viernes, 9 de octubre de 2009

Nuestras capacidades sustanciales energéticas

Si los seres humanos hemos comenzado nuestros procesos de adquisición de capacidades por las capacidades sustanciales personales, y la vida lo ha hecho por sus capacidades sustanciales materiales, la naturaleza emprendió sus trajines, mucho antes, por las capacidades sustanciales energéticas. La energía, como lo hemos venido destacando desde hace tiempo en el blog, es el todo y, a la vez, la nada, conocido, el hasta ahora non plus ultra comprobado, del universo. Desde el punto de vista de lo que científicamente sabemos, los seres humanos somos seres animales, los seres animales somos seres materiales, y los seres materiales somos seres energéticos, es decir, que también somos, sin duda, seres biológicos, químicos y físicos. Por supuesto que no es descartable que en el mañana se descubra que los seres energéticos son seres otra cosa, y nada de esto prohibe que alguien pueda pensar o intuir que seguramente los humanos somos también, y además, algo y mucho más que todo eso. Pero lo que no parece razonable es creer, y comportarnos, a estas alturas del partido, como si no fuésemos parte de la vida y de la naturaleza, y actuar como criaturas extranaturales que podemos disponer de los demás entes a nuestro antojo, como si la naturaleza existiese para que la desnaturalizásemos en función de nuestros caprichos. Y esto, que es precisamente lo que estamos haciendo, nos está conduciendo, y, si insistimos, nos conducirá a un seguro y mayúsculo desastre, para cuyo pronóstico cada día se requieren bolas de cristal más simples, evidentes y baratas.
Nuestro planeta, por el simple hecho de su singular afiliación al sistema solar, dispone de una capacidad energética instalada gratuita equivalente a unos 170 mil millones de millones de vatios, ó 170 petavatios, que nos dotan a todos los que aquí vivimos, humanos y no, de temperaturas aceptables de aires, aguas y tierras, servicios de circulación de fluidos diversos, insumos para la construcción de materiales orgánicos y el crecimiento de células y tejidos, regímenes naturales de calefacción, ventilación y refrescamiento, y muchos otros, los cuales satisfacen a todas las especies vivientes, excepto a una, la nuestra. Esta es la única que necesita generar, o, más precisamente, convertir, para su consumo particular, incluyendo el de sus equipos e instalaciones diversas, aproximadamente una diez milésima parte de esa cantidad, lo que en la jerga se conoce como una potencia de unos 17 teravatios, o sea, unos 17 millones de millones de vatios, aproximadamente equivalentes a que cada humano necesitase unos treinta bombillos de 100 vatios cada uno. El 85% de esta energía especial requerida por las sociedades humanas se obtiene actualmente de los combustibles fósiles petróleo, carbón y gas natural.
Dos serios problemas, sin embargo, se derivan de esta modalidad de abastecimiento energético: uno es que estos recursos no son ilimitados sino escasos, y no renovables en tanto los quemamos como combustibles, y el otro que estamos alterando drásticamente los equilibrios térmicos milenarios de la Tierra. En cuanto a lo primero, ya hemos consumido para siempre la mitad de todo el petróleo que existía en el subsuelo terrestre hace apenas poco más de un siglo, y se estima que el que queda, al ritmo de consumo actual, podría durar unos cuarenta años más; el gas natural podría alcanzar para unos sesenta años, y el carbón para algo como un siglo y medio. Para cuando se agoten ya se habrán perdido para siempre como valiosos insumos para la producción de materiales reciclables estructurales y alimentarios de las venideras generaciones.
Y por si este no fuera suficiente argumento, puesto que alguien podría decir que no quiere ocuparse de los problemas de sus nietos o bisnietos, o pensar que "lo único seguro del largo plazo es que todos estaremos muertos" (Keynes), está el otro, que ya nos está golpeando en la cara, el del calentamiento planetario inusitadamente acelerado que está en curso y amenaza con alterar drásticamente los equilibrios ecológicos y la geografía que hemos conocido. La causa principal de este calentamiento, y ya no quedan estudiosos del tema que difieran de ello, es la emisión de los gases de combustión de los combustibles fósiles, que, sólo a nivel de CO2, entre 1970 y 2004, se elevó en un 80% sobre una base anual, pasando de 21 a 38 miles de millones de toneladas métricas anuales, para un promedio en el orden de unas 6 toneladas métricas anuales por cada terrícola. Sólo diez países de ingresos altos generan más de las tres cuartas partes de las emisiones de CO2, y un sólo país, los Estados Unidos, con menos de 5% de la población mundial, genera más del 20% de las emisiones. En contraste, la tercera parte más pobre de la población mundial genera sólo el 7% de las emisiones, y las cincuenta naciones más pobres generan sólo el 1% de las mismas. Las concentraciones de CO2 en la atmósfera, que impiden la apropiada disipación del calor de las radiaciones terrestres hacia el espacio exterior, como cuando sudamos con una chaqueta impermeable encima, ya han alcanzado, estudiadas sobre todo a través de los hielos de la Antártica, su mayor nivel de toda la historia geológica examinada. Dichos niveles de anhídrido carbónico amenazan con duplicar sus concentraciones atmosféricas actuales antes de que culmine este siglo, lo cual acarrearía aumentos de las temperaturas promedio más allá de los 5°C, y quizás hasta 6°C ó más, con consecuencias devastadoras para el clima, la biodiversidad, y el funcionamiento del ciclo hidrológico, y perspectivas después de lo simplemente preocupante para la vida en general.
Mientras las naciones modernas están rondando las 20 toneladas métricas anuales de emisiones de CO2 per cápita, los latinoamericanos, en general, y los venezolanos en particular, ya andamos por el orden de la mitad de esas cifras, y simplemente no es verdad que contaminemos menos porque estamos más conscientes, pues lo estamos menos (tal vez con la excepción relativa, que sepamos, de Brasil y Costa Rica, y, en menor medida, Chile y Cuba), de la necesidad de un nuevo paradigma energético. Como ya lo asomamos, nos parece que pretender aprovechar esta difícil coyuntura energética mundial para halar la brasa hacia la sardina de una supuesta panacea socialista, ignorando el hecho de que precisamente dentro del capitalismo están emergiendo las más lúcidas y promisorias corrientes superadoras de las tendencias que nos amenazan, y que ésas están planteado, en términos prácticos, darle un profundo golpe de timón al modelo energético derrochador e irresponsable que ha prevalecido en el último par de siglos, es, por decir lo menos, y sobre todo cuando se ha sido y se sigue siendo partícipe de la orgía energética mundial, miopemente oportunista.

Paradójicamente, nosotros los humanos, supuestamente el más avanzado estadio de la vida conocida y, por tanto, de la lucha por resistir ante la muerte, preservar el orden frente al caos y ser ante la nada, precisamente nosotros, la criatura más inteligente de que tengamos noticia -no importa si algo engreída al autodenominarnos los únicos sapiens-, estamos protagonizando la más atrasada, mortuoria, desordenada, nihilista, alocada, acelerada y autodestructiva evolución verificada en este tercer patio periférico solar.

