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martes, 12 de octubre de 2010

Chile: dos catástrofes y dos milagros

El 17 de enero de 2010 ocurrió en Chile, al menos para la izquierda chilena y latinoamericana, una catástrofe política: Sebastián Piñera, multimillonario de talla mundial y candidato de la derechista Coalición por el Cambio/Alianza por Chile, derrotó sorpresivamente en la segunda vuelta de las elecciones, por apenas poco más de 200.000 votos, a Eduardo Frei Ruiz-Tagle, candidato de la coalición de izquierda y centro-izquierda Concertación por la Democracia. Aquella coalición, que incluye a la extrema derecha pinochetista, vinculada a la jerarquía eclesiástica católica e integrada en la temible Unión Demócrata Independiente, UDI, logró aprovechar la división de una izquierda que se presentó dividida en tres bloques a la primera vuelta y cuyo segundo candidato principal, Marco Enríquez-Omimami, hijo de Miguel Enríquez, el líder de de extrema izquierda del MIR, en la época de Allende, asesinado durante el golpe de Pinochet, sólo decidió apoyar al candidato de la izquierda faltando cuatro días para la segunda vuelta.

Al final del gobierno de la socialista Michelle Bachelet, que concluyó su mandato con un 84% de popularidad, la suma de los votos obtenidos en la primera vuelta por Eduardo Frei Ruiz-Tagle, ingeniero y político, quien ya había gobernado a Chile en el período 1994-1999, e hijo del Eduardo Frei fundador de la Democracia Cristiana y que también gobernó a Chile en los años sesenta; por el joven Marco Enríquez-Omimami, disidente del Partido Socialista, quien desde el inicio se negó a aceptar la candidatura de Frei y prefirió hacer tolda aparte; y por Jorge Arrate, también ex-socialista, apoyado por la coalición Juntos Podemos Más, que incluía al Partido Comunista de Chile, superó por casi 300.000 votos a la votación de Piñera en la segunda vuelta. Esto significa que una significativa fracción del electorado de izquierda, seguramente seguidora del radical Marco, prefirió dejar ganar a la derecha y posibilitar el retorno al poder de las fuerzas pinochetistas antes que votar por la centro-izquierda representada por Frei.

En otra dimensión, telúrica esta vez, sólo poco más de un mes después de dichas elecciones, el 27 de febrero de 2010, tuvo lugar en el sur de Chile el para entonces quinto mayor sismo registrado en la historia del planeta, con 8,8 grados de Magnitud y una duración de casi cuatro minutos en la ciudad de Concepción, que fue acompañado 35 minutos después por un violento tsunami que sepultó numerosas poblaciones costeras e insulares chilenas. Entre ambos dejaron una secuela de más de quinientas víctimas fatales, alrededor de dos millones de damnificados y cerca de quinientas mil viviendas seriamente dañadas.

Después de semejante inicio de la segunda década del siglo XXI, los pronósticos de muchos acerca del futuro próximo de Chile -incluidos los de este servidor que alguna vez caracterizó a Piñera, quien vendría a ser en relación a Pinochet como una especie de Aznar respecto a Franco, entre los líderes de las corrientes más derechistas de la actual América Latina- resultaron en las vecindades de lo sombrío.

Impedido de saber encontrar responsables de la tragedias humanas más allá de nuestros límites atmosféricos, ya me disponía a armar un nuevo rosario de correlaciones entre las calamidades latinoamericanas, por un lado, y la fiereza de nuestras derechas e inmadurez de nuestras izquierdas, por otro, cuando ocurrió la que supuse una nueva pinta en la atigrada piel de las desgracias chilenas: el derrumbe, ocurrido el 5 de agosto de 2010, que habría dejado sepultados a 33 mineros chilenos en una mina de cobre y oro, en San José de Copiapó, al norte del país.

Tras las declaraciones iniciales de algún ministro de Piñera, quien recuerdo dijo algo así como que nadie debía hacerse ilusiones en torno a las posibilidades de algún rescate, y después del rápido pronunciamiento de los dueños de la mina en relación a dar por terminada la relación de trabajo con los mineros, y por tanto de cualquier pago de salarios caídos a sus familiares -casi como invocando indemnizaciones oficiales por el "lucro cesante"-, confieso que me disponía a presenciar un nuevo festival de miseria humana en América Latina protagonizado por el nuevo Presidente chileno y la oligarquía retrógada de esa nación. Una especie de reedición de la pesadilla del estilo pinochetesco de gobierno: frío, cruel, mentiroso, deshumanizado y siempre como rozando el borde de lo macabro.

Pero la vida tuvo otras ocurrencias. La primera fue saber de un presidente Piñera que todavía dos semanas después del derrumbe seguía empeñado en proseguir las labores de rescate. Después enterarme de acciones espontáneas de empresarios chilenos en condena a la ruindad de sus colegas dueños de la mina y en pro de la indemnización de los familiares de los mineros. Luego vino el descubrimiento de una sincera euforia del mismo Presidente al revelar la nota "Estamos bien en el refugio, los 33", enviada en letras rojas mediante una sonda desde casi 700 m de profundidad. Más tarde la constatación de la disposición gubernamental a rescatar los mineros a toda costa y costo y a través de un esfuerzo rigurosamente planificado y acelerado, pero a la vez realista y no sembrador de ilusiones de algún rescate inmediato. Y, por último, cuando ya había comenzado a modificarse nuestra imagen inicial de Piñera, y comenzábamos a entender el porqué del apoyo que recibiera de Fernando Flores, destacado y respetado pensador, consultor y político chileno, ex-ministro de economía de Allende, llegó, antes de lo previsto, el inolvidable 13 de octubre: así nos instalamos veinticuatro horas en el televisor, junto a quizás algunos miles de millones de otros terrícolas, para no perdernos nada de la emoción de la operación de rescate de los 33 mineros, sanos y salvos después de casi 70 días en el mero averno, y, constatamos, lo que nos pareció igualmente extraordinario, el estilo de presencia, también durante las veinticuatro horas, de un genuino y humano Jefe de Estado, quien también se trasnochó y se interesó antes que nada por salvaguardar la vida de un conjunto de humildes ciudadanos afectados por una desgracia superlativa, todo ello sin propagandismos baratos y despojado de pases de facturas políticas.

Cuando, ya al filo de la medianoche que daba al 14 de octubre, atestiguamos el rescate del último minero, el líder Luis Urzúa, y luego del último rescatista, tuvimos la sensación de haber presenciado lo más parecido a un milagro que quizás en nuestra vida nos toque presenciar, y sentimos que ése seguramente será uno de los momentos de mayor orgullo de pertenecer al género humano que experimentaremos en nuestra existencia. A partir de allí se han vuelto distintas nuestras percepciones de la importancia de la vida humana, de las limitaciones de los prejuicios humanos -incluidos, por supuesto, los propios-, de las potencialidades de los esfuerzos humanos no contaminados por el afán de lucro, poder y fama, de cómo la adversidad puede contribuir al fortalecimiento de nuestra identidad, y, también, de nuestra visión de América Latina, de Chile y hasta del propio Piñera, quien, sin ganar nuestra devoción sí supo hacerse merecedor de nuestro respeto.

Y, si aquello fuese poco, tenemos la fuerte intuición de que también, al menos, para los chilenos tuvo lugar otro milagro, por obra y gracia del proceso de rescate de los mineros: el de dejar alguna vez a un lado el sectarismo y los odios fratricidas para asumir, sin homogeneidades ideológicas idílicas, y aunque fuese por algunas horas, una identidad nacional y social común, más allá de la lucha de clases, de las refriegas partidistas y de los intereses viscerales. Tenemos la corazonada de que este proceso de rescate de los mineros se hará sentir en Chile mucho más allá de las alegrías circunstanciales, y que mucho incidirá en favor de la construcción de un verdadero y compartido, más allá de ideologías y fraccionamientos, proyecto nacional. Uno que probablemente posibilite la continuidad de tantas políticas acertadas que ha avanzado Chile, blindándolas incluso a prueba de pinochetismos ultrareaccionarios y preparando el terreno para un probable retorno al poder de la izquierda, de repente bajo las riendas de nuestra admirada colega generacional Michelle, que apenas está rondando los sesenta.

¡Sorpresas -y no siempre malas- te da la vida!

viernes, 3 de septiembre de 2010

Hacia una transformación social piloto en Lara (I): Inclusión y exclusión

Sobre experiencias piloto

Un día de comienzos de la década de los setenta, cuando era un líder estudiantil y discutía largamente con el políticamente visionario, pero organizativamente íngrimo, después de la división del PCV que dio lugar al MAS, Alfredo Maneiro, acerca de cómo avanzar hacia la construcción de una organización de vanguardia, me preguntó, con tono de veterano que quiere tomar en cuenta las opiniones del bisoño, "Edgar*: ¿Qué harías tú para avanzar hacia una revolución en Venezuela y construir un nuevo tipo de organización, distinta de las tradicionales que conocemos?".

Tras tragar grueso y tomarme unos instantes, para coger impulso ante una pregunta que obviamente excedía mi talla, le respondí algo así como que "la verdad, Alfredo, es que no tengo ni idea, pero lo único que sí te puedo decir es que en ingeniería química [estaba en el último año de esa carrera en la UCV, de donde me habían expulsado por disentir y protestar pacíficamente contra la manera como se formaban estos profesionales, y ya había manejado mi propio laboratorio químico y trabajado cinco años como asistente del ingeniero químico Germán Pérez Castillo, hijo de Pérez Alfonzo, en la Sección de Química del Departamento de Promoción Industrial de la Corporación Venezolana de Fomento], cuando hay mucha incertidumbre acerca de como impulsar un proyecto complejo, entonces se programa e implementa una experiencia piloto, en donde se aprende, en pequeña escala, lo que hace falta para acometer luego el mismo proyecto en una escala mayor o industrial". A Alfredo le pareció extraña la respuesta, me respondió algo así como que "pensaré más en lo que me has dicho", y me dejó pues tenía otras cosas que hacer.

Creí que había dicho una pistolada, pero resulta que a los días Alfredo se apareció nada menos que con la idea de que las mejores oportunidades de impulsar las tales experiencias piloto, o en pequeña escala, las teníamos en el movimiento obrero, en SIDOR, Guayana, en el movimiento vecinal, en Catia, Caracas, y en el movimiento estudiantil, con miras a expandirlo hacia el ámbito profesional, en la misma UCV, en Caracas, por lo que, en lo sucesivo, debíamos concentrar nuestros esfuerzos allí, y desde entonces hizo de las referencias a las escalas en que actuábamos un elemento central de todas sus tesis políticas. Simultáneamente, no sé si como especie de premio por mi aporte o para retarme, como gustaba de hacerlo, y ver hasta dónde era capaz de llegar, me asignó nada menos que la responsabilidad de preparar la intervención central sobre estrategia de construcción una organización de nuevo tipo, que luego Francisco Sesto, "Farruco", propuso llamar La Causa R, en la suerte de Primer Pleno o pleno constituyente de ésta, que hicimos a mediados de 1972 en el balneario de Los Caracas, cosa que preparé e hice, y con la que empecé a convertirme en una especie de "miniexperto" en cuestiones organizativas; la otra intervención central y extensa del evento, sobre coyuntura y política, la hizo el propio Alfredo.

