viernes, 15 de mayo de 2009

... lograremos transformar nuestras capacidades y ser la nación de libertad y justicia que anhelamos

"Resetear el sistema" es una de las frases favoritas de computistas e informáticos para referirse a la acción de inicializar o volver a encender un computador que presenta problemas operativos. "Volver a los orígenes" dicen los filósofos ante el extravío civilizatorio de nuestro tiempo. "Hacer el trabajo de regresión" dicen los psicoanalistas cuando el paciente vuelve a los conflictos y traumas de su infancia para liberarse de angustias y represiones inconscientes que entorpecen su comportamiento adulto. "Comprender el pasado para encauzar el presente y construir el futuro", o algo parecido, es una frase cara a los historiadores. "Empezar por los fundamentos" dicen los profesores de matemáticas para iniciar las clases ante niños o jóvenes con problemas con esta materia. Hay que renacer dice el místico, que rediseñar el dispositivo el ingeniero, hacer borrón y cuenta nueva el contador... "Si no os hiciéreis como niños no entraréis al Reino de los Cielos" reza la frase bíblica...
Desde los más diversos puntos de vista se arriba a un planteamiento semejante: ante el enredo y la complejidad que nos desbordan y extravían, y cuando es imperioso retomar la dirección correcta, hay que empezar por el principio. Esto y no otra cosa es lo que queremos expresar con el trío de entregas que culmina aquí: que el pivote o motor de arranque para la transformación de nuestras capacidades consiste en aprender a mirar nuestra realidad con ojos desprejuiciados, hasta conocerla profundamente, y actuar henchidos con el instinto fraternal humano que ya está en nosotros -después, cuando menos, de millones de años de deriva biológica. Con tal transformación, con una nueva manera de conocer y actuar, o sea de ser, podríamos edificar el mundo de libertad y justicia que, como todos, anhelamos y merecemos los latinoamericanos, y quizás darle a Occidente la más grande de sus lecciones históricas, pues estaríamos vivificando su aspiración milenaria de emancipación del odio contra el opresor hasta aprender a amar al enemigo, recreando y relanzando el legado cultural y genético que, no importa si involuntariamente, ellos calaron en estas tierras y gentes periféricas.

Mentalmente podemos oir las carcajadas de distintas peñas de la verdad ante nuestra supuesta ingenuidad. La de los liberales que verán en cuanto antecede una violación a la primera de sus leyes, la de conservación del egoísmo y la competencia para que pueda actuar la mano invisible de la justicia; la de los marxistas sovietosos que leerán un atentado contra la primera de las suyas, la de lucha de clases y dictadura del proletariado contra la burguesía, o, en sus ausencias, de los oprimidos contra los opresores, como motor de la historia; la de los posmodernos que se persignarán ante el sacrilegio de quien osa creer en algo parecido a un mejor futuro; la de cínicos que desconfiarán de todo lo que huela a cambio, de hedonistas que siempre preferirán disfrutar de placeres accesibles antes que empeñarse en realizar sueños, de perezosos mentales a quienes todo esfuerzo por pensar les resultará cansado..., y un dilatado etcétera.

Pero, en su momento y poco a poco, insistiremos en nuestras tesis y a todos les iremos explicando que nuestras convicciones no nacen de verdades reveladas ni de instintos acomodaticios, sino, como propugnamos, de la inmersión, el aprendizaje y la actuación pacientes y sostenidos ante, y en, el meollo de las estructuras, procesos, sustancias y sentidos de nuestra ingrata mas promisoria realidad latinoamericana. No ha sido en la academia ni en el templo, en la metrópoli o el suburbio, la buhardilla o la intemperie callejera, donde hemos macerado nuestras propuestas, sino a través del estudio y la reflexión permanentes y vinculados a la acción en cientos de proyectos de cambio de variados contenidos. Allí nos hemos convencido, junto a y con muchos otros, de que entre los cuatro subcontinentes culturalmente occidentales -uno europeo, dos americanos y uno oceánico-, es en el nuestro, con cerca de un décimo de la población y de un sexto del territorio planetarios, o dos quintos de los habitantes y del área de Occidente, donde se conjuga el mayor gradiente transformador, es más honda la brecha entre realidad y sueños, reside la más densa insatisfacción positiva con lo que somos de cara a lo que anhelamos ser, y donde de los muñones todavía sangrantes bien podrían brotar los más hermosos nuevos órganos.

