
Con la misma que creo que la saga humana por la transformación de sus capacidades comenzó, como creí insinuarlo en el artículo anterior, por las capacidades sustanciales personales, la del humano infinitésimo que suscribe este
blog, por comprender aquélla, partió de las capacidades sustanciales materiales. En efecto, fue en Caracas por allá por 1965 cuando, en calidad de recién adolescente y recién llegado de la provincia larense, y fascinado por el ambiente creativo y comprometido del Liceo de Aplicación, punta de lanza de la experimentación educativa de la novel democracia venezolana, quedé convulsionado al comprender el exabrupto que, en cuestión de aprovechamiento de materiales, se cometía en mi país. Me enteré, ante una diapositiva inolvidable y de labios del mejor maestro formal que jamás he tenido, el Profesor Ezequiel Camacho -sí, el mismo de la foto de arriba, a la que pueden hacerle clic (como siempre) para verla mejor, en donde también está el adolescente de marras-, en Geografía Económica, de que Venezuela despilfarraba sus hidrocarburos gaseosos quemándolos al aire libre, mientras sus niños padecían hambre en circunstancias de una muy baja productividad agrícola, y cuando otros países fabricaban fertilizantes y alimentos a partir de ese mismo gas natural con que nosotros contaminábamos la atmósfera. Nunca he logrado borrar de mi mente la imagen de aquella diapositiva, en donde un niño, barrigón de tantos parásitos, figuraba al lado de un mechurrio ardiente.
Como los profesores de Química, Biología, Mineralogía, Física y Matemáticas también eran excelentes y estaban comprometidos con un enfoque educativo abierto a la vida y no simplemente a los libros (pese a que los más de ellos eran autores, a la vez que profesores del Instituto Pedagógico, que estaba justo al cruzar la calle), y pese a que las materias artísticas y literarias también me encantaban, con profesoras a la altura de los otros, entonces decidí, con el

argumento de que en el futuro sería más fácil aprender sobre los demás temas por mi cuenta, estudiar Ingeniería Química para contribuir a que mi país fuese capaz de transformar sus hidrocarburos y superar tan bizarra situación. Tan afanoso estaba por aprender esta carrera que, con ayuda de un tío que tenía esta profesión y me regaló sus libros de texto en inglés, empecé a estudiar, desde el bachillerato, Ingeniería Química, y a montar, con el apoyo del Profesor de Química Evaristo Bracho, un laboratorio de investigación y desarrollo, de proporciones no precisamente infantiles, pues con más de un millar de reactivos y varios centenares de instrumentos sólo cabía en por lo menos algún baño grande de nuestra casa.
Contar todo lo que ocurrió después con aquella vocación y aquel laboratorio sería tema y trama para una novela, que no pierdo la esperanza de poner en limpio, o al menos para otro
blog especializadamente autobiográfico
, que no sé si a alguien podría interesarle, pero por ahora apenas quiero reseñar, en pocas pinceladas, que ni la una ni el otro pudieron realizarse, y probablemente nunca puedan en lo que me reste de existencia certera. Los profesores de la universidad, con excepciones contadísimas, nunca entendieron mi interés por hacer ingeniería química al servicio de un país, y no por sacar buenas notas o por obtener un título. Al director de la DISIP (el organismo de inteligencia y represión política del Estado) de entonces, quien a través de sus soplones baratos descubrió que yo tenía el tal laboratorio y abonó a mi expediente los datos de otros estudiantes universitarios de apellido Yajure, que sí eran guerrilleros, se le metió en la cabeza la idea de que mi plan no podía ser otro que el de fabricar bombas terroristas, por lo cual se dedicó a perseguirme (con ayuda de bandas armadas estudiantiles progobierno, que atentaron varias veces, menos mal que fallidamente, contra mi vida), detenerme (dejándome en libertad sólo gracias a las nobles gestiones del decano de la Facultad, el Dr. Marcelo González Molina, a quien paradójicamente yo criticaba), y allanar mi casa cuantas veces quiso, en busca del peligroso laboratorio (al cual tuve que esconder en calidad de comodato y sin pruebas de cesión, y todavía no lo he podido recuperar, pero esa es otra historia...).