¿Por qué en Lara?

Con la frase “Lara es el estado venezolano con menos dependencia del petróleo”, se inicia el correspondiente capítulo del difundido Atlas práctico de Venezuela, editado no ha mucho por el diario El Nacional. “Barquisimeto es la capital –o la ciudad– musical de Venezuela” es una expresión de amplia circulación nacional. “...Y, si escogiera, el sol, nacería en el nombre de Carora, [y] el agua nacería en Cabudare...”, alcanzó a decir, en su Oda a los nombres de Venezuela, el gran Neruda. En cierta ocasión un Bolívar inspirado, y supongo que enamorado, llegó a decir algo así como que, llegadas las cosas a cierto límite, bien valdría la pena perder una batalla por contemplar un crepúsculo barquisimetano. "La riqueza de Carora se debe exclusivamente al trabajo de sus habitantes, por muchas generaciones y por varios siglos" y "Carora [quintaesencia de Lara, quizás incluso más que el propio Barquisimeto, aunque no es mí animo avivar emulaciones fraternales de larga data...] puede ser modelo para el resto de Venezuela en muchos campos, en el campo de la cultura es evidente, en el campo de la cría de ganado, en el campo de la creatividad artística, especialmente en la música y la pintura; y también en cuanto a las ideas en el mundo económico, y el ejemplo que puede dar en cuanto a las fuentes de poder de un país, que no es otro que el 'trabajo'. Esta condición de Carora le da pues, un doble sentido, un sentido de ejercicio para el futuro y un sentido de ejemplaridad para el resto de nuestro país que tanto necesita esto", ha dicho el sabio José Manuel Briceño Guerrero, nacido llanero pero "caroreño por elección propia", en su ensayo "El sentido de Carora", originalmente publicado, en 1999, a propósito de los ochenta años de El Diario de Carora.

Estas frases, y muchas otras que podríamos añadir, sugieren el talante de Lara, entidad que ha tenido una participación decisiva en la conformación de la nacionalidad venezolana, y a la que podríamos considerar como un exponente del mayor avance relativo alcanzado en materia de construcción de un verdadero proyecto nacional, es decir, que podríamos estar hablando, en términos comparativos, del estado menos socialmente polarizado o, lo que es lo mismo, más integrado o con menos exclusión, de toda Venezuela. Lara tiene, probablemente, lo más parecido a lo que sería el tejido social dominante en la sociedad venezolana si un siglo de rentas petroleras y varias décadas de megalomanías y despilfarros estatales no nos hubiesen sumido en el actual pantano de desamor, destrabajo y corrupción. Si, recordando aquella popular metáfora de por dónde empezar a remendar una media rota, en Venezuela fuésemos a escoger por donde comenzar a remendar nuestros tejidos sociales rotos, no parece mala idea comenzar por uno de sus tejidos más firmes o relativamente menos raídos, el larense.

Tengo enormes dudas de que exista otra región de Venezuela en donde la cultura del trabajo y de la búsqueda de soluciones a los problemas esté tan arraigada como en Lara, lo cual se expresa, por ejemplo, en una larga experiencia acumulada en materia de iniciativas económicas, culturales y políticas que no han esperado por los recursos estatales, es decir, derivados de la renta petrolera, para acometerse, con participación de todos los estratos sociales. En Carora, por ejemplo, se contó con acueductos y sistemas de cloacas, empresas eléctricas y de teléfonos, estrategias de construcción de presas hídricas, desarrollos biológicos y tecnológicos ganaderos y agrícolas, restauración del casco colonial, ligas locales de beisbol e iniciativas musicales en el plano infantil y juvenil (de donde luego Abreu extrapoló su idea de las sinfónicas a nivel nacional), por ejemplo, impulsadas sin recursos del Estado, mucho antes que en otras regiones. Contrariamente a lo que asegura cierta izquierda, en la Carora que he conocido no ha habido nunca lucha de clases en sentido estricto sino contradicciones, y también encuentros y cooperaciones, entre estamentos sociales, al punto de que, en la lucha de independencia, es imposible trazar una línea social divisoria, derivada de la extracción de clases, entre patriotas y realistas. La cultura de trabajo reinante, cierto sentimiento generalizado de arraigo y de identificación con una amplia gama de valores, y una amplitud y tolerancia hacia las ideas y los comportamientos ajenos, hacen las veces de crisol en donde se fusionan o coalescen múltiples diferencias sociales, generando una especie de horizontalidad o planeza en las relaciones humanas. Y no es casual que haya sido precisamente aquí, en Lara, en donde ya han comenzado a darse los pasos más firmes en el terreno de la superación de la asfixiante polarización política nacional, pues nadie como Henry Falcón ha expresado tan tajantemente la idea de que de lo que se trata es de propiciar la "inclusión sin exclusión".

Por otro lado, durante muchos años ha sido un secreto a voces que muchas encuestadoras y analistas han estudiado los resultados de encuestas y procesos electorales en Lara para predecir y escalar apreciaciones en la escala nacional. Lara es lo más parecido a una Venezuela en chiquito que conocemos, a un laboratorio, con representación proporcional de todas las potencialidades y grandezas, mas también de todas las miserias y obstáculos, que nos permitiría experimentar y aprender para comprender y actuar con más tino ante los grandes desafíos de nuestra nación.

Introducción a una propuesta de transformación piloto en Lara

He traído todo esto a colación, y ojalá que no para martirio de lectores apurados, porque deseo que se tome en cuenta que, como mínimo, sé de lo que hablo cuando me refiero a experiencias piloto. Desde hace ya más de diez años, con dirigentes larenses del sector productivo, sanitario y cultural, y desde hace casi ocho meses con los dirigentes del PPT y con Henry Falcón y su equipo, he venido insistiendo en la idea de hacer del estado Lara una "experiencia piloto" de superación de la exclusión, profundización plural de la democracia, desarrollo de las fuerzas productivas reales, y avance efectivo hacia una sociedad venezolana con vocación de justicia social dentro del marco de un modelo que por un buen tiempo tendrá inevitablemente que ser el capitalista. Me han escuchado con suma atención, pero hasta ahora no ha habido manera de vencer los miedos de los primeros y ciertas tentaciones electoralistas de los segundos, por lo que creo que ha llegado el momento de sacar estas conversaciones de su escaparate.

Si esta iniciativa se llegase a adelantar, en sintonía con los sueños de quienes ahora la acariciamos, entonces Lara bien podría convertirse en una experiencia pionera en el proceso de búsqueda e implantación de un nuevo y verdaderamente sustentable o endógeno modelo de desarrollo nacional, con verdadera inclusión social.

Como es bien sabido, Venezuela es un país privilegiado en cuanto a su disponibilidad de recursos naturales y culturales, especialmente en lo referente, por un lado, a su biodiversidad, su recursos hídricos, su recursos minerales y energéticos, incluyendo la inapreciable energía solar, y la amplitud de su territorio; y, por otro, dada su condición de lugar de encuentro de prácticamente todas las éticas, estéticas y genéticas del planeta. No obstante, la conjugación de una relativamente fácil disponibilidad de recursos mineros, petrolíferos y gasíferos, cuya exportación ha permitido la obtención de cuantiosos montos de divisas y la importación de toda clase de bienes transables y de modas culturales, con una escasez de suelos con vocación natural agrícola y una escasez, todavía mayor, de personal calificado y conocimientos sobre las características de dichos suelos, de nuestro clima y aun de nuestra cultura, ha determinado históricamente, y sobre todo en el curso del siglo XX, que el estilo de desarrollo nacional haya sido hasta ahora profundamente no sustentable y excluyente, con una base económica rentista y desaprovechadora del grueso de nuestros recursos naturales no extractivos y de nuestro potencial cultural.

No nos cansamos de insistir en la absoluta vigencia de la aspiración nacional, voceada desde hace siglos por pensadores como Simón Rodríguez, el propio Libertador, Cecilio Acosta, Alberto Adriani y nuestro larense Chío Zubillaga, de transformar nuestros sistemas de trabajo en el campo mediante la asimilación de la ciencia y la técnica y la incorporación de fuerza de trabajo altamente calificada, en un contexto de reformas agrarias profundas y superación de las obsoletas estructuras latifundistas. Aspiración que luego fue condensada en la genial frase de Uslar Pietri de “sembrar el petróleo”, y en las premonitorias advertencias de Juan Pablo Pérez Alfonzo de “reducir la dependencia del petróleo” para evitar “hundirnos en el excremento del diablo”, y que sigue actualizándose con advertencias como las que a diario anuncia Domingo Felipe Maza Zabala. Tras dos siglos de haber sido formulada, en general, y tres cuartos de siglo en su versión adaptada a la realidad petrolera, la idea de una nación centrada en su trabajo y en sus sueños profundos todavía sigue siendo una aspiración distante de concretarse en un nuevo estilo o modelo de desarrollo nacional. Las comparaciones de nuestra estructura social con la de un campamento minero dependiente de la renta de un recurso no renovable, con que iniciamos la pasada subserie de artículos sobre Venezuela, están más que vigentes, y de allí la pertinencia de una experiencia social piloto revalorizadora del trabajo y la cultura como la que proponemos.

Aprovechando que este blog es todavía algo parecido a una conversación semipública, o de repente semiprivada, he decidido comenzar a divulgar esta idea ante eventuales sectores interesados en enriquecerla y ponerla juntos en práctica. Este será el sentido de la subserie que se inicia con este artículo, aunque anticipo que no será continua sino que tendrá interrupciones con artículos intercalados sobre otros temas.

Con lo que precede, y en los artículos que seguirán, pretendemos, de un lado, sentar un marco amplio que ayude a impulsar esta experiencia piloto, y, de otro, aprovechar para insistir otra vez en que de ninguna manera entendemos por política el arte de llegar a sentarse en, y después no quererse levantar de, una silla de poder, no importa cuán placentera y mullida sea. La política, sea en el plano mundial, latinoamericano, nacional, estadal, comunal o vecinal, es y será siempre para nosotros una mediación entre anhelos y acciones, sueños y realidades, planes y ejecuciones, los días y la historia.

