martes, 14 de julio de 2009

Hibridados e ilusionados (II): la heroica lucha de los venezolanos por la independencia y sus frustrantes resultados

Confiamos en no provocar ninguna protesta de los historiadores profesionales, y tampoco abusar de la paciencia de lector alguno, si, dentro del lapso de aproximadamente ochenta años, clásicamente considerado como de la Conquista o colonización militar de Venezuela, que va desde el fugaz tránsito de Colón por Paria, en 1498, hasta 1577, cuando se convierte de hecho a Caracas en capital de la provincia, al fijar allí su residencia el gobernador Juan de Pimentel, reorganizamos la información de que disponemos y distinguimos tres sublapsos o períodos fundamentales. El primero, de unos treinta años, dedicado al avasallamiento de los pueblos indígenas caribes pobladores del nororiente y las islas de Cubagua, Coche y Margarita, que culmina con el agotamiento de los ostrales de Cubagua y la mudanza a Coro del centro de operaciones guerreras hispánicas, ambos hechos ocurridos en torno a 1528; el segundo, concentrado en el arrase y la casi aniquilación de los pueblos y la cultura de filiación arahuaca, en el noroccidente del país, llevada a cabo en buena medida por los designados conquistadores alemanes, los llamados Welser o Belzares, que culmina con la ejecución de los últimos teutones a manos españolas y la consolidación de El Tocuyo como inexpugnable plaza fuerte principal de la conquista del territorio noroccidental y base de operaciones para la conquista definitiva de todo el resto del país, en torno a 1548; y la fase final, de otros treinta años, más o menos, consagrada a la derrota definitiva de los pueblos rebeldes restantes, sobre todo caribes del centro y norte, en los fértiles valles de Caracas, Aragua y alrededores.
En aras de la brevedad que se nos reclama, como atributo supuestamente inherente a todo aquello que se escriba vía blogs, y aprovechando que tampoco existe una sólida documentación de lo que fue este proceso de conquista, que bien podría ser llamado de hecatombe o exterminio, al punto de que no se dispone, que sepamos, de información cuantitativa sobre la magnitud del desastre, lo cual ha contribuido, como ya lo hemos sugerido, a que la gran mayoría de venezolanos ignoremos el ABC de nuestro pasado prehispánico, daremos sólo algunas pinceladas gruesas sobre lo que entendemos ocurrió en dichos tres períodos, cuando, como también ha quedado dicho, se quiso hacer tabla rasa con quince mil años de cultura, confirmando una vez más como siempre es más fácil destruir que construir.

Puesto que el primer período aconteció plenamente en circunstancias en que los conquistadores, claro que interesadamente, adoptaron la tesis de que los indígenas no eran personas sino animales, es decir, antes de que el fraile Bartolomé de Las Casas, valientemente, le explicara al mundo dizque civilizado, en 1542, lo que aquí estaba pasando, en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, y lograra la aprobación de las Leyes Nuevas, en donde se estableció la condición humana de los naturales, vale afirmar que más que a una conquista o invasión, esta experiencia se pareció a un conjunto de expediciones, cacerías o safaris. Estos fueron organizados, primero, desde la isla de La Española, y luego con campamentos in situ, que implicaron una superexplotación más allá de lo simplemente despiadado: se desconoce cuantas decenas o tal vez centenas de millares de indígenas perecieron con la práctica, descrita por el padre Las Casas como "infernal", en donde se les obligaba a zambullirse en el agua para extraer perlas, "desde que sale hasta que se pone el sol", so pena de torturas o descabezamientos si se negaban, y alimentándolos básicamente a base de casabe y de las propias ostras que sacaban. Aunque no se ha podido estimar el número de víctimas, dejo como ejercicio "para la casa" de lectores acuciosos, preferiblemente avezados en el consumo de ostras, el cálculo de cuantas zambullidas -sin tanques ni snorkels...- para sacar ostras harán falta, tomando en cuenta que no en todas las zambullidas se consiguen ostras, que la inmensa mayoría de ostras naturales carecen de perlas, y mucho menos de algún valor comercial [estimo que, en mi vida, debo haber comido algo así como unas cincuenta docenas de ostras, y una sola vez, en Porlamar, me salió una perlita mínima...], y que el peso de una perla aceptable anda por el orden de unos 3 gr, para extraer la bicoca de doce toneladas de perlas que se estima fueron sacadas durante esos treinta años de nuestras islas orientales, de donde tristemente le viene su aparentemente alegre nombre a nuestra Margarita.

En cuanto a la segunda fase, que también se efectuó casi toda antes del mencionado decreto real, tampoco existe una satisfactoria documentación, pero, a juzgar por el hecho de que ha sido en años recientes, en las últimas dos o tres décadas, que se han venido a desenterrar los restos de lo que fue la cuasi-civilización noroccidental arahuaca, podemos hacernos una idea de cuán radical fue el proceso practicado de deculturación. Tan violento fue el estilo de los Welser que nuestro circunspecto Gil Fortoul, en su Historia Constitucional de Venezuela, describe, citando a varios cronistas de Indias, como uno de ellos, Ambrosio Alfínger, solía arrear largas reatas de indios encadenados y con argollas al cuello, y, "cuando uno se cansaba, para no deshacer la fila ni interrumpir el viaje, le cortaba la cabeza". Tras casi dos décadas de matanzas y devastación de esta región, después de intentos de pactos con el cacique Manaure que fueron burlados a la llegada de los alemanes, con avances y retrocesos en el enfrentamiento a los vocacionalmente pacíficos pobladores, cuyo régimen de aldeas agroalfareras tenía su asiento principal, muy probablemente, en torno a Carora, lo más parecido a un centro de gravedad del mundo indígena prehispánico, los conquistadores lograron por fin, en 1545, establecer su centro permanente de operaciones en El Tocuyo, y adoptaron, en adelante, la política de "no despoblar lo poblado". Desde El Tocuyo, ya bajo el esquema moderado por el espíritu de las Leyes Nuevas, y con la llegada de los primeros grupos de familias completas de peninsulares, se organizaron las expediciones pobladoras de Borburata (1548), Barquisimeto (1552), Valencia (1555), Trujillo (1558), Caracas (1567) , Carora (1569) y otras ciudades. El espíritu incipientemente civil de la colonización, sin embargo, no fue obstáculo para que se dirimiera por la fuerza la hegemonía entre españoles y alemanes, cuando Juan de Carvajal, recién nombrado gobernador y capitán general, apresó por desacato y colgó en la plaza del mercado tocuyano a los últimos alemanes, Felipe de Hutten y Bartolomé Welser, junto a sus lugartenientes, con el detalle de que también él fue capturado y ajusticiado poco después.

La fase final de la conquista, la más conocida en nuestros libros de historia y difundida en el imaginario cultural nacional, de no ser por la alevosía hispana estuvo cerca de parecerse a una guerra convencional, puesto que todos los últimos bastiones caribes, arraigados en los valles del centro-norte venezolano, y bajo pelotones al mando de los caciques Naiguatá, Guaicamacuto, Aramaipuro, Chacao, Baruta, Parnamacay, Paramaconi, Chicuramay y otros, se unieron en un especie de ejército bajo el mando de Guaicaipuro, lograron salir airosos en refriegas contra Francisco Fajardo (reputado como el primer mestizo venezolano de relieve, y, para algunos como el "primer venezolano"), Rodríguez Suarez y Narváez, y se dispusieron a capturar la recién fundada Caracas. En este intento, no obstante, en la principal y tal vez única verdadera batalla contra los españoles, en 1568, fueron repelidos y, cuando se replegaban para reorganizarse, un comando de ochenta soldados españoles logró dar con el escondite de Guaicaipuro, prenderle fuego a la choza donde se hallaba y darle muerte en combate junto a una treintena de los suyos. A veintitrés de los caciques sobrevivientes se les ofreció, al año siguiente, una tregua si se pacificaban, sólo que cuando se disponían a cerrar las conversaciones, se les apresó, so pretexto de intenciones "traidoras", y se les dio muerte con martirios. Sólo escapó, al menos según lo que recogen los libros escolares y gracias a la heroica mentira del indio Cuaricurián, que se hizo pasar por él, el cacique Chicuramay.

