martes, 1 de diciembre de 2009

Nuestras identidades corajetivas

Casi treinta años hace -y uno de los aspectos menos simpáticos de este hobby de la casi tercera edad es que hay demasiadas cosas que se miden por décadas...- desde que me enteré, por boca de Meir Merhav, sin duda entre los mas lúcidos estudiosos de la problemática del desarrollo tecnológico en los países del tercer mundo (cuando se vive en éste y con una edad de aquellas uno viene a parar a la tercera por tercero igual noveno no sé qué cosa), de que una de las limitaciones que confrontamos para dominar las tecnologías gestadas en el primer mundo es que éstas vienen diseñadas con el supuesto de que nuestros operadores de fábricas deben tener unas fortalezas y dimensiones físicas de las que en la práctica carecen.

Su estudio sobre la economía venezolana, el más completo, profundo e inédito que jamás
, a juicio de esta Redacción, se haya hecho, concluye señalando la imposibilidad material de que Venezuela pueda desarrollarse a punta de capital financiero y natural y en ausencia de capital humano (el cual comprende no sólo capacidades cognitivas, educativas y de aquellas mentales, sino también las capacidades personales energéticas y espaciales para alzar pesos y manejar grandes herramientas). El estudio es absolutamente desconocido en el país porque peca de no ser ni liberal ni marxoso sino todo lo contrario, por lo cual no ha habido quien apadrine su publicación o difusión. No rinde loas al titánico empresariado ni al proteico protelariado, sino que se concentra en apenas estudiar hasta la saciedad todo lo que hay que hacer, y que Venezuela no quiere, para lograr el por tantos añorado desarrollo.

Lo anterior viene a guisa porque casualmente anoche pude tomar conciencia de algo que desde ha mucho nocionaba, pero sin mentalizar, como es la importancia de las capacidades energéticas y de manejo de materiales para el trabajo intelectual, al menos del tipo que suelen realizar ciertos funcionarios burocráticos de causas utópicas candidatas a imposibles. Quiero decir que alcancé a conocer que, desdeñando toda clase de recomendaciones sensatas, en las faenas para concluir de emergencia un ensayo de cuyo título más bien quiere escaparse, un casi sexagenario optó por trasladar, vía escaleras y todo, varias voluminosas cajas de libros de uno de sus estudios a otro, y por trabajar más de cuarenta y ocho horas ininterrumpidas, con el desenlace de un ataque de lumbago tan pero tan fulminante, que a más de quedar provisionalmente paralítico de cuerpo entero, debió tomarse, él que tan arisco es ante la sola redondez de las pastillas, una especie de sedante para elefantes que lo dejó, una vez concluido el ensayo innombrable, inhabilitado no para teclear sino hasta para dictar su oración litúrgica a través de un fulán blog.

Así que, entre entumido y grogui, es ahora cuando puede alcanzar el umbral energético requerido para inaugurar su tan esperado discurso magistral sobre el coraje, y presentar ante su
masiva audiencia, cuyas ansias de formulación de comentarios no pudieron aguardar siquiera a la botada del artículo, las excusas de rigor. No sin antes aclarar que ya ha emprendido las correspondientes gestiones diplomáticas para el intercambio de experiencias con Stephen Hawking, precisamente virtuoso del coraje y maestro de maestros en el arte de la comunicación de discapacitados, no vaya a ser que esto se prolongue.

Desde aquí, es decir, desde las tinieblas de la ignorancia
endocrina, las identidades corajetivas -porque corajosas o corajudas no son- se presentan como el non plus ultra de la emocionalidad primaria positiva de los vertebrados superiores. Coraje es lo que despliega aquella pata del documental de Nat Geo cuando finge estar herida y cojeando en la playa para atraer sobre sí la furia de si mal no recuerdo un leopardo, a objeto de ganar los segundos que sus patitos necesitan para adentrarse en el mar y salvarse de tales garras. En tal situación, el leopardo, en el momento inicial, puede que haya estado entre anticipativo y rechazante -o vulgarmente entre hambriento y arrecho-, pero con el medidor de coraje en cero, puesto que su riesgo es nulo, para pasar instantes después, cuando la pata emprende el vuelo a milímetros del fatal zarpazo, a una desoladora frustración hecha de desconcierto y tristeza. La pata, en contraste, termina celebrando su sin par coraje con la más merecida alegría junto a sus crías salvas. (Y, aunque a años luz de aquella gesta, algo de coraje es lo que la vida le reclama a todo bloguero principiante que, en vías de respetarse, quiera publicar sus artículos apelando nada más que a sus neuronas sonámbulas y evitando que los movimientos de solo las yemas de sus dedos, sobre el teclado de su laptop en la cama, activen arcos eléctricos y cortocircuitos en su espalda lumbar...)

El coraje tiene muy poco y mejor nada que ver con la rabia, el rechazo, el miedo, la tristeza o el desconcierto, es decir, con las emociones negativas. Coraje, según se le entenderá en este cuchitril virtual, es lo que despliega el gran maestro karateca cuando, ante los empujones y manotazos del balurdo en plena calle, decide aplicar su máxima de huir de las provocaciones del necio. O lo que impulsaba a aquel querido Ludwig cuando, sordo, arruinado e incorrespondido por todos sus quereres, compuso el inmortal movimiento final de la Novena Sinfonía, que ya es himno oficial de la Unión Europea, y tiene ganas de
volverse algún día canto a la alegría del género humano. O aquello de que hacía gala Gandhi cuando, en la escena tomada de un episodio real y retratada en la oscárica interpretación de Ben Kingsley, decide, una vez más, antes de perder el conocimiento, inclinarse a recoger pacíficamente la sal después del festival de bastonazos prohibitivos que le propina el miserable gendarme británico. O, por qué desconocerlo, lo que, independiente de su posición política, mantenía al Che, asmático, solo y desahuciado hasta por cuando menos el partido comunista de Bolivia, en pie de lucha en la sierra cercana a Santa Cruz. Y algo me susurra en el oído interno para insinuarme que, si existe alguna criatura ameritadora de la denominación divina, entonces muy probablemente su espectro emocional debe estar definido del mismo lado del nuestro, pero a partir, y mucho más allá, de las ya altas frecuencias de las ondas corajetivas.

