martes, 7 de julio de 2009

Hibridados y escindidos: los seculares desgarramientos del pueblo colombiano

...por lo común se comportan como seres escindidos: de la cintura para arriba está el alma y de la cintura para abajo el negocio.
Laura Restrepo, La novia oscura.

Es muy probable que si se llegase a encontrar un método razonable para medir el nivel cultural promedio de los latinoamericanos, los colombianos, quizás junto a los chilenos, despuntarían por sus logros. Colombia es una de las naciones latinoamericanas con una más sólida trayectoria en materia de instituciones educativas, científicas y culturales, pero, no obstante, es también uno de los países con mayor desigualdad en la distribución del ingreso (Coeficiente de Gini de 58,6%), con un elevado índice de pobreza (11,9%), y con el más agudo, violento y aparentemente irreconciliable conflicto entre sus élites dominantes, tanto entre sí como en relación a la base del pueblo empobrecido. En Colombia, desde hace siglos, todo ha ocurrido como si, sin desmedro de los importantes esfuerzos realizados en sentido contrario, fuese imposible colocar la libertad, la educación y la cultura del mismo lado de la fraternidad, la igualdad y la justicia.

Cuando, en los alrededores de 1530, los conquistadores españoles sentaron sus cabezas de playa en Santa Marta y Cartagena, para desde allí iniciar la dominación del actual territorio colombiano, se encontraron con una sociedad indígena, la de los chibchas, con unos 600 mil habitantes, establecida en los principales valles y mesetas del país, altamente organizada bajo el sistema de aldeas jerarquizadas, probablemente en torno a Bogotá como su principal núcleo, y con cuatro clases sociales bien diferenciadas. Éstas eran: los nobles, encargados del culto religioso, las actividades guerreras, la administración general y el cobro de tributos; los artesanos, con avanzadas habilidades cerámicas, textiles, metalúrgicas y, especialmente, en orfebrería; los agricultores, dedicados a actividades de producción de maíz, papa, tomate, pimienta, coca, tabaco y otros cultivos, que, por las benignas condiciones climáticas y de fertilidad de los suelos, generalmente no requerían de mecanismos de riego, así como a la cría de patos, pavos y cobayos; y los esclavos, al servicio directo de los nobles. A estos últimos les encantaba ser transportados, ricamente ataviados, en lujosas literas con incrustaciones de oro y en medio de olorosas resinas y flores esparcidas a su paso. La táctica hispánica inicial de sometimiento consistió en el reemplazo de la nobleza masculina indígena por varones propios, conservando la subordinación de las clases inferiores, pero ahora con un énfasis sobreexplotador según los esquemas de la mita, con la que, despues de arrasar con todos los adornos y reliquias de la nobleza destituida, se quisieron extraer en un dos por tres todos los metales preciosos del subsuelo minero, y la encomienda, con su clásico perfil agrícola y sus pretensiones cristianizantes, y un importante nuevo componente artesanal, especializado sobre todo en la fabricación de productos textiles.

Hacia fines del siglo XVI el sistema, dada la drástica reducción de la población indígena causada por los trabajos forzados, las epidemias y las pérdidas en numerosas y riesgosas expediciones en busca de más metales preciosos o de la conquista de naciones vecinas, mostró su agotamiento, con la peculiaridad de que, en lugar de ceder gradualmente el paso al régimen de haciendas con importación de esclavos, como en otras latitudes latinoamericanas, evolucionó, en el marco de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá y, después, del Virreinato de Nueva Granada, hacia una especie de régimen mixto de haciendas privadas, encomiendas estatales directamente manejadas por empleados de la corona, que se reservaron monopólicamente negocios como los del aguardiente de caña y la venta del tabaco, y una creciente burocracia de funcionarios dedicados a la administración de los intereses imperiales en las actuales Colombia, Venezuela y Ecuador. Dentro de tal funcionariado no sólo se contó el componente seglar, incluido aquí el gran número de militares concentrados en fuertes estratégicamente situados, sino también los cuantiosos colaboradores clericales, designados y controlados por la monarquía y encargados, además de sus roles directamente religiosos e inquisistoriales en iglesias y tribunales, de las tareas educativas y del manejo del sector salud.

Este peso considerable del rol estatal, estratégicamente asociado al de la iglesia católica, contribuyó a la gestación de un estamento oligárquico integrado por los descendientes criollos y mestizos claros de los conquistadores, que pronto se sintió altamente identificado con los intereses imperiales hispánicos, desvinculado de los mestizos de tonos menos caucásicos, y hasta heredero de las prácticas elitistas de la antigua nobleza chibcha. No obstante, el Virreinato también se distinguió tempranamente por el celo con que se abordaron las tareas educativas y culturales a cargo de los sacerdotes, incluyendo, por ejemplo, la precoz fundación de la Universidad Javeriana en 1634 a cargo de los jesuitas, de la Universidad Tomasina en 1639, a cargo de los padres dominicos, de numerosos colegios de nivel primario y medio, dedicados a una rigurosa enseñanza escolástica para la formación de la élite dirigente blanca, según el mejor estilo medieval, y de la creación de instituciones culturales diversas como la Real Biblioteca Pública de Santa Fe, la Real Imprenta, el Coliseo Ramírez y el Observatorio Astronómico.

Desde entonces, pareciera que este estrato oligárquico se ha empeñado en ostentar soberbiamente sus apellidos hispánicos, suspender en lo posible el proceso de hibridación con indígenas y negros, "blanquearse" mediante intercambios culturales y étnicos con los peninsulares disponibles, y, en general, hacer gala de su cultura y su dominio del idioma y distanciarse por todos los medios de la población supuestamente inferior. Tan lejos llegaron sus prácticas elitistas y su afanes de encumbramiento y de disfrute de privilegios, que, por ejemplo, contra él se rebeló, años antes de la Revolución Francesa, en la Revolución de los Comuneros de 1781, acaudillados por la vendedora ambulante Manuela Beltrán -quien rompió públicamente los edictos oficiales de aumento en el cobro de impuestos- y por el mestizo José Antonio Galán, una enorme masa de labradores, artesanos y esclavos. Estos marcharon desde la población de Socorro, al norte de Bogotá y sede de la más importante industria manufacturera textil, hacia la capital, logrando poner en fuga al representante real y tomar esta ciudad con un ejército improvisado de más de veinte mil hombres y mujeres que decretó la devolución de tierras a las comunidades indígenas, la incorporación de mestizos pobres a las funciones de gobierno y la liberación de los esclavos negros.

Este temprano levantamiento de los comuneros, sin embargo, fue pronto víctima de su improvisación y de su ingenuidad, al dedicarse a festejos triunfalistas y licenciar las tropas en el contexto de una capitulación con los representantes del Virrey, avalada con una misa solemne presidida por el Arzobispo Caballero y Góngora, en donde se estableció que se mantendrían los decretos comuneros a cambio de que se permitiese el regreso del Virrey y de la desmovilización de los insurrectos. Cuando el representante de la monarquía regresó de su refugio en Cartagena y reestableció la autoridad, desconoció todos los acuerdos y ordenó ahorcar y descuartizar a Galán y demás líderes del movimiento, cuyas partes fueron expuestas en las plazas de las principales ciudades alzadas. Por los servicios prestados, el Arzobispo fue poco después convertido en Virrey; pero este mismo prelado, fiel a la tradición educativa y cultural y sin abandonar jamás su lealtad a la causa monárquica, contribuyó a la relativa modernización de los estudios colombianos, fortaleció los componentes científicos del currículo a todos los niveles, propició la creación de una escuela de minas y de escuelas artesanales, y auspició, entre otras iniciativas, la extraordinaria Real Expedición Botánica a cargo del sabio sacerdote, botánico y matemático español José Celestino Mutis, que rindió un exhaustivo conocimiento de la flora y fauna colombianas. En estos colegios e instituciones de alto nivel, con su educación relativamente cada vez más liberal, se formaron, seguramente a pesar de las intenciones del Arzobispo, muchos de los líderes de la futura república como Santander, Francisco Antonio Zea y el sabio y mártir Francisco José de Caldas.

