viernes, 17 de julio de 2009

Hibridados e ilusionados (III): la riqueza del subsuelo contra la pobreza del suelo venezolano


A más de quinientos años desde que se iniciara el intenso y asimétrico proceso de transculturación e hibridación que dio lugar a nuestra nación venezolana, los problemas básicos de satisfacción de nuestras necesidades alimentarias, aprovechamiento agrario de los recursos escasos del suelo, ordenamiento del territorio y construcción de una sociedad si no justa al menos con un mínimo de oportunidades para todos, que bien había resuelto, a su manera, la sociedad prehispánica, siguen sin resolverse. Destruidas irreversiblemente las soluciones indígenas, en donde, como si transdisciplinariamente, los hábitos alimentarios, los conocimientos artesanales sobre producción agrícola, la organización social horizontal, la división económica del trabajo, el respeto al ambiente y hasta las creencias religiosas centradas en una entidad femenina de la creatividad y la fertilidad, estaban armoniosamente alineados, las soluciones de factura europea no han podido aplicarse y menos congruentemente.

Incluso en nuestros días, cuando en las universidades se maneja todo un emporio de conocimientos, en su mayoría generados en otras latitudes, estos se acumulan en departamentos estancos y sin vasos comunicantes entre sí. Los todavía insuficientes saberes sobre suelos y productividad agrícola, de las escuelas de agronomía, no se conectan con los también precarios estudios sobre nutrición de las escuelas de dietética y menos con las contadas investigaciones sobre la hacienda y el latifundio en las de economía; en las de sociología se investiga, por cierto poco, sobre nuestra estructura familiar y nuestros valores religiosos, en las de derecho, en épocas de cuaresma, sobre nuestra legislación agraria, en las de estudios políticos, menos todavía, sobre nuestras estructuras de poder, y en las de ingeniería, de vez en cuando, sobre las obras de riego o, aparte, por supuesto, sobre los fertilizantes químicos o la maquinaria agrícola requerida, pero siempre con la regla implícita de cada quien por su lado. Las "soluciones" alimentario-agrarias terminan alcanzándose ya por la vía de la venezolanísima innovación de la agricultura de puertos, las menos de las veces, importando alimentos con los recursos de la renta petrolera, o ya, las más, con la desnutrición pura y simple de una gruesa porción de la población que carece de ocupaciones productivas para generar ingresos y adquirir aunque sean los alimentos de origen externo, la cual coexiste con la sobrenutricion de un reducido sector de altos ingresos que termina con problemas graves de obesidad.

El período histórico que hoy examinaremos brevemente, y que comienza en 1830, fecha infaltable en las periodizaciones de la historia venezolana, pues allí culmina el agotador proceso de lucha por la independencia al menos política, se caracteriza por la atropellada y, al final, infructuosa búsqueda de salidas a este primarísimo problema agrario, sin cuya solución una nación es como una casa en donde cada día comienza sin saber qué ni cómo se va a desayunar y menos cómo o qué se va a almorzar o cenar. El mismo período coincide con el proceso de reconstrucción del país o de reconstitución de la República, luego de los descalabros habidos y seguramente dados los serios errores cometidos por los líderes patriotas, pero nunca, como pareciera querer demostrarlo una corriente de historiadores contemporáneos, por la grandísima culpa de nuestros más caros héroes, y obviando las alusiones tanto a la saña militar-religiosa de los peninsulares hispanos y su interpretación de las causas del terrible sismo de 1812, como a la ruindad y estrechez de miras de nuestras llamadas oligarquías, tanto de signo conservador como liberal.

Este mismo período, en donde todos describen las pugnas entre caudillos regionales, para muchos desemboca en la dictadura de Juan Vicente Gómez, quien, pese a sus entregas y abusos, termina convertido en una especie de importante agente unificador y pacificador del territorio, y a quien, por tales méritos, todo lo demás se le consiente. E inclusive, la misma corriente histórica antes aludida, quiere ir más allá y establecer que es precisamente en este lapso cuando se concibe un genuino proyecto nacional venezolano, con José Antonio Páez como su ductor y más señero prócer, achacándole a Bolívar, Sucre y colegas todo género de ambiciones bastardas, vicios y bajezas, y responsabilizándolos, en dos platos, por el caos precedente. Frente a tal interpretación, demás está decir que se alza la ortodoxa de izquierda, en donde Páez es nada menos que un vulgar traidor y un renegado, la así llamada "Cuarta República" una nueva manera de continuar la opresión capitalista del pueblo, y la guerra civil de la Federación (1859-63) el intento fallido por restaurar el proyecto patriótico.

Aunque, esperamos demostrarlo poco a poco a medida que avancemos con nuestro blog, no somos abogados de las posturas de centro y mucho menos eclécticos, sí hacemos un esfuerzo por fundamentar, con la mayor amplitud de criterios y la mejor sustentación de que somos capaces, nuestras opiniones, y ello con frecuencia nos lleva a divergir de las posiciones principistas, apriorísticas o extremas de toda laya. En este caso, por ejemplo, conceptualizaremos todo el lapso que va desde la realización del Congreso Constituyente de Valencia, a comienzos de 1830, hasta el derrocamiento de Gallegos, a fines de 1948, como un período signado por un régimen social sólo incipientemente mercantil y principalmente centrado en la hacienda y el latifundio, con el grueso de la fuerza de trabajo desempeñándose en el medio rural mediante una capacitación escasamente técnica y muy limitados niveles de alfabetización, con también una precaria centralización política, en donde la lucha entre caudillos nunca llega a trascender hacia la problemática de fondo de echar las bases de la nueva nación, y en donde, pese a los esfuerzos de democratización impulsados después de la muerte de Gómez en 1935, sobre todo bajo el liderazgo de miembros de la llamada generación del 28, terminaron prevaleciendo formas de gobierno básicamente autocráticas o predemocráticas.

En otras palabras, el modo de vida dominante en Venezuela en este período, más allá de las fachadas constitucionales y de los discursos y querellas aparentemente republicanos, se nos asemeja, en su esencia estructural, mucho más al clásico régimen feudal de la Europa medieval, con sus incipientes burguesías mercantiles, que reemplazó al antiguo régimen esclavista greco-romano, que a cualquier régimen razonablemente moderno. Pensamos, además, que en buena porción, los errores que cometen la mayoría de los historiadores, sociólogos, economistas y compañía, con todo y su frecuente relumbre académico, se derivan de una atención desproporcionada a los textos constitucionales, las batallas militares y las palabrerías de turno, y una subatención a la problemática de los modos de trabajo, de aprendizaje o conocimiento, de producción y de vida característicos de la época, cuyo examen de fondo nos ha revelado una estructura social muy distante, pese a sus no desdeñables enclaves, de cualquier sociedad moderna o capitalista. La que, por ejemplo, a nuestro juicio y pese a todo, sigue siendo el estándar histórico más completo de que disponemos, la Historia Constitucional de Venezuela, de Gil Fortoul, se pasea en demasía, como sugiere su título, por la letra de los numerosos textos constitucionales, prestando escasa y a veces nula atención al ámbito productivo o de la economía real. En sus antípodas, la versión de izquierda por excelencia de nuestra historia, la Historia Económica y Social de Venezuela, de Federico Brito Figueroa, pese a su muy respetable empeño por considerar un gran cúmulo de datos y series de datos sobre cuestiones económicas, intenta desde sus inicios demostrar que ya "la estructura colonial venezolana es una modalidad de formación económico-social capitalista...", lo cual, en nuestro humilde parecer, conduce de hecho a la idea de que nuestros modos de producción y de vida serían casi congénitamente capitalistas, y deja convertido su análisis en poco menos que un intento de sacarle punta a una bola de billar.

En medio de semejante desamparo de interpretaciones históricas y de integración transdisciplinaria de conocimientos académicos, lo que contribuye no poco a mantener el clima de confusiones e ilusiones en que seguimos sumidos, no nos queda más remedio que intentar, con nuestras limitaciones y sin el respaldo de academia o padrino financiero alguno, comprender estos procesos esenciales y, mientras encontramos mecanismos para darlos a conocer más sistemática y rigurosamente, emplear esta poco convencional vía electrónica para adelantar algunos de nuestros hallazgos.