No sé si cuando logre despertar y moverme de verdad les consiga en mis ficheros y/o en alguna búsqueda decente en Internet información empírica de estudios internacionales comparativos sobre coraje e identidades corajetivas, mas por los momentos los invito a conformarse con una compilación de apreciaciones que, pese a su formulación previa, han venido quedando regadas a lo largo de la trayectoria seguida por el blog, a saber:
  1. Que mi voto, si alguna vez se abre una elección a escala nacional, continental o global para la erección de un monumento al coraje desconocido, se inclinará por una figura femenina, pues convencido estoy de que ellas, sobre todo en su especialidad materna, nos superan a la hora de atreverse a bregar sin chistar ni fanfarronear ante las más insólitas adversidades;
  2. Que estimo que en unas olimpíadas mundiales de coraje, en donde no calificarían, por aquello de que el leopardo..., las demostraciones de pogromos, ametrallamientos a mansalva, genocidios cobardes, holocaustos o soluciones finales (alias shoah o Endlösung), bombardeos convencionales o nucleares, rociamientos masivos con napalm, exterminios en campos de concentración de derecha o de izquierda, invasiones y hambrunas forzadas, y deportes afines, si bien los asiáticos (con su imbatible delegación de kamikazes, fakires, samurais, bonzos, ... y hasta cristos) probablemente se alzarían con la mayoría de preseas doradas, tal vez buena parte de al menos las plateadas vendrían a parar a nuestras manos, sobre todo en las pruebas de luchas inermes, a mano pelada o con arcos y flechas contra adversarios acorazados y armados hasta los dientes;
  3. Que, como conjugando las modalidades de coraje antes mencionadas, el de nuestras madres ancestrales indígenas, dispuestas, con sus cultivos, chozas y lugares sagrados arrasados, sus maridos e hijos varones masacrados, y sus violaciones y preñeces por los mismos mugrientos invasores ibéricos autores de tales hazañas, a seguir adelante con la vida, merecería ser cuando menos mencionado mientras llega alguna posteridad que lo reconozca;
  4. Que, en la categoría generacional, la nuestra, la de los noveles sesentones, si bien en las materias anticipativa y rechazativa estaría por debajo de las generaciones de nuestros padres, en fase de despedida, y abuelos, en fase de extinción, en cuestiones corajetivas, sobre todo a la hora de plantarnos indefensos ante los colosos criobélicos o los titanes de la contaminación, la discriminación racial o el calentamiento global, no vemos serios contendores a la vista; y
  5. Que no pareciera que ha sido la falta de coraje, sino más bien nuestras consuetudinarias cortedades anticipativas y reflexivas, sumadas, por supuesto, a sus primas propositivas, programativas, planificativas, educativas, cognitivas y afines, en el plano de las capacidades, la carencia u omisión emocional fundamental en el proceso de edificación de nuestra América Latina.
Y, bueno, mientras me llega la información sobre unos escáneres ultraportátiles inventados en días pasados por el propio Raymond Kurzweil, inventor del escáner de escritorio y pionero del diseño de dispositivos electrónicos avanzados para minusválidos, concebidos especialmente para poliomielíticos y escleróticos múltiples en fases de convalescencia aguda, y me consiguen una copia en CD de la pelicula La escafandra y la mariposa, para repasar conocimientos sobre la comunicación mediante meros parpadeos, con todo lo cual espero poder seleccionar y anexarles las fotografías propias debidas, les agradece la atención y se despide de ustedes,
Sonámbula y atiesadamente,
Edgar

viernes, 27 de noviembre de 2009

Un vistazo al panorama político latinoamericano y qué hacer si somos tan poco anticipativos

Si no perfectamente, por lo menos creemos estar bastante claros acerca de que en nuestra Latinoamérica existen actualmente al menos dos grandes consensos, que cuentan, cada uno, con una gruesa, y comparable a la del otro, porción dentro del conjunto de los aproximadamente 570 millones que somos.

Uno es el consenso del norte, el liberal, al que sin ánimo ofensivo podríamos llamar de derecha, al que no creo que sean muchos los que se incomoden si lo llamamos la opción puertorriqueña, que en definitiva dice que es una pérdida de tiempo intentar avanzar por un camino propio hacia la construcción de nuestros países, pues es mucho más sencillo y práctico aceptar a los Estados Unidos como una suerte de hermano mayor, para rápidamente tener acceso a las salvadoras inversiones extranjeras y a la capacidad organizativa de esos catirotes que tienen mucha más experiencia y sí saben como hacer funcionar las cosas. Esta opción señala que el no reconocer la obvia superioridad estadounidense y europea sólo cabe en la mente de acomplejados, desadaptados y/o resentidos sociales, y que la izquierda es oportunista al aprovecharse de la miseria ajena para satisfacer sus apetitos de poder, sin llegar a proponer ninguna solución de fondo a los problemas. A veces, en mi jerga personal y para evitar sesgos despectivos, a esta opción la llamo de los "75º - 90º", haciendo referencia a aquel círculo trigonómetrico del bachillerato, en donde los grados se empezaban a contar desde el extremo Este o derecho del círculo; o, lo que es parecido, en relación a un velocímetro invertido de automóvil, cuya aguja empezase a marcar desde el lado derecho hacia el izquierdo, hasta llegar a los 75-90 km/h hacia el centro del dial.

Capital, inversiones extranjeras, mercado, globalización, libre empresa, competitividad, Adam Smith y afines son algunos de los santo y señas que emplean los partidarios de ese primer consenso para reconocerse rápidamente a sí mismos y diferenciarse de los contrarios. Y mal podría yo odiar o despreciar este enfoque cuando bien recuerdo que, con variantes y tal vez altibajos, esta fue mi posición desde que era un niño hasta que cumplí veinte años, y fue también la de mi padre hasta sus últimos días y la de numerosos seres queridos hasta el presente.
Con este consenso vemos alineados, con bemoles y notas al pie, por supuesto, a los actuales gobiernos de Colombia (Uribe), México (Calderón), Perú (García), Honduras (Micheletti), y obviamente Puerto Rico (Fortuño), y a un nutrido conjunto de movimientos de clases medias, burguesías y hasta oligarquías, más o menos acomodadas, en la mayoría de nuestros países, con mención especial de los movimientos opositores venezolano, brasileño y argentino.

El otro gran consenso es el del sur, el de la izquierda marxista ortodoxa, al que tampoco debería resultar desproporcionado llamar la opción cubana, que plantea que no hay salidas a nuestras crisis dentro del capitalismo, que tenemos que romper con toda influencia gringa o parecida y decidirnos por el camino del socialismo y la movilización de las masas pobres contra toda dominación imperialista, o si no morir en el intento. Que cualquier otra postura revela, cuando menos, alienación e ignorancia, y en el peor de los casos, inquina y malevolencia de explotadores, oligarcas o títeres del imperio. Con la misma metáfora anterior, a esta suelo llamarla la posición de los "135º -150º" o, si se prefiere, de las velocidades de transformación en el orden de los 135 -150 km/h en nuestro tablero imaginario invertido (con 0 km/h en el extremo derecho, que significa no avanzar nada, y 180 km/h en el izquierdo, que augura un choque seguro).

Imperio (antes imperialismo), capitalismo, explotación, la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, Estado, Carlos Marx, Lenin, el
glorioso comandante Che Guevara, guerrilla heroica, socialismo, violencia partera de la historia, patria o muerte venceremos y afines son algunos de los mottos o palabras clave con que se autoidentifica y excluye a sus contrarios esta corriente. Aproximadamente, comulgamos con estas ideas (excepto por lo de la violencia y la guerrilla, en las que nunca creímos) entre nuestros veintiún y veintitrés años, y a ellas vemos que siguen afiliados una parte significativa de nuestros amigos y parientes. Este segundo gran consenso inspira, por lo menos, a los gobiernos de Bolivia (Morales), Cuba (los Castro), Nicaragua (Ortega) y Venezuela (Chávez), con otro nutrido manojo de movimientos de sectores empobrecidos, marginalizados o excluidos en también la casi totalidad de nuestros países, tal vez con mención especial al movimiento peruano (Humala) que estuvo a punto de ganar las elecciones.

Pensar en América Latina desde la perspectiva de alguno de estos dos credos tiene enormes ventajas, pues fácilmente se convierte uno en persona respetable, simpática, confiable, razonable, con numerosos visitantes en su blog, nominable para cargos, y hasta con derecho a contratos y blandos préstamos bancarios, si se coincide con quien esté en el gobierno de turno o detente el poder en un ámbito específico, pero también la desventaja de que se sale demonizado a los ojos de los fieles del catecismo opuesto, y, lo que es mucho peor, se entra a girar en una noria histórica en donde después de mucho bregar se llega otra vez al punto de partida. En la práctica, es como si uno navegase raudamente a favor de una corriente o emplease una moneda de curso comúnmente aceptado, solo que, con el tiempo, se termina pendularmente arrastrado por la corriente opuesta o se sucumbe ante los mercados negros al acecho. No conocemos ni una sola experiencia histórica en donde la emancipación de una clase o bloque social haya implicado, con el tiempo, la de toda una sociedad.

Hilando un poco más fino, podríamos distinguir otros matices, tal vez hablar de una opción vecina de la opción puertorriqueña, una suerte de neoliberalismo progresista o de opción de los 90º-105º ó 90 - 105 km/h, en donde vemos a los gobiernos de Costa Rica (Arias), República Dominicana (Fernández) y Panamá (Martinelli), con sus correspondientes movimientos afines, tal vez con mención destacada para el movimiento colombiano de Gaviria; así como al espectro de opciones más resueltamente conservadoras, por debajo de los 75º ó de los 75km/h, es decir, posiciones de extrema derecha, discretamente defensoras de las glorias de la raza aria, a lo Chile de Piñera (herederos del pinochetismo).

