viernes, 13 de noviembre de 2009

Un beso en Babelnoelia, sobre la aceptatividad latinoamericana y algo más


Un beso en Babelnoelia


Hace ya unos cuantos años, en un centro internacional de estudios sobre educación superior de cuyo nombre me acuerdo, pero que no viene al cuento mencionar, solíamos trabajar, aunque no siempre los mismos, de dos a tres decenas de profesionales de las más diversas nacionalidades. La mayoría de ellos eran investigadores invitados que se pasaban en el Centro de uno a tres meses, y a veces un poco más, mientras elaboraban un artículo para la revista especializada que allí se publicaba, y luego se marchaban, hasta que llegaban otros; o, excepcionalmente, algunos se quedaban uno o dos años mientras completaban algún proyecto de investigación más extenso. Otros profesionales, que también entraban y salían, aunque con menos premura, laboraban en las tareas de dirección o administrativas permanentes, y otros pocos más, los más estables y con predominio de venezolanos, lo hacían en la biblioteca y el centro de documentación. Estrictamente, yo no pertenecía a ninguna de esas categorías laborales, pues mi trabajo, con horario muy flexible, consistía en elaborar, para casi todos los demás, resúmenes o
abstracts de artículos y libros en el centro de documentación; sin embargo, disponía de un cubículo fijo y durante casi siete años tuve la oportunidad de alternar con, y con frecuencia conocer a, unos cuantos participantes en las actividades mencionadas.

La sede, un edificio de cuatro plantas alargadas en el límite norte de la ciudad, tenía un aire como de barco, con la peculiaridad de que parecía atracado junto a la falda escalonada de una montaña. Esto le permitía disponer de entradas independientes tanto por los pisos de arriba, donde estaban las áreas administrativas y las salas de reuniones importantes, como intermedios, albergue de cubículos y actividades de investigación, y de abajo, vinculadas más que nada al procesamiento de información. En el piso inferior, que para los de arriba fungía como bodega o sótano, según se lo viera, estaban la biblioteca, el centro de documentación y mi cubículo, y se hallaban también el comedor, con una cocina grande anexa que también hacía de cafetín en las horas no pico, y un área descubierta de estacionamiento, a la entrada independiente y también alargada como toda la construcción.

El comedor era el ámbito privilegiado de encuentros culturales y cercanos de todos los tipos, y la comida, o la sensación de que ingeríamos y compartíamos algo común, era un canal de comunicación no pocas veces más efectivo que el español, para muchos su segunda, tercera o cuarta lengua. También en la parte de arriba, a manera de cubierta, había una terraza ajardinada donde los directivos gustaban de hacer brindis y cocteles bajo cualquier pretexto. El conjunto era como un híbrido suave entre un arca de Noé y una torre de Babel, y digo suave porque carecía de los atributos acuáticos y del barullo de animales, por un lado, y de incomunicaciones absolutas o alturas bíblicas, por otro. De allí que en mi jerga personal -creo que eso lo aprendí en mi tierra natal, donde se le pone nombres propios a todo lo familiar- a ese lugar lo conocía como Babelnoelia.

Puesto que la mayoría de miembros del personal, inexplicable pero mayoritariamente femenino, venían sin acompañamientos de pareja o familia, las amistades, y de cuando en cuando algo más, no dejaban de florecer; pero el patrón más frecuente, o al menos visible, de relaciones era entre grupos o bloques de nacionalidades, y básicamente entre tres que se mantenían a pesar de la variabilidad de sus integrantes: europeos, asiáticos y, nosotros, los latinoamericanos. Pese a que cotidianamente suele verse a los franceses o ingleses como gente muy distinta de los alemanes, y sobre todo de los españoles e italianos, en el Centro todos ellos tendían a congeniar mucho más entre sí que con el resto, y a encajar dentro de la primera categoría. Chinos, japoneses, rara vez hindúes o afines, y siempre pocos, coincidían en el clan de los asiáticos. Mientras que, pese a las acostumbradas distancias iniciales, sureños, brasileños, andinos, mexicanos, centroamericanos, caribeños -incluidas las islas de habla nativa no hispana- rápidamente coincidíamos en el último rubro. Lamentablemente, africanos, es decir, africanos netos, nunca los hubo, pero sí
afroyalgos, o sea descendientes de africanos y otras etnias, o residentes de piel morena que venían de lugares diversos, prácticamente adscribibles al primero y, sobre todo, al tercer grupo (hay algo raro que suele mantener como polarizados y distanciados a negros y asiáticos, y la verdad sea dicha es que jamás he visto a una pareja chinonegra, un chino de piel oscura o un negro de ojos rasgados...). Mis apreciaciones acerca de las identidades continentales y nacionales quedaron marcadas de por vida por las vivencias en esta torrearca singular.

Allí pude apreciar, por ejemplo, que, si se saben mantener a raya suficientes rasgos irrepetibles de las personalidades, es indudable que los europeos, incluyendo allí sin mayores rigores a sus casi congéneres gringos, canadienses y australianos, tienden a ser los menos gregarios o dados a actividades colectivas y, por tanto, siempre que -por favor- se excluya la acepción despectiva de este vocablo, más
individuales. Recuerdo a una investigadora y señora mayor alemana, de nombre terminado en -erda o quizá -eka, que hacía lo posible por comer sola, se comunicaba con el resto sólo el mínimo indispensable y acostumbraba trabajar infatigablemente hasta horas tardías de la noche y los fines de semana, pero que, no obstante, viajaba a todas partes con su perrita y gustaba de pedirle a su servicio doméstico que la colocara al teléfono para saludarla; como mis horarios eran también poco usuales, tuve la oportunidad de encontrármela en pasillos y conocerla, descubrir que había enviudado durante la segunda guerra mundial, que nunca más se había emparejado y que por nada deseaba regresar a Europa, y entender que el verdadero proyecto de su vida era ahorrar hasta retirarse, con todo y perrita, a una ensoñada casa campestre que ya estaba construyendo en Costa Rica. Un francés, nombrado en -ier, vivía para hablar de arte y museos y esquiar en vacaciones y fines de semana, y tal vez nunca le perdonó a esta tierra el haberlo engañado, puesto que rigurosamente averiguó en París, antes de aceptar su proyecto, si había aquí cumbres nevadas y, previa respuesta afirmativa, decidió venirse con sus esquíes, sólo para descubrir que cumbres y nevadas son, pero que para esquiar no se prestan. Una suiza, a lo -iol, aseguraba que se había venido de sus Alpes huyendo del fastidio y que sólo en el Trópico se hallaba a gusto, pero no logré determinar qué era lo que tanto le gustaba, porque los tropicales no éramos, y el clima o los paisajes tampoco. A una italiana, mentada en -arla, le fascinaba recibir regalos costosos y conquistar hombres mucho mayores, lo cual discretamente lograba en no pocos de los brindis, agasajos, cocteles y parties del Centro, que infrecuentes no eran, pero, ante las bromas de sus colegas femeninas en los almuerzos cotidianos, se cuidaba de aclarar que sus pasiones en el exterior de su país eran, sí, breves y con viejos, pero a condición de que ellos fueran duros, y de allí nadie le sacaba más explicaciones. Unas cuantas españolas, casi todas nominadas Mari-, tenían un delicioso e impredecible sentido del humor, alternado con arrestos de mal genio, pero entre afanes ahorrativos, manías higiénicas y negativas a comer lo que los demás, pruritos por el orden de sus escritorios, y afines, parecían nunca vivir el tiempo presente y sí estar en cambio pendientes de algo que irremediablemente había pasado ya o que quien sabe si vendría. Y así podría añadir muchas notas más, pero creo que ya basta de sustentaciones a la apreciación o, mejor, heurística o conjetura inicial, que permitió esbozar gruesamente a estas damas y caballeros.

No es gran cosa el soporte ofrecido, pero me tranquiliza que mis conclusiones sean compatibles con, por ejemplo, las de Herman Hesse, imposible de no entender a esta gente, en un cuento llamado "El europeo", ese sí escenificado en una verdadera y posdiluviana arca de Noé, en donde el comportamiento individualizado y la dificultad para convivir alegremente y mezclarse con otras culturas resultan ser algunos de los rasgos nórdicos resaltantes, al punto de que al final Herman, vía decisión de Noé y severo como ellos, decide nada menos que castigar al compatriota condenándolo, a diferencia de todos los otros animales y personas, a proseguir el viaje sin su paisana acompañante y con la advertencia implícita de que sólo a través de alguna no europea podrá tener alguna vez descendencia...

Los asiáticos eran sociables y ceremoniosos, parecían siempre como contentos y serenos y jamás se les veía malhumorados, pero por alguna desconocida razón, nunca terminaban de aprender el español, jamás eran locuaces, expresivos o cosa semejante, nunca confundían los roles masculinos con los femeninos, y, en definitiva, uno nunca estaba seguro de entender lo que verdaderamente pensaban. Más allá de los tintes personales eran, comparativamente hablando, más introvertidos y, pese a que mucho socializaban entre sí, también parecían mucho más inaccesibles culturalmente. Mientras que entre latinoamericanos y europeos eran frecuentes los cortocircuitos, o chispazos interculturales, en donde afloraban los
todos nosotros y se desvanecían las barreras al uso, entre cualquiera de estos grupos y los asiáticos siempre se interponían aislantes culturales infranqueables y nunca desaparecían los nosotros (simples) y los ellos. Casi todos los chinos tenían nombres en -an o en -in, los japoneses en -ito u -oto y las japonesas en -iko, y los hindúes como en -aires o -aica. A todos ellos, más que individualmente, excepto por lo que vendrá más adelante, preferiría seguir considerándolos como grupo: poseían una manera extraña de parecerse a personas sabias, alegrarse en grupo, ser serviciales, sonreír por cosas que para los demás no llegaban ni a simpáticas, y gustaban como nadie de extender, pero sin abandonar su laconismo, las conversaciones de sobremesa.

Me daría vergüenza aducir las que lucen como demasiadas conclusiones a partir de tan escasos datos, pero resulta que me siento confiado porque estas apreciaciones, elaboradas independientemente, esencialmente coinciden nada menos que con las de mi comodín para asuntos asiáticos, con rol análogo al de Herman para los europeos, Lin Yutang, quien en su insuperable tratado sobre la personalidad asiática,
La importancia de vivir, llega, con bases y elegancia sin igual, aproximadamente a estos y otros de seguro más interesantes resultados. Salvo una excepción, que no mencioné antes, por abrigar más dudas sobre ella, cual es la intuición profunda, no reseñada por Lin, de que estas criaturas amarillas, con sus caritas semisonrientes de yo no fui o yo no entiendo bien pero no me molesto, probablemente sean los seres más corajudos del planeta o, aclaro, los más dispuestos a inmolarse, llegadas las cosas a las mínimas, por cuestiones de honor, dignidad o, simplemente orgullo. No creo que sea casual que ningún otro continente pueda esgrimir un despliegue semejante de historias de samurais, kamikasis, bonzos, fakires, madres suicidas, huelgas de hambre de verdad, maestros heroicos de artes marciales, guerras imposibles contra enemigos archipoderosos, y parecidos. Por lo que a mis siempre mortales juicios se refiere, tengo a los de Gandhi como primeros candidatos al título de los testículos más blindados y con más densas concentraciones de testosterona jamás habidos en este tercer planeta.