En mis días de adolescente me reí bastante con Los tiempos modernos de Chaplin; como estudiante liceísta me impresionó la frase de Schopenhauer -y la creí exagerada y hasta humorística- de que cuanto más conocía a los humanos más quería a su perro; y me fasciné de lo lindo con los atrapantes relatos de nuestro Cortázar, en donde un fama derribaba un árbol enorme para obtener una cerilla. Hoy, en las vecindades del medio siglo después, confieso que me sigo riendo con una, impresionando con la otra y fascinando con éstos, pero también que cada día me cuesta más frecuentar sus caras hilarantes, exageradas o divertidas, y paso más y más ratos estupefacto ante sus sugerencias ocultas y opuestas. Siempre me identifiqué más con Charlot que con sus victimarios, por los perros tuve un cariño que me hizo diversificar tempranamente aquél por los seres humanos, y me vi obviamente más cerca de los cronopios que de los famas, pero lo que no sabía era que los segundos fuesen capaces de llegar tan lejos en sus ambiciones y afanes destructivos.

Pero afortunadamente, cuando siento que me hundo demasiado en la desesperanza, apelo a las enseñanzas de otro gran profesor de liceo que tuve en aquellos años púberes, esta vez no en persona sino a distancia: aquel huérfano, feo, calvo, bajito, bizco y frecuentemente despreciado, pero amante de la vida, las palabras, y también de las mujeres, llamado Jean Paul Sartre. Con él aprendí a no rendirme ante ni temerle al caos, la muerte o la nada, sino a gozar de la existencia, que está hecha también de todo eso y de sus contrarios. Sólo la comprensión del caos nos puede colocar en la ruta de crear un orden superior, sólo la perspectiva de la muerte constituye suficiente aliciente para trascender, y sólo cuando entendemos que también somos la nada, es decir, energía pura, podemos escapar de cualquier determinación externa. Sólo lo indeterminable puede ser realmente libre, y sólo la libertad posibilita el verdadero compromiso. Los humanos, y en particular los latinoamericanos, no estamos condenados ni destinados a desenlace fatal alguno. Podemos ser lo que superemos, y nuestros fines no serán otra cosa que la síntesis de todos los medios y esfuerzos que empleemos para alcanzarlos; pero, eso sí, a condición de que despertemos, transformemos nuestras capacidades, y en particular nuestras capacidades sustanciales energéticas.

Nota: En el próximo artículo, el número 50 de nuestro blog, haremos un paréntesis en el examen de nuestras capacidades sustanciales, para detenernos a examinar lo que hemos estado haciendo, consultar a nuestros lectores sobre lo que viene, y tal vez hasta celebrar un poco.

martes, 6 de octubre de 2009

Nuestras capacidades sustanciales materiales

Con la misma que creo que la saga humana por la transformación de sus capacidades comenzó, como creí insinuarlo en el artículo anterior, por las capacidades sustanciales personales, la del humano infinitésimo que suscribe este blog, por comprender aquélla, partió de las capacidades sustanciales materiales. En efecto, fue en Caracas por allá por 1965 cuando, en calidad de recién adolescente y recién llegado de la provincia larense, y fascinado por el ambiente creativo y comprometido del Liceo de Aplicación, punta de lanza de la experimentación educativa de la novel democracia venezolana, quedé convulsionado al comprender el exabrupto que, en cuestión de aprovechamiento de materiales, se cometía en mi país. Me enteré, ante una diapositiva inolvidable y de labios del mejor maestro formal que jamás he tenido, el Profesor Ezequiel Camacho -sí, el mismo de la foto de arriba, a la que pueden hacerle clic (como siempre) para verla mejor, en donde también está el adolescente de marras-, en Geografía Económica, de que Venezuela despilfarraba sus hidrocarburos gaseosos quemándolos al aire libre, mientras sus niños padecían hambre en circunstancias de una muy baja productividad agrícola, y cuando otros países fabricaban fertilizantes y alimentos a partir de ese mismo gas natural con que nosotros contaminábamos la atmósfera. Nunca he logrado borrar de mi mente la imagen de aquella diapositiva, en donde un niño, barrigón de tantos parásitos, figuraba al lado de un mechurrio ardiente.

Como los profesores de Química, Biología, Mineralogía, Física y Matemáticas también eran excelentes y estaban comprometidos con un enfoque educativo abierto a la vida y no simplemente a los libros (pese a que los más de ellos eran autores, a la vez que profesores del Instituto Pedagógico, que estaba justo al cruzar la calle), y pese a que las materias artísticas y literarias también me encantaban, con profesoras a la altura de los otros, entonces decidí, con el argumento de que en el futuro sería más fácil aprender sobre los demás temas por mi cuenta, estudiar Ingeniería Química para contribuir a que mi país fuese capaz de transformar sus hidrocarburos y superar tan bizarra situación. Tan afanoso estaba por aprender esta carrera que, con ayuda de un tío que tenía esta profesión y me regaló sus libros de texto en inglés, empecé a estudiar, desde el bachillerato, Ingeniería Química, y a montar, con el apoyo del Profesor de Química Evaristo Bracho, un laboratorio de investigación y desarrollo, de proporciones no precisamente infantiles, pues con más de un millar de reactivos y varios centenares de instrumentos sólo cabía en por lo menos algún baño grande de nuestra casa.

Contar todo lo que ocurrió después con aquella vocación y aquel laboratorio sería tema y trama para una novela, que no pierdo la esperanza de poner en limpio, o al menos para otro blog especializadamente autobiográfico, que no sé si a alguien podría interesarle, pero por ahora apenas quiero reseñar, en pocas pinceladas, que ni la una ni el otro pudieron realizarse, y probablemente nunca puedan en lo que me reste de existencia certera. Los profesores de la universidad, con excepciones contadísimas, nunca entendieron mi interés por hacer ingeniería química al servicio de un país, y no por sacar buenas notas o por obtener un título. Al director de la DISIP (el organismo de inteligencia y represión política del Estado) de entonces, quien a través de sus soplones baratos descubrió que yo tenía el tal laboratorio y abonó a mi expediente los datos de otros estudiantes universitarios de apellido Yajure, que sí eran guerrilleros, se le metió en la cabeza la idea de que mi plan no podía ser otro que el de fabricar bombas terroristas, por lo cual se dedicó a perseguirme (con ayuda de bandas armadas estudiantiles progobierno, que atentaron varias veces, menos mal que fallidamente, contra mi vida), detenerme (dejándome en libertad sólo gracias a las nobles gestiones del decano de la Facultad, el Dr. Marcelo González Molina, a quien paradójicamente yo criticaba), y allanar mi casa cuantas veces quiso, en busca del peligroso laboratorio (al cual tuve que esconder en calidad de comodato y sin pruebas de cesión, y todavía no lo he podido recuperar, pero esa es otra historia...).