Y de una opción afín a la cubana, caracterizada por cierto populismo progresista de izquierda, en la órbita de los 120º - 135º ó 120 - 135 km/h, en donde situamos a los gobiernos de Argentina (los Kirchner), probablemente a El Salvador (aunque nos faltan datos sobre la orientación del recientemente electo gobierno de izquierda de Funes), a veces a Ecuador (Correa, a quien no siempre lo vemos aquí, sino en el grupo que sigue), a Honduras (Zelaya), a Guatemala (Colom) y al propio Haití (Preval). O, a la izquierda de la postura de tipo cubano, también tenemos a movimientos de muy extrema izquierda, generalmente indigenistas o campesinistas a ultranzas, con posturas más allá de los 150º ó de los 150 km/h, en donde vemos a movimientos como el mexicano de Chiapas (Comandante Marcos), las FARC colombianas o la extrema izquierda indigenista boliviana (Quispe).

Tanto los dos grandes consensos, como los cuatro enfoques subordinados señalados, dos al primer consenso y dos al segundo, poseen algo en común: parten de la idea de que la sociedad latinoamericana posee un conflicto de identidad insoluble hasta tanto un sujeto apropiado no asuma la redefinición de la identidad de todos, o sea, algo así como que hasta tanto no se supere la usurpación o contaminación de la identidad actual no se logrará construir la sociedad deseada. Para el primer consenso, ese sujeto protagónico es el empresario nórdico y, principalmente anglosajón, quien con sus inversiones y sus métodos nos sacará de abajo y barrera toda la escoria subdesarrollada y de tinturas de pieles café con leche que nos asfixia. En su primer enfoque anexo, ese sujeto incluye también la alianza del empresario extranjero con el empresario local, quienes a su vez permiten cierta participación de otros sectores; y, en su segundo anexo, el sujeto son las fuerzas emprendedoras representativas de la familia, la tradición, la propiedad y la religión las llamadas a regenerar la identidad extraviada de toda la sociedad. Para el segundo consenso, el sujeto ideal es el proletariado, llamado a servir de punto de partida para la gestación del hombre nuevo, de la verdadera historia, del mundo de la libertad, y, en condiciones de extinción del tal proletariado, entonces en su defecto los pobres de cualquier tipo: campesinos, marginalizados crónicos, excluidos, pues sólo ellos pueden encarnar la identidad de la humanidad futura. Con alianzas y ciertas concesiones a otros sectores, en la versión populista del relato, o partiendo de los indígenas con pedigree o de pura cepa en la versión más extrema.

En resumidas cuentas, todas estas posturas, de factura teórica rigurosamente decimonónica o anterior, es decir, de epistemología cuando menos presistémica, comparten la ceguera ante los sistemas sociales o, lo que es lo mismo, los órganos les impiden ver los organismos. En la buena lógica de aquel siglo, resolver problemas implicaba encontrar la causa que ocasionaba los efectos indeseables, hasta extirparla y hacer desaparecer tales síntomas con el correctivo o remedio apropiado. Su punto de vista es como el de una medicina que intentase determinar cuál es el órgano culpable de las enfermedades y cuál debe ser el órgano líder para asegurar la salud de todo el organismo, o, cuando mucho, el tipo de tejido celular y, por tanto de célula, que debe convertirse en la quintaesencia del organismo completo. Las células de las regiones bajas del cuerpo son las culpables, y el cerebro y las neuronas la salvación, dice uno; es al revés, la culpa la tienen las células de la cabeza, y la alternativa son las células trabajadoras lideradas por el corazón y las demás células musculares cardíacas, dice el otro; no basta el cerebro sólo, sino que se necesita una alianza con los testículos, o las neuronas en alianza con los espermatozoides, para resolver la crisis, reza el de más allá; y así pasando por células sanguíneas, epiteliales, conectivas, óseas, cartilaginosas, adiposas, sensoriales, etc., etc., cada una con sus muchas subespecializaciones (hay más de doscientos tipos de células, para un total de diez millones de millones entre los especímenes de todos los tipos, sin contar otros millones de millones de bacterias o células, de incontables tipos y no humanas, que también conviven con nosotros).

El detalle está en que todos desconocen el hecho de que lo que nos define como humanos no son los órganos, ni ningún tipo de células o tejidos en particular, sino un código genético común a las células de cualquier tipo, las cuales se diferencian para ejercer funciones específicas y son todas absolutamente esenciales para la salud del organismo completo. Ergo,
lo que define nuestra identidad común es una emocionalidad esencialmente compartida, y ningún sujeto particular ni ninguna clase, institución o movimiento social alguno podrá jamás encarnar las aspiraciones de la humanidad o de América Latina toda. Sólo la acción sinérgica de múltiples movimientos y fuerzas sociales en pos de un propósito compartido logrará la deseada transformación de nuestro organismo social enfermo.

Fuera de estos consensos y subconsensos, y en interesantes procesos de búsqueda de nuevos rumbos, como queriendo sortear el camino entre las opciones clásicas anteriores, vemos a Brasil (Lula), Chile (Bachelet), Paraguay (Lugo), Uruguay (todavía Vázquez, y probablemente en pocos días Mujica), también a Martinica (Marie-Jeanne), y también a una serie de movimientos, como "no alineados", en donde nos llaman particularmente la atención el de Fajardo Valderrama en Colombia y el de López Obrador en México. Es decir, posturas creativas y no amarradas a ningún catecismo de dogmas, afiliadas también, en su mayoría, a las fuerzas de izquierda del Foro de Sao Paulo (promovido por el partido de Lula), pero que intentan buscar nuevos caminos a velocidades lo suficientemente altas, pero manejables, entre los 105 y los 120 km/h.

Como, supongo, se habrán dado cuenta los lectores, son estos buscadores de nuevos rumbos los que gozan de la mayor simpatía del aspirante a bloguero que suscribe. Desde que tenía aproximadamente 24 años, el susodicho decidió diferenciarse de los consensos inicialmente mencionados y sus anexos, y emprendió una búsqueda teórico-práctica de una ruta transformadora, en la dirección y con ritmos de marcha como los antes citados, que simultáneamente apunte hacia una transformación radical y que sea viable y realista, es decir, con una orientación inspiradora que se justifique sólidamente y una velocidad que sea lo suficientemente rápida y a la vez confiable, para nuestras carreteras latinoamericanas. Buena parte de lo que ahora leen en este blog es el resultado de ese afán.

En absoluto se nos escapa que en un subcontinente tan poco dado a la anticipación o la reflexión, en donde se consigue mucha más gente dispuesta a dar la vida en acciones temerarias o a renunciar a ella en inacciones vegetativas, que decididos a estudiar una idea, o pensar a fondo, aunque sean pocos minutos, en un problema, la vía escogida promete toda clase de sinsabores. En circunstancias de pereza mental generalizada, posiblemente asociada a depresiones o a algún tipo de estrés crónico colectivo, que no nos queda más remedio que también intentar comprender -y de allí artículos como el anterior-, no resulta nada fácil proponer una nueva manera de abordar, entender y buscar solución a nuestros problemas.