Durante la dura lucha por la independencia, bajo las conocidas circunstancias de ocupación de España por las tropas imperiales francesas, los educados colombianos dieron también muestras de su compromiso y heroísmo tanto dentro como fuera de su suelo, ofrendando mártires de la talla de Ricaurte y Girardot en tierras venezolanas. Sin embargo, cuando después de Boyacá (1819), Carabobo (1821) y Pichincha (1822) se consolida el triunfo patriota y se crea la Gran Colombia con base en la Constitución aprobada en Angostura, afiliando a las actuales Venezuela, Colombia y Ecuador, con Bolívar como Presidente, emerge un conflicto entre quienes, como Santander, también vencedor de Boyacá pero producto del refinado sistema educativo colonial, quieren establecer de inmediato el imperio de las leyes sobre una federación de estados relativamente autónomos, al estilo estadounidense, y minimizar el rol de los principales héroes de la recientes victorias militares; y quienes, como Bolívar, creen que el pueblo no está preparado para tan avanzado régimen, que hace falta consolidar estas victorias, mantener transitoriamente un mayor centralismo y ejercer un poder afincado en el ejecutivo hasta tanto se consolide la patria a salvo de nuevas arremetidas del imperio español.

Lo que debió ser un debate profundo y realista sobre el tipo de gobierno de la novel república, pronto se convirtió, después del fracaso de la Convención de Ocaña en abril de 1828 y en un medio proclive a las pugnas entre sectas aristocráticas, en una amarga e insuperable diatriba. Cuando Bolívar, en un gesto desesperado por salvar la República y mantener unida la Gran Colombia, asume una dictadura, en el sentido romano de gobierno de excepción, pues todavía el término no significaba lo que ahora, en agosto de ese mismo año, resulta acusado de ambiciones personalistas, que difícilmente albergaba, y se perpetra contra él un intento de asesinato del que escapa entre milagrosamente y gracias a Manuela Sáenz. Santander fue acusado y condenado a muerte, aunque sin suficientes pruebas, como autor intelectual del atentado. Aunque Bolívar le conmutó la pena por la de destierro, ya nunca más pudieron superarse las diferencias, pues los santanderistas no volvieron a aceptar el liderazgo bolivariano y contribuyeron a forzar, después de los terribles golpes que significaron el asesinato de Sucre y el movimiento separatista de Páez en Venezuela, su renuncia y su retiro voluntario de la política, y casi el agravamiento de su enfermedad, su muerte espiritual y su muerte a secas.

El oneroso y lamentablemente por todos pagado precio fue la disolución de la nueva República: la titánica lucha, que costó incalculables pérdidas materiales y en donde se derramó alrededor de un cuarto de toda la sangre humana circulante, terminó por engendrar, en virtud de disputas palaciegas y mezquinas, tres pequeñas y débiles naciones, expuestas a la manipulación de las grandes potencias de la época o del porvenir. El conocimiento de unos pocos no pudo ser colocado al servicio de los muchos, la fraternidad no pudo ser conciliada con la libertad, o, en los decires de El Libertador, la moral acabó por divorciarse de las luces o el talento de la probidad.

La escisión sectaria, con escaso asidero en cuestiones de fondo, entre bolivarianos y santanderistas, o entre supuestos militaristas o centralistas y supuestos civilistas o federalistas, pronto dio lugar a los conflictos entre conservadores y liberales que continuaron enrojeciendo el suelo colombiano durante todo el siglo XX, con cientos de miles de bajas por guerras civiles entre 1840 y 1903. En estas luchas fue frecuente, paradójicamente, que en nombre del conservadurismo y pretendido bolivarianismo se asociara a Bolívar con posiciones clericalistas o de reducción de los impuestos estatales, que nunca tuvo, o que en nombre de la libertad de empresa y de un supuesto liberalismo santanderiano se expropiara de sus escasas tierras a la población mestiza e indígena, concentrándose la propiedad agraria, postura que Santander tampoco jamás tuvo. Sólo en la llamada Guerra de los Mil Días (1899-1903) perecieron alrededor de cien mil colombianos. Todo ha ocurrido como si desde que Colombia execró a Bolívar su política se hubiese hundido en un mundo de fantasías, falsedades y violencia en donde los discursos a menudo sirven para enmascarar acciones e intereses que los contradicen.

Con el correr del siglo XX, los abismos colombianos entre su potencial educativo, cultural y económico, de una parte, y el avance hacia la justicia social, de otra, no hicieron sino ensancharse. De sus aulas, y especialmente de la prestigiosa Escuela de Minas de Medellín, en donde se formaron competentes ingenieros industriales desde comienzos de siglo, continuaron egresando generaciones de empresarios, profesionales y científicos que han potenciado, sobre todo durante el período de la recesión y la Guerra Mundial (1930-45), cuando escasearon las importaciones, los logros de las actividades cafeteras, textiles, mineras, tabaqueras, siderúrgicas, químicas, cementeras, bancarias, petroleras y muchas otras, hasta asegurar el autoabastecimiento de la nación en múltiples rubros, ofrecer al mundo un nutrido repertorio de exportaciones agrícolas apreciadas en amplios y diversos mercados, y empujar a Colombia a ser la cuarta economía latinoamericana real y la tercera en población que es en el presente. Pero también, el clima resultante de debilidad y desastre dejado por la Guerra de los Mil Días fue aprovechado por los Estados Unidos para consumar el despojo de Panamá y acentuar su penetración en áreas exportadores clave como la petrolera; se acrecentó la sobreexplotación agrícola, sobre todo a cargo de transnacionales estadounidenses, lo que dio lugar a la Masacre de las Bananeras, la cual, a su vez, Garcia Márquez dixit, contribuyó a desatar la maldición de Cien años de soledad sobre el pueblo macondiano; y se profundizaron las tradicionales diferencias estamentales entre privilegiados y excluidos.

La denuncia de aquella masacre por Jorge Eliécer Gaitán y la amenaza de romper las pugnas sectarias y estériles entre conservadores y liberales, dispuso la mesa para el posterior asesinato, bajo un gobierno conservador y muy probablemente con al menos colaboración de factura estadounidense, de este líder de la sintonía entre educación y justicia social y de una "transformación rotunda" de la sociedad colombiana, quien, empero, erró crasamente al estimar, en 1948, que sobrevendrían cincuenta años de violencia si la oligarquía conservadora osaba eliminarlo... Y de allí a la hecatombe del "Bogotazo", al período conocido como La Violencia (1948-62), con su nueva cuota mortífera en el orden de 200000 víctimas fatales, y a la interminable y vergonzosa lucha entre guerrillas y gobiernos variopintos que ha logrado colarse hasta el mismo siglo XXI, sólo hubo un paso.

Los enfrentamientos entre gobiernos y guerrillas colombianos han venido a constituir una prolongación de la batalla entre conservadores y liberales, en donde cada parte siempre puede aducir una larga cadena de atropellos y crímenes cometidos por la otra. Esta confrontación hinca sus raíces en los conflictos de los días de la Gran Colombia. Sólo que, para variar, las posturas guerrilleras, derivadas de una extremización de las posiciones liberales de Gaitán, quieren reclamar para sí la identificación con la imagen y hasta la espada del supuestamente conservador Bolívar, mientras que las posturas oficiales conservadoras, que tradicionalmente han esgrimido las más duras armas antiguerrilleras, se han convertidos en paladines del libre mercado, los acuerdos de libre comercio y la apertura hacia los capitales extranjeros, que han sido universalmente banderas liberales. Con las disidencias liberales de la víspera, lanzadas a abrazar causas ultraconservadoras, y el aderezo de todas las partes empantanadas con el narcotráfico, sobornos, torturas, secuestros, forjamiento de falsas pruebas, acciones por manpuesto o a través de terceros, burlas a la comunidad internacional y a respetables Oenegés, shows mediáticos, ajusticiamientos, sicariatos, cobros de vacunas, y se agota uno de sólo hacer el menú de desastres, el embrollo y la pérdida de brújulas políticas no han hecho sino acentuarse.

