viernes, 4 de septiembre de 2009

Nuestras capacidades procesales programativas

El derrumbe del mundo antiguo grecorromano no fue el resultado de la lucha entre las clases sociales que albergaba en su seno sino del colapso o agotamiento, catalizado por las invasiones de los pueblos periféricos, de las capacidades vinculadas a sus estructuras, procesos y sustancias de vida, o, en síntesis, de su sistema de vida. Como a todos los organismos vivientes, a la sociedad romana occidental se le agotó su ciclo de vida y le tocó morir. Sólo que dejó, según la brillante metáfora de Toynbee, una especie de crisálida o capullo, plasmada en la iglesia y los monasterios cristianos e incubada luego por los mal llamados pueblos bárbaros, a partir de lo cual nació, casi tres siglos más tarde, un nuevo sistema o clase de sociedad, con estructuras, procesos y sustancias de vida radicalmente diferentes de aquéllos de su sistema predecesor.

Cuando, alrededor del año 800, Carlomagno y su corte decidieron establecer una estrecha alianza con el papado -al cual comenzaron a proteger a cambio de la legitimación por derecho divino-, crear una biblioteca real y una academia para la instrucción de los caballeros francos, y llamar a todos los sabios y estudiosos de los principales monasterios para hacerlos partícipes de la instrucción de los nobles y de la creación del Imperio Carolingio, en realidad estaban fundando una nueva civilización, la Occidental, y no estaban actuando como patricios ni como plebeyos, ni como amos o esclavos al estilo antiguo, sino ya como la nueva nobleza que, aliada con el clero para ejercer su hegemonía sobre el pueblo llano o pueblo a secas, instauraba un nuevo sistema o clase de vida, al que denominaremos, en general, sociedad media, y en particular, en su versión clasista, sociedad jerárquica. Y así como la emergencia de los reptiles conllevó la transformación de todas las capacidades de los anfibios hasta constituir una nueva clase de seres vivos, la sociedad media inauguró simultáneamente una nueva anatomía, estructurada, como ya lo hemos examinado, en torno a las capacidades mediáticas; un nuevo tipo de proceso o ciclo de vida característico, que empezaremos a explorar en este mismo artículo, potenciado con las etapas de programación y administración; y un nuevo conjunto de sustancias de vida, articuladas, como ya lo hemos insinuado, y desarrollaremos más adelante, alrededor del recurso información.

Por supuesto que esta nueva sociedad media no se creó desde un vacío, sino que, como todo esfuerzo creativo o reproductivo, emergió gradualmente a partir de los aportes genéticos o embrionarios gestados en los organismos que la procrearon. Las bibliotecas, las academias de instrucción de élites, la capacitación de monjes profesionales, el uso de documentos, manuales, textos y planos, la evolución de las técnicas agrícolas, el diseño y construcción de máquinas cada vez más complejas como los molinos de viento, los hornos de fundición y las ruedas de agua, y, en general, la transformación del trabajo artesanal en trabajo técnico, ya se venían gestando desde los días griegos y romanos, pero, debido a la disponibilidad de abundante fuerza de trabajo esclava y de la inexpugnabilidad de las grandes ciudades del imperio, sólo constituían elementos aislados o subordinados dentro del sistema social en su conjunto. En cambio, con los godos, los mismos elementos se perfeccionaron y convirtieron en elementos centrales de la estructura y los procesos de vida del nuevo sistema. La aparición de éste tuvo lugar no de la manera enigmática o misteriosa que cierto saber popular quiere resaltar cuando pregunta: "¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?" -lo cual contemporáneamente bien podría ser un chiste entre biólogos-, sino a través de un proceso evolutivo, iterativo o por aproximaciones sucesivas que gradualmente dio lugar a las nuevas estructuras y procesos a partir de los anteriores. La idea inicial de Carlomagno y los suyos fue restaurar el imperio romano, pero, al calor de sus actuaciones, esta incepción se fue transformando hasta dar origen a un verdadero programa de construcción de una sociedad radicalmente distinta de la romana.

Cada vez que realizamos un esfuerzo creativo, verbigracia, este mismo blog, la idea inicial o incepción, que invariablemente ya está apoyada en experiencias anteriores, no contiene nunca toda su concreción posterior, sino que experimenta cambios o transformaciones iterativas a lo largo de su puesta en práctica, o sea que la idea -el huevo o embrión- del blog se engendra a partir de, y se modifica con, su plasmación en la realidad concreta -la gallina-, lo cual da lugar a nuevas ejecuciones y nuevas ideas y así sucesivamente. Esto, que por cierto es muy distinto de la improvisación o del "como vaya viniendo vamos viendo", convierte en impertinente la pregunta dilemática o excluyente que alguien podrá hacer en el futuro acerca de qué fue tajantemente primero si la idea o las expresiones prácticas del blog. Y no importa con qué horizontes de análisis contemplemos el asunto: las ideas siempre surgen de la interpretación de experiencias o de la reflexión sobre prácticas o acciones diversas, pero es igualmente cierto que tales experiencias y prácticas siempre están inspiradas por ideas, por lo cual carece de sentido preguntarnos qué es más importante, si las ideas, es decir, la cultura, o las experiencias, valga decir la producción, la ocupación del territorio, las actividades transformadoras, etc. La mente es inconcebible sin la existencia de un cuerpo que la sustenta, pero el cuerpo sin la mente es un muñeco inerte.

Sin despreciar el vuelo intelectual anterior, pero aterrizando, diremos ahora que al proceso de vida característico de las sociedades medias lo podemos definir con la fórmula: (Incepción) - Propositación - Programación - Construcción -Operación - Administración - Distribución - (Finalización), para un total de seis etapas principales, conectadas no linealmente, una estrictamente después de la otra, sino iterativamente, o sea, con avances, retrocesos, solapamientos, anticipamientos, al estilo de todo lo viviente. Nunca somos absolutamente niños para después ser absolutamente adolescentes y luego absolutamente etcétera, sino que en cada etapa de nuestra vida, sin que podamos saltarnos ninguna, prefiguramos rasgos de las etapas de nuestra vida futura, y viceversa, nunca dejamos completamente atrás lo que fuimos sino que en alguna medida seguimos siendo los mismos.