Pero, una vez que ésa es la decisión, es preciso exponer pacientemente los fundamentos de la que pretende ser una nueva manera de ver las cosas, y eso es exactamente lo que nos hemos propuesto. ¿Demasiado ambicioso? ¿Difícil de explicar? ¿Más allá de nuestras posibilidades? Puede ser, mas es lo que, con o sin razón, hemos decidido hacer. También sabemos que si nos adscribiésemos a uno de los consensos o subconsensos reinantes bien diferente sería el panorama de nuestra vida y de la del blog, que quizás alcanzaría -o a lo mejor no- rápidamente los cientos o miles de seguidores, y/o probablemente de detractores; pero resulta que no tenemos ningún interés en llegar temprano a donde intuimos que no vale la pena ir. Y aquí recordamos aquel refrán, popular en el ambiente industrial que alguna vez frecuentamos, de que si bien una reflexión sin acción es un sueño, como ocurriría si en este blog no comenzamos en algún momento venidero a plantearnos la pregunta ¿qué hacer?, una acción sin reflexión es un desperdicio, como las que de sobra han abundado y abundan en nuestra América Latina, y a las que nos hartamos de, y no queremos más, sumar las nuestras.

martes, 24 de noviembre de 2009

Nuestras identidades anticipativas

Hasta donde hemos podido conocerlo, en el debate entre los universalistas o biologicistas, abanderados por el propio Darwin y por toda una gran secuela de estudiosos, incluyendo a nuestro Humberto Maturana, y los particularistas o culturalistas, quizás liderados por Margaret Mead y compañía, en materia de emociones humanas fundamentales y, por tanto, sobre identidades humanas fundamentales, los primeros llevan holgadamente la delantera, y ahora disponen, con los recientes descubrimientos sobre el genoma humano, de un nuevo y pesado paquete de argumentos en su platillo. Esto significa que las evidencias en favor de la existencia de un conjunto de emociones esenciales compartido y afín entre los distintos géneros, razas, etnias y culturas humanas parecieran pesar mucho más que aquellas en contra, aunque sin llegar a anularlas. Razón de más para que, volvemos a insistir, aquí no andemos buscando nada que apunte hacia una pluralidad humana tal que justifique la incomunicación, la incompatibilidad y menos la subordinación entre culturas, sino algo muy distinto: una especie de diversidad virtuosa que valorice los aportes de cada quien y haga resplandecer aún más, mediante pequeños contrastes, la armonía emocional del gran conjunto humano.

Estamos, tal vez empleando un método análogo al que una vez entendimos que usan los chinos para superar contradicciones en el seno de los afines, tratando de comprender la naturaleza o especificidad de las distintas culturas, y especialmente de nuestra cultura latinoamericana, al interior de una sola y misma humanidad. Para ello, partimos de la constatación de una identidad común y del deseo de unidad de todos los humanos vivientes, intentamos luego distinguir diferencias y conflictos al interior de esa unidad, para luego extraer de allí lecciones que ayuden a construir una más profunda unidad e interdependencia sobre bases más sólidas. O, dicho con palabras que espero resulten elocuentes al menos para el puñado de lectores asiduos del blog, nos estamos guiando por la heurística de quien supone que no es en la transformación de las identidades humanas, que estamos examinando ahora, ni tampoco en el cambio de la naturaleza de nuestras necesidades/libertades, que exploraremos más adelante, donde hay que afincarse para impulsar la transformación de nuestra América Latina, sino en la transformación de nuestras capacidades, que comenzamos a definir en varias series anteriores. En algún momento arribaremos, aunque desde una perspectiva teórica distinta, a una conclusión semejante a la de nuestro gran pensador Luis Beltrán Prieto Figueroa, quien gustaba de decir, y así le asignó esa consigna a una conocida institución venezolana, que "no hay pueblos subdesarrollados, solo hay pueblos subcapacitados".

Hasta donde tenemos noticia, las expresiones faciales de estas emociones, es decir, de la aceptación/rechazo, la alegría/tristeza, la anticipación/sorpresa y el coraje/miedo, como las hemos caracterizado, no solo son esencialmente comunes a todos los grupos humanos, sino que pueden ser comunicadas y reconocidas entre esos grupos. Las investigaciones de Paul Eckman y sus colegas, por ejemplo, publicadas en numerosos trabajos pero sobre todo en Unmasking the face (Desenmascarando el rostro), que se cuentan entre lo más sólido que hemos podido conocer sobre el tema, sugieren que las expresiones faciales de la felicidad (happiness), tristeza (sadness), rabia (anger), sorpresa (surprise), miedo (fear), repugnancia (disgust) y desprecio (contempt) son distinguibles en y por poblaciones como las tribus Fore y Dani de Papúa-Nueva Guinea, con un muy escaso contacto previo con culturas como la Occidental. Los nativos de estas culturas identificaron rápidamente fotografías representativas de estados correspondientes a esas emociones, y, a su vez, los estudiantes norteamericanos pudieron después identificar los mismos estados en fotografías de dichos nativos. Ciertas diferencias que a menudo observamos en la manera de reaccionar de miembros de diferentes culturas ante situaciones semejantes dependerían, según ellos, no de diferencias sustantivas en la emocionalidad sino en lo que llaman reglas de despliegue o de mostración de las emociones, que llevan a que ciertas culturas, en determinados casos, parezcan más emotivas o expresivas que otras.

Por su parte, Humberto Maturana, en uno de sus muchos trabajos dedicados al tema, "Lenguaje y realidad: el origen de lo humano" (En su libro: Desde la biología a la psicología), argumenta exhaustivamente en favor de la universalidad de las emociones, señala que "...las distintas acciones humanas quedan definidas por la emoción que las sustenta y que todo lo que hacemos lo hacemos desde una emoción", y llega a afirmar no sólo que estas emociones son universalmente humanas sino que constituyen el fundamento u origen de toda nuestra racionalidad: "... la comprensión racional de lo más fundamental del vivir humano, que está en la responsabilidad y la libertad, surge desde la reflexión sobre el emocionar que nos muestra el fundamento no racional de lo racional". Más adelante, en el blog, veremos como las identidades no solo son como capacidades permanentes, lo que ya dijimos, sino que también están, en el sentido opuesto, en las raíces de todas las capacidades, a quienes alimentan a través del arte, de la sabiduría o la ciencia en su sentido más amplio, y del propio amor.

En el mismo sentido apunta una interesante experiencia de la que tuvimos noticia hace ya unos cuantos años (¿unos quince o veinte?), pero cuyos detalles no tenemos ahorita a la mano, cuando un grupo de jóvenes, si mal no recuerdo daneses, que vinieron a uno de los Festivales Internacionales de Teatro que organizaba El Ateneo de Caracas, presentó una obra que trataba de la hermandad del género humano más allá de sus diferencias aparentes, y estaba basada en un lenguaje de gestos emocionales no verbales. Cuando terminó el festival, el grupo solicitó que les permitieran viajar hasta el Amazonas, en donde representaron la misma pieza ante una tribu yanomami si no me equivoco, con el resultado de que al final, según el reportaje publicado con despliegue de fotografías en El Nacional, los yanomami aceptaron la invitación de incorporarse a la obra y terminaron aportando su propia versión y enriqueciendo el relato original.

A su vez, todos los autores que hemos consultado y que ven también al ser humano como un ser biológico, coinciden en señalar grandes similitudes entre nuestra emocionalidad y, al menos, la de otros vertebrados superiores, como aves y mamíferos sobre todo. Estimo que por lo menos la mayoría de los humanos adultos estamos en condiciones de distinguir la emocionalidad básica de los animales que más frecuentamos, tales como perros, gatos, loros, pájaros e inclusive, a través de fotografías, de muchas otras especies, en las que podemos distinguir emociones básicas semejantes a las nuestras. Es muy fácil darse cuenta, por ejemplo, de la tristeza que embarga durante buena parte del tiempo a los animales enjaulados en los zoológicos chapados a la antigua, como son la mayoría de los que, desafortunadamente, hemos conocido en nuestra América Latina.

Y con lo dicho nos colocamos en posición de ahorrarnos palabras al abordar el tema de nuestras identidades anticipativas, derivadas de nuestras emociones homólogas. Sin mayores preámbulos lanzamos a la consideración de nuestros lectores nuestra hipótesis gruesa de que los latinoamericanos probablemente tengamos deficiencias significativas en la frecuentación de esta emoción vital, asociada a la segregación de las neurohormonas acetilcolina y norepinefrina, o que, en el sentido contrario, tengamos una sobrefrecuentación de las emociones del desconcierto y la depresión, asociadas a la segregación de las neurohormonas opuestas dopamina, serotonina y endorfinas. ¿No tendrá esto que ver con nuestras dificultades para el desempeño de acciones en el mundo del trabajo, la producción y, en general, la obtención de resultados? ¿No será esta la explicación del porqué de las actitudes y miradas, en promedio, más despiertas que hemos observado tanto en nuestras visitas a otras latitudes como en animales en estado salvaje o, al menos, de un alto grado de libertad relativa?