Por intentar cambiar, por medios absoluta y certificadamente pacíficos, la misión de la universidad y el enfoque de formación de profesionales fui dos veces expulsado por las autoridades universitarias de derecha, sin derecho a la legítima defensa y con el consentimiento de la izquierda establecida (a quien también le fastidiaba la idea de un movimiento de izquierda no prosoviético ni procubano). Por plantear que el partido político que ayudé decisivamente a fundar, la Causa R, impulsase un sólido programa de transformaciones educativas, culturales y económicas, a la vez que de capacitación de sus propios cuadros, fui expulsado del mismo en 1976 con el argumento de que eso no era tarea de políticos sino de académicos. Por querer impulsar un movimiento de profesionales comprometidos con la transformación de nuestras capacidades tecnológicas fui convertido en poco menos que persona no grata en el Colegio de Ingenieros de Venezuela. El Centro de Transformación Sociotecnológica, el diminuto centro de investigaciones y asesorías sin fines de lucro que financio y dirijo desde 1984, dedicado a convertir en realidad las ideas generales que se exponen en este blog, y con más de cien proyectos concretos ejecutados, ha sido tres veces, con la última en curso, severamente atropellado por organismos o empresas del Estado que desconocen sus compromisos con proyectos vitales para la transformación del país...

Todo apunta a que la vida decidió que me tocara vivir en un medio que, más allá de los saludos a la bandera, en el fondo, y con las consabidas y memorables excepciones, no cree que sea importante transformar nuestras capacidades para agregar valor a nuestros más valiosos recursos sustanciales: nuestro personal, el agua, los hidrocarburos, los minerales, nuestra biodiversidad, nuestro territorio, nuestro clima..., y satisfacer nuestras necesidades más perentorias: alimentarias, de vivienda, de vestido, de transporte, de salud, de seguridad, de estima, de actualización, de paz, de armonía. En lugar de eso, en mi país, como en una Sodoma y Gomorra entregada a la adoración del dinero fácilmente obtenido, la mayoría de los supuestos empresarios sólo quieren hacer negocios cortoplacistas a través de las importaciones o de chanchullos con el Estado, el gobierno prefiere usar las rentas derivadas de la venta de los hidrocarburos crudos para importar y repartir alimentos y conseguir votos, la oposición protesta porque sean otros y no ellos quienes dispongan de los jugosos ingresos petroleros, las universidades no pueden ocuparse de estos asuntos pues están luchando por sus presupuestos, la mayoría de profesionales tampoco tienen tiempo pues están ocupados pagando las cuotas de sus casas y sus vehículos, los delincuentes de toda laya pescan en los ríos revueltos, y la gran masa del pueblo sólo entiende que no le alcanzan los reales ni para alimentarse y trata de arreglárselas lo mejor que pueda. Venezuela tiene tantas otras cosas urgentes de que ocuparse que nunca encuentra el momento oportuno para transformarse y ser Venezuela, y se irrita cuando alguien se lo recuerda.

Y, ¡ojalá me equivoque!, pero no me extrañaría en absoluto que por publicar estos inocentes y zanahorísimos aportes que ustedes están leyendo, en algún momento, sobre todo si el número de lectores dejase de ser minúsculo, llegue a ser acusado del delito de lesa quien sabe qué cosa. Así ha ocurrido unas cuantas veces en el pasado y podría volver a ocurrir, pues el contexto externo, si bien ha tenido cambios, sobre todo en el ámbito continental, no se ha modificado lo suficientemente: cuando emprendo una tarea y nadie le pone cuidado, todo marcha aparentemente bien y me dejan tranquilo, pero basta con que comience a tener algún impacto para que muchos empiecen a rasgarse vestiduras y a lloverme calumnias, amenazas y ataques hasta por la cédula. Y no vayan a creer que es cuestión de fatalismo o pesimismo: disfruto lo que hago y siempre ha sido así, estoy convencido de que es lo mejor que puedo aportar y apuesto a dar lo más positivo, útil y relevante que sea posible para beneficio de todos mis compatriotas a distintos niveles. Lo único es que así como a los paracaidistas, a los montañistas, a los virtuosos de deportes extremos, aún con las mejores preparaciones, intenciones y precauciones, con no poca frecuencia la naturaleza se les viene encima con furor, o como a los grandes y mártires líderes, a lo Gandhi, Kennedys o Luther King, de pronto les sobrevienen cruentos ataques de seres indignados y aterrados ante el cambio, pues así a nosotros, a los líderes pequeños y practicantes de deportes moderados, también nos salen nuestras modestas y pequeñas desavenencias, a las que vemos como gajes del oficio.

Hace entre una y dos decenas de millardos de años muchas evidencias sugieren que no existían la materia ni los materiales, sino sólo partículas elementales indiferenciadas y toda la energía del universo concentrados en un raro punto. Tras una también extraña pero ya bastante bien documentada y aceptada explosión, y después de unos pocos segundos, comenzaron a formarse los primeros materiales gaseosos: el hidrógeno, todavía y con mucho el elemento más abundante del universo y hasta de nuestro propio cuerpo, y el helio. Con la expansión y enfriamiento de las partículas originales, comenzaron a formarse más y más gases y moléculas de gases y a formarse estrellas, al estilo de las que vemos hoy, sólo que algunas de ellas, las llamadas supernovas, bajo los efectos de la fuerza de gravedad, se hicieron tan grandes y se concentraron tanto, que explotaron otra vez y dieron lugar, hace unos cuatro a cinco millardos de años, a estrellas más pequeñas, como nuestro Sol, rodeadas de "bolitas" de materiales más fríos, gaseosos, líquidos y sólidos, como nuestra Tierra. En ésta, por lo menos, y con un poco de ayuda artificial, se formaron los 118 elementos químicos conocidos, desde el hidrógeno hasta el oberón; y con ellos los materiales: los homogéneos, con las sustancias simples o elementos, a grandes rasgos metálicos o no metálicos, y las sustancias compuestas; y los heterogéneos, con las mezclas y los cuerpos.

A la vuelta de uno o dos miles de millones de años más, cuando la mayoría de los átomos ya estaban resignados a disfrutar pasivamente de a lo sumo alguna que otra compañía molecular efímera, antes de retornar a la nada energética, ocurrió que a uno de ellos, una especie de átomo rebelde, el de carbono, nadie entiende exactamente cómo, le dio por volverse más activo y resistirse a la inevitable desaparición o muerte de toda materia. Este átomo singular inventó una manera de organizarse, replicarse o reproducirse, e invitó a otros átomos colaboradores y aventureros, de hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, etc., a formar moléculas enormes llamadas aminoácidos, capaces de mantener y legar sus estructuras relativamente uniformes a través de procesos de cambio, y surgió así -no se sabe bien si con algún designio o como parte de algún experimento- lo que llamamos vida.