Con esta subserie de artículos referidos a nuestra tierra chica también queremos aportar elementos útiles para nuestros lectores interesados en elaborar políticas para actuar en otras regiones, o en sus ámbitos de acción inmediatos, de las que poco a poco nos iremos ocupando, o sea, que deseamos otorgarle un valor metodológico o heurístico a ésta y las elaboraciones que seguirán. Asimismo, y con ánimo de ver si nos ponemos un poco al día en cuanto a fechas y de evitarle incomodidades a ciertos lectores, que nos han dicho que no les gusta leer artículos de Transformanueca en primer plana y con fechas viejas, sacaremos aceleradamente estos artículos y les asignaremos las fechas desde el viernes 03/09/2010 hasta el viernes 24/09/2010, ambos inclusive. Así los lectores a quienes no les gusta ocuparse de los fundamentos, los contextos o los detalles de las cosas, pronto tendrán chance para saltarse todos estos artículos intercalados e irse directo al final de la subserie, donde se concentrarán los elementos de política en el sentido convencional.

En las entradas que siguen, exploraremos, con tanta concisión como seamos capaces, pero sin atores, la problemática larense desde diversas perspectivas, y, particularmente, las características del territorio físico, la población, la economía, la educación, la historia y la cultura, y lo que entenderemos por aportes hacia la elaboración de una política piloto en el estado. Supongo que los lectores más acuciosos se darán cuenta de que el análisis que haremos, desde varias perspectivas, es una versión abreviada del análisis más robusto y exhaustivo que podríamos, pero no vamos a hacer, de las capacidades, identidades, y necesidades y libertades del estado, según la metodología del que hemos venido llamando el enfoque transformador. O sea, que seguiremos con Lara un camino parecido al que ya hemos recorrido intentando fundamentar algunos elementos de política para Latinoamérica y para Venezuela en su conjunto.
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*Toda la vida me había llamado Edgar Ricardo, pues en Carora y mi familia siempre me llamaron y me siguen llamando así, puesto que "Edgar" era mi papá, pero Alfredo se empeñó en que ese no era un nombre de político y tenía que acortarlo, y así me rebautizó, me quedé y me conocen unos cuantos amigos y conocidos de esta y posteriores épocas...

viernes, 13 de agosto de 2010

La política venezolana (I): La coyuntura mundial

En un país donde el 90% de las divisas proceden de la exportación de petróleo, con la seguridad alimentaria más baja de América del Sur y donde se importa en el orden del 60% de los alimentos, parecería poco razonable que la política se desentendiese de la comprensión de los fenómenos mundiales, y sin embargo eso es exactamente lo que se hace. Apartando las referencias alegóricas que hace el gobierno, con el lenguaje de hace más de siglo y medio, a un capitalismo y un socialismo abstractos, el escaso debate político nacional tiene lugar como si el mundo se acabara en La Guaira, Castilletes, San Antonio del Táchira, Santa Elena de Uairén y Macuro, o, peor, como si nos ocupásemos, según se trate de voceros del gobierno o de la oposición, sólo de los cerros y quebradas versus los valles y colinas del Área Metropolitana de Caracas. ¿Dónde están las tesis concretas sobre los grandes problemas nacionales e internacionales que nos afectan y quiénes las manejan? ¿Dónde las posturas sobre el drama de la pobreza, nuestra estanflación prolongada, nuestra dependencia tecnológica y rentismo petrolero, la debacle educativa, la economía informal y el desempleo encubierto, el cambio climático, o sobre cualquier tema que no sean la noticias del periódico de ayer, e inclusive, en este caso, en qué se diferencian realmente las estrategias contra la inseguridad o por la soberanía alimentaria o energética del gobierno y de la oposición?

Mientras escudriñamos nuestros ombligos y verrugas, en el mundo, desde el 15 de septiembre de 2008, cuando ocurrió la más grande quiebra jamás experimentada por una corporación transnacional, Lehman Brothers, está en pleno desenvolvimiento la más grave crisis del capitalismo desde los días del crac de 1929, con importantes analogías con esta. Reventamiento de las burbujas de la avaricia comercial y financiera, derrumbe de pirámides inmobiliarias especulativas, desplome de un consumismo enfermizo, agotamiento de los trucos financieros de los préstamos y las ventas a crédito, desregulación de la producción y los mercados, despilfarro energético de los combustibles fósiles y contaminación estructural o de largo plazo de la atmósfera, rebajamiento de impuestos a las grandes corporaciones y las clases acomodadas, deterioro de los salarios reales frente a las ganancias y rentas del capital, en síntesis, en ambos casos, colapso de un estilo de crecimiento incapaz de armonizarse con la satisfacción de las necesidades humanas reales y que requiere de la especulación con necesidades inducidas para sobrevivir.

La electrificación y los electrodomésticos de ayer fueron reemplazados por la informatización y los electrónicos y celulares de hoy, las casas y apartamentos de playa de Florida de entonces por las grandes quintas con ostentosos jardines de ahora, los vehículos utilitarios o modestos por los voluminosos rústicos 4x4, los cines colectivos por los del hogar, la radio por la televisión por cable e Internet, los grandes centros comerciales horizontales por los verticales, los sencillos préstamos, créditos y acciones de bolsa por ingeniosos "paquetes financieros", la internacionalización de los carteles o trusts por la sofisticada globalización..., pero, en esencia, se trató otra vez de lo mismo: antes que nada, especulación avara, más y más privilegios para las clases opulentas, siembra de ilusiones en las clases medias en ascenso e inhibición del Estado en su rol de garante del interés colectivo.

Con la presente crisis económica mundial se conjuga una crisis política de no menores proporciones. El otrora poderoso máximo del globo, el presidente George W. Bush de los Estados Unidos, resultó ser un mentiroso compulsivo, ante quien el Nixon aquel parece un ingenuo, pues se valió de falsas pruebas sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak para justificar su invasión, pasándole por encima al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, ocultó sistemáticamente las pruebas sobre la determinación del cambio climático por el actual estilo civilizatorio, favoreció las grandes empresas guerreras y petroleras de sus amigotes, y todavía están en curso procesos de investigación que lo inculpan de delitos cada vez más monstruosos, como el de su probable complicidad con el atentado contra las Torres Gemelas y el Edificio 7 del World Trade Center de Nueva York. Su política de complacencias con las más salvajes fieras del mercado y con los más despiadados negociantes de la guerra se derrumbó estrepitosamente en 2008, lo que condujo a que su partido perdiera las elecciones frente a Obama, apoyado sobre todo por la juventud inconforme y nada menos que el primer presidente negro de los Estados Unidos, en noviembre de ese mismo año.

El capitalismo salvaje, alias competitivo, está a la defensiva. Los Bush, Cheeney, Rumsfeld, Gates, Paulson y el resto de su bandada de halcones están con los picos y las garras rotas y las alas desplumadas después de ocho años de rapiña. El momento es propicio para el avance realista de los pueblos pobres del mundo, pero no con las fantasía digna de comiquitas de quien quiere derrotar al imperio y acabar de una vez con el capitalismo, sino con el tino de quien de verdad busca obtener resultados traducibles en mejoras a la paupérrima calidad de vida de nuestra gente y aprovechar las oportunidades existentes de impulsar un capitalismo con una mayor justicia social. La problemática ambiental y la acelerada búsqueda de alternativas energéticas a los combustibles fósiles nos está ofreciendo a los venezolanos quizás una última oportunidad de dejar atrás nuestra monoproducción y monoexportación petrolera, y avanzar hacia una diversificación de nuestra economía, una mayor autonomía alimentaria y en muchos otros campos, y una reestructuración de fondo de nuestro postizo sistema educativo.

Si lográsemos entender que el capitalismo no es un plato de un menú que podemos escoger si nos provoca, sino un estadio necesario por el que, una vez metidos, como estamos, en civilizaciones clasistas y basadas en el desamor y la explotación, tienen que transitar todos los pueblos del planeta, entonces veríamos como esta crisis nos está ofreciendo valiosas oportunidades. Si confrontamos este capitalismo posible con un idílico paraíso terrenal, con prevalencia de una cultura de plena fraternidad, justicia y libertad, es claro que resulta detestable, pero si lo contrastamos con los regímenes de esclavización de la fuerza de trabajo bruta, como el que tuvimos apenas hasta el siglo XIX, con importantes secuelas en el XX, o de feudalización de la fuerza de trabajo servil o mercantilización de la fuerza de trabajo empleada u obrera, que todavía prevalecen en nuestro país real, entonces resulta claro que la capitalización de la fuerza de trabajo profesional o científica y tecnológicamente capacitada, en la ruta hacia una socialización de una fuerza de trabajo humanizada y crítica, es una opción válida, y de esto se trata a nuestro humilde parecer.

Una oportunidad como esta no se nos presentaba desde los años tardíos treinta y buena parte de los cuarenta, cuando un despertar social interno coincidió con una ola mundial de democratización antifascista, y se alcanzaron muchas de las conquistas de nuestra todavía escasa modernidad: se logró la defensa de las reservas y precios de nuestro petróleo, que luego, en 1960 y sólo gracias a nuestro Pérez Alfonzo, se consolidó con la creación de la OPEP; se impulsó, gracias a nuestro Prieto Figueroa, el más grande proceso de creación de escuelas y de apertura educativa que hemos conocido, el cual pudo continuarse en los sesenta y que, de no ser por la involución calderista, que, con la complicidad de una Acción Democrática ensoberbecida, genuflexa y venida a menos, sacrificó al gran Maestro de los venezolanos, hubiese terminado por dotarnos de un verdadero sistema educativo en vez de la mamarrachada que tenemos; se alcanzaron también buena parte de las limitadas pero no despreciables conquistas democráticas y económicas de que todavía disfrutamos: voto universal directo y secreto, obviamente incluyendo al indispensable voto femenino, libertades de expresión, de prensa, asociación, manifestación, huelga, ..., derechos a la educación gratuita y laica, a ciertos servicios de salud y seguridad social, y otros; y se dio impulso a cierta industrialización y reforma agraria, lamentablemente frenados luego, ya en clima de Guerra Fría, con la política de sustitución de importaciones y apertura indiscriminada ante las corporaciones transnacionales.