Lírico, exagerado, utópico, poco realista, poco acorde con las verdades establecidas, parece lo dicho. Está bien, sólo queda rogar otra vez un préstamo de indulgencia, y recordar que uno de los defectos -¿o quizás aciertos?- de fábrica frecuentes en mi generación, de la que hablaré en las próximas dos entregas, es que a menudo la exigencia de lo que a muchos parece imposible es exactamente lo que nos luce más realista.

martes, 12 de mayo de 2009

... y transactuando fraternalmente...

Cuando un bebé o infante preescolar se topa con un nuevo objeto, que atrapa su atención, una vez vencida su perplejidad inicial lo agarra, lo mira desde distintos ángulos, lo voltea, sopesa, lanza, huele, lame, frota, abre, chupa, oye, empuja, arrastra, deja caer... hasta que en algún momento, saciada su curiosidad de conocimientos, se da por satisfecho y, si no hay un adulto cerca que identifique o le diga el nombre del objeto, él mismo, con un sonido o expresión singular, puede asignarle uno. En contraste, ante el mismo u otro objeto desconocido, si es que logra despertar su interés, el niño, adolescente, joven o adulto egresado de nuestro sistema educativo y masajeado por años de socialización y exposición a los medios de comunicación, típicamente empieza por preguntar qué es o cómo se llama o se come eso, luego sigue con algo como que de qué marca es, quién lo trajo, dónde lo compraron o cuánto vale, y así hasta que, guardando reservas o distancias, de repente llega a sentirse orondamente conocedor.

Entre ambas posturas media la intervención, por años, de padres, maestros, locutores, jefes, políticos, sacerdotes..., que han querido resolver con dogmas y palabras y sin interacción con lo real el problema del conocimiento. En sus límites, el académico absoluto aspira a captar o, si no, sufre por no captar, si posible solo, dentro de una cueva oscura, inodora y silenciosa, y a partir de un fugaz destello procedente de un objeto exterior que entre por una rendija, nada menos que la esencia verdadera, inmutable, eterna e infinita de tal objeto.

Aunque sabemos que es tarde para -y seguramente imposible- recuperar la pureza del enfoque de conocimiento del infante, aquí insistiremos una y otra vez en reivindicar el empleo de múltiples perspectivas para conocer y transformar nuestras realidades latinoamericanas. En la entrega anterior insistíamos en la necesidad de transconocer o traspasar las barreras que se interponen al conocimiento; en ésta, a manera de continuación, abordaremos la problemática análoga, y complementaria, de la acción, de las transformaciones tangibles o físicas a través del trabajo u otras prácticas colectivas en el mundo real, a las que, para enfatizar ahora el imperativo de romper las divisiones que nos aíslan o contraponen cuando actuamos separada, competitiva o ambiciosamente, llamaremos transactuaciones fraternales. Obsérvese, por el momento, que no estamos hablando de actuaciones simplemente sino de actuaciones con otros e inspiradas en sentimientos de fraternidad hacia y por esos otros.

Así planteadas las cosas, el primer tipo de división de la acción o del trabajo que tenemos que confrontar es el que antepone el propósito a la ejecución de la acción, o la comprensión de los problemas a la búsqueda e implementación de las soluciones. "Barre aquí...", "repara esto...", o "llévale este paquete a fulano...", le decimos al empleado, obrero o mandadero, sin explicar el propósito o sentido de tales acciones ni motivarlo para que las realice con calidad, y luego nos quejamos de que todo siga sucio, se vuelva a echar a perder o se entregue con retardo. La separación, inadvertida o deliberada y a menudo tajante, entre la comprensión del porqué, para qué, cuándo y para quién de los problemas, por un lado, y la búsqueda e implementación creativa e iterativa -o por aproximaciones sucesivas- del cómo y con qué, o sea de soluciones eficaces, eficientes y efectivas, por otro, es, entre nosotros, la más frecuente y contraproducente forma de división del trabajo.

