martes, 18 de agosto de 2009

Nuestras capacidades estructurales políticas

No sé si te habrás dado cuenta, cara lectora o lector, de que en las entregas anteriores he hablado de tres capacidades estructurales básicas o inherentes a toda sociedad humana: las productivas, las culturales y las políticas; y tres producto de la evolución histórica de las sociedades: las territoriales, las mediáticas y las educativas, pero que, hasta ahora, sólo me he ocupado de las dos primeras y, luego, de las tres últimas, sin atender hasta ahora el tercer tipo de capacidades o capacidades políticas. Esto no fue un olvido ni un incidente casual, sino una opción deliberada debido a que estoy convencido de que las capacidades políticas, si bien son absolutamente esenciales e importantes en toda sociedad, e inclusive decisivas en muchas circunstancias, son también, aunque aparenten ser lo contrario, las menos autónomas de todos los seis tipos de capacidades.

Las capacidades políticas, o referidas al ejercicio del poder y la toma de decisiones sociales, son simplemente, en el fondo, capacidades de mediación y de resolución de conflictos entre las otras capacidades, por lo cual se entienden mejor si se examinan después de las capacidades restantes. O sea, son algo como los lóbulos cerebrales más directamente vinculados a la toma de decisiones conscientes, como el frontal, el parietal y el occipital, que, en apariencia, gobiernan o mandan sobre el resto del cuerpo, pero que, en el fondo, en el organismo sano no tienen "intereses propios" sino que son un instrumento para coordinar las acciones de nuestros demás instrumentos, aparatos u órganos, por lo cual, en los estudios de anatomía médica, por ejemplo, suelen estudiarse al final. (En el organismo enfermo, por supuesto, poseído de manías, delirios, etc., el cerebro se autonomiza, por decirlo de algún modo, y puede llegar hasta a conducir a su autodestrucción al resto del cuerpo; y algo análogo puede ocurrir con el sistema político de la sociedad, como ocurrió patentemente en el caso hitleriano...)

Según nuestro modelo estructural de la sociedad, las capacidades políticas servirían de mediadoras entre las capacidades culturales y productivas de aun las sociedades más primitivas. Si, por mero ejercicio mental, nos imaginamos a Eva y Adán solos y en el propio Paraíso Terrenal, con abundancia absoluta de todos los frutos maduros todo el tiempo, podemos imaginarnos una mañana en donde a Eva le provoca desayunar con guayabas de unas matas que están a un kilómetro de donde amanecieron y a Adán comer mangos que están ahí mismito en unas ramas bajitas, por lo cual tendrían que resolver, políticamente, el conflicto surgido, con el empleo de cierto liderazgo y participación, con variantes del tipo, te acompaño, mi amor, pero por hoy, a desayunar con guayabas; comemos juntos hoy mangos y mañana de aquéllas; me acompañas primero tú a mí a comer aquí y luego vamos juntos allá; hoy desayunamos por separado, nos damos un besito y te vas tú por tu cuenta, etc.; y es evidente que la cosa se complicaría si las guayabas están no a uno sino a diez kilómetros, y no segura sino probablemente maduras, y si alguno de los dos amaneció de mal o regular humor... Lo que queremos decir es que aun en las condiciones más idílicas pensables, en toda sociedad existirían los gustos y preferencias, o la cultura, esfuerzos físicos necesarios para hacer las cosas, la producción, y esfuerzos de mediación para resolver los conflictos entre las esferas anteriores, la política.

Tan básicas o primarias son las capacidades políticas que inclusive buena parte de los vertebrados más evolucionados, como las aves y los mamíferos, conocen mecanismos de resolución de conflictos que incluyen comportamientos muy parecidos a alianzas, concesiones, luchas, escogencias, liderazgos, participación, arbitrariedades, seguidismos, y afines, para conformar algo como una proto o cuasipolítica. Pero, mientras que en toda comunidad u organismo sano los conflictos se resuelven para el beneficio de todas las partes en el largo plazo, en las sociedades no sanas se crean fracciones o clases permanentes que introducen imposiciones, desarmonías y desequilibrios que, tarde o temprano, acarrean rupturas o desequilibrios mayores. En particular, en las sociedades de clases y dotadas de Estado, que, como ya lo hemos señalado, habrían emergido con el control y la ocupación sedentarios de territorios con ventajas especiales, la política suele servir para la imposición de los valores e intereses de unas clases contra las demás, por lo cual suele verse como una esfera ajena a la participación de las mayorías, hasta que estas mayorías se rebelan e intentan revertir, dentro del mismo sistema, la hegemonía de intereses dominantes. Y así se mantienen, en ese estira y encoge, hasta que ocurren transformaciones estructurales o mutaciones más profundas que conducen a un cambio no del poder de las clases dominantes, sino del sistema social mismo, con lo cual se redefinen, o quizás algún día desaparezcan, las clases sociales.

Y, así como las capacidades estructurales básicas serían las tres mencionadas, las capacidades políticas, al estilo de los llamados fractales -o estructuras que se ramifican una y otra vez según un mismo esquema o patrón-, se subdividen también en tres subcapacidades: la ideología política, racionalidad política o simplemente ideología, que rinde cuenta de los propósitos o fines de la política; la práctica o activación política, en donde se llevan a cabo las acciones para llevar a cabo las decisiones políticas tomadas; y la dirección política, o simplemente dirección, o instancia en donde se toman las decisiones correspondientes. Estas tres instancias, a su vez, a medida en que las sociedades se hacen más complejas, dan lugar a los tres poderes básicos de todo Estado, estudiados originalmente por Aristóteles, en su Política, y comprendidos luego más profundamente por Montesquieu, en su El espíritu de las leyes, o sea, reordenando los componentes anteriores, al poder legislativo, que interpreta el deber ser de la sociedad; al poder ejecutivo, que toma e instrumenta las decisiones, en los casos de conflictos, que afectan a toda la colectividad; y al poder judicial, que vela por la aplicación correcta de los mandatos legislativos y las decisiones ejecutivas.

Cuando, en el mundo antiguo, aparecieron las capacidades a las que aquí estamos llamando territoriales, y con ellas el uso permanente de equipos, herramientas y obras de infraestructura, también las capacidades políticas se transformaron y se enriquecieron con organizaciones y maquinarias bélicas, armas y obras militares o edificaciones diversas para ejercer el poder, proteger o atacar territorios, tales como ejércitos y policías permanentes, tribunales, palacios de los poderosos, muros defensivos de las ciudades, etc., que eran desconocidos en las sociedades primitivas sin clases sociales. Luego, en un proceso semejante, cuando, en las sociedades a las que estamos llamando medias, y con las correspondientes capacidades mediáticas de comunicación e instrucción, aparece el mundo de representaciones, imágenes, documentos y archivos diversos de que hemos hablado antes, también las capacidades políticas se amplían con la elaboración de leyes, reglamentos y normas escritas emanadas de instituciones especializadas, así como de textos, folletos, afiches y propaganda política diversas, en una escala desconocida en el mundo antiguo. Y cuando, en los dos últimos siglos, emergen las sociedades a las que estamos llamando modernas, caracterizadas por el uso intensivo y permanente de nuevos conocimientos, gestados en el seno de los sistemas de tipo educativo propiamente dichos, también las capacidades políticas, con el nuevo criterio fractal, se expanden con centros de formación de cuadros y de investigación y elaboración de diagnósticos, planes estratégicos, programas políticos y políticas públicas y sectoriales que, por regla general, apuntan hacia el perfeccionamiento de la democracia.