Es así, entonces, que incluso con nuestras mejores intenciones para con el lector tiempicorto, nos vemos forzados a empezar con lo que a algunos podrá parecerle una digresión pero que a nuestro criterio está en el meollísimo de los requerimientos para entender nuestra problemática agrícola, cual es la referencia, aunque sea en un vuelo rasante, a las peculiares características de nuestros suelos. Nada se puede comprender, ni siquiera superficialmente, en materia de agricultura en Venezuela, si se ignora el hecho fundamental, lugar común para agrónomos, edafólogos, pedólogos y afines, pero desconocido para el grueso de venezolanos, incluyendo a expertos de muchas otras disciplinas (a veces del edificio universitario de enfrente y hasta del otro lado del mismo pasillo, que tranquilamente pueden creer que la pedología no interesa pues trata de entes malolientes...), de que apenas un 2% de nuestros suelos poseen una vocación natural y están listos para su aprovechamiento agrícola, al menos en su versión occidental, mientras que 44% tienen problemas de relieve, 32% de baja fertilidad, 18% de maldrenaje y 4% de aridez. Esta realidad, de la que nunca tuvimos noticia en nuestras asignaturas escolares, era, sin embargo, bien conocida por nuestros indígenas, que se habían establecido precisamente en los valles fértiles de Aragua, Caracas, El Tuy, Quíbor, Carora, Acarigua, Yaracuy y Sur del Lago, donde se encuentran tales suelos, y de donde fueron desplazados por los conquistadores que se apropiaron de sus tierras y las dedicaron a nuevos usos, especialmente al cultivo (exógeno) de caña de azúcar para la exportación de este edulcorante. Cualquier intento de desarrollar una agricultura venezolana modernamente eficiente fuera de estos suelos privilegiados pasa por resolver problemas de riego (lo que ya habían comenzado a hacer los primeros pobladores de nuestro territorio, ampliando las áreas naturalmente cultivables de Falcón, Lara y Los Andes) o de fertilización ( lo que también se empezaba a atacar con el método del conuco, en donde la variedad de cultivos se retroalimenta y, con las leguminosas, puede fijar nitrógeno del aire). Si se quisiese ir todavía más allá habría que atacar los más difíciles de resolver problemas de drenaje, con obras hidráulicas y represas de gran envergadura.

La causa principal, a nuestro parecer, en condiciones de ausencia de un ordenamiento estatal serio del territorio, y que nunca hemos visto destacada en publicaciones académicas, de la concentración de casi las tres cuartas partes de la población venezolana actual al norte del paralelo 10º (que pasa más o menos a la altura de Barquisimeto), en donde seguramente ya estaba también concentrada la población indígena, es la disponibilidad de estos suelos fértiles, no acidificados ni lavados por el contrastado régimen de lluvias y sequías al sur de este paralelo o por el régimen casi permanente de lluvias en la franja tropical al sur del paralelo 8º. Dicho en términos distintos, la población ha permanecido vinculada a las áreas geográfica e históricamente más aptas para la producción agrícola, sólo que sin un acceso directo a la tierra, que resultó acaparada por el conquistador hispano y sus aliados o descendientes más directos, y sin posibilidades de producir a su manera los alimentos que necesita. Fuera de estas tierras casi naturalmente aptas para la agricultura están esperándonos otras con la casi infinitamente rica biodiversidad de nuestros llanos y selvas, que nos convierte en uno de los diez países megadiversos del globo, al lado de recursos hídricos que nos colocan en el 10% de los países más privilegiados del mundo en materia de agua dulce, con nada menos que un río Orinoco que es el tercero en caudal del planeta, pero que demandan capacidades científicas, tecnológicas y éticas propias que no hemos sido capaces de desarrollar.

Por todo esto, en lugar de detenernos en contar la casi monótona y trillada historia de las pugnas entre caudillos y oligarquías durante el siglo que siguió a 1830, diremos que esta consistió básicamente en la disputa por el control de los latifundios expropiados a los peninsulares españoles, con el consiguiente abandono de los propósitos de transformación social de la lucha independentista, a saber, la abolición, de verdad, de la esclavitud, la distribución si no completamente racional de la tierra por lo menos no absurdamente irracional, y el apresto para la modernización vía la educación moral y cognitiva y la elevación de la productividad. Como quiera que podría haber protestas por lo de restar méritos a la abolición de la esclavitud, que gloriosamente se atribuye a José Gregorio Monagas, en 1854, diremos que ésta se efectuó eminentemente en respuesta a una presión internacional, especialmente de Inglaterra que, otra vez, no nos interesa aquí indagar por qué razones, había abolido la esclavitud desde 1808, y Francia, desde 1848, quienes, con su liderazgo económico y político mundial y su elevada ingerencia sobre los asuntos nacionales, comenzaron a tratar la esclavitud como una competencia desleal y a exigir su supresión como requisito para invertir en el país en la construcción de obras de infraestructura y establecer relaciones comerciales.

A tal límite llegó el abandono de esta vital meta independendista que en el Congreso Constituyente de 1830, en Valencia, el punto no fue discutido ni considerado en la nueva Constitución, en donde se reservó la condición de ciudadanos para los venezolanos propietarios de tierras o dotados de profesiones, lo cual dejó fuera de tal condición a la mayoría de pardos, indios y negros, y se eliminaron los títulos sobre los derechos de libertad e igualdad del hombre, y contra la esclavitud, que ya figuraban en los textos de las constituciones de Caracas (1811), Angostura (1819), Cúcuta (1821) y Bolivia (1826). Cuando, por fin, en 1854, se decide aprobar dicha abolición, tanto la discusión como la ley correspondiente se concentran en el problema de la indemnización de los amos, y, que sepamos, ni siquiera se planteó el punto de elemental humanidad acerca de qué hacer para indemnizar, capacitar o incorporar a la vida civil a los esclavos liberados: la mayoría permaneció en las haciendas de sus antiguos propietarios, con pagos en vales cambiables por mercancias de las bodegas de los mismos dueños de siempre, o sea, con una vida no muy diferente a su anterior condición, hasta que un día sus descendientes decidieron cambiar la residencia de sus penurias y escogieron los suburbios de nuestras principales ciudades.

Tampoco tenemos intenciones de compartir entusiasmo alguno por los supuestos ideales de la oligarquía liberal durante la Guerra de la Federación, quienes simplemente reaccionaron pendularmente contra los abusos de la oligarquía conservadora paecista, producto de la alianza del antiguo mantuanaje, cierta emergente burguesía comercial -enriquecida con los negocios de la guerra- y los sectores remanentes del alto clero, con los líderes militares que execraron a Bolívar y los suyos, a la vez que apoyados por los intereses extranacionales tanto franceses como ingleses más retrógados y monárquicos del momento. Esta oligarquía liberal adoptó, como prestado, el lenguaje de los partidos liberales europeos que, en un contexto efectivamente capitalista y moderno, se batían por consignas como la descentralización, la desmonarquización, el libre comercio, los derechos humanos individuales, el sufragio universal y la democracia. Este discurso, desconectado a más no poder de nuestra realidad precapitalista y casi premercantilista, fue copiado por Antonio Leocadio Guzmán desde las páginas de El Venezolano, hasta dar origen al partido liberal; y el mismo discurso, aderezado con algunos retazos prestados del incipiente discurso socialista de la lucha de pobres contra ricos, fue adoptado por el también liberal Ezequiel Zamora, no a través de estudios directos, sino de conversaciones con el abogado José Manuel García, culto amigo de la familia, hasta desembocar en sus famosa consigna de "Tierra y hombres libres" y su epopéyico "horror a la oligarquía".

Pero, dado que esta gesta liberal, que en sus momentos de histeria demagógica adoptó, contra las claras instrucciones de El Libertador, consignas como "¡Mueran los blancos!" y "¡Hagamos una nación para los indios!", no fue otra cosa que un coletazo de la contrarevolución antibolivariana y un ajuste de cuentas entre oligarquías latifundistas, es claro que de ella no podía salir otro resultado, después de 200000 muertos sumados a nuestra fatídica lista, equivalentes a más de un 10% de la población del momento, que el nuevo reparto de tierras entre Juan Crisóstomo Falcón y sus incondicionales y la posterior entronización de Antonio Guzmán Blanco, hijo del Antonio Leocadio aquel. Podríamos estar equivocados, pero francamente, después del estudio detenido de las tesis de Brito Figueroa, el inventor del cuasi-socialista y anticapitalista Zamora (quien primero fue comerciante y luego latifundista, después de su matrimonio con la rica viuda Estefanía Falcón, hermana del mismo caudillo triunfador de la federación), no nos quedan dudas de que, de haber sobrevivido éste a la contienda, las cosas no hubiesen sido muy distintas. Y, peor todavía, tenemos la intuición de que esta invención del Zamora anticapitalista es parte del empeño, no dudamos que bien intencionado, de Brito Figueroa y sus discípulos por verter la historia venezolana en los moldes fabricados a partir de la interpretación staliniana de la ya sesgada versión leninista del apresuradamente redactado por Marx, hace más de siglo y medio, Manifiesto del Partido Comunista.

Cuando todo parecía indicar que a los venezolanos no nos quedaba sino sumirnos en una nueva y más prolongada frustración por nuestra incapacidad para encontrar una adaptación satisfactoria a nuestro territorio, que pasa por aprender a producir nuestra comida dentro de él y organizar nuestra agricultura con los escasos suelos fértiles de que disponemos, entonces todo ocurrió como si Dios se apiadase de nuestras miserias y hubiese decidido hacernos el regalo no del maná o mana, blanco y caído del suelo, que ya había ensayado con aquellos otros elegidos del Éxodo, sino del mene, negro y brotado del subsuelo (de donde derivamos que su repertorio de recursos remediales o compensatorios probablemente incluya, además de manas y menes, por lo menos minis, monos y munus). Desde 1875, a raíz de un terremoto en Cúcuta, en el Valle del Quinimarí, unos pocos kilómetros al suroeste de San Cristobal, comenzó a borbotear un extraño y viscoso fluido negro como vómito de la tierra, que resultó una excelente materia prima para la fabricación de querosén y por tanto para la iluminación con las lámparas ad hoc. Surgió así, en 1878, con la popularmente conocida Compañía Petrolia del Táchira, una nueva actividad económica nacional, para ofrecernos, con la riqueza del subsuelo, una indemnización y palanca de apoyo por nuestras desgracias, frustraciones y calamidades a la hora de organizarnos agrícolamente.