Aunque podríamos detenernos en exponer como todas y cada una de las etapas de los procesos medios de vida, en cualquiera de los ámbitos estructurales que ya hemos presentado, adquieren nuevas dimensiones o rasgos en relación a sus equivalentes en los procesos tradicionales de vida, dejaremos como ejercicio para nuestros lectores la reflexión acerca de cómo la incorporación sistemática del nuevo recurso información afectaría la realización de las etapas de construcción, operación y distribución, y nos limitaremos aquí a considerar algunas características de la etapa de programación -dejando para el próximo artículo la de administración. No sin antes dejar sentado, a modo de sugerencia ilustrativa, que, por ejemplo, la etapa de propositación, en la nueva racionalidad media, con sus expandidas posibilidades de abstracción, tendería a centrarse no en el enunciado de resultados tangibles a obtener, en términos de lenguaje objeto u ortolenguaje, sino de objetivos a alcanzar, expresados en un lenguaje de clases de objetos o metalenguaje, que demanda, por una parte, razonamientos lógicos, y, por otra, soportes de datos y documentos como si fuesen sus anexos.

¿Enredado? Intento aclarar: mientras que los resultados expresan logros tangibles y visibles a obtener, eventualmente reemplazables con los objetos concretos mismos obtenidos, los objetivos expresan, a un nivel más abstracto, clases de resultados a alcanzar. Alimentarnos con frutas o redactar un informe son resultados a obtener, que eventualmente pueden darse a entender reemplazando las palabras por la acción de comer las frutas o por la presentación del informe redactado mismos, y de allí lo del lenguaje objeto (en donde las palabras pueden, en buena medida, reemplazarse por los objetos que representan). Por otro lado, satisfacer los requerimientos nutricionales de vitaminas o dar soporte a la toma de una decisión de compra de un inmueble son objetivos a alcanzar, que sólo pueden comprenderse a través de operaciones lógicas de la mente y de un pensamiento a un mayor nivel de abstracción en términos de clases de objetos, y de allí lo del metalenguaje, que exige como soportes, según el mismo ejemplo, datos y/o documentos sobre las clases de vitaminas y sus alimentos portadores, sobre las características del inmueble, etc. (o sea, de referencias que permiten que la mente capte las nociones sobre las clases de objetos involucrados). ¿Sigue enredado? Entonces tengan calma y no se me asusten ni se vayan del blog, que poco a poco espero que iremos entendiéndonos cada vez mejor (y no olviden que una de las ventajas de este medio es que pueden regresar aquí cuando quieran o inclusive preguntarle, observarle o reclamarle algo a este pichón de "bloguero").

La actividad de programación, en general, con sus equivalentes de diseño detallado a nivel del trabajo productivo, de elaboración de un guión de actuación o de un boceto, esquema creativo o doctrina a nivel cultural, o de formulación de un plan de acción, un programa partidista o una reglamentación institucional a nivel político, o del diseño instruccional y la elaboración de un programa o pensum de estudios a nivel de procesos mediáticos de instrucción, etc., es aquella en donde, después de la formulación o definición de propósitos, y como guía para la posterior etapa de construcción o de creación de instituciones, se elaboran documentos, planos, guías, normas, instrucciones, reglamentaciones o afines para guiar el proceso de creación de los medios, insumos o instituciones que, a su momento, servirán para realizar las actividades operativas o de ejecución correspondientes. Lo que en los procesos de construcción de herramientas artesanales, de menor complejidad, estaba sólo en la mente del constructor, ahora queda soportado por medios informativos que permiten reducir la complejidad durante los más exigentes procesos de, por ejemplo, el armado de equipos técnicos. Mientras que la construcción de una canoa o una churuata indígena puede efectuarse sin apoyo en plano alguno, la construcción de una carabela o edificio requiere necesariamente de planos de apoyo que se elaboran durante la etapa previa de programación o diseño detallado.

El desarrollo de las capacidades procesales programativas es impensable sin la adquisición simultánea de las capacidades estructurales mediáticas para la comunicación mediante instrucciones, planos, documentos y similares, y sin las capacidades sustanciales informativas correspondientes. Sin la instrucción formal o semiformal o sin la existencia de medios avanzados de impresión, difusión o reproducción de información, que han sido, como ya dijimos, componentes esenciales de la estructura de capacidades mediáticas, no es posible el manejo sistemático de información y tampoco la adquisición de la capacidad de programación o diseño detallado, y viceversa. La instrucción, entendida como un caso singular de comunicación, es como el corazón motorizador de todo el torrente de información que circula en las sociedades medias y que se constituye en una especie de tercera gran dimensión de la realidad, después de la segunda gran dimensión que es la parafernalia de objetos y obras de infraestructura creados por el hombre, que gravitan en torno al territorio y se superponen, por decirlo de algún modo, a la primera realidad que es la natural.

Tenemos muchos motivos para pensar que entre los factores que determinaron la derrota aplastante de los contingentes indígenas autóctonos a manos de los conquistadores ibéricos esuvieron no sólo las armas y artefactos materiales, su dotación de animales especializados, y su mayor resistencia ante el contagio de enfermedades, sino también, y cuidado si sobre todo, la ventaja enorme que significó su capacidad procesal de programación, desconocida para las sociedades tradicionales indígenas, con base en informes, mapas, globos, planos, datos registrados, etc. Sospechamos que simplemente la mucho más profunda comprensión de la geografía del nuevo mundo, y la consiguiente elaboración de tácticas de dominación basadas en ella, constituyó una ventaja decisiva de los ibéricos, lo que equivale a decir que muy probablemente los inofensivos globos terráqueos constituyeron un arma más efectiva que los bastante mortíferos arcabuces y cañones.

La situación actual en nuestra América Latina, en donde creemos que todavía prevalecen, aunque con enclaves modernos, el modo y los procesos de vida de las sociedades jerárquicas, guarda todavía demasiadas analogías con la de hace cinco siglos. Sólo que ahora, si bien poseemos mucha más independencia política y capacidades propias de programación y administración -aunque no precisamente avanzadas, debido a nuestras fallas ya examinadas en las capacidades de propositación y a que no se puede programar aquello sobre lo que no se tienen objetivos claramente definidos-, resulta que nuestros dominadores poseen capacidades mucho más poderosas de evaluación de alternativas, de planificación o diseño experimental y conceptual, o de investigación científica y desarrollo, y, con ellas, de innovación y liderazgo tecnológico, que nos llevan a no dar pie con bola en nuestros afanes por superar nuestra dependencia. Y, para completar, nuestros chances de salir de abajo se reducen cuando no nos damos cuenta de lo que nos pasa y actuamos obsesionados por el odio contra el imperio.

martes, 1 de septiembre de 2009

Nuestras capacidades procesales distributivas

Dondequiera que un proceso de vida se inicia, a la manera tradicional, por las etapas de elaboración de propósitos o propositación, y luego de construcción y de operación, desemboca invariablemente en la etapa culminante de distribución. Ello es así porque, a desemejanza de los procesos de vida elementales o primitivos, ya la sola propositación se efectúa con un lenguaje calificado u ortolenguaje que trasciende los límites de la satisfacción inmediata de necesidades. Mediante el empleo de este lenguaje se pasa, por ejemplo, de la mera operación mental y práctica de "me como este plátano", al enunciado colectivo más complejo de "necesitamos asegurar nuestra alimentación", con lo que se sientan las bases no del consumo de un alimento en particular para satisfacer una necesidad alimentaria instantánea, sino para la satisfacción de esta necesidad a través de procesos más prolongados, permanentes y estables mediante actividades de tipo agrícola, las cuales, inherentemente, contienen la problemática de la distribución de los excedentes producidos.