Y después veníamos, en número mucho mayor a los otros, los latinoamericanos, con nuestros, relativamente hablando, humores, camaraderías, ingenuidades y alegrías más visibles y espontáneas, nuestras relativas mayores aperturas y sinceridades ante los demás, nuestras más fáciles predecibilidades, etc., pero también con nuestros desórdenes, nuestras limitaciones planificativas y administrativas, nuestras inconstancias y afines. Con sus variantes, por supuesto: con un mayor nivel cultural relativo, no pocas veces acompañado de engreimientos no proporcionales, en el caso de los sureños; con más disciplina y cierto mutismo en los andinos; con vocación fuera de serie para el trabajo y el humor permanente en su variante brasileña; con cierto aire heroico asiático, pero con un realismo mamador de gallo sin equivalentes ante la adversidad, e incluso la muerte, en mexicanos y centroamericanos; y con un acentuado sentido de solidaridad y desprendimiento, no pocas veces atado a cierto vivalapepismo, en la versión caribeña.

Todo lo precedente, lejos de pretender convertirse en un trasnochado y burdo manual de identidades o idiosincracias continentales, que seguramente dará risa a los verdaderos y viajados cosmopolitas, sólo esta puesto allí para servir de antecedente, prólogo o marco al, ahora sí, breve relato del beso más curioso que he presenciado y que tuvo lugar en este remedo de arca o conato de torre, como se le prefiera ver.

Resulta ser que, obstinados de tantos encuentros ceremoniales, tanto coctel y tanto brindis, no importa si con excelentes vinos, canapés, quesos, panecillos y hasta caviares no tan esporádicamente, a lo embajada con valija diplomática cualquiera, en una oportunidad los venezolanos, con otros vecinos, propusimos que se nos permitiera organizar una fiesta bailable y a nuestro estilo, con ron, cerveza, pasapalos comunes, arepitas rellenas y demás yerbas, y, como estábamos por fines de enero, le añadimos el componente de que fuera de carnaval, todo lo cual fue aprobado, con la única advertencia, sureño culto él y más conocedor que nadie de todas las otras culturas allí representadas, el Director del Centro, de que cuidado con relajos o exageraciones, y que nada más allá de las 11:00 pm.

Con las pautas claras, ya nos disponíamos a los preparativos e improvisaciones correspondientes, cuando tuvo lugar algo inesperado: se apareció en el Centro una jovencita japonesa, menuda tanto en años como en tamaños, con su nombre
ad hoc y esperadamente terminado en -iko, de profesión maestra y con poco de graduada, que se acababa de ganar un concurso internacional de ensayos de maestros de escuela sobre la obra de García Márquez, cuyo premio era una beca-trabajo de un año en nuestro Centro, con todos los viáticos pagos.

Nos hallamos así ante una arrojada y curiosa niponcita, con perfil para nada parecido al de los visitantes de rigor, deseosa de especializarse en literatura de estos distantes lares, que inclusive, aunque no hablaba precisamente bien el español, había leído a nuestro Gabo en ediciones bilingües. Saber de
-iko se convirtió en un pasatiempo favorito en el Centro y sobre todo entre latinos y venezolanos, que estábamos en ventaja sobre los demás porque el Director la asignó precisamente al centro de documentación, que era nuestro reducto principal. Enseñarle palabras a -iko, explicarle los procedimientos del manejo de libros y documentos, escucharle en horas de almuerzo sus parcos comentarios sobre su vida magisterial y campesina en Japón (pues del campo del sur de este país venía), responderle preguntas, conocer sus impresiones sobre García Márquez, hablarle de nuestros platos y costumbres (pero siempre con un metro mínimo de por medio y sin que aceptara ninguna invitación extra-trabajo), se convirtieron en prácticas habituales.

Un día, con la fiesta de carnaval ya encima, a uno de nosotros, un
-edro de tantos, se le ocurrió la que sonó brillante idea de mostrarle a -iko cuán afectuosos éramos, cuánto significaba para nosotros el contacto físico y cuán diferente era nuestra cultura de las asiáticas e incluso europeas, mediante la simulación de un matrimonio en la fiesta, en donde él, -edro, haría de novio, ella, -iko, de novia, el corpulento francés -ier, -el único no latinoamericano a quien se informó de los planes en curso-, de cura casamentero, y los demás repartiéndonos entre invitados de honor y arroceros vernáculos infaltables. A partir de allí, todo fue conseguir sotana, un traje de novia (que después resultó ser de primera comunión, pero como -iko era tan chiquita...), buqué de novia, traje oscuro de novio, y accesorios por el estilo. Ninguno de quienes conocieron la idea -sin que entre ellos estuviera el Director, quien se limitó a establecer sus pautas- en su versión anterior a la puesta en escena, objetó lo que pareció una simpática e ingenua ocurrencia, y alguno hasta llegó a comentar que esta sería una clase en vivo de macondismo garcíamarquesiano que -iko recordaría y agradecería por siempre.

Y llegó el día de la fiesta, que arrancó tempranera un viernes, apenas anocheciendo, como era costumbre, en una de las salas grandes de reuniones del Centro, que se acondicionó y amplió, moviendo unos tabiques, en el piso superior, cerca de la Dirección, con
-iko como la invitada especial, llamada a sorber hasta su hez el humor latinoamericano. Tras los consabidos brindis y alocuciones abreviadas; degustaciones de tequeños, arepitas y quesos blandos criollos; despliegue de disfraces de reyes, payasos, gladiadores, juanas de arcos y demás personajes europeos, así como de un Atila, una princesa china y un decimodán por los asiáticos, sumados a -iko en un tierno kimono; juegos de negritas disfrazadas y borrachos improvisados por la parte local; clases gratuitas (que -iko prefería tomar suelta) de salsa, clases imposibles de bolero (pues -iko también se empeñaba en bailarlos suelta), anda chica échate otro palito de ron, y bochinches moderados no fuese a ser cosa, etcétera, transcurrió la fiesta hasta que, a eso de las nueve, hicimos el anuncio formal de que a continuación se celebraría un matrimonio a la usanza criolla, con la excepción de que le rogábamos a -iko que hiciese de novia con traje a su medida y todo.

Como quiera que
-iko se resistió inicialmente, logramos que, por mediación de los europeos y con la cooperación del chino -an, -iko accediese a participar en la ceremonia presidida por -ier. Salir -iko a escena, un poco inquieta o tal vez incómoda, pero ahora con su mono traje blanco en lugar de su tierno kimono anterior, y presentada por su supuesto padre el chino -an, y luego -edro de novio, todo elegante y galante con su traje oscuro, con -eka que se ofreció para hacer de madre, y cuajarnos todos de risa, aunque siempre con la propia -iko a la retaguardia, fueron una misma cosa. Luego vino la ceremonia nupcial propiamente dicha, donde el -ier se aprendió de memoria los ...en las buenas y en las malas, ...los declaro marido y mujer, ... pueden ponerse los anillos, y... pueden darse un beso, y todo resultaba para todos cada vez más divertido e hilarante, excepto para la propia -iko, que comenzó a sospechar que se avecinaba algo peligroso, pero que ya no podía dar marcha atrás. Y, por fin, llegó el momento cumbre, en donde -edro, en alarde de realismo mágico aplicado, le estampó no un besito sino un rolo de beso frontal a -iko, en la mera boca y con un estruendoso muá, con el resultado de que -iko, quien en algún momento creímos que fingía o era presa de nada más que algún leve nerviosismo, se... desmayó fulminantemente y perdió el conocimiento.

Lo que siguió fue un barullo irrecordable, con llamen a un médico o a una ambulancia, busquen una compresa con agua tibia, o mejor pónganle hielo, mejor la llevamos así mismo a una clínica, yo les dije que no le dieran ron porque no está acostumbrada, ha sido presa de un
shock emocional, por esto es que a mí no me gustan las fiestas de latinos, y ahora qué vamos a hacer si no se recupera y qué le vamos a decir a la embajada japonesa, traigan un tensiómetro, hay que quitarle ese traje que le puede quedar apretado pues es de niña y ella a fin de cuentas es una mujer, colóquenla acostada pero con la cabeza en alto, con una almohada, ¡no!, como se te ocurre: es con los pies en alto, yo sé algo de respiración artificial, tú estás loco será para que la termines de matar, ¡epa!, parece que se está despertando, ¡sí!, está volviendo en sí, apártense y déjenle aire para que respire, ¿por qué no la llevamos a la terraza?, o mejor déjenla quieta que se termine de espabilar, ¿estás bien -iko?, bueno ya pasó lo peor, ¡yo te aviso!: puede tener una recaída, cómo te sientes -iko, qué te pasó -iko... Y entonces -iko se incorporó, se quedó callada como mínimo un minuto, pensando, rodeada del súbito silencio, y luego, a manera de conclusión, pidió delicadamente que la llevaran a la casa cercana en donde tenía alquilada una habitación, y así se hizo, a cargo de una comisión estrictamente euroasiática, no fuera a ser que estos venezolanos..., y la fiesta terminó, no sin una confusa tormenta de ideas sobre lo inexplicablemente ocurrido, casi una hora antes de lo previsto.

Al lunes siguiente, porque en el Centro no había asueto de carnaval,
-iko llamó discretamente para decir que prefería incorporarse el martes, cosa que hizo como si nada. Ante el mar de preguntas se limitó a decir que había tenido como una baja de tensión, que no entendía bien que había pasado, y que prefería no hablar del engorroso "accidente" (aunque en verdad quería decir incidente). Sólo ya a golpe de fines de marzo, casi a la víspera de su partida, pues -iko se comunicó con su embajada y solicitó adelantar su retorno a Japón, una venezolana, la encargada del centro de documentación, logró intimar con ella y conocer la verdad de lo ocurrido. Resultó, por un lado, que ella había creído que el Macondo de García Márquez era una especie de aldea de hobbits en El señor de los anillos, es decir un pueblo de ficción, jamás tan parecido a lo que aterrada había descubierto que era la realidad de América Latina, y, por otro lado, que en su cultura campesina, nada que ver con geishas, un beso en la boca de una joven virgen, como ella, era sinónimo de una desfloración conyugal, por lo cual ella sencillamente se había sentido violada y que había perdido para siempre su virginidad con aquel venezolano...

Nota bene: cualquier parecido de este relato con la realidad deberá ser considerado como mera coincidencia.

Sobre la aceptatividad latinoamericana

A la identidad aceptativa, como lo argumentamos en el artículo del martes pasado, la consideramos inherente a la condición humana. Carecería de sentido, digamos, que alguien ofreciera un curso para explicar lo que es el cariño o la convivencia, pues todos sabemos perfectamente de que se trata. Pero sí tendría sentido otro sobre cómo expresar el cariño a los demás, sobre todo cuando pertenecen a culturas diferentes a la nuestra. Los valores humanos fundamentales, o autovalores, como acostumbramos llamarlos en ambientes de confianza, están ya dentro de nosotros como si fuesen atributos de fábrica: sólo tenemos que activarlos y ejercerlos apropiadamente, como cuando adquirimos un computador que ya viene con software, pero tenemos que volverlo operativo. Los valores humanos son universales, y todos los humanos gozamos de emociones comunes en un 99,9%, pero sus matices, es decir las identidades específicas de cada etnia o cultura, y dentro de ellas de las diversas nacionalidades, localidades, poblados y hasta individualidades, varían significativamente.