Por intentar cambiar, por medios absoluta y certificadamente pacíficos, la misión de la universidad y el enfoque de formación de profesionales fui dos veces expulsado por las autoridades universitarias de derecha, sin derecho a la legítima defensa y con el consentimiento de la izquierda establecida (a quien también le fastidiaba la idea de un movimiento de izquierda no prosoviético ni procubano). Por plantear que el partido político que ayudé decisivamente a fundar, la Causa R, impulsase un sólido programa de transformaciones educativas, culturales y económicas, a la vez que de capacitación de sus propios cuadros, fui expulsado del mismo en 1976 con el argumento de que eso no era tarea de políticos sino de académicos. Por querer impulsar un movimiento de profesionales comprometidos con la transformación de nuestras capacidades tecnológicas fui convertido en poco menos que persona no grata en el Colegio de Ingenieros de Venezuela. El Centro de Transformación Sociotecnológica, el diminuto centro de investigaciones y asesorías sin fines de lucro que financio y dirijo desde 1984, dedicado a convertir en realidad las ideas generales que se exponen en este
blog, y con más de cien proyectos concretos ejecutados, ha sido tres veces, con la última en curso, severamente atropellado por organismos o empresas del Estado que desconocen sus compromisos con proyectos vitales para la transformación del país...
Todo apunta a que la vida decidió que me tocara vivir en un medio que, más allá de los saludos a la bandera, en el fondo, y con las consabidas y memorables excepciones, no cree que sea importante transformar nuestras capacidades para agregar valor a nuestros más valiosos recursos sustanciales: nuestro personal, el agua, los hidrocarburos, los minerales, nuestra biodiversidad, nuestro territorio, nuestro clima..., y satisfacer nuestras necesidades más perentorias: alimentarias, de vivienda, de vestido, de transporte, de salud, de seguridad, de estima, de actualización, de paz, de armonía. En lugar de eso, en mi país, como en una Sodoma y Gomorra entregada a la adoración del dinero fácilmente obtenido, la mayoría de los supuestos empresarios sólo quieren hacer negocios cortoplacistas a través de las importaciones o de chanchullos con el Estado, el gobierno prefiere usar las rentas derivadas de la venta de los hidrocarburos crudos para importar y repartir alimentos y conseguir votos, la oposición protesta porque sean otros y no ellos quienes dispongan de los jugosos ingresos petroleros, las universidades no pueden ocuparse de estos asuntos pues están luchando por sus presupuestos, la mayoría de profesionales tampoco tienen tiempo pues están ocupados pagando las cuotas de sus casas y sus vehículos, los delincuentes de toda laya pescan en los ríos revueltos, y la gran masa del pueblo sólo entiende que no le alcanzan los reales ni para alimentarse y trata de arreglárselas lo mejor que pueda. Venezuela tiene tantas otras cosas urgentes de que ocuparse que nunca encuentra el momento oportuno para transformarse y ser Venezuela, y se irrita cuando alguien se lo recuerda.
Y, ¡ojalá me equivoque!, pero no me extrañaría en absoluto que por publicar estos inocentes y zanahorísimos aportes que ustedes están leyendo, en algún momento, sobre todo si el número de lectores dejase de ser minúsculo, llegue a ser acusado del delito de lesa quien sabe qué cosa. Así ha ocurrido unas cuantas veces en el pasado y podría volver a ocurrir, pues el contexto externo, si bien ha tenido cambios, sobre todo en el ámbito continental, no se ha modificado lo suficientemente: cuando emprendo una tarea y nadie le pone cuidado, todo marcha aparentemente bien y me dejan tranquilo, pero basta con que comience a tener algún impacto para que muchos empiecen a rasgarse vestiduras y a lloverme calumnias, amenazas y ataques hasta por la cédula. Y no vayan a creer que es cuestión de fatalismo o pesimismo: disfruto lo que hago y siempre ha sido así, estoy convencido de que es lo mejor que puedo aportar y apuesto a dar lo más positivo, útil y relevante que sea posible para beneficio de todos mis compatriotas a distintos niveles. Lo único es que así como a los paracaidistas, a los montañistas, a los virtuosos de deportes extremos, aún con las mejores preparaciones, intenciones y precauciones, con no poca frecuencia la naturaleza se les viene encima con furor, o como a los grandes y mártires líderes, a lo Gandhi, Kennedys o Luther King, de pronto les sobrevienen cruentos ataques de seres indignados y aterrados ante el cambio, pues así a nosotros, a los líderes pequeños y practicantes de deportes moderados, también nos salen nuestras modestas y pequeñas desavenencias, a las que vemos como gajes del oficio.