Cuando, con base en estos enunciados calificados -o ligados a una noción de calidad de la satisfacción de necesidades-, se despliegan, siguiendo el ejemplo, las capacidades constructivas correspondientes, a través de actividades como la fabricación de herramientas complejas, como hachas, azadas, arados, cuerdas o postes; la preparación del terreno o domesticación de animales, con actividades como la tala, quema y apertura de surcos, o la doma, hibridación o reclusión de especies; y, luego, operativamente, la ejecución de la siembra, ordeño o sacrificio, entonces se gesta la exigencia de disponer, en una nueva etapa diferenciada, de los sobrantes o excedentes, desde el punto de vista de las necesidades de los productores directos, de la cosecha o de la leche o carne así obtenidos. El solo establecimiento de una parcela de cultivo o redil para la crianza de animales domésticos, más allá y a diferencia de la simple recolección o caza, supone no solamente la capacidad propositiva de pensar cualitativamente en términos de satisfacción de necesidades alimentarias en general, y la de organizar el pleno aprovechamiento de la cosecha o sacrificio, sino también la disposición a realizar, al menos eventualmente, intercambios con otros colectivos sociales, los que probablemente dispondrán de excedentes de otros bienes o servicios. Todo esto, en su momento, demanda el empleo de capacidades linguísticas avanzadas para persuadir y escuchar al otro, cerrar el trato, etc., que, a su turno, estimulan, retroactivamente o de rebote, el desarrollo de las capacidades distributivas.

Dicho de otro modo, en los procesos tradicionales de vida, y, en este ejemplo, en los procesos tradicionales de producción, con sus etapas iniciales de propositación, construcción y operación, ocurre un salto de escala en la eficacia con que se obtienen los bienes o servicios producidos, lo cual plantea imperativamente la distribución de estos. Y debería estar claro, a estas alturas, que todo lo dicho para los procesos de vida en el ámbito o estructura productiva es también válido para tales procesos en otros ámbitos o estructuras como el cultural, el político o el territorial, y también para la estructura social en su conjunto, pues bastaría construir ejemplos, respectivamente, en los planos del desarrollo de ceremonias y ritos religiosos, de la defensa ante posibles invasores, del acondicionamiento territorial, o de un proceso más complejo, que involucre a todos los ámbitos anteriores, como sería el caso de una migración hacia un nuevo asentamiento urbano o rural, y presentar en todos ellos la secuencia de etapas correspondiente.

Las exigencias de realización de una etapa distributiva, y por tanto del desarrollo de las capacidades procesales correspondientes, tiene lugar cuando ocurren, como causas y efectos a la vez, cambios en el nivel del lenguaje, en la dotación de medios de producción, en la simbolización cultural, en la defensa o el acondicionamiento territorial, y en la organización de la colectividad. Todo estos cambios, históricamente y por regla general, han estado vinculados al paso de la condición nómada, en donde se depende de la disponibilidad instantánea de recursos en el ambiente, a la condición sedentaria o con asidero agrícola, en donde las sociedades, mediante la posesión de un territorio, adquieren una mayor independencia respecto de su entorno natural.

Como podrán haber observado algunos de mis lectores, quizás formados en las escuelas del marxismo o afines, hasta aquí no he hecho referencia alguna a la existencia de clases sociales o de regímenes de propiedad privada en las sociedades hipotéticas en donde tienen lugar las actividades distributivas mencionadas. Esto es debido a que no lo considero inherente a las sociedades tradicionales en general, sino sólo a ciertas sociedades, a las que llamaré antiguas, que si bien constituyen la mayoría de las sociedades tradicionales conocidas, no son y menos tienen porque ser las únicas. En estas sociedades, la existencia de clases sociales y divisiones sociales del trabajo, esto es, de divisiones del trabajo con implicaciones de explotación productiva, de discriminación política y de desvalorización cultural de quienes no poseen medios de producción y/o capacidades propositivas propias, conduce efectivamente a modalidades sui géneris de distribución de la riqueza, como resulta ser el caso de las sociedades "civilizadas" que estudiamos en la escuela, y dentro de ellas la grecorromana como su máximo exponente. Allí, durante la etapa de distribución de la riqueza, creada en las etapas anteriores del proceso de producción, se profundizan o potencian todas las asimetrías previamente existentes. Bajo las circunstancias de propiedad privada de la tierra cultivada, rematando con el mismo ejemplo anterior, entonces el dueño podrá exigir para sí , y a menudo pero no siempre este ha sido el caso, la mayor parte del excedente creado con la cosecha, profundizando la exclusión y explotación de los trabajadores, muchas veces esclavizados, directamente generadores de tal riqueza.

En cambio, tenemos muchos motivos para suponer que en las sociedades también tradicionales o territoriales, pero de tipo no clasista sino comunitario, como la sociedad egea o ciertas sociedades agroalfareras prehispánicas de la que hemos hablado otras veces, y de las que todavía podemos percibir claramente sus vestigios en el ámbito de muchas de nuestras familias o en grupos de amigos, no tendría lugar tal exclusión social o explotación. Todos conocemos, para ilustrar lo dicho, experiencias o procesos de vida en estos últimos ámbitos, en donde a partir de claros propósitos compartidos se organizan jornadas familiares de preparación de comidas típicas de nuestras naciones latinoamericanas, con actividades constructivas o preparativas nuchas veces complejas, cuyos productos son luego equitativamente repartidos entre los participantes en tales jornadas, o el de las excursiones de caza o de pesca en donde todos los participantes disfrutan de los resultados obtenidos. Eso es lo que intuimos fuertemente que constituyó la regla de las actividades distributivas antes de que, en los últimos cuatro o cinco milenios de "civilización" se estableciera la práctica de la distribución inequitativa de la riqueza que ahora muchos presentan, incluso desde posturas críticas, como única opción posible.

Pensamos que la consideración de la explotación no como inherente a ciertas estructuras o procesos sociales, sino como un fenómeno social específico que no excluye comportamientos de otra índole, no sólo le rinde un mejor honor a la verdad histórica, sino que, sobre todo, abre posibilidades, aún dentro de un sistema social dado, de desencadenar procesos que apunten hacia su disminución. Mientras que en muchas de nuestras naciones latinoamericanas el excedente de explotación suele estar en el orden de un 80%, en el caso de las naciones socialmente más avanzadas del planeta este excedente suele andar por sólo un 20%, pues los trabajadores perciben hasta un 80% del valor o riqueza que crean directamente. No obstante, debido a la mucha mayor productividad de los sistemas de estos países, el 20% que le toca a sus empresarios, de la mucho mayor torta de riqueza creada, suele ser, absolutamente, mucho más grande que el 80% captado por los nuestros a partir de ínfimas tortas.