Desde entonces esta vida no ha cejado en su empeño por organizarse más y más, y, a partir de aquel chispazo inicial, han evolucionado, organizándose en células, hechas de aquellas macromoléculas y capaces de convertir formas diversas de energía en trabajo mecánico, químico, osmótico y eléctrico sobre su entorno, para retardar su reincorporación inevitable al desorden tanto originario como destinatario, todas las formas de vida conocidas, incluyendo, hace unos pocos millones de años, las humanas, y, hace unas pocas decenas de miles de años, nuestra particular especie. De esta mucho más que epopéyica deriva biológica se han originado los llamados materiales orgánicos, que existen en dos formas principales: como tejidos integrantes de los organismos bacteriales, vegetales y animales, y como materiales fósiles derivados de la descomposición de organismos que vivieron en el pasado, principalmente carbón, petróleo y gas natural. Con el tiempo, de aquella ocurrencia de un átomo de carbono -y, repetimos, quien sabe si de alguien más- han surgido compuestos cuyo variedad conocida es varias veces mayor que la de todos los compuestos o materiales juntos que no contienen ese elemento rebelde, y cuya variedad por conocer podría alcanzar órdenes de magnitud mayores.

De lo que quedan ya pocas dudas es de que la vida es mucho más reciente que la no vida, o de que todo lo viviente tiene que acumular energía para poder realizar trabajo y existir frente a un entorno más desordenado, o de que los humanos somos los recién llegados al reino de la vida pluricelular animal. Sin embargo, por el camino que vamos, con nuestras insaciables y exponenciales ambiciones y nuestros derroches de materiales de todo género, estamos amenazando con acabar, en apenas unos miles de años, los equilibrios ecológicos que a la vida y al planeta les tomó millones de veces ese tiempo alcanzar. Se ha estimado que, por poner un mero ejemplo, sobre todo debido a la pérdida de biodiversidad en vertebrados de agua dulce, la pérdida de biodiversidad de vertebrados en general se redujo, entre 1940 y 2000, en un 40%, y son ya incalculables las especies de vegetales y animales que nunca más conoceremos debido a nuestra voracidad depredadora. Y, no conformes con tales destrozos, como ocurre que lo que resta de la energía acumulada durante millardos de años por aquellas moléculas orgánicas, con la intención inicial de realizar trabajo para resistir contra el desorden, también puede convertirse en otras formas de energía más rápida y directamente generadoras de desorden, como el calor, a nuestra sociedad contemporánea, que bien podría empeñarse en obtener energía de otras fuentes, materialmente hablando menos costosas, no se le ha ocurrido nada mejor que organizar orgiásticamente la quema de esos materiales fósiles, con una pérdida irrecuperable en términos de su potencial uso estructural o alimentario. En materia de utilización de sus capacidades sustanciales materiales, la sociedad contemporánea, sin excluir a América Latina, que es el subcontinente líder en materia de biodiversidad, y menos a Venezuela, que aquí ha sido parte de la quintaesencia del despilfarro, ha optado por prácticas que en el futuro, si de verdad se llega a él, serán recordadas como vergonzosas.

Y no nos convence el discurso de culpar al capitalismo y exonerar a las naciones y pueblos pobres, o a un supuesto inmaculado socialismo, de responsabilidades por el desastre en marcha, y por hacer lo opuesto de lo que habría que hacer. Lo que vemos es una racionalidad enfermiza e irresponsable que, en nombre de platos de lentejas, como beneficios inmediatos, está arriesgando la posibilidad de existencia del planeta entero. Si bien es cierto que las naciones modernas llevan la delantera en cuestión de derroche de materiales y de contaminación y destrucción del ambiente, nosotros los latinoamericanos, por ejemplo, no podemos lavarnos las manos como Pilatos, pues no hemos asumido con firmeza la valorización y defensa de nuestros únicos y extraordinariamente valiosos recursos naturales, y ni siquiera nos hemos empeñado con tesón en capacitar a nuestra población para hacerlo.

Los venezolanos, y no vale aquí aquello de que no sabemos lo que hacemos, pues nuestros compatriotas más lúcidos, como Pérez Alfonzo, hace tiempo nos lo advirtieron palmariamente, nos hemos sumado y seguimos sumándonos jubilosos a esta orgía planetaria del sacrificio absurdo de materiales inapreciables, en nombre del facilismo de disfrutar de una renta a costa de los materiales orgánicos fósiles. Con esta actitud, que llega al extremo de que prácticamente el Estado regala la gasolina y subasta los hidrocarburos crudos al mejor postor extranjero, amén de privarnos para siempre de recursos valiosos no renovables, hemos acentuado nuestra dependencia y diferido la búsqueda de soluciones productivas y creativas a nuestros principales problemas, hemos creado un caos transportístico en nuestras principales ciudades, hemos generado un monstruoso negocio de contrabando de combustibles hacia los países vecinos, y hemos contribuido como pocos otros países, por decir lo menos, a que se dispare la emisión de gases de combustión a la atmósfera, que ahora no hallamos como parar y amenaza con calentar el planeta al extremo de tornarlo catastrófico e inhabitable.

No podemos, entonces, dejar de asumir nuestras responsabilidades, ni tampoco dejar de darnos cuenta de que, a nivel mundial, es precisamente dentro de las naciones capitalistas donde se están engendrando las corrientes de protesta, los conocimientos, los instrumentos, la información, en suma, las capacidades requeridas, para que todos los seres humanos sensibles enfrentemos los terribles problemas ambientales que nos aquejan, y poder luego avanzar, cuando logremos respirar adecuadamente, hacia un nuevo modelo civilizatorio con oportunidades para todos. Quejarnos del capitalismo mientras vivimos a costillas de él, lo alcahueteamos e imitamos sus vicios más derrochadores y adoptamos un estilo de vida a lo viva la Pepa, en donde no nos capacitamos para construir ni el capitalismo ni ningún otro sistema, no puede ser jamás la vía hacia la construcción de un país digno y serio, o de hacer un aporte hacia la construcción de una nueva América Latina. Eso es como que una gallina capaz de poner huevos de oro salga a cacarear y hacer el ridículo culpando a los demás por sus males, mientras en su gallinero promueve el reparto gratuito de tortillas y la venta de sancochos de gallina y pollos en brasa, a la vez que castiga sin cesar a quienes osen prepararse para la orfebrería.