En esta serie sobre las identidades, entrándole por vías desde pretendidamente científicas hasta quizás literarias, y a sabiendas de que nos estamos metiendo en camisa de once varas, nos empeñaremos en responder a este crucial asunto: ¿quiénes somos y qué nos distingue a los latinoamericanos? En este primer par de esfuerzos, el artículo del martes pasado y éste que, como dijimos, ya fueron pensados con perspectivas distintas, esperamos haber dicho algo relevante sobre el tema de nuestra identidad aceptativa o, lo que es igual, sobre nuestra emocionalidad a la hora de aceptar a los demás como son y no como si fueran como nosotros.

Y, para terminar,
un Tratado Completo sobre la Ternura y la Aceptividad



martes, 10 de noviembre de 2009

Cambiando en Transformanueca y sobre nuestras identidades aceptativas

Tras mucho frecuentar sus señales, reflexionar, y consultar con la almohada acerca de los resultados y la falta de resultados de la encuesta, he concluido que, hasta nuevo aviso, ha sido desproporcionada mi aspiración de dirigirme a un conglomerado de lectores altamente heterogéneo, a la vez que alejado del mundo académico, con un estilo intermedio, entre lo conceptual y lo divulgativo, que pareciera haber dejado insatisfechos a demasiados. Como si hubiese querido ofrecer un vehículo, a la vez de paseo y de carga, una especie de camioneta pickup doble cabina, que ha resultado embarazoso para los conductores ordinarios y quizás poco práctico para quienes esperan transportar mayores pesos. Pero, como quiera que mi empeño por establecer, a través de Transformanueca, una comunicación sobre las cuestiones de fondo de la transformación de Latinoamérica con lectores comunes y corrientes se mantiene, la respuesta que he hallado al dilema, y que espero resulte algo más que simplemente salomónica o ecléctica, ha sido la que expondré a continuación y pondré en ejecución, salvo que en los próximos días surjan mejores ideas en contrario, desde ahora y hasta el artículo # 100 del blog, cuando se hará una nueva evaluación de la experiencia ganada.

La solución consiste en que, a partir de este mismo artículo, habrá una distinción significativa entre las entradas de los martes, que serán elaboradas con la mente puesta en lectores relativamente familiarizados con las ideas del autor y/o acostumbrados a digerir materiales más conceptuales, y las de los viernes, que serán redactadas con la mira apuntando hacia lectores más legos en menesteres teóricos. Mientras que los artículos de los martes serán más abstractos, generales, analíticos o sistémicos, como más científicos o dialécticos o, por lo menos, formales, sin llegar a rigores inoportunos, los de los viernes serán más concretos, aplicados, particulares, descriptivos, con más ejemplos sobre nuestras realidades latinoamericana y venezolana, y más informales, aunque sin intenciones de servir de mero entretenimiento. Para los primeros comenzaré a hacer un uso más directo, aunque obviamente no a fondo, de mis materiales de investigación, que hasta ahora había mantenido engavetados con la ilusión de aligerar la densidad teórica de los artículos, mientras que para los segundos apelaré más a mis trabajos y capacidades de tipo literario, que también habia dejado en relativa reserva para no diluir excesivamente los conceptos relevantes. Los unos tenderán a ser, relativamente, más extensos, con magnitudes semejantes a las que han conocido hasta ahora, y los otros procurarán ser más cortos y ligeros.

No obstante, quiero hacer dos aclaratorias: una, que no tengo intenciones de desdoblarme ni de participar en truculencia alguna, pues en el fondo lo que haré no es muy distinto a lo que por décadas he hecho para mí, donde nunca he delimitado fronteras rígidas entre el trabajo y el ocio o entre el rigor y la creatividad, jamás he trabajado en nada que considere que no desafía mis capacidades y, para bien o para mal y sin ánimo de juzgar las prácticas de los demás, no sé en carne propia lo que significa ser un empleado, marcar una tarjeta en un trabajo, o, si se lo quiere ver apenas un poquito exageradamente, no tengo muy claro lo que significa el concepto de vacaciones; y, otra, que de ninguna manera se tratará de dos blogs en paralelo sino de un trabajo al alimón, es decir, abordando los temas con enfoques distintos pero con los mismos propósitos comunes que hemos venido explicando en todo lo que precede. Los artículos de los martes andarán en la onda de lo que en mi jerga personal se llaman los escritos con tinta negra o más científicos, mientras que los de los viernes se asemejarán más a los de tinta azul o más artísticos, o, por si a alguna esto le resulta elocuente, unos serán más Yang, y los otros más Yin. Y, ¿por qué no decirlo?, la aspiración confesa es que los lectores vivan la experiencia, que desde ha mucho he disfrutado, de aproximarse a la realidad desde múltiples perspectivas, para lo cual no sólo constantemente los invitaré a todos a leer los dos tipos de artículos, sino que con frecuencia ambos versarán sobre temas semejantes o complementarios, e inclusive podrán dialogar entre sí.

A partir de aquí, comienza la implantación del cambio planeado, que irá acompañado, en este y los próximos días, con otras modificaciones menores y de formato, como la que ya pueden apreciar en la barra del título, tendientes a hacer más ágil y amigable el blog. El que sigue es ya el primero de los artículos del tipo de los martes, que da inicio a la nueva serie sobre nuestras identidades.
Si nuestras capacidades son los componentes, tanto de nuestras sociedades como de las organizaciones y de nosotros mismos, con que interactuamos con el entorno, y aquellos susceptibles de ser transformados o desarrollados con esfuerzos de cambio y aprendizaje, nuestras identidades son como nuestras maneras o razones de ser, y por tanto menos o muy poco dadas a experimentar modificaciones. Son, si se quiere, como "capacidades permanentes" que, para efectos prácticos, hemos de aceptar como inmutables, aunque, como veremos, dado su carácter contradictorio, sí las podemos descubrir o internalizar en mayor o menor grado, y, sobre todo, discernir tanto de sus afines anversos como de sus reversos o dimensiones negativas. Si las capacidades tienen mucho que ver con nuestros conocimientos, destrezas y actitudes, las identidades se relacionan sobre todo con nuestras emociones; si unas están vinculadas a nuestras funciones conscientes, a la generación de neurotransmisores y a las actividades nerviosas y coordinadas por el cerebro, estas otras están ligadas a nuestros estados de ánimo, la generación de hormonas, las actividades endocrinas y coordinadas por la glándula hipófisis. Claro está que, como siempre ocurre en nuestro organismo y en todo lo real y viviente, las diferencias nunca son mecánicas ni tajantes, pues todo allí es sinérgico, e inclusive se da el caso de sustancias químicas, como la norepinefrina o las endorfinas, que pueden actuar tanto en el rol de hormonas como en el de neurotransmisores; pero las diferencias existen y, a condición de que no perdamos de vista la noción de conjunto, es preferible distinguirlas. Las identidades, en rigor, no se aprenden ni se desaprenden, no se recuerdan ni se olvidan, sólo se refuerzan o inhiben, se asumen, se equilibran o, como desde ha mucho se dice en lingüística y está de moda decir en la web, se desambiguan.

Desde esta perspectiva, la idea tan en boga de modificar nuestra "inteligencia emocional", amén de negocio para aventureros intelectuales, es una contradicción en los términos, un quid pro quo, pues en el fondo significa cambiar nuestra identidad, compatibilizar lo incompatible, hacer de la materia un vacío o crear un cristal amorfo. Nuestras identidades, nuestra emocionalidad característica, son el resultado de una deriva natural y biológica de miles de millones de años. Nuestro género humano, al margen de que alguien lo haya querido o decidido así, es lo que es luego de una inmensa cadena de decisiones biológicas o naturales que no nos es dado cambiar. Esto no significa que estemos condenados a ser víctimas de nuestros arrebatos emocionales, que no podamos moderar, expresar o compartir nuestras emociones con nuestros semejantes, o que no podamos aprender, y esto es muy distinto de desarrollar nuestra "inteligencia emocional", a equilibrar nuestra vida inteligente con nuestra vida emocional.

Nuestra glándula hipófisis o pituitaria, cuyas intervenciones fácilmente delata nuestro régimen circulatorio, y de allí la tradicional asociación entre asuntos emocionales y asuntos del corazón, responde también a, y puede interactuar con, nuestro mundo consciente y nuestro cerebro. Un gran número de especies animales, al menos, poseen aparatos nerviosos o ganglionales que, al estilo del funcionamiento tipo sístole/diástole de los sistemas nerviosos autónomos o no gobernables conscientemente, llamados simpático y parasimpático, son también activados por el sistema endocrino y tal glándula esencial. Básicamente, los estados de alerta o estrés son gobernados por el sistema simpático, con su aceleración de los latidos del corazón, mientras que los estados de relajación o tranquilidad son regulados por el sistema parasimpático, y su respectiva inhibición de la actividad cardíaca. La idea de educar o desarrollar la inteligencia de estos mecanismos activadores del corazón, el estómago, los bronquios, el páncreas, las pupilas, las glándulas salivares, los intestinos o los genitales, por definición autónomos, nos luce francamente disparatada, lo cual no significa que no puedan ser indirectamente influidos por la mente, como cuando aprendemos a relajarnos o a dormirnos. Si una persona sufre de claustrofobia es posible, a través de terapias apropiadas y con suficiente tiempo, atenuar o incluso hacer desaparecer su miedo al encerramiento, pero carece de sentido discutir con ella si tiene o no razón al experimentar miedo a estar encerrada, pretender demostrarle que está siendo poco inteligente al asustarse o plantearle que está equivocada en su conducta. Más todavía, la emoción del miedo a estar encerrado es tan universal que bien puede considerarse normal en todos los seres vivos; sólo que, en determinadas circunstancias, por cierto no privativas de los humanos, se convierte en fobia.

Después de una prolongada y seguramente riesgosa evolución, en donde fueron sacrificados múltiples atributos valiosos para efectos de agresividad y competencia, tales como garras, colmillos y piel gruesa y resistente; el andar cuadrúpedo que posibilita una mayor velocidad tanto para atacar como para huir, y una mayor protección tanto de los órganos genitales como de las mamas de las hembras, en relación a otros mamíferos; la fuerza y poder de músculos como el deltoides, bíceps, tríceps y masetero, decisivos para golpear y agredir o para una mordida más fuerte; el nacimiento en condiciones aptas para la autodefensa y la autoalimentación, o al menos con una crianza breve para minimizar la dependencia y la vulnerabilidad; la relativa fusión entre los conductos de aire y de alimentos, que mejora nuestras posibilidades de emisión de sonidos pero aumenta el riesgo de perecer ahogados al morder o tragar, y muchos otros aspectos, nos resulta claro que nuestro género ha venido apuntando y aproximándose gradualmente hacia la priorización, como bien lo han demostrado Richard Leakey y otros, del amor, el respeto mutuo, la convivencia, la comunicación y la cooperación.