Con este último concepto se aplica, análogamente, todo lo que ya hemos dicho para la educación y que diremos para todos aquellos sistemas y capacidades basados en conocimientos o propios de las sociedades modernas, cual es el caso de que las sociedades premodernas, como en general somos las sociedades latinoamericanas, que no terminamos de hacer de la generación de conocimientos un recurso cultural, productivo, educativo, etc., tendemos a creer que también disponemos de un sistema democrático, de sistemas educativos, de planes estratégicos de desarrollo, de centros de investigación, y afines, cuando lo apropiado sería que, más modesta y realistamente, y excepción hecha de los desarrollos embrionarios en algunos de nuestros países, habláramos de un sistema oligárquico o burocrático, de sistemas de instrucción, de programas tácticos u operativos de crecimiento, o de centros de difusión de información, etc.
Al no entender estas diferencias estructurales, lo que equivale a decir al no percatarnos de que en buena medida nuestras sociedades siguen siendo ciegas al nuevo conocimiento, y hablar de nuestras democracias como si fuesen del mismo género que las escandinavas, anglosajonas o europeas en general, nos condenamos a armar frágiles parapetos y sistemas inestables que no nos permiten librarnos de la que podríamos llamar la maldición socrática, pues ya el sabio Sócrates, quien pagó con su vida tal irreverencia, se dio cuenta de que, y lo dijo públicamente hace dos mil años, sin sistemas educativos capaces de formar hombres y mujeres virtuosos y sabios las democracias no podrían ser sino un momento de un ciclo perverso entre las oligarquías y las tiranías, o un desahogo momentáneo de los pobres frente a la mezquindad de los ricos y los déspotas. Y, yendo más allá, y sin ser miembro de nuestro santuario, otro sabio antiguo, Aristóteles, vio agudamente la vía para resolver el impasse socrático, cuando afirmó, en la Política, lo que nos parece perverso intentar reescribir:
"... la asociación política es sobre todo la mejor cuando la forman ciudadanos de regular fortuna. Los Estados bien administrados son aquellos en que la clase media es más numerosa y más poderosa que las otras dos reunidas, o por lo menos que cada una de ellas separadamente. Inclinándose de uno o de otro lado, restablece el equilibrio e impide que se forme ninguna preponderancia excesiva. Es, por tanto, una gran ventaja que los ciudadanos tengan una fortuna modesta, pero suficiente para atender a todas sus necesidades. Donde quiera que se encuentran grandes fortunas al lado de la extrema indigencia, estos dos excesos dan lugar a la demagogia absoluta, a la oligarquía pura o a la tiranía; pues la tiranía nace del seno de una demagogia desenfrenada, o de una oligarquía extrema, con más frecuencia que del seno de las clases medias y de las clases inmediatas a éstas..."
Y, si a esta idea aristotélica hiperlúcida le añadimos algo que este sabio no sabía, que la educación verdadera y orientada hacia la generación de nuevos conocimientos es la vía más expedita para la formación de clases medias, pues permite el enriquecimiento de todo el mundo, al poner a valer precisamente un recurso natural en el cual todos los seres humanos somos extrarricos, cual es la posesión de cien mil millones de neuronas susceptibles de conectarse a través de un número casi infinito de sinapsis -que son el asidero de los conocimientos-, entonces se cae de maduro que la vía central para edificar una verdadera democracia política y una verdadera planificación estratégica y una verdadera riqueza autosustentable y un futuro verdaderamenta promisorio para nuestras naciones no es otra que la valorización del conocimiento en cada vez más más personas, ámbitos, movimientos e instituciones con potencial educativo, lo que es lo mismo que la transformación estructural de nuestras capacidades. ¿Qué más nos tiene que pasar para que nos decidamos a hacerlo?

viernes, 14 de agosto de 2009

Nuestras capacidades estructurales educativas

Con las palabras muchas veces ocurre como con las personas, que ya por fingir mucho, por aparentar menos o por ser polifacéticas parecen una cosa y son otra, o varias a un tiempo. Pongamos el caso de la palabra carro, cuyos orígenes se pierden en las épocas romana y celta y que tiene por lo menos tres acepciones: vehículo de cualquier género que se mueve sobre ruedas, generalmente halado o empujado por personas o animales, como los carros de bueyes o los carros del supermercado; vehículo que se desplaza sobre rieles, como los carros o vagones del ferrocarril; y, sobre todo en América, automóvil o vehículo autopropulsado sin tracción de sangre. De esta manera ocurre que tal vez miles de millones de personas en el mundo hayan empleado con frecuencia esta palabra, sin que podamos derivar, de sus solas expresiones, de qué clase de carro se trata. Algo parecido ocurre con el término educación, que entró al idioma hacia mediados del siglo XVII, después de que los franceses y anglosajones tenían más de un siglo usándolo, donde todos los países y una gran cantidad de personas de todas partes afirman que tienen o han asistido a instituciones educativas, y resulta que se refieren a contenidos semánticos -o sea, a significados- muy distintos: mientras que en la mayoría de nuestros países premodernos la palabra denota actividades diversas de enseñanza en donde se le "mete información" en la cabeza a los alumnos, no ha mucho hasta "con sangre, para que entre la letra", en el grueso de países con los más altos índices de desarrollo humano el vocablo, cada vez más, denota exactamente lo contrario, pues se trata de sacar afuera o liberar potencialidades que llevan dentro los individuos.
Por tal razón, sin pretender ningún purismo lingüístico, sino por tratarse de un concepto tan absolutamente esencial para entender el sentido de la transformación de nuestras capacidades, de la que tanto seguiremos hablando aquí, optaremos por restringir la acepción del término y hablaremos de educación o de capacidades educativas, a las que consideraremos como capacidades estructurales diferenciadas, sólo en los casos en los que se trate de estimular la generación, endógenamente o desde su interior, y realizando sus potencialidades, de nuevos conocimientos, destrezas o actitudes en los individuos de cualquier edad o en cualquier ámbito; mientras que emplearemos el término instrucción o capacidades de instrucción, de más vieja data en nuestras culturas -junto al término crianza, más tradicional aún-, y que incluiremos dentro de las capacidades mediáticas, que ya examinamos en la entrega anterior, en los casos en donde, exógenamente, se trata de introducir, en un ambiente controlado, información, previamente generada o revelada, en la mente de las personas, con miras a modificar o adaptar su comportamiento en un contexto dado. Y nos atreveremos a afirmar, además, que el rasgo que más obviamente distingue a las sociedades modernas de las que no lo son, por supuesto que según nuestro mundano criterio, es precisamente la posesión o no de verdaderos sistemas educativos.

Cuando apreciamos que buena parte de las naciones con más alto índice de desarrollo humano poseen tasas de escolaridad, es decir proporciones de su matrícula educativa de nivel primario, secundario y terciario en relación a las poblaciones con las edades escolares típicas correspondientes, cercanas e inclusive superiores al 100% (puesto que también incluyen estudiantes fuera de tal rango de edades), en oposición al caso de la mayoría de nuestras naciones con mediano o bajo índice de desarrollo humano, con tasas a menudo por debajo de 70% y hasta de 50%; o cuando averiguamos que los niveles educativos promedio andan, por allá, por encima de los doce años o más de escolaridad, cuando los de por aquí rondan los cinco o seis, en realidad no tenemos todavía una imagen clara del contraste entre los sistemas respectivos, puesto que tales cifras no nos dan una idea de las abismales diferencias cualitativas o de lo que hacen los miembros de tales matrículas en las instituciones correspondientes o al egresar de ellas. Si escogiésemos al azar un mismo día y un grupo de alumnos de educación preescolar -y no descartamos convencer a Angelina Jolie de que financie tal experimento...-, en, por ejemplo, Japón y uno cualquiera de nuestros países, quizás podríamos constatar que lo que hacen unos u otros tiene poco en común: mientras que nuestros infantes estarían muy probablemente dibujando o cantando bajo la estricta batuta de la maestra, los niponcitos podrían estar en un mercado de verduras conversando con el verdulero sobre las clases de verduras o la mejor manera de atender a los clientes y despacharlas, con la maestra simplemente observando el proceso; o, a un mismo nivel primario, en Noruega y otro de nuestros países, podríamos ver a nuestra maestra explicando las partes de un insecto y a los vikinguitos capturando insectos en un parque y discutiendo sus comportamientos y sus características anatómicas; o, a nivel medio, en Francia y alguno de los propios, de repente observaríamos a los chamos criollos atendiendo a una clase de gramática sobre las partes de la oración y a sus pares galos redactando ensayos interpretativos sobre los Cantos de Maldoror; o, a nivel superior, en Canadá y etcétera, en un curso de ingeniería mecánica, a los catires diseñando en equipo la caja reductora de un vehículo anfibio y a los propios escuchando una disertación magistral sobre la Primera o Segunda Ley de Newton; y así podríamos seguir hacia los ámbitos de la educación informal, en las familias o en los partidos políticos, o hacia los lados de la educación semiformal o no formal, en las empresas, o hacia la exploración de cómo resuelven problemas las personas en sus puestos de trabajo, y muy probablemente haríamos hallazgos análogos. Por supuesto que también habrá excepciones, pero nos parece que las tendencias centrales no andarían muy lejos de algo como lo dicho.

