de los Estados Unidos.

La revolución industrial, tecnológica o moderna, con su desplazamiento de la fuerza de trabajo hacia los sectores industrial y de servicios, ha venido a profundizar la brecha entre los países del mundo que ya había abierto la revolución mercantil, técnica o media, en relación al grueso de países del mundo que sólo han alcanzado el estadio de la revolución agrícola, artesanal o antigua. Los países latinoamericanos están actualmente embarcados en un proceso de industrialización de sus economías agromineras y mercantiles, aunque con graves distorsiones estructurales en el caso de países como Venezuela, que se ha lanzado, gracias a la renta petrolera, a una ocupación en el sector servicios cercana a un 80% de su fuerza de trabajo, con el consiguiente abandono del sector agrícola, que sólo absorbe a un 8% de sus trabajadores, e inclusive del sector industrial, que apenas emplea a un 10%. La problemática alimentaria mundial es expresión de todos estos antagonismos derivados del desarrollo desigual de las capacidades productivas de los países del orbe, pues, por un lado, tenemos a los países más pobres y atrasados, con severas dificultades para cubrir sus requerimientos de nutrientes energéticos y azotados por el flagelo de la subnutrición, y, en el polo opuesto, al panorama de los países industrializados, a menudo con excedentes alimentarios y no pocas veces con serios problemas de sobrenutrición calórica y proteica.

Tal y como lo señalamos en la entrega anterior, la FAO, según su último informe El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo: Crisis económicas: Repercusiones y enseñanzas extraídas (2009), estima que en el planeta hay 1 020 millones de personas subnutridas, de las cuales 642 millones residen en Asia y el Pacífico, 265 millones en el África Subsahariana, 53 millones en América Latina, 42 millones en el Cercano Oriente y África del Norte, y 15 millones en los países desarrollados. Estas cifras son alrededor de un 25% mayores que las correspondientes al decenio de los '80 cuando, sobre todo al calor de la llamada Revolución Verde, cuando se elevó drásticamente la producción de cereales en el mundo, se había reducido el número de personas subnutridas hasta aproximadamente 840 millones de personas, y anticipan, de no obrarse en sentido contrario, el completo fracaso del Programa de Desarrollo del Milenio de la Organización de Naciones Unidas que, en su objetivo número uno, se propuso reducir esta última cifra a la mitad para 2015. Más allá de la falta de desarrollo de capacidades productivas agrícolas de los principales países afectados, a la que aquí vemos en la raíz de esta insatisfacción de necesidades, la crisis derivada de la drástica elevación de los precios de los cereales, asociada a su uso como biocombustibles, y la crisis económica reciente, ambas provocadas por el modelo de desarrollo de los países industrializados, están en la médula de esta frustrante tendencia.

En América Latina, hasta el presente, gracias a intercambios económicos favorables con el exterior, a la percepción de rentas y remesas, y, sobre todo, con la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, las migraciones desordenadas hacia las zonas urbanas, la atención alimentaria de los niños en las escuelas y la limitación de los recursos dedicados por los hogares pobres a la atención de cualquier otra necesidad, se ha logrado frenar, no sin altos costos asociados, la tendencia hacia el incremento en el número de personas subnutridas. No obstante, existe una alta probabilidad de que en los próximos años, dada la generalizada desinversión en agricultura, las amenazas crecientes asociadas al cambio climático, y la incapacidad política de muchos gobiernos para atender sustentablemente los problemas básicos de la población, pueda producirse un franco retroceso hacia hambrunas propias de otros continentes, con toda su secuela de calamidades sociales.

La experiencia de Brasil, el país latinoamericano que, a nuestro juicio, posee una política de seguridad alimentaria y protección social más coherente, que se expresa en una Ley orgánica nacional de seguridad alimentaria y nutricional, bien podría servir como pauta acerca de qué hacer frente a las amenazas previsibles. El concepto del derecho de todos los brasileños a la alimentación, es decir, en el lenguaje de Transformanueca, a la libertad alimentaria, es absolutamente central en dicha ley. En Brasil se han creado redes de seguridad social que incluyen la generación de empleos productivos en épocas de crisis, las ayudas a la población pobre condicionadas a la asunción de corresponsabilidades, los seguros de desempleo, el incremento real de los salarios mínimos, programas de alimentación en la escuela, la regulación de precios de alimentos básicos, el impulso a programas de compras directas a los pequeños agricultores y de garantía de precios agrícolas, impulso a iniciativas de reforma agraria y del régimen de propiedad de la tierra, así como de apoyo crediticio, informativo y técnico a los agricultores, y el impulso a programas de ayuda a la construcción de viviendas. El Programa Hambre Cero ha incorporado más de cuarenta políticas y programas sociales articulados, y ha logrado beneficiar a más de una tercera parte de la población brasileña. Nos luce que, gracias a estas iniciativas, Brasil está logrando echar las bases de un nuevo modelo de desarrollo social que, a diferencia de los estilos liberales del pasado y de los populismos no sustentables, logra conciliar el crecimiento económico con la reducción real de la pobreza y la atención social a los más necesitados.
Frente al panorama de la subnutrición en los países del Tercer Mundo, en los países de los dos primeros mundos, con sus respectivos enclaves consumistas dentro del tercero, se aprecia una problemática de signo contrario, aunque no menos preocupante. Los problemas de obesidad y exceso de peso, del llamado síndrome metabólico (también TMS o síndrome X, que se traduce en exceso de azúcar en la sangre, hipertensión crónica, riesgo de arteriosclerosis y afines), de la diabetes tipo 2, de las enfermedades cardíacas y del cáncer están afectando a más de la mitad de la población del mundo desarrollado y sus anexos tercermundistas. El consumo de sobredosis de azúcares y harinas refinadas, con frecuencia asociadas a grasas saturadas y al consumo de las llamadas comidas chatarra y la ingestión de refrescos carbonatados, ha sido diagnosticado como uno de los principales factores determinantes de esta malnutrición "desarrollada". Ya se han acumulado abrumadoras evidencias de que los azúcares y harinas refinadas, esto es, desprovistos de fibra y de otros nutrientes propios de los alimentos naturales, constituyen, con sus altos índices glicémicos o de aceleración del proceso de incorporación de la glucosa a la sangre, una causa decisiva de tales enfermedades. También existen estudios que demuestran como la ingestión de cantidades de carbohidratos muy por encima de los requerimientos energéticos provoca síndromes de adicción comparables a los de los opiáceos, conformándose así dinámicas viciosas que conducen a incrementos aún mayores del consumo de nutrientes calóricos. La diversificación de las fuentes de carbohidratos, de manera de obtenerlos de distintos tipos de cereales, preferiblemente integrales, y de granos, tubérculos, hortalizas, nueces, semillas, frutas variadas y cantidades moderadas de lácteos, y no de azúcares y harinas refinadas, está siendo cada vez más recomendada por organismos de la FAO, la OMS, las sociedades anticancerígenas y, recientemente, hasta por organismos universitarios insospechables de extremismo alimentario, como la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard.