Todos los cambios mencionados, y muchos otros que se ponen de relieve al estudiar comparativamente nuestra anatomía, no parecen tener sino un sólo norte o direccionamiento: el de maximizar nuestras posibilidades amatorias, tiernas y cooperativas, en donde nos cuesta tragar la píldora darwinista, que postula que el factor determinante ha sido la "selección natural", pero sin por ello adoptar la tesis de una selección divina. Nuestra emocionalidad es expresión de esta deriva biológica que hemos propiciado y seguimos propiciando, y, como la de cualquier otro ser vivo, le da un sentido a nuestra existencia. La idea de un ser humano dedicado al odio y la agresión es al menos tan absurda como la de un un elefante volátil, un tigre piadoso o un aguila acrofóbica. Existimos para lo que estamos hechos, con una corporalidad y una emocionalidad, es decir con una identidad característica, y no depende de nosotros escoger entre ser humanos o de otro género.

Todos los seres vivientes, y con un poco más de dedicación podríamos intentar argumentar que también los no vivientes, poseen una identidad fundamental, en buena medida derivada de una dotación corporal y un espectro emocional que los define. Si, con Robert Plutchik, recientemente fallecido, quien escribió las ideas más claras que hemos podido conocer en materia de emociones, y de las que hemos partido para desarrollar nuestras tesis sobre las identidades humanas, aceptamos la existencia de ocho emociones básicas, agrupables en las cuatro parejas, libremente definidas y sin pretensiones de rigor ni de adopción literal de sus tesis, de aceptación/rechazo, alegría/tristeza, anticipación/desconcierto, y coraje/miedo, entonces llegamos, bajo el entendido de que cada identidad supone, y en alguna medida contiene, a su antidentidad o polo negativo (a la usanza de como cada tipo de materia o partícula supone la existencia de su antimateria o antipartícula correspondiente), a la idea de las cuatro identidades elementales, a las que llamaremos identidades aceptativas, alegrativas, anticipativas y corajetivas.

Cada una de estas identidades elementales, y sus correspondientes asideros emocionales, tiene su propio conjunto de hormonas activadoras, cuyos efectos han comenzado a comprenderse crecientemente. La identidad aceptativa, a guisa ilustrativa, tiene en la oxitocina, segregada por la propia hipófisis, su caballito de batalla: a mayores dosis más sociables o melosos se tornan sus huéspedes, y viceversa. En el caso de los mamíferos, y antes que nada de los primates, hay decenas de experimentos, que a cada rato aparecen en los canales científicos, que sugieren que la duración y la intensidad de las tempranas interacciones con los padres, sobre todo con las madres, y recontrasobretodo con la piel más suave de sus mamas, es decisiva para estimular prontamente y para el resto de sus vidas la capacidad de segregación de oxitocina de las criaturas. Y, por supuesto, ¿adivinan ustedes cuál es el mamífero primate cuyas hembras arrasan en todas las olimpíadas biológicas en la categoría de mamas suaves y tiernas?

Estas identidades básicas o primarias, se conjugarían, si las imaginamos apropiadamente distribuidas en una especie de flor o disposición radial, como gustaba de hacerlo ese autor (por supuesto, una visita a Internet permite familiarizarse con su obra y sus esquemas), para dar lugar, las dos primeras, a las identidades afectivas; las dos segundas, a las esperanzativas, y las dos últimas, a las audaciativas, a todas las cuales las consideramos como las identidades secundarias, pero a las que no vemos, como el mencionado autor, como simples mezclas o intersticios de las primeras, sino como identidades distintas de orden superior, a las que bien podemos suponer también como peldaños de una pirámide evolutiva. A estas tres últimas, a su vez, como en un tercer peldaño de tal pirámide, o como capas superiores de una suerte de cebolla de identidades, las vemos integrar las identidades confianzativas y entregativas, respectivamente. Y, por último, en la cúspide de la pirámide o en la capa envolvente de tal cebolla, como emergentes de la fusión de estas dos últimas, o en el nivel más externo, avanzado y definitorio de lo humano, vemos a las identidades amativas, con el amor como la suprema emoción o el norte de todas las emociones que podemos experimentar, y su opuesto, el desamor, como el ámbito más mezquino y ruin de nuestra existencia.

Los estados de relajación y/o sueño, con actividades nerviosas o al menos sensitivas reducidas a un mínimo, también presentes en todos los organismos, podrían representarse en dicho espectro o rosa de los vientos de sus identidades, como zonas neutras o de muy baja actividad emocional. También existen sobradas evidencias, de acuerdo a la llamada ley de Yerkes-Dodson, en torno a la existencia de correlaciones estrechas y singulares entre estados emocionales y rangos de capacidades que, tanto cualitativa como cuantitativamente, podemos ejercer y pueden ejercer otros organismos. Y está ampliamente documentada la existencia de ciclos circadianos, regulados por hormonas como la melatonina, relacionados con las alternancias entre el día y la noche, en gran número de especies vivientes, y donde es obvio que hasta las plantas responden a, y funcionan según, modalidades completamente distintas, dadas las condiciones de presencia o ausencia de la luz solar.

Es bajo la restricción de todo este cuerpo de identidades, y con la transformación o desarrollo de nuestras capacidades, como nos colocamos en condiciones de satisfacer nuestras distintas necesidades y conquistar las libertades que anhelamos.

Si bien no resulta difícil identificar la existencia de al menos trazas de las identidades primarias en prácticamente todos los seres vivos, a medida que avanzamos en la escala o taxonomía de identidades que hemos presentado nos encontramos cada vez más con dimensiones de lo exclusivamente humano, ajenas a la identidad de cualquier otro ser vivo conocido. Estamos persuadidos, y todavía no perdemos la esperanza de concretarlo, si no durante nuestra estadía en este planeta, al menos en la de alguien que valorará nuestras intuiciones, de que sería posible elaborar una especie de espectro identificador o rosa de los vientos de la identidad- con indicaciones acerca de cuánto tiempo de su existencia, en promedio, pasa cada especie viviente en cada estado emocional- que le sería tan distintiva como su propia corporalidad. Un protozoario elemental, dotado de flagelos y/o seudópodos, pongamos por caso, es indudable que debe experimentar algo muy parecido a la identidad aceptativa, con su correspondiente polo rechazativo, pues constantemente debe escoger entre si coexistir con otros de su especie o de especies distintas, rechazarlos o atacarlos; debe llegar a sentir algo muy análogo a la identidad alegrativa, puesto que sin ninguna gratificación o placer dejaría de reproducirse asexual o sexualmente; necesita poseer alguna identidad anticipativa, para no precipitarse a cobrar sus presas, aguardar el momento oportuno para atacar, etc., o, en sentido contrario, debe poder experimentar algo parecido a la sorpresa, para disponerse a escapar de algo o alguna otra criatura; y también debe estar dotado de algo muy parecido a la identidad corajativa, o su reverso miedativo, para atreverse a enfrentar, pongamos el caso, a otro protozoario mayor, o sentir que su existencia está amenazada ante un ataque inminente de éste.

En cambio, no logramos imaginarnos siquiera que este protozoario, pueda llegar a sentir algo como afecto por otro protozoario o como esperanza por una vida mejor, o a decidir con audacia un ataque calculado que promete algún resultado extraordinario; pero sí nos parece evidente que, digamos los perros, los gatos o las aves, o muchos otros animales que conviven con nosotros, pueden experimentar algo demasiado parecido al afecto o al agradecimiento, tener esperanzas de que regresaremos con ellos si nos ausentamos o si ellos se alejan por alguna razón, o actuar con audacia en contra de, digamos, alguien que nos ataque. En el caso de las aves, a las que hemos observado con mayor insistencia, nos consta que muchas establecen relaciones claramente afectivas, que van mucho más allá de los períodos de celo o de crianza de sus polluelos, y en unas cuantas hemos detectado interacciones resueltamente eróticas, con apasionados y prolongados besos y amapuches previos a la cópula que, en cuanto se descubran en el Vaticano o en la gringolandia WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant) es capaz que den lugar a comisiones de censura y prohibición de actos avícolas obscenos. En un plano más avanzado, se conocen experiencias circunstanciales de animales, tales como los perros y otros mamíferos, aptos para sentir que se les explica que una ausencia temporal de sus amos no va a ser permanente ni implica un abandono, lo cual contiene un atisbo de confianza, o llegar a un nivel de entrega hasta de su propia vida por defender la de sus seres queridos. Pero de allí, de esas estadías momentáneas en estados emocionales avanzados, a la experimentación y búsqueda permanente del amor, como emoción superlativa, hay un trecho enorme.

Lo que ha ocurrido con nuestra civilizaciones, sin embargo, en los últimos milenios, bajo los efectos de las ventajas bélicas que brindan las armas más poderosas de algunos, y como ya lo hemos discutido anteriormente en el blog, es una suerte de salto atrás, como si nos hubiésemos asustado y llegado a sentir vértigo por nuestras decisiones anteriores, y quisiésemos devolvernos en nuestra deriva, atentando contra la llamada ley de Dollo, que postula la irreversibilidad de la evolución. Es decir, que pareciéramos obcecados en reemplazar con las armas los colmillos y garras que decidimos no tener, o recuperar, pero no autótrofamente sino a costa de los demás, la seguridad a ultranzas en la existencia de que parecieran gozar los vegetales. No es en absoluto casual que, como lo examinaremos más adelante, las religiones conocidas, o como mínimo aquellas que, como el cristianismo, el islamismo, el hinduísmo, el taoísmo/confucianismo, o el budismo, con creyentes en el orden de centenares de millones de personas, postulen expresa e inequívocamente al amor como la aspiración humana terrenal de mayor envergadura. Y tampoco nos parece casual que tales religiones hayan surgido en el contexto, no importa si también contentivas de ingredientes justificadores, de civilizaciones que sucumbieron ante la tentación de la competencia y la agresión sacando partido de sus ventajas bélicas.

Afortunadamente, el extravío acumulado y los daños hechos en este largo período, en relación a nuestros horizontes de existencia individual, pero a la vez corto en conexión con nuestros tiempos naturales, biológicos o antropológicos, distan de haber sido internalizados. Ni siquiera en las versiones más competitivas y agresivas de las sociedades modernas han logrado hacer mella en la emocionalidad humana esencial: ni la publicidad, ni los discursos politicos, ni las creaciones culturales pueden asumir la violencia como credo, y se ven forzadas a presentar las posturas violentas como una respuesta defensiva. Hasta Hitler, fuerte candidato a ser el más belicista y agresivo de todos los dirigentes políticos modernos, se vio obligado a encubrir su violentismo bajo el disfraz de una respuesta defensiva ante los abusos de judios, comunistas, gitanos, no-cristianos y afines en contra de una raza aria a quien, pobrecita, se le privaba de alcanzar su destino manifiesto y su espacio vital.

El gran problema con las identidades aceptativas humanas, y particularmente el que más nos ha afectado a los latinoamericanos y africanos ha sido que, por razones muy asociada a los cambios climáticos de hace unos diez doce mil años, sobre todo una camada de Homo sapiens, la que cruzó a pie el actual estrecho de Behring, y otra, la que quedó al sur del Sahara africano, se quedaron aisladas de sus congéneres que desarrollaron las armas de hierro, principalmente en Europa. Cuando, luego, se reestableció el contacto perdido, las desigualdades en el grado de desarrollo de sus capacidades hicieron posible que los conquistadores se libraran de su identidad aceptativa y se dejaran arrastrar por sus antidentidades rechazativas, monstruosamente amalgamadas con sus identidades corajativas, para dar lugar a la que seguramente ha sido la acción de exterminio de seres humanos más brutal de todos los tiempos, incluida la difícil de emular matanza llamada Segunda Guerra Mundial. Pero incluso así, tal arrastre no fue unánime, pues, como en algún lado ya lo vimos, hubo quienes, como el padre La Casas, claramente detectaron y denunciaron el genocidio que, amparado por la iglesia católica de la época, se cometió contra nuestros pobladores indígenas y los pueblos africanos, y , en cualquier caso, no cabe duda de que el europeo actual, en promedio y desde el punto de vista emocional, siente una especie de vergüenza profunda ante el comportamiento de sus ancestros de hace unos siglos.

