viernes, 6 de agosto de 2010

La cultura venezolana (II): El facilismo y sus efectos corrosivos

Si la cultura de la exclusión, que en definitiva no es otra cosa sino la falta de una identidad y una visión nacional compartida, está en la raíz de buena parte de nuestras deformaciones culturales estructurales, la cultura del facilismo, o el destrabajo, y sus variantes, viene a ser una aberración, también de larga data, que actúa como un sello o blindaje social que dificulta extremadamente la búsqueda de soluciones de fondo a cualquier problema de la sociedad venezolana, incluyendo al de la exclusión misma.

Cuando la extendida obsesión por pertenecer o no pertenecer a un determinado estrato social, y por tanto la renuncia consciente o inconsciente a formar parte de una nación, se conjuga con circunstancias internacionales en donde un solo producto de exportación, primero el cacao, luego el café, y después y en los últimos cien años el petróleo, se convierte en el principal, casi único y sobrepreciado medio de intercambio con el exterior moderno, de donde proceden o dependen la mayoría de los bienes y aun servicios que consumimos, entonces, como uno de los síntomas de la llamada "enfermedad holandesa" que comentamos hace poco, en el artículo de inicio de esta serie sobre la sociedad venezolana, el facilismo sobreviene y se hace casi inevitablemente endémico.

Cuando el 90% de las divisas extranjeras se obtienen mediante la exportación de un sólo producto, en cuya generación interviene menos de un 1% de la fuerza de trabajo y en un país que, en buena medida a consecuencia de una historia martirizada y disociada -como quisimos demostrarlo en nuestra subserie de artículos de julio de 2009-, posee una estructura productiva atrofiada y estatista, una muy débil estructura familiar, un falso sistema educativo y un ambiente mediático que incita al consumismo desmedido, entonces el facilismo, y su corte de calamidades, el inmediatismo, el rentismo, la especulación, la corrupción, el derroche, la violencia, el narcotráfico, la prostitución, el desprecio por la vida, el superficialismo, la inconstancia, la indisciplina, la pereza mental, la manipulación, la demagogia, el clientelismo, el electoralismo, el oportunismo político, y podríamos añadir cien vicios más, proliferan silvestremente en la selva cultural criolla, o sea, no hay necesidad de que nadie los promueva o enseñe pues crecen y se multiplican solos.

En Venezuela, no importa que proyecto o tarea se emprenda, resulta siempre que hay una manera más fácil y rápida de acometerlo, que compite con la vía del esfuerzo y el trabajo, y que consiste en conectarse a alguna palanca, abusar de alguna instancia de poder, buscar a algún intermediario apropiado, enchufarse a alguna de las tomas de recursos financieros, previo el pago de la debida comisión y/o sobreprecio, o simplemente pedirle, quitarle, engañar, explotar, robar, extorsionar o sobornar a alguien que disponga de los medios necesarios, no pocas veces también obtenidos inmerecidamente o con poco o ningún esfuerzo. El resultado lamentable de este síndrome es que ningún problema que demande dedicación, empeño, creatividad, tenacidad, paciencia, visión, conocimiento, etc., o sea, ningún problema real o merecedor de tal nombre, se resuelve jamás por completo. Así las calles nunca terminan de acondicionarse, las aceras de limpiarse, la basura de recogerse, las autopistas de concluirse, los alimentos de producirse, las escuelas de mantenerse, los delincuentes de atraparse, las familias de consolidarse, las leyes de respetarse, la corrupción de erradicarse, las autoridades de obedecerse, los programas políticos de elaborarse, las comunidades de organizarse, los funcionarios electos de controlarse, la libertad de ejercerse, las necesidades de satisfacerse, o, en síntesis, la vida de vivirse.

Con semejante y vernáculo estilo patas arriba, una de las expresiones que más se oyen cuando los venezolanos regresan de cualquier parte en el exterior, incluyendo a Maicao, Cúcuta, Arauca, Puerto Carreño, Maicao, Casuarito, La Línea, Boavista, Puerto España, Willemstadt o Bonaire, apenas al salir de nuestras fronteras y muchas veces a pequeños poblados, y por supuesto a ciudades y naciones más establecidas al norte o al sur, es la de "es que allá las cosas sí funcionan". Un filósofo amigo me dijo una vez, a su regreso de un viaje a España, que tenía la sensación de estar regresando de la realidad para entrar a la ficción; un japonés que vivió en el país en los años setenta, como representante de una transnacional, y regresó de visita hace poco, le dijo discretamente a una amiga "y por lo que veo todavía siguen en el mismo desorden..."; un pariente que pasó unas semanas en un país nórdico me comentó que apenas al llegar al aeropuerto de Maiquetía había vuelto a sentir, con el acoso para la compra de dólares y el acarreo de maletas, el despelote criollo; una gringa que pasó unas horas en un aeropuerto nuestro antes de embarcarse para su tierra, estuvo observando a muchos funcionarios en sus desempeños y se atrevió a decirme "but, I really don't understand what is their job..." ("pero la verdad es que no entiendo en qué consiste su trabajo...").

Hace días, en un foro electoral en el IESA, al que me invitó mi amiga Margarita López-Maya, un joven profesional con pinta de extracción social muy acomodada, casi en la víspera de ser enviado por su familia a cursar un posgrado en el exterior, contó brevemente algunas de sus desventuras recientes en varios robos y delitos de que había sido objeto, incluyendo el despojo de su 4x4 y un secuestro express en donde lo dejaron desnudo en las afueras de Caracas, y destacó que lo que más le había dolido, en este último, no fue que lo abandonaran en un matorral y sin ropa, al punto de que creyó que iban a matarlo, sino que los malandros le dijeran al despedirse: "y esto te lo hacemos porque te lo mereces, pues ustedes tienen la culpa de que nosotros estemos jodidos...".

Desde nuestra perspectiva, este no es sino un botón de muestra acerca de como la cultura de la exclusión está haciendo cortocircuito con la del facilismo, no pocas veces con la yesca de la insensibilidad opositora y la chispa del incendiario discurso presidencial, lo que refuerza nuestra convicción no sólo de que carece de sentido optar por los términos del dilema falso al que nos quieren someter oficialismo y oposicionismo, sino de que es imperativo explorar nuevas opciones de superación real de nuestra enmarañada crisis cultural, económica, política, educativa y, por ende, social.

El malfuncionamiento cotidiano de nuestras instituciones, que a menudo nos causa hasta gracia y es motivo de chistes entre nosotros mismos, es sólo una de las manifestaciones, quizás de las más light o ligeras, de esta cultura del facilismo. La inseguridad, la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, la prostitución y el sicariato, flagelos indudablemente heavies que también nos azotan, y que constituyen factores de peso a la hora de que muchos emigren, son igualmente y como mínimo subproductos indirectos de esta hibridación cultural de la exclusión, de un lado, y el facilismo y el destrabajo, por otro.

Buena parte de los los comportamientos antisociales que nos escandalizan tienen su asidero en malformaciones culturales que se complementan viciosamente con nuestra bizarría económica y social, en general, y no podrán erradicarse jamás si no se afectan sus soportes. No dejaremos de insistir aquí en que el problema de la inseguridad, por poner un caso, que tanto nos golpea a los de clase media, no podrá solventarse jamás sin una mucha mayor cohesión e identidad social y ética, y productividad, lo cual pasa no por más repartos y piñatas generadores de ilusiones de bienestar, como lo está pretendiendo el gobierno, sobre todo en días electorales, sino por la generación de empleos estables y oportunidades de capacitación e incorporación al mundo productivo, con miras a la generación de productos y servicios que satisfagan nuestro cúmulo de necesidades insatisfechas, y por una mayor organización de la colectividad toda en las labores de prevención y combate del delito.

Y, con un calibre aún más grueso, esta secular complementación viciosa entre exclusión y facilismo, o entre polarización social y destrabajo, es también el pilar fundamental en que se ha asentado, apadrinado además por intereses externos e internos que medran de nuestras incapacidades y desdichas, nuestra cultura de la dependencia, nuestra irrefrenable manía de creer que son otros los causantes de nuestros problemas y que serán otros los protagonistas o antagonistas a la hora de hallarles solución. Dependencia que nos empuja a que cada vez que intentamos impulsar procesos de búsqueda de salidas sustentables a nuestras crisis, no aguantamos dos pedidas o presiones externas para desistir de nuestros propósitos.