Más allá de lo que sugieren nuestros indicadores, generalmente pobres, en materia productiva, lo que ya apunta a probables bajos niveles de concentración en esfuerzos de trabajo y afines, está la constatación, esta sí tan evidente que no necesita cifras que la respalden, de una suerte de pasividad generalizada, sobre todo en lo productivo, lo científico y lo político, y de algo como una impotencia o indolencia para impedir que nos pasen una y otra vez los mismos desastres y calamidades, lo que no cesa de asombrar a gran número de visitantes y observadores extranjeros. El panorama de los tugurios y calles de nuestras principales ciudades, con su gran número de mendigos, pedigüeños, desempleados crónicos y trabajadores informales, pareciera revelar no sólo la falta de capacidades de todo tipo, sino también una especie de maniaco-depresión o déficit de atención colectivos, que no sólo afecta a sus exponentes directos, sino a todos los que de alguna manera pareciéramos bien resignarnos ante semejante situación o bien reaccionar ante ella sólo con reacciones destempladas. O, en el extremo opuesto, ¿qué otra cosa sino falta de emociones de anticipación y sensibilización revela la falta de respuestas a tales desafíos por la mayor parte de nuestras universidades, intelectuales y políticos? ¿Cómo se explica la escasez de aportes y publicaciones con ideas sobre nuestras duras realidades, incluso en condiciones en las que poseemos matrículas educativas y planteles docentes casi al nivel de las naciones modernas? ¿No tendrá esto que ver también con nuestra escasez de verdaderos empresarios y estadistas?

Conscientes somos de que nada de esto basta para probar nuestra fuerte intuición e hipótesis de que estamos como dormidos en lo que concierne a la asunción de nuestros destinos, pero ¿qué hacemos si con exagerada frecuencia nos topamos una y otra vez en nuestras calles y transportes colectivos, que a diario recorremos o abordamos, con las mismas miradas perdidas y depresivas que encontramos en los zoológicos? ¿No será que, a fuerza de siglos de dominación cultural, política y económica, hemos terminado por contraer una especie de depresión colectiva, que adormece nuestra identidad y emocionalidad anticipativas e inhibe nuestra disposición a estar alertas y responder efectivamente ante nuestros desafíos? ¿No tendrá esto que ver con aquello que ya constataba nuestro Libertador Simón Bolívar cuando, en su carta jamaiquina de 1815, se lamentaba de que "el alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas"?

Si somos francos, debemos admitir que cuando hace algunas semanas esquematizamos la idea de este artículo, e incluso cuando comenzamos a redactarlo fichas de investigación en mano, creímos que llegaríamos a conclusiones más contundentes, pero no ha sido ese el caso: nos llegó la hora de cerrar y tenemos que hacerlo casi con las mismas dudas iniciales. Aunque de pronto hemos vislumbrado un aprendizaje inesperado: si lo de que nos enfurecemos en los tumultos versus nos humillamos en las cadenas, o lo del déficit de atención o la metáfora del zoológico tienen sentido, entonces pareciera claro que el proceso de superación de nuestras inhibiciones y adormecimientos, o de despliegue de nuestras emocionalidades deprimidas, no debería andar por la vía de los desplantes o la precipitación, sino por la vía paciente de proponernos tareas no tan exigentes, de asumir nuestras realidades y vislumbrar nuestros futuros factibles, de aprender pacientemente a planificar nuestras acciones, de ordenar nuestros espacios y el uso de nuestros tiempos, de adquirir rutinas y disciplinas productivas. Lo contrario es como prescribirle al paciente propenso a las furias, la hiperactividad o la desesperación ante el estrés un tratamiento a base de garrochazos, electroterapias y sacudimientos espasmódicos...

viernes, 20 de noviembre de 2009

¿Qué tan alegres somos los latinoamericanos?

Por poquito salimos con las manos vacías de nuestra búsqueda en Internet cuando intentamos encontrar alguna documentación confiable acerca de la alegría de los pueblos latinoamericanos. No conseguimos lo que queríamos, que era algo así como una encuesta mundial acerca de la alegría desplegada por múltiples pueblos del mundo, con elementos de análisis comparativo.

En su lugar, debimos conformarnos con una consulta o foro en donde la emisora BBC Mundo, en español, le preguntó no hace mucho a sus oyentes: "¿Qué es para usted ser argentino, colombiano, cubano, español, hondureño, boliviano, paraguayo, mexicano o de cualquier otra nacionalidad? ¿Cómo lo explicaría a una persona de un país diferente al suyo?", y en donde el tema de la alegría de los latinoamericanos ocupó un lugar central en las respuestas.
En esta encuesta, de 125 respuestas de latinoamericanos residentes en su país o fuera de él, seleccionadas por la emisora como representativas y no ofensivas de la dignidad de nadie, encontramos que en 40 respuestas, lideradas por mexicanos, cubanos y otros pueblos caribeños, se hace referencia directa o indirecta (mediante expresiones sinónimas) a la alegría como rasgo definitorio de la identidad nacional, con un peso sólo comparable al de 34 respuestas, sin distingos regionales, que indicaron algún tipo de orgullo o aceptación de la propia historia, geografía, comida, música u otros aspectos de la cultura nacional, al de 20 respuestas, con los mexicanos al frente, que subrayaron la hospitalidad o el acogimiento de los demás, y a 14 respuestas que consideraron irrelevante el concepto de identidad nacional. No es mayor cosa la que se puede extraer de aquí, excepto que vale la pena seguir pensando en la hipótesis de que la alegría sí podría ser un rasgo relativamente distintivo de algo que merezca el nombre de identidad latinoamericana. Y no sobra señalar que aproximadamente el 90% de los respondientes consideraron pertinente intentar definir la existencia de tal identidad, frente a las 14 respuestas que no lo consideraron así.

En cambio sobre la noción de felicidad, que en su acepción como "satisfacción, gusto, contento" (DRAE) vendría a ser sinónimo de alegría, pero que en su otro significado de "estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien" (DRAE) apunta hacia otro lado, más bien relacionado con el éxito, el bienestar o la calidad de vida, sí conseguimos mucha más información. Por ejemplo, en el Informe 2008 de Latinobarómetro, organización sin fines de lucro, con sede en Chile y aparentemente independiente, que goza del apoyo de múltiples organismos multilaterales y gobiernos, entre los que cabe mencionar la OEA, la CAF, el Banco Mundial y las agencias española, sueca y canadiense, y que compara sus estudios con los de las organizaciones análogas Eurobarómetro, Asiabarómetro y Áfricabarómetro.

Latinobarómetro realizó o promovió la realización de 20.204 entrevistas representativas en 18 países latinoamericanos, y estudió 1.200 casos individuales con mayor profundidad, y ya en la portada de su Informe destaca que "los latinoamericanos están cada día más felices, más esperanzados del futuro, a la vez que con grandes y crecientes niveles de crítica sobre sus sociedades. La democracia se consolida parcial y lentamente , sin cambiar su condición de imperfección". En el texto señala tajantemente que: "Comparativamente, en los datos del Estudio Mundial de Valores [al que no pudimos acceder] América Latina es el continente más feliz de la tierra", con opiniones en donde alrededor del 70% de los entrevistados en cada uno de los años entre 2001 y 2008, afirmaron que se sienten "Muy felices" o "bastante felices". Para este mismo año, por ejemplo, las mediciones de su organización homóloga, Eurobarómetro, indicaron, en relación a la misma pregunta, una media europea de 58%, española de 66%, danesa de 65%, holandesa de 51%, rumana de 38%, polaca de 36% y búlgara de 36%. También estos datos parecen abonar en favor de nuestra hipótesis que ve a América Latina como un continente relativamente alegre, pero por supuesto no confirman nada, puesto que ya dijimos que la felicidad, y sobre todo la autopercepción de felicidad, no es sinónimo de la alegría, que es lo que nos interesa explorar aquí. Estas cifras podrían tener explicaciones o lecturas muy distintas, como la de que, en un contexto de relativo crecimiento económico y de fortalecimiento democrático, como el habido en la región en los últimos 5 ó 6 años, las esperanzas de mejoramiento en la calidad de vida se hubiesen reforzado.