Luego están las marcadas divisiones, en el tiempo, espacio y/o recursos manejados, entre especialidades o tipos distintos de agentes, trabajadores o usuarios, con sus respectivas potencialidades pero también con sus sesgos y vicios. Los médicos sanitaristas diagnostican la enfermedad, los economistas hacen el estudio de mercado del medicamento, los farmacólogos y químicos analizan el producto en el laboratorio, los ingenieros químicos diseñan el proceso de fabricación, los ingenieros mecánicos hacen los planos de construcción, los inversionistas aportan el capital, los constructores e ingenieros civiles construyen la infraestructura, los procuradores licitan y seleccionan los equipos, los fabricantes fabrican éstos, los instaladores los montan, los operadores los ponen a funcionar, los gerentes planifican, los supervisores supervisan, los vendedores mercadean, los repartidores distribuyen, los farmacéuticos despachan según las prescripciones de médicos internistas, pediatras o geriatras, los pacientes consumen... y así sucesivamente, hasta que resulta, por ejemplo, que el problema de sobrenutrición, diagnosticado inicialmente, termina siendo atacado con... ¡píldoras antiácidas y antiflatulentas ampliamente publicitadas para combatir el malestar estomacal!

Ya para concluir, están los huesos más duros de roer, vinculados a la existencia de diferentes modos de trabajo, inherentes a los distintos modos de producción y de vida reinantes en nuestra región latinoamericana. Están los modos artesanales o inactivos de quienes solo aprenden por experiencia propia o imitación de otros, como desde hace milenios aprendió a trabajar nuestra humanidad; los modos técnicos o reactivos de quienes pueden interpretar información, llevar registros y documentar su trabajo, y corregir errores o desviaciones mediante el uso de normas, aprendidos en Occidente desde alrededor de no más de una docena siglos; los modos tecnológicos o preactivos de quienes, desde hace sólo uno o dos siglos y con frecuencia unas pocas décadas, aprendieron a elaborar modelos y prototipos, realizar experimentos y optimizar soluciones a los problemas; y, apenas naciendo, los modos sociotecnológicos o socioactivos de quienes, además de modelos científicos, pretenden incorporar valores éticos y estéticos a la búsqueda de mejores y más humanas soluciones a los problemas. Entre estos diferentes modos de trabajo se yerguen las más infranqueables divisiones, entendidas casi como si separasen intervenciones de especies biológicas distintas, y que han servido y siguen sirviendo para justificar mil discriminaciones e injusticias, por lo cual es en esta esfera donde se someten a la más dura prueba nuestras vocaciones fraternales de superación de las divisiones del trabajo.

Como quizás algún lector o internauta advertido haya notado, esta vez, en las líneas precedentes, el autor se lanzó a expresar un esbozo de los resultados de prolongados esfuerzos de investigación y consultoría, que le han costado pelos e hígados y sobre los cuales espera volver en diversas entregas futuras. En éstas se insistirá en la mayor responsabilidad que tenemos los profesionales de contribuir a resolver los problemas sociales, y en que conocimiento y acción, educación y trabajo, son caras de la misma moneda de las capacidades, con cuya transformación podremos avanzar hacia..., bueno, ése es ya el tema de la próxima entrega. Seguimos (creo yo...) en contacto.

viernes, 8 de mayo de 2009

Transconociendo nuestras realidades latinoamericanas...