La razón por la que nos hemos detenido en estas insuficientemente conocidas peripecias del proceso de conquista consiste en recalcar que, bajo ningún respecto, se trató del desplazamiento de tribus dispersas o privadas de cultura, como ciertos respetables autores parecen sugerir, reservando la posesión de cierta cultura elemental sólo para los aborígenes andinos, quienes fueron conquistados desde el Nuevo Reino de Granada (o sea, desde Bogotá), en expediciones en busca de minas de oro, en las últimas décadas del siglo XVI. De este proceso, y la consiguiente derrota indígena, que no deberíamos dudar en considerar al menos como precursor, o quizás hasta inicio, de la lucha por la independencia nacional contra el imperio español, data el éxodo de las escasas poblaciones indígenas sobrevivientes hacia los despoblados llanos, selvas y tepuyes, alejados de las principales zonas urbanas actuales, en donde habitan, en nuestros días, los aproximadamente medio millón de indígenas de nuestro último XIII Censo, con un 60% de wayúus o guajiros, y otros pocos kurripacos y de otras etnias, de filiación arahuaca; algo como un 12% entre pemones, kariñas, yukpas, yekuanas y afines, de filiación caribe; y el resto, waraos o guaraúnos, guahibos o jivis, yanomami o guaicas, piaroas y otros, en pequeños porcentajes cada una, de filiación principalmente tupí-guaraní o chibcha .

Lo que siguió, desmantelada ya la resistencia indígena organizada, es la larga y mucho más conocida y documentada etapa de la colonización civil o Colonia en sentido estricto, por lo cual ahorraremos detalles, no sin dejar constancia de nuestro pesar por no examinar, hasta nuevo aviso, el proceso de conversión de las encomiendas en haciendas, con la consiguiente traída masiva de esclavos africanos para reemplazar la escuálida fuerza laboral indígena, el rol de la iglesia y del Santo Oficio de la Inquisición durante la colonia, las técnicas de deculturación y de asimilación de los aportes indígenas a la cultura establecida, las relaciones entre el régimen de producción local y el decadente mercantilismo español, la relativa autonomía de los terratenientes criollos respecto de las autoridades coloniales de la Audiencia de Santo Domingo y hasta la llegada de la Compañía Guipuzcoana, las reacciones contra la llegada de ésta y sus pretensiones de tecnificación y control de las actividades exportadoras, las relaciones entre la producción de maíz, granos y otros alimentos para el consumo local, y la producción de azúcar, cacao, tabaco y cueros para la exportación, el valor -pese a todo- de los importantes y que importa si involuntarios legados culturales hispánicos, con el idioma en el lugar más destacado, y otros temas harto interesantes.

Es más, daremos por conocido todo el proceso de la colonia y nos iremos directamente a los comienzos del siglo XIX, cuando, tomando en cuenta estimaciones de Andrés Bello, Luis López Mendez, Humboldt y otros, podemos redondear la población total a un millón de habitantes en 1810, distribuidos aproximadamente, según la estructura oficial de siete castas de la sociedad colonial, de mayor a menor estatus, así: un 1% para la casta superior de españoles blancos peninsulares, y un algo así como 19% para la de blancos criollos y canarios; un 45% para las tres castas siguientes de mestizos o pardos: mestizos en sentido estricto (de blanco e india), mulatos (de blanco y negra) y zambos (de indio o india con negra o negro), sin distinciones numéricas disponibles para cada una de ellas; cerca de un 30% de indígenas, y, al fondo, por más oscuros y oprimidos, algo como un 5% de negros. Todos los derechos civiles y políticos coloniales, y hasta las maneras de vestir y los lugares para andar, estaban estrictamente determinados por esta estructura de castas, con una miríada de restricciones, prohibiciones y obligaciones de toda índole, a veces combinadas con limitaciones de orden clasista, como, por ejemplo, la "limpieza de sangre" exigida para entrar al seminario o la universidad, que exigía no sólo un pedigree racial inmaculado, sino también la ausencia de dedicación de cualquier antepasado a "oficios viles o mecánicos", es decir profesiones artesanales, técnicas o productivas en general. Los delitos de las castas inferiores eran severamente castigados, sin juicio previo alguno y no sólo por comisión de delitos visibles sino por supuestos malos pensamientos y hasta por mero capricho o rabia de los amos, al límite de que el sabio e insospechable de extremismo Alexander von Humboldt relata en sus escritos que "...en Caracas, pocas semanas antes de mi llegada a la provincia, un hacendado que no poseía sino ocho negros hizo perecer seis, azotándolos de la manera más bárbara..."

Y de nuevo, en nuestro renovado afán de brevedad, omitiremos también cualquier descripción del proceso de la lucha emancipadora, al que supondremos razonablemente conocido por nuestros lectores, bachilleres de la República o casi, para ir directos al meollo de nuestro punto de hoy, cual es el de que contra este pretendidamente de inspiración divina pero sospechosamente diabólico orden de cosas, y como resultado de la acumulación de rabias durante tres siglos de desangramientos, atropellos y humillaciones, en 1810 se dispara la más airada y compartida reacción de buena parte de los miembros de las seis castas inferiores, o sea del pueblo, integrado por el 99% de la población, liderado por la segunda casta, la de los criollos, contra el 1% de la casta peninsular superior. Esta lucha fue concebida, primero, en respaldo al monarca español despojado de su corona por el invasor francés, pero rápidamente, en buena dosis debido al liderazgo de Bolívar y Miranda, contra toda dominación colonial y por la independencia nacional en general. En sus inicios se dio la rara confluencia -que luego, por razones que consideraremos brevemente, tuvo que ser reconstruida y sólo a medias-, al decir de El Libertador, entre la gran masa iletrada, que tradicionalmente suele ser fácilmente manipulable por las fuerzas conservadoras, y la mayoría de la élite inteligente, que usualmente se divide entre conservadores y partidarios del cambio. Y fue así como se gestó el ambicioso y más visionario proyecto de cuantos jamás haya tenido Venezuela, de la que debió ser una revolución sostenida o permanente, de triple propósito, con miras a ajustar cuentas, para empezar, con los rasgos dominantes de la sociedad esclavista; luego barrer con los elementos feudales, latifundistas y corruptos, y fortalecer y sanear el incipiente mercantilismo, de base técnica, abriendo relaciones comerciales con un amplio conjunto de países americanos y europeos; y despejar, por último, el camino, vía alianzas estratégicas con Inglaterra, con educación y obras de infraestructura a cambio de materias primas, hacia un futuro capitalismo o sociedad de corte tecnológico. El elemento cohesionante de toda esta transformación de aliento futurista debió ser el fortalecimiento de la identidad nacional sobre los pilares de la moral y las luces, al lado de la reivindicación de la dignidad de todos los productores y trabajadores con todos los matices de pieles.

Aun cuando los resultados del promedio latinoamericano sugieren que, en cualquier caso, era extremadamente difícil alcanzar las altas expectativas planteadas, en los hechos no sólo aconteció que fueron muy magros los logros, sino también que los costos quedaron muy por encima de cualquier pronóstico. Las cosas hubiesen salido de la manera relativamente poco cruenta con que ocurrieron en algunas otras colonias, a no ser -nos detendremos aquí porque sospechamos que este factor ha sido gravemente subestimado en nuestras historias- por el inoportunísimo, y más devastador de todos los sismos conocidos jamás habidos en el país, terremoto ocurrido el Jueves Santo 26 de marzo de 1812 a las 4:37 de la tarde, cuando estaba el grueso de la devota población en plan de visitas a los siete templos y rezos al Nazareno, y en Mérida media hora después cuando también ocurrían actos litúrgicos y llovía fuertemente. Este cataclismo, cuya intensidad ha sido evaluada por nuestros sismólogos modernos en alrededor de 9 según Mercalli modificada o de más de 7 según Richter, que tuvo epicentros simultáneos en Caracas y Barquisimeto, y luego en Mérida, dejó alrededor de 20000 a 30000 víctimas (entre el 2 y el 3% de la población total), la mitad de ellas en Caracas (en donde pereció algo como el 10 a 15% de la población), convirtió en represa el río Yurubí, cambió el curso de las quebradas y del Guaire en el Valle de Caracas, en donde se informó de aguas fétidas y calientes que brotaron de la tierra, y provocó un caos tal que en la Gaceta de Caracas, el periódico oficial, se propuso formalmente la idea de mudar la capital a la zona más segura de la "hermosa explanada de Catia".