Y, si le preguntásemos a muchas de nuestras maestras y maestros acerca del porqué de tales contrastes, ya escuchamos mentalmente algo así como: ¡Claro, y no te das cuenta de que a ellos les pagan mucho más y disponen de un mayor presupuesto! Pero resulta que tememos que lo contrario es mucho más cierto, que es en la medida en que aquéllos demuestran el impacto social de su labor educativa que se hacen acreedores a mejores sueldos y presupuestos, lo cual los motiva a hacer una mejor labor y lleva a un mejor reconocimiento social, y así sucesivamente. Si descartamos esta explicación de las condiciones laborales, entonces cabe preguntarnos ¿por qué tan marcadas diferencias? ¿Que es lo que hace que, casi espontáneamente, los comportamientos de tipo educativo tiendan a encajar, en un caso, dentro de lo que hemos llamado educación en sentido estricto, y, en el otro dentro de lo que denominamos instrucción?

Son tantos los elementos distintivos, que tal vez sería más fácil responder a las preguntas inversas: ¿por qué hay semejanzas? o ¿qué tienen en común los dos enfoques? Pero, para que no se vaya a creer que andamos con jueguitos de dudoso gusto, ensayaremos nuestras mejores hipótesis. Las diferencias devienen, para empezar, de la minucia de que en todas aquellas sociedades han tenido lugar revoluciones o transformaciones profundas políticas, culturales y mediáticas, o a la francesa, y/o económicas y territoriales, o a la inglesa, que han trastocado las ancianas estructuras de tipo medieval o premoderno y han permitido edificar sociedades inspiradas en una nueva epistemología o racionalidad moderna, lo que, a su vez, ha dado pie a la creación de sistemas y capacidades verdaderamente educativos. En nuestros países, opuestamente, bajo los ropajes de una parafernalia de objetos, aparatos e instituciones postizos o no desarrollados por nosotros sino traídos o impuestos desde otras realidades, subyacen las mismas estructuras medievaloides heredadas de nuestras épocas coloniales y nunca sustancialmente modificadas con nuestras independencias, y entre ellas los sistemas de instrucción, por lo cual una y otra vez hablamos en nuestras naciones de impulsar tales independencias otra vez.

Cuando hablamos de revoluciones o transformaciones profundas o fundamentales no estamos pensando puntualmente en tomas de la Bastilla o en las peleas entre el parlamento de Oliver Cromwell y el Rey Carlos I, sino en los procesos sostenidos, y esencialmente pacíficos, de cambios culturales y en las capacidades productivas, territoriales y mediáticas que se acumularon por décadas y aun siglos en los países actualmente modernos y que, en algún momento, se tradujeron también en cambios fundamentales en la estructura de poder político, los que posibilitaron, a su vez, la creación de los nuevos sistemas educativos, para cerrar la espiral de cambios virtuosos. En todos los casos que hemos estudiado, las transformaciones políticas, si bien han potenciado el acceso de nuevos bloques sociales al poder, han sido más catalizadores que detonantes de cambios profundos en los tejidos sociales, al extremo de que en la mayoría de casos -como los de Islandia, Noruega, Australia, Canadá, Irlanda, Suecia y Suiza, en los siete primeros lugares de IDH, y en buena parte de los veinte puestos siguientes- prácticamente no ha habido conmoción política alguna, y en el caso inglés, como envoltura o recubrimiento de uno de los tejidos sociales menos burocráticos, autoritarios y dogmáticos que hemos podido conocer de cerca, existe todavía un ropaje monárquico que confunde a quienes esperan hallar allí rastros de una estructura social de corte medieval, mientras que los cambios educativos debieron esperar casi hasta el siglo XX.

En contraste, el método ruso o chino o cubano de transformación, que, entre Internacional Comunista, Kominform, Pacto de Varsovia, Guerra Fría e influencias afines del PCUS, PCCh o PCC, fue hasta hace poco el enfoque favorito de la izquierda latinoamericana, y ha querido privilegiar la toma del poder político por "las masas", a partir de los cuales se impulsarían los cambios legales y educativos, como puntos de partida de una revolución desde arriba hacia abajo, ha terminado frecuentemente asfixiado ante la imposibilidad de cambiar la cultura y las maneras de trabajar y producir del grueso de la población y, sobre todo, de sus estratos más educados que, ante semejante "revolución", que les luce contranatura, terminan por echarse en los brazos de las corrientes republicanas estadounidenses más retrógradas y sus sucursales oligárquicas locales. Ha sido frecuente que esta izquierda, con su fobia antiliberal y sus fantasías de baipasearse las transformaciones culturales, productivas y territoriales de naturaleza científica, tecnológica y democrática haya acabado por boicotear esfuerzos progresistas de cambio de las despectivamente llamadas burguesías o pequeñas burguesías locales, haciéndole el juego a los más jurásicos intereses imperiales.

Retomando el hilo, menos cargado políticamente, del inicio del artículo, podemos decir que los sistemas educativos, en su sentido estricto, son, a la vez, el producto de largos procesos de evolución cultural y económica, y la palanca de apoyo para la profundización de los cambios modernizadores en éstas y en todas las demás esferas. Los cambios educativos, además, son difíciles de llevar a cabo pues tienen la característica de que son irrealizables en plazos cortos o con visiones estrechas o sectarias, pues requieren de procesos de maduración y de gestación de consensos sin los cuales terminan, bien desvirtuándose o bien en puras habladurías y enfrentamientos, por lo cual no es casual que la mayoría de naciones del globo carezcan de sistemas educativos propiamente dichos. Pero, simultáneamente, son indispensables en el mundo contemporáneo. La alta productividad y la capacidad innovadora de las actuales sociedades líderes, por ejemplo, es insostenible sin un sólido sistema educativo, el cual, a su vez, obtiene sus recursos de los impuestos que, en este sentido gustosas, pagan las empresas. El poder de los medios de comunicación, como señalábamos en el artículo anterior, no puede ser contrapesado sino por un sistema educativo que genere la criticidad suficiente ante sus mensajes. La verdadera democracia, como lo veremos en la próxima entrega, es insostenible sin un pueblo altamente educado y crítico y capaz de seleccionar, criticar y controlar a sus gobernantes y representantes.

Los sistemas educativos comprenden instituciones y movimientos transformadores que impactan desde la esfera formal, o del llamado aparato educativo, hasta las esferas informales como la de la educación familiar, de la investigación científica y de los desarrollos tecnológicos e incluyen, cuando menos, una ideología valorizadora del conocimiento como recurso moderno esencial; instancias de dirección formal o informal de las actividades educativas o generadoras de nuevos conocimientos en múltiples ámbitos; recursos físicos o de infraestrucura, especialmente, más allá de las aulas, laboratorios, museos, parques, talleres y centros diversos orientados a dar soporte a la generación y aplicación de nuevos conocimientos en investigaciones, diseños y afines; bases informativas o centros de información de apoyo orientados a dar soporte a la creación de nuevos conocimientos; y recursos docentes y de gestión centrados en la facilitación y la coordinación de proyectos diversos. En las sociedades modernas, además, estas capacidades propiamente educativas se extienden a, o permean y se realizan también desde, todas las demás capacidades sociales, con lo cual, entre otros efectos, es como si toda la sociedad se volviese inteligente, por lo cual tanto se habla ahora de la sociedad del conocimiento. Estas actividades generadoras de conocimientos impactan, como ningún otro tipo de recursos, la economía, con actividades formativas y de proyectos en el seno de las empresas; afectan la cultura con estudios y hallazgos relevantes; dan soporte a la política con investigaciones y orientaciones diversas; permiten estudios más profundos sobre el territorio, o ayudan a los medios a cerrar el lazo comunicacional con estudios serios sobre lectores o televidentes y afines.

