martes, 4 de agosto de 2009

Nuestras capacidades estructurales culturales

Si las capacidades productivas son las más concretas, tangibles o duras dentro de las capacidades estructurales, las capacidades culturales serán entendidas aquí como su opuesto, es decir, como las más abstractas, intangibles o blandas, sin por ello compartir la idea de que serían algo así como dependientes de o un reflejo de aquéllas, o inferiores en algún sentido. Nada de esto: aunque admitiremos que estas capacidades culturales no pueden existir en un vacío físico, material o económico, y que inclusive están determinadas por las capacidades estructurales restantes, y especialmente por las capacidades productivas, postulamos también, tomando el término de los llamados estructuralistas, que las capacidades culturales sobredeterminan a las demás y, más allá todavía, las dotan como de un norte o sentido sin el cual éstas resultan incomprensibles y aun impensables.

Las capacidades culturales vienen a ser entonces como una especie de alma, psique, subconsciente o conjunto de valores de las sociedades, aceptados y transmitidos -sin excluir mutaciones- de unas generaciones a otras, de manera análoga a como en el plano individual somos orientados por impulsos anímicos rectores, sin que cuente aquí que la comprensión de éstos haya sido objeto de toda clase de debates religiosos o teóricos. Con más espacio y calma nos placería detenernos en argumentar como estamos persuadidos de que esta manera de entender la sociedad, afín a la de religiosos, humanistas y científicos sociales, tiene, por lo menos, interesantísimas analogías con la visión del mundo de los físicos, para quienes el mundo material, hecho de partículas elementales dotadas de masa o fermiones, es indesligable de un mundo de partículas sin masa o bosones que le da sentido o conexión con el resto del universo a las primeras y les permite ejercer sus fuerzas sobre ellas; pero mejor dejamos estas reflexiones como ejercicio para la casa y cortamos aquí, sin que esto signifique que nos olvidaremos del asunto.

Si tuviésemos que continuar con nuestras metáforas entre los sistemas del organismo humano y las capacidades estructurales sociales, diríamos que las capacidades culturales serían análogas a las del sistema nervioso no ligado a las actividades conscientes o al razonamiento, es decir, a todas las áreas u órganos comprendidos desde el sistema nervioso periférico, que regula espontáneamente nuestra respiración, percepción, circulación sanguínea, digestión y muchas otras funciones, hasta todos aquellos componentes del sistema nervioso central, como la médula espinal, el cerebelo, el subsistema límbico, los lóbulos temporales del cerebro y otros, que regulan nuestras emociones, equilibrio, sueños, reacciones instintivas y afines, en síntesis, todo lo que nos da aliento o ánimo para hacer las cosas, nos guía o impulsa inconscientemente y nos "dice" si lo que hacemos es pertinente o no y si está bien hecho y/o nos gusta o no. Y de la misma manera a como no es indispensable, para nuestra concepción del organismo individual, entrar a dirimir acerca del porqué de que esta alma, psique o como prefiramos llamarla, es como es o si alguien la puso allí, pues nos basta constatar su existencia, darnos cuenta del papel regulador de nuestras actividades que desempeña y convencernos de que de ninguna manera podemos subestimar su rol en nuestra vida, así mismo no nos hace falta establecer la naturaleza u orígenes de las capacidades culturales. Esto no quiere decir que no nos importen estos complejos asuntos o que no tengamos opinión sobre ellos, sino que nos interesa mucho más abrir la posibilidad de compartir, pluralmente, interpretaciones y acciones sociales con personas con una diversidad de puntos de vista o concepciones, siempre que sean abiertas, sobre estos asuntos.

Y, llegadas las cosas a este punto, tal vez convenga aclarar que el aparente jueguito este de las metáforas sobre el organismo humano, tiene un sentido más profundo o al menos ambicioso, cual es el de pretender avanzar hacia una especie de teoría anatómica o estructural de la sociedad que pudiese permitir analizar, diagnosticar y hasta tratar los problemas sociales, al estilo de lo que hacen los médicos con la medicina, quienes a la hora de extraer o extirpar un tumor o corregir una anomalía en un órgano no se detienen a pensar en si la persona es cristiana o musulmana, catira o morena, de derecha o de izquierda, sino que, con la mismas teorías anatómicas abordan sus intervenciones en unos u otros casos. En otras palabras, aunque no somos precisamente devotos de la ciencia, y menos de la académica, no vemos prudente despachar o desestimar el enfoque o abordaje de tipo científico de los problemas, y menos para reemplazarlo por enfoques dogmáticos, empiristas o caprichosos: creemos en la necesidad de superar las limitaciones del pensamiento parcelado científico, pero absorbiéndolo al interior de un pensamiento más rico y abarcante, parecidamente a como la ciencia lo ha hecho con el pensamiento lógico o aristotélico, al cual contiene o abarca como un subconjunto particular o más restringido.

También en las capacidades culturales distinguiremos seis tipos o subcapacidades, tres básicos o inherentes a todas las sociedades humanas, y tres "evolucionados" o distintivos de diferentes tipos de sociedades o modos de vida a lo largo de lo que entendemos ha sido nuestra historia. Las capacidades culturales esenciales o básicas serían las referidas a la valoración del mundo, la vida y las personas, a la que llamaremos concepción general del mundo (para evitar usar la palabreja alemana weltanschauung, tan popular entre los filósofos, que no parece quedar bien traducida por cosmovisión o ideología en sentido general), que comprende a lo que suele denominarse la moral o sentido del bien, y que incluye la valoración del lenguaje como herramienta para representar todo lo demás; las referidas a la concepción o valoración del poder, la igualdad, la equidad y la justicia, o capacidades culturales ideológicas en sentido estricto, o simplemente cultura ideológica o ideología; y las referidas a la valoración de la utilidad de las cosas y procesos materiales, o cultura material. Estos tres tipos de capacidades culturales serían inherentes a todos los tipos de sociedades o modos de vida, y serían los únicos de las sociedades primitivas sin distinciones de clases, en donde habrían existido de manera integrada o sin fisuras internas, o sea, sin sesgos privilegiadores de los intereses de ciertos grupos o clases sociales frente a otros.

Las capacidades culturales producto de la evolución histórica de las sociedades serían las referidas a la valoración de los recursos territoriales, ambientales y de infraestructura, junto a las reglas para su ocupación o usufructo, o capacidades culturales territoriales, las cuales habrían surgido con el proceso de sedentarización de las sociedades en ciertos territorios con ventajas para los asentamientos rurales o urbanos y/o para la agricultura, el pastoreo, el riego o la disponibilidad minera de distintos recursos del subsuelo. Aunque, conceptualmente y a diferencia de lo sostenido por los clásicos marxistas, no pensamos que la mera existencia de las actividades agrícolas sea condición suficiente para la emergencia de la propiedad territorial privada y, con ella, de las clases sociales, y prueba de ello parecieran ser sociedades como la civilización egea en la Europa pregriega o la cuasicivilización arahuaca en la Venezuela prehispánica, en donde existieron sistemas agrícolas avanzados sin clases sociales y, por tanto, con culturas integradas o armoniosas, lo cierto es que pareciera que hasta ahora ninguna sociedad agrícola con impacto significativo sobre otras sociedades o sobre las tendencias centrales de la historia conocida ha podido subsistir sin la generación de clases sociales y sus correspondientes culturas escindidas en un componente dominante y otro dominado o subordinado.

Da la impresión de que la combinación fatal ha sido el encuentro de pueblos agrícolas pacíficos con pueblos invasores belicosos y dotados con ventajas militares que terminan por subyugar y hasta esclavizar a los primeros, de modo semejante al conocido fenómeno según el cual los niños pacíficos, respetuosos y estudiosos con frecuencia terminan sufriendo ataques, atropellos o despojos de niños violentos, malcriados o maleducados. Sea cual sea la explicación, lo cierto es que la casi totalidad de sociedades dotadas de sistemas agrícolas o mineros han terminado por convertirse en sociedades de clases sociales, en donde quienes se han vuelto propietarios de las tierras o minas han explotado, sometido y muchas veces esclavizado a los no propietarios y les han impuesto alguna ideología, religión o cultura dominante, que intenta justificar o presentar como natural o merecido tal explotación o sometimiento. Tal vez la combinación más usual sea la que supone la existencia de un dios o criatura sobrenatural que consiente o premia a sus devotos principales, que resultan ser los mismos propietarios de las tierras y sus descendientes, con privilegios sobre los no creyentes, creyentes a medias o conversos, que, pese a ser, a menudo, descendientes de los ocupantes originarios de las mismas tierras, acaban por ser los no propietarios subordinados a los primeros. Frente a tales situaciones de injusticia, la respuesta ortodoxa de izquierda es la de propiciar la lucha de clases para devolver a las clases oprimidas la libertad y la propiedad perdida de las tierras, pero resulta que no se conoce ni un solo caso en donde este tipo de lucha de clases haya engendrado una sociedad de nuevo tipo: la sociedad romana, por ejemplo, que es un clásico de la dominación esclavista amparada por una ideología y una cultura religiosa legitimadora de tal orden, no fue reemplazada o superada por otra dirigida por los esclavos o sus descendientes que pasaron a dominar a sus anteriores amos, sino por fuerzas sociales externas que portaban en su seno las relaciones del tipo señor/siervo, lo que dio lugar al feudalismo medieval como sistema alternativo al romano, en donde todas las clases del antiguo sistema se reacomodaron según las clases del nuevo.