Tal fue lo que nos ocurrió hace doscientos años, cuando la gesta independentista, con la activa participación y el valeroso sacrificio del pueblo pobre y de colores tintos, mas también, pues no es posible reeditar la historia, con el decidido liderazgo y orientación de gruesas porciones de la clase acomodada y de pieles pálidas, cuyo principal exponente fue el mismísimo Bolívar, cuando, tras dos décadas de sacrificios más que heroicos de todos, cierta oligarquía recalcitrante optó por regresar a las faldas de la tutela borbónica, so pretexto de una confrontación con el imperialismo y el protestantismo anglosajón. O lo que nos pasó, tras la muerte del tristemente longevo dictador Gómez y otra vez después de dos décadas y pico de luchas y combates por la democracia, contra la dictadura y por la modernización, con intervención activa no sólo del pueblo laborioso y pobre sino también del estudiantado y profesionales de clase media, intelectuales, artistas y cierto empresariado progresista, cuando un genuino proyecto nacional fue de nuevo abortado en la arena de fundamentalismos importados que hicieron de la lucha en favor o en contra del imperialismo, o del socialismo soviético-cubano, el nuevo y estéril centro de gravedad de las luchas. O, en carne propia, lo que nos está pasando hoy, cuando treinta años de luchas contra la corrupción, el clientelismo y la incapacidad de los partidos puntofijistas, en donde, una vez más, participaron múltiples fuerzas sociales y políticas, y que cristalizaron en la Constitución de 1999, están siendo abortados en el altar de una falsa confrontación entre capitalismo y socialismo, mercadismo y estatismo, liberalismo y totalitarismo, Estados Unidos y Cuba, que nadie explica ni entiende, y que amenaza con despeñarnos por el abismo de una guerra civil disfrazada dizque de lucha de clases.

No, no y no. No apoyamos la fantasía socialista no factible ni sustentable del Presidente, su PSUV, su gobierno y su pretensión de secuestrar los recursos del Estado, los símbolos patrios y hasta las esperanzas y el coraje del pueblo; y tampoco la insensibilidad opositora que intenta manipular el descontento y la frustración con el chavismo y el "socialismo", para revivivir, restaurar y relanzar los partidos y el modo de vida contra los que hemos luchado durante buena parte de nuestras vidas. Ambas falsas alternativas comparten, entre otros muchos elementos, la ilusión de querer superar nuestra crisis manteniendo inalterada la cultura de la exclusión y el facilismo que está en los tuétanos de todos nuestros padecimientos.

(Estamos a horas de iniciar la publicación, que saldrá a ritmo acelerado y con intenciones de ponernos al día con el lamentable atraso del blog, de una subserie sobre la política y las elecciones parlamentarias venezolanas. No se la pierdan, y tranquilos que el equipo si no gana por lo menos se recupera...).

martes, 3 de agosto de 2010

La cultura venezolana (I): La exclusión y sus secuelas

Hace años -está bien, muchos-, cuando, recién convertido en un joven veinteañero, me hallaba bajo el influjo de decenas de Valores humanos (programa televisivo), "Pizarrones" (columna dominical en El Nacional) y de las obras completas de Uslar Pietri, con su novela Un retrato en la geografía a la cabeza, decidí que estaba harto de nada más que ver de lejos y oir hablar de marginalidad y pobreza, y me fui a conocer los barrios de San Agustín del Sur: El Manguito, Hornos de Cal, El Mamón, Marín, La Charneca, etc., que quedaban cerca de mi casa en la Avenida Victoria, en Caracas, para hacerme de opiniones propias sobre el asunto y hacer algo útil que contribuyera a remediar o mitigar tal pobreza.

Fue así que, a comienzos de los setenta y durante varios años, frecuenté regularmente estos barrios, me hice miembro del Club Social El Manguito y tuve allí buenas amistades, de las que todavía conservo algunas, y no pasó mucho tiempo antes de que constatara las severas limitaciones de mi visión uslarpietresca de la vida. El mayor de los sacudimientos que experimenté consistió en descubrir otra cultura, otra manera de entender la importancia de las cosas, dramáticamente diferente de la mía. La lucha por satisfacer las necesidades alimentarias, vestuarias, de servicios básicos de luz, aguas blancas y negras, aseo urbano, y de transporte de cada día, así como la obtención de empleos, que en mi medio se daban por sentadas, ocupaba el centro de conversaciones, preocupaciones y aun angustias e impotencias. La salud, en cambio, no recibía mayor cuidado, era concebida como una cuestión de tener buena o mala suerte a la hora de enfermarse, y no era infrecuente que tanto niños como personas de apenas treinta o cuarenta años muriesen de enfermedades, como fiebres, gripes, diarreas y asmas, a las que había creído relativamente inofensivas. Algo parecido ocurría con la inseguridad, que, pese a que era mucho menor que en nuestros días, se tenía por un asunto delicado pero que sobrevenía como por azar y no dependía de la colectividad. Opuestamente, las lecturas, el cine, los museos, los programas culturales, el estudio, asuntos centrales en mi cosmovisión, recibían escasa o nula atención; la música, lejos de ser asumida como una especie de alimento para el espíritu, era entendida como mera distracción o acompañamiento de tragos, cuando no como insumo para el baile. La educación era vista ya como una imposición externa o ya casi como un lujo, además exótico en el caso de la superior, pero nunca como una vía para la superación (idea esta prácticamente ausente, pues el mundo se veía como fatalmente adverso), y recuerdo haber participado en campañas para convencer a muchas madres de que enviaran a sus niños al Colegio de Fe y Alegría, cuya mensualidad era de dos bolívares de entonces (unos cuatro bolívares fuertes de ahora ó cuatro mil de los débiles viejos), pero que ellas preferían gastar en otros menesteres prioritarios.

Lo más impresionante de todo resultó ser que en aquella otra mitad de venezolanos no existía una noción de pertenencia a una nación única, junto a los demás, ni tampoco se hablaba jamás de marginalidad ni se disponía de un discurso para hablar de sí mismos o de la necesidad de incorporarse al resto del cuerpo social, sino que se veía a los "de abajo", a los "finos" o no moradores de cerros, a la gente como yo, como los miembros de algo parecido a un país extranjero al que ellos no pertenecían. De manera análoga terminé percatándome de que en este otro mundo, el mío, no hablábamos de, ni teníamos vocablos para, designar nuestra condición de establecidos, incluidos o habitantes del valle, sino que simplemente eramos los "normales" y los veíamos a ellos como "la gente de los cerros" o "los marginales". Cada fracción veía a los demás como los otros.

Recuerdo haber oído incontables relatos de redadas policiales, desprecios y abusos sufridos en la calle o en diversas instituciones o trabajos, cacheos humillantes, desatenciones al solicitar algún servicio, persecuciones, decomisos y matraqueos por andar vendiendo buhonerías en las calles, violaciones de adolescentes y casi niñas que daban lugar a maternidades precoces, o actos de violencias incomprensibles, que carecían de sentido en el ambiente en que me había movido hasta entonces. El simple hecho de bajar a las calles de la ciudad implicaba asumir riesgos para los que había que estar preparado, y era cosa frecuente que la gente no regresará sino días después de su salida, pues se les retenía y golpeaba en comisarías y jefaturas civiles por cualquier motivo. Y, sobre todo, alguna vez me quedé atónito al escuchar, cual cosa corriente, que si alguno de ellos, por ejemplo, oía a otro emplear una palabra poco cotidiana o lo veía vestirse con un atuendo fuera de lo usual, le decía que parecía "un tipo de la sociedad", implicando que ellos no pertenecían a ésta.

Desde el Club organizamos numerosas campañas en pro del mejora- miento de los servicios básicos, con resultados nada despreciables, aunque siempre después de largas gestiones y tediosas colas, demoras y prórrogas ante los organismos burocráticos del Estado, en materia de instalación de alumbrado eléctrico, servicios de cloacas, aguas blancas colectivas y aseo urbano colectivo. También organizamos numerosas verbenas, visitas a parques y playas, fiestas para niños y jornadas de limpieza, que bastante contribuyeron a la integración social del barrio; aunque mucho de esto se perdió cuando, a partir de 1974 y con la inmigración masiva de colombianos, dominicanos, bolivianos y afines, la inseguridad se tornó insoportable aun para muchos de ellos, nacidos o criados allí, al punto de que buena parte de los miembros del Club decidieron emigrar y fundar un barrio de acceso restringido en las afueras de La Victoria, estado Aragua, en donde todavía viven y desde donde se desplazan diariamente a Caracas.