En lugar de seguir atrapados entre la insensibilidad de un mercantilismo obsoleto y estéril y la inviabilidad de un socialismo para el que estamos como morrocoy queriendo subir palo, todo sugiere que las circunstancias son propicias para avanzar, tal y como lo pauta nuestra constitución vigente, hacia una sociedad moderna, es decir, esencialmente capitalista, y con mayores oportunidades que la que tenemos, en cuyo seno comiencen a incubarse los gérmenes de un régimen social superior futuro. Pero para lograrlo tendremos que salir del pantano de la polarización social y política en que estamos metidos, y disponernos a crecer e impulsar un proceso de transformación de nuestras capacidades de toda índole. En seguida continuaremos.

martes, 10 de agosto de 2010

La cultura venezolana (y III): La solidaridad al fondo de nuestra Caja de Pandora

Bajo la superficie, y varia capas más abajo, de nuestra -a los ojos de muchos- inverosímil estructura cultural, que hasta aquí hemos querido simplificar en dos grandes componentes, la exclusión y el facilismo, se esconde otra, o tercera, gran familia de valores, vinculados a la solidaridad, en donde nos luce está la clave para que algún día despertemos y nos dispongamos a edificar una nación verdadera e integrada. Una Venezuela legítima, de la que por fin podamos sentirnos orgullosos sin tapujos, y no la especie de Bene/Suela, con privilegiados, la gente bien o bene, arriba, y otros pelando abajo, en la suela, o inclusive su versión invertida, una especie de Suela/Bene, en donde la suela fuese la de una bota para pisar a la gente [ex-]bene, que tenemos.

Si tras tantos desencuentros y entuertos hemos heredado una estructura social dicotómica, asimétrica o partida en pedazos, e impregnada por un facilismo omnipresente por dondequiera que la miremos, existe también entre nosotros, y menos mal, a consecuencia de nuestra ineludible identidad humana, igualmente heredada, pero por millones de años, y ante la cual no han podido unos pocos siglos de desgracias, un arraigado sentido de solidaridad genuina, es decir, de amor, que se expresa en mil y una formas a ratos no menos insólitas que sus contrapartes viciados.

Claro está que, por germinar en un ambiente plagado de brechas sociales y corrupción, aquella no pocas veces deviene "solidaridad" y genera engendros perversos, desde la copia y el soplado dizque ingenuos en los exámenes colegiales, hasta los tráficos ilegales y contrabandos de toda clase en las fronteras, las complicidades, favoritismos y encubrimientos a diestra y siniestra, y aun los casos de policías facilitándole armas a los delincuentes y participando en, o apoyando, secuestros y crímenes, o de jueces absolviéndolos. Pero estamos convencidos de que hay todavía suficientes formas genuinas y nobles de solidaridad que subsisten en las rendijas íntimas de nuestra sociedad y nuestro pueblo, a modo de esperanza en el fondo de la ingrata caja de Pandora que alberga los valores y antivalores de nuestra cultura.

Es probable que nuestras relaciones entre padres o, quizás más precisamente, madres e hijos se cuenten entre las más resistentes a la erosión del tiempo y las dificultades e ingratitudes de todo género en el planeta, al punto de que no creo que sean muchos los países en donde las madres, históricamente, se hayan encargado tanto, no escasas veces solas y no pocas después de ser abandonadas o hasta violadas por los machos, del cuidado de sus hijos, o que, más actualmente, sigan encargándose de buena parte de las atenciones a sus hijos enfermos, en ese imperio del dolor que constituyen nuestros hospitales, o presos, en ese del terror que son nuestras cárceles. No es mucho lo que he viajado, pero por lo mismo cada vez que lo hago me empeño en fijarme y aprender todo lo que puedo, así como en preguntarle mucho a quienes sí lo hacen más, y debo añadir que así como tengo serias dudas de que existan otros países tan despelotados como este, también las tengo de que haya otras latitudes con tal densidad de madres dispuestas a privarse de bocados y andar con zapatos rotos en aras de que sus hijos se alimenten y vistan bien.

Las relaciones de amistad, vecindad y parentesco suelen privar, con no poca frecuencia, sobre las mercantiles y legales, no siempre por el lado del favoritismo, el clientelismo y la corrupción, sino también para expresar afectos, reparar injusticias y evadir imposibles trámites burocráticos y enrevesados; con la misma que ciertos funcionarios y empleados complican adrede los procedimientos y transacciones para obtener prebendas, otros optan por simplificarlos y ayudar, desinteresadamente, a clientes y usuarios. En los trabajos, en empresas e instituciones, se cultivan múltiples relaciones y mecanismos informales, no siempre dañinos e improductivos, y todos hemos tenido evidencias del asombroso poder de las secretarias de los jefes a la hora, las más de las veces de buena nota, de conseguir citas importantes y resolver asuntos. Mientras que en las oficinas y talleres de producción se respiran aires lúgubres y proliferan los semblantes alicaídos, a las salidas de los trabajos y los fines de semana se organizan toda clase de parrandas, bonches, brindis, sancochos, fiestas de trajes, paseos, piñatas, parrilladas..., en donde muchos venezolanos parecen supermanes librados de las ataduras del rol de Clark Kent, o zorros justicieros, ocurrentes y generosos dejando atrás las circunspecciones de Don Diego de la Vega...

En las instituciones educativas se practican numerosos mecanismos informales de enseñanza mutua, en donde los que entienden más ayudan a los que menos, que no siempre derivan en chuletas, sopladeras y otras formas de copia, sino en mecanismos legítimos de ayuda y compañerismo; o, en sentido contrario, son infrecuentes las zancadillas de que tanto hemos oído hablar en otras latitudes, que llegan hasta los extremos de dañar o hacer desaparecer libros, apuntes y trabajos para perjudicar a los rivales académicos. Todavía, sobre todo en el interior del país, es frecuente que familias vecinas o amigas intercambien comidas, ropas, juguetes, libros de los niños, disfraces, etc., sin tintes mercantiles de por medio; y no estoy seguro de que la institución de las "chivas" -ropa a medio uso que ya no le queda o no le gusta a uno y se le regala a quien la necesite-, sea de práctica universal. Como casi todas las mujeres calzan alrededor de 37, y las más llevan tallas S ó M de blusas, pantalones talla 10 ó 12, vestidos S ó M, sostenes 32B ó 34A, etcétera, es frecuente, no sólo exclusivamente aunque sí mucho más en los estratos humildes, que parientes y amigas intercambien atuendos, y por supuesto accesorios como carteras, cinturones, collares, etc.

Son incontables, y bien valdría la pena disponer de vida suficiente para escribir unas cuantas de ellas, las historias de combatientes contra la dictadura perezjimenista, guerrilleros de los años sesenta y militantes de izquierda de todas las épocas que fueron protegidos y aun salvados por personeros de los regímenes que combatían, a quienes no fue extraño que conocieran al compartir prisiones anteriores. Buena parte de los maestros y profesores que fueron expulsados de sus cargos e incluso exiliados por la misma dictadura, recibieron durante largos períodos, con sus familias, auxilios financieros de sus colegas empleados, no siempre simpatizantes con sus ideas. En las cárceles, tanto políticas como civiles, no todas las veces el alivio de las condiciones de vida, o aun la fuga, de presos es producto de la corrupción o el soborno, pues ocurre que algunos encargados de las custodias de repente se muestran solidarios con los injustamente detenidos. Y no deja de parecer irónico, al tiempo que una pesadilla para tanto fundamentalismo en boga, que Bolívar, el mismo del lamentable e injustificable, pero explicable, Decreto de guerra a muerte, haya tenido que morirse en la casa de un español, don Joaquín de Mier, el único que, en los frustrados albores de su ostracismo, lo acogió debidamente.

En mi época de dirigente estudiantil gocé del privilegio de ser protegido ad honórem por compañeros que corrían riesgos para impedir que policías o bandas reaccionarias me agredieran, y pude constatar, varias veces, lo que muchos militantes de izquierda bien saben: que a la hora de andar huyendo de la represión, en la clandestinidad, las mejores conchas suelen ser las casas de gente generosa y no metida en política, incluyendo las de funcionarios honorables del gobierno y fundadores de los partidos del estatus, que a pesar de todo siguieron siendo amigos... En dos oportunidades, un decano de la Facultad de Ingeniería, el Dr. Marcelo González Molina, a quien en muchos aspectos criticaba y adversaba políticamente, fue quien logró sacarme de la DISIP, a la vez que fue el único que resueltamente se opuso a la extremadamente injusta expulsión de que fui objeto en la UCV, en diciembre de 1972.

Todavía en lo personal, mas fuera de la política, en mi mocedad viajé mucho y a lugares remotos por todo el país, incluso con mi equipo fotográfico Nikon, relativamente sofisticado, con un par de cuerpos, lentes intercambiables y numerosos filtros y accesorios, pidiendo colas por regla general, sin hospedarme jamás en hoteles ni pensiones formales, y disfrutando no pocas veces de comidas gratuitas y "ñapas" y obsequios diversos que me ofrecía gente a quien acababa de conocer. Varias veces ha tenido la experiencia de ser defendido por malandros o indigentes conocidos frente a agresores o delincuentes extraños, incluyendo el caso límite de un malandro que una madrugada quiso asaltarme con un cuchillo cuando iba por el puente 9 de Diciembre de El Paraíso, pero a quien logré hacer desistir de su propósito y desde entonces se convirtió en mi protector y guardián cada vez que me sabe deambulando por esos lares.

Hay un indigente que cuando, en un par de ocasiones, se ha encontrado en la calle objetos religiosos de cierto valor, se ha empeñado en localizarme para regalármelos y que se los lleve a mi mamá. Para bien o para mal, he conocido expresiones de solidaridad en venezolanos procedentes de todos los fondos sociales, y no hace mucho un amigo, quien había hecho estudios en Estados Unidos y a quien le robaron de su carro, en Sabana Grande, varias cajas con todos los libros de su posgrado, que venía de retirar no recuerdo si de la aduana o del correo, se sorprendió cuando, a través de contactos de calle, logré recuperarle estos (aunque no a tiempo como para evitar que ya le hubiesen arrancarado a todos los libros la primera página, donde él solía firmarlos).

Y, quizás rondando las fronteras del lirismo, no sé si ya conté aquí que una de las experiencias más profundas de solidaridad humana que he conocido la tuve hace unos cuantos años, por allá por los sesenta, en Curiepe, Barlovento, estado Miranda, cuando participé en una noche de San Juan, en donde literalmente permanecieron abiertas las puertas de todas las casas del pueblo toda la noche, y la gente, desde niños hasta ancianos, salía a bailar abrazada, fraternalmente y formando cadenas alrededor de la plaza, al son del mina y el curbeta, mientras en ciertas casas se bailaba frenética y sanamente en parejas, al son de los tambores redondos o culo 'e puyas. Cada vez que, a fuerza de tantos golpes, sinsabores y reveses, me asaltan dudas acerca de la posibilidad de que salgamos algún día de este hoyo de polarizaciones sociales y políticas en que está metido el país, me empeño en recordar esa noche cálida barloventeña, habitada por el mismo tipo de gente humilde que años después conocí en San Agustín del Sur, y quizás lo más parecido a una visita a un paraíso terrenal de integración y afecto que he conocido y conoceré. Mientras conserve conmigo estas vivencias de solidaridad, seguiré convencido de que sí es posible, con paciencia y dedicación, que superemos algún día la polarización que hoy nos asfixia.