El problema del conocimiento tiene la peculiaridad de que, pese a su enorme importancia, permanece absolutamente ignorado por la gran mayoría de nosotros o resulta tratado sólo por especialistas en Filología, Semiología, Epistemología y otras disciplinas académicas cuyos solos nombres comportan ya cierta carga esotérica. Sin ser un experto en el tema ni mucho menos, deseo hablar acerca de cómo conocemos, vale decir cómo aprendemos, establecemos relaciones con el mundo y entre nosotros, y empleamos el lenguaje. Sólo justifico tal atrevimiento para invitar a otros a hacerlo con más propiedad y por estar convencido de que aquí se erige uno de los más formidables obstáculos para la transformación de nuestras capacidades: la capacidad de conocer, aprender o emplear el lenguaje es nada menos que un requisito tácito para adquirir cualquier otra capacidad.

Pese al cúmulo de fachadas que nos envuelven, nuestras sociedades todavía conservan la impronta de siglos de rígida compartimentación en castas, en donde saber hablar equivalía a un salvoconducto para no trabajar y no saberlo a una condena a los trabajos más forzados. En nuestras familias, escuelas, templos y foros las palabras han adquirido una existencia autónoma respecto de los objetos, hechos y procesos reales, al punto de que cuando oímos discursos en los más diversos ambientes hay como un instinto que nos avisa que lo hablado, sobre todo cuando pretende ser formal o riguroso, no guarda relación con la vida. Exagerando sólo un poco, nuestra educación, que más bien es instrucción, nos divide en dos grandes estratos: el de quienes desertan o egresan lateralmente, entran a vivir en un mundo de tinieblas lingüisticas y quedan con un techo en sus capacidades de abstracción, y el de quienes egresan titular o terminalmente, pasan a habitar en un mundo de palabras huecas y resultan con un piso en sus capacidades de concreción. Con las inevitables excepciones, que confirman la regla, tendemos a dividirnos, con mutuo desprecio, entre trabajadores mudos y habladores mancos. Esto nos hace propensos a extremismos, liderados, directa o indirectamente, ya por estamentos excluidos e insatisfechos con su suerte, pero que no logran precisar ni expresar lo que quieren, ya por estamentos privilegiados que discursean frases rimbombantes y en el fondo sólo quieren que trabajen los otros.

Buena parte de los conocimientos de nivel elemental, medio o superior que hemos adquirido están restringidos por el ambiente magistral, libresco, escaso de discusiones y desvinculado de la acción práctica que caracteriza, con honrosas excepciones, al grueso de nuestro sistema educativo. Tan arraigados están estos divorcios entre lo teórico y lo práctico que en el lenguaje cotidiano oímos frecuentemente expresiones como que "ese planteamiento tuyo es sólo teórico ..." o "de aquí en adelante lo que queda es mera cuestión de práctica ...", olvidando que lo contrario de lo teórico no es lo práctico sino lo empírico, o que lo no práctico no es otra cosa que lo impráctico, o que, en positivo, teoría y práctica pueden y deben reforzarse mutuamente.

Además de las barreras señaladas, están aquellas entre las disciplinas, auspiciadas por una división horizontal del conocimiento en departamentos estancos, sin actividades de trabajo en equipo o en proyectos que posibiliten su interrelación. Demasiados problemas permanecen sin resolverse debido a que los especialistas se encierran en sus torres de marfil. Por no mencionar sino un caso, en el problema de la salud, en donde la profesión médica es la disciplina líder y una de las que, relativamente, se ve obligada a conectar más lo teórico con lo práctico o clínico, existe una casi total incomunicación entre las áreas de sanidad social, higiene y saneamiento ambiental, producción agrícola, prácticas privadas y políticas públicas, distribución del ingreso, nutrición y políticas alimentarias, ejercicio físico y deporte, producción de medicamentos, impactos de la publicidad, psicología social, etc. El más espeso muro divisorio es el que separa el campo de las llamadas ciencias sociales y las humanidades del campo de las ciencias naturales y las profesiones tecnológicas.