El quinto tipo de capacidad cultural es el que asociamos a la valoración de leyes, normas escritas, manuales y libros contentivos de verdades, órdenes con miembros portadores de dichas verdades, con frecuencia reveladas por entes no humanos, y exégetas de tales libros, y autoridades de diversa índole legitimadas por tales leyes, normas y verdades, a las que denominaremos cultura legal o normativa. Nuevamente, aunque consideramos pensable la existencia de una sociedad que, al estilo de la Castalia de Herman Hesse en El juego de abalorios, pudiese existir con una cultura normativa armoniosa y sin distinciones clasistas, el hecho es que todas las sociedades de que hayamos tenido noticia con capacidades culturales de este tipo han sido sociedades jerárquicas, en donde las leyes o normas favorecen discriminativamente a quienes detentan el poder, en perjuicio de quienes no lo detentan. Las sociedades mercantiles o sociedades monárquico-burguesas, al estilo de la Europa de los años aproximadamente 1500-1789, y del tipo que vemos como esencialmente prevaleciente en la América Latina actual, es decir, sociedades con estructuras premodernas o anteriores a las revoluciones modernas industrial o inglesa y política o francesa, pueden ser consideradas como sociedades con culturas dominantes de tipo normativo, estructuradas en beneficio de las clases dominantes correspondientes. Lo dicho al final del párrafo anterior sería, con variantes, aplicable también aquí: la sociedad moderna que emerja del colapso del obsoleto régimen mercantil o autocrático no podrá surgir de la inversión del poder de clases en la sociedad anterior y menos de la dictadura de los proletarios e indigentes sobre los burgueses y pequeñoburgueses, sino del gradual y consciente establecimiento de un nuevo sistema social con relaciones distintas del tipo que exploraremos a continuación.

El sexto tipo de capacidades culturales es el que vincularemos a la valoración del conocimiento, de la verdad no revelada por nadie sino legitimada por la investigación científica y la comprobación experimental de hipótesis, de la validación práctica de modelos teóricos, de la autoridad emanada del aprendizaje y manejo de los conocimientos así generados, a las que llamaremos capacidades culturales cognitivas, características de las sociedades modernas. Aunque reconocemos, en muchos sentidos pero no en todos, un importante grado de evolución en las sociedades con culturas dominantes de este tipo, sobre todo en relación a aquéllas con culturas de los tipos anteriores, no se nos escapa que seguimos tratando con sociedades de clases en donde, por regla general, el empleo del conocimiento científico y tecnológico, supuestamente imparcial u objetivo, termina por favorecer los intereses de quienes financian y controlan los centros de investigación y desarrollo en donde se genera, o sea, de las clases empresariales y gerenciales de las grandes corporaciones y los altos funcionarios estatales que a menudo favorecen sus intereses mutuos con ésas, y termina por contribuir a imponer un estilo de vida consumista y materialista que perjudica a prácticamente todo el mundo.

Imaginamos la superación de estas sociedades modernas como una extrapolación del proceso, que ya vemos en marcha, de emergencia de un nuevo tipo de capacidades asociadas a la valoración de la ética, del respeto a las personas y al ambiente, de la solidaridad y la cooperación frente a la competencia, y valores afines, hasta convertir en dominante esta nueva cultura, pero nunca como producto del derrocamiento violento del empresariado corporativo y sus adeptos privilegiados. Y pareciera probable que este nuevo tipo de sociedad, a la que nos gustaría llamar simplemente posmoderna o socialista de no ser por la cantidad de connotaciones ambiguas que todavía portan estos términos, pueda por fin evolucionar, después del aparentemente largo pero en el fondo insignificante paréntesis clasista de las sociedades humanas, hacia un nuevo tipo de sociedad a la vez compleja y sin clases sociales, al estilo del modelo prefigurado como ideal por todas las religiones y por muchas doctrinas no religiosas. En resumen, hacia una sociedad nuevamente armoniosa y bajo el imperio único del amor en un ambiente de libertad y respeto, concordante con las tendencias centrales de nuestra deriva biológica.

Mientras tanto, mientras evolucionan estos lindos procesos en donde si seguimos pegados a nuestros vicios atávicos los latinoamericanos no podremos participar activamente y menos ser protagonistas, no nos queda sino pensar y actuar mucho, transdisciplinaria y colectivamente, en pro de la desmixtificación -o desenmarañamiento de sus falsos componentes- de nuestras culturas, en el rescate de valores sepultados por siglos de explotación y opresión -tales como los ritos de fertilidad de la tierra que se esconden bajo ciertos rituales católicos criollos, como el de la paradura del niño-, en el impulso a procesos de modernización y reacomodo social que no pueden tener como norte la copia de los vicios de las sociedades ya modernas, y tampoco la imposible inversión o puesta patas arriba de nuestras sociedades premodernas, sino la transformación y superación de nuestras capacidades en la ruta hacia las sociedades sin clases sociales de futuro. Si así actuáramos, haríamos como los niños que anhelan ser sabios cuando grandes o ancianos, y hasta reconocidos después de muertos o en otros mundos, pues nadie tiene derecho a poner límites a nuestros afanes de superación, pero sin por ello pretender saltarse sus inevitables adolescencias, juventudes y adulteces...

viernes, 31 de julio de 2009

Sobre nuestras capacidades estructurales productivas

En lugar de las metáforas mecánicas, ingenieriles o arquitectónicas tan populares entre los economistas y científicos sociales, quienes gustan de ver la economía como la plataforma de despegue, la infraestructura o los cimientos de un edificio, aquí preferiremos -pese a que algo entendemos de ingeniería-, pues nos aporta una imagen mucho más elocuente, ver las capacidades estructurales productivas de las sociedades como si fuesen análogas al más básico de los sistemas del organismo humano, es decir, como el aparato o sistema digestivo, que extrae de los alimentos que ingerimos las proteínas, calorías, vitaminas y minerales para construir las células de nuestro cuerpo, disponer de energía para nuestras actividades y protegernos de enfermedades. Las capacidades productivas o económicas serían aquellas que le permiten a las sociedades, en circunstancias de recursos ambientales escasos, generar, a manera de nutrientes, los bienes y servicios que requieren para satisfacer sus necesidades.

Y, en lugar de los clásicos elementos capital, tierra y trabajo, que suelen distinguir los economistas, aquí destacaremos seis órganos o componentes fundamentales del sistema o aparato económico de una sociedad moderna, a saber, las capacidades de valorización, gestión, trabajo, equipamiento, información y formación. Por capacidades de valorización entenderemos aquéllas vinculadas al establecimiento de los propósitos últimos de las actividades productivas, es decir, los valores, de naturaleza subjetiva pero que a menudo se intentan cuantificar en dinero u otros beneficios medibles, que le dan sentido a toda actividad económica. Por capacidades de trabajo designamos a todas aquellas de índole manual o intelectual que permiten transformar físicamente los insumos del aparato productivo en los productos deseados. Las capacidades de gestión serían aquellas que permiten armonizar, mediante actividades como la planificación, el control, la organización o el liderazgo, el empleo práctico de las distintas capacidades disponibles con los valores orientadores del sistema productivo. Estas tres capacidades mencionadas hasta aquí serían inherentes, según la conceptualización que proponemos, a todo sistema productivo o económico, mientras que las restantes dependerían del grado de madurez o evolución de estos sistemas. Lo que equivale a afirmar que dichas tres serían constitutivas de todos los sistemas económicos, incluidos los comúnmente llamados primitivos, de las sociedades recolectoras y cazadoras características de nuestro género humano durante tres millones de años o más, y, por supuesto, de la especie Homo sapiens a la que desde hace unos doscientos mil años pertenecemos -aunque todavía a muchos no les simpatice la idea- todos sin excepción.

Las capacidades de equipamiento habrían surgido con la sedentarización de las sociedades y la emergencia de las actividades agrícolas de riego y siembra de cultivos y crianza de animales, junto a la aparición de actividades manufactureras textiles, cerámicas, culinarias y afines, y el despliegue de un amplio conjunto de herramientas, que tuvo lugar hace alrededor de unos doce mil años en distintas partes del globo, incluyendo las comunidades prehispánicas de nuestra América, para dar lugar a los que llamaremos modos de producción artesanales. Posteriormente, y después de un largo proceso de maduración en donde la información era utilizada sistemáticamente sobre todo en actividades religiosas y políticas, ésta fue incorporada, hace alrededor de unos mil quinientos años en Occidente, al aparato productivo característico o modo de producción técnico de las sociedades primero feudales y luego, con una versión más evolucionada que incluyó normas, registros contables, planos, instructivos y afines, a las sociedades mercantilistas. En este último estadio evolutivo se hallaba la sociedad hispánica que, hacia 1500, hizo contacto con y sometió a nuestras sociedades indígenas. De este gradiente o desarrollo desigual de capacidades, involuntariamente reforzado con una mucho mayor resistencia del europeo ante gérmenes epidémicos, dependió en alto grado la derrota, la deculturación aplastante y el casi genocidio de los pobladores originales de nuestros territorios.

Por último, hace apenas unos dos siglos, irrumpió una nueva revolución en los sistemas de producción, que hizo del saber de tipo científico, que también se había incubado durante los tres siglos anteriores en los ámbitos filosóficos o culturales, una nueva fuerza productiva plasmada en múltiples mecanismos de generación de nuevos conocimientos, o actividades de formación, tales como las actividades de investigación, desarrollo y diseño basadas en la elaboración de modelos, la enseñanza/aprendizaje en base a problemas y preguntas abiertos, y la optimización de soluciones a problemas por vía teórica o de proyectos concretos. La ventaja exhibida por las llamadas naciones modernas respecto de las que no lo somos, o al menos del todo, deviene en buena medidad de esta madurez o grado de transformación de sus capacidades productivas. Mientras que la mayoría de las sociedades de los grupos que hace un par de entregas caracterizamos como capitalistas o de sistemas mixtos poseen, en promedio, fuerzas o capacidades productivas con un alto nivel educativo -secundario completo y en vías de universalizar algún grado de educación superior- y organizadas para producir con una productividad muy por encima del promedio mundial, en el orden de unos 10 a 12000$ anuales por trabajador ocupado, nuestra naciones latinoamericanas disponen de una fuerza de trabajo que, en promedio, está organizada apenas muy informalmente y suele disponer de sólo una primaria incompleta y de baja calidad, lo que hace difícil cuando no imposible la incorporación del conocimiento científico a la actividad productiva, que es la clave para exceder tales niveles de productividad.