Entre las expectativas esperanzadoras que bien vale la pena cultivar en el presente, en relación a esta problemática, está la de que, a consecuencia de los avances crecientes en el conocimiento del genoma humano, y de la ruptura aparentemente irreversible que está experimentando Europa, y quizás mañana también los Estados Unidos, con su oprobioso pasado colonizador, se logren detectar los genes responsables de la agresividad genocida, se establezcan los mecanismos correctivos para que nunca más vuelva a ocurrir los crímenes serialmente masivos que tuvieron lugar entre 1500 y 1700, y se acuerden decisiones indemnizatorias como las que ya se han comenzado a adoptar en el continente oceánico. Sólo así podrá curarse Occidente de los dos mil años de esquizofrenia implícitos en la creencia, por un lado, en tres Dioses del amor y casi una cuarta -madre de un Dios, esposa del otro y fertilizada por el tercero-, o sea, de asunción de, y fe en, las identidades de confianza en la humanidad, entrega desinteresada a la vida espiritual, afecto por los semejantes, esperanza por la paz, audacia de atreverse a restaurar el orden humano subvertido, aceptación de los demás, alegría de vivir, sabiduría de la anticipación y coraje para enfrentar las injusticias; y, por otro lado, sus prácticas, de hecho regidas por Lucifer, el dios del odio, es decir de la desconfianza, el abandono, el desafecto, el desconsuelo, la evasión, el rechazo al otro, la tristeza, la zozobra y el miedo. O, lo que es lo mismo, un mundo que se solaza en proclamar el trabajo y la creatividad, la moderación, el respeto, la templanza, la paz, la ternura y la humildad, pero que se postra ante la pereza, la avaricia, la envidia, la gula, la ira, la lujuria y, sobre todo, la soberbia.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Como quien aprende de alguna minucia

Y llegó el día de interpretar los datos de nuestra encuesta Opinando sobre Transformanueca, con su versión detallada Mejorando a Transformanueca, en la ruta de tomar decisiones sobre el futuro de nuestro más allá de lo modesto blog.

Empiezo por rogarle a los lectores cuyas principales pilas cognitivas sean del tipo lingüístico, musical, corporal, plástico, ambiental, interpersonal o intrapersonal, pero no del tipo analítico o lógico-matemático, que, por favor, no se aterren por la cantidad de cifras que van a ver en este artículo, pues no se trata de ningún cambio en nuestra política de mantener tan alejados del blog como sea posible a toda suerte de números, ecuaciones, fórmulas, esquemas, cuadros, gráficos, tablas, diagramas, modelos, citas, referencias, símbolos abstractos y afines, que ya nuestros asesores informales nos han advertido podrían provocar un éxodo en nuestros contados visitantes, sino simplemente del intento de aprender todo lo que podamos de la minúscula información que nos trajo la encuesta. En el límite, en el caso de alergias numéricas, les pido que se salten los números y vayan directo a las conclusiones, en azul y cursivas, al inicio o, en la mayoría de casos, al final de los párrafos; o, más allá de los límites, en caso de fobias antinuméricas, entonces les ruego, con todo cariño, que se salten este artículo infeliz y nos veamos en el del próximo martes, cuando espero comenzar a aplicar las lecciones aprendidas aquí. Estas mismas sugerencias podrían ser también aplicables al caso de los lectores apurados o tiempicortos, puesto que hemos de advertir que, por su naturaleza analítica, este artículo será más extenso que los ya no precisamente escuetos artículos habituales.

La primera, y tal vez más importante, información que nos ha brindado la encuesta, que solamente llenaron diez lectores en su versión corta y cinco en su versión larga, es que, por razones que no terminamos de discernir para el momento de redactar estas líneas, a pocas horas de conocer los resultados de nuestra consulta, la mayoría de nuestros visitantes sienten como una especie de rechazo o temor a expresarse, en relación a los artículos del blog, sea con comentarios, encuestas o cualquier tipo de expresión escrita. Llegamos a esta conclusión después del razonamiento que sigue. Hasta la fecha, el número máximo u optimista de personas distintas que estimamos en algún momento han visitado el blog es 290, que deducimos del número de visitas que ha tenido el perfil del prospecto de bloguero, después de hacer clic en donde dice Ver todo mi perfil, en la columna de Perfil, en la primera plana (aquí mismito, a la derecha, con fondo verde) del blog, al lado de los artículos (como este, con fondo crema); pues partimos del supuesto de que, salvo que se trate de policías, investigadores, o admiradoras secretas, es improbable que haya lectores o lectoras interesados en volver una y otra vez a revisar los mismos datos adicionales del perfil -no muchos, por cierto- que se ofrecen en dicha página, y en cambio muy probable que tales visitas se hayan hecho en una sola oportunidad (podría ocurrir que algunas lectoras curiosas, por ejemplo, hayan visitado dicha página varias veces, pero para efectos prácticos, podemos suponer que el número de revisitas es igual al número de novisitas, o sea, al número de quienes nunca se metieron a tal página (como pueden ver, aquí está la dimensión ingenieril de la personalidad del cuasibloguero en acción...)). En el extremo opuesto, tenemos que, de acuerdo al Contador de visitas (el del bloque azulito, debajo del bloque verdoso del perfil, encima de donde dice Amigos), que se instaló el 17/05/2009 a las 12:00 am (o sea, a las 00:00 de ese día) el blog ha recibido, hasta el instante de escribir este artículo, 2168 visitas, que, si dividimos entre los aproximadamente 170 días transcurridos, nos da un promedio de alrededor de 13 visitas/día, de las cuales podemos deducir, holgadamente, unas tres que hacen entre el protobloguero (sea para retoques o en su ansiedad por ver si hay comentarios...) o -supongamos- alguien que se equivoca o se retira del computador antes de leer nada, para un promedio neto de 10 visitas/día, y, como, otra vez en promedio, un artículo dura 3,5 días publicado antes de que salga el siguiente, eso nos da un promedio mínimo de 35 lectores, bajo el supuesto de que cada lector lea un solo artículo por visita. O, más realistamente, algo apuntando hacia unos 70 lectores, en caso de que el lector promedio haga una visita semanal y lea juntos los dos artículos de la semana (unas cuantas lectoras nos han dicho que esa es su práctica, y la cifra pareciera distar de ser descabellada, siempre en promedio, pues, inclusive, un par de lectores nos han contado la experiencia de que su estilo consiste en esperar hasta disponer de un domingo o día festivo completo para ellos, y entonces leerse 20 ó 30 artículos de un solo pencazo). De todo lo cual se deduce que, puesto que tenemos sólo 10 respuestas a la encuesta corta, y 5 respuestas a la larga (que podemos suponer como un subconjunto de quienes llenaron la corta, y por tanto la usaremos sólo para profundizar en el análisis de los resultados de esta), entonces resulta que, en relación al estimado mínimo o pesimista, sólo uno de aproximadamente cada tres lectores llenó la encuesta (un 33%); en relación al estimado realista, sólo alrededor de uno de cada siete lectores lo hizo (un 14%); y en relación al estimado máximo, ultraoptimista o delirante, sólo uno de cada veintinueve (algún 3%, más o menos), la completó.

Como refuerzo del análisis cuantitativo anterior, podemos señalar que ciertos datos cualitativos abonan en el mismo sentido. Conocemos el caso de unas cuantas lectoras, altamente asiduas del blog, y entre ellas parientes y amigas, que no hubo manera de que se decidieran a llenar la encuesta. Un lector frecuente nos dijo que no la llenaba porque había concluido que estaba dirigida no a lectores comunes como él, y ni siquiera a seguidores, sino a fanáticos de, o expertos en, el blog (quizás fue un error de los diseñadores ofrecer en primer lugar la encuesta detallada en lugar de la corta, pues la primera, efectivamente, resultó ser relativamente exigente). Mientras que otro lector, temeroso de que un día Bin Laden pueda volar los servidores de Blogger, y quien nos comunicó que sistemáticamente copia los textos de los artículos, los pega en WORD, los espacía a su manera y los pasa a Arial, y luego los imprime y encarpeta por si acaso, a pocas horas del cierre de la encuesta nos confesó que no había tenido tiempo de llenarla... Sabemos de otra lectora que mimosamente suele imprimir los artículos a color, y luego los encuaderna, que tampoco la llenó. Otras lectoras nos dijeron que no se consideraban preparadas para opinar sobre el blog, y preferían seguir aprendiendo de él. Nos consta que algunos de los y las comentaristas estrella del blog tampoco la llenaron...

Y, bueno, tal vez sea justo añadir, sin alcahuetería ni adulación ninguna, un argumento de peso pesado en defensa de los lectores silenciosos, a quienes existe la posibilidad de que el pretendido bloguero, sin que pueda descartarse que con algún complejo de cenicienta intelectual o no importa si sin proponérselo, los esté ofendiendo. Es el siguiente: no sé cuantos lectores se habrán dado ya cuenta, pero lo cierto es que, entre pitos y flautas, lo que han estado leyendo desde hace varios meses no son -como tanto se estila- las versiones light de las ideas previamente expuestas en algún libro por algún pensador gringo o europeo, ni los aprendizajes o apuntes de clases de algún postgrado en el exterior - ¡ah mundo! Harvard, MIT, Yale o las Ivy Leagues, o la Sorbonne o Cambridge u Oxford y compañia-, ni los resultados del análisis de uno, diez, cien o mil trabajos previos, ni las reflexiones de un día, una semana, un mes, un año o una década. No, queridas amigas, lo que han estado leyendo, aunque dé pena propia decirlo, es uno de los resultados de un esfuerzo de investigación que, aunque inédito él, lleva más de cuarenta años desde su inicio formal y más de treinta desde su informal, que le ha chupado buena parte de la vida al calvopeludo ese y ahora pichón de bloguero. En donde ha invertido no pocas decenas de miles de horas hombre de escritorios, mesas de reuniones, calles, barrios, parques, bibliotecas, foros, asambleas, laboratorios, talleres, hoteles, aviones, autobuses, carros, empresas, barcos, trenes, partidos políticos, movimientos sociales diversos, pistas de trote, camas, pocetas, duchas, ... para parir esas ideas; ha estudiado, fichado y resumido decenas de miles de artículos, libros y documentos diversos en seis idiomas; ha escrito miles de cuartillas y decenas de miles de fichas de reflexión, y mejor dejarlo hasta aquí pues esto está desprendiendo ya un insoportable tufo a lo Mi delirio sobre el Avilazo, que perfúmate con aquel... Y todo esto a dónde va es a que, si se hace un esfuerzo por colocarse en el otro lado de la web, entonces resulta que lo que se le está pidiendo a los lectores, con la encuesta y los comentarios, es como que opinen sobre un desayuno innovador de la escuela Cordon Bleu o, en todo caso, sobre la punta de un iceberg de ideas que apenas están comenzando a digerir, lo cual podría ser demasiado too much... No es en absoluto casual, para abundar aún más, que, si se examina el perfil de los comentaristas más frecuentes del blog, fácilmente se descubre -es decir, fácilmente se descubre desde el lado del susodicho- un rasgo común: han sido sus amigos y amigas, hijo, esposas, secretarias, mejornolodigo, compañeros de infancia, juventud, militancia y/o trabajo, y afines, desde hace, en promedio, veinte años o más. No es que carezcan de mérito o de audacia, pero sencillamente no puede ocultarse que se hayan en posición de ventaja sobre quienes se están desayunando con estas líneas de pensamiento...