Por último, está quizás la más difícil de superar de todas las barreras, derivada de la estructura de nuestras sociedades, en donde coexisten modos de vida que nos convierten en un megamuseo histórico en tiempo real. Nuestras calles, para ilustrar lo dicho, con frecuencia están pobladas de tarantines de venta de alimentos en donde se presta poca atención a las variables higiénicas, sin que exista otra respuesta, dependiendo de la base electoral del gobierno de turno, que la represión o la complacencia, obviándose el hecho de que gran parte de los vendedores jamas han oído hablar de microorganismos y mucho menos los han visto a través de un microscopio. Estoy convencido de que, en buena medida, muchos conflictos aparentemente irreconciliables que polarizan y paralizan a nuestras naciones tienen su raíz en la dificultad para conocer e integrar el mosaico de modos de vida que nos caracteriza, por lo cual crecen silvestremente la intolerancia, el odio y la violencia.

Según el enfoque que proponemos no puede haber una verdadera transformación de nuestras realidades si no las transconocemos, es decir, si no las conocemos desde múltiples perspectivas interrelacionadas, tomando en cuenta, superadoramente, nuestras diversas raíces e historias, y rompiendo las barreras que empobrecen, mutilan y agrisan nuestros conocimientos y palabras. Mientras no nos empeñemos en lograr una mucho mayor adecuación entre nuestras palabras y obras, conocimientos y acciones, o teorías y prácticas, seguiremos avanzando como a ciegas y con plomo en las alas en el proceso de construcción de nuestra América Latina. Y, en definitiva, quienes tengamos menos limitaciones en nuestros modos de conocer tendremos más responsabilidad en tal proceso de construcción: no son los pobres y desheredados quienes tienen que entendernos a nosotros, sino nosotros a ellos, recuperando su confianza y demostrando con hechos el rol decisivo del conocimiento en la sociedad que anhelamos para todos.

martes, 5 de mayo de 2009

El enfoque transformador para armar nuestro rompecabezas latinoamericano

Podemos decir que tres han sido hasta ahora los principales enfoques empleados para intentar armar el rompecabezas latinoamericano: uno, el principal o dominante, al que para evitar etiquetas raídas podríamos llamar el método conformador, consistente en el empeño de construir aquí lo que ya se ha probado en otras latitudes, amoldando o conformando nuestra realidad según un patrón o modelo preestablecido, como si el rompecabezas debiera parecerse a otro que ya se armó previamente. Este enfoque pareciera decir algo así como que "empecemos por armar las piezas relacionadas con el goce de libertades de los más capaces, tal y como ya lo han hecho otras naciones más adelantadas -por regla general las europeas y los Estados Unidos- y con el tiempo armaremos el rompecabezas completo". Esto tiene la ventaja de que permite avanzar rápidamente con el armado de algunas de las primeras grandes piezas, y hasta insertar conjuntos completos traídos de otros lados, pero ha tenido el grave inconveniente de que a la larga, incluso con las variantes más progresistas del método, deja sueltas y excluidas la mayoría de las piezas pequeñas, medianas y hasta grandes disponibles.

Un segundo método, al que podemos designar como anticonformador y que en casi todas las naciones latinoamericanas ha sido aplicado de tiempo en tiempo, por regla general como reacción ante los estragos del método anterior, consiste en llevar la contraria a los conformadores, en proclamar que en esencia debemos rechazar las influencias exógenas y exaltar las endógenas, y empeñarnos en no parecernos a nadie y sobre todo a las sociedades modernas. Tal enfoque sugiere que "tenemos que armar primero la mayoría de piezas menudas y semejantes, hasta que la mayoría satisfaga sus necesidades y tome las riendas de la sociedad, y luego veremos como armamos el resto". Con esto pronto se movilizan grandes masas sociales y se aprovechan energías dormidas por siglos, pero con el tiempo se cometen demasiados errores, hay que ejercer demasiados controles y cercenar demasiadas libertades, no se resuelven los problemas y se ignoran experiencias, lecciones y soluciones que ya han sido útiles y probadas en otros contextos, por lo que el armado del rompecabezas entra en un proceso de estancamiento, cuando no de descomposición.