viernes, 2 de octubre de 2009

Nuestras capacidades sustanciales personales

Tal y como lo habíamos anunciado, nos ocuparemos ahora del tercer tipo fundamental de capacidades que hemos aprendido a distinguir. Si a las primeras, relacionadas con las estructuras, anatomías o configuraciones generales de las sociedades, las llamamos capacidades estructurales, y a las segundas, vinculadas con los procesos, ciclos de vida, secuencias o evoluciones, también generales o comunes a distintas clases de sociedades, las denominamos capacidades procesales, a estas otras, a las que nombraremos como capacidades sustanciales, las ligaremos a los contenidos, sustancias o recursos concretos o particulares que nos servirán para completar, o por lo menos para intentar completar, la caracterización de los sistemas sociales. Obsérvese, entonces, que mientras en los dos tipos anteriores de capacidades hemos enfatizado su carácter general, es decir común, a ciertos grupos o clases de sociedades, como quien escribe de anatomía o del ciclo de vida humano y trata de resaltar aquellos rasgos compartidos por la mayoría de nosotros, ahora pondremos el acento en aquellos aspectos concretos o particulares que distinguen ciertos órdenes, familias, géneros y especies de sociedades de otras. Si estos términos les traen algún recuerdo biológico, les adelanto que ello no debería ser casual: dentro de mis aspiraciones, al menos, está también la de poder caracterizar con cierta precisión, y espero irme aproximando a eso en el blog, nuestras especies de sociedades, con lo cual creo que contribuiré a que sea menos arduo impulsar su cambio fundamental. La hipótesis es la de que cuanto más profundamente logremos comprender qué es lo que nos asemeja y distingue de otras sociedades mejor podremos propositar, factibilizar, planificar, experimentar, etc., nuestras transformaciones.

Desde un punto de vista histórico, esta perspectiva, la de examinar las diferencias concretas y más visibles de las sociedades, es seguramente la de más vieja data: la distinción entre pueblos pertenecientes a distintas etnias o razas, con diferentes idiomas y costumbres, de climas fríos o cálidos, desérticos o nevados, ocupantes de grandes territorios o de pequeñas islas, con distintos cultivos o minas o hábitos alimentarios, etc., aparece en un gran número de relatos o estudios históricos de todas las épocas. Este punto de vista tiene las enormes ventajas de su fácil comprensibilidad y de que nos deja las manos libres para considerar tantos aspectos sociales particulares como queramos, sin miedo a hacer generalizaciones indebidas o a forzar los hechos para que encajen en un cierto molde, como quien caracteriza a una persona pintando su retrato y se concentra en resaltar sus rasgos peculiares, o al estilo de las historias de los llamados cronistas de Indias que describieron nuestras sociedades latinoamericanas de hace algunos siglos. Pero tiene la gran limitación de que no nos ayuda lo suficientemente a comprender la naturaleza y alcance de los problemas sociales y menos a resolverlos.

En cierta medida, la serie de artículos que ya presentamos sobre los orígenes y experiencias básicas de las naciones latinoamericanas consistió en un intento por comprender, introductoriamente, algunas de nuestras principales peculiaridades, con un mínimo de apelaciones a modelo teórico alguno y con ventajas como las mencionadas, pero también con serias restricciones a la hora de responder a la pregunta ¿qué hacer? Desde entonces, desde que escribimos aquéllos, nos hemos dedicado a presentar un conjunto de conceptos, o cuando mínimo nociones, acerca de los diversos tipos de capacidades, que confiamos nos permitirán futuros análisis más robustos de nuestros problemas y, sobre todo, sugerencias más efectivas para la acción. Con esta subserie sobre nuestras capacidades sustanciales volveremos a abordar algunos de los temas específicos que ya tratamos, pero ahora concentrándonos en los recursos concretos con que contamos o podríamos contar las naciones latinoamericanas para satisfacer nuestras necesidades y conquistar nuestras libertades en conformidad con nuestras identidades.

Por lo que precede, y sin renegar de nuestro afán por disponer de un lenguaje y una terminología para entender las capacidades más concretas de las sociedades, y sobre todo de las nuestras, nos esforzaremos por examinar las distintas capacidades sustanciales según los siguientes nueve tipos de recursos que, a nuestro parecer, las sociedades han aprendido a manejar de manera suficientemente diferenciada: personales, materiales, espaciales, temporales, energéticos, instrumentales, dinerarios, informativos y cognitivos. Los primeros cinco, siguiendo el patrón empleado con las otras capacidades, serían comunes a todas las sociedades humanas (e incluso, con sólo cambiarle lo de personales por bestiales o bacteriales, por ejemplo, a todas las sociedades o, si se prefiere, comunidades o grupos de seres vivos), mientras que los otros cuatro serían inherentes a distintos grados de evolución de las sociedades. Creo haber aclarado en un artículo anterior, pero por si acaso insisto, que, en algún sentido laxo, todas las sociedades han usado en alguna medida todos los tipos de recursos, incluyendo a los últimos cuatro mencionados, pero no todas han desarrollado capacidades específicas para manejarlos distintamente (del mismo modo, confío en no fastidiar, a como todos los seres vivos usan el oxígeno, ingieren nutrientes o son capaces de percibir estímulos externos, pero no todos disponen de branquias o pulmones, de tubos digestivos o de órganos sensoriales, etc.).

En el primer y más importante conjunto de capacidades sustanciales, correspondiente a las que llamaremos personales, incluiremos a todas aquellas capacidades inherentes al hecho de pertenecer a la subespecie biológica Homo sapiens sapiens, alias humanos como nosotros; es decir, a todo el enorme paquete de capacidades a que nos hacemos acreedores por el sólo hecho de ser personas, de las cuales han emanado, por decirlo de alguna manera, todas las otras capacidades de las que hemos hablado y hablaremos en el futuro de este blog, por lo cual podríamos hasta decir que en definitiva todas las capacidades no son sino ampliaciones o reescrituras de éstas. El punto de partida para la adquisición de nuestras capacidades es, a la vez, el desenlace de una muy larga deriva biológica que ha conducido, con o sin intervención de entes creadores externos, a la gestación de los seres que somos, con todo el complejo y todavía muy insuficientemente comprendido conjunto de sistemas o conjuntos de órganos y tejidos de que estamos hechos, con su decena de millones de millones de células, cada una de ellas un ser vivo por sí misma y en su conjunto aptas para actuar sinérgicamente en las más diversas circunstancias. Esta condición humana, que es mucho más que un mero conjunto de capacidades pero que no excluye éstas, es la peculiaridad por excelencia que orienta, limita y potencia a la vez todo lo que hagamos.

En la idea inicial para este artículo, venía ahora un breve recuento de las capacidades personales asociadas a nuestras condiciones físicas y luego otro sobre las que podríamos llamar nuestras condiciones o facultades mentales o espirituales, hasta desembocar en una exploración de las que podrían ser algunas peculiaridades latinoamericanas en estas materias. Todo se veía muy bien en el esquema, pero cuando me puse a escribir sobre nuestras capacidades físicas cardiovasculares, respiratorias, digestivas, endocrinas, musculares, óseas, excretorias, inmunológicas, reproductivas y nerviosas, me dí cuenta del aprieto en que me hallaba: si apelaba a mis fichas de investigación, a mi Enciclopedia Británica, a mis Atlas sobre el cuerpo humano, o simplemente a desarrollar de memoria algunas reflexiones sobre estos asuntos, me salía un artículo kilométrico; quise apoyarme en Internet y más vale que no: descubrí que pisaba nada menos que el meollo del terreno de las tareas caseras infantiles sobre materias científicas, con, por un lado, niñitas exigiendo que les respondieran urgentemente sus preguntas para entregar sus trabajos al día siguiente y, por otro, maestros y enciclopedias disputándose el derecho a ayudarlas...; y tampoco quise resignarme a decir quien sabe qué simplezas o perogrulladas.