En nuestra América Latina estamos todavía muy crudos en materia de cambios educativos de fondo, pues, como se ha señalado, estos no pueden preceder sino que esencialmente responden a demandas de las esferas productivas, culturales y territoriales, y, en menor grado, políticas y mediáticas. La generación de nuevos conocimientos requiere de respuestas previas a la pregunta: ¿para qué nuevos conocimientos? La participación de la comunidad, a través de las empresas y muchas otras organizaciones y asociaciones, en la conducción de las instituciones verdaderamente educativas, a las que plantean exigencias concretas, es otro de los rasgos distintivos de estos sistemas en las sociedades modernas, a diferencia de los sistemas de instrucción, que suelen ser manejados a su antojo por los aparatos burocráticos de Estado, mediáticos o religiosos. Estos aparatos, como podrá comprenderse, tienden a ser enemigos de todo cambio hacia lo verdaderamente educativo, pues presienten alérgicamente que la criticidad de los ciudadanos conspira contra sus intereses: las dictaduras latinoamericanas, por ejemplo, con la complicidad de las oligarquías y clerecías más retrógadas, han sido tradicionales enemigas de los cambios educativos en la región.

Sin embargo, como ya lo hemos señalado en otro lugar, son significativos los avances de Argentina, Chile, Uruguay, Costa Rica y, abstracción hecha de su monolitismo político, Cuba, en materia educativa. En todos estos casos, que sepamos, excepto en el último, los cambios educativos han sido primero efectos, y causas después, de cambios en las otras esferas. Y bastaría con que los demás países, en lugar de obsesionarnos con atajos y saltos seculares imposibles o de costos sociales prohibitivos, nos dispusiésemos a centrarnos en la transformación de nuestras capacidades desde abajo hacia arriba, para que muy pronto encontrásemos los pivotes para impulsar cambios educativos relevantes y retroalimentar todos los demás cambios. Porque lo que sí es cierto es que sin educación verdadera no podremos asistir nunca al baile de la modernidad y menos al de la sociedad futura, socialista, sin clases, posmoderna o como nos apetezca llamarla.

martes, 11 de agosto de 2009

Nuestras capacidades estructurales mediáticas

La verdad es que a mí tampoco termina de parecerme simpática la palabrita, que, no sé, tiene un aire como a médico o a medicinal, o un saborcito como a remedio, pero todo sugiere que ha venido para quedarse y ya está flamantemente instalada en el mero DRAE: "mediático, ca. adj. Perteneciente o relativo a los medios de comunicación.", así que nos resignaremos a emplearla, por ahora. Pero con una condición: ampliaremos su cobertura para incluir a todas aquellas instancias sociales dedicadas esencialmente a la generación, almacenamiento, manejo y difusión de la información como recurso, es decir, de los símbolos o representaciones de la realidad como si fuesen otra realidad paralela y no física, o sea, más bien con el significado de "perteneciente o relativo a los medios de información", puesto que a la comunicación, que supone cierta interacción entre las partes comunicadas, la vemos como un subconjunto de la transferencia de información.
Según esta acepción ampliada, dentro de las capacidades mediáticas incluiremos a todas aquellas que, por milenios, comenzaron a emerger gradualmente con el uso de la pintura, la escultura, el dibujo y la escritura, pero que sólo alcanzaron su madurez, como sistema de capacidades distinto del cultural y del político, con el establecimiento de los métodos xilográficos chinos (al estilo de los esténciles que todavía se usan para imprimir franelas y afines) y el uso de caracteres de impresión por los mismos asiáticos, y, en Occidente, con los monasterios medievales y sus prácticas de copiado profesional de manuscritos, a partir del siglo IX, y, ya plenamente, desde el siglo XV, con la imprenta tipográfica de Gutenberg y sus caracteres metálicos. Con la posibilidad de impresión masiva y a bajos costos de libros, documentos, folletos, edictos, afiches y afines se inicio una nueva era histórica en donde la fuente casi exclusiva de información dejó de ser el mundo concreto y tangible, el cual pasó a compartir su privilegio con un nuevo mundo artificial de imágenes, textos, gráficos y, más adelante, sonidos e imágenes en movimiento.

Si, con las capacidades territoriales, las sociedades comenzaron a crear una especie de prolongación o anexo del mundo natural, o una suerte de ortomundo, que tuvo, en las épocas primitivas tardías y en las primeras antiguas, un impacto enorme sobre las capacidades estructurales básicas productivas, culturales y políticas, dotándolas de equipos, herramientas variadas e infraestructuras diversas, ahora, con las capacidades mediáticas, se ha construido un mundo mucho más extranatural o artificial, una especie de metamundo, que ha venido a convulsionar la esencia de las sociedades dotando a todas las capacidades mencionadas con representaciones simbólicas o abstractas que las potencian. Así, en las sociedades antiguas tardías y, sobre todo, en las sociedades a las que llamaremos medias, la cultura se dota de representaciones y documentos diversos que la modifican, la producción se uniformiza o estandariza mediante normas, planos, instructivos, fórmulas, contabilidades, etc., y la política se arma con leyes, programas, decretos, edictos, reglamentos, panfletos, afiches y afines, que posibilitan un ejercicio del poder mucho más eficiente. Y, así como el manejo de lenguajes especializados u ortolenguajes ha sido la clave para el desenvolvimiento de las capacidades territoriales en aquel ortomundo, el empleo de lenguajes abstractos o metalenguajes ha sido el quid para el avance de las capacidades mediáticas en este metamundo.

Al calor de la revolución técnica mediática inicial, y luego con las revoluciones tecnológicas posteriores, se ha expandido la visión general del mundo de la inmensa mayoría de los habitantes del orbe; se ha potenciado el desarrollo de medios de generación, procesamiento y difusión de información cada vez más sofisticados, tales como las imprentas, las cámaras fotográficas, el telégrafo, la radio, el tocadiscos, el teléfono, la televisión, los computadores e Internet, a la vez que la creación de medios de almacenamiento y recuperación de información tales como bibliotecas, hemerotecas, planotecas, discotecas, fototecas, filmotecas, mediotecas y archivos físicos o virtuales de todo género; y, tal vez con la mayor importancia, se han establecido medios o sistemas de instrucción, en donde la población no sólo asimila grandes cantidades de información en un ambiente controlado, el escolar, sino que aprende a emplear los metalenguajes abstractos necesarios para generar, procesar, interpretar, almacenar y difundir más y más información por cuenta propia.

Con todos estos adelantos y revoluciones, los seres humanos pasamos a vivir como en dos esferas: una, la de los objetos tangibles, con los que interactuamos a través de nuestros sentidos, y otra, la de los objetos virtuales o intangibles, potenciada por nuestro tránsito por la escuela, que manejamos a través de nuestras interpretaciones mentales abstractas y nuestros metalenguajes. Nuestras posibilidades de aprender y adquirir experiencias se han expandido exponencialmente, pero también se han abierto opciones de dominación y manipulación cultural, ideológica y política nunca antes imaginadas, que multiplican nuestros chances de ser engañados y equivocarnos al actuar en base a premisas falsas. Mediante nuestras capacidades mediáticas podemos enterarnos de detalles de la vida de un fulano que vivió a decenas de miles de kilómetros y quizás a miles de años de nosotros, pero también podemos terminar creyendo, dependiendo del contenido de la información recibida, que el tal fulano fue un santo cuando a lo peor resulta que fue un demonio, o al revés, y este es el grave conflicto inherente a este mundo virtual o mediático: dado que es una instancia artificial o puramente creada por los humanos, sin equivalente en el mundo natural o biológico, tiene el poder de enriquecer enormemente pero también de arruinar nuestras vidas. Un solo instante ante un afiche o una cuña radial o televisiva, o un par de horas de lectura de un libro o de visión de una película, pueden ser suficientes para alterar drásticamente el curso de nuestra existencia, sembrándonos ideales y esperanzas, o ilusiones y frustraciones, que no teníamos.