Con el advenimiento de las sociedades medias, a las que en su variante clasista llamaremos sociedades jerárquicas, es decir, sociedades dotadas de estructuras mediáticas o de manejo sistemático de información, y, como pronto veremos, con procesos más complejos de vida dotados de etapas programativas y administrativas, estas actividades distributivas que aquí hemos examinado brevemente, se convierten en el conocido comercio o actividad comercial, que es la característica más visible del régimen económico mercantilista dominante en la mayoría de nuestras sociedades latinoamericanas. Y, con la emergencia, más reciente todavía, de las sociedades modernas, cuyos máximos exponentes clasistas son las sociedades capitalistas, con sus capacidades educativas en sentido estricto y sus posibilidades de desarrollos científicos y tecnológicos, estas mismas capacidades distributivas se convierten en actividades de mercadeo y diferenciación tecnológica de bienes y servicios, a través de la innovación sostenida, que constituyen el tejido más visible de la llamada globalización contemporánea.

En nuestra América Latina, con las debilidades ya señaladas en nuestras capacidades procesales de proposi- tación y construc- ción, así como en nuestras capacidades estructurales territoriales, mediáticas y educativas, es claro que las asimetrías y procesos sociales de exclusión se profundizan durante esta etapa distributiva, la cual tiende a aparecer como la causa principal de las injusticias reinantes y como el centro de atención de muchos de nuestros gobiernos cuando se ocupan de la problemática de las desigualdades económicas. Sin desconocer la importancia de la intervención estatal redistributiva de bienes y servicios, para compensar injusticias atávicas o heredadas de siglos de opresión y explotación de las mayorías pobres, nos resulta claro que es imposible, en el largo plazo, superar tales injusticias a través del mero reparto o indemnización de estas mayorías y manteniendo constantes tanto sus limitadas capacidades procesales propositivas y constructivas como la falta de desarrollo de sus capacidades estructurales avanzadas.

No puede haber, en síntesis, igualdad en la distribución de la riqueza sin igualdad en las oportunidades de capacitación para la creación de la riqueza. No se puede repartir indefinidamente lo que no es resultado de la producción real, y es completamente ilusorio pensar que con bonanzas financieras circunstanciales, y menos si devienen de alzas de precios en la venta de recursos no renovables como el petróleo, se puede reemplazar la transformación endógena o sustentable de nuestras capacidades. Salvo que queramos hipotecar el futuro y legarle a nuestros descendientes la resolución de los problemas creados con el despilfarro de recursos que también les pertenecen, la transformación de nuestras naciones no puede priorizar la atención a los aspectos políticos y distributivos, en detrimento de la creación de sólidas capacidades estructurales desde abajo y de capacidades procesales desde el inicio.

viernes, 28 de agosto de 2009

Nuestras capacidades procesales constructivas

En el artículo anterior, con nuestro afán por presentar nuevos términos y evidenciar la suma importancia que le concedemos a la transformación de capacidades propositivas o de definición de propósitos al inicio de los procesos productivos, culturales o políticos en nuestra América Latina, no llegamos a establecer la secuencia de conjunto que caracterizaría a los procesos tradicionales de vida en el contexto de sociedades sedentarias o con una base agrícola de subsistencia, con divisiones del trabajo mucho más marcadas y lenguajes mucho más especializados. Mientras que la secuencia de los procesos elementales, propia de las sociedades primitivas nómadas, sería algo así como: (Incepción) - Operación - (Finalización), con una sola etapa principal; en las sociedades tradicionales, del tipo encontrado por los conquistadores latinos en nuestros territorios del siglo XVI, tal secuencia se haría más compleja hasta convertirse en una secuencia del tipo: (Incepción) - Propositación - Construcción - Operación - Distribución - (Finalización), con cuatro etapas bien diferenciadas entre los momentos iniciales y finales de los procesos de vida.

La realización de las etapas de construcción y distribución demanda propósitos claros al inicio del proceso social tradicional, pues sólo así la visión del proceso en su conjunto es suficiente para respaldar el despliegue de la energía de los participantes a través de estas etapas más complejas, que suelen ser exigentes, prolongadas en el tiempo y sin que sus resultados se visualicen de la manera inmediata característica de la más simple etapa operativa. En caso contrario, en ausencia de un claro asidero en la etapa de propositación, las actividades constructivas y distributivas tienden a quedar a la deriva, a realizarse a medias o de modo contrahecho, pues los grupos dependen de sus meras intuiciones y anhelos para asegurar la continuidad de los procesos y logra la plena satisfacción de sus necesidades.

Vistas desde otro ángulo, las capacidades procesales constructivas están íntimamente asociadas a las anteriormente examinadas capacidades estructurales territoriales, puesto que cualquier actividad constructiva implica una modificación sustancial y permanente del ambiente y, por tanto, de la posibilidad de aprovechar las ventajas de tal modificación en el tiempo mediante alguna modalidad de propiedad sostenible. En las condiciones de sociedades relativamente homogéneas étnicamente y/o aisladas de otros grupos sociales, estas modalidades de propiedad tiende a ser de tipo colectivo o comunitario, es decir, con los resultados del proceso constructivo: viviendas, caminos, puentes, áreas de cultivo, equipos, herramientas o equipos complejos, etc., compartidos por todo el grupo social.

No obstante, como ha sido el caso predominante en los últimos milenios de historia, en condiciones de heterogeneidad étnica y/o de amenazas o invasiones exógenas, los resultados alcanzados con la etapa de construcción, sobre todo, tienden a caer bajo el control de mecanismos privados de apropiación y posesión que, con el tiempo, sientan las bases para divisiones sociales cada vez más profundas del trabajo y las actividades sociales de toda índole, con marcadas escisiones entre quienes poseen y quienes no poseen tales medios de vida. Con el tiempo, la tendencia ha sido hacia la creación de capacidades estructurales culturales que intentan legitimar las diferencias de propiedad, con lo cual se retroalimenta el proceso y se profundizan más y más las mencionadas divisiones.

A medida en que las capacidades estructurales evolucionan desde el estadio artesanal hacia los estadios técnicos y tecnológicos, como veremos en artículos venideros, las capacidades constructivas se tornan también más y más complejas, hasta el punto en que ya no basta la sola etapa de propositación para soportarlas, sino que se requieren capacidades adicionales de programación o administración, en su siguiente ola evolutiva, y, más adelante, de realización de estudios previos de factibilidad y de planificación o diseño conceptual, que demandan, a su vez y respectivamente, capacidades estructurales más avanzadas mediáticas y educativas.