En cuanto a la relevancia de los temas tratados, o sea, la Pregunta 1 de la encuesta, de los diez encuestados, seis opinaron que los temas han sido apropiadamente relevantes y cuatro que relevantes, de lo cual derivamos, en principio, que, hasta nuevo aviso o nuevas encuestas, pareciera que no tenemos cambios mayores que hacer por aquí. En la encuesta detallada, los cinco respondientes opinaron unánimemente que los artículos sobre América Latina, #10 a 22, y sobre Venezuela, #23 a 27, han sido apropiadamente relevantes o relevantes a secas, con tres de cinco respuestas señalando que estos últimos fueron apropiadamente relevantes. En los artículos sobre nuestras capacidades estructurales, #28-34, uno de los cinco los señaló como apropiadamente relevantes, tres como relevantes y uno se abstuvo de opinar. En los artículos introductorios, #1-9, dos los vieron como apropiadamente relevantes, uno como relevantes y dos se abstuvieron de opinar. Sobre nuestras capacidades procesales, #35-46, y sobre nuestras capacidades sustanciales, #47-49 y 51-56, en ambos casos, un encuestado dijo que le parecían apropiadamente relevantes, dos que relevantes y dos se abstuvieron de opinar. Ni en las diez encuestas largas ni en las cinco cortas hubo alguna respuesta que sugiriera irrelevancia de los temas tratados en el blog, pero parece claro que los temas más concretos o aplicados disfrutan de mayor interés de los lectores que los temas preliminares o conceptuales. Esto era de esperar, pero el blogueroide este aspira a que, a partir de cierto grado de desarrollo del blog, esos temas más conceptuales puedan servir como una especie de glosario detallado de un conjunto de términos que se emplearán a menudo en el futuro, por lo cual justifica su inclusión.

En cuanto a la extensión de los artículos, la Pregunta 2, cuatro de los diez respondientes opinaron que la extensión de los artículos ha sido la necesaria, cuatro que ha sido aceptable y dos que han sido exageradamente extensos. En la visión detallada, cuatro de los cinco llenantes opinaron que los artículos preliminares sobre América Latina, #10-22, tuvieron la extensión necesaria, y uno que fueron innecesariamente extensos; en los artículos preliminares sobre Venezuela, #23-27, tres señalaron que la extensión fue la necesaria, uno que fue aceptable y uno que fue innecesaria; en los introductorios, #1-9, tres plantearon que la extensión fue la necesaria, uno que innecesaria y otro se abstuvo de opinar; en los referidos a nuestras capacidades estructurales, #28-34, tres que con la extensión necesaria, uno dijo que fueron innecesariamente extensos y el otro se abstuvo; en los referidos a las capacidades procesales, #35-46, dos indicaron que la extensión fue la necesaria, uno que fueron innecesariamente extensos, y dos se abstuvieron de opinar; y en cuanto a los referidos a las capacidades sustanciales, #47-49 y 51-56, uno dijo que la extensión fue la necesaria, otro que fue aceptable, otro que fue innecesaria, y dos se abstuvieron de opinar. Interpretamos aquí un leve jaloncito de orejas ante el cual seguiremos empeñados en responder, pero observando que hay un conflicto que no sabemos todavía resolver: dada la experiencia de escritor acumulada por el redactor de los artículos, escribiendo sobre todo para sí mismo o para lectores individuales específicos, resulta que para él la menor extensión tiende a demandar un mayor grado de abstracción y/o de soporte cuantitativo, y viceversa, mientras que siente que aquí lo que se le está reclamando suavemente, y quizás no con la misma delicadeza si opinara una fracción mayor de sus lectores, es que escriba simultáneamente más corto y más concreto, para lo cual le falta preparación o experiencia adicional, por lo cual lo que le queda, por ahora, es rogar un poco de paciencia mientras aprende a complacerlos sin desvirtuar lo que quiere expresar.

En relación al nivel de abstracción o teórico de los artículos, la Pregunta 3, cinco encuestados de los diez manifestaron que tal nivel fue el apropiado, cuatro que fue aceptable y uno que fueron demasiado abstractos o teóricos. En la versión detallada, cuatro de los cinco encuestados opinaron que el nivel teórico de los artículos preliminares sobre América Latina, #10-22, o sobre Venezuela, #23-27, fue el apropiado, mientras que uno, en cada caso, indicó que fue aceptable. En los artículos introductorios, #1-9, tres apuntaron un nivel teórico apropiado, uno dijo que fue aceptable y otro se abstuvo. En los de nuestras capacidades estructurales, #28-34, uno dijo que el nivel fue el apropiado, tres que aceptable y el otro se abstuvo. Y en los referidos a nuestras capacidades procesales, #35-46, y a nuestras capacidades sustanciales, #47-49 y 51-56, en ambos casos uno indicó que el nivel fue el apropiado, dos que fue aceptable, y dos se abstuvieron. En síntesis, en la versión corta o resumida, sólo un encuestado opinó que los artículos han sido demasiado teóricos, mientras que en la larga o detallada, nadie dijo que los artículos fuesen demasiado o innecesariamente teóricos. Derivamos de todo esto que, pese a que no pareciera haber mayores reproches con el nivel teórico de los artículos, nuevamente son los artículos más aplicados o concretos los portadores del mejor balance conceptual según el juicio expreso de los lectores; y presumimos, además, que, puesto que la última mitad de los artículos del blog ha estado dedicada precisamente a temas más abstractos, esta podría ser, además, una causa del relativo alejamiento, o en todo caso del silencio, de la mayoría de lectores, quienes prefieren inhibirse antes que ponerse a opinar sobre temas que les resultan cuesta arriba. En alguna medida esto no es extraño, pues se deriva de la pretensión, tal vez alocada, de la dirección del blog, de pretender interesar por cuestiones teóricas o de fondo a un público no académico sino de gente común y corriente. Seguiremos echándole coco a este difícil asunto.

Respecto al contenido didáctico o instructivo de los artículos, la Pregunta 4, cinco de los diez encuestados manifestaron que les han parecido ricamente instructivos y cinco que aceptablemente instructivos. En la versión detallada, en cuanto a los artículos preliminares sobre Venezuela, #23-27, los cinco encuestados expresaron unánimemente que les parecieron ricamente instructivos o didácticos. Seguidamente, en los artículos preliminares sobre América Latina, #10-22, cuatro los vieron ricamente didácticos y uno aceptablemente. Los artículos introductorios, #1-9, fueron vistos por dos lectores conocedores del blog como ricamente instructivos, por otros dos como aceptablemente instructivos, y con una abstención. Aquellos referidos a nuestras capacidades estructurales, #28-34, fueron vistos por tres lectores dedicados como ricamente instructivos, por uno como aceptablemente didácticos, con un silencio. Los ligados a nuestras capacidades procesales, #35-46, fueron vistos por dos encuestados detallados como ricamente instructivos, por uno como aceptablemente instructivos, y dos prefirieron callarse. Y los de nuestras capacidades sustanciales, #47-49 y 51-56, fueron vistos por dos lectores avezados como ricamente instructivos, por uno como escasamente instructivos, y con dos pases agachados. (No sobra recordar aquí que, expresamente, se le pidió a los llenantes de la encuesta detallada que, preferiblemente, en caso de que no tuviesen clara su opinión, dejasen en blanco las respuestas). De lo dicho inferimos que, a grandes rasgos y hasta nuevo aviso, nuestros lectores parecieran apreciar el esfuerzo didáctico que conlleva el blog en general, aunque preferirían, permaneciendo otros elementos constantes, una mayor dedicación a los temas más concretamente latinoamericanos y venezolanos, en donde tienen más oportunidad de aprender cosas de su interés. Esto es perfectamente comprensible, dada la nacionalidad y extracción no académica del grueso de lectores que intuimos tiene hoy el blog, y, nuevamente, confiamos en que, poco a poco, los iremos convenciendo de que valió la pena atravesar por estas series más conceptuales para poder, más adelante, calar más hondo en los asuntos latinoamericanos y venezolanos. Apostamos a que llegará un momento en que los artículos más teóricos, que ocuparán buena parte de los espacios del blog en su primer año, quedarán justificados como el marco conceptual de lo que vendrá después. Y, cuando, como confiamos, todas estas ideas puedan ser vaciadas con mayor rigor y elegancia, en una obra impresa, entonces los lectores tendrán la opción, como suele ocurrir con muchos trabajos de investigación y profesionales, o en los ensayos extensos, de saltarse los capítulos más generales o teóricos, o recurrir a ellos solo en caso de necesidad.

Sobre el contenido político de los artículos, la Pregunta 5, seis de los encuestados en Opinando sobre Transformanueca expresaron que les parecieron con el nivel político apropiado, tres los vieron como lo suficientemente políticos, y uno se abstuvo de opinar. Por su parte, en Mejorando a Transformanueca, nuevamente, los artículos preliminares sobre Venezuela, #23-27, resultaron ser lo más granado del blog, con tres opiniones destacando que tuvieron el nivel político apropiado, una apuntando a que fueron lo suficientemente y un mutis. En el caso de la serie preliminar sobre América Latina, #10-22, un encuestado pensó que el nivel político fue el apropiado, dos que fue suficiente y dos se abstuvieron de opinar. En los artículos introductorios, #1-9, así como en los referidos a las capacidades estructurales, #28-34, en ambos casos, uno señaló que el nivel político fue apropiado, dos que suficiente y dos prefirieron callar. Y en los referentes a nuestras capacidades procesales, #35-46, y las capacidades sustanciales, #47-49 y 51-56, sólo hubo, en ambos casos, dos opiniones de que fueron suficientemente políticos, con tres abstenciones. Ni en la encuesta corta ni en la detallada se detectaron síntomas de rechazos al nivel político que hasta ahora ha tenido el blog, aunque parece claro que, gruesamente hablando, los lectores, como en los casos anteriores, preferirían ver al blog menos dedicado a filosofar o teorizar y más a analizar políticamente nuestras realidades concretas, de su más directo interés y con las que están más familiarizados. Se confirma así, aquí, lo que pareciera ser una ley comunicacional universal, a saber, que los lectores adultos de cualquier clase de medios siempre tienden a brindarle más atención a aquello de lo que más saben.