Pese al denso y entramado cúmulo de infortunios que padecemos los venezolanos, estoy persuadido de que si lográsemos reencontrar el camino de la genuina solidaridad social y sin distingos de clases que varias veces se ha asomado en nuestra historia, y que cotidianamente se muestra en los intersticios de nuestro tejido social, sería relativamente sencillo comenzar a resolver nuestros problemas, integrarnos por fin como nación y satisfacer tantas necesidades insatisfechas. Pero que quede claro que dije el camino de la genuina solidaridad social y sin distingos de clases, y no los atajos hacia el futuro o hacia el pasado, con invitaciones a cocteles de supuesto amor, pero con sobredosis de arrecheras e insensibilidad, tan de moda en nuestros días. Hacer política, de verdad, en nuestro país, tiene demasiado que ver con hallar este camino, y de eso, y a propósito de las próximas parlamentarias, tratarán los artículos que saldrán en pocas horas.

viernes, 6 de agosto de 2010

La cultura venezolana (II): El facilismo y sus efectos corrosivos

Si la cultura de la exclusión, que en definitiva no es otra cosa sino la falta de una identidad y una visión nacional compartida, está en la raíz de buena parte de nuestras deformaciones culturales estructurales, la cultura del facilismo, o el destrabajo, y sus variantes, viene a ser una aberración, también de larga data, que actúa como un sello o blindaje social que dificulta extremadamente la búsqueda de soluciones de fondo a cualquier problema de la sociedad venezolana, incluyendo al de la exclusión misma.

Cuando la extendida obsesión por pertenecer o no pertenecer a un determinado estrato social, y por tanto la renuncia consciente o inconsciente a formar parte de una nación, se conjuga con circunstancias internacionales en donde un solo producto de exportación, primero el cacao, luego el café, y después y en los últimos cien años el petróleo, se convierte en el principal, casi único y sobrepreciado medio de intercambio con el exterior moderno, de donde proceden o dependen la mayoría de los bienes y aun servicios que consumimos, entonces, como uno de los síntomas de la llamada "enfermedad holandesa" que comentamos hace poco, en el artículo de inicio de esta serie sobre la sociedad venezolana, el facilismo sobreviene y se hace casi inevitablemente endémico.

Cuando el 90% de las divisas extranjeras se obtienen mediante la exportación de un sólo producto, en cuya generación interviene menos de un 1% de la fuerza de trabajo y en un país que, en buena medida a consecuencia de una historia martirizada y disociada -como quisimos demostrarlo en nuestra subserie de artículos de julio de 2009-, posee una estructura productiva atrofiada y estatista, una muy débil estructura familiar, un falso sistema educativo y un ambiente mediático que incita al consumismo desmedido, entonces el facilismo, y su corte de calamidades, el inmediatismo, el rentismo, la especulación, la corrupción, el derroche, la violencia, el narcotráfico, la prostitución, el desprecio por la vida, el superficialismo, la inconstancia, la indisciplina, la pereza mental, la manipulación, la demagogia, el clientelismo, el electoralismo, el oportunismo político, y podríamos añadir cien vicios más, proliferan silvestremente en la selva cultural criolla, o sea, no hay necesidad de que nadie los promueva o enseñe pues crecen y se multiplican solos.

En Venezuela, no importa que proyecto o tarea se emprenda, resulta siempre que hay una manera más fácil y rápida de acometerlo, que compite con la vía del esfuerzo y el trabajo, y que consiste en conectarse a alguna palanca, abusar de alguna instancia de poder, buscar a algún intermediario apropiado, enchufarse a alguna de las tomas de recursos financieros, previo el pago de la debida comisión y/o sobreprecio, o simplemente pedirle, quitarle, engañar, explotar, robar, extorsionar o sobornar a alguien que disponga de los medios necesarios, no pocas veces también obtenidos inmerecidamente o con poco o ningún esfuerzo. El resultado lamentable de este síndrome es que ningún problema que demande dedicación, empeño, creatividad, tenacidad, paciencia, visión, conocimiento, etc., o sea, ningún problema real o merecedor de tal nombre, se resuelve jamás por completo. Así las calles nunca terminan de acondicionarse, las aceras de limpiarse, la basura de recogerse, las autopistas de concluirse, los alimentos de producirse, las escuelas de mantenerse, los delincuentes de atraparse, las familias de consolidarse, las leyes de respetarse, la corrupción de erradicarse, las autoridades de obedecerse, los programas políticos de elaborarse, las comunidades de organizarse, los funcionarios electos de controlarse, la libertad de ejercerse, las necesidades de satisfacerse, o, en síntesis, la vida de vivirse.

Con semejante y vernáculo estilo patas arriba, una de las expresiones que más se oyen cuando los venezolanos regresan de cualquier parte en el exterior, incluyendo a Maicao, Cúcuta, Arauca, Puerto Carreño, Maicao, Casuarito, La Línea, Boavista, Puerto España, Willemstadt o Bonaire, apenas al salir de nuestras fronteras y muchas veces a pequeños poblados, y por supuesto a ciudades y naciones más establecidas al norte o al sur, es la de "es que allá las cosas sí funcionan". Un filósofo amigo me dijo una vez, a su regreso de un viaje a España, que tenía la sensación de estar regresando de la realidad para entrar a la ficción; un japonés que vivió en el país en los años setenta, como representante de una transnacional, y regresó de visita hace poco, le dijo discretamente a una amiga "y por lo que veo todavía siguen en el mismo desorden..."; un pariente que pasó unas semanas en un país nórdico me comentó que apenas al llegar al aeropuerto de Maiquetía había vuelto a sentir, con el acoso para la compra de dólares y el acarreo de maletas, el despelote criollo; una gringa que pasó unas horas en un aeropuerto nuestro antes de embarcarse para su tierra, estuvo observando a muchos funcionarios en sus desempeños y se atrevió a decirme "but, I really don't understand what is their job..." ("pero la verdad es que no entiendo en qué consiste su trabajo...").

Hace días, en un foro electoral en el IESA, al que me invitó mi amiga Margarita López-Maya, un joven profesional con pinta de extracción social muy acomodada, casi en la víspera de ser enviado por su familia a cursar un posgrado en el exterior, contó brevemente algunas de sus desventuras recientes en varios robos y delitos de que había sido objeto, incluyendo el despojo de su 4x4 y un secuestro express en donde lo dejaron desnudo en las afueras de Caracas, y destacó que lo que más le había dolido, en este último, no fue que lo abandonaran en un matorral y sin ropa, al punto de que creyó que iban a matarlo, sino que los malandros le dijeran al despedirse: "y esto te lo hacemos porque te lo mereces, pues ustedes tienen la culpa de que nosotros estemos jodidos...".

Desde nuestra perspectiva, este no es sino un botón de muestra acerca de como la cultura de la exclusión está haciendo cortocircuito con la del facilismo, no pocas veces con la yesca de la insensibilidad opositora y la chispa del incendiario discurso presidencial, lo que refuerza nuestra convicción no sólo de que carece de sentido optar por los términos del dilema falso al que nos quieren someter oficialismo y oposicionismo, sino de que es imperativo explorar nuevas opciones de superación real de nuestra enmarañada crisis cultural, económica, política, educativa y, por ende, social.

El malfuncionamiento cotidiano de nuestras instituciones, que a menudo nos causa hasta gracia y es motivo de chistes entre nosotros mismos, es sólo una de las manifestaciones, quizás de las más light o ligeras, de esta cultura del facilismo. La inseguridad, la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, la prostitución y el sicariato, flagelos indudablemente heavies que también nos azotan, y que constituyen factores de peso a la hora de que muchos emigren, son igualmente y como mínimo subproductos indirectos de esta hibridación cultural de la exclusión, de un lado, y el facilismo y el destrabajo, por otro.

Buena parte de los los comportamientos antisociales que nos escandalizan tienen su asidero en malformaciones culturales que se complementan viciosamente con nuestra bizarría económica y social, en general, y no podrán erradicarse jamás si no se afectan sus soportes. No dejaremos de insistir aquí en que el problema de la inseguridad, por poner un caso, que tanto nos golpea a los de clase media, no podrá solventarse jamás sin una mucha mayor cohesión e identidad social y ética, y productividad, lo cual pasa no por más repartos y piñatas generadores de ilusiones de bienestar, como lo está pretendiendo el gobierno, sobre todo en días electorales, sino por la generación de empleos estables y oportunidades de capacitación e incorporación al mundo productivo, con miras a la generación de productos y servicios que satisfagan nuestro cúmulo de necesidades insatisfechas, y por una mayor organización de la colectividad toda en las labores de prevención y combate del delito.

Y, con un calibre aún más grueso, esta secular complementación viciosa entre exclusión y facilismo, o entre polarización social y destrabajo, es también el pilar fundamental en que se ha asentado, apadrinado además por intereses externos e internos que medran de nuestras incapacidades y desdichas, nuestra cultura de la dependencia, nuestra irrefrenable manía de creer que son otros los causantes de nuestros problemas y que serán otros los protagonistas o antagonistas a la hora de hallarles solución. Dependencia que nos empuja a que cada vez que intentamos impulsar procesos de búsqueda de salidas sustentables a nuestras crisis, no aguantamos dos pedidas o presiones externas para desistir de nuestros propósitos.

Tal fue lo que nos ocurrió hace doscientos años, cuando la gesta independentista, con la activa participación y el valeroso sacrificio del pueblo pobre y de colores tintos, mas también, pues no es posible reeditar la historia, con el decidido liderazgo y orientación de gruesas porciones de la clase acomodada y de pieles pálidas, cuyo principal exponente fue el mismísimo Bolívar, cuando, tras dos décadas de sacrificios más que heroicos de todos, cierta oligarquía recalcitrante optó por regresar a las faldas de la tutela borbónica, so pretexto de una confrontación con el imperialismo y el protestantismo anglosajón. O lo que nos pasó, tras la muerte del tristemente longevo dictador Gómez y otra vez después de dos décadas y pico de luchas y combates por la democracia, contra la dictadura y por la modernización, con intervención activa no sólo del pueblo laborioso y pobre sino también del estudiantado y profesionales de clase media, intelectuales, artistas y cierto empresariado progresista, cuando un genuino proyecto nacional fue de nuevo abortado en la arena de fundamentalismos importados que hicieron de la lucha en favor o en contra del imperialismo, o del socialismo soviético-cubano, el nuevo y estéril centro de gravedad de las luchas. O, en carne propia, lo que nos está pasando hoy, cuando treinta años de luchas contra la corrupción, el clientelismo y la incapacidad de los partidos puntofijistas, en donde, una vez más, participaron múltiples fuerzas sociales y políticas, y que cristalizaron en la Constitución de 1999, están siendo abortados en el altar de una falsa confrontación entre capitalismo y socialismo, mercadismo y estatismo, liberalismo y totalitarismo, Estados Unidos y Cuba, que nadie explica ni entiende, y que amenaza con despeñarnos por el abismo de una guerra civil disfrazada dizque de lucha de clases.