De donde se deriva la mala noticia de que, quizás después de las armas y de los dólares, los medios de comunicación o información son un recurso favorito de toda empresa, Estado, imperio, avaro, autócrata u organismo de inteligencia interesado en dominar o controlar a una población con limitado grado de desarrollo de sus capacidades, e imponerle una visión de las cosas no acorde con sus propios intereses. Los medios de comunicación siempre dan la sensación de estar como adelantados en relación al resto de las capacidades de todo país atrasado, puesto que, mediante inversiones, préstamos e intervenciones adecuadas, son fácilmente puestos al servicio de entes diversos, a menudo también locales, que se aprovechan de tal atraso. En nuestra América Latina, en donde en muchos hogares las prioridades del televisor están por encima de las de la nevera, esto resulta particularmente patético: nuestro imaginario de estilos de vida y de consumo suele estar a años luz de nuestras capacidades productivas para generar autosuficientemente los bienes y servicios que aseguren tales estilos. Y esto genera una especie de esquizofrenia entre nuestro Dr. Jekyll, que trabaja y produce de una manera, y nuestro Míster Hyde que quiere vivir y consumir de otra, lo que se convierte en caldo de cultivo para toda clase de aberraciones, alienaciones y desadaptaciones.

Con frecuencia los Estados de nuestros países atrasados, con buenas o no tan buenas intenciones, cuando quieren enfrentar a otros Estados o entes externos con empeños dominadores, tratan de crear aparatos de propaganda y adoctrinamiento que contrarresten los efectos mediáticos adversos, pero, a la larga, esta no es la solución al problema, puesto que plantean la batalla por la autonomía nacional y contra la dependencia en un terreno de símbolos desligados de la realidad -muchas veces sin el acompañamiento de al menos sólidos sistemas de instrucción para aprender a manejar los metalenguajes correspondientes-, que, en el mejor de los casos, termina cambiando una alienación por otra.

La buena noticia, empero, es que los afanes de dominación de entes externos diversos sí pueden ser contrarrestados, como ya lo están haciendo tal vez decenas de naciones pequeñas y militarmente débiles, mediante la transformación de sus capacidades productivas y de trabajo hasta llevarlas a sustentar un modo de vida y un estilo de consumo acorde con las posibilidades de cada una, y el desarrollo de capacidades culturales, territoriales, educativas y políticas que sitúen las experiencias mediáticas en un contexto equilibrado. Más aún: dentro del propio ámbito de los medios de comunicación están apareciendo posibilidades de contrabalanceo de los macropoderes mediáticos a través de micropoderes al alcance de los ciudadanos comunes y corrientes, como, verbigracia, es el caso de este blog, que, pese a ser producido con recursos materiales muy limitados, idealmente ya puede ser leído masivamente en todo el planeta y al cual su autor, más allá de la realidad de sus escasos lectores actuales, aspira, aprovechando la gratuidad de los sueños, convertir algún día en una voz que pueda ser escuchada en los grandes foros de búsqueda de soluciones a los problemas de nuestra Latinoamérica.

Mientras el poder mediático se redujo a la publicación de libros y documentos que muchos no podían leer, y a una enseñanza libresca y elitesca para la interpretación de ésos, la prensa, la escuela y sus afines se mantuvieron como poderes muy a distancia de los otros, pero, con los modernos medios de comunicación, la sociedad no sólo necesita hacer madurar todas sus capacidades en general, sino, en particular, de dos contrapesos sin los cuales resulta fácilmente presa de maniáticos mediáticos de toda laya, cuales son un verdadero sistema educativo que, a diferencia del meramente instructivo, enseñe a pensar, discernir y decidir con modelos y criterios propios, y un moderno sistema político, verdaderamente democrático, que equilibre los macropoderes que inciden sobre la vida de los ciudadanos a objeto de maximizar el ejercicio de los micropoderes de éstos. En ausencia de este sistema educativo y de este sistema político democrático, de los que nos ocuparemos en las próximas dos entregas, las sociedades fácilmente se hunden en el peor de los mundos mediáticos, en donde la visión virtual de las cosas, a veces empedrada con buenas intenciones como el camino aquel, termina por conspirar contra las posibilidades reales de mejorarlas.

viernes, 7 de agosto de 2009

Nuestras capacidades estructurales territoriales

Tengo la impresión, a juzgar por comentarios que directamente me han hecho llegar algunas lectoras, de que no he logrado esclarecer lo suficientemente el sentido de esta nueva serie de artículos, que quise presentar hace dos entregas bajo el título ¿Cuáles son esas capacidades de las que tanto hablamos? Lo que intento es presentar un conjunto de criterios o planteamientos conceptuales acerca de los distintos tipos de capacidades que deberíamos fortalecer o adquirir en el proceso de construcción de nuestra América Latina, que espero serán de utilidad a la hora de examinar, con mayor agudeza y más adelante -aunque también desde ya, como se verá en este mismo artículo-, los múltiples problemas y situaciones concretas que abordaremos en nuestro blog.

Una manera alternativa de hacer esto sería organizar una especie de glosario, diccionario o tesauro de términos poco usuales o desarrollados por el autor, que pudiesen estar disponibles para la consulta en cualquier momento y desde cualquier artículo, pero de repente esto obligaría a pagar el precio de exigir ciertas habilidades informáticas para hacer las consultas en línea, que muchos lectores no tendrían; y otra opción sería simplemente la de hacer de cuando en cuando, en el contexto de artículos sobre temas concretos, como por ejemplo acerca de cómo transformar nuestra agricultura, ciertos paréntesis conceptuales para explicar de manera más precisa el alcance o significado de ciertos términos como capacidad productiva tecnológica, cultura material alimentaria, o formación para el trabajo, que serían requeridos para exponer nuestros puntos de vista, pero entonces quizás se perdería un poco el hilo de las exposiciones y habría que incurrir en repeticiones cada vez que hiciesen falta los mismos conceptos en otros artículos. La salida que hemos escogido es la de ofrecer periódicamente estas series de artículos conceptuales, y alternarlas con series más aplicadas o concretas, para apuntar hacia un equilibrio o balance en el largo plazo. Sin embargo, repito, estoy abierto a sugerencias o mejores ideas que los lectores quieran hacerme llegar, pues a fin de cuentas, tengo una experiencia significativa escribiendo y haciendo fotografías, pero principalmente para mí mismo, por lo que también soy un aprendiz en esto de comunicarme con un público heterogéneo y con múltiples antecedentes e intereses.

Hechas estas aclaratorias, continuaré con mi tema de hoy, cual es el de las capacidades territoriales o de relacionamiento con el ambiente físico y biológico de los espacios que ocupamos o habitamos en una época o tiempo determinado. Si insistiésemos en parangonar la sociedad con un organismo humano individual, estas capacidades territoriales o ambientales vendrían a ser como el a veces llamado sistema de soporte y protección, integrado por los subsistemas óseo, muscular e integumentario (piel, pelo y uñas), que nos permite ocupar un lugar y desplazarnos en el ambiente, realizar intercambios diversos con éste y protegernos ante amenazas diversas. Con nuestras capacidades territoriales, que sólo hemos desarrollado en los últimos diez o doce mil años, las sociedades humanas hemos logrado, en general, adaptarnos de manera permanente o estable a los más disímiles ambientes biofísicos, desde las tundras árticas hasta los desiertos y desde las más empinadas montañas hasta las llanuras, a la vez que hemos aprendido a desenvolvernos en medios desde terrestres, subterráneos y acuáticos hasta, muy recientemente, subacuáticos, aéreos y hasta espaciales.

Podemos desglosar estas capacidades en varias subcapacidades referidas a: la distribución de la población, con sus distintas cargas genéticas y culturales, en el territorio, con miras a una ocupación, tanto urbana como rural, a la vez racional y armoniosa, a las que llamaremos capacidades territoriales poblacionales o humanas; la adecuada división política de nuestro territorio, de manera de posibilitar su mejor administración y conservación, a las que denominaremos capacidades territoriales políticas; la apropiada distribución de nuestras actividades económicas según las potencialidades de nuestro territorio, a las que podemos llamar capacidades territoriales económicas; el sano aprovechamiento de las potencialidades del espacio, el tiempo, los suelos y subsuelos, y las especies vegetales y animales contenidas en nuestro territorio, incluidas aquí las obras de infraestructura y las labores de domesticación necesarias para nuestra mejor adaptación al mismo, a las que identificaremos como capacidades territoriales físicas o, mejor, biofísicas; las relacionadas con la señalización, demarcación o espacialización del territorio y su correspondiente traducción en mapas, instructivos, folletos, manuales, vallas explicativas, programas instructivos, televisivos, radiales y afines, a las que nombraremos como capacidades territoriales mediáticas; y, por último pero sin reducirlas a menos, las capacidades de generación de nuevos conocimientos sobre el ambiente o territorio a través de esfuerzos de aprendizaje, investigación, desarrollo y diseño, a las que designaremos como capacidades territoriales cognitivas o educativas en sentido estricto.