Sólo que, dudamos entre sentir pena por nosotros mismos o por la de quien nos hubiese hecho tan valioso regalo, nuestras cosas no hicieron sino ir de guatemalas para guatepeores. Ni corta ni perezosa, y esta vez asesorada por el delfín de los imperios mundiales, los Estados Unidos de América, quien decidió, bajo la atlética orientación republicana, tensar sus músculos con ejercicios físicoculturistas de bíceps con garrote en el gimnasio venezolano, nuestra oligarquía, ducha en latifundios del suelo y en el negocio de crianza ultraextensiva de ganado, rápidamente inventó los latifundios del subsuelo, a los que llamó concesiones. Y así se dedicó a servir de intermediaria, de la mano de Juan Vicente Gómez, el latifundista padrote, cuyo golpe de Estado de 1908 contra su compadre Cipriano Castro fue levemente respaldado por los cañones de un crucero y dos acorazados estadounidenses atracados en La Guaira, en el aparentemente desagradable y casi fétido, pero en definitiva altamente lucrativo, negocio de la minería de oro negro a cargo de extranjeros. Lo que sigue es bien conocido y nos lo ahorraremos o casi, porque da como lástima dejar de señalar que entre las simpáticas extravagancias de Gómez estaba la de dejar que las compañias petroleras redactaran los contratos y leyes sobre hidrocarburos, "porque sabían más de eso", y el detalle de que a su muerte en 1935, el dictador amasaba una fortuna estimada en 200 millones de dólares de la época, repartidos entre tierras, reses y cafetales, y había enriquecido, además, a su familia y sus cientos de hijos bastardos, así como a su oficialidad y agentes represivos incondicionales.

Contra la tragicomedia gomecista, un puñado de jóvenes universitarios, luego algunos de sus maestros e intelectuales críticos, y, después de la -¡por fin!- muerte natural del afortunado semental, prácticamente todo el pueblo, es decir, casi todos los venezolanos, a excepción de los sempiternos oligarcas y sus infaltables curas de confianza, conformaron un poderoso movimiento nacional contra la dictadura, por la democracia, por la reestructuración agraria, por la defensa del petróleo, por el acceso de las masas a la educación y, en general por la incorporación, considerada tardía en treinta y cinco años, de Venezuela al moderno siglo XX. Este movimiento, liderado por organizaciones progresistas y de izquierda como AD, sobre todo, pero también URD y el Partido Comunista, aprovechando el clima antifascista mundial y la alianza de la joven URSS con las potencias capitalistas Inglaterra, Francia y Estados Unidos, en contra de las potencias también capitalistas del Eje, desemboca, tras detalles conocidos más o no tan conocidos menos, en la candidatura de Rómulo Gallegos, profesor, padre de familia y escritor culto y honorabilísimo, quintaesencia de lo opuesto a Gómez, a las primeras elecciones presidenciales con sufragio universal realizadas en Venezuela, al amparo de una flamante nueva Constitución aprobada poco antes. En dichas elecciones de diciembre de 1947, en donde para todos queda claro que se trata de la revancha del moderno emprendedor Santos Luzardo contra la malvada latifundista del suelo Doña Bárbara y su congénere del subsuelo Mister Dánger, Gallegos barre con un respaldo popular de 75% de los votos, contra 22% de su más cercano contendor Rafael Caldera, y 3% del simbólico candidato comunista Gustavo Machado.

Todo estaba listo para iniciar, después de quince mil años perdidos de adaptación a un exigente territorio, de más de tres siglos de destrucción sistemática de nuestros modos de vida, y de más de cien años de nuevas sangrientas luchas por reorganizar la estructura de poder en nuestro ámbito rural, la más que ansiada pelea por la recomposición nacional de la agricultura del pobre suelo junto a la redefinición de los manejos del rico subsuelo, por el tantas veces diferido acceso de las masas pardas a la educación con su moral y sus luces, y por la recuperación del casi en vías de extinción gusto de los venezolanos por la producción y el trabajo. Sólo que... ¡vaya sorpresa!, como en aquel aciago día del deporte patrio en que fuimos mozos a ver a nuestro ídolo y creo que campeón mundial welter El Morocho Hernández, a defender, con el estadio universitario de bote en bote, su título contra el retador Eder Joffre, y resulta que este animal nos lo noqueó inmisericordemente en el primer round, así resultó que Doña Bárbara, o Kid Latifundio, con la asesoría de su entrenador Mister Dánger y su nuevo estilo de combate para las guerras frías, noqueó para siempre al campeón titular El Santo Luzardo, cuya gestión duró apenas unos pocos meses, hasta que fue vilmente derrocado el 24/11/1948.

No debería ser difícil para los lectores inferir que en este nuevo y nunca pronosticado aborto de nuestras más íntimas esperanzas, después de más de un siglo de otra vez devastadoras luchas por organizar nuestra agricultura al menos con un feudalismo decente y abrir paso a nuestro incipiente mercantilismo, tal vez preñado ya de un verdadero y no libresco capitalismo futuro, está la tercera clave que anunciamos hace algunos días para comprender el incomprensible desdén de los venezolanos por la economía y el trabajo. Continuará pronto la serie sobre Venezuela en nuestro blog, con puros contenidos de interés y sin cortes comerciales: aparten su tiempo, tengan listas sus cotufas y bebidas, no se pierdan los dos últimos capítulos.

martes, 14 de julio de 2009

Hibridados e ilusionados (II): la heroica lucha de los venezolanos por la independencia y sus frustrantes resultados

Confiamos en no provocar ninguna protesta de los historiadores profesionales, y tampoco abusar de la paciencia de lector alguno, si, dentro del lapso de aproximadamente ochenta años, clásicamente considerado como de la Conquista o colonización militar de Venezuela, que va desde el fugaz tránsito de Colón por Paria, en 1498, hasta 1577, cuando se convierte de hecho a Caracas en capital de la provincia, al fijar allí su residencia el gobernador Juan de Pimentel, reorganizamos la información de que disponemos y distinguimos tres sublapsos o períodos fundamentales. El primero, de unos treinta años, dedicado al avasallamiento de los pueblos indígenas caribes pobladores del nororiente y las islas de Cubagua, Coche y Margarita, que culmina con el agotamiento de los ostrales de Cubagua y la mudanza a Coro del centro de operaciones guerreras hispánicas, ambos hechos ocurridos en torno a 1528; el segundo, concentrado en el arrase y la casi aniquilación de los pueblos y la cultura de filiación arahuaca, en el noroccidente del país, llevada a cabo en buena medida por los designados conquistadores alemanes, los llamados Welser o Belzares, que culmina con la ejecución de los últimos teutones a manos españolas y la consolidación de El Tocuyo como inexpugnable plaza fuerte principal de la conquista del territorio noroccidental y base de operaciones para la conquista definitiva de todo el resto del país, en torno a 1548; y la fase final, de otros treinta años, más o menos, consagrada a la derrota definitiva de los pueblos rebeldes restantes, sobre todo caribes del centro y norte, en los fértiles valles de Caracas, Aragua y alrededores.
En aras de la brevedad que se nos reclama, como atributo supuestamente inherente a todo aquello que se escriba vía blogs, y aprovechando que tampoco existe una sólida documentación de lo que fue este proceso de conquista, que bien podría ser llamado de hecatombe o exterminio, al punto de que no se dispone, que sepamos, de información cuantitativa sobre la magnitud del desastre, lo cual ha contribuido, como ya lo hemos sugerido, a que la gran mayoría de venezolanos ignoremos el ABC de nuestro pasado prehispánico, daremos sólo algunas pinceladas gruesas sobre lo que entendemos ocurrió en dichos tres períodos, cuando, como también ha quedado dicho, se quiso hacer tabla rasa con quince mil años de cultura, confirmando una vez más como siempre es más fácil destruir que construir.

Puesto que el primer período aconteció plenamente en circunstancias en que los conquistadores, claro que interesadamente, adoptaron la tesis de que los indígenas no eran personas sino animales, es decir, antes de que el fraile Bartolomé de Las Casas, valientemente, le explicara al mundo dizque civilizado, en 1542, lo que aquí estaba pasando, en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, y lograra la aprobación de las Leyes Nuevas, en donde se estableció la condición humana de los naturales, vale afirmar que más que a una conquista o invasión, esta experiencia se pareció a un conjunto de expediciones, cacerías o safaris. Estos fueron organizados, primero, desde la isla de La Española, y luego con campamentos in situ, que implicaron una superexplotación más allá de lo simplemente despiadado: se desconoce cuantas decenas o tal vez centenas de millares de indígenas perecieron con la práctica, descrita por el padre Las Casas como "infernal", en donde se les obligaba a zambullirse en el agua para extraer perlas, "desde que sale hasta que se pone el sol", so pena de torturas o descabezamientos si se negaban, y alimentándolos básicamente a base de casabe y de las propias ostras que sacaban. Aunque no se ha podido estimar el número de víctimas, dejo como ejercicio "para la casa" de lectores acuciosos, preferiblemente avezados en el consumo de ostras, el cálculo de cuantas zambullidas -sin tanques ni snorkels...- para sacar ostras harán falta, tomando en cuenta que no en todas las zambullidas se consiguen ostras, que la inmensa mayoría de ostras naturales carecen de perlas, y mucho menos de algún valor comercial [estimo que, en mi vida, debo haber comido algo así como unas cincuenta docenas de ostras, y una sola vez, en Porlamar, me salió una perlita mínima...], y que el peso de una perla aceptable anda por el orden de unos 3 gr, para extraer la bicoca de doce toneladas de perlas que se estima fueron sacadas durante esos treinta años de nuestras islas orientales, de donde tristemente le viene su aparentemente alegre nombre a nuestra Margarita.