No, no y no. No apoyamos la fantasía socialista no factible ni sustentable del Presidente, su PSUV, su gobierno y su pretensión de secuestrar los recursos del Estado, los símbolos patrios y hasta las esperanzas y el coraje del pueblo; y tampoco la insensibilidad opositora que intenta manipular el descontento y la frustración con el chavismo y el "socialismo", para revivivir, restaurar y relanzar los partidos y el modo de vida contra los que hemos luchado durante buena parte de nuestras vidas. Ambas falsas alternativas comparten, entre otros muchos elementos, la ilusión de querer superar nuestra crisis manteniendo inalterada la cultura de la exclusión y el facilismo que está en los tuétanos de todos nuestros padecimientos.

(Estamos a horas de iniciar la publicación, que saldrá a ritmo acelerado y con intenciones de ponernos al día con el lamentable atraso del blog, de una subserie sobre la política y las elecciones parlamentarias venezolanas. No se la pierdan, y tranquilos que el equipo si no gana por lo menos se recupera...).

martes, 3 de agosto de 2010

La cultura venezolana (I): La exclusión y sus secuelas

Hace años -está bien, muchos-, cuando, recién convertido en un joven veinteañero, me hallaba bajo el influjo de decenas de Valores humanos (programa televisivo), "Pizarrones" (columna dominical en El Nacional) y de las obras completas de Uslar Pietri, con su novela Un retrato en la geografía a la cabeza, decidí que estaba harto de nada más que ver de lejos y oir hablar de marginalidad y pobreza, y me fui a conocer los barrios de San Agustín del Sur: El Manguito, Hornos de Cal, El Mamón, Marín, La Charneca, etc., que quedaban cerca de mi casa en la Avenida Victoria, en Caracas, para hacerme de opiniones propias sobre el asunto y hacer algo útil que contribuyera a remediar o mitigar tal pobreza.

Fue así que, a comienzos de los setenta y durante varios años, frecuenté regularmente estos barrios, me hice miembro del Club Social El Manguito y tuve allí buenas amistades, de las que todavía conservo algunas, y no pasó mucho tiempo antes de que constatara las severas limitaciones de mi visión uslarpietresca de la vida. El mayor de los sacudimientos que experimenté consistió en descubrir otra cultura, otra manera de entender la importancia de las cosas, dramáticamente diferente de la mía. La lucha por satisfacer las necesidades alimentarias, vestuarias, de servicios básicos de luz, aguas blancas y negras, aseo urbano, y de transporte de cada día, así como la obtención de empleos, que en mi medio se daban por sentadas, ocupaba el centro de conversaciones, preocupaciones y aun angustias e impotencias. La salud, en cambio, no recibía mayor cuidado, era concebida como una cuestión de tener buena o mala suerte a la hora de enfermarse, y no era infrecuente que tanto niños como personas de apenas treinta o cuarenta años muriesen de enfermedades, como fiebres, gripes, diarreas y asmas, a las que había creído relativamente inofensivas. Algo parecido ocurría con la inseguridad, que, pese a que era mucho menor que en nuestros días, se tenía por un asunto delicado pero que sobrevenía como por azar y no dependía de la colectividad. Opuestamente, las lecturas, el cine, los museos, los programas culturales, el estudio, asuntos centrales en mi cosmovisión, recibían escasa o nula atención; la música, lejos de ser asumida como una especie de alimento para el espíritu, era entendida como mera distracción o acompañamiento de tragos, cuando no como insumo para el baile. La educación era vista ya como una imposición externa o ya casi como un lujo, además exótico en el caso de la superior, pero nunca como una vía para la superación (idea esta prácticamente ausente, pues el mundo se veía como fatalmente adverso), y recuerdo haber participado en campañas para convencer a muchas madres de que enviaran a sus niños al Colegio de Fe y Alegría, cuya mensualidad era de dos bolívares de entonces (unos cuatro bolívares fuertes de ahora ó cuatro mil de los débiles viejos), pero que ellas preferían gastar en otros menesteres prioritarios.

Lo más impresionante de todo resultó ser que en aquella otra mitad de venezolanos no existía una noción de pertenencia a una nación única, junto a los demás, ni tampoco se hablaba jamás de marginalidad ni se disponía de un discurso para hablar de sí mismos o de la necesidad de incorporarse al resto del cuerpo social, sino que se veía a los "de abajo", a los "finos" o no moradores de cerros, a la gente como yo, como los miembros de algo parecido a un país extranjero al que ellos no pertenecían. De manera análoga terminé percatándome de que en este otro mundo, el mío, no hablábamos de, ni teníamos vocablos para, designar nuestra condición de establecidos, incluidos o habitantes del valle, sino que simplemente eramos los "normales" y los veíamos a ellos como "la gente de los cerros" o "los marginales". Cada fracción veía a los demás como los otros.

Recuerdo haber oído incontables relatos de redadas policiales, desprecios y abusos sufridos en la calle o en diversas instituciones o trabajos, cacheos humillantes, desatenciones al solicitar algún servicio, persecuciones, decomisos y matraqueos por andar vendiendo buhonerías en las calles, violaciones de adolescentes y casi niñas que daban lugar a maternidades precoces, o actos de violencias incomprensibles, que carecían de sentido en el ambiente en que me había movido hasta entonces. El simple hecho de bajar a las calles de la ciudad implicaba asumir riesgos para los que había que estar preparado, y era cosa frecuente que la gente no regresará sino días después de su salida, pues se les retenía y golpeaba en comisarías y jefaturas civiles por cualquier motivo. Y, sobre todo, alguna vez me quedé atónito al escuchar, cual cosa corriente, que si alguno de ellos, por ejemplo, oía a otro emplear una palabra poco cotidiana o lo veía vestirse con un atuendo fuera de lo usual, le decía que parecía "un tipo de la sociedad", implicando que ellos no pertenecían a ésta.

Desde el Club organizamos numerosas campañas en pro del mejora- miento de los servicios básicos, con resultados nada despreciables, aunque siempre después de largas gestiones y tediosas colas, demoras y prórrogas ante los organismos burocráticos del Estado, en materia de instalación de alumbrado eléctrico, servicios de cloacas, aguas blancas colectivas y aseo urbano colectivo. También organizamos numerosas verbenas, visitas a parques y playas, fiestas para niños y jornadas de limpieza, que bastante contribuyeron a la integración social del barrio; aunque mucho de esto se perdió cuando, a partir de 1974 y con la inmigración masiva de colombianos, dominicanos, bolivianos y afines, la inseguridad se tornó insoportable aun para muchos de ellos, nacidos o criados allí, al punto de que buena parte de los miembros del Club decidieron emigrar y fundar un barrio de acceso restringido en las afueras de La Victoria, estado Aragua, en donde todavía viven y desde donde se desplazan diariamente a Caracas.

Lo más difícil, y donde los resultados fueron más magros, fue intentar promover el acceso a empleos, y allí entendí lo que querían decir ciertos economistas con la expresión desempleo crónico. Las dificultades empezaban con la muy escasa, salvo las ocasionales y difíciles de aprovechar plazas en obras de construcción, demanda de puestos de trabajo para personal poco calificado, y continuaban cuando los empleadores privados, así como los policías, vigilantes y funcionarios públicos, demostraban cierto curioso olfato para detectar y discriminar la condición social de los habitantes de los barrios en base a sus maneras de hablar, de razonar, de vestir y hasta de identificarse, pues para ellos resultaba difícil, en circunstancias en que, ante los ojos de los funcionarios de identificación, los más carecían de una dirección formal, hasta la mera obtención de una cédula.

En esas experiencias descubrí lo que luego, y también aquí en el blog, comenzaría a llamar, con otros, las raíces estructurales de la pobreza, y también a darle un significado vivencial y concreto tanto a las estadísticas sobre el tema como a mi vocación y compromiso por contribuir a superar los graves problemas sociales de nuestro país. Desde entonces entendí el porqué de la enorme influencia que los aspectos económicos tienen sobre las maneras de ver el mundo de las personas, vi claro que sin una atención seria a los problemas de capacitación y empleo es muy poco lo que puede hacerse en materia de impulsar un estilo de desarrollo sustentable, y desde entonces quedé en condiciones de entender, entre muchos otros aspectos cruciales de nuestros comportamientos y valores culturales, el porqué de que esta parroquia de San Agustín, que nunca antes había recibido las atenciones que ha tenido con el gobierno de Chávez y que se ha vuelto, con el Metrocable, una especie de parroquia mimada, haya estado dispuesta, como la mayoría de las zonas más depauperadas del país, a votar por cualquier proposición que el Presidente les haga.

Sin embargo, lo más importante de lo que allí aprendí fue que la dualidad, asimetría, marginalización o exclusión social, heredada tras siglos de empeño por construir una sociedad estamental, con personas de diferentes categorías o condiciones sociales, y que no pudo ser transformada por las luchas de la independencia, es una especie de madriguera cultural en donde se crían buena parte de los valores imperantes en la sociedad venezolana. Valores de soberbia, autosuficiencia, prepotencia, arribismo, insensibilidad, elitismo y afines, de un lado, y de sumisión, impotencia, resentimiento, afán retaliativo, baja autoestima, bajo afán de superación, desconfianza en el futuro, propensión a la violencia, y afines, del otro, que se refuerzan mutuamente como caras de una moneda. Y cuando aquí digo de un lado y del otro no me refiero simple ni principalmente a las casi mitades más pobre y menos pobre en que está escindida la sociedad venezolana, sino al carácter dual o polarizado de nuestra propia cultura dominante, que una y otra vez y en múltiples circunstancias se manifiesta imbuida de estos dos polos de valores contradictorios.

La sociedad tradicionalmente establecida y muchos de sus defensores ponen el grito en el cielo e intentan demostrar que antes, con AD y COPEI, se vivía mejor, de donde se deduce que de lo que se trata es de restaurar un orden social perdido y amenazado por la marea chavista, con lo cual no hacen sino dejar al desnudo, por una parte, su insensibilidad social y su incapacidad para entender el porqué de todo lo que está ocurriendo en Venezuela, pero también, por otra, su baja autoestima y su impotencia para contribuir a impulsar una transformación social profunda. El gobierno, abanderado de los pobres y los tradicionalmente excluidos, que fue originalmente electo para promover un cambio democrático, modernizador e incluyente, como el que claramente se expresa en la Constitución, formalmente vigente, de 1999, la cual dio continuación a los planteamientos tanto de nuestros libertadores como de los forjadores de nuestra chucuta pero no despreciable democracia, ha terminado por dejarse llevar por un afán de venganza, autoritarismo, prepotencia e intolerancia, como si quisiera voltear la tortilla y ocupar el lugar que hasta ha poco detentaban los sectores privilegiados, pretendiendo convertir a estos y a la mayoría de las capas medias en los nuevos excluidos.