Cuando, cansados del vaivén entre los enfoques anteriores, o aturdidos por los golpes o traumatimos sufridos, pareciéramos no saber qué hacer, entonces entramos, con el tercero, en una especie de letargos cataformadores, y nuestras sociedades por hacer entran en una suerte de fase de crisálida o capullo dormido, casi siempre bajo la tutela de alguna dictadura hibernante, hasta que algo o alguien, comúnmente la tan esperada pero siempre sorpresiva muerte del anciano omnipresente, nos hace despertar, para volver pendularmente a intentar modernizarnos o desmodernizarnos, y así sucesivamente, si no por los siglos de los siglos amén, al menos por las décadas de las décadas cuasiamén.

En el artículo "Nuestro rompe-cabezas latinoame-ricano" dijimos que en este blog nos empeñaría- mos en impulsar un nuevo enfoque para la construcción de nuestra América Latina, y ahora afirmamos que éste pretende nada menos que constituirse en una alternativa ante los mencionados. A este enfoque que proponemos lo denominaremos transformador, pues plantea que el dilema de parecernos a las sociedades modernas de corte europeo o estadounidense versus no parecernos a ellas es falso, y que no se trata de dejar las riendas de la sociedad en manos de quienes gozan de más libertades o de aquellos que padecen más necesidades, sino de impulsar todos un gran esfuerzo colectivo de transformación de nuestras capacidades productivas, participativas, creativas, cognitivas, afectivas, comunicativas, etcétera, en multiples ámbitos: alimentarios, musicales, literarios, deportivos, ambientales, etc., de manera tal de atender nuestras ingentes necesidades, crear una base sólida y compartida para el ejercicio de nuestras libertades y descubrir al fin quiénes realmente somos y qué queremos los latinoamericanos.

Y de allí viene, otra vez, el origen del nombre que escogimos para nuestro modesto y a la vez ambicioso blog o cuaderno de bitácora: Transformando nuestras capacidades, lo que quiere decir: haciendo de la transformación de las capacidades de todos, y no del goce de libertades de unos pocos o de la satisfacción de las necesidades de otros muchos, la guía para armar nuestro rompecabezas, o sea, el motor fundamental para la construcción de nuestra América Latina.

viernes, 1 de mayo de 2009

Nuestro rompecabezas latinoamericano

Somos la consecuencia de un accidente histórico, de un hallazgo que no se buscaba; una tierra y una gente de cuya existencia alguna vez no se tenía noción, en un mundo que emergió como botín de insospechadas riquezas para aventureros y recién llegados, a la vez que como fosa de pérdidas y resentimientos para autóctonos y traídos por la fuerza. Un engendro cargado de irresistibles tentaciones para claros y velludos pueblos europeos, afanosos de conquistas con sus cruces, trompetas, arcabuces y espadas, enfrentados a terrosos y lampiños pueblos ingenuos de tótems, tambores, arcos y flechas y macanas de piedra.

A partir de estas piezas sueltas comenzó hace poco más de quinientos años una suerte de gran proceso de construcción de nuestras naciones, que quizás algún día se conviertan, al estilo de lo que está ocurriendo en Europa, en una sola nación. Sin embargo, falta tanto por hacer que todavía y por doquiera fácilmente se detectan los ingredientes iniciales: lo accidental, los hallazgos inéditos e imprevistos de toda índole, dimensiones ignotas de tierras y encuentros incongruentes de gentes, enriquecimientos súbitos e inexplicables al lado de pauperismos sostenidos y fatales, improvisaciones e inmediatismos, corrupción y destrabajo, rentismos y dependencias, fariseísmos de la cruz, abusos de la pólvora y el acero, todo ello revuelto y en permanente efervescencia, como un rompecabezas sin otra guía para armarlo que el mero afán de verlo listo y terminado.