Al final, un tanto frustrado, opté por confesarles la verdad y dejar constancia de que estoy convencido de que cuando hablamos de capacidades personales, aunque sea sólo las de tipo físico, ya estamos tratando de algo en las fronteras de lo infinito, si es que esto existe, o por lo menos en el ámbito de lo muy holgadamente maravilloso: solamente intentar describir el poder de procesamiento simultáneo de datos e información de que son capaces cien mil millones de neuronas que se estima hay en el cerebro humano, interconnectadas entre sí a través de cientos de miles de dendritas de que dispone cada neurona y activadas por al menos decenas de neurotransmisores diferentes, ante otros billones de posibles circunstancias externas, resulta anonadante, y es lo que explica que un sólo ser humano sea capaz de realizar creaciones fuera del alcance de todos los computadores del mundo conectados mediante todas las líneas telefónicas. Nada más que para dejarles una idea del abismo al que me asomé, quise, en lugar de palabras condenadas a ser vanas, apelar a una imagen, tomada de uno de mis Atlas favoritos, lleno de fotografías de tejidos y órganos reales y no de dibujos o interpretaciones, de apenas las arterias dedicadas a irrigar un cerebro humano, como apoyo a la labor de las mencionadas neuronas (no tengo idea de como lograron esta fotografía, pero...).

Y si el intento por dar una idea de nuestras capacidades personales físicas resultó frustrante, sólo puedo decirles que el de considerar las capacidades de tipo espiritual no lo fue menos. No entiendo donde tenía la cabeza cuando en el esquema escribí, como elementos de inspiración de párrafos candidatos: "1) Capacidades mentales según Jung: pensamientos versus sentimientos y sensaciones versus intuiciones. Tipos psicológicos. Consciente e inconsciente según Freud. La capacidad de soñar y la interpretación de los sueños. 2) Inteligencias múltiples según Gardner y la gente del Proyecto Cero de Harvard: inteligencias lingüística, lógico-matemática, musical, espacial, corporal, ambiental, intrapersonal e interpersonal. Procesos de cambio mental según esta misma gente: razonamiento, investigación, resonancia, representación, recursos y recompensas, eventos del mundo real, resistencias. Contenidos de la mente: nociones, conceptos, relatos, teorías, destrezas. 3) Breve panorama de los enfoques teóricos de la mente humana y sus potencialidades: enfoques deterministas, estructuralistas, cognitivos y de perspectivas múltiples..."

Claro está que sabía que el perfil del blog no es el de disquisiciones teóricas, y lo que pretendía era simplemente dar una idea de las inmensas potencialidades físicas y mentales que tenemos por el sólo hecho de ser humanos, pero la verdad es que hasta que llegó la hora de redactar este artículo no tome plena consciencia de que estas capacidades personales son algo así como la mamá o la matriz generadora de todas las demás capacidades, y por tanto de una complejidad que es órdenes de magnitud mayor que la de cualquier otra de las consideradas o por considerar. Cuando hablamos de capacidades productivas o educativas o constructivas o distributivas es como si estuviésemos ante un ámbito restringido al que referirnos, y por tanto susceptible de ser puntualizado brevemente; pero aquí no, aquí todo tiende a lo infinito, lo mágico o lo altamente extraordinario, todo es desbordante, nada cabe en esquemas o párrafos sencillos y todo lo escrito brevemente, aunque sea para apuntar nociones, luce como caricaturesco o simplista...

Decidí entonces rendirme ante las evidencias y reseñar mi derrota, con la esperanza de que lo así dicho sirva para destacar la grandeza de lo humano y las ilimitadas posibilidades que tenemos para impulsar nuestras transformaciones. En nuestra América Latina, además, la única región del planeta en donde ha ocurrido, no cuenta si por accidente, una fusión, miscigenación o coalescencia sin precedentes de todas las etnias o razas y culturas humanas, en el contexto de la mayor diversidad geográfica y biológica de que tengamos noticia, los problemas a resolver son más difíciles y con menos antecedentes, pero, si lográsemos avanzar hacia su solución, nosotros, que estamos hechos como nadie más de las sustancias personales de los otros, quizás podríamos hacer un aporte significativo para la la edificación de una mejor humanidad. Mientras tanto, mientras comprendemos mejor nuestros retos y vemos más claro lo que tenemos que hacer, démosle una salve a los seres humanos y, particularmente, a aquellos que, como los latinoamericanos, han sido hechos quizás de los despojos y las crucifixiones de los demás, pero que tal vez estén convocados a contribuir como ningunos a la redención de todos...

martes, 29 de septiembre de 2009

Nuestras capacidades procesales retirativas

En alguna parte, y lo más probable es que haya sido en Un arte de vivir, de André Maurois, creo haber leído la idea de que existen maneras sanas y maneras insanas (en la acepción de perjudiciales para la salud) de envejecer. Entre las sanas estarían la de adecuarse o acomodarse a las nuevas condiciones del organismo, reorientando las actividades que siempre nos gustaron, pero tomando en cuenta las restricciones derivadas de los años; la de adaptarse o replanificarse, optando por nuevas actividades más apropiadas a las nuevas circunstancias; y -a lo mejor esto ya no lo leí sino que lo añadí por el camino- la de reciclarse, o sea, dedicarse principalmente a legar o transmitirle a las nuevas generaciones lo mejor de los aprendizajes propios. En cambio, las insanas o poco sanas, a manera de inversas de las anteriores, tendrían un elemento en común cual es el de estar signadas por la rabia de no ser más joven o el no reconocimiento de las nuevas limitaciones: ya renegando de lo que hicimos, bien pretendiendo lo imposible o si no dedicándonos a hacerle la vida difícil a nuestros sucesores o a culparlos de nuestros fracasos.