Un edulcorante, conocido desde remotos tiempos prehispánicos por los guaraníes paraguayos, la estevia, está emergiendo como el más sano de todos los edulcorantes o fuentes de glucosa jamás conocidos, y ya está captando, mientras permanece ignorado por nosotros los latinoamericanos, el 50% del mercado japonés. Cada día que pasa se desvanecen las reservas que antaño existieron en contra del maíz, con contenido calórico (3620 kcal/kg) superior al del trigo (3150 kcal/kg), aunque con un contenido proteico (87 g/kg) inferior al de este (127 g/kg), pues se sabe que la ingesta necesaria diaria de proteínas para el adulto es de sólo 50 g, los cuales pueden ser fácilmente cubiertos mediante una combinación de maíz con granos o con muy modestas cantidades de lácteos. Y si las cosas se complicaran, entonces los latinoamericanos podríamos ir en pos del dominio de capacidades productivas para producir la quinoa, quinua o "arroz andino", despreciado por los europeos y todavía apreciado por los indígenas bolivianos, que contiene la bicoca de 3500 kcal/kg y hasta 230 g/kg de proteína completa, es decir, con todos los aminoacidos esenciales, cosa que no tiene ningún otro cereal, con lo cual es absolutamente equivalente a la proteína de origen animal. Si no nos ocupamos nosotros mismos de conquistar nuestra seguridad alimentaria nadie se va a ocupar por nosotros, y, sólo si nos dormimos un poquito más, no sería raro que un día termináramos importando estevia y quinoa made in etcétera.

En resumen, la libertad o seguridad alimentaria, y especialmente la de tipo calórico, es una condición sine qua non a conquistar en cualquier proyecto transformador para América latina o en cualquier parte del mundo. Hay un viejo adagio popular que dice que amor con hambre no dura, al que nos gustaría acotar con la observación de que lo contrario también pareciera ser cierto, o sea, que el hambre con amor tampoco debería durar, sólo que, como ingrato corolario, en este mundo sin amor, y en particular entre nosotros los latinoamericanos, el hambre está durando demasiado...

martes, 24 de noviembre de 2009

Nuestras identidades anticipativas

Hasta donde hemos podido conocerlo, en el debate entre los universalistas o biologicistas, abanderados por el propio Darwin y por toda una gran secuela de estudiosos, incluyendo a nuestro Humberto Maturana, y los particularistas o culturalistas, quizás liderados por Margaret Mead y compañía, en materia de emociones humanas fundamentales y, por tanto, sobre identidades humanas fundamentales, los primeros llevan holgadamente la delantera, y ahora disponen, con los recientes descubrimientos sobre el genoma humano, de un nuevo y pesado paquete de argumentos en su platillo. Esto significa que las evidencias en favor de la existencia de un conjunto de emociones esenciales compartido y afín entre los distintos géneros, razas, etnias y culturas humanas parecieran pesar mucho más que aquellas en contra, aunque sin llegar a anularlas. Razón de más para que, volvemos a insistir, aquí no andemos buscando nada que apunte hacia una pluralidad humana tal que justifique la incomunicación, la incompatibilidad y menos la subordinación entre culturas, sino algo muy distinto: una especie de diversidad virtuosa que valorice los aportes de cada quien y haga resplandecer aún más, mediante pequeños contrastes, la armonía emocional del gran conjunto humano.

Estamos, tal vez empleando un método análogo al que una vez entendimos que usan los chinos para superar contradicciones en el seno de los afines, tratando de comprender la naturaleza o especificidad de las distintas culturas, y especialmente de nuestra cultura latinoamericana, al interior de una sola y misma humanidad. Para ello, partimos de la constatación de una identidad común y del deseo de unidad de todos los humanos vivientes, intentamos luego distinguir diferencias y conflictos al interior de esa unidad, para luego extraer de allí lecciones que ayuden a construir una más profunda unidad e interdependencia sobre bases más sólidas. O, dicho con palabras que espero resulten elocuentes al menos para el puñado de lectores asiduos del blog, nos estamos guiando por la heurística de quien supone que no es en la transformación de las identidades humanas, que estamos examinando ahora, ni tampoco en el cambio de la naturaleza de nuestras necesidades/libertades, que exploraremos más adelante, donde hay que afincarse para impulsar la transformación de nuestra América Latina, sino en la transformación de nuestras capacidades, que comenzamos a definir en varias series anteriores. En algún momento arribaremos, aunque desde una perspectiva teórica distinta, a una conclusión semejante a la de nuestro gran pensador Luis Beltrán Prieto Figueroa, quien gustaba de decir, y así le asignó esa consigna a una conocida institución venezolana, que "no hay pueblos subdesarrollados, solo hay pueblos subcapacitados".

Hasta donde tenemos noticia, las expresiones faciales de estas emociones, es decir, de la aceptación/rechazo, la alegría/tristeza, la anticipación/sorpresa y el coraje/miedo, como las hemos caracterizado, no solo son esencialmente comunes a todos los grupos humanos, sino que pueden ser comunicadas y reconocidas entre esos grupos. Las investigaciones de Paul Eckman y sus colegas, por ejemplo, publicadas en numerosos trabajos pero sobre todo en Unmasking the face (Desenmascarando el rostro), que se cuentan entre lo más sólido que hemos podido conocer sobre el tema, sugieren que las expresiones faciales de la felicidad (happiness), tristeza (sadness), rabia (anger), sorpresa (surprise), miedo (fear), repugnancia (disgust) y desprecio (contempt) son distinguibles en y por poblaciones como las tribus Fore y Dani de Papúa-Nueva Guinea, con un muy escaso contacto previo con culturas como la Occidental. Los nativos de estas culturas identificaron rápidamente fotografías representativas de estados correspondientes a esas emociones, y, a su vez, los estudiantes norteamericanos pudieron después identificar los mismos estados en fotografías de dichos nativos. Ciertas diferencias que a menudo observamos en la manera de reaccionar de miembros de diferentes culturas ante situaciones semejantes dependerían, según ellos, no de diferencias sustantivas en la emocionalidad sino en lo que llaman reglas de despliegue o de mostración de las emociones, que llevan a que ciertas culturas, en determinados casos, parezcan más emotivas o expresivas que otras.