El estilo de redacción de los artículos, Pregunta 6, fue evaluado como ameno o agradable por cuatro de diez lectores encuestados, por tres como satisfactoriamente ameno o agradable, y por tres como rebuscado. Sin embargo, los consultados según la encuesta detallada fueron bastante menos críticos: en los casos de los artículos preliminares sobre América Latina, #10-22, y sobre Venezuela, #23-27, las vedettes del blog, cuatro de cinco plantearon que les resultó satisfactoriamente ameno o agradable el estilo, y uno que le resultó agradable. En los artículos introductorios, #1-9, cuatro de cinco consideraron el estilo satisfactoriamente ameno y uno se abstuvo, mientras que en los referidos a nuestras capacidades estructurales, #28-34, dos expresaron que les pareció satisfactoriamente ameno, dos que ameno o agradable a secas, y uno dejó de opinar. Y, en cuanto a los que parecieran ser los patitos feos del blog, los artículos sobre nuestras capacidades procesales, #35-46, y sobre nuestras capacidades sustanciales, #47-49 y 51-56, se obtuvieron, en cada caso, dos opiniones sobre su amenidad satisfactoria, una sobre su amenidad sin calificativos, y dos mutis. Ninguno de los encuestados detallados planteó que el estilo fuese rebuscado o muy rebuscado. Aquí sentimos, por parte de los lectores menos acuciosos del blog, aunque levemente amortiguado por los más atrevidos y quizás seguidores, un tirón de orejas que no llega a doloroso pero que tampoco es precisamente acariciante, que nos reclama un estilo más llano, accesible y semejante al que encuentran en la prensa y las revistas que frecuentan.

Este es, quizás, el problema más serio en el que tendrán que trabajar desde la junta de accionistas y la dirección del blog, hasta la coordinación, la jefatura de prensa, la redacción, el jefe y los operarios del taller de publicaciones, así como la distribución y promoción, es decir, el servidor de marras y su filial asistente, todos resueltamente ad honórem, hasta corregirlo o si no tirar la toalla. En algún lugar de este medio informal de comunicación probablemente se ha dicho algo parecido a que -¡vamos a rebajarlo de rango!- el aspirante a candidato de bloguero este tiene, por una parte, una nada despreciable experiencia como escritor para sí mismo, no por que tenga esa vocación, sino porque, aparentemente, la vida o no sé quien no le ha dejado otra opción: en ese estilo personaloide, fuertemente influido quizás por gigantes de la redacción compleja como Jean Paul Sartre, José Saramago o James Joyce, pero complicado y sin justificación a fin de cuentas, se ha malacostumbrado a usar un vocabulario relativamente amplio, diverso y sofisticado, que no vacila en crear términos, a la alemana, cada vez que no los encuentra en el diccionario, y en donde, por mostrar sólo botones, emplea como seis tipos diferentes de comillas, tres tipos de puntos suspensivos, tres de subrayados, llaves, corchetes y paréntesis anidados, tintas de distintos colores, papeles y fichas a granel, y pare usted de contar.

Opuestamente, el mismo tipo tiene también una experiencia, medible en los miles de páginas, en materia de escribir informes extensos de investigación, diseño o consultoría para un lector o muy pocos lectores en particular, a los que llama su cliente o usuario nuclear, en donde calibra su léxico y estilo en función de las necesidades de estos, por regla general un dirigente, empresario, gerente o grupo de gerentes y profesionales, privados o más comúnmente públicos, relativamente cultos y competentes, ante quienes escribe muy apoyado en tablas, gráficos y diagramas diversos; o, también, ante seres queridos y bien definidos a quienes les escribe cartas, esquelas, dedicatorias, poemas, álbumes, cuentos, monerías y afines, muy frecuentemente con acompañamiento fotográfico. Pero, en definitiva, y pese a su también considerable experiencia como lector, tiene poca experiencia escribiendo para un público heterogéneo y no especialista sobre temas cuya profundidad inherente se las trae. Por los momentos, mientras nos empeñamos en sacar adelante el proyecto del blog, no vemos otra salida que solicitar indulgencia a los lectores, y paciencia mientras se avanza en la curva de aprendizaje de un más accesible estilo de redacción, que seguramente deberá comenzar por un formato menos complejo de oraciones. (Podría ocurrir también que no logre resolverse este crucial asunto, y que haya que optar, bien por dirigir el blog sólo a un puñados de interesadísimos, o bien por esperar a escribir unos libros que tal vez acojan la posteridad o los insaciables pipotes de basura nacionales).

En lo relativo a la sintaxis y ortografía de los artículos, Pregunta 7, los lectores que accedieron a ofrecernos su opinión no parecieran tener mayores reparos a la manera como ha funcionado esto hasta el presente. Seis de los diez de la encuesta corta manifestaron que les parecían apropiadas y cuatro que aceptables. Todas las respuestas de la encuesta larga coincidieron en señalar que serían apropiadas, con alguna que otra abstención, por lo que no pareciera haber nada fuera de control por este lado.

En cuanto al vocabulario utilizado en los artículos, Pregunta 8, el patrón de respuestas de la encuesta base o corta es semejante, aunque ligeramente menos crítico, al de la Pregunta 6 sobre el estilo de redacción, es decir: cuatro de diez opiniones consideraron justificado el vocabulario, cuatro lo vieron aceptable y dos lo evaluaron como inaccesible. También, análogamente, las respuestas a la encuesta larga fueron más benévolas, pues la casi totalidad de la respuestas se fueron por la opción de justificar el vocabulario, con alguna que otra respuesta indicando su aceptabilidad, y pocas abstenciones al uso. Lo dicho ya para el caso de la Pregunta 6 sería aplicable aquí, con los matices correspondientes y las dificultades para un inmediato mejoramiento ad hoc.

La pertinencia de las fotografías, Pregunta 9, fue considerada apropiada por siete de los diez encuestados cortos, aceptable por dos y sin opinión por uno. Curiosamente, aquí los encuestados largos fueron levemente más críticos, repartiéndose las opiniones entre lo apropiado y lo aceptablemente pertinente, con las consabidas abstenciones esporádicas. No pareciera, entonces, que este rubro amerite correcciones mayores.

Y, por último, en cuanto a la calidad de las fotografías, la Pregunta 10, los resultados de la encuesta corta revelan una sorprendente y absoluta unanimidad de diez respuestas sobre diez en torno a considerarlas buenas. Los resultados de la encuesta larga revelan un consenso parecido, de cinco sobre cinco en la mayoría de las series, aunque con ligeras omisiones ya se podrán imaginar en relación a quiénes... Esto, aparte de que pareciera justificar una nota de congratulación para el departamento de fotografías del blog, también ha generado un tumulto en la reunión de su Junta Directiva, puesto que hay miembros que plantean si no sería preferible sincerar las cosas y convertir al blog en uno meramente fotográfico, para el verdadero y completo beneplácito de los lectores, mientras que otros postulan que eso sería una especie de traición a Transformanueca; otros más plantean que las fotografías podrían ser la clave para hacer que sobreviva el blog mientras llega la época de las vacas más concretas y menos teóricas, y todavía otros más proponen un blog paralelo exclusivamente fotográfico. Mientras esperamos el humo blanco correspondiente, no nos queda sino aceptar que si hay alguna esfera que no debiera sufrir modificaciones en el porvenir cercano, pareciera ser esta de la calidad de las fotografías (aunque se le advierte cortesmente a los fotógrafos del blog que bajo ninguna circunstancia deben dormirse en los laureles o echárselas al hombro...).

Para irnos a descansar -y menos mal que le llenaron nada más que diez formularios a la tal Transformanueca, pues ¿se imaginan ustedes cómo habría sido la alharaca y la extensión del artículo si hubiesen sido 8764 encuestas...?-, lo que nos queda es recapitular con una reflexión final. Indudablemente, esto de escribir para lectores heterogéneos con diferencias drásticas en sus niveles de familiaridad con las ideas de uno, historias diferentes, experticias diversas, ideologías variadas, inteligencias múltiples, expectativas disímiles, criticidades dispares, y miles de dicotomías más para escoger, es definitivamente un desafío superlativo, sobre todo para quienes tenemos desde hace décadas la cabeza gastada de pensar y las manos callosas de escribir, pero no, hasta ahora, para los lectores del gran y anhelado mundo real de un subcontinente con siglos de dependencias, poses y molicies de toda laya a cuestas. Al responder a tal desafío, se sufre y se goza hasta revolcarse uno de lo que quiera, pero, por los momentos, no se vislumbran otras opciones o, como se dice ahora en Venezuela: "eso es lo que hay". Las soluciones fáciles son las quijotescas, creerse un iluminado del Olimpo y echarle la culpa a los demás por su incomprensión, o las sanchescas, conseguirse lectores como sea, hallar una isla Barataria de quienes lo lean a uno sin importar en nombre de qué. Lo difícil es seguir adelante, hasta que alguien se canse o se retire del juego: los lectores o el suscrito.

Mientras tanto, mientras se mantengan los ánimos y a través de los desconciertos, le doy mis más entrañables gracias a mi hijo Edgar Fernando, por su apoyo mucho más que técnico, a todos los lectores que llenaron las encuestas para apoyarnos, y a todos los que, al leer este artículo, ahora o quién sabe cuándo, sientan que les hubiese gustado llenarla o que se perdieron de algo si no valioso, al menos interesante o, como mínimo, humano. La microgesta que intentará sortear escollos entre el idealismo quijotesco y el realismo sanchesco, aprendiendo hasta de las minucias de una encuesta de diez respuestas, con humildad pero con dignidad, y contribuir a transformar las capacidades de nuestra Latinoamérica y ayudarla a salir del marasmo, que a veces pareciera gustarle, continuará en su empeño.

martes, 3 de noviembre de 2009

Nuestras capacidades sustanciales cognitivas

Tan elusiva o escurridiza es la categoría o concepto de conocimiento que buena parte de la Epistemología, o disciplina dedicada a su estudio, gira en torno a la discusión de la posibilidad de que alguna vez pueda ser definido. Entre las dificultades mayores planteadas con tal definición está que el conocimiento pareciera involucrar siempre dos polos o elementos contrapuestos: la mente o sujeto que conoce, o el conocedor, y el objeto del conocimiento, o lo conocido. Debido a esto, el simple intento de convertir al sujeto, la mente o el conocedor, en lo conocido u objeto de su propio conocimiento, ya empieza a despertar sospechas y levantar protestas de un gran número de pensadores escépticos. Los diccionarios, impotentes, se limitan a señalar que el conocimiento es entendimiento, inteligencia o razón, con lo que nos dejan en la misma, y muchos filósofos, de todas las épocas y calibres, después de intentar conceptualizar el conocimiento y casi como cansados del esfuerzo, se conforman con enunciar los requisitos para que una idea o representación pueda ser considerada como conocimiento, a diferencia de una simple opinión. Hasta el intelectualmente titánico Platón terminó por señalar que el conocimiento ha de ser una creencia justificada y verdadera, con el grave inconveniente de que esto de inmediato nos sumerge en la discusión acerca de qué es una creencia y qué lo verdadero y lo justificado.

