Cuando un bebé o infante preescolar se topa con un nuevo objeto, que atrapa su atención, una vez vencida su perplejidad inicial lo agarra, lo mira desde distintos ángulos, lo voltea, sopesa, lanza, huele, lame, frota, abre, chupa, oye, empuja, arrastra, deja caer... hasta que en algún momento, saciada su curiosidad de conocimientos, se da por satisfecho y, si no hay un adulto cerca que identifique o le diga el nombre del objeto, él mismo, con un sonido o expresión singular, puede asignarle uno. En contraste, ante el mismo u otro objeto desconocido, si es que logra despertar su interés, el niño, adolescente, joven o adulto egresado de nuestro sistema educativo y masajeado por años de socialización y exposición a los medios de comunicación, típicamente empieza por preguntar qué es o cómo se llama o se come eso, luego sigue con algo como que de qué marca es, quién lo trajo, dónde lo compraron o cuánto vale, y así hasta que, guardando reservas o distancias, de repente llega a sentirse orondamente conocedor.Entre ambas posturas media la intervención, por años, de padres, maestros, locutores, jefes, políticos, sacerdotes..., que han querido resolver con dogmas y palabras y sin interacción con lo real el problema del conocimiento. En sus límites, el académico absoluto aspira a captar o, si no, sufre por no captar, si posible solo, dentro de una cueva oscura, inodora y silenciosa, y a partir de un fugaz destello procedente de un objeto exterior que entre por una rendija, nada menos que la esencia verdadera, inmutable, eterna e infinita de tal objeto.
Aunque sabemos que es tarde para -y seguramente imposible- recuperar la pureza del enfoque de conocimiento del infante, aquí insistiremos una y otra vez en reivindicar el empleo de múltiples perspectivas para conocer y transformar nuestras realidades latinoamericanas. En la entrega anterior insistíamos en la necesidad de transconocer o traspasar las barreras que se interponen al conocimiento; en ésta, a manera de continuación, abordaremos la problemática análoga, y complementaria, de la acción, de las transformaciones tangibles o físicas a través del trabajo u otras prácticas colectivas en el mundo real, a las que, para enfatizar ahora el imperativo de romper las divisiones que nos aíslan o contraponen cuando actuamos separada, competitiva o ambiciosamente, llamaremos transactuaciones fraternales. Obsérvese, por el momento, que no estamos hablando de actuaciones simplemente sino de actuaciones con otros e inspiradas en sentimientos de fraternidad hacia y por esos otros.
Así planteadas las cosas, el primer tipo de división de la acción o del trabajo que tenemos que confrontar es el que antepone el propósito a la ejecución de la acción, o la comprensión de los problemas a la búsqueda e implementación de las soluciones. "Barre aquí...", "repara esto...", o "llévale este paquete a fulano...", le decimos al empleado, obrero o mandadero, sin explicar el propósito o sentido de tales acciones ni motivarlo para que las realice con calidad, y luego nos quejamos de que todo siga sucio, se vuelva a echar a perder o se entregue con retardo. La separación, inadvertida o deliberada y a menudo tajante, entre la comprensión del porqué, para qué, cuándo y para quién de los problemas, por un lado, y la búsqueda e implementación creativa e iterativa -o por aproximaciones sucesivas- del cómo y con qué, o sea de soluciones eficaces, eficientes y efectivas, por otro, es, entre nosotros, la más frecuente y contraproducente forma de división del trabajo.
Luego están las marcadas divisiones, en el tiempo, espacio y/o recursos manejados, entre especialidades o tipos distintos de agentes, trabajadores o usuarios, con sus respectivas potencialidades pero también con sus sesgos y vicios. Los médicos sanitaristas diagnostican la enfermedad, los economistas hacen el estudio de mercado del medicamento, los farmacólogos y químicos analizan el producto en el laboratorio, los ingenieros químicos diseñan el proceso de fabricación, los ingenieros mecánicos hacen los planos de construcción, los inversionistas aportan el capital, los constructores e ingenieros civiles construyen la infraestructura, los procuradores licitan y seleccionan los equipos, los fabricantes fabrican éstos, los instaladores los montan, los operadores los ponen a funcionar, los gerentes planifican, los supervisores supervisan, los vendedores mercadean, los repartidores distribuyen, los farmacéuticos despachan según las prescripciones de médicos internistas, pediatras o geriatras, los pacientes consumen... y así sucesivamente, hasta que resulta, por ejemplo, que el problema de sobrenutrición, diagnosticado inicialmente, termina siendo atacado con... ¡píldoras antiácidas y antiflatulentas ampliamente publicitadas para combatir el malestar estomacal!
Ya para concluir, están los huesos más duros de roer, vinculados a la existencia de diferentes modos de trabajo, inherentes a los distintos modos de producción y de vida reinantes en nuestra región latinoamericana. Están los modos artesanales o inactivos de quienes solo aprenden por experiencia propia o imitación de otros, como desde hace milenios aprendió a trabajar nuestra humanidad; los modos técnicos o reactivos de quienes pueden interpretar información, llevar registros y documentar su trabajo, y corregir errores o desviaciones mediante el uso de normas, aprendidos en Occidente desde alrededor de no más de una docena siglos; los modos tecnológicos o preactivos de quienes, desde hace sólo uno o dos siglos y con frecuencia unas pocas décadas, aprendieron a elaborar modelos y prototipos, realizar experimentos y optimizar soluciones a los problemas; y, apenas naciendo, los modos sociotecnológicos o socioactivos de quienes, además de modelos científicos, pretenden incorporar valores éticos y estéticos a la búsqueda de mejores y más humanas soluciones a los problemas. Entre estos diferentes modos de trabajo se yerguen las más infranqueables divisiones, entendidas casi como si separasen intervenciones de especies biológicas distintas, y que han servido y siguen sirviendo para justificar mil discriminaciones e injusticias, por lo cual es en esta esfera donde se someten a la más dura prueba nuestras vocaciones fraternales de superación de las divisiones del trabajo.
Como quizás algún lector o internauta advertido haya notado, esta vez, en las líneas precedentes, el autor se lanzó a expresar un esbozo de los resultados de prolongados esfuerzos de investigación y consultoría, que le han costado pelos e hígados y sobre los cuales espera volver en diversas entregas futuras. En éstas se insistirá en la mayor responsabilidad que tenemos los profesionales de contribuir a resolver los problemas sociales, y en que conocimiento y acción, educación y trabajo, son caras de la misma moneda de las capacidades, con cuya transformación podremos avanzar hacia..., bueno, ése es ya el tema de la próxima entrega. Seguimos (creo yo...) en contacto.