Por supuesto que, sin que cuente aquí con que fe, la jerarquía eclesiástica aprovechó para sentenciar que se trataba exactamente de un castigo de Dios por la insubordinación contra su representante terrenal el Rey de España, y esto provocó un súbito cambio en la correlación de fuerzas, al punto de provocar la deserción de la casi totalidad del ejército que conducía Miranda, quien iba ya por Maracay, para enfrentar a Monteverde en los alrededores de Valencia. La archiconocida por los venezolanos frase de Bolívar "si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca" o algo similar, que todavía hay quienes tienen el tupé de presentarla como prueba de un espíritu arrogante, fue pronunciada en condiciones de desesperación y en circunstancias en las que poco faltó para que acabara allí todo el esfuerzo independentista. (Por cierto, fue gracias a asesores modernos como, en diciembre de 1999 y cuando la tragedia de Vargas, campeona de las calamidades venezolanas de origen natural -aunque de extracción no sísmica sino meteorológica e hidrológica-, se evitó que los más altos prelados del país dieran continuidad a la campaña, que públicamente iniciaron, de reedición de la monserga del castigo divino contra la pretensión de los nativos de dotarse de una Constitución más progresista...). La correlación de fuerzas favorables al cambio sólo pudo recobrarse, y nunca como al inicio del proceso independentista, hacia 1816, cuando Bolívar, con gran habilidad política y una estrategia del tipo que hoy llamaríamos de ganar-ganar, estableció una alianza para el cambio estructural profundo entre criollos progresistas, pardos de todas las pintas, indígenas y negros.

En todo caso, lo cierto es que, entre inmadurez política e ideológica y temores religiosos, sumadas a las tenebrosas prácticas de represión y escarmiento de las huestes realistas, a veces seguidas de contraprácticas incivilizadas del lado patriota, y errores de liderazgo diversos, la lucha venezolana por la independencia se convirtió en una de las de menores logros y la más cruenta de todo el subcontinente. Se estima, por variadas fuentes, incluida la del propio Bolívar, que en ella pereció aproximadamente un cuarto de toda la población, dejando al país en el más deplorable estado económico, político o de cualquier otro orden. Y no sólo resultaron desproporcionados los costos sociales y humanos, sino que el caos reinante fue visto como una oportunidad por las camarillas locales para culpar a Bolívar y sus más leales seguidores por todo lo acontecido, romper la unidad de la Gran Colombia y dar pie a la más grave reacción contra los líderes del proceso independentista, quienes, en contraste con sus pares de la mayoría de otras naciones hermanas, murieron en el exilio, execrados o asesinados.

Al final del extenuante y heroico esfuerzo independentista, en 1830 y años siguientes, nuestra lucha devino una suerte de parto de los montes: tras los sacudimientos y trepidaciones de montañas, emergieron unos venidos a menos ratoncitos... No sólo no se avanzó hacia la triple meta definida, sino que ni siquiera se obtuvo, sino hasta varias décadas después, y chucutamente, el más básico de los objetivos perseguidos: la abolición de la esclavitud. No se concretó, sino a medias, la erradicación del feudalismo y latifundismo, y mucho menos el saneamiento de de la corrupción y el mercantilismo estatal que, desde entonces, y con variantes menores, nos rige; y se aplazó hasta nuestros días, cuando sigue vigente, el más exigente de los desafíos planteados: el ideal de la modernización, afincado en una educación con asidero científico y desterradora de todo dogmatismo, oscurantismo y titulismo, y enfocado hacia una revalorización del mundo del trabajo que implique la transformación de las fuerzas productivas y la tecnologización y diversificación de nuestra economía. El resultado neto de esta gran frustración, el segundo de los cinco factores que anunciamos en nuestra entrega anterior, ha sido el reino de la dependencia y el destrabajo, y el aire como de falsedad que desde entonces impregna todas nuestras instituciones y discursos públicos, lo que nos hace candidatos a campeones en cualquier olimpíada de falta de seriedad económica, política o cultural que se haga en el planeta.

Pero, en lugar de echarnos a llorar por nuestra mala suerte, lo que tenemos es que hurgar en las raíces de nuestros profundos males hasta compren- derlas y extraer de allí lecciones que nos ayuden a construir un futuro digno. Eso sí, sin olvidar ni por un instante lo que ya más claro que un gallo nos dejó dicho el Padre de la Patria, en su Carta de Jamaica, a saber, que: "...no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles: en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado..." Cualquier simplismo en sentido contrario, ya del tipo de creernos indígenas o ya de identificarnos con los europeos o sus trasplantes americanos, no nos conducirá sino a seguir dando vueltas en el ingrato carrusel de las ilusiones...

viernes, 10 de julio de 2009

Hibridados e ilusionados (I): la tierra de gracia y de desgracia del pueblo venezolano


Hace algún tiempo una amiga inglesa me mostró una guía turística para anglo- sajones deseosos de conocer a América Latina, y, en el capítulo dedicado a Venezuela, decía algo así como "si usted quiere conocer a los venezolanos, prepárese para aceptar que son capaces de no tomarse en serio ni siquiera las cosas más obviamente serias de la vida, como sus propias leyes y su trabajo..."Tan extendidas están estas creencias y percepciones que, entre nuestros tipos de chistes predilectos, está la serie sobre el infierno venezolano en donde, paradójicamente, se sufre muy poco debido al mal funcionamiento de la maquinaria infernal diseñada para hacer sufrir.

Si, por esas casualidades de la vida, apreciada lectora o estimado lector, eres, al menos emocionalmente, partidario de la economía clásica, entonces puede que te hayas dado cuenta de que sólo una minoría visible de compatriotas estarán de acuerdo contigo en aquello del trabajo y la división del trabajo como fuente de la riqueza, pues los más creen que es preferible y más fácil acceder a la riqueza ya creada por otros y dedicarse a gastarla. Si defiendes algo parecido al marginalismo o el neoclasicismo y la necesidad de equilibrar la oferta y la demanda, verás que buena parte de los míos dirán que no hace falta tal equilibrio pues es mejor mantener una oferta en exceso, de modo que haya más donde "agarrar aunque sea fallo", mientras que otra parte dirá que lo apropiado es el acaparamiento, o el déficit de oferta, pues con el río revuelto ganan más los pescadores. Si eres curiosamente malthusiana y creyente en que los recursos escasearán progresivamente ante el crecimiento poblacional, tendrás muy pocos correligionarios, pues la creencia común, salvo unos pocos y cuando sea para especular con los precios, es que los venezolanos no deben preocuparse de escasez ninguna y menos a largo plazo. Si rigurosamente keynesiana y devota de la creación de demanda agregada, pues no serás nada popular pues eso pasa tanto por la creación de empleos como por la necesidad de trabajar para generar ingresos, y ambas cosas suelen ser vistas como antipáticas, innecesarias y de mal gusto, sobre todo tomando en cuenta que es más sencillo, para los menos, hacer negocios y repartirse gordos ingresos sin generar empleos y, para los más, percibir dádivas sin tener que trabajar ni capacitarse. Si sofisticadamente galbraithiano y partidario de fortalecer el rol del Estado y crear una fuerte tecnoestructura, se te dirá que en principio es interesante lo del rol estatal, pero a condición de que sea paternalista o clientelista, y que lo de la tecnoestructura es un fastidio porque sus miembros tienden a creerse gran cosota, quieren tener poder acorde a sus conocimientos y ganar más que los demás (lo que causa rechazo tanto entre los empleadores como en la gran masa de trabajadores no miembros). Si monetarista y partidaria de la regulación de la masa monetaria para que se autorregule el mercado, pues ciertos enterados opinarán que sólo a condición de que las reglas de la regulación las pongan ellos y se les deje repartirse previamente buena parte de la tal masa, y los más pensarán: ¡qué horror pues todo se pondría demasiado caro y escasearían los billetes y entonces ¿con qué va a comprar uno?! Si conservadoramente fisiócrata y defensora del rol de la tierra como fuente de la riqueza, tanto latifundistas como campesinos sin tierra y hasta no interesados directamente en tierra alguna podrían estar inicialmente de acuerdo, pero, eso sí, los primeros, sólo a condición de que no haya que visitarla mucho y se la pueda mantener improductiva, con miras a venderla bien cara, mejor si en dólares no importa si lavados, cuando se presente un chance, y los segundos y terceros, de que sea regalada, mejor si invadida primero y expropiada después, sin indemnización, a los ricos, y que no haya que trabajarla y menos pensar como hacerla más productiva, sino hacer cualquier cosa con ella mientras se la puede traspasar, para luego solicitar otra como nuevo regalo o con préstamos que no haya que pagar. Si mercantilista y amiga del ahorro de ganancias convertidas en metales preciosos en barras: nada de eso pues hay tanto en que gastar que no tiene sentido ahorrar y menos si se pueden convertir los metales en joyas para lucirlas, empeñarlas o venderlas. Si futuristamente schumpeteriana y abogada del rol empresarial para promover innovaciones y por tanto acelerar el crecimiento, la mayoría no entenderá de qué se trata, y los pocos que medio lo entiendan tenderán a poner como condición, para ser empresarios, que no haya que correr riesgos, que sea el Estado quien los corra y les otorgue previamente -por supuesto que con los arreglos obvios- los contratos para comprar los productos que surjan de las innovaciones - las que probablemente serían subcontratadas a terceros.