La única esperanza de que se ponga fin a este infierno peor que dantesco la vemos, desde el lado externo, en la creciente presión internacional para que Colombia abandone su salvajismo político, reforzada por la callada labor internacionalista de artistas como El Gabo y Laura Restrepo, y, por dentro, sobre todo en las tendencias locales e importantes logros recientes en las principales ciudades, con Medellín y Bogotá a la cabeza, de las que nos ocuparemos más detenidamente en entregas por venir sobre las situaciones actuales de nuestros países. Por ahora baste con señalar, en relación a este último punto, que se trata de movimientos de base desligados de los oscuros factores tradicionales, resueltamente no liberales ni conservadores, ni gobiernistas ni guerrilleros, no comprometidos con narcotraficantes ni con negocios extraños, y no extremistas de derecha ni de izquierda, que están conquistando espacios reservados a las fuerzas del pasado, y tratando de rescatar el sentido constructivo de la política, del amor al pueblo real, y no al pueblo de las arengas o las poses mediáticas, al de las carnes de cañón o de las canteras de votos para mantener el poder por el poder, o al de la manpara de intereses encubiertos. Estos recientes movimientos intentan volver a conciliar los roles de la educación, de las luces, del talento, de la libertad y del alma con los de la justicia, la moral, la probidad, la igualdad y los sanos negocios, y lucen decididos a superar la escisión y la soledad seculares de los colombianos. Lo que equivale a afirmar que están partiendo desde cero hacia la edificación de la patria soñada por nuestro Libertador, quien se inmoló infinitamente por nosotros y nos dejó, por escrito y por si acaso, el mensaje de que sólo descansará tranquilo en su sepulcro cuando cesen los partidos, es decir, los faccionalismos sectarios e irracionales, y se consolide nuestra unión, es decir, la de al menos todo el pueblo grancolombiano, por ahora, y después del latinoamericano. Falta mucho por ver si en verdad seremos capaces de retribuirle sus desvelos con lo mínimo que hasta todo muerto común merece: descansar en paz.

viernes, 3 de julio de 2009

Implantados y divididos: las versátiles dicotomías del pueblo ecuatoriano

Tras sus divisiones entre serranos y costeños, amerindios y mestizos, virreinatos de la Nueva Granada y del Perú, bolivarianos y sanmartinistas, conservadores y liberales, laicistas y clericales, hacendados y comerciantes, industriales y petroleros, Quito y Guayaquil, militares y civiles, dictaduras y democracias, Ecuador, que siempre ha estado en la mitad del mundo y entre volcanes y selvas, se ha quedado también a mitad de camino entre muchas otras cosas, y todo ocurre como si el pueblo ecuatoriano poseyera una propensión congenita a las dicotomías, y otra, aprendida, a no superarlas.

Cuando se inició la conquista de América por los europeos, en un entorno del año 1500, también se inició la dominación, por los incas, de los habitantes originarios del actual Ecuador, quienes, a su vez, ya se hallaban divididos entre los cayapas, colorados, jívaros y otros, pobladores de las zonas costeras o selváticas, que eran pescadores, cazadores, recolectores de vegetales y extractores de sal; y los moradores de las zonas montañosas: pastos, paltas, caranquis y otros, quienes, bajo la hegemonía de estos últimos y según la influencia de sus vecinos chibchas del norte, estaban organizados en aldeas agrícolas jerarquizadas que cultivaban maíz, papas, frijoles, y ahuyamas o calabazas; domesticaban perros y cobayos, y dominaban artesanías manufactureras como las cerámicas, textiles y de la orfebrería. A la muerte del Inca Huayna Cápac, en 1525, éste dejó su imperio dividido entre sus hijos Atahualpa, el heredero natural, a quien dejó el reino del norte, y Huáscar, engendrado con una princesa incaica favorita, a quien le dejó el reino del Cuzco en la parte sur. En el enfrentamiento, aparentemente surgido de la pretensión hegemónica de Huáscar, resultó vencedor Atahualpa, quien apenas pudo saborear su victoria, pues, como ya lo reseñamos en otro artículo sobre los pueblos andinos, fue capturado y ejecutado por los españoles en 1533.

La región de la sierra ecuatoriana, sin embargo, quedó por dos décadas más fuera del control español, hasta que Sebastián de Benalcázar, lugarteniente de Pizarro, conquistó el territorio en los años 1550, estableció la Real Audiencia de Quito, adscrita al Virreinato del Perú, reemplazó la recien constituida nobleza incaica, todavía en proceso de aprendizaje del quechua, por peninsulares españoles, e inició el característico proceso de implantación por arriba, al estilo peruano o boliviano. No obstante, debido a la menor cuantía y vocación de sumisión de los estratos inferiores, este esquema transculturador se agotó prematuramente, y dio paso a un nuevo proceso de miscigenación o hibridación sexualmente asimétrica, con la consiguiente organización estamental de la sociedad según el cómodo método de los tonos de piel. Bajo el régimen de mitas (para las extracciones mineras) y repartimientos o encomiendas (para la producción agrícola), la nueva sociedad ecuatoriana quedó por siglos estratificada así: en la cúspide los peninsulares, luego los criollos o blancos por autodefinición (con sangre indígena apenas perceptible) nacidos en América, más abajo los cholos (con evidentes rasgos indígenas), y en la base los indígenas o amerindios, que hasta nuestros días continúan hablando en quechua.

También, según su conocida evolución, cuando la sobreexplotación y las epidemias surtieron el efecto del decaimiento poblacional, el sistema comenzó a ser reemplazado por el más claramente mercantil, pero no todavía más humanizado, esquema de haciendas vinculadas a la importación de esclavos. Las zonas costeras, por sus riesgos palúdicos, permanecieron casi deshabitadas hasta bien avanzado el siglo XVII, cuando los europeos comenzaron a emplear la quinina - que ya conocían, para otros usos, los indígenas, pues, por razones no claras, eran inmunes al paludismo o malaria-, se inició la producción en plantaciones o haciendas de cacao, y también por aquí se trajeron contingentes negros de África. De esta mezcla entre indígenas, españoles y negros africanos surgieron los llamados montuvios, con un estatus claramente inferior a los cholos, ligeramente por debajo los indígenas y por encima de los refuerzos negros, y todos estos nuevos estamentos pasaron a ocupar la base de la pirámide jerárquica ampliada. El lado selvático u oriental del Ecuador, difícilmente penetrable y habitado por los ariscos jívaros y tribus afines, permaneció y continúa todavía, como tantas otras regiones de la selva amazónica, relativamente despoblado. Jorge Icaza, con su Huasipungo, nos ha dejado un crudo relato de los empeños, que han llegado hasta nuestros días, por extender el régimen de la explotación haciendística hasta la selva y el sector maderero.

La independencia del pueblo ecuatoriano respecto del imperio español, si bien fue la primera en proclamarse, en 1809, estuvo entre las últimas en consolidarse, pues, pese a que Guayaquil logró independizarse, bajo el liderazgo de Olmedo, a fines de 1820, debió esperar hasta la intervención de Bolívar y, más directamente, de Sucre en Pichincha, en 1822. Tras la famosa y misteriosa Entrevista de Guayaquil, en julio de 1822, en donde Bolívar y San Martín discutieron el destino de la provincia de Guayas (con capital Guayaquil), que se debatía entre las posturas colombianista, peruanista e independentista (u olmedista), San Martín se retiró del panorama político americano y tanto Quito como Guayaquil, y por tanto Ecuador, pasaron a integrar la Gran Colombia, bajo el mando de Bolívar. Cuando, en 1830, se consumó desgraciadamente el miope afán separatista de Venezuela respecto de la Gran Colombia, Ecuador aprovechó para declarar también su separación. Lo que siguió, después de la muerte de Bolívar y el asesinato de Sucre, quien debió ser el Presidente de Ecuador, fue una amarga y mezquina pugna entre el polo de poder guayaquileño o costeño, de vocación mercantil y liberal, liderado por Vicente Roca, heredero de los afanes independentistas de Olmedo, y el polo quiteño o serrano, de vocación agrícola y conservadora, encabezado por el venezolano Juan José Flores, émulo de Páez en su pujo antibolivariano.

Tras el desgaste por las pugnas entre liberales y conservadores, guayaquileños y quiteños, mercantilistas y latifundistas, costeños y serranos, emergió la férrea dictadura de Gabriel García Moreno (1860-75), quien, con una conocida fórmula pero yendo mucho más allá que el promedio latinoamericano, pretendió superar todas las disyuntivas ecuatorianas a través del autoritarismo y de... la alianza estratégica con la iglesia católica, en quien formalmente delegó las funciones de educación y salud y muchos otros roles del Estado. Tras el tampoco nunca aclarado asesinato de García Moreno sobrevino un largo período con pugnas y pretextos divisionistas de todo género, con progresiva hegemonía del liberalismo guayaquileño, hasta que, ya avanzado el siglo XX, surgió un nuevo caudillo fuerte, personalista y caprichoso, José Velasco Ibarra, quien, desde 1934 y hasta su muerte en 1979, gobernó cinco veces la nación y fue derrocado por fuerzas militares todas las veces menos una. Pese a que en años recientes los indicadores de producto interno bruto se han incrementado gracias al ingreso petrolero, no por ello parecen haberse dado pasos duraderos hacia algún modelo de desarrollo sustentable, e incluso comienzan a quedar amenazadas actividades agrícolas tradicionales, como la producción de bananos, en donde Ecuador ha llegado a ser el tercer productor mundial.