En nuestra América Latina, con el sinfín de atropellos, deformaciones y transculturaciones sufridas, pero también con nuestra incapacidad para darnos cuenta de sus alcances y superarlas, ya nuestras capacidades procesales constructivas sólo han sido desarrolladas con graves incongruencias y dicotomías, lo que ha conducido a una muy baja eficacia y eficiencia en la ejecución de proyectos sociales complejos. Nuestras visibles limitaciones para resolver de manera contundente nuestros problemas alimentarios, de vivienda y de transporte, por ejemplo, son en gran medida consecuencia de nuestra falta de capacidades procesales constructivas y al menos programativas, por un lado, y estructurales territoriales, mediáticas y educativas, por otro.

Sin embargo, también queremos dejar sentada aquí nuestra apreciación de la importancia de la transformación de capacidades que está teniendo lugar en varias naciones latinoa- mericanas, a menudo luego de una toma previa de conciencia acerca de nuestras limitaciones de recursos
y capacidades, que está llevando a adoptar enfoques cada vez más realistas de ocupación del territorio, de programación y de construcción de obras diversas que están permitiendo, como en los casos brasileño y chileno, sobre todo, un avance lento pero seguro y sostenido hacia la superación de la pobreza y la elevación de la calidad de nuestras vidas. En otros casos, por ejemplo, como el venezolano sobre todo, en donde, como ya lo hemos examinado, persisten demasiadas ilusiones y fantasías acerca del poder del Estado y de los recursos financieros, los problemas no tienden a resolverse sino simplemente a dorarse las píldoras de soluciones aparentes y no basadas en esfuerzos serios de capacitación de nuestros pueblos, validándose aquello de que el que mucho abarca poco aprieta y que de los apuros no va quedando sino el cansancio...

martes, 25 de agosto de 2009

Nuestras capacidades procesales propositivas

Para expresar emociones, estados de ánimo, matices sutiles de los sentimientos hacia otras personas y afines, o sea, para expresarnos afectiva o literariamente, es probable que nuestra hermosa lengua, la primera en Occidente y segunda del mundo en hablantes nativos, y segunda y tercera, respectivamente, en hablantes en general, carezca de rivales. Pero a la hora de teorizar, conceptualizar, definir ideas con precisión, etc., hay que reconocer que estamos algo rezagados, y no por caprichos del azar, sino porque los hispanohablantes, y sobre todo los latinoamericanos o, si gusta más, ibero o hispanoamericanos, hemos tenido relativamente poca experiencia en estas lides, aunque aquí se aplica aquello de que nunca es tarde para remediar, o lo de que más vale tarde que nunca... A manera de ejemplo, valga el caso de la palabra que hasta aquí nos trajo, relacionada con la elaboración de propósitos. Nuestro diccionario estándar, el mejor que jamás hayamos tenido -no recuerdo si ya lo dije, pero por si acaso, según mi terrícola opinión, es la 22º edición del DRAE, la de 2001-, nos ofrece el término propósito, con tres acepciones principales: ánimo o intención de hacer o de no hacer algo; objeto, mira, cosa que se pretende conseguir (que es la que nos interesa aquí); y asunto, materia de que se trata. Hasta aquí todo muy bien, pero el problema surge cuando intentamos, en el mismo DRAE, buscar los verbos, adjetivos y adverbios relacionados con este sustantivo, y salimos con las manos vacías pues no existen.

Opuestamente, sólo para completar el ejemplo y a riesgo de que este planteamiento vaya a parar a quién sabe que tenebroso expediente lingüisticopolítico contra el autor, me atrevo a citar que, en la lengua inglesa, en cualquier buen Webster reciente, al lado de purpose (propósito), el sustantivo básico, nos ofrecen, entre otros vocablos conexos y sin incluir las formas complejas o expresiones verbales, los sustantivos adicionales purposiveness (que sería algo como propositividad, en español), purposefulness (algo como propositosidad) y purposelessness (algo en la onda de proposicarentidad o carencia de propósitos), el verbo purpose (que sería como propositar), los adjetivos purposive (propositivo), purposeful (más o menos como propositoso), purposeless (algo como proposicarente, puesto que despropósito es otra cosa), y los adverbios purposely (propósitamente), purposively (propositivamente), purposefully (propositosamente), y purposelessly (proposicarentemente), con lo cual tenemos muchas opciones de conceptualizar lo que queremos expresar a propósito de propósito.

Debido a esto, a lo que el autor considera que es una limitación de nuestra lengua, y hasta tanto el pobre no tenga mejores ideas o la vida le alcance para meterle el diente en serio al griego, al latín y otras lenguas útiles para la fabricación, sin protestas, de nuevas palabras -y ¡ah mundo! si pudiese ser con la pontificia aprobación de alguna Academia-, entonces la política adoptada ha sido y será la siguiente: (1) se agotan los esfuerzos por conseguir en el DRAE el o los términos que se desean, y, si se logra: ¡aleluya!; (2) si no es así, se busca en los diccionarios de lenguas que al menos medio se conocen el o los términos buscados y, si se consiguen, como ocurrió en este caso, entonces se hace el mejor esfuerzo por traducir dichos términos al español, y se le da una breve explicación o indicación al lector de lo que se hizo (o, como ha ocurrido a menudo, en los largos años que el susodicho autor tiene escribiendo para sí mismo, esto último se omite...); y (3), si tampoco se consigue lo buscado en otras lenguas, entonces se inventan el o los términos buscados, con apoyo razonable en las raíces etimológicas griegas o latinas conocidas, y mejor si preguntándole a alguien más ducho sobre tales raíces, y ofreciéndole a los potenciales lectores (excepto cuando...) una explicación y casi excusa por el atrevimiento, etc.

En definitiva, amamos y le profesamos el mayor respeto a nuestra lengua española, pero no le concedemos el derecho a no lavar ni prestar la batea, o sea, a hacer el ridículo con malabarismos verbales injustificados, como en la época en que no teníamos realacadémicamente aprobado el término apartamento, y había puristas empeñados en que se dijera apartamiento, que era el que sí teníamos, pero que significaba algo así como "lugar apartado y retirado", lo cual originó mamaderas de gallo como la que, no recuerdo donde lo leí, se le atribuyó a nuestro Miguel Otero Silva, a quien una amiga refinada le dijo algo así como: "¡Ay Miguel, que problema tengo! Me voy a casar y no encuentro apartamiento", a lo que el criollo respondió: "¡Caramba, chica! No sabes como lo lamiento..." Bueno, los pocos pelos que me quedan no van a alcanzar para que los halen mis amigos partidarios de la bloguicortedad, así que mejor se imaginan, sin que se los explique, que a donde quiero llegar es a que sí estoy consciente de que este adjetivo propositivas y sus variantes, que estoy usando para definir estas capacidades procesales, no es precisamente ortodoxo, pero...