Por su parte, Humberto Maturana, en uno de sus muchos trabajos dedicados al tema, "Lenguaje y realidad: el origen de lo humano" (En su libro: Desde la biología a la psicología), argumenta exhaustivamente en favor de la universalidad de las emociones, señala que "...las distintas acciones humanas quedan definidas por la emoción que las sustenta y que todo lo que hacemos lo hacemos desde una emoción", y llega a afirmar no sólo que estas emociones son universalmente humanas sino que constituyen el fundamento u origen de toda nuestra racionalidad: "... la comprensión racional de lo más fundamental del vivir humano, que está en la responsabilidad y la libertad, surge desde la reflexión sobre el emocionar que nos muestra el fundamento no racional de lo racional". Más adelante, en el blog, veremos como las identidades no solo son como capacidades permanentes, lo que ya dijimos, sino que también están, en el sentido opuesto, en las raíces de todas las capacidades, a quienes alimentan a través del arte, de la sabiduría o la ciencia en su sentido más amplio, y del propio amor.

En el mismo sentido apunta una interesante experiencia de la que tuvimos noticia hace ya unos cuantos años (¿unos quince o veinte?), pero cuyos detalles no tenemos ahorita a la mano, cuando un grupo de jóvenes, si mal no recuerdo daneses, que vinieron a uno de los Festivales Internacionales de Teatro que organizaba El Ateneo de Caracas, presentó una obra que trataba de la hermandad del género humano más allá de sus diferencias aparentes, y estaba basada en un lenguaje de gestos emocionales no verbales. Cuando terminó el festival, el grupo solicitó que les permitieran viajar hasta el Amazonas, en donde representaron la misma pieza ante una tribu yanomami si no me equivoco, con el resultado de que al final, según el reportaje publicado con despliegue de fotografías en El Nacional, los yanomami aceptaron la invitación de incorporarse a la obra y terminaron aportando su propia versión y enriqueciendo el relato original.

A su vez, todos los autores que hemos consultado y que ven también al ser humano como un ser biológico, coinciden en señalar grandes similitudes entre nuestra emocionalidad y, al menos, la de otros vertebrados superiores, como aves y mamíferos sobre todo. Estimo que por lo menos la mayoría de los humanos adultos estamos en condiciones de distinguir la emocionalidad básica de los animales que más frecuentamos, tales como perros, gatos, loros, pájaros e inclusive, a través de fotografías, de muchas otras especies, en las que podemos distinguir emociones básicas semejantes a las nuestras. Es muy fácil darse cuenta, por ejemplo, de la tristeza que embarga durante buena parte del tiempo a los animales enjaulados en los zoológicos chapados a la antigua, como son la mayoría de los que, desafortunadamente, hemos conocido en nuestra América Latina.

Y con lo dicho nos colocamos en posición de ahorrarnos palabras al abordar el tema de nuestras identidades anticipativas, derivadas de nuestras emociones homólogas. Sin mayores preámbulos lanzamos a la consideración de nuestros lectores nuestra hipótesis gruesa de que los latinoamericanos probablemente tengamos deficiencias significativas en la frecuentación de esta emoción vital, asociada a la segregación de las neurohormonas acetilcolina y norepinefrina, o que, en el sentido contrario, tengamos una sobrefrecuentación de las emociones del desconcierto y la depresión, asociadas a la segregación de las neurohormonas opuestas dopamina, serotonina y endorfinas. ¿No tendrá esto que ver con nuestras dificultades para el desempeño de acciones en el mundo del trabajo, la producción y, en general, la obtención de resultados? ¿No será esta la explicación del porqué de las actitudes y miradas, en promedio, más despiertas que hemos observado tanto en nuestras visitas a otras latitudes como en animales en estado salvaje o, al menos, de un alto grado de libertad relativa?

Más allá de lo que sugieren nuestros indicadores, generalmente pobres, en materia productiva, lo que ya apunta a probables bajos niveles de concentración en esfuerzos de trabajo y afines, está la constatación, esta sí tan evidente que no necesita cifras que la respalden, de una suerte de pasividad generalizada, sobre todo en lo productivo, lo científico y lo político, y de algo como una impotencia o indolencia para impedir que nos pasen una y otra vez los mismos desastres y calamidades, lo que no cesa de asombrar a gran número de visitantes y observadores extranjeros. El panorama de los tugurios y calles de nuestras principales ciudades, con su gran número de mendigos, pedigüeños, desempleados crónicos y trabajadores informales, pareciera revelar no sólo la falta de capacidades de todo tipo, sino también una especie de maniaco-depresión o déficit de atención colectivos, que no sólo afecta a sus exponentes directos, sino a todos los que de alguna manera pareciéramos bien resignarnos ante semejante situación o bien reaccionar ante ella sólo con reacciones destempladas. O, en el extremo opuesto, ¿qué otra cosa sino falta de emociones de anticipación y sensibilización revela la falta de respuestas a tales desafíos por la mayor parte de nuestras universidades, intelectuales y políticos? ¿Cómo se explica la escasez de aportes y publicaciones con ideas sobre nuestras duras realidades, incluso en condiciones en las que poseemos matrículas educativas y planteles docentes casi al nivel de las naciones modernas? ¿No tendrá esto que ver también con nuestra escasez de verdaderos empresarios y estadistas?

Conscientes somos de que nada de esto basta para probar nuestra fuerte intuición e hipótesis de que estamos como dormidos en lo que concierne a la asunción de nuestros destinos, pero ¿qué hacemos si con exagerada frecuencia nos topamos una y otra vez en nuestras calles y transportes colectivos, que a diario recorremos o abordamos, con las mismas miradas perdidas y depresivas que encontramos en los zoológicos? ¿No será que, a fuerza de siglos de dominación cultural, política y económica, hemos terminado por contraer una especie de depresión colectiva, que adormece nuestra identidad y emocionalidad anticipativas e inhibe nuestra disposición a estar alertas y responder efectivamente ante nuestros desafíos? ¿No tendrá esto que ver con aquello que ya constataba nuestro Libertador Simón Bolívar cuando, en su carta jamaiquina de 1815, se lamentaba de que "el alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas"?