Todo esto suena muy chévere, pero, sin embargo, el problema reside en que estas capacidades territoriales se han desarrollado de manera harto desigual, y así hallamos que, en el mundo contemporáneo, mientras se discuten proyectos de asentamientos permanentes en la Luna o Marte, una enorme masa de la población vive en un estado seminómada o no del todo sedentario o estable pues carece de una mínima adaptación territorial. ¿Cómo hemos llegado a estas tan hondas desigualdades en la transformación de nuestras capacidades territoriales? Este es un tema difícil y de vital importancia, sobre todo si recordamos lo dicho días atrás en el sentido de que estas capacidades territoriales habrían sido las primeras en desarrollarse de manera evolutiva, es decir, no inherente a todas las sociedades humanas, pues va a resultar que, a nuestro juicio, es aquí donde empezaron a definirse las desigualdades de las sociedades vigentes y, especialmente, las capacidades que hicieron posible la aplastante dominación de las poblaciones prehispánicas por los invasores europeos hace unos cinco siglos, en donde, por ejemplo, 168 guerreros dirigidos por Pizarro sometieron a un ejército inca de 80000 hombres, dando origen a nuestra Latinoamérica.

Puesto que responder plena y satisfactoriamente a esta exigente pregunta nos llevaría a entrar en honduras y extensiones seguramente impertinentes, lo que haremos será, como en el conocido programa televisivo aquel, ganar tiempo, o espacio, apoyándonos en un comodín, que en este caso será el doctor Jared Diamond, quien, en su obra Guns, germs and steel: the fates of human societies [existe una traducción: Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos 13000 años, que, lamentablemente, no conocemos para el momento de escribir estas notas], nos aporta explicaciones a la vez convincentes y no racistas ni deterministas sobre este asunto (aunque hay quienes, sin distinguir, según nuestra perspectiva, entre determinación y determinismo, lo han acusado de tal, de modo parecido a quienes, confundiendo paternidad con paternalismo, pretenden invitar a los padres a abdicar de sus roles formativos; o, por otro lado, pareciera que hay quienes, en nombre del ataque a un supuesto determinismo geográfico, pretenden defender por mampuesto los sempiternos determinismos raciales o religiosos que consagrarían la superioridad cuasidivina del europeo).

Básicamente, la tesis del Dr. Diamond, traducida a nuestro lenguaje y ligeramente aderezada con modestas interpretaciones propias, lo que dice es que, cuando, hace unos 12 a 15000 años, ciertas poblaciones de Homo sapiens cruzaron el estrecho de Behring (lo que todavía era posible por vía terrestre, pues no había concluido la última glaciación) para dirigirse a la actual América, y quedar luego aislados del continente euroasiático con la subida del nivel de los mares provocada por el deshielo posterior, iniciaron una deriva histórica que 11500 a 14500 después, las colocó en marcada desventaja respecto a quienes se quedaron en Europa. Esta desventaja habría estado determinada por tres factores esenciales: uno temporal (obvio, a nuestro criterio, aunque no destacado por el Dr. Diamond), consistente en que quienes emigraron desde África hacia lo que es actualmente Europa occidental lo hicieron hace 500000 años, por lo cual dispusieron de cerca de cincuenta veces más tiempo que las tribus prehispánicas para desarrollar sus capacidades culturales, políticas, productivas y, sobre todo, territoriales, en armonía con su ambiente biofísico; otro espacial, cual es el hecho de que el continente euroasiático posee una orientación, de cerca de 180° de longitud, predominantemente horizontal o paralela al Ecuador terrestre, lo que lo dota de condiciones climáticas relativamente similares para cada año, facilita la adaptación espontánea de especies vegetales y animales a una cantidad mucho mayor de territorio, y aporta una mayor base de especies domesticables, en contraste con el continente americano, que posee una orientación, de cerca de 180° de latitud, predominantemente vertical o perpendicular al Ecuador, lo que propicia una mayor variedad climática y por tanto de especies vegetales y animales salvajes, pero simultáneamente una mayor especialización y menor adaptación relativa al ambiente general de cada especie individual, lo que las hace menos propensas a la domesticación, pues esta se basa en el cruce o hibridación de subespecies o variedades diferentes de una misma especie; y un tercer factor material, extrañamente no señalado por el mismo académico, pese a su condición de biólogo -pero no agrónomo ni edafólogo-, cual es el de que las llanuras templadas, bajo el esquema de cuatro estaciones bien diferenciadas, disponen, por decirlo de algún modo, de una especie de "mecanismo natural de recarga de nutrientes del suelo", que les da una ventaja comparativa para las actividades agrícolas, debido a que, cada año, después de la temporada de cosecha en otoño, toda la materia orgánica vegetal y animal generada es congelada y reintegrada al suelo hasta la primavera siguiente, lo que, a su vez, permite una mayor autosuficiencia alimentaria y la edificación de núcleos poblados más densos y mayores, en oposición al caso de las llanuras tropicales, en donde el material orgánico se pudre con el calor y se escurre, con las lluvias más permanentes en la franja tropical, hacia el subsuelo, ocasionando el conocido fenómeno del lavado o acidificación de nuestros suelos más planos y arables, que, salvo con la coexistencia de múltiples especies vegetales y animales en un mismo territorio, tal y como ocurre en la selva amazónica, los despoja de capa vegetal o humus y los hace naturalmente más inaptos para la agricultura de uno o pocos cultivos o la crianza de una o pocas especies animales.

Como resultante de todo esto, cuando los conquistadores españoles contactaron a nuestros indígenas prehispánicos, lo hicieron con, al menos, las siguientes ventajas en sus capacidades: 1) capacidades territoriales más evolucionadas, que les habrían permitido disponer de especies domesticadas más adaptadas para la guerra, como el caballo y el perro, a la vez que una mayor inmunidad ante los gérmenes, derivada de esta más intensa y prolongada convivencia con tal mayor variedad de especies domesticadas; 2) capacidades productivas más avanzadas, traducidas en la capacidad para fabricar armas de fuego y espadas de acero, a la vez que barcos y medios terrestre de transporte con ruedas; 3) capacidades políticas más robustas de liderazgo, organización y programación de actividades de toda índole, y particularmente militares; 4) capacidades culturales más completas, hechas posibles por los asentamientos urbanos más densos y autosuficientes técnica y alimentariamente, tales como el manejo de un lenguaje más sofisticado que, al apoyarse en textos escritos de todo género, inclusive el religioso, permitiría el manejo de niveles de abstracción, deducción e inducción lógica, incluyendo la capacidad para argumentar la posesión de supuestos derechos divinos especiales, revelados a los mortales y plasmados convenientemente en textos sagrados, no disponibles para pueblos sin uso generalizado de la escritura; y 5) capacidades mediáticas, que examinaremos con mayor detenimiento en la próxima entrega, tales como el uso de libros, manuales, fórmulas, recetas, mapas, instructivos, cartas, memorandos y afines, con sus correspondientes actividades asociadas de instrucción de personal, también ventajosas a la hora de la confrontación cultural o transculturación.