En cuanto a la segunda fase, que también se efectuó casi toda antes del mencionado decreto real, tampoco existe una satisfactoria documentación, pero, a juzgar por el hecho de que ha sido en años recientes, en las últimas dos o tres décadas, que se han venido a desenterrar los restos de lo que fue la cuasi-civilización noroccidental arahuaca, podemos hacernos una idea de cuán radical fue el proceso practicado de deculturación. Tan violento fue el estilo de los Welser que nuestro circunspecto Gil Fortoul, en su Historia Constitucional de Venezuela, describe, citando a varios cronistas de Indias, como uno de ellos, Ambrosio Alfínger, solía arrear largas reatas de indios encadenados y con argollas al cuello, y, "cuando uno se cansaba, para no deshacer la fila ni interrumpir el viaje, le cortaba la cabeza". Tras casi dos décadas de matanzas y devastación de esta región, después de intentos de pactos con el cacique Manaure que fueron burlados a la llegada de los alemanes, con avances y retrocesos en el enfrentamiento a los vocacionalmente pacíficos pobladores, cuyo régimen de aldeas agroalfareras tenía su asiento principal, muy probablemente, en torno a Carora, lo más parecido a un centro de gravedad del mundo indígena prehispánico, los conquistadores lograron por fin, en 1545, establecer su centro permanente de operaciones en El Tocuyo, y adoptaron, en adelante, la política de "no despoblar lo poblado". Desde El Tocuyo, ya bajo el esquema moderado por el espíritu de las Leyes Nuevas, y con la llegada de los primeros grupos de familias completas de peninsulares, se organizaron las expediciones pobladoras de Borburata (1548), Barquisimeto (1552), Valencia (1555), Trujillo (1558), Caracas (1567) , Carora (1569) y otras ciudades. El espíritu incipientemente civil de la colonización, sin embargo, no fue obstáculo para que se dirimiera por la fuerza la hegemonía entre españoles y alemanes, cuando Juan de Carvajal, recién nombrado gobernador y capitán general, apresó por desacato y colgó en la plaza del mercado tocuyano a los últimos alemanes, Felipe de Hutten y Bartolomé Welser, junto a sus lugartenientes, con el detalle de que también él fue capturado y ajusticiado poco después.

La fase final de la conquista, la más conocida en nuestros libros de historia y difundida en el imaginario cultural nacional, de no ser por la alevosía hispana estuvo cerca de parecerse a una guerra convencional, puesto que todos los últimos bastiones caribes, arraigados en los valles del centro-norte venezolano, y bajo pelotones al mando de los caciques Naiguatá, Guaicamacuto, Aramaipuro, Chacao, Baruta, Parnamacay, Paramaconi, Chicuramay y otros, se unieron en un especie de ejército bajo el mando de Guaicaipuro, lograron salir airosos en refriegas contra Francisco Fajardo (reputado como el primer mestizo venezolano de relieve, y, para algunos como el "primer venezolano"), Rodríguez Suarez y Narváez, y se dispusieron a capturar la recién fundada Caracas. En este intento, no obstante, en la principal y tal vez única verdadera batalla contra los españoles, en 1568, fueron repelidos y, cuando se replegaban para reorganizarse, un comando de ochenta soldados españoles logró dar con el escondite de Guaicaipuro, prenderle fuego a la choza donde se hallaba y darle muerte en combate junto a una treintena de los suyos. A veintitrés de los caciques sobrevivientes se les ofreció, al año siguiente, una tregua si se pacificaban, sólo que cuando se disponían a cerrar las conversaciones, se les apresó, so pretexto de intenciones "traidoras", y se les dio muerte con martirios. Sólo escapó, al menos según lo que recogen los libros escolares y gracias a la heroica mentira del indio Cuaricurián, que se hizo pasar por él, el cacique Chicuramay.

La razón por la que nos hemos detenido en estas insuficientemente conocidas peripecias del proceso de conquista consiste en recalcar que, bajo ningún respecto, se trató del desplazamiento de tribus dispersas o privadas de cultura, como ciertos respetables autores parecen sugerir, reservando la posesión de cierta cultura elemental sólo para los aborígenes andinos, quienes fueron conquistados desde el Nuevo Reino de Granada (o sea, desde Bogotá), en expediciones en busca de minas de oro, en las últimas décadas del siglo XVI. De este proceso, y la consiguiente derrota indígena, que no deberíamos dudar en considerar al menos como precursor, o quizás hasta inicio, de la lucha por la independencia nacional contra el imperio español, data el éxodo de las escasas poblaciones indígenas sobrevivientes hacia los despoblados llanos, selvas y tepuyes, alejados de las principales zonas urbanas actuales, en donde habitan, en nuestros días, los aproximadamente medio millón de indígenas de nuestro último XIII Censo, con un 60% de wayúus o guajiros, y otros pocos kurripacos y de otras etnias, de filiación arahuaca; algo como un 12% entre pemones, kariñas, yukpas, yekuanas y afines, de filiación caribe; y el resto, waraos o guaraúnos, guahibos o jivis, yanomami o guaicas, piaroas y otros, en pequeños porcentajes cada una, de filiación principalmente tupí-guaraní o chibcha .

Lo que siguió, desmantelada ya la resistencia indígena organizada, es la larga y mucho más conocida y documentada etapa de la colonización civil o Colonia en sentido estricto, por lo cual ahorraremos detalles, no sin dejar constancia de nuestro pesar por no examinar, hasta nuevo aviso, el proceso de conversión de las encomiendas en haciendas, con la consiguiente traída masiva de esclavos africanos para reemplazar la escuálida fuerza laboral indígena, el rol de la iglesia y del Santo Oficio de la Inquisición durante la colonia, las técnicas de deculturación y de asimilación de los aportes indígenas a la cultura establecida, las relaciones entre el régimen de producción local y el decadente mercantilismo español, la relativa autonomía de los terratenientes criollos respecto de las autoridades coloniales de la Audiencia de Santo Domingo y hasta la llegada de la Compañía Guipuzcoana, las reacciones contra la llegada de ésta y sus pretensiones de tecnificación y control de las actividades exportadoras, las relaciones entre la producción de maíz, granos y otros alimentos para el consumo local, y la producción de azúcar, cacao, tabaco y cueros para la exportación, el valor -pese a todo- de los importantes y que importa si involuntarios legados culturales hispánicos, con el idioma en el lugar más destacado, y otros temas harto interesantes.

Es más, daremos por conocido todo el proceso de la colonia y nos iremos directamente a los comienzos del siglo XIX, cuando, tomando en cuenta estimaciones de Andrés Bello, Luis López Mendez, Humboldt y otros, podemos redondear la población total a un millón de habitantes en 1810, distribuidos aproximadamente, según la estructura oficial de siete castas de la sociedad colonial, de mayor a menor estatus, así: un 1% para la casta superior de españoles blancos peninsulares, y un algo así como 19% para la de blancos criollos y canarios; un 45% para las tres castas siguientes de mestizos o pardos: mestizos en sentido estricto (de blanco e india), mulatos (de blanco y negra) y zambos (de indio o india con negra o negro), sin distinciones numéricas disponibles para cada una de ellas; cerca de un 30% de indígenas, y, al fondo, por más oscuros y oprimidos, algo como un 5% de negros. Todos los derechos civiles y políticos coloniales, y hasta las maneras de vestir y los lugares para andar, estaban estrictamente determinados por esta estructura de castas, con una miríada de restricciones, prohibiciones y obligaciones de toda índole, a veces combinadas con limitaciones de orden clasista, como, por ejemplo, la "limpieza de sangre" exigida para entrar al seminario o la universidad, que exigía no sólo un pedigree racial inmaculado, sino también la ausencia de dedicación de cualquier antepasado a "oficios viles o mecánicos", es decir profesiones artesanales, técnicas o productivas en general. Los delitos de las castas inferiores eran severamente castigados, sin juicio previo alguno y no sólo por comisión de delitos visibles sino por supuestos malos pensamientos y hasta por mero capricho o rabia de los amos, al límite de que el sabio e insospechable de extremismo Alexander von Humboldt relata en sus escritos que "...en Caracas, pocas semanas antes de mi llegada a la provincia, un hacendado que no poseía sino ocho negros hizo perecer seis, azotándolos de la manera más bárbara..."