Si somos francos, debemos admitir que cuando hace algunas semanas esquematizamos la idea de este artículo, e incluso cuando comenzamos a redactarlo fichas de investigación en mano, creímos que llegaríamos a conclusiones más contundentes, pero no ha sido ese el caso: nos llegó la hora de cerrar y tenemos que hacerlo casi con las mismas dudas iniciales. Aunque de pronto hemos vislumbrado un aprendizaje inesperado: si lo de que nos enfurecemos en los tumultos versus nos humillamos en las cadenas, o lo del déficit de atención o la metáfora del zoológico tienen sentido, entonces pareciera claro que el proceso de superación de nuestras inhibiciones y adormecimientos, o de despliegue de nuestras emocionalidades deprimidas, no debería andar por la vía de los desplantes o la precipitación, sino por la vía paciente de proponernos tareas no tan exigentes, de asumir nuestras realidades y vislumbrar nuestros futuros factibles, de aprender pacientemente a planificar nuestras acciones, de ordenar nuestros espacios y el uso de nuestros tiempos, de adquirir rutinas y disciplinas productivas. Lo contrario es como prescribirle al paciente propenso a las furias, la hiperactividad o la desesperación ante el estrés un tratamiento a base de garrochazos, electroterapias y sacudimientos espasmódicos...

viernes, 23 de octubre de 2009

Nuestras capacidades sustanciales instrumentales

En nuestro mundo semántico feliz debería existir una familia de términos, terminados en los sufijos -mento o - menta (con las variantes -miento o -mienta), para designar distintas clases de medios u objetos para la acción o el trabajo humanos, verbigracia: uno así como utilmento, para cubrir el significado general de todos estos medios; uno como aditamento o artemento, para indicar los utilmentos de origen artesanal; otro como instrumento o tecnimento, para abarcar los utilmentos de factura técnica o basados en la lógica; otro en la onda de cognomento o tecnomento, para indicar los utilmentos de carácter científico o tecnológico o intensivos en conocimientos, etc. Con variantes diversas para sugerir los materiales de fabricación de los utilmentos, como litomento, para los de piedra; cuprimento, para los de cobre; herramento, para los de hierro; lignimento, para los de madera; osamento, para los de hueso, etc. Todos ellos bien pertrechados con sus adjetivos respectivos, con flexibilidad para admitir morfemas (prefijos, sufijos e infijos) variados, con sus modalidades sustantivas femeninas para designar los conjuntos complejos de utilmentos (utilmentas, instrumentas, herramientas, etc.), y así sucesivamente y con no poco fantasiosamento.

Pero resulta que en el mundo semántico real que habitamos el vocablo que ha hecho la carrera más general, el que cubre la mayor variedad de significados es, sorprendentemente, herramienta (pese a que las "herramientas" usadas durante más del 99,9% de la existencia de los seres humanos han sido de piedra, madera o hueso; e incluso, si tomamos en cuenta sólo los humanos modernos, los Homo sapiens sapiens, el hierro, usado sólo desde hace unos 2400 años, habría sido empleado sólo durante poco más del 1% de nuestra existencia...). El segundo término con carrera menos especializada, y por tanto potencialmente más aprovechable para nuestros propósitos, es instrumento, que denota herramientas o piezas, de cierta complejidad, que se combinan para su uso en el ejercicio de las artes y oficios, con la desventaja de que su lexema instru- lo convierte en primo de instrucción y afines, lo que sugiere un estadio histórico más avanzado; pero con la ventaja de que ya tiene incorporado su adjetivo: instrumental. En cuanto a utensilio, no sabemos qué ni cómo fue lo que le pasó, pero el pobre tiene como los alcances limitados, y costaría mucho, por decir algo, imaginar a una pirámide, un rascacielos, un tractor o un carro de guerra metidos dentro de su cobertura, que pareciera haberse conformado en torno a los utensilios de cocina. Y ni qué pensar en aditamento, artefacto, cognomento, etc., que hicieron tienda semántica aparte, o en los inexistentes tecnimento o tecnomento, que enredarían las cosas y de seguro asustarían lectores.

Por ende, en alarde de realismo lingüístico, hemos decidido adoptar el término instrumento para cubrir el significado de las herramientas (sic) calificadas, basadas inicialmente en el uso de la piedra pulida, a menudo provistas de mangos, vástagos, ruedas, palancas, poleas, planos inclinados, etc., fabricadas desde la época neolítica (de hace unos diez a doce mil años, aproximadamente) por artesanos calificados, en etapas diferenciadas -construcción- del proceso productivo, y luego, unos seis mil años después, en base a metales, primero el oro, la plata y el cobre, después el bronce, y finalmente el hierro. El uso adecuado de estos instrumentos permitiría soportar, y requeriría a la vez de, estructuras de organización territorial, edificaciones perdurables, prácticas de adiestramiento, y grados avanzados de división del trabajo, sólo factibles, para poder abastecer a los nuevos trabajadores calificados, con el aseguramiento creciente de la producción de alimentos mediante actividades agrícolas. De allí, entonces, el calificativo de instrumentales escogido para las capacidades sustanciales que exploraremos preliminarmente en este artículo, vinculadas a un tipo calificado o más evolucionado de herramientas (término que, no sin cierto pesar y hasta nuevo aviso, reservaremos para el conjunto más general de significados relevantes, del cual los instrumentos serán un subconjunto), y asociadas a la emergencia de la agricultura, de las aldeas rurales y agroalfareras, e inclusive de las primeras civilizaciones no clasistas.
Hace más de cuarenta años que la pareja de Louis y Mary Leakey, los padres de nuestro apreciado Richard Leakey, demostró inequívocamente que la historia de nuestros antepasados humanos hay que medirla no por unos pocos miles de años, como reza la Biblia, ni por unas pocas decenas de miles de años, como se nos dijo en la escuela, sino por varios millones de años, extensibles, si abarcamos a los homínidos prehumanos, de andar erguido y ya utilizadores de herramientas, hasta una decena de millones o más. No obstante, si el lector se toma la molestia de agarrar, al azar o por su cercanía, un libro de historia universal convencional, podrá constatar que todo el largo período de alrededor de cuatro millones de años de existencia del ser humano primitivo, más todo el período neolítico, más el período de las civilizaciones (con escritura) sin clases, o sea, más del 99% de la existencia humana, es despachado, a lo sumo, en unas pocas páginas, introductorísimas y bajo el rótulo casi despectivo de "la prehistoria". La Historia, la propia, en cambio, con el pretexto de que allí es donde se dispone de escrituras, comienza con los imperios, los monarcas endiosados, las grandes batallas, las grandes religiones de dioses masculinos y a menudo también arbitrarios o guerreros, los grandes monumentos, las grandes obras de riego y las grandes pompas, y al margen, así, como a quien no le queda más remedio, alguna que otra nota sobre la invención de la agricultura, los nuevos instrumentos, el lenguaje objeto, la organización del territorio, etc. En cuanto a Marx y Engels, y sobre todo sus exégetas, para no quedarse atrás, fueron todavía más allá y afirmaron que seguimos en la prehistoria, y que la Historia de verdad verdad no comenzará sino hasta el triunfo rotundo y absoluto del Proletariado.