Sobre la base del asimétrico proceso de transculturación, posibilitado por tales ventajas comparativas y ocurrido en nuestro subcontinente, en donde se ha conjugado una aculturación o imposición de la cultura europea con una deculturación o pérdida de las culturas de los pueblos autóctonos, se ha erigido nuestra América Latina. Aunque genéticamente, dadas las condiciones de nuestra gestación, tengamos, por decirlo de alguna forma, un predominio prehispánico; cultural, productiva, política, territorial y mediáticamente, tenemos un predominio hispánico o latino, y es a partir de esta realidad, ingrata en muchos sentidos, pero promisoria en otros, que debemos impulsar nuestras transformaciones. Romper tajantemente con lo europeo implicaría, por ejemplo, reiniciar el desarrollo de capacidades territoriales de domesticación de especies animales y vegetales desde el punto en que estaban a la llegada de los conquistadores, o sea, renunciando al uso de caballos, burros, vacas, cabras, pollos, ovejas, hortalizas, cereales, frutas, etc., o de desarrollos arquitectónicos, recursos lingüisticos o medios y herramientas metálicos que ignorasen el valioso legado europeo o de origen no autóctono, lo que parece un disparate. Pero esto no significa que podamos eludir el impostergable reto de establecer una relación a la vez madura y armoniosa con nuestro más complejo territorio, con mucha más variedad de ambientes y especies vegetales y animales que el de cualquier otro subcontinente, y sobre todo que los euroasiático y norteamericano, pero, por esa misma razón, más difícil de domesticar y de adaptarnos a él, en donde podríamos, inclusive, decidir, pero conscientemente o con conocimiento de causa, la no domesticación de amplias porciones de nuestros territorios, como la selva amazónica o la Gran Sabana venezolana, para convertirlos en refugios de vida salvaje y ofrecerlos al disfrute respetuoso de las generaciones venideras, con la consiguiente obtención de beneficios indirectos de tal riqueza, por ejemplo, a través de un turismo organizado, al estilo de lo que ya están haciendo diversas naciones africanas o nuestra Costa Rica.

Desde la perspectiva de estas capacidades estructurales territoriales, entonces, volvemos a lo mismo de entregas pasadas: no es precisamente encantadora nuestra historia o la configuración de nuestra estructura social y es enorme el esfuerzo que tenemos por delante si queremos ser un gran pueblo verdaderamente libre, soberano y orgulloso de ser lo que somos, pero tampoco tenemos derecho a querer descubrir el agua tibia o plantearnos una imposible rebobinación hasta nuestros orígenes prehispánicos. ¿Está más clara la ventaja de disponer, con esto de examinar una a una las distintas capacidades, de más elementos de análisis y síntesis para plantearnos mejor la tarea de impulsar su transformación...?

martes, 4 de agosto de 2009

Nuestras capacidades estructurales culturales

Si las capacidades productivas son las más concretas, tangibles o duras dentro de las capacidades estructurales, las capacidades culturales serán entendidas aquí como su opuesto, es decir, como las más abstractas, intangibles o blandas, sin por ello compartir la idea de que serían algo así como dependientes de o un reflejo de aquéllas, o inferiores en algún sentido. Nada de esto: aunque admitiremos que estas capacidades culturales no pueden existir en un vacío físico, material o económico, y que inclusive están determinadas por las capacidades estructurales restantes, y especialmente por las capacidades productivas, postulamos también, tomando el término de los llamados estructuralistas, que las capacidades culturales sobredeterminan a las demás y, más allá todavía, las dotan como de un norte o sentido sin el cual éstas resultan incomprensibles y aun impensables.

Las capacidades culturales vienen a ser entonces como una especie de alma, psique, subconsciente o conjunto de valores de las sociedades, aceptados y transmitidos -sin excluir mutaciones- de unas generaciones a otras, de manera análoga a como en el plano individual somos orientados por impulsos anímicos rectores, sin que cuente aquí que la comprensión de éstos haya sido objeto de toda clase de debates religiosos o teóricos. Con más espacio y calma nos placería detenernos en argumentar como estamos persuadidos de que esta manera de entender la sociedad, afín a la de religiosos, humanistas y científicos sociales, tiene, por lo menos, interesantísimas analogías con la visión del mundo de los físicos, para quienes el mundo material, hecho de partículas elementales dotadas de masa o fermiones, es indesligable de un mundo de partículas sin masa o bosones que le da sentido o conexión con el resto del universo a las primeras y les permite ejercer sus fuerzas sobre ellas; pero mejor dejamos estas reflexiones como ejercicio para la casa y cortamos aquí, sin que esto signifique que nos olvidaremos del asunto.

Si tuviésemos que continuar con nuestras metáforas entre los sistemas del organismo humano y las capacidades estructurales sociales, diríamos que las capacidades culturales serían análogas a las del sistema nervioso no ligado a las actividades conscientes o al razonamiento, es decir, a todas las áreas u órganos comprendidos desde el sistema nervioso periférico, que regula espontáneamente nuestra respiración, percepción, circulación sanguínea, digestión y muchas otras funciones, hasta todos aquellos componentes del sistema nervioso central, como la médula espinal, el cerebelo, el subsistema límbico, los lóbulos temporales del cerebro y otros, que regulan nuestras emociones, equilibrio, sueños, reacciones instintivas y afines, en síntesis, todo lo que nos da aliento o ánimo para hacer las cosas, nos guía o impulsa inconscientemente y nos "dice" si lo que hacemos es pertinente o no y si está bien hecho y/o nos gusta o no. Y de la misma manera a como no es indispensable, para nuestra concepción del organismo individual, entrar a dirimir acerca del porqué de que esta alma, psique o como prefiramos llamarla, es como es o si alguien la puso allí, pues nos basta constatar su existencia, darnos cuenta del papel regulador de nuestras actividades que desempeña y convencernos de que de ninguna manera podemos subestimar su rol en nuestra vida, así mismo no nos hace falta establecer la naturaleza u orígenes de las capacidades culturales. Esto no quiere decir que no nos importen estos complejos asuntos o que no tengamos opinión sobre ellos, sino que nos interesa mucho más abrir la posibilidad de compartir, pluralmente, interpretaciones y acciones sociales con personas con una diversidad de puntos de vista o concepciones, siempre que sean abiertas, sobre estos asuntos.

Y, llegadas las cosas a este punto, tal vez convenga aclarar que el aparente jueguito este de las metáforas sobre el organismo humano, tiene un sentido más profundo o al menos ambicioso, cual es el de pretender avanzar hacia una especie de teoría anatómica o estructural de la sociedad que pudiese permitir analizar, diagnosticar y hasta tratar los problemas sociales, al estilo de lo que hacen los médicos con la medicina, quienes a la hora de extraer o extirpar un tumor o corregir una anomalía en un órgano no se detienen a pensar en si la persona es cristiana o musulmana, catira o morena, de derecha o de izquierda, sino que, con la mismas teorías anatómicas abordan sus intervenciones en unos u otros casos. En otras palabras, aunque no somos precisamente devotos de la ciencia, y menos de la académica, no vemos prudente despachar o desestimar el enfoque o abordaje de tipo científico de los problemas, y menos para reemplazarlo por enfoques dogmáticos, empiristas o caprichosos: creemos en la necesidad de superar las limitaciones del pensamiento parcelado científico, pero absorbiéndolo al interior de un pensamiento más rico y abarcante, parecidamente a como la ciencia lo ha hecho con el pensamiento lógico o aristotélico, al cual contiene o abarca como un subconjunto particular o más restringido.

También en las capacidades culturales distinguiremos seis tipos o subcapacidades, tres básicos o inherentes a todas las sociedades humanas, y tres "evolucionados" o distintivos de diferentes tipos de sociedades o modos de vida a lo largo de lo que entendemos ha sido nuestra historia. Las capacidades culturales esenciales o básicas serían las referidas a la valoración del mundo, la vida y las personas, a la que llamaremos concepción general del mundo (para evitar usar la palabreja alemana weltanschauung, tan popular entre los filósofos, que no parece quedar bien traducida por cosmovisión o ideología en sentido general), que comprende a lo que suele denominarse la moral o sentido del bien, y que incluye la valoración del lenguaje como herramienta para representar todo lo demás; las referidas a la concepción o valoración del poder, la igualdad, la equidad y la justicia, o capacidades culturales ideológicas en sentido estricto, o simplemente cultura ideológica o ideología; y las referidas a la valoración de la utilidad de las cosas y procesos materiales, o cultura material. Estos tres tipos de capacidades culturales serían inherentes a todos los tipos de sociedades o modos de vida, y serían los únicos de las sociedades primitivas sin distinciones de clases, en donde habrían existido de manera integrada o sin fisuras internas, o sea, sin sesgos privilegiadores de los intereses de ciertos grupos o clases sociales frente a otros.