El resultado es una sociedad desgarrada e impotente para ocuparse de sus problemas seculares y coyunturales, y amenazada con desesperarse y desangrarse en una guerra civil, de la que milagrosamente y solo gracias a una oportuna intervención externa, escapamos hace unos pocos años. Una sociedad que no termina de asumirse como una nación sino como dos conglomerados que se excluyen y se acusan uno al otro de ser los culpables de la no solución de problemas de los que, en definitiva, nadie tiene tiempo ni disposición a ocuparse. El discurso político opositor dominante, que no hace sino condensar el mucho más soberbio y desamorado discurso discriminatorio que se escucha a diario en las conversaciones de buena parte de los sectores establecidos, no contiene invitaciones a la incorporación de, o el ofrecimiento de nuevas oportunidades a, los excluidos, sino que se contenta con declarar su rechazo al rumbo que han tomado las cosas con Chávez. Y el sector oficial, por su lado, con sus constantes amenazas de barrido, aplastamiento y demolición de la oposición, con su desprecio a los "escuálidos" -sin importar que ya sean más de cinco millones de venezolanos-, su uso permanente de un lenguaje belicista de armas, batallones, escuadrones, milicias, guerrillas, combates, guerras y héroes militares, no pocas veces con sus soportes materiales a la vista, pareciera empeñado en lograr la derrota de medio país a manos de la enfurecida otra mitad.

Toda la cultura venezolana, desde donde quiera que la miremos, discursos o textos, encuestas o estudios, atuendos o usos, espacios o tiempos, valores o símbolos, necesidades o libertades, está escindida o como mínimo resquebrajada de manera semejante. Esto es tratado por buena parte de los voceros opositores bien como un hecho natural e indigno de atención especial, o bien como una culpa más del Presidente por soliviantar los ánimos y haber inventado la polarización social; mientras que éste y sus adláteres se eximen de responsabilidades acusando a los otros de hipócritas, asegurando que simplemente responden a una situación de hecho y anterior a este gobierno, y alegrándose de paso pues ven allí una confirmación de su postulado magno de la lucha de clases como motor de la historia.

Si la política es una respuesta a las necesidades, de cara a los valores encontrados o los conflictos de intereses de la gente, entonces esta realidad de la exclusión y sus secuelas culturales tendrá que ser absolutamente tomada en cuenta. No vemos posibilidades de salir de este atolladero tomando partido por alguno de los bandos en pugna. Por ello y en principio, apostamos al despertar y maduración política de los venezolanos actualmente no polarizados políticamente, y, preparando el terreno para los análisis y propuestas que dentro de poco formularemos, consideraremos como acertadas aquellas políticas que contribuyan a la erradicación real de la pobreza y tiendan hacia la superación pacífica de la exclusión y sus implicaciones culturales, y como erradas aquellas que tiendan a perpetuar una o agudizar las otras. Y, especialmente, entenderemos que las peores políticas son aquellas que inciden en alimentar la escalada de acciones retaliativas y perdedoras en que estamos inmersos, en donde cada polo político intenta justificar sus propios fundamentalismos, abusos y reacciones agresivas como respuesta defensiva ante los del otro.


martes, 27 de julio de 2010

La economía venezolana (IV): Pobreza, riqueza y bienestar

Los términos riqueza y pobreza, como arriba y abajo, caro o barato, bonito o feo constituyen actualmente una pareja del tipo que en el lenguaje científico, inevitablemente impregnado por la lengua inglesa y siempre bajo la égida etimológica del latín y el griego, se llaman términos conversos, con una acepción de este adjetivo lamentablemente todavía no asentada en nuestros diccionarios. Es decir que, dentro de la gran familia de los términos opuestos, que incluye a distintos tipos de antónimos, incompatibles y polares, los conversos implican la existencia de un punto o estado de referencia en relación al cual se definen: cuando digo que algo está arriba, necesariamente debe existir un nivel normal, medio o estándar en relación al cual ese algo queda por encima, y respecto del cual otro algo podría quedar por debajo.

A diferencia de los antónimos, bien con gradaciones intermedias, tales como alto y bajo, caliente o frío, elemental y avanzado, entre los cuales no tiene porque haber términos de referencia, o bien en el caso de que no haya grados entre ellos, como en elástico y plástico, líquido y gaseoso; o de los términos incompatibles, como materia y vacío, cristalino y amorfo, ser y nada, orden y caos, en donde la existencia de uno, al menos en el terreno de la lógica formal, implica la no existencia del otro; o de los polares, como norte y sur, este y oeste, ánodo y cátodo, izquierda y derecha, en donde, al revés del anterior caso, uno no puede existir sin el otro, en el caso de nuestros términos conversos -en una acepción que no tiene nada que ver con el pasarse de un lado a otro-, la clave, aun en circunstancias de que un término exista sin el otro, está en el establecimiento del término o nivel estándar. Mientras que hasta no hace mucho, en las circunstancias de inevitable precariedad en que por tanto tiempo vivió la humanidad, los términos riqueza y pobreza fueron polares, en nuestros días se han convertido en conversos.

Nos hemos detenido en esta cuestión lingüística pues nos luce que una discusión sobre la pobreza en nuestros países, y particularmente en Venezuela, debe arrancar por aclarar que se trata de un término relativo a un estándar o promedio, cuya definición, la de este, es crucial para saber de que estamos hablando. Mientras que la izquierda y la derecha ortodoxas, o de inspiración decimonónica o anterior, se empeñan en hablar de la pobreza como si todavía fuese un término polar con la riqueza, como si para que haya ricos tuviese que haber pobres, y viceversa, lo cierto es que ya es perfectamente posible imaginar un mundo sin pobreza. Uno en donde todos dispongamos de riqueza por encima de un determinado estándar de vida aceptable, al estilo de la pauta que nos sugieren ciertas civilizaciones antiguas, como la Egea [¿han tenido tiempo para leerse El cáliz y la espada, de Riane Eisler, que les recomendé hace tiempo?], o como en vivo y en directo nos lo están mostrando, al cabo de un larga evolución histórica, los países escandinavos, Canadá y otros, en donde cada día más -sin que necesariamente tengan lo mismo- todos son ricos o disponen de riqueza -a la que han comenzado a llamar, quizás más elegantemente, bienestar-, y también cada vez es más cuesta arriba empecinarse en que su riqueza o bienestar sólo es posible a costa de la pobreza de otros o de nosotros. Por el contrario, estos países, con sus modelos de desarrollo, basados en la búsqueda de una profunda identidad nacional, en la capacitación productiva, ciudadana y ética de todos, y en la práctica sistemática de ofrecer oportunidades de educación y compensaciones para los más desfavorecidos, constituyen una cátedra viviente acerca del camino que, tarde o temprano, dependiendo de las terquedades de tantos, podría adoptar la humanidad entera, incluidos, aunque parezca superfluo añadirlo, nosotros los latinoamericanos, hasta nuevo aviso campeones de la inequidad social.

Hechas esas imprescindibles disquisiciones, y apartándonos del lindero a partir del cual nuestros desde hace rato silenciosos lectores, o como mínimo algunos de ellos, empezarían a acusarnos de evasivos respecto de la candente realidad vernácula, empezamos por declarar que la problemática de la pobreza en Venezuela, vital asunto a atender sean cuales sean nuestras preferencias ideológicas y elemento clave para la definición de cualquier política que merezca tal nombre, es absolutamente incomprensible si no nos ponemos de acuerdo en torno al estándar en relación al cual baremaremos o definiremos tal pobreza.

El Gobierno nacional, a través de su Instituto Nacional de Estadística, INE, ha establecido el llamado Valor de la Canasta Básica, equivalente al doble del Valor de la Canasta Alimentaria, como dicho estándar, entendiéndose por tal, por el primero, "el costo de los alimentos que cubren los requerimientos nutricionales de la población, más los recursos monetarios requeridos por los hogares para satisfacer las necesidades básicas no alimentarias (vestidos, calzados, viviendas, servicios médicos, educacionales, etc.)", y, por el segundo, "el costo de los alimentos que cubren los requerimientos nutricionales de la población". De acuerdo a esto, en Venezuela, son oficialmente pobres los hogares cuyos ingresos no alcanzan a cubrir la Canasta Básica, y oficial y críticamente pobres los que no llegan a cubrir la Canasta Alimentaria, datos estos que son regularmente divulgados por el mismo INE. Por su parte, el Banco Mundial, para no depender de las definiciones de los distintos gobiernos en materia de pobreza, establece simplemente una línea absoluta de pobreza, igual a dos dólares de ingreso per cápita ajustados a la paridad de su poder adquisitivo; otra línea de pobreza extrema, igual a US$ 1,25 de ingreso per cápita -actualizada hace poco, después de estar fijada durante varios años en US$ 1,00- igualmente ajustado a la paridad de su poder adquisitivo, y línea que, por cierto, es la que están usando las Naciones Unidas para la evaluación del cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de reducir a la mitad, entre 2001 y 2015, la pobreza extrema y su inevitable correlato el hambre; y otra más, una especie de línea de cuasipobreza, igual a US$ 3,00 de ingreso per cápita, que está comenzando a ser utilizada en ciertos análisis. La Agencia Central de Inteligencia, la impopular CIA de los Estados Unidos, utiliza -en sus datos de The World Factbook, por si acaso públicamente divulgados en Internet (no vaya a ser que algún izquierdista antediluviano venga a acusarnos de...)- los criterios de los distintos gobiernos, pero matizándolos constantemente con acotaciones que ponen de relieve la naturaleza de los criterios usados por estos, y alertando acerca de los distintos significados del término, de acuerdo a sus bases de referencia. Y, finalmente, algunos gobiernos avanzados, como el canadiense, están renunciando al empleo del término pobreza al interior de sus países -en donde ya prácticamente no quedan pobres-, para optar por fórmulas sofisticadas como la de los LICOs (Low Income Cut-Offs, "~Cortes de Bajos Ingresos"), que consisten en tablas de valores de referencia, para distintos tamaños y tipos de familias, según su localización, consideradas en situación de estrechez al tener que gastar el 70% ó más de sus ingresos en alimentación, vivienda y vestido.