Si fielmente marxista y apasionado del desarrollo de las fuerzas productivas como condición necesaria para la transformación de las relaciones de producción y la superestructura de niveles de conciencia y participación política, alrededor de casi una mitad dirá que eso es comunismo puro y no lo querrá ni en pintura, y casi la otra mitad dirá que está bueno lo del marxismo pero sólo a condición de que se le aplique, dadas las peculiares condiciones venezolanas, al revés, o sea, creando primero la conciencia política con bastante propaganda y franelas; entendiendo por participación la asistencia a mítines, de ser posible en autobuses oficiales y forzando a los empleados públicos para que acudan, permisándolos en horas de trabajo, o la intervención en reuniones de resultados previamente decididos; cambiando luego las relaciones de propiedad mediante decretos y reformas constitucionales; y dejando para último, si es que queda tiempo y cuando ya no haya derecha que derrotar, el desarrollo de las fulanas fuerzas productivas, con derecho a que sobre la marcha se exploren vías más creativas y fáciles que permitan omitir este engorroso, y propio de ortodoxos, paso. Si leninista y dispuesta a aprovechar el desarrollo capitalista para organizar las fuerzas de la inevitable revolución socialista, unos podrían estar de acuerdo, a condición de que sólo se aproveche el desarrollo capitalista sin hablar de socialismo, mientras que otros dirían que sí a la propuesta, pero ahorrándose el desarrollo capitalista y saltando directamente a la de todas maneras inevitable revolución socialista, y mejor si obviando la parte organizativa. Si stalinista y defensor de la tesis de la construcción del socialismo en un sólo país atrasado, esto sería como escoger vivir en el infierno, para unos, mientras que otros dirían que, aunque dicha tesis suene interesante, sería preferible otra mejor en donde no haya que construir tal socialismo sino que baste con decretarlo. Si maoísta y adepta a la doctrina de que las masas campesinas organizadas en torno a su partido y su Gran Timonel pueden reemplazar al proletariado en la edificación del socialismo en un sólo país rural y atrasado, para unos cuantos esto sonaría a cuento chino, y aunque cierta parte estaría parcialmente a favor, sería sobre todo con lo del timonel, pero no con lo de los campesinos, lo de la organización o lo del partido, ni con lo de rural ni lo de atrasado, y en su lugar los pobres, aunque no trabajen en ninguna parte, con la misma maquinaria del Estado burgués actuando como organización y como partido, sin importar lo de rural, sino más bien contando con lo semiurbano, y decretando la conversión en potencia y que no existe tal atraso. Si castrista o guevarista y convencido de que un sólo país pequeño, pobre y atrasado puede plantearse la construccion del socialismo en la ruta hacia el comunismo, saltándose el capitalismo, creando un hombre nuevo y desafiando, con dos, tres, muchos Vietnam, a un imperio grande, rico y adelantado, entonces ¡zape gato! para muchos, y relativamente atractivo para otros, especialmente por lo de saltarse el capitalismo y desafiar el Imperio, pero con las observaciones de que mejor aprobando de inicio que ya se es grande, destacando las ventajas de la pobreza y la relatividad del atraso, sin tanta construcción sino decretando de una vez el socialismo y pasándole de lado al capitalismo en lugar de tener que saltarlo; con los mismos hombres viejos, para que todo sea más rápido; sin nada de luchas prolongadas a lo vietnamita, y menos de a dos o de a tres, y de manera que el desafío sea sólo verbal y con medidas efectistas a punta de realazos; y argumentando que el tamaño, la riqueza y el adelanto imperiales son un invento de reaccionarios.

En definitiva, el país ha funcionado y funciona, como si una mayoría de venezolanos estuviese, consciente o inconscientemente, sobre todo desde hace décadas, pero tal vez apuntando a siglos, convencida de que eso de la economía, sobre todo con el terco empeño de los economistas de relacionarla de una u otra manera con el trabajo, no va con ellos y es sólo aplicable a pueblos que no han tenido la suerte de nacer en esta "Tierra de Gracia", cuya capital es la mismísima "sucursal del cielo". Predicadores, moralistas y pensadores de todos los matices, como Simón Rodríguez, Andrés Bello, Cecilio Acosta, Alberto Adriani, Mariano Picón Salas, Cecilio Zubillaga, Arturo Uslar Pietri, Luis Beltrán Prieto, Juan Pablo Pérez Alfonzo, Domingo Felipe Maza Zavala, por sólo citar algunos de los más conocidos, han intentado explicarle al país la importancia del trabajo, del ahorro, del cultivo de la tierra (aunque sea de gracia), de pensar en el mañana o en las venideras vacas flacas, pero se han estrellado contra un muro infranqueable sin que se les preste atención; los más de ellos han concluido sus días aislados, exiliados, tratados de locos o de pendejos. El propio término trabajo tiene poca circulación en el país, en donde se prefiere hablar de chambas, rebusques, resuelves, pónganme-donde-"haiga", avances, tigres, cambures, quince-y-últimos, cuanto-hay-pa'eso, etc., y cuando raramente se usa suele ser bien en el sentido de "qué mala leche que me tocó a mí, el hijo de la panadera...", bien como sinónimo de mero empleo, en donde sólo el empleador tiene obligaciones, o bien con la connotación esotérica o hamponil de "le tengo un trabajo montado a fulano" o "me salió un trabajito para el fin de semana"... Hace algún tiempo un amigo de uno de los suburbios o barrios del sur de Caracas me resumió magistralmente esta ideología, cuando me dijo: "lo que pasa, mi llave, es que en este país los vivos viven de los bobos, y los bobos de su trabajo...", en lo cual, parece claro, está la explicación elemental del porqué de los lamentablemente kilométricos párrafos anteriores: en la medida en que no se cree en el trabajo no hay teoría o concepto económico con posibilidades de gozar de aceptación, pues todo ocurre como si la mayoría de venezolanos, tanto contemporáneos como de décadas atrás, y no es fácil hallar donde detenerse si se busca hacia el pasado, no sólo estuviesen en desacuerdo con cualquier teoría económica conocida, sino que parecieran estar en contra de la economía per se, lo que equivale a decir que su máxima aspiración sería vivir en un mundo deseconomizado, entregado a la desproducción y el destrabajo.

Aún suponiendo, o incluso dando por descontado, que pese a mis afanes de objetividad, pueda haber incurrido en alguna leve exageración con lo que va dicho, entonces se cae de madura la pregunta: ¿cómo es posible que esta insólita -a los ojos de la inmensa mayoría de probables observadores externos promedio, incluidos los de cualquier otro país latinoamericano, y exceptuando, sin estar seguro de ello, sólo a los países sauditas y afines- ideología haya podido arraigar tan profundamente en tantos venezolanos, por supuesto que con las excepciones que confirman la regla? En lo que resta de esta subserie de artículos , intentaré presentar al menos algunas pistas para responderla. Tal vez una buena idea, con ánimo de abreviar, sea puntualizar estas pistas o claves en cinco o, bueno, intenciones de que sean cinco, pues a veces no se sabe.

Para empezar, sirva decir que nada que merezca el nombre de Venezuela, y mucho menos el de República Bolivariana de Venezuela, puede tener, a la fecha de publicación de este artículo (10/07/2009), más de 511 años, puesto que fue en 1498, más exactamente el 5 de agosto, en Macuro, unos 40 km al este de Güiria, en la península de Paria, cuando Colón puso sus pies en este suelo, al que llamó Tierra de Gracia en su Relación del tercer viaje, y no por que uno sea coloncista o vendido a quien sabe quien, sino simplemente porque nada con denominación remotamente parecida a Venezuela o a una República o a Bolívar, o que hable español o se proclame cristiano, etc., pudo haber existido antes de tal contacto. A quien ya esto lo enfurezca irremediablemente, entonces tendrá que ir pensando en nombres alternativos para llamar a esta tierra, y definir sus límites territoriales, su población, su lengua oficial, su cultura, y tantos otros aspectos, con la gran dificultad de que, a fin de cuentas, es bien poco lo que se sabe de quienes vivían aquí y como lo hacían, y la todavía infinitamente mayor, en caso de que se supere ésa, de qué hacer con y como llamar a quienes vivimos ahora aquí, pues nos parecemos escasamente y no nos entenderíamos para nada con aquellos pobladores que serían los únicamente legítimos.