En respuesta a lo que precede, en este blog hemos insistido y seguiremos insistiendo en reivindicar un concepto más amplio y menos prepotente de historia, que destaque los logros de nuestros ancestros, con toda su dedicación a la fabricación de herramientas, a la creación de organismos colectivos y al desarrollo de una cultura contentiva de toda nuestra identidad esencial, que coloque en un sitial más real y digno a la mujer, al trabajo, a la agricultura, a la fabricación y el uso de instrumentos, a la sana ocupación territorial, a la división económica -pero no social- del trabajo, y que destaque que no necesariamente la civilización tiene que ser sinónimo de, o por qué dar lugar a, sociedades de clases. Estamos hartos de que, contrariamente a toda la abrumadora evidencia acumulada por arqueólogos y antropólogos -y que podemos constatar por nosotros mismos visitando a cualquier aldea indígena lo suficientemente apartada en nuestra América Latina, que es mucho más que un libro abierto-, los libros de historia, los programas de TV, y, en general, la cultura dominante y la aspirante a dominante -léase marxismo ortodoxo o dogmático- nos sigan metiendo por ojos y oídos la idea de que las sociedades de clases sociales y los imperios esclavizantes y dominadores de otros pueblos constituyen el verdadero comienzo de la historia. La idea subyacente es que la Historia ha girado en torno a las guerras y los guerreros, que la violencia es la "partera de la historia", que la única manera de acabar con la opresión de unos seres humanos por otros es a través de la lucha de clases y de la contraopresión de las clases dominantes por las dominadas, pues nosotros los Homo, bien por naturaleza, bien automáticamente a partir de la emergencia de la riqueza agrícola, o bien dados los imperativos impuestos por la lucha por superar la explotación y la pobreza, estaríamos condenados a ser violentos.

Históricamente, estamos convencidos de que no ha sido la aparición de los instrumentos, y de la agricultura como consecuencia y causa, a la vez, de tal aparición, lo que ha dado lugar a las sociedades clasistas, sino la nefasta conjugación de, por un lado, pueblos pacíficos agrícolas dedicados a la creación cultural y material en un ambiente de igualdad, por un lado, y pueblos con vocación envidiosa y guerrera, mas dotados con armas metálicas, por otro, dispuestos a aprovecharse de la ingenuidad y desprotección de los primeros. No fue con la aparición de la agricultura, la escritura, la cultura, el arte..., que fueron muy anteriores, como se establecieron las bases para la aparición de imperios guerreros dedicados al sometimiento de pueblos vecinos con un menor grado de desarrollo de sus capacidades. Fue la ventaja del empleo de instrumentos, y particularmente de armas férreas, mucho más difíciles de imitar que sus congéneres más simples de piedra astillada o tallada, madera y hueso, e inclusive oro, cobre o bronce, y por tanto no fácilmente accesibles a todos los pueblos, lo que abrió las compuertas a la ambición de la dominación y a la avaricia de querer vivir regaladamente a costa del trabajo de los no poseedores de estas capacidades. Así se sentaron las bases para que, desde hace unos cinco a seis mil años, aparecieran las primeras civilizaciones imperiales, dotadas de palacios, fortalezas, realezas de origen divino y dioses principales masculinos emparentados con los reyes, faraones, incas, etc., ejércitos adiestrados para la guerra con armas ventajosas, esclavos para los oficios más rudos o embrutecedores, y afines. Hasta entonces, hasta las civilizaciones imperiales sumeria, mesopotámica, egipcia, persa, china, hindú, griega, azteca, inca, etc., no se han encontrado evidencias arqueológicas de la existencia de lujos reales, de ejércitos o de relaciones sistemáticas de dominación hacia otros pueblos.

No se han encontrado para nuestros antepasados homínidos, del género Australopithecus, de hace cuatro a diez millones de años, de caminar erguido y que usaban ya herramientas de piedras astilladas; ni para los primeros verdaderos hombres o miembros del género Homo, los Homo habilis de hace dos a cuatro millones de años, que usaban piedras talladas y lanzas de madera afilada; ni para los Homo erectus, de hace unos quinientos mil a dos millones, que perfeccionaron el tallado de piedras y las prácticas de caza y descubrieron el fuego; ni para los primeros Homo sapiens, arcaicos y neandertales, de hace doscientos a quinientos mil años, que habitaron en cuevas, crearon esculturas de piedra tallada, usaron ropas de piel, y desarrollaron cultos en torno a sus muertos; ni para los primeros Homo sapiens sapiens, por fin los como nosotros, de hace seis mil a doscientos mil años, que perfeccionaron el lenguaje, impulsaron vigorosamente la magia, el arte y la pinturas rupestres, y aprendieron a pulir las piedras y a usar herramientas más complejas o arrojadizas, a las que aquí estamos llamando instrumentos, como el hacha, el arco y la flecha; ni a los pobladores neolíticos de las primeras aldeas rurales, que desarrollaron la agricultura y la domesticación de animales, la construcción de viviendas, la cerámica y la textilería, el telar, el torno, etc.; y tampoco, aun si aceptamos, de no muy buena gana, el requisito de la escritura como distintivo civilizatorio, en las primeras civilizaciones, como la Egea o Cretominoica, de hace tres a seis mil años, que bien conoció la escritura, hizo florecer la agricultura y el pastoreo, desarrolló un panteón religioso de ambos sexos, y llegó hasta conocer la metalurgia del oro, la plata, el cobre y el bronce destinándola a la elaboración de adornos.

Fue con los instrumentos y con las armas metálicas, y sobre todo desde que los dorios griegos establecieron la dominación de los pacíficos pueblos egeos, basada ésta en ejércitos ecuestres, carros de guerra y poderosas armas de hierro, lo que con el tiempo dio lugar al imperio helenístico, primero, y romano, luego, como se estableció el prototipo de sociedad antigua dividida en clases sociales, llena de privilegios para las clases dominantes, imperial y esclavista, que ha pasado a convertirse en prototipo de sociedad civilizada, y que luego engendró la sociedad occidental que avasallaría con el tiempo a los pueblos americanos prehispánicos.