A los procesos de vida de los sistemas podríamos aplicarles un criterio semejante. Y tal vez el final de esta subserie de artículos sobre las capacidades procesales sea el momento propicio para decir que nuestro empeño por establecer analogías entre la vida de los sistemas y la vida individual no surge sólo de un afán metafórico, sino también de la sospecha de que no se trata de que los sistemas de cualquier índole se parezcan a nosotros sino de que nosotros, independientemente de que aspiremos a seguir viviendo en el más allá, nos parecemos más de lo que nos gustaría reconocer a los sistemas de cualquier índole. Esto equivale a creer que una teoría general de los sistemas no puede ser completa si se limita a ocuparse de sus estructuras, pues tiene también que rendir cuenta de sus procesos y, como veremos en la próxima subserie de artículos, de su composición o sustancia. Los sistemas, entonces, todos los sistemas, tienen que librar una lucha por preservar su organización y distinguirse del caos, otra por persistir en el tiempo antes de su inevitable muerte, y otra más por defender su materialidad específica ante la inmaterialidad o nada energética. (Si les sonó un poco filosófico es porque probablemente lo sea, pues, aunque sea de vez en cuando, creemos que en la vida no hay que temerle a filosofar, y, así como la salud no puede ser sólo un asunto de los médicos o la economía de los economistas, la filosofía...).
En el artículo precedente nos ocupamos, bajo el tema de la replanificación y el rediseño, de las adecuaciones y las adaptaciones; en éste, atenderemos el del reciclaje bajo los signos del retiro o retiración y de las capacidades retirativas. Hablamos de retiro de materiales y de sistemas, y no de botadera de basura, no por dárnoslas de finos, sino por ser consistentes con lo que dijimos al empezar: la etapa final de la vida de los sistemas no debería ser menos merecedora de nuestra atención que las anteriores, y aquí, como en muchísimos otros ámbitos, la rabia es mala consejera. Lo que para nosotros, el grueso de latinoamericanos, es un dolor de cabeza y un tema casi de por sí asqueroso y maloliente, el de la basura, en las sociedades modernas es un asunto de Estado, una materia de preocupación cultural, educativa, ambiental y política, y -¿por qué no decirlo?- un tremendo negocio generador de numerosos empleos, de beneficios intangibles incalculables y de dimensiones financieras crecientes.

El retiro de materiales incluye al menos tres aspectos esenciales, conocidos en la jerga respectiva como las tres erres: reducción, vinculada a las políticas y prácticas orientadas a minimizar la generación de desperdicios, y sobre todo de aquellos no biodegradables; reutilización, encaminada a maximizar la vida útil de artefactos, equipos y consumibles; y reciclaje, dedicado a la transformación parcial o total de materiales para hacerlos ingresar a nuevos ciclos de vida como materias primas o nuevos productos. Los materiales, dependiendo del contexto o las circunstancias de su retiro, suelen dividirse (sin mucho rigor químico) en inorgánicos y orgánicos, y los primeros en plásticos, metales, vidrio, y papel y cartón; o en domésticos e industriales, y estos últimos referidos a las distintas industrias: manufacturera, de la construcción, de servicios, etc.; o en tóxicos y no tóxicos; o en lixiviables, o separables con solventes, y no lixiviables; y en otras clasificaciones con fines particulares. Es frecuente, en el caso de los materiales domésticos, que las ciudades organizadas tiendan a utilizar juegos de cinco contenedores para los desperdicios: típicamente amarillos para los envases metálicos, verdes para los de vidrio, azules para el papel y cartón, blancos para los plásticos, y marrones para los orgánicos, lo cual facilita, con base en normas apropiadas, la recolección y el reciclaje.

Aunque a muchos les cueste creerlo, es muy probable que el acero de la carrocería de nuestro último automóvil provenga de la estructura de un puente o un barco originalmente construidos hace dos siglos, que el piso del andén de nuestro transporte subterráneo venga de cauchos que rodaron a comienzos del siglo XX, que el libro que compramos ayer esté hecho de fibras de papel que se usaron hace décadas o que el último juguete o el biberón del nené sean la reencarnación de envases plásticos o de vidrio que se usaron hace años. Tan importante se ha vuelto el tema del retiro o reciclaje de materiales en los países modernos, y ya en algunas ciudades latinoamericanas de vanguardia, que la palabra basura bien podría incluirse en el libro rojo de los vocablos en riesgo de extinción, pues tiende a ser sustituida por el elegante residuos sólidos.

El problema del retiro de estos residuos en el mundo contemporáneo está impactando múltiples dimensiones de las sociedades: comenzando por sus obvias y dobles implicaciones ecológicas, pues se trata tanto de evitar la contaminación como de conservar los recursos ambientales, se extiende hasta la salud y la cultura, como importante determinante de la calidad de vida, y luego hasta la educación, la economía y la política. Una fuente primordial de ingresos para decenas de países, como es el turismo, depende en un grado crítico de la solución que cada nación le dé al problema de los residuos sólidos: de la misma manera a como no queremos acudir a una panadería o parque llenos de inmundicias, los turistas tampoco quieren visitar países sucios; o, apuntando en sentido contrario, la proliferación de lugares urbanos abandonados y llenos de basura, como lo demostró la célebre experiencia neoyorquina, actúa como un disparador de la delincuencia y del incremento de la inseguridad social pues tales lugares tienden a convertirse en tierras sin ley.

Si esto es así, entonces cabría preguntarse por qué la mayoría de nuestros gobiernos fracasan al ocuparse e incluso al preocuparse por este asunto, o por qué a las capacidades para resolver un problema tan aparentemente banal aquí las consideramos como capacidades procesales avanzadas o tecnológicas. La respuesta está en la complejidad del aparentemente sencillo problema, pues dondequiera que aparece la complejidad se requieren conocimientos para afrontarla, y cada vez que un problema demanda conocimientos para su solución, o sea, que es un problema moderno, a los latinoamericanos se nos tiende a trancar el serrucho. Mientras que el problema de botar la basura en una casa es relativamente sencillo, aunque no trivial, el del retiro de los residuos sólidos en las grandes ciudades reclama una gran dosis de conocimientos vinculados a las características físicas y químicas de los materiales involucrados, aspectos logísticos y de gestión, visiones e iniciativas empresariales, estudios de factibilidad, experimentos piloto, campañas educativas formales e informales, aportes de los medios de comunicación, participación ciudadana, coordinación entre los poderes locales y los nacionales y planificación y políticas a distintos niveles, prácticas impositivas, equipamiento físico especializado, organización de espacios apropiados y muchos otros factores cuya orquestación reclama un paquete de capacidades tecnológicas de las que a menudo carecemos.


Por poner sólo un caso, el del retiro de los cauchos, que mundial- mente alcanza una magnitud cercana a los mil millones de cauchos cada año, se ha convertido en una importante actividad económica que moviliza miles de millones de dólares, ahorra millones de metros cúbicos de espacio en los rellenos sanitarios, reduce los criaderos de mosquitos y larvas diversas, y genera millones de empleos y decenas de miles de pequeñas y medianas empresas. En su ejecución participan gobernaciones, alcaldías, los distribuidores y reparadores de cauchos, los recolectores, los procesadores, las escuelas, los medios de comunicación y la ciudadanía en general, hasta generar una amplia variedad de productos que van desde aditivos para pavimentos y pisos de andenes y escaleras hasta dispositivos de entretenimiento y bases protectoras para parques infantiles. Los que todavía son un estorbo en la mayoría de nuestras ciudades, y de vez en cuando molestos instrumentos de protestas callejeras, con un reciclaje y capacidades apropiadas se han convertido, en otras latitudes, en fuente de riqueza y bienestar.