Con semejante pugnacidad e inestabilidad, no es de extrañar que el Ecuador, con sus más de catorce millones de habitantes -en el octavo lugar, cercano a Chile-, no se encuentre entre las naciones latinoame- ricanas líderes en Desarrollo Humano, calidad de vida, ingreso real per cápita o superación de la pobreza, sino en los términos medios, o sea, separada también, sobre todo gracias a su citado ingreso petrolero, de las más rezagadas.

Con aproximadamente un 40% de amerindios altamente desincorporados de las actividades productivas, políticas y culturales, el país sigue arrastrando una pesada rémora de su dicotómico pasado. Las antiguas rivalidades entre liberales y conservadores, guayaquileños y quiteños, etcétera, se han redefinidido modernamente como diferencias entre socialdemócratas y socialcristianos, sin que pueda darse por descontada su superación. La nueva riqueza petrolera y gasífera ecuatoriana, desatada en los años setenta en las zonas costeras del Golfo de Guayaquil y, sobre todo, en la selva amazónica, ha venido a inclinar la balanza en favor de la costa/selva y contra la sierra, pero también ha introducido nuevos dilemas, entre el rentismo petrolero y el desarrollo diversificado agroindustrial del país, o entre el crecimiento acelerado y la preservación de los equilibrios ambientales.

En la actualidad, aunque es aún demasiado temprano para emitir opiniones en este blog, parecieran estar soplando vientos superadores de tanta cháchara fundamentalista, aunque también emerge el riesgo de que los maniqueísmos anteriores, entre liberales y conservadores, con sus versiones posteriores, sean rebautizados, con el agua bendita de la renta petrolera, como conflictos entre socialistas y capitalistas. Si así fuese, es decir, si la atención a los problemas y la transformación de capacidades siguiesen dejadas de lado en nombre del principismo esteril, entonces, desgraciadamente, el pueblo ecuatoriano correría, a nuestro terrenal parecer, el riesgo de aquel famoso asno de Buridán, que murió de inanición por no poder elegir entre dos montones de heno situados a igual distancia, excepto que despierte, se centre en sus necesidades, comenzando por las alimentarias, y se decida a abandonar el resbaladizo mundo de los falsos dilemas.

martes, 30 de junio de 2009

Hibridados y templados: los duros aprendizajes del pueblo chileno

Desde el trópico hasta la Antártida, entre cumbres nevadas y costas pedregosas, con candentes desiertos y heladas estepas, azotado por frecuentes terremotos y maremotos, acosado por volcanes y vendavales, con los más prolongados enfrentamientos entre conquistadores europeos e indígenas nativos, tras padecer dictaduras tenebrosas e intervenir en guerras fraticidas, el carácter del pueblo chileno se ha forjado, como ningún otro en Latinoamérica, de cara a toda clase de adversidades y con elevados costos ambientales, económicos y políticos, hasta adquirir un temple y una reciedumbre que se nos presentan sin parangón en el ámbito regional. Este temple, por llamarlo de algún modo y que es lo contrario de la gritonería y las bravuconadas que abundan, le ha dado soporte a una de las más recalcitrantes, taimadas e inflexibles oligarquías del subcontinente, y ha tendido a generar espontáneamente una extrema izquierda que, a menudo con inspiración en la heroica resistencia mapuche, pero sin su flexibilidad y visión estratégica, ha pretendido batirse contra la extrema derecha en su mismo terreno. Pero también, gradual y afortunadamente, ha dado lugar a una de las corrientes políticas más lúcidamente avanzadas que hayamos conocido en nuestro medio, con Allende y sus epígonos contemporáneos como principales exponentes.

Cuando, en las primeras décadas del siglo XVI, los conquistadores españoles bajaron a la región chilena desde sus cuarteles generales en el vencido Perú, se encontraron con alrededor de un millón y medio de pobladores indígenas, con culturas agrícolas más avanzadas que las guaraníes pero no todavía al nivel incaico o siquiera chibcha, distribuidos en grupos tales como los llamados diaguitas, atacameños y araucanos. Mientras que los dos primeros, relativamente más dóciles y afines al estilo estamentario de los imperios teocráticos, corrieron la misma suerte de muchos de sus hermanos, es decir, que entre guerras, esclavizaciones y epidemias, fueron exterminados en su parte masculina e hibridados por el lado femenino, los últimos, radicados más al sur, ofrecieron una cada vez más tenaz resistencia, al punto de que, el más sureño de sus subgrupos, el mapuche, prácticamente nunca pudo ser doblegado y le infligió a las huestes ibéricas las más duras derrotas militares de todo el proceso de conquista continental.

Entre los más importantes factores explicativos de estos inéditos triunfos pueden citarse la mayor inaccesibilidad de sus territorios y, sobre todo, la exhaustiva evaluación mapuche de las causas de la derrota de los grupos y subgrupos hermanos, incluyendo a los también araucanos picunches y huiliches, que los llevó a determinar la importancia decisiva del armamento español, del uso de caballos y perros, y, por sobre todo, de las estrategias y tácticas de guerra del enemigo. Entre éstas se incluyeron las labores de investigación e inteligencia, el entrenamiento de tropas, el uso de mapas, la dirección centralizada, los ataques mediante comandos guerrilleros y escuadrones sucesivos, y las emboscadas, asaltos, sitios, infiltraciones y repliegues. Hay historiadores que aseguran, e Isabel Allende los acompaña en su versión expuesta en Inés del alma mía, que Lautaro, el más destacado toqui o comandante en jefe de los mapuches fue nada menos que infiltrado desde niño y puesto como paje al servicio del propio Valdivia, para aprender todo lo posible de él y poder enseñarlo luego, sobre todo después de su fuga a los dieciocho años, a sus compatriotas. No sólo pudo Lautaro derrotar durante seis años a los españoles en batallas como las de Tucapel -en donde capturó y dio muerte a su anterior amo Valdivia-, Marihueñú, Angol, Concepción y otras, sino que sus hazañas y enseñanzas contribuyeron a que la resistencia mapuche se prolongara, bajo toquis como su sucesor Caupolicán y otros, hasta fines del siglo XIX, a que quizás la mayor dosis genética indígena masculina haya sido legada a sus descendientes del Chile de hoy, y probablemente también a que todavía sobrevivan, aunque marginalizados, cerca de medio millón de ellos al sur del río Bío-Bío. Sus estrategias siguen siendo estudiadas con detenimiento en las principales academias militares del mundo.

La independencia chilena fue conquistada también con gran heroísmo e inteligencia estratégica, con Bernardo O´Higgins, discípulo de San Martín y de Miranda, como su principal líder. No obstante, como resultó ser la regla en toda Latinoamérica, no pudo ser él, sino el impostor Diego Portales y sus seguidores, quien iniciara la construcción de la nueva república. Mientras que la supuesta continuidad entre las políticas de los principales dirigentes libertadores latinoamericanos y las de sus reemplazos a posteriori es comunmente argumentada por las derechas subcontinentales, sin entrar a explicar cómo es que aquéllos a menudo fueron desplazados, exiliados o inclusive asesinados; la traición de sus coterráneos oligarcas suele ser esgrimida como explicación estándar de izquierda acerca del porqué de que los primeros no hayan podido convertirse en ductores o estadistas de las noveles naciones. La otra explicación, enfatizada por testigos tan de primera fuente como nuestro Libertador Simón Bolívar y su maestro Simón Rodríguez, que subraya la impreparación del propio pueblo para asumir la soberanía republicana, es dejada de lado por impolítica; pero, a la vez, al empeñarnos en no asumir las implicaciones de esta otra hipótesis central, nos condenamos a repetir siglo tras siglo los mismos desplantes, oscilando entre fantasías históricas de signo opuesto.

No obstante lo dicho, hay otro hecho singular de la primera vida republicana chilena que no queremos dejar desapercibido, y es que el destino, o a lo mejor alguno de sus lugartenientes, quiso que uno de los llamados a ser forjador de otra nación latinoamericana, que fue de hecho expulsado de su patria original por bolivariano, terminó radicándose en Chile, de donde afortunadamente a los diegoportales y adláteres les resultó imposible expulsarlo por o´higginiano. Nos referimos, por supuesto, al venezolano y después chileno Andrés Bello, quien por treinta y seis años (1829-65) realizó desde Santiago una labor de construcción de patria difícil de igualar: allí, entre otros aportes, contribuyó a organizar la hacienda pública, realizó una intensa labor periodística desde el periódico El Araucano, se desempeñó ampliamente en el magisterio y fundó y dirigió distintas instituciones educativas que culminaron con la creación de la Universidad de Chile, de la que fue honoríficamente su rector, redactó el Código Civil chileno, impulsó la organización del servicio diplomático y sirvió de árbitro en varias controversias internacionales, publicó su imperecedera Gramática castellana destinada al uso de los americanos, escribió sus Principios del derecho internacional, ejerció por casi treinta años el cargo de senador de la República, dejó una vasta obra literaria en donde descolla su Silva a la agricultura de la zona tórrida, escribió con fines didácticos una Historia de la literatura y una Cosmografía o descripción del universo, y fue miembro honorario y luego de número de la Real Academia Española. Nos detuvimos aquí simplemente para hacer justicia a uno de los indiscutibles grandes forjadores de la nación chilena y, por tanto de sus logros presentes, a quien, en un subcontinente que pareciera rendirle culto sólo a los héroes militares y a los gestos puntuales, se suele subestimar.