Y de nuevo, en nuestro renovado afán de brevedad, omitiremos también cualquier descripción del proceso de la lucha emancipadora, al que supondremos razonablemente conocido por nuestros lectores, bachilleres de la República o casi, para ir directos al meollo de nuestro punto de hoy, cual es el de que contra este pretendidamente de inspiración divina pero sospechosamente diabólico orden de cosas, y como resultado de la acumulación de rabias durante tres siglos de desangramientos, atropellos y humillaciones, en 1810 se dispara la más airada y compartida reacción de buena parte de los miembros de las seis castas inferiores, o sea del pueblo, integrado por el 99% de la población, liderado por la segunda casta, la de los criollos, contra el 1% de la casta peninsular superior. Esta lucha fue concebida, primero, en respaldo al monarca español despojado de su corona por el invasor francés, pero rápidamente, en buena dosis debido al liderazgo de Bolívar y Miranda, contra toda dominación colonial y por la independencia nacional en general. En sus inicios se dio la rara confluencia -que luego, por razones que consideraremos brevemente, tuvo que ser reconstruida y sólo a medias-, al decir de El Libertador, entre la gran masa iletrada, que tradicionalmente suele ser fácilmente manipulable por las fuerzas conservadoras, y la mayoría de la élite inteligente, que usualmente se divide entre conservadores y partidarios del cambio. Y fue así como se gestó el ambicioso y más visionario proyecto de cuantos jamás haya tenido Venezuela, de la que debió ser una revolución sostenida o permanente, de triple propósito, con miras a ajustar cuentas, para empezar, con los rasgos dominantes de la sociedad esclavista; luego barrer con los elementos feudales, latifundistas y corruptos, y fortalecer y sanear el incipiente mercantilismo, de base técnica, abriendo relaciones comerciales con un amplio conjunto de países americanos y europeos; y despejar, por último, el camino, vía alianzas estratégicas con Inglaterra, con educación y obras de infraestructura a cambio de materias primas, hacia un futuro capitalismo o sociedad de corte tecnológico. El elemento cohesionante de toda esta transformación de aliento futurista debió ser el fortalecimiento de la identidad nacional sobre los pilares de la moral y las luces, al lado de la reivindicación de la dignidad de todos los productores y trabajadores con todos los matices de pieles.

Aun cuando los resultados del promedio latinoamericano sugieren que, en cualquier caso, era extremadamente difícil alcanzar las altas expectativas planteadas, en los hechos no sólo aconteció que fueron muy magros los logros, sino también que los costos quedaron muy por encima de cualquier pronóstico. Las cosas hubiesen salido de la manera relativamente poco cruenta con que ocurrieron en algunas otras colonias, a no ser -nos detendremos aquí porque sospechamos que este factor ha sido gravemente subestimado en nuestras historias- por el inoportunísimo, y más devastador de todos los sismos conocidos jamás habidos en el país, terremoto ocurrido el Jueves Santo 26 de marzo de 1812 a las 4:37 de la tarde, cuando estaba el grueso de la devota población en plan de visitas a los siete templos y rezos al Nazareno, y en Mérida media hora después cuando también ocurrían actos litúrgicos y llovía fuertemente. Este cataclismo, cuya intensidad ha sido evaluada por nuestros sismólogos modernos en alrededor de 9 según Mercalli modificada o de más de 7 según Richter, que tuvo epicentros simultáneos en Caracas y Barquisimeto, y luego en Mérida, dejó alrededor de 20000 a 30000 víctimas (entre el 2 y el 3% de la población total), la mitad de ellas en Caracas (en donde pereció algo como el 10 a 15% de la población), convirtió en represa el río Yurubí, cambió el curso de las quebradas y del Guaire en el Valle de Caracas, en donde se informó de aguas fétidas y calientes que brotaron de la tierra, y provocó un caos tal que en la Gaceta de Caracas, el periódico oficial, se propuso formalmente la idea de mudar la capital a la zona más segura de la "hermosa explanada de Catia".

Por supuesto que, sin que cuente aquí con que fe, la jerarquía eclesiástica aprovechó para sentenciar que se trataba exactamente de un castigo de Dios por la insubordinación contra su representante terrenal el Rey de España, y esto provocó un súbito cambio en la correlación de fuerzas, al punto de provocar la deserción de la casi totalidad del ejército que conducía Miranda, quien iba ya por Maracay, para enfrentar a Monteverde en los alrededores de Valencia. La archiconocida por los venezolanos frase de Bolívar "si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca" o algo similar, que todavía hay quienes tienen el tupé de presentarla como prueba de un espíritu arrogante, fue pronunciada en condiciones de desesperación y en circunstancias en las que poco faltó para que acabara allí todo el esfuerzo independentista. (Por cierto, fue gracias a asesores modernos como, en diciembre de 1999 y cuando la tragedia de Vargas, campeona de las calamidades venezolanas de origen natural -aunque de extracción no sísmica sino meteorológica e hidrológica-, se evitó que los más altos prelados del país dieran continuidad a la campaña, que públicamente iniciaron, de reedición de la monserga del castigo divino contra la pretensión de los nativos de dotarse de una Constitución más progresista...). La correlación de fuerzas favorables al cambio sólo pudo recobrarse, y nunca como al inicio del proceso independentista, hacia 1816, cuando Bolívar, con gran habilidad política y una estrategia del tipo que hoy llamaríamos de ganar-ganar, estableció una alianza para el cambio estructural profundo entre criollos progresistas, pardos de todas las pintas, indígenas y negros.

En todo caso, lo cierto es que, entre inmadurez política e ideológica y temores religiosos, sumadas a las tenebrosas prácticas de represión y escarmiento de las huestes realistas, a veces seguidas de contraprácticas incivilizadas del lado patriota, y errores de liderazgo diversos, la lucha venezolana por la independencia se convirtió en una de las de menores logros y la más cruenta de todo el subcontinente. Se estima, por variadas fuentes, incluida la del propio Bolívar, que en ella pereció aproximadamente un cuarto de toda la población, dejando al país en el más deplorable estado económico, político o de cualquier otro orden. Y no sólo resultaron desproporcionados los costos sociales y humanos, sino que el caos reinante fue visto como una oportunidad por las camarillas locales para culpar a Bolívar y sus más leales seguidores por todo lo acontecido, romper la unidad de la Gran Colombia y dar pie a la más grave reacción contra los líderes del proceso independentista, quienes, en contraste con sus pares de la mayoría de otras naciones hermanas, murieron en el exilio, execrados o asesinados.

Al final del extenuante y heroico esfuerzo independentista, en 1830 y años siguientes, nuestra lucha devino una suerte de parto de los montes: tras los sacudimientos y trepidaciones de montañas, emergieron unos venidos a menos ratoncitos... No sólo no se avanzó hacia la triple meta definida, sino que ni siquiera se obtuvo, sino hasta varias décadas después, y chucutamente, el más básico de los objetivos perseguidos: la abolición de la esclavitud. No se concretó, sino a medias, la erradicación del feudalismo y latifundismo, y mucho menos el saneamiento de de la corrupción y el mercantilismo estatal que, desde entonces, y con variantes menores, nos rige; y se aplazó hasta nuestros días, cuando sigue vigente, el más exigente de los desafíos planteados: el ideal de la modernización, afincado en una educación con asidero científico y desterradora de todo dogmatismo, oscurantismo y titulismo, y enfocado hacia una revalorización del mundo del trabajo que implique la transformación de las fuerzas productivas y la tecnologización y diversificación de nuestra economía. El resultado neto de esta gran frustración, el segundo de los cinco factores que anunciamos en nuestra entrega anterior, ha sido el reino de la dependencia y el destrabajo, y el aire como de falsedad que desde entonces impregna todas nuestras instituciones y discursos públicos, lo que nos hace candidatos a campeones en cualquier olimpíada de falta de seriedad económica, política o cultural que se haga en el planeta.

Pero, en lugar de echarnos a llorar por nuestra mala suerte, lo que tenemos es que hurgar en las raíces de nuestros profundos males hasta compren- derlas y extraer de allí lecciones que nos ayuden a construir un futuro digno. Eso sí, sin olvidar ni por un instante lo que ya más claro que un gallo nos dejó dicho el Padre de la Patria, en su Carta de Jamaica, a saber, que: "...no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles: en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado..." Cualquier simplismo en sentido contrario, ya del tipo de creernos indígenas o ya de identificarnos con los europeos o sus trasplantes americanos, no nos conducirá sino a seguir dando vueltas en el ingrato carrusel de las ilusiones...

viernes, 10 de julio de 2009

Hibridados e ilusionados (I): la tierra de gracia y de desgracia del pueblo venezolano


Hace algún tiempo una amiga inglesa me mostró una guía turística para anglo- sajones deseosos de conocer a América Latina, y, en el capítulo dedicado a Venezuela, decía algo así como "si usted quiere conocer a los venezolanos, prepárese para aceptar que son capaces de no tomarse en serio ni siquiera las cosas más obviamente serias de la vida, como sus propias leyes y su trabajo..."Tan extendidas están estas creencias y percepciones que, entre nuestros tipos de chistes predilectos, está la serie sobre el infierno venezolano en donde, paradójicamente, se sufre muy poco debido al mal funcionamiento de la maquinaria infernal diseñada para hacer sufrir.

