martes, 2 de junio de 2009

Implantados y engañados: el caso de las culturas andinas

Pese a las importantes semejanzas en la naturaleza de los procesos de transculturación inicial por implante vividos por el pueblo mexicano y por los dos pueblos más andinos, el peruano y el boliviano, los desenvolvimientos posteriores en ambos casos han sido harto disímiles. El reemplazo, a manos de los conquistadores europeos, de las cúspides sociales dominantes de ambos imperios teocráticos, cuyas aristocracias mantenían subyugado al grueso de sus poblaciones, en el primer caso fue sucedida, después de un siglo, por un proceso de hibridación étnica y cultural, mientras que en el segundo dio lugar a una estricta segmentación social que ha hecho de Perú y, sobre todo, Bolivia sociedades marcadamente desintegradas en todas sus dimensiones. Mientras que, en nuestros días, la mexicana es una sociedad esencialmente mestiza (de aprox. un 70%), las boliviana y peruana sólo alcanzan una hibridación étnico-cultural del orden de no más de un tercio de sus poblaciones, con la mitad o más de amerindios.

Cuando hemos intentado comprender el porqué de estas hondas diferencias dos factores han saltado a la vista. El primero y principal es el de que, para el momento de la irrupción de los españoles, la dominación de la nobleza hereditaria incaica era ejercida, lejos del sanguinario esclavismo azteca, mediante mecanismos mucho más inteligentes y sutiles, con asidero en una sólida organización de las actividades productivas, compuesta por una avanzada artesanía textil, cerámica, metalúrgica y arquitectónica, por un lado, y por prácticas agroalimentarias en tierras propiedad del Inca, dotadas de terrazas, canales, acueductos y diques, con cerca de un centenar de especies vegetales domesticadas, con mención especial de numerosas variedades de maíz y de papa, dos especies animales, la llama y la alpaca, y el uso intensivo de un fertilizante natural, el guano -traído de las islas y costas vecinas-, por otro. Y además, ahora con un curioso parecido al régimen feudal europeo, con una religión comúnmente aceptada como elemento cohesionador, principalmente basada en el culto al dios-sol Pachacamac y al héroe fundador de la civilización, Viracocha, con el Inca convertido en un símbolo y descendiente de ambos, a la vez que soportado por una vasta red de sacerdotes y sacerdotisas encargadas del culto religioso pero también de establecer los calendarios agrícolas de siembra y cosecha de acuerdo al ritmo de las estaciones.

El segundo factor, en alguna medida derivado del anterior, consiste en que, dada la sumisión del Inca ante los conquistadores, quienes también al comienzo fueron asociados a la reencarnación de Viracocha, y dado el menor impacto de las pestes y gérmenes de los recién llegados ante sociedades mucho más urbanizadas y previamente expuestas al contacto con plantas y animales domesticados, y por tanto más inmunizadas, no resultó necesario el aplastamiento de los estratos medios de sacerdotes y personal calificado, sino que el implante se limitó a reemplazar, en el tope de la jerarquía, la nobleza incaica, e incluso a asimilar la parte más dócil de ésta, colocando a los funcionarios y especialistas medios al servicio de las nuevas labores mercantiles esclavistas.

Todavía en nuestros días subsiste esta segmentación social: de la implantación en la cúpula de antaño descienden los "blancos", reales o autodefinidos, que suelen ocupar las zonas céntricas o acomodadas de las principales ciudades; de aquellos estratos medios, con una muy leve hibridación, vienen los cholos, malqueridos tanto por los de arriba como por los de abajo, ubicados por lo general en los tugurios periféricos o callampas; y de la base campesina, con gran continuidad étnica y cultural, proceden las actuales mayorías amerindias, que por regla general todavía hablan en quechua o aimara, y deambulan por las calles y carreteras o viven apartados en lugares remotos pobres en recursos y con suelos de la peor calidad. Esto hace que resulte extremadamente difícil la construcción de nuevos bloques hegemónicos, por lo cual la política tiende a desarrollarse en una especie de ambiente buffer, en donde terminan neutralizados todos los esfuerzos de cambio y ninguna fuerza llega a adquirir el poder suficiente para someter a las restantes.

Aunque la población original del imperio incaico también fue literalmente diezmada, pues en apenas un siglo fue reducida del orden de unos veinte millones de pobladores a cerca de millón y medio, el mecanismo de exterminio fue distinto del mexicano. Mientras que en este último caso la destrucción por la fuerza de las armas y los gérmenes fue el elemento decisivo, allá el rol central lo jugó la esclavización a trabajos forzados en las encomiendas y las ricas minas de plata del Potosí y otras, con la consiguiente destrucción de la hasta entonces exitosa economía agroalimentaria incaica, y su inevitable corolario: las hambrunas. Además de su superioridad técnica, basada en el uso de armas de hierro y de fuego, caballos, perros de caza, planes y mapas de combate, el conquistador apeló a un recurso que terminó siendo no menos devastador: el engaño, con sus variantes desde el fariseísmo y la hipocresía refinada hasta la trampa y estafa descaradas.

En una sociedad donde la mentira y el robo eran considerados a la par que el crimen, por lo que solían ser severamente castigados con el corte de la lengua o las manos, y la palabra empeñada gozaba de absoluto respeto, el conquistador Pizarro, por ejemplo, se valió de toda clase de tretas y falsos ofrecimientos para aprovechar los conflictos remanentes entre el Inca Atahualpa y su depuesto hermano Huáscar, capturar luego al Inca, exigir por él al pueblo un fabuloso rescate de dos salas de plata y una de oro (el uso de estos metales preciosos era estrictamente estético y privilegio de la nobleza), ahorcar al último Inca de todas maneras aún después de cobrado puntualmente el rescate, y por último casarse con su viuda Cuxirimay en señal de que ahora él era el reemplazo del Inca. Para variar, la religión católica, sin desmedro de sus preocupaciones por declarar que los indígenas sí eran personas y por el descanso de los domingos y fiestas de guardar, aportó la justificación moral para la esclavización, el genocidio y la rapiña de metales preciosos al proclamar que todo ello era la merecida recompensa del conquistador por ayudar a convertir los indígenas a la única y verdadera fe cristiana.

Con todo, al lado de incalculables despilfarros culturales y con logros entre los más magros del subcontinente, el europeo, entre muchos otros aportes, llevó a estas tierras andinas todo el instrumental basado en el hierro y la rueda, desconocidos en el mundo precolombino, que multiplicaron la productividad de todas las artesanías incaicas, desde la hilandería y la cerámica, con la rueca y el torno, hasta la introducción del arado y los carros de transporte en la agricultura; introdujo numerosos nuevos cultivos y animales domésticos, que enriquecieron la dotación proteínica de una dieta casi vegetariana, e incidieron en la mejora de la eficiencia del transporte y las comunicaciones; introdujo prácticas monetarias, contables y mercantiles; y difundió el uso de la lengua española, débil para nombrar la amplia variedad de especies vegetales y prácticas artesanales y para el ejercicio de la sinceridad y la verdad, al estilo indígena, pero robusta para las ideas abstractas, las deducciones lógicas, el cálculo y las definiciones, la caracterización de materiales y estructuras de todo tipo, la creación literaria, y, por tanto, para la impresión y publicación de libros de interés general.

Sin entrar en detalles, vale reseñar que, a grosso modo, desde, sus fases coloniales, la historia de las naciones andinas, cuya independencia fue lograda en buena medida bajo el protagonismo de líderes de las naciones vecinas que se enfrentaron a aristocracias locales obstinadamente defensoras de los intereses de la Corona y la Iglesia, ha sido bien la del intento de restauración de algún tipo de pasado, o bien de búsqueda de un equilibrio de fuerzas superadoras o nuevo modus vivendi entre sus segmentos contrapuestos. Los numerosos movimientos de raíz primordialmente indígena siempre han procurado reentronizar a algún Inca, a veces supuestamente sobreviviente en el reino dorado de Manoa, u otras con candidatos locales a iniciar dinastías incaicas, como el movimiento del llamado Tupac Amaru II, aparentemente descendiente de los antiguos emperadores, quien lideró el más importante movimiento indigenista e independendista del siglo XVIII latinoamericano, y se convirtió, casi dos siglos después, en figura emblemática del nacionalismo peruano y, especialmente, del socialismo militar de Velasco Alvarado.

También hay que hacer mención aparte de los esfuerzos teórico-prácticos de Haya de la Torre, fundador del APRA peruano, quien, como alternativa a la lucha de clases y el antiimperialismo promulgados por la Internacional Comunista, propuso una lucha nacional antiimperialista pero basada en la alianza de todas las fuerzas nacionales progresistas y enfrentadas a las oligarquías locales aliadas del imperialismo. E igualmente está el caso de la Revolución Boliviana, desencadenada en gran medida por la unidad de indios, cholos y blancos progresistas, inspirados en el patriotismo gestado durante la llamada Guerra del Chaco, en donde Bolivia y Paraguay, azuzados por las petroleras Standard Oil y Royal Dutch que esperaban encontrar petróleo en la región del Chaco, se enfrentaron cruentamente durante tres años en la década de los treinta, con un saldo de cerca de cien mil muertos, repartidos casi por partes iguales entre ambos bandos.

Lo que nos lleva a incluir estas incompletas anotaciones es mostrar como ninguno de los movimientos mencionados, pese a los esfuerzos de distintos teóricos pretendidamente marxistas, puede interpretarse a la luz de la teoría de la lucha de clases, y menos de la implantación de la dictadura de un inexistente proletariado latinoamericano, puesto que se han basado en alianzas interclasistas con el propósito común de superar un sistema obsoleto. El fracaso de estas iniciativas se ha originado cuando se ha tratado de imponer el punto de vista o los intereses de alguna de las fuerzas sociales participantes sobre las restantes, como ha sido el caso de la pretensión de Haya de la Torre y sus seguidores de obtener el visto bueno del segmento oligárquico dominante, para asegurar la permanencia en el poder, o la del dirigente sindical Lechín de hacer de la boliviana una revolución proletaria.

La tarea de formulación, primero, y puesta en práctica, seguidamente, de un proyecto nacional transformador en estos dos países andinos, cuyos índices de pobreza, desigualdad en la distribución del ingreso, desarrollo humano y calidad de vida se hallan relativamente entre los menos alentadores de América Latina, seguramente se encuentra entre las más difíciles del subcontinente. Pero será casi imposible si, desde la perspectiva de los pueblos hermanos con un mayor grado de mestizaje, en lugar de abogar por la construcción de nuevos bloques sociales por el cambio, por la integración de las naciones latinoamericanas sobre la base de intereses compartidos por amplios grupos sociales, y por la transformación de nuestras capacidades, nos dedicamos a aupar en Perú y Bolivia precisamente un proyecto de carácter panindigenista, que pretenda trocar la secular exclusión de los estratos campesinos pobres por la de la otra mitad de la población, menos pobre y que hasta ahora ha estado relativamente integrada.

En esta batalla por la transformación de nuestras capacidades, nos place hacer referencia a la variable lingüística, en donde quizás sea mucho lo que todos tendríamos que aprender de los pueblos andinos. Aunque nos faltan conocimientos para asegurarlo, tenemos la corazonada de que la asociación del español con la mentira y la hipocresía ha sido uno de los determinantes del escaso empeño puesto por los pueblos andinos para aprenderlo, o que, en sentido contrario, a la hora de reencontrar el camino hacia un español, y también hacia un portugués, más auténtico y menos cargados de trucos, rimbombancias y dobles o triples sentidos, probablemente sea mucho lo que tengamos que aprender de los parcos pueblos andinos.

En todo caso, la necesidad de un mayor respeto por estas culturas, las más conservadas de todo nuestro pasado indígena, nos resulta obvia, tanto más en esta era de protección de especies animales y vegetales en peligro de extinción. Y si todo esto fuese iluso, vemos como alentadora la actual tendencia hacia la valorización, en los países andinos, de lenguas como la quechua y la aimara, que ya tienen carácter de lenguas oficiales, pues ello podría contribuir a un mayor ajuste entre nuestras expresiones verbales y nuestras prácticas, como lo hemos reclamado antes en este blog, o, al decir del filósofo Briceño Guerrero, al rescate de sonidos y expresiones perdidos en los cuales, de seguro, se cantaron muchas de las canciones de cuna que nos han arrullado ancestralmente a los latinoamericanos.

viernes, 29 de mayo de 2009

Implantados y ofendidos: el caso de la cultura mexicana

En nuestra América Latina, si los pueblos argentino y uruguayo han sido los que más lejos han llegado en su intento por convertirse en naciones de tipo europeo, a través del mecanismo de transculturación por trasplante, el pueblo mexicano es quien ha hecho el mayor esfuerzo por reconstruir una cultura propia después del violento proceso de transculturación que cercenó su despótica clase dirigente azteca y le implantó una nueva jerarquía opresora. Durante tres siglos de dominación colonial, primero, y luego, con vaivenes revolucionarios, por dos siglos más, la historia mexicana epitoma como ninguna otra el drama latinoamericano de la búsqueda de una identidad cultural distinta de la indígena o la europea. La clásica imagen del capitán rebelde Fortuno Sarano, tomada en 1911 mientras aguarda la orden de fuego al pelotón de su fusilamiento por las fuerzas gubernamentales de Porfirio Díaz, es sólo una ilustración del infinito coraje desplegado por este pueblo heroico en defensa de su dignidad.

En sólo poco más de un siglo, la población del Imperio Azteca, estimada por estudiosos en el orden de unos 30 millones, fue reducida a menos de su décima parte. El exterminio a sangre y fuego de su antigua aristocracia dirigente, con sus gobernantes, sus sacerdotes y su artesanado altamente calificado para labores manufactureras y agrícolas, en donde se aprovecharon al máximo las rivalidades de los pueblos periféricos resentidos contra la dominación azteca; el azote de mortíferas epidemias de viruela, fiebres puerperales, sífilis y otras enfermedades venéreas, tifus, lepra, paperas y otras, así como toda suerte de tétanos, caries, alergias, diarreas y otros males, ante los cuales el conquistador, sobreviviente de las pestes que asolaron Europa por siglos, estaba relativamente mucho más inmunizado; y el sometimiento de la población a un régimen de trabajos esclavizados forzados en minas o haciendas, que la desconectó de su base alimentaria desarrollada por milenios, se cuentan entre los mecanismos decisivos de este poco publicitado genocidio, que sin embargo nunca logró extirpar del todo la rica cultura autóctona.

Transcurrido aproximadamente el primer siglo de conquista, el proceso dominante de transculturación por implante, siempre bajo la égida de la Iglesia Católica, comenzó a ceder terreno ante un proceso de hibridación o mestizaje, que con el tiempo, y sobre todo en los siglos XIX y XX, termina por convertirse en principal, hasta hacer de México una de las sociedades latinoamericanas más fuertemente mestizas (con un 70% de su población). En la sociedad estratificada colonial, inmediatamente debajo de los conquistadores y sus descendientes criollos, creció una casta oligárquica, llamada por algunos malinchista (término usualmente despectivo tomado de Doña Marina, alias "La Malinche", esclava indígena que se tornó amante, intérprete y fiel colaboradora de Hernán Cortés), resultante de la mezcla étnica de varones hispánicos con hembras locales, que intentó, hasta donde pudo, hacer suya la cultura occidental de los conquistadores. La población autóctona sobreviviente pasó a convertirse en la fuerza de trabajo marginalizada o "proletariado externo" encargada de los peores oficios cuando no crónicamente desocupada.

La sociedad emergida de estos procesos de transculturación por implante e hibridación, pese a su anatomía bizarra, no dejó de asimilar e integrar aportes civilizatorios occidentales, entre los cuales destaca la adopción del castellano como lengua dominante, con joyas literarias como las legadas por Sor Juana; la introducción del cultivo de nuevos cereales, legumbres y frutas, que se sumaron a los de origen indígena como el maíz, el cacao, el tomate , los ajíes, etc., y la crianza de animales domesticados para la producción de carne, leche y cueros, así como de tracción y de silla; la difusión de arados, vehículos con ruedas, y numerosas herramientas de carpintería, construcción, alfarería, cordelería, textilería, pesca, y productos manufacturados diversos como aguardientes y jabones, el sistema español de pesas y medidas, la economía mercantil y monetaria, y la propiedad privada de tierras y bienes. También es innegable que el catolicismo, pese a los fariseísmos y frecuentes nexos con el poder de sus jerarcas, jugó un papel no sólo moralizante, frente a, por ejemplo, las prácticas de sacrificios y esclavizaciones masivas practicadas por los aztecas, sino también como promotor de la educación y alfabetización de crecientes capas de la población, de la creación de universidades y de la formación de clérigos que en mucho anticiparon a los profesionales modernos.

Hacia finales del siglo XVIII surgen los conflictos entre criollos y peninsulares que, bajo la coyuntura de la anexión francesa de la metrópoli española, desencadenan el proceso que culmina con la Independencia. Con ésta se inicia un nuevo período en donde se intentará crear una sociedad tricultural, con las raíces indígena e hispánica, como culturas antecesoras, pero con la aspiración a centrarse en una nueva cultura nacional. En la sociedad mexicana, como quizás en ninguna otra del subcontinente, después de la independencia se libró un duro enfrentamiento entre el clero que, durante la colonia y mediante el cobro de diezmos y otros impuestos, llegó a monopolizar la propiedad de la tierra, y los sectores laicos criollos que se plantearon forzar a la iglesia a enajenar muchas de sus propiedades y obtener así su parte en el reparto del despojo colonial.

La Revolución Mexicana desatada contra el General Porfirio Díaz, quien, a los ochenta años y después de cinco mandatos presidenciales consecutivos durante treinta años, pretendió ser electo nuevamente, consistió, inicialmente, en una rebelión liderada por el intelectual Francisco Madero, quien logró el derrocamiento de Díaz y se convirtió después en Presidente electo, y luego, tras su asesinato por los porfiristas con respaldo estadounidense, en un masivo levantamiento campesino, liderado desde el Norte por Pancho Villa y desde el Sur por Emiliano Zapata. Este movimiento se propuso acabar con el viejo régimen y repartir la tierra de los latifundistas herederos de las propiedades coloniales. La Revolución, que duró diez años de cruentas luchas con un saldo de más de un millón de muertos, comenzó enfatizando las reivindicaciones agrarias de los campesinos, pero terminó, en gran medida debido a sus debilidades conceptuales y programáticas, entronizando en el poder a una nueva clase dirigente integrada por los anteriores latifundistas y los nuevos comerciantes, banqueros y la élite de "revolucionarios" enriquecidos con el proceso y organizados en el Partido de la Revolución, que luego se convirtió en el PRI.

No obstante, y sobre todo durante el mandato de Lázaro Cárdenas, que supo aprovechar inteligentemente la coyuntura internacional antifascista, la Revolución Mexicana sí logró importantes avances en materia de reducción de la estructura latifundista, con distribución de cerca de 36 millones de hectáreas hasta 1956; de reivindicación de la soberanía nacional ante la explotación extranjera, nacionalizando las empresas ferroviarias inglesas y las petroleras estadounidenses; de impulso a un movimiento sindical organizado, que por años ejerció un liderazgo en toda América Latina; y, sobre todo, de consolidación de una cultura nacional digna y soberana ante los intereses extranjeros, expresada plásticamente en el poderoso movimiento muralista, en mucha de la música ranchera, en el cine de Cantinflas y otros, exenta de estériles belicismos antiimperialistas.

Con el advenimiento del período mundial de la Guerra Fría, se inicia también una masiva penetración de capitales estadounidenses y se replantea, de alguna manera, al interior del PRI, la vieja disputa entre partidarios de un enfoque conformador según patrones extranjeros, y autóctonistas empeñados en el enfoque contrario. La Masacre de Tlatelolco en 1968, que comentamos en un artículo anterior, y el terremoto que abatió a Ciudad de México en 1985, sin embargo, pusieron al desnudo la pérdida de perspectivas y la corrupción del PRI, y desataron las dinámicas políticas del México contemporáneo. Con promisorios nuevos liderazgos, ahora con la modalidad de un Norte industrializado, pero también repatriador de ganancias, maquilador y partidario del acercamiento incondicional a los Estados Unidos, enfrentado a un Sur turístico, más atrasado y heredero de las glorias pasadas, México ha reemprendido la búsqueda de un mejor destino, se ha colocado entre las naciones latinoamericanas con menor índice de pobreza, mayor calidad de vida y mayor desarrollo humano sustentable, y es, junto con Brasil y Chile, una de las pocas naciones que ha logrado diversificar sus exportaciones.

La tarea de la modernización de México, y de toda América Latina, como bien lo señalara una y otra vez Octavio Paz, sigue pendiente, aunque no tiene por que calcar ningún otro modelo o patrón ni limitarse a ese techo. Quizás la clave para impulsarla esté, como lo apuntan él mismo y Laura Esquivel, al analizar el personaje Malinche, en entender que la escogencia entre un pasado azteca bueno y otro hispánico malo, o viceversa, es un maniqueísmo pueril. A fin de cuentas, Doña Marina o Malinalli ya era una sufrida esclava en tiempos de los aztecas, con lo cual no dejó de ser "mexicana" al propiciar la alianza entre su pueblo tolteca, oprimido por ellos, y los españoles. Ella creyó al inicio que estos eran sus libertadores y a Cortés, como lo hizo hasta el propio Emperador Moctezuma- que se suponía Dios-, la anunciada reencarnación del amoroso y poético Quetzalcóatl que venía a desplazar al sanguinario Huitzilopochtli azteca. Y también suele olvidarse que ella supo desengañarse luego, horrorizarse ante el ensañamiento de su primer amante contra su pueblo y rechazarlo, y descubrir en su nuevo compañero español, el Capitán Jaramillo, el amor de su vida y la posibilidad de un futuro distinto para sus descendientes mestizos.

martes, 26 de mayo de 2009

Nuestras culturas latinoamericanas trasplantadas

Lo que anhelamos ser los latinoamericanos, que se desprende de lo que somos, dista de un todo homogéneo y mucho menos es el preludio o prefiguración de algún estado ya alcanzado por otros pueblos. Nuestra cultura es más bien un agregado de vectores o fuerzas que nos empujan por rumbos inéditos, y que se han conjugado a través de variados procesos de transculturación, entendiendo por tales a aquellos en donde hemos asimilado la cultura occidental dominante, por aculturación, y hemos perdido, por deculturación, rasgos de las culturas indígenas y africanas que también nos definen.

Entre estos procesos de transculturación distinguiremos, tomando en cuenta muy libremente aportes de Darcy Ribeiro, J. M. Briceño Guerrero y otros, cuatro tipos principales: tres "asexuados": trasplantes, implantes y fragmentaciones, y uno "sexuado": las hibridaciones o mestizajes. Por trasplantes entenderemos aquellos procesos de transculturación vinculados al establecimiento de poblaciones europeas migratorias que vinieron a establecerse con sus modos de vida en América, es decir, que trajeron sus familias y juegos completos de rasgos culturales e instituciones, desplazando de sus territorios a los pobladores que los precedieron; hablaremos de implantes en los casos en donde los conquistadores europeos reemplazaron jerarquías sociales y rasgos culturales de imperios e instituciones aborígenes o locales, colocando al grueso de la población autóctona y su cultura bajo su control; llamaremos fragmentación al caso en donde ciertos elementos culturales hayan podido conservarse en base a la huida o protección ante el avance de los conquistadores, por lo común a través del desplazamiento de poblaciones de origen indígena o africano hacia territorios de difícil acceso; e hibridación o mestizaje a la variante en donde los conquistadores, constituidos principalmente por una población de sexo masculino, se mezclaron con la población femenina de raíz indígena o africana para engendrar etnias y rasgos culturales nuevos.

Estos cuatro mecanismos de transculturación, cabe aclarar, tendrían lugar a diferentes niveles y de maneras tanto aisladas como conjugadas, y, en sentido estricto, no deberían emplearse para caracterizar procesos a nivel de pueblos o naciones en su conjunto. No obstante, con fines ilustrativos y dado que en algunos casos han predominado ciertos mecanismos por encima de otros, sí nos referiremos a ellos a niveles gruesos con el objeto de dar a entender más vivamente nuestras tesis y sus implicaciones. En materia de trasplantes, para comenzar por aquí, ningún otro pueblo latinoamericano ha llegado tan lejos como los rioplatenses.
Los pueblos rioplatenses, argentino y uruguayo, en realidad han vivido principalmente dos intensos procesos de transculturación en dos grandes etapas parcialmente solapadas. En el primero, durante poco menos de tres siglos y aproximadamente hasta el logro de la independencia de ambos, predominó el mestizaje étnico y cultural entre un amplio sustrato de origen guaraní y la escasa población española masculina, conquistadora primero y luego colonizadora, para dar lugar a los ladinos y gauchos que se arraigaron, unos, en las ciudades y sobre todo en torno a las actividades mercantiles y portuarias, y, los otros, en las pampas y la patagonia alrededor de la actividad ganadera. Gradualmente, fueron los ladinos quienes alcanzaron, junto a los criollos descendientes de las escasas familias de peninsulares, la hegemonía social, y quienes españolizaron y subordinaron económica, política y culturalmente a los gauchos, quienes hasta fines del siglo XVIII siguieron hablando frecuentemente en guaraní.

Posteriormente, sin embargo, fue la misma población ladina la que renegó de sus orígenes indígenas e impulsó, con un vigor desconocido en el resto del subcontinente y bajo la consigna de que civilizar es poblar, un proceso de trasplante étnico y cultural que pretendió nada menos que sustituir a los gauchos y ladinos empobrecidos por "gente de mejor calidad". Fue así como, con inspiración en el liberalismo europeo, se motorizó una acelerada inmigración que quiso hacer de la "raza anglosajona" el componente dominante de la población local y, en su defecto, terminó por traer a la Argentina, aproximadamente entre 1850 y 1950, cerca de cuatro millones de inmigrantes, principalmente italianos y luego españoles, que impusieron la estirpe europea y llevaron la población desde uno hasta cinco millones de habitantes en el primer medio siglo, hasta 17 millones en 1950, y hasta 43 millones con un 88% de caucásicos en el presente. La población uruguaya también saltó desde menos de cien mil habitantes hacia 1830 hasta cerca de un millón a comienzos del siglo veinte y unos 3,5 millones con 85% de descendientes de europeos blancos en nuestros días.

Este proceso de trasplante, sin ocultar toda la carga de racismo y violencia contra la población mestiza pobre, también dio lugar, previa intervención del capital financiero inglés y con un resuelto empuje a la educación, a un sostenido proceso de crecimiento económico basado en las exportaciones de carne, cueros, lana y cereales, y en la creación de una sólida infraestructura de trenes, carreteras y puertos al servicio de la actividad exportadora; así como a un florecimiento cultural que le ofrendó el tango y la Reforma Universitaria de Córdoba a todos los latinoamericanos y al mundo. El desdén contra la población desposeída autóctona no fue obstáculo para que gobernantes como Mitre, Avellaneda y, sobre todo,Sarmiento, se decidiesen a dar un fuerte apoyo a la consolidación del que, desde cerca de 1880, es seguramente uno de los sistemas educativos más avanzados del subcontinente, que le ha permitido a Argentina y Uruguay mantenerse entre las naciones latinoamericanas líderes en desarrollo sustentable, distribución del ingreso, desarrollo humano y calidad de vida. También hay que hacer mención aparte de Artigas, el héroe nacional uruguayo, y, en menor medida de Alberdi, intelectual argentino, como los únicos líderes que intentaron, aunque sin éxito, formular un proyecto nacional de transformación del latifundismo que le asignara el rol protagónico que merecía a la población gaucha.

Desde entonces, con altibajos vinculados al comportamiento de los precios de la carne y a fuertes acciones y reacciones políticas, la historia de Argentina y Uruguay ha sido la del sueño de convertirse en la Francia y la Suiza de América Latina, para dicha de las élites dominantes y desgracia de los excluidos, versus las respuestas populistas articuladas en torno a figuras presenciales o vicarias, vivas o muertas, como las de Perón y Evita, o a movimientos guerrilleros com los Montoneros y Tupamaros. En algún artículo futuro discutiremos como los arrebatos neoliberales y privatizantes a ultranzas de un Menem, enfrentados a la pareja de los Kirchner, forman parte de estos vaivenes rioplatenses, en donde pareciera que cada vez que Buenos Aires está a punto de transmutarse en un París y Montevideo en una Berna aparece un corro de cronopios jugando Rayuela contra los famas, el fantasma de Martín Fierro diciendo que no quiere hacer nido en ese suelo "ande hay tanto que sufrir", y el espectro de Gardel cantandoles a todos "...cuesta abajo en mi rodada, las ilusiones pasadas yo no las puedo arrancar".

viernes, 22 de mayo de 2009

Más sobre nuestra generación latinoamericana del '68

Antes de continuar con la caracterización de nuestra generación en la escala latinoamericana, luce conveniente incorporar una breve nota sobre el concepto mismo de generación. A diferencia de su uso indiscriminado por funcionalistas, positivistas, conductistas y parecidos, en nuestro caso el concepto de generación posee un poder explicativo importante pero limitado. Las generaciones, como las entendemos, son una especie de ondas largas de los movimientos, con visiones y estilos diversos pero marcados por análogos o iguales hechos sociales concretos de impacto extraordinario. El criterio según el cual los nacidos aproximadamente entre 1946 y 1964 estaríamos condenados a tener rasgos ideológicos compartidos, por ejemplo, con George W. Bush, Condoleezza Rice y compañía, o con Ahmadinejad, Vladimir Putin e ídem, coetáneos que, sin entrar a discutir sus razones, sentimos distantes y más bien representantes del estilo criobélico de la generación precedente, nos resulta un disparate superlativo. Pero, por otro lado, nos negamos a despreciar tal concepto y sumarnos a los puristas para quienes la base económica y la superestructura ideológica constituyen el alfa y omega de los conceptos explicativos de los fenómenos sociales.

La generación de latinoamericanos que hoy rondamos los alrededores de los sesenta menos diez o más cinco años es expresión particular, y a la vez componente fundamental, de la transgeneración mundial del '68. No sólo hemos recibido el impacto de los factores y políticas generales de la Guerra Fría, sino que ésta ha tenido sus tensas y a veces cruentas expresiones locales, con una amplia batería de gobernantes, tanto dictatoriales como electos, alineados con las políticas belicistas de Einsenhower, Johnson, Nixon, Reagan y los Bushes, y enfrentados a las líneas del Kremlin y sucedáneas, con Fidel Castro y numerosos grupos guerrilleros o de extrema izquierda como bastiones subcontinentales. Apartando a Vietnam, Corea e Indonesia, las batallas de Cuba y Chile estuvieron entre las menos "frías" de dicha Guerra. Nuestro movimiento generacional, sobre todo en su modalidad de no-violencia activa, debió abrirse paso entre polos que libraban una lucha encarnizada, hasta hacer sentir la alternativa de una política crítica de ambos sistemas -capitalista y comunista- y por la paz, a menudo tenazmente rechazada (la política) por uno y otro bando, y cuyos logros sólo recién comienzan a apreciarse.

En muchos momentos, sobre todo en los primeros años sesenta, se dio una convergen- cia con los movimien- tos antirra- cistas e independentistas, y particularmente con la emergente Revolución Cubana, en tanto que expresiones libertarias de pueblos o fuerzas sociales luchando por su dignidad, pero no en tanto que defensores del modelo de socialismo a la soviética. En líneas gruesas, es necesario resaltar que quienes nos deleitamos con los Beatles, vivimos las experiencias de la revolución sexual vinculada a la píldora anticonceptiva y la minifalda, y luego irrumpimos en política alrededor del '68, no fuimos los mismos, aunque a veces coincidimos, de la lucha guerrillera "contra el imperialismo yanqui". El movimiento universitario mexicano que sufrió la Masacre de Tlatelolco, el movimiento universitario brasileño contra las dictaduras, o el movimiento venezolano de Renovación Universitaria y sus secuelas, por ejemplo, como su congénere de París-mayo, por regla general arrancaron cuando ya había comenzado a declinar la lucha guerrillera latinoamericana antiimperialista. En todos estos movimientos se libraron intensos debates contra quienes propugnaban la vía de la confrontación armada contra el imperialismo o la burguesía. La consigna guevarista de "crear uno, dos, tres... muchos Vietnam" no fue acogida, menos mal, por estos movimientos, salvo como una metáfora traducida al ámbito de la no-violencia. Análogamente, los movimientos de la Primavera de Praga o de Alemania Oriental, del mismo año '68, pese a su fuerte carga antisoviética, no fueron pronorteamericanos.

La mayor fricción entre estas dos ondas movimientales o generacionales, la guerrerista y la democrático- pacifista, tuvo lugar trágicamente en Chile. Allí el esfuerzo de Allende, los socialistas y algunos comunistas chilenos por encontrar una vía propia, democrática y no-violenta, afín a la que llamamos de nuestra generación y distinta de la vía guerrillera, chocó antes que nada con la tozudez de un Nixon empeñado en no distinguir matices dentro de la izquierda y en demostrar la inviabilidad de dicha vía pacífica, pero también con la línea de la extrema izquierda chilena del MIR y cercanos, que tampoco creía en ésta. La extrema derecha chilena, tutelada por su par estadounidense, aprovechó las contradicciones en el seno de estas dos izquierdas que hicieron que el gobierno de Allende se desgastara en debates internos sobre la radicalización del proceso, la violencia versus no-violencia y la presión interna por la estatización a ultranzas, desde la Cocacola hasta carnicerías y bodegas. La interminable visita de Fidel y el regalo de la ametralladora que le hiciera a Allende facilitaron la campaña mediática que presentó a éste como la ficha cubano-soviética que no era. Al final, que sepamos, no pudo usar siquiera la ametralladora, cuyo poder en todo caso palideció ante el de su inmortal discurso de despedida.

En el plano cultural, nuestra generación tuvo su propio esplendor creativo. Sin pretensiones enciclopédicas y sólo para dar una idea, en paralelo al rock y la música de Lennon y los Beatles, Bob Dylan, Bruce Springsteen o Joan Báez, tuvimos expresiones propias como el tropicalismo brasileño de Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa, Chico Buarque, María Bethania y otros, la Nueva Trova cubana, con Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, a Mercedes Sosa, Víctor Jara, Facundo Cabral y muchos otros, incluyendo al casi nuestro Joan Manuel Serrat. Junto al cine de un Spielberg, tuvimos, entre otros, nuestro Cinema Novo de Glauber Rocha y al cine cubano de Gutiérrez Alea y Humberto Solás. En literatura, inicialmente adoptamos la de nuestros mayores del Boom: Cortázar, Garcia Márquez, Fuentes, Vargas LLosa, Benedetti, Otero Silva, González León y otros, pero luego, gradualmente, ha emergido una rica producción propia en donde se me antoja destacar el rol de ellas, como Isabel Allende, Laura Restrepo, Laura Esquivel y otras. En fotografía, sin nada que envidiarle a las Annie Leibovitz del norte, hemos tenido a Sebastián Salgado, uno de los más importantes fotógrafos vivientes. En las artes escénicas, aunque quizás sin grandes figuras, hemos presenciado una significativa renovación del teatro y la danza a nivel de todo el subcontinente. No obstante, como suele ocurrir por estas latitudes tropicales, también hay que decir que no hemos tenido algo parecido a un Steve Jobs y Stephen Wozniak, con su microcomputador, un Tim Berners-Lee, con Internet, un Edward Witten, con su teoría de cuerdas, o un Bill Gates con su Microsoft...

El vertiginoso crecimiento de la matrícula de educación superior latinoamericana, que se decuplicó con creces entre1955 y 1975, al pasar de cerca de 400000 estudiantes a cerca de 4,5 millones, y de significar menos de un 3% de la población en edad universitaria (aprox. 20-24 años) a más de 15% en el mismo lapso, a menudo sin que existiesen planes de desarrollo económico para incorporar los ingentes egresados, fue otro factor que incidió decisivamente en la explosión de numerosos movimientos universitarios críticos a fines de los sesenta y comienzos de los setenta. Estos movimientos irrumpieron en la cultura y la política de nuestros países, con visiones y estilos como los señalados, y luego, como en los países templados, han servido de caldo de cultivo para movimientos ecologistas, feministas y pro derechos civiles diversos.

Antes de cerrar, queremos dejar expresas algunas ideas sobre las limitaciones y potencialidades de esta a la que consideramos nuestra generación. Como casi todo lo que hacemos en Latinoamérica, no hemos escapado al síndrome de la improvisación y la prisa. Agobiados por eras de tutelas autoritarias y ante la presencia de injusticias dantescas, siempre nos sentimos apurados por actuar, tenemos poco tiempo para pensar en lo que haremos y nuestras ocasiones son las más calvas del planeta. Sólo que por ahorrarnos horas o días de reflexión terminamos perdiendo siglos de oportunidades y volvemos perpetuamente sobre los mismos problemas irresueltos del ayer.

El coraje, los despertares, la energía, la sangre derramada en octubre del '68 en Tlatelolco, por decir algo, no tienen nada que envidiarle a París-mayo del '68 o a Berkeley del '64, pero sí su marco cognitivo o conceptual. Mientras que allá se debatieron masivamente las ideas de la unidimensionalidad del hombre moderno y de para qué sirve la libertad sino para comprometerse, con Marcuse, Sartre, Lefebvre y otros, nosotros actuábamos demasiado cegados por la ira contra Echeverría o Nixon o Caldera. Cuando aquellos acontecimientos quedaron exhaustivamente documentados, analizados y convertidos en activos intangibles disponibles para el porvenir, los nuestros languidecen, parecen especies en peligro de extinción y se van despidiendo del mundo junto a las neuronas nuestras que los percibieron.

No obstante, está en marcha también un proceso de aprendizaje que no casualmente tiene sus más evidentes, aunque no únicos, exponentes en dos países que quizás sean los que más hondamente han sentido las garras fascistoides, Chile y Brasil. Allí, dos extraordinarios líderes de nuestra generación latinoamericana del '68, Bachelet y Lula, están demostrando que no han sido en vano los sacrificios pasados, y construyendo, inteligentemente, amplios bloques sociales en favor de una transformación real no-violenta. Lejos de inspirarse en obsoletas tesis decimonónicas de la lucha de clases y la dictadura del proletariado, y al margen de conflagraciones geopolíticas que nos quedan grandes y nos restan energías para transformar nuestras capacidades y resolver nuestros problemas, están posibilitando la convergencia transformadora de trabajadores, profesionales, intelectuales, artistas y empresarios con la visión compartida de edificar sociedades más libres, fraternales y justas. Y allá arriba está ocurriendo algo sumamente interesante, con la elección de Obama y el retorno de los Clinton y tantos seguidores y colaboradores, que abre la posibilidad de esfuerzos con una perspectiva generacional relativamente compatible. A lo mejor resulta que, hechos los tontos, los tales baby-boomers terminamos asistiendo a los entierros de los dos sistemas aparentemente irreconciliables que nos vieron nacer: el socialismo burocrático y el capitalismo salvaje.

martes, 19 de mayo de 2009

Acerca del norte y las brújulas de la generación transnacional del '68

Al amanecer del 1 de enero de 1946, los ingenuos e ingenuas unidos del planeta se desperezaron con alborozo y esperanzas ante la nueva época de paz y cooperación anunciada por el término de la apocalíptica conflagración mundial. En los vientres de nuestras madres y testículos de nuestros padres ya se agitaban ansiosos de luz los óvulos y espermas que nos engendrarían, quien sabe si unos y otros embelesados con la ilusión de que al fin se concretarían diferidos sueños heredados de sus antecesores. Si hubiese alguna manera de medir la frecuencia de los encuentros sensuales en Occidente, o, en su defecto, la tasa de generación de gestos, frases, susurros, contactos, poemas, películas, bailes y canciones de amor en Europa, América y Oceanía, es muy probable que se detectase un drástico incremento en los años que sucedieron a la Segunda Guerra Mundial; pero como eso parece una tarea divina, los estudiosos se han conformado con medir el aumento en las tasas de natalidad durante la posguerra, y resulta que los datos refuerzan la hipótesis citada: durante el período 1946-1964 ocurrió una elevación sin precedentes en dichas tasas, al punto de que muchos, sobre todo en el mundo anglosajón, decidieron llamar a la generación de posguerra la del Boom de bebés o Baby-boom.

Pero nuestros padres no contaban con la astucia de Belphegor, el revoltoso diablillo que durante la misma noche del 31 de diciembre de 1945 hizo de las suyas en el inconsciente de los personajes principales de la reciente ópera bélica mundial. Lejos de disponerse a sanar heridas y cerrar cicatrices, Churchill, Truman, De Gaulle, Stalin y adláteres, decidieron de golpe y porrazo enterrar el discurso unitario y la cooperación antifascista que acababa de posibilitar la derrota de los hitlerianos, para inaugurar una época de aspiraciones hegemónicas y harto riesgosas confrontaciones, donde el aliado de la víspera fue convertido en quintaesencia del más letal y abominable enemigo. Se inició entonces una escalada de preparativos bélicos que, en nombre de la libertad y la seguridad, construyó un tan gigantesco arsenal militar que dejó convertidos los ejércitos y armamentos de toda la historia anterior en meros juguetes.

En lugar de la atmósfera de ternura y confianza soñada por nuestros progenitores, vinimos al mundo a respirar, con la amenaza de desaparecer varias veces en un infierno nuclear, el más tóxico y pasmoso de los miedos. Los autores de nuestros días, que entendían lo que pasaba, enmudecieron y se decidieron a consentirnos antes del eventual colapso, y nosotros, inicialmente despreocupados, nos dedicamos a distraernos con el maravilloso invento de la televisión y a ensordecernos con ruidosas y escasamente melodiosas músicas.

Poco a poco, sin embargo, fuimos descubriendo, sobre todo a partir de la crisis de los misiles y del asesinato de los Kennedy y Luther King, la gravedad de lo que ocurría y el clima de odio y violencia que nos rodeaba, y gradualmente, en una especie de unísono transnacional, con los sentidos exaltados por el rock, la imaginación cultivada con años de Campanita y Peter Pan, y el coraje inspirado en la nobleza y valentía de El Zorro, le fuimos dando más y más contenido a nuestras expresiones creativas. Descubrimos, primero, el que quizás haya sido el mayor de nuestros aportes: el arte de protesta, gestado en torno al estilo de música y con la proliferación de imágenes visuales que nos gustaban, y, luego, una amplia gama de formas de comunicación, procesamiento de información y movilizaciones sociales.

El primer y principal rasgo que distinguimos en la generación de posguerra, la cual hizo irrupción en prácticamente todos los países occidentales y en muchos otros en los alrededores de 1968, con el impacto más resonantes en París-mayo, es el hecho de haber sobrevivido en, y enfrentado a, un mundo polarizado entre dos superpotencias, cada una con poder para destruir a la otra y al resto del globo. En semejante contexto y contra todo pronóstico, nuestra generación gradualmente optó por no tomar partido a favor de ninguno de los grandes contendores sino por la paz y por la humanidad misma.

La solidaridad genera-lizada con el pueblo vietnamita, por ejemplo, no se tradujo nunca, a pesar de los empeños de los partidos comunistas de todo el mundo, en un apoyo a la Unión Soviética o China en su confrontación contra los Estados Unidos o entre sí. El enemigo fue siempre un modo de vida opresivo, autoritario y avaro, el sistema o establishment, donde quiera que existiese, y no una nación o Estado en particular. Vietnam y el Che Guevara se convirtieron en símbolos de la dignidad del débil contra el poderoso, pero no, como tanto lo quisieron ambos bandos de la Guerra Fría, en representantes de un coloso frente al otro.

La rebeldía contra lo establecido, el espíritu antipolarizador y antibélico, el afán por crear una contracultura enfrentada a la cultura dominante, y muchos otros rasgos y logros, con sus limitaciones, fueron a su vez potenciados por el mayor acceso a la educación superior. Con esto se creó el caldo de cultivo propicio para la gestación de movimientos universitarios críticos, primero, y luego de toda suerte de movimientos ambientalistas, feministas, artísticos y pro derechos civiles de las más diversas minorías. Aunque la idea inicial del sistema fue formar los cuadros requeridos por las distintas carreras armamentista, espacial y otras, no pasó mucho tiempo antes de que, posiblemente sin agradecer lo suficiente las oportunidades disfrutadas, la propia educación superior, dividida en disciplinas aisladas y desligada de las necesidades de las mayorías, se convirtiera en blanco favorito de las críticas de esta generación de rebeldes con causa. Tal vez sin percatarnos de lo que hacíamos, contribuimos a hacer de la investigación y la generación masiva de nuevos conocimientos un componente fundamental de la versión contemporánea de las sociedades modernas o con ganas de serlo.

Con la conjugación de la criticidad, el acceso al conocimiento y los valores antibélicos, nuestra generación ha librado una sin par lucha contra la deshumani-zación del modo de vida moderno en todas sus facetas, cuyo resultado central ha sido evitar el acabose nuclear, y con otros logros sociales como los arriba citados, que son tangibles pero con textura insuficiente. Muchos seguimos en nuestros afanes, por nuestro norte y con nuestras brújulas, y, quizás cediendo el testigo a las generaciones críticas venideras, logremos contribuir a recuperar el rumbo de la paz y el amor, objeto de tantas burlas contemporáneas pero ansiado por tantas éticas y estéticas.