A su vez, dentro de las capacidades estructurales productivas, probablemente las más básicas o esenciales, algo así como el "estómago" en el sistema digestivo, sean las capacidades de trabajo, especie de bloques o partículas matrices a partir de las cuales se construyen o derivan todas las demás capacidades productivas, y en las que parecieran inspirarse, indirectamente, las restantes capacidades no productivas. Si las capacidades productivas son las más duras, básicas, tangibles o medibles dentro del conjunto de las capacidades estructurales, las capacidades de trabajo son, a su vez, las duras, etc., dentro de las capacidades productivas. Esto sugiere que la capacidad de los modernos empresarios o gerentes, por ejemplo, quienes son los más directos exponentes de las capacidades de valorización o de gestión, se derivan en buena dosis de las capacidades avanzadas de trabajo productivo que poseen o alguna vez tuvieron. Sin embargo, esto no significa que las capacidades de gestión o valorización sean un mero "reflejo" o consecuencia de la transformación de las capacidades de trabajo: las limitaciones empresariales o gerenciales de los países que, como la URSS o Cuba, se han lanzado a construir el "socialismo" a través de una "dictadura del proletariado" o de los trabajadores y sin pasar por el capitalismo son un claro ejemplo de ello.

Esta cualidad del trabajo va mucho más allá del ámbito económico. Podemos pensar que la existencia concreta de prácticamente todos los seres, animados o no, se organiza en torno a su capacidad para realizar trabajo, es decir, para aplicar fuerzas físicas y transformar su entorno según sus finalidades o razón de ser. Sin trabajo no puede haber entidad de ningún ser material, puesto que no podría ocupar ningún lugar en el espacio, o sea, algún volumen propio; aceptar o ejercer fuerzas de alguna índole o disponer de una masa autónoma, diferenciada de su entorno; ni tampoco existir en momento alguno en el tiempo, o sea, experimentar algún cambio o variación de estado. Y todo esto, que, a riesgo de ponernos un poco filosóficos o profundos, consideramos pertinente para todos los seres, lo vemos especialmente válido para los seres humanos.

Al trabajo humano lo concebimos como un modo o manera altamente evolucionado de realizarse el trabajo en general. Creemos que sólo la insólita compartimentalización del conocimiento, característica de las sociedades modernas, ha permitido que los físicos y químicos al hablar de trabajo crean referirse a algo absolutamente distinto de lo tratado por biólogos o economistas bajo el mismo término. El trabajo humano participa de la cualidad de aplicar fuerzas para alcanzar transformaciones, como todas las formas de trabajo, incluidas las inanimadas; es contentivo de la capacidad para retroalimentarse con información sobre los resultados obtenidos con la aplicación parcial de fuerzas, al estilo de los demás animales y aún de las plantas y bacterias; pero comprende, además, la capacidad única de representar anticipadamente los resultados potenciales de la aplicación de tales fuerzas, lo cual sólo es posible gracias a ese órgano milagroso, y exclusivo nuestro, en este planeta, que es el cerebro humano, el cual posibilita la imaginación anticipada, o monitoreo inteligente, de tales resultados. De allí que sea absurdo, desde la perspectiva aquí sustentada, oponer trabajo a imaginación, o materia a idea, o ciencias naturales a ciencias sociales, pues los vínculos o interrelaciones entre estos pares de instancias son evidentes, o deberían serlo para quienes hemos nacido y crecido en el siglo veinte, en donde se demostró hasta la saciedad que la materia y energía son la mismísima cosa.

La conclusión que deseamos sustentar es que, si bien es innegable que las naciones y empresas con pretensiones hegemónicas se empeñan en reorganizar el mundo a su antojo, dejando fuera de todo progreso social a masas enormes de la población habitante de nuestro hasta hace poco llamado mundo subdesarrollado, en el fondo lo que hace posible tal dominación es el escaso grado de desarrollo de las capacidades productivas, y particularmente de trabajo, de esta misma población, la que, de paso, se vuelve aún más vulnerable cuando se reproduce mucho más aceleradamente que su capacidad para satisfacer aunque sea mínimamente sus necesidades. Las naciones llamadas desarrolladas lo que hacen es sacar provecho de sus ventajas en materia de capacidades, de manera semejante a como, al interior de nuestros propios países, las poblaciones urbanas se aprovechan del atraso de las campesinas, o las campesinas de las indígenas, o unas indígenas de las otras indígenas más rezagadas en términos productivos.

Y no se está diciendo aquí, como seguramente lo va a interpretar cierta ortodoxia izquierdista, que se justifique o sea inevitable la dominación de nuestras naciones por potencias y empresas externas, sino simplemente de entender que pese a las maravillosas cualidades y potencialidades de nuestro género humano, que nos predisponen a la edificación de un mundo de libertad, fraternidad y equidad, en los últimos quinientos años de evolución, o tal vez un poco más si incluimos el caso de los imperios antiguos, el contacto entre poblaciones de altos contrastes en el grado de desarrollo de sus capacidades ha hecho posibles mecanismos de dominación política, explotación económica y subordinación cultural, al parecer desconocidos durante la anterior existencia humana, que con mucho han venido a reeditar grotescamente el mundo de bestialidad y feroz agresividad del que biológicamente hemos querido diferenciarnos.

martes, 28 de julio de 2009

¿Cuáles son esas capacidades de las que tanto hablamos?

Iniciamos los artículos de nuestro blog con una presentación de la idea misma que nos alentaba, luego incluimos un par de entradas introductorias a nuestra temática latinoamericana, después una trilogía sobre la metodología que emplearíamos, y más adelante otro par sobre la generación del autor, hasta que comenzamos y concluimos una serie más larga sobre los orígenes, naturaleza y perspectivas de nuestra gran nación latinoamericana y sus naciones integrantes. Quisimos, entonces, entrar cuanto antes en materia, al estilo del enfoque musical de las orquestas infantiles y juveniles de Venezuela, en donde desde el vamos los aprendices entran en contacto con la interpretación de piezas, sin pasar por los áridos períodos de dominio previo de la teoría y solfeo, característicos de los enfoques tradicionales. Sin embargo, para profundizar en las tesis ya expuestas, lo que equivale a decir: para mejorar nuestras interpretaciones de las piezas temáticas que nos ocupan, es conveniente familiarizar a nuestros lectores con una serie de conceptos que hemos venido desarrollando y madurando con nuestras investigaciones, y que muy por encima hemos utilizado en los artículos precedentes. Es esto lo que haremos con esta serie de artículos un poco más conceptuales o abstractos que iniciamos hoy, pero en donde no renunciaremos a constantes ejemplos concretos e inclusive a seguir abordando las problemáticas de nuestros países, que ya hemos considerado.

Cuando de conceptos o ideas generales se trata, la mayoría de nuestros debates latinoamericanos han girado en torno a la prioridad de las finalidades de libertad o igualdad, y, en menor medida, de fraternidad -a veces reemplazada explícitamente por la idea de competitividad-, de los procesos de cambio de nuestras sociedades, con escasa atención brindada a las capacidades para impulsarlos. Bajo las consignas de apertura a los mercados e inversiones capitalistas internacionales, o de lucha por el socialismo o contra la dependencia o contra el capitalismo o contra el imperialismo, se han guiado buena parte de nuestras luchas contemporáneas, colocándose siempre el acento en los factores exógenos. Cuando, con mucho menor énfasis, se atienden los componentes endógenos de nuestros cambios, entonces sólo se subrayan sus aspectos políticos o culturales más superficiales y aparentes. Al esclerosamiento, por siglos, de nuestras maneras artesanales o escasamente tecnificadas de trabajar, al limitado grado de capacitación para el trabajo de nuestras poblaciones, a nuestros sistemas de instrucción memorísticos y titulistas, a la concentración de nuestras gentes en unas pocas grandes ciudades con gruesos cinturones de miseria y violencia, al abandono de extensas áreas de nuestros territorios, donde a menudo se concentran nuestros principales recursos hídricos, minerales y biodiversos, a nuestras culturas muchas veces cuajadas de dogmas, atavismos y prejuicios, o a nuestros mecanismos de participación política, las más de las veces centrados en el seguimiento acrítico a caudillos y demagogos, la mayor parte de nuestros pensadores, y sobre todo de nuestros hombres de acción, tanto conservadores como liberales y tanto reformistas como revolucionarios ortodoxos, le han brindado escasa atención. Los más suponen que todo empezará a cambiar como por encanto a partir de la asimilación de la cultura occidental que nos inyectará algún espíritu celestial, en la mañana verde de las inversiones extranjeras con los dólares salvadores, o desde la mágica mañana roja socialista y antiimperialista.

El resultado es que pareciéramos dar vueltas en una pesada y cíclica noria, desde el conservadurismo o liberalismo extranjerizantes a los arrestos por construir un socialismo carente de soportes productivos o educativos, y viceversa. Nuestras estructuras productivas, educativas, territoriales, culturales o de participación política siguen siendo escasamente comprendidas. Desde afuera, desde arriba y por encima parecieran ser las directrices principales de nuestros afanes de cambio, y por querer andar rápido y no poder esperar la maduración interna de nuestros procesos de transformación de capacidades terminamos paradójicamente estancados por décadas y aún siglos.