De acuerdo a la información fresca de que disponemos, cuando en aquel 1498 llegan, severamente extraviados, a nuestro suelo actual los primeros navegantes europeos, la condición indígena no era precisamente la de un atraso rayano en lo absoluto y una dispersión casi indigna de una seria atención, como lo han creído ciertos historiadores de derecha que revisamos en el bachillerato. Posición, por cierto, contraria a la que también nos parece errada, aunque hay que admitir que algo más cercana a la verdad, de sus oponentes acérrimos de extrema izquierda, para quienes Venezuela ya estaba completa aquí, como en estado latente, y el español lo que hizo fue como regarla y despertarla, al estilo de como la mayoría de pueblos primitivos o casi, y dentro de ellos podríamos incluir, por los momentos, a nuestros aborígenes, creen que las semillas son más bien parte de la tierra, que es un ente femenino, como matriarcales eran estas sociedades, que sólo necesita de la lluvia, masculina, para echar brotes y crecer. La otra metáfora, la que aquí adoptaremos, con la ventaja que da haber crecido en el siglo veinte occidental, es la de que Venezuela fue concebida a partir de aquel encuentro, con cargas genéticas prácticamente de igual magnitud, sólo que, por múltiples razones, a la larga resultaron dominantes los genes masculinos vinculados a la lengua, religión, visión del mundo, relación con la naturaleza, responsabilidad social, noción de propiedad, arquitectura, etc., mientras que sólo en pocos rasgos, quizás más primarios, pero no despreciables, como el color de piel, el gusto por la higiene personal, los gustos alimentarios, la filiación más fuerte con la madre antes que con el frecuentemente ausente padre, cierto gusto por los ambientes colectivos y por el baile y el canto, cierta fraternidad y espíritu de cooperación que emerge en extrañas ocasiones, etc., resultaron dominantes los femeninos.

Pues decía que la visión más actual del mundo prehispánico, la que se expresa en distintas publicaciones universitarias recientes, en las del V Centenario de Venezuela, y, sobre todo, en las excelentes publicaciones de fundaciones como la Mendoza, y, especialmente, la Polar, tal vez pueda compendiarse, sin excesivo atropello y con modestas interpretaciones propias, así. La región más avanzada, en términos de su grado de adaptación al entorno o territorio, de sus logros artesanales y de su organización social, o sea, simultáneamente económica, política y cultural, sería, no la andina, como se creyó hasta los primeros noventa, sino la noroccidental, con asiento principal en los valles y serranías de Quíbor, Carora, Barquisimeto, El Tocuyo, Falcón, Yaracuy y aledaños. Allí morarían, entonces, instaladas desde unos quince mil años atrás, inicialmente en condición de cazadores-recolectores, y desde hace poco más de dos mil años en la modalidad de aldeas jerárquicas agroartesanales, diversas tribus arahuacas tales como los caquetíos, achaguas, betoyes, jirajaras, ayamanes y gayones [de donde procede, de estos últimos, casualmente, el apellido de este servidor].

Estas tribus, que se comenzaban a erigir en el centro de gravitación cultural del mundo prehispánico en nuestro actual territorio, estaban rodeadas por otros seis importantes grupos: los de la cuenca del lago de Maracaibo, también de filiación arahuaca, establecidos allí desde hacía unos mil años, de donde salieron los actuales guajiros; los andinos o timoto-cuicas, emparentados más bien con los chibchas colombianos, que ocuparon sus territorios unos mil años atrás y comenzaban a transitar, en los últimos quinientos, el camino de la jerarquización agroalfarera; grupos diversos, probablemente también con parentesco arahuaco, en la región de los llanos altos, o sea al oeste de los actuales estados de Apure, Barinas y Portugesa, con unos mil quinientos años de residencia en la zona, que también comenzaban a jerarquizarse en aldeas agroalfareras; los de la región centro-costera, en los valles de Caracas, Aragua, cuenca del lago de Valencia, región litoral e islas vecinas, con filiación caribe, unos mil doscientos años de residencia y vocación por la estructura agroalfarera, aunque también con un marcado instinto bélico y de organización en feudos o cacicazgos locales, en los recientes ochocientos; y, por último, las dos regiones al sur del Orinoco y al noreste del país, con una multiplicidad de tribus establecidas allí desde unos diez mil años atrás, posiblemente de filiación tupí-guaraní, y todavía básicamente en el estadio de cazadores-recolectores.

En las sociedades de la región noroccidental, en donde nos concentraremos por tratarse de la más evolucionada y hacia la cual posiblemente tendían las demás, al menos en el plano cultural, no puede hablarse de la existencia de clases sociales, sino de la simple división económica del trabajo, más que nada entre los sexos y según ciertas edades y niveles de experiencia, aunque hay evidencias, sobre todo por las distinciones encontradas en los tipos de entierros, de que comenzaba a plantearse cierta estamentación o diferenciación en estratos de importancia desigual, y también algo tendiente a la posesión de esclavos, con el trabajo de prisioneros de otras tribus en las labores más degradantes, pero en plan de castigo y sin tratarlos como cosas. Mientras que los hombres cazaban, pescaban, defendían los cultivos de incursiones ajenas, hacían la guerra, y comenzaban a tomarle el gusto a las borracheras con chichas, cocuy y otros licores, ellas recogían especies marinas, aseguraban la subsistencia cotidiana de todos, inventaban y mantenían herramientas, criaban los pequeños, velaban por el orden familiar, fabricaban piezas cerámicas, telas y vestidos, y, last but not least, domesticaban y cultivaban numerosas plantas y algunos animales. Entre las plantas domesticadas se contaban, antes que nada, el maíz, con distintas variedades, de las que hacían varias clases de cachapas, hayacas, hayaquitas, chichas y arepas, incluyendo dentro de éstas las dulces y las peladas, y luego la yuca, tanto dulce como amarga -de la que hacían casabe-, el ocumo, la ahuyama o calabaza, el ñame, las caraotas (esto sólo se ha demostrado recientemente), los frijoles, los quinchonchos, la cocuiza, el algodón, el tabaco, el cacao, el apio, los ajíes, la lechosa, la piña, el tomate, la guanábana, el níspero, la guayaba, la papa (en las áreas más altas o cercanas a los Andes), la batata, y muchas otras menos conocidas (como el lairén, el guapo y la pericaguara, que el autor desconoce lo que son). Los varones cazaban venados, báquiros, tigres y otros mamíferos terrestres, así como caimanes e iguanas, a la par que pescaban y recolectaban ostras, cangrejos, caracoles y afines. Como artesanías diversas, en buena medida desarrolladas calladamente por las féminas, usaban las terrazas, los campos elevados de cultivo, las represas y los canales de riego, lo cual requería de un alto grado de organización social y la existencia de un Estado, al menos en germen; disponían de una amplia variedad de pilones, manos y piedras de moler para los distintos tipos de maíz; conocían distintos tipos de utensilios de tejer y telares, tanto horizontales como verticales, para hilar el algodón y fabricar prendas de vestir, hamacas, chinchorros, bolsos, gorros, cordeles y afines, así como para tejer otras fibras, como la cocuiza y afines, con las que fabricaban sombreros de paja y semejantes; practicaban el relativamente complejo proceso de fabricación del casabe a partir de la yuca amarga, con su herramental de raspadores, rallos, sebucán, budares y otros; producían recipientes de cestería y cerámicos para transportar y cocinar alimentos, y conocían el poder preservativo de la sal; construían viviendas con distintos tipos de planta, según los usos, a bases de fibras vegetales, piedra, madera, caña brava y barro, con paredes de bahareque; usaban ampliamente las conchas como artículos de adorno y también como moneda; manejaban herramientas agrícolas diversas como distintos tipos de azadas y bastones de siembra, y, pese a su vocación eminentemente pacífica, dominaban el uso de arcos, flechas, arpones, macanas y venenos; empleaban disfraces e instrumentos musicales como variadas flautas, botutos y tambores, con los que acompañaban ceremonias y danzas diversas, de donde han emanado el Tamunangue y el Baile de las Turas; construían piraguas, balsas y canoas de distintas dimensiones, incluyendo tamaños que les permitían viajar hasta las islas de las Antillas y realizar intercambios comerciales. Estudiosos han estimado el vocabulario referido solamente a nombres de plantas en unos cinco mil vocablos, que han comenzado a ser rescatados a partir del examen de las lenguas sobrevivientes arahuacas (como la de los guajiros). Habían comenzado, incluso, a emplear dibujos como recordatorios para mensajeros, al estilo de los quipus incaicos, con altas perspectivas de evolucionar hacia un sistema de escritura. Practicaban una religión con semejanzas a la griega, con un panteón de dioses especializados en diversos ámbitos, aunque centrados en un dios principal femenino, Urrumadua, como ente creador principal, y una especie de principio maligno, el Capu, con el que no se tardó mucho para que designaran a los conquistadores españoles. Estudios realizados en complejos cementerios, de Quíbor y Carora, sobre todo, han revelado un alto grado de división del trabajo, con apoyo en la organización social en clanes matrilineales, y que disponían de diversos tipos de funcionarios como el jefe civil, militar y religioso, o diao, y los piaches o boratíos, especialistas en curaciones y pronósticos del tiempo. También practicaban múltiples ritos en torno a los nacimientos, la llegada a la pubertad, la consumación de los matrimonios, las muertes, y el consumo de cenizas de los deudos, disueltas en chichas especiales.