La ocurrencia de que con el tiempo Chile podría llegar a ser un ejemplo puntero para la construcción de una nueva América Latina difícilmente puede rastrearse hasta su paternidad original. Pensadores diversos, en diferentes épocas, dentro y fuera del ámbito latinoamericano, la han tenido o formulado. En particular, queremos reseñar aquí que también ha sido una vieja corazonada de los estrategas progresistas demócratas de los Estados Unidos. Entre la mayoría de nosotros los latinoamericanos de izquierda ha sido un lugar común repetir que la estrategia de la Alianza para el Progreso, de enunciado kennediano, fue un fracaso, y en sus versiones más extremas este señalamiento suele ir acompañado de referencias a la intervención del Che en la reunión de la OEA (Punta del Este, 1961), quien quiso demostrar que era una "aberración" pretender plantear la prioridad de la educación y la salud antes de la revolución, cuando la revolución Cubana ya entonces habría demostrado que era exactamente a la inversa: que la revolución, es decir, la toma del poder político por la fuerza, era lo primero, para desde allí emprender los cambios educativos y sanitarios... Lo que no muchos saben, por lo cual nos parece importante reseñarlo aquí, es que tal fracaso sólo vino a concretarse en 1973, con el derrocamiento de Allende.

John F. Kennedy y su hermano Robert, quienes formularon inicialmente la estrategia de la Alianza para el Progreso, no importa aquí si con sanas o aviesas intenciones, ante toda América Latina, indiscriminadamente y como una manera de ofrecer una alternativa a la vía cubana de la revolución por las armas, muy pronto se dieron cuenta de que con tal táctica se hacían fácilmente atacables por nuestras izquierdas y colocaban en situación de títeres suyos a los gobernantes que apoyaban tal Alianza. Fue así como decidieron, lo que ahora se conoce por los famosos documentos desclasificados -con que los gringos dejan saber a posteriori muchos intríngulis de sus políticas-, hacer de Chile la experiencia piloto para demostrarnos con hechos a los latinoamericanos las bondades y factibilidad de su diseño, y como escogieron a la democracia cristiana chilena como su aliado favorito para instrumentarla. Luego de comenzar a inyectarle a Chile, en vida de JFK, cantidades enormes de dólares, que pronto arrojaron una suma acumulada medible en diez dígitos, o sea de miles de millones de dólares, decidieron reforzar la táctica financiera, tras el misterioso asesinato de aquél, con no menos eficaces tácticas mediáticas y organizativas. Según éstas, bajo la coordinación directa de la CIA, se dio impulso a una vigorosa campaña de apoyo a periódicos, intelectuales, grupos estudiantiles y profesionales, sindicatos y partidos políticos en soporte de Eduardo Frei, "el Kennedy chileno", con lo que, de paso, se le bloqueaba el camino a su indeseable contendor Salvador Allende.

La constatación de que todo el apoyo brindado a Frei y a su sucesor Tomic fueron insuficientes para impedir el ascenso de Allende y su triunfo electoral en 1970, ocurrió ya con la presidencia de Nixon, quien siempre se opuso a cualquier alianza para cualquier progreso en Latinoamérica, y más a esta absurda demostración de que podría avanzarse hasta hacia un socialismo por la vía electoral. Fue así como este presidente se propuso impedir que el tiro de la Alianza saliera por la culata, y asumió en persona, como ahora bien se sabe, la coordinación casi directa del cúmulo de acciones que condujeron, primero a intentar impedir la ratificación de la elección por el Congreso, luego a la desestabilización, y, finalmente, al derrocamiento y muerte de Allende. Estas acciones, paradójicamente, fueron facilitadas por la actuación de la extrema izquierda chilena, organizada sobre todo en torno al MIR, quien nunca apoyó a Allende, se dedicó a provocar a la derecha para demostrar que la tal vía pacífica era imposible, y obligó a Allende a gastar buena parte de sus energías políticas en demostrar que no era ningún traidor a la patria, ni un títere, ni un ingenuo, como una y otra vez, a veces con refuerzos cubanos, lo quisieron hacer ver. En otro de nuestros artículos, sobre nuestra generación latinoamericana del '68, abordamos desde otra perspectiva este importante asunto.

Con la caída de Allende se interrumpió, aunque no pudo detenerse, el gravitacional avance de Chile hacia un modelo de sociedad alternativo al tradicional pozo de calamidades de América Latina. Pese a lo que digan los partidarios de Pinochet, quien además de represivo y sanguinario resultó ser un consumado ladrón, ha sido a partir de 1990, con el inicio de los gobiernos de la llamada Concerta- ción, que Chile se ha enrumbado, sin volver a incurrir en el error de un estatismo a ultranzas, por el camino que lo ha llevado a ser la nación latinoamericana independiente con un crecimiento más sustentable y estable, y con el mayor ingreso per cápita (en cualquiera de sus versiones: nominal, real o Paridad de Poder Adquisitivo, en donde es el único país independiente con cifras por encima de los diez mil dólares). Chile detenta, además, el mayor Indice de Desarrollo Humano (0,874 ó puesto mundial 40), el mayor Indice de Calidad de Vida (6789) y el menor índice de pobreza (2,5%). Con sus apenas 17 millones de habitantes, en el 7º lugar del subcontinente y mestizos en sus 3/4 partes, su handicap climático y territorial y su relativamente baja recursividad del subsuelo, Chile tiene ya el quinto lugar en Producto Bruto Interno real, sólo por debajo de países que lo duplican con creces en población, como Colombia y Argentina, o que lo quintuplican o decuplican, como México y Brasil. Ha logrado alcanzar un sustancial superávit en su balanza de pagos y ha diversificado significativamente sus exportaciones, hasta vender al exterior y a toda clase de mercados, no sólo los tradicionales cobre y nitratos, sino ingentes cantidades de frutas, hortalizas, vinos, pescado, crustáceos, madera, muebles, papel y otros.

Sin alharacas ni estridencias, Chile pareciera volver a estar llamado a demostrar la viabilidad de un avance, si no directamente hacia el socialismo, por lo menos hacia una forma de capitalismo socialmente progresista que muy probablemente creará las condiciones, según el patrón europeo, canadiense o australiano, para una evolución cada vez más sólida de las instituciones colectivas de inspiración socialista, o sea, hacia una sociedad de tipo mixto como la mayoría de naciones líderes en indicadores y realidades sociales avanzadas del planeta. La principal amenaza de esta perspectiva la constituye la agazapada extrema derecha que estará atenta a reeditar su tesis nazistoide de que la fortaleza de Chile consiste en su supuesta raza caucásica, lo cual es contradicho por las realidades genéticas, ancestrales, históricas, económicas, políticas, educativas, legales, culturales, y pare de contar, de Chile; pero que con todo y eso no dejará pasar chance para aprovechar cualquier descuido o cobrar caramente cualquier error de la Concertación, hasta hacer valer la prepotente divisa de su escudo: "Por la razón o la fuerza".