Desde la perspectiva diferente que poco a poco nos proponemos comunicar aquí, precisamente para alcanzar tales finalidades de libertad, fraternidad y satisfacción de nuestras necesidades, y también cambiar nuestras relaciones con el entorno y edificar nuevas instituciones de toda índole, enfatizaremos la transformación gradual de nuestras capacidades desde abajo hacia arriba, desde las raíces hacia la superficie y desde dentro hacia afuera, es decir, desde las esferas productiva, territorial y educativa hacia las esferas política, cultural y mediática internas, y desde todas nuestras relaciones internas hacia la redefinición de las relaciones con otras naciones. No se trata, por supuesto, de escoger disyuntivamente entre unos u otros factores o variables o ritmos de cambio, sino de colocar los acentos en el lugar apropiado, de entender que mientras no cambiemos y maduremos por dentro y en nuestros cimientos será inútil cambiar nuestras envolturas y ropajes ideológicos externos.

De todo ello resulta que la caracterización, desde múltiples puntos de vista, de nuestras capacidades será crucial para hacer comprensibles nuestros planteamientos. Lo haremos desde varias perspectivas o dimensiones fundamentales, a las que denominaremos: estructural, procesal y sustancial. Si hiciésemos una analogía con el organismo humano, diríamos que así como las capacidades estructurales de éste son las referidas a los distintos sistemas de órganos: respiratorio, circulatorio, digestivo, nervioso, etc., que lo integran, en el caso social tenemos las capacidades productivas o económicas, las participativas o políticas, las culturales o ideológicas, las territoriales o ambientales, las comunicativas o mediáticas, y las formativas o educativas. Dentro de las capacidades productivas le otorgaremos especial atención a las capacidades de trabajo, pues estas contienen algo así como el fundamento genético de las restantes capacidades de valorización, gestión, equipamiento, información y formación. También las capacidades educativas recibirán aquí un tratamiento privilegiado, por estar convencidos de que constituyen un factor de importancia difícil de sobrestimar en la transformación estratégica de América Latina.

Por capacidades procesales, que detallaremos más adelante, entenderemos aquellas referidas, análogamente a lo que ocurre con el ciclo de vida del ser humano, a la iniciación, ejecución y culminación de procesos de cambio, y por capacidades sustanciales, que también desagregaremos luego, a aquellas otras referidas a las maneras específicas de satisfacer nuestras necesidades y realizar nuestras libertades, de acuerdo a nuestros antecedentes, recursos y experiencias concretos. En las próximas entregas, esta vez -puesto que lo vemos factible- prestando más atención a las recomendaciones de amigos que nos piden ser más breves para interesar a un mayor número de lectores, nos ocuparemos de presentar y considerar estos distintos tipos de capacidades. Espero que estos artículos les parezcan tan interesantes como a mí, y si no es así, me pueden echar un grito, por ejemplo, a través de los consabidos comentarios, para ver qué resolvemos.

De repente no es ni malo repetirles que, en definitiva, todo este rollo del blog no es sino una manera de expresar mi cariño a nuestra humanidad, nuestra Latinoamérica, nuestra Venezuela y, dentro de ellas, a ustedes mis queridas lectoras y lectores, como viva expresión de por lo menos alguna de esas esferas.

viernes, 24 de julio de 2009

Hibridados e ilusionados (y V): los venezolanos entre el mercantilismo del siglo XVIII y el socialismo del siglo XXI

1989, el año que escogimos como hito de terminación del período de gestación, auge y derrumbe de la democracia bipartidista venezolana, fue también el de la caída del muro de Berlín, del derrumbe del bloque socialista soviético y por tanto del comienzo del fin de la Guerra Fría, y, por si poco, del nacimiento de Internet. En esta data, que reiteradamente ha sido señalada como la del inicio del llamado "proceso" de cambios que vive Venezuela, se entrelazaron, en un nuevo contexto mundial y montados sobre una falla social profunda que ha dividido a los venezolanos en establecidos y excluidos, múltiples vectores de las crisis moral, política, económica y educativa que hemos querido analizar en nuestros artículos pasados. En esta entrega final de la primera serie sobre Venezuela de nuestro blog, que no trata de fijar posición sobre el momento o la coyuntura política actual, sino sobre la naturaleza del proceso histórico de nuestro país, en el contexto de una serie más amplia sobre la misma problemática a nivel latinoamericano, aportaremos nuestra quinta y última clave para descifrar el porqué de las anomalías culturales que destacamos al empezar.

Sobre la base de interpretaciones y rabias antagónicas vinculadas a aquellos hechos de febrero-marzo, en el país se ha desatado una polarización social y política sin precedentes en épocas de relativa paz o, al menos, según nuestras estimaciones, en los últimos ciento cincuenta años, la cual, en su momento culminante, en 2002-2004, nos colocó al borde de una nueva guerra civil, y todavía nos mantiene en un estado de intolerancia extrema y sobrepolitización. Todo esto, en la práctica, dificulta la atención a nuestros acuciantes problemas reales y abona el terreno para la persistencia de las que venimos llamando, a falta de un mejor término, ilusiones del pueblo venezolano. La identidad nacional, para cada bando por culpa del otro, está reducida a su mínima expresión, incluso en los ámbitos familiares y de la amistad, y esto ha erosionado el contenido de la venezolanidad hasta linderos en donde si, por ejemplo, después de un viaje de semanas o meses en otro país y hablando en otra lengua, uno está de regreso y se encuentra con un venezolano o venezolana en el aeropuerto, tiene que contener la alegría hasta descubrir en qué onda anda y si se podrá o no hablar de equis tema.

Si lo que hemos venido argumentando fuese lo suficientemente consistente, entonces los trescientos años de colonización, en donde se destruyó una armoniosa sociedad agroalfarera y sin clases sociales, nos legaron un organismo hecho de células sociales compuestas por un núcleo estamental o de castas genéticamente esclavista y un protoplasma integrado por ingredientes feudales y sólo muy precariamente mercantilistas, contra el cual se alzó en bloque el grueso de la población parda liderada por criollos revolucionarios y bajo la inspiración de un ambicioso proyecto transformador de largo plazo. Tras el fiasco que significó el abandono de este proyecto y su reemplazo por otro de mera sustitución de la casta peninsular dominante por castas criollas caudillistas, y que, a duras penas, permitió edificar una sociedad con ADN feudal o latifundista y envoltura mercantilista, que se derrumbó en 1948, se desató un nuevo proceso de transformaciones, que habría culminado en 1989, y al cual podemos atribuirle, en el más optimista de los casos, una mutación engendradora de una célula social de núcleo mercantilista y protoplasma sólo incipientemente capitalista. Si esto es válido, cómo creemos, entonces ¿cómo es eso de que ahora se pretende acabar con un capitalismo moribundo y reemplazarlo a decretazo limpio por un socialismo novedoso? ¿Cuándo se construyó esa sociedad moderna o capitalismo que ni estando aquí nos dimos cuenta?

O, más precisamente: ¿Cuándo se estableció en Venezuela un régimen de inversiones de capital para generar retornos a largo plazo en sustitución del régimen de compraventa de mercancias para generar ganancias a corto plazo? ¿Cuándo se implantó aquí un mercado de capitales para financiar inversiones de riesgo? ¿Cuándo ha existido entre nosotros una verdadera competencia entre los productores para optimizar la oferta de bienes y servicios y una verdadera inteligencia de los consumidores para optimizar la demanda de los mismos, lo que equivale a decir cuándo ha habido aquí algo que merezca, aunque sea aproximadamente, el nombre de un mercado competitivo, aunque sea de los llamados de tipo oligopólico? ¿Cuándo se capacitó científica y tecnológicamente una parte sustancial de nuestra fuerza de trabajo? ¿Cuándo las clases medias modernas de emprendedores, profesionales, investigadores, intelectuales y artistas han constituido una porción significativa de nuestro tejido social? ¿Dónde están las innovaciones científicas y tecnológicas de nuestro capitalismo? ¿Dónde la educación científica que enseñe a analizar las causas interrelacionadas de problemas complejos y a reducir la incertidumbre a través del trabajo en proyectos? ¿Dónde los departamentos de investigación y desarrollo, de diseño o de asistencia tecnológica a las operaciones de una porción significativa de nuestras empresas? ¿Dónde la planificación estratégica del desarrollo a nivel empresarial y del país en su conjunto? ¿Y los aumentos sostenidos en la productividad del trabajo? ¿Y el afán de superación individual, aunque sea para capitalizar individualmente los conocimientos, destrezas y actitudes adquiridos? ¿Y...? Así podríamos continuar con unas cien o doscientas preguntas más en torno a lo que creemos que es una sociedad capitalista, al menos en el sentido en que entendemos lo que expresaron Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mills, Carlos Marx, Federico Engels, Joseph Schumpeter, Joan Robinson, Gunnar Myrdal y qué se yo cuántos otros inacusables de no saber de qué estaban hablando cuando explicaban lo que era el capitalismo.

O, podríamos hacer aquí una retahila de signo contrario, y preguntar qué clase de capitalismo es éste que, tras no pararle ni a la ciencia ni a la tecnología ni a las inversiones inteligentes ni a la capacitación de la fuerza de trabajo ni a la creación de mercados verdaderamente competitivos..., todo lo resuelve a punta de permisos, palancas, prebendas, favoritismos, ventajismos, amiguismos, clientelismos, protecciones, regulaciones, componendas, sobornos, barreras, manipulaciones, dogmatismos, decretos, saludos a la bandera, frases huecas, cortoplacismos, improvisaciones,... de una manera asombrosamente parecida al tipo de régimen que aquellos al parecer conocedores caballeros y damas describían como mercantilista o precapitalista. Una de dos: o el sistema económico y social nuestro es el genuinamente capitalista y entonces el que tienen aquellos catires es de otra naturaleza y amerita otro nombre, o el de ellos es el sistema realmente capitalista y el nuestro un remedo, antecesor, paralelo o lo que queramos, pero de naturaleza harto distinta, porque no puede ser que ambos sistemas, con estructuras tan marcada y terminantemente disímiles sean de la misma naturaleza o clase. Venir con el cuento, tan caro y obvio para tantos políticos y académicos criollos y latinoamericanos, pero que a nosotros nos suena a pura coba, de que lo que pasa es que nuestro capitalismo es dependiente y el de aquéllos no, es como decir que mi paraulata es un murciélago pero de tipo dependiente o que mi hayaca está hecha con pan de trigo, sardinas y queso porque es una hayaca dependiente...