La definición de propósitos, a la que no vemos por qué no llamar, de acuerdo al método expuesto (en su paso (3), puesto que tampoco conseguimos nada en otras cinco lenguas), propositación, es una primera etapa, de importancia improbable de exagerar, en los procesos tradicionales de vida que suponemos surgidos al calor de la maduración lingüística que habría ocurrido en los albores de las primeras sociedades civilizadas sin conexión con o afiliación a otras (según Toynbee). Es decir, de los primeros tiempos de las muy pocamente estudiadas -y no por casualidad, sino porque pareciera haber intereses de las civilizaciones vencedoras...- sociedades sedentarias o con base rural, pero todavía sin clases sociales o divisiones sociales marcadas del trabajo, como la primera civilización maya, la egea, la sumerioacadia, la sínica o china, la indo o hindú, y, por poco, nuestra cuasicivilización -si aceptamos como un requisito civilizatorio la posesión de la escritura- arahuaca noroccidental (protovenezolana). La corazonada central que nos lleva a sentirnos tan persuadidos de que esto fue así surge no de lecturas o estudios, que los ha habido, sino de cierta experiencia en más de cien proyectos acometidos en nuestra vida profesional, y otros cuantos en nuestras otras vidas, que nos han dejado vivencias sobre la absoluta relevancia de discutir exhaustivamente y aprobar colectivamente los propósitos últimos de cada proyecto, pues el tiempo dedicado a esta propositación se recupera con creces en el curso del proceso productivo o creativo correspondiente, en términos de participación de los miembros del equipo o grupo del proyecto en cuestión; así como de la fuerte intuición que tenemos de que esta exigencia de propositar los proyectos tiene que haber estado presente dondequiera que haya existido, como lo suponemos en las sociedades civilizadas altamente colectivizadas y con suficiente madurez lingüística, la necesidad de incorporar plenamente las energías de todos al logro de los propósitos de los procesos de vida. O, dicho en sentido contrario, cualquier intento por ahorrar estas discusiones iniciales conduce luego a confusiones, a la pérdida de energías y a tener que volver una y otra vez a definir los propósitos de lo que se está haciendo.

En el ambiente profesional ingenieril y sus afines, a esta etapa inicial de los proyectos se le suele denominar Análisis de necesidades, y, tanto en la literatura como en la práctica sobre el tema, es el punto de partida obligatorio de todo proyecto tecnológico exigente, al punto de que el minúsculo Centro de Transformación Sociotecnológica, que he dirigido por más de dos décadas, hace tiempo que decidió que ya las propuestas iniciales a los clientes o usuarios deben consistir precisamente en tal análisis. En una sociedad mercantilista como la que nos ha rodeado, es obvio que esto nos ha costado más de un dolor de cabeza, pues diversos vivos se han aprovechado de nuestra supuesta ingenuidad para apropiarse de la propuesta como un estudio gratuito o, peor todavía, para usarla como requerimiento a satisfacer por organizaciones inescrupulosas que se presten para "hacer más barato el mismo trabajo..." Pero aún así, ha sido tal nuestra convicción a este respecto, que, en el fondo, nos hemos alegrado cada vez que esto ha ocurrido, pues con semejantes clientes o usuarios, incapaces de valorar la importancia de una clara propositación de los proyectos desde el vamos, es preferible no trabajar juntos y mucho menos revueltos: allá ellos con lo que se pierden.

Ahora bien, cabe preguntarse: ¿por qué esta práctica tan necesaria y común en los proyectos ingenieriles avanzados es tan poco conocida en el ámbito de las iniciativas técnicas, artesanales, creativas, políticas, culturales, religiosas, conyugales, amistosas, etc., que a diario adelantamos, en los más diversos niveles y ámbitos, en nuestros países latinoamericanos, en donde todo el tiempo tenemos la sensación de que la necesidad a satisfacer o el propósito último del esfuerzo acometido o por acometer ya lo definió o tiene que definirlo alguien más, y siempre estamos como haciendo mandados para lograr algo que sólo otro u otros conocen? Tan importante nos ha parecido, desde ha mucho, esta pregunta, que no hemos escatimado neuronas para buscarle respuestas, pues nos luce que aquí está una de las claves para que nuestra América Latina, y con ella buena parte de nuestro adolorido tercer mundo, salga por fin de su secular marasmo histórico.

Y, sin ambages, ofrecemos nuestra respuesta: no lo hacemos porque nuestra historia, como la de otros pueblos sometidos por siglos a la dominación y explotación por parte de pueblos con capacidades sociales más avanzadas, ha sido una historia de sobretutelas, sobredominaciones, sobredivisiones del trabajo, sobremanipulaciones, sobrealienaciones, sobreexplotaciones, y parémoslo allí, en donde la regla de nuestros procesos y estructuras de vida ha sido que los propósitos y valores esenciales inspiradores de nuestras actividades los definan otros, para nosotros. Con tal pedigree histórico y social, no es entonces casual que, después de siglos, en el caso social, o de décadas o años en el plano individual, recibiendo instrucciones mediáticas acerca de cómo hacer todo y sin espacio para hacernos preguntas o ensayar respuestas acerca del por qué y para qué de las cosas, y menos para ponernos de acuerdo con otros sobre tales fines o propósitos, desemboquemos en una realidad en donde la regla, con sus descontadas múltiples excepciones, en nuestros países, es la de que el padre, la madre, el esposo, la esposa, el novio, el maestro, la dirigente, el sacerdote, el animador, la jefa, ... son siempre los que deciden el propósito de lo que haremos, incluso en los niveles más elementales, como si todos los procesos de vida en que participamos fuesen como deplazarnos en un vehículo que tiene un solo puesto para el chofer o conductor que es quien decide.