Hace entre una y dos decenas de millardos de años muchas evidencias sugieren que no existían la materia ni los materiales, sino sólo partículas elementales indiferenciadas y toda la energía del universo concentrados en un raro punto. Tras una también extraña pero ya bastante bien documentada y aceptada explosión, y después de unos pocos segundos, comenzaron a formarse los primeros materiales gaseosos: el hidrógeno, todavía y con mucho el elemento más abundante del universo y hasta de nuestro propio cuerpo, y el helio. Con la expansión y enfriamiento de las partículas originales, comenzaron a formarse más y más gases y moléculas de gases y a formarse estrellas, al estilo de las que vemos hoy, sólo que algunas de ellas, las llamadas supernovas, bajo los efectos de la fuerza de gravedad, se hicieron tan grandes y se concentraron tanto, que explotaron otra vez y dieron lugar, hace unos cuatro a cinco millardos de años, a estrellas más pequeñas, como nuestro Sol, rodeadas de "bolitas" de materiales más fríos, gaseosos, líquidos y sólidos, como nuestra Tierra. En ésta, por lo menos, y con un poco de ayuda artificial, se formaron los 118 elementos químicos conocidos, desde el hidrógeno hasta el oberón; y con ellos los materiales: los homogéneos, con las sustancias simples o elementos, a grandes rasgos metálicos o no metálicos, y las sustancias compuestas; y los heterogéneos, con las mezclas y los cuerpos.
A la vuelta de uno o dos miles de millones de años más, cuando la mayoría de los átomos ya estaban resignados a disfrutar pasivamente de a lo sumo alguna que otra compañía molecular efímera, antes de retornar a la nada energética, ocurrió que a uno de ellos, una especie de átomo rebelde, el de carbono, nadie entiende exactamente cómo, le dio por volverse más activo y resistirse a la inevitable desaparición o muerte de toda materia. Este átomo singular inventó una manera de organizarse, replicarse o reproducirse, e invitó a otros átomos colaboradores y aventureros, de hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, etc., a formar moléculas enormes llamadas aminoácidos, capaces de mantener y legar sus estructuras relativamente uniformes a través de procesos de cambio, y surgió así -no se sabe bien si con algún designio o como parte de algún experimento- lo que llamamos vida.
Desde entonces esta vida no ha cejado en su empeño por organizarse más y más, y, a partir de aquel chispazo inicial, han evolucionado, organizándose en células, hechas de aquellas macromoléculas y capaces de convertir formas diversas de energía en trabajo mecánico, químico, osmótico y eléctrico sobre su entorno, para retardar su reincorporación inevitable al desorden tanto originario como destinatario, todas las formas de vida conocidas, incluyendo, hace unos pocos millones de años, las humanas, y, hace unas pocas decenas de miles de años, nuestra particular especie. De esta mucho más que epopéyica deriva biológica se han originado los llamados materiales orgánicos, que existen en dos formas principales: como tejidos integrantes de los organismos bacteriales, vegetales y animales, y como materiales fósiles derivados de la descomposición de organismos que vivieron en el pasado, principalmente carbón, petróleo y gas natural. Con el tiempo, de aquella ocurrencia de un átomo de carbono -y, repetimos, quien sabe si de alguien más- han surgido compuestos cuyo variedad conocida es varias veces mayor que la de todos los compuestos o materiales juntos que no contienen ese elemento rebelde, y cuya variedad por conocer podría alcanzar órdenes de magnitud mayores.