Mientras llega el momento, ya próximo, en que nos detendremos a exponer, tan sencillamente como seamos capaces, los conceptos que hemos desarrolado y que nos llevarán a fundamentar más sólidamente las afirmaciones anteriores, adelantaremos que, en el planeta que medio conocemos, pues con esos dólares tan por las nubes y esos pasajes tan recaros no es fácil conocerlo bien o al menos de cerca, y menos costeando los viajes con el bolsillo propio, distinguimos esencialmente cinco tipos o clases de sociedades u organismos sociales, con sus respectivas células características. El primer tipo o clase, integrado por buena parte de los 70 países del grupo llamado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, de "Desarrollo Humano Alto", cuyas células constitutivas poseen un núcleo social todavía capitalista, por regla general altamente industrializado, y que les permite un alto nivel de productividad per cápita, por encima de los 20 a 30000 dólares per cápita de ingresos reales anuales (algo así como 6 mil o más de bolívares fuertes mensuales por cabeza, ó 6 millones de los débiles, a menudo relativamente bien repartidos...), con una fuerza de trabajo altamente educada y capacitada tecnológicamente, con niveles de total alfabetización efectiva y más de 80 a 90% de enrolamiento de niños y jóvenes en el sistema educativo formal, y una esperanza de vida, por regla general rondando o por encima de los 80 años (lo que revela la calidad de sus sistemas de salud); pero, simultáneamente, con una cada vez más marcada envoltura protoplasmática de carácter socialista en sus células, que les permite regir sus sistemas educativos, de salud, culturales, mediáticos, de transporte, de comunicaciones, de seguridad social, policiales y muchos otros, con una lógica que dista de ser la del retorno o rentabilidad capitalista o del mercado y apuesta cada vez más al bienestar colectivo o socialista. Estamos hablando, entonces, de sociedades mixtas, capitalistas y socialistas a la vez, o si se prefiere, de capitalismos relativamente avanzados, sociales, a la europea o con una marcada vocación progresista, reinantes en (los números indican su lugar en el último ranking disponible del PNUD, según su liderazgo medido por el Índice de Desarrollo Humano): Islandia (1), Noruega (2), Australia (3), Canadá (4), Irlanda (5), Suecia (6), Suiza (7), Holanda (9), Francia (10), Finlandia (11), España (13), Dinamarca (14), Austria (15), Reino Unido (16), Bélgica (17), Luxemburgo (18), Nueva Zelandia (19), Italia (20), Alemania (22) e Israel (23), y quizás, o tal vez sea mejor idea incluir a éstas dentro de un orden distinto, capitalistamente menos maduro, de Grecia (24), Eslovenia (27), Portugal (29), República Checa (32), Hungría (36), Polonia (37), Eslovaquia (42), Lituania (43), Estonia (44), Letonia (45), Croacia (47), Bulgaria (53), Rumanía (60), Bielorrusia (64), Bosnia y Herzegovina (66), Rusia (67), Albania (68) o Macedonia (69), para un subtotal de cerca de 40 países, algunos de los cuales, sobre todo los venidos del derrumbe del campo "socialista" soviético, han ingresado o están por ingresar al grupo convirtiendo sus anteriores capitalismos estatales -a los que malllamaban "socialistas"- en privados, pero conservando muchas de sus anteriores vocaciones colectivas socialistoides, o sea, que, en cierto modo se están construyendo desde fuera hacia adentro, lo que introduce numerosas aberraciones en sus procesos de transformación de capacidades. A nuestro humilde parecer, es en esta primera clase de naciones que presentamos, en donde está emergiendo algo que podría merecer la denominación de socialismo del siglo XXI, lo cual puede ser si no verificado al menos explorado por los lectores curiosos, que todavía no lo hayan hecho, por módicas sumas que andan por el orden de unos cinco mil bolívares fuertes por persona para un viaje austero a Canadá (4), el país de esta clase que nos queda más cerca y resulta más accesible, y con quien, si no tratásemos tan mal a sus visitantes y turistas, podríamos aprender bastante y cultivar excelentes relaciones.

Después está la clase de los países más puramente capitalistas del planeta, con un núcleo a menudo fuertemente industrializado, con características como las que esbozamos para el grupo anterior, pero sin el énfasis en el desarrollo de instituciones de carácter social o al servicio del interés colectivo, o sea, con un "protoplasma" también esencialmente capitalista, en donde distinguimos tres órdenes, el de los capitalismos asiáticos o a la japonesa, con la peculiaridad de que se esmeran en delegar en grandes corporaciones transnacionales la conducción estratégica de sus economías, aunque con una política empeñada en mantener aplanado y equitativo el rango de ingresos y estimular la participación creciente de los trabajadores en la conducción de las empresas, lo que estimula una alta lealtad y confianza hacia ellas, a la vez que un alto grado de integración social y una muy sólida identidad nacional. Estamos hablando aquí de Japón (8), Singapur (25), Corea del Sur (26), y, hasta hace poco Hong Kong (21) y tal vez Taiwán (sin datos del PNUD, de seguro que para no irritar a los chinos continentales). Luego está el orden, con un sólo género y una sola especie, de los Estados Unidos de América (12), con una industrializadísima, productivísima, tecnologizadísima y paquidermísima economía, que por sí sola es un tercio de la del planeta, con un muy alto ingreso per cápita de más de 40000 dólares per cápita anuales, aunque nada equitativamente distribuidos, y hasta hace poco con un empeño por privatizar hasta lo humanamente imprivatizable; en dos platos, el nirvana de los monetaristas, neoliberales, mercadistas, fondomonetaristas, reaganianos, bushistas y demás adeptos. Estos, sin embargo, a la hora de propagandearnos a los ratoncitos las ventajas de ser como el elefante, se olvidan de hablarnos de un simpático truco de este sistema, cual es el de que el Estado, entre pitos y flautas y a cuenta de impuestos, se queda con la mitad de las ganancias de todas las superprivadas grandes, medianas o pequeñas empresas, y ¡ay de aquélla a la que se le ocurra engañar al fisco falseando costos o ingresos para evadir impuestos!, pues a los responsables les salen prisiones de cadenas extraperpetuas más largas que las de los más horrendos crímenes. Mediante este lindo artificio, en definitiva y para cualquier efecto práctico, el Estado termina yendo a medias con las ganancias del célebre mercado y actuando como si fuese el dueño de la mitad de todas y cada una de las empresas de cualquier tamaño, y como si él solo agregase el sexto del valor terrestre, lo que le permite realizar galácticas inversiones en armamentos para desarrollar inverosímiles colmillos y proteger mundialmente, cerrando el ciclo virtuoso, los intereses de las transnacionales que tan bien lo amamantan. El tercer orden de esta segunda clase lo constituyen un conjunto de pequeñas naciones, islas en su mayoría, que, sin poseer una industrialización avanzada, sino más bien concentradas en la prestación de servicios turísticos, comerciales y financieros, muchas veces en manos extranjeras, pero con una fuerza de trabajo altamente capacitada y bien remunerada e instalaciones e instituciones diversas con calidad de primer mundo, terminan por encajar dentro de esta clase de sociedades capitalistas. Estamos hablando aquí de especies, sobre las que lamentablemente existe poca información y gente a quien preguntarle, como las Bahamas (49) y las islas Seychelles (50).

La tercera clase la constituyen las especies nacionales con células cuyos núcleos y genomas se encuentran en un proceso de mutación, con ganas de tornarse irreversible, de mercantilista hacia capitalista, y con fuerzas de trabajo crecientemente tecnificadas y en proceso de tecnologización. Aquí estamos hablando otra vez de tres órdenes, en donde, en el primero, nos interesa destacar la presencia de cuatro naciones latinoamericanas, con un importante grado de industrialización efectivamente capitalista y que inclusive parecieran tener intenciones, a juzgar por mutaciones paralelas en sus protoplasmas, de avanzar a mediano y largo plazo hacia esquemas socialistas, es decir, tres de las naciones nuestras con sistemas educativos más sólidos: Argentina (38), Chile (40) y Uruguay (45), y la que quizás merecería, por su abultado tamaño, estar en un orden o por lo menos suborden separado: Brasil (70). Si Venezuela (74) se pusiese las pilas, abandonara sus fantasías y se restease con la puesta en práctica de su extraordinaria Constitución, con la creación de un verdadero sistema educativo o de mucha mayor calidad que el actual, y una más robusta generación de empleos estables y cooperación entre el sector estatal y el privado, podría tranquilamente entrar en este grupo. Luego viene el orden de naciones con especies como la de México (52), resueltamente en andanzas modernizadoras y con ganas de mutar hacia el orden anterior pero a quienes, en el mismo caso charro por demasiado vecino de los EUA, se les está haciendo difícil instrumentar su vocación socialista a largo plazo. Y, finalmente, el grupo de pequeñas naciones, nuevamente islas o territorios con escasas poblaciones, que, análogamente a sus homólogas ya capitalistas, se encuentran en procesos de mutación nuclear de mercantilista a capitalista y no basados en la industrialización, sino en la capacitación de su fuerza de trabajo para fortalecer sus servicios turísticos, comerciales y financieros, la mayoría de ellas con el patrón de capitalismo europeo en la mira, como Chipre (28), Barbados (31), Malta (34), Costa Rica (48), San Cristobal y Nieves (54), y quizás Tonga (55), Trinidad y Tobago (59) y Mauricio (65); y las demás sin esta vocación, como podría ser el caso de Panamá (62).