Si, por esas casualidades de la vida, apreciada lectora o estimado lector, eres, al menos emocionalmente, partidario de la economía clásica, entonces puede que te hayas dado cuenta de que sólo una minoría visible de compatriotas estarán de acuerdo contigo en aquello del trabajo y la división del trabajo como fuente de la riqueza, pues los más creen que es preferible y más fácil acceder a la riqueza ya creada por otros y dedicarse a gastarla. Si defiendes algo parecido al marginalismo o el neoclasicismo y la necesidad de equilibrar la oferta y la demanda, verás que buena parte de los míos dirán que no hace falta tal equilibrio pues es mejor mantener una oferta en exceso, de modo que haya más donde "agarrar aunque sea fallo", mientras que otra parte dirá que lo apropiado es el acaparamiento, o el déficit de oferta, pues con el río revuelto ganan más los pescadores. Si eres curiosamente malthusiana y creyente en que los recursos escasearán progresivamente ante el crecimiento poblacional, tendrás muy pocos correligionarios, pues la creencia común, salvo unos pocos y cuando sea para especular con los precios, es que los venezolanos no deben preocuparse de escasez ninguna y menos a largo plazo. Si rigurosamente keynesiana y devota de la creación de demanda agregada, pues no serás nada popular pues eso pasa tanto por la creación de empleos como por la necesidad de trabajar para generar ingresos, y ambas cosas suelen ser vistas como antipáticas, innecesarias y de mal gusto, sobre todo tomando en cuenta que es más sencillo, para los menos, hacer negocios y repartirse gordos ingresos sin generar empleos y, para los más, percibir dádivas sin tener que trabajar ni capacitarse. Si sofisticadamente galbraithiano y partidario de fortalecer el rol del Estado y crear una fuerte tecnoestructura, se te dirá que en principio es interesante lo del rol estatal, pero a condición de que sea paternalista o clientelista, y que lo de la tecnoestructura es un fastidio porque sus miembros tienden a creerse gran cosota, quieren tener poder acorde a sus conocimientos y ganar más que los demás (lo que causa rechazo tanto entre los empleadores como en la gran masa de trabajadores no miembros). Si monetarista y partidaria de la regulación de la masa monetaria para que se autorregule el mercado, pues ciertos enterados opinarán que sólo a condición de que las reglas de la regulación las pongan ellos y se les deje repartirse previamente buena parte de la tal masa, y los más pensarán: ¡qué horror pues todo se pondría demasiado caro y escasearían los billetes y entonces ¿con qué va a comprar uno?! Si conservadoramente fisiócrata y defensora del rol de la tierra como fuente de la riqueza, tanto latifundistas como campesinos sin tierra y hasta no interesados directamente en tierra alguna podrían estar inicialmente de acuerdo, pero, eso sí, los primeros, sólo a condición de que no haya que visitarla mucho y se la pueda mantener improductiva, con miras a venderla bien cara, mejor si en dólares no importa si lavados, cuando se presente un chance, y los segundos y terceros, de que sea regalada, mejor si invadida primero y expropiada después, sin indemnización, a los ricos, y que no haya que trabajarla y menos pensar como hacerla más productiva, sino hacer cualquier cosa con ella mientras se la puede traspasar, para luego solicitar otra como nuevo regalo o con préstamos que no haya que pagar. Si mercantilista y amiga del ahorro de ganancias convertidas en metales preciosos en barras: nada de eso pues hay tanto en que gastar que no tiene sentido ahorrar y menos si se pueden convertir los metales en joyas para lucirlas, empeñarlas o venderlas. Si futuristamente schumpeteriana y abogada del rol empresarial para promover innovaciones y por tanto acelerar el crecimiento, la mayoría no entenderá de qué se trata, y los pocos que medio lo entiendan tenderán a poner como condición, para ser empresarios, que no haya que correr riesgos, que sea el Estado quien los corra y les otorgue previamente -por supuesto que con los arreglos obvios- los contratos para comprar los productos que surjan de las innovaciones - las que probablemente serían subcontratadas a terceros.

Si fielmente marxista y apasionado del desarrollo de las fuerzas productivas como condición necesaria para la transformación de las relaciones de producción y la superestructura de niveles de conciencia y participación política, alrededor de casi una mitad dirá que eso es comunismo puro y no lo querrá ni en pintura, y casi la otra mitad dirá que está bueno lo del marxismo pero sólo a condición de que se le aplique, dadas las peculiares condiciones venezolanas, al revés, o sea, creando primero la conciencia política con bastante propaganda y franelas; entendiendo por participación la asistencia a mítines, de ser posible en autobuses oficiales y forzando a los empleados públicos para que acudan, permisándolos en horas de trabajo, o la intervención en reuniones de resultados previamente decididos; cambiando luego las relaciones de propiedad mediante decretos y reformas constitucionales; y dejando para último, si es que queda tiempo y cuando ya no haya derecha que derrotar, el desarrollo de las fulanas fuerzas productivas, con derecho a que sobre la marcha se exploren vías más creativas y fáciles que permitan omitir este engorroso, y propio de ortodoxos, paso. Si leninista y dispuesta a aprovechar el desarrollo capitalista para organizar las fuerzas de la inevitable revolución socialista, unos podrían estar de acuerdo, a condición de que sólo se aproveche el desarrollo capitalista sin hablar de socialismo, mientras que otros dirían que sí a la propuesta, pero ahorrándose el desarrollo capitalista y saltando directamente a la de todas maneras inevitable revolución socialista, y mejor si obviando la parte organizativa. Si stalinista y defensor de la tesis de la construcción del socialismo en un sólo país atrasado, esto sería como escoger vivir en el infierno, para unos, mientras que otros dirían que, aunque dicha tesis suene interesante, sería preferible otra mejor en donde no haya que construir tal socialismo sino que baste con decretarlo. Si maoísta y adepta a la doctrina de que las masas campesinas organizadas en torno a su partido y su Gran Timonel pueden reemplazar al proletariado en la edificación del socialismo en un sólo país rural y atrasado, para unos cuantos esto sonaría a cuento chino, y aunque cierta parte estaría parcialmente a favor, sería sobre todo con lo del timonel, pero no con lo de los campesinos, lo de la organización o lo del partido, ni con lo de rural ni lo de atrasado, y en su lugar los pobres, aunque no trabajen en ninguna parte, con la misma maquinaria del Estado burgués actuando como organización y como partido, sin importar lo de rural, sino más bien contando con lo semiurbano, y decretando la conversión en potencia y que no existe tal atraso. Si castrista o guevarista y convencido de que un sólo país pequeño, pobre y atrasado puede plantearse la construccion del socialismo en la ruta hacia el comunismo, saltándose el capitalismo, creando un hombre nuevo y desafiando, con dos, tres, muchos Vietnam, a un imperio grande, rico y adelantado, entonces ¡zape gato! para muchos, y relativamente atractivo para otros, especialmente por lo de saltarse el capitalismo y desafiar el Imperio, pero con las observaciones de que mejor aprobando de inicio que ya se es grande, destacando las ventajas de la pobreza y la relatividad del atraso, sin tanta construcción sino decretando de una vez el socialismo y pasándole de lado al capitalismo en lugar de tener que saltarlo; con los mismos hombres viejos, para que todo sea más rápido; sin nada de luchas prolongadas a lo vietnamita, y menos de a dos o de a tres, y de manera que el desafío sea sólo verbal y con medidas efectistas a punta de realazos; y argumentando que el tamaño, la riqueza y el adelanto imperiales son un invento de reaccionarios.

En definitiva, el país ha funcionado y funciona, como si una mayoría de venezolanos estuviese, consciente o inconscientemente, sobre todo desde hace décadas, pero tal vez apuntando a siglos, convencida de que eso de la economía, sobre todo con el terco empeño de los economistas de relacionarla de una u otra manera con el trabajo, no va con ellos y es sólo aplicable a pueblos que no han tenido la suerte de nacer en esta "Tierra de Gracia", cuya capital es la mismísima "sucursal del cielo". Predicadores, moralistas y pensadores de todos los matices, como Simón Rodríguez, Andrés Bello, Cecilio Acosta, Alberto Adriani, Mariano Picón Salas, Cecilio Zubillaga, Arturo Uslar Pietri, Luis Beltrán Prieto, Juan Pablo Pérez Alfonzo, Domingo Felipe Maza Zavala, por sólo citar algunos de los más conocidos, han intentado explicarle al país la importancia del trabajo, del ahorro, del cultivo de la tierra (aunque sea de gracia), de pensar en el mañana o en las venideras vacas flacas, pero se han estrellado contra un muro infranqueable sin que se les preste atención; los más de ellos han concluido sus días aislados, exiliados, tratados de locos o de pendejos. El propio término trabajo tiene poca circulación en el país, en donde se prefiere hablar de chambas, rebusques, resuelves, pónganme-donde-"haiga", avances, tigres, cambures, quince-y-últimos, cuanto-hay-pa'eso, etc., y cuando raramente se usa suele ser bien en el sentido de "qué mala leche que me tocó a mí, el hijo de la panadera...", bien como sinónimo de mero empleo, en donde sólo el empleador tiene obligaciones, o bien con la connotación esotérica o hamponil de "le tengo un trabajo montado a fulano" o "me salió un trabajito para el fin de semana"... Hace algún tiempo un amigo de uno de los suburbios o barrios del sur de Caracas me resumió magistralmente esta ideología, cuando me dijo: "lo que pasa, mi llave, es que en este país los vivos viven de los bobos, y los bobos de su trabajo...", en lo cual, parece claro, está la explicación elemental del porqué de los lamentablemente kilométricos párrafos anteriores: en la medida en que no se cree en el trabajo no hay teoría o concepto económico con posibilidades de gozar de aceptación, pues todo ocurre como si la mayoría de venezolanos, tanto contemporáneos como de décadas atrás, y no es fácil hallar donde detenerse si se busca hacia el pasado, no sólo estuviesen en desacuerdo con cualquier teoría económica conocida, sino que parecieran estar en contra de la economía per se, lo que equivale a decir que su máxima aspiración sería vivir en un mundo deseconomizado, entregado a la desproducción y el destrabajo.