Otro estudio muy conocido y difundido por Internet, el de Ronald Ingelhart y otros, de las universidades de Michigan, Harvard y otras, titulado "Development, Freedom and Rising Happiness: A Global Perspective (1981-2007)" ("Desarrollo, libertad y felicidad creciente: una perspectiva global (1981-2007)"), publicado en la revista Perspectives on psychological science, coincide en señalar a las naciones latinoamericanas como las de mayor bienestar subjetivo (subjective well-being) entre el grupo de países con ingresos per cápita por debajo de los 15.000 $/año, colocándolas a la par que el grupo de países, sobre todo escandinavos y europeos, con mayor bienestar subjetivo en general, es decir tomando en cuenta cualquier nivel de ingreso per cápita. Por cierto, en el mapa mundial de la cultura de este mismo Ingelhart, y también de Wenzel, América latina aparece, dentro de la categoría de las regiones del mundo con valores tradicionales -o sea, más marcados por la religión y menos por el pensamiento de tipo científico/racional-, como el subcontinente más apegado a los valores de la autoexpresión, nuevamente tuteándose con las regiones de los países europeos nórdicos y de los angosajones en general. Y así seguimos reforzando la intuición original, pero sin poder arribar a conclusión alguna.

En síntesis, no encontramos la manera de fundamentar lo que nos sugieren numerosos relatos de personas viajeras, también textos de ensayos literarios y las limitadas vivencias personales, acerca de que los latinoamericanos quizás tengamos las bandas o las puntas de la alegría, en lo que podría ser un espectro o una rosa de la identidad emocional de los países del mundo, un poco más gruesa, espesa o alargada que la de otros continentes. En cualquier caso, lo que sí resulta claro, como ya lo insinuamos en el artículo más ladrilloso del martes pasado, es que estamos definitivamente indagando en el terreno de los matices emocionales y no en el de diferencias tajantes en la cultura o idiosincracia de los pueblos, es decir, que nos hallamos buscando al interior del rango de la bastante homogénea emocionalidad humana, harto variable entre los humanos pero de seguro lo suficientemente distintiva si la comparásemos con la de cualquier otra especie biológica.

Mientras superamos nuestra frustración momentánea, y damos con algo que refuerce nuestras conjeturas, los dejamos con una cita textual de nuestra Isabel Allende, a quien no tenemos claro por qué vemos como representativa de lo que podría ser una manera latinoamericana madura de pensar y sentir, que afloraría por todo nuestro subcontinente el día en que empecemos a superar el calvario de nuestras inseguridades y privaciones materiales actuales. Isabel, en su obra Mi país inventado, refiriéndose a la experiencia de su matrimonio con el gringo Willie, quien se enamoró de ella -como muchos, pero él fue el más pilas de todos, pues la buscó para decírselo...- a través de sus libros, nos dice que:
Mi matrimonio mixto con un gringo americano no ha sido del todo malo; nos avenimos, aunque la mayor parte del tiempo ninguno de los dos tiene idea de qué habla el otro, porque siempre estamos dispuestos a darnos mutuamente el beneficio de la duda. El mayor inconveniente es que no compartimos el sentido del humor; Willie no puede creer que en castellano suelo ser graciosa y por mi parte nunca sé de qué diablos se ríe él. Lo único que nos divierte al unísono son los discursos improvisados del presidente George W. Bush.

martes, 17 de noviembre de 2009

Más sobre las identidades en general y sobre nuestras identidades alegrativas

Al alborear el siglo XX en ningún país occidental se hallaba establecido el sufragio femenino o sufragio igual, y sólo en Nueva Zelanda se había aprobado pocos años atrás. Según datos de Internet, en la primera década lo alcanzaron Australia y Finlandia; en la segunda Noruega, Dinamarca, Irlanda, Polonia, Georgia, Rusia, Islandia, Luxemburgo, Alemania, Suecia, Países Bajos u Holanda, y, curiosamente, Uruguay; en la tercera, Estados Unidos, diversos países europeos más y, otra vez curiosamente, Ecuador; en la cuarta, España (hasta la noche franquista), Cuba, Turquía, Filipinas y El Salvador; en la quinta, Canadá, República Dominicana, Guatemala (sólo por cinco años), Panamá, Argentina, Venezuela (1947), Chile y Costa Rica; en la sexta Haití, Bolivia, México, Honduras, Nicaragua, Perú y Colombia, y otros más no latinoamericanos; en la séptima Paraguay, Brasil, y otros; en la octava, Suiza, Portugal, Sudáfrica y otros rezagados; y así hasta llegar al mero siglo XXI, en donde todavía en Arabia Saudita, Brunei, Líbano, Emiratos Árabes Unidos y el Vaticano, no votan las mujeres. Apenas ciertas diferencias en las concentraciones promedio de testosterona versus progesterona, y tal vez en la segregación promedio de adrenalina y otras hormonas afines, con sus consiguientes variaciones menores de comportamientos emocionales, fueron suficientes para alimentar, por siglos y más siglos, estereotipos y sobregeneralizaciones acerca de las diferencias de identidad entre el género masculino y el femenino. Todavía en los sesenta y setenta, se libró en el mundo occidental el que quizás fue el debate decisivo, en donde participaron desde eruditos hasta el vulgo, en torno a si, en su emocionalidad e inteligencia, las mujeres eran esencialmente iguales o distintas a los hombres, con gran cúmulo de argumentos de lado y lado.

Al final, hasta donde logré entender el curso y el desenlace del debate, las conclusiones fueron las siguientes: 1) las similitudes emocionales y de inteligencia entre hombres y mujeres sobrepasan abrumadoramente las diferencias; 2) las diferencias intergéneros, si bien existen en escasos ámbitos, tales como cierta mayor inteligencia verbal promedio o cierta mayor habilidad para descifrar gestos y otros mensajes no verbales en las mujeres versus cierta mayor habilidad espacial y matemática y cierta mayor propensión hacia comportamientos agresivos en los varones, resultaron ser mucho menores que las diferencias intragénero, es decir, las diferencias al interior de los individuos de cada sexo; y 3) la gran tarea, todavía pendiente, una vez igualados los derechos políticos y las oportunidades de educación, resultó ser la conquista del respeto, compensación y promoción política igual para estas modestas desigualdades en emocionalidad e inteligencia entre los géneros. Tan aplastantes fueron los resultados de este debate, en donde los sexistas salieron con las tablas en la cabeza, que, a partir de allí, de esos años, las mujeres se incorporaron plenamente a todos los órdenes de la vida contemporánea, en el que probablemente haya sido el más intenso proceso de democratización jamás habido.