La quinta clase -no, no es un error, sino a propósito que estamos dejando la cuarta clase de última- la constituyen el grueso número de naciones extrapobres, africanas en su totalidad, del grupo llamado por el PNUD de "Bajo Desarrollo Humano" y a veces conocido como Cuarto Mundo o, más elegantemente "LDCs" (Less developed countries), con núcleos eminentemente feudales, fuerzas de trabajo predominante y hasta escasamente rural-artesanales, ingresos per cápita comunmente por debajo de los mil dólares anuales, o sea tres dólares diarios en promedio o menos, con poblaciones analfabetas por lo común en más de un 50% y esperanzas de vida al nacer por debajo de 50 años, con tendencia, entre el SIDA y el paludismo, a bajar antes que a subir, y protoplasmas escasa o casi nulamente mercantilizados o tecnificados. Aunque, quizás con un mayor conocimiento, sobre todo directo y no datesco, pudiésemos distinguir órdenes o subgrupos dentro de ellas, por ahora las dejamos como una sola clase, integrada cuando menos por: Senegal (156), Eritrea (157), Nigeria (158), Tanzania (159), Guinea (160), Ruanda (161), Angola (162), Benin (163), Malawi (164), Zambia (165), Costa de Marfil (166), Burundi (167), Congo (168), Etiopía (169), Chad (170), República Centro Africana (171), Mozambique (172), Mali (173), Níger (174), Guinea-Bissau (175), Burkina Faso (176), Sierra Leona (177) y compañía. Aunque bien sabemos cuanto le disgustan a nuestros amigos académicos de izquierda las comparaciones, y sobre todo las que parecen lineales -aunque en el fondo no lo sean, pues simplemente consideran un parámetro de evolución haciendo momentánea abstracción de los otros, para efectos de análisis, como cuando decimos que fulano está mas gordo que zutano, sin por ello implicar que es superior al otro como persona...- se nos hace difícil no ver en las realidades estructurales o genéticas de estas naciones rasgos que, más allá de las evidentes diferencias introducidas por la presencia de unos cuantos vehículos automotores, computadores o celulares, nos evocan las imágenes de lo que intuimos fueron las realidades europeas occidentales -pues, nos agrade o desagrade, es el continente con la historia más exhaustiva y profundamente estudiada, y del que por tanto podemos extraer más patrones de referencia-, de los siglos V al VIII, cuando se había derrumbado el régimen esclavista romano pero todavía los godos no habían organizado sólidamente sus feudalismos y reinaba un estado de desorden y precariedad institucional.

Y, dentro de la cuarta clase, en donde vemos a Venezuela (74), a la mayoría de naciones latinoamericanas, a los países petroleros de la OPEP, a China (81) y a Cuba (51), se halla el más de un centenar de países salidos o saliéndose de feudalismos o latifundismos y regímenes políticos autocráticos diversos, a veces envueltos en distintas fachadas dizque democráticas y dizquedizque socialistas, y a veces con polos o enclaves internos de produción capitalista, pero con fuerzas de trabajo muy desigualmente capacitadas y empeñados en una tecnificación o hasta modernización o tecnologización a las que con frecuencia temen o ven con suma desconfianza, pues para ellos hablar de ciencia, tecnología, democracia, mercados, libertad,... es como conversar sobre sogas en la casa del ahorcado, en una palabra, el vasto y tradicional Tercer Mundo, a veces alias mundo de los "no alineados", que a menudo, en nombre de rechazar un capitalismo que no conoce y/o de enfrentar imperios con poderíos que no imagina, pero a los que supone responsables de sus propias calamidades, se ha pasado ya siglos patinando en los mismos pantanos, sin darse cuenta de que no es que su discapacitación sea la consecuencia de las dominaciones imperiales sufridas, sino que es esencialmente al revés: que estas indiscutibles dominaciones son, antes que nada, una manera mediante la cual los poderosos se han aprovechado y se siguen aprovechando de su discapacitación. Como quiera que la gama de situaciones de este tercer mundo es harto variada, y que seguramente ameritaría de la definición de varios órdenes, hemos reservado, en nuestra megametáfora de las referencias a las estructuras de tipo europeo, el extenso lapso que va desde los feudalismos mínimamente mercantilizados del siglo IX, a lo Haití (146), que por poco entran en la quinta clase mencionada, hasta los mercantilismos más maduros del tipo inglés o francés del siglo XVIII, en donde situamos, o al menos más cerca de estos últimos que de las primeras estructuras, la médula o núcleo de la sociedad venezolana contemporánea, y ante los cuales se plantea, como un descomunal desafío, el reto de convertir en realidad, como ene más muchas veces se repitió hasta la saciedad durante los primeros años de este gobierno, nuestra vigente, valiosa y promodernizadora Constitución.

Después del Caracazo, y antés de que supiésemos de la vida del actual Presidente, ya se había desatado larvada e informalmente toda la confrontación social que atestiguamos, con expresiones tales como el disparo de los indicadores de seguridad y delitos de toda índole, los miedos a salir de noche, la creciente extraterritorialidad de muchos barrios, suburbios y áreas sin ley de las grandes ciudades, los cobros de peajes, vacunas y rescates de los no trabajadores o productores a los que sí lo son, los crímenes no sólo sin "justificación" delictiva sino hasta sin explicación humana alguna, el auge de la pugnacidad en el lenguaje y de la manifestación de rabias violentas por un quítame de ahí esa pajita, etc. Como botón de muestra señalaremos uno que, en su momento, captó poderosamente nuestra atención, cual fue que durante el Censo nacional de 1990, al año siguiente del desastre aquél y cuando sólo sus padres y algunos contertulios y compañeros de tropa sabían del actual Comandante en Jefe, muchos de los barrios y cerros del país sacaron a pedradas a los empadronadores y no se dejaron censar ni entrevistar por el Estado, a quien simplemente vieron como el odioso gobierno del gocho de marras. Esto significa, como lo han señalado, aunque pareciera que con intenciones distintas a las de aquí, voceros oficiales, que con o sin el golpe de febrero de 1992 ya esto se estaba yendo a pique, por lo cual es relativamente válido, y perdone el lector delicado la expresión, pero se me extraviaron no sé cómo las maneras elegantes de decirlo, que, en cierto modo y por extraño que parezca, este golpe y el proceso subsiguiente han venido a poner cierto "orden en la pea".

A donde queremos llegar es a que estamos convencidos de que el mandato histórico del actual gobierno no es otro que el de impulsar la más que ansiada modernización del país, con un contenido que no puede brincarse a la torera, aunque tampoco tiene por qué limitarse a este horizonte, los logros capitalistas o modernos de los siglos XIX y XX, en el talante de lo que están haciendo ya países como Brasil y Chile. Para esto fue electo desde hace más de diez años y ello está claramente pautado en el librito azul bolivariano y no en el rojo rojito socialista de Mao y sus imitadores. Ésta y no otra es su misión, sin que puedan servir de excusa justificatoria, para no asumirla, las maquiavélicas maquinaciones de que ha sido y sigue siendo objeto el país por parte de las más oscuras e hipócritas fuerzas oposicionistas, que, en nombre de la libertad y la democracia, han hecho pulular desde guarimbas y saboteos hasta golpes y magnicidios frustrados, y cuya consigna implícita, que en definitiva lo que plantea es la restauración del bipartidismo de ayer, pareciera ser algo como: ¡Frente al socialismo del siglo XXI, mercantilismo del siglo XVIII! Someter al país a este dilema esquizofrénico entre la restauración del atraso mercantilista, ante el cual el pueblo es ya fóbico, y un más que inviable imposible salto extralargo hacia el futuro socialista, es una manera segura de que este quinto lapso de nuestro análisis termine en quien sabe qué tipo de cataclismo político, sísmico, meteorológico o de otra índole, para sumirnos en alguna aventura de extrema derecha que tampoco sabemos a dónde nos conducirá.

El estrés delirante e ignorante de las exigencias del presente, en suma, enarbolado por quienes pretenden obligarnos a vivir en el pasado o en el futuro, en la desgracia o en la gracia, en la frustración o en el heroísmo, en el subsuelo o en el cielo, en la plutocracia o en la oclocracia, es la fórmula para que los venezolanos sigamos perdidos en nuestra feria de ilusiones, haciendo caso omiso del legado directriz de nuestro Libertador, a quien mucho citamos con aquello de "...necesitamos trabajar mucho para regenerar el país y darle consistencia. Por lo mismo: paciencia y más paciencia, constancia y más constancia, trabajo y más trabajo, para tener patria...", pero que en la práctica lo instrumentamos como "...necesitamos joder mucho para hundir el país y mantener sus ilusiones. Por lo mismo: precipitación y más precipitación, caprichos y más caprichos, destrabajo y más destrabajo, hasta quedarnos sin patria..."

Ayúdenme, queridas lectoras y lectores, con el testimonio de que sí lo dije el 24 de julio de 2009, a manera de flor emocional sobre la tumba virtual del Padre de nuestra Patria, en el bicentésimo vigésimo sexto aniversario de su alumbramiento. C´est fini.

martes, 21 de julio de 2009

Hibridados e ilusionados (IV): la frágil democracia venezolana atenazada por la plutocracia y la oclocracia

En la mañana del 5 de diciembre de 1988, Venezuela amaneció tranquila, relajada y confiada en su futuro. Dados los previsibles resultados de las elecciones de la víspera: 53% para Carlos Andrés Pérez, 40% para Eduardo Fernández, 3% para TeodoroPetkoff y lo demás para los de menos votos, todo el mundo estaba relativamente contento con la que lucía como una apenas treintañera y lozana democracia. AD por su victoria, COPEI por que al fin pudo tener un candidato distinto de Caldera desde su fundación más de cuarenta años atrás, y ambos por que el tal bipartidismo seguía boyante; la izquierda establecida porque pese a sus escasos votos presidenciales había obtenido casi un 15% de votos parlamentarios, y la izquierda guerrillera porque una vez más quedaba demostrado que las elecciones eran una farsa burguesa; los establecidos porque todo se veía tan igual a lo aparentemente bueno de siempre, y los excluidos por la expectativa de que, con el regreso de "El Gocho", podrían volver también algunas de las divertidas piñatas y sabrosos regalos de su primer período.