Aún suponiendo, o incluso dando por descontado, que pese a mis afanes de objetividad, pueda haber incurrido en alguna leve exageración con lo que va dicho, entonces se cae de madura la pregunta: ¿cómo es posible que esta insólita -a los ojos de la inmensa mayoría de probables observadores externos promedio, incluidos los de cualquier otro país latinoamericano, y exceptuando, sin estar seguro de ello, sólo a los países sauditas y afines- ideología haya podido arraigar tan profundamente en tantos venezolanos, por supuesto que con las excepciones que confirman la regla? En lo que resta de esta subserie de artículos , intentaré presentar al menos algunas pistas para responderla. Tal vez una buena idea, con ánimo de abreviar, sea puntualizar estas pistas o claves en cinco o, bueno, intenciones de que sean cinco, pues a veces no se sabe.

Para empezar, sirva decir que nada que merezca el nombre de Venezuela, y mucho menos el de República Bolivariana de Venezuela, puede tener, a la fecha de publicación de este artículo (10/07/2009), más de 511 años, puesto que fue en 1498, más exactamente el 5 de agosto, en Macuro, unos 40 km al este de Güiria, en la península de Paria, cuando Colón puso sus pies en este suelo, al que llamó Tierra de Gracia en su Relación del tercer viaje, y no por que uno sea coloncista o vendido a quien sabe quien, sino simplemente porque nada con denominación remotamente parecida a Venezuela o a una República o a Bolívar, o que hable español o se proclame cristiano, etc., pudo haber existido antes de tal contacto. A quien ya esto lo enfurezca irremediablemente, entonces tendrá que ir pensando en nombres alternativos para llamar a esta tierra, y definir sus límites territoriales, su población, su lengua oficial, su cultura, y tantos otros aspectos, con la gran dificultad de que, a fin de cuentas, es bien poco lo que se sabe de quienes vivían aquí y como lo hacían, y la todavía infinitamente mayor, en caso de que se supere ésa, de qué hacer con y como llamar a quienes vivimos ahora aquí, pues nos parecemos escasamente y no nos entenderíamos para nada con aquellos pobladores que serían los únicamente legítimos.

De acuerdo a la información fresca de que disponemos, cuando en aquel 1498 llegan, severamente extraviados, a nuestro suelo actual los primeros navegantes europeos, la condición indígena no era precisamente la de un atraso rayano en lo absoluto y una dispersión casi indigna de una seria atención, como lo han creído ciertos historiadores de derecha que revisamos en el bachillerato. Posición, por cierto, contraria a la que también nos parece errada, aunque hay que admitir que algo más cercana a la verdad, de sus oponentes acérrimos de extrema izquierda, para quienes Venezuela ya estaba completa aquí, como en estado latente, y el español lo que hizo fue como regarla y despertarla, al estilo de como la mayoría de pueblos primitivos o casi, y dentro de ellos podríamos incluir, por los momentos, a nuestros aborígenes, creen que las semillas son más bien parte de la tierra, que es un ente femenino, como matriarcales eran estas sociedades, que sólo necesita de la lluvia, masculina, para echar brotes y crecer. La otra metáfora, la que aquí adoptaremos, con la ventaja que da haber crecido en el siglo veinte occidental, es la de que Venezuela fue concebida a partir de aquel encuentro, con cargas genéticas prácticamente de igual magnitud, sólo que, por múltiples razones, a la larga resultaron dominantes los genes masculinos vinculados a la lengua, religión, visión del mundo, relación con la naturaleza, responsabilidad social, noción de propiedad, arquitectura, etc., mientras que sólo en pocos rasgos, quizás más primarios, pero no despreciables, como el color de piel, el gusto por la higiene personal, los gustos alimentarios, la filiación más fuerte con la madre antes que con el frecuentemente ausente padre, cierto gusto por los ambientes colectivos y por el baile y el canto, cierta fraternidad y espíritu de cooperación que emerge en extrañas ocasiones, etc., resultaron dominantes los femeninos.

Pues decía que la visión más actual del mundo prehispánico, la que se expresa en distintas publicaciones universitarias recientes, en las del V Centenario de Venezuela, y, sobre todo, en las excelentes publicaciones de fundaciones como la Mendoza, y, especialmente, la Polar, tal vez pueda compendiarse, sin excesivo atropello y con modestas interpretaciones propias, así. La región más avanzada, en términos de su grado de adaptación al entorno o territorio, de sus logros artesanales y de su organización social, o sea, simultáneamente económica, política y cultural, sería, no la andina, como se creyó hasta los primeros noventa, sino la noroccidental, con asiento principal en los valles y serranías de Quíbor, Carora, Barquisimeto, El Tocuyo, Falcón, Yaracuy y aledaños. Allí morarían, entonces, instaladas desde unos quince mil años atrás, inicialmente en condición de cazadores-recolectores, y desde hace poco más de dos mil años en la modalidad de aldeas jerárquicas agroartesanales, diversas tribus arahuacas tales como los caquetíos, achaguas, betoyes, jirajaras, ayamanes y gayones [de donde procede, de estos últimos, casualmente, el apellido de este servidor].

Estas tribus, que se comenzaban a erigir en el centro de gravitación cultural del mundo prehispánico en nuestro actual territorio, estaban rodeadas por otros seis importantes grupos: los de la cuenca del lago de Maracaibo, también de filiación arahuaca, establecidos allí desde hacía unos mil años, de donde salieron los actuales guajiros; los andinos o timoto-cuicas, emparentados más bien con los chibchas colombianos, que ocuparon sus territorios unos mil años atrás y comenzaban a transitar, en los últimos quinientos, el camino de la jerarquización agroalfarera; grupos diversos, probablemente también con parentesco arahuaco, en la región de los llanos altos, o sea al oeste de los actuales estados de Apure, Barinas y Portugesa, con unos mil quinientos años de residencia en la zona, que también comenzaban a jerarquizarse en aldeas agroalfareras; los de la región centro-costera, en los valles de Caracas, Aragua, cuenca del lago de Valencia, región litoral e islas vecinas, con filiación caribe, unos mil doscientos años de residencia y vocación por la estructura agroalfarera, aunque también con un marcado instinto bélico y de organización en feudos o cacicazgos locales, en los recientes ochocientos; y, por último, las dos regiones al sur del Orinoco y al noreste del país, con una multiplicidad de tribus establecidas allí desde unos diez mil años atrás, posiblemente de filiación tupí-guaraní, y todavía básicamente en el estadio de cazadores-recolectores.