Nada de lo que hemos dicho significa que creamos que adquirir estas capacidades procesales retirativas esté fuera de nuestras posibilidades, pues de hecho un buen conjunto de ciudades latinoamericanas, quizás con Santiago de Chile a la cabeza, las están desarrollando, y sabemos que muchas naciones pequeñas están haciendo de sus políticas y prácticas ambientales una punta de lanza para la atracción del turismo y la elevación de la calidad de vida de sus ciudadanos. Sólo que nos parece que cualquier subestimación de la complejidad que demanda el abordaje de esta etapa final del ciclo de vida de los sistemas es un paso dado en el sentido equivocado. Reconocer nuestras limitaciones y entender que tenemos que cambiar y despertar no tiene nada que ver con pesimismo alguno sino con el despliegue de las insatisfacciones positivas que se requieren en toda transformación que valga la pena. O, en sentido inverso, no reconocerlas y seguir en el limbo de culpar a otros por todos nuestros problemas irresueltos es, a la larga, equivalente al peor de los conservadurismos.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Nuestras capacidades procesales replanificativas

Tal vez convenga comenzar por aclarar que todo este asunto de caracterizar las etapas de un proceso, como el de examinar por separado las partes de un todo o los componentes de una sustancia, no son sino artificios o procedimientos mentales para comprender mejor una realidad que, aunque en el fondo sabemos que es una sola y continua, creemos que podemos imaginárnosla mejor si suponemos que se desenvuelve por etapas, se divide en partes o se integra por componentes. No somos abogados de ningún etapismo, ni partismo ni componentismo, simplemente queremos entender en profundidad la naturaleza de nuestras diferentes capacidades para diagnosticarlas más profundamente y, sobre todo, acertar más en el impulso a su transformación. Si nos hemos detenido, durante ya casi una docena de artículos, en estas capacidades procesales es porque estamos convencidos de que los occidentales, en general, y los latinoamericanos más todavía, necesitamos comprender más hondamente los procesos, ciclos o dinámicas de vida en que inevitablemente participamos, para convertirnos cada vez más en los protagonistas de nuestros dramas.

La replanificación de procesos de vida, y en particular el rediseño en los procesos productivos, es aquella etapa que, en lugar de arrancar con propositaciones o análisis de necesidades abstractas, al inicio de dichos procesos, parte del estudio concreto de los comportamientos y experiencias de los usuarios o consumidores para introducir cambios o adaptaciones mayores en bienes, servicios o resultados diversos. La diferencia entre planificar y replanificar es análoga a la que establecemos cuando hablamos de hacer o rehacer nuestra maleta para un viaje o de modelar o remodelar nuestra vivienda, pues en los términos con re- no nos referimos a hacer ajustes menores o rutinarios en una o en otra, sino a volver a seleccionar nuestro equipaje de viaje sobre nuevas bases o a introducir modificaciones sustanciales en el inmueble para adecuarlo más a nuestras necesidades. De la misma manera, la replanificación o el rediseño ocurren cuando, a partir de la considerable experiencia ganada durante el ciclo o proceso de vida de, por ejemplo, un producto, equipo, institución o sistema formativo, procedemos a repensarlos y reconstruirlos para prolongar su vida útil y/o adaptarlo más a nuevos requerimientos.

El empleo de estas capacidades replani- ficativas o rediseña- tivas, común- mente a cargo de empresas e institu- ciones tecnológicamente líderes, está teniendo cada vez mayores y más diversos impactos en nuestras existencias. Uno de ellos es a través del desarrollo de los llamados sistemas de producción flexibles, que, sacando provecho del conocimiento en tiempo real de las necesidades de los consumidores y de las posibilidades de equipos y procesos productivos cada vez más inteligentes y adaptables, permiten ofrecer una amplia variedad de modelos, fórmulas o tamaños de los productos, casi como si fuesen fabricados a pedido.

Otro tipo de impacto, mucho menos conocido, es el que ocurre al interior de las plantas y equipos de fabricación, sobre todo de productos estandarizados o intermedios, o sea, que no se diferencian por sus características finales y en donde la tecnología se concentra en la manera de producirlos. Aquí, mediante el mejoramiento continuo y el rediseño de equipos y procesos, se le agrega constantemente valor a éstos, al punto de que, en muchas empresas japonesas, que hasta hace unas décadas causaban risa en muchos por su afán de copiar tecnologías extranjeras, es un lugar común decir que un equipo nuevo es aquel que se encuentra en el estado de menor (sic) valor de su ciclo de vida. Tal paradoja, a la luz de la racionalidad técnica imperante en la mayor parte de nuestros procesos productivos latinoamericanos, se explica por el hecho de que, en los ambientes productivos propiamente tecnológicos, el personal profesional es capaz, a medida que va ganando experiencia con el empleo de los equipos y procesos, de proponer e introducir reformas constantes para optimizar su desempeño, e incluso de participar en su rediseño para diferir su obsolescencia física o económica.

La replanificación y el rediseño de equipos, productos, procesos e instituciones son una ruta privilegiada para la adquisición de las más exigentes capacidades de planificación estratégica y diseño básico y, en particular, de diseño básico de bienes de capital, que, junto a las capacidades de diseño detallado y construcción de equipos, constiyuyen un requisito de cualquier desarrollo sustentable a largo plazo. Tal y como ayer lo hicieron los Estados Unidos en relación a Europa, como muchos países asiáticos, y como lo han hecho en América Latina Brasil, Argentina y México, el desarrollo de capacidades de rediseño y adaptación de tecnologías productivas, culturales, políticas, mediáticas y educativas desarrolladas por otros es una vía universalmente válida, actualmente subaprovechada por la mayoría de nuestras naciones, para la transformación de las capacidades propias.

En cambio, en cuanto a un tercer tipo de impacto, o, mejor, de familia de impactos, derivado de la posesión de capacidades modernas de replanificación y rediseño, relacionado con el auge contemporáneo de la cultura de trasplantes, implantes y cambios cosméticos en la apariencia de productos y personas, nos luce que los latinoamericanos quizás estemos apresurándonos demasiado. Los valores relacionados con el mero coleccionismo de productos aparentemente diferentes pero esencialmente iguales, y con los cambios en la fisonomía de las personas, que pueden llegar hasta caprichosos cambio de sexo, están en el orden del día. Nos asombra la manera como se ha convertido en cosa corriente, mucho más allá de los tradicionales cambios de look, de dentadura y de color o tipo de pelo, el regalo de vales de cirugía estética para jovencitas quinceañeras, y como esta rama de la medicina está captando cada vez más la atención de jóvenes y ambiciosos estudiantes. Y nos asusta imaginar que en el futuro cercano, por ejemplo, la onda de creación de personalidades virtuales en la web, en ambientes como los de Second Life y afines (en donde ya es posible hacer citas, tener acercamientos sexuales, viajar y hacer negocios en dólares virtuales convertibles en de los otros), pueda desencadenar una fuerte ola de evasión en nuestras poblaciones más pobres, de por sí dadas a la fantasía y a evadir los retos de la transformación de nuestra gran patria latinoamericana.