Antes del arribo español, esa sociedad noroccidental relativamente armoniosa y pacífica, con tendencia a parecerse al modelo de la poco conocida civilización egea, con su panteón de dioses de ambos sexos pero centrado en la diosa Deméter -sociedad sin clases que no pudo sobrevivir a la arremetida de las invasiones griegas, con sus cultos jerárquicamente masculinos, su estructura clasista y su vocación incomparablemente más guerrera-, estaba amenazada desde tres flancos vecinos u horizontales: desde el este venía el avance Caribe, con liderazgos del tipo de la mayoría de caciques que estudiamos en primaria: Guaicaipuro, Baruta, Chacao, Tamanaco, Tiuna y otros, mucho menos avanzados culturalmente, pero mucho más disponibles para la guerra; desde el norte emergía una seria amenaza, dentro del propio mundo arahuaco, asociada al cacique Manaure, con centro de operaciones en Todariquiva, cerca de Coro, quien comenzaba a concentrar un poder mucho mayor que el de cualquier otro, se empezaba a rodear de un culto como si fuese dios y ya le gustaba mucho ser paseado en hamacas ricamente ataviado y enjoyado, con pretenciones de avanzar hacia una teocracia de tipo azteca o incaico; y desde el suroeste andino venían en camino los timoto-cuicas, con sus influencias chibchas, su carga de elitismo y sus prácticas esclavistas. Es muy probable que, de no haber llegado nunca el español, esta sociedad de agricultores y alfareros de todos modos hubiese sucumbido, como todas las de su estirpe de sociedades sin clases, que, por más marcadas por los discretos aportes femeninos y su vocación productiva pacífica, siempre han terminado, al menos en los últimos cuatro mil años de historia humana, avasalladas por los modelos más machistas y guerreros de las sociedades esclavizantes y de clases.

Pero este no fue el derrotero histórico sino otro. La tragedia no sobrevino ni del norte ni desde el este ni desde el sur u oeste: pareció llegar desde arriba. Los conquistadores llegaron de repente, y ningún indígena pudo imaginar de dónde, dotados con una parafernalia cultural que hizo que inicialmente se les creyera de origen divino y que venían a desposar a Urrumadua, pero pronto, con sus desmanes que arrasaron en pocas décadas, incluso cuando creyeron que había llegado al Paraíso Terrenal, un esfuerzo cultural de al menos quince mil años, se vio claro que eran nada menos que la encarnación de Capu... Desde entonces, con la desgracia que sobrevino y el casi total genocidio que dinamitó una cultura literalmente diezmilenaria de trabajo ardua, paciente y femeninamente lograda, los venezolanos habitamos nuestra tierra y andamos por el mundo como hazmerreires con nuestras absurdidades económicas...

La razón principal por la que me he detenido en esta descripción de aquella sociedad arahuaca es que, dentro del amplio conjunto de modelos sociales que ha albergado nuestro territorio, me temo que es lo más cercano a una sociedad armoniosa y laboriosa con la que vale la pena familiarizarse y de la que sí podemos sentirnos orgullosos, y por que en su violenta y mezquina destrucción está la primera gran clave para entender la fobia de tantos venezolanos ante el trabajo: la alegre y creativa noción de trabajo que prevalecía en una sociedad con más de un sesgo paradisíaco, limpia, ingenua, amorosa, sin clases sociales, con absoluta equidad en la distribución de los frutos del esfuerzo colectivo, y casi civilizada, en el sentido convencional de que estaba en vías de descubrir la escritura, fue reemplazada, en un abrir y cerrar de ojos, por prácticas dantescas que quisieron convertir los seres humanos en menos que cosas, y en merecedores del abuso, la superexplotación, castigos inhumanos y la muerte prematura. Se pretendio colocar toda la dimensión fatigante del esfuerzo de trabajo del lado indígena, y todo el componente de goce de sus frutos del lado español. El resultado fue que la mayoría de hombres perecieron en enfrentamientos, labores forzadas y epidemias, mientras que las mujeres vieron destruida su paciente obra y perdieron los incentivos, las herramientas y hasta los objetos del trabajo. Entre inmolarse también genéticamente o ceder sus genes a las futuras generaciones, o sea a nosotros, incluso hibridándose con los violentos y cochinos capus y sin legar su rica cultura, escogieron lo menos malo y aquí estamos nosotros, vivos y con la tarea de construir una sociedad real y libre de ilusiones económicas, lo cual no puede empezar sino por recuperar la cultura de trabajo perdida.

Pero, con la presión por concluir, casi olvidaba destacar algo importantísimo, y es que, bajo toda la hojarasca de desplantes y barbaridades desplegadas en nuestro mundo falsamente económico y dominado por valores machistas, en los intersticios de la Venezuela aparente y que sobresale a la luz pública, hay unos vestigios que sí lograron legar nuestras abnegadas madres arahuacas y afines, a quienes, en medio de tanta cháchara militarista y fanfarrona, de tantas medallas y plazas y fuertes e insignias y condecoraciones y esculturas dedicadas a los caciques caribes, nadie les ha rendido su más que merecido reconocimiento. Cada vez que preparamos o comemos cachapas o hayacas o arepas o casabe o caraotas o papas o batatas o frijoles o quinchonchos o yuca o lechosa o guanábana o níspero o guayaba o ahuyama..., cada vez que dormimos en hamacas o chinchorros o usamos ropas frescas de algodón o nos bañamos diariamente o viajamos en canoas o usamos bolsos tejidos o cestas de fibras o sombreros de paja o cantamos o bailamos acompañados con tambores o flautas o ..., y sobre todo si lo hacemos en familia, con amigos, en colectivo, con amor y alegría, pues allí está, cuando sentimos esas sensaciones gratificantes y distintas de lo que solemos sentir en la oficina o en la fábrica, el legado de ellas, las ignoradas. Es muy probable que por el rescate de ese espíritu de trabajo doméstico no alienado, a menudo no remunerado, haya que empezar a edificar una cultura de verdadero trabajo en Venezuela. Mientras no lo logremos, hasta en el Paraíso Terrenal nos sentiremos insatisfechos. Volveremos la semana que viene sobre las cuatro pistas restantes.

martes, 7 de julio de 2009

Hibridados y escindidos: los seculares desgarramientos del pueblo colombiano

...por lo común se comportan como seres escindidos: de la cintura para arriba está el alma y de la cintura para abajo el negocio.
Laura Restrepo, La novia oscura.

Es muy probable que si se llegase a encontrar un método razonable para medir el nivel cultural promedio de los latinoamericanos, los colombianos, quizás junto a los chilenos, despuntarían por sus logros. Colombia es una de las naciones latinoamericanas con una más sólida trayectoria en materia de instituciones educativas, científicas y culturales, pero, no obstante, es también uno de los países con mayor desigualdad en la distribución del ingreso (Coeficiente de Gini de 58,6%), con un elevado índice de pobreza (11,9%), y con el más agudo, violento y aparentemente irreconciliable conflicto entre sus élites dominantes, tanto entre sí como en relación a la base del pueblo empobrecido. En Colombia, desde hace siglos, todo ha ocurrido como si, sin desmedro de los importantes esfuerzos realizados en sentido contrario, fuese imposible colocar la libertad, la educación y la cultura del mismo lado de la fraternidad, la igualdad y la justicia.