De lo que quedan ya pocas dudas es de que la vida es mucho más reciente que la no vida, o de que todo lo viviente tiene que acumular energía para poder realizar trabajo y existir frente a un entorno más desordenado, o de que los humanos somos los recién llegados al reino de la vida pluricelular animal. Sin embargo, por el camino que vamos, con nuestras insaciables y exponenciales ambiciones y nuestros derroches de materiales de todo género, estamos amenazando con acabar, en apenas unos miles de años, los equilibrios ecológicos que a la vida y al planeta les tomó millones de veces ese tiempo alcanzar. Se ha estimado que, por poner un mero ejemplo, sobre todo debido a la pérdida de biodiversidad en vertebrados de agua dulce, la pérdida de biodiversidad de vertebrados en general se redujo, entre 1940 y 2000, en un 40%, y son ya incalculables las especies de vegetales y animales que nunca más conoceremos debido a nuestra voracidad depredadora. Y, no conformes con tales destrozos, como ocurre que lo que resta de la energía acumulada durante millardos de años por aquellas moléculas orgánicas, con la intención inicial de realizar trabajo para resistir contra el desorden, también puede convertirse en otras formas de energía más rápida y directamente generadoras de desorden, como el calor, a nuestra sociedad contemporánea, que bien podría empeñarse en obtener energía de otras fuentes, materialmente hablando menos costosas, no se le ha ocurrido nada mejor que organizar orgiásticamente la quema de esos materiales fósiles, con una pérdida irrecuperable en términos de su potencial uso estructural o alimentario. En materia de utilización de sus capacidades sustanciales materiales, la sociedad contemporánea, sin excluir a América Latina, que es el subcontinente líder en materia de biodiversidad, y menos a Venezuela, que aquí ha sido parte de la quintaesencia del despilfarro, ha optado por prácticas que en el futuro, si de verdad se llega a él, serán recordadas como vergonzosas.
Y no nos convence el discurso de culpar al capitalismo y exonerar a las naciones y pueblos pobres, o a un supuesto inmaculado socialismo, de responsabilidades por el desastre en marcha, y por hacer lo opuesto de lo que habría que hacer. Lo que vemos es una racionalidad enfermiza e irresponsable que, en nombre de platos de lentejas, como beneficios inmediatos, está arriesgando la posibilidad de existencia del planeta entero. Si bien es cierto que las naciones modernas llevan la delantera en cuestión de derroche de materiales y de contaminación y destrucción del ambiente, nosotros los latinoamericanos, por ejemplo, no podemos lavarnos las manos como Pilatos, pues no hemos asumido con firmeza la valorización y defensa de nuestros únicos y extraordinariamente valiosos recursos naturales, y ni siquiera nos hemos empeñado con tesón en capacitar a nuestra población para hacerlo.
Los venezolanos, y no vale aquí aquello de que no sabemos lo que hacemos, pues nuestros compatriotas más lúcidos, como Pérez Alfonzo, hace tiempo nos lo advirtieron palmariamente, nos hemos sumado y seguimos sumándonos jubilosos a esta orgía planetaria del sacrificio absurdo de materiales inapreciables, en nombre del facilismo de disfrutar de una renta a costa de los materiales orgánicos fósiles. Con esta actitud, que llega al extremo de que prácticamente el Estado regala la gasolina y subasta los hidrocarburos crudos al mejor postor extranjero, amén de privarnos para siempre de recursos valiosos no renovables, hemos acentuado nuestra dependencia y diferido la búsqueda de soluciones productivas y creativas a nuestros principales problemas, hemos creado un caos transportístico en nuestras principales ciudades, hemos generado un monstruoso negocio de contrabando de combustibles hacia los países vecinos, y hemos contribuido como pocos otros países, por decir lo menos, a que se dispare la emisión de gases de combustión a la atmósfera, que ahora no hallamos como parar y amenaza con calentar el planeta al extremo de tornarlo catastrófico e inhabitable.
No podemos, entonces, dejar de asumir nuestras responsabilidades, ni tampoco dejar de darnos cuenta de que, a nivel mundial, es precisamente dentro de las naciones capitalistas donde se están engendrando las corrientes de protesta, los conocimientos, los instrumentos, la información, en suma, las capacidades requeridas, para que todos los seres humanos sensibles enfrentemos los terribles problemas ambientales que nos aquejan, y poder luego avanzar, cuando logremos respirar adecuadamente, hacia un nuevo modelo civilizatorio con oportunidades para todos. Quejarnos del capitalismo mientras vivimos a costillas de él, lo alcahueteamos e imitamos sus vicios más derrochadores y adoptamos un estilo de vida a lo viva la Pepa, en donde no nos capacitamos para

construir ni el capitalismo ni ningún otro sistema, no puede ser jamás la vía hacia la construcción de un país digno y serio, o de hacer un aporte hacia la construcción de una nueva América Latina. Eso es como que una gallina capaz de poner huevos de oro salga a cacarear y hacer el ridículo culpando a los demás por sus males, mientras en su gallinero promueve el reparto gratuito de tortillas y la venta de sancochos de gallina y pollos en brasa, a la vez que castiga sin cesar a quienes osen prepararse para la orfebrería.