Nuestra América Latina, nacida del coito forzado entre una civilización jerárquica madura y guerrera, y poseedora de un robusto paquete de capacidades estructurales, procesales y sustanciales, por un lado, y civilizaciones o protocivilizaciones de tipo antiguo, nacientes y pacíficas unas, ya guerreras y esclavistas las otras, que no conocían ni el hierro, ni la rueda, ni la imprenta, ni los mapas, por otro, sigue acumulando vacíos críticos en su conjunto de capacidades. Todavía hoy, a quinientos años de concebidos y doscientos de nuestras independencias, la mayoría de nuestras naciones no gozan de soberanía alimentaria y no disponen todavía de muchas de las capacidades sustanciales instrumentales que ya tenían nuestros conquistadores. Tan sólo, a vuelo de pájaro, Brasil, México, Argentina, y, a distancia, Colombia, Chile, Venezuela y Cuba, han empezado a romper su dependencia de los bienes de capital y productos metalmecánicos y químicos que constituyen el grueso de nuestras importaciones, y la mayoría sigue trayendo de fuera fuertes dosis de sus canasta alimentaria.

Y, como si fuera poco, varias de nuestras naciones, pretenden hacer del enfrentamiento a las naciones poderosas, y no de la transformación de nuestras capacidades, la palanca fundamental de nuestros procesos de cambio. Lejos de proceder a lo Gandhi, quien llamó y convenció a su pueblo para prescindir de la tecnología occidental y arroparse hasta donde lo permitieran sus cobijas; o según la estrategia de nuestros libertadores, como Miranda, Bolívar, San Martín, O'Higgins, Artigas y otros, a quienes ni les pasó por la cabeza la idea de enfrentarse en bloque a Europa y los Estados Unidos en nombre de un triunfo de los desposeídos y pobres locales, enfrentados a toda modernidad, toda ciencia y toda tecnología, pareciéramos aspirar al cambio imposible de apoyarnos en la incapacidad y la ignorancia de buena parte de nuestras masas pobres, valiéndonos de tecnologías importadas y aspirando a disfrutar, sin esfuerzo, de los estándares de vida del imperio. Si seguimos empeñados en esto no sólo la política, la cultura y la economía nos lo cobrarán caro, sino que traerán consigo los apoyos de la biología, de la química y hasta de la física para demostrarnos que lo que pretendemos es evolutiva, cinética y termodinámicamente inviable.
Nota: Le seguimos recordando a nuestros queridos lectores que, desde el artículo número 50 de nuestro blog, y durante todo el resto del mes de octubre, estamos aplicando una encuesta detallada: Mejorando a Transformanueca, que esperamos nos ayude a definir los enfoques venideros de nuestra publicación, y una encuesta simplificada: Opinando sobre Transformanueca, que también esperamos pueda ser útil. Hasta la fecha estamos sorprendidos por el bajo número de encuestas llenadas y francamente no logramos entender qué pasa. Por favor, no olviden hacer clic en el botón Continue, al terminar la Encuesta, después de la Pregunta # 10. Les agradecemos toda la colaboración que puedan brindarnos a este respecto.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Nuestras capacidades procesales replanificativas

Tal vez convenga comenzar por aclarar que todo este asunto de caracterizar las etapas de un proceso, como el de examinar por separado las partes de un todo o los componentes de una sustancia, no son sino artificios o procedimientos mentales para comprender mejor una realidad que, aunque en el fondo sabemos que es una sola y continua, creemos que podemos imaginárnosla mejor si suponemos que se desenvuelve por etapas, se divide en partes o se integra por componentes. No somos abogados de ningún etapismo, ni partismo ni componentismo, simplemente queremos entender en profundidad la naturaleza de nuestras diferentes capacidades para diagnosticarlas más profundamente y, sobre todo, acertar más en el impulso a su transformación. Si nos hemos detenido, durante ya casi una docena de artículos, en estas capacidades procesales es porque estamos convencidos de que los occidentales, en general, y los latinoamericanos más todavía, necesitamos comprender más hondamente los procesos, ciclos o dinámicas de vida en que inevitablemente participamos, para convertirnos cada vez más en los protagonistas de nuestros dramas.

La replanificación de procesos de vida, y en particular el rediseño en los procesos productivos, es aquella etapa que, en lugar de arrancar con propositaciones o análisis de necesidades abstractas, al inicio de dichos procesos, parte del estudio concreto de los comportamientos y experiencias de los usuarios o consumidores para introducir cambios o adaptaciones mayores en bienes, servicios o resultados diversos. La diferencia entre planificar y replanificar es análoga a la que establecemos cuando hablamos de hacer o rehacer nuestra maleta para un viaje o de modelar o remodelar nuestra vivienda, pues en los términos con re- no nos referimos a hacer ajustes menores o rutinarios en una o en otra, sino a volver a seleccionar nuestro equipaje de viaje sobre nuevas bases o a introducir modificaciones sustanciales en el inmueble para adecuarlo más a nuestras necesidades. De la misma manera, la replanificación o el rediseño ocurren cuando, a partir de la considerable experiencia ganada durante el ciclo o proceso de vida de, por ejemplo, un producto, equipo, institución o sistema formativo, procedemos a repensarlos y reconstruirlos para prolongar su vida útil y/o adaptarlo más a nuevos requerimientos.

El empleo de estas capacidades replani- ficativas o rediseña- tivas, común- mente a cargo de empresas e institu- ciones tecnológicamente líderes, está teniendo cada vez mayores y más diversos impactos en nuestras existencias. Uno de ellos es a través del desarrollo de los llamados sistemas de producción flexibles, que, sacando provecho del conocimiento en tiempo real de las necesidades de los consumidores y de las posibilidades de equipos y procesos productivos cada vez más inteligentes y adaptables, permiten ofrecer una amplia variedad de modelos, fórmulas o tamaños de los productos, casi como si fuesen fabricados a pedido.