Mientras encontramos el lugar y momento más apropiado para abordar una discusión de fondo sobre este exigente tema, nos conformaremos con hacer aquí sólo algunas acotaciones o delimitaciones del campo o ámbito semántico que asociaremos con este término crucial de nuestra cultura. Al conocimiento lo vemos como un estado o atributo de la mente, ligado a un muy complejo conjunto de gradientes o diferencias de potencial eléctrico entre cientos de miles de puntas o dendritas de cada una de quizás miles de millones de neuronas en relación a otras miles de millones, que permite representar un objeto mediante una compleja batería de descargas a través de los espacios, llamados sinápticos, que separan dichas dendritas y mediante la intervención, en cantidades desconocidas, de al menos decenas de tipos distintos de moléculas químicas llamadas neurotransmisores. Tan enredada y poco conocida es su manera de existir que, a diferencia de la información, el conocimiento no es transferible, almacenable, procesable, duplicable o recuperable sino, a lo sumo, inducible, enriquecible, profundizable, ampliable, reforzable o construible. Si quisiésemos transferir o almacenar el conocimiento, tendríamos que encontrar la manera de captar, guardar, transportar e implantar este archicomplejísimo conjunto de gradientes neuronales desde un cerebro a otro, lo cual todavía está no sólo más allá de lo realizable sino hasta de lo imaginable.

Lo que, en cambio, sí han aprendido a hacer las sociedades modernas, en el proceso llamado educativo, es a crear ambientes en donde, con una conjugación apropiada de información, estímulos, recursos, situaciones, retos, etc., se apuesta al disparo simultáneo o inducción de suficientes descargas eléctricas del tipo mencionado en la mente del estudiante o aprendiz, en el aprendizaje básico o elemental (que no tiene por que ocurrir en las instituciones asociadas a estos mismos nombres); luego se enriquecen estas experiencias con miras a profundizar, ampliar y reforzar los conocimientos, en procesos iterativos de aprendizaje medio y superior; y, a lo largo de todo el proceso de aprendizaje, se intercambian experiencias con él para indagar sobre lo construido en su cerebro o evaluar tal aprendizaje. A las capacidades permanentes o institucionalizadas de las sociedades para inducir tales aprendizajes de conocimientos en la mente de los aprendices de cualquier edad, sexo o condición social es a lo que hemos venido llamando capacidades estructurales educativas, mientras que a las capacidades para generar conocimientos relevantes o específicos sobre sus realidades las llamaremos capacidades sustanciales cognitivas.

A ambos tipos de capacidades, según el nivel de profundidad de los procesos de aprendizaje, las podemos subdividir en elementales, medias y superiores; y, según el ambiente de aprendizaje, en formales o vinculadas a las instituciones educativas formales u otorgadoras de títulos, semiformales o vinculadas a programas educativos bien estructurados pero sólo conducentes a certificados, e informales o ligadas a ambientes no estructurados y no conducentes a certificación alguna. Por otro lado, según la experiencia del autor, que en buena medida ha logrado su subsistencia prestando servicios de investigación, diseño y consultoría en estos campos de la información y el conocimiento, durante más de treinta años, y por tanto algo ha aprendido sobre estos temas, resulta conveniente usar, para la clasificación e indización de conocimientos, y a condición de que no se pierdan de vista las distinciones esenciales antes señaladas entre información y conocimiento, los mismos esquemas que para la clasificación e indización de información. Así, tanto los conocimientos como la información pueden organizarse bien vertical o jerárquicamente, mediante clasificaciones en grandes temas que luego se subdividen progresivamente; y/o bien lateral o transversalmente, según indizaciones en base a problemas o facetas de igual nivel. Y, en sentido contrario, a las grandes clasificaciones de información, como la Clasificación Decimal Universal (CDU), la Dewey o la de la Biblioteca del Congreso (LC) de los Estados Unidos, el autor las llama, universidades de información -y por lo tanto también de conocimientos, no en la acepción institucional usual de estos vocablos, sino en la esbozada anteriormente-, que pueden subdividirse en las facultades, escuelas, departamentos o disciplinas, cátedras o especialidades, y, finalmente, cursos o materias de información correspondientes. O a las grandes indizaciones de términos o palabras claves normalizadas (descriptores) las llama tesauros de información -o de conocimientos-, que se pueden descomponer en microtesauros, tales como el Microtesauro de la Educación Superior en Venezuela que alguna vez diseñó y redactó el susodicho, los cuales, a su vez, pueden desagregarse en facetas de una o de los otros

Uno de los más importantes inventos de las sociedades modernas, en su afán por acelerar y hacer más efectivos los procesos de adquisición de conocimientos, ha sido el llamado enfoque de sistemas y la correspondiente elaboración de modelos sistémicos que facilitan, sobre todo en un ambiente de trabajo en grupo y ante proyectos o problemas abiertos, la simulación de situaciones reales complejas e incluso la predicción de probables resultados bajo escenarios de cambio de dichas situaciones. La típica relación profesor/alumno, en donde ése habla y expone para que éste escuche y memorice, que ha sido relativamente eficaz para la transmisión de información, ha demostrado ser terriblemente ineficaz para el aprendizaje de conocimientos. Todo sugiere que mientras que en tal relación intervienen sólo unas pocas áreas del cerebro occipital y temporal, a veces suficientes para la memorización a corto plazo, para la generación de nuevos conocimientos propiamente dichos se requiere la intervención de prácticamente todas las áreas del cerebro y, en particular, de las áreas de asociación entre los lóbulos parietal y occipital, por un lado, y de los lóbulos parietal y frontal, por otro.

La adquisición de conocimientos reclama ambientes de múltiples estímulos e interacciones en donde se formulan propósitos y objetivos, se validan percepciones al cotejarlas con opiniones de otros y experiencias anteriores, se busca y se organiza información, se construyen y se prueban modelos, se generan, analizan y prueban alternativas de solución a los problemas, se simulan situaciones probables de desempeño de las soluciones seleccionadas, se seleccionan valores óptimos de los parámetros de diseño de las soluciones, se evalúa la factibilidad de las alternativas, se documenta la experiencia, etc. Tanto el enfoque de sistemas como la elaboración de modelos han demostrado ser herramientas efectivas para conformar tales ambientes y posibilitar la generación de conocimientos que aprueben, si no el difícil test platónico de la justificación y la veracidad absoluta, por lo menos el test, que pareciera más bien socrático, de la justificación y la utilidad relativa. Esta última prueba conduciría, al menos, al certificado de opiniones o creencias correctas, apropiadas o compartidas, que pueden, según estos mismos sabios y si se saben establecer sus limitaciones, actuar como buenos sucedáneos del prácticamente imposible de obtener conocimiento de pura cepa.

En materia de conocimientos debemos estar alertas ante simplificaciones que identifican conocimiento con conocimiento racional analítico-matemático y producto de una inteligencia heredada, con las que prácticamente se ha querido excluir al grueso de la población mundial de la posibilidad de participar alguna vez en la generación de conocimientos. Por el contrario, cada día hay más evidencias de que el conocimiento es mucho más que esto. Ya Jung, por ejemplo, que dedicó su último trabajo, El hombre y sus símbolos, de 1961, a divulgar ante un público general muchos de sus principales hallazgos, advirtió claramente que no sólo a través de los procesos racionales, que ya incluyen no sólo los razonamientos sino también los sentimientos (distintos de las emociones, en la acepción de cuando decimos "siento que fulanito de tal no es una persona honesta", pero no en la que decimos "y también siento una gran arrechera contra él"...), se pueden generar conocimientos, sino también mediante los procesos no racionales, pero inteligentes, de la percepción y la intuición. Más recientemente, Howard Gardner y la gente del Proyecto Cero de Harvard, con un enfoque de psicología cognitiva, han demostrado hasta la saciedad la existencia de múltiples formas de inteligencia, además de la clásica inteligencia analítica o lógico-matemática, tales como la lingüística, la musical, la espacial, la corporal, la ambiental, la interpersonal o la intrapersonal; y han puesto en evidencia la existencia de múltiples mecanismos para la adquisición de nuevos conocimientos, además del tradicional razonamiento, tales como la investigación y el trabajo en proyectos, la resonancia afectiva en ambientes colectivos, la representación de ideas de múltiples maneras, la movilización mediante el empleo de recursos, la reacción ante grandes hechos del mundo real, y el vencimiento de las resistencias ante el aprendizaje.

Para los latinoamericanos, estos enfoques modernos de inteligencias múltiples y múltiples procesos de aprendizaje constituyen una noticia extraordinaria, puesto que por varios siglos se nos quiso hacer creer que sencillamente éramos miembros de una raza inferior e inapta para crear conocimientos, y al menos por el último se nos ha querido hacer caer en la trampa de que sólo a través de grandes laboratorios de investigación y costosísimos proyectos es posible generar nuevos conocimientos. La conjugación del enfoque de sistemas, con el trabajo en grupos y con la aceptación de la diversidad de inteligencias y maneras de aprender nos coloca en condiciones de avanzar mucho más rápidamente hacia la construcción de sociedades modernas basadas en la masiva generación de conocimientos, que algún día podremos estructurar en universidades y tesauros de conocimientos propios. No sería de extrañar que, dados los prejuicios de nuestros conquistadores y colonizadores, la genética de nuestras inteligencias analíticas y de nuestros procesos de aprendizaje vía el razonamiento, haya sido mucho más fuertemente arrasada, por suponérsela más subversiva, que cualquiera de las otras, por lo cual en el aprovechamiento de éstas podrían existir preciosas oportunidades para la edificación de nuestras naciones. Por supuesto, con todo lo que va dicho, debería quedar claro que, desde esta perspectiva, la transformación o adquisición de estas capacidades cognitivas exige, por decirlo de algún modo, el desarrollo previo, o como mínimo simultáneo, tanto de las capacidades estructurales educativas y mediáticas, en múltiples niveles y ámbitos, como de las capacidades sustanciales informativas en ídem.

Claro que esto no será fácil, puesto que tendremos que vencer resistencias ancestrales, sacudir estructuras sociales estamen- tales basadas en prejuicios secular- mente acumulados, transformar desde su raíz nuestros sistemas de instrucción para convertirlos en verdaderos sistemas educativos y generar toneladas de información concreta sobre nuestras realidades para alimentar la elaboración de modelos propios sobre estas. Claro que, como nos lo sugieren muchas de las obras de la gran artista latinoamericana Marta Cabrujas, hay demasiados engendros del pasado y del mal inmiscuidos entre nosotros, y demasiadas armonías rotas en nuestras raíces, pero no por ello se han extinguido las esperanzas. Y, encima, no tenemos otra alternativa: con las capacidades de generación de conocimientos que tenemos, nuestros boletos de entrada no alcanzan sino para los bailes de la decadencia progresiva. Con la incorporación de artistas, científicos, intelectuales, profesionales, creadores y líderes en múltiples campos y con una diversidad de estilos y enfoques, tendremos muchas más oportunidades de encauzar las energías de nuestros pueblos hacia la edificación del mundo mejor que merecemos.

Nota: Por última vez le recordamos a nuestros queridos lectores que, desde el artículo número 50 de nuestro blog, y ahora hasta el 5 de noviembre, con nueva prórroga para facilitar los comentarios al finalizar la serie sobre las capacidades sustanciales, estamos aplicando una encuesta simplificada: Opinando sobre Transformanueca, y una encuesta detallada: Mejorando a Transformanueca, que esperamos nos ayuden a definir los enfoques venideros de nuestra publicación. Todo sugiere que el bajo número de encuestas aplicadas será uno de los datos principales que tendremos que evaluar, pero, por si acaso, los seguimos invitando a darnos su apoyo. Si se deciden, no olviden hacer clic en el botón Continue, al terminar la Encuesta, después de la Pregunta # 10. Les agradecemos toda la colaboración que puedan brindarnos a este respecto.