Cuando, en los alrededores de 1530, los conquistadores españoles sentaron sus cabezas de playa en Santa Marta y Cartagena, para desde allí iniciar la dominación del actual territorio colombiano, se encontraron con una sociedad indígena, la de los chibchas, con unos 600 mil habitantes, establecida en los principales valles y mesetas del país, altamente organizada bajo el sistema de aldeas jerarquizadas, probablemente en torno a Bogotá como su principal núcleo, y con cuatro clases sociales bien diferenciadas. Éstas eran: los nobles, encargados del culto religioso, las actividades guerreras, la administración general y el cobro de tributos; los artesanos, con avanzadas habilidades cerámicas, textiles, metalúrgicas y, especialmente, en orfebrería; los agricultores, dedicados a actividades de producción de maíz, papa, tomate, pimienta, coca, tabaco y otros cultivos, que, por las benignas condiciones climáticas y de fertilidad de los suelos, generalmente no requerían de mecanismos de riego, así como a la cría de patos, pavos y cobayos; y los esclavos, al servicio directo de los nobles. A estos últimos les encantaba ser transportados, ricamente ataviados, en lujosas literas con incrustaciones de oro y en medio de olorosas resinas y flores esparcidas a su paso. La táctica hispánica inicial de sometimiento consistió en el reemplazo de la nobleza masculina indígena por varones propios, conservando la subordinación de las clases inferiores, pero ahora con un énfasis sobreexplotador según los esquemas de la mita, con la que, despues de arrasar con todos los adornos y reliquias de la nobleza destituida, se quisieron extraer en un dos por tres todos los metales preciosos del subsuelo minero, y la encomienda, con su clásico perfil agrícola y sus pretensiones cristianizantes, y un importante nuevo componente artesanal, especializado sobre todo en la fabricación de productos textiles.

Hacia fines del siglo XVI el sistema, dada la drástica reducción de la población indígena causada por los trabajos forzados, las epidemias y las pérdidas en numerosas y riesgosas expediciones en busca de más metales preciosos o de la conquista de naciones vecinas, mostró su agotamiento, con la peculiaridad de que, en lugar de ceder gradualmente el paso al régimen de haciendas con importación de esclavos, como en otras latitudes latinoamericanas, evolucionó, en el marco de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá y, después, del Virreinato de Nueva Granada, hacia una especie de régimen mixto de haciendas privadas, encomiendas estatales directamente manejadas por empleados de la corona, que se reservaron monopólicamente negocios como los del aguardiente de caña y la venta del tabaco, y una creciente burocracia de funcionarios dedicados a la administración de los intereses imperiales en las actuales Colombia, Venezuela y Ecuador. Dentro de tal funcionariado no sólo se contó el componente seglar, incluido aquí el gran número de militares concentrados en fuertes estratégicamente situados, sino también los cuantiosos colaboradores clericales, designados y controlados por la monarquía y encargados, además de sus roles directamente religiosos e inquisistoriales en iglesias y tribunales, de las tareas educativas y del manejo del sector salud.

Este peso considerable del rol estatal, estratégicamente asociado al de la iglesia católica, contribuyó a la gestación de un estamento oligárquico integrado por los descendientes criollos y mestizos claros de los conquistadores, que pronto se sintió altamente identificado con los intereses imperiales hispánicos, desvinculado de los mestizos de tonos menos caucásicos, y hasta heredero de las prácticas elitistas de la antigua nobleza chibcha. No obstante, el Virreinato también se distinguió tempranamente por el celo con que se abordaron las tareas educativas y culturales a cargo de los sacerdotes, incluyendo, por ejemplo, la precoz fundación de la Universidad Javeriana en 1634 a cargo de los jesuitas, de la Universidad Tomasina en 1639, a cargo de los padres dominicos, de numerosos colegios de nivel primario y medio, dedicados a una rigurosa enseñanza escolástica para la formación de la élite dirigente blanca, según el mejor estilo medieval, y de la creación de instituciones culturales diversas como la Real Biblioteca Pública de Santa Fe, la Real Imprenta, el Coliseo Ramírez y el Observatorio Astronómico.

Desde entonces, pareciera que este estrato oligárquico se ha empeñado en ostentar soberbiamente sus apellidos hispánicos, suspender en lo posible el proceso de hibridación con indígenas y negros, "blanquearse" mediante intercambios culturales y étnicos con los peninsulares disponibles, y, en general, hacer gala de su cultura y su dominio del idioma y distanciarse por todos los medios de la población supuestamente inferior. Tan lejos llegaron sus prácticas elitistas y su afanes de encumbramiento y de disfrute de privilegios, que, por ejemplo, contra él se rebeló, años antes de la Revolución Francesa, en la Revolución de los Comuneros de 1781, acaudillados por la vendedora ambulante Manuela Beltrán -quien rompió públicamente los edictos oficiales de aumento en el cobro de impuestos- y por el mestizo José Antonio Galán, una enorme masa de labradores, artesanos y esclavos. Estos marcharon desde la población de Socorro, al norte de Bogotá y sede de la más importante industria manufacturera textil, hacia la capital, logrando poner en fuga al representante real y tomar esta ciudad con un ejército improvisado de más de veinte mil hombres y mujeres que decretó la devolución de tierras a las comunidades indígenas, la incorporación de mestizos pobres a las funciones de gobierno y la liberación de los esclavos negros.

Este temprano levantamiento de los comuneros, sin embargo, fue pronto víctima de su improvisación y de su ingenuidad, al dedicarse a festejos triunfalistas y licenciar las tropas en el contexto de una capitulación con los representantes del Virrey, avalada con una misa solemne presidida por el Arzobispo Caballero y Góngora, en donde se estableció que se mantendrían los decretos comuneros a cambio de que se permitiese el regreso del Virrey y de la desmovilización de los insurrectos. Cuando el representante de la monarquía regresó de su refugio en Cartagena y reestableció la autoridad, desconoció todos los acuerdos y ordenó ahorcar y descuartizar a Galán y demás líderes del movimiento, cuyas partes fueron expuestas en las plazas de las principales ciudades alzadas. Por los servicios prestados, el Arzobispo fue poco después convertido en Virrey; pero este mismo prelado, fiel a la tradición educativa y cultural y sin abandonar jamás su lealtad a la causa monárquica, contribuyó a la relativa modernización de los estudios colombianos, fortaleció los componentes científicos del currículo a todos los niveles, propició la creación de una escuela de minas y de escuelas artesanales, y auspició, entre otras iniciativas, la extraordinaria Real Expedición Botánica a cargo del sabio sacerdote, botánico y matemático español José Celestino Mutis, que rindió un exhaustivo conocimiento de la flora y fauna colombianas. En estos colegios e instituciones de alto nivel, con su educación relativamente cada vez más liberal, se formaron, seguramente a pesar de las intenciones del Arzobispo, muchos de los líderes de la futura república como Santander, Francisco Antonio Zea y el sabio y mártir Francisco José de Caldas.

Durante la dura lucha por la independencia, bajo las conocidas circunstancias de ocupación de España por las tropas imperiales francesas, los educados colombianos dieron también muestras de su compromiso y heroísmo tanto dentro como fuera de su suelo, ofrendando mártires de la talla de Ricaurte y Girardot en tierras venezolanas. Sin embargo, cuando después de Boyacá (1819), Carabobo (1821) y Pichincha (1822) se consolida el triunfo patriota y se crea la Gran Colombia con base en la Constitución aprobada en Angostura, afiliando a las actuales Venezuela, Colombia y Ecuador, con Bolívar como Presidente, emerge un conflicto entre quienes, como Santander, también vencedor de Boyacá pero producto del refinado sistema educativo colonial, quieren establecer de inmediato el imperio de las leyes sobre una federación de estados relativamente autónomos, al estilo estadounidense, y minimizar el rol de los principales héroes de la recientes victorias militares; y quienes, como Bolívar, creen que el pueblo no está preparado para tan avanzado régimen, que hace falta consolidar estas victorias, mantener transitoriamente un mayor centralismo y ejercer un poder afincado en el ejecutivo hasta tanto se consolide la patria a salvo de nuevas arremetidas del imperio español.