Lo más difícil, y donde los resultados fueron más magros, fue intentar promover el acceso a empleos, y allí entendí lo que querían decir ciertos economistas con la expresión desempleo crónico. Las dificultades empezaban con la muy escasa, salvo las ocasionales y difíciles de aprovechar plazas en obras de construcción, demanda de puestos de trabajo para personal poco calificado, y continuaban cuando los empleadores privados, así como los policías, vigilantes y funcionarios públicos, demostraban cierto curioso olfato para detectar y discriminar la condición social de los habitantes de los barrios en base a sus maneras de hablar, de razonar, de vestir y hasta de identificarse, pues para ellos resultaba difícil, en circunstancias en que, ante los ojos de los funcionarios de identificación, los más carecían de una dirección formal, hasta la mera obtención de una cédula.

En esas experiencias descubrí lo que luego, y también aquí en el blog, comenzaría a llamar, con otros, las raíces estructurales de la pobreza, y también a darle un significado vivencial y concreto tanto a las estadísticas sobre el tema como a mi vocación y compromiso por contribuir a superar los graves problemas sociales de nuestro país. Desde entonces entendí el porqué de la enorme influencia que los aspectos económicos tienen sobre las maneras de ver el mundo de las personas, vi claro que sin una atención seria a los problemas de capacitación y empleo es muy poco lo que puede hacerse en materia de impulsar un estilo de desarrollo sustentable, y desde entonces quedé en condiciones de entender, entre muchos otros aspectos cruciales de nuestros comportamientos y valores culturales, el porqué de que esta parroquia de San Agustín, que nunca antes había recibido las atenciones que ha tenido con el gobierno de Chávez y que se ha vuelto, con el Metrocable, una especie de parroquia mimada, haya estado dispuesta, como la mayoría de las zonas más depauperadas del país, a votar por cualquier proposición que el Presidente les haga.

Sin embargo, lo más importante de lo que allí aprendí fue que la dualidad, asimetría, marginalización o exclusión social, heredada tras siglos de empeño por construir una sociedad estamental, con personas de diferentes categorías o condiciones sociales, y que no pudo ser transformada por las luchas de la independencia, es una especie de madriguera cultural en donde se crían buena parte de los valores imperantes en la sociedad venezolana. Valores de soberbia, autosuficiencia, prepotencia, arribismo, insensibilidad, elitismo y afines, de un lado, y de sumisión, impotencia, resentimiento, afán retaliativo, baja autoestima, bajo afán de superación, desconfianza en el futuro, propensión a la violencia, y afines, del otro, que se refuerzan mutuamente como caras de una moneda. Y cuando aquí digo de un lado y del otro no me refiero simple ni principalmente a las casi mitades más pobre y menos pobre en que está escindida la sociedad venezolana, sino al carácter dual o polarizado de nuestra propia cultura dominante, que una y otra vez y en múltiples circunstancias se manifiesta imbuida de estos dos polos de valores contradictorios.

La sociedad tradicionalmente establecida y muchos de sus defensores ponen el grito en el cielo e intentan demostrar que antes, con AD y COPEI, se vivía mejor, de donde se deduce que de lo que se trata es de restaurar un orden social perdido y amenazado por la marea chavista, con lo cual no hacen sino dejar al desnudo, por una parte, su insensibilidad social y su incapacidad para entender el porqué de todo lo que está ocurriendo en Venezuela, pero también, por otra, su baja autoestima y su impotencia para contribuir a impulsar una transformación social profunda. El gobierno, abanderado de los pobres y los tradicionalmente excluidos, que fue originalmente electo para promover un cambio democrático, modernizador e incluyente, como el que claramente se expresa en la Constitución, formalmente vigente, de 1999, la cual dio continuación a los planteamientos tanto de nuestros libertadores como de los forjadores de nuestra chucuta pero no despreciable democracia, ha terminado por dejarse llevar por un afán de venganza, autoritarismo, prepotencia e intolerancia, como si quisiera voltear la tortilla y ocupar el lugar que hasta ha poco detentaban los sectores privilegiados, pretendiendo convertir a estos y a la mayoría de las capas medias en los nuevos excluidos.

El resultado es una sociedad desgarrada e impotente para ocuparse de sus problemas seculares y coyunturales, y amenazada con desesperarse y desangrarse en una guerra civil, de la que milagrosamente y solo gracias a una oportuna intervención externa, escapamos hace unos pocos años. Una sociedad que no termina de asumirse como una nación sino como dos conglomerados que se excluyen y se acusan uno al otro de ser los culpables de la no solución de problemas de los que, en definitiva, nadie tiene tiempo ni disposición a ocuparse. El discurso político opositor dominante, que no hace sino condensar el mucho más soberbio y desamorado discurso discriminatorio que se escucha a diario en las conversaciones de buena parte de los sectores establecidos, no contiene invitaciones a la incorporación de, o el ofrecimiento de nuevas oportunidades a, los excluidos, sino que se contenta con declarar su rechazo al rumbo que han tomado las cosas con Chávez. Y el sector oficial, por su lado, con sus constantes amenazas de barrido, aplastamiento y demolición de la oposición, con su desprecio a los "escuálidos" -sin importar que ya sean más de cinco millones de venezolanos-, su uso permanente de un lenguaje belicista de armas, batallones, escuadrones, milicias, guerrillas, combates, guerras y héroes militares, no pocas veces con sus soportes materiales a la vista, pareciera empeñado en lograr la derrota de medio país a manos de la enfurecida otra mitad.

Toda la cultura venezolana, desde donde quiera que la miremos, discursos o textos, encuestas o estudios, atuendos o usos, espacios o tiempos, valores o símbolos, necesidades o libertades, está escindida o como mínimo resquebrajada de manera semejante. Esto es tratado por buena parte de los voceros opositores bien como un hecho natural e indigno de atención especial, o bien como una culpa más del Presidente por soliviantar los ánimos y haber inventado la polarización social; mientras que éste y sus adláteres se eximen de responsabilidades acusando a los otros de hipócritas, asegurando que simplemente responden a una situación de hecho y anterior a este gobierno, y alegrándose de paso pues ven allí una confirmación de su postulado magno de la lucha de clases como motor de la historia.

Si la política es una respuesta a las necesidades, de cara a los valores encontrados o los conflictos de intereses de la gente, entonces esta realidad de la exclusión y sus secuelas culturales tendrá que ser absolutamente tomada en cuenta. No vemos posibilidades de salir de este atolladero tomando partido por alguno de los bandos en pugna. Por ello y en principio, apostamos al despertar y maduración política de los venezolanos actualmente no polarizados políticamente, y, preparando el terreno para los análisis y propuestas que dentro de poco formularemos, consideraremos como acertadas aquellas políticas que contribuyan a la erradicación real de la pobreza y tiendan hacia la superación pacífica de la exclusión y sus implicaciones culturales, y como erradas aquellas que tiendan a perpetuar una o agudizar las otras. Y, especialmente, entenderemos que las peores políticas son aquellas que inciden en alimentar la escalada de acciones retaliativas y perdedoras en que estamos inmersos, en donde cada polo político intenta justificar sus propios fundamentalismos, abusos y reacciones agresivas como respuesta defensiva ante los del otro.


viernes, 30 de julio de 2010

La economía venezolana (y V): ¿Capitalismo, socialismo o mercantilismo?

La vida, en general, no se cansa de darnos sorpresas, y la blogueril, virtual, ciberespacial o como nos apetezca llamarla, tampoco.

Hace unos cuantos artículos, durante el primer semestre del año, recibí un vendaval de críticas porque no me estaba ocupando de la realidad venezolana, que si me evadía por las ramas de América Latina, que si estaba ocultando no sé que chavismo vergonzante, que si el pato o la guacharaca. En respuesta a los comentaristas, y recordando aquello dicho en algún lado por Saramago de que en la escritura de los blogs los lectores lo ayudan a uno a escoger el camino, decidí alterar el plan que tenía, de atender primero, o en una primera aproximación, las problemáticas de las necesidades y la evolución histórica del subcontinente latinoamericano, para luego entrarle con más profundidad a los asuntos venezolanos. Así pasé a ocuparme, con una especie de Plan B, directamente de estos.

El resultado ha sido que después de ocho artículos, los anteriores, con fecha de julio, en donde me exprimí mi coco liso para expresar mis más valiosas ideas acerca de lo que nos pasa social y económicamente a los venezolanos, resulta que, a excepción de cinco comentarios de Edgar Fernando, dos del Nefelibata y dos de un Anónimo medio jodedorcito y grosero él, los lectores, cuando esperaba alguna señal de reconocimiento por haberme ocupado de lo que me pedían, y tomar estos comentarios en cuenta en el abordaje de la coyuntura y el momento político -pues como no me canso de decirlo, para mí la política es una mediación entre los anhelos de libertad y las necesidades reales-, no han dicho ni esta tecla es mía..., y hasta me cansé de esperarlos.