Por su parte, las diferencias raciales, es decir, las diferencias asociadas a rasgos visibles o externos, al interior de una misma especie biológica, que se conservan mediante apareamientos entre individuos que comparten tales rasgos, y que fueron el obstáculo principal para el sufragio universal en los países, pues supuestamente denotaban identidades inferiores de ciertas razas respecto a otras, también fueron desmoronándose poco a poco. Las llamadas razas "de color" aprovecharon el tren de las sufragistas por el voto femenino, para unirle su propio vagón, en la gran mayoría de países, y conquistar el voto sin distingos de razas o voto universal. En este caso, diferencias prácticamente ridículas en las dosis de melanina, el pigmento oscurecedor de la piel para la protección ante los rayos solares, y diferencias también menores en la sección transversal del pelo y sus consiguientes tipos diferentes de rizados, con el mismo propósito protectivo, sirvieron de asidero para todavía más pertinaces prejuicios en torno a supuestas diferencias notorias de identidad entre las razas. Y si alguna sustentación quedaba, las recientes y contundentes investigaciones sobre el genoma humano, que han puesto de relieve la existencia de un 99,9% de similitud genética en todas las razas, incluyendo la absoluta coincidencia entre el cromosoma Y de todos los varones Homo sapiens vivientes y el de un Adán que vivió en África hace 60.000 años, o del ADN mitocondrial de todos los seres humanos vivientes y el de una Eva que deambuló por las llanuras africanas hace 200.000 años, la han echado por tierra inmisericordemente.

Las diferencias de identidad étnica, aquellas asociadas a rasgos ancestrales compartidos tales como la religión, la lengua y cierto paquete de costumbres, y que son reconocidas por los individuos como relevantes para su autoconcepción, no han corrido mejor suerte. En el presente, los libros de psicología que conozco se limitan a señalar la existencia de diferencias menores, tales como cierta resonancia positiva entre los fuertes sentidos de identidad étnica, generalmente ligados a una alta autoestima, y la percepción de los individuos de hallarse al interior de una cultura mundialmente dominante, como suele ser el caso de las diversas identidades étnicas de las minorías europeas que habitan en los Estados Unidos. Por todas partes, y sobre todo con la que quizás sea la herramienta intelectual más demoledora a la hora de triturar prejuicios y estereotipos, el meta-análisis, se arriba a conclusiones parecidas: las diferencias de identidad étnica son, al lado de las similitudes, minúsculas, y en ningún caso pueden justificar supremacías étnicas de ninguna índole. (Como es sabido, o por si acaso no se sabe, el meta-análisis, en lugar de partir de estudios sobre individuos o casos particulares, se apoya en estudios diversos basados en casos individuales, o sea, que se basa en el análisis de análisis).

Y entonces llegamos a donde queríamos, a la problemática de las diferencias de identidad cultural propiamente dichas, es decir, aquellas referidas a los comportamientos emocionales, en la medida en que se vinculan a grandes conjuntos compartidos de realizaciones materiales e intangibles, tales como expresiones artísticas y literarias, invenciones tecnológicas y bienes de consumo, por un lado, pero también valores compartidos, vale decir, creencias, actitudes y comportamientos fundamentales, por otro. Son estas identidades culturales, en tanto implican, y se apoyan en, comportamientos afines o disímiles en materia de aceptación de los demás, alegría de vivir, anticipación de acontecimientos y fenómenos, coraje ante la adversidad o lo desconocido, y, más complejamente, afecto por los semejantes o desafecto por los desemejantes, confianza en los demás y en sí mismo, entrega a causas individuales o colectivas, y, en el tope, amor al prójimo, las que, quizás demasiado ambiciosamente, estamos queriendo explorar aquí.

Entre otras dificultades para comprender esta problemática de las emociones a las que podríamos llamar complejas, cabe destacar que, al parecer, es poco lo que se sabe sobre ellas, por lo que la mayoría de los textos de psicología, fisiología, neurofisiología o endocrinología que hemos consultado tiran la toalla cuando de explicarlas se trata. Hemos encontrado que ya en las explicaciones sobre los mecanismos de la ira y la tristeza en las ratas, que bien podríamos considerar como emociones simples, se presentan situaciones complicadas en donde intervienen conjuntamente glándulas endocrinas y secreciones hormonales, órganos nerviosos y neurotransmisores, e instancias intermedias, a menudo asociadas a las actividades del llamado sistema límbico, con participación de centros de castigo y recompensa y de los llamados subsistemas neurohormonales. Estas neurohormonas, como la noradrenalina, la dopamina, la serotonina y la acetilcolina, interactúan tanto con las áreas nerviosas como con las endocrinas, y se presume que pueden actuar inversamente en las emociones de la tranquilidad y la alegría. Todo sugiere, entonces, que tendremos que arreglárnoslas sin una comprensión clara de la base material de las emociones, y que estamos todavía a años luz de algo que merezca el nombre de una fisiología, bioquímica o endocrinología del amor.

Pero, a pesar de las tinieblas circundantes, la gran pregunta que nos estamos haciendo, y la verdad es que no 100% convencidos de que podamos darle siquiera una respuesta aproximada, es la de si es posible, útil y conveniente distinguir diferencias, aunque sean modestas en comparación con las afinidades o con los inevitables mayores contrastes intraculturales, entre la identidad cultural latinoamericana, de una parte, y, de otra, las identidades asiáticas, europeas, norteamericanas o africanas. De antemano, vaticinamos o intuimos que, en el mejor de los escenarios, el resultado terminaría por ser análogo al de los casos de las identidades sexuales, raciales o étnicas, o sea, que las semejanzas arroparán a los contrastes, y que, de repente, sólo quedarán en pie modestas diferencias entre nuestra identidad cultural latinoamericana y las identidades de otras culturas. Pero en tal caso, ¡qué satisfactorio sería poder llegar, al cabo de esta serie de artículos, a algo así como la conclusión de que somos en alguna leve medida diferentes en nuestra identidad cultural y que de lo que se trata es de hacer merecer un mayor respeto por esas, repito leves, maneras distintas de ser o, quizá, sentir! En la peor perspectiva, terminaremos mordiendo el polvo intelectual de quien no lograría establecer diferencia alguna en cuanto a identidad cultural o, mucho peor todavía, si el caso fuese que tales diferencias, de existir, terminasen por ser deleznables o inmerecedoras de respeto alguno. Tal es la camisa de once varas en las que estamos metiéndonos, para colmo en medio de un anunciado cambio en los estilos de redacción de los artículos de los martes y de los viernes, que de pronto estamos vislumbrando como demasiado rígido o restrictivo. [¡Help!]

En materia de identidades culturales, lo único que pareciera firmemente establecido, tanto en la literatura de tipo científico como en la propiamente literaria que hemos conocido, coincidiendo con las vivencias personales que comenzamos a reseñar con el cuento sobre diferencias culturales del viernes pasado, y también de acuerdo a un buen número de trabajos con ganas de pasar las pruebas del temible meta-análisis, es que existen diferencias dignas de atención entre las culturas en principio más individualistas: estadounidense, canadiense, australiana y europeas, por un lado, que ven la toma de decisiones y la resolución de problemas individuales, sin excluir el establecimiento de relaciones con muchos otros individuos y grupos, como el motor o célula fundamental de la sociedad, y las culturas, también en una primera aproximación, más colectivistas: latinoamericanas, asiáticas y africanas, que ven en la acción y la cohesión grupal, y en la interrelación con grupos con intereses y conductas semejantes, el leitmotiv del avance social. Aunque es preciso destacar que, sobre todo después de la última hecatombe mundial, tanto en Europa, y sobre todo en los países escandinavos, como en Norteamérica, sobre todo en Canadá, y en Asia, sobre todo en Japón, se han desatado interesantes tendencias que apuntan hacia la búsqueda de equilibrios entre lo individual y lo colectivo.

Distintos indicios sugieren que los europeos y sus seguidores, haciendo abstracción, por el momento, del hecho de que hoy muchos parecieran estar de regreso de esa deriva, en su empeño por prevalecer y lograr apoderarse de las riquezas acumuladas por pueblos pacíficos o no tan pacíficos, de su propio o de otros continentes, desarrollaron una identidad peculiar y un paquete de capacidades que les permitieron convertirse progresivamente en los jefes del planeta. Para empezar, alcanzaron identidades anticipativas facilitadoras de la concentración mental en la manipulación de la naturaleza y en la preparación de maniobras, tácticas y estrategias, que les permitieron, en conjunción con capacidades políticas bélicas y productivas, y luego con el reforzamiento de las emociones de la agresividad y el rechazo a otros pueblos, hacer de la guerra, las invasiones y el sometimiento del prójimo un modus vivendi. Y, si fuese valedera la hipótesis que venimos acariciando, esta estadía prolongada en las emociones de la anticipación, el rechazo y la agresión, debería haberse traducido en una menor frecuentación en las emociones básicas de la alegría y la aceptación de los demás, y es allí donde vemos las raíces de un individualismo que podría haber excedido los límites de lo sana o, cuando menos, deseablemente humano.