Es cierto que por tres siglos o más fuimos un sociedad de castas, en donde hasta los más leves tintes achocolatados de piel fueron motivo para la discriminación, la exclusión y aun la opresión brutal y la superexplotación; también que nunca existió la intención de crear instituciones económicas, políticas, culturales o educativas que tomasen en cuenta nuestras peculiares raíces o condiciones mestizas, sino sólo el afán prepotente del conquistador, luego colonizador, que se creyó dueño de la verdad, el poder, la riqueza y aun del más allá; e incluso que gran parte de los mejores genes, conocimientos, costumbres, prácticas productivas, productos alimenticios, etc., de nuestra población "parda", se perdieron para siempre bajo tal dominación, reforzada por enfermedades importadas de origen desconocido e imbuida del desprecio y la desvalorización de todo lo autóctono.

Todo eso y mucho más es imposible de negar u ocultar, pero es también válido que, si se quiere a pesar de aquella voluntad demoledora, nuestros pueblos absorbieron una lengua, una lógica, conocimientos, experiencias, herramientas técnicas, oportunidades de aprendizaje, rasgos culturales, y tantos otros elementos civilizatorios, que son indesligables de lo que somos y que a las poblaciones aborígenes o africanas les hubiese tomado milenios aprender sin tal proceso de actualización histórica, y que nos han colocado, cuando menos, ante la posibilidad de tener más opciones para construir nuestras naciones. Por no poner sino un ejemplo, cuando en Venezuela decidimos disfrutar un joropo o comer hayacas estamos usufructuando, nos guste o no, milenios de evolución de las lenguas y literatura latinas (el español, la copla, ...), de la música occidental (notas musicales, melodías, armonía, fandango, métrica 3/4 ó 6/8, ...) y sus instrumentos de cuerda (arpa, cuatro, bandola, ...), de la domesticación de animales (res, cerdo, gallina,...) y plantas (cebolla, ajo, aceitunas, uvas pasas, alcaparras, ...) y de muchos otros componentes culturales.

Por otro lado, luego hemos tenido alrededor de dos siglos de independencia política de aquel colonizador, seguramente con nuevas formas de dependencia, subordinación, neocolonización, subdesarrollo, imperialismo o lo que prefiramos, pero en donde no podemos soslayar que hemos tenido muchas más oportunidades de construir capacidades e instituciones propias, lo cual nos hace mucho más responsables de nuestro destino. En este proceso, si bien hemos sufrido vejámenes, imposiciones, atropellos y explotaciones, tampoco podemos obviar el acceso a oleadas de conocimientos científicos, herramientas tecnológicas, elementos culturales, aportes estéticos, valores humanísticos y ambientales, y muchos otros logros de la humanidad, que si bien no autorizan a nadie a sojuzgarnos sí nos obligan a cierto sentido de las proporciones a la hora de asumir el rol de víctimas. Cuando, por ejemplo, acudimos a foros internacionales a denunciar el Imperio, nos apoyamos en toda una parafernalia de medios de transporte y comunicaciones, y hasta de argumentos, documentos y datos generados en las entrañas del susodicho.

Por supuesto que no podemos hacer nada para que quienes quieran ver en las ideas precedentes una muestra bien de resentimiento o bien de complacencia ante la modernidad saquen conclusiones que reforzarán lo que siempre supieron, pero lo que queremos decir es que la tarea de construir nuestras naciones es harto compleja para encajar dentro de cualquier maniqueísmo, y de allí la metáfora elegida del rompecabezas.

Este blog o cuaderno de bitácora será, antes que nada, la expresión de una larga búsqueda o, si se prefiere, de una secuela de angustias y esfuerzos (probablemente fallidos en su mayoría, como casi todo lo emprendido por estos lares) por contribuir a resolver este complejo acertijo. En él se intentarán divulgar algunos de los principales aprendizajes, visiones o lecciones adquiridos, en buena medida desde Venezuela pero siempre con sueños desbordados hacia todo el continente latinoamericano, durante más de treinta años de afanes teóricos y prácticos de quien suscribe, junto a muchos que, presencial y/o emocionalmente, con ideas y/o acciones, a trechos o por largos lapsos, lo han acompañado en pro de responder a este desafío que se nos antoja vital.