Apenas tres meses después, al despuntar el sol del 5 de marzo de 1989, todo el mundo estaba furioso y descontento con una democracia decrépita y moribunda: los excluidos por la brutal represión y los despojos acabados de sufrir, los establecidos por los recientes saqueos generalizados y el susto de una por poco guerra civil, y ambos sectores gravemente enemistados entre sí; las dos izquierdas porque se habían quedado, ahora sí, al margen, y para colmo unidas en su incomprensión del errático e indócil comportamiento de las masas, COPEI porque no pudo ni presentar las lecciones magistrales de moderna política opositora que tenía preparadas, y AD porque apenas con el primer paquete de la que debió ser una remesa destinada a provocar un rejuvenecedor shock en el paciente, éste armó una pataleta de tal magnitud que dejó pocas ganas de entregar el resto del envío y obligó a suspender la terapia de inspiración reaganiana y estilo Chicago boys. En definitiva, el tradicional régimen de partidos colapsó estrepitosamente, pasando de un 93% de votos válidos en los comicios recientísimos y cuarenta años de triunfos de alguno de los dos grandes partidos, AD y COPEI, en todas las elecciones significativas, a una impopularidad generalizada que los dejó sin líderes, les ha impedido figurar en la escena política y todavía se mantiene veinte años después. La otrora democracia modelo perdió súbitamente nada menos que su legitimidad.

¿Qué le ocurrió a nuestra flamante democracia que, como a Catherine Deneuve haciendo de vampira en aquella película El ansia, pasó en un tris de esplendorosa a horripilante? ¿Qué pasó con el régimen bipartidista que comenzaba a ser exhibido como especimen envidiable en la vidriera de modas políticas de América Latina? ¿Qué provocó una enemistad aparentemente irreconciliable entre los sectores establecidos y los excluidos, y qué extraño crimen tuvo lugar que súbitamente todos los actores del filme pasaron de ser inocentes a ser irreversiblemente sospechosos? Si lográsemos hallar una respuesta razonable a estas difíciles interrogantes, ganaríamos un fértil terreno adicional en la comprensión de la lógica de la sociedad venezolana contemporánea, y nos quedaría la mesa servida para la cuarta clave que hemos anunciado como explicativa acerca del motivo profundo de nuestra singular cultura y su feria permanente de ilusiones. Es esto lo que intentaremos seguidamente.

Tal y como lo indicamos en nuestro artículo anterior, el pueblo se quedó, en 1948, con los crespos hechos para asistir a la gestión de Rómulo Gallegos, quien condensaba la mejor promesa del segundo más completo proyecto nacional que hemos tenido, después del independentista y si exceptuamos, claro está, el sui géneris "proyecto" de la sociedad artesanal sin clases arahuaca prehispánica. Lo que siguió podemos resumirlo como una ardua lucha, con su infaltable y significativa cuota de víctimas, de todas las fuerzas "patrióticas" en contra de la dictadura impostora que, inicialmente exaltada por los influyentes vecinos del norte como patrón latinoamericano a imitar, terminó repudiada hasta por estos tutores y derrocada por el llamado movimiento cívico-militar de enero de 1958. La novedad estuvo en que, después de este derrocamiento, liderado por las mismas fuerzas políticas impulsoras del sueño antigomecista, es decir Acción Democrática, Unión Republicana Democrática y el Partido Comunista de Venezuela, que compartieron la cuota de torturas y crímenes a cargo de los cuerpos represivos del dictador militar, emergió un acuerdo para la edificación del nuevo régimen democrático, conocido como "Pacto de Punto Fijo", en donde el tercero de estos actores, el PCV, fue reemplazado sin mayores explicaciones -pero seguramente previas instrucciones del Departamento de Estado estadounidense, en el nuevo contexto de Guerra Fría- por COPEI, quien originalmente fue más bien un defensor del estatus gomecista y prácticamente no había participado en la lucha antidictatorial. Nuestra democracia, entonces, al convertir en no ciudadanos, o venezolanos al margen de la ley, a un componente fundamental de sus tenaces fuerzas forjadoras, nació con las alas emplomadas, y su vuelo, bajo las engañosas apariencias, siempre fue de pronóstico reservado.

Dicho de manera diferente, todo el proyecto modernizador que con grandes debates, masiva participación y costosas luchas había madurado en los más de veinte años desde la muerte de aquel déspota, fue declarado obsoleto ante la amenaza mundial del comunismo; y, cuando apenas un año después, la Revolución Cubana tomó partido por la URSS y en contra del imperialismo, sin que en este momento nos preguntemos por qué lo hizo, resultó que la lucha política venezolana quedó convertida en mero teatro de operaciones de una confrontación planetaria entre capitalismo made in USA y socialismo a la soviética, en donde todas las necesidades del país fueron puestas de lado.

Si las guerras son siempre ineficaces como método para construir sociedades con libertad, igualdad y fraternidad, y difícilmente eficientes para lograr, aunque sea a medias, por lo menos las primeras dos de estas cualidades y calificar como sociedades mínimamente modernas (pues esto equivale a algo así como querer fabricar un televisor o un computador a mandarriazos o con pico y pala), la guerra librada en nuestro país en los primeros sesenta fue entre ineficaz al cuadrado y absurda al cubo. Los gobiernos de AD y COPEI, pues URD pronto se sintió como convidado de piedra y se retiró del pacto, se dedicaron, en nombre del fortalecimiento de la democracia y su defensa frente al comunismo, a coleccionar violaciones a la Declaración Universal de Derechos Humanos, manipular organiza- ciones de masas e inventar políticas represivas innovadoras como la de "disparen primero y averigüen después", y, de paso, arrojar a un segundo plano las políticas económicas y educativas y aprovechar para hacer toda clase de concesiones y financiamientos al capital estadounidense, a cuenta de la sustitución de importaciones. La izquierda, azuzada primero por la URSS, que por unos años se creyó con opciones de triunfo por las malas en la Guerra Fría, y luego por Cuba, quien nunca entendió que era un peón menor en esta cuasitercera guerra mundial, se embarcó en una conflagración pretendidamente final y tricontinental (latinoamericana, africana y asiática) contra el imperialismo, se desvinculó de los movimientos de masas o hizo de ellos simples "canteras de cuadros" para las guerrillas, cometió innumerables errores en su estrategia política y militar, en donde -nadie sabe cómo- llegó al delirio de pretender que el asesinato de inocentes policías, incluso a martillazos por la cabeza, fuese una "práctica revolucionaria", y, ante la obvia escasez de proletarios vernáculos, se pasó ocho años buscando a las masas campesinas en las montañas hasta que, alrededor de 1966, descubrió que ésas se habían mudado para los cerros y suburbios en torno a las grandes ciudades.

Ante semejante festival de desvaríos políticos de derecha y de izquierda, el pueblo, tras atestiguar el diferimiento de cualquier proceso de búsqueda de soluciones a sus problemas, se dispuso a actuar, a partir de 1968, las más de las veces sin liderazgos políticos organizados, por la reivindicación de sus intereses puestos de lado por diez años. Este despertar local espontáneo, en movimientos obreros, estudiantiles, profesionales, vecinales y hasta de los pocos campesinos restantes, coincidió, por un lado, con el retorno al poder, no sin mediar los nefandos crímenes, dignos del Ku Klux Klan, de los tres principales líderes de políticas progresistas en los EUA -curiosamente apellidados por tres "K" (J.F. Kennedy, R. Kennedy y M.L. King)- de los más retrógados macartistas de los años cincuenta, encabezados por Richard Nixon, y, por otro, con la llegada de Rafael Caldera al poder doméstico, gracias a que Betancourt prefirió dividir el partido y que AD perdiese las elecciones antes que permitir el casi seguro triunfo de Luis Beltrán Prieto Figueroa, último bastión, con Juan Pablo Pérez Alfonzo, de aquella estirpe genuinamente nacionalista de los del 28.