Y, por su lado, los asiáticos, y más que nadie los japoneses, que, hablando a grosso modo le apostaron duro a la conquista de la hegemonía mundial o al menos continental, y terminaron, aunque sepamos que con no poca iniquidad, pero terminaron al fin, mordiendo un polvo que ningún otro continente ha saboreado, el termonuclear y radioactivo, también habrían derivado relativamente hacia las emociones básicas del coraje, el rechazo y la agresión, con su correspondiente, insistimos, si fuese válido lo que estamos elaborando, pérdida de alegría e identidad aceptativa. No es posible, es lo que estamos sosteniendo, doparse por generaciones tras generaciones con sobredosis de testosterona y adrenalina, y pretender que los niveles de oxitocina sigan tan campantes; o, dicho en otros términos, cada hora de nuestras vidas que pasemos agrediendo, explotando o intentando dominar a otros, es una hora menos de que disponemos para estar alegres, tranquilos, relajados o aceptando a esos mismos otros, por lo cual, a la larga, terminamos pagando el precio de cambiar nuestra identidad. Y todavía con otras palabras: no parecen gratuitos la infinidad de relatos que hemos escuchado acerca de la soledad y la tristeza relativas de los europeos y la mayoría de asiáticos -como grandes grupos culturales y no viéndolos individualmente, pues, como sabemos, a nivel individual hay de todo en todas partes-, o, en sentido, contrario, que africanos y latinoamericanos, los continentes que jamás hemos salido de nuestras fronteras a avasallar a otros, seamos aparentemente más alegres y aceptativos, incluso a pesar de nuestras mayores penurias materiales relativas. Si de algo sirve, no he visto nunca nada colectivamente tan alegre como un baile de múltiples parejas al son de tambores africanos.

Y arribamos así al núcleo de nuestra reflexión. Si lo dicho hasta aquí tiene coherencia, y si verdaderamente tiene sentido pensar en la posibilidad de una rosa de las identidades emocionales a nivel de grandes conjuntos de naciones, entonces nos preguntamos: ¿No seremos los africanos y nosotros los latinoamericanos, por demás los hijos de la panadera en materia de conquistas, colonizaciones e invasiones, y también de atrasos en nuestras capacidades productivas y de otra índole, una especie de reservorio mundial de emociones aceptativas y alegrativas? ¿No seremos acaso, una porción hacia la cual tendrá que mirar la humanidad toda a la hora de regresar de milenios de ebriedad agresiva y rechazativa? ¿No será aquí donde se podría comenzar a edificar, o al menos hacer una contribución decisiva a la gestación de un nuevo modo de vida verdaderamente basado en el -aparentemente imposible de florecer en Europa y buena parte de Asia- principio del amar a los demás como a nosotros mismos?

Pero, ¡ojo!, por nada del mundo queremos sumar leña a cierta candela, que ha comenzado a volver a arder en América Latina, heredera de los terribles prejuicios sobre la raza cósmica del mexicano Vasconcelos y compañía, quien quiso poco menos que proclamar que en estos confundidos cuchitriles del planeta ya estaba emergiendo un nuevo género humano, o inclusive de las metáforas de Rodó sobre el ángel gringo malo y el ángel bueno nuestro. Sólo estamos hablando de contribuciones, análogas, por ejemplo, a las irreversibles contribuciones que en materia de ciencia y tecnología han hecho europeos, estadounidenses y, cada vez más japoneses y chinos, a la causa de la civilización. Ni tiene nada que ver con nuestra idea la ilusión de una América indígena enfrentada a las culturas occidentales.

Estamos conscientes de que en Venezuela, y en buena medida en Bolivia y Nicaragua, y paradójicamente mucho más que en la Cuba contemporánea, en nombre de una explicable reacción frente a siglos de exclusión eurocentrista y de una más que justificada defensa de valores y saberes autóctonos, está en marcha un movimiento que apunta en en el sentido equivocado de hacer del odio, o al menos el rechazo, hacia Europa y los Estados Unidos la fuerza impulsora de la construcción socialista. Hace poco tuve la oportunidad de oir, en un apoteósico congreso sobre el rol de la ciencia y la tecnología en la construcción del socialismo venezolano del siglo XXI, la tesis, oficialoide al menos, de que la ciencia y la tecnología capitalistas eran inaptas para el socialismo buscado, por lo que deberían ser reempla- zadas por los saberes populares... O de ver, en letras gigantescas desplegadas a la salida del teleférico en la cumbre del cerro de El Ávila, a cuya falda está la ciudad de Caracas y como para que ningún visitante o turista extranjero deje de verla y de atemorizarse, una amenazante frase atribuida a nuestros indígenas caribes, los consentidos de la izquierda guerrerista criolla.

Nos resulta más que claro que este camino de la subestimación y contradiscriminación de los aportes de otras culturas no nos conduce sino a la pérdida de tiempo, a la perpetuación de nuestros no pocos males, y, tarde o temprano, a un callejón sin salida, y definitivamente no son estas las posturas que queremos reforzar. Por el contrario, en tal contexto, no pareciera de más insistir en el abrumador cúmulo de experiencias emocionales, tales como la tristeza ante la pérdida o alejamiento de un ser querido, el desconcierto y el miedo ante un ataque sorpresivo, la alegría ante el hallazgo de un objeto valioso extraviado o el encuentro con una persona querida, o la interpretación de las expresiones faciales básicas, que nos identifican a todos los humanos y que son comportamientos emocionales que trascienden cualquier diferencia cultural.

Desde el punto de vista material, es indudable que nuestra emocionalidad latinoamericana, para bien o para mal, se ha conformado también al calor de una cultura occidental: ¿quién no conoce, aunque sea de oídas, la historia de amor de Romeo y Julieta, o no se ha sentido quijotesco aunque sea alguna vez en su vida? La interacción con bienes, artefactos y servicios, que han pasado a ser una segunda naturaleza, empezando por el uso de computadores y de Internet, a través de los cuales, por ejemplo, este mismo blog está tratando de comunicar ideas y, en alguna instancia, expresar emociones sobre la expresión de emociones, es otro robusto factor que nos marca irremediablemente. Lo cortés no tiene por que excluir lo valiente, y viceversa. Ningún rechazo contra ninguna cultura, y sobre todo ninguna ceguera contra todo lo que tenemos de inexorablemente común con, y que aprender de, los logros culturales de nuestros conquistadores europeos o sus discípulos estadounidenses, nos va a conducir a parte alguna, o a lo menos a alguna que valga la pena.

Al proceder reactivamente, rechazando y subestimando a quienes por siglos nos han rechazado y subestimado, estaríamos desafortunadamente aplicando una ley del Talión, o del ojo por ojo y diente por diente que, de entrada, nos empobrece e intoxica espiritualmente, y en donde, en definitiva, es poco lo que tenemos que ganar y mucho lo que perder. Y, si nos descuidamos, nuestra América Latina, que ya ha empezado a liderar los indicadores mundiales de crímenes y delitos per cápita, podría terminar en una suerte de peor de los mundos o un reino de las arrecheras, el atraso, la impotencia y el resentimiento. Todavía estamos a tiempo de optar por un destino distinto, en donde hagamos una contribución a la restitución de la aceptación de los demás con alegría, sabiduría y coraje, es decir, del amor, que pareciera ser la emoción rectora que, como género y especie, ha anhelado la humanidad por millones de años.