Frustrado, algo impotente, decidí hacer de la necesidad una virtud, zafarme de preocupaciones con el disfrute de una de mis cenas criollas estándar con mi mujer, y brindar por mejores tiempos, a la vez que compartir con ustedes una experiencia alimentaria liberadora que me lució interesante, y que quizás pueda ser útil para revelarles algo acerca de la metodología de investigación y producción de conocimientos que emplea el tipo ese de Transformanueca. Empezaré por esto último, seguiré con el relato de la cena criolla, y concluiré con la reflexión que ya fue interesante y reconfortante para mí, y presumo podría serlo, aunque no tanto, para ustedes.
Hace ya unos cuantos años, digamos que por lo menos treinta, un buen día me quedé sorprendido al descubrir que ciertos mecanismos creativos que venía empleando en mis investigaciones sobre la problemática de la transformación de nuestros países no sólo no eran originales sino que estaban siendo objeto de investigaciones exhaustivas en MIT y la Universidad de Harvard. Me refiero a los llamados mecanismos o analogías operacionales de estímulo a la creatividad, con miras a establecer intercambios no usuales entre las esferas de lo extraño y de lo familiar. Según dichos mecanismos, que son de por sí infinitos, pero que esta gente tipificó en cuatro clases: personales, directos, simbólicos y fantasiosos, en definitiva se trata de hacer de la vida y las experiencias cotidianas, y no de costosos experimentos, un ambiente de generación de nuevas ideas y conceptos útiles en el desarrollo de investigaciones e innovaciones.
Entre los ejemplos clásicos de tales mecanismos de gestación de nuevas ideas están los de Einstein, quien logró buena parte de sus portentosos hallazgos físicos sin el auxilio de laboratorio alguno, sino, como gustaba de decir, a través de aventuras del pensamiento, en donde su propio organismo, y especialmente sus órganos visuales y musculares, le servía de fuente de inspiración; el de Kekule, que descubrió el anillo bencénico imaginándose a sí mismo como una culebra empeñada en tragarse su propia cola; el de Brunel, que desarrolló la tecnología de los túneles submarinos observando como gusanos y plantas parásitas perforaban la madera; o el de Alexander Graham Bell, quien inventó el teléfono a partir de la observación del funcionamiento del oído humano.
Nunca he logrado entender por qué estos valiosos estudios de los años sesenta parecieran haber sido descontinuados, al punto de que la palabreja que entonces se usó para designarlos, la Sinéctica (Synectics, en inglés) o ciencia de la creatividad, no logró siquiera entrar a los diccionarios occidentales. Una hipótesis que he manejado es que tal vez al Profesor William Gordon y académicos acompañantes se les pasó la mano de ambiciosos al constituir una empresa, la Synectics Inc., con sede en Cambridge, Massachussets, a la cual pretendieron que se le tuviera que pedir autorización hasta para el uso del término. Dejemos esto hasta aquí, para retomarlo luego, cuando les mostraré como he empleado y sigo usando estos recursos sinécticos (ligando que a nadie se le ocurra demandarme, pues en este subdesarrollo uno nunca sabe por donde vendrán los tiros de la modernidad) en mis investigaciones, y en particular en la conceptualización de la problemática de necesidades y libertades.
El organismo humano, a la hora de convertir los aminoácidos en proteínas, es incapaz de diferenciar cuales son de origen vegetal o de origen animal, y en cualquier caso comienza su trabajo triturando o reduciendo cualquier clase de proteínas hasta alcanzar el nivel de aminoácidos elementales, para de allí iniciar su labor constructiva de las nuevas proteínas humanas.