Desde el punto de vista de las estadísticas oficiales venezolanas, mas con cálculos hechos por este servidor, en 2006, el año en el cual venimos concentrando la mayoría de nuestros análisis económicos, para un Valor de la Canasta Básica de Bs. F. 847/mes, aproximadamente el 60% de los hogares venezolanos calificaron para la condición de pobreza, con ingresos medios por hogar por debajo de tal valor, mientras que el 25% de los hogares se hallaron en la condición de pobreza crítica, por debajo del Valor de la Canasta Alimentaria, establecido en Bs.F. 424/mes. Esto casi significa que en ese año 2006, en el que por cierto tuvieron lugar las últimas elecciones presidenciales, en donde el actual presidente obtuvo el 63% de los votos válidos, aproximadamente dos de cada tres venezolanos se encontraban, oficialmente, en situación de pobreza y uno de cada cuatro en la de pobreza crítica.

Lo anterior, que de por sí implica que alrededor de las dos terceras partes de los venezolanos no pudieron, en ese año 2006 de referencia, satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, vestido, vivienda, transporte, salud y comunicaciones, se torna aun más grave si observamos que, de acuerdo a la III Encuesta Nacional de Presupuestos Familiares realizada por el Banco Central de Venezuela (a fines del año anterior), resulta que el 60% del presupuesto de los hogares venezolanos, en promedio, se gastó en alimentos, transporte y vestido, y sólo menos del 7% en vivienda, 6% en comunicaciones, 5% en esparcimiento, 5% en salud ó 3% en educación. De aquí derivamos, si tomamos en cuenta que, según nuestro conocimiento directo de la realidad local, en 2006 era prácticamente imposible obtener, en las grandes ciudades del país, un inmueble razonablemente construido por menos del equivalente a un alquiler mensual al menos igual a la mitad de la Canasta Básica o a la Canasta Alimentaria, o sea de Bs.F. 425/mes, que los actuales indicadores de pobreza en realidad están fuertemente subestimados, puesto que parten de la premisa de que los hogares prácticamente no gastan en vivienda, o sea, que suponen como normal que buena parte de la población deba vivir en ranchos, viviendas improvisadas, viviendas invadidas, viviendas con alquileres ficticios congelados por el gobierno, viviendas actuales o heredadas de los padres, etc., que son las únicas que pueden cubrirse con los exiguos presupuestos efectivamente disponibles para vivienda, por debajo de aproximadamente los Bs.F. 100/mes. O, lo que es lo mismo, la atención a las necesidades básicas de alimentación, vestido y transporte tiene lugar, para una gran mayoría de la población, al precio de la desatención, para efectos prácticos, de las necesidades de vivienda, salud, comunicaciones, esparcimiento y educación, lo que implica que, si se estableciese algo así como un Valor de la Canasta Básica Real, en la onda de un LICO canadiense, que tomase en cuenta el costo real, o de oportunidad, de satisfacer adecuadamente todas las necesidades básicas y apuntase a la erradicación de los cinturones de miseria de nuestras principales ciudades, nuestros índices de pobreza real serían mucho mayores.

Los indicadores que suele enfatizar el gobierno, que destacan logros en materia de reducción de la pobreza crítica, o sea del hambre, en base a programas no sustentables de distribución de alimentos, con, por ejemplo, la Misión Mercal, aunque no deben ser desestimados, es claro que no constituyen una respuesta de fondo a la problemática de nuestra lacerante pobreza real. Complacernos en la revisión de avances en la reducción de la pobreza crítica, sobre todo si se basan en la importación y distribución masiva, y no pocas veces despilfarradora, de alimentos importados, es una nueva manera de engañarnos o de intentar ocultar el hecho de que, en términos reales, Venezuela ha venido perdiendo terreno, incluso en el plano latinoamericano, en términos de la calidad de vida de su población.

Mientras que a comienzos de los años sesenta, Venezuela asombraba al mundo con sus indicadores de ingreso per cápita en el orden de los
US$ 1 000 a 2 000, que rozaban los de las naciones europeas y las dos grandes norteamericanas y excedían marcadamente los de todas las naciones latinoamericanas y asiáticas, incluyendo a Japón y Corea del Sur, y amenazaba con convertirse en un milagro capaz de erradicar su pobreza, en la actualidad la tendencia es hacia el rezagamiento en términos reales, no sólo en relación a toda Europa, Norteamérica, Oceanía y Asia oriental moderna, sino inclusive a naciones latinoamericanas en acelerados procesos de modernización como Chile, México, Brasil, Argentina y Uruguay, a las que pronto se sumarán al menos Costa Rica, Colombia y Perú. Venezuela, repetimos, no desde que comenzó el actual gobierno, sino por lo menos desde 1978, ha estado sumida en un proceso, quizás único en el mundo, de estanflación prolongada, que apenas resulta maquillado por las apariencias de bonanza que periódicamente crean las alzas en los precios del petróleo.

Las perspectivas del Banco Mundial y de las Naciones Unidas, de repente concebidas para hacer más digeribles las cifras del hambre en el Tercer Mundo africano, nos colocan en una posición más alentadora y menos dramática, y soportan mejor las reivindicaciones de progreso en materia de superación de la pobreza que viene haciendo el gobierno. Según estas cifras, la referencia, para efectos del logro del Objetivo 1 del Milenio, en Venezuela, es la de reducir a la mitad, para 2015, la pobreza extrema del 14% de la población que, en 2001 (o en el promedio 1995-2003), vivía con ingresos inferiores a US$ 1,25 per cápita diarios. De acuerdo a las cifras divulgadas por esos organismos en Internet esta meta ya se habría logrado, y mucho antes de 2015, pues para 2006 tal pobreza extrema, sinónimo del hambre desatada, fue calculada en sólo 3,53%. Esto significa, tomando en cuenta que el hogar promedio venezolano consta de 4,2 personas según el INE, que sólo 3,53% de los hogares tendrían ingresos por debajo de US$ 5,25 ó Bs.F. 338,6/mes, al cambio de la época de Bs. F.2,150/US$ , cifra que está muy por debajo del Valor de la Canasta Alimentaria fijado por el propio gobierno, y también de cualquier estimación de alguien que haya vivido aquí durante ese año 2006 y que bien sabría que no era posible, para una persona, ni siquiera alimentarse a duras penas con US$ 1,25 ó BS.F. 2,69 diarios, que es mucho menos de lo que cualquier mendigo o indigente percibía diariamente, aun tirado en la calle. La línea de pobreza, a secas, del Banco Mundial, para 2006 en Venezuela, es decir, la de un ingreso de menos de US$ 2,00 per cápita diarios cubriría a un 10% de la población, mientras que la de cuasipobreza, que aproximadamente coincidiría con la de pobreza crítica del gobierno, de US$ 3,00 diarios per cápita, comprendería a un 21,5% de la población. (Es muy probable que estas distorsiones, que nos presentan internacionalmente con mucha menos pobreza que la que apreciamos por dentro, tengan mucho que ver con las casi ficticias tasas oficiales de cambio, con una pronunciada sobrevaluación del bolívar, y apreciaríamos si algún lector economista o más ducho en estos asuntos nos ayudase a comprender mejor la cuestión).

La CIA, por su lado, en su The World Factbook, publicado en Internet, señala para Venezuela, al final del año 2005, un 38% de la población por debajo de la línea de pobreza, la que también resulta muy inferior a la calculada por nosotros con base en los datos sobre ingreso de los hogares publicados por el INE en sus Indicadores de la fuerza de trabajo, Total Nacional: Primer semestre 2006, y en los valores de la Canasta Básica y la Canasta Alimentaria publicados en el Índice y entorno del desarrollo humano 2006.

Y todo esto contrasta marcadamente con lo que resultaría si, por ejemplo, aplicáramos un criterio como el canadiense, aun con el más bajo de sus LICOs para una familia de cuatro personas, según el cual una familia padecería estrechez económica si, en 2006, hubiese percibido menos de $ 26,579 anuales, o sea, de alrededor de Bs.F. 57 145 anuales o Bs.F. 4 762 mensuales, con lo cual prácticamente todos los venezolanos, salvo unos pocos ricos en serio, habríamos quedado en situación de estrechez económica. (Por si acaso quedan dudas, no sobra decir que, por ejemplo, en los más completos estudios de mercado realizados en el país, como el Entendiendo al consumidor venezolano: Hábitos de consumo y el alcance de los medios, ordenado por El Nacional, siempre en ese mismo año 2006, el ingreso mediano del llamado "Estrato AB", el más acomodado y que incluía a sólo el 5% de la población no marginalizada -o sea, excluyendo al "Estrato E", que por sí solo comprende a por lo menos el 40% de la población-, era de sólo Bs.F. 3 006/mes, por lo cual, según los estándares canadienses, incluso buena parte de los dizque privilegiados de aquí allá caerían dentro del rubro de quienes viven con "estrecheces económicas" con base en algún LICO...). (Da la impresión de que en Canadá y otros países, como los escandinavos, que hace rato han logrado superar la problemática polar de la pobreza versus la riqueza, se estuviese tendiendo a hablar cada vez más de bienestar versus estrechez, que serían los términos conversos sustitutos).

Consideramos que la seria discusión de estos asuntos es absolutamente indispensable para la elaboración de cualquier política realmente transformadora en el país. Pretender interpretar los resultados electorales de 2006, por ejemplo, haciendo caso omiso de la aplastante realidad de nuestra pobreza, es como querer tapar el sol con un dedo. Incluso si se rechaza cualquier linealismo que pretenda una equivalencia exacta entre la pobreza y los votos por Chávez, el único candidato que entonces logró proponer una esperanza de mejoramiento de la calidad de vida para los pobres, es claro que existió y existe todavía una estrecha conexión entre ambos factores. La disputa entre oficialismo y oposicionismo que atestiguamos diariamente tiene demasiado que ver con una lucha soterrada entre pobres y no pobres.Y algo parecido podría decirse de, por lo menos, las votaciones de Acción Democrática durante todo el largo período desde 1947 hasta 1993, y, en menor medida, de las votaciones de COPEI y Caldera, que por lo general representaron un voto castigo contra AD. Nos guste o no, la política venezolana, desde 1947, o sea, desde que se estableció el voto universal, directo y secreto para todos los ciudadanos mayores de 18 años, ha girado en buena medida en torno a la captación -y, demasiado a menudo, la manipulación- de los votos de la mayoría pobre de la población. La regla no escrita de la política venezolana es que las elecciones las ganan quienes logran asegurarse el apoyo del grueso de la población pobre, con el triste añadido de que, en el fondo, es muy poco lo que se ha hecho en nuestro país, en los últimos treinta años, al menos, por erradicar las causas profundas de tan persistente pobreza, pues, para efectos prácticos, todo ocurre como si tuviese sus ventajitas el contar con un electorado tan fácilmente comprable...

Acerca de qué hacer ante estas duras realidades, de las que poco gustan de hablar nuestros políticos, incluso en épocas electorales como esta, volveremos próximamente.