Todavía a un par de siglos, años más o años menos, de conquistadas nuestras independencias políticas, nuestras sociedades son como si a un colectivo de gallinas y gallos, después de vivir en cautiverio o domesticación por siglos, se les soltara en plena selva a vivir dizque independientemente. Lo que nos ha ocurrido, al no saber en el fondo lo que queremos o como vivir independientemente, es que nos la hemos pasado construyendo jaulas, aceptando caudillos y buscando quien nos ordene o instruya sobre lo que tenemos que hacer, y mejor si echándoles la culpa a otros por nuestra dependencia, como si pudiera haberla sin dependientes... A muchos extranjeros, europeos, y nórdicos sobre todo, que nos visitan, les sorprenden nuestras incapacidades para definir lo que queremos ser, nuestros fines en la vida o los propósitos de nuestras actividades, o para ponernos de acuerdo en nuestras acciones colectivas, en fin, para propositar nuestros procesos de vida, aún en las iniciativas o relaciones más sencillas. Mientras que muchísimos niños gringos, alemanes, japoneses o qué se yo poseen respuestas elaboradas ante la pregunta ¿qué quieres ser cuando seas grande?, muchos de nuestros ya grandes pasan trabajo y tragan grueso cuando se les pregunta ¿cuál es tu propósito en la vida?, pues lo que abunda es aquello de que "como vaya viniendo vamos viendo..." Cuando, en muchas entrevistas para emplear profesionales, les hemos preguntado ¿cuál es tu propósito de carrera?, o bien, la mayoría, no sabe de qué les estamos hablando, o bien, una minoría, repiten como loros alguna frase que les redactó algún "experto en currículos" copiada de patrones que se venden en el mercado o traducidos generalmente del inglés, quedando apenas un residuo de excepción para quienes sí habían pensado en serio en el asunto. Esto, por supuesto, no tiene nada que ver con rigideces modernas ni con algunas respuestas posmodernas de quienes, ansiosos de inyectarle flexibilidad y alegría a la vida, hacen como que subestiman la definición de objetivos rígidos de lo que buscan...Y si todavía alguno percibe algún tufo pitiyanqui o proimperio en lo que va dicho, queremos recordarle que, por ejemplo, nadie menos que Simón Bolívar llegó a afirmar, en su conocida misiva jamaiquina, refiriéndose al porqué de nuestros fracasos y a nuestra dificultad para ser libres -o propositados, podríamos decir nosotros-, que "el alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas".

En resumidas cuentas, no encontramos manera de exagerar la importancia de rescatar la propositividad de cuanto hagamos en nuestro subcontinente en cualquier ámbito o a cualquier nivel, de transformar nuestras capacidades propositivas para energizar nuestros procesos de vida, de combatir nuestras proposicarencias y nuestra proposicarentividad, pues es tal nuestra inexperiencia generalizada en esta materia que no vemos manera de errar por exceso o volvernos demasiado propositosos. Alertar, entre nosotros, que hemos vivido por siglos bailando al son que otros nos tocan, contra los peligros de un exceso de propositividad en nuestras acciones es algo así como prevenir al indigente extremo contra los peligros del consumismo moderno, o como perorar ante una criatura virgen de cincuenta años sobre los peligros del SIDA...

Y no nos queda ya sino cerrar esta entrada con un llamado enfebrecido e implorante a quienes se dignen a leer estas notas para que reflexionen e intenten poner en uso y en práctica este impulso a nuestras capacidades propositivas a todos los niveles y planos, desde el individual: ¿Qué es lo que verdaderamente quiero hacer con mi vida?, hasta lo social, donde quiera que podamos: ¿Qué es lo que en el fondo queremos lograr como movimientos o instituciones o naciones?; desde lo afectivo: ¿Por qué estamos juntos?, hasta lo productivo: ¿Para qué y para quiénes estamos aquí produciendo?; desde el cortísimo plazo: ¿Qué es lo que quiero lograr esta semana?, hasta el más largo: ¿Y en lo que me resta de vida, o en el próximo siglo de América Latina? Pues de aquí, de este o estos verbos y de esta propositación que nos salga del alma, brotará la energía de los procesos de vida que necesitamos para ser libres, fraternales y con igualdad de oportunidades para todos.

Al principio todo era confusión y no había nada en la tierra, hasta que advino el verbo divino y dijo: ¡Haya luz!, y se creó el mundo, reza más o menos en sus primeras líneas nuestro libro occidental, sagrado o no, de sabiduría. Antes del tiempo, la materia o el espacio todo era un caos y entonces, hace unos 14500 millones de años ocurrió el Big-Ban, y emergió el universo conocido, aseguran los físicos. Para recrear el universo sólo hace falta darle un nombre le dice la Emperatriz Infantil a Bastián, el protagonista de La historia sin fin, de Michael Ende, cuando parece que ya todo se acaba, inclusive la historia misma. Sólo aquellos que lleven un caos dentro de sí podrán poner en el mundo una estrella danzante, dijo en algún lugar aquel Nietzche. Y a mí me provocó decir también y otra vez lo mismo, sólo que algo fastidiado de tanto hablar de palabras y con palabras...

viernes, 21 de agosto de 2009

Nuestras capacidades procesales operativas

Reconozco que el término es poco usado y hasta suena algo leguleyo, pero si del sustantivo estructura se deriva el bastante frecuente calificativo estructural, no veo por qué restringir el uso del adjetivo procesal, que viene de proceso, en general, sólo a los procesos o asuntos legales. Usaremos entonces este término para referirnos no a la dimensión sincrónica o anatómica de las capacidades en nuestras sociedades, a las que ya hemos llamado capacidades estructurales, sino a la dimensión diacrónica, a través del tiempo o referida a los procesos característicos, que muchas veces parecieran cíclicos, de gestación y desenvolvimiento de los sistemas sociales.

Con el concepto de capacidades procesales queremos referirnos a aquellas que se han ido haciendo cada vez más importantes y necesarias, sobre todo en la medida en que se plantea la edificación de sociedades modernas, con ganas de serlo o incluso con muchas ganas de ser mucho más que modernas, para concebir, discutir la viabilidad, construir, implantar, hacer funcionar y hacer madurar las sociedades o partes de ellas. Estas capacidades procesales, a pesar de situarse en un ámbito teórico poco pisado por las llamadas ciencias sociales, son de suma relevancia para la realización de proyectos nacionales o sociales perdurables, y están en la génesis de prácticamente todos los productos económicos o culturales, políticas o descubrimientos científicos en el mundo contemporáneo, por lo cual dedicaremos esta nueva subserie de artículos de nuestro blog a examinarlas.

El celular de última generación, de que disfrutan muchos hoy, por ejemplo, es la culminación de un moderno proceso de producción que, a más de conjugar la intervención de capacidades estructurales de todo tipo, comenzó hace cuatro o más años con un análisis de necesidades, un estudio de factibilidad, un diseño experimental, un diseño básico, etc., hasta llegar a la actual etapa de comercialización que se mantendrá hasta que algún día este producto se vuelva tecnológica o económicamente obsoleto y sea reemplazado por otro. Pretender fabricar tal celular de un solo golpe o en una sola etapa operativa es una manera segura de conducir tal proyecto al fracaso, pues cuanto más innovador o sin antecedentes sea cualquier proyecto, tanto más será preciso adelantarlo por etapas en donde se vaya reduciendo parcialmente la incertidumbre correspondiente. Y esto, que es válido a nivel de las secuencias de etapas o ciclos de vida de productos, con las que están familiarizados todos los profesionales que participan en el desarrollo de nuevos bienes o servicios, es más significativo aún en un plano más general, a nivel de los procesos de vida de la sociedad entendida en su totalidad, en donde su ignorancia dificulta o hasta imposibilita el impulso de procesos de cambio profundo o modernización social.