En las sociedades de la región noroccidental, en donde nos concentraremos por tratarse de la más evolucionada y hacia la cual posiblemente tendían las demás, al menos en el plano cultural, no puede hablarse de la existencia de clases sociales, sino de la simple división económica del trabajo, más que nada entre los sexos y según ciertas edades y niveles de experiencia, aunque hay evidencias, sobre todo por las distinciones encontradas en los tipos de entierros, de que comenzaba a plantearse cierta estamentación o diferenciación en estratos de importancia desigual, y también algo tendiente a la posesión de esclavos, con el trabajo de prisioneros de otras tribus en las labores más degradantes, pero en plan de castigo y sin tratarlos como cosas. Mientras que los hombres cazaban, pescaban, defendían los cultivos de incursiones ajenas, hacían la guerra, y comenzaban a tomarle el gusto a las borracheras con chichas, cocuy y otros licores, ellas recogían especies marinas, aseguraban la subsistencia cotidiana de todos, inventaban y mantenían herramientas, criaban los pequeños, velaban por el orden familiar, fabricaban piezas cerámicas, telas y vestidos, y, last but not least, domesticaban y cultivaban numerosas plantas y algunos animales. Entre las plantas domesticadas se contaban, antes que nada, el maíz, con distintas variedades, de las que hacían varias clases de cachapas, hayacas, hayaquitas, chichas y arepas, incluyendo dentro de éstas las dulces y las peladas, y luego la yuca, tanto dulce como amarga -de la que hacían casabe-, el ocumo, la ahuyama o calabaza, el ñame, las caraotas (esto sólo se ha demostrado recientemente), los frijoles, los quinchonchos, la cocuiza, el algodón, el tabaco, el cacao, el apio, los ajíes, la lechosa, la piña, el tomate, la guanábana, el níspero, la guayaba, la papa (en las áreas más altas o cercanas a los Andes), la batata, y muchas otras menos conocidas (como el lairén, el guapo y la pericaguara, que el autor desconoce lo que son). Los varones cazaban venados, báquiros, tigres y otros mamíferos terrestres, así como caimanes e iguanas, a la par que pescaban y recolectaban ostras, cangrejos, caracoles y afines. Como artesanías diversas, en buena medida desarrolladas calladamente por las féminas, usaban las terrazas, los campos elevados de cultivo, las represas y los canales de riego, lo cual requería de un alto grado de organización social y la existencia de un Estado, al menos en germen; disponían de una amplia variedad de pilones, manos y piedras de moler para los distintos tipos de maíz; conocían distintos tipos de utensilios de tejer y telares, tanto horizontales como verticales, para hilar el algodón y fabricar prendas de vestir, hamacas, chinchorros, bolsos, gorros, cordeles y afines, así como para tejer otras fibras, como la cocuiza y afines, con las que fabricaban sombreros de paja y semejantes; practicaban el relativamente complejo proceso de fabricación del casabe a partir de la yuca amarga, con su herramental de raspadores, rallos, sebucán, budares y otros; producían recipientes de cestería y cerámicos para transportar y cocinar alimentos, y conocían el poder preservativo de la sal; construían viviendas con distintos tipos de planta, según los usos, a bases de fibras vegetales, piedra, madera, caña brava y barro, con paredes de bahareque; usaban ampliamente las conchas como artículos de adorno y también como moneda; manejaban herramientas agrícolas diversas como distintos tipos de azadas y bastones de siembra, y, pese a su vocación eminentemente pacífica, dominaban el uso de arcos, flechas, arpones, macanas y venenos; empleaban disfraces e instrumentos musicales como variadas flautas, botutos y tambores, con los que acompañaban ceremonias y danzas diversas, de donde han emanado el Tamunangue y el Baile de las Turas; construían piraguas, balsas y canoas de distintas dimensiones, incluyendo tamaños que les permitían viajar hasta las islas de las Antillas y realizar intercambios comerciales. Estudiosos han estimado el vocabulario referido solamente a nombres de plantas en unos cinco mil vocablos, que han comenzado a ser rescatados a partir del examen de las lenguas sobrevivientes arahuacas (como la de los guajiros). Habían comenzado, incluso, a emplear dibujos como recordatorios para mensajeros, al estilo de los quipus incaicos, con altas perspectivas de evolucionar hacia un sistema de escritura. Practicaban una religión con semejanzas a la griega, con un panteón de dioses especializados en diversos ámbitos, aunque centrados en un dios principal femenino, Urrumadua, como ente creador principal, y una especie de principio maligno, el Capu, con el que no se tardó mucho para que designaran a los conquistadores españoles. Estudios realizados en complejos cementerios, de Quíbor y Carora, sobre todo, han revelado un alto grado de división del trabajo, con apoyo en la organización social en clanes matrilineales, y que disponían de diversos tipos de funcionarios como el jefe civil, militar y religioso, o diao, y los piaches o boratíos, especialistas en curaciones y pronósticos del tiempo. También practicaban múltiples ritos en torno a los nacimientos, la llegada a la pubertad, la consumación de los matrimonios, las muertes, y el consumo de cenizas de los deudos, disueltas en chichas especiales.

Antes del arribo español, esa sociedad noroccidental relativamente armoniosa y pacífica, con tendencia a parecerse al modelo de la poco conocida civilización egea, con su panteón de dioses de ambos sexos pero centrado en la diosa Deméter -sociedad sin clases que no pudo sobrevivir a la arremetida de las invasiones griegas, con sus cultos jerárquicamente masculinos, su estructura clasista y su vocación incomparablemente más guerrera-, estaba amenazada desde tres flancos vecinos u horizontales: desde el este venía el avance Caribe, con liderazgos del tipo de la mayoría de caciques que estudiamos en primaria: Guaicaipuro, Baruta, Chacao, Tamanaco, Tiuna y otros, mucho menos avanzados culturalmente, pero mucho más disponibles para la guerra; desde el norte emergía una seria amenaza, dentro del propio mundo arahuaco, asociada al cacique Manaure, con centro de operaciones en Todariquiva, cerca de Coro, quien comenzaba a concentrar un poder mucho mayor que el de cualquier otro, se empezaba a rodear de un culto como si fuese dios y ya le gustaba mucho ser paseado en hamacas ricamente ataviado y enjoyado, con pretenciones de avanzar hacia una teocracia de tipo azteca o incaico; y desde el suroeste andino venían en camino los timoto-cuicas, con sus influencias chibchas, su carga de elitismo y sus prácticas esclavistas. Es muy probable que, de no haber llegado nunca el español, esta sociedad de agricultores y alfareros de todos modos hubiese sucumbido, como todas las de su estirpe de sociedades sin clases, que, por más marcadas por los discretos aportes femeninos y su vocación productiva pacífica, siempre han terminado, al menos en los últimos cuatro mil años de historia humana, avasalladas por los modelos más machistas y guerreros de las sociedades esclavizantes y de clases.

Pero este no fue el derrotero histórico sino otro. La tragedia no sobrevino ni del norte ni desde el este ni desde el sur u oeste: pareció llegar desde arriba. Los conquistadores llegaron de repente, y ningún indígena pudo imaginar de dónde, dotados con una parafernalia cultural que hizo que inicialmente se les creyera de origen divino y que venían a desposar a Urrumadua, pero pronto, con sus desmanes que arrasaron en pocas décadas, incluso cuando creyeron que había llegado al Paraíso Terrenal, un esfuerzo cultural de al menos quince mil años, se vio claro que eran nada menos que la encarnación de Capu... Desde entonces, con la desgracia que sobrevino y el casi total genocidio que dinamitó una cultura literalmente diezmilenaria de trabajo ardua, paciente y femeninamente lograda, los venezolanos habitamos nuestra tierra y andamos por el mundo como hazmerreires con nuestras absurdidades económicas...

La razón principal por la que me he detenido en esta descripción de aquella sociedad arahuaca es que, dentro del amplio conjunto de modelos sociales que ha albergado nuestro territorio, me temo que es lo más cercano a una sociedad armoniosa y laboriosa con la que vale la pena familiarizarse y de la que sí podemos sentirnos orgullosos, y por que en su violenta y mezquina destrucción está la primera gran clave para entender la fobia de tantos venezolanos ante el trabajo: la alegre y creativa noción de trabajo que prevalecía en una sociedad con más de un sesgo paradisíaco, limpia, ingenua, amorosa, sin clases sociales, con absoluta equidad en la distribución de los frutos del esfuerzo colectivo, y casi civilizada, en el sentido convencional de que estaba en vías de descubrir la escritura, fue reemplazada, en un abrir y cerrar de ojos, por prácticas dantescas que quisieron convertir los seres humanos en menos que cosas, y en merecedores del abuso, la superexplotación, castigos inhumanos y la muerte prematura. Se pretendio colocar toda la dimensión fatigante del esfuerzo de trabajo del lado indígena, y todo el componente de goce de sus frutos del lado español. El resultado fue que la mayoría de hombres perecieron en enfrentamientos, labores forzadas y epidemias, mientras que las mujeres vieron destruida su paciente obra y perdieron los incentivos, las herramientas y hasta los objetos del trabajo. Entre inmolarse también genéticamente o ceder sus genes a las futuras generaciones, o sea a nosotros, incluso hibridándose con los violentos y cochinos capus y sin legar su rica cultura, escogieron lo menos malo y aquí estamos nosotros, vivos y con la tarea de construir una sociedad real y libre de ilusiones económicas, lo cual no puede empezar sino por recuperar la cultura de trabajo perdida.

Pero, con la presión por concluir, casi olvidaba destacar algo importantísimo, y es que, bajo toda la hojarasca de desplantes y barbaridades desplegadas en nuestro mundo falsamente económico y dominado por valores machistas, en los intersticios de la Venezuela aparente y que sobresale a la luz pública, hay unos vestigios que sí lograron legar nuestras abnegadas madres arahuacas y afines, a quienes, en medio de tanta cháchara militarista y fanfarrona, de tantas medallas y plazas y fuertes e insignias y condecoraciones y esculturas dedicadas a los caciques caribes, nadie les ha rendido su más que merecido reconocimiento. Cada vez que preparamos o comemos cachapas o hayacas o arepas o casabe o caraotas o papas o batatas o frijoles o quinchonchos o yuca o lechosa o guanábana o níspero o guayaba o ahuyama..., cada vez que dormimos en hamacas o chinchorros o usamos ropas frescas de algodón o nos bañamos diariamente o viajamos en canoas o usamos bolsos tejidos o cestas de fibras o sombreros de paja o cantamos o bailamos acompañados con tambores o flautas o ..., y sobre todo si lo hacemos en familia, con amigos, en colectivo, con amor y alegría, pues allí está, cuando sentimos esas sensaciones gratificantes y distintas de lo que solemos sentir en la oficina o en la fábrica, el legado de ellas, las ignoradas. Es muy probable que por el rescate de ese espíritu de trabajo doméstico no alienado, a menudo no remunerado, haya que empezar a edificar una cultura de verdadero trabajo en Venezuela. Mientras no lo logremos, hasta en el Paraíso Terrenal nos sentiremos insatisfechos. Volveremos la semana que viene sobre las cuatro pistas restantes.