Lo que debió ser un debate profundo y realista sobre el tipo de gobierno de la novel república, pronto se convirtió, después del fracaso de la Convención de Ocaña en abril de 1828 y en un medio proclive a las pugnas entre sectas aristocráticas, en una amarga e insuperable diatriba. Cuando Bolívar, en un gesto desesperado por salvar la República y mantener unida la Gran Colombia, asume una dictadura, en el sentido romano de gobierno de excepción, pues todavía el término no significaba lo que ahora, en agosto de ese mismo año, resulta acusado de ambiciones personalistas, que difícilmente albergaba, y se perpetra contra él un intento de asesinato del que escapa entre milagrosamente y gracias a Manuela Sáenz. Santander fue acusado y condenado a muerte, aunque sin suficientes pruebas, como autor intelectual del atentado. Aunque Bolívar le conmutó la pena por la de destierro, ya nunca más pudieron superarse las diferencias, pues los santanderistas no volvieron a aceptar el liderazgo bolivariano y contribuyeron a forzar, después de los terribles golpes que significaron el asesinato de Sucre y el movimiento separatista de Páez en Venezuela, su renuncia y su retiro voluntario de la política, y casi el agravamiento de su enfermedad, su muerte espiritual y su muerte a secas.

El oneroso y lamentablemente por todos pagado precio fue la disolución de la nueva República: la titánica lucha, que costó incalculables pérdidas materiales y en donde se derramó alrededor de un cuarto de toda la sangre humana circulante, terminó por engendrar, en virtud de disputas palaciegas y mezquinas, tres pequeñas y débiles naciones, expuestas a la manipulación de las grandes potencias de la época o del porvenir. El conocimiento de unos pocos no pudo ser colocado al servicio de los muchos, la fraternidad no pudo ser conciliada con la libertad, o, en los decires de El Libertador, la moral acabó por divorciarse de las luces o el talento de la probidad.

La escisión sectaria, con escaso asidero en cuestiones de fondo, entre bolivarianos y santanderistas, o entre supuestos militaristas o centralistas y supuestos civilistas o federalistas, pronto dio lugar a los conflictos entre conservadores y liberales que continuaron enrojeciendo el suelo colombiano durante todo el siglo XX, con cientos de miles de bajas por guerras civiles entre 1840 y 1903. En estas luchas fue frecuente, paradójicamente, que en nombre del conservadurismo y pretendido bolivarianismo se asociara a Bolívar con posiciones clericalistas o de reducción de los impuestos estatales, que nunca tuvo, o que en nombre de la libertad de empresa y de un supuesto liberalismo santanderiano se expropiara de sus escasas tierras a la población mestiza e indígena, concentrándose la propiedad agraria, postura que Santander tampoco jamás tuvo. Sólo en la llamada Guerra de los Mil Días (1899-1903) perecieron alrededor de cien mil colombianos. Todo ha ocurrido como si desde que Colombia execró a Bolívar su política se hubiese hundido en un mundo de fantasías, falsedades y violencia en donde los discursos a menudo sirven para enmascarar acciones e intereses que los contradicen.

Con el correr del siglo XX, los abismos colombianos entre su potencial educativo, cultural y económico, de una parte, y el avance hacia la justicia social, de otra, no hicieron sino ensancharse. De sus aulas, y especialmente de la prestigiosa Escuela de Minas de Medellín, en donde se formaron competentes ingenieros industriales desde comienzos de siglo, continuaron egresando generaciones de empresarios, profesionales y científicos que han potenciado, sobre todo durante el período de la recesión y la Guerra Mundial (1930-45), cuando escasearon las importaciones, los logros de las actividades cafeteras, textiles, mineras, tabaqueras, siderúrgicas, químicas, cementeras, bancarias, petroleras y muchas otras, hasta asegurar el autoabastecimiento de la nación en múltiples rubros, ofrecer al mundo un nutrido repertorio de exportaciones agrícolas apreciadas en amplios y diversos mercados, y empujar a Colombia a ser la cuarta economía latinoamericana real y la tercera en población que es en el presente. Pero también, el clima resultante de debilidad y desastre dejado por la Guerra de los Mil Días fue aprovechado por los Estados Unidos para consumar el despojo de Panamá y acentuar su penetración en áreas exportadores clave como la petrolera; se acrecentó la sobreexplotación agrícola, sobre todo a cargo de transnacionales estadounidenses, lo que dio lugar a la Masacre de las Bananeras, la cual, a su vez, Garcia Márquez dixit, contribuyó a desatar la maldición de Cien años de soledad sobre el pueblo macondiano; y se profundizaron las tradicionales diferencias estamentales entre privilegiados y excluidos.

La denuncia de aquella masacre por Jorge Eliécer Gaitán y la amenaza de romper las pugnas sectarias y estériles entre conservadores y liberales, dispuso la mesa para el posterior asesinato, bajo un gobierno conservador y muy probablemente con al menos colaboración de factura estadounidense, de este líder de la sintonía entre educación y justicia social y de una "transformación rotunda" de la sociedad colombiana, quien, empero, erró crasamente al estimar, en 1948, que sobrevendrían cincuenta años de violencia si la oligarquía conservadora osaba eliminarlo... Y de allí a la hecatombe del "Bogotazo", al período conocido como La Violencia (1948-62), con su nueva cuota mortífera en el orden de 200000 víctimas fatales, y a la interminable y vergonzosa lucha entre guerrillas y gobiernos variopintos que ha logrado colarse hasta el mismo siglo XXI, sólo hubo un paso.

Los enfrentamientos entre gobiernos y guerrillas colombianos han venido a constituir una prolongación de la batalla entre conservadores y liberales, en donde cada parte siempre puede aducir una larga cadena de atropellos y crímenes cometidos por la otra. Esta confrontación hinca sus raíces en los conflictos de los días de la Gran Colombia. Sólo que, para variar, las posturas guerrilleras, derivadas de una extremización de las posiciones liberales de Gaitán, quieren reclamar para sí la identificación con la imagen y hasta la espada del supuestamente conservador Bolívar, mientras que las posturas oficiales conservadoras, que tradicionalmente han esgrimido las más duras armas antiguerrilleras, se han convertidos en paladines del libre mercado, los acuerdos de libre comercio y la apertura hacia los capitales extranjeros, que han sido universalmente banderas liberales. Con las disidencias liberales de la víspera, lanzadas a abrazar causas ultraconservadoras, y el aderezo de todas las partes empantanadas con el narcotráfico, sobornos, torturas, secuestros, forjamiento de falsas pruebas, acciones por manpuesto o a través de terceros, burlas a la comunidad internacional y a respetables Oenegés, shows mediáticos, ajusticiamientos, sicariatos, cobros de vacunas, y se agota uno de sólo hacer el menú de desastres, el embrollo y la pérdida de brújulas políticas no han hecho sino acentuarse.

La única esperanza de que se ponga fin a este infierno peor que dantesco la vemos, desde el lado externo, en la creciente presión internacional para que Colombia abandone su salvajismo político, reforzada por la callada labor internacionalista de artistas como El Gabo y Laura Restrepo, y, por dentro, sobre todo en las tendencias locales e importantes logros recientes en las principales ciudades, con Medellín y Bogotá a la cabeza, de las que nos ocuparemos más detenidamente en entregas por venir sobre las situaciones actuales de nuestros países. Por ahora baste con señalar, en relación a este último punto, que se trata de movimientos de base desligados de los oscuros factores tradicionales, resueltamente no liberales ni conservadores, ni gobiernistas ni guerrilleros, no comprometidos con narcotraficantes ni con negocios extraños, y no extremistas de derecha ni de izquierda, que están conquistando espacios reservados a las fuerzas del pasado, y tratando de rescatar el sentido constructivo de la política, del amor al pueblo real, y no al pueblo de las arengas o las poses mediáticas, al de las carnes de cañón o de las canteras de votos para mantener el poder por el poder, o al de la manpara de intereses encubiertos. Estos recientes movimientos intentan volver a conciliar los roles de la educación, de las luces, del talento, de la libertad y del alma con los de la justicia, la moral, la probidad, la igualdad y los sanos negocios, y lucen decididos a superar la escisión y la soledad seculares de los colombianos. Lo que equivale a afirmar que están partiendo desde cero hacia la edificación de la patria soñada por nuestro Libertador, quien se inmoló infinitamente por nosotros y nos dejó, por escrito y por si acaso, el mensaje de que sólo descansará tranquilo en su sepulcro cuando cesen los partidos, es decir, los faccionalismos sectarios e irracionales, y se consolide nuestra unión, es decir, la de al menos todo el pueblo grancolombiano, por ahora, y después del latinoamericano. Falta mucho por ver si en verdad seremos capaces de retribuirle sus desvelos con lo mínimo que hasta todo muerto común merece: descansar en paz.