Quizás podamos sustentar lo dicho, sin desviarnos mucho, con la siguiente aseveración: en materia de participación popular, heroísmo demostrado, audacia exhibida o sangre derramada, la revolución mexicana de 1910 y años siguientes no tiene nada que envidiarle, por ejemplo, a la revolución francesa; pero mientras que ésta fue el desenlace de un largo proceso de gestación conceptual, cultural e institucional, en donde la toma de la Bastilla estuvo precedida por un proceso de cuestionamiento profundo del Antiguo Régimen y de organización del pueblo, en donde hasta se contó hasta con una Enciclopedia contentiva de toda una nueva visión del mundo, en el caso mexicano el proceso arranca esencialmente desprovisto de una guía teórica o conceptual, con el desconocimiento del poder de Porfirio Díaz por Madero y el masivo despertar del campesinado con sus líderes Villa y Zapata. Con tan distintos antecedentes, no parece entonces casual que la revolución mexicana, y hasta ahora las revoluciones latinoamericanas en general, hayan terminado por perder el horizonte a la vuelta de pocas décadas, mientras que la francesa abrió una nueva era histórica.

Nuestros análisis nos han llevado a creer que así como ha habido configuraciones características de las estructuras de capacidades sociales a través de la historia, de las que nos hemos ocupado en la subserie de artículos precedentes, para conformar lo que ya hemos llamado y más adelante conceptualizaremos más detenidamente como modos de vida, así mismo han evolucionado configuraciones singulares de capacidades procesales vinculadas a las etapas de los que llamaremos procesos de vida. Aunque estas etapas ofrecen grandes analogías con las etapas de la vida del individuo humano, desde el momento de la concepción hasta el de la muerte, pasando por las etapas embrionaria, fetal, neonatal, infantil, adolescente, juvenil, adulta o senil, preferiremos examinarlas no en una secuencia lineal, sino en términos de tipos de secuencias, procesos o ciclos característicos. Así, en términos gruesos, distinguiremos cuatro grandes tipos de procesos de vida, integrados por distintos grupos de etapas y, por ende, de capacidades procesales, a los que denominaremos, en orden creciente de complejidad, procesos elementales, tradicionales, medios y modernos de vida.

Por procesos elementales, o primitivos, de vida, que no por elementales dejan de realizarse, aunque excepcionalmente, en la época actual, entenderemos aquellos constituidos simplemente por un momento inicial, al que llamaremos momento de incepción; una sola etapa o secuencia principal de actividades, a la que designaremos como etapa operativa; y un momento final o de finalización del proceso. Este tipo de proceso, cuya ejecución es tan natural que prácticamente no requiere de aprendizaje alguno, es el que suponemos característico de los esfuerzos productivos, culturales y/o políticos de las sociedades primitivas, y es también el que todavía utilizamos cuando abordamos problemas o situaciones simples, en donde podemos visualizar los resultados finales y obtenerlos de una sola vez o con una sola operación u operativo, y con una muy escasa o elemental división del trabajo.

Si fuésemos a analogarlo con los procesos individuales de vida diríamos que este tipo de proceso elemental, con una sola etapa principal u operativa, es equivalente al de situaciones como las que viven nuestros niños abandonados, en donde la vida adulta es la única claramente delimitada, con la etapa previa entendida como una mera preparación para la adultez -que se inicia precozmente, con todos sus compromisos y responsabilidades, aun antes de la llegada de la pubertad-, y la etapa posterior como una culminación, a menudo también abrupta, de la misma vida madura o adulta. Hay motivos para pensar que en las sociedades primitivas nómadas, aunque sin los componentes de violencia de nuestro tiempo, también la secuencia típica de etapas del proceso de vida individual era la que hemos descrito.
En ambientes socialmente sanos o armoniosos, bajo el impulso de estos procesos de vida, toda la población adquiere una visión de conjunto de las actividades vitales y las capacidades de toda índole encuentran la ocasión para integrarse. No obstante, bajo circunstancias de explotación, alienación y/o dominación, cuando la visualización de los resultados finales de los esfuerzos productivos, culturales y/o políticos sólo está al alcance de los grupos sociales hegemónicos, cual ha sido con frecuencia el caso de nuestras sociedades latinoamericanas, aun estos procesos elementales de vida resultan desvirtuados y no comprendidos por la mayor parte de la población. Esto ocasiona, a su vez, la fragmentación o división social de las capacidades y una especie de frustración o depresión permanente para estas mayorías, que se sienten a menudo como viviendo en una sociedad ajena o cuyos propósitos no son compartidos sino impuestos por otros, todo lo cual origina el fenómeno hoy conocido como exclusión social.

De donde se deriva que uno de los principales componentes de todo esfuerzo transformador de nuestras sociedades, tanto a nivel de la sociedad en su conjunto como de empresas o de instituciones y movimientos, y ya en los ámbitos culturales, productivos o educativos como políticos, desatendido por los más de nuestros proyectos modernizadores, ha de ser el empeño por rescatar esta visión de conjunto o compartida de los procesos elementales de vida, para propiciar la inclusión social correspondiente.

Mientras el grueso de nuestras poblaciones mestizas sigan percibiendo que los afanes de transformación impulsados por ciertas élites sociales no son para beneficio de todos sino de unos pocos, las tareas en pro del cambio seguirán siendo percibidas como ajenas y extrañas. Opuestamente, cuando, como en el caso del actual liderazgo brasileño y de los que están emergiendo en otras naciones latinoamericanas, estos proyectos transformadores anuncien y logren verdaderos propósitos colectivos, entonces sí podrán liberar muchas de las energías populares represadas. La posibilidad de impulsar procesos complejos y exigentes de cambio en nuestros países empieza por rescatar la integralidad perdida de procesos elementales de vida centrados en la simple aplicación de capacidades operativas pues, como veremos cada vez más claramente, la sana incepción o momento inicial, con su correspondiente dosis de empatía o energía movilizadora, es un requisito para el despliegue e integración tanto de estas capacidades procesales elementales, como de las capacidades estructurales que hemos explorado en artículos anteriores y de las demás capacidades que atenderemos en los próximos artículos.

Mientras no entendamos esto, nuestros pueblos seguirán viendo los proyectos modernizadores como gallina que mira sal, y por tanto dispuestos a seguir a cualquier aventurero que les ofrezca alguna mejora inmediata en el contexto de las mismas condiciones prevalecientes y premodernas de vida.