Entre los motivos que tenemos para pensar que no volverán a imponerse está la enorme confianza que nos inspira el despliegue, callado pero eficaz, de iniciativas de los artistas y de la mujer chilenos. No podemos demostrarlo racionalmente, por ahora, pero estamos íntimamente persuadidos de que en la pacificación o desembravecimiento, pero nunca domesticación, de pueblos secularmente guerreros como los escandinavos, los europeos en general o los japoneses, los artistas y las mujeres han desempeñado un rol decisivo; como si después de tantas guerras, invasiones, matanzas e injusticias masculinas, ellos y ellas, que por lo común se quedan en sus casas durante las tropelías machistas, con sus roles de creadores serenos, o de madres, amantes, gobernantes o geishas, o por aquello de las complementaridades del tipo yin/yang, terminaran por demostrar que hay mejores maneras de liberar las peligrosas testosteronas, encauzando hacia propósitos constructivos y pacíficos la aplicación de las fuerzas destructivas y guerreras. O sea, como si tuviesen un programa oculto que, por el reverso del temible escudo, dijese discretamente: "Por la pasión o el amor".

viernes, 26 de junio de 2009

Hibridados y direccionados: el emergente liderazgo del pueblo brasileño

Pocos años después de que Colón cometiera el milagroso error que lo llevó a encontrar América cuando buscaba un camino más corto hacia la India, otro gran explorador, Pedro Álvares Cabral, cometió una segunda genial pifia que lo llevó a encontrar una porción insospechada del mismo Nuevo Mundo. En circunstancias en las que recién se había descubierto, por Vasco da Gama, en 1498, la codiciada más corta ruta marítima hacia las especias indias, bordeando el continente africano por el cabo de Buena Esperanza y en el marco de una auspiciosa revolución técnica de los medios de transporte, Álvares quiso sacar el máximo provecho de los vientos y se dejó llevar hacia el oeste cuando, de repente, se topó con la protuberante costa firme oriental americana del actual Brasil. Puesto que el hallazgo se encontró a menos de las aproximadamente 370 leguas (unos dos mil kilómetros) al oeste de las Islas de Cabo verde, el nuevo territorio le fue concedido a Portugal, con arreglo a lo pactado con España en Tordesillas (1494), y así nació la parte lusitana de nuestra América Latina.

Los conquistadores portugueses se encontraron con una población indígena organizada en aldeas agrícolas dispersas, los tupí-guaraníes, sólidamente adaptada a las condiciones selváticas, en donde los varones cazaban y pescaban, y ellas, sin desesperos y siempre pendientes de sus muchachos, habían logrado domesticar una amplia variedad de plantas como la yuca o mandioca, el maíz, los frijoles o porotos, el maní, el tabaco, la ahuyama o calabaza, la papaya o lechosa, el algodón, la yerba mate, la pimienta, el guaraná, y muchas otras, hasta asegurar la subsistencia de todos. Toda esta población, en los umbrales de la civilización, muy pronto, entre guerras, trabajos forzados y epidemias, fue clásicamente diezmada. De las indias sobrevivientes, que entre suicidarse de rabia o seguir adelante con la vida optaron por lo segundo, y los varones lusos triunfadores, nacieron poco a poco los mamelucos, comunmente identificados con los valores de sus padres, pero hondamente inmersos en el mundo doméstico-agrícola-culinario y lingüistico de sus infatigables criadoras. Con las expediciones o bandeiras hacia las selvas del oeste, en busca de oro, piedras preciosas y, sobre todo, de esclavos y del rentable palo tintóreo o palo brasil, que terminó por brindar su nombre a toda la región, los nuevos amos empujaron cada vez más hacia el oeste la frontera tordesillana, concebida para el reparto colonial de pequeñas islas y no para continentes macizos, y que supuestamente nunca debió exceder los límites aproximados del meridiano que pasa por el actual Sao Paulo. Con su técnica más avanzada, sus ambiciones mercantiles, su experiencia en esclavización de africanos, su lengua, su religión católica y su familia patriarcal, los portugueses quedaron listos para impulsar su gran invento económico: la fazenda, hacienda o plantación, primero azucarera, y luego algodonera, cafetera, cacaotera, cauchera, ganadera, etc., que ha marcado el modo de vida de toda la sociedad brasileña y, en general, latinoamericana hasta nuestros días.

A modo de tímida digresión, anotamos que más adelante, en este blog, tendremos la oportunidad de argumentar exhaustivamente nuestra tesis de que la hacienda, lejos de constituir una unidad de producción capitalista, es la más pura expresión del sistema económico mercantil y por tanto del sustrato del modo de vida premoderno que, subyacente bajo mil fachadas, sigue siendo dominante en nuestro subcontinente. La diferencia esencial entre el modo de producción capitalista y el mercantilista radica en que mientras que aquél se basa en el trabajo tecnológico y la aplicación del conocimiento científico, la experimentación para validar hipótesis, la iniciativa empresarial, el liderazgo basado en el conocimiento, la libre contratación de trabajadores profesionales y la asunción de riesgos para generar retornos a largo plazo, éste se fundamenta en el trabajo técnico y la aplicación de la lógica, la posesión de la verdad expresada en dogmas revelados, el ventajismo y el proteccionismo patronal, la autoridad basada en cargos, la utilización forzada de mano de obra cuanto menos calificada y barata mejor, y la obtención de ganancias con una visión cortoplacista. (Fin de la digresión).

A partir de la hacienda, como bien lo ha argumentado Darcy Ribeiro, se ha constituido todo el tejido fundamental de las sociedades latinoamericanas: de los hacendados blancos han brotado nuestras oligarquías y burguesías, degenerando a veces en latifundistas incapaces de hacer productivas sus inmensas propiedades; de los proveedores externos y el contacto con los exportadores extranjeros de la variada gama de maquinaria y productos manufacturados demandados por las haciendas, han evolucionado los grandes y pequeños comerciantes; en torno a los oficios de capataces, supervisores, escribientes, tenedores de libros y catequizadores han ocupado su lugar los mestizos o mamelucos y, luego, nuestras aparentes clases medias (que más bien son estamentos de empleados, candidatos a posteriores pequeños burgueses); de la peonada indígena o negra se han derivado obreros y campesinos, evolucionando a veces, a través de la figura del aparcero o trabajador que labora en la tierra ajena a cambio de pagos en especie o servicios, hacia los trabajadores por cuenta propia; y de los excluidos temporal o parcialmente del sistema, pues las zafras y cosechas de estos cultivos no requieren de una masa de personal permanente, las poblaciones marginalizadas que rodean nuestras actuales ciudades. Puesto que la hacienda ha sido un paquete productivo estandarizado y no una innovación propiamente dicha, nunca ha demandado la aplicación de nuevos conocimientos ni las visiones de largo plazo ni la asunción de riesgos, y por tanto no ha servido de caldo de cultivo para la gestación de trabajadores profesionales, gerentes y empresarios, que constituyen la médula de la verdadera clase media moderna.

Como respuesta adaptativa del molde económico de la hacienda a las distintas condiciones geográficas de quien representa, en territorio y en población, casi la mitad del área suramericana, emergieron los distintos tipos de brasileños actuales. Es decir, entre otros, los caboclos de la selva amazónica, que han adaptado la fórmula haciendística a las condiciones de suelos no aptos para la agricultura en general sino para la explotación forestal y, en menor medida, cerealera -y,más que nada, arrocera; los sertanejos del noroeste, dedicados a la ganadería en áreas sólo propicias para pastos y gramíneas y equivalentes a los llaneros de países vecinos; los criollos de la franja litoral y del noreste, con las tierras más productivas de todo Brasil y en donde se desarrolló originalmente el patrón del ingenio azucarero, con los esclavos traídos de Africa; los caipiras de Sao Paulo y Minas Gerais, que editaron la versión minera de la hacienda durante la fiebre del oro de Ouro Preto, en el siglo XVIII; los gringos de las tierras del sur, con una ganadería de mulas y ganado de labor adaptada a las praderas templadas, en donde, ya avanzado el siglo XIX, inmigrantes alemanes, italianos, polacos y otros implantaron el esquema en tierras dejadas de lado por los portugueses; y los gauchos, descendientes de blancos y guaraníes, dedicados al pastoreo tradicional de ganado, en territorios colindantes con Argentina y Uruguay.

Sobre la base de esta capacidad de adaptación agrícola, y pese a las rémoras del latifundismo y de la producción haciendística, Brasil ha logrado avanzar más que ningún otro país latinoamericano en su proceso de industrialización, que ha llegado hasta el establecimiento de una inigualada capacidad de producción de bienes de capital, sin detenerse ante aviones, automóviles, barcos o satélites, con un alto valor agregado nacional, y ha logrado la cesta más diversificada de exportaciones del subcontinente. Pese a duros retrocesos y manipulaciones en el marco de la Guerra Fría, el proceso de adquisición de capacidades productivas y de otra índole nunca se ha interrumpido, e inclusive dictadores como Getulio Vargas (1930-45 y 1951-54), con su Estado Novo, tuvieron un desempeño progresista en materia de diversificación agrícola, industrial y de las exportaciones. Su heredero político, Juscelino Kubitschek, fue mucho más allá y estableció una alianza estratégica con sectores creativos de izquierda, que le permitió avanzar mucho más por el camino de su mentor: profundizó la industrialización, la urbanización y la ocupación del territorio, fortaleció el aparato educativo, deportivo y dancístico -con las escuelas de samba-, y construyó una hermosa y nueva capital, Brasilia, en la despoblada meseta central del país. Con el sucesor en firme, Goulart, se dio inicio a un proceso de reforma agraria que muy probablemente hubiese hecho realidad el tantas veces anunciado milagro brasileño, pero esto ya fue demasiado para los oligarcas internos y sus padrinos del norte, quienes lo derrocaron e inauguraron el período más lamentable de la historia contemporánea brasileña: la noche de los gorilas (1964-85); aunque estos, sin desmedro de sus atropellos, no dejaron de darle continuidad a buena parte de las políticas económicas de sus predecesores civilizados.