Las capacidades culturales producto de la evolución histórica de las sociedades serían las referidas a la valoración de los recursos territoriales, ambientales y de infraestructura, junto a las reglas para su ocupación o usufructo, o capacidades culturales territoriales, las cuales habrían surgido con el proceso de sedentarización de las sociedades en ciertos territorios con ventajas para los asentamientos rurales o urbanos y/o para la agricultura, el pastoreo, el riego o la disponibilidad minera de distintos recursos del subsuelo. Aunque, conceptualmente y a diferencia de lo sostenido por los clásicos marxistas, no pensamos que la mera existencia de las actividades agrícolas sea condición suficiente para la emergencia de la propiedad territorial privada y, con ella, de las clases sociales, y prueba de ello parecieran ser sociedades como la civilización egea en la Europa pregriega o la cuasicivilización arahuaca en la Venezuela prehispánica, en donde existieron sistemas agrícolas avanzados sin clases sociales y, por tanto, con culturas integradas o armoniosas, lo cierto es que pareciera que hasta ahora ninguna sociedad agrícola con impacto significativo sobre otras sociedades o sobre las tendencias centrales de la historia conocida ha podido subsistir sin la generación de clases sociales y sus correspondientes culturas escindidas en un componente dominante y otro dominado o subordinado.

Da la impresión de que la combinación fatal ha sido el encuentro de pueblos agrícolas pacíficos con pueblos invasores belicosos y dotados con ventajas militares que terminan por subyugar y hasta esclavizar a los primeros, de modo semejante al conocido fenómeno según el cual los niños pacíficos, respetuosos y estudiosos con frecuencia terminan sufriendo ataques, atropellos o despojos de niños violentos, malcriados o maleducados. Sea cual sea la explicación, lo cierto es que la casi totalidad de sociedades dotadas de sistemas agrícolas o mineros han terminado por convertirse en sociedades de clases sociales, en donde quienes se han vuelto propietarios de las tierras o minas han explotado, sometido y muchas veces esclavizado a los no propietarios y les han impuesto alguna ideología, religión o cultura dominante, que intenta justificar o presentar como natural o merecido tal explotación o sometimiento. Tal vez la combinación más usual sea la que supone la existencia de un dios o criatura sobrenatural que consiente o premia a sus devotos principales, que resultan ser los mismos propietarios de las tierras y sus descendientes, con privilegios sobre los no creyentes, creyentes a medias o conversos, que, pese a ser, a menudo, descendientes de los ocupantes originarios de las mismas tierras, acaban por ser los no propietarios subordinados a los primeros. Frente a tales situaciones de injusticia, la respuesta ortodoxa de izquierda es la de propiciar la lucha de clases para devolver a las clases oprimidas la libertad y la propiedad perdida de las tierras, pero resulta que no se conoce ni un solo caso en donde este tipo de lucha de clases haya engendrado una sociedad de nuevo tipo: la sociedad romana, por ejemplo, que es un clásico de la dominación esclavista amparada por una ideología y una cultura religiosa legitimadora de tal orden, no fue reemplazada o superada por otra dirigida por los esclavos o sus descendientes que pasaron a dominar a sus anteriores amos, sino por fuerzas sociales externas que portaban en su seno las relaciones del tipo señor/siervo, lo que dio lugar al feudalismo medieval como sistema alternativo al romano, en donde todas las clases del antiguo sistema se reacomodaron según las clases del nuevo.

El quinto tipo de capacidad cultural es el que asociamos a la valoración de leyes, normas escritas, manuales y libros contentivos de verdades, órdenes con miembros portadores de dichas verdades, con frecuencia reveladas por entes no humanos, y exégetas de tales libros, y autoridades de diversa índole legitimadas por tales leyes, normas y verdades, a las que denominaremos cultura legal o normativa. Nuevamente, aunque consideramos pensable la existencia de una sociedad que, al estilo de la Castalia de Herman Hesse en El juego de abalorios, pudiese existir con una cultura normativa armoniosa y sin distinciones clasistas, el hecho es que todas las sociedades de que hayamos tenido noticia con capacidades culturales de este tipo han sido sociedades jerárquicas, en donde las leyes o normas favorecen discriminativamente a quienes detentan el poder, en perjuicio de quienes no lo detentan. Las sociedades mercantiles o sociedades monárquico-burguesas, al estilo de la Europa de los años aproximadamente 1500-1789, y del tipo que vemos como esencialmente prevaleciente en la América Latina actual, es decir, sociedades con estructuras premodernas o anteriores a las revoluciones modernas industrial o inglesa y política o francesa, pueden ser consideradas como sociedades con culturas dominantes de tipo normativo, estructuradas en beneficio de las clases dominantes correspondientes. Lo dicho al final del párrafo anterior sería, con variantes, aplicable también aquí: la sociedad moderna que emerja del colapso del obsoleto régimen mercantil o autocrático no podrá surgir de la inversión del poder de clases en la sociedad anterior y menos de la dictadura de los proletarios e indigentes sobre los burgueses y pequeñoburgueses, sino del gradual y consciente establecimiento de un nuevo sistema social con relaciones distintas del tipo que exploraremos a continuación.

El sexto tipo de capacidades culturales es el que vincularemos a la valoración del conocimiento, de la verdad no revelada por nadie sino legitimada por la investigación científica y la comprobación experimental de hipótesis, de la validación práctica de modelos teóricos, de la autoridad emanada del aprendizaje y manejo de los conocimientos así generados, a las que llamaremos capacidades culturales cognitivas, características de las sociedades modernas. Aunque reconocemos, en muchos sentidos pero no en todos, un importante grado de evolución en las sociedades con culturas dominantes de este tipo, sobre todo en relación a aquéllas con culturas de los tipos anteriores, no se nos escapa que seguimos tratando con sociedades de clases en donde, por regla general, el empleo del conocimiento científico y tecnológico, supuestamente imparcial u objetivo, termina por favorecer los intereses de quienes financian y controlan los centros de investigación y desarrollo en donde se genera, o sea, de las clases empresariales y gerenciales de las grandes corporaciones y los altos funcionarios estatales que a menudo favorecen sus intereses mutuos con ésas, y termina por contribuir a imponer un estilo de vida consumista y materialista que perjudica a prácticamente todo el mundo.

Imaginamos la superación de estas sociedades modernas como una extrapolación del proceso, que ya vemos en marcha, de emergencia de un nuevo tipo de capacidades asociadas a la valoración de la ética, del respeto a las personas y al ambiente, de la solidaridad y la cooperación frente a la competencia, y valores afines, hasta convertir en dominante esta nueva cultura, pero nunca como producto del derrocamiento violento del empresariado corporativo y sus adeptos privilegiados. Y pareciera probable que este nuevo tipo de sociedad, a la que nos gustaría llamar simplemente posmoderna o socialista de no ser por la cantidad de connotaciones ambiguas que todavía portan estos términos, pueda por fin evolucionar, después del aparentemente largo pero en el fondo insignificante paréntesis clasista de las sociedades humanas, hacia un nuevo tipo de sociedad a la vez compleja y sin clases sociales, al estilo del modelo prefigurado como ideal por todas las religiones y por muchas doctrinas no religiosas. En resumen, hacia una sociedad nuevamente armoniosa y bajo el imperio único del amor en un ambiente de libertad y respeto, concordante con las tendencias centrales de nuestra deriva biológica.

Mientras tanto, mientras evolucionan estos lindos procesos en donde si seguimos pegados a nuestros vicios atávicos los latinoamericanos no podremos participar activamente y menos ser protagonistas, no nos queda sino pensar y actuar mucho, transdisciplinaria y colectivamente, en pro de la desmixtificación -o desenmarañamiento de sus falsos componentes- de nuestras culturas, en el rescate de valores sepultados por siglos de explotación y opresión -tales como los ritos de fertilidad de la tierra que se esconden bajo ciertos rituales católicos criollos, como el de la paradura del niño-, en el impulso a procesos de modernización y reacomodo social que no pueden tener como norte la copia de los vicios de las sociedades ya modernas, y tampoco la imposible inversión o puesta patas arriba de nuestras sociedades premodernas, sino la transformación y superación de nuestras capacidades en la ruta hacia las sociedades sin clases sociales de futuro. Si así actuáramos, haríamos como los niños que anhelan ser sabios cuando grandes o ancianos, y hasta reconocidos después de muertos o en otros mundos, pues nadie tiene derecho a poner límites a nuestros afanes de superación, pero sin por ello pretender saltarse sus inevitables adolescencias, juventudes y adulteces...