También es cierto que todos mis asesores informales han coincidido en recomendarme que le ponga un parao a las digresiones sobre el blog mismo, para concentrarme en los temas más sustantivos, pero resulta que a veces el corazón de uno no es tan resignado o chiquito como quizás, y de vez en cuando, se desearía, y entonces provoca preguntar: ¿y para qué, entonces, tanta alharaca sobre la atención a la cuestión nacional venezolana? ¿Es que acaso los ocho artículos de marras no se meten con el meollo de nuestros problemas, vale decir con nuestras enfermedades estructurales e históricamente heredadas, con nuestra improductividad, nuestro inmediatismo y vivalapepismo, nuestra dependencia de la renta petrolera y nuestra pobreza? ¿O acaso fueron conchas de ajo los lineamientos generales acerca de qué hacer en medio de tan angustiosa situación? ¿Qué es lo que ha pasado, pues, mientras tanto, resulta que las visitas al blog no sólo no han decaído sino que ya van por un promedio de veinte diarias, con picos hasta de cuarenta, incluyendo, para otra sorpresa del dizque bloguero, un significativo número de visitas en México, Colombia, Estados Unidos, España, Argentina, Chile y Perú [pues ahora resulta que los simpáticos de Blogger han puesto a disposición de sus blogueros nada menos que un mapamundi de las visitas, en distintos lapsos, que lo hace sentir a uno cual director de un New York Times cualquiera y ojalá que no los extravíos de un El dictador de Chaplin, solazado en sus caricias al globo terráqueo...]? ¿Por qué tanto silencio?

[Cuatro hipótesis: A: Los lectores están madurando sus reflexiones sobre artículos particularmente densos, y algún día los comentarán; B: A la mayoría de los lectores sólo les interesa participar en un festival de banalidades sobre Chávez y sus ocurrencias, y no tienen interés por discutir los asuntos de fondo de Venezuela; C: Los lectores son gente muy ocupada y cosmopolita que demasiado hacen con meterse al blog y leer los artículos para que encima se les pida que escriban sobre lo que opinan de esos; D: Esto del mundo virtual y de la fulana blogsfera como que es muchísimo más peliagudo y complejo que como Transformanueca y su personal se lo imaginaban...] (E iba a seguir por aquí pero sentí como un templón virtual de orejas, así que... ¡bloguero al grano!)

Tras lo dicho en los ocho artículos anteriores sobre Venezuela debería ser redundante empezar por recalcar que estamos archiconvencidos de que nada de lo que se diga, haga, proponga, afirme o discuta sobre Venezuela carece del más mínimo valor si no se toma en cuenta que nos hallamos al interior de una severa crisis nacional, inmersa en una crisis latinoamericana, a su vez sumida en una de la Civilización Occidental, y de remate por lo menos flotante en otra del planeta Tierra, o sea, algo así como una crisis cuadrática. En tal y tan cuádruplemente crítico contexto, la búsqueda de una brújula que nos oriente o de un Norte, Sur, Este u Oeste que nos guíe, es de la más trascendental e impostergable importancia: absolutamente nada ganamos con darnos prisa para llegar a donde no tenemos nada que buscar.

En tal situación, consideramos que el más importante debate que los venezolanos tenemos, desde ante nuestras narices hasta en nuestros horizontes mediatos, no es otro que el de qué modelo, sistema o proyecto de país queremos impulsar. Y para que no se diga que andamos con ambages, subterfugios o escapismos, diremos por todo el cañón, o sea claro y raspao al decir criollo -ahora adoptado por Tal Cual de Teodoro-, que consideramos que del mercantilismo o premodernismo en que estamos estancados es absolutamente imposible salir hacia un socialismo de una vez, y que no tenemos otra opción sino la de modernizarnos y avanzar, tan acelerada, lúcida e inspiradamente en el futuro como podamos, hacia un verdadero capitalismo, tal y como lo están haciendo todas las naciones del planeta, con las únicas dos versiones rezagadas y extraviadas todavía en la Guerra Fría, y todo indica que prontas a rectificar, de Cuba y Corea del Norte.

Pretender, como lo está proponiendo el gobierno, la construcción de un socialismo a partir de un grado de desarrollo absolutamente incipiente del capitalismo venezolano, o defender por mampuesto, como a menudo lo hace la oposición, la mera restauración del orden anterior a Chávez, no son sino maneras de contribuir, directa o indirectamente, a la perpetuación de un statu quo mercantilista o esencialmente precapitalista y hace tiempo enfermo y agotado, que amenaza con convertirnos en pocas décadas en la nación hazmerreir de América Latina: fuerte candidata a volverse la más atrasada luego de haber sido, hasta los sesenta, la supuestamente más adelantada.

Y esto no significa, como quizás algunos se empeñarán en demostrar, que el capitalismo sea el sistema non plus ultra de la historia, ni mucho menos, sino simplemente que lo vemos como una especie de adolescencia insalvable en el camino desde nuestra actual niñez productiva y social hacia nuestra madurez productiva y social. O, tampoco, sino todo lo contrario, que consideremos inevitable embarcarnos a construir las variantes más salvajes y explotadoras del capitalismo reaganiano o bushiano, cuando tenemos a la vista la experiencia de toda Europa, y especialmente de los países escandinavos, de Canadá y Australia, cuando menos, y cuidado si hasta Japón, y aun China, que están demostrando fehacientemente que es posible avanzar por los caminos del capitalismo con una clara vocación de justicia social que poco a poco va erosionando -de manera análoga, aunque sin el componente de lucha de clases o de dictadura del proletariado, a como esencialmente lo supuso el propio Marx- la racionalidad individualista e inevitablemente despiadada del capitalismo, pero lamentablemente necesaria para despertar los afanes productivos y de superación de la población. (Y reto a muchos académicos de izquierda, amigos unos cuantos de ellos, acostumbrados a despachar, desde la comodidad de sus cátedras, treinta y cinco años de denodado y sacrificado esfuerzo intelectual de Marx, y doscientos años de historia del capitalismo, a demostrar con argumentos, y no con frasecitas para estudiantes o auditorios cautivos, tales como que ésa es una concepción lineal o determinista de la historia, la falsedad de la anterior aseveración).

Sea desde el liberalismo, el marxismo, el cristianismo, el conductismo, el existencialismo, el humanismo, el erotismo, el posmodernismo o desde donde nos plazca pensarlo, es absolutamente imposible convertir, de un solo pencazo, a un pueblo estructuralmente hambriento, harapiento, 'intemperiento', por poco macilento de tanta hambre acumulada, y plagado de necesidades insatisfechas de toda índole, en un pueblo capaz de volcarse, como lo está diciendo la propaganda oficial junto a la factura de cada una de las arepas socialistas que se venden a Bs.7,50, a darle de cada quien según sus capacidades a cada quien según sus necesidades.

Este exabrupto está siendo propuesto por el gobierno, sin que la derecha aporte tesis superadoras y no meramente negadoras de lo que dice Chávez, y con el beneplácito o silencio de al menos miles de militantes de izquierda. ¿Cómo pueden callarse ante este proyecto en el mejor de los casos quimérico y que en el peor bien puede conducirnos a la guerra civil de la que por poco nos escapamos en 2002-2004? ¿Cómo pueden estar hablando de socialismo en Venezuela quienes, como mínimo, deberían haberse estudiado completo el Manifiesto del Partido Comunista (1848, cuando Marx no había cumplido los 30 años), en cuyas primeras páginas ya se lee clara y meridianamente que "la burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario", que "... una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores...", que la revolución se plantea cuando "... la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio. [Y] las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya al desarrollo de la civilización burguesa y de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno...", y así sucesivamente a todo lo largo y ancho de esta, la más inmadura y juvenil de todas las grandes obras de Marx y, por supuesto, absolutamente en todo el resto de su obra madura? ¿Dónde están, en Venezuela, esa demasiada civilización, esa demasiada industria y esa demasiada productividad? ¿No será que esta extrema izquierda en el poder está adoptando, cuarenta años después, la tesis de Teodoro Petkoff en ¿Socialismo para Venezuela?, que en la Causa R nunca compartimos y de la que él se ha retractado, aunque, como se lo he reclamado en persona, pues soy su amigo, no de manera lo suficientemente explícita?

No se puede, o al menos no en nombre de ningún marxismo, salvo la caricatura stalinista de la ya tergiversación leninista del marxismo, plantear la idea de un socialismo sobre las bases de una sociedad con fuerzas productivas no sólo inmaduras capitalistamente hablando, sino esencialmente mercantilistas y con serios resabios latifundistas o feudales, y, como si fuese poco, plagadas de facilismo, inmediatismo, rentismo y corrupción. En ninguna parte de la obra de Marx se encuentra un asidero para este despropósito, y menos en su obra madura, en donde merecen mención especial la Contribución a la crítica de la economía política (1859, a los 41 años de Marx), ya en cuyo prólogo se lee que: "... en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. [...] El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social...".

Esta última idea, especie de Leitmotiv de Marx, se repite una y otra vez en los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador), (1857-1858, 3 tomos, publicados sólo en 1939-1941), comúnmente conocidos como los Grundrisse, la única obra sobre económica política verdaderamente completa y escrita por el propio Marx. En las Teorías sobre la plusvalía (1862-1863, a los 44-45 años de Marx, 3 tomos, publicados inicialmente por Kautsky en 1905-1910); y, por supuesto, en su obra magna, aunque lamentablemente incompleta, El capital (1867, a los 49 años de Marx, tomo 1; 1885, dos años después de su muerte en 1883, a los 65 años, tomo 2; 1894, incompleto y rematado por Engels once años después de su muerte, tomo 3; e incluso su llamado Capítulo VI, publicado sólo en 1933). No hemos encontrado, en ninguno de estos diez tomos -que, por si acaso, aclaramos (no vaya a ser que el Presidente se entere de la existencia de este blog y entonces nos mande, de penitencia, a leer el Manifiesto...) hemos estudiado a fondo desde antes de 1980, cuando teníamos menos de treinta años-, que constituyen lo esencial de la obra madura de Marx, ni una frase que contradiga o ponga en duda, su tesis central de que el desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo es una condición sine qua non para cualquier edificación socialista.

Lamentablemente, la idea de un "socialismo" como sinónimo de comida barata y de atención a las necesidades de la población pobre sin ninguna contraparte productiva, sino como mero reparto estatal, está siendo utilizada como propaganda electoral oportunista, que a la larga no hará sino contribuir a adormecer aún más el afán de superación y de desarrollo de sus capacidades de nuestra población pobre, a quienes se les está haciendo creer que su pobreza y la de sus antepasados es una patente de corso que les da derecho a recibir sin producir. El gobierno, en su propaganda, está identificando irrespon- sablemente capitalismo con especulación alimentaria, cuando resulta que los costos que, por ejemplo, reseña en sus análisis de costos de una arepa están basados en la productividad de una de las escasas empresas verdaderamente capitalistas con que contamos, la Polar, quien produce, a un costo cercano a una locha (Bs. 0,125) por arepa, 42 millones de los 56 millones de arepas que los venezolanos nos comemos cada día, a un promedio aproximado de dos per cápita; y que la mayoría de areperas, de ésas que cobran abusivamente hasta Bs. 30,00 por una reina pepeda, lejos de ser empresas capitalistas son expresión del más burdo mercantilismo especulativo, que no invierten jamás en ciencia, en tecnología, en productividad o en capacitación del personal (costos estos que, por supuesto, no aparecen en los análisis desplegados públicamente por el gobierno, pero que, así como una compensación del riesgo asumido -que en Venezuela es enorme, incluyendo el de que en cualquier momento haya un atraco o secuestren al dueño o al hijo del dueño de la arepera-, son esenciales en empresas verdaderamente capitalistas, digamos, al estilo de un McDonald's).

No nos cabe duda de que los aparentes éxitos de esta política por el actual gobierno se revertirán tarde o temprano hasta convertirse en dificultades adicionales para cualquier transformación seria de la sociedad venezolana, por no decir que podrán incluso funcionar como una especie de vacuna antisocialista, y ojalá y algún dios quiera que no sirvan como caldo de cultivo para algún fascismo, pues este, como lo bien lo ilustran los casos de Alemania y de Italia, y también de nuestro Chile (el único régimen fascista propiamente dicho, y no simplemente dictatorial o gorila, que hemos conocido en América Latina), y, en menor medida en Argentina y Brasil (como reacción a ciertos populismos), siempre se ha edificado sobre la base del derrumbe estrepitoso de las fantasías "socialistas" o repartidoras de riqueza a troche y moche como remedio a la pobreza.

Lo repetimos otra vez: el socialismo es impensable a partir de la miseria y sólo es factible sobre la base de la abundancia de riqueza social; cuando esta condición se da, tal y como está ocurriendo ya en varias decenas de naciones en el globo, de las que a cada rato hemos mencionado en el blog, entonces el socialismo, o cuando menos cierto altruismo o sentido de solidaridad social, comienza a brotar hasta espontáneamente en el seno de la sociedad capitalista, según el estilo de la magnanimidad que se ha apoderado de Bill Gates, quien se ha convertido en un filántropo a decdicación exclusiva, se ha retirado de los negocios, no tiene ya ni las llaves de Microsoft y se ha planteado -no importa si esto le parece un chiste a cierta izquierda troglodita- la pelusa de devolverle, con el pleno apoyo de su mujer Melinda y de su padre, toda su riqueza a las sociedades que más lo necesiten.

Esto no tiene vuelta de hoja, y nos despedimos con la más completa y genuina cita marxista sobre el tema de las condiciones para convertir en realidad la premisa del "a cada quien según sus necesidades", tomada de las Glosas marginales al Programa del Partido Obrero Alemán, comúnmente conocidas como Crítica del Programa de Gotha, escrito por Marx a los 57 años, seis antes de su fallecimiento, y publicado sólo en 1891; seguida de la interpretación que el gobierno está haciendo de esta idea, con su anexo de arepas baratas socialistas.

"... El derecho no puede ser nunca superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural por ella condicionado.
En la fase superior de la sociedad comunista [según una acepción de este término hoy perdida para siempre, después del desastre comunista staliniano, añadido nuestro], cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo del individuo en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades!".

martes, 27 de julio de 2010

La economía venezolana (IV): Pobreza, riqueza y bienestar

Los términos riqueza y pobreza, como arriba y abajo, caro o barato, bonito o feo constituyen actualmente una pareja del tipo que en el lenguaje científico, inevitablemente impregnado por la lengua inglesa y siempre bajo la égida etimológica del latín y el griego, se llaman términos conversos, con una acepción de este adjetivo lamentablemente todavía no asentada en nuestros diccionarios. Es decir que, dentro de la gran familia de los términos opuestos, que incluye a distintos tipos de antónimos, incompatibles y polares, los conversos implican la existencia de un punto o estado de referencia en relación al cual se definen: cuando digo que algo está arriba, necesariamente debe existir un nivel normal, medio o estándar en relación al cual ese algo queda por encima, y respecto del cual otro algo podría quedar por debajo.

A diferencia de los antónimos, bien con gradaciones intermedias, tales como alto y bajo, caliente o frío, elemental y avanzado, entre los cuales no tiene porque haber términos de referencia, o bien en el caso de que no haya grados entre ellos, como en elástico y plástico, líquido y gaseoso; o de los términos incompatibles, como materia y vacío, cristalino y amorfo, ser y nada, orden y caos, en donde la existencia de uno, al menos en el terreno de la lógica formal, implica la no existencia del otro; o de los polares, como norte y sur, este y oeste, ánodo y cátodo, izquierda y derecha, en donde, al revés del anterior caso, uno no puede existir sin el otro, en el caso de nuestros términos conversos -en una acepción que no tiene nada que ver con el pasarse de un lado a otro-, la clave, aun en circunstancias de que un término exista sin el otro, está en el establecimiento del término o nivel estándar. Mientras que hasta no hace mucho, en las circunstancias de inevitable precariedad en que por tanto tiempo vivió la humanidad, los términos riqueza y pobreza fueron polares, en nuestros días se han convertido en conversos.

Nos hemos detenido en esta cuestión lingüística pues nos luce que una discusión sobre la pobreza en nuestros países, y particularmente en Venezuela, debe arrancar por aclarar que se trata de un término relativo a un estándar o promedio, cuya definición, la de este, es crucial para saber de que estamos hablando. Mientras que la izquierda y la derecha ortodoxas, o de inspiración decimonónica o anterior, se empeñan en hablar de la pobreza como si todavía fuese un término polar con la riqueza, como si para que haya ricos tuviese que haber pobres, y viceversa, lo cierto es que ya es perfectamente posible imaginar un mundo sin pobreza. Uno en donde todos dispongamos de riqueza por encima de un determinado estándar de vida aceptable, al estilo de la pauta que nos sugieren ciertas civilizaciones antiguas, como la Egea [¿han tenido tiempo para leerse El cáliz y la espada, de Riane Eisler, que les recomendé hace tiempo?], o como en vivo y en directo nos lo están mostrando, al cabo de un larga evolución histórica, los países escandinavos, Canadá y otros, en donde cada día más -sin que necesariamente tengan lo mismo- todos son ricos o disponen de riqueza -a la que han comenzado a llamar, quizás más elegantemente, bienestar-, y también cada vez es más cuesta arriba empecinarse en que su riqueza o bienestar sólo es posible a costa de la pobreza de otros o de nosotros. Por el contrario, estos países, con sus modelos de desarrollo, basados en la búsqueda de una profunda identidad nacional, en la capacitación productiva, ciudadana y ética de todos, y en la práctica sistemática de ofrecer oportunidades de educación y compensaciones para los más desfavorecidos, constituyen una cátedra viviente acerca del camino que, tarde o temprano, dependiendo de las terquedades de tantos, podría adoptar la humanidad entera, incluidos, aunque parezca superfluo añadirlo, nosotros los latinoamericanos, hasta nuevo aviso campeones de la inequidad social.

Hechas esas imprescindibles disquisiciones, y apartándonos del lindero a partir del cual nuestros desde hace rato silenciosos lectores, o como mínimo algunos de ellos, empezarían a acusarnos de evasivos respecto de la candente realidad vernácula, empezamos por declarar que la problemática de la pobreza en Venezuela, vital asunto a atender sean cuales sean nuestras preferencias ideológicas y elemento clave para la definición de cualquier política que merezca tal nombre, es absolutamente incomprensible si no nos ponemos de acuerdo en torno al estándar en relación al cual baremaremos o definiremos tal pobreza.

El Gobierno nacional, a través de su Instituto Nacional de Estadística, INE, ha establecido el llamado Valor de la Canasta Básica, equivalente al doble del Valor de la Canasta Alimentaria, como dicho estándar, entendiéndose por tal, por el primero, "el costo de los alimentos que cubren los requerimientos nutricionales de la población, más los recursos monetarios requeridos por los hogares para satisfacer las necesidades básicas no alimentarias (vestidos, calzados, viviendas, servicios médicos, educacionales, etc.)", y, por el segundo, "el costo de los alimentos que cubren los requerimientos nutricionales de la población". De acuerdo a esto, en Venezuela, son oficialmente pobres los hogares cuyos ingresos no alcanzan a cubrir la Canasta Básica, y oficial y críticamente pobres los que no llegan a cubrir la Canasta Alimentaria, datos estos que son regularmente divulgados por el mismo INE. Por su parte, el Banco Mundial, para no depender de las definiciones de los distintos gobiernos en materia de pobreza, establece simplemente una línea absoluta de pobreza, igual a dos dólares de ingreso per cápita ajustados a la paridad de su poder adquisitivo; otra línea de pobreza extrema, igual a US$ 1,25 de ingreso per cápita -actualizada hace poco, después de estar fijada durante varios años en US$ 1,00- igualmente ajustado a la paridad de su poder adquisitivo, y línea que, por cierto, es la que están usando las Naciones Unidas para la evaluación del cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de reducir a la mitad, entre 2001 y 2015, la pobreza extrema y su inevitable correlato el hambre; y otra más, una especie de línea de cuasipobreza, igual a US$ 3,00 de ingreso per cápita, que está comenzando a ser utilizada en ciertos análisis. La Agencia Central de Inteligencia, la impopular CIA de los Estados Unidos, utiliza -en sus datos de The World Factbook, por si acaso públicamente divulgados en Internet (no vaya a ser que algún izquierdista antediluviano venga a acusarnos de...)- los criterios de los distintos gobiernos, pero matizándolos constantemente con acotaciones que ponen de relieve la naturaleza de los criterios usados por estos, y alertando acerca de los distintos significados del término, de acuerdo a sus bases de referencia. Y, finalmente, algunos gobiernos avanzados, como el canadiense, están renunciando al empleo del término pobreza al interior de sus países -en donde ya prácticamente no quedan pobres-, para optar por fórmulas sofisticadas como la de los LICOs (Low Income Cut-Offs, "~Cortes de Bajos Ingresos"), que consisten en tablas de valores de referencia, para distintos tamaños y tipos de familias, según su localización, consideradas en situación de estrechez al tener que gastar el 70% ó más de sus ingresos en alimentación, vivienda y vestido.

Desde el punto de vista de las estadísticas oficiales venezolanas, mas con cálculos hechos por este servidor, en 2006, el año en el cual venimos concentrando la mayoría de nuestros análisis económicos, para un Valor de la Canasta Básica de Bs. F. 847/mes, aproximadamente el 60% de los hogares venezolanos calificaron para la condición de pobreza, con ingresos medios por hogar por debajo de tal valor, mientras que el 25% de los hogares se hallaron en la condición de pobreza crítica, por debajo del Valor de la Canasta Alimentaria, establecido en Bs.F. 424/mes. Esto casi significa que en ese año 2006, en el que por cierto tuvieron lugar las últimas elecciones presidenciales, en donde el actual presidente obtuvo el 63% de los votos válidos, aproximadamente dos de cada tres venezolanos se encontraban, oficialmente, en situación de pobreza y uno de cada cuatro en la de pobreza crítica.

Lo anterior, que de por sí implica que alrededor de las dos terceras partes de los venezolanos no pudieron, en ese año 2006 de referencia, satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, vestido, vivienda, transporte, salud y comunicaciones, se torna aun más grave si observamos que, de acuerdo a la III Encuesta Nacional de Presupuestos Familiares realizada por el Banco Central de Venezuela (a fines del año anterior), resulta que el 60% del presupuesto de los hogares venezolanos, en promedio, se gastó en alimentos, transporte y vestido, y sólo menos del 7% en vivienda, 6% en comunicaciones, 5% en esparcimiento, 5% en salud ó 3% en educación. De aquí derivamos, si tomamos en cuenta que, según nuestro conocimiento directo de la realidad local, en 2006 era prácticamente imposible obtener, en las grandes ciudades del país, un inmueble razonablemente construido por menos del equivalente a un alquiler mensual al menos igual a la mitad de la Canasta Básica o a la Canasta Alimentaria, o sea de Bs.F. 425/mes, que los actuales indicadores de pobreza en realidad están fuertemente subestimados, puesto que parten de la premisa de que los hogares prácticamente no gastan en vivienda, o sea, que suponen como normal que buena parte de la población deba vivir en ranchos, viviendas improvisadas, viviendas invadidas, viviendas con alquileres ficticios congelados por el gobierno, viviendas actuales o heredadas de los padres, etc., que son las únicas que pueden cubrirse con los exiguos presupuestos efectivamente disponibles para vivienda, por debajo de aproximadamente los Bs.F. 100/mes. O, lo que es lo mismo, la atención a las necesidades básicas de alimentación, vestido y transporte tiene lugar, para una gran mayoría de la población, al precio de la desatención, para efectos prácticos, de las necesidades de vivienda, salud, comunicaciones, esparcimiento y educación, lo que implica que, si se estableciese algo así como un Valor de la Canasta Básica Real, en la onda de un LICO canadiense, que tomase en cuenta el costo real, o de oportunidad, de satisfacer adecuadamente todas las necesidades básicas y apuntase a la erradicación de los cinturones de miseria de nuestras principales ciudades, nuestros índices de pobreza real serían mucho mayores.

Los indicadores que suele enfatizar el gobierno, que destacan logros en materia de reducción de la pobreza crítica, o sea del hambre, en base a programas no sustentables de distribución de alimentos, con, por ejemplo, la Misión Mercal, aunque no deben ser desestimados, es claro que no constituyen una respuesta de fondo a la problemática de nuestra lacerante pobreza real. Complacernos en la revisión de avances en la reducción de la pobreza crítica, sobre todo si se basan en la importación y distribución masiva, y no pocas veces despilfarradora, de alimentos importados, es una nueva manera de engañarnos o de intentar ocultar el hecho de que, en términos reales, Venezuela ha venido perdiendo terreno, incluso en el plano latinoamericano, en términos de la calidad de vida de su población.

Mientras que a comienzos de los años sesenta, Venezuela asombraba al mundo con sus indicadores de ingreso per cápita en el orden de los
US$ 1 000 a 2 000, que rozaban los de las naciones europeas y las dos grandes norteamericanas y excedían marcadamente los de todas las naciones latinoamericanas y asiáticas, incluyendo a Japón y Corea del Sur, y amenazaba con convertirse en un milagro capaz de erradicar su pobreza, en la actualidad la tendencia es hacia el rezagamiento en términos reales, no sólo en relación a toda Europa, Norteamérica, Oceanía y Asia oriental moderna, sino inclusive a naciones latinoamericanas en acelerados procesos de modernización como Chile, México, Brasil, Argentina y Uruguay, a las que pronto se sumarán al menos Costa Rica, Colombia y Perú. Venezuela, repetimos, no desde que comenzó el actual gobierno, sino por lo menos desde 1978, ha estado sumida en un proceso, quizás único en el mundo, de estanflación prolongada, que apenas resulta maquillado por las apariencias de bonanza que periódicamente crean las alzas en los precios del petróleo.

Las perspectivas del Banco Mundial y de las Naciones Unidas, de repente concebidas para hacer más digeribles las cifras del hambre en el Tercer Mundo africano, nos colocan en una posición más alentadora y menos dramática, y soportan mejor las reivindicaciones de progreso en materia de superación de la pobreza que viene haciendo el gobierno. Según estas cifras, la referencia, para efectos del logro del Objetivo 1 del Milenio, en Venezuela, es la de reducir a la mitad, para 2015, la pobreza extrema del 14% de la población que, en 2001 (o en el promedio 1995-2003), vivía con ingresos inferiores a US$ 1,25 per cápita diarios. De acuerdo a las cifras divulgadas por esos organismos en Internet esta meta ya se habría logrado, y mucho antes de 2015, pues para 2006 tal pobreza extrema, sinónimo del hambre desatada, fue calculada en sólo 3,53%. Esto significa, tomando en cuenta que el hogar promedio venezolano consta de 4,2 personas según el INE, que sólo 3,53% de los hogares tendrían ingresos por debajo de US$ 5,25 ó Bs.F. 338,6/mes, al cambio de la época de Bs. F.2,150/US$ , cifra que está muy por debajo del Valor de la Canasta Alimentaria fijado por el propio gobierno, y también de cualquier estimación de alguien que haya vivido aquí durante ese año 2006 y que bien sabría que no era posible, para una persona, ni siquiera alimentarse a duras penas con US$ 1,25 ó BS.F. 2,69 diarios, que es mucho menos de lo que cualquier mendigo o indigente percibía diariamente, aun tirado en la calle. La línea de pobreza, a secas, del Banco Mundial, para 2006 en Venezuela, es decir, la de un ingreso de menos de US$ 2,00 per cápita diarios cubriría a un 10% de la población, mientras que la de cuasipobreza, que aproximadamente coincidiría con la de pobreza crítica del gobierno, de US$ 3,00 diarios per cápita, comprendería a un 21,5% de la población. (Es muy probable que estas distorsiones, que nos presentan internacionalmente con mucha menos pobreza que la que apreciamos por dentro, tengan mucho que ver con las casi ficticias tasas oficiales de cambio, con una pronunciada sobrevaluación del bolívar, y apreciaríamos si algún lector economista o más ducho en estos asuntos nos ayudase a comprender mejor la cuestión).

La CIA, por su lado, en su The World Factbook, publicado en Internet, señala para Venezuela, al final del año 2005, un 38% de la población por debajo de la línea de pobreza, la que también resulta muy inferior a la calculada por nosotros con base en los datos sobre ingreso de los hogares publicados por el INE en sus Indicadores de la fuerza de trabajo, Total Nacional: Primer semestre 2006, y en los valores de la Canasta Básica y la Canasta Alimentaria publicados en el Índice y entorno del desarrollo humano 2006.

Y todo esto contrasta marcadamente con lo que resultaría si, por ejemplo, aplicáramos un criterio como el canadiense, aun con el más bajo de sus LICOs para una familia de cuatro personas, según el cual una familia padecería estrechez económica si, en 2006, hubiese percibido menos de $ 26,579 anuales, o sea, de alrededor de Bs.F. 57 145 anuales o Bs.F. 4 762 mensuales, con lo cual prácticamente todos los venezolanos, salvo unos pocos ricos en serio, habríamos quedado en situación de estrechez económica. (Por si acaso quedan dudas, no sobra decir que, por ejemplo, en los más completos estudios de mercado realizados en el país, como el Entendiendo al consumidor venezolano: Hábitos de consumo y el alcance de los medios, ordenado por El Nacional, siempre en ese mismo año 2006, el ingreso mediano del llamado "Estrato AB", el más acomodado y que incluía a sólo el 5% de la población no marginalizada -o sea, excluyendo al "Estrato E", que por sí solo comprende a por lo menos el 40% de la población-, era de sólo Bs.F. 3 006/mes, por lo cual, según los estándares canadienses, incluso buena parte de los dizque privilegiados de aquí allá caerían dentro del rubro de quienes viven con "estrecheces económicas" con base en algún LICO...). (Da la impresión de que en Canadá y otros países, como los escandinavos, que hace rato han logrado superar la problemática polar de la pobreza versus la riqueza, se estuviese tendiendo a hablar cada vez más de bienestar versus estrechez, que serían los términos conversos sustitutos).

Consideramos que la seria discusión de estos asuntos es absolutamente indispensable para la elaboración de cualquier política realmente transformadora en el país. Pretender interpretar los resultados electorales de 2006, por ejemplo, haciendo caso omiso de la aplastante realidad de nuestra pobreza, es como querer tapar el sol con un dedo. Incluso si se rechaza cualquier linealismo que pretenda una equivalencia exacta entre la pobreza y los votos por Chávez, el único candidato que entonces logró proponer una esperanza de mejoramiento de la calidad de vida para los pobres, es claro que existió y existe todavía una estrecha conexión entre ambos factores. La disputa entre oficialismo y oposicionismo que atestiguamos diariamente tiene demasiado que ver con una lucha soterrada entre pobres y no pobres.Y algo parecido podría decirse de, por lo menos, las votaciones de Acción Democrática durante todo el largo período desde 1947 hasta 1993, y, en menor medida, de las votaciones de COPEI y Caldera, que por lo general representaron un voto castigo contra AD. Nos guste o no, la política venezolana, desde 1947, o sea, desde que se estableció el voto universal, directo y secreto para todos los ciudadanos mayores de 18 años, ha girado en buena medida en torno a la captación -y, demasiado a menudo, la manipulación- de los votos de la mayoría pobre de la población. La regla no escrita de la política venezolana es que las elecciones las ganan quienes logran asegurarse el apoyo del grueso de la población pobre, con el triste añadido de que, en el fondo, es muy poco lo que se ha hecho en nuestro país, en los últimos treinta años, al menos, por erradicar las causas profundas de tan persistente pobreza, pues, para efectos prácticos, todo ocurre como si tuviese sus ventajitas el contar con un electorado tan fácilmente comprable...

Acerca de qué hacer ante estas duras realidades, de las que poco gustan de hablar nuestros políticos, incluso en épocas electorales como esta, volveremos próximamente.

viernes, 23 de julio de 2010

La economía venezolana (III): ¡Dale, dale! ¡Aquí es, aquí es!

Si bien es cierto que nuestra pobreza es el resultado de siglos de injusticias y que la ignorancia que padecemos deviene en buen grado de tal pobreza, lo contrario, como bien nos lo recalcaba nuestro Simón Rodríguez ("El hombre no es ignorante porque es pobre, sino al contrario", tomado de su Consejos de amigos dados al Colegio San Vicente de Lacatunga (Ecuador)), es también válido: la ignorancia no sólo engendra pobreza sino que actúa como un imán que atrae las injusticias.

En este artículo examinaremos con mayor detalle la distribución de nuestro ingreso, pero invitamos a nuestros lectores a no perder de vista ni un momento la bizarra estructura de capacidades productivas que hemos explorado en nuestras entradas anteriores, donde insistimos en que nuestro producto o ingreso per cápita es, antes que nada, la consecuencia de una muy desigual productividad de las ramas de nuestra producción, con fracciones petroleras que exceden muchas veces a las ramas no petroleras, y de una no menos desigual distribución de los niveles educativos efectivos. (En 2006, según las cifras del Banco Central de Venezuela y de los Indicadores de la Fuerza de Trabajo publicados por el Instituto Nacional de Estadística, a precios constantes de 1997, la productividad del sector petrolero venezolano fue más de dieciocho veces la del sector no petrolero. Estas desigualdades se repiten, en el plano del nivel educativo aparente, en donde, según nuestros cálculos, a partir de datos publicados por el INE, en 2006 casi el 40% de la fuerza de trabajo poseía estudios incompletos de primaria).

Para el mismo año 2006, que venimos examinando, pero esta vez a precios corrientes y con la moneda actualmente vigente, el Producto Interno Bruto de Bs.F. 393.926.240.000 se distribuyó, según cifras del Banco Central y en términos gruesos, así: 31% de remuneración de los asalariados, 49% de excedente de explotación para el capital, 9% en impuestos netos a los productos y 11% de ingresos mixtos (cooperativas, sociedades de personas, trabajadores por cuenta propia y afines) de los asalariados y el capital. Cerca de 6,3 millones de empleados y obreros, alrededor del 60% de la fuerza de trabajo ocupada, percibieron el 31% de ese ingreso; 3,8 millones de socios de cooperativas y sociedades civiles, y trabajadores por cuenta propia, el 36% de la fuerza de trabajo ocupada, percibieron el 11% del ingreso; mientras que cerca de medio millón de patronos y el Estado para sus gastos directos, menos del 5% de la fuerza de trabajo, percibieron casi el 60% del ingreso. Esto puede traducirse a términos de ingreso mensual señalando que en ese año 2006 el ingreso promedio de cada trabajador del 96% de la fuerza de trabajo fue de 1.334 Bs.F. /mes, mientras que el del 4% restante tuvo un ingreso de 38.860 Bs.F. /mes por cada patrón. O sea que, aproximadamente el 96% de la población productora, a la que gruesamente podríamos llamar "El Trabajo", percibió el 40% del PIB, mientras que el 4% restante de la población, incluyendo aquí al Estado, a quienes, sin mucho rigor, podríamos llamar "El Capital", percibió el 60% de dicho PIB. Estas proporciones están invertidas en relación a la distribución típica del ingreso en naciones modernas, en donde los trabajadores perciben hasta el 80% del ingreso, o más, y el capital el 20% ó menos.

Las cifras anteriores básicamente son compatibles tanto con las cifras aportadas por el Instituto Nacional de Estadísticas, INE, para los hogares, en donde el 32% de hogares de mayores ingresos percibió, ese mismo año un ingreso mensual promedio de 1.832 Bs.F. /mes, mientras que que el 68% de los hogares sólo tuvo un ingreso mensual promedio de sólo 545 Bs.F. /mes; como con cifras arrojadas por estudios privados de mercado, como el Entendiendo al consumidor venezolano, ordenado, para ese mismo año de 2006, por El Nacional, que reveló un ingreso promedio de 3.006 Bs.F. /mes para los hogares de los estratos de altos ingresos (5% de la muestra estudiada, llamada el estrato AB), de 1.859 Bs.F. /mes para los de medianos ingresos (28% de la muestra, llamada el estrato C), y 977 Bs.F. /mes (67% de la muestra, estrato D), excluyendo de la muestra al estrato de menores ingresos o estrato E, supuestamente por carecer de interés comercial.

En un estudio más completo, adelantado por el Banco Central de Venezuela, la Tercera Encuesta Nacional de Presupuestos Familiares, publicado en julio de 2007, con base en datos de 2005 y una muestra estratificada y al azar de 9.210 hogares, estimó que el 6% de hogares de mayores ingresos percibió un ingreso promedio de 3.914 Bs.F. /mes, el 20% siguiente de 2.446 Bs.F. /mes, el 45% siguiente de 1.606 Bs. F./mes, el 27% siguiente de 933 Bs.F. /mes, y el 2% más pobre 456 Bs.F. /mes. El Índice de Gini (con valores en el rango [0,1], en donde 0 significa la equidad absoluta y 1 la inequidad absoluta), resultó ser, para ese mismo año 2005, de Gini = 0,4785, ligeramente inferior al calculado para 1997, que resultó ser de Gini = 0,4823. El decil más rico de los hogares, según este mismo estudio del BCV, tuvo un ingreso de 27 veces el del decil más pobre. Para ese mismo año de 2005, los Índices de Gini de países como Japón, Dinamarca, Suecia y Suiza estuvieron en el orden de Gini = 0,25 , la gran mayoría de países europeos nórdicos y ex-países del campo socialista exhibieron Ginis inferiores a 0,30 , mientras que el grueso de países latinoamericanos se ubicó por encima de un Gini = 0,50. Los Índices de Gini que revelan una mayor inequidad en el ingreso, a nivel mundial, se refieren, por lo general, al caso de países africanos, como Sierra Leona, Botswana, Lesoto y Namibia, y también a Haití y Bolivia, en el orden de Gini > 0,60. En los países con una más equitativa distribución del ingreso, como Japón, Suecia, Noruega, Finlandia o Alemania, el decil más rico sólo percibe menos de 6 veces los ingresos del decil más pobre.

En el Informe de Desarrollo Humano, publicado por el PNUD en 2005, los datos que aparecen sobre Venezuela son los de un Gini = 0,491 para 1998, y el de un decil más rico con 63 veces los ingresos del decil más pobre, que básicamente coinciden con los del Banco Central para ese mismo año. Esto sugiere, de ser confiables los mencionados datos publicados por el BCV para 2005, avances moderados en la distribución del ingreso alcanzada con las políticas del actual gobierno, lo que nos ha colocado entre los países con una mejor distribución relativa del ingreso en el plano latinoamericano.

Si se considera que 17% de la fuerza de trabajo laboraba en 2006 en el sector público, que por supuesto la totalidad de los impuestos y regalías son manejados por el Estado, y que la mayor parte de las grandes empresas capitalistas son estatales (con PDVSA a la cabeza), tenemos motivos para estimar que aproximadamente el 45% del ingreso total fue manejado directa o indirectamente por el Estado venezolano, de donde deriva su capacidad para incidir, sobre todo, en el mejoramiento de los niveles de ingreso de los estratos más pobres. Tal y como lo señaló el New York Times, en un memorable editorial publicado después del Referendo de agosto de 2004, los venezolanos seguimos empecinados en vivir a costas del Estado y del ingreso petrolero, con la diferencia de que hasta 1998, a la hora del reparto, se privilegiaban los estratos de medios y altos ingresos, mientras que ahora se intenta privilegiar a los de bajos ingresos [sin excluir, añadimos nosotros, una importante cuota del reparto que está yendo a parar a manos de los propios repartidores...].

Nuestra agobiante pobreza es el efecto de miríadas de factores, que no excluyen, obviamente, la mala intención, la insensibilidad social, la avaricia, la corrupción y el ventajismo de sectores que por siglos han actuado como si el país les perteneciese sólo a ellos, pero esto no nos da derecho, si queremos resolver nuestros problemas y no medrar a su costa, a soslayar el hecho de que la ignorancia, la falta de moral y luces o la falta de capacitación de buena parte de nuestro pueblo, están en la raíz de todos nuestros padecimientos de ahora y de siempre. Mientras no erradiquemos esta madriguera de calamidades será poco lo que podremos avanzar realmente en la búsqueda de salidas perdurables a nuestra sempiterna crisis. Una mejor y más equitativa distribución del ingreso es desable, necesaria y factible, pero a condición de que nos empeñemos en superar la desigual distribución de capacidades que da asidero a todas nuestras injusticias.

Mientras no se afecte el agudo contraste en las productividades de la fuerza de trabajo venezolana, derivado de desigualdades en el desarrollo de capacidades y de factores exógenos que determinan los altos precios internacionales del petróleo, no se podrá atacar la raíz de las desigualdades en la distribución del ingreso, y el país seguirá comportándose económicamente como los niños que gritan ¡dale, dale!, mientras esperan ver caer los caramelos de la piñata, o ¡aquí es, aquí es!, cuando, en los carnavales, aguarda a que se los lancen al paso de las carrozas.

Dentro de dos artículos, después de explorar más a fondo el tema de la pobreza en Venezuela, argumentaremos con mayor detalle por qué pensamos, sin desconocer sus buenas intenciones e inclusive sin desestimar ciertos logros en favor de los sectores más desposeídos, que el actual gobierno se equivoca al tratar de corregir, esencialmente, la estructura de distribución del ingreso mediante un mejor reparto de la riqueza, mientras se mantiene, e incluso se acentúa, la dependencia de los ingresos petroleros, y se conserva básicamente inalterado el estado de subcapacitación de buena parte de nuestra fuerza de trabajo.