Debería sobrar añadir, pero mejor lo añadimos no vaya a ser cosa, que nuestro presidente socialcristiano alineó completamente sus políticas conservadoras con las de Richard: como éste estableció relaciones con los chinos para debilitar a la URSS, nuestro Rafael pactó con las izquierdas pacificadas para debilitar a los todavía guerrilleros; donde el primero se propuso derrocar a Allende, el de aquí impulsó prácticas para tumbar a gobernantes progresistas en los pequeños países centroamericanos; dado que, internamente, Nixon se propuso desmantelar experiencias y concepciones educativas avanzadas legadas por los Kennedy, entonces el propio decidió desbaratar los todavía precarios logros de AD en materia educativa: privatizando o desautonomizando la educación superior y buena parte de la media, suspendiendo el proceso de construcción de escuelas públicas, suprimiendo las escuelas técnicas y artesanales, allanando a diestra y siniestra universidades, escuelas técnicas y liceos, y disgregando los núcleos remanentes de profesores de liceos y escuelas herederos del espíritu del 23 de enero (quienes lideraban la enseñanza media y elemental de mayor calidad que jamás se había impartido en el país, y que este prospecto de bloguero alcanzó a conocer en el Liceo de Aplicación en aquellos sesenta...); puesto que su mentor impulsó violentas prácticas represivas y atropellos en universidades como la de Kent, entonces, sin faltar nunca sus gestos afligidos de Primer Mandatario, aquí perecieron bajo las balas o torturas policiales, cierto que también con responsabilidad de la extrema izquierda guerrerista que provocaba adrede a los llamados cuerpos represivos, cerca de cuarenta estudiantes de nivel medio y superior (a uno de ellos, Henry Valmore Rodríguez, quien según incontables testigos estudiantiles y profesorales -incluido Miguel Enrique, el actual director de El Nacional...- acababa de salir de clases, lo vimos entrar detenido, y así fue filmado por un canal de televisión, un día de marzo de 1972, a una jaula de la Policía Metropolitana, y aparecer horas después asfixiado y muerto en la calle dizque "pisoteado por sus compañeros", según la pontificia y oficial versión); como el estadounidense hizo del reforzamiento de las labores de inteligencia, intercepción de llamadas telefónicas y espionaje de la CIA un puntal de su política, el venezolano, quizás recordando aquello de que "ellos saben más de eso", dejó que los funcionarios de esta agencia se instalasen con oficinas propias y prácticamente asumieran el control de los órganos locales de seguridad, lo cual fue públicamente denunciado por el posterior presidente Pérez a su llegada al gobierno en 1974; y no seguimos, pues esto se está poniendo semilargo y todotriste, excepto para decir que ya en los días calderianos había motivos para suponer que un descontento profundo se estaba incubando en las entrañas de la sociedad venezolana.

El desencanto generalizado con COPEI llevó de nuevo al poder a AD, quien, con su dinámico candidato Carlos Andrés Pérez, y en un contexto de inesperada afluencia de petrodólares, quiso impulsar, con déficit de tino y superávit de cash, todo el desarrollo de la industria local que se había diferido, con modestas excepciones, en las décadas pasadas, y logró, gracias a una botadera de real que llevó hasta a los pobres a celebrar las graduaciones de preescolar con champaña francesa, güisqui escocés al menos "doceaños" y hasta "agua escocesa"(...), a enfriar por un tiempo los ánimos caldeados desde los días de su predecesor. Contra los reiterados y un tanto oraculares llamados de Arturo Uslar Pietri a prepararnos para la época de las "vacas flacas", y ante las sabias advertencias de Juan Pablo Pérez Alfonzo, quien, con la creación de la OPEP, había hecho más que ningún otro venezolano por defender los precios del petróleo, y quien pronosticó certeramente que el país se hundiría "en el excremento del diablo" si se empeñaba en gastar los ingentes recursos no ganados, no sólo se despilfarró a manos llenas y no se ahorró nada, sino que se adoptó la máxima del Tinoco aquel, según la cual los ricos son los primeros llamados a endeudarse porque todo el mundo les da dinero prestado, y la nación se hipotecó hasta los tuétanos. Desde la dirección de la joven Causa R, en aquellos años setenta cuando éramos ídem, tuvimos la dicha de estar muy cerca de, y ser el enlace con, Pérez Alfonzo, y ser la única organización política que tomó en serio sus vaticinios, proponiendo un proyecto de ley para la reducción de la producción petrolera e impedir el, si no, inevitable despilfarro. Proyecto del cual, para variar, tanto la derecha como la izquierda del estatus se rieron a carcajadas, y al que nadie hizo caso.

Si el mayor error económico de la democracia fue pretender faraónicamente forzar la industrialización a dolarazo limpio, importando, con el ingratamente célebre barco Sierra Nevada, hasta los alojamientos del personal importado que supervisaba la instalación de importadísimos equipos siderúrgicos y del aluminio, el segundo mayor error fue el del gobierno siguiente, con el socialcristiano Luis Herrera Campíns. Éste, en aras de aplicar un frenazo a la economía, prácticamente lanzó precozmente a la quiebra las empresas de CAP, localizadas sobre todo en Guayana, región a la que alguna vez AD pretendió convertir en un polo de desarrollo alternativo, privándolas hasta de capital de trabajo y de la posibilidad de ejecutar actividades de formación de personal y de mantenimiento. O sea, algo así como que en una familia pudiente papá se empeñe en importar un lujoso Mercedes Benz, pero, luego de la súbita desaparición paterna, mamá viuda, en protesta por las ocurrencias del difunto, decida no mandar a buscar el vehículo a la aduana de La Guaira y dejarlo que se pudra con el salitre... De puro exagerado parece casi chistoso el cuento, ¿verdad?, sólo que, en nuestro amado terruño, no fue ni exagerado ni chistoso ni cuento: el Mercedes se pudrió de verdad, Pérez Alfonzo lo compró como chatarra, lo mandó a buscar con una grúa e instaló en el jardín de su casa de Los Chorros, y lo usó como material de apoyo ante sus incrédulos visitantes para demostrar la inaudita capacidad criolla de despilfarro...

De tanto frenar y frenar, a Luis Herrera se le recalentaron las bandas, y fue así que, al final de su período, decidió soltarse en bajada y optó por una maxidevaluación que dio lugar, en febrero de 1983, al más célebre y oscuro de los viernes venezolanos. Pero lo que todavía muchos compatriotas no saben es que realmente hubo no uno sino dos viernes estelares: uno negro, el de la mayoría, el del 18, cuando se nos anunció la "sorpresiva" devaluación que nos empobrecía de repente y ponía fin a la era de supuesta bonanza, y otro, dorado y casi blanco, el de una minoría informada, el del 11, a quienes se les avisó anticipadamente la magnitud de la devaluación en ciernes y se les permitió adquirir, durante los días siguientes, todos los dólares de que fuesen capaces, incluso poniendo a su nombre, durante el fin de semana ad hoc, los dineros de los ahorristas y cuentacorrientistas de sus bancos para triplicar sus capitales en una semana y devolver luego el dinero a las sólo por pocos días "paralizadas" cuentas. Los relatos abundan sobre los baúles, cajones, maletas y maletines, llenos de los billetes verdes, que los privilegiados manipularon en el país y fuera de él, en donde hasta el honorabilísimo y bovinísimo Presidente del Banco Central fue visto pasando aprietos en el mostrador de inmigración del aeropuerto de Nueva York al intentar explicar, en la víspera del viernes malo, el origen de su grueso maletín repleto de los codiciados papeles del color de la esperanza.

Si en el Viernes Negro ocurrió una especie de fuerte temblor que le advirtió al país sobre la probable ocurrencia de un cataclismo más grave, en el fondo ocasionado por el choque subterráneo entre las placas tectónicas de los establecidos y de los excluidos, y por el imperdonable diferimiento de la atención política a los problemas fundamentales de alimentación, vestido, vivienda, transporte, comunicaciones, salud, educación, seguridad... y cualquier otro que al lector se le ocurra, durante los años siguientes el nuevo mandatario, el Jaime aquél, con su sin par Blanquita, se dedicaron poco menos que a demostrar, ufanos, tranquilos y sin nervios, que aquí no pasaba nada, que las "botijas" seguían llenas, que con apenas unas bajaditas de mula los dólares preferenciales de Recadi estaban allí disponibles, y que cualquier preocupación por el futuro era propia de acomplejados y agoreros profetas del desastre... Lo que equivale a decir que, lejos de adoptar medidas sismorresistentes, como se diría ahora, se dedicaron a difundir la especie de que este país sería blindadamente antisísmico per sécula seculórum...

Con lo que va explicado, espero que mis escasos pero pacientes lectores ya hayan adivinado cómo fue que creemos que colapsó nuestra superficialmente envidiable pero en su raíz inestable democracia, en febrero de 1989: se hundió ante un cataclismo largamente anunciado, sobre el que no se adoptaron ni las más elementales medidas preventivas. Sucumbió cuando la como tectónica placa plutocrática, sobre la que cabalgaban los sectores establecidos, inconscientes de su despilfarro y su imprevisión, se estrelló contra la desesperación de otra placa profunda, la oclocrática o de las muchedumbres excluidas, que creyeron ingenuamente que los saqueos autorizados del 27 de febrero eran -y probablemente sí lo fueron- una nueva extravagancia económica del popular andino, sólo para percatarse, a partir de la noche del 1 de marzo, que -de poco sirve averiguar si fue con o sin premeditación- habían mordido una carnada con un desgarrador anzuelo. Y, so pena de incurrir en fastidismos, estamos convencidos de que hubo no uno sino dos "27s de febrero", uno blanquinegro, en donde la población establecida se estremeció ante la ola de saqueos que amenazó anárquicamente con convertirse en nada menos que invasión masiva de los hogares no pobres, y otro, digamos que negriblanco, en donde los excluidos sintieron la metralla y hasta fuego de lanzallamas en sus carnes como castigo por sus robos dizque permitidos, con una cifra de víctimas entre oficial de unos trescientos y extraoficial decuplicada, que echó por tierra su confianza en el sistema.

Desde entonces, una vez más, los venezolanos, aferrándonos a nuestras ilusiones seculares y obstinados en no entender ni lo obvio, nos la pasamos echándonos culpas por lo sucedido y lo sucesivo: que si el gobierno, que si el proceso, que si la oposición, que si los "escuálidos", que si los "tierrúos", que si tú eres el más corrupto y no yo o viceversa, que más golpista será tu madre, que si patatín contra patatán, o que si el pato o la guacharaca... y desentendiéndonos de nuestros problemas y de transformar nuestras capacidades para resolverlos, quien sabe si hasta que, agotado el repertorio divino de premios y castigos para corregirnos, un mil veces más potente sismo que los que ya hemos tenido nos sacuda de una vez por todas y nos haga descender de nuestras nebulosas hacia quien sabe cuáles otras fuera de la Via Láctea. Pero..., todavía no hay colorín colorao, porque este cuento no se ha acabao.