Otro tipo de impacto, mucho menos conocido, es el que ocurre al interior de las plantas y equipos de fabricación, sobre todo de productos estandarizados o intermedios, o sea, que no se diferencian por sus características finales y en donde la tecnología se concentra en la manera de producirlos. Aquí, mediante el mejoramiento continuo y el rediseño de equipos y procesos, se le agrega constantemente valor a éstos, al punto de que, en muchas empresas japonesas, que hasta hace unas décadas causaban risa en muchos por su afán de copiar tecnologías extranjeras, es un lugar común decir que un equipo nuevo es aquel que se encuentra en el estado de menor (sic) valor de su ciclo de vida. Tal paradoja, a la luz de la racionalidad técnica imperante en la mayor parte de nuestros procesos productivos latinoamericanos, se explica por el hecho de que, en los ambientes productivos propiamente tecnológicos, el personal profesional es capaz, a medida que va ganando experiencia con el empleo de los equipos y procesos, de proponer e introducir reformas constantes para optimizar su desempeño, e incluso de participar en su rediseño para diferir su obsolescencia física o económica.

La replanificación y el rediseño de equipos, productos, procesos e instituciones son una ruta privilegiada para la adquisición de las más exigentes capacidades de planificación estratégica y diseño básico y, en particular, de diseño básico de bienes de capital, que, junto a las capacidades de diseño detallado y construcción de equipos, constiyuyen un requisito de cualquier desarrollo sustentable a largo plazo. Tal y como ayer lo hicieron los Estados Unidos en relación a Europa, como muchos países asiáticos, y como lo han hecho en América Latina Brasil, Argentina y México, el desarrollo de capacidades de rediseño y adaptación de tecnologías productivas, culturales, políticas, mediáticas y educativas desarrolladas por otros es una vía universalmente válida, actualmente subaprovechada por la mayoría de nuestras naciones, para la transformación de las capacidades propias.

En cambio, en cuanto a un tercer tipo de impacto, o, mejor, de familia de impactos, derivado de la posesión de capacidades modernas de replanificación y rediseño, relacionado con el auge contemporáneo de la cultura de trasplantes, implantes y cambios cosméticos en la apariencia de productos y personas, nos luce que los latinoamericanos quizás estemos apresurándonos demasiado. Los valores relacionados con el mero coleccionismo de productos aparentemente diferentes pero esencialmente iguales, y con los cambios en la fisonomía de las personas, que pueden llegar hasta caprichosos cambio de sexo, están en el orden del día. Nos asombra la manera como se ha convertido en cosa corriente, mucho más allá de los tradicionales cambios de look, de dentadura y de color o tipo de pelo, el regalo de vales de cirugía estética para jovencitas quinceañeras, y como esta rama de la medicina está captando cada vez más la atención de jóvenes y ambiciosos estudiantes. Y nos asusta imaginar que en el futuro cercano, por ejemplo, la onda de creación de personalidades virtuales en la web, en ambientes como los de Second Life y afines (en donde ya es posible hacer citas, tener acercamientos sexuales, viajar y hacer negocios en dólares virtuales convertibles en de los otros), pueda desencadenar una fuerte ola de evasión en nuestras poblaciones más pobres, de por sí dadas a la fantasía y a evadir los retos de la transformación de nuestra gran patria latinoamericana.

martes, 11 de agosto de 2009

Nuestras capacidades estructurales mediáticas

La verdad es que a mí tampoco termina de parecerme simpática la palabrita, que, no sé, tiene un aire como a médico o a medicinal, o un saborcito como a remedio, pero todo sugiere que ha venido para quedarse y ya está flamantemente instalada en el mero DRAE: "mediático, ca. adj. Perteneciente o relativo a los medios de comunicación.", así que nos resignaremos a emplearla, por ahora. Pero con una condición: ampliaremos su cobertura para incluir a todas aquellas instancias sociales dedicadas esencialmente a la generación, almacenamiento, manejo y difusión de la información como recurso, es decir, de los símbolos o representaciones de la realidad como si fuesen otra realidad paralela y no física, o sea, más bien con el significado de "perteneciente o relativo a los medios de información", puesto que a la comunicación, que supone cierta interacción entre las partes comunicadas, la vemos como un subconjunto de la transferencia de información.
Según esta acepción ampliada, dentro de las capacidades mediáticas incluiremos a todas aquellas que, por milenios, comenzaron a emerger gradualmente con el uso de la pintura, la escultura, el dibujo y la escritura, pero que sólo alcanzaron su madurez, como sistema de capacidades distinto del cultural y del político, con el establecimiento de los métodos xilográficos chinos (al estilo de los esténciles que todavía se usan para imprimir franelas y afines) y el uso de caracteres de impresión por los mismos asiáticos, y, en Occidente, con los monasterios medievales y sus prácticas de copiado profesional de manuscritos, a partir del siglo IX, y, ya plenamente, desde el siglo XV, con la imprenta tipográfica de Gutenberg y sus caracteres metálicos. Con la posibilidad de impresión masiva y a bajos costos de libros, documentos, folletos, edictos, afiches y afines se inicio una nueva era histórica en donde la fuente casi exclusiva de información dejó de ser el mundo concreto y tangible, el cual pasó a compartir su privilegio con un nuevo mundo artificial de imágenes, textos, gráficos y, más adelante, sonidos e imágenes en movimiento.

Si, con las capacidades territoriales, las sociedades comenzaron a crear una especie de prolongación o anexo del mundo natural, o una suerte de ortomundo, que tuvo, en las épocas primitivas tardías y en las primeras antiguas, un impacto enorme sobre las capacidades estructurales básicas productivas, culturales y políticas, dotándolas de equipos, herramientas variadas e infraestructuras diversas, ahora, con las capacidades mediáticas, se ha construido un mundo mucho más extranatural o artificial, una especie de metamundo, que ha venido a convulsionar la esencia de las sociedades dotando a todas las capacidades mencionadas con representaciones simbólicas o abstractas que las potencian. Así, en las sociedades antiguas tardías y, sobre todo, en las sociedades a las que llamaremos medias, la cultura se dota de representaciones y documentos diversos que la modifican, la producción se uniformiza o estandariza mediante normas, planos, instructivos, fórmulas, contabilidades, etc., y la política se arma con leyes, programas, decretos, edictos, reglamentos, panfletos, afiches y afines, que posibilitan un ejercicio del poder mucho más eficiente. Y, así como el manejo de lenguajes especializados u ortolenguajes ha sido la clave para el desenvolvimiento de las capacidades territoriales en aquel ortomundo, el empleo de lenguajes abstractos o metalenguajes ha sido el quid para el avance de las capacidades mediáticas en este metamundo.

Al calor de la revolución técnica mediática inicial, y luego con las revoluciones tecnológicas posteriores, se ha expandido la visión general del mundo de la inmensa mayoría de los habitantes del orbe; se ha potenciado el desarrollo de medios de generación, procesamiento y difusión de información cada vez más sofisticados, tales como las imprentas, las cámaras fotográficas, el telégrafo, la radio, el tocadiscos, el teléfono, la televisión, los computadores e Internet, a la vez que la creación de medios de almacenamiento y recuperación de información tales como bibliotecas, hemerotecas, planotecas, discotecas, fototecas, filmotecas, mediotecas y archivos físicos o virtuales de todo género; y, tal vez con la mayor importancia, se han establecido medios o sistemas de instrucción, en donde la población no sólo asimila grandes cantidades de información en un ambiente controlado, el escolar, sino que aprende a emplear los metalenguajes abstractos necesarios para generar, procesar, interpretar, almacenar y difundir más y más información por cuenta propia.

Con todos estos adelantos y revoluciones, los seres humanos pasamos a vivir como en dos esferas: una, la de los objetos tangibles, con los que interactuamos a través de nuestros sentidos, y otra, la de los objetos virtuales o intangibles, potenciada por nuestro tránsito por la escuela, que manejamos a través de nuestras interpretaciones mentales abstractas y nuestros metalenguajes. Nuestras posibilidades de aprender y adquirir experiencias se han expandido exponencialmente, pero también se han abierto opciones de dominación y manipulación cultural, ideológica y política nunca antes imaginadas, que multiplican nuestros chances de ser engañados y equivocarnos al actuar en base a premisas falsas. Mediante nuestras capacidades mediáticas podemos enterarnos de detalles de la vida de un fulano que vivió a decenas de miles de kilómetros y quizás a miles de años de nosotros, pero también podemos terminar creyendo, dependiendo del contenido de la información recibida, que el tal fulano fue un santo cuando a lo peor resulta que fue un demonio, o al revés, y este es el grave conflicto inherente a este mundo virtual o mediático: dado que es una instancia artificial o puramente creada por los humanos, sin equivalente en el mundo natural o biológico, tiene el poder de enriquecer enormemente pero también de arruinar nuestras vidas. Un solo instante ante un afiche o una cuña radial o televisiva, o un par de horas de lectura de un libro o de visión de una película, pueden ser suficientes para alterar drásticamente el curso de nuestra existencia, sembrándonos ideales y esperanzas, o ilusiones y frustraciones, que no teníamos.

De donde se deriva la mala noticia de que, quizás después de las armas y de los dólares, los medios de comunicación o información son un recurso favorito de toda empresa, Estado, imperio, avaro, autócrata u organismo de inteligencia interesado en dominar o controlar a una población con limitado grado de desarrollo de sus capacidades, e imponerle una visión de las cosas no acorde con sus propios intereses. Los medios de comunicación siempre dan la sensación de estar como adelantados en relación al resto de las capacidades de todo país atrasado, puesto que, mediante inversiones, préstamos e intervenciones adecuadas, son fácilmente puestos al servicio de entes diversos, a menudo también locales, que se aprovechan de tal atraso. En nuestra América Latina, en donde en muchos hogares las prioridades del televisor están por encima de las de la nevera, esto resulta particularmente patético: nuestro imaginario de estilos de vida y de consumo suele estar a años luz de nuestras capacidades productivas para generar autosuficientemente los bienes y servicios que aseguren tales estilos. Y esto genera una especie de esquizofrenia entre nuestro Dr. Jekyll, que trabaja y produce de una manera, y nuestro Míster Hyde que quiere vivir y consumir de otra, lo que se convierte en caldo de cultivo para toda clase de aberraciones, alienaciones y desadaptaciones.

Con frecuencia los Estados de nuestros países atrasados, con buenas o no tan buenas intenciones, cuando quieren enfrentar a otros Estados o entes externos con empeños dominadores, tratan de crear aparatos de propaganda y adoctrinamiento que contrarresten los efectos mediáticos adversos, pero, a la larga, esta no es la solución al problema, puesto que plantean la batalla por la autonomía nacional y contra la dependencia en un terreno de símbolos desligados de la realidad -muchas veces sin el acompañamiento de al menos sólidos sistemas de instrucción para aprender a manejar los metalenguajes correspondientes-, que, en el mejor de los casos, termina cambiando una alienación por otra.

La buena noticia, empero, es que los afanes de dominación de entes externos diversos sí pueden ser contrarrestados, como ya lo están haciendo tal vez decenas de naciones pequeñas y militarmente débiles, mediante la transformación de sus capacidades productivas y de trabajo hasta llevarlas a sustentar un modo de vida y un estilo de consumo acorde con las posibilidades de cada una, y el desarrollo de capacidades culturales, territoriales, educativas y políticas que sitúen las experiencias mediáticas en un contexto equilibrado. Más aún: dentro del propio ámbito de los medios de comunicación están apareciendo posibilidades de contrabalanceo de los macropoderes mediáticos a través de micropoderes al alcance de los ciudadanos comunes y corrientes, como, verbigracia, es el caso de este blog, que, pese a ser producido con recursos materiales muy limitados, idealmente ya puede ser leído masivamente en todo el planeta y al cual su autor, más allá de la realidad de sus escasos lectores actuales, aspira, aprovechando la gratuidad de los sueños, convertir algún día en una voz que pueda ser escuchada en los grandes foros de búsqueda de soluciones a los problemas de nuestra Latinoamérica.

Mientras el poder mediático se redujo a la publicación de libros y documentos que muchos no podían leer, y a una enseñanza libresca y elitesca para la interpretación de ésos, la prensa, la escuela y sus afines se mantuvieron como poderes muy a distancia de los otros, pero, con los modernos medios de comunicación, la sociedad no sólo necesita hacer madurar todas sus capacidades en general, sino, en particular, de dos contrapesos sin los cuales resulta fácilmente presa de maniáticos mediáticos de toda laya, cuales son un verdadero sistema educativo que, a diferencia del meramente instructivo, enseñe a pensar, discernir y decidir con modelos y criterios propios, y un moderno sistema político, verdaderamente democrático, que equilibre los macropoderes que inciden sobre la vida de los ciudadanos a objeto de maximizar el ejercicio de los micropoderes de éstos. En ausencia de este sistema educativo y de este sistema político democrático, de los que nos ocuparemos en las próximas dos entregas, las sociedades fácilmente se hunden en el peor de los mundos mediáticos, en donde la visión virtual de las cosas, a veces empedrada con buenas intenciones como el camino aquel, termina por conspirar contra las posibilidades reales de mejorarlas.