La conjugación de todos estos procesos de evolución agrícola, industrial, urbanística, etc., en las distintas regiones geográficas, dio lugar a los estados del Brasil actual que, no pocas veces, como ocurre con los de Amazonas, Bahia, Ceará, Goiás, Matto Grosso, Pará, Paraná, Río de Janeiro, Rio Grande do Sul o Sao Paulo, por sus dimensiones, población y/o economía, tienen la talla de naciones de su contraparte hispana. Entre las razones que han determinado el mantenimiento de la unión entre estos estados con distintas realidades ambientales y económicas, hasta hacer de Brasil una de las naciones mejor plantadas del mundo, podemos señalar, además de las culturales antes mencionadas: idioma, familia, religión y otras, y de la económica, también citada, la amplia difusión del sistema de la hacienda, una razón política fundamental. Brasil, a diferencia del resto de América Latina, inauguró su independencia, en 1822, no con una ruptura absoluta con la metrópoli portuguesa e intentando construir una república sin una clase dirigente experimentada, como en los casos hispanos, sino con una monarquía semiportuguesa. Iniciada por Dom Pedro, el hijo del Rey, que se negó a regresar a Portugal y desobedeció a su padre y el mandato de las cortes, y continuada sobre todo por su progresista hijo Pedro II, quien gobernó con tino y discreción durante casi cincuenta años -afirmando muchas veces que "le hubiese gustado ser profesor"- esta monarquía americana, no exenta de pecados sacrílegos como el atropello a los paraguayos, rigió los destinos brasileños por dos tercios de siglo (1822-1889), y permitió la emergencia gradual de la futura clase republicana gobernante.

Dicho de otra manera, Brasil se desenvolvió según el esquema de la mayoría de naciones europeas y de unas cuantas asiáticas, que conquistaron su independencia bajo la dirección de un Estado monárquico, lo cual facilitó la consolidación de su identidad cultural, abonó el terreno para la preparación del pueblo con miras al ejercicio de su soberanía republicana, con la correspondiente capacitación de la futura clase dirigente, y le permitió a la nación ahorrarse así el conocido forcejeo entre caudillos locales, las guerras civiles o conflictos internacionales y las pérdidas institucionales características del flanco español latinoamericano. De allí se ha derivado en significativa medida, por supuesto que según nuestro mortal criterio, la relativa mayor solidez de las instituciones brasileñas y su mayor cohesión cultural, que contrasta con el panorama de instituciones improvisadas y a merced de caprichos característico de la multiplicidad de naciones hispanoamericanas, que han debido abordar simultáneamente las tareas de independización, por un lado, y republicanización o democratización, por otro. En previsión de alguna interpretación interesada, que encontrará aquí la prueba de que estamos coqueteando hasta con los regímenes monárquicos -ante los cuales somos congénitamente alérgicos-, no es superfluo añadir que sólo estamos constatando como, también en esta compleja esfera de la construcción de nuestras naciones, es pertinente aquello de que "de las carreras no suele quedar sino el cansancio" o lo de que "no por mucho madrugar amanece más temprano".

Por sus dimensiones territoriales, quinto país del mundo y tercero de occidente; poblacionales, quinto del mundo y segundo de occidente; y económicas, décima economía del mundo, octava occidental, miembro del exclusivo club de las diez naciones con productos internos de trece dígitos (medidos en billones, o millones de millones, de dólares), y uno de los principales productores mundiales de arroz (9°), maíz (3°), sorgo (8°), soya (2°), bananas (2°), algodón (7°), cacao (5°), café (1°), caña de azúcar (1°), tabaco (2°), cítricos (1°), cocos (4°), cebollas (9°), tomates (8°), madera (4°), caucho (10°), bovinos (2°), equinos (3°), porcinos (3°), aves de corral (4°), hierro(8°), níquel (8°), acero (8°), aluminio (4°), estaño (6°), cemento (7°), electricidad (7°), azúcar (1°), cerveza (5°), y -en serio- otros. Por su decisión de avanzar sin miedo por una fase capitalista de desarrollo, con su diversificación económica y su capacitación de sus fuerzas productivas, aunque con la vista puesta en la gradual superación socialista de esta fase, como lo han hecho la gran mayoría de países líderes del mundo en Desarrollo Humano. Por su liderazgo mundial en biodiversidad, con la reserva forestal, la zona verde y el río más importantes del planeta. Por su solidez, riqueza y diversidad cultural e idiosincrática, con grandes afinidades con el resto de latinoamérica. Por la madurez de sus capacidades políticas e institucionales. Por su ubicación y vecindad con un gran número de naciones latinoamericanas y su experiencia en relaciones bilaterales y multilaterales con todas ellas. Y -¿por qué ocultarlo, si, entre otras delicias, para esto deben servir los blogs?- por que nos gustan la música, la literatura y la arquitectura brasileñas, así como el estilo futbolístico de la canarinha, y los aportes científico-sociales, educativos, carnavaleros y sambísticos de Darcy Ribeiro y otros coterráneos, y porque nos caen bien los brasileños y sobre todo las simpáticas brasileñas, con su alegría, su gracia, su dulzura y su modestia, y ...(me detengo aquí, no vayan a pensar que estoy parcializado). Por todo esto, y por mucho más, nos luce que ninguna otra nación como la brasileña es tan apta para ejercer el liderazgo subcontinental, que ya está construyendo, en el ansiado proceso de la integración latinoamericana autosostenida o endógena.

Si sabemos darnos a respetar y mantener a raya las tentaciones subimperialistas anidadas en el alma de cierta derecha brasileña -que existe, por supuesto, y tan despiadada como otras de su género-, es mucho lo que los latinoamericanos podemos aprender de este país, empezando por el portugués, por la samba y/o por el fútbol, según las preferencias de cada quien, que en una semana bien aprovechada se entienden o disfrutan, en dos se leen o interpretan o critican bien, y en tres o cuatro se habla y hasta se empieza a escribir o se convierte uno en profesor de baile o en prospecto de entrenador deportivo... Vista en una perspectiva de ni tan largo plazo, la integración y unidad de los latinoamericanos luce bastante más factible y sencilla que la de Europa, con su torre de Babel lingüistica, sus rivalidades religiosas, sus hondas y no siempre bien cicatrizadas rivalidades y heridas pasadas, tanto económicas como políticas, sus cargos de conciencia por la opresión y engaño de tantos pueblos, etc.; y, sin embargo, ellos ya van por la disolución de fronteras, monedas únicas, libre movilidad de la fuerza de trabajo, empresas conjuntas de toda índole, y nosotros todavía dando pininos integracionistas.

La cuestión está en que debemos integrarnos desde abajo, desde la búsqueda de soluciones a nuestros problemas y la transformación de nuestras capacidades, y no desde la comunión ideológica para odiar juntos a nuestros enemigos conocidos o por conocer. Si obrásemos de ese modo, hablando, cantando, bailando, jugando, produciendo, trabajando, aprendiendo, creando, dialogando, soñando juntos, en síntesis, transformando nuestras capacidades, nos integraríamos mucho antes que arrechándonos juntos y empuñando juntos fusiles obsoletos contra el Imperio. Si así lo hiciésemos, pronto encontraríamos la mano tendida, aunque también adolorida y ensangrentada -por los clavos recibidos y tal vez por algún viejo puñal clavado-, como todas las humanas, de los brasileños que nos esperan: ya tienen construida la sede de un genuino parlamento latinoamericano en Sao Paulo, nos sonríen sin codicia, y están aprendiendo castellano en las escuelas. ¿Qué estamos esperando?

martes, 23 de junio de 2009

Hibridados y hostigados: los dolores supremos del pueblo paraguayo

Si América Latina ha sido una tierra de botines, Paraguay ha sido un botín dentro del botín. Como en los mitos del Sísifo aquel o del ave aquella, la historia del pueblo paraguayo ha sido la de un continuo levantarse y reconstruirse para volver a hundirse y ser destruido. Ningún otro pueblo latinoamericano ha padecido tantos y tan profundos desangramientos y se ha visto envuelto en tantas guerras como éste, ni ha sido tan hostigado por sus vecinos y por los grandes imperios contemporáneos. Pero, a la vez, nadie más ha alcanzado un equilibrio semejante entre las culturas amerindias y las culturas europeas traídas por los colonizadores. El Paraguay es una sombra de lo que el mismo fue y también de lo que pudo haber sido, o quizás todavía algún día pueda ser, America Latina.

Cuando los conquistadores españoles llegaron a los alrededores del río Paraguay se encontraron con un pueblo organizado en aldeas agrícolas, los guaraníes, que había logrado imponerse, en gran medida gracias a sus logros en horticultura y artesanía, sobre sus antecesores, pero que estaba resueltamente decidido a construir una sociedad estable y de convivencia entre todos sus miembros, y que inclusive mostró disposición a establecer una coexistencia pacífica con los recién llegados poseedores de una técnica mucho más avanzada. A la vuelta de unas pocas décadas, sin embargo, sin que esté claro cual fue el impacto de la opresión directa para imponer el modelo de las encomiendas o el efecto de las pérdidas en enfrentamientos, aliados con los hispanos, contra tribus vecinas, lo cierto es que también aquí quedó diezmada la población masculina original. La novedad consistió en que el posterior proceso de hibridación entre los varones ibéricos y las bellas guaraníes se basó, primero, en una poliginia -relaciones de un hombre con varias mujeres a la vez- socialmente aceptada, y, segundo, caso único en el subcontinente, en una igualación de derechos de los mestizos así nacidos con los escasos peninsulares o criollos descendientes de españoles. Todas estas circunstancias fueron aprovechadas, y fortalecidas además, por los misioneros jesuitas, quienes pronto descubrieron importantes afinidades entre el cristianismo y la religión original guaraní, que postulaba el Aguyé o camino de la perfección con destino a la Tierra Sin Mal, diseñaron una estrategia de respeto a la cultura autóctona y se decidieron a aplicar un esquema de transculturación no basado en la destrucción de ésta.

Bajo la gestión de los jesuitas, que obtuvieron los permisos reales y papales para impulsar su inédito experimento social, se estableció en el Paraguay y sus zonas vecinas el régimen mixto de las Misiones o reducciones, alternativo al de las encomiendas, primero, y al de las plantaciones o haciendas, después, prevalecien- tes en el resto del subconti- nente. Bajo tal régimen, apoyado en la igualdad social o falta de estratifi- caciones raciales ya comentada, y que partió del reconocimiento del plan de aldeas o tekuas de los guaraníes, se edificó una sociedad políticamente descentralizada ante los poderes del monarca español, pues contemplaba el gobierno de caciques locales designados por los mismos guaraníes; económicamente diversa, pues conciliaba formas de producción autóctonas, para el consumo doméstico, con sembradíos colectivos bajo el enfoque europeo, para el intercambio comercial con otras regiones; y culturalmente plural, pues los jesuitas aprendieron guaraní y se propusieron aceptar la compatibilidad religiosa entre el cristianismo y los principios del Aguyé. Esto dio lugar a una sociedad bilingüe y bicultural, al estilo tan frecuente en Europa, en donde abundan las lenguas, dialectos y culturas locales (catalán, gallego, vasco, luxemburgués, etc.) compatibles con sus equivalentes nacionales (españoles, franceses, etc.). Bajo este sistema llegaron a vivir, durante casi dos siglos, hasta más de cien mil pobladores, distribuidos en más de treinta aldeas económicamente prósperas y cultural y políticamente armoniosas.

Pero los celos sociales y políticos ante el éxito jesuita, que dejaba al desnudo la inhumanidad del enfoque predominante escogido por los imperios ibéricos para América Latina, si bien tardaron en aparecer no dejaron de hacer su arremetida. Inicialmente a manos de los portugueses promotores del sistema de plantaciones esclavistas, las misiones sufrieron severos ataques -como el reseñado en la película La misión, con Jeremy Irons y Robert de Niro-, y después, ya devastadoramente, a partir de la expulsión de los jesuitas de América en 1767, a quienes se acusó de intentar socavar la autoridad imperial y papal y de actuar con intereses conspirativos propios. Del sistema de misiones quedó un conjunto de ruinas, pues fue brutalmente arrasado, sus propiedades destruidas o repartidas en plantaciones convencionales, sus colegios clausurados y sus pobladores masacrados o fugados a bosques vecinos; pero también la singularidad, hecha posible gracias a la decisión de gobiernos independentistas posteriores, del bilingüismo y relativo biculturalismo de la sociedad paraguaya, prolongada hasta nuestros días con sus escasos seis millones y algo de habitantes, mestizos hispano-guaraníes en el orden de un 80%.

No conforme con deparar semejante tragedia al pueblo paraguayo, el destino, o no se sabe quien, decidió no escatimarle ninguno de los clásicos tormentos del menú latinoamericano: dictaduras antediluvianas, manipulaciones imperialistas y subimperialistas, obstaculización del desarrollo endógeno, bajos índices de desarrollo humano, etc., e incluso aderezarlo con una dosis desproporcionada de guerras fratricidas contra sus ambiciosos y manipulables vecinos. Sin pretensiones de agotar el tema y sólo para sustentar lo afirmado, el Paraguay estrenó su independencia -ganada junto a los demás pueblos rioplatenses- con una aguda disputa con la oligarquía argentina, que quiso mantenerlo bajo su control, sólo para consolidar su autonomía bajo el mandato de veintisiete años (1813-1840) de un déspota semiilustrado, semiloco y semimisántropo, pero represivo y autoritario a carta cabal, "El Supremo Dictador" José Gaspar Rodríguez Francia, cuyo talante resultó inmortalizado por Augusto Roa Bastos en su casi homónima novela.

Después de tal pesadilla, la nación logró recuperarse con las gestiones del profesor Carlos Antonio López y su hijo Francisco Solano López, quienes, en apenas algo más de dos décadas, mediante tensas alianzas con el imperio inglés y sin ceder la soberanía, lideraron un proceso de reigualación social y volvieron a hacer de la nación un modelo alternativo latinoamericano, ahora con un desarrollo agrícola combinado con una precoz industrialización, que dotó al país con hornos siderúrgicos, robustas redes ferroviarias y una eficaz flota mercante. Sólo que esta transformación convocó la inquina vecinal del esclavista subimperio portugués-brasileño, quien, con una Triple Alianza con Argentina y Uruguay, en poco más de cinco años arrasó la infraestructura paraguaya y por poco comete un genocidio completo: se estima que de unos dos millones de habitantes que tenía el país a fines de 1864, sólo sobrevivieron, para 1870, menos de 300000 personas, en su mayoría mujeres, niños, ancianos y extranjeros; más del 90% de los varones paraguayos mayores de quince años perecieron en la contienda junto a su líder Solano López.

Ni la aplicación de su tradicional método poligínico, ni su homogeneidad étnica, ni su riqueza cultural, ni alguna que otra gestión progresista han sido suficientes para devolver al Paraguay el lustre de sus distintos pasados. Cierta recuperación alcanzada en las primeras décadas del siglo XX, fue abortada de nuevo por la Guerra del Chaco, esta vez contra su vecina noroccidental, Bolivia, quien, azuzada por transnacionales estadounidenses que creyeron que había petróleo en El Chaco, la desolada llanura del occidente paraguayo, le declaró la guerra durante tres años (1932-1935); afortunadamente, cuando se comprobó que era falsa la suposición petrolera, tan sólo habían perecido cerca de cien mil bolivianos y paraguayos, en la más cruenta guerra americana del siglo pasado. Por si le quedara algo de aliento, Paraguay recibió el castigo de nuevas noches de dictaduras gorilas, como la de Stroessner, apoyado por los Estados Unidos durante treinta y cinco años (1954-1989), hasta volverla la nación encerrada, ignorada y venida a menos que fuera hasta hace poco, cuando pareciera estar iniciando, cual ave Fénix, otro renacer.

En síntesis, las conclusiones parecen sobrar, y sólo se nos ocurre acotar que de ninguna otra nación latinoamericana podría afirmarse tan lapidaria- mente, como lo hizo Barret en su El dolor paraguayo, que es "...una ruina que sangra, ...un hogar sin padre"; aunque, a modo de esperanza, emergida del fondo de semejante caja de Pandora, el mismo autor también dejó dicho, quizás remembrando aquel Aguyé del camino guaraní hacia la Tierra Sin Mal, que: "...no somos los dueños sino los depositarios de la vida. Por eso el amor es una deuda y está hecho de sacrificio. No nos entregamos